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Half in the Shadows. Half burned in Flames || Priv.

William Blackburn el Jue Ago 16, 2018 5:51 am


Recientemente, debido al ataque perpetuado al Ministerio por parte de los radicales, William, haciendo honor a sus viejas costumbres, había comenzado a investigar acerca de cada uno de los incidentes provocados por ellos. Quería saber más de lo que los medios mostraban, cuáles eran las motivaciones y las razones que los llevaba a cometer esa clase de locuras. Quería conocerlos. Porque, a diferencia de lo que ocurría dentro de la Orden, ellos no temían a alzarse y luchar por lo que creían justo. Y, pese a que no le hicieran por las vías más convencionales, su mensaje no podía pasar desapercibido. No para él.

Por ese motivo, tras una investigación que se extendió durante un par de semanas, William abandonó la comodidad del refugio y tomó rumbo hacia el centro de Londres; lo cual podía llegar a ser considerado una locura, teniendo en cuenta que él era un fugitivo dispuesto a ingresar a la mismísima boca del lobo solo para conseguir lo que quería.

¿Puedo ofrecerte algo más? —preguntó la camarera, luciendo una gran y honesta sonrisa—. No eres de por aquí, ¿cierto? Siempre acostumbro a recibir clientes que solo se quedan media hora y siguen con su camino, supongo que por el estrés que les generan sus trabajos, pero tú... Tú llevas sentado en esta esquina desde antes que ingresara a mi turno. ¿Acaso te han dejado plantado? —añadió con confusión.

Dejando a un lado la edición de “El Profeta” que se hallaba en sus manos, William alzó la mirada y guardó silencio durante un par de segundos antes de responder al inusual cuestionario de la mujer.

Demasiadas preguntas, uh... ¿Susan? —preguntó, enfocando sus ojos en el pequeño cartel que destacaba sobre su prolijo uniforme—. Solía venir aquí hace algunos años. Este fue mi lugar de estudio favorito durante mis años de universidad y luego se convirtió en mi lugar de escape para todos aquellos días en que el trabajo se convertía en una verdadera pesadilla —comentó rápidamente, reposando sus brazos por encima de la mesa y haciendo un ademán para que la mujer se sentara. No había falta ser un genio para saber que ella estaba coqueteando—. Mira hacia la izquierda, por favor. ¿Ves cómo se pueden ver al mismo tiempo estas tres intersecciones? Es por eso que este lugar, este sitio en específico, es uno de mis favoritos. Desde aquí puedes observar muy detenidamente el comportamiento de las personas y...

¡Susan, hay clientes esperando! —exclamó un hombre a metros de ellos, denotando malestar en su voz.

Un pequeño sonrojo se formó en las mejillas de la camarera, que no tardó en ponerse de pie para nuevamente aferrar las uñas a su pequeña libreta.

Lo siento. En... ¿En qué estábamos?

William soltó una leve carcajada.

Me preguntabas qué podías ofrecerme. Y me gustaría... Ummm... me gustaría una porción de pastel —murmuró con amabilidad, ladeando la cabeza hacia un lado para observar a la pareja que se retiraba ¿sospechosamente? de la cafetería.

La muchacha asintió torpemente y se retiró del lugar. William ignoró lo ocurrido y regresó su mirada al periódico, dedicando los próximos minutos a indagar cada una de las páginas mientras daba los últimos sorbos a su taza de café. Al terminar de ingerir por completo su bebida, llevó la mirada hacia el exterior y comenzó a observar de manera minuciosa a cada uno los transeúntes que se hallaban fuera de la cafetería. Pero nada parecía estar fuera de lugar. O al menos, así pareció ser en una primera instancia porque, en un abrir y cerrar de ojos, una explosión había sacudido todo a su alrededor.

Rápidamente, William se puso de pie y corrió en dirección a las escaleras, llevando su varita en mano. Al descender, se encontró con un panorama de lo más desalentador. La vidriera se encontraba hecha añicos y uno que otro muggle se encontraba escondido, murmurándose a sí mismo que estaría bien, mientras que otros yacían muertos o murmuraban que todo eso era culpa de los terroristas.

William, aún sin comprender nada de lo que estaba ocurriendo –pero feliz porque sus investigaciones habían sido acertadas- salió al exterior de la cafetería y no tardó en distinguir, en medio del polvo y los vidrios rotos, el rostro inerte de Susan, la camarera. Pero no tuvo tiempo para asimilar la pérdida ya que, al alejar sus ojos del cuerpo de la fallecida, un nuevo hallazgo se hizo presente a través de la penumbra. A pocos metros de él, una joven embarazada yacía en medio de todo el desastre.

¡Desmaius! —exclamó con rapidez, alzando su varita en dirección al hombre que se había retirado de la cafetería hace minutos atrás. Una chispa salió desde la punta del abeto, haciendo que el individuo fuera empujado y perdiera la conciencia casi al mismo tiempo—. ¡Corre, maldita sea, corre! —ordenó, con la respiración entrecortada y el corazón latiéndole a mil por segundo.

Pero antes de que pudiera dar un paso, la acompañante del hombre inconsciente dirigió su varita hacia la mujer. William la imitó pero, en vez de pronunciar algún hechizo o encantamiento, atrajo a la joven hacia él, tomándola por los hombros y pensando rápidamente en un lugar.

Lo último que pudo oír antes de hacer uso de la aparición fue una explosión seguida por otros gritos, los cuales se distorsionaron y mezclaron con el ruido del río Tamesis.

Inmediatamente, una sonrisa nerviosa surcó a través de sus mejillas. William observó detenidamente a la mujer y terminó deshaciendo el contacto, recobrando la compostura y soltando un breve suspiro acompañado de una carcajada de lo más inquietante. Sabía que debía regresar y ayudar cuanto fuera necesario, pero antes debía borrar de la memoria de la joven cada uno de los hechos que había presenciado esa noche.

Te... ¿Te encuentras bien? —inquirió con dificultad, inspeccionándola de pies a cabeza y deteniéndose en su abultado vientre. No le borraría la memoria sin antes comprobar que se encontraba en excelentes condiciones. ¿Qué clase de persona lo haría? Además, Saoirse se encargaría de asesinarlo si apenas surgía el rumor de que había dejado a una embarazada sola y a la deriva.
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Freya Howll el Vie Ago 24, 2018 3:08 pm

Observo el perfil que me regala el espejo de cuerpo completo contra una de las paredes de la habitación, mi vientre se nota hinchado. Soy toda una joven embarazada. Reconozco que ser delgada provoca que se note aún más que estoy a la espera de un frijol que va creciendo a pasos agigantados según comentaba Dante, el sanador con el que coincidimos en Las Vegas y ha sido quién me acompaña en cuanto a salud se trata. Mi mano recorre la curvatura dibujándose una sonrisa en mis labios. Nunca creí estar en esta situación, juraría que antes de esto si me lo hubiesen preguntado sería un no rotundo ante la idea de ser madre. Por el apoyo de Ryan, como de Eric, descarté la idea del aborto. Sin embargo, esto me pesa. No por el hecho de que experimentaré la maternidad sino por Skadi. No la veo desde hace… ¿Cuánto? Ya he perdido la cuenta de los días que no se encuentra a mi lado. El querido donador de esperma no hace más que traerme problemas y he ocultado mi embarazo demasiado bien. No sabría qué haría si se enterase y quisiera aprovecharse de mi estado. Si, sé exactamente qué desearía hacerme hacer.

Frunzo el ceño frotando la redondez de mi vientre. Estas últimas semanas ha desaparecido de todo panorama mi padre, con solo pensarlo me hace dudar del bienestar de mi hermana. Siento una punzada bajo el vientre. El estrés. Dante me advirtió que tuviese cuidado, de tener algún inconveniente dirigirme a San Mungo de inmediato. Estos dolores son esporádicos, especialmente cuando maquino sobre los escenarios donde puede estar Skadi. Niego con mi cabeza dando pasos tentativos hacia la cama donde descansan varias prendas premamás que conseguí comprar hace unos días atrás.  Suspiro. No debería de mostrarme feliz ante esta nimiedad, mi hermana está en problemas y yo estoy hasta el fondo en las filas de un idiota que cree que por tener “sangre pura” eres superior. Cada vez me siento aún más encerrada en todo este aprieto. ¿Cómo criaré a mi hermana y a un hijo si estoy así?

El dolor de cabeza comienza y solo me limito a sentarme en el borde donde todas las sábanas se arremolinan a punto de caer. Estoy exhausta, solo quiero dormir. Y lo ligo a uno de los tantos síntomas del embarazo.

Mi decisión cambia cuando a los segundos llega Eric. ¿Podría ser algo bueno? No. Viene a ser sobreprotector y mis hormonas, que estimulan partes de mi cuerpo, siento como estallan para pedir con ruegos que sean atendidas. Mi mejor amigo ignora con todas sus fuerzas aquello y se escuda en que estoy en un estado delicado, también agrega que no quiere hacerle daño a frijolito. ¡Como si fuese a ser posible aquello! Sé que el sanador, amigo de ambos, ha pedido cuidado por mi presión arterial que parece haberse escandalizado con el paso del tiempo durante el transcurso de embarazo pero no es un impedimento para saciar con mi necesidad carnal. Otro maldito síntoma.

Como dije, estoy en un período de inestabilidad emocional por lo que hago una escena y desaparezco en acción sorprendiéndolo. No soy tan estúpida como para que me localicen por lo que pienso en un sitio donde solo he estado una vez en mi vida, exactamente la semana pasada mientras hacia las compras de mi nuevo guardarropa porque los jeans no cierran como deberían. Tampoco traje el móvil. Sé que todos se preocuparán, son tan dramáticos que podrían organizarse para filmar una novela puramente de clichés y dramas hasta ganarse un Oscar, ese premio muggle que se realiza cada año.

Me encamino hacia la cafetería, su entrada principal, donde me recibe el olor a café y la producción de ciertos alimentos que parecen hacer revolver a mi estómago. Busco con la mirada, rápidamente, un lugar vacío donde pueda estar. Cerca de la ventana. Con los días escurriéndose de nuestro control, llegó a escasa estabilidad a mi vida. No me ocurre lo mismo que el mes anterior donde era Sra. Vómito.

Una chica, llamada Susan según su membrete en el uniforme, es amable a atenderme. Me encuentro tan sensible que eso me alegra de cierta manera. Ordeno un jugo de naranja, a pesar de que quiera ansiosamente un café no puedo siquiera intentarlo y mucho menos soportar su aroma. A los segundos, la observo dirigirse a una mesa alejada donde un hombre parece intentar ligar con ella. No tarda en aparecer otro hombre, mucho más alejado, que grita su nombre y pide que preste atención a los demás clientes que aguardan.

Volteé para ver por la ventana, la gente iba y venía, perdido en su propia burbuja hermética. Mordí mi labio inferior esperando algo. ¿Qué? Un Eric enfurecido que viniese en mi búsqueda pero nada, solo muggles transitando las aceras calurosas de Londres. Mis orbes dieron con unos conocidos. En algún lado lo había visto ¿No?

No.

Murmuraban, uno de ellos intentaba esconder una varita entre sus abrigos. No puede estarme pasando aquello. Debía salir de allí, no me haría pasar por una heroína, solo necesitaba sacar a mi frijol de allí donde se desataría la furia, podía hasta apostar de ello. Mis pasos torpes por el asombro me ordenaron levantarme del asiento de madera en el que hacia segundos había sido un descanso. Agaché la mirada, había cometido un error en todo mi cometido. En el momento que mi cuerpo se irguió, conecté con la mirada de uno de ellos. ¿Qué mierda eran? ¿Mortífagos? No conocía a todos ellos pero no parecían. ¿Radicales? No sería extraño.

Mi cabello creó una capa donde disimule mi rostro mientras me dirigía a la salida a paso apresurado. No, no lo logré.

Un estallido provocó que mis piernas intentasen correr pero no muy lejos de allí. Mi cuerpo se protegió por sí solo encorvándose mientras mis manos intentaban ocultar mi vientre. La estruendosa explosión dejó miles de estalactitas del cristal esparciéndose por doquier. Agitada, desorientada e inestable, lo único que visualizo son los trozos de vidrio. Varios cuerpos en el suelo. Juro que nunca en mi vida me vi en esta postura. Firme en medio del desastre pero hiperventilando. No solo velo por mi propia seguridad, también por el hijo que llevo dentro de mí. Me bloqueo cuando la varita de un hombre apunta sobre mí, no, sobre mi bebé.

Alguien grita que corra pero estoy perdida. ¿Qué mierda está ocurriendo conmigo?

Mi cuerpo es atraído por la voz que ha llamado, la que me ha intentado salvar pero solo me dejo llevar. Sé que es un mago, sé que ha logrado sacarme del peligro inminente que se aproximaba. Percibo con mis dedos como estos sostienen mi varita pero que no hacen más que estar muertos a mis costados. Siento calor en mis hombros y me percato que no ha alejado sus manos de allí hasta luego de unos segundos. Mi labio tiembla. He vuelto a traer el caos a mi propia vida, pero con ello mi raciocinio.

Retorna, parece todo un combo de McDonalds, el dolor de cabeza.  – ¿Quién eres?- Bien, al menos he podrido pronunciar palabra alguna.- Estoy bien, no pienses que la solución sea borrar mi memoria. Si eso pasara sería toda una ironía.- encuentro mi sentido, alzo la varita que se ocultaba entre los pliegues de mi vestido. Sin mencionar que estoy en la Academia de desmemorizadores y ya he conseguido el empleo de esta misma causa.- ¿Qué fue todo eso? ¿Quién mierda eran esos tipos? – Frunzo el ceño por el dolor.- No huyas, estoy viendo tus intenciones. Además seguro ya están actuando parte del Ministerio, eso estuvo planeado. No sé siquiera quién eres pero... Maldita sea.- Suelto largos y terapéuticos suspiros que en cierto modo quitan el estrés acumulado. Observo con suma atención el rostro del hombre del que desconozco su nombre. –Que no sea lo que pienso.- mi mano viaja hacia mis piernas, elevo el vestido sin importar que me vaya a ver mi ropa interior. Lo más importante es que no esté sangrando. Es lo último que me faltaba para completar el cartón y gritar ¡BINGO!

-¿Dónde estamos? Necesito un lugar para descansar.- me adquiero toda la confianza necesaria para usarlo como un esclavo. Lo primero, el bebé. Si vuelvo a casa, Eric me pondrá de los nervios y no habrá vuelta atrás. Soy tan miserable como para no tener amigos donde caer muerta.
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