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Far From Home || priv.

Invitado el Sáb Ago 25, 2018 8:13 am


Far From Home.


Esa tarde, tras haber estado trabajando durante gran parte del día, Zoe tenía solo un plan en mente: llegar a casa para tomar una espesa taza de chocolate caliente. Se sentía realmente agotada y de verdad que la necesitaba, tal vez, más de lo que parecía. Ella siempre había sido de esos que se adherían a la idea de que, con un poco de dulce y chocolate en la vida, todo sería más fácil. Y esperaba que así fuera porque, en el último tiempo, nada estaba saliendo bien en el trabajo. Además, ya había comprobado que el alcohol no podría hacer una diferencia en la situación. Y no solo eso, también había comprobado que era una pésima borracha, pues... ¿Quién pierde la noción del tiempo con solo una copa? La respuesta es bastante sencilla: Zoe Aimée Levinson, señoras y señores.

Al atravesar la puerta principal de la residencia, Zoe exhaló y se deshizo de sus abrigos. Era demasiado friolenta así que, en lo que terminaba de quitarse la bufanda, el saco y los sweaters, pudo oír el ronroneo de su pequeño Kneazle rondando por la sala principal. Pero no se trataba de un ronroneo habitual, parecía que estaba exaltado y molesto. Algo muy extraño considerando que no había nada en la casa que pudiera ponerlo de esa manera... A menos... A menos que eso que provocaba su exaltación fuera algo nuevo para él, un extraño. Y como Zoe bien sabía, a su Kneazle no le agradaban los extraños.

Con preocupación, Zoe avanzó hacia la sala contigua y arrojó su saco sobre uno de los sillones. Sus ojos buscaron rápidamente a su pequeña bola de pelos y no tardaron en encontrarlo en el límite que los separaba de la cocina, observando a un punto fijo sin siquiera inmutarse de la presencia de su dueña. Ante esta situación, Zoe frunció el ceño con confusión y se puso de cuclillas para estar a la misma altura que el animal.

¡Llegué! —exclamó, creyendo que sería necesario anunciarlo para recibir la bienvenida a la que estaba acostumbrada. Su kneazle dejó de observar la cocina y corrió a sus brazos, sorprendiendo a Zoe de sobremanera. Ella lo agazapó protectoramente y lo recostó sobre sus piernas, tomando asiento en el suelo para poder consolarlo—. Ey.... ¿Qué ocurre? Tú y yo sabemos que nunca actúas de esta manera—murmuró, dándole una caricia sobre la parte alta de su cabeza.

Como era de esperarse, porque se trataba de un animal y no de un ser humano (y además, ella no era hija de Doctor Dolittle), no recibió respuesta alguna. El animal tan solo se mantuvo en su lugar, aceptando los mimos que su dueña le proporcionaba, pero volvió adoptar la misma postura desesperada en cuanto se oyó un ruido proveniente de la cocina. Zoe no tardó en sobresaltarse y se puso de pie, disponiéndose a hallar el origen del sonido. Pero cuando ingresó a la cocina, nerviosa y con el corazón latiéndole sin parar, no halló nada más que un vaso roto sobre el suelo.

¿Te has asustado por un roedor? Ya hemos hablado de esto, no tienes nada que temer. ¡Ellos son los que te deben temer a ti! —exclamó, dándose la vuelta para regañar juguetonamente a su mascota. Una sonrisa surcó sus labios pero, en el momento en que se dispuso a regresar con el animal, sus ojos visualizaron algo de lo más insólito: un collar flotando en el aire. Pero no cualquier collar, era el collar que ella le había regalado a  su hija Alexandra y se suponía que debía estar muy lejos de allí. En Hogwarts, exactamente—. ¿Cómo es que...?

Zoe contuvo la respiración y dio un paso hacia el interior de la cocina, intentando comprender lo que estaba ocurriendo. Fue entonces cuando pudo descubrir que todo era obra de una pequeña hadita que se aferraba con fuerzas a la cadenita que conformaba el collar de su hija. No era la primera vez que veía una pero tenerla allí frente a ella, en su casa, no hizo más que tomarla por sorpresa.

¿De dónde has sacado eso, uh? —inquirió con naturalidad, cruzándose de brazos y reposando su cuerpo sobre el marco de la puerta. Por un instante, Zoe regresó la mirada hacia su mascota y luego se dedicó a observar detenidamente a la pequeña hada—. Te... ¿Te encuentras bien? ¿Acaso intentó hacerte daño? —murmuró con amabilidad y algo de preocupación, sorprendida por la peculiar y extraordinaria situación.
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Jazmine el Miér Ago 29, 2018 11:06 am

Far From Home
Había estado teniendo unos tiempos muy divertidos. Iba de aquí para allá, iba y venía donde el viento la llevase. Los vientos del sur la habían llevado a Escocia, a un precioso castillo viejo lleno de humanos de todo tipo. Desde humanos pequeños hasta humanos grandes, y en este lugar había no sólo conocido a estas criaturas tan curiosas, sino también cosas de lo más brillantes.

El viento del norte la había regresado a Londres. Sí, era divertido dejarse llevar por el viento, descubriendo los secretos que sólo el aire guarda a través de las veredas del bosque. No era necesario mucho más, porque las hadas eran así de simples, tan pequeñas que la complejidad no cabía dentro de ellas.

Se había metido a descansar en una cueva de humano a través de una ventana semiabierta, esperando que el humano en cuestión tuviese azúcar o algo dulce para almorzar.

"Los humanos siempre guardan sus cosas dulces en las puertas", se decía entre zumbidos que sólo ella comprendía, muy convencida. "Si busco por aquí…", no se daba cuenta que no buscaba en alacenas, sino en el baño. Lanzó por aquí y por allá todo tipo de cosas: jabones y esponjas, principalmente. Algo de maquillaje, también.

Entonces lo escuchó, el gruñido ronco de un gato. Se giró a mirar sólo para encontrarse con una bola de pelos moteada con el pelaje muy erizado y siseándole amenazante. La hadita resolvió encogerse de hombros y seguir con lo suyo, tirando cosas de los cajones y puertas.

Sí, Jazmine no se dejaba amedrentar fácilmente por animales o humanos de ningún tipo. Bueno, eso era en parte mentira, pero eso era lo que ella quería creer.

Cuando el gato se lanzó hacia ella, garras por delante, la hadita reaccionó con un gritito y entonces, fiera cómo sólo es un hada, bélica en la sangre que le corre por las venas, comenzó a devolver el ataque. No tenía una magia muy poderosa, pero sí la ayudaba a defenderse. Chispitas incandescentes que quemaban y ardían, pequeños choques eléctricos, era la magia que brotaba de ella, dolorosa. El gato no fue rival: salió huyendo del baño.

"Eso le enseñará, esas bolas de pelo…", se sacudió las manitas antes de tomar de nuevo su cosa brillante y salir de esa habitación.

Empezó a recorrer toda la casa, de arriba abajo, de izquierda a derecha. Había encontrado finalmente la cocina, donde los humanos guardaban sus cosas, y empezó a mirar a duras penas los cajones y alacenas. No era fácil con el peso de una cosa brillante, pero ella se manejaba bien.

La muy pilla, pequeña descarada, miró cuando finalmente, sólo en ese momento, escuchó la voz que se dirigía hacia ella. Una humano. Ella, que no tenía miedo a humanos, sólo cuidó que esta no tomase a su archienemigo: el matamoscas.

"¿Dónde tienes tú las cosas dulces?", le dio una breve regañina. "Si, claro, si tuvieses ordenada tu cueva podría encontrar las cosas dulces, pero no", zumbaba ella, muy molesta. Sí, no parecía darse cuenta de que el desastre lo había hecho ella, precisamente. "La bola de pelos no ayuda a buscar cosas dulces", apuntó al gato acusadora.

Incapaz de leer el ambiente, para Jazmine daba igual si era gato, kneazle, perro o un caballo. No existía otra cosa que lo evidente: la carencia de azúcar.
Jazmine
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Última edición por Jazmine el Mar Ene 29, 2019 11:45 pm, editado 1 vez
Jazmine
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Invitado el Lun Ene 28, 2019 4:56 am

Si bien no era la primera vez que estaba frente a la presencia de un hada, actuar como si aquello fuera cosa de todos los días resultó ser más difícil de lo que Zoe alguna vez habría imaginado. Y es que a decir verdad, ella nunca había considerado posible que una situación como esa se diera dentro de su propia casa. Esto último se debía a muchas razones, comenzando por el hecho de que aquel ambiente no era habitable por ninguna criatura conocida hasta llegar al último, pero no menos importante, detalle: ¡el bosque más cercano se encontraba a kilómetros de distancia!

Entonces, ¿qué hacía ella ahí? Las probabilidades de que ocurriera algo como eso se reducían a una en un millón. Y solo en ocasiones, como cuando los astros se alineaban u ocurrían situaciones que obligaban a las criaturas a emigrar, esas posibilidades aumentaban.

Pero... ¿Un hada tan lejos de casa?

A sabiendas de Zoe, nada malo había ocurrido en los bosques aledaños, el habitad por naturaleza de aquella especie. Además, para cualquier magizoólogo era conocimiento básico que aquellas diminutas criaturas no solían merodear por esos lares, considerando lo peligroso que sería que algún muggle o mago -los cuales acostumbraban a lucirlas con orgullo o en un caso más extremo, cortaban sus alas para pociones- las viera. Y es que por más que lo pensara e intentara hallarle una respuesta a esa pregunta, no había forma de que pudiera saber los motivos que habían llevado a su cocina. Las hadas no hablaban, apenas podían emitir un leve ruidito casi imperceptible para el oído humano, pero dado el estado del lugar... ¿acaso era posible que estuviera allí en busca de comida?

Te faltó revisar aquella alacena —informó con naturalidad, conteniendo una sonrisa. Al dar un paso más dentro de la habitación, el pequeño Kneazle que se escondía detrás de sus piernas amenazó con atacar al bicho alado, pero Zoe se interpuso entre ellos y le dio una regañina—. ¿Pero dónde están tus modales? No debes atacar a las visitas. Querida... ¿Acaso tienes hambre? Porque lo único en lo que pensaba desde que salí del trabajo fue en llegar para degustar una deliciosa taza de chocolate caliente —añadió amablemente a la par que le observaba con una pizca de auspicia.

No sabía con exactitud si estaba en lo correcto al pensar que su visita se debía a la falta de alimento, tampoco sabía que podría darle para satisfacerla en el caso de que así fuera, pero no esperó a que respondiera -porque ella sabía más que nadie que las hadas no hablaban su mismo dialecto- y avanzó a través de la cocina para abrir la puerta de una de las alacenas. De allí sacó una taza de té convenientemente pequeña y una tableta de chocolate, las cuales posó sobre una de las encimeras.

Esa es para ti —mencionó, señalándole la pequeña taza que alguna vez había sido usada por Alexandra durante sus tardes de juegos. A continuación, abrió el envoltorio del chocolate y lo partió en diferentes trozos, dejando dos a un lado del diminuto juego de porcelana de la misteriosa hada—. Si no quieres chocolate puedes tomar cualquier otra cosa que haya en los estantes, tú pídelo y yo te lo alcanzo, ¿de acuerdo? —murmuró, sonriéndole por segunda oportunidad.

Al echar una nueva mirada al estado de su cocina, Zoe negó con la cabeza y procedió a buscar los utensilios necesarios para preparar la bebida. Había ciertas cosas fuera de lugar, tal vez por la persecución que imaginaba que su Kneazle había realizado para parar a la curiosa hada, pero no le molestaba en lo absoluto y por fortuna nadie había salido herido.

¿Todo este lío lo has hecho tú sola o has recibido ayuda de alguien más? Porque si tienes algún amigo rondando por ahí... Puede venir aquí siempre que sea necesario. Tú también podrías, pero debes tener en cuenta lo peligroso que es rondar por un lugar como este. Haz tenido suerte al encontrar mi casa y no la de alguien más, los muggles no acostumbran a tratar con criaturas como ustedes fuera del ámbito televisivo —murmuró, dejando caer el peso de su cuerpo sobre el borde de la encimera.


Anonymous
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Jazmine el Dom Feb 03, 2019 2:21 am

Far From Home
Hace muchas lunas que Jazmine había dejado el nido y había salido de casa para la aventura. La experiencia le había quitado el miedo a los humanos, aunque sabía que ellos eran, por norma, destructivos. Es decir, sólo había que ver sus inventos: el matamoscas era uno de los peores. Pero entre ellos había humanos buenos, sí, que Jazmine había conocido a lo largo de toda su vida.

La hembra de humano resultó ser una de esas humanas buenas, porque, en lugar de tomar un matamoscas, la invitó a revisar lo que faltaba.

"¡Es cierto!", Jaz se dio cuenta, mirando hacia la puerta que señalaba.

Voló hasta la puerta y la abrió sin apenas problemas, metiéndose dentro de ella y empujando fuera todo lo que no le servía. Latas, bolsas, nada útil. Pero la llamó algo que escuchó fuera, y asomó su cabecita a través de las cosas para mirar a la humana.

"¿Ha dicho… chocolate?", zumbó con curiosidad, agitando las alitas mientras salía de la puerta para encontrarse con ella.

No era azúcar lo que ofrecía, pero sí chocolate, que era muy parecido. Las hadas tenían esa afinidad por las frutas y las cosas dulces. Todas las aventuras ameritaban una buena comida para tener energía de continuar, así que se puso de pie sobre una encimera mientras la observaba.

Tenía una taza de hada, era fácil descubrirlo por el tamaño que tenía. Tomó uno de los trozos de chocolate para empezar a comérselo mientras esperaba la bebida.

"Estos humanos, que son muy raros…", Jazmine sentía cierta gracia. "Y tienen estas bolas de pelo enfadosas", miró con dirección al gato. "Tienen sus cosas en puertas raras y las pierden todo el tiempo, ¡y luego dejan un desastre con ellas!", no hacía falta ser muy listo para darse cuenta que todo lo hablaba el hada consigo misma como si lo que ella tuviese que pensar fuera más interesante que lo que la humana decía.

Los humanos, pues, pobrecitos. Eran seres de inteligencia inferior. Jaz pensaba que había cerebros minúsculos en esas cabezotas que tenían. Siempre contradictorios, como el viento, y el viento no piensa mucho las cosas.

Las hadas, en cambio, eran consistentes, como el río. No cambiaban fácilmente (o eso creían ellas), y pensaban mucho mejor las cosas. Era lo que les hacía diferentes.

Jazmine se sentó en un algo que no brillaba mientras esperaba que le sirvieran su chocolate, adecuada a las comidas tradicionales humanas. El chocolate era, por norma, una de las mejores que tenían, en especial si era muy, muy dulce.

"Tienes una cueva muy desordenada", ella señaló, apuntando todo el desastre de la cocina. "Debes ser más limpia", le dio una regañina, más bien un consejo.

No esperaba que la entendiera.

Esos humanos bobitos.
Jazmine
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Jazmine
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Invitado el Vie Mar 01, 2019 2:24 am

Al observar que la pequeña hada iba en dirección hacia donde ella le indicaba, Zoe negó con la cabeza y no pudo contener una inocente risa. Observó cómo comenzaba a revolver la alacena que había quedado ilesa y nuevas cosas se unieron a la pila de elementos de cocina que se encontraba en el suelo, pero el hada pareció mostrarse aparentemente ajena al desastre que había generado en la cocina y finalmente regresó hacia Zoe atraída por el chocolate que ella extendía hacia su dirección.

¿Estás segura de que no te hará mal? —inquirió, antes de dejar la barra de chocolate para que la pequeña la tomara. Estaba segura que en ninguna de las clases de criaturas del bosque habían dicho que el chocolate formaba parte de la comida diaria de las hadas y lo que menos deseaba era que la pobre enfermara por culpa suya—. Si sientes alguna especie de malestar tan solo produce algún sonido diferente a los que has hecho hasta ahora, ¿entiendes? No me gustaría dártelo y que luego termines dolida —añadió, observándole apenada.

Brevemente, Zoe escuchó el prolongado tintinear del hada y al asegurarse de que había comido un trozo de chocolate y nada malo le había ocurrido, procedió a buscar la leche en la nevera y tomó uno de los recipientes que yacían en el suelo. Observando de reojo al kneazle que merodeaba por el lugar, confundido por la presencia del hada que engullía con pura premura sobre una de las encimeras, Zoe prendió la hornalla de la cocina y puso la leche a hervir sobre el fuego. Era consciente de que podía hacer todas esas cosas usando su varita, pero prefería hacerlo de aquella manera.

¿Qué tal está? —preguntó con detenimiento, parándose frente a ella para evaluar su aspecto. A primera vista, nada malo parecía estar ocurriéndole y eso le tranquilizó—. Yo no soy la fanática número uno del chocolate pero tú pareces estar disfrutándolo más de la cuenta —admitió, riendo por la ternura que le generaba la situación.

Zoe siempre había visto hadas en el ámbito salvaje y nunca se había imaginado que una de ellas terminaría en su casa comiendo chocolate de manera deliberada. Sabía que en su ambiente de trabajo nadie le creería ninguna de sus palabras, pero eso no le importaba y de cierta forma le entretenía tener aquella visita tan inesperada.

¿Tienes alguna especie de nombre? El mío es Zoe, lamento no haberme presentado antes. No acostumbro a tener invitados a estas horas de la noche y tuve un día demasiado largo como para haberlo hecho en un primer momento —comentó, regresando su atención hacia el recipiente que contenía la leche. Al comprobar que comenzaba a adquirir un punto de hervor, Zoe echó un par de trozos de chocolate y extendió otro en dirección al hada—. Y por si te lo preguntas, ese gruñón de por ahí no tiene nombre. ¿Se te ocurre alguno para él?

Como si hubiera entendido el significado de sus palabras, el pequeño Kneazle que merodeaba por el lugar soltó un maullido y salió receloso de la habitación. Odiaba no ser el centro de atención.
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Jazmine el Mar Mar 05, 2019 12:39 am

Far From Home
Ella parpadeó confundida.

"¿Mal?", se preguntaría el hada, "El chocolate es una de las mejores cosas del mundo", se entusiasmó, tomando el trozo de chocolate para comenzar a comerlo mientras esperaba que preparase su bebida, en una taza para hada.

Se mostró ensimismada en la delicia que era el chocolate, tintineando alegremente mientras zumbaba, hablando para sí misma.

"¡Está delicioso!", le contestó con alegría, extendiendo sus manitas que contenían el chocolate, ofreciéndolo. "¡Prueba un bocado, prueba!", la invitó, acercándose e intentando forzar la entrada del chocolate en la boca de la humana.

Los villanos no comen galletas ni cosas dulces, así es como se reconoce a un villano. Todo el mundo lo sabía. Por eso es que Jaz sabría perfectamente que estaba tratando con un villano si no le aceptaba cuando intentaba darle algo dulce. Aunque, siendo aquella humana tan amable, podría apenas desconfiar intentando creer que sólo era una hembra de humano muy, muy rara.

"Nombres… ¿Nombres?", inquirió, como habiéndose olvidado qué era un “nombre”. "¡Oh! ¡Zoe! ¡Nombre!", recordó de repente.

Los humanos usaban estas cosas para llamarse los unos a los otros, y a las cosas y mascotas. “Nombres”, los llamaban. Era quizá lo que más le había costado entender a Jaz, porque las hadas prescinden de ellos, no los necesitan, era el pensamiento de unidad y de enjambre, un “nosotros”.

Buscó dentro de su ropita hasta sacar una placa de mascota con forma de flor. “Jazmine”, rezaba.

"¡Este es! ¡Mi nombre!", señaló los dibujos que formaban lo que los humanos entendían por “letras”. Jazmine no sabía leer, pero sabía lo que decía. "¡Jazmine! ¡Mi nombre! ¡Puedes llamarme Jaz!", zumbaba muy alegremente, prestándole su placa para que supiera cuál era su nombre.

Era otra cosa en la que los humanos eran tontitos: no entendían el idioma de las hadas.

“¡Bola de pelos!”, lo nombró rápidamente, aunque a juzgar por la reacción del animal, no le habría gustado mucho el nombre.

A Jazmine le tocó mirar a su alrededor, viendo cómo podía nombrar a una Bola de Pelos, un nombre que un humano comprendiese rápidamente, con cosa de señalar. Extendió las alas para volar, mirando entre el tiradero que tenía la humana qué era lo que podía inspirar el nombre del animal.

"¡Oh! ¿Qué te parece este? ¡Mango!", y empujó un mango que estaba en el suelo, poniéndose de pie y señalándolo entusiasmada. "¡O tal vez… ¡Oh! ¡Nuez!", y voló en dirección a una nuez.

Sí, se acababa de olvidar de su búsqueda de nombres, buscando la manera de abrir una nuez cerrada, pues con sus manos era evidente que no podría, y no parecía haber alrededor nada que consiguiera abrir la delicia que era una nuez.
Jazmine
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JazmineInactivo

Invitado el Dom Abr 21, 2019 5:41 am

En el momento en que el hada extendió sus manos hacia su dirección para ofrecerle chocolate, Zoe negó con la cabeza y señaló el envoltorio de chocolate que yacía abierto en la encimera. Había mucho para ambas dos y no había necesidad de compartir, además, la pequeña criaturita alada parecía estar muy extasiada con chocolate y Zoe no quería separarlos porque de verdad que disfrutaba ver aquel espectáculo.

¡Un hada comiendo chocolate! Eso sí que no lo había visto en la Universidad Mágica.

Sus ojos observaron detenidamente cada uno de los movimientos de su invitada y una sonrisa se formó en sus labios cuando ésta pareció entender a qué se refería, mostrándole una plaquita donde podía vislumbrarse el nombre Jazmine.

Zoe nunca antes había tenido la oportunidad de vivir una experiencia como esa, y para ella, alguien que había crecido oyendo acerca de las aventuras de su padre y había dedicado gran parte de su vida al estudio de las criaturas mágicas, le hacía sentir que eso era parte de una de esas aventuras. Un suceso que podría contarle a Alexandra o a cualquiera de sus compañeros en el ámbito laboral, y que ninguno le creería por lo inusual e imposible que eso podría llegar a ser.

Con que Jazmine, ¿uh? —inquirió, apreciando cada uno de los detalles de la plaquita en forma de flor. Eso era algo que debía comprar para su Kneazle, quien hace ya bastante tiempo había llegado a su hogar y nunca había recibido un nombre por el mero hecho de que a Zoe no le agradaba la idea de nombrar a los animales a su antojo. Apenas y podía tolerar que aquella bola de pelos estuviera en la casa, no porque le desagradara, más bien, porque odiaba que los animales fueran alejados de su propio entorno para ser obligados a vivir entre las cuatro paredes que conformaban una casa—. Encantada de conocerte, Jazmine... Jaz... ¿puedo decirte Jazz? —añadió, tomando como «sí» uno de los tantos tintineos del hada.

A continuación, Zoe observó cada uno de los vaivenes de Jazmine, intentando comprender los distintos nombres que podría llegar a estar sugiriéndole. Un nombre para una criatura de mano de otra criatura. La idea resultaba de lo más fascinante y le reconfortaba, pues aún guardaba cierto remordimiento por los hechos que habían llevado a que el pobre Kneazle fuera puesto bajo su resguardo.

A veces los humanos podían llegar a ser una de las criaturas más salvajes del planeta tierra.

Mango fue la primera palabra que pudo comprender, sin embargo, no le convenció del todo. Ni siquiera sabía cómo es que había ido a parar un mango a su cocina siendo que esa fruta lograba empalagarla con facilidad.

La segunda palabra fue nuez, y esa sí que le gustó. Su kneazle tenía un pelaje de color similar a la cascara de una nuez y había llegado a ella desde nada más ni nada menos que Nueva Zelanda, así que formaba un buen juego de palabras.

Nuez era el indicado.

A partir de este momento serás nuez, ya nada de Mishi, Misifus o Minino —informó observando su kneazle, aunque fue más un comentario para sí misma. Sus ojos regresaron a Jazmine, y aunque intentó evitarlo, una carcajada escapó de sus labios—. ¿Ahora quieres una nuez? ¡Pero si apenas te has terminado el chocolate! Y todavía no pude servirte el choco... ¡EL CHOCOLATE! —exclamó.

Rápidamente, Zoe corrió hacia la cocina y apagó las llamas. Había estado tan entretenida observando cada uno de los movimientos de Jazmine que había olvidado completamente el chocolate que había dejado haciéndose sobre una de las hornallas, pero por suerte solo estaba caliente y no se había pasado. ¿Pero en qué lugar tenía la cabeza? En el último tiempo los accidentes en la cocina se habían vuelto moneda corriente.

Deberás soplar antes de tomarlo o te quemarás —advirtió con naturalidad, sirviéndole un poco de chocolate caliente en una de las tazas de juego de Alexandra. También se sirvió para sí misma, pero antes de tomar asiento, buscó el rompenueces y abrió la nuez para el hada—. ¿Cómo es que puedes comer tanto? Debes tener un estomago de lo más diminuto, Jazz. ¿O acaso las hadas tienen un agujero negro en el estómago que les permite comer todo lo que gusten? —preguntó, abriendo los ojos de golpe.

Y entonces, Zoe salió de la fascinación que se había generado con la aparición del hada y por fin pudo notar el caos que se hallaba a su alrededor. Sin darle demasiada importancia, tomó su varita y la sacudió. Inmediatamente, cada uno de los distintos utensilios de cocina y demás, comenzaron a levitar por la cocina hasta reubicarse en el lugar al que pertenecían.

Cuando todo terminó, Zoe regresó su atención a Jazmine.

¿Qué te parece? Tal vez esté un poco caliente. Me distraje un poco observandote, lo siento, no acostumbro a recibir visitas de criaturas de tu especie o de cualquier otra especie —murmuró sonriente, soplando y dándole un largo trago a su bebida.
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