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Chained to the rhythm. —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Miér Ago 15, 2018 10:00 pm


Irlanda, de camino al Magicland || 15 de agosto del 2018, 15:23 horas || Atuendo

Cómo buena fugitiva amante de los festivales, tenía un deber. No era cuestión de tomarse el Magicland a la ligera. Era un evento musical mágico muy cercano a Inglaterra y, pese a que su fama derivase de la tolerancia hacia todos los colectivos: tanto de pureza de sangre, raza, ideología o país, ella de lo que no se fiaba era de los magos ingleses. Y seguro que habían muchos.

Así que hizo una lista. A veces hasta hacía lista de las listas que tenía que hacer, pero esta era mucho más concreta: pros y contras de ir al Magicland, ¿valía realmente la pena? Sam fue muy rigurosa con su lista, tomándoselo muy en serio y valorando muchísimo las posibilidades que cabían en cada una de ellas.

Lista de Pros y Contras:


Pros:
- Ir al magicland
-
-

Contras :
- Ponerme en peligro
- Es caro y soy pobre
- Poner a Gwen en peligro
- ¿Un ataque?
- ¿Y si me secuestran aprovechando que estoy borracha?
- Pedir dias en el trabajo en epoca critica
- Estar borracha todo el dia (¿esto es pro o contra?)
-

Pero claro, piénsalo. Por muchos contras que haya, el pro siempre iba a ganar. No eráis conscientes ustedes de lo mucho que quería Sam ir a ese festival... Su alma fiestera de diecinueve años ahora mismo volvía a renacer en su interior. Además, si decidía ir tenía bien claro que iba a intentar no ser ella. Cambiar el tamaño de su pelo, el color, sus ojos… lo que fuera para simplemente distar lo máximo posible a su foto en el cartel. Lo cual era fácil, ya que desde entonces había cambiado bastante. Dos años habían pasado desde que se había hecho famosa.

Así que finalmente, con el incentivo de que Gwen se había animado también, Sam no dudó ni un segundo en prepararlo todo.

Dos días antes del Magicland

Florecilla del Desierto
Locked out of heaven
Gwen, ¿estás nerviosa? ¿Ya has hecho la mochila? ¿Vas a llevar playeras o sandalias?

¿Compartimos las cosas del baño? Si tú llevas champú, yo llevo cremita de sol y pasta de dientes. También llevo mascarilla.

¿Cuántas mudas llevas?

No te olvides de la cámara de foto.

¡Santi no deja de preguntarme que a donde nos vamos de vacaciones. ¡Soy legeremante! ¿Cómo se me va a dar tan mal mentir? Este muggle sabe leerme como un libro abierto. Se cree que nos vamos de escapada romántica y no le he dicho nada. Menudo estrés.  



La noche antes del Magicland

Florecilla del Desierto
Locked out of heaven
¿A qué hora me vienes a buscar? He hecho una lista con música para el viaje. He puesto mucho Bruno Mars y Beyoncé. Y Rihanna, que la amo.

Qué ganas, ¿estás nerviosa ahora? Yo no estoy nerviosa.

Creo que lo tengo todo.  

¡Tú no te olvides de la cámara que quiero sacar muchas fotos!

Bueno, me voy a dormir. Hasta mañana guapa. ¡Buenas noches!



***

Había madrugado para despedirse de Caroline que, debido a trabajo, no iba a la experiencia. Era día quince y hoy empezaba oficialmente el Magicland en Irlanda. Gwen y Sam iban a ir solo los cinco primeros días, porque eran conscientes de que ya tenían una edad y a los cinco días estarían reventada, con el hígado hecho trizas. Ya tenían una edad. Esos bonitos diecinueve años de chupito tras chupito habían quedado en el pasado. En verdad no, pero habían visto el plan del festival y en esos cinco días ocurrían cosas que para ellas ya eran más que suficiente. Se había duchado, había desayunado, había dejado a sus mascotas recién comidas, las había sacado al patio y ahora esperaba en el sillón, con su mochila preparada, a escuchar el coche de Gwen.

¡Y ahí estaban, on the road!

Podrían haber optado por uno de esos muchos puntos en su país en donde usaban trasladores para llegar al Magicland, pero no hacía falta tener un máster en seguridad para asumir que Sam, en esos puntos, sí que sería atentar contra su integridad. Quizás en el Magicland no hubiese peligro, pero en los trasladores ofrecidos por el gobierno y las chimeneas de Red Flu habilitadas… eso sería una locura. Así que ambas habían quedado en ir en coche, aunque tardasen casi un día en llegar. Además, era una aventura que nunca habían vivido juntas. Esto de ser magas y tener el don de la aparición era muy de perezosas. Así que ambas se hicieron un traslador independiente que daba a la sede de transportes mágicos del gobierno irlandés, ya que no podían conseguir permisos para uno que llegase directamente al Magicland por temas de políticas y acuerdos. Una mierda que, sinceramente, Sam no entendía. Sin embargo, ¿cómo narices llegaban desde esa sede en a saber qué lugar de Irlanda, al propio Magicland? La aparición estaba descartada, por lo que sólo quedaba…

I CAME IN LIKE A WRECKING BALL!!!

Llevaban como cuatro horas en la carretera y, ¿sabes qué? Sam no tenía ni idea de cuánto quedaba. Y lo mejor de todo es que le daba igual. El Magicland iba a durar quince días y no había prisa en llegar: lo importante ahí era disfrutar lo máximo posible hasta el último minuto, motivo principal de que estuviese cantando como si no hubiera mañana y no atenta al mapa que tenía entre sus manos.
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Gwendoline Edevane el Jue Ago 16, 2018 8:18 am

Dos días antes del Magicland...

Tomé aire, cerré los ojos, y después dejé escapar ese mismo aire en una lenta expiración. Abrí los ojos y compuse mi mejor sonrisa, intentando mostrarme cálida. No es que necesitase concentrarme demasiado para conseguir eso con ella, pero sonreí de manera amplia, acogedora, antes de comenzar a hablar. Por primera vez desde hacía mucho tiempo, me temblaba la voz, y me sentía incapaz de controlarlo.

—Sam.—Comencé, sintiéndome terriblemente abrumada por lo que estaba a punto de decir.—Tú y yo llevamos siendo amigas mucho tiempo. Has cuidado de mí como nunca nadie antes lo había hecho. Me has hecho feliz en muchos sentidos, más de lo que ninguna persona lo ha hecho jamás. Has sido mi compañera de fatigas, has estado a mi lado en las buenas y en las malas y yo...—Me quedé en blanco, sintiendo un nudo formándose en mi garganta ante lo que estaba a punto de decir.—...estoy enamorada de ti.

Silencio. No hubo respuesta. Claro que si hubiese una respuesta, empezaría a preocuparme muy seriamente que mi apartamento estuviese poblado por fantasmas, pues además de mí, de mi gato y de mi lechuza, no había absolutamente nadie más allí. Mi reflejo me miraba desde el espejo con una cara que parecía decir que podría hacerlo mil veces mejor.

—¿Tan mal ha estado?—Pregunté a Chess, quien me miraba desde el respaldo del sofá; después alterné la mirada con Elroy, mi lechuza, que resposaba sobre la percha junto a la ventana. Sobra decir que ninguno me respondió, pero yo interpreté que sí. Y que confirmaban mis sospechas.—Esto es muy difícil. ¿Por qué es tan difícil poner en palabras lo que sientes?—Me llevé ambas manos a la cara, frotándome el rostro como si estuviese lavándome con agua del grifo.—¿Me recomendáis algo? Me vendría bien un poco de ayuda...

Sam y yo nos íbamos juntas al Magicland. Quizás pareciese una completa locura—que lo era—pero al mismo tiempo podía ser una experiencia muy beneficiosa para mi amiga. No solo tendría la ocasión de disfrutar de increíbles actuaciones en directo—cosa que le encantaba—, de montar en atracciones, de comer dulces de todas partes del mundo o simplemente pasárselo bien y conocer gente nueva que quizás no quisiese hacerle daño o encerrarla. También estaba el hecho de que aquello la distraería de… bueno, de todo lo que había pasado recientemente. Sam y yo nos pasaríamos el día de un lado a otro, recorriendo el lugar, agotándonos, y seguramente cuando llegase la hora de dormir, mi amiga estaría tan cansada—y posiblemente alcoholizada—que dormiría sin pesadillas.
Así que había accedido a aquella pequeña locura. Y después de mucho meditarlo, me había decidido: también sería el momento en que le confesaría mis sentimientos. Había tenido mucho tiempo para pensar desde el momento en que la había besado y… definitivamente, estaba enamorada. ¿Era raro? Sí, era raro admitirlo, porque toda mi vida había pensado en mí como en una heteroasexual: salía con hombres porque era lo ‘normal’, pero no sentía una necesidad especial de practicar el sexo.
Pero… ¿y si en realidad Sam había sido siempre el motivo?
Casi como si hubiese invocado a Sam, sobre la mesa de del salón, Bruno Mars empezó a cantar el estribillo de Just the way you are. Aquel era el tono que le había puesto a ella, y corrí emocionada a leer sus veloces mensajes, dejándome caer en el sofá con suavidad.

—¿Nerviosa? No te imaginas cómo...—Respondí, negando con la cabeza mientras esbozaba una leve sonrisa, y procedí a responderle.



Melocotón
Got me looking so crazy in love
Sigues escribiendo los mensajes de Whatsapp a una velocidad demasiado grande para mí, Melocotón.

Siempre tengo lista la mochila, ya lo sabes. No quieras ni saber todas las cosas que llevo ahí. Si fuese tú, apartaría los pies cuando la deje en el suelo, por si acaso.

Dentro podría haber un caldero. ¡No digo que lo vaya a haber! Solo que podría…

Está bien, me encargaré de meter entre mis bártulos algo de champú extra. También deberíamos llevar bastante desodorante.

¿Y en serio me preguntas si traigo la cámara? ¡Llevo unos dos meses sin soltarla! Solo espero que me llegue el papel.

Voy a entrar en Amazon ahora mismo y comprarme unos cuantos paquetes más, por si acaso. Espero que lleguen mañana...

Pues en cuanto a mudas, he pensado llevar una para cada día… aunque quizás debería llevar dos por día. Por si acaso.

¿Una escapada romántica? ¿Qué tiene Santi en la cabeza? ¿No decía hasta hace poco que yo era su novia?

Qué pena que no podamos llevarle. Habría sido divertido.



En realidad, no. No habría sido divertido. Si alguien más se nos unía ya podía despedirme de mis planes de decirle a Sam lo que sentía por ella. ¿Confesar mis sentimientos cuando cualquiera podría interrumpirme? ¡No, ya bastante me había costado decidirme! Y ni siquiera estaba segura de que lo fuese a hacer bien...

La noche antes del Magiland...


Melocotón
Got me looking so crazy in love
Te recogeré a las 6:00 A.M.

Es broma. No te haría madrugar tanto. A las 8:00 A.M. estará bien.

Y espero que hayas incluido a Ed Sheeran también. Vamos a Irlanda, necesitamos que nos cante algo un irlandés, ¿no? O en su defecto un pelirrojo que canta sobre una ciudad de Irlanda en una de sus canciones.

No se te nota absolutamente nada nerviosa. Yo estoy bien, por ahora (esto es mentira porque Gwen está nerviosa perdida, aunque no por el Magicland)

¡Duerme bien! ¡Y si me necesitas, ya sabes que estoy a un Whatsapp de distancia!

Buenas noches. Te quiero <3



***

El viaje por Irlanda había empezado hacía unas cuatro horas. El coche de aspecto antiguo—probablemente debido al hecho de que ERA un coche antiguo—que había pertenecido a mi madre se movía por carreteras por las que yo, jamás, había conducido. Google Maps ayudaba, aún a pesar del hecho de no poder buscar directamente la ubicación del Magicland por razones evidentes.
Todavía no había decidido cómo ni cuando le contaría a Sam lo que sentía por ella. Era plenamente consciente de que posiblemente me enfrentase a un rechazo. Hasta donde yo sabía, mi amiga nunca me había visto con aquellos ojos—no, entonces todavía no me había contado cómo en una ocasión había echado un vistazo especialmente largo dentro de mi pijama, sin que yo me diese cuenta—pero me daba igual: yo quería que lo supiese. Quería decírselo.
Pero no era el momento.

—Bueno, sé que Beyoncé y Bruno Mars son impresionantes e insuperables.—Dije mientras echaba la mano izquierda a la radio del coche, poniendo en pausa el reproductor de música.—Pero, en honor a mi madre, propietaria oficial de este coche, tengo que cumplir con una tradición suya. Espero que te guste Bon Jovi.

Empezó a sonar You give love a bad name, Sam ya sabía por qué. En alguna ocasión, mi amiga había viajado conmigo en aquel coche, ambas mucho más pequeñas y sentadas en el asiento de atrás, y había visto a mi madre en acción. Se sentaba al volante, encendía el motor, y ponía esa canción. Siempre, aunque fuese para un trayecto corto. Las canciones que seguían daban igual, pues lo importante era empezar con Bon Jovi.
Sin poder evitarlo, empecé a cantar.

Shot through the heart! And you’re to blame, darling. You give love a bad name!Canté junto a Jon Bon Jovi, para a continuación dejar paso al solo de guitarra inicial que a mí, personalmente, siempre me llenaba de energía. Cuando el cantante volvió a poner su voz a la música, desvié la mirada hacia Sam, indicándole con un gesto de la mano que cantase conmigo.


You give love a bad name:
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Ago 17, 2018 10:57 pm

Recordaba esos momentos en ese mismo coche junto a la madre de Gwendoline, siendo llevadas a saber a qué sitio con esa canción de fondo. Si Sam conocía Bon Jovi, sin duda era por Lamia y nadie más. Sophie, su madre, nunca había sido amante de la música, mientras que su padre lo era demasiado, aunque sobre todo de la clásica en dónde el instrumento predominante fuese la dulzura del piano. Ahí dónde la veías, de pequeñita Sam escuchaba DEMASIADA música clásica. La verdad es que no lo ha pensado nunca, pero no le vendría nada mal tomarse un poco de su tiempo libre en cerrar los ojos con esa música de fondo y transportarse a su bonita infancia, en dónde todo era bonito: no habían divorcios, no habían magos haciendo bullying, no había una vida adulta sin padres, ni tampoco fugitivos y un gobierno malvado. Sin embargo, descartó el tema padres rápidamente de su cabeza: no quería pensar ni en su madre, ni en su medio hermano de casi dos años al que no conocía, ni en su pobre padre preocupado, ni mucho menos en Lamia teniendo en cuenta en las condiciones en las que estaría mientras ellas van al Magicland... Menos mal que no pensó en nada de eso o hubiera terminado con su usual cara de patata mustia.

Fingió ser la batería del grupo, moviendo unas baquetas invisibles que golpeaban una batería invisible, para entonces sentir la llamada de Gwendoline para que la acompañase a cantar. —I play my part and you play your game, you give love a bad name! Bad name...! —Porque Sam, ya que cantaba, cantaba bien, con coros incluidos.

Llevaban cantando mucho, mucho tiempo. La verdad es que las carreteras de Irlanda eran infinitas y muy aburridas. Preciosas todo lo que tú quisieras, llenas de grandes prados y montañitas hermosas, pero vamos, los juegos de carreteras propios de cualquier viaje allí eran un fiasco. El "veo veo" era lo más repetitivo del mundo, por no hablar de que jugar al juego—válgase la redundancia—de las matriculas tampoco era válido teniendo en cuenta que apenas habían coches. El Magicland estaba muy alejado de cualquier rastro humano muggle, por lo que tenían que conducir hasta el infierno y más allá. Es por eso que Sam se sorprendió cuando su GPS, en el móvil, de repente habló.

Gire la izquierda en la glorieta de dentro de trescientos metros.

¡Madre mía Gwendoline, se ha comunicado con nosotros! ¡Tienes que girar a la izquierda en una glorieta! —Exclamó Samantha con alarma fingida. —¡UNA GLORIETA! ¡Llevamos una hora sin que haya ninguna bifurcación en el camino! —exageró divertida. —Oficialmente no hay izquierda. Creo que hemos roto a la señora del GPS.

¿Y lo gracioso? Era la rotonda más inútil que jamás verás en tu vida. Es decir, que hubiera o que no hubiera rotonda era exactamente lo mismo, ya que aquello no tenía ningún desvío que no fuese recto. Servía para el cambio de sentido pero... seamos sinceros, después de una hora en línea recta cualquier alma desesperada hubiera cambiado de sentido en algún lugar tranquilamente ancho. Miró a Gwen con los ojos en blanco cuando su amiga paró en la glorieta, admirando tremenda obra del ser humano, ¡estúpido ser humano!

Continuó mirando el GPS, ya que con el mapa convencional no se hacía, viendo como la marquita del coche marcaba que estaban cerca. Bajó la música al ver que empezaba otra canción, para entonces soltar un largo "hmmm" que resonó por todo el coche. Una manera de llamar la atención. —Esto dice que estamos cerca pero... —Miró hacia adelante, viendo como se extendía una carretera infinita y a ambos lados solo habían prados y más prados. Ni una casa, ni una mísera edificación. Solo faltó que pasara una aulaga y sonase el grillar de un grillo. —Que no quiero ser yo quién desafíe la veracidad de Don Google Maps pero...

Y, entonces, lo atisbaron. No, no era el Magicland.

Un señor con gran barba despeinada y muy larga, pelo de iguales características, un sombrero que parecía de vaquero y un palo de pastor, cuando está claro que a un kilómetro a la redonda no había nada que pastar, resultó sospechoso. Sin duda podría hacerse uno con el ambiente, pero aquello era muy raro. Sam insistió, diciéndole a Gwen que parase cerca de aquel señor tan de pueblo, bohemio y… mono. Había que admitir una cosa pese a su aspecto apestoso: parecía el típico abuelo que te regala una cabra para tu primer cumpleaños y una gallina para tu segundo. —Hola, buenos días. —Saludó Samantha, a unos cinco metros de él, asomándose por la ventanilla del coche. Ellas transitaban por el asfalto, mientras que el tipo iba por el césped. —Estamos buscando el Magicland, ¿sabe por donde es?

Cualquiera diría: “Pero Samantha, ¡el estatuto secreto de la magia!” ¿Y qué? ¿Hola? Sam era fugitiva y oficialmente podía hacer lo que le diese la gana. Un cargo más o uno menos... Mil galeones hacia arriba, o quizás dos...  

Además, si ese señor estaba ahí es porque algo sabía. Nadie vivía en medio de la nada.

Vais muy sobreseguro, señoritas. —Rió, divertido, mostrando unos dientes perfectos a pesar de su desaliñado aspecto. Se acercó un poco a ellas. —¿Acaso todavía no sabéis que el Magicland es un lugar para vivir aventuras? ¡Nada de normalidades! Id a la deriva, arriesgaos, jugad con fuego. De eso va el Magicland. No sigáis por la vía segura o no vais a llegar nunca, ¡abriros a la aventura! ¡Saltad la valla! Y, solo entonces, llegaréis. —Y dio dos golpecitos en la ventana en donde estaba Sam, antes de sonreírles de nuevo y seguir su camino con la misma parsimonia con el que le habían visto en un principio.

La legeremante se limitó a mirar a su amiga. —Me habían contado que había una droga nueva, pero no pensé que era tan fuerte. —Bromeó antes de soltar una divertida carcajada. Nadie les avisó de que tenían que sumergirse en una aventura para llegar al Magicland. Teniendo en cuenta que estaban en el quinto pinto de Irlanda, hasta sonaba a imprudencia eso de meterse prado a través y montaña arriba
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Gwendoline Edevane el Sáb Ago 18, 2018 9:08 am

En muchas ocasiones he compadecido a aquellos puristas que rechazan totalmente el estilo de vida muggle, negándose en rotundo a experimentar siquiera una pequeña parte de ello. Esto, por supuesto, es lo que pensaba antes del cambio de gobierno, y antes de descubrir que en el mundo mágico existían los Crowleys y las Hemsleys.
Pero no siempre la palabra ‘purista’ va asociada necesariamente a la palabra ‘maldad’. Mi abuela Astreia, mi abu, era un claro ejemplo de aquello: una mujer criada en el mundo mágico, educada para repudiar a los hijos de muggles y que, pese a no quererlos cerca, jamás había manifestado deseo alguno de hacerles mal. De hecho—muy a regañadientes—había aceptado el matrimonio entre su hijo mayor, Duncan, y Lamia Amery, bruja hija de muggles. Y pese a mis orígenes mestizos—la primera mestiza del linaje de los Edevane, que se supiese—aquella mujer me había querido tanto como habría podido querer a una bruja de sangre limpia.
Me apenaba pensar que mi abuela, mi abu, la única bruja de mi familia a la que respetaba además de a mi propia madre, tuviese una mente tan cerrada en ese sentido. Jamás experimentaría la sensación de libertad que daba viajar en un coche, por una larga carretera, con la compañía de tu mejor amiga.


***

You give love a bad name fue la canción responsable de ponernos a cantar, mejor o peor—soy consciente de mis limitaciones como cantante—y de llenarnos de energía para lo que restaba de viaje.
Y lo cierto es que falta nos hacía, porque aquella carretera empezó a tornarse poco a poco en un paisaje anodino y repetitivo. De hecho, podría incluso jurar que los árboles que dejábamos atrás empezaban a repetirse, y en una ocasión me pareció ver dos veces a la misma vaca en un intervalo de trescientos metros. La hembra bovina en cuestión—o hembras, porque claramente tenían que ser dos—presentaba el mismo aspecto, con sus manchas negras sobre un pelaje blanco, y levantaba la cabeza al paso del coche, rumiando un puñado de hierba que tenía en la boca. El paso de un coche por aquella carretera parecía sorprenderla, lo cual me dio una idea de lo poco común que debía ser ver algo así por aquellos parajes. ¿Pero dónde narices estamos exactamente?, empecé a preguntarme, valorando la posibilidad de que nos hubiésemos perdido. ¿Pero cómo vamos a perdernos, si llevamos circulando varios kilómetros en línea recta?
Y entonces…

Gire la izquierda en la glorieta de dentro de trescientos metros.

Era la voz del GPS de Google Maps, hablándonos por fin tras un tiempo tan largo que empezaba a pensar que ya jamás hablaría. Es que no se ha molestado ni en decirnos que siguiéramos circulando recto durante otros cuatrocientos ochenta y cuatro mil doscientos treinta y nueve metros, o algo así, pensé, como si realmente una entidad humana habitase dentro del GPS y tuviese poder de decisión.
Sam pareció tan sorprendida como yo—o quizás un poco más—o eso deduje por lo exaltado de sus palabras, las cuales consiguieron sacarme una sonrisa a pesar de que sobre mi cabeza todavía sobrevolaba la sombra de la duda acerca de si nos habíamos perdido o no.

—¡La veo!—Exclamé, señalando al frente, pero en seguida caí en la cuenta de que lo que decía Sam era cierto: allí no había izquierda ni había nada, y la única opción era seguir de frente.—¡Pues menudo chasco!—Añadí, decepcionada, deteniendo suavemente el coche en la misma glorieta, haciéndome a un lado por si acaso decidía aparecer detrás de nosotras el único habitante de Irlanda que poseía un automóvil. Sería una verdadera tristeza sufrir un accidente en un sitio tan desértico como aquel, y una completa muestra de que el karma nos odiaba.

Mientras yo metía primera con la mano izquierda—recordemos que los ingleses vamos al revés del mundo, y no solo colocamos los volantes a la derecha del coche, si no que conducimos por el carril izquierdo, práctica que se extiende a Irlanda—y reanudaba la marcha, Sam examinaba el GPS del móvil. Por la expresión de su rostro que atisbé las pocas veces que aparté la mirada de la carretera, mi amiga parecía a punto de ponerse a discutir con la voz ausente del aparato. Hasta el punto de pedirme que parase el coche en cuanto el GPS dijese la más mínima palabra, bajarse, y decirle al móvil ‘¡A ver esos puños!’
Reconozco que habría sido una imagen digna de ver: Samantha Lehmann, fugitiva ‘peligrosa’, haciendo frente a un teléfono móvil que le decía ‘A medio metro de usted, al frente, aseste un puñetazo’. Pero no, no ocurriría, porque estaba exagerando. Sam no estaba enfadada con el GPS, simplemente parecía estar intentando comprender la situación, igual que yo.

—...pero aquí no hay más que carretera hasta donde alcanza la vista, árboles a un lado, árboles al otro, prados… y ni rastro de vida.—Terminé la frase por mi amiga. Posiblemente no quisiese decir exactamente eso, pero aquello era exactamente lo que estaba viendo: una larga línea de asfalto que se perdía en el horizonte, campos salpicados de árboles, y poco más. Ni siquiera se veían ya vacas. Las vacas serían un indicativo de vida. Quiero ver vacas, pensé con añoranza, volviendo a acordarme de mi abuela Astreia y de su granja, en la cual criaba no sólo criaturas con las que los que los muggles estaban familiarizados, sino también algunas criaturas mágicas.

Y fue entonces cuando divisamos algo que no era un árbol o una brizna de hierba.
Al principio pensé que aquel hombre era una especie de aparición, algún tipo de fantasma que había escogido salir de día en lugar de por la noche. Después de todo, ¿había algo más fuera de lugar en medio de aquella carretera que una persona? Sí, claro, sin duda, un pastor con su bastón encajaba perfectamente en la estampa bucólica que nos rodeaba, pero por otro lado… ¿qué estaba pastoreando exactamente? ¿Un montón de thestrals, criaturas que supuestamente tiraban de los carruajes de Hogwarts y que yo jamás había visto más que en fotografías? Podía considerarme afortunada, pues eso quería decir que no había visto morir a nadie en toda mi vida.
Sin embargo, si allí había algún thestral, Sam tampoco lo vio. Podía ser por dos motivos: o bien no los podía ver, como yo, o bien no había ningún thestral que ver. No podía saberlo, pues ella y yo no solíamos hablar sobre esa parte de nuestras vidas, esa que podía incluir el ser testigos de la muerte de una persona.
Detuve el coche junto al pastor de… de thestrals o de nada, cuando Sam me lo pidió. Y cuando mi amiga preguntó a aquel hombre tan alegremente acerca del Magicland, volví a dudar de que fuese acompañado de un montón de thestrals. Nada en su actitud parecía indicar que así era, pues no interactuaba con ninguna criatura invisible ni sostenía riendas, ni nada parecido.
Escuché con atención, con el ceño fruncido, lo que decía el pastor. Al parecer, en pocas palabras, lo que quería decirnos es que debíamos renunciar a la lógica. Porque el Magicland era aventura. ¿Ir a la deriva? ¿Olvidarnos de normalidades?, pensó mi mente, terriblemente anclada en el mundo muggle a pesar de los fenómenos mágicos que presenciaba cada día.

—Graci...—Empecé a decir, pero creo que el pastor ya no nos escuchaba. El tipo había seguido su camino con la misma calma que había aparecido allí. Le observé, incrédula, y solo volví la mirada en dirección a mi amiga cuando habló y soltó una carcajada.—No sé… ¿Crees que podría estar diciendo la verdad? Es decir, hace un rato, en la glorieta, el GPS dijo que girásemos a la izquierda cuando no había izquierda. ¿Crees que se refería a eso? ¿Será una pista?—Lo medité un segundo, las manos todavía sobre el volante, con la mirada perdida al frente, y entonces volví a mirar a Sam.—¿Quieres que probemos a ver?—Pregunté, buscando la aprobación de la legeremante.

Podía ser, ¿no? Tampoco existía, supuestamente, ningún andén nueve y tres cuartos, y el secreto consistía en atravesar una pared, sin miedo, creyendo. Quizás, si creíamos de verdad, el camino a Magicland se abriría ante nosotras...
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Sam J. Lehmann el Sáb Ago 18, 2018 10:57 pm

Seamos sinceros: aquel señor parecía de todo menos normal. Quizás en otro momento le hubiera molestado aquella situación, un hombre que te habla con misterio y te deja caer el acertijo de tu vida, pero debía de admitir que después de tratar con Raminta durante siete años había aprendido a tomarse ese tipo de situaciones con filosofía. Además. parecía una de esas aventuras gráficas en donde tienes que tomar una decisión que te abrirá o no las posibilidades de ir al siguiente mapa, en busca de nuevos acertijos y aventuras: en este caso, el Magicland. Cuando el hombre se fue, en la mente de la legeremante apareció una Sam de quince años, ataviada con el uniforme de Ravenclaw y unas gafas muy características—pues Sam tenía falta de vista desde los nueve años y no veía las sumas en la pizarra muggle—, dispuesta a ayudar a la Sam del presente a solucionar el acertijo que se les presentaba.

Gwen optó por relacionar aquel suceso con el hecho de que la señora del GPS les había dicho que había que girar a la izquierda, a lo que su Sam jovenzuela interior saltó en contraposición. —Gwen... ¿tienes un GPS con conocimientos mágicos del Magicland y no me habías dicho nada? ¿Dónde se compra? ¿Sabes lo bien que me hubiera venido en mi época de indigente? —preguntó divertidísima, medio girándose para poder mirarla con reproche real desde el asiento del copiloto. —Yo optaría por la opción de que rompimos el GPS, pero... como no quiero seguir en línea recta por una carretera infinita, opto por seguir la locura del señor pastor y hacerle caso a la señora del GPS, la cual parece ser tremendamente sabia, ¡da marcha atrás! —dijo, sacando su mano libre por la ventana.

Al dar marcha atrás, como dicta la lógica, volvieron a encontrarse con el pastor, el cual le devolvió el despido con la mano que Sam le dedicó por fuera de la ventana. Llegaron a la glorieta, justo al punto de partida en dónde aquella voz robótica les había dicho que para la izquierda. ¿Y qué había a la izquierda? Pues absolutamente nada. Había que bajar un pequeño escalón de tierra que dividía el asfalto con el césped y, tras una mirada cómplice entre ambas amigas que denotaba un diez por ciento de preocupación por los bajos del coche y el noventa por ciento restante simple travesura, bajaron por allí lentamente.

Las ruedas delanteras hicieron PUM y apenas dos segundos después las traseras siguieron el mismo destino. De repente, ambas tenían plantitas entrándoles por las ventanillas y Sam se asustó cuando una le rozó la mejilla, pensando que era una abeja. Odiaba las abejas, cada vez que veía una pegaba un salto cobarde y salía corriendo. Además, entre que el coche era pequeñín y las plantas bastante altas, casi que se camuflaban en aquel lugar. Menos mal que eran una mancha azul en medio de un manto verde. Empezaron a abrirse camino por allí, sin ningún camino claro.

Se ha desviado de la ruta —dijo la señora del GPS, de repente.

Mi florecilla, como de repente salga un Nundu escondido entre tanta maleza, he de recordarte que esta idea ha sido tuya. Y que la señora del GPS dice que nos hemos equivocado. —Porque echar la culpa antes de que pasase nada era claro ejemplo de lo previsora que era Sam. Aunque en realidad solo estaba bromeando.

Pero no apareció la criatura más terrorífica de todo el planeta tierra—criatura desconocida para los muggles, por suerte para ellos—, sino algo mucho más... extraño. Iban conduciendo un poco a ciegas, pero bien lentas, ya que habían demasiadas plantas delante y poco podías ver lo que había a más de cinco metros. Lo gracioso es que de repente las plantas desaparecieron de delante de sus narices, dejando ver perfectamente un agujero enorme por dónde cabía hasta un autobús de dos pisos si se ponían a medir. A Gwen podría haberle dado perfectamente tiempo a frenar, pero lo que pasó fue muy raro: fue como si una fuerza invisible y gravitatoria de repente empujase al coche al interior de aquel agujero. Ahí se dieron cuenta de una cosa: aquel agujero no tenía fin. Cayeron, cayeron y siguieron cayendo a la vez que Sam pegaba un grito y la maldita señora robótica del GPS sólo repetía que se había pedido la señal.

Dos segundos después, el coche hizo "plof" en mitad de un aparcamiento. El sol les dio de lleno en los ojos y, para cuando pudieron abrirlos haciéndose sombra con la palma de la mano, estaban rodeadas de coches, perosonas, flotadores volando y todo lo que te pudieras imaginar. Si mirabas hacia la izquierda, podías ver en grandísimo, sobre un marco de madera, el logo del Magicland. Estaban oficialmente en la entrada. Si la impresión te daba para mirar hasta un poquito más lejos, hasta podías ver la gran noria a saber a cuántos kilómetros. Sin embargo, Sam no reparó en eso, simplemente se giró con una sonrisa que iluminaba su rostro por completo, mordiéndose el labio inferior. —Casi me da un infarto pero... ¡hemos llegado! —exclamó con emoción. Iba a quejarse más de esa manera de entrar al Magicland tan propensa a producir infartos de corazón, pero no podía.

Se bajó del coche, admirándolo todo a su alrededor. Estaban en una de las montañas más altas y, de hecho, los aparcamientos en dónde se encontraban ahora mismo daban a una pendiente de piedras por dónde no se podía subir con ningún transporte convencional de carretera. Si mirabas hacia abajo, podías ver bien lejos el camino por donde hace unos minutos Sam y Gwen conducían sin saber muy bien a dónde ir. Así que Sam, repleta de energías, rodeó el coche hasta llegar frente a su amiga. —Bueno Gwendoline, sé que me has traído tú pero... ¡bienvenida al Magicland! El lugar que va a crear una experiencia inolvidable en nuestras memorias. —Pasó una de sus manos por los hombros ajenos, en un medio-abrazo. —Vamos, vamos. Quiero ver cuál será nuestro hogar por los próximos cinco días... bueno, ¡quiero verlo todo!
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Gwendoline Edevane el Dom Ago 19, 2018 8:13 am

Las sugerencias de aquel hombre eran crípticas, y mi parte muggle se sintió terriblemente ofendida por ello: si se trataba de un promotor del Magicland disfrazado de pastor, ¿no debería indicarnos claramente nuestro destino, en lugar de andarse con juegos de adivinanzas? Después de todo, los promotores servían para atraer clientes, no para enviarlos a perderse por los caminos del mundo para, con un montón de suerte, acabar encontrando ellos mismos el lugar en cuestión.
Y sin embargo, mi mente de Ravenclaw—que para más seña, en su infancia y adolescencia había estado fascinada por los acertijos—se puso a trabajar. Aquello era un acertijo, y las pistas que teníamos eran pocas: olvidarnos de la lógica y la normalidad, y solamente así encontraríamos el Magicland.
Pero claro, aquello no era una pista, si no una falta total de pistas… hasta que recordé las palabras del GPS y se las dije a Sam, sugiriendo a mi amiga hacer la prueba. Su respuesta no pudo estar más cargada de sarcasmo, y pese a que ella pareció encontrarlo terriblemente divertido, yo puse los ojos en blanco, negando con la cabeza.
Pero pese a su protesta irónica inicial, Sam accedió a probar el camino inexistente a la izquierda de la glorieta—ahora la derecha, teniendo en cuenta que volveríamos sobre nuestros pasos—, así que lo consideré una pequeña victoria.
Eso sí, no me iba a quedar callada sin defenderme, por supuesto. Sam y yo teníamos una hermosa relación de amigas basada en piques mutuos y en pequeñas ‘discusiones’ que siempre ganaba la una o la otra. Casi siempre ella. A mordaz no había quien ganase a Sam Lehmann… pero nadie me prohibía intentarlo.

—El GPS funciona por medio de Google.—Empecé a explicar mientras, como buena conductora inglesa un tanto furiosa, maniobraba para dar la vuelta con el coche y volver sobre nuestros pasos. No fue muy complicado, teniendo en cuenta que teníamos la carretera para nosotras solas… y aquel pastor que volvió a aparecer en nuestro campo de visión.—Y como nos dijo Savannah McLaren en una ocasión, la magia afecta a la tecnología de Google Maps. Por lo que no me parece tan descabellado que haya incluido un hechizo que afecte a los GPS.—En este momento ya estaba conduciendo en la dirección en que habíamos venido, pero no había forma de parar mi discurso acerca de la magia contra la tecnología.—Además, ya te he dicho en varias ocasiones que tengo la teoría de que la tecnología no se lleva bien con la magia. Eso explicaría muchas cosas, como por ejemplo que mi tostador tenga la costumbre de darme calambrazos por las mañanas.—Entramos de nuevo en la glorieta y, en esta ocasión, tocaba coger la salida de la derecha… que no había, por supuesto. Pero allí estaba yo, dirigiéndome hacia… el campo.—Y si te pones a pensarlo, tiene mucha lógica, porque...

No dije más. El sonido que produjo el coche al sumergirse en medio de toda aquella maleza me hizo quedarme callada, apretar los dientes y, pese a tener a mi disposición el poder de la magia para reparar los daños, pensar en el estado en que habría quedado el coche. Especialmente porque aquellos dos estampidos, uno tras otro, que se habían escuchado, tenían toda la pinta de haber sido producidos por las ruedas al pincharse.
Y pese a todo, me olvidé de todo aquello, porque se suponía que de eso trataba el plan: de olvidarse de la normalidad. No era normal circular a través de un montón de zarzas y vegetación crecida hasta cubrir el coche… y por eso mismo seguí haciéndolo.
La voz del GPS anunció que nos habíamos desviado del rumbo.

—¿De verdad, Google? ¿Tú crees? ¡No me había dado cuenta!—Exclamé con ironía. Sí, a veces yo también era capaz de ponerme sarcástica. Como todo aquello estuviese siendo al final para nada, iba a ser muy gracioso intentar salir de allí. O más bien no tendría ni pizca de gracia.—Los Nundus...—Empecé a responder, con esfuerzo, a Sam, mientras pisaba el acelerador para forzar el coche, cuyos neumáticos estaban reventados, a través de la maleza que, seguramente, lo estaría llenando de arañazos.—...son originarios del este de África. No vamos a encontrarnos ninguno en....

No terminé aquella frase. Y es que, repentinamente, la fuerza con la que estaba pisando el acelerador pasó de ser insuficiente a convertirse en excesiva. Lo que impedía avanzar al coche de repente desapareció, y ante nuestros ojos apareció un agujero. Un agujero en el suelo hacia el cual íbamos, a toda velocidad.
Intenté frenar, buscando la manera de evitar caer a través de aquella depresión. Si el coche caía ahí, no podríamos sacarlo. Pero frenar no funcionó: como si delante de nosotras hubiese un potente electroimán, el coche fue arrastrado hacia el agujero… y por allí nos despeñamos.
Reconozco que cerré los ojos y, en un intento por sentirme mejor ante la perspectiva de la muerte, solté el volante y así la mano de Sam. Si iba a morirme, quería cogerla de la mano antes. Y hacer muchas cosas para las que ya posiblemente nunca volveré a tener tiempo, pensé con gran tristeza. ¡Ojalá hubiese tenido fuerzas para decirle que estaba enamorada de ella!
Pero la muerte no llegó. El coche aterrizó en algún sitio, de una manera más suave de la que cabría esperar tras una caída de semejante calibre. Aventuré a abrir los ojos, recibiendo al momento el sol en ellos y viéndome obligada a taparme con la palma de la mano. Miré a mi alrededor todo lo que la palma sombra de la palma de mi mano me permitió, y vi que estábamos en un aparcamiento. Pero no uno normal. Bien, para empezar, los flotadores no vuelan, pensé mientras observaba tamaño portento de la magia.
Sam anunció dos cosas: que casi sufre un infarto—ya éramos dos—y que habíamos llegado, antes de abandonar el coche con emoción. A mí costó un poco más salir. Fugitiva peligrosa, acostumbrada a verse en situaciones mortales mucho peores que esta, me recordé a mí misma para justificar que Sam se hubiese tomado tan bien aquello. ¡Yo todavía tenía el corazón acelerado!
Salí del coche dispuesta a enfrentar otro de los temores que afrontan día tras día los propietarios de automóviles: comprobar las consecuencias de un sonido fuerte que el coche no debería haber producido. Sí, contaba con la magia, que había servido para reparar aquel coche en más ocasiones de las que podía contar con los dedos de ambas manos y ambos pies, pero no podía evitar pensar que alguna vez, en algún momento, el coche sufriría daños irreparables incluso con magia y lo perdería. Temía que llegase aquel día, pues aquel coche era una de las pocas cosas que me quedaban de mi madre.
Pero el coche no tenía nada. Literalmente, nada. La carrocería estaba impoluta, como si no hubiéramos pasado por un campo lleno de zarzas, y los neumáticos no mostraban síntomas de haber sufrido pinchazos. ¿Pero cómo es posible esta locura? La voz del pastor me lo dejó claro: ¡Nada de normalidades!
Mientras intentaba que aquello me entrase en la cabeza, sentí un brazo envolviéndome los hombros, y alcé la mirada para encontrarme con Sam, a mi lado. Muy cerca. Tengo que decírselo, me recordé, de nuevo, perdiéndome en los hermosos fragmentos de cielo azul que tenía por ojos.

—Dame un segundo, ¿vale? Voy a coger nuestras cosas del maletero.—Respondí, sacudiéndome el pensamiento anterior de la mente y sonriendo a mi amiga de una manera encantadora, feliz. Y es que estaba muy feliz de estar allí, por fin, con ella. Y más sabiendo la ilusión que le hacía.

Mientras mi amiga contemplaba la magia, nunca mejor dicho, que tenía lugar no muy lejos de nuestra posición, abrí el maletero del coche, dispuesta a hacerme con nuestro equipaje. Sin embargo, mis planes cambiaron sensiblemente cuando me quedé mirando su silueta recortada por el sol. Sonreí, pensando que aquello le confería un aspecto similar al de un ángel, y no pude evitarlo: metí la mano en mi bolsa, encantada para contener un montón de cosas, más de lo que era lógico que pudiese caber allí dentro, y saqué mi cámara polaroid. Aquella cámara tenía un fin casi exclusivamente científico: comprada en un mercadillo de segunda mano, había aplicado al papel de la cámara una poción que permitía obtener fotografías en movimiento, y las utilizaba para fotografiar los progresos de mis experimentos y pociones.
En aquella ocasión, fotografiaría algo mucho más bonito.

—¡Eh, Sam! ¡Mira una cosa!—Llamé la atención de mi amiga, quien se volvió para mirarme justo a tiempo que yo levantaba la cámara, la enfocaba y la fotografiaba. Había equipado la cámara con un flash especial, alterado con magia por dos motivos principales: no hacía daño en los ojos, y sin importar cuáles fuesen las condiciones de luz, la fotografía saldría bien.—Lo siento, no he podido evitarlo.—Me excusé. Estaba preciosa. Aunque… ¿había habido alguna vez en que Sam no hubiese estado preciosa?

La fotografía salió por la ranura de la cámara. La tomé con los dedos índice y pulgar de mi mano derecha y la agité durante algunos segundos, acelerando el proceso de revelado y secándola al mismo tiempo. Pronto apareció una imagen en movimiento.


Primera Polaroid:


Imaginemos que no tiene la espalda al descubierto >.<

Me acerqué a mi amiga, mostrándole la imagen. Salía increíblemente preciosa. Aquello podría haber conseguido que me enamorase más de ella, si cabía… ¿Era posible enamorarse todavía más de Sam Lehmann de lo que yo ya lo estaba?

—Eres tan preciosa...—Dije con voz suave, casi un pensamiento en voz alta, pero teniendo en cuenta que mi amiga estaba justo a mi lado… bueno, claramente tuvo que haberlo escuchado. Enseguida me ruboricé, abriendo los ojos como platos.—¡Va… vale! ¿Vamos? ¡No podemos perder más tiempo!—Me retiré de nuevo en dirección al maletero, donde me detuve a guardar cámara y fotografía dentro de mi mochila, para luego coger ambas.

Me colgué la mía y le entregué la suya a Sam. Entonces, con mi amiga por guía, iniciamos nuestra pequeña aventura en Magicland. Sin poder evitarlo, mientras caminábamos por el aparcamiento terminé cogiendo su mano con la mía. Esbocé una sonrisa, tímida, mientras le dedicaba una fugaz mirada, antes de volver a ponerla sobre el asfalto del aparcamiento, después al frente.
Algunas cosas no cambiarían nunca. Mi timidez era un ejemplo perfecto.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Ago 20, 2018 9:15 pm

Caer de aquella manera por el agujero para llegar al Magicland parecía una prueba a pasar necesaria para asegurarse de que todo el mundo tuviera el corazón en perfecto estado para las atracciones del parque, así como por todo lo que podrías llegarte a meter allí dentro; los festivales, al fin y al cabo, solían tener esa fama de vender todo tipo de drogas. Y con el amylan recién descubierto... Pero Sam no quería tener nada que ver con esas cosas. Alcohol sí, que eso no era nada malo y ella controlaba—ya claro—, pero en realidad todo el mundo sabía—incluido Don Cerdito, que ahora mismo se encontraba durmiendo sobre la alfombra del salón, ajeno a las intenciones de su dueña irresponsable—que en realidad Sam y Gwen NO controlaban lo que bebían. Me corrijo: quizás lo que bebían sí, pero las cantidades ya era otra cosa muy diferente...

Lo importante de todo esto es que al menos ambas amigas iban con intenciones de controlarse, que es lo importante en esta vida: las intenciones.

Sam salió disparada del coche al darse cuenta de que ya estaban en el Magicland, mordiéndose el labio inferior sólo para controlar aquella sonrisa que quería salirse de su rostro. Sopesó la idea durante ese segundo de darse la vuelta e ir al maletero a coger las cosas—que realmente eran pocas, pues eran brujas y todo lo llevaban en una sola maleta—pero se quedó embelesada, viendo al resto de personas sacar sus cosas, alucinar tanto como ella y, sobre todo, sonreír. Hacía tiempo que necesitaba eso: ¡ver a la gente feliz y tranquila! Se quedó con la mirada perdida un buen rato, viendo a un grupo de amigos que sacaba montón de cosas del maletero de su coche, cuando físicamente desde fuera sería imposible que cupiese todo aquello allí dentro. Bendita sea la magia. En su profunda inopia se giró para mirar a su amiga tras su aviso, recibiendo un flash como respuesta. Justo después de eso la miró con fingido reproche. Sam tenía una cosa clara: tu mejor amiga es aquella persona que tiene las peores fotos de ti y aún así sabes que tu reputación está a salvo.

Acortó las distancias con Gwendoline para ver la foto, echándole una ojeada para sorprenderse por no haber salido con cara de orco de Mordor. Sin embargo, no fue eso lo que más le sorprendió, sino esa afirmación por parte de su amiga. Había confianza: si una salía como un orco de Mordor en una foto, claramente la otra lo iba decir y si alguna salía guapa, la otra también se lo iba a decir. Pero aquella manera de decirlo solo pudo hacer que Sam la observase con detenimiento...

...pero Gwen huyó y Sam solo pudo sonreír, viendo como se escondía en su maletero. La siguió hasta allí, para coger su maleta y apoyarla en el suelo. Era de ruedas y bastante pequeña, aunque os podéis hacer una idea de lo amplia que era por dentro. Comenzaron a caminar hasta la entrada del mayor evento mágico y musical del mundo y, por el camino, su amiga le sujetó su mano libre, mostrándole una de sus sonrisas más tiernas y tímidas. Ay, Gwen, ¿siempre has sido tan linda? ¿Podía comerse ya a Gwendoline de una vez por todas? ¿De dónde narices había sacado tanta TERNURA? Entrelazó sus dedos con los de ella y se lanzaron a la aventura.


En la zona de acampada

Habían recibido al entrar dos pulseras de color verde, las cuales mostraban todas las comodidades que iban a llegar a tener en los servicios del Magicland. Por su parte, habían alquilado una zona de acampada que era sencillamente fascinante. Al llegar lo corroboraron por completo.

Se trataban de casetas triangulares, agrupadas de diez en diez. En el centro de cada grupo habían asientos y hamacas, así como un lugar en donde hacer hogueras. A ellas les había tocado la caseta de una de las esquinas, pues estaban organizadas  de tal manera que cinco estaban enfrente a otras cinco, creando así una pequeña comunidad totalmente aleatoria que, personalmente, Sam estaba deseando conocer. Tenía curiosidad por saber de qué continente serían sus vecinos y rezaba a los siete dioses antiguos, a Merlín y a la bruja roja con tal de no tener que compartir aquella experiencia con ningún inglés. No tenía ganas de andarse con boberías y, realmente, esperaba que la fama que tenía el Magicland para mezclar etnias y razas fuese real, siendo todos allí de distintos lugares.

Disposición de las casetas y piscina:

Llegaron a su caseta después de alucinar pepinillos durante todo el trayecto, hablando de todo lo que tenían que hacer nada más dejar las cosas en su caseta. Sin embargo, nada más llegar a la caseta no fluyó todo con tanta facilidad, ya que aquello era muchísimo mejor de lo que se hubieran imaginado. Una vez entrabas en la caseta era más grande lo que parecía por fuera, pero tampoco demasiado. El lugar se componía de dos camas individuales, una a cada lado, así como un mueble al fondo que, si pasabas por un lado, dabas a un pequeño baño oculto por detrás en donde poder hacer tus necesidades y asearte. Había un poco de hueco entre ambas camas y al principio, justo después de los escalones de madera que te hacían subir a tu caseta, pero nada más. Estaba segura de que montón de magos se quejarían por no tener una suite nupcial dentro de una caseta normal, ¿pero sabéis qué? A Sam no le podía parecer más acogedor y más perfecto aquel lugar para compartirlo con Gwen. A decir verdad, agradecía enormemente que no se pareciese en absoluto a la tienda mágica de ella, en donde había tenido que pasar tanto tiempo.

Eligió de manera totalmente aleatoria la cama de la derecha nada más entrar, tirándose sobre ella. Sin embargo, cuando su amiga se sentó en la suya, Sam no tardó ni un segundo en levantarse de la suya y sentarse al lado de Gwen. —Gwen, no sé si eres consciente: pero ya estamos aquí. A partir de ahora todo está permitido. No me voy a chivar a Caroline si nos saltamos la norma de cinco copas por día. —Se llevó el dedo índice, suavemente, a sus labios sonrientes. —Y te digo todo esto para recordármelo a mí misma porque ahora mismo estoy en ese momento de abrumación total en donde ante tanta expectación no sé ni por dónde empezar. En realidad me he inventado la palabra abrumación para que llegues a entender mi estado actual de...

¡TOC TOC! —Sonó de repente la voz de un chico, acompañada de unos golpes de sus nudillos sobre las tablas de los peldaños de su tienda. Se asomó a través de las cortinas de la entrada, pues estaban perfectamente abiertas. —¡Nuestras vecinas! ¿Qué tal? Soy Jonathan, un placer. —Sonrió ampliamente en una sonrisa encantadora, zarandeando la mano con un gesto infantil.

Lisanne. —Se presentó sobre la marcha Sam, adoptando la identidad que se había inventado para el Magicland. Lisanne Keber, con las mismas características físicas que Amelia Williams porque Sam estaba un poco hartita de tener que acudir a clases de belleza todos los días para cambiar su aspecto. —Ella es Gwen.

Yo también he venido con mis amigos y con mi novia Klara. Los cuatro nos quedamos aquí juntos. Estoy acosando a mis vecinos porque esta noche estaremos en la hoguera aquí fuera, por si os queréis pasar y así nos conocemos —añadió, amigablemente. —Bueno os dejo, que veo que acabáis de llegar y no quiero estresaros. ¡Cualquier cosa estoy en la caseta de al lado, que ya soy veterano en esto del Magicland! —Y se despidió con un guiño de ojos y un gesto, llevando dos de sus dedos a la frente y apartándolos con diversión.

Mira, hemos hecho un amigo —dijo Sam cuando se hubo ido, girándose de nuevo hacia su amiga, ahora rubia. Siempre había visto a Gwen de morena y, sinceramente, le encantaba, pero debía de admitir que el rubio le quedaba especialmente bien. —¿Vamos a dar una vuelta? En realidad tengo hambre y sed... —Carraspeó con evidente travesura, mirándola de reojo como quién no intenta insinuar algo. —¿Me repites cuáles eran nuestras ventajas con la pulsera verde? ¿Barra libre, me suena? —Se hizo la despistada, poniendo un mohín que acompañaba su pequeña farsa.
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Gwendoline Edevane el Mar Ago 21, 2018 8:31 am

Nuestra aventura en el Magicland, oficialmente acababa de comenzar. Mentiría si dijese que todo aquello, desde el momento en que a la entrada nos obsequiaron con un par de pulseras verdes, hasta el momento en que llegamos a nuestros alojamientos, no me recordó a épocas pasadas y mejores en compañía de Sam. A épocas en que nuestra amistad no estaba prohibida, en que podíamos caminar juntas sin que intentasen apresarla, a ella por ‘ladrona de magia’ y a mí por ‘traidora’.
Estar allí, en el Magicland, traía a mi memoria los mejores momentos de nuestra amistad. Antes de la desaparición de Henry Kerr; antes de Sebastian Crowley; antes del cambio de gobierno; antes de Vladimir y Zed Crowley. Cuando no éramos más que dos chicas, dos chicas muy amigas, que disfrutaban al máximo de cada pequeño momento que pasaban la una junto a la otra.
De repente, me alegré muchísimo de haber aceptado venir al Magicland. No podía garantizar que no hubiese sustos, que nadie nos reconociese, que nadie intentase atraparnos… pero tenía la sensación de que todo iría bien. Porque nos merecíamos ser felices como hacía años, cuando éramos mucho más inocentes que hoy.
La primera parada en aquella nueva aventura de Samantha Lehmann y Gwendoline Edevane fue su lugar de alojamiento: un conglomerado de casetas mágicas cuyo interior era más grande de lo que parecía desde fuera. Algo que haría explotar la cabeza de cualquier muggle que intentase comprenderlo. Reconozco que a veces yo misma lo encontraba complicado de entender, aún a pesar de haber vivido en el mundo mágico tanto tiempo, y de haber estado recientemente en una maleta que parecía no tener fondo y contenía hasta una sala de entrenamiento de estilo japonés. Sam posiblemente no tendría ese tipo de problemas, teniendo en cuenta que su residencia durante gran parte de los últimos dos años había sido, precisamente, una tienda de campaña mágica.
Al llegar a la que sería nuestra caseta, me detuve brevemente en el umbral, esperando a que Sam escogiese una de las dos camas individuales que había allí. Al momento, escogí la opuesta, descolgándome la mochila lateral y dejándola caer al suelo. Como ya he mencionado, y si bien no me pesaba lo más mínimo debido al encantamiento, aquella mochila estaba encantada para llevar en su interior un montón de cosas, muchas más de las que cabrían en una mochila normal de ese tamaño. Al tocar el suelo, emitió un sonido metálico, como si hubiese dejado caer una bola de bolos en el suelo.
Sam acudió junto a mí, sentándose en el borde de la cama a mi lado. Puse los ojos en blanco al escucharla hablar, negando con la cabeza en un gesto divertido.

—¿Vamos a empezar a traicionar las normas tan pronto, Sam? ¡Qué vergüenza!—Respondí, aún a sabiendas de que cinco copas por día eran muy pocas. ¿De verdad pretendía Caroline que bebiésemos solamente cinco copas diaria? Sí, y después podemos intentar ir a un convento y meternos a monjas, pensé mientras desechaba la idea. Con todo lo que estaba sintiendo últimamente por Sam, ¿meterme a monja? ¡Jamás! Y eso sin mencionar mis ‘baños relajantes’, claro.—Supongo que, en ausencia de Caroline, me toca ser la responsable, la que dice que no deberíamos hacer una cosa aunque luego la haga igual, ¿no? Espero que hagas tu mejor trabajo a la hora de llevarme por el mal camino.—Dije con una sonrisa divertida y un guiño de ojo.—De verdad, me alegro mucho que que estés feliz. Esto es muy...

No llegué a terminar aquella frase, pues una voz llamó nuestra atención desde la entrada de la cabaña, acompañada del sonido de unos golpecitos en los peldaños de entrada. Sam y yo miramos en esa dirección, curiosas, y nos encontramos con un joven de rubios tirabuzones que, en cierto modo, me recordó a una versión adulta de Jesse, el protagonista de las películas de Liberad a Willy, si este hubiese envejecido bien.
El joven se presentó como Jonathan—¡Casi! ¡Empieza por J!—y nos saludó amigablemente; Sam, por su parte, nos presentó como Lisanne—nombre falso de Sam para la ocasión y que casualmente podía abreviarse como Sanne, que sonaba muy parecido a Sam—y Gwen. No nos habíamos inventado ningún nombre falso para mí, pues no habría problema en que nadie me viese allí siempre y cuando Sam pasase desapercibida. Mi cambio de pelo era una mera estrategia para distraer la atención de nosotras.

—¡Hola, Jonathan!—Añadí tras la presentación de Sam, con una sonrisa y un saludo con la mano. Nos explicó que el motivo de su visita era una invitación a pasar un rato junto a él, sus amigos, y todo aquel que quisiese unirse. Mantuve la sonrisa en todo momento, pero teniendo en cuenta que Sam era una fugitiva, prefería preguntarle a ella más tarde, cuando estuviésemos a solas.—¡Gracias por invitarnos!—Respondí, imitando el curioso gesto de despedida del muchachao cuando este se marchó.

Sam tenía razón: habíamos hecho un amigo. Resultaba reconfortante poder conocer gente nueva. El Magicland iba a ser muy reconfortante en comparación con nuestra Inglaterra, amada y odiada a partes iguales en aquellos días.
Cuando Sam se hizo la despistada, negué con la cabeza, divertida, mientras me ponía en pie para cumplir con su primer deseo: un paseo para conseguir provisiones. En estos momentos, dada la hora que era, prefería que dichas provisiones fuesen de bajo contenido alcohólico. Además, tenía un pequeño deseo que, si bien podía parecer infantil, la perspectiva de pasar un rato junto a la hoguera me lo había recordado.

—Me gustaría comprar unos cuantos malvaviscos.—Confesé, un poco avergonzada por lo infantil de la propuesta.—Ya que nos han invitado a una hoguera, podríamos asarlos… ¡Como auténticas americanas!—Sonreí con gran ilusión. Era una tontería, pero me apetecía.—Aunque creo que lo primero sería conseguir algo para la cena, ¿no? ¿Qué te apetece?—Hice una pausa, añadiendo.—Y no, no vale decir vodka: algo sólido, Lehmann.—Posiblemente quisiese algo con chocolate. Sin embargo, llevábamos horas en la carretera, y por mí, me comería una pizza entera yo sola.

Le ofrecí a Sam mi brazo para que se cogiese de él y así iniciar nuestro recorrido por el Magicland. Lo hice de manera automática, llevada por la confianza. Lo cierto es que me apetecía pasear de la mano de Sam, como habíamos hecho de camino a las casetas. Me hace tan feliz… pero todavía no sé cómo voy a decirle lo que siento por ella…


Algo más tarde, en el mercado internacional...

Cogidas de la mano llegamos al mercado internacional, lugar donde saciaríamos nuestro apetito y nuestra sed. Con suerte, Sam no encontraría nada con alcohol para empezar la fiesta temprano… pero en el momento en que puse el pie en aquel lugar supe que estaba siendo una completa ingenua.
Lo primero que llamaba la atención en el mercado internacional del Magicland eran los olores: cientos y cientos de olores exóticos, entremezclándose y componiendo un conglomerado que, de haber visitado sitios como Mexico, China, India, eran capaz de llevarte de vuelta a dichos lugares. De alguna manera, los olores no resultaban invasivos, ni se unían en una mezcla que podía abrumar tu sentido del olfato: todo era delicado, agradable, y hacía que se te abriese el apetito.

—¡Este sitio es impresionante!—Exclamé, dando un pequeño saltito hacia delante y observando todos los puestos que nos rodeaban. El mercado estaba abarrotado de gente, y los productos iban y venían, de las manos de los vendedores a las de los clientes. Sonreí como una niña pequeña el día de su cumpleaños, volviéndome hacia Sam.—¿Buscamos un puesto de comida turca? Me apetece probar las shawarmas auténticas con mucha salsa picante. Y seguro que los falafel están deliciosos. ¿No te apetece? ¿O prefieres probar otra cosa?—Hablaba muy rápido, y es que estaba emocionada: la comida era una de mis pasiones, ya fuese cocinarla o comérmela, y tener ocasión de probar cosas de todas partes del mundo en un mismo sitio era todo un lujo.

Cierto era que tendríamos que serpentear entre un montón de gente en busca de los puestos de comida, pero no me importaba: estaba feliz, estaba junto a la única persona en el mundo junto a la cual quería compartir aquella experiencia, y estaba dispuesta a internarme entre la marabunta de gente allí reunida.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Ago 22, 2018 6:50 am

Las dos sabemos que las normas están para romperse, Gwendoline, lo que pasa es que en Hogwarts éramos demasiado buenas. Ya tenemos una edad para volvernos rebeldes. Además, era Caroline quién siempre se saltaba las normas, no tiene derecho a limitarnos las copas. ¡La de veces que tuve que hacer castigo por ella! —Se quejó, muy divertida, para entonces mirarla de cerca con un rostro malvado. —Tú sabes que yo soy experta en llevarte por el mal camino... es mi segundo superpoder. El primero ya sabes que es mi radar infalible, el segundo es llevar a Gwendoline por el mal camino y conseguirlo. Las dos sabemos que soy tu mala influencia —le respondió, contagiándose de su sonrisa.

Y claro que estaba feliz, mucho. Le hubiera gustado decirle la alegre que estaba de poder vivir esa experiencia con ella y volver a sentirse como hace años, cuando eran personas normales, en un mundo normal... pero fue cuando apareció su vecino, un hombre que tenía pinta de tener como hobbie surfear, más que nada por el moreno que poseía y los rulos dorados que adornaban su cabeza. Se limitó a invitarles esa misma noche a la hoguera que iban a hacer frente a las casetas, en dónde querían conocerse todos. La verdad es que le hacía ilusión a medias, ya que inevitablemente eso de ser Lisanne le desmotivaba un poco en cuanto a relaciones se refería.

Al irse y con una Sam deseosa de hacer cosas, Gwen dijo que quería comprar malvaviscos. La miró divertida. —No es la idea que yo pensaba, pero me parece muy bien —confesó divertida, para entonces ver cómo su añorado vaso de vodka se alejaba de una patada cuando Gwen dijo que algo sólido, ¿el vaso de cristal no cuenta o qué? Sí, tenía ganas de emborracharse, olvidarse de todo y sentirse un ser nuevo en un mundo precioso, que era el Magicland. Pero bueno, vamos con paciencia que acaban de llegar. —Ilgui sílidi, Lihminn —ridiculizó su frase, entrecerrando los ojos, para entonces sonreír y entrelazar sus brazos. —¡Vamos antes de que me ponga a argumentar los valores nutritivos del vodka!

***

Sí, sí que era un lugar impresionante. ¿Os lo podéis creer? Sólo habían ido al mercado y las muy gordas ya estaban alucinando con los olores. No por nada el Magicland era considerado el lugar de las sensaciones, en donde todos tus sentidos viven experiencias nuevas. El olfato no se iba a quedar atrás. Su amiga puso sobre la mesa la idea de la comida turca, para comerse uno de esos rollitos de carne con salsa picante. Pero no cualquier salsa picante, ¿sabes? Tenían su propio título: "Salsa picante rompedora de papilas gustativas, arrasadora de gargantas y proveedora de eructos estilo dragón". La verdad es que Sam no era muy tolerante a esas salsas, le encantaban como olían, pero eso de comérselas era otro tema… Sin embargo, era muy consciente de lo mucho que a Gwen le gustaba sentir dolor mientras comía—era su amiga y la aceptaba pese a todo, incluido su masoquismo—por lo que le parecía una idea muy buena que su amiga se comiese eso. Además, era el truco perfecto: después de una salsa picante hace falta algo líquido y fresquito para la lengua: ¿qué mejor que una de vodka? Era el plan perfecto. —Me apetece falafel. —A ver, si no fuera vegetariana ahora mismo se comía hasta un jabalí del hambre que tenía, pero debía de admitir que su máxima motivación para ir a un restaurante de comida turca era que Gwen era feliz yendo a un restaurante de comida turca. Y una Gwen feliz, es una Gwen que quiere vodka. ¡Que no! ¡Que es broma! ¡Una Gwen feliz es vida!

Y se introdujeron en la muchedumbre. Si estaba así el primer día, no quería ni imaginarse cuando estaría en mitad del periodo que duraba el Magicland. Sin embargo, también tenía que ver que prácticamente era la hora de comer y que todo el mundo llegaba muerto de hambre del camino, por lo que después de más o menos quince minutos de traslado y unos tres en buscar mesa libre, consiguieron sentarse en una terraza, en una pequeña mesa de metal para dos con un precioso mantel de color rosa con puntitos blanco. Las sillas también eran de metal, pero tenían un asiento y un respaldar acolchado. Sam no lo probó, sino que se apoyó en la mesa hacia adelante, cogiendo la carta que estaba sobre ella y poniéndola sobre la mesa abierta para que ambas pudieran leer pese a estar una frente a la otra. —Me voy las voy a pedir de garbanzos, las habas nunca me han gustado mucho. Saben como a… raro, no sé. —Obviamente no sabía porque “raro” no era un adjetivo válido en esa frase. Por suerte, Gwen también tenía un superpoder: el de entender a Sam. Ambas se compenetraban muy bien, sin duda. —Mira tía, este es tu destino —señaló uno de esos shawarmas. —Se llama Super Picante. Te viene con capa y todo, y escupiendo fuego por la boca. —De hecho, Samantha siguió leyendo y se quedó alucinada con lo que vio al final, cuyo título del pedido estaba con un fondo super épico y llameante, protagonizando el final de la carta. —Tía, mira esto. —Y comenzó a leer, sorprendida. —Si consigues comerte este shawarma, su salsa picante te otorgará el poder de escupir fuego por la boca durante diez minutos. No recomendable ni para estómagos débiles ni para pirómanos. —Y Sam miró a Gwen, con una sonrisa bien abierta de: “no me creo que esté leyendo lo que estoy leyendo”, pero sí, así era. Aquello era el mundo mágico: lo raro era que no te saliesen alas y se te llenase el cuerpo de escamas para tener por completo el pack del dragón.

El camarero fue bastante rápido en venir a pedirles la comanda. Sam, por su parte, se pidió falafel de garbanzos con patatas fritas y pimiento asado—le encantaba el pimiento asado—y, cuando pidió por lo de beber, fue ella quién salió de cabeza. —Dos de vodka con… —Y tras mirar a Gwen abrió los ojos. —¡Es broma, tía! Para mí un zumo de melocotón. Y para ella leche. Mucha leche. Cantidades ingentes de leche. Una vaca para ella sola. —Y el camarero rió, creyéndose que Gwen no sería capaz de comerse su shawarma sin sufrir ninguna lágrima del picor. ¡Já! ¡Estaba subestimando a su amiga! Ya vería como Gwen engullía aquello sintiendo el poder del picante en su interior sin que nada le molestase. Tras pedir todo decentemente, sin bromas de por medio, la rubia se apoyó con el codo en la mesa y sujetó su cabeza con su mano, mirando a su amiga. Se pegó unos segundos en silencio; uno de esos silencios cómodos que podrían durar una eternidad sin que fueran incómodos. Te dabas cuenta de lo especial que era una persona en tu vida cuando pasaba eso: no había silencios incómodos junto a ella. —¿Pues sabes qué? —Seguramente Gwen pensase que le iba a hablar sobre el bigote extraño del camarero, o de que quizás le apetecía ron más que vodka, pero no era el caso. —Te queda bien el rubio —dijo de repente. —Siempre le he tenido un cariño especial a tu pelo castaño, así super liso, largo y oscuro, pero estás muy guapa. —Y la miró con una sonrisa traviesa. —Más de lo normal, digo. —Y le sacó la lengua con cariño. Sam, por el contrario, echaba mucho de menos poder salir a la calle con su rubio natural y dejarse de tanto castaño...
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Gwendoline Edevane el Miér Ago 22, 2018 9:36 am

El mercado internacional del Magicland resultaba ser un lugar maravilloso. Quizás suene un poco estúpido o ingenuo acudir al festival mágico más famoso del mundo, que por primera vez en su historia se deja caer cerca de Inglaterra, y allí estábamos nosotras dos, disfrutando como niñas pequeñas de un mercado. Por muy internacional que fuese, y por muchos prodigios que estuviésemos a punto de presenciar y saborear, no dejaba de ser una pequeñísima parte del festival. Si ya con aquello estábamos emocionadas, ¿qué pasaría cuando viésemos el resto? Pues probablemente suframos algún tipo de infarto, pensé mientras caminaba de la mano de Sam y contemplaba la cantidad de cosas que nos rodeaban, muchas de ellas nunca vistas por mis verdes ojos de inglesa que pocas veces ha viajado al extranjero.
Los olores eran deliciosos, y no pude evitar que se me antojase un poco de comida turca. Un shawarna fue lo primero que me vino a la cabeza, y teniendo en cuenta que la comida turca incluía algunos platos de índole vegetariana, como podía ser el falafel, se antojaba perfecto para ambas. Con toda mi emoción se lo propuse a Sam, hablando muy rápido, más rápido de lo que era normal en mí. Y es que, increíblemente, estaba feliz. Parecía que hubiésemos dejado atrás todos los problemas que nos esperaban en casa.

—Pues vamos a por ello.—Respondí a Sam con una sonrisa, cogiéndome de nuevo de su mano con tal naturalidad que ni me detuve a pensarlo. Cualquiera que nos viese desde fuera, siempre y cuando su objetivo no fuese atrapar a Sam y por extensión atraparme a mí, podría pensar que éramos una pareja muy mona. Y es que, aunque yo no era consciente de eso entonces, actuábamos como tal.

Nos pusimos a recorrer aquel mercado plagado de gente. Resultaba complicado desplazarse, y de cuando en cuando chocábamos con alguna persona distraida que contemplaba todo lo expuesto por allí. ¿Y sabéis que ocurría en esas ocasiones? ¡Que la gente se disculpaba con nosotras! ¡Y nosotras con esa gente! Nadie sacaba las varitas al reconocernos como una fugitiva y su colaboradora. La gente parecía feliz, y no tenía inconveniente en disculparse con un par de chicas que se chocaban con ellos, a pesar de no tener culpa de nada.
Por el camino, en algún momento Sam y yo comenzamos a hablar sobre series. Concretamente, yo empecé a protestar acerca de los últimos sucesos ocurridos en la serie Arrow, no por primera vez—y seguramente tampoco por última—mientras Sam me escuchaba con paciencia.

—...y es por eso que me parece tan estúpido que finalmente Oliver confíe en el FBI, en lugar de pedir ayuda a Flash o Supergirl. ¡Tiene literalmente un ejército de superhéroes a su disposición y le pide ayuda a quienes quieren encerrarle en prisión!—Me llevé la mano a la cara en el clásico gesto del facepalm, negando con la cabeza.—De verdad, voy a dejar de ver esta serie. Cada día son más tontos...—Prometí, pero ambas sabíamos que no cumpliría mi promesa. Lo mismo decía de The Walking Dead y ahí seguía cada temporada.

Por fortuna para Sam, que ya estaba poniendo los ojos en blanco y seguramente pensando algo del tipo ‘¿Qué Arrow ni que Arrow? A mí dame ya nuevos episodios de Juego de Tronos’, o quizás en alguna de esas series españolas que Santi le había dado a conocer, la charla no continuó demasiado tiempo. Habían dado con el lugar que buscaban: un puesto de comida que no solo era turco sino también mágico.
Ocupamos una mesa en la terraza, aunque ninguna de las dos se sentó para hojear la carta. Lo hicimos de pie, como buenas turistas a las que al cabo de cinco días torturarían las agujetas y el dolor de pies. ¡Pero éramos jóvenes y fuertes, podíamos con aquello y más! Sam fue la primera en recorrer con sus ojos la carta, y tras decidir lo que tomaría ella—entendía a qué se refería con que las habas le sabían raras, pues se trataba de una legumbre que no todo el mundo disfrutaba—me hizo saber de la existencia de una criatura del averno llamada Super Picante, un shawarna con una salsa tan picante que prometía fogonazos y llamaradas brotando de la boca de quien lo probase. La imagen no podría ser más cómica, además: uno de aquellos deliciosos platos turcos ataviado con una capa, con el infierno ardiendo tras él en forma de llamaradas amarillas y naranjas. Se me abrieron los ojos con gran interés.

—Reto aceptado...—Murmuré, parafraseando a Barney Stinson. ¿Que no sabéis quién es Barney Stinson? Pues deberíais, así que no os daré ninguna pista al respecto.—Si consigo comerme esto, espero que tengas lista la varita para apagar las llamas en caso de que provoque un incendio.—No pude evitar reírme: todo aquello figuraba en la carta. Esperaba que no se tratase de un descarado caso de publicidad engañosa.

El camarero se acercó a nuestra mesa con una amable sonrisa bajo su bigotillo, y Sam pidió la primera. Yo indiqué que quería uno de esos Super Picantes, y quizás me arrepintiese después, con el calor que hacía. Sam iba a empezar a pedir alcohol, a modo de broma, pero finalmente optó por zumo de melocotón… y leche para mí. Ambas reímos, y el camarero hizo lo propio.

—¡Oh, venga! No soy tan cruel, y lo sabes.—Dije a Sam, antes de que el camarero se marchase. Llamé su atención.—¿Hay alguna bebida alcohólica típica de Turquía que diga usted que no podemos quedarnos sin probar?—Pregunté con una sonrisa. El camarero, sonriente, mencionó algo llamado Raki, que si bien yo no conocía, al parecer era un licor parecido al anís. Asentí con la cabeza.—Dos Raki y una jarra grande de cerveza bien fría. Muchas gracias.—Por favor, ¿de verdad iba a privar a mi amiga del placer de disfrutar del alcohol en un festival como aquel? ¡Jamás!

Cuando el camarero se retiró, Sam y yo compartimos uno de esos silencios que a veces se producían entre nosotras. Sam, con su cabeza apoyada en la mano, me miró; en respuesta yo la miré a ella, y no pude evitar componer una sonrisa alegre. Sam estaba preciosa incluso con el aspecto que utilizaba para moverse por el mundo muggle.
Lo que me dijo me sorprendió. No pude evitar sentirme un poco avergonzada, bajar la mirada, y que un ligero rubor se adueñase de mis mejillas. Tú sí que estás muy guapa, cada día más, pensé.

—¿Y me lo dices tú a mí? ¿Acaso has visto lo bonita que eres? Ni siquiera ese color artificial de pelo y de ojos consigue opacar lo guapa que eres.—Me mordí el labio inferior, mirándola como quien mira a la más hermosa obra de arte existente en la historia de la humanidad. Y entonces lo supe: ese era el momento. Había planeado no volverme a casa del Magicland sin haberle dicho a Sam lo que sentía por ella. En mi cabeza el resultado no importaba tanto como el hecho de que mi amiga lo supiese. Porque una persona debería decirle esas cosas tan bonitas a la persona que despierta dichos sentimientos.—Oye, Sam...—De manera nerviosa, empecé a deslizar el dedo índice de la mano derecha sobre la superficie de la mesa, como si se tratase de un bolígrafo y estuviese garabateando cosas en una hoja de papel; mi mirada, inevitablemente, se dirigió a dicho dedo.—Tú y yo llevamos siendo amigas mucho tiempo. Has cuidado de mí más que nadie en el...

Pero el destino, en forma de señor turco, no quería que confesase mis sentimientos entonces. Y es que el camarero se presentó con una bandeja que contenía un par de vasos, una botella con un líquido transparente—Raki, supuse—, una jarra grande de cerveza y dos más pequeñas, y un cestillo con algunos panes de pita. Depositó vasos, jarras y cestillo en la mesa, y luego nos sirvió a cada una un vasito de Raki.

—Al Raki invita la casa, señoritas. ¡Brinden a nuestra salud!—Comentó el camarero con un gracioso acento turco. Le habría dado las gracias, pero la interrupción me dejó totalmente fuera de juego. Planeaba confesarle a Sam todos mis sentimientos… y había sido un tremendo fallo.

Sin saber bien qué hacer, tomé el vaso de Raki con los dedos de la mano derecha, un vaso no muy grande que nos serviría de inauguración. Volví a mirar a Sam cuando me sentí lo bastante segura para hacerlo, y alcé levemente el licor.

—¿Te parece bien? ¿Brindamos por ese señor tan simpático con este Raki tan delicioso como gratuito?—Y compuse una sonrisa, medio nerviosa, medio divertida. El corazón se me había acelerado ante lo que había estado a punto de decir, y todavía no había recuperado su ritmo normal. ¿Por qué resultaba tan difícil decir aquellas cosas tan hermosas? ¡Ella se merecía saberlas!
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Ago 27, 2018 7:44 pm

Por supuesto, todo lo que haga falta. Y si por alguna casual te domina el espíritu del dragón y decides morder a alguien, yo me encargaré de que no diga nada y que no termines entre rejas hasta que se te pasen los efectos. Para eso estamos las amigas, confía en mí. —Y Sam tuvo un flash en ese momento. Hubo un momento en Hogwarts en dónde Henry y Sam estaban sentados en uno de los pasillos del castillo, uno en frente del otro. Recordaba perfectamente como ella leía un libro sobre adivinación para poder entender el temario de un examen, mientras Henry jugaba con una piedra encantada mágicamente que rebotaba como una pelota saltarina. Henry la hacía chocar o bien contra la pared de Sam para que rebotase hacia él, o la lanzaba contra el suelo para que chocase en la pared y rebotase hacia él. La rubia recordaba perfectamente como esa sabia Sam de tan solo catorce años le decía: "Henry, para ya que me vas a dar" y como el idiota de Henry de catorce años le decía: "Claro que no, yo controlo, confía en mí." Pues el confía en mí que había dicho Sam en se momento a su querida Gwendoline sonó más o menos como ese de Henry. Cabe añadir que ese día Sam entró a la Sala Común sin hablarse con Henry y con un pañuelo con hielo en el ojo izquierdo. —No tengo ninguna duda en que te lo comerás, solo asegúrate de tirarte los eructos posteriores sin mirar hacia mí, ¿vale? —Bromeó divertida, mordiéndose la lengua.

Después de pedir su inocente zumito de melocotón y leche para su amiga—obviamente todo en broma—no tardó en escucharse la voz de Gwendoline, quejándose no por lo pedido, sino porque Sam de verdad se creyese que nada de alcohol durante su primera comida en el Magicland después de largo camino que habían hecho en coche. Pero no, claro que no se creía: como bien había dicho Gwen, sabía perfectamente que su amiga era lo más dulce del universo, aunque el resto de persona pudieran pensar que es una piedra. ¿Y sabes lo que sabía sobre todas las cosas? Que frente cualquier adversidad o condición, Gwendoline Edevane, amante del picante, no iba a permitir que un vaso de leche le rebajase el picor de cualquier salsa, ¡eso nunca! Con una sonrisa de oreja a oreja, miró a su amiga pedir un algo alcohólico turco—que dicho así suena terriblemente turbio—en compañía de una jarra de cerveza. Honestamente, aquella idea le hizo la boca agua con el calor que hacía.

Fue entonces cuando en ese momento de espera, en donde se produjo un silencio de lo más cómodo, Sam le dijo que estaba muy guapa de rubia. Se había dado cuenta nada más subir al coche pero... claro, en aquel momento la emoción del Magicland había superado cualquier sorpresa, así como las prioridades de recordar que nada se les olvidaba. Ahora, allí delante de ella, se había dado cuenta de lo evidente y Sam era de esas personas a las que le encantaba recalcar lo preciosas que eran sus amigas. Y qué menos qué decirlo. Pero como siempre, Gwendoline en vez de agradecerte el cumplido, te lo devolvía. Sam negó con la cabeza, sobre todo al ver como se ruborizaba. ¡Venga, Gwendoline, si te digo que estás guapa muchas veces! pensó, sin poder evitar añadir a sus pensamientos que su amiga era muy tierna cada vez que reaccionaba así. —Pero Gwendoline, por favor —respondió, divertida. Al igual que Gwendoline siempre solía ruborizarse y aceptar ese tipo de comentarios con cierta vergüenza, Sam se los tomaba de manera mucho más exagerada, pecando de un narcisismo que en realidad no tenía. Siempre, siempre había tenido bastante auto-estima y le encantaba presumir de su cuerpo o bien realzar aquello que sabía que le favorecía—por ejemplo, esos labios rojos que siempre le gustaba pintarse—, pero a decir verdad hacía tiempo que ya no pensaba así y estaba mucho más cohibida. No lo admitía, pero la situación que pasó con todos los Crowley dejó muchas cicatrices, tanto físicas como emocionales, en ella. Y ya no se sentía precisamente a gusto. Aun así, como siempre se había comportado de esa manera, no dudó en decir lo mismo que la Sam del pasado hubiera dicho. —No lo digas con sorpresa, parece que te acabas de dar cuenta de mi belleza incondicional. Tienes delante a una Austriaca de pura cepa que no ha pisado su país en años. —Y se llevó la mano al pelo, aireándoselo con aires de grandeza. —Es broma... gracias —añadió, un poquito más seria, sólo un poquito. —La verdad es que no me gusta mucho verme así, echo de menos ir por ahí siendo yo realmente. Cada vez que en el Juglar me veo en algún reflejo de castaña es... raro. No me acostumbro y eso que llevo ya casi cinco meses trabajando ahí —comentó con tranquilidad. En realidad sólo pasaba una cosa: echaba de menos la Sam del pasado y quería poder verla otra vez a través del reflejo. Mientras fuera castaña de ojos marrones querría decir que nada había vuelto a la normalidad, que esa Sam no había vuelto y que seguía sumida en su vida, esa que tantas vueltas ya había dado. Lo que Sam no estaba pensando era de que en realidad esa Sam del pasado ya no va a volver nunca.

Ese inocente "oye Sam" que salió de los labios de su amiga podrían haber deparado muchísimas preguntas y afirmaciones de lo más normales, a lo que Sam clavó la mirada en su amiga para prestar toda su atención. Sin embargo, conocía lo suficientemente bien a Gwen—a veces demasiado—como para darse cuenta que ese dedo rasgando la mesa y ese desviar de mirada eran signos de que no estaba cómoda diciendo lo que iba a decir, o que bien era algo complicado y no sabía como abordarlo.  Y cuando comenzó a hablar, inevitablemente Sam sintió una alarma interior, confundida, frunciendo ligeramente el ceño. No era complicado relacionar ese comienzo con el comienzo de cualquier tipo de confesión, pero claro... Sam se lo negó rápidamente, ¿qué narices iba a confesarle Gwen que ya no supiese y que le diese vergüenza decir? A decir verdad, la situación se puso tan seria de repente y Sam entendía tan poquito que en cierta manera agradeció la interrupción del camarero. Y digo "en cierta manera" porque en realidad su curiosidad de Ravenclaw había picado de lleno en su cerebro. “¿Y si…? ¿¡Y si…!?”

Se hizo hacia atrás para dejar hueco en la mesa para que el camarero dejase todas las cosas, mirándolo con una agradable sonrisa claramente fingida para parecer agradable. —Gracias —dijo antes de que se fuera, imitando a Gwen y cogiendo el vasito de Raki. Sam se lo llevó a la nariz, para olerlo, pues tenía la extraña manía de oler todo antes de llevárselo a la boca. Si olía mal, por lógica, también debía de saber mal. Qué menos que hacerte una idea preconcebida de la mierda que te vas a comer. —Me parece un buen brindis pero... —Antes de brindar, hizo retroceder un poquito el vaso, para poner también su parte del brindis. —También quiero brindar y de paso prometer dos cosas: la primera, lo que pasa en el Magicland, se queda en el Magicland... —La miró seriamente, para entonces reír. —Es broma, es broma, que parece que vamos a enterrar un cadáver. Ahora en serio: primero brindamos por la oportunidad de estar aquí, que es gracias a ti. Segundo porque vamos a estar doce horas del día borrachas y no vale decir que no. Y tercero porque ese señor tan simpático del bigote divertido nos ha invitado al primer Raki, que no sé a qué sabrá, pero tampoco puede ser el último. —Y entonces acercó el vasito a Gwen, para que lo hiciera sonar.

No, no había alargado el brindis para evitar retomar la conversación anterior, pero por alguna extraña razón si Gwen no parecía demasiado cómoda diciendo eso... Sam de primeras tampoco. Eso de entrar en paranoia suprema por culpa de preguntas de lo más alocadas que aparecían en su mente ante la confesión incompleta de Gwen no le molaba. Y era lógico en realidad: Sam no era de piedra y quería con locura a su amiga y, por mucho que pudieran pensar ambas que aquel beso en el apartamento de Hemsley pasó de largo sin repercusiones, no era así. Sam le había dado vueltas y había decidido no rayarse, por lo que cualquier tipo de situación como esta, inevitablemente le traía eso de nuevo a la cabeza. ¿Y cómo no ibas a rayarte, cuando te niegas algo que te gusta pero en verdad está prohibido? Todo era muy raro. Por suerte Sam es experta en auto-convencerse de ese tipo de cosas y actuar con normalidad hasta olvidarse.
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Gwendoline Edevane el Mar Ago 28, 2018 7:56 am

Resulta curioso pensar cómo una conversación distendida, una conversación acerca del picante y de eructos lanzallamas llena de risas, puede dar paso a un intento de confesión de algo muy profundo, algo que una persona cree que la otra debe saber, pero que es incapaz de exponer en palabras. También resulta curioso cómo, en algunos casos, el universo o el destino, llámale como prefieras, parece enviar sutiles señales que parecen indicar que no es el momento correcto.
Así me sentí entonces. Ese silencio tan cómodo en que ambas nos miramos para después intercambiar cumplidos sobre la belleza de la otra—una belleza más que evidente, más que envidiable, en el caso de Sam—se me antojó el momento perfecto para decir algo que llevaba pensando desde finales de junio. Y es que aquel beso lo había cambiado todo y me había hecho darme cuenta de lo que sentía por ella. De lo que llevaba sintiendo casi desde siempre. ¿Me había sorprendido? Por supuesto, pues llevaba años pensando erróneamente que yo era una heterosexual muy extraña.
Pero el contacto de sus labios. La caricia de sus manos. Aquellos segundos en que ambas nos entregamos a un beso que, creo, de no ser por la intervención de aquella señora—¿El destino? ¿Otra vez?—no se habría detenido. Aquello había despertado cosas en mí, y me había hecho darme cuenta de muchas otras: cómo Sam era la única capaz de hacerme sonreír de aquella manera, cómo era la única que me había visto cómo era yo realmente, cómo me hacía feliz a cada segundo que pasaba, cómo la había echado de menos todo el tiempo que había permanecido lejos de mí… Y no había otra opción que pensar que aquello era amor, y que lo estaba experimentando por primera vez.
¿Pero creéis que fui capaz de poner todo aquello en palabras? No.
Me había lanzado, pero ni yo misma me creía capaz de terminar, de decirlo como era debido. Y de todas formas, una vez más el universo pareció enviar a uno de sus agentes a impedirlo, casi como si no fuese el momento, en la forma de un alegre señor turco que nos invitó a nuestro primer trago de alcohol en el Magicland.
¿Qué hacer en una situación así? Mi valor, el poco que había logrado reunir, se escapó de la misma manera que un montón de arena es arrastrado por una ráfaga de viento. Y lo único que se me ocurrió fue proponer un brindis. Sam completó aquel brindis.

—¿Qué estás planeando, Lehmann?—Logré preguntar, mientras me mordisqueaba el labio inferior, ante lo primero que Sam dijo. La sugerencia de Sam quizás no fuese por esos derroteros, pero lo que yo imaginé… bueno, digamos solamente que Sam y yo compartíamos caseta, teníamos tendencia a dormir juntas, y esos días correría mucho alcohol. Juro solemnemente que beberé con moderación, me dije a mí misma mientras trataba de alejar aquella imagen mental tan atractiva que no debía suceder nunca jamás entre dos amigas, y que recordaba haber temido con todas mis fuerzas tras la fiesta de carnaval en Babylon.—Enterrar un cadáver. Claro.—Añadí con cierto nerviosismo después, apartando la mirada y avergonzándome profundamente de mis pensamientos, casi como si Sam pudiese ver dentro de mi cabeza. Que podía, cuidado, pero para ello necesitaba utilizar sus dotes legeremánticas.—¿Gracias a mí? Pero si tú sugeriste la idea. Y la verdad… por ahora, me alegro de haber venido. Pensé que iba a estar bastante más nerviosa, pero… la gente aquí parece maravillosa. Ojalá Londres fuese así...—Respecto al segundo punto del brindis… me había propuesto evitarlo a toda costa. Tenía miedo de emborracharme y hacer alguna locura, como lo que había hecho durante la fiesta de carnaval. Y aquello había sido solo un beso. Actualmente, me sentía propensa, si Sam me lo pedía con suficiente alcohol en vena, a desnudarme delante de ella.—Brindemos también por eso, ¿te parece? ¡Por la gente que visita el Magicland!—Hice chocar mi vasito con el de Sam, y entonces, ambas dimos nuestro primer trago de alcohol.

De un trago, el Raki bajó por mi garganta, quemando y dejando tras de sí un regusto dulzón que, efectivamente, recordaba al del anís. No estuvo mal, pero acabaría empalagándome si decidía emborracharme con una botella de aquel licor. Pero de todo hay que probar.
Eché mano de uno de los panes de pita del cestillo, partiendo un trocito con los dedos y llevándomelo a la boca, más por el hecho de que estaba allí que por tener demasiada hambre. Miré a Sam y le dediqué una sonrisa, de nuevo maravillándome en su hermosura… y recordé algo que no le había dicho.

—¡Es verdad! Quería darte una sorpresa, y se me pasó decírtelo en el coche. Ayer recibí una carta...—Me puse a rebuscar dentro de mi bolso mágico, que contenía ahí el equivalente a cincuenta vidas y media—y un caldero, sí, aunque reducido con un hechizo hasta el tamaño de una miniatura—hasta dar con la carta que buscaba. La puse sobre la mesa para que Sam la leyese. Llevaba el sello de la universidad mágica. Mientras Sam la abría para ver el contenido, yo no pude esperar más.—Me he matriculado en la universidad. En la carrera de medimagia. A tiempo parcial, eso sí.—Mientras se lo decía, la emoción se hacía muy evidente en mi rostro, la barbilla apoyada en mis manos. Una sonrisa emocionada se dibujó en mis labios.


Apoyo gráfico: sonrisa ilusionada de Güendolín:

—¿Qué te parece? Al final quizás se cumpla tu deseo, termine dejando el Ministerio y empiece a trabajar en San Mungo.—Aunque para eso todavía quedaban un mínimo de cuatro años. ¿Duraría tanto tiempo aquel nuevo gobierno basado en la locura? Espero que no… pero la medimagia me seguirá interesando entonces, pensé, sonriendo de nuevo. Sam era la primera persona que se enteraba de aquello, y me ilusionaba compartirlo con ella.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Ago 28, 2018 10:06 pm

Puede que se le pasase fugazmente por la cabeza el hecho de relacionar lo de "lo que pase en el Magicland se queda en el Magicland" con pensamientos un poco turbios, pero Sam tenía un anti-paranoias bastante bueno en su mente después de tantos años de desarrollo, por lo que en realidad solo pensó malignidades imposibles que ellas en realidad nunca harían. En realidad era solo una broma, lo que no pensó es que dicha broma ocasionase un pensamiento de lo más interesante en la mente de Gwendoline, un pensamiento que era mejor que Sam no supiese que había estado ahí nunca. —Yo sugerí la idea porque sabes lo mucho que me gusta y que no me perdía nada de esto cuando era joven... —dijo, la vieja. —Pero tú has puesto el dinero y... bueno, no es que esto sea precisamente barato, ¿sabes? —Porque sí, Sam le había pagado lo que tenía y se había propuesto pagarle el resto de su parte—¡obviamente!—, pero ella cobraba en libras y el Magicland se pagaba con moneda mágica. Y todos los aquí presentes sabíamos lo exagerado que era el cambio de galeones a libras, por lo que... bueno, Sam iba a estar tiempo pagándole su parte. —Yo también, la verdad... Cuando te dije de venir lo primero que pensé es que seguro que me decías que no para no arriesgarnos y yo pensaría que muy bien, que eres la responsable del grupo y ya hasta me había hecho la idea de que no insistiría mucho... —confesó, sonriente. —Pero me alegro de que no lo hayas hecho.

Finalmente brindaron por todo más por todos los que estaban y llegarían al Magicland. La verdad es que hasta el momento no había sentido ninguna mirada que le hiciese sospechar, ni tampoco se había sentido insegura. Hacía tan buen clima y era todo tan acogedor... que se sentía como en casa. También era importante el hecho de que iba con Gwen y hacía mucho tiempo que al lado de ella era como encontrarte en la comodidad de tu propio cuarto, a salvo y tranquila. Así que conforme por todo el brindis, se tragó aquella bebida y... bueno, no estaba mal. Podría emborracharse con eso. Podría ser ese chupito de cuando estás borracha como una cuba con el que no vas a vomitar después, no como el dichoso tequila. Tenían que prometerse que bajo ningún concepto iban a permitir que el tequila tocase sus labios. Estaba prohibido.

Fue a hablar sobre la prohibición del tequila en sus vidas, pero entonces ella saltó con algo que obviamente Sam no sabía. Atendió, sobre todo porque vio como su rostro se iluminó repentinamente por una noticia que quería darle y si Gwen estaba contenta, Sam estaba contenta. Eso era así aquí y en Pekin. Sujetó la carta que le tendió y la abrió con presteza, pero Gwendoline le soltó el spoiler justo a tiempo que posaba su mirada sobre las letras. Le dio igual, en realidad, pues la mirada de Sam se elevó del papel, junto con una sonrisa, para mirar a Gwen. —¿En serio? ¡Me encanta la idea! —confesó con sinceridad, dejando la carta a un lado. —Sabía que estabas ilusionada con estudiar medimagia, pero no tanto como para meterte en la carrera, ¡y encima tan rápido! Me parece una idea genial, en serio te lo digo. De aquí para atrás, desde que decidiste volcarte en eso se te ha dado de maravilla... —Y sonrió, orgullosa, mirándole con un continuo asentimiento. Encima, debía de admitirlo: lo que más le gustaba es que estudiando eso, menos tiempo le dedicaría al maldito Ministerio de Magia. Tenía ahí conflicto de sentimientos: se sentía orgullosísima de que estuviera escalando puestos en su departamento como desmemorizadora pero... eso inevitablemente la posicionaba en un lugar complicado con todo lo que está pasando.

Sin embargo y pese a todo, le encantaba que su amiga aprovechase su vida con lo que más le gustaba y teniendo en cuenta esa mirada tan ilusionada que tenía en los ojos, tenía bastante claro que volver a estudiar era algo que le apasionaba. Una Ravenclaw, por mucho que lleve años sin ataviarse con sus colores azul y plateado, seguirá siempre siendo Ravenclaw. Y Gwen la cerebrito, la que más. —Ahora todo tiene sentido... con razón has querido venir al Magicland de fiesta cuando en nuestra época universitaria nunca querías salir de fiesta conmigo... —Exageró, pues Gwen fue muchas veces de fiesta con Sam, ¡y como para no, después de todo lo que le insistía, una y otra vez, una y otra vez! Eso de compartir habitación en la residencia tantos años había sido clave. No había mejor manera de convencer a Gwen que tirarse en su cama, hacerle cosquillas y prometerle una noche tranquila cuando ambas sabían que de tranquila no iba a tener nada. Pero Sam lo prometía, una y otra vez. Y Gwen fingía creérselo, una y otra vez. ¡Con lo que le gustaba a la Sam de entonces—y a la de ahora—poner a prueba su hígado! —Ahora literalmente parece que has vuelto a tu época universitaria: una carrera por delante, una experiencia inolvidable en forma de festival, ¿qué falta? ¿Te quedó algo en el tintero por hacer en la universidad? Es el momento de aprovechar—preguntó divertida, para entonces ver como el señor turco aparecía con la comida.

Se hizo un poco hacia atrás para dejar hueco y puso delante de Gwendoline exactamente lo mismo que se pidió. Es decir, la foto que salía en la carta era totalmente justa con lo que había en el plato y no como en el dichoso McDonalds. No lo iba a negar: tenía muy buena pinta, pero cuando le puso su plato sencillo de falafel con patatas fritas y pimiento, su rostro se tornó complacido. Sin embargo, antes de que el señor turco se fuera, Sam llamó su atención. —Perdone, si ese shawarma tiene el poder de convertir a mi amiga en dragón, ¿puede darme a mí un extintor? ¿O un escudo? ¿Estoy en peligro frente a eructos posiblemente flamígeros? Mi amiga se tira muchíííísimos eructos —enfatizó en la "i", sonriendo inevitablemente ante la sonrisa traviesa que le salió al señor. Ella, sin embargo, solo pudo mirar lentamente a su amiga Gwen, quién la miraba con reproche. —Lo siento, tenía que hacerlo.

¡Obviamente Gwen no se tiraba muchísimos eructos! Lo sabía Sam, lo sabía la propia Gwen e incluso seguro que lo sabía hasta el señor turco, pero bromear era divertido y ver como Gwen se sonrojaba por vergüenza también. La ternura y la timidez de su amiga siempre desprendía habían sido sus dos características favoritas de las que aprovecharse con las bromas, lo admitía.

Minutos más tardes

Se llevó su último trozos de falafel a la boca, mirando a Gwen. Sam era de esas personas extrañas de la vida que nadie entendía, de esas que no se comía toda la comida a la vez, proporcionalmente, sino que la muy rara primero se comía una cosa, luego otra y luego otra, ¿y con qué sentido? ¿Qué priorizaba? ¿Qué tipo de rigor seguía? ¡Ninguno, era anarquía en la hora de la comida! Un día podía comerse primero las patatas fritas y al día siguiente el huevo frito, nunca lo sabrías. La vida era incierta. —¿Está bueno? ¿Te encuentras bien? ¿Sientes una ardiente sensación en tu interior?Madre mía, eso ha sonado super mal. Sam supo que sonó mal, de hecho, hasta pensó que ojalá ella sintiese una ardiente sensación en su interior algún día, que hacía mucho tiempo que no lo sentía. Y no se refería a salsa picante. —Si sientes una ardiente sensación en tu interior... Y sigue...es posible que sea un eructo. Te recomiendo tirártelo, no queramos saber lo que ocurre si sale por el otro lado. —Y se llevó la mano para evitar que el falafel le saliese por la boca al reírse por su propio chiste sólo de imaginarse la situación y, sobre todo, por la conversación tan absurda. Admitámoslo, hablar de eructos y pedos era la mejor conversación posible para el almuerzo del primer día del Magicland, no solo denotaba que estaba feliz, sino que había una confianza admirable.
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Gwendoline Edevane el Miér Ago 29, 2018 8:29 am

Lo cierto es que en ningún momento me preocupé por el dinero cuando Sam dijo, de manera vehemente, que necesitaba ir al Magicland. El dinero nunca estuvo en el plato de los contras, a pesar de que la experiencia no era precisamente barata, pues cuando pensaba en Sam, Bea o Caroline, el dinero no importaba. Además, ¿qué clase de pega podía poner si, una vez al mes, Sam contra todos mis deseos se gastaba unas sesenta libras de su bien ganado sueldo en llenar mis alacenas? Siempre lo hacía cuando menos me lo esperaba, cuando estaba trabajando, asegurando que era lo menos que podía hacer. Yo no opinaba que Sam me debiese nada, pero ella lo quería así, y así lo hacía.
Por lo que el dinero daba igual. Lo que importaba del Magicland era… volver atrás, a cuando las cosas no estaban tan mal como para que mi amiga no pudiese salir a la calle sin disfrazarse. A cuando no estaba permitido que dos salvajes cogiesen a una chica, se la llevasen a un hotel contra su voluntad e hiciesen con ella básicamente lo que les apeteciera.
Este último punto sí fue uno de los contras que tuve que sopesar… pero, a veces, en la vida hay que correr riesgos. Sobrevivir está bien, pero de nada sirve si no te permites a ti misma simplemente vivir.

—Bueno, tú te empeñas cada mes, y a mis espaldas...—La miré con falso reproche, casi como si le estuviese echando una reprimenda. Para ello hice hincapié en las palabras ‘a mis espaldas’.—...en llenar mis alacenas de chocholate, verduras, pasta… Así que creo que te has ganado el derecho de disfrutar la experiencia de Magicland. Con creces.—Utilizar la expresión ‘te has ganado el derecho a que te pague esto’ me sonó muy mal, así que la cambié. Sabia decisión.—No te creas que no he tenido que pensármelo mucho.—Confesé, poniendo una expresión levemente triste en el rostro cuando Sam mencionó que creyó que le diría que no.—Sigue dándome un poco de miedo que pueda pasarte algo malo. Pero… hasta ahora, todo ha ido bien. Y si sigue así, habrá merecido la pena.—Con tal de verte sonreír, todo merece la pena, pensé mientras yo misma sonreía a mi amiga, una amplia sonrisa que, si bien no llegaba de oreja a oreja, se aproximaba bastante.

Así que brindamos por distintas cosas, incluso por todos los asistentes al Magicland de ese año. Lo curioso de todo ello, algo que yo no sabía y que probablemente no llegaría a saber nunca, es que entre aquellos asistentes se encontraban tres personas cuyo apellido empezaba por C y era capaz de provocarnos escalofríos a las dos. Bendita sea la ignorancia. Quizás nos las cruzamos en algún momento—o más bien, a las dos jóvenes, pues de haber visto a la mayor, se la habría señalado a Sam como ‘la loca que me dio un apellido falso en el Ministerio’—pero si fue así, no hubo incidente alguno.
El trago de alcohol siguió a la confesión de algo que quería que fuese una sorpresa para Sam: me habían aceptado en la carrera de Medimagia en la universidad mágica, cosa que me hacía muchísima ilusión. La perspectiva de ayudar a la gente, de proporcionarles alivio en unos tiempos marcados por el dolor y la muerte, me hacía mirar hacia el futuro con un poco de esperanza. Y en aquellos tiempos la esperanza hacía tanta falta como los deseos de ayudar a otros.
Sam lo recibió con entusiasmo, lo cual me hizo sonreír todavía más.

—Me esperan cuatro años antes de ser medimaga, pero… la verdad es que sí, me hace mucha ilusión.—No le había contado a Sam que, además, estaba trabajando en una poción en específico, una con la que pretendía devolverle algo que esos salvajes de los Crowley le habían quitado. Tal vez una poción para eliminar cicatrices no fuese suficiente para devolverle todo lo que le habían quitado aquella fatídica noche de diciembre, pero al menos podría cambiarse de ropa y mirarse al espejo sin tener que recordar a esos animales.—De ahora en adelante voy a tener que dividir mi tiempo mucho mejor. Ya te puedes imaginar a qué le voy a dedicar menos horas.—Y es que lo tenía claro: el Ministerio había terminado en lo más bajo de mis prioridades, a pesar de haber sido ascendida recientemente al puesto de directora de la oficina de desmemorizadores. Con las nuevas contrataciones, supervisadas por mí, me aseguraba que al menos ahora había gente competente en la oficina. Podría permitirme estudiar mientras tanto.

Sam estableció un paralelismo entre nuestra época universitaria y el presente, y lo cierto es que tenía parte de razón: no solo estaba feliz por poder llevar a Sam a algún sitio donde se divirtiese de verdad, si no también por mi propio futuro en ciernes. El Magicland se antojaba como una enorme fiesta universitaria en la que podríamos celebrar aquello. Tal vez no pudiésemos beber como hacíamos cuando teníamos diecinueve años, pero podíamos intentarlo. Cuidado… No bebas de más, pensé, con aquella imagen tan atractiva volviendo a hacer acto de presencia en mi cabeza. Si era atractiva era porque estaba mal, porque no debía ocurrir en aquellas circunstancias.
¿Qué me había quedado en el tintero en la universidad? Bueno, esa era una pregunta con un millón de respuestas. Para empezar, todas las chicas en aquella época, o casi todas, tenían novio o novia. Y sexo, tenían mucho sexo. También tenían un nutrido grupo de amigos, a diferencia de mí, que prefería pasar tiempo junto a Sam, Beatrice, Henry, y ocasionalmente con mi ex compañera de cuarto.
Y podíamos contar también la pereza. Generalmente, es un sentimiento muy extendido entre los universitarios. Los ‘Hoy no voy a clase para poder dormir’ o los ‘Hoy no voy a clase porque ayer fue jueves, hubo fiesta y estoy de resaca’ no me eran familiares.

—¿Sabes? Yo creo que no cambiaría mi época universitaria por nada del mundo.—Dije tras reflexionar un poco, mirando a Sam a continuación.—Tú estabas a mi lado, y eso era lo único que importaba. ¿Lo demás? Secundario.—Y es por eso que a pesar de mi reticencia, Sam conseguía llevarme de fiesta. Porque éramos nosotras contra el mundo, y el mundo nunca logró vencernos.—Aunque quizás si tuviese que volver atrás...—Me quedé pensativa, para a continuación decir, toda llena de razón:—...habría estudiado más.—Y como, cuando levanté la vista, Sam ya me estaba mirando con cara de ‘¡Venga ya!’, no pude evitar reírme.—¡Era broma, era broma!—Y tan broma: en aquella época, Henry llegó a definirme como ‘Gwendoline, esa mujer que vivía pegada a un libro’. O a varios libros, lo que se terciase.

Por fin, tras lo que parecía una eternidad—solo fueron unos minutos, pero los minutos cuando se espera la comida parecen más largos, aunque no tengas hambre—el señor turco llegó con lo que habíamos pedido. Y nada más ver el shawarna Super Picante, no pude evitar que se me hiciese la boca agua. Aquello… aquello tenía que ser una de las peores cosas que un ser humano pueda meterse en el cuerpo, y con todo y con eso, su sabor era exquisito. Y más si picaba tanto como prometía.
Concentrada en mi momento de adoración, me sorprendí escuchando a Sam hablar con el buen señor que nos había invitado a un Raki. Una broma a mis expensas relacionada con los eructos me hizo mirar a Sam con reproche. Sabía que era broma, pero yo… seguí con ella con una expresión tan seria que, para quien no me conociese, daría la impresión de que seguía enfadada.

—Solo por eso que has dicho, cuando me convierta en dragón, serás la primera víctima de mi aliento flamígero.—Aseguré en una amenaza que sería incapaz de convencer incluso a la persona que más nos conociese en aquel mundo. ¿Cómo iba yo a achicharrar a Sam? ¡Ni en una realidad paralela en que los nazis hubiesen ganado la Segunda Guerra Mundial le haría yo daño a Sam!


Minutos más tarde...

El shawarna estaba muy bueno, y la salsa era muy picante, las cosas claras. Sin embargo, mi boca estaba entrenada para resistir aquello y mucho más. Cualquiera que me viese comiendo aquello, bocados de carne cubiertos de una salsa roja intensa con un aspecto casi inflamable, pensaría que no picaba. Pero sí picaba. Sin embargo, nada que la hija de Lamia Amery no pudiese soportar.
Mientras masticaba uno de los últimos bocados de mi comida—quiero señalar que solo llevaba un vaso de cerveza bebido para entonces, y uno más medidado—Sam hizo una pregunta que inevitablemente me llevó a pensar cosas… bueno, cosas que antes no habría pensado. Sin embargo, rápidamente me calmé: se refería al picante, a la salsa del shawarna, no a nada… más allá de eso.

—Estoy bien.—Respondí con sinceridad, encogiéndome de hombros como si tal cosa.—Está picante, pero sin ofender a nuestro amigo turco, creo que no pueden competir con los mexicanos. No puedo evitar preguntarme qué podría hacer algún chef del mundo mágico mexicano con una salsa picante. Algún día probaré algo de eso.—Y entonces, a pesar de que lo mío no era eructar en público ni delante de nadie, no pude evitar hacerlo. A modo de señal de buena educación, me llevé la mano a la boca con intención de taparla… pero enseguida me di cuenta de que no era buena idea. Aparté la mano y abrí la boca, y justo después del eructo salió… una llamarada.

Como lo leéis, literalmente, escupí una bocanada de fuego de unos diez centímetros de longitud. La lengua de fuego se consumió casi al momento de emerger, y por suerte no estaba mirando en dirección a Sam cuando ocurrió.
No pude evitar mirar a Sam con una expresión de disculpa en el rostro, tapándome ahora sí la boca con una mano, una sonrisa sonrisa avergonzada en los labios. Se me encendieron las mejillas, y no fue por el picante.

—Perdón.—Dije con un hilillo de voz, intentando recuperarme de tan bochornoso momento. No tardé mucho, por suerte.—Parece que no estamos ante un caso de publicidad engañosa: lo has visto, ¿no? ¡Acabo de escupir fuego!—Y no pude evitar reírme. ¡Aquello era surrealista! ¡Solo podía ocurrir en el Magicland!

Tras permitirme unos segundos para beber un poco más de cerveza fría y deliciosa, y a que Sam se terminase lo que restaba de esa comida que se había ido comiendo en orden, me tocó poner sobre la mesa una pregunta de crucial importancia. El mundo dependía de ello, después de todo.
En realidad no. Estoy exagerando.

—¿Y qué le apetece hacer a mi melocotón en cuanto nos terminemos esta jarra de cerveza? ¿Te apetece postre? ¿O prefieres aventura?—La verdad, yo no quería comer nada más. Prefería lanzarme a explorar, a pasear, a comprar cosas, a probar alguna que otra bebida con alto contenido alcohólico. A empaparme de la experiencia, en resumidas cuentas.
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Sam J. Lehmann el Miér Ago 29, 2018 7:46 pm

Siempre hablaban de que las cosas había que hablarlas entre todas, nada de secretos, nada de ocultar cosas pero... ¡venga ya, entenderéis a Sam con lo de ayudar a sus amigas y sentirse en deuda con ellas! ¿Cómo no iba a hacerlo? Caroline había arriesgado su vida no solo para darle un hogar a Sam, sino también para darle una nueva oportunidad. Y luego, cuando Gwendoline volvió a ser parte de su vida, su casa se sentía un hogar tan cálido como el que había dejado años atrás, como una segunda casa. Cuando una no estaba la otra pasaba a ser ese pilar en el que apoyarse y es que... literalmente, sólo las tenía a ambas. Quizás, después de todo lo que le había pasado se había vuelto un poco dependiente pero... es que sencillamente no podía ser independiente. Ellas le daban un techo en el que poder vivir, le daban la comida de su propia casa, le daban una cama, una manta con la que taparse, una sonrisa cada día... Y Sam no les daba nada. Era cierto que había querido conseguir un trabajo muggle para poder salir de la burbuja de terror en la que vivía y, poco a poco, apaciguar sus miedos, pero otro motivo que se tenía más callado pero era igual de importante, era poder tener algo para ellas y agradecerles todo lo que hacían por su amiga. Sin embargo, pese a que sabía muy bien que la reprimenda de Gwen era falsa, no sabía hasta qué punto podría llegar a molestarle. No le había pedido opinión, obviamente, ya que le hubiera dicho que no hacía falta y que no lo hiciera. Así que a riesgo de que se lo dijera, decidió no comentar nada al respecto, esbozando una sonrisa inocente.

La época universitaria de Sam había sido de las etapas que recordaba con más cariño, indudablemente. En Hogwarts siempre había sido una ratilla de biblioteca, cohibida, asustada, esa que siempre necesita de un amigo para salir de los líos o para meterse en ellos, pero en la universidad todo cambió; ella cambió. Se convirtió en una mujer con más carácter, dejó los montones de libros a un lado para hacerse solo con uno o dos y disfrutar al máximo de la experiencia: se hizo fan de las fiestas, creía haber conocido lo que es el amor, estudiaba algo que le apasionaba y lo daba todo para ser la mejor, vivía con su mejor amiga... Aunque hubieran habido pequeñas cosas que no le gustaba recordar, en general habían sido cuatro años que estaban en el top de su vida: una mezcla perfecta entre una Sam alocada y responsable. Y por mucho que su espíritu Ravenclaw siguiera viviendo en su interior, a la única que se le ocurría vivir pegada a un libro en la universidad era a Gwendoline. Recordaba perfectamente a Henry en la habitación de ambas metiéndose con la cantidad abusiva de libro que había en el escritorio de Gwen, en comparación con los que había—que ya había muchos—en el de Sam. Por eso cuando dijo que quizás hubiese cambiado lo de estudiar más, Sam se lo creyó de principio a fin. Menos mal que le había dicho que era una broma. —Hubieras implosionado un día por tener tanta información en la cabeza o porque se te caería encima toda la montaña de libros que tenías —le respondió, negando con la cabeza divertida al haberse creído su broma, ¡luego decía que ella no sabía hacer bromas! —Pero no me refiero a cambiar nada del pasado, yo también creo que mi época universitaria ha sido de las mejores de mi vida. No cambiaría nada, ni siquiera a la asquerosa de Katerina o a la cobarde de Rhianne. —Puso los ojos en blanco ligeramente, acompañando el gesto con una mueca de desagrado. —Me refería a cumplir algún deseo no cumplido en el pasado, ahora, que has vuelto a convertirte en una universitaria. Yo por ejemplo siempre quise ligarme a una profesora —dijo de repente, para finalmente delatar con su rostro que estaba de broma. Si todos los profesores de la carrera de legeremancia y oclumancia sobrepasaban los sesenta años. —Bueno vale, no es mi caso, pero podría haberlo sido.

Minutos después, Gwen estaba bien. Y vosotros diréis: ¿por qué Gwen no iba a estar bien? Pues porque un shawarma con fama de convertirte en dragón por su picante salsa dejaba muchas dudas en el aire. Al parecer, aunque aquella salsa picante estuviese muy picante, no se podía comparar con las mexicanas. Sam relacionó todo lo que decía: estamos en el Magicland, aquí la gastronomía que había era mundial y... ¿cuántas probabilidades había de que hubiera un restaurante mexicano con salsas que fueran terriblemente peores? Se puso como tarea pendiente buscar el restaurante mexicano, más que nada porque quería que Gwen saliese de allí con la experiencia de haber probado una salsa picante que la hiciese soltar una lagrimita al menos, la mejor salsa picante que hubiera probado en su vida. De hecho iba a decir eso en voz alta para comer algún día en un mexicano, pero el eructo de Gwen y la llamarada que salió de sus labios hicieron que Sam diese un respingo. Bueno, ella y todas las personas que estaban alrededor de ellas sentadas, riéndose en su gran mayoría.

Sam "ignoró" su disculpa, ya que... por favor, no sería la primera ni última vez que eructan frente a la otra. Algo perfectamente normal. Era una bobería. —La joven inglesa de alta alcurnia tirándose eructos frente a tantos desconocidos, tamaña insolencia la tuya, Edevane. —Y entonces rió. —Y encima casi le quemas la oreja a aquel señor —añadió, en broma. La llamarada había salido en otra dirección, pero el señor que estaba en la mesa de al lado estaba mirando y se estaba riendo muchísimo porque también se había pegado un susto considerable, por lo que valía la pena. —¿Tienes la cámara? Deberías dejármela a ver si capturo el momento en el que vuelvas a eructar. Debe ser gracioso tener una foto eructando enmarcada en casa. Nunca eructar fue tan emocionante —repetía, viendo de reojo al hombre—y ahora también la mujer que le acompañaba—riéndose de la conversación pese a que no estaban en ella.

¿Postre? ¿Y ser una pelota hinchable andante por ahí? Si el plato que le habían servido parecía para compartir entre dos. No iba a negar que algo con chocolate hubiera entrado con mucha facilidad, pero prefería ir a la aventura, sabiendo que por ahí habría muchas cosas que probar. —Pues verás…

Dos horillas después

Habían salido del restaurante después de haber hablado a donde ir. Sí, Sam quería ir a muchos sitios, pero sobre todo a dos: al mercado para comprarse mil cosas, con lo que a ella le gustaba comprar ropa y al parque de atracciones que tanta fama tenía dentro del Magicland. Pero ese era su primer día y, sinceramente, prefería muchísimo más ir a la zona de conciertos y vivir el ambiente real del Magicland como festival. No tenía ni idea de qué grupo tocaba hoy, ni a qué hora, pero le daba igual.

En ese momento se encontraban sentadas sobre el césped de un inmenso jardín, en una pequeña montaña que dejaba ver justo debajo una grandísima explanada que daba a uno de los escenarios más grandes de todo el festival. Toda la zona llana estaba repleta de gente, a la espera de que comenzara uno de los conciertos—pues ahora mismo solo sonaba música electrónica de ambiente y no demasiado alta—, mientras que la zona en donde se encontraban ellas había más espacio entre las personas, aunque estuviesen lejos. La música se seguía escuchando bien.

Sam solo vestía con unos shorts, unas playeras de lo más cómodas y una camiseta fresquita. No llevaba bolso ni nada, pues todo lo había dejado en la tienda. Quizás debería haber traído su móvil, sólo para sacar muchas fotos, pero se le olvidó: ya se aseguraría de cogerlo el resto de días. Sin embargo, lo que sí que habían cogido antes de llegar allí había sido una bebida fresquita en uno de los puestos del festival. Sam optó por un famoso mojito cargado no solo de ron sino también de hielo. Acababa de sentarse al lado de Gwen, pues había ido a preguntar qué grupo tocaba ahora, así como cuando tocaba Michael Jackson. Todo el mundo quería ver a Michael Jackson por lo que su primer concierto en el Magicland era como el hype supremo, por lo que cuando se sentó al lado de Gwen, con los pies estirados y una mano para apoyarse atrás sobre el suelo, habló: —Vale, pues pasado mañana es el primer concierto de Michael Jackson a las nueve de la noche y se estima que dure tres horas, así que… te puedes hacer una idea de lo petado que va a estar esto. O venimos pronto o me ha dicho mi amigo chino, aunque creo que es coreano, que se venden flotadores voladores en el mercado para poder ver el concierto desde lo alto, pero casi que prefiero achicharrarme al sol esperando cuatro horas a que empiece que tener que subirme a un flotador volador. Eso no inspira confianza. ¿Volando en un flotador estando borracha? ¿A quién se le ocurrió tremenda idea suicida? —Le explicó, divertida, haciendo obvio su miedo con las alturas y las cosas voladoras sin cinturones. —Así que mañana por la mañana podríamos ir al mercado a verlo absolutamente todo y, por la tarde, ir al parque de atracciones, ¿qué te parece?

Que sí, que todavía quedaban cuatro días por delante pero… entre antes lo vieran todo, antes podrían decidir qué era lo mejor y repetir, ¿a que sí?
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