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Chained to the rhythm. —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Jue Ago 16, 2018 4:00 am

Recuerdo del primer mensaje :


Irlanda, de camino al Magicland || 15 de agosto del 2018, 15:23 horas || Atuendo

Cómo buena fugitiva amante de los festivales, tenía un deber. No era cuestión de tomarse el Magicland a la ligera. Era un evento musical mágico muy cercano a Inglaterra y, pese a que su fama derivase de la tolerancia hacia todos los colectivos: tanto de pureza de sangre, raza, ideología o país, ella de lo que no se fiaba era de los magos ingleses. Y seguro que habían muchos.

Así que hizo una lista. A veces hasta hacía lista de las listas que tenía que hacer, pero esta era mucho más concreta: pros y contras de ir al Magicland, ¿valía realmente la pena? Sam fue muy rigurosa con su lista, tomándoselo muy en serio y valorando muchísimo las posibilidades que cabían en cada una de ellas.

Lista de Pros y Contras:


Pros:
- Ir al magicland
-
-

Contras :
- Ponerme en peligro
- Es caro y soy pobre
- Poner a Gwen en peligro
- ¿Un ataque?
- ¿Y si me secuestran aprovechando que estoy borracha?
- Pedir dias en el trabajo en epoca critica
- Estar borracha todo el dia (¿esto es pro o contra?)
-

Pero claro, piénsalo. Por muchos contras que haya, el pro siempre iba a ganar. No eráis conscientes ustedes de lo mucho que quería Sam ir a ese festival... Su alma fiestera de diecinueve años ahora mismo volvía a renacer en su interior. Además, si decidía ir tenía bien claro que iba a intentar no ser ella. Cambiar el tamaño de su pelo, el color, sus ojos… lo que fuera para simplemente distar lo máximo posible a su foto en el cartel. Lo cual era fácil, ya que desde entonces había cambiado bastante. Dos años habían pasado desde que se había hecho famosa.

Así que finalmente, con el incentivo de que Gwen se había animado también, Sam no dudó ni un segundo en prepararlo todo.

Dos días antes del Magicland

Florecilla del Desierto
Locked out of heaven
Gwen, ¿estás nerviosa? ¿Ya has hecho la mochila? ¿Vas a llevar playeras o sandalias?

¿Compartimos las cosas del baño? Si tú llevas champú, yo llevo cremita de sol y pasta de dientes. También llevo mascarilla.

¿Cuántas mudas llevas?

No te olvides de la cámara de foto.

¡Santi no deja de preguntarme que a donde nos vamos de vacaciones. ¡Soy legeremante! ¿Cómo se me va a dar tan mal mentir? Este muggle sabe leerme como un libro abierto. Se cree que nos vamos de escapada romántica y no le he dicho nada. Menudo estrés.  



La noche antes del Magicland

Florecilla del Desierto
Locked out of heaven
¿A qué hora me vienes a buscar? He hecho una lista con música para el viaje. He puesto mucho Bruno Mars y Beyoncé. Y Rihanna, que la amo.

Qué ganas, ¿estás nerviosa ahora? Yo no estoy nerviosa.

Creo que lo tengo todo.  

¡Tú no te olvides de la cámara que quiero sacar muchas fotos!

Bueno, me voy a dormir. Hasta mañana guapa. ¡Buenas noches!



***

Había madrugado para despedirse de Caroline que, debido a trabajo, no iba a la experiencia. Era día quince y hoy empezaba oficialmente el Magicland en Irlanda. Gwen y Sam iban a ir solo los cinco primeros días, porque eran conscientes de que ya tenían una edad y a los cinco días estarían reventada, con el hígado hecho trizas. Ya tenían una edad. Esos bonitos diecinueve años de chupito tras chupito habían quedado en el pasado. En verdad no, pero habían visto el plan del festival y en esos cinco días ocurrían cosas que para ellas ya eran más que suficiente. Se había duchado, había desayunado, había dejado a sus mascotas recién comidas, las había sacado al patio y ahora esperaba en el sillón, con su mochila preparada, a escuchar el coche de Gwen.

¡Y ahí estaban, on the road!

Podrían haber optado por uno de esos muchos puntos en su país en donde usaban trasladores para llegar al Magicland, pero no hacía falta tener un máster en seguridad para asumir que Sam, en esos puntos, sí que sería atentar contra su integridad. Quizás en el Magicland no hubiese peligro, pero en los trasladores ofrecidos por el gobierno y las chimeneas de Red Flu habilitadas… eso sería una locura. Así que ambas habían quedado en ir en coche, aunque tardasen casi un día en llegar. Además, era una aventura que nunca habían vivido juntas. Esto de ser magas y tener el don de la aparición era muy de perezosas. Así que ambas se hicieron un traslador independiente que daba a la sede de transportes mágicos del gobierno irlandés, ya que no podían conseguir permisos para uno que llegase directamente al Magicland por temas de políticas y acuerdos. Una mierda que, sinceramente, Sam no entendía. Sin embargo, ¿cómo narices llegaban desde esa sede en a saber qué lugar de Irlanda, al propio Magicland? La aparición estaba descartada, por lo que sólo quedaba…

I CAME IN LIKE A WRECKING BALL!!!

Llevaban como cuatro horas en la carretera y, ¿sabes qué? Sam no tenía ni idea de cuánto quedaba. Y lo mejor de todo es que le daba igual. El Magicland iba a durar quince días y no había prisa en llegar: lo importante ahí era disfrutar lo máximo posible hasta el último minuto, motivo principal de que estuviese cantando como si no hubiera mañana y no atenta al mapa que tenía entre sus manos.
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Gwendoline Edevane el Jue Ago 30, 2018 3:02 pm

En cuanto a mi época universitaria se refería—y a Hogwarts, en realidad—tenía que romper una lanza en favor de aquellos que, una y otra vez, me habían dicho que estudiaba demasiado. No les faltaba razón. Por aquel entonces, Gwendoline Edevane era una persona ya no estudiosa, sino neurótica. Una persona con una necesidad imperiosa de ponerse a estudiar desde el día uno de clases, de llenar mi cerebro con información lo antes posible. A consecuencia, había pasado una gran cantidad de tiempo rodeada de libros, hasta el punto en que pocos creían en mi capacidad para dejarlos a un lado y… bueno, y vivir un poco la vida.
Mi compañera de cuarto en mi primer año lo hizo lo mejor que pudo. A pesar de que las notas probaban una y otra vez que no necesitaba estudiar tanto y le daban la razón, ocurría una cosa con esta chica: no era Sam Lehmann. Me dejé llevar un poco por ella cuando me animó a salir con la única persona que se ganó el derecho a ser conocido como mi ex-novio. Pero nada, no había forma de que me convenciese para dejar los libros a un lado.
Entonces llegó Sam, en mi segundo año. Y todo cambió. Si bien seguí manteniéndome como la responsable de las dos, Sam siempre que se lo proponía de verdad conseguía llevarme a su terreno. Y nos encontrábamos bebiendo copa tras copa y… haciendo mucho el idiota.


Apoyo gráfico: Gwen ‘haciendo el idiota’:

Pero al volver la vista atrás a aquella época, a pesar de todo, no echaba en falta nada concreto. Había salido casi del todo de mi capullo gracias a mis amigas, lo había pasado como nunca, y de alguna manera me había despedido definitivamente de mi niñez y adolescencia antes de embarcarme en el mundo de los adultos. Así que no creía necesitar nada, que nada se había quedado en el tintero.

—Pues eso quería decir.—Dije con una sonrisa, pues Sam no había entendido mi manera tan poética de decir que no necesitaba una segunda experiencia, habiendo sido tan buena la primera.—Aunque, ahora que mencionas a Katerina… Ojalá pudiese pegarle un puñetazo.—Solo imaginarme a mí misma pegándole un puñetazo a alguien me parecía ridículo. ¿Sabría siquiera? A duras penas podía sacar las fuerzas para abofetear a nadie—y la mala leche, claro, eso también me faltaba—y pretendía pegarle un puñetazo a una de las ex novias de Sam.

Y aquí os voy a describir un pequeño adelanto de una catástrofe, además de ofreceros un pequeño consejo: cuando alguien esté hablando, y esa persona tenga altas probabilidades de decir algo que pueda ‘alteraros’, evitad llevaros algo a la boca. Especialmente líquidos.
Mientras Sam seguía hablando de una hipotética repetición de la vida universitaria, de manera totalmente incauta me acerqué mi vaso de cerveza a la boca. Y me encontraba bebiendo plácidamente un sorbo cuando Sam mencionó las palabras ‘ligarme a una profesora’. Y he aquí la catástrofe que he anunciado.
Me alteré un poquito. La cerveza decidió tomar otro rumbo entonces, yéndose por dónde no debía y provocándome un acceso de tos. Busqué a tientas una servilleta mientras dejaba el vaso sobre la mesa, y me la llevé a la boca. ¡Sam, por favor! ¡Sabes las cosas que se me pasan por la cabeza y me dices estas cosas!, pensé, y todo era correcto salvo por el hecho de que Sam no sabía las cosas que se me pasaban por la cabeza.
Me limpié la boca, negando con la cabeza en dirección a Sam.

—Perdón, me he atragantado. Veintinueve años y todavía corro riesgos de morir de una forma tan idiota.—Expliqué, intentando suavizar lo ocurrido. Estaba un poco roja, pero eso podía explicarse fácilmente por el atragantamiento.—¿Una profesora? ¿Acaso nuestra agradable experiencia con mujeres de la talla de Raminta no te ha enseñado nada?—Por ejemplo: que todas las brujas a partir de cierta edad parecen volverse locas como cabras, pensé. Sam y sus comentarios, siempre me pillaban con la guardia baja.

Por fortuna, este pequeño incidente de atragantarme con la cerveza no fue lo más reseñable de aquella comida. Y es que pedir el Super Picante quizás no fue una de las ideas más brillantes que tuve en mi vida. Una se da cuenta de esas cosas, pues hay pequeñas pistas que lo van diciendo: el hecho de convertirme temporalmente en un dragón y que un montón de gente empezase a reírse fueron algunas de aquellas pequeñas pistas.
Sin embargo, en lugar de sentirme avergonzada al respecto, y comprobando la reacción de la gente—risas y aplausos, principalmente, como si fuese yo allí un comefuegos de esos—también opté por reírme. Y más cuando Sam, repentinamente fan número uno de la palabra ‘eructar’, osó imitar la forma de hablar refinada británica cuyo copyright estaba a mi nombre en la oficina de patentes..

—¡Eso no se hace así!—Protesté, riéndome a pesar de todo.—De la misma forma que cuando imitas a un italiano tienes que hacer así con la mano—junté los dedos en el típico gesto que hacen los italianos agitando sus manos—cuando usas lenguaje puramente inglés de alta alcurnia, tienes que utilizar un refinado acento inglés.—Y se lo demostré, marcando mi acento británico mientras hablaba.—¡Que no se os ocurra olvidarlo, Lady Lisanne! ¡O nunca llegaréis a ser una dama como yo!—Y mientras pronunciaba aquellas palabras, una nueva lengua de fuego emergió de mi boca, pegándome un buen susto en el proceso.

Así que concluimos nuestra comida, y la pregunta no se hizo esperar: ¿postre o aventura? Me imaginaba la respuesta de Sam, pues por mucho que le gustase lo dulce y el chocolate, habíamos llegado al Magicland para aprovechar todo el tiempo posible. Y teníamos energía de sobras para seguir visitándolo un poco más.


Dos horas después…
Güendolín copia los cartelitos…

Habiendo tenido ocasión de pasear un poco más, y de cambiarnos de ropa en nuestra caseta, Sam y yo nos encontrábamos sentadas en un montículo de hierba frente a uno de los enormes y ostentosos escenarios del Magicland. Había dejado el bolso a buen recaudo en la caseta, y lo único que llevaba conmigo era la cámara Polaroid, además de mi teléfono móvil. Nunca dejaba el teléfono móvil en ningún sitio, por si acaso. La hierba acariciaba mis piernas de manera muy agradable.
Sam había conseguido un par de mojitos, más alcohol para nuestro cuerpo. Me aseguré de beber con mucha precaución, poquito a poco, recordándome a mí misma que, con todo lo que íbamos a caminar, aquello se bajaría. No vas a hacer ninguna tontería. Puedes controlarte porque eres una adulta… Igualmente bebería con moderación.
Sam me puso al día de lo que había averiguado, y una vez más tuve tiempo de darme cuenta de la magnitud de lo que estaba diciendo: Michael Jackson, el Rey del Pop, estaba vivo. No había muerto, sino que lo había fingido para poder escapar al mundo mágico. ¿Era aquello posible? ¿O estábamos todos locos en aquel pequeño fragmento feliz del planeta llamado Magicland?

—Michael Jackson...—Dije, abriendo mucho los ojos, la vista clavada en el escenario mientras bebía un pequeño sorbo del mojito.—¡Michael Jackson! ¿Eres consciente de que vamos a ver y escuchar en directo a Michael Jackson?—Para añadir efusividad a mis palabras, me volví hacia ella, la miré a los ojos y compuse una sonrisa sorprendida.—Nunca creí que fuese a ver a Michael Jackson… por obvias razones.—Superada la sorpresa inicial, o superada a medias, me concentré en lo que decía Sam. Y si bien la idea de volar sobre un flotador sonaba a una de esas cosas que hay que hacer en el Magicland simplemente porque hay que hacerlas, también me gustaba la idea de quedarme en tierra firme. Pero tenía una idea.—¿Y si plantamos aquí tu tienda de campaña mágica desde bien tempranito? No creo que seamos las únicas ni que nadie vaya a decirnos nada...—O quizás sí nos lo dijesen, pero mejor eso que asarnos bajo el sol.

Dediqué una mirada al escenario, una vez más, sonriendo como una boba mientras pensaba en Michael Jackson. ¡Michael Jackson! ¡El Rey estaba vivo! El Magicland, desde luego, minuto tras minuto hacía honor a su nombre.

—Michael Jackson...—Dije una vez más, para luego beber otro sorbito del mojito y empezar a cantar en voz bajita el comienzo de Black or white.I took my baby on a Saturday bang. Boy is that girl with you? Yes we're one and the same…Y le di otro sorbito al mojito que, sin darme apenas cuenta, iba llegando poco a poco a la mitad.


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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Ago 31, 2018 4:50 am

Sonrió, ¿cómo no iba a sonreír? Era un signo de claro amor el querer pegarle un puñetazo al idiota—en este caso LA idiota—que le pone los cuernos a tu mejor amiga. La verdad es que ojalá Sam también hubiera tenido el temple necesario en el momento para poder abofetear a Katerina después de ver la facilidad que había tenido para engañarla con otra pero... la verdad es que no. Sería muy rencorosa y le había perdido el respeto en todo, pero no era para nada violenta. Eso sí, ganas no le faltaron. Y, hasta el momento, se arrepentía de no haberle dado ese bofetón bien merecido. —¿Y tú sabes pegar un puñetazo? —cuestionó divertida, cogiéndole de la mano y admirándola como si la estuviese analizando, tocándole con cariño los deditos. —¿Con este puño le ibas a pegar un puñetazo? ¿Y luego qué, tenemos que llevarte a San Mungo a que te reconstruyan los huesitos de tus deditos? —añadió con diversión. —Y no te creas que no pasa nada, créeme, pasa, ¿te he contado el día en el que creía que era buena idea golpear a un cazarrecompensas en el rostro con el puño cerrado? Una semana estuve manca, ¡una semana!

En su defensa diré que una Sam asustada, es una Sam que improvisa mucho y no piensa en lo que hace. ¿Quién lo puede hacer, cuando actúa por pura supervivencia y a base de instintos naturales? Se había dado cuenta de que cuando estaba nerviosa y bajo presión, funcionaba más bien poco, ¿y quién le iba a decir que se iba a romper la mano por golpear de mala manera en la nariz ajena? La verdad es que nadie. Meses después fue cuando Caroline ya empezó a darle nociones básicas: patadas en los cataplines siempre era mejor opción.

Rió ante la respuesta de Gwen, atragántandose por la broma de Sam. La verdad es que no esperaba que se lo tomase tan en serio, ya que, por favor, ¿en algún momento en la universidad había dicho su interés por ligarse a alguna profesora? ¡Nunca! Todas las profesoras de la carrera de legeremancia eran viejas y en su mayoría estaban locas. Eso de leer la mente ajena vuelve loco a uno, Sam lo podía corroborar, tanto que ya hasta le había cogido asco. Tantas cosas que había descubierto en mentes de personas que aparentaban inocencia... cosas que rozaban la locura, cosas que no podía decir y que guardarse tampoco era sano. —Tía era broma —respondió divertida. —Raminta es un caso aparte, ¿pero no te acuerdas de mis profesores? Todos rozaban lo senil y, los que no, estaban todos locos. La verdad es que si quieres ligar con el profesorado mi carrera es la menos indicada —dijo sonriente, para finalmente encogerse de hombros. —Si te digo la verdad, nunca he tenido la fantasía de estar con una profesora, ni con nadie mayor. Siempre me atrayeron las personas de mi misma edad. Bueno, un poquito más grandes. —Se encogió de hombros, ya que todas sus parejas siempre habían sido más grandes que ella. —¿Y tú qué? Bueno, qué digo. Tu fantasía en la universidad era claramente ligarte al bibliotecario para que te dejase sacar más libros de los permitidos, ¿a que sí? —Se metió, CON AMOR, con ella. He de decir que todas las bromas de Sam hacia Gwendoline estaban hechas desde el más profundo cariño de su corazón y jamás de los jamases diría nada para herirla de verdad, ¡pero es que se conocían desde hace mucho y había mucho material para bromas!

La carcajada de la supuesta "Lisanne" sonó bien alta cuando su amiga le mostró como hacía una verdadera dama inglesa. ¡Siempre se le olvidaba el maldito acento! Aunque a decir verdad, pese a que Samantha llevase tanto tiempo en Londres y no se le notase ya el acento alemán—pues de pequeñita bien que se le notaba—, le costaba horrores imitar el inglés. Ella tenía un acento neutro chapucero, o algo así. —¡Lo siento, lady Edevane! —respondió, alegre y contenta, intentando imitar el dichoso acento. —¡Erré en mi imitación! Prometo esforzarme más para llegar a ser una dama como usted. —Y finalmente rió. —Por favor, no me dejes imitaros, se me da de pena.


***

Gwendoline, le vas a gastar el nombre —le respondió a la cantidad de veces que mencionó a Michael Jackson en frases tan cortas, sentada a su lado y con la cabeza girada hacia ella, admirando la ilusión con la que hablaba del cantante. —Yo tampoco, pero por mucho que todavía nos llegue a sorprender a nuestra edad... realmente vivimos en un mundo cargado de magia, por todos lados. —Curvó una sonrisa. —¿Cómo crees que habrá sido? ¿Lo habrán resucitado con algún tipo de magia oscura y por eso tiene la nariz tan extraña, pues fue un fallo a la hora de recomponer sus restos de muerto? —Dentro de unos años, cuando Lord Voldemort pierda la nariz, quizás todas las piezas encajasen en ese rompecabezas y Michael Jackson comenzase a tener ciertas sospechas detrás. A lo mejor Michael Jackson fue el primero en hacer un a un ser vivo un horrocrux y ahí estaban las consecuencias. —¿O sencillamente fingió su muerte y, cansado de ser invisible de nuevo, decidió abrirse paso en el mundo oculto al que siempre perteneció? —Decía, con misterio. —La verdad es que tengo curiosidad por cómo pasó todo, porque creo que es la primera vez que sale a la luz, o al menos que yo me entere. La verdad es que ando un poco perdida con las noticias mágicas internacionales.

Tras un silencio, escuchó cantar a Gwen. Reconoció la canción, por supuesto. Michael Jackson no era de los artistas favoritas de Sam, pero aún así sabía reconocer lo increíblemente bueno que era y, como toda persona en este mundo, conocía sus canciones. Bebió tranquilamente de su bebida mientras la escuchaba, para finalmente, cuando acabó, unirse al canto pero con su canción favorita, acercándose a su oído. —What about sunrise? What about rain? What about all the things that you said we were to gain? —Cantó, saltándose medio verso para llegar al coro. —Ahhhh, ohhhhh... —Y se dejó caer lentamente hacia atrás—sin derrarmar su mojito, todavía no estaban tan borracha—, acostándose en el césped y girándose en el proceso, apoyando su cabeza en el regazo de Gwen. —La verdad es que como cante Earth Song, me verás dándolo todo. Ni con Beyoncé. Ahí me destrozaré la garganta para darlo todo en la parte final super apoteósica de la vida —exageró.

Estoy de acuerdo, Earth Song es una pasada de canción, como no la cante le pongo una reclamación —dijo una chica que, junto a sus amigos, se acababa de poner al lado de ellas y había puesto las antenas para escuchar lo que decía Sam.

La rubia se limitó a mirarla.

¡Gracias!

Y cada una volvió a su grupo, a lo que Sam se llevó la pajita de su mojito a la boca en aquella posición y bebió, sin atragantarse. Remarco que no se atragantó porque una Sam borracha tendía no solo a atragantarse mucho, sino también a mancharse mucho.

Ahora por tu culpa me ha entrado ganas de escuchar a Michael Jackson, ¿no podías guardarte el hype para ti solita? Menos mal que estando en el Magicland el tiempo va a pasar demasiaaaaado rápido —dijo, enfatizando la palabra clave. —Así que no vale desperdiciar ni un solo segundo.

Y  justo en ese momento, la música ambiental desapareció, dando paso al grupo que tocaba en ese momento: The Hellhound.
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Gwendoline Edevane el Vie Ago 31, 2018 2:47 pm

Lo cierto era que, entonces, mi historial de violencia física se resumía a dos episodios muy concretos: el portazo que había dado al coche de mi madre, cuando mi padre me había dejado en casa después del encierro de mi madre en el Área-M—y que podría haber terminado en una bofetada, pero no—y el café hirviendo que había arrojado a la cara a aquella cazarrecompensas que pretendía llevar a Beatrice Bennington al mismo lugar en que mi madre pasaba sus días actualmente. ¿Había tenido deseos de hacer cosas así en otras ocasiones? Sin duda. Pero lo mío no era la violencia física.
Una de las ocasiones en que había sentido el impulso de arrear un puñetazo a alguien había sido hacía ocho años, durante la época universitaria. Sam había llegado muy borracha y muy triste a la habitación que compartíamos entonces, asegurando que Rhianne era una idiota y que le había hecho daño—cosa verídica, así había sido—y la susodicha había aparecido en la puerta a la mañana siguiente para disculparse con Sam. A ella le habría pegado un puñetazo—y a Jacob Fraser otro en el momento en que me enteré de que había siquiera sugerido a Sam ponerle los cuernos a Rhianne, pues así no se hacían las cosas—pero me conformé con decirle lo que pensaba. En su defensa, Rhianne no protestó ni discutió. Creo que se sentía genuinamente culpable por no haber correspondido a Sam.
¿Pero Katerina? ¿KATERINA? Esa mujer era todo lo que se podía odiar en este mundo hecho mujer. Había destruido la autoestima de Sam, y eso yo no se lo perdonaba. Quizás a Rhianne pudiese perdonárselo, y lo de Jacob fuesen solamente cosas de borracho, pero Katerina… Katerina era mala de verdad.

—Nunca le he pegado a...—Pero no terminé la frase, pues me quedé mirando a Sam. ¿Y por qué? Pues porque cogió mi mano con la suya y empezó a toquetearme los dedos, casi con interés clínico acerca de si esa mano había sido diseñada para dar puñetazos. Yo opinaba que no.—Bueno. Me habría puesto un guante para pegarle a Katerina. Siempre le he tenido asco por hacerte aquello. Confieso que ya le tenía un poco de asco de antes, pero como te hacía feliz, no dije nada. Henry tampoco dijo nada.—Aunque alguna que otra peste habíamos echado de ella, sí.—Y no te preocupes: acepto tu consejo. No tengo pensado pegarle a ningún cazarrecompensas un puñetazo en un futuro cercano. Pero si veo a Katerina no prometo nada...—Y, pese a que estaba sonriendo, la mención del nombre de Katerina, una vez más, me hizo poner los ojos en blanco.—Maldita Katerina...

Que lo de ligarse a una profesora era broma, lo sabía; lo sabía mi parte racional, pero ésta se había olvidado de avisar a la otra, a la que sentía cómo se le aceleraba el pulso cada vez que pensaba en Sam Lehmann. A esa parte… bueno, ya podía Sam Lehmann mencionar que se ligaría al tío más gay del mundo, que igualmente sentiría un ataque de celos. ¿Era estúpido? Desde luego. ¿Era normal? Pues suponía que sí, pues era la primera vez que experimentaba todo aquello.
Pensé en señalarlo, en comentarle que lo sabía… pero entonces Sam hizo una pregunta que me dejó totalmente desarmada. Mi boca se quedó entreabierta, pero ninguna palabra salió. Sabía que Sam bromeaba con lo del bibliotecario, pero de alguna forma lo de las fantasías me desarmó por completo. No era un tema fácil sobre el que hablar, pues mi libido… Mi libido siempre había sido ese algo inexistente, que nunca había sentido hacia nadie.
Y os estaréis preguntando: ¿Y entonces qué pasa con los ‘baños relajantes’, Gwen? Bueno, tiene una explicación muy sencilla: aquello comenzó en la época universitaria, de hecho. La tensión por los exámenes era mucha, y yo me dediqué a buscar métodos alternativos a medicación y alcohol, para relajarme. Y sí, la masturbación apareció en mi camino como algo muy oportuno: liberaba endorfinas, te ayudaba a descansar mejor, a liberar tensiones… Y ahí empecé. Se convirtió en algo muy socorrido en épocas de estrés, mientras que en otras prácticamente ni lo hacía.
Hasta no hacía mucho, apenas realizaba aquella práctica.

—Yo… nunca he...—Me estaba trabando, pero era cierto: nunca había tenido una fantasía sexual. Pero ese no era el motivo de que me trabase. El motivo era que en tiempos recientes sí había empezado a tenerlas. Y esas fantasías tenían una protagonista: Samantha Lehmann.—Nunca he tenido una fantasía de esas...—Menuda mentira acababa de soltar. No sé si me puse roja por hablar de ello, o si por contar una mentira. ¿Acaso no era un buen momento para decirle a Sam lo que se me pasaba por la cabeza? Deja que te responda: ¡No! ¡Nada de confesar sentimientos durante conversaciones sobre crucigramas!

Por fortuna, aquel pequeño episodio precedió a una imitación un tanto desafortunada de Sam del acento inglés, que inevitablemente desembocó en risas. Puedo dar gracias a las risas por opacar los momentos incómodos en que me meto en terreno pantanoso casi sin querer. Y es que una parte de mí creía que jamás me sentiría cómoda con el tema del sexo.
Pero eso no era cierto: simplemente necesitaba a la persona adecuada en mi vida.


***

Gastar el nombre a Michael Jackson era una opción, sin duda, tras lo mucho que había repetido esas dos palabras en un corto intervalo de tiempo. La segunda opción y posibilidad era que ocurriese como con Beetlejuice: que de tanto mentar su nombre, apareciese allí mismo. ¿No sería eso maravilloso?
Respondí con una sonrisa, negando con la cabeza. Sam tampoco se creía del todo que Michael Jackson siguiese vivo, y es que resultaba muy difícil de comprender. No tardó en formular hipótesis acerca del motivo de su ‘muerte’ y posterior ‘resurrección’. Y, lo creáis o no, aquel tema me fascinó.

—Espero que no le hayan resucitado así.—Arrugué el ceño, pensando en todas las polémicas en que el pobre hombre se había visto envuelto en su vida.—Si ya tuvo que soportar acusaciones de todo tipo, solo le faltaba que le sumasen las de ser practicante de magia oscura.—Si una investigaba un poquito en Internet, se encontraba con las mil y una teorías conspiranóicas sobre la muerte o la ‘falsa muerte’ de Michael Jackson. La más extendida era, precisamente, que se había cansado de la fama y había optado por desaparecer, fingiendo su muerte en el proceso. Lo gracioso es que… esos conspiranóicos estaban en lo cierto.—El mundo de la fama muggle tiene pinta de ser un asco. Seguro que quiso desaparecer, recuperarse un poco de sus excesos, y cuando se sintió preparado, regresar al estrellato. Ha elegido unos tiempos curiosos para hacerlo...—Yo tampoco tenía la más mínima idea de si Michael Jackson había concedido entrevistas o algo por el estilo. En El Profeta no había leído nunca nada acerca de esto.

Mientras yo escogí un fragmento de Black or white para canturrear, Sam hizo lo propio con Earth song. No pude evitar sonreírle ampliamente, divertida y feliz… y entonces Sam se tumbó apoyando su cabeza sobre mi regazo, cogiéndome un poquito desprevenida. Sin embargo, mi mano libre, la que no sostenía el mojito, se apresuró a apartar con delicadeza algunos mechones de pelo de delante de sus ojos. Y cuando mis ojos y los de Sam se encontraron, le sonreí.
Sam manifestó su interés por darlo todo con Earth song, y una joven desconocida hizo acto de aparición exclusivamente para ofrecer su apoyo a Sam. Yo no le presté atención, ni a ella ni a su grupo, pues estaba muy ocupada acariciando suavemente con mis dedos el cabello de Sam mientras bebía sorbitos de mi mojito. ¿Qué me importaba a mí lo que dijese esa desconocida cuando tenía a la chica más guapa del mundo frente a mis ojos?

—Lo siento. Te lo compensaré.—Respondí con una sonrisa, a modo de disculpa por haberle contagiado mi hype de Michael Jackson. Comentó entonces que no podíamos desperdiciar ni un solo segundo, y como para apoyar sus palabras, The Hellhound, un grupo que yo personalmente no conocía, empezó a tocar en el escenario. Compuse una sonrisa que pretendió ser traviesa.—No conozco este grupo, pero creo que tiene un ritmo suficiente como para que bailemos igual que dos patos borrachos. ¿Te apuntas? ¿O prefieres seguir acostada? No puedes hacer nada divertido acostada.

Menuda frase más desafortunada. Ya comprobaría yo que aquello no era verdad, ni por asomo. La cantidad de cosas divertidas que podían hacerse tumbada… bueno, no entraré en detalles. No es el momento.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Sep 04, 2018 4:06 am

Una cosa era cierta: Sam no había sabido elegir muchas de sus parejas. Después de Natalie sólo consiguió a la persona más cobarde y luego a la más traicionera. En su momento, cuando Katerina le puso los cuernos, todos sus amigos la apoyaron, diciendo que Katerina era una sucia marrana—con palabras más malsonantes, en realidad—, pero lo que no entendía era porque si una persona no te cae bien o no te gusta que esté con tu amiga… ¿Por qué no se lo dices? Al igual que Gwen le terminó por decir que Rhianne solo se estaba aprovechando de ella, ¿por qué no decirle que Katerina era una zorra antes de que le pusiera los cuernos? O bueno, sabía que Gwendolie no tenía las capacidades adivinatorias de Raminta, pero al menos demostrarle que le caía mal. Sam no tomaba en vano la opinión de su familia. Además, hubiera sido todo muy diferente en la vida amorosa de Sam si no hubiera presenciado esa traición. Le había sentado como un puñal directo a su autoestima y confianza.

Aún así debía decir que era enternecedor que casi cinco años después Gwen todavía quisiera pegarle un puñetazo por perra del inframundo. No lo iba a negar: se lo merecía.

Lo que si que no se creía era que Gwendoline Edevane no hubiera tenido nunca nunca una fantasía. Por la cara que se le quedó al decirlo, Sam respetó su intimidad y su timidez y no pregunto al respecto, pero… ¿cómo era posible? ¿Al final Gwen iba a ser asexual? ¡No podía ser! Pero todo el mundo tiene fantasías, todo el mundo se imagina en algún momento, en alguna situación de ese estilo, en donde se cumplen ciertas condiciones… y… bueno, eso. Sam podía entender a Gwen después de los tres años que lleva acarreando, con la libido en límite negativo, ¿pero en la época universitaria? No podía entender cómo Gwen no podía haber tenido ninguna: con ningún profesor, con ningún compañero, con ningún alumno de curso superiores... Sam no se lo creía, pese a todo. ¡Gwen tenía que tener algo oculto! ¡No podía ser tan santa y pura como lo parecía!

Ahora tenía curiosidad y eso era malo.

Le preguntaría estando borracha, seguro que así se suelta más. Sam la maligna sabía cuando hacer hablar a su Gwendoline. El alcohol hace hablador a todo el mundo.

Hablando de Michael Jackson se abrió una conversación interesante sobre la vida del famoso cantante. Sam optaba por algo más estrambótico, ya que le encantaba que las cosas saliesen de su normalidad—menos cuando tenía que ver con su vida, claro, ahí le encantaría que todo fuese perfectamente normal—, pero Gwen decía todo era más sencillo. —Bueno, en realidad sería injusto que lo acusara de practicar magia oscura cuando en cierta manera la están practicando sobre él. Deberían acusarlo de ser objetos de prácticas oscuras —matizó con un tono tiquismiquis que sólo tenía como objetivo llevarle la contraria a Gwen. —No niego que tu forma de ver la vida sin duda es más lógica, pero esto es el Magicland, no puedes ir por ahí buscándole la lógica a las cosas. Eso no funciona así, que hace un rato te has tirado un eructo y ha escupido fuego. Todavía no entiendo como tu curiosidad de Ravenclaw no te llevó a tirarte un peo a ver qué pasaba. —Y, con una sonrisa divertida y una nariz media arrugada, le dio un suave golpecito en la nariz antes de apoyarse en su regazo.

Pero la Ley de Murphy hizo aparición y, al igual que cuando te mueves de la fila más larga a la más corta, la más larga avanza más rápido, fue acostarse en el césped para que la música comenzase. Sinceramente, a ella le parecía un plan fabuloso quedarse en esa posición mientras hablaban sobre las posibilidades en la vida de Michael Jackson, pero era verdad que ahora mismo su cuerpo pedía salsa. Se fue a levantar a mitad del intento de persuasión de Gwen, hasta que dijo una herejía, ¡que no se podía hacer nada divertido estando acostado! Primero la miró sorprendida, para luego esbozar una sonrisa muy pequeñita, traviesa; cargada de segundas intenciones. —Gwendoline, cuidado con lo que dices... —Se incorporó, quedándose sentada a su lado, girándose para seguir hablando con ella. —Que cualquiera que te oiga querrá demostrarte que acostada se pueden hacer muchas cosas divertidas... ¡Te sorprendería saber la de cosas divertidas que puedo hacer yo acostada! —Y ya no pudo contenerse la risa. —Como cosquillas, digo. O... ver una serie de risa, ¿sabes? No me refiero nada de índole sexual, ¡ni por asomo! —Y, riéndose a la vez que se mordía la lengua, se puso en pie rápidamente. ¡Claro que se refería a todo lo que tenía que ver con sexo! Le ofreció la mano a Gwen para ayudarla a levantar.

Una vez en pie y viendo el escenario como a un kilómetro—más o menos—se esperaron a terminarse su mojito unos diez minutos después y Sam volvió con otros dos, uno para cada una. Estuvieron ahí, entrando en ambiente, para cuando llegó el tercer mojito. Antes de empezar a bebérselo y aprovechando que solo eran dos, ya que en el Magicland normalmente habían grandes grupos de personas, cogió a su amiga de la mano y se coló entre los recovecos de todos los espectadores. No pudo colarse mucho porque aquello era una masa homogénea de humanos, pero sí lo suficiente como para sentir la música y el buen ambiente bien de cerquita. No le quitó la vista de encima a su amiga en ningún momento y, de hecho, muchas veces en momentos en dónde la música rompía y todo el mundo se volvía loco, la sujetaba para no perderla de vista. ¿Sabías lo fácil que era perderse ahí, en medio de tremenda multitud? No quería ni imaginarse como estaría eso con Michael Jackson.

Sam estaba fascinada, no solo por lo bien que sonaba el grupo, sino porque eran tres mujeres: una con el pelo rosa, otra con el pelo azul y otra de piel oscura con unos pelos rizados que a cualquiera le gustaría tener esos pelos. No fue hasta que el concierto terminó y la música dejó de sonar, hasta dejar sólo el sonido de los gritos y los aplausos, que Sam se acercó a Gwen. —¡He decidido que me voy a teñir de rosa! Amelia Williams tendrá una nueva identidad —aseguró, motivada por lo bien que le quedaba el pelo a esa señora.

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Gwendoline Edevane el Mar Sep 04, 2018 3:17 pm

Cuando la gente hablaba de Michael Jackson, por norma general, lo primero que le venía a la cabeza eran todos los escándalos en los que había estado metido el cantante. Empezando por su famoso cambio de piel y las operaciones a que se había sometido, pasando por el incidente del bebé en el balcón, y llegando a las acusaciones menos gratas relacionadas con niños, la vida de Michael Jackson había estado marcada por la polémica.
Y ciertamente, la magia negra casi sería bien vista en lugares como Inglaterra o Noruega, teniendo en cuenta los ideales de los gobiernos actuales. Sin duda, mejor vista que la Cienciología, esa iglesia tan famosa entre los famosos del siglo veintiuno que más bien podría calificarse de secta. Y además, como me estaba señalando ‘Samantha la tiquismiquis’, mejor amiga y objeto de mi más profundo amor, el señor Jackson no sería el practicante en su supuesto, sino el fruto de dicha magia negra.
Puse los ojos en blanco cuando empezó a remarcar aquello, no pudiendo aguantar mucho y terminando aquella expresión con una sonrisa.

—Estoy bastante segura de que puedo imaginarme lo que habría ocurrido.—Entorné la mirada ante su última sugerencia, casi como si estuviese enfadada, cosa que no estaba. Y es que podía imaginarme el resultado: mis pantalones en llamas y Sam teniendo que tirarme por encima lo que nos quedaba de aquella deliciosa cerveza fría.—¡Pero venga! Ya que quieres dejar a un lado el plano lógico de la vida, vamos a dejarlo a un lado: ¿Cómo crees que reaparecerá Michael Jackson? ¿Con el mismo aspecto que le conocíamos, blanco y con el aspecto de una calavera? ¿O con su aspecto mucho más atractivo de los años ochenta? Sé que tú y yo somos muy jóvenes para recordar aquella época, pero no me engañes: has visto el vídeo de Thriller. Y seguro que después de verlo, te pasaste unas setenta y dos horas debajo del edredón, asustada.—Piqué a Sam, con una sonrisa traviesa en mis labios. Sabía que Sam padecía un pánico tremendo hacia las películas de terror. Y el videoclip en cuestión—que duraba unos catorce minutos—era en cierto modo un cortometraje musical de terror.—Yo voto porque volverá a ser un atractivo muchacho afroamericano.—Concluí, divertida, esperando que a Sam no le diese por apostar nada. Sam podía ponerse muy competitiva con las apuestas.

A aquella conversación acerca de Michael Jackson y la naturaleza sobrenatural de su reaparición siguió el comienzo del concierto de The Hellhound, un grupo de tres integrantes femeninas cuyo rasgo más llamativo, sin duda, era el estilo de pelo de cada una de ellas. Teníamos a una… ¿rubia? Sí, podría ser rubia, con el pelo teñido de rosa. Luego una… ¿morena? Esa impresión me daba, al menos, pero su pelo estaba teñido de azul. y por último estaba una joven mulata cuyo cabello parecía ser el único natural, una mata de rizos preciosa que cualquiera envidiaría.
No conocía su música, pero tampoco sonaban mal, por lo que sugerí a Sam que bailásemos un poco. ¿Mi argumento a favor? Que tumbadas no podíamos hacer absolutamente nada divertido. Y en el momento de soltarlo, ni siquiera pensé en lo que estaba diciendo. Habría quedado mejor añadir ‘en el Magicland’ al final de la frase, sin duda, pues Sam enseguida se puso a rebatir mi afirmación.
Y ahí sí que empecé a darle importancia a mi frase. Y es que lo primero que me vino a la cabeza fue el baño con velas relajantes… Gracias a Sam por desviar mi atención de ese tema con cosas mucho más inocentes. Sin embargo, no pude evitar que se me acelerase un poquito el pulso cuando Sam empezó a hablar, y por enésima vez me pregunté a mí misma qué me estaba pasando últimamente. Ahora va a resultar que mi libido está despertando tras un largo período de hibernación, pensé, dándome cuenta de que, en realidad, yo nunca había tenido demasiado de eso.

—Tienes razón.—Sentencié, asintiendo con la cabeza, con aire pensativo. Fingido, eso sí, pero muy convincente.—¿Has traído el portátil? Vamos a ver series mientras tiene lugar el Magicland. Aprovechemos la ocasión.—Y volví la mirada en su dirección, sonriendo finalmente con diversión.—¡Es broma!—Exclamé, riendo más feliz por haber sido capaz de capear ese extraño momento que a punto había estado de convertirse en un momento incómodo que por lo divertido de mi broma.

Creo que me prometí a mí misma que bebería poco, que evitaría el exceso de alcohol. Y es que, para entendernos bien, había que tener en cuenta que cuando bebía, una serie de Gwendoline distintas ocupaban mi lugar: podía estar la depresiva, esa que emergía de manera aleatoria durante los primeros tragos y que se quejaba de todo y de todos; luego estaba la Gwendoline alocada, que se dedicaba a gastar bromas, y agredir con flechas de ventosa a la gente como había sucedido en la fiesta de carnaval en Babylon; la Gwendoline barriobajera, la cual se ponía agresiva con los chicos que besaban a sus amigas—especialmente si esas amigas se llamaban ‘Sam’—; y luego estaba la mezcla de las tres, que surgía cuando el nivel de alcohol en sangre era peligrosamente alto, y esa podía hacer cualquier tipo de locuras. Esa Gwendoline había sido la responsable de aquel beso con Sam en la fiesta de carnaval, precisamente.
A esa Gwendoline quería evitarla. Toleraba que se apareciesen las tres primeras, sin duda, pero no quería ni ver a la cuarta. La cuarta era peligrosa, contraproducente, una idiota que hacía lo que le daba la gana y rara vez escuchaba a su cerebro.
¿Y cómo iba yo a reducir la cantidad de alcohol consumido si Sam se empeñaba en hacer pasar un mojito tras otro por delante de mí? Bueno, fácil… De cuando en cuando, un poco de mi mojito se derramaba discretamente, cuando Sam no miraba… o cuando miraba, pero había una forma de hacerlo parecer un accidente. Una de esas ocasiones fue, precisamente, cuando pasábamos entre la multitud. Por desgracia, tuve que ‘agredir’ con el mojito a un pobre chico con unas pintas curiosas que encontré en mi camino. El mojito decoró su camiseta de tirantes.

—¡Lo siento mucho!—Me disculpé, mientras Sam y yo seguíamos avanzando entre la multitud. El chico se lo tomó bien, o eso entendí por la respuesta que me dio mientras me alejaba, en forma de un ‘¡Paz, hermana! ¡Todo dabuti!’.

Así que conseguí mantenerme relativamente sobria alegando una torpeza innata en mí, y deshaciéndome de las bebidas poco a poco y con discreción. Quizás fuese un poco injusto para con Sam, pero por el bien de mi salud mental y la de mi amiga, mejor que fuese así. Además, no estaba sobria del todo, y sabía hacerme pasar por más borracha de lo que estaba.
El concierto terminó con un tema titulado The Beauty and the Were Beast, una canción que hablaba del amor entre una bruja y una mujer-lobo, L. G. B. T. I. (y todas las siglas que me falten) llevado al mundo mágico y sobrenatural. Sam y yo, que no nos habíamos separado demasiado, nos reunimos y nos cogimos de la mano. Mi amiga estaba emocionada, y afirmó que quería teñirse el pelo de rosa.

—Podríamos probarlo algún día. Me gustaba cómo le quedaba el pelo azul a la morena.—Y es que sí, yo estaba segura de que la chica del pelo azul era originalmente morena.—¿Cuál te ha parecido más guapa de las tres?—Pregunté en un pequeño impulso irrefrenable.—Creo que la del pelo rosa era muy guapa...—Y he aquí la clave: yo no estaba visualizando a la chica del pelo rosa, si no a Sam teñida de rosa. Y pese a que me encantaba su pelo rubio, podía imaginar que seguiría viéndola preciosa incluso con el pelo rosa.—¿Qué hacemos ahora? ¿Vamos a esa reunión a la que nos invitó nuestro ‘vecino’?—Pregunté, dándome cuenta para mi desgracia de que nos habíamos olvidado de los malvaviscos.

Bueno… mañana será otro día, pensé con tristeza. Y es que tenía muchas ganas de probar los malvaviscos que tan famosos eran entre los estadounidenses. Bueno, quizás exagero con lo de la tristeza… o no, podría ser la Gwendoline depresiva asomando por fin a la superficie. Quizás en breves me encontraría a mí misma, como diría Sam, mirando con cara de patata mustia la hoguera mientras pensaba en la triste vida de las moscas, o algo así. Cualquier excusa le valía a la Gwendoline depresiva para ponerse depresiva, valga la redundancia.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Sep 06, 2018 4:13 am

Puestos a elegir prefería indudablemente que Michael Jackson apareciese con su aspecto de muchacho atractivo afroamericano, ¿cómo no? De la otra manera era un ser muy, muy extraño. Parecía más una papaya deforme que un humano. Una mezcla entre simio sin nariz y humano amorfo y estaremos todos de acuerdo en que su atractivo era negativo. Quizás viniendo de Sam, que ya de por sí veía a los hombres como amebas sin atracción alguna, era una opinión no válida, pero seguimos estando de acuerdo en que tiene razón perse. —Eres una exagerada. —Se quejó Sam cuando Gwendoline asumió que después de ver Thriller se había pasado setenta y dos horas debajo del edredón. —Solo fueron cuarenta y ocho, ¿vale? Y las dos sabemos las propiedades anti-problemas que ofrece un edredón bien calentito, ahí debajo sabía que no podía atacarme ningún zombie feo —exageró divertida, apoyando su broma. —Yo voto porque no, porque seguirá siendo esa patata fea y deforme que era cuando supuestamente murió. Y voto eso sólo por darle emoción a la apuesta porque si votamos lo mismo pierde la gracia, ¿quieres añadirle emoción? Es una apuesta totalmente al azar, así que podemos ver quién tiene más mala suerte y apostar algo. —Y entonces Sam frunció el ceño, pues teniendo en cuenta su historial y su relación de odio supremo y hostilidad brutal con La Suerte casi que no le valía la pena apostar nada en su honor. —Bueno, no, lo retiro. En honor a la suerte no quiero apostar nada. No se lo merece.

Y debería de haber ido a tocar madera o algo por el estilo, pues ya se imaginaba a La Suerte hablando con Karma, su gran amiga del alma, para hacer que Sam pagase por dejar a su terrible mala suerte de lado. Quizás ésta, sin ser consciente de lo molesta que era, creía que Sam le iba a tener algún tipo de aprecio. ¡Jamás! La única entidad abstracta con la que Sam se llevaba bien era La Sole—la soledad, para los más ignorantes—y poco más.

Miró con reproche a su amiga ante su broma, sobre todo al imaginarse a las dos en la caseta mientras veían una serie con la música de fondo del Magicland sin estar disfrutándolo. La verdad es que sería imposible al menos que esperasen dos horas a que el portátil de Sam llegase volando de Londres después de un conjuro Accio, ya que obviamente no se lo había llevado. A decir verdad, la legeremante solía dejar todo eso de lado cuando se iba a vivir ese tipo de experiencias. Por acordarse ni se había acordado de coger el teléfono móvil ese día: aunque eso era diferente, ya que lo utilizaba solo para sacar fotos. Pero claro, con el móvil y la cámara de Gwendoline, ¿para qué llevar de más?

Como es evidente Sam no se percató ni un poquito de que Gwen iba tirando por ahí la bebida para no emborracharse tanto como podría hacerlo junto a ella. Y menos mal que no se había dado cuenta. La verdad es que le sentaría fatal que su amiga fuese por ahí tirando la bebida a escondidas para no beber en vez de decírselo directamente. Así dejaría de traerle tantas copas como ella misma se quería beber, pensando que las ganas de emborracharse eran recíprocas, cosa que evidentemente no. Si Gwen le explicase el por qué de no querer emborracharse Sam lo entendería a la perfección, pero claro, se crearía ahí un momento terriblemente incómodo que seguramente ninguna de las dos sabría enfrentar. Así que por mucho que a Sam le sentase mal lo que hacía si se enteraba, era una solución válida y que Sam también hubiera hecho.

¿Probarlo algún día? ¿Gwen también quería teñirse el pelo? ¡Habría que ver a Gwendoline, con lo recatada que ha sido siempre, con el pelo azul! A Sam ya le parecía raro verla de rubia, se imaginaba de azul eléctrico. —La del pelo rosa, indudablemente. La verdad es que la afroamericana, con el pelo y ese color de piel… me recordaba a Missandei, y ya sabes el crush que tengo por Missandei. —Aunque a la hora de la verdad, todo el mundo lo sabía. Sam lo sabía, Gwen lo sabía, hasta Henry el roto lo sabía: Sam siempre, siempre optaría por la morena de ojos claros si es que había una, aunque en The Hellhound no era el caso. ¡Pero no podemos negar que Missandei era preciosa! —Está en mi top 5 de crush imposibles, sin duda. Missandei digo, no esa del pelo rosa. Esa es solo un amor pasajero y debido a la emoción actual —dijo divertida, ya notándose más divertida de lo normal, así como habladora sin sentido. Solía ser de las primeras fases de Sam estando borracha: hablar de algo estúpido hasta la saciedad y darle una importancia abismal. Por suerte, no tenía pensado pasar de fase esa noche. Se quedaría contentilla y ya el primer día. Tenía que hacer honor a su promesa a Caroline y controlarse, ¿no?

Toda la gente, al término de aquel concierto, se había dado la vuelta: muchos irían a seguir la fiesta a otro concierto, otros a terminar la noche de fiesta por el resto del Magicland, mientras que muchos preferían irse a dormir para mañana poder disfrutar de aquella experiencia desde bien tempranito. La idea de Gwen, sin embargo, parecía la síntesis perfecta que lo combinaba todo y, para ser sinceros, a Sam se le había olvidado ya que aquel señor tan simpático cuyo nombre no recordaba les había invitado a pasar un rato frente a la hoguera. —Me parece perfeeecto —canturreó, llevándose la pajita a la boca para beber de nuevo de su mojito, un mojito inexistente del cual solo subió por la pajita un trocito de yerbabuena, el cual escupió cual camello retrasado, o eso intentó, pues al final solo pudo quitárselo con la mano de la lengua. Al final puso los ojos en blanco, mirando a Gwen por lo retrasada que había parecido.

Comenzaron a caminar hasta la zona en donde se quedaban, la cual estaba a casi quince minutos caminando. Por su parte, Sam se paró en uno de los establecimientos—pequeñas casetas de madera que estaban por todo el parque y repartían bebidas—para pedirse esta vez una cerveza. Durante el camino, Sam no dudó en ilustrar a su amiga con conocimientos de sabios borrachos. —¿Sabes por qué siempre me pido cerveza para finalizar la noche? —preguntó retóricamente, sin esperar respuesta, aún así hizo una pequeña pausa para darle emoción al asunto. —Yo te lo explico porque seguro que nunca te he contado mi truco. Termino con la cerveza porque de todas las bebidas alcohólicas es la bebida más hidratante, ¿sabes? Y teniendo en cuenta que no he bebido agua desde la comida, beber esto al final hace que me hidrate y así la resaca sea menor y más llevadera. Estadísticamente… —Y siguió hablando durante unos segundos más, con valores técnicos y teóricos que parecían realmente inventados—¡cuando eran totalmente verídicos!—pero no duró mucho en esa conversación, pues de repente se paró, viendo como Gwen daba dos pasos más antes de girar a ver qué había ocurrido. Sí, se le había venido a la cabeza un tema totalmente diferente al que hablaba, como si fuese un flash iluminador. —Jo tía —dijo, triste, con cara de patata mustia, sí, esa cara que Sam solía poner tan a menudo. —Se nos olvidaron los malvaviscos. Qué caca. —Se quejó, con jerga infantil que denotaba CLARAMENTE lo caca que había sido olvidarse de eso cuando Gwen había dicho que le hacía ilusión.

Así que Sam se acercó a ella y con su mano libre le sujetó la suya. —Yo te conseguiré malvaviscos como que me llamo Melocotón.

***

¡Habéis venido! —dijo Jonathan, levantando la mano para saludarlas al ver como se acercaban las dos. Sam ya no tenía nada en las manos, pues en el camino se había terminado su última bebida. —Bueno, ¿cómo no ibáis a venir, si os quedáis aquí? —añadió, riéndose de su propio chiste.

Sam se acercó a ellos directamente, quedando atrás de un grupo de personas que no conocía de nada y justo de frente de Jonathan y lo que parecía su novia, por cómo tenía de manera sugeremente su mano sobre el muslo ajeno. Eran un grupo de aproximadamente once personas, todas alrededor de una hoguera perfectamente hecha, con un movimiento de las llamas tan bonito y relajante que daban ganas de sentarse allí y sencillamente perderte en su crepitar.

Ella, sin embargo, ahora mismo tenía otras prioridades. —¡Hola! ¿Alguien tiene malvaviscos? —preguntó directamente a todo el mundo que no conocía. —Soy San...ne, Lissane. —Se presentó al final al darse cuenta de que había alterado el orden de lo socialmente correcto y por casi le sale su nombre real.

Hola Lissane la de los malvaviscos —dijo una chica.

En realidad los malvaviscos son para mi amiga porque de la emoción se nos ha olvidado comprarlos. —Y miró a Gwen. —Ella, Gwen.

Lissane y Gwen las de los malvaviscos —dijo un chico, moreno de pelo largo y con una barbita muy mona, sacándose de detrás de él una bolsita de malvaviscos. —Yo traje, pero todos me miraron mal cuando saqué el primero. Ahora me siento comprendido. Venid, sentaros aquí a mi lado. Apártate Jon, odiador de mis malvaviscos —añadió divertido, empujando a su amigo en dirección contraria con la mano. Jonathan, haciéndose el herido por tanto desprecio, se dejó caer sobre su novia.

Para Sam la palabra “malvaviscos” ya había dejado de tener sentido de todo lo que lo había repetido en los últimos dos minutos. Pese a eso, la rubia se giró hacia su amiga y sonrió por haber encontrado malvaviscos, para entonces ir detrás de ella y caminar juntas hasta el huequito que les había abierto el grupito. La verdad es que después de esa intromisión malvaviscosa tenía curiosidad por saber los nombres de todos y verles un poco las caras, ya que apenas se había fijado más que en el señor simpático de los malvaviscos—Andy—, Jonathan y la novia. Pero suponía que toda esa gente se quedaría en las casetas que los rodeaban y serían, como bien había dicho Jonathan antes, "sus vecinos".
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Gwendoline Edevane el Jue Sep 06, 2018 3:08 pm

La relación de Sam con las películas de terror—o no necesariamente películas, sino cualquier tipo de manifestación artística del género en cuestión—venía ya de largo. Y no me malinterpretéis: no es ninguna vergüenza sentir miedo, ya sea por películas o por situaciones reales. Contrariamente a lo que ciertos machitos de nuestra sociedad puedan opinar, el miedo es un instinto profundamente arraigado dentro de nuestro ser desde hace millones de años que nos mantiene con vida en situaciones de peligro. Cierto, los miembros de la especie humana han encontrado la forma de convertir el terror en un entretenimiento, devaluando dicho instinto a un punto en que, si te da miedo algo, eres un cobardica o, como solían decir los adolescentes—o quizás solo lo decían cuando yo era una adolescente en Hogwarts—una nenaza.
Sin embargo, no pude evitar hacer bromas al respecto con mi amiga. Y es que era el tipo de chica que, si veía una película de terror en que sonaba el teléfono, la próxima vez que sonaba su móvil se llevaba un susto de muerte; el tipo de chica que se pasa la noche en vela si se atreve a ver películas como The Ring o La Maldición; el tipo de chica que, incluso con los efectos especiales cutres de Thriller siente pavor. Una pensaría que, viendo las situaciones de auténtico terror que había vivido—el incidente del 28 de diciembre, sin ir más lejos—se habría visto curada de espanto. Pero no. Seguía teniendo miedo a las películas de terror.
¿Y queréis saber un secreto? Me gustaba mucho que siguiese teniendo miedo a las películas de terror. ¿Porque me gustaba asustarla o hacer burla de ella? No, jamás hacía esas cosas en serio. Lo que me gustaba de que siguiese asustándose de esas cosas es lo que implicaba: que su dulce personalidad no había desaparecido, que seguía ahí. Y es que a mí me gusta esa Sam que tiene miedo a las películas de terror, esa Sam que si se atreve a ver una se abraza a un cojín, y que cambia el cojín por una caja de pañuelos desechables cuando ve películas románticas.

—Cuarenta y ocho...—Dije, con un tono de voz que parecía querer decir ‘No te lo crees ni tú’, pero que evidentemente seguía dentro del distendido tono de broma que reinaba entre ambas.—¿De verdad votas por eso? ¿Estás segura? ¿En un mundo repleto de magia en que se pueden obrar milagros tales como cambiarte el color de pelo con un simple toque de varita, crees que seguirá llevando esa cara que más parecía una máscara de cera?—Mi incredulidad era genuina, pues sabía lo que venía a continuación: la apuesta. La típica apuesta de una Sam competitiva. Sin embargo, mi amiga rápidamente se volvió atrás.—¡Eh, que la suerte tiene que empezar a sonreírte en algún momento!—Exclamé, casi ofendida. No podía ser que Sam viviese toda su vida con miedo a salir a la calle y morir aplastada por un piano de cola. Y no exagero: a estas alturas, Sam ya debía tener miedo hasta de eso.—Pero bueno, si quieres apostar por un Michael Jackson blanco y deforme, es normal que quieras volverte atrás...—Dejé caer, con disimulo, sin darme cuenta de que, inconscientemente, estaba buscando picar un poco a Sam. A lo mejor a ti también te va la marcha con las apuestas, Edevane, me dije a mí misma con ironía.

The Hellhound fue un grupo musical que, si bien puedo decir que ‘estuvo bien’, tampoco me llamó demasiado la atención. Más allá del curioso estilo de pelo de las tres integrantes y la última canción, me sirvió para bailar un rato de una manera cuestionable, y para iniciar un pequeño debate acerca de colores de pelos y cuál de las tres chicas era más guapa. Mi voto fue para la rubia del pelo rosa… y Sam votó de la misma manera. ¿De verdad? ¿La rubia de pelo rosa? ¿La morena de pelo azul no?, pensé con un poco de tristeza. Sam nunca verá atractiva a una chica como yo, de pelo negro y ojos claros, pensé con toda la tristeza que la Gwendoline depresiva podía aportarme.
Y fue entonces, mientras Sam comparaba a la chica negra del grupo con Missandei de Juego de Tronos, que me golpeó en la frente una de esas revelaciones que has tenido delante de tus narices todo el tiempo y de la que no te habías dado cuenta. Una de esas que te deja ojiplática. ¿Qué revelación? Bueno, veamos…
Natalie, pelo negro y ojos azules; Rihanne, pelo negro y ojos verdes; Katerina, pelo negro y ojos azules.
Todas morenas. Todas de ojos claros. ¿Y quién encajaba en aquel patrón que parecía ser ‘el tipo de Sam’? Sí, tú, pero deja de emocionarte con tonterías como esta y sé realista, me dijo la parte más cínica y odiosa de mi mente. Y en ese momento volví a la realidad, y lo hice con una frase profunda y reveladora.

—Sí, Missandei, quien escogió de todos los hombres y mujeres de la serie a un eunuco.—Y no, no lo digáis: no tengo nada contra los eunucos. Se merecen amor tanto como cualquier hombre ‘entero’. Pero… ¿realmente había necesidad de una escena de cama entre esos dos? Bueno, Sam la había gozado, solo por ver a Missandei de esa guisa, pero...—Missandei...—Repetí, pensativa, y estoy segura de una cosa: ni siquiera Sam en aquellos momentos podría imaginarse las ideas que estaban circulando por mi cabecita.

Así que acordamos que iba siendo buena hora para volver, como mujeres adultas responsables y parcialmente borrachas, nuestro pequeño ‘campamento’, lugar donde pasaríamos la noche. También teníamos una ‘cita’ con aquel joven que respondía al nombre de Jonathan, y una hoguera. Por el camino, me percaté de que faltaba algo muy importante: los malvaviscos. No pude evitar ponerme un poco triste, quizás a causa del alcohol. ¿Cómo de triste? Bueno, hasta el punto de no estar prestando toda la atención que se merecía al discurso acohólico y cargado de sabiduría de Sam.
A pesar de todo, la Gwendoline depresiva estaba dispuesta a aportar su punto de vista a la conversación, al tema sobre qué bebida alcohólica era más hidratante, cuando Sam de repente exhibió lo que ella misma calificaba de ‘cara de patata mustia’. De hecho, la cosa fue tal que así.

—Sí, la cerveza es...—Empecé a decir, y entonces me di cuenta de que Sam se ponía en modo ‘patata mustia’. Abrí la boca para preguntarle qué le ocurría, pero no hizo falta: ella misma lo dijo.—No pasa nada, mañana será otro día. Ya los conseguiremos y...—Pero Sam estaba ya en modo ‘nuevo objetivo desbloqueado: consigue malvaviscos’, y juró que conseguiría los dichosos malvaviscos.—En serio, no te preocupes...—Insistí.


***

De vuelta en nuestro ‘lugar de acampada’, fuimos recibidos por Jonathan, el joven que se parecía al protagonista de Liberad a Willy, si este hubiese envejecido bien. Y parecía totalmente entusiasmado por nuestra presencia allí. Yo le dediqué una sonrisa amable, mientras que Sam optó por su mirada resolutiva: Lehmann había detectado un problema y estaba trabajando en solucionarlo. Como buena Ravenclaw, era exhaustiva en su trabajo y no iba a parar hasta dar con los malvaviscos del demonio.
Tal era su intención que lo primero que hizo fue preguntar por ellos, antes incluso de presentarse y saludar a los presentes. Una chica, al lado de Jonathan, la llamó ‘Lisanne la de los malvaviscos’, por lo cual no pude evitar reírme divertida.

—Sí, son para mí. Confieso toda la culpabilidad.—Dije, sonriendo todavía. La Gwendoline depresiva, al parecer, había decidido saltarse la parte de socializar con la gente.

Entonces apareció un muchacho moreno, de pelo rizo y amable sonrisa, que me sorprendió diciendo que había traído malvaviscos. Mi niña interna se puso feliz e incluso di un pequeño saltito, pero la adulta que también llevo dentro la reprendió. Sé educada, ¿qué es lo primero?

—Gracias, muchas gracias. ¿Pero de verdad que no te importa? Me sabría muy mal comerme tus malvaviscos y dejarte sin nada.—La Gwendoline depresiva hizo acto de presencia, imaginándose a ese pobre chico sin malvaviscos al día siguiente.

—¡Qué va, tío!—Sí, dijo ‘tío’. No ‘tía’, no; ‘tío’.—¡Hay para todos! Venga, vamos a pincharlos en palos. Ayudadme, tío.—Otra vez ‘tío’. Dediqué una mirada de soslayo a Sam, preguntándome si, en su infinito concepto de una ‘lesbiana muy femenina’ que tenía de sí misma, diría algo al respecto.


***

Mientras esta escena tenía lugar unos metros más allá, al otro lado de la hoguera, Anthea Dickens se dedicaba a dibujar. Era una de sus pasiones en la vida, y aprovechaba cada ocasión que tenía para ello. Sentada en los peldaños de entrada a su caseta, e iluminando la hoja en que dibujaba con un pequeño farolillo hecho con un tarro de cristal y una llama mágica, la muchacha realizaba un rápido bosquejo de lo que sería su siguiente dibujo.
Sin embargo, algo llamó su atención. ¿El qué? Pues concretamente el sonoro ‘¡TÍO!’ que soltó un chico que ya se había presentado con ella, y que respondía al nombre de Andy. Anthea le dedicó un breve vistazo, y se lo encontró de pie, escandalizado al lado de una chica de pelo rubio y sombrero que sostenía una rama con un montón de malvaviscos ensartados demasiado cerca de las llamas.

—¡Tío, que los quemas!—Exclamó Andy, a lo cual cogió las ramas y se dispuso a enseñar a la chica cómo se hacía.

Anthea rió divertida. Era una chica muy positiva, americana, y criada en una sociedad que aceptaba a aquellos que eran como ella, a los hijos de nomaj. Nunca se habían referido a ella como ‘sangre sucia’, ni nada parecido.
Algo llamó entonces la atención de Anthea, y no fue esa pequeña discusión. Y es que una segunda chica se sentó junto a la primera, diciendo algo así como ‘Eso, tío, ten cuidado’ en tono de mofa hacia la que debía ser su amiga. Su encantadora sonrisa llamó la atención de Anthea. Y de repente dejó de importarle su dibujo.
¿Estaba soñando? ¿O su radar se había activado con aquella chica de cabello castaño y sonrisa tan hermosa? O quizás simplemente te parece preciosa, sugirió su mente.
Anthea, con una sonrisa y mordisqueándose el labio inferior, cambió de página en su cuaderno de dibujo, y comenzó a dibujar algo muy diferente. Algo que tenía, sin ir más lejos, ante sus ojos.

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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Oct 10, 2018 1:36 am

Era un hecho incuestionable que Samantha tenía muchísima facilidad para cagarse de miedo. Uno pensaría que con la edad esas cosas se van perdiendo, o incluso después de las experiencias que le habían tocado vivir, pero ella no era así. Era una chica que sabía perfectamente lo que estaba detrás de las películas de miedo, o de los trucos muggles de magia… pero que aún así, los vivía con ilusión, sin buscar las falsedades; cómo buscar el truco detrás de la magia o o cuestionarse cuánto de verdad había en que la niña de The Ring pudiera salir por tu televisor. Podía llegar a ser tan analítica que podría romper la magia de cualquier cosa, pero hablando claro, ¿eso para qué servía? Era como abrir un dulce para comprobar que estaba relleno de chocolate y perder la magia de cuándo te tocará la sorpresa del interior. Sam se había dado cuenta de que en situaciones en donde sólo tocaba disfrutar: ¿por qué ir más allá?

En cuanto a lo de Michael Jackson, negó con la cabeza una y otra vez. —Pero Michael Jackson decidió tener cara de máscara de cera. Quería ser blanquito como nosotras porque obviamente somos la raza superior… O eso decía Hitler, ¿no? —Rió, divertida, enarcando levemente una ceja. —Siempre diré que como los negros decidan coger palos y piedras y venir a por nosotros, el mundo lo gobernarán los negros… —Y entonces se dio cuenta de que se desviaba del tema cuando escuchó ese reto… porque Gwen podría llamar a eso como quisiera, pero eso, con todas las letras, era un reto. Sam la miró de repente, con seriedad, como quien escruta una mirada en busca de segundas intenciones. —¿Me estás retando, Edevane? Me estás retando —afirmó finalmente, negando con la cabeza. —¡Pues sabes qué te digo, que acepto! Estoy tan segura del mal gusto de Michael Jackson que yo creo que sigue siendo blanco, feo y con cara de esqueleto. Así que apostemos. ¿Qué quieres apostar? Venga, algo que solo podamos cumplir en el Magicland. Lo que quieras. ¿Un paseo en colchoneta hinchable a diez metros sobre el suelo? ¡Acepto! —Y finalmente alzó la mano, negando con ella. —Todo menos eso, por favor.

Retar a Sam con ese tipo de tonterías era malo, ya que ella siempre iba a aceptar. Le encantaban esos juegos y buscar la manera de ‘castigar’ o premiar al que acepte o falle, cuando en la mayoría de los casos todo está de parte del azar. Sin pretexto ninguno, le gustaban, sólo por el hecho de que era un juego y le gustaba jugar con sus amigas. De hecho… le daba bastante igual perder, lo único que le gustaba de todo eso era la travesura que suponía.

El universo de Juego de Tronos era increíble y tenía personajes que podían hacerte amarlos o odiarlos con toda tu alma. Le encantaba esa serie no solo por la trama, sino por la evolución de los personajes y, no sabía exactamente por qué, uno de los personajes que más le gustaba—pese a no ser de los más evolutivos o épicos—era Missandei. Estaba claro que el primer factor para ese gusto había sido por el físico, pues le parecía preciosa, no lo íbamos a negar tampoco. —Sí, Missandei —confirmó a su repetición, viendo en ella que estaba un poco pedida. Suponía que pensando en lo guapa que era Missandei—algo poco propio en Gwen, pero bueno—o en su propio personaje favorito de Juego de Tronos. Pero vamos, lo último que esperaba Samantha es que su amiga estuviese pensando en el parecido que tenía al ‘tipo’ de Sam. Si lo llega a saber, el comentario que hubiera hecho quizás hubiera sido un poco descarado, teniendo en cuenta que iba un poco feliz después de lo que se había bebido.

En medio de su discurso sobre la cerveza, se percató de la ausencia de malvaviscos, sintiéndose mal. No se sentía mal porque fuera su culpa, sino porque a su amiga le hacía ilusión y se les había olvidado por completo. ¡Para una cosa que…! Pero no pasaba nada, porque Sam mentalmente se apuntó la misión para completarla sí o sí. Y si esa noche no conseguían malvaviscos, como que se llamaba Jóhanna, ella conseguiría malvaviscos y hacía una hoguera. ¡Y si no conseguían malvaviscos en todo el Magicland, la primera noche en Londres la llevaría al bosque a hacer una hoguera y comer malvaviscos!


***

No dudaron en sentarse al lado de Andy, el tipo de los malvaviscos y el cansino ‘tío’, cuando éste les ofreció compartir la comida con ellas. Y bueno, como para no: parecían dos pobres desesperadas en busca de malvaviscos, cuáles zombies que buscan cerebros. Sam tenía cara de que si no los conseguía ahí iba a ir a mendigar todas las tiendas para ver si había suerte. Pero por fortuna no fue así y desde que supo que había malvaviscos con los que hacer feliz a Gwen, un ‘tick’ de completo apareció en su mente, quitando de sus misiones pendientes la búsqueda.

¡Tío!

¡Eso, tío, ten cuidado! —dijo Sam, sentándose al lado de Gwen. —¿Quieres achicharrarlos o qué? ¿No sabes que las cosas quemadas dan cáncer? ¿Te voy a tener que enseñar a hacer malvaviscos? —le preguntó con un claro tono de reproche, como si Gwen no tuviera perdón por achicharrar de manera violenta a los pobres malvaviscos. Así que Sam, aprovechando que había poco hueco entre Andy y Jonathan y no quería estar ahí aprisionada e incómoda, aprovechó todo el hueco para compartirlo con Gwen, sentándose detrás de ella y rodeándola con los pies y los brazos. Cogió un palo y pinchó un par de malvaviscos, haciendo el palo más grande mediante el uso de magia para poder llegar a la hoguera sin esfuerzo. —¿Sabes? —dijo susurrante en el oído de Gwen, pues su cara quedaba sobre uno de los hombros de su amiga. —No te lo he dicho nunca pero… en mi época de fugitiva desarrollé la habilidosa capacidad de hacer malvaviscos a la perfección. La hoguera, la tienda y yo éramos un trío inseparable. ¿Y sabes qué es vital para poder hacer malvaviscos en su punto? No achicharrarlos. —Y, con su mano libre, elevó la mano—y por consiguiente el palo—de Gwen para alejar los suyos de las caprichosas llamas.

¡Eh! ¡Secretos en grupo son de mala educación! —dijo Jonathan. —Oh, vamos, chicas. Habéis llegado tarde y ya hemos pasado la ronda de presentación: ¿qué nos contáis de vosotras? ¿De dónde venís?

Nosotras venimos de Inglaterra, de Londres —respondió sin más, pese a que era bien consciente de que harían preguntas.

¡Wow! —dijo otro del grupo, mientras Jonathan miraba sorprendido.

¿De Londres, en serio? ¡Já! Con toda la mierda que estaba pasando ahí pensé que también os prohibirían relacionaros con otros países o algo. —Bueno, la posición de Jonathan estaba clara y el resto, sorprendentemente, le dieron la razón, sin entrar en detalles. Teniendo en cuenta que era el Magicland, dudaba mucho que hubieran intolerantes o puristas extremistas.

De todas maneras, como nadie hizo hincapié en nada al respecto, Sam también lo dejó estar. No quería hablar de ello, pero tampoco quería seguir mintiendo al mundo con respecto a quién era. De hecho, ahora mismo se sentía un poco mal haciéndose pasar por quien no era, cuando parecía evidente que a todos allí el tema político no les importaba.

Ellos se pusieron a hablar de las respectivas cagadas políticas de sus países, ya que ninguno era inglés como ellas, por lo que Sam, desinteresada en ese tema que le tenía un poco hasta las narices, pasó de él y volvió su atención a los malvaviscos. No a los suyos, en realidad, sino a los de Gwen. No sabía en qué momento había pasado, pero gran parte de los malvaviscos de su amiga estaban quemados. Quemados carbonizados. A lo mejor se despistó cuando Sam mencionó con tanta naturalidad que venían del país más conflictivos del último año, o quizás sencillamente Gwen no estaba hecha para hacer malvaviscos. Sam hizo hacia atrás los suyos para ver cómo iban, dejándolos justo al lado de ambas.

Tío, esos tienen buena pinta —dijo Andy.

Me llaman la Maestra de los Malvaviscos. —A lo que Sam le respondió con un guiño divertido. Entonces apoyó su barbilla sobre el hombro de Gwen, acercándole los malvaviscos. —Para tú. Ten cuidado que queman —le ofreció uno de los suyos, no quemados, ya que Sam había pinchado dos en su palito.
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Gwendoline Edevane el Miér Oct 10, 2018 2:14 pm

Hasta donde yo sabía, el cambio de tono de piel de Michael Jackson no había sido decisión suya. Ciertamente, en su momento había corrido como la pólvora el rumor de que Michael Jackson odiaba a los negros—y por consiguiente, a sí mismo—y que por ese motivo había optado por un complicado procedimiento para cambiar artificialmente su tono de piel. Pero aquello no era correcto: Michael Jackson sufría vitiligo, una enfermedad que provocaba manchas en su piel, y aquella había sido su contramedida para dicha enfermedad.
Sin embargo, desde entonces conocía mucha más información sobre él de la que conocía antes: al parecer, era mago, así que… ¿por qué habría tenido que someterse a semejante tratamiento si tenía a su disposición todo el dinero que pudiese necesitar y los mejores hospitales mágicos? Esa condición debería ser fácil de tratar, y de no ser posible tratarla, camuflarla mágicamente de alguna manera.
Todos estos pensamientos se quedaron dentro de mi cabeza, pues—después de soltar unos cuantos chistes que quien no la conociese consideraría ofensivos—Sam entró en modo ‘Competitivo’: se animó con una apuesta, ella sola, casi sin necesidad de mi intervención. Habló tanto y tan rápido que lo único que pude hacer fue quedarme mirándola. Cuando intentaba abrir la boca para replicar, Sam añadía una nueva línea a su apuesta.
Pude intervenir, al fin, cuando Sam se asustó del precio que ella misma puso a la apuesta: sobrevolar el Magicland en una colchoneta hinchable.

—Me siento muy tentada a apostarme eso contigo...—Comenté, curvando mis labios en una maliciosa sonrisa—o el equivalente mío de una maliciosa sonrisa, pues creo que no tengo lo que se dice una ‘maliciosa sonrisa’ que sea convincente—mientras fingía meditar acerca de tan jugosa idea.—...pero no.—Concluí, sintiéndome magnánima en mi generosidad.—Demasiados son los riesgos que corres sin que tus pies se separen del suelo. No quiero ni pensar en lo que ocurriría si añadimos el componente de desafiar a la gravedad.—Me llevé la mano a la barbilla, pensativa. ¿Qué podíamos apostar? Lo cierto es que no se me ocurría nada.—El concierto de Michael Jackson es pasado mañana, ¿no? Para mañana tendré pensado algo que podamos apostarnos. Algo grande.—Por supuesto, no hablaba de dinero, si no de alguna otra cosa. No tenía ni la más mínima idea de qué sería ese algo, pero algo se me ocurriría.


***

Por fortuna para mí, hubo malvaviscos. Y es que una Samantha Lehmann un tanto achispada—por decirlo de una manera suave—tenía como único objetivo el conseguir malvaviscos para mí. Y si había una frase que pudiese aplicarse a Sam, esa frase sería, sin dudas: Una Lehmann siempre paga sus deudas. Si Sam prometía algo, lo cumplía. Y allá que fue, una vez de vuelta en nuestra zona de acampada, a preguntar a todo el mundo si tenía malvaviscos.
La respuesta llegó en forma de Andy, un muchacho corpulento y previsor con la costumbre de llamar ‘tío’ a todo ser viviente, independientemente de su género. Tras algunas presentaciones y conversaciones animadas, nos encontrábamos todos sentados entorno a una fogata calentando malvaviscos al fuego… y aparentemente yo lo estaba haciendo fatal.

—¡Ya vale, no os riáis de mí!—Protesté. Lo cierto es que jamás había cocinado nada directamente al fuego, y aquellas cosas blancas ensartadas en la rama que sostenía en mi mano tenían una tendencia preocupante a saltar en llamas.—Nunca he sido muy dada a...

¿A qué? A nada, porque me quedé en blanco enseguida. ¿Y por qué sucedió algo así? Bueno, solo puedo sugeriros que probéis a sentir como la persona de la que estáis enamorados se sienta detrás de vosotros, rodeándoos con brazos y piernas. Probad a sentir su suave respiración en el cuello, a ver si sois capaces de mantener la compostura.
Fui capaz de volver levemente el rostro en dirección al suyo, apoyado sobre mi hombro, y cuando nuestros labios estuvieron a escasos milímetros, volví bruscamente la mirada al frente. En el proceso, la rama que sostenía en vilo sobre las llamas fue bajando a medida que el brazo hacía lo propio.
Sam dijo algo, y en ese momento estaba tan nerviosa que me costó unos segundos procesarlo todo correctamente. ¡Oh, dios mío! Tengo mucho calor de repente, pensé, consciente de que no se debía ni al fuego ni al alcohol.

—¿Ah… ah, sí?—Respondí, forzando una enorme sonrisa, con dientes a la vista y todo, para disimular aquel nerviosismo repentino; creo que no lo conseguí. Abrí la boca para decir algo más—no me preguntéis el qué, no lo sé—pero Jonathan me interrumpió. Creo que fue para bien, porque posiblemente habría dicho alguna tontería, y el muchacho desvió la atención.

Sin embargo, la pregunta de Jonathan me hizo alzar ligeramente las cejas en un gesto de sorpresa tan leve que no se correspondía con lo sorprendida que estaba realmente. No me esperaba para nada esa pregunta.
Y mucho menos la respuesta de Sam. Fue tal que volví el rostro hacia ella de nuevo, con tal brusquedad que casi le doy un beso un tanto brusco en la mejilla.
Hablar de Inglaterra, hablar de nosotras, podría ser algo inconsciente. Pero por la respuesta de los jóvenes allí reunidos, a nadie parecía importarle lo más mínimo. Sí criticaron abiertamente el gobierno actual, y empezaron a comentarlo entre ellos. Un mortífago ya habría sacado la varita y montado allí una masacre digna de una película gore de esas que Sam tanto odiaba.
Me giré hacia Sam para mirarla a los ojos, desde muy cerca, y no pude evitar sonreírle.

—Estás loca.—Le susurré, y sentí un deseo casi irrefrenable de darle un beso allí mismo. Porque esa loca era mi loca, la loca que más adoraba.—Estás loca...—Repetí, negando con la cabeza y apartando la mirada, en dirección al fuego… Los malvaviscos volvían a bajar, acercándose peligrosamente al fuego.

El resumen de todo aquello fue sencillo: la mención de Inglaterra derivó en que todos comenzasen a discutir las políticas de sus respectivos países—por lo que escuché por encima, principalmente América, Australia y Suecia—y mis malvaviscos terminaron achicharrados. A diferencia de los de Sam, los míos parecían haberse pasado con el solarium. Estaban tan negros… como Michael Jackson en el videoclip de Thriller.

—Gracias...—Dije con un hilillo de voz, tomando uno de los malvaviscos con precaución entre mis dedos. Estaba de acuerdo con Andy: tenían muy buena pinta. Partí un trocito con los dedos y me lo llevé a la boca. Enseguida experimenté lo que solo puedo describir como una explosión de sabor en mi boca, un sabor muy dulce y que posiblemente se volvería empalagoso si comía demasiados.—Veo que no mentías: eres la Maestra de los Malvaviscos. Cuando volvamos a Londres, voy a solicitar tu título oficial. Y un trofeo.—Comenté, sonriendo ampliamente, mientras sentía un rubor cálido adueñarse de mis mejillas.

—Tío, te has puesto toda roja.—Intervino Andy, en tono cómico y acompañando sus palabras con una alegre risa.—¿Cuál es vuestro rollo, por cierto? ¿Sois novias o algo así?—El muchacho corpulento se llevó un malvavisco a la boca y esa última pregunta la formuló con la boca llena.

—¡Eso, eso!—Intervino Jonathan, riendo divertido.—¿Sois pareja? Porque creo que aquí, Justin, está coladito por vosotras.—Concluyó con una carcajada, mientras su amigo, el tal Justin, le daba un puñetazo en el hombro.

—¡Pero te quieres callar, idiota!—Las palabras del tal Justin no se correspondían con el tono risueño de su voz. Parecía más divertido que enfadado.

Mientras todo esto sucedía, yo me había puesto más roja aún, y tenía los ojos abiertos como platos. Dentro de mi cabeza, una pequeña Gwendoline trabajaba a destajo con intención de reactivar una maquinaria cerebral que se había parado irremediablemente. Esta Gwendoline debió haber un buen trabajo, teniendo en cuenta que conseguí abrir la boca y decir un par de palabras.

—Somos...—Empecé, tragando saliva a continuación. ¡Se me había secado la maldita garganta!—Somos amigas.

Todos rieron divertidos ante mi reacción. Incluida Anthea Dickens, esa muchacha a quien no conocía y que no solo nos estaba observando sino también dibujando. Y es que aquello le interesaba mucho a Anthea. Después de todo, ¿no había llamado Sam la atención de la muchacha? Si ella y yo solo éramos amigas, el terreno estaría despejado para ella.
De haber conocido los pensamientos de esta desconocida, posiblemente, habría dicho algo diferente. Aunque, estando Sam borracha, posiblemente se lo tomaría a broma.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Oct 11, 2018 2:22 am

Por norma general en este tipo de ocasiones Sam hubiera puesto sus condiciones en cuanto a lo que Gwen podía llegar a proponer como apuesta a aquella tonta y divertida discusión sobre el futuro color de Michael Jackson, pero a decir verdad, no dijo absolutamente nada, sino que asintió traviesa. En realidad es que en el Magicland se veía capaz de todo, así que no le importaba lo que pudiera decir, desde lo más bobería a lo más complicado y vergonzoso. Pero bueno, eso era un drama del mañana, pues hoy ya tenían el suyo propio: los dichosos malvaviscos.

Y vaya si lo consiguieron. ¡Y no solo eso! Todos los allí presentes se dieron cuenta de que la mujer que estaba deseosa de hacer malvaviscos en la hoguera era la misma que no tenía ni idea de hacerlos y que, sin piedad ninguna, los achicharraba en aquellas infernales llamas para darles un trágico final. Pero bueno, no pasaba nada porque Sam estaba dispuesta a enseñarle y, si fallaba en el proceso, compartir los suyos con ella. Quizás ese fue uno de los motivos que la impulsó a sentarse detrás de Gwen, de esa manera tan cariñosa que podía denotar que entre ellas había algo más que simple amistad. Y… si somos objetivos: en realidad lo había, sólo que una de ellas no decía nada y la otra todavía no se había dado cuenta. Pero eso, indudablemente, estaba ahí. Sólo hacía falta que saliera hacia afuera, que los actos y las miradas hablasen por sí solas más de lo que ya lo hacían.

Como Sam estaba un tanto achispada—que no tanto como lo estaría los otros días, solo aviso—ni se percató de que Gwen se sonrojó debido a la nueva posición que compartían. Además, Sam estaba demasiado ocupada diciéndole en donde había desarrollado su habilidad especial de controladora de hogueras como para darse cuenta de eso. Sin embargo, cuando mencionó Londres y eso hizo saltar las alarmas de su amiga, sí que se percató bien de cerca cuando la morena giró el resto hacia ella. Ambas se sonrieron, aunque Sam se mordió ligeramente la lengua cuando al llamó loca. Prefería ser una loca sincera, a forzarse a vivir en una mentira y, a decir verdad, el Magicland le confería una confianza y una libertad que la hacían odiar todas las mentiras que tenía que inventarse para vivir con tranquilidad.

Cuando le ofreció uno de sus malvaviscos, se limitó a sonreír. —De nada —contestó a la vez que cogía el segundo malvavisco para comérselo ella. Nunca habían sido santo de su devoción, pero debía de ser el hambre repentino que le había entrado, o sencillamente el maravilloso momento, pero aquello estaba delicioso. —¿Cómo te voy a mentir yo a ti, Güendolín? Ni que yo usualmente magnifique mis cualidades para sorprenderte… —Rodó los ojos, divertida, cuando estaba claro que en muchas ocasiones, evidentemente en broma, Sam se las daba de ser algo que en realidad no era.

Fue Andy el culpable de que una conversación totalmente normal entre ambas, se distorsionarse por parte de Sam. ¿Qué narices habían dicho cómo para que se pudiese creer que estaban juntas? Miró con curiosidad, primero a Andy. Luego a Jonathan y luego al pobre Justin, el cual poseía un rostro de lo más risueño e inocente, ya que había desviado la mirada hacia el suelo deseando que éste le tragase. Para cuando Sam pudo procesarlo todo, ya Gwendoline estaba hablando—o intentando hablar, más bien—diciendo con dificultad que eran amigas. ¿Pero por qué le costaba tanto? Cuando todos rieron, Sam apoyó la realidad, soltando el palito con el que antes había hecho los malvaviscos para pasar sendos brazos por la cintura de Gwen y abrazarla a esa altura desde atrás. —Somos… ¡super amigas! —dijo, dándole un achuchón. Acercó la cabeza sobre el hombro derecho y le dio un beso en la mejilla, de esos sonoros que hasta en ocasiones hacen que te quedes sorda de un oído. Tras el beso, se quedó apoyada en el hombro, mirando a Gwen bien de cerca. —Somos amigas desde los once años, nos conocimos en Hogwarts. Supongo que ninguno de vosotros habrá ido a Hogwarts, pero supongo que habéis experimentado la sensación de conocer alguien en el colegio y saber que será para toda la vida, pase lo que pase, ¿a que sí? —añadió entonces, separando la cabeza para mirarlos a todos. —Pues con ella fue así.

Y quedaba dicho para siempre, a fuego: Gwen había estado ahí siempre. Absolutamente siempre. Jamás le había decepcionado como amiga, incluso y pese a cuando Sam le hizo creer que su amistad era irrecuperable, ella siguió estando ahí otorgándole un perdón que no se merecía. ¿Cómo no iba a adorarla por encima de todo? A veces se arrepentía tanto de haber estado tanto tiempo alejada de ella que no entendía como no había flaqueado más veces durante el tiempo que estuvo sola y cómo había evitado terminar tocando en su puerta, derrumbándose por completo.

Entonces no sois pareja —dijo Jonathan, Sam negó con la cabeza sonriente y le dio un codazo a Justin que miraba distraído las llamas sin perder atención.

¡Tío! —respondió Justin, creyendo que ya había pasado a un segundo plano.

Todos rieron, a lo que Sam soltó a Gwen y volvió a coger el palito de los malvaviscos, volviendo a pinchar dos en él para repetir el proceso anterior.

Lo nuestro fue algo parecido. Jonathan, Justin y yo nos conocimos en Ilvermony y desde entonces vamos por ahí jodiéndonos los ligues mutuamente, como podrás observar —dijo Andy divertido, mirando significativamente a Jonathan y Justin. —Aunque claro, ahora Jonathan tiene novia y ya no podemos hacerlo con él.

¿Hacerlo con él? —dijo Justin, con doble sentido.

¡Tío! —Se quejó Andy repentinamente. —¡Tío! ¡Puaj! ¡Eres un guarro, no me refería a eso!

Y todos volvieron a reír, pues Andy sacrificó uno de sus malvaviscos para tirárselo a la cabeza a  Justin por haberle metido en la cabeza esa imagen tan fea.

Estuvieron más tiempo de lo que se hubieran imaginado allí, hablando y hablando, intercambiando anécdotas con todos ellos durante un buen tiempo. Poco a poco, todos los presentes se fueron yendo, algunos individualmente y otros en grupo. Al final, alrededor de la hoguera solo quedaban Andy y Justin. Éste último se había acostado sobre una toalla, admirando el cielo estrellado en un profundo silencio. Sam, aprovechando que había más hueco, había terminado por ponerse al lado de Gwen y, pese a que hacía calor, la humedad de la noche había hecho aparición y Andy les había prestado su toalla, con la cual ambas tapaban su regazo, compartiendo dicha toalla y el calorsito del interior.

Un bostezo super enérgico hizo aparición, de boca de Andy.

Bueno chicas, me voy a la cama o mañana voy a desaprovechar toda la mañana de mi segundo día en el Magicland y sé que me arrepentiré como las sábanas me ganen la batalla —dijo, poniéndose en pie. —Tío, Justin, ¿te vienes?

Grrrr… —Roncó Justin.

¿Cómo narices no se habían dado cuenta de que estaba totalmente dormido?

Hmmm, ¿debería llevarle como si fuéramos recién casados, despertarle para que duerma en una cama decente o dejarlo ahí? —Pensó en voz alta. —No tío, ya sé. Revelación. Quizás alguna de ustedes debe de besarlo para que se despierte, cual bellodurmiente.

—ironizó divertida Sam. —¡Buen intento! ¿Seguro que sois los amigos que os echáis a perder mutuamente los ligues? Yo te veo con cara de buen Celestino, Andy —comentó divertida, poniéndose en pie para, una vez arriba, tenderle la mano a Gwen y ayudarla a levantar.
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Gwendoline Edevane el Jue Oct 11, 2018 2:04 pm

Si en aquellos momentos hubiese podido pedirle a la Tierra que me tragase, lo habría hecho con gusto. De hecho, ese era uno de los pensamientos que circulaba por mi mente a medida que transcurría aquella situación; el otro era el más sincero y profundo arrepentimiento de no haber bebido más. Y es que quizás, con suficiente alcohol en mi organismo, aquella situación no sería una de esas de trágame, Tierra.
No sé si Sam fue consciente del rubor de mis mejillas, ese que había comenzado con ese ‘abrazo’ desde atrás de mi amiga, y que se había convertido en incandescente en el momento en que Andy formuló aquella pregunta. Por fortuna, la respuesta de Sam me sacó un poco de ese abismo descendente que era la vergüenza, pues mi amiga dijo… que éramos súper amigas. Súper amigas, como en los cómics de Superman, pensé, intentando recuperarme de aquella extraña parálisis que parecía haberse adueñado de mí.
La historia de nuestra niñez ayudó. De hecho, mientras Sam me abrazaba con más fuerza todavía—cosa que de por sí me ponía últimamente más nerviosa que nunca—y tras ese sonoro beso en la mejilla que le restó toda seriedad al asunto, no pude evitar reír un poco, incluso. Menos mal que voy recuperando un poco mis funciones motoras, pensé, sintiéndome casi normal.

—No, no somos pareja.—Confirmé a lo que dijo Jonathan, quien dio un significativo codazo a su amigo Justin. Pero que tu amigo no se emocione: una es lesbiana, la otra… la otra creo que también, pensé, sin perder la sonrisa.

La conversación continuó con un tono distendido. Me gustaría decir que presté un montón de atención a aquella anécdota de Andy, en que los tres amigos se dedicaban a fastidiarse mutuamente los ligues, pero lo cierto es que mi mente seguía un poco en otro lugar. En concreto, seguía acompañando a la mujer que me rodeaba con sus brazos y que apoyaba su barbilla en mi hombro. En algún punto había conseguido entrelazar mi mano izquierda con la derecha suya, mientras fingía prestar atención a lo que los chicos decían.
Cualquiera que nos viese pensaría que éramos pareja igualmente. ¿Se podía llegar a tal nivel de cariño con una amiga sin que empezasen a surgir otros sentimientos?


***

Casi en sincronía, Anthea Dickens se preguntaba lo mismo, observando a las dos amigas. La chica de pelo rubio no le interesaba demasiado, pero la castaña… La castaña sí. No solo por ser la más dicharachera de las dos, sino porque… ¿Para qué engañarnos? A Anthea le parecía muy atractiva.
Sin embargo, allí estaba, rodeando con los brazos a su amiga, casi como si temiese que se le escapase en cualquier momento. ¿Se podía llegar a tal nivel de cariño con una amiga sin que empezasen a surgir otros sentimientos?
Bueno… Ella ha dicho que son amigas desde los once años, pensó Anthea, quien pese a no prestar tampoco demasiada atención a la conversación entre los chicos, sonreía de manera amable mientras continuaba con su dibujo. Éste mostraba a las dos amigas en esa posición, abrazadas y escuchando historias a la luz del fuego.
La bruja hija de nomajs decidió que aquel sería un tema para el día siguiente, que no hacía falta precipitarse en aquellos momentos. Después de todo, el Magicland no había hecho más que comenzar, ¿no?

***

La conversación fue muriendo poco a poco, a medida que a los magos reunidos entorno a aquella hoguera empezó a entrarles el sueño. Jonathan y su novia se habían marchado de los primeros—también Anthea, aunque ni Sam ni yo habíamos reparado en la presencia de la artista americana, para empezar—y cuando quisimos darnos cuenta, únicamente quedábamos allí Sam, Andy, Justin y yo. Y eso de que Justin estaba presente era relativo.
Andy se levantó con intención de irse a dormir, despidiéndose de nosotras, no sin antes percatarse del estado de su amigo: Justin dormía sobre la toalla, y por cómo sonaban sus ronquidos, estaba siendo un sueño de lo más placentero. La sugerencia, en clave de broma, del chico, fue recibida por un comentario irónico por parte de Sam.

—Creo que este bello durmiente va a tener que buscarse a otra princesa que le despierte.—Añadí, incapaz de contener una sonrisa divertida. No tenía la más mínima intención de besar a Justin. De hecho, la única persona a la que me apetecía besar en el mundo estaba allí, de pie frente a mí, ofreciéndome sus manos para ayudarme a ponerme en pie. No dudé en tomarlas.—Puede ser buena idea que le lleves a su cama.—Sugerí a Andy.—No seré yo quien despierte a alguien que claramente está disfrutando tanto de una siesta.—Y añadí una leve carcajada al concluir mis palabras, que no dejaban de ser ciertas: claramente, Justin necesitaba dormir, igual que un bebé.

Sam y yo nos despedimos de Andy, deseándole buenas noches. Cogí de la mano a Sam, y comenzamos a alejarnos en dirección a nuestra caseta. Sin embargo, algo me hizo detenerme antes de llegar, y lo hice, poniéndole una mano en el hombro a Sam. Sin palabras, indiqué a mi amiga que esperase, y me di la vuelta para mirar en dirección a la fogata otra vez.
¡Y vaya si mereció la pena! Andy se encontraba de pie, junto a la fogata, utilizando un chorro de agua que brotaba de su varita para apagarla. Ya no quedaba demasiado fuego que digamos cuando nos levantamos, pero para cuando Andy terminó de apagarla, lo único que restaba eran carbones húmedos y ennegrecidos, los cuales todavía humeaban un poquito.
Y entonces ocurrió lo que yo estaba esperando, algo que me imaginaba. No puedo decir que me imaginase exactamente aquello, pero algo parecido sí. Aquellos amigos me habían dado esa especie de vibración.
¿Qué pasó? Oh, bueno, algo sencillo: Andy apuntó con la varita a su amigo Justin y lo roció también con un chorro de agua. El efecto fue inmediato: Justin se despertó sobresaltado, manoteando en todas direcciones, profiriendo maldiciones, mientras Andy reía a carcajadas.

—¡Tío! ¿Qué haces? ¡Me va a dar una pulmonía!—Exclamó un molesto Justin, que echó mano de su varita con intención de devolverle el favor a Andy.

Pero Andy, a pesar de lo corpulento que era, claramente no tenía problemas para correr. Y eso mismo hizo: echó a correr, perseguido por su amigo.
Para entonces yo ya me estaba riendo, sin poder evitarlo. ¡Menudo par estaban hechos esos dos! Me pregunté brevemente si, antes de tener novia, sería fácil encontrarse también a Jonathan participando en ese tipo de piques sanos que parecían tener entre ellos. Me apostaba lo que fuese a que, cinco minutos después, volverían a ser tan amigos como antes del incidente del agua.

—¡Vaya par!—Exclamé, mientras Sam y yo reanudábamos la marcha hacia nuestra caseta.—Sin duda, estos americanos viven la vida de una forma mucho más desenfadada que nosotros, los ingleses.—Quizás se deba al hecho de que no les gobierna uno de los peores magos tenebrosos de la historia, pensé.—Deberíamos visitar América en algún momento...—Dejé caer. Era una sugerencia estúpida, una de esas que se hacen cuando una tiene sueño, estado en el cual me encontraba yo en esos momentos. Pero, en el futuro, me encontraría a mí misma preguntándome, seriamente, si aquella era una buena opción.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Oct 11, 2018 10:12 pm

Qué crueldad tan mona y traviesa, Andy le caía bien. Ver cómo despertó a su amigo, cómo huyó despavorido ante la inminente venganza y como le perseguía Justin totalmente empapado, fue lo último que necesitaba para irse a la cama con una sonrisa de oreja a oreja, certificando que el Magicland era lo más real que había vivido en mucho tiempo. Así que junto a Gwen y muy, muy cansada, llegaron a su caseta unos metros más atrás y se metieron en el interior. Sam no tenía ganas ni de cambiarse de ropa, por lo que con la varita hizo aparecer su pijama corto rápidamente sobre ella y se tiró en la cama que había elegido esa misma mañana, soltando aire como si lo llevase reteniendo todo el día. Sintió un alivio tremendo al notar su espalda apoyarse en esa superficie tan acolchada y cómoda. Se acostó boca-arriba y cerró los ojos.

¿Tú también estás cansadísima? Madre mía, si me duelen los pies así solo el primer día, no me quiero imaginar mañana —comentó, notando que en todo el tiempo que habían estado allí sentadas, alrededor de la hoguera, se le habían pasado los efectos del alcohol y sólo quedaban los resquicios de un cansancio enorme, fruto de no haber parado de caminar en todo el día. —¿Pero sabes cuál es el truco, verdad? —Abrió un ojo, mirando a Gwen con travesura. —Beber mucho, mucho, mucho… el alcohol es la anestesia del dolor de pies y de espaldas. Y de todo.

Y, tras sonreír momentáneamente, volvió a cerrar los ojos.

Ese día Sam se había quedado bastante contenta con lo que había bebido, como solían decir… algo borrachita. Pero vamos, una Sam borracha de verdad distaba mucho de la que hoy estaba en el Magicland. ¿Pero sabes qué? En realidad Sam no quería beber mucho hasta el punto de que le pudiera sentar mal o no poder disfrutar y recordar al cien por cien el Magicland. Con beber como había bebido hoy, ella iba más que feliz a todos lados. Sólo tenía dos motivos para beber: uno porque le recordaba a su época universitaria y las risas eran más que aseguradas por cada tontería que pasase y, el segundo, porque la deshinibía bastante, algo que le hacía falta teniendo en cuenta lo cohibida que se sentía en ocasiones en lugares con tanta gente, cuando lleva tanto tiempo escondiéndose y huyendo precisamente de eso.

Buenas noches, mi florecilla —dijo Sam, girándose hacia la pared y tapándose con la manta. —Descansa mucho que mañana nos espera un día muy intenso.

¿Y cuánto habrá pasado en quedarse dormida? Pues dudaba mucho que hubiese llegado a los diez minutos. Sin embargo, media hora después—ella creía que ya habrían pasado como cuatro horas—se despertó, sintiendo la llamada de la naturaleza de manos de su bolsa del pis. Se levantó rápidamente a desgana y fue al baño. Al volver, tuvo un dilema. Vio la cama de Gwen a la derecha, con ella durmiendo tranquilamente y luego vio la suya a la izquierda, vacía y tan poco llamativa. ¿Por qué razón se había ido a su cama a dormir en vez de acosar a Gwen? Ahora que no tenía que sentirse mal por mandarle un WhatsApp en mitad de la noche admitiendo ser una niña pequeña que necesita de otra persona para dormir porque sus pesadillas la ahogan, debía de aprovechar, ¿no? Dudó por un momento, por si le molestaba, pero finalmente terminó metiéndose en la cama de Gwen con muchísima delicadeza, pasando una de sus manos por encima de su cintura y pegándose a ella, volviéndose a dormir con el suave aroma que desprendía su pelo que, para Sam, ese era el típico olor a Gwen que tanto le gustaba; que la hacía sentir como en casa.

***

¡Daft Punk! ¡Hoy toca Daft Punk! ¡Sí! —gritó una voz en el exterior de la caseta, justo antes de gritar fuertemente con el grito del poderío humano o algo por el estilo. Era un grupo ajeno a Jonathan & Co, sino que era precisamente el grupo de amigos de la tal Anthea, esa chica que Sam y Gwen todavía no conocían.

Evidentemente, ese grito hizo que Sam diese un respingo del susto—pues como todos sabemos, el sueño de Sam era terriblemente ligero—y mirase hacia todos lados, haciéndose a donde estaba. Miró hacia su derecha, viendo ahí a Gwen dormir—o haciéndose la dormida, pues ese grito había sido muy alto—y, de manera totalmente inconsciente, con su mano izquierda fue a apoyarse en la cama por esa parte. Pero sorpresa. Por esa parte no había más cama, ya que eran camas individuales y Sam se encontraba prácticamente en el borde, por lo que en medio de su confusión de recién despierta, se apoyó en la nada y se cayó de la cama. Era bajita, por lo que en realidad había sido una caída de lo más estúpida y divertida que algo realmente preocupante.

Se rió ella sola una vez estuvo en el suelo e incluso se dejó caer hacia atrás en las tablas de madera para estirarse enérgicamente durante unos segundos. Tras unos segundos de asimilación de que todavía estaba en el Magicland, se puso en pie y apoyó una de sus rodillas en la cama para poder inclinarse hacia su amiga.

Gwen… —susurró suavemente. —No tengo ni idea de qué hora es, pero el día nos reclama. Voy a vestirme e ir a por agua, que estoy seca y ayer antes de volver a la tienda se nos olvidó. —Y todo el mundo sabe que lo peor después de haber bebido alcohol es dormir sin beber agua. Te consumías como una pasa.

Se metió en la parte trasera de la tienda, en donde se lavó la cara, se peinó un poco, hizo lo necesario para volver a ser físicamente Amelia Williams y no Samantha Lehmann y se terminó por vestir con una falda y una camiseta muy básica. Para terminar, se puso un lazo en el pelo que se lo medio recogía, para así soportar un poco mejor el calor y, cómo no, se pintó los labios de rojo. Cuando ya estaba lista, salió, viendo a Gwen sentada en la cama con cara de dormida. ¿Estaba mirando al zapato que estaba en mitad de la tienda? Lo estaba mirando. No la iba a juzgar, uno cuando se despierta sabe que los zapatos son malvados.

¿Necesito echarte un manguerazo de agua en la cara para que te despiertes, como hizo Andy con Justin ayer? —preguntó divertida. —Voy a por agua que me muero de sed. Y de paso compro algo para desayunar en lo que te preparas.

Día 2 - Atuendo de Sam:
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Gwendoline Edevane el Vie Oct 12, 2018 2:30 pm

Todo el deporte del mundo no podría haberme preparado para un día como aquel, un día lleno de caminar mucho, beber moderadamente—en mi caso, al menos—comer poco. Así que cuando Sam me preguntó si estaba cansadísima, un enérgico bostezo salió de mi boca, y ni siquiera me preocupé por poner una mano delante de ésta. ¿Para qué? Entre Sam y yo existía tal nivel de confianza que aquellas cosas que consideraban naturales.

—Estoy deseando hacerle el amor a mi cama.—Comenté con los ojos entrecerrados todavía a causa del bostezo. Sam aseguraba que la clave de todo era beber alcohol suficiente como para dejar de sentir dolor.—Y estoy segura de que es el remedio perfecto para caer fulminada en cuanto toques la cama.—Añadí con una sonrisa divertida. Lo cierto es que esperaba que así fuese: los problemas para dormir bien de Sam no me eran desconocidos, y cualquier cosa que la ayudase a dormir, sin abusar, me parecía bien.

Y allí estábamos, por fin, en nuestra pequeña gran caseta, la que sería nuestra casa durante esa noche y las cuatro siguientes. La imagen de aquellas dos pequeñas camas jamás se me había hecho tan atractiva. Suponía que el alcohol que había bebido se había aliado con el cansancio habitual y convertía la idea de dormir en la idea más atractiva del mundo.
Y es que, si Sam había sido capaz de cambiarse de ropa aunque fuese con un movimiento de varita, yo no llegué a tanto: en mi caso, de dos patadas me quité las zapatillas, de un manotazo la pamela, con un esfuerzo un poco más considerable, los pantalones y el chaleco.
Resumidamente, me quedé con la camisa y la ropa interior. Entonces, me dejé caer sobre la cama, boca abajo. Me quedé así unos… ¿diez segundos? ¿Menos? Ese fue el tiempo en que me di cuenta de que me apretaba horrores el sujetador. Prenda diseñada para la tortura femenina donde las haya, pensé mientras me incorporaba hasta quedar sentada en la pequeña cama. Con gran habilidad desarrollada a lo largo de los años, me quité el sujetador sin necesidad de quitarme la camisa, y lo arrojé al suelo junto a todo lo demás. Ya tendría tiempo de recogerlo por la mañana.

—Buenas noches, mi Melocotón.—Dije, dejándome caer, los ojos ya cerrados, sobre la almohada.—Sueña cosas bonitas y...

¿Y qué? Y nada más. Damas y caballeros: Gwendoline Edevane ha abandonado el edificio. El sueño tardó en vencerme mucho menos que a Sam y, por fortuna, nada logró despertarme esa noche. Ni siquiera cuando Sam, en mitad de la noche, se cambió de cama. Podría haber explotado una bomba allí al lado y yo no la habría escuchado...


***

La verdad, no tengo ni la más remota idea de qué fue exactamente lo que me despertó esa mañana.
Por un lado, podría haber sido perfectamente el griterío fuera de la caseta. La gente parecía terriblemente emocionada ante la perspectiva del concierto de Daft Punk que tendría lugar ese día—podía escuchar la letra de Get lucky entonada por un coro de varias voces—aunque yo en lo personal no tenía demasiado interés por ese grupo en concreto.
Por otro lado, otro motivo podría haber sido el extraño aterrizaje de Samantha Lehmann en el suelo. La rubia hizo suficiente ruido como para despertar incluso a un muerto, y por si fuese poco con su caída, acabó partiéndose de risa en el suelo.
Todos estos hechos se mezclaban sin orden alguno en mi cerebro a medio despertar. Sí, entonces ya estaba medio incorporada, despeinada y frotándome los ojos mientras bostezaba, pero era incapaz de ubicar las cosas en su correcto orden cronológico.
Y no solo eso: me siento como si me hubiesen dado una paliza, pensé, consciente de que no había bebido tanto como para encontrarme así. Seguramente se me pasaría a medida que transcurriese el día, así que tampoco me preocupaba demasiado.
Sam me habló, pero yo estaba demasiado adormilada como para moverme de donde estaba. Dijo algo de vestirse e ir a por agua, lo cual me llevó a preguntarme si habría duchas por allí, o por el contrario habría que contentarse que pegar un salto a la piscina.
Para cuando Sam salió del aseo—Vale, Gwen dormida: hay un aseo en la caseta, acuérdate.—yo ya estaba un poquito más despierta. No mucho, pero lo suficiente como para mantener una conversación mínimamente coherente con otros seres humanos.

—¡Ya voy, ya voy!—Y abrí los ojos por fin, mirando a Sam y… ¡Oh, Merlín mío! ¿Sabéis esos momentos en que contemplas algo tan hermoso que no puedes evitar quedarte mirándolo, casi boquiabierta? ¿Como si ese algo tuviese un magnetismo especial que os impidiese apartar la vista de ese algo? Bueno, pues algo así me pasó con Sam. ¿Cómo podía existir una belleza semejante sobre la faz de la Tierra?—Sí, sí… Claro, ve.—Acerté a decir, con una enorme sonrisa en los labios.—Yo voy a vestirme. Prometo estar lista para cuando vuelvas.

Y allá que se fue, hermosa como ella sola. No pude evitar quedarme mirándola mientras salía de la tienda, mordisqueándome el labio inferior mientras me preguntaba, otra vez, cómo podía existir semejante belleza sobre la faz de la Tierra. Necesito que esa chica sea mi chica, pensé, recordándome que me había prometido a mí misma confesarle mis sentimientos. Día dos y todavía sin progresos, me recordé también.
Me desembaracé de la poca ropa que me quedaba encima—camisa y bragas, básicamente—y me dirigí al aseo al otro lado de la caseta. Tras un rápido aseo y cepillarme muy bien los dientes—algo que me hubiese gustado haber hecho la noche anterior, la verdad—volví a la habitación. Rebusqué en mi bolso superextensible y extraje una muda de ropa de su interior. Empecé a vestirme por la parte de abajo.
Yo tenía una costumbre que, dadas las circunstancias, podía ser un poco mala: empezaba a vestirme por abajo, poniéndome bragas y pantalones primero, y después pasaba a la parte de arriba. Y siendo como era yo enemiga acérrima a cambiarme de ropa utilizando magia, y creyéndome sola durante un rato, empecé a vestirme por la parte de abajo, sin darme demasiada prisa.

—Vamos a ver… “Sam. Tú y yo llevamos mucho tiempo juntas. Siempre has cuidado de mí, y has sido la mejor amiga que…”—Me abroché el botón de los pantalones, deteniéndome entonces, todavía desnuda de cintura para arriba, a recriminarme lo cutres que eran mis palabras.—¿De verdad, Gwendoline? ¿De verdad vas a meter la amistad en este asunto? ¡Quieres que te vea como a una mujer, no como a una amiga! Super amigas ya sois...—Dije con cierto reproche hacia mí misma, mientras alargaba la mano para hacerme con el sujetador.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Oct 13, 2018 2:56 am

Bajó las escalones de su tienda y sin pensar muy bien su destino, comenzó a caminar en dirección a la fuente de agua que recordaba haber visto ayer, cuando todavía estaban en la búsqueda y captura de los malvaviscos. Por el camino, sin embargo, se encontró con Jonathan y su pareja, quiénes salían de su tienda entre cariñosos gestos. Ellos le preguntaron por Andy y Justin, como si ya fueran amigos de toda la vida a lo que Sam solo pudo decirles que se fueron a dormir los últimos, junto a ellas y que quizás por el calor se habían ido a la piscina. Pero vamos, se habían puesto muy melosos delante de Sam y la verdad es que la rubia no tenía ganas de tener que hacer de Lumière a tempranas horas de la mañana. Quizás con un par de copas encima podría hacer de buena sujetavelas, pero con el estómago vacío y la boca seca no, gracias.

Hablaron un poco más sobre los planes para ese día que tenían, dejando en el aire cualquier encuentro por el Magicland y asegurándose de que ya hablarían por la noche si tenían cuerpo para eso. Klara le dijo en donde había un puesto de bollería para desayunar, por lo que tras un par de palabras, finalmente ambos se fueron caminando hacia la piscina en busca de Justin y Andy, mientras que Sam siguió su camino hacia la fuente de agua. Tardó tres minutos en llegar y solo tres segundos en poner los ojos en blanco al ver como todo el mundo tenía unas cantimploras las cuales rellenar. Éstas cantimploras—que en verdad eran botellas pero de metal—estaban en las tiendas y te las proporciona el Magicland, haciendo una especie de campaña contra el plástico y así poder reutilizar siempre todo. Así que enfadada por haberse olvidado y tener que caminar de más, volvió sobre sus pasos—esta vez más rápido—de vuelta a su tienda.

Las tiendas estaban ‘cerradas’ mágicamente cuando no estaban sus inquilinos, pero en realidad no tenían puertas, sino que eran dos grandes y gruesas cortinas las que hacían de guardias de la intimidad. Es por eso que cuando Sam llegó fue dispuesta a abrir las cortinas para poder entrar, pero no lo hizo, pues cuando puso un pie en el primer escalón pudo ver en el pequeño hueco entre cortina y cortina lo que había en el interior, haciendo que parara de golpe su movimiento y, de alguna manera, se pusiera nerviosa por no hacer ruido. No vio nada raro en el interior, solo a Gwendoline cambiarse de ropa. Sin embargo, ella lo estaba haciendo raro. No debería de haberse quedado clavada como una estaca sin poder desviar la mirada, sino entrar al grito de: '¡Güendolín, tápese, una bollera a bordo!’ o alguna de las muchas bromas que siempre había soltado Sam, de manera totalmente natural, en esas ocasiones. Aún recordaba las de veces que soltó esa broma en la residencia universitaria, ¿qué narices había cambiado? ¿Me queréis decir qué narices había cambiado?

Pero esta vez el primer impulso que sintió su cuerpo fue quedarse congelada y mirar con admiración el cuerpo de su amiga, sin haberlo visto de esa manera antes. Ni siquiera la veía del todo bien entre el contraste de luz de dentro y de fuera, pero aún así quedó atrapada cuando su amiga se agachó a ponerse los pantalones, con ese matiz de sombras. Se quedó totalmente prendada, tanto que ni se preocupó en asegurarse si es que Gwen estaba hablando sola ahí dentro. Y le hubiera encantado seguir las líneas de las curvas de su cuerpo con la mirada, pero cuando vio las intenciones de Gwen de girarse a coger otra prenda, cosa que haría que quedase totalmente expuesta a Sam, la legeremante retrocedió un paso y dejó de mirar por respeto a su amiga. O bien porque era muy consciente de lo que pasaría como volviese a ver eso.

Joder... —Susurró casi sólo para ella y fue lo único que dijo, llevándose la mano al rostro, de nuevo avergonzada consigo misma.

Y se quedó ahí, en medio de todas las tiendas, mirando al suelo a la par que sentía sus pulsaciones un poco más rápido de lo que deberían ir. Se había puesto nerviosa. Y no debería de ponerse nerviosa por ver a su ‘super amiga’ semidesnuda, ni mucho menos espiarla. Tragó saliva, más preocupada por lo que sentía que por haber quebrantado las normas morales entre amigas. ¡Obviamente no era su intención! Había sido uno de esos momentos en donde de repente eres incapaz de mover la mirada. Y maldita sea, se auto-convencía de que había hecho bien desviando la mirada, ¿pero entonces por qué de repente el cuerpo de su amiga no se le iba de la cabeza?

Sin ganas de enfrentarse falsamente al momento de una manera que iba a ser anti-natural y en donde Gwen sabría ver el comportamiento extraño de Sam, volvió a retomar el camino a buscar algo de desayuno.

***

Diez minutos después, Sam volvió con dos gofres con nutella, uno en cada mano. Por el camino había pasado por la fuente para beber directamente, ya que si no iba a deshidratarse por el camino. A unos metros de su tienda, alguien la llamó. Madre mía, ahora parecía que la conocía todo el mundo y, como seguía en tensión por lo que no se le iba de la cabeza—aún con nutella frente a ella—, pegó un ligero respingo. Eran Justin y Andy, preguntando por Jonathan y Klara. ¿Aquello era una maldita broma? ¿Tenía Sam cara de señal o de vidente? Ellos tardaron menos en irse en dirección a la piscina y, por suerte, no se pusieron melosos delante de Sam.

Finalmente se dirigió a su tienda y antes de entrar decidió preguntar. —¿Se puede? —Una ya había recibido el escarmiento de no preguntar antes de entrar, por lo que tras avisar de su presencia—cosa que no hizo antes, Sam mala—, abrió una de las cortinas y entró al interior, sonriendo en un intento de apartar sus pensamientos tan turbios. —No he podido coger agua porque he dejado las cantimploras aquí… —Y con la mirada de Sam invitó a su amiga a mirar el mueble, en donde estaban bien colocadas ambas cantimploras, ahí, tan solas. Sólo faltó añadir a la escena una banda sonora de violín triste en compañía. —Pero he aprovechado para traernos un buen desayuno. La verdad es que no he podido ser objetiva con la elección al ver la cantidad de nutella que les echaban a los gofres, lo siento. —Y, con una sonrisa algo infantil pero a la par inocente, le tendió el plato con el gofre. Se sentó en su cama y observó a su amiga. —Cuando acabemos vamos a buscar agua y de paso nos la llevamos, que hoy hace un montón de calor. Pero lo importante aquí es…

¿¡Por qué eres tan sexy de repente!?

Eso no era.

¿Qué quieres hacer hoy? ¿Parque de atracciones? ¿Conciertos a tope? ¿Mercado para dejarnos todo nuestro dinero? —Salió por la tangente, ignorando sus pensamientos traicioneros. —¡Ah! Y tienes que pensar en la apuesta de Michael Jackson. Hoy tenemos que dejarla zanjada, que me has retado. Y cuando Edevane reta, Lehmann responde.

Eso, eso, cambiando de tema. Cambiando un tema que jamás había sido tema, pero en su mente estaba ahí subrayado en color fluorescente. Mordió el gofre con sobredosis de nutella para expiar así sus pecaminosos pensamientos. El chocolate lo purificaba todo.
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Gwendoline Edevane el Sáb Oct 13, 2018 2:22 pm

Ajena a todo lo que ocurría de puertas—o cortinas, mejor dicho—para fuera permanecía yo, concentrada en encontrar una manera eficaz de decirle a Samantha Lehmann, esa persona tan especial que había terminado por cautivarme con su dulzura.
Me gustaría decir que, mientras elegía mi ropa para ese día, encontré esa fórmula mágica, esa manera perfecta de decirle a esa persona especial lo que sientes por ella, pero por desgracia fracasé en mi misión. A simple vista podría parecer algo muy sencillo, tan sencillo como decir esas dos palabras que se dicen demasiado, pero no lo suficiente, pero no. Y es que quien se haya visto en la misma situación que yo, enamorada de su mejor amiga de la infancia y de toda la vida, podrá comprender lo difícil que es.
Porque… ¿qué pasa cuando confiesas tus sentimientos a una persona que, si bien te gusta, no es alguien tan especial en tu vida, y esa persona te rechaza? Pues esa es una buena pregunta, pues en mi caso jamás he tenido que preocuparme por algo semejante. Pero puedo imaginar que no pasa nada si te rechaza una persona con la que no tienes ninguna relación más allá de lo que te haya motivado a sentirte como te sientes. Sí, supongo que puede ser que te sientas mal un tiempo, pero podrás seguir con tu vida perfectamente.
Si yo meto la pata con Sam… no quiero ni pensar en lo que ocurriría, pensé mientras me abrochaba uno a uno los botones de la blusa. Me había posicionado frente a mi espejo de mano, agrandado con magia, pa ver qué aspecto tenía.
Buen aspecto, sí, pero mi cabeza sigue siendo incapaz de encontrar una forma correcta de hacer esto, pensé mientras me recogía el pelo utilizando una goma. Suspiré profundamente, negando con la cabeza… y entonces escuché la voz de Sam. ¿Ha preguntado si podía pasar?, pensé extrañada.

—¿Por qué no se va a poder?—Pregunté, divertida, incapaz de imaginarme siquiera el hecho de que la pobre había estado a punto de entrar en la caseta mientras me cambiaba.

Guapa como el mismísimo sol, mi amiga entró en la caseta, alegando que se había olvidado de la cantimplora para llenarla de agua. Así que no había traído agua consigo. En cambio, lo que sí había conseguido eran un par de gofres con nutella. Me entregó uno, antes de sentarse en su cama. Yo hice lo propio, dejándome caer suavemente sobre la mía, mientras contemplaba la primera comida que tenía delante de mí desde los malvaviscos de la noche anterior. A dos o tres malvaviscos no se les puede llamar comida, siquiera, me reprochó mi hambriento cerebro.

—Creo que hemos ganado con el cambio.—Los expertos decían que el agua era más importante que la comida a nivel de supervivencia… los expertos podían meterse sus palabras por donde les viniese en gana, pues yo tenía hambre. Le propiné un buen mordisco al gofre, manchándome tanto la parte superior de la boca como la punta de la nariz con la deliciosa nutella.—¡Efdá dizirivo!—Pronuncié con la boca llena, en un idioma aparentemente nuevo e inventado. Lo que realmente quería decir era que estaba riquísimo.

Así que, mientras disfrutábamos de aquel desayuno altamente calórico, tocaba planear el resto del día. De momento, para mí, empezaba bien—si tuviese una ligera idea de los pensamientos que pasaban por la cabeza de Sam, quizás me preguntase si para ella aquello se consideraba empezar ‘bien’—por lo que lo que seguía tenía que ser bueno.

—¿Qué te parece si empezamos con un paseo por el mercado?—Esta vez no hablé con la boca llena: me aseguré de tragar antes de hablar.—Además de comprarnos algo para comer después, podemos comprarle algún recuerdo a Caroline. Diría que también a Beatrice, pero seguro que cuando lleguemos a casa, no hay manera de encontrarla.—Me encogí de hombros, dando ya por perdida a Beatrice Bennignton. Esa muchacha era incorregible, y una parte de mí sabía bien que no cambiaría nunca.—Después del paseo podemos hacer alguna otra cosa. ¿A ti qué te apetece?—Y entonces, surgió el tema de aquella apuesta que habíamos terminado haciendo, acerca del aspecto que presentaría Michael Jackson en su próxima aparición, recién llegado del Más Allá.—¡Ah, eso! Pues… la verdad es que todavía no se me ha ocurrido nada. Quizás se me ocurra algo por el camino...—Dije, con una sonrisa un tanto traviesa, como si en realidad estuviese pensando una maldad. No era el caso.—Por cierto. Se me ha ocurrido otra teoría sobre Michael.—Le di un nuevo mordisco al gofre. Casi me lo había terminado, y lo peor de todo es que no veía que mi cara empezaba a parecer una mina de chocolate.—¿Y si no está vivo? Es decir, ¿y si es un fantasma?

No puedo mentir: aquella estúpida teoría la propuse para alejar de mi mente las dudas que sentía, al menos por un momento. Era horrible querer decir algo y no encontrar el momento, o el valor necesario para decirlo. Sí, sin duda podría recurrir a lo fácil: beber hasta perder un poco mi autocontrol, decirle alguna tontería y darle un beso bajo la luz de la luna.
Pero no, esa no era la forma de hacer las cosas. Con Sam quería hacer las cosas bien. Solo recordar el bochorno de la fiesta de Carnaval, o el momento en que la había besado cuando nos infiltrábamos en aquel edificio, y deseaba que la Tierra me tragase.


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