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Far From Home || priv.

Zoe A. Levinson el Sáb Ago 25, 2018 8:13 am


Far From Home.


Esa tarde, tras haber estado trabajando durante gran parte del día, Zoe tenía solo un plan en mente: llegar a casa para tomar una espesa taza de chocolate caliente. Se sentía realmente agotada y de verdad que la necesitaba, tal vez, más de lo que parecía. Ella siempre había sido de esos que se adherían a la idea de que, con un poco de dulce y chocolate en la vida, todo sería más fácil. Y esperaba que así fuera porque, en el último tiempo, nada estaba saliendo bien en el trabajo. Además, ya había comprobado que el alcohol no podría hacer una diferencia en la situación. Y no solo eso, también había comprobado que era una pésima borracha, pues... ¿Quién pierde la noción del tiempo con solo una copa? La respuesta es bastante sencilla: Zoe Aimée Levinson, señoras y señores.

Al atravesar la puerta principal de la residencia, Zoe exhaló y se deshizo de sus abrigos. Era demasiado friolenta así que, en lo que terminaba de quitarse la bufanda, el saco y los sweaters, pudo oír el ronroneo de su pequeño Kneazle rondando por la sala principal. Pero no se trataba de un ronroneo habitual, parecía que estaba exaltado y molesto. Algo muy extraño considerando que no había nada en la casa que pudiera ponerlo de esa manera... A menos... A menos que eso que provocaba su exaltación fuera algo nuevo para él, un extraño. Y como Zoe bien sabía, a su Kneazle no le agradaban los extraños.

Con preocupación, Zoe avanzó hacia la sala contigua y arrojó su saco sobre uno de los sillones. Sus ojos buscaron rápidamente a su pequeña bola de pelos y no tardaron en encontrarlo en el límite que los separaba de la cocina, observando a un punto fijo sin siquiera inmutarse de la presencia de su dueña. Ante esta situación, Zoe frunció el ceño con confusión y se puso de cuclillas para estar a la misma altura que el animal.

¡Llegué! —exclamó, creyendo que sería necesario anunciarlo para recibir la bienvenida a la que estaba acostumbrada. Su kneazle dejó de observar la cocina y corrió a sus brazos, sorprendiendo a Zoe de sobremanera. Ella lo agazapó protectoramente y lo recostó sobre sus piernas, tomando asiento en el suelo para poder consolarlo—. Ey.... ¿Qué ocurre? Tú y yo sabemos que nunca actúas de esta manera—murmuró, dándole una caricia sobre la parte alta de su cabeza.

Como era de esperarse, porque se trataba de un animal y no de un ser humano (y además, ella no era hija de Doctor Dolittle), no recibió respuesta alguna. El animal tan solo se mantuvo en su lugar, aceptando los mimos que su dueña le proporcionaba, pero volvió adoptar la misma postura desesperada en cuanto se oyó un ruido proveniente de la cocina. Zoe no tardó en sobresaltarse y se puso de pie, disponiéndose a hallar el origen del sonido. Pero cuando ingresó a la cocina, nerviosa y con el corazón latiéndole sin parar, no halló nada más que un vaso roto sobre el suelo.

¿Te has asustado por un roedor? Ya hemos hablado de esto, no tienes nada que temer. ¡Ellos son los que te deben temer a ti! —exclamó, dándose la vuelta para regañar juguetonamente a su mascota. Una sonrisa surcó sus labios pero, en el momento en que se dispuso a regresar con el animal, sus ojos visualizaron algo de lo más insólito: un collar flotando en el aire. Pero no cualquier collar, era el collar que ella le había regalado a  su hija Alexandra y se suponía que debía estar muy lejos de allí. En Hogwarts, exactamente—. ¿Cómo es que...?

Zoe contuvo la respiración y dio un paso hacia el interior de la cocina, intentando comprender lo que estaba ocurriendo. Fue entonces cuando pudo descubrir que todo era obra de una pequeña hadita que se aferraba con fuerzas a la cadenita que conformaba el collar de su hija. No era la primera vez que veía una pero tenerla allí frente a ella, en su casa, no hizo más que tomarla por sorpresa.

¿De dónde has sacado eso, uh? —inquirió con naturalidad, cruzándose de brazos y reposando su cuerpo sobre el marco de la puerta. Por un instante, Zoe regresó la mirada hacia su mascota y luego se dedicó a observar detenidamente a la pequeña hada—. Te... ¿Te encuentras bien? ¿Acaso intentó hacerte daño? —murmuró con amabilidad y algo de preocupación, sorprendida por la peculiar y extraordinaria situación.
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Zoe A. LevinsonTrabajador Ministerio

Jazmine el Miér Ago 29, 2018 11:06 am

Far From Home.
Había estado teniendo unos tiempos muy divertidos. Iba de aquí para allá, iba y venía donde el viento la llevase. Los vientos del sur la habían llevado a Escocia, a un precioso castillo viejo lleno de humanos de todo tipo. Desde humanos pequeños hasta humanos grandes, y en este lugar había no sólo conocido a estas criaturas tan curiosas, sino también cosas de lo más brillantes.

El viento del norte la había regresado a Londres. Sí, era divertido dejarse llevar por el viento, descubriendo los secretos que sólo el aire guarda a través de las veredas del bosque. No era necesario mucho más, porque las hadas eran así de simples, tan pequeñas que la complejidad no cabía dentro de ellas.

Se había metido a descansar en una cueva de humano a través de una ventana semiabierta, esperando que el humano en cuestión tuviese azúcar o algo dulce para almorzar.

"Los humanos siempre guardan sus cosas dulces en las puertas", se decía entre zumbidos que sólo ella comprendía, muy convencida. "Si busco por aquí…", no se daba cuenta que no buscaba en alacenas, sino en el baño. Lanzó por aquí y por allá todo tipo de cosas: jabones y esponjas, principalmente. Algo de maquillaje, también.

Entonces lo escuchó, el gruñido ronco de un gato. Se giró a mirar sólo para encontrarse con una bola de pelos moteada con el pelaje muy erizado y siseándole amenazante. La hadita resolvió encogerse de hombros y seguir con lo suyo, tirando cosas de los cajones y puertas.

Sí, Jazmine no se dejaba amedrentar fácilmente por animales o humanos de ningún tipo. Bueno, eso era en parte mentira, pero eso era lo que ella quería creer.

Cuando el gato se lanzó hacia ella, garras por delante, la hadita reaccionó con un gritito y entonces, fiera cómo sólo es un hada, bélica en la sangre que le corre por las venas, comenzó a devolver el ataque. No tenía una magia muy poderosa, pero sí la ayudaba a defenderse. Chispitas incandescentes que quemaban y ardían, pequeños choques eléctricos, era la magia que brotaba de ella, dolorosa. El gato no fue rival: salió huyendo del baño.

"Eso le enseñará, esas bolas de pelo…", se sacudió las manitas antes de tomar de nuevo su cosa brillante y salir de esa habitación.

Empezó a recorrer toda la casa, de arriba abajo, de izquierda a derecha. Había encontrado finalmente la cocina, donde los humanos guardaban sus cosas, y empezó a mirar a duras penas los cajones y alacenas. No era fácil con el peso de una cosa brillante, pero ella se manejaba bien.

La muy pilla, pequeña descarada, miró cuando finalmente, sólo en ese momento, escuchó la voz que se dirigía hacia ella. Una humano. Ella, que no tenía miedo a humanos, sólo cuidó que esta no tomase a su archienemigo: el matamoscas.

"¿Dónde tienes tú las cosas dulces?", le dio una breve regañina. "Si, claro, si tuvieses ordenada tu cueva podría encontrar las cosas dulces, pero no", zumbaba ella, muy molesta. Sí, no parecía darse cuenta de que el desastre lo había hecho ella, precisamente. "La bola de pelos no ayuda a buscar cosas dulces", apuntó al gato acusadora.

Incapaz de leer el ambiente, para Jazmine daba igual si era gato, kneazle, perro o un caballo. No existía otra cosa que lo evidente: la carencia de azúcar.

chu *3*
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