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Half in the Shadows. Half burned in Flames || Priv.

William Blackburn el Jue Ago 16, 2018 5:51 am

Half in the Shadows. Half burned in Flames || Priv. YfDfFn0

Recientemente, debido al ataque perpetuado al Ministerio por parte de los radicales, William, haciendo honor a sus viejas costumbres, había comenzado a investigar acerca de cada uno de los incidentes provocados por ellos. Quería saber más de lo que los medios mostraban, cuáles eran las motivaciones y las razones que los llevaba a cometer esa clase de locuras. Quería conocerlos. Porque, a diferencia de lo que ocurría dentro de la Orden, ellos no temían a alzarse y luchar por lo que creían justo. Y, pese a que no le hicieran por las vías más convencionales, su mensaje no podía pasar desapercibido. No para él.

Por ese motivo, tras una investigación que se extendió durante un par de semanas, William abandonó la comodidad del refugio y tomó rumbo hacia el centro de Londres; lo cual podía llegar a ser considerado una locura, teniendo en cuenta que él era un fugitivo dispuesto a ingresar a la mismísima boca del lobo solo para conseguir lo que quería.

¿Puedo ofrecerte algo más? —preguntó la camarera, luciendo una gran y honesta sonrisa—. No eres de por aquí, ¿cierto? Siempre acostumbro a recibir clientes que solo se quedan media hora y siguen con su camino, supongo que por el estrés que les generan sus trabajos, pero tú... Tú llevas sentado en esta esquina desde antes que ingresara a mi turno. ¿Acaso te han dejado plantado? —añadió con confusión.

Dejando a un lado la edición de “El Profeta” que se hallaba en sus manos, William alzó la mirada y guardó silencio durante un par de segundos antes de responder al inusual cuestionario de la mujer.

Demasiadas preguntas, uh... ¿Susan? —preguntó, enfocando sus ojos en el pequeño cartel que destacaba sobre su prolijo uniforme—. Solía venir aquí hace algunos años. Este fue mi lugar de estudio favorito durante mis años de universidad y luego se convirtió en mi lugar de escape para todos aquellos días en que el trabajo se convertía en una verdadera pesadilla —comentó rápidamente, reposando sus brazos por encima de la mesa y haciendo un ademán para que la mujer se sentara. No había falta ser un genio para saber que ella estaba coqueteando—. Mira hacia la izquierda, por favor. ¿Ves cómo se pueden ver al mismo tiempo estas tres intersecciones? Es por eso que este lugar, este sitio en específico, es uno de mis favoritos. Desde aquí puedes observar muy detenidamente el comportamiento de las personas y...

¡Susan, hay clientes esperando! —exclamó un hombre a metros de ellos, denotando malestar en su voz.

Un pequeño sonrojo se formó en las mejillas de la camarera, que no tardó en ponerse de pie para nuevamente aferrar las uñas a su pequeña libreta.

Lo siento. En... ¿En qué estábamos?

William soltó una leve carcajada.

Me preguntabas qué podías ofrecerme. Y me gustaría... Ummm... me gustaría una porción de pastel —murmuró con amabilidad, ladeando la cabeza hacia un lado para observar a la pareja que se retiraba ¿sospechosamente? de la cafetería.

La muchacha asintió torpemente y se retiró del lugar. William ignoró lo ocurrido y regresó su mirada al periódico, dedicando los próximos minutos a indagar cada una de las páginas mientras daba los últimos sorbos a su taza de café. Al terminar de ingerir por completo su bebida, llevó la mirada hacia el exterior y comenzó a observar de manera minuciosa a cada uno los transeúntes que se hallaban fuera de la cafetería. Pero nada parecía estar fuera de lugar. O al menos, así pareció ser en una primera instancia porque, en un abrir y cerrar de ojos, una explosión había sacudido todo a su alrededor.

Rápidamente, William se puso de pie y corrió en dirección a las escaleras, llevando su varita en mano. Al descender, se encontró con un panorama de lo más desalentador. La vidriera se encontraba hecha añicos y uno que otro muggle se encontraba escondido, murmurándose a sí mismo que estaría bien, mientras que otros yacían muertos o murmuraban que todo eso era culpa de los terroristas.

William, aún sin comprender nada de lo que estaba ocurriendo –pero feliz porque sus investigaciones habían sido acertadas- salió al exterior de la cafetería y no tardó en distinguir, en medio del polvo y los vidrios rotos, el rostro inerte de Susan, la camarera. Pero no tuvo tiempo para asimilar la pérdida ya que, al alejar sus ojos del cuerpo de la fallecida, un nuevo hallazgo se hizo presente a través de la penumbra. A pocos metros de él, una joven embarazada yacía en medio de todo el desastre.

¡Desmaius! —exclamó con rapidez, alzando su varita en dirección al hombre que se había retirado de la cafetería hace minutos atrás. Una chispa salió desde la punta del abeto, haciendo que el individuo fuera empujado y perdiera la conciencia casi al mismo tiempo—. ¡Corre, maldita sea, corre! —ordenó, con la respiración entrecortada y el corazón latiéndole a mil por segundo.

Pero antes de que pudiera dar un paso, la acompañante del hombre inconsciente dirigió su varita hacia la mujer. William la imitó pero, en vez de pronunciar algún hechizo o encantamiento, atrajo a la joven hacia él, tomándola por los hombros y pensando rápidamente en un lugar.

Lo último que pudo oír antes de hacer uso de la aparición fue una explosión seguida por otros gritos, los cuales se distorsionaron y mezclaron con el ruido del río Tamesis.

Inmediatamente, una sonrisa nerviosa surcó a través de sus mejillas. William observó detenidamente a la mujer y terminó deshaciendo el contacto, recobrando la compostura y soltando un breve suspiro acompañado de una carcajada de lo más inquietante. Sabía que debía regresar y ayudar cuanto fuera necesario, pero antes debía borrar de la memoria de la joven cada uno de los hechos que había presenciado esa noche.

Te... ¿Te encuentras bien? —inquirió con dificultad, inspeccionándola de pies a cabeza y deteniéndose en su abultado vientre. No le borraría la memoria sin antes comprobar que se encontraba en excelentes condiciones. ¿Qué clase de persona lo haría? Además, Saoirse se encargaría de asesinarlo si apenas surgía el rumor de que había dejado a una embarazada sola y a la deriva.


Última edición por William Blackburn el Dom Abr 21, 2019 12:54 am, editado 2 veces
William Blackburn
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Freya Howll el Vie Ago 24, 2018 3:08 pm

Observo el perfil que me regala el espejo de cuerpo completo contra una de las paredes de la habitación, mi vientre se nota hinchado. Soy toda una joven embarazada. Reconozco que ser delgada provoca que se note aún más que estoy a la espera de un frijol que va creciendo a pasos agigantados según comentaba Dante, el sanador con el que coincidimos en Las Vegas y ha sido quién me acompaña en cuanto a salud se trata. Mi mano recorre la curvatura dibujándose una sonrisa en mis labios. Nunca creí estar en esta situación, juraría que antes de esto si me lo hubiesen preguntado sería un no rotundo ante la idea de ser madre. Por el apoyo de Ryan, como de Eric, descarté la idea del aborto. Sin embargo, esto me pesa. No por el hecho de que experimentaré la maternidad sino por Skadi. No la veo desde hace… ¿Cuánto? Ya he perdido la cuenta de los días que no se encuentra a mi lado. El querido donador de esperma no hace más que traerme problemas y he ocultado mi embarazo demasiado bien. No sabría qué haría si se enterase y quisiera aprovecharse de mi estado. Si, sé exactamente qué desearía hacerme hacer.

Frunzo el ceño frotando la redondez de mi vientre. Estas últimas semanas ha desaparecido de todo panorama mi padre, con solo pensarlo me hace dudar del bienestar de mi hermana. Siento una punzada bajo el vientre. El estrés. Dante me advirtió que tuviese cuidado, de tener algún inconveniente dirigirme a San Mungo de inmediato. Estos dolores son esporádicos, especialmente cuando maquino sobre los escenarios donde puede estar Skadi. Niego con mi cabeza dando pasos tentativos hacia la cama donde descansan varias prendas premamás que conseguí comprar hace unos días atrás.  Suspiro. No debería de mostrarme feliz ante esta nimiedad, mi hermana está en problemas y yo estoy hasta el fondo en las filas de un idiota que cree que por tener “sangre pura” eres superior. Cada vez me siento aún más encerrada en todo este aprieto. ¿Cómo criaré a mi hermana y a un hijo si estoy así?

El dolor de cabeza comienza y solo me limito a sentarme en el borde donde todas las sábanas se arremolinan a punto de caer. Estoy exhausta, solo quiero dormir. Y lo ligo a uno de los tantos síntomas del embarazo.

Mi decisión cambia cuando a los segundos llega Eric. ¿Podría ser algo bueno? No. Viene a ser sobreprotector y mis hormonas, que estimulan partes de mi cuerpo, siento como estallan para pedir con ruegos que sean atendidas. Mi mejor amigo ignora con todas sus fuerzas aquello y se escuda en que estoy en un estado delicado, también agrega que no quiere hacerle daño a frijolito. ¡Como si fuese a ser posible aquello! Sé que el sanador, amigo de ambos, ha pedido cuidado por mi presión arterial que parece haberse escandalizado con el paso del tiempo durante el transcurso de embarazo pero no es un impedimento para saciar con mi necesidad carnal. Otro maldito síntoma.

Como dije, estoy en un período de inestabilidad emocional por lo que hago una escena y desaparezco en acción sorprendiéndolo. No soy tan estúpida como para que me localicen por lo que pienso en un sitio donde solo he estado una vez en mi vida, exactamente la semana pasada mientras hacia las compras de mi nuevo guardarropa porque los jeans no cierran como deberían. Tampoco traje el móvil. Sé que todos se preocuparán, son tan dramáticos que podrían organizarse para filmar una novela puramente de clichés y dramas hasta ganarse un Oscar, ese premio muggle que se realiza cada año.

Me encamino hacia la cafetería, su entrada principal, donde me recibe el olor a café y la producción de ciertos alimentos que parecen hacer revolver a mi estómago. Busco con la mirada, rápidamente, un lugar vacío donde pueda estar. Cerca de la ventana. Con los días escurriéndose de nuestro control, llegó a escasa estabilidad a mi vida. No me ocurre lo mismo que el mes anterior donde era Sra. Vómito.

Una chica, llamada Susan según su membrete en el uniforme, es amable a atenderme. Me encuentro tan sensible que eso me alegra de cierta manera. Ordeno un jugo de naranja, a pesar de que quiera ansiosamente un café no puedo siquiera intentarlo y mucho menos soportar su aroma. A los segundos, la observo dirigirse a una mesa alejada donde un hombre parece intentar ligar con ella. No tarda en aparecer otro hombre, mucho más alejado, que grita su nombre y pide que preste atención a los demás clientes que aguardan.

Volteé para ver por la ventana, la gente iba y venía, perdido en su propia burbuja hermética. Mordí mi labio inferior esperando algo. ¿Qué? Un Eric enfurecido que viniese en mi búsqueda pero nada, solo muggles transitando las aceras calurosas de Londres. Mis orbes dieron con unos conocidos. En algún lado lo había visto ¿No?

No.

Murmuraban, uno de ellos intentaba esconder una varita entre sus abrigos. No puede estarme pasando aquello. Debía salir de allí, no me haría pasar por una heroína, solo necesitaba sacar a mi frijol de allí donde se desataría la furia, podía hasta apostar de ello. Mis pasos torpes por el asombro me ordenaron levantarme del asiento de madera en el que hacia segundos había sido un descanso. Agaché la mirada, había cometido un error en todo mi cometido. En el momento que mi cuerpo se irguió, conecté con la mirada de uno de ellos. ¿Qué mierda eran? ¿Mortífagos? No conocía a todos ellos pero no parecían. ¿Radicales? No sería extraño.

Mi cabello creó una capa donde disimule mi rostro mientras me dirigía a la salida a paso apresurado. No, no lo logré.

Un estallido provocó que mis piernas intentasen correr pero no muy lejos de allí. Mi cuerpo se protegió por sí solo encorvándose mientras mis manos intentaban ocultar mi vientre. La estruendosa explosión dejó miles de estalactitas del cristal esparciéndose por doquier. Agitada, desorientada e inestable, lo único que visualizo son los trozos de vidrio. Varios cuerpos en el suelo. Juro que nunca en mi vida me vi en esta postura. Firme en medio del desastre pero hiperventilando. No solo velo por mi propia seguridad, también por el hijo que llevo dentro de mí. Me bloqueo cuando la varita de un hombre apunta sobre mí, no, sobre mi bebé.

Alguien grita que corra pero estoy perdida. ¿Qué mierda está ocurriendo conmigo?

Mi cuerpo es atraído por la voz que ha llamado, la que me ha intentado salvar pero solo me dejo llevar. Sé que es un mago, sé que ha logrado sacarme del peligro inminente que se aproximaba. Percibo con mis dedos como estos sostienen mi varita pero que no hacen más que estar muertos a mis costados. Siento calor en mis hombros y me percato que no ha alejado sus manos de allí hasta luego de unos segundos. Mi labio tiembla. He vuelto a traer el caos a mi propia vida, pero con ello mi raciocinio.

Retorna, parece todo un combo de McDonalds, el dolor de cabeza.  – ¿Quién eres?- Bien, al menos he podrido pronunciar palabra alguna.- Estoy bien, no pienses que la solución sea borrar mi memoria. Si eso pasara sería toda una ironía.- encuentro mi sentido, alzo la varita que se ocultaba entre los pliegues de mi vestido. Sin mencionar que estoy en la Academia de desmemorizadores y ya he conseguido el empleo de esta misma causa.- ¿Qué fue todo eso? ¿Quién mierda eran esos tipos? – Frunzo el ceño por el dolor.- No huyas, estoy viendo tus intenciones. Además seguro ya están actuando parte del Ministerio, eso estuvo planeado. No sé siquiera quién eres pero... Maldita sea.- Suelto largos y terapéuticos suspiros que en cierto modo quitan el estrés acumulado. Observo con suma atención el rostro del hombre del que desconozco su nombre. –Que no sea lo que pienso.- mi mano viaja hacia mis piernas, elevo el vestido sin importar que me vaya a ver mi ropa interior. Lo más importante es que no esté sangrando. Es lo último que me faltaba para completar el cartón y gritar ¡BINGO!

-¿Dónde estamos? Necesito un lugar para descansar.- me adquiero toda la confianza necesaria para usarlo como un esclavo. Lo primero, el bebé. Si vuelvo a casa, Eric me pondrá de los nervios y no habrá vuelta atrás. Soy tan miserable como para no tener amigos donde caer muerta.
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William Blackburn el Lun Ene 28, 2019 4:51 am

Cuando su inquietud fue dejada de lado y su respiración recobró el ritmo habitual, William se detuvo y en ese instante supo que había cometido un grave error. Para comenzar, no debía haber ido tras un par de pistas difusas. No importaba que ellas le hubieran llevado a un primer acercamiento con quien sea que fuesen esas personas, eso era lo menos importante de todo. Ahora debía cargar con el peso que significaba lidiar con una embarazada que, para sorpresa suya, se adelantó a todo acto de desmemorización y alzó la varita sobre los pliegues de su vestido para demostrar que no era un simple muggle. Ella era igual que él. Pero no era el único motivo que le inquietó, pues, inmediatamente, al percatarse de la secuencia que habían vivido hace tan solo instantes atrás, una pregunta surcó en su cabeza... ¿Acaso ella había tenido algo que ver en todo ese asunto?

Intentando mentalizarse de que todos esos pensamientos no le llevarían por el lugar correcto, William guardó silencio y retrocedió un par de pasos hasta chocar con la barrera que lo separaba del rio Támesis. Debía pensar detenidamente como actuaría frente a aquella desconocida ya que no todos los días tenía el infortunio de cruzarse con alguien de su misma estirpe que, al menos hasta ese momento, no había intentado atacarlo mediante el uso de algún tipo hechizo. Por ese motivo, lo mejor sería mantener la compostura. Porque de esa forma, tal vez, podría conseguir un poco de información acerca del lio en el que inconscientemente se había metido.

Creo que cualquier persona con un mínimo de sentido común habría agradecido a quien salvó su maldita vida, ¿no lo crees? Porque por si no lo has notado... acabo de sacarte de un gran lío —susurró con molestia, soltando uno que otro suspiro para calmar el palpitar de su agitado corazón. Era la adrenalina del momento la que hablaba por él y, pese a que sabía que no hacía lo correcto al tratarla de esa manera, William no podía articular ni una sola palabra sin que una mueca de desagrado se formara en la comisura de sus labios—. Tan solo... olvídalo. A fin de cuentas, salvarte sin pedir nada a cambio es lo que habría hecho una persona con un poco de sentido co -

Al percatarse de que estaba divagando y que sus palabras no aportaban nada a la situación, William guardó silencio y soltó una risa nerviosa. Fue entonces cuando recordó aquella pregunta que le hizo contener el aliento, aquella pregunta que le obligaba a hacer frente a la realidad: su identidad. ¿Y cómo responder a eso cuando ni tu mismo sabes quién carajos eres porque lo poco que has conocido en los últimos años es una mísera mentira? Haciendo, tal vez, la única cosa que puedes hacer sin titubear: recurrir a las mentiras.

Andrée Collins —se limitó a contestar, cambiando el tono ladino de su voz por uno más serio. No se trataba de una mentira como tal pero William no podía soltar su  verdadero nombre así sin más, no conocía a la mujer en lo absoluto y nada le garantizaba que ella no hubiera escuchado o leído alguna vez el nombre de William Blackburn—. ¿Qué hay de ti? Desde el momento cero no has hecho más que preguntas y no has mencionado tu nombre, lo cual no sería extraño si no existieran tres posibilidades: una donde eres una persona cerrada que poco tuvo que ver con lo ocurrido, otra donde eres uno de los tantos fugitivos buscados por el Ministerio y por último, la más perjudicial, la posibilidad de que si hayas tenido que ver en lo ocurrido, pero todo salió mal y haberte salvado fue una gran metida de pata por mi parte. ¿Cuál de las tres eres, uh? Porque las pintas de embarazada no te eximen de ninguna —sonsacó con seguridad, cruzándose de brazos y echándose hacia atrás hasta chocar con la barrera de metal.

Dicha seriedad duró poco tiempo debido a que, de manera inesperada, la joven desconocida levantó su vestido sin pudor alguno. Ruborizado y sorprendido por su actuar, William llevó su mirada hacia el rio y no volvió a mirarle hasta que consideró que había pasado el tiempo necesario para que cada cosa volviera estar en su lugar.

No sé quiénes eran esos tipos y el hecho de que te haya salvado no te da el derecho de querer pasar por sobre mí, ¿entiendes? No uses tu embarazo a tu favor porque si no fuera porque mi hermana me asesinará en cuanto se entere que te abandoné, feliz y contento desaparecería de aquí —respondió con brusquedad, escupiendo cada una de sus palabras con cierto recelo en la voz. El recuerdo de Heather Kingsley aún yacía en su interior y pese a que eso no fuera el motivo suficiente para tratarle de esa manera, la confianza con la que esas palabras habían llegado a sus oídos habían sonado casi tan familiares a como ella había hecho tiempo atrás. Era un sentimiento de lo más extraño y, por un efímero momento, William se había sentido como cuando estaba bajo los confusos efectos de la Amortentia—. Conozco un lugar. Te llevaré allí si prometes que a partir de mañana todo esto quedará en el olvido. Todo. Comenzando por el hecho de que salvé tu vida —se adelantó a decir, apenado por su propia conducta.

La joven no tenía por qué lidiar con sus reproches y él no tenía por qué acceder a esa petición, pero lo hecho ya estaba hecho y lo mejor sería asegurarse que tanto ella como su bebé estuvieran a salvo. Ambos debían abandonar las calles antes que las fuerzas del ministerio se desplegaran en búsqueda de responsables. Y pese a que ninguno había estado implicado en lo ocurrido, haber estado en el momento y el lugar equivocado podría ser motivo suficiente para que se convirtieran en el foco de interés de los buscadores.

No dejando salir a la luz sus pensamientos para no alarmar a la embarazada, William se quitó la chaqueta y se la extendió con un gesto de arrepentimiento. Luego, le observó por última vez y le hizo un ademán para que le siguiera. Sólo había un lugar ajeno a la orden que bajo su criterio podía considerarse seguro, pero había pasado demasiado tiempo desde la última vez que lo había visitado y nada le aseguraba que sería tan tranquilo como antaño. Nada le aseguraba que Heather Kingsley no lo había arrasado tal y como había hecho con todo en su vida.

A medida que se acercaron a destino la nostalgia se hizo presente en William. Nada había cambiado, todo a su alrededor estaba tal y como él lo recordaba. Pero él ya no era el mismo. Ya no estaba viviendo una de las tantas situaciones donde regresaba a casa luego de un largo día en el trabajo, ya no más. Ahora volvía a casa buscando el resguardo que ningún otro lugar le podía brindar.

Espera aquí un momento. Si no vuelvo en un par de minutos, vete —murmuró con normalidad, intentando restarle importancia a sus palabras aun cuando nada de eso le parecía divertido.

Con temor por lo que pudiera ocurrir, William subió los peldaños que lo separaban de la entrada y observó el interior de la residencia sin poder distinguir nada en lo absoluto. Al parecer Charles, quien se había hecho con la casa una vez William se había marchado con Heather Kingsley, no se encontraba en casa. Y dicha ausencia era de esperarse, él impartía la profesión que hace algún tiempo William había dejado atrás y era probable que estuviera en pleno centro de Londres buscando a los responsables por lo ocurrido a escasas manzanas del Ministerio, tal y como habría hecho él en el pasado.

Todo está en orden —anunció, alzando una de las macetas que se hallaban en la entrada para tomar la llave que se encontraba debajo. Deshaciendo las pizcas de polvo que cubrían el acero, William dio un soplido y usó la llave para abrir la puerta, cediéndole el paso a la joven morena—. Lamento el desorden, cuando fui a por un café no esperé que las cosas se torcieran al punto en que me vería obligado a traer a una chica como tú a casa. De haberlo sabido, bueno, no habría ordenado todo este caos pero al menos habría pasado una aspiradora —añadió, pasando uno de sus dedos sobre uno de los polvorientos muebles de la residencia, deteniéndose solo en el momento en que visualizó una fotografía de una sonriente Heather Kingsley.

Sintiendo una opresión en su pecho, William la tomó entre sus manos para apreciarla por un instante. En ella, Heather aparentaba ser realmente diferente a lo que en verdad era, parecía ser tan pura y llena de vida que le era casi imposible pensar que había sido la responsable de traerle tanto mal a su vida. Pero la quería, a pesar de todo lo que le había hecho, aún la quería. Y, tal vez, no había tortura más grande que esa.

¿Puedo ofrecerte algo? —murmuró algo anonadado, dejando la fotografía a un lado para comenzar a caminar en dirección a la cocina. Creía que después de todo lo que había ocurrido, Charles se habría deshecho de cualquier cosa que involucrara a su ex-esposa, pero al parecer apenas podía mantener la casa en orden y no sería ninguna sorpresa encontrarse demás fotografías durante el resto del recorrido.
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Freya Howll el Dom Mar 03, 2019 8:02 pm

Mi ansiedad como caprichosa que era, quiso ser saciada con un café negro humeante, de esos que calientan mis dedos los martes de invierno o como los que me acompañan en las noches de estudio intensivo. No poder recurrir a ese pedacito de cielo, provocó que mis ganas de estar en la cama mirando hacia el techo raso se magnifiquen. Mucho más cuando intercepté con la mirada a un grupo pequeño de personas sospechosas, donde uno de ellos intentó ocultar de muy mala manera la varita que lleva consigo. Mi piel se erizó instantáneamente. No reconocí a ninguna de ellas, me desconcertó el objetivo con el que se habían acercado a un lugar así. Aún más que fuese en el mundo muggle.  

Si esto fuese una historia ficticia, aquellas que están cubriendo escaparates con la marca reconocida de una editorial de buen renombre, sería tan predecible que daría repelús inmediatamente. Aquellas donde la protagonista, de alguna forma u otra, queda atrapada en líos enormes como del porte de la torre Eiffel y, para nada sorprendente, salva su pellejo en cinco líneas más. Pero siendo esta la vida real, eso era una jodida mierda. Una desgracia. Sin contar que, en ese preciso instante, desconocía la identidad de aquellos tipos y que mi vientre llevaba a alguien más que debía tener los cuidados necesarios como para no cagarla. ¡Sí! Quería traer al mundo a frijolito, en serio, quería.

No mentiré, no quise ser una heroína estúpida que se queda para defender civiles. Eso no era lo mío, existían excepciones pero eran tan escasas como para ser consideradas ahora. Necesitaba salir de allí lo más pronto posible. Mis piernas no me llevaron lo suficientemente lejos, el estallido terminó alcanzándome dejando que un sentimiento de fría desorientación se apoderada de mí. Estática en medio del bullicio, siendo apuntada por una varita ajena. Un hombre sonriendo socarronamente para acabar con dos vidas. Ignorando los gritos ajenos. Un pitido en mis oídos me distanció aún más de la realidad.

Habiendo sido salvada comencé a ser consciente del espacio, de mi mano aferrada a la varita pero que no fue alzada en su debido tiempo. Mi respiración se tranquilizó y mi mirada se detuvo en unos orbes desconocidos. — Si tuvieses un poco de sentido común te darías cuenta que no puedes exigir alabanzas por haber salvado una vida, menos en mi condición. Para ello, no lo hubieses hecho. — repliqué enfadada por los susurros. No me disculparía explícitamente por haber tenido un ataque de pánico en el peor momento de mi vida –o el peor hasta el momento- para alegría de su ego. Pero era algo bastante evidente y vergonzoso.

Esperé paciente a que farfullara todo lo que quería, no tendría suerte pidiendo información si lo detenía. Y es que, no todos los días, se ataca un lugar público lleno de muggles alrededor que puedan ser testigos de lo sucedía. Todo este evento desafortunado para unos cuantos sería camuflado como un ataque terrorista por parte del Ministerio. Si es que no divulgaban la noticia de que una pandilla fue la causante. Con el calibre de lo sucedido, lo primero sería lo más coherente. Sin quitar que las redes estallarían viralizando el hecho más rápido de lo que canta un gallo.

Andrée Collins. El nombre del hombre que había salvado mi trasero y el de mi bebé. No sabría qué tan honesto era con sus palabras si eran acompañadas de tanta seriedad desconfiada. Una seriedad que caracterizó por completo su respuesta haciéndome dudar. Su prepotencia me reafirmó el pensamiento. —Si no estuvieses destilando veneno como si fuese una enfermedad letal, podría explicarme. — murmuré en el volumen suficiente para ser escuchada. Esa era la intención. — ¿Te han dicho que eres un poco paranoico? ¿Cuál es el objetivo de salvar la vida de una persona si acabarás enloqueciendo de este modo? — cuestioné con una ligera curiosidad escapando de mí. Le estaba haciendo largas a la explicación de mi identidad pero no terminaba de fiarme realmente. Optaría por mentir, tenuemente. —Denisse, mi nombre es Denisse. Para calmar tu angustia infernal mencionaré que no soy cómplice de todo el show de lucecitas de hace tan solo minutos. — el malestar volvía a pegarme de lleno. Sin pudor alguno, levanté el vestido holgado que había decidido hoy lucir. Mis piernas se vieron reveladas pero mi ropa interior no llegaba a ser de espectáculo público. Alzando la mirada no pude evitar rodar mis ojos, el que se hacía el malote estaba evitando la escena como si fuese un pequeño que nunca, en su adolescencia,  había espiado para ver bragas ajenas.

Mi cabeza se agitó en una lenta negación, por lo que veía no había llegado al punto de sangrar pero era algo que me cuestionaba. ¿Debería de llamar a Dante? Mi presión comenzó a dar indicios de ser inestable hacía unas cuantas semanas, aún más con eventos que podrían equivaler a estrés asegurado. Mi histeria tampoco era algo controlable, lamentaba a quién estuviese a mi lado cuando estaba se apoderaba de mí.

Cerré los ojos, conté mentalmente hasta diez acompasando mi respiración junto a la acción.  —Vale, vale. ¿Puedes sacar la cabeza de tu trasero? Si no sabes quienes eran, menos yo. — exhalé exasperada. Me recordaba a la actitud de Eric, descabellándose por nada. Sí, entendía que fuimos testigos de una transgresión para nada normal pero estábamos fuera ahora y ¿Creía que tendría mi colaboración de ser parte de aquellos tipos? Pues que equivocado. Se notaba por ciertos rasgos faciales que veinteañero no era, esperaría una mayor sabiduría pero henos aquí discutiendo.  —Quería una tarde de tranquilidad, tomando el jugo de naranja que exprimen de maravillas en esa cafetería. Nada más que eso. — confieso mi plan insulso en comparación a su vida llena de aventuras, por lo visto. —No conozco a tu hermana, ni tengo ganas de hacerlo. No me cuentes tus dramas familiares, no me interesan. — Podría ser que mi contestación esté bastante cargada de apatía pero exigir palabras rosas pegajosas como chicle entre nos era imposible.

Hecho. Solo es descansar y si te mantienes en silencio, te lo agradecería. Prometo hacer lo mismo. — Bufé aclarando mi voz. Una de mis manos se alzó por encima de mis hombros para acariciar parte de mi cabello, acomodándolo detrás despejando mi cuello. La sensación de malestar perseguía, sentía calor.  — No somos buenos conversando la verdad. — expliqué dibujando una mueca en mis labios evitando que los pensamientos escapasen en sílabas innecesarias y alarmantes.

Nuestros pasos eran tranquilos como la respiración de ambos, el lugar  –como había él indicado con anterioridad- era cercano. No se había vuelto a hacer uso de la aparición y por una parte lo agradecía. Tal vez, encontrarme sensible agudizaba mis sentidos percibiendo ese apretón característico aún más fuerte, denso. Como una principiante en la magia. Lo observé de reojo, no era capaz de descifrar sus facciones: enojo, indiferencia, nostalgia, desidia. Podía tener plasmadas diversas emociones como ninguna a la vez.

El murmuro por poco se había perdido en el aire, casi. Asentí permitiéndome relajarme, deseaba tomar asiento y con eso sería suficiente. Mis dedos recorrieron mi redondez característica de embarazada, era una manía que desarrollé cuando al observarme en el espejo se veía el pequeño pero precioso bulto símbolo del crecimiento de mi frijol. Admitía que debía dejar de darle ese apodo. Monika, la hermana de Eric, decidiría competir, en la apuesta, algún nombre con relación a plantas o algo por el estilo. No tenía dudas que sería capaz para hacerse la graciosa, obviamente no  le pondría “Helecho” o  “Jacinto” de ser niño. Pero, le debía dar un punto por original al darme la opción de “Gardenia” si nacía una preciosa fémina.

Poca fue la ausencia por no decir nula del rubio. ¿Era seguro que tuviese que ver si había alguien para irrumpir en la morada? Recelosa acepté su confirmación de que todo se hallaba en orden. No perdí el detalle que sabía dónde se guardaba la típica llave de emergencias. —Vale. — pronuncié con cuidado. Volvió la tensión a mi cuerpo, mala combinación para la presión que no había disminuido probablemente. Cada acción de su parte era registrada por mí. Había intentado excusarme de ser inocente en todo aquel lío pero no me había cuestionado quién verdaderamente era él. ¿Y si había sido enviado por el bastardo que amenazaba la vida de mi hermana? Los dientes apretaron con fuerza mi labio inferior, contabilizaba mentalmente hasta cambiar los números de un dígito por los que se componían de dos.  

¿Quería que me tragase el cuento de que no conocía la existencia de una aspiradora? Este edificio estaba en pleno Londres, no era una granja en un ambiente rural. No era una mirona pero me detuve a su par para apreciar a una mujer sonriente enmarcada, una foto estática nada fuera de lo común si no se consideraba el rostro de William. Se ofreció con su voz un tanto ¿afectada?

Respiré hondo. — Un vaso de agua. — respondí de inmediato. — Si puede ser, gracias. — dicen que a los amigos se los tenía que tener cerca, a los enemigos aún más. Vigilé sus siguientes movimientos, lo seguí y perdonen pero mi paranoia no me dejaba estar quieta. Tosí falsamente. —Entonces, admito que no somos los mejores oradores pero algo no me cuadra. — comencé. — Mi pregunta será tomada creíblemente como si fuese hecha por una tonta pero ¿Es sinceramente tu casa? —  curioseé abrazando delicadamente mi cuerpo, específicamente mi vientre.  — Habré tenido un momento de pánico pero ahora estoy en mis facultades como para alzar la varita y desarmarte. — no era una mentirosa. Mi brazo que se encontraba delante del otro ocultaba la varita como si de una carta bajo la manga se tratase.
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William Blackburn el Lun Abr 01, 2019 1:50 am

Al percibir el enfado presente en la voz de la morena, una leve sonrisa surcó los labios de William, quien solo pudo ladear la cabeza de lado a lado consiente de la veracidad de sus palabras. Era claro, ella tenía la razón en todo lo que decía. Era un paranoico y una persona con poco sentido común, pero ya hace tiempo se había dado por vencido y había asumido que no podría hacer nada al respecto. La vida misma se había encargado de moldearlo de esa manera, y a pesar de que en ocasiones eso le traía más desventajas que ventajas, era feliz con ello. Era feliz sabiendo que estaría un paso delante de cualquier persona que quisiera aprovecharse de cualquier indico de debilidad que emanara de su ser.  Era feliz siendo de esa manera.

Casi a la par en que la desconocida levantó su vestido, William apartó la mirada para no molestarla y soltó un leve bufido. No era la primera vez que vivía una situación como esa, había conocido diversas mujeres a lo largo de su vida y era evidente que un simple gesto como ese, dentro de ese contexto, era de lo más inocente. Sin embargo, pese a que no quisiera demostrarlo, la sorpresa podía plasmarse claramente en todo su rostro. Y en el momento en que ella pareció notarlo, rodeando los ojos con evidente exageración, William enarcó una ceja, imitándola y negando con la cabeza.  

Y casi sin notarlo, debido a que se encontraba aún sorprendido por lo ocurrido, la mujer dejó de ser una simple desconocida. Su nombre era Denisse y afirmaba no tener relación alguna con los hechos ocurridos minutos atrás, lo cual pareció tener sentido para William dado que sería un poco –por no decir muy- extremista el usar a uno de los tuyos como carnada en medio de aquel ataque que, al menos en ese momento, no tenía sentido alguno para él.

Muy bien, Denisse. En otras circunstancias habría dicho que estoy encantado de conocerte, pero para que mentirte… Ya tú lo has dicho por mí, no somos buenos conversando y tu plan de la ley de hielo no suena tan mal. Así que sí, guardaré silencio siempre y cuando tú hagas lo mismo —afirmó, echándole una última mirada antes de comenzar a circular por aquel camino tan familiar.

Desde hace ya un buen tiempo, William había adoptado un ritmo de vida donde todo lo que conocía se regía bajo unas series de normas que lo hacían ajeno a los problemas de los desconocidos. Dichas normas iban desde algo tan simple como «no seas amable con todo el mundo» hasta llegar a algo tan crucial como «no pongas toda tu confianza en la primera persona que se cruza en tu camino».

Eran reglas básicas que, al menos hasta ese momento, le habían servido para no cometer los mismos errores que en el pasado. Y si durante esa tarde una parte de él se había negado a acatar dichas reglas, no podía simplemente desestimarlas y actuar como si aquello fuese cosa de todos los días. Él no era ninguna clase de caballero con resplandeciente armadura dispuesto a rescatar damiselas en peligro.

Ya no más.

Una vez se vieron resguardados por la seguridad de su antiguo hogar, ignorando la mirada curiosa de Denisse, William avanzó los pasos necesarios para llegar a la cocina y solo se detuvo cuando pudo apreciar la pila infinita de cartas esparcidas sobre una de las encimeras. Podía oír a la embarazada hablando a sus espaldas, pero toda su atención estaba puesta en el aspecto de aquella habitación. Ya no recordaba la última vez que había estado allí y eso solo le hacía pensar que el contenido de dichas cartas dataría de hace más de un año, justo cuando impulsivamente había decidido dejar atrás todo lo que había construido para comenzar una vida desde cero con la compañía de su ya no tan querida exesposa.

Claro que lo es, ¿quieres que te muestre las escrituras para que puedas comprobarlo por ti misma? —murmuró con seguridad, fingiendo estar ligeramente ofendido por su pregunta. No había mentira en sus palabras, todas sus ganancias habían sido destinadas a esa construcción repleta de recuerdos y memorias; sin embargo, William no estaba seguro de que podría volver a referirse a ese sitio como su hogar—. Créeme cuando te digo que no esperaba volver aquí y encontrarme con este caos, estuve unos meses fuera por trabajo y Charles, mi compañero, prometió mantener este lugar en pie. Y lo hizo... A su manera, pero lo hizo. No debemos desestimar su esfuerzo —añadió, disponiéndose a preparar un vaso de agua para Denisse.

Pero en el momento en que quiso hacerlo, las propias palabras de la mujer lograron sacarlo de eje. Y de nuevo, William comenzó a lamentarse por lo estúpido que había sido al romper sus propias reglas. No porque sintiera que la situación podría superarlo, él tenía muchas cosas a su favor y más experiencia de la que ella podría ganar en su corta vida. Sino, más bien, porque no tenía intenciones de luchar contra una embarazada.

Sin darle la importancia necesaria a la situación, y asumiendo que el intercambio de palabras no era el fuerte de ninguno de los dos, William dejó su varita sobre una de las encimeras polvorientas y avanzó hacia ella con pasos cuidadosos. Lentos y calculados aún con el riesgo de recibir cualquier tipo de impacto

No es muy amable por tu parte amenazar a quien te acogió en su casa luego de rescatar tu vida, Denisse —resaltó, ladeando lentamente la cabeza hacia un lado. Llevaba ambas manos en alto como señal de paz, indicativo de que no haría nada que no fuese necesario, siempre y cuando ella no atentara contra su vida—. Y mira que yo no sé mucho de modales, eh. Pero cuando se visita a alguien no es muy usual apuntarle con una varita solo porque te sale de las narices —añadió, alzando ambas cejas con expresión divertida.

Y al estar frente a ella, silencio total. Ni una palabra más salió de los labios del antiguo auror, quien solo se dedicó a observar su rostro de manera detenida, como si estuviese retándola a hacer algo de lo que no estuviera segura. Podía sentir asiduamente la respiración de la mujer sobre su rostro, pero incapaz de continuar con aquel jueguito al que la instigaba a unirse, William profirió una pequeña y escalofriante carcajada y alzó su mano en dirección a una de las alacenas, sacando de allí un vaso de vidrio.

Nuestra reserva de agua de las Islas Fiji se terminó la semana pasada, así que tenemos agua del grifo o del dispenser. ¿Cuál prefieres? —inquirió, sonriéndole con despreocupación mientras movía el vaso de lado a lado.

A pesar de que no sabía cuál sería la reacción de Denisse, William no se mostró preocupado y simplemente permaneció allí, expectante, a la espera de una respuesta o un hechizo. Cualquiera que viniera primero. Su rostro se encontraba decorado con una sonrisa amable e incluso, guardando silencio, parecía ser alguien distinto a lo que ella había dicho en un principio.
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Freya Howll el Sáb Abr 20, 2019 10:29 pm

Esa seguridad que desprendía era inquietante. — No es necesario. — murmuré a regañadientes. Lo último que estaba en mi lista era verme como una estúpida, en mi corta vida me había llevado fatal con esa imagen. Eran contados, con los dedos de la mano, los momentos donde había quedado como una tonta. — Vale. — respondí de forma cortante, miré hacia el mobiliario que acompañaba a la decoración de la casa, parecía que me fascinaba el detalle pero era indicio de querer terminar con la conversación poco grata.

No perdí en cuenta que habían varios objetos que le daban al lugar un aspecto acogedor —si estuviese limpio— y podría asimilarse con un hogar cálido para una familia o de una pareja que estaba a instantes de formar una. Hmm, con esa actitud dudaba que estuviese en pareja.

Lo seguí hasta la —que suponía sin ver— la cocina, mis palabras parecieron haber dado donde quería. Demasiado cuidadoso. Mis orbes seguían cada paso en la estancia. Mi varita alzada jugando con el aire, intimidando. Y la magia no era lo único que tenía a favor pero no revelaría que podía patearle el trasero aunque me quitase aquel elemento que canalizaba mi poder. Resoplo, puedo considerarme una persona agradable pero es cierto que hoy no estoy de buenas desde que mi encuentro con el jugo de naranja fue cancelado por culpa de… de quienes fuesen. — No es muy amable de tu parte ser un paranoico desquiciante con quién salvaste, Andrée. — devolví bajando instantáneamente la varita. Entrecerré los ojos. Si será. — Tampoco me pasa todos los días esto de ser salvada y, a la vez, ser tratada como una sucia terrorista. — resalté copiando su expresión, alzando ambas cejas y dando a entender mi punto que yo no era la única dramática del día.

—Agua del grifo. — respondí. Un dolor punzante resaltó en mi vientre y oculté una mueca esquivando su mirada. Instantáneamente me sientí expuesta y mis músculos se tensaron. — ¿Alguien normal siquiera tiene en su posesión reservas de agua de las islas Fiji? — cuestioné curiosamente escapando de la sensación.

Sonreí burlonamente. —Podría suponer que eres un mimado de la vida sin preocupaciones y a la primera que algo se desacomoda de su lugar gritas del horror a los cuatro vientos. — me permití sacar conclusiones vagas con la intención de no adentrarme en el malestar esporádico, tal vez si intentaba picarlo o infringir la única regla que había impuesto podría hacer como que nada había ocurrido.

Pero, no podía. — Mierda. — alzo mi brazo para sostenerme de lo primero que tuviese a mano, la pared más cercana parecía una muy bonita fuente de estabilidad. Palpé esta para dar con su borde, el umbral, y ahí cargarme mi peso sobre ella. —Joder, ahora no. — refunfuño para mis adentros cerrando, sólo por segundos, mis párpados cansados. Mi otra mano acaricia mi vientre bajo en busca de calma. Debía tranquilizarme, lo que faltaba es que tuviese que entrar a urgencias en un hospital muggle de baja calidad profesional y ser noticia en los portales de internet sobre cómo la modelo Denisse estaba en la espera de un precioso bebé junto a un desconocido ante los medios. Sí, mi abuela pegaría el grito en el cielo cuando la noticia llegase a sus oídos. Nadie quiere ver a Senna Howll histérica. Nadie.

Senna era esa clase de mujer que no se entrometía en asuntos ajenos a no ser las discusiones de sus vecinos. Estos eran todo un caso. Debía ser sincera, yo misma me quedaba con la oreja parada cada vez que gritaban desde el otro lado. Se trata de una pareja joven que discuten todos los días, ocurrentes con sus insultos cabe mencionar, siempre se superan. Nos sigue siendo poco claro el porqué de su negativa a divorciarse, tampoco es que fuésemos salvadores matrimoniales.

Un suspiro escapó de mis labios torpemente. La varita había dejado de ser mi escudo protector, estaba desprotegida en una vasta y llana vulnerabilidad porque mi atención estaba puesta de lleno en mi bebé. —Presta atención. — suelto tomando bocanadas de aire. Vamos, podía hacerlo. —Si llego a desmayarme, o empiezo a pedirte ayuda y no estoy en mis cabales. — Porque pensar que era la presión sanguínea solo dejaba un repiqueteo en mis oídos guiándome a una clase de pensamientos para nada atractivos. — Necesito que me lleves a San Mungo, nada de urgencias médicas muggles. —añado con voz trémula. — ¿Entendido? — cuestiono con mi mirada en búsqueda de la suya. —Necesito sentarme y no tener a alguien cuestionando mi existencia. —

Esta inestabilidad no se la deseaba a nadie.
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William Blackburn el Dom Abr 21, 2019 5:54 am

Que Denisse imitara sus gestos resultó bastante tierno para William, quien estaba acostumbrado a tratar con aquellas mismas mímicas cuando su hermana Saoirse intentaba llevarle la contraria en un asunto en que él claramente tenía ventaja. Para alivio suyo, sus palabras, las cuales estaban lejos de ser las adecuadas para un momento como ese, bastaron para que la mujer bajara la guardia. Y a cambio de que no lo atacara, William prefirió ignorar los comentarios acerca de cómo le estaba tratando y procedió a servirle un vaso con agua.

Aquí está su agua del grifo, señorita Denisse —informó, dejando el recipiente a un lado de una de las encimeras. Estaba demasiado distraído y pensativo por el contenido de las cartas que yacían a escasos pasos de él, pero no quería quitar sus ojos de encima de la joven. No cuando lo primero que había hecho una vez se halló a salvo fue apuntarle con su varita—. Créeme cuando te digo que en este lugar lo que menos te sorprendería sería hallar una reserva de agua de las islas Fiji. Pero no, por si te lo preguntas, no hay ni existió una aquí. Estaba tratando de ser hospitalario y no hay nada como un buen chiste para hacer que los invitados se sientan como en casa —admitió, ladeando la cabeza hacia un lado.

A decir verdad, William ya no recordaba cuando había sido la última vez que había hablado con otra persona que no fuera Saoirse. Y es que aunque su casa ahora perteneciera a Charles, tampoco había podido hablar con él desde hacía meses. Por ese motivo, Denisse era la primera desconocida con la que entablaba una conversación desde que él había hallado resguardo en el refugio de la Orden.

De hecho, lo soy. Yo solo quería tomar un café y conseguir el número de la mesera, ¡pero mírame ahora! Vine a casa con la chica equivocada y estoy ofreciéndole agua mientras que en otra realidad podría estar con la mesera debatiendo acerca de los...

No pudo continuar con sus palabras. El cambio repentino en el semblante de Denisse bastó para que William detuviera sus ironías y fuera a socorrerla por segunda vez en el día, posicionándose a un lado de ella y aferrando una de sus manos en la parte baja de su espalda. No tenía ni la más mínima idea de qué hacer en ese momento. ¿Es que acaso Denisse había entrado en trabajo de parto? ¡Pero no había ningún líquido en el suelo! ¿Qué debía hacer?

Wow, wow, wow. Espera. Denisse, ¿qué te ocurre? —inquirió, observándole apresuradamente para hallar el origen de su malestar. Su mano se movió lentamente por la parte trasera de su espalda, de arriba hacia abajo, intentando consolar su dolor—. ¿Hay algo que pueda hacer? Respira lentamente, no te apresures —aconsejó consumido por el pánico.

El corazón de William latía a mil por segundo y las palabras apenas salían de sus labios. A pesar de que era el jodido progenitor de un niño o niña, nunca había tenido que tratar con una situación como esa. ¡Maldita Heather! ¿Por qué le había dicho que era padre cuando el niño o niña ya tenía unos meses de vida? De haber sido antes al menos sabría qué hacer.

Sin comprender por qué no quería ir a un hospital muggle, lo cual dada su posición como fugitivo sería lo más idóneo, William asintió una y otra vez a cada una de las peticiones de Denisse. Su mano se movió lentamente por su espalda y le hizo un gesto para que se sujetara a él, permitiéndole desplazarse hasta una de las sillas que se encontraban en el lugar.

Al preguntar esto no lo hago con la intención de cuestionar tu existencia, Denisse, pero... ¿estás segura de que no quieres ir al hospital ahora mismo? —preguntó, tendiéndole el vaso con agua que antes le había pedido. Cualquier rastro del William prepotente había desaparecido, sus palabras eran dubitativas –en gran parte por el pánico en el que había entrado hace minutos atrás– y sus ojos observaban tímidamente a Denisse—. Las habitaciones se encuentran en la parte de arriba, así que si deseas descansar yo podría...

Un bufido escapó de sus labios. William se sentía demasiado estúpido actuando de esa manera.

Bien, guardaré silencio. Estoy seguro de que lo que menos deseas ahora es oirme parlotear tonterías —murmuró tomando asiento frente a ella.

Si Denisse no le daba importancia a lo ocurrido, ¿por qué a él debería importarle? No era su niñero. Ambos eran unos completos desconocidos que habían tenido la desdicha de coincidir en el momento y el lugar equivocado.
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