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[FB] The way we used to be // Ft. Sam J. Lehmann

Lohran Martins el Vie Ago 31, 2018 12:23 am


Miércoles 24 de mayo, 2017 || Leadenhall Market, Londres || 10:34 horas || Mi ropa

Por norma general, Lohran Martins era muy cuidadoso a la hora de aventurarse al mundo más allá de las puertas del refugio que compartía con sus dos hermanas. Desde que su fotografía iba acompañada de una jugosa recompensa, el mundo mágico no era una opción ni mucho menos, y cuando salía al mundo muggle, se preocupaba de no llamar demasiado la atención. Y es que a veces era inevitable: la comida no crecía en las paredes de su refugio, y tenía que alimentar a sus dos hermanas, amén de conseguirles muchas otras cosas que no podían encontrarse en el refugio.
Ese día se había ataviado con un chándal con capucha—la cual llevaba por encima de la cabeza en ese momento—y unas gafas de sol. Llevaba la mochila a la espalda, lista para almacenar todo lo que pudiese. Su intención no era otra que llevarse la mayor cantidad de comida que pudiese al refugio, a fin de no tener que salir en el mayor tiempo posible.
Caminando, igual que los muggles, Lohran se acercó al mercado de Leadenhall, lugar en el que podía encontrarse casi cualquier cosa. En principio, sería un trayecto sencillo y sin ningún tipo de sobresalto, pero el brasileño no podía evitar ponerse paranoico: cada mirada que le echaban le hacía preguntarse si algún cazarrecompensas vestido de paisano lo habría localizado. Intentó mentalizarse de que su aspecto simplemente recordaba al de algún ratero, y por eso le miraban así.
No sabía qué sería peor.

***

Invirtió algunos minutos en pasearse por las tiendas del mercado reuniendo cosas básicas y enlatadas: platos preparados, verduras, comida para Alfredinho… Su mochila iba bastante repleta, y el fugitivo echó en falta su vieja varita, que había dejado atrás en Hogwarts el día que los mortífagos habían atacado al gobierno y se habían adueñado de él. Arriesgarse con un Reducio utilizando aquella varita desleal que había robado a un mortífago muerto podría desembocar en una explosión, y no quería perder la comida que había pagado con el escaso dinero que sus hermanas y él habían reunido.
Solo faltaba comprar algo fresco, algo para consumir aquel día. Por extraño que pareciese, un estofado con ingredientes frescos era todo un lujo, algo que los tres hermanos agradecían en aquel nuevo día a día que les había tocado vivir.
Así que se acercó a uno de los puestos de verduras situados a pie de calle, contando el poco dinero que le quedaba en el bolsillo. Con suerte, tendría suficiente para comprar las verduras y algo de carne.

—Buenos días.—Saludó Lohran a la tendera, una mujer blanca de unos cincuenta años que le echó una mirada cargada de desconfianza.—¿Sería tan amable de ponerme tres cebollas, cuatro zanahorias y dos tomates, por favor?—Su voz conservaba todavía un deje de su acento brasileño natal, a pesar de los años que llevaba viviendo en Inglaterra.

Mientras compraba, Lohran permanecía ajeno a la mirada de un hombre que no solo le vigilaba entonces, si no que ya llevaba un buen rato tras sus pasos. Aquel hombre lo observaba con ojos avariciosos, posiblemente contando ya las monedas que le darían en el Ministerio cuando entregase a aquel fugitivo.
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Sam J. Lehmann el Lun Sep 03, 2018 1:34 am


Llevaba ya tiempo posponiendo la tarea de ir a comprar comida, sin ganas de tener que meterse en mitad de ningún mercado. En realidad llevaba tiempo sin ganas de salir de su caseta de campaña, en un estado que ella consideraba de "decadencia", pues era como meterse en un pozo y notar que caías, caías, caías y no subías. Y es que, por mucho que lo hubiera intentado, cada vez veía menos razones para seguir en el estado en el que se encontraba. Para colmo, Sam ya había divisado el final del túnel: ¿cuánto podía durarle a un ser como Sebastian Crowley una persona como ella? Teniendo en cuenta los conocimientos de oclumancia que tenía cuando se hizo con Samantha, dos años han sido más que suficientes para no solo volverlo un oclumante competente, sino también un legeremante muy útil. Y claro, ¿con quién, sino con ella, iba a probar su legeremancia? Si bien Sam podía llegar a tener un resquicio de privacidad en una relación tan tóxica y abierta, lo había perdido todo por completo. Y llegado este momento, se preguntaba que cuanto tardaría Sebastian en darse cuenta de que ya no necesitaba a Sam y, la peor pregunta de todas: ¿qué narices iba a hacer con ella? ¿Matarla, después de haberle hecho la vida miserable?

No hacía falta, en realidad, leerle la mente. Se había dado cuenta a lo largo de todos estos largos meses cómo era Sebastian Crowley y que seguramente, cuando quisiera deshacerse de Sam, lo haría de alguna manera en la que siguiese ganando algo. Y la verdad es que no quería ni siquiera imaginarse lo que podría ser...

Ese día Sebastian Crowley, la única persona con la que Samantha Lehmann en sus circunstancias actuales mantenía algún tipo de relación, tenía un ajetreado día de juicios en Wizengamot, por lo que podría decirse que ese día lo tenía libre. Quizás en otro momento podría haberle visto algún tipo de punto positivo, pero tal cual sentía de vacía su vida ahora mismo, le daba tan igual todo que esa misma mañana abrió los ojos sin ganas de nada. Pospuso la tarea de cambiar su tienda de sitio, ya tenía un lugar localizado, pero prefería movilizarse por la tarde y hacer todos los hechizos protectores de noche, ya que así habían menos probabilidades de que un muggle anduviese por la zona.

Así que ese día se levantó, se vistió cómodamente con ropa de deporte y salió a correr. Sam ya no corría como antaño, para hacer cardio y mantenerse en forma, sino que lo utilizaba como un método anti-estrés. Corría, corría, hasta que sus rodillas terminaban en el suelo, exhausta y su corazón quería salírsele por la boca. Se pasaba horas corriendo, caminando y tirada en mitad del bosque, pensando en lo horrible que era su vida. Daba para mucho pensar teniendo en cuenta que era una persona que coleccionaba desgracias. Al volver a la tienda dio de comer a Don Gato y a Don Cerdito—únicos otros seres con los que Sam compartía su vida—y, sin ganas de comerse la manzana desmejorada que tenía en su frutero, decidió no posponer más esa tarea porque no habría nada más triste, después de todo, que morirse de hambre viviendo con un cerdo.

***

Con unas gafas de sol, sin maquillar—pues desastrosamente y para colmo, en el dichoso cartel de Se Busca salía una foto de Sam perfectamente maquillada—y con una gorra, llegó al mercado de Leadenhall. Miró con tristeza el dinero que tenía en su monedero y... aquello era la absoluta decadencia. No sería la primera vez que Sam tenía que robar por sobrevivir, ya que la única persona que se preocupaba de su supervivencia no le daba nada, sólo le decía: "sobrevive" y, como tal, tenía que hacerse a las limitaciones que tenía.

Pero sinceramente: la hacía sentir fatal robar, aunque lo hiciese por sobrevivir.

Con una mochila a sus espaldas y la varita en rápido acceso en la parte trasera de sus pantalones—porque no sería la primera vez que un cazarrecompensas la espera en su lugar de compras habitual—caminó por el mercado, directa a la zona de verduras y enlatados.

Se encontraba haciendo cuentas, frente al tendero de un hombre, de cuántos pimientos, calabacinos y tomates podía llevarse con su dinero. Pero ahí los calabacinos estaban muy caros y, como buena pobre indigente que era, se dio la vuelta para seguir con sus matemáticas de supervivencia a otra parte. Al darse la vuelta, sin embargo, se encontró justo de frente con Lean Anthony Keber. Sam se quedó estática, como una columna, viéndolo pasar frente a él, a unos escasos dos metros. Claro que sabía quién era: un oportunista. Antes era inefable, un Mortífago por los que Sam mintió cuando aún se le consideraba una ciudadana aceptable en la sociedad mágica, pero al ver que cazando sangre sucias iba a hacerse de oro, os podéis imaginar qué hacía en el mercado. Sam lo conocía porque compartía departamento en el Ministerio con él y había escuchado hablar de él a otros fugitivos, pero ella había tenido la suerte de no estar en su radar. Así que ahora se le planteaba la duda: ¿qué narices hacía allí, en un mercadillo muggle, sin vigilar a posiblemente la única fugitiva que ahí estaría? ¿Había otro y Sam, para variar, había tenido la mala suerte de coincidir?

De repente los calabacinos dejaron de tener importancia, se agachó la gorra cuando lo vio pasar y desvió la mirada hacia dónde él caminaba, en busca del objetivo de Lean. Fue fácil para Sam fijarse en que su mirada estaba fija en un hombre con capucha que, en este momento, estaba de espaldas a ella. No lo pudo reconocer.

Y claro, se le presentó un dilema: ¿prestaba su ayuda a riesgo de que Sebastian se enterase y pudiera tener sus consecuencias, o se iba y seguía sobreviviendo? Fue fácil asumir que prefería arriesgarse por una persona buena y morir, a tener que vivir por una persona mala. Y ya estaba acostumbrada a recibir reprimendas de Crowley. Un ojo morado solo dura una semana y poco importa teniendo en cuenta que Sam no tiene que dar explicaciones a nadie. Así que, sin tener muy claro qué hacer, tomó su primera decisión: persiguió a Lean Keber, siendo consciente de que perseguir a un cazador no siempre es buena idea.
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Lohran Martins el Lun Sep 03, 2018 1:07 pm

La tendera echó a Lohran aquella mirada, el tipo de mirada que parecía indicar que se debatía entre la posibilidad de atender la petición del fugitivo, o por el contrario llamar a la policía ante la sospecha de que, en cualquier momento, Lohran sacaría una pistola y le pediría ‘amablemente’ todo el dinero que había ganado esa mañana. El joven estaba acostumbrado a aquel tipo de sospechas, las cuales habían acrecentado considerablemente desde que era fugitivo y tenía que vestirse lo mejor que podía.
Procuró no darle importancia, especialmente en el momento en que la mujer se puso a trabajar para satisfacer su pedido. Lohran estaba acostumbrado al desprecio de otros, ya fuese por su color de piel—cosa que, por fortuna, cada vez ocurría con menos frecuencia—ya fuese por ser hijo de muggles. De alguna manera, había dejado de conceder importancia a palabras despectivas, tales como ‘negrata’ o ‘sangre sucia’. Que le considerasen un ladrón… bueno, todo fugitivo que quisiese sobrevivir había tenido que recurrir al robo alguna que otra vez. Especialmente si tiene dos hermanas de las que cuidar, y si los buenos ciudadanos de Londres no se sienten generosos con alguien que pide limosna.
La señora que le estaba despachando las verduras tendría sus motivos para desconfiar, y Lohran no pensaba ponerse a juzgarla. En su lugar, el fugitivo optó por hacer una revisión discreta del entorno que le rodeaba. Con las manos en los bolsillos de su sudadera, giró lentamente sobre sus tobillos y observó la zona. Todo parecía normal… a excepción del tipo de ojos azules, claro. Ese parecía estar mirándole a él.
Lohran volvió a girarse, dando la espalda al tipo y mirando a la mujer. Debía ser la tendera más lenta de la historia, pues dedicaba un tiempo excesivo a la labor de pesar las verduras. Lohran echó un vistazo por encima de su hombro, y el tipo parecía seguir atento a sus movimientos. ¿He ido a dar con un maldito cazarrecompensas o qué?
Por fin, la mujer le tendió una bolsa con lo que había pedido. Lohran la cogió, entregándole el puñado de monedas que tenía en la mano, sin molestarse en contarlas y sabiendo que iba de más. Ya tendría tiempo de lamentarse, pues en ese momento le interesaba moverse.

—Gracias. Quédese el cambio.—Dijo Lohran, y sin esperar respuesta se puso en movimiento.

Se atrevió a echar un vistazo por encima de su hombro mientras se movía entre la multitud, y se percató de que el desconocido le seguía de la misma manera. El fugitivo decidió aparentar normalidad y moverse sin prisa, pero sin pausa, entre la gente. Teniendo en cuenta que el mago no había sacado todavía su varita, cabría esperar que no tenía intención de hacerlo en medio de un mercado de Londres tan lleno de muggles. Lohran podía utilizar eso en su beneficio.
Así que la clave está en no abandonar las zonas más concurridas, se recordó a sí mismo. Lo único que necesitaba era despistar al tipo, meterse en un callejón y desaparecerse, pero siempre manteniéndose en lugares llenos de muggles. No le hacía sentir muy cómodo la idea de utilizar a los muggles para esconderse, pues siempre cabía la posibilidad de que a aquel mago se le agotase la paciencia y decidiese mandar al infierno el Estatuto Internacional del Secreto, atacándole allí mismo y matando a algún que otro muggle incauto. Así que más le valía librarse de su perseguidor cuanto antes.
Divisó el primer callejón de su interés a unos quinientos metros del puesto en que había comprado las verduras. Echó un vistazo por encima de su hombro, y le pareció no ver al tipo. Así que aquella era su oportunidad. Serpenteó entre la gente y acabó internándose en el callejón. Una vez allí, sacó la varita, dispuesto a desaparecerse y…

¡Expelliarmus!La varita, que en realidad no era suya, salió despedida de su mano y rebotó por el callejón. Mierda, pensó Lohran mientras se daba lentamente la vuelta. Allí estaba el tipo de ojos azules.—¿Ibas a algún lado, Martins?—Preguntó, jocoso, el mago.

—No sé de qué está...—Empezó a decir Lohran, mientras buscaba una forma de salir de aquella situación. Lo veía todo negro.

—¡Corta el rollo y no me tomes por tonto! Te he visto. He estado alerta y me he asegurado de que eras tú. Porque a mí nada se me escapa, ¿sabes?—Resultaba irónico que el tipo dijese aquello cuando se le había escapado que, mientras él perseguía a Lohran, una joven rubia lo perseguía a él. Lohran no tenía todavía conocimiento de esto, pero lo encontraría muy gracioso cuando se enterase.—¡Venga, arriba esas manos!

Lohran obedeció. Dejó la bolsa con las verduras en el suelo y entonces levantó las manos. En su cabeza, seguía buscando una forma de librarse de aquello. Si el mago se le acercaba lo suficiente, podría hacer algo. Lohran era bueno luchando cuerpo a cuerpo. Pero, si es listo, no va a acercarse, pensó el fugitivo. Entonces no tenía motivos para pensar lo contrario, y no le gustaba subestimar a sus enemigos.

Diálogo del señor Lean Anthony Keber: #bf171a
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Sam J. Lehmann el Mar Sep 04, 2018 4:20 am

"Es una mala idea..."

Y te preguntarás: Pero Sam, ¿por qué tantas dudas? Y es que si nos ponemos tiquismiquis, su vida se resumía a dudas y más dudas. Ya no era cuestión de sobrevivir o no a ese momento, sino a lo que venía después. ¿Y si ayudaba a un fugitivo en contra de una persona que era amigo de Sebastian Crowley y éste buscaba venganza? ¿Y si por alguna casual los fugitivos a los que ayuda son interés de Crowley? ¿Y si la usaba para llegar a ellos? ¿Y si sencillamente la castigaba por tomar una iniciativa peligrosa contra su vida, cuando él no le había dado permiso para ello? Eso tenía trampa, en realidad. Al decirle que sobreviviese y dejarla a su suerte, ya le estaba dando la libertad del peligro. En realidad Sebastian Crowley era muy consciente de que un día su juguete ya no podría existir y que no respondiese a su mensajería privada, sin embargo, ¿acaso necesitaba un motivo para castigarla si lo que quería era castigar? No, claro que no. Él, en realidad, no necesitaba nada para decidir por y sobre Sam.

Pero decidió dejar de pensar en el futuro y enfocarse en el presente. Siguió a aquel tipo a unos cinco metros de distancia y, pese a que sentía muy descarada y en peligro, no era consciente de que en realidad el tipo al que perseguía estaba demasiado obcecado como para mirar atrás y comprobar que todo iba bien. Sam no solo se dio cuenta de que perseguía al hombre encapuchado, sino que estaba dispuesto a no dejarlo escapar bajo ningún concepto.

En cierta ocasión Lean aceleró el paso para no perder a su objetivo, a lo que Sam lo perdió de vista y tuvo que sortear a varios ancianitos que se habían metido en su camino. Y todos sabemos lo lentos que son los ancianitos y con la parsimonia con la que se toman la vida. Tras ponerse de puntillas pudo ver de lejos a Lean, metiéndose en un callejón, a lo que sujetó su varita con fuerza y corrió hacia allí. La verdad es que sin motivos aparentes, se puso nerviosa. ¿¡Por qué narices corría hacia allí!? ¿¡Acaso temía por la vida de un tipo al que no conocía!? Mirad lo triste que era su vida, que asegurarse de que una vida inocente seguía con vida era más que suficiente para ella. Qué menos que hacer algo bueno, después de todo lo horrible que había hecho de aquí para atrás. Llegó corriendo, haciendo ruido, por lo que Keber se giró, alterado, conjurando de manera asustada un a saber qué que cortó el aire contra Sam. Ella, sin saber de dónde había sacado esos reflejos de Neo—el de Matrix—, consiguió esquivárselo físicamente justo antes de caer al suelo por perder el equilibrio, ya que se quedó solo una pierna apoyada y ésta se resbaló por la gravilla en el suelo.

No, Sam no había preparado esa llegada.

Su coxis—hueso del culo—sufrió las repercusiones de aquel movimiento, pero eso no le impidió apuntarle con la varita y mirarle por encima de las gafas de sol que prácticamente se le habían caído tras ese golpe.

¿Qué cojones...? —No dudó en atacar a la maga que tenía delante y que obviamente no reconoció en un primer momento. —¡Desmai...

Pero la conjuración no verbal de Sam fue mucho más rápida y un hechizo de color rojizo impactó contra su mano, haciendo que la varita saliese volando por los aires y él recibiese un ligero empujón hacia atrás, es decir, hacia Lohran. Sin embargo, frente a ese empujón, Sam hizo que una cuerda saliese volando de su varita y se sujetase al tobillo enemigo, tirando de ella para hacerle perder el equilibrio y que cayese de espaldas hacia atrás evitando cualquier movimiento inesperado.

Sam se levantó rápidamente de allí, sintiendo que se había quedado sin coxis para el resto de su vida, sin parar de apuntar hacia ellos. Fue en ese mismo momento de pausa momentánea en donde Sam aún no se creía lo que había pasado, en el que la varita de Lean Keber cayó al suelo justo en medio de ambos. La legeremante miró al fugitivo con una mirada que quería decir, pese a todo lo que podría haber dicho, un sencillo: "la vida es una mierda."

Lo que ninguno de los tres magos que se encontraba allí sabía, o más bien no se habían dado cuenta, es que el hechizo que Sam esquivó fue directo a un muggle que quedaba lejos de ellos. Éste había terminado en el suelo, con convulsiones, con montón de gente alrededor preocupados por no tener ni idea de lo que le había pasado. La única ventaja que tenía eso es que nadie había reparado en ellos, en aquel callejón. Sin embargo, ¿eso era una ventaja si teníamos en cuenta lo que le estaba pasando al pobre hombre?
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Lohran Martins el Miér Sep 05, 2018 12:18 am

Sin su varita y con las manos en alto, Lohran Martins se sentía muy cerca de aquel lugar al que todos los que eran como él temían: el infame Área-M, lugar del que nadie jamás había logrado salir. Muchos eran los rumores acerca de aquel lugar que habían llegado a los oídos de Lohran, además de lo que había leído en la prensa mágica, las escasas veces que conseguía hacerse con ella. Lugar de investigación, experimentos con los nacidos de muggles como él… y dolor. Sobre todo, dolor. No parecía ser un lugar amable en el que terminar, y menos si se situaba debajo de la prisión de Azkaban.
Sin embargo, tenía una oportunidad. Si aquel hombre de ojos azules le menospreciaba, si se acercaba lo suficiente, Lohran podría hacer algo. Se visualizó a sí mismo haciéndole una llave e, incluso, partiéndole el cuello. ¿Quién sabía? Quizás podría arrebatarle la varita y tener un sustituto para aquella desleal que llevaba consigo desde que él y su hermanastra habían escapado de Hogwarts. Si se acerca lo suficiente, creo que podré hacer algo al respecto…
Y, cuando Lohran ya se preguntaba qué ocurriría, en caso de no poder deshacerse de aquel mago, con sus dos hermanas cuando a él lo encerrasen, algo llamó la atención del mago de ojos azules. Se giró en redondo y lanzó un hechizo hacia… ¿una mujer rubia? Lohran observó, sorprendido, cómo se desarrollaron los siguientes acontecimientos.
La mujer cayó al suelo literalmente de culo. El sorprendido mago, como reacción, intentó conjurar algo de manera verbal contra ella, pero no fue lo bastante rápido contra la magia no verbal de aquella mujer. Su varita salió despedida y cayó al suelo; el mago también salió ligeramente despedido, y Lohran bajó entonces las manos que hasta entonces había mantenido en alto.
Se preparó para atrapar al vuelo al tipo e inmovilizarlo valiéndose de la ayuda de la mujer rubia, pero… bueno, Lorhan podría hacer una comparación bastante acertada entre el mago de ojos azules y un yo-yo: la chica lo ató con una cuerda y pegó un tirón, de tal manera que en lugar de caer sobre Lohran, el tipo levantó los pies, se desplazó unos centímetros en el aire en dirección a ella, y acabó aterrizando sobre la espalda.
En su rostro apareció una expresión de dolor.

—¡Ay, jod…!—Empezó a decir el mago, pero Lohran no le dejó terminar: le arreó una patada en plena cara. El golpe fue tal que sonó un crujido, y Lohran deseó haberle partido la mandíbula.—¿Qué coj…?—Logró decir, mientras se agarraba la barbilla, posiblemente dolorida.

Lohran observó a la joven rubia que se ponía en pie, y que todavía sostenía una varita en su mano… y le abordó la paranoia al momento. Vale, sí, habría sido lógico pensar que aquella mujer pretendía ayudarle, pues había atacado a un mago que intentaba arrestarle. Pero la sana—o malsana—paranoia que sentía casi a todas horas llevó a Lohran a pensar una cosa totalmente distinta: era una cazarrecompensas, y había atacado a este otro mago, otro cazarrecompensas, para llevarse la recompensa.
Lohran cruzó una mirada con ella, y a pesar de que ella mantenía su varita apuntada en el tipo tendido en el suelo… optó por lanzarse a por su varita desleal. O la del mago al que acababa de desarmar la chica, que era la única varita a la vista y cerca. Se agachó rápidamente, cogió la varita, y se alzó de nuevo, apuntando a la chica. La reacción de ella fue apuntarle también, algo lógico. Y la situación se volvió un tanto incómoda.

—¡Quieta!—Exclamó Lohran.—No intentes nada raro o...—¿O qué? ¿Iba a lanzarle un Expulso y a echar a correr?

—¡Es Leh…!—Intentó decir el mago, pero quizás sí le había partido la mandíbula de una patada. Lohran volvió la mirada en su dirección, frunciendo el ceño.—¡...Lehmann!—Logró decir, aunque por como pronunció, podría haber dicho ‘Lennon’, ‘Lemans’, ‘Lemur’... Hasta podría haber dicho su propio nombre y Lohran no lo habría entendido.

—¿Quién eres?—Preguntó Lohran, desviando la atención del mago para referirse a la mujer rubia que, presumiblemente, le había salvado.

Mientras ellos mantenían aquella situación tan incómoda, un muggle sufría convulsiones en medio de la plaza del mercado. Poco a poco, se formaba un corro de gente a su alrededor. El tipo se sacudía en el suelo mientras unos pocos intentaban ayudarle, y muchos otros grababan lo que sucedía con sus móviles. Pronto empezarían a aparecer vídeos en Internet: ‘Hombre poseído en Leadenhall Market’.
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Sam J. Lehmann el Miér Oct 10, 2018 1:42 am

La verdad es que no se esperaba en absoluto que el tipo cogiese la varita del cazarrecompensas y le apuntara en defensa propia, a lo cual Sam solo pudo alzar la varita en contra de él, sólo por precaución. No tenía ni idea de quién era, pero teniendo en cuenta su situación y quién le perseguía, intuía que se trataba de alguien como ella. No llegaba a entender la lógica de la desconfianza por quién te acaba de ayudar, pero sí podía entender la paranoia que recorría la mente de un fugitivo las veinticuatro horas del día. Lo había vivido; lo vivía cada día.

El cazarrecompensas del suelo reconoció a la chica, pese a que su pronunciación dejó mucho que desear después del golpe que se había llevado. Tras la pregunta del chico, Sam se mostró más tranquila. —Samantha Lehmann —respondió, señalando entonces con la mirada al tipo. —Lo perseguí porque lo conozco, trabajaba conmigo en el Ministerio antes de que cambiase el gobierno y se convirtiese en un cazarrecompensas. Ahora sólo soy una enemiga del gobierno, como tú. No soy tu enemiga. —Y, como la experiencia le había enseñado en esas ocasiones, decidió ser ella la primera en destensarse y bajar, un poquito, la varita. —Vi que te perseguía y…

Y entonces un grito desesperado sonó detrás de la legeremante, proveniente de la plaza del mercado. Había sido una mujer, siendo devorada por el pánico, al ver a aquel hombre volverse loco entre convulsiones. Fue en ese momento cuando Sam se percató de lo que había pasado, re-ordenando todo lo que había pasado hace unos segundos atrás. Fue en esa milésima de segundo en el que todo se hiló en su cabeza, que sin importarle la varita del tipo fugitivo, se acercó a Lean Keber, apuntándole con la varita en el cuello y agachándose frente a él. —¿Qué me habías lanzado? —preguntó, con un porte amenazante. —¿Qué le pasa al hombre? ¡Le has dado a él con lo que me has lanzado! ¡¿Qué narices le pasa?!

Lo cierto es que Sam estaba bastante harta de encontrarse en medio de situaciones de desgracias hacia terceros que no tenían culpa ninguna. Ese hombre, muggle, que sencillamente hacía la compra de la semana no merecía morir por culpa de un cazarrecompensas sin escrúpulos.

En vista de que Keber sólo miraba a Sam con una sonrisa de complaciencia, sabiendo que podía jugar con la información que pedía para salir ileso de la situación, la rubia le sujetó por el cuello de la camisa, con rabia. —¡Dime ahora mismo o…!

¿O qué? —dijo otra voz, femenina, traviesa y cargada de auto-confianza. Las tres miradas que estaban en aquel callejón se elevaron, en busca de la emisora de aquellas palabras que se encontraba por encima de ellos, en una escalera de emergencia de unos pisos. Sam asumió que ese ‘¿o qué?’ tan prepotente era totalmente retórico, por lo que se evitó pensar una respuesta ingeniosa. —¿Qué le vas a hacer, Lehmann? No te conozco, pero tu cara de niña buena habla por sí sola. Está claro que no tienes lo que hay que tener para sacarle la información, ¿o acaso me equivoco?

Ya no le sorprendía en absoluto que personas que desconocía se supieran su nombre, pues al fin y al cabo ahora mismo era un rostro, como muchos otros fugitivos, que estaba al alcance de todos. Además, Sam también sabía quién era ella: Kadiha Rhodes, una fugitiva al igual que ella. Sólo que tanto Kadiha como sus familiares más cercanos tenían fama de ser bastante peligrosos.

La mujer bajó de un salto al suelto. Tenía la varita en la mano y el salto fue limpio y elegante, por lo que pese a que no se notó en absoluto ningún efecto mágico, Sam tenía muy claro que tuvo de haberlo para haber caído tan bien.

Hagamos una cosa: yo me encargo del muggle, que veo que es lo que más te preocupa ahora mismo y tú quitas tus manos de mi cazarrecompesas, ¿te parece un buen trato? —preguntó, de pie justo al lado de Anthony y Sam.

En realidad ese cazarrecompensas ni siquiera perseguía a Sam: si se tenía que jugar algo a ver quién la tenía más grande para ‘buscar venganza’ debía de hacerlo con Lohran y no con ella. Sin embargo, desconocía si al chico le preocupaba la vida del muggle, por lo que fue Sam, tomando la iniciativa, quién aceptó el trato. Sabía que probablemente Kadiha quisiera al cazarrecompensa para hacer a saber qué cosas con él, pero prefería la vida de un hombre inocente, a la de un hombre como Anthony.

Así que Sam soltó el cuello del hombre, se puso en pie y retrocedió un paso, con los ojos fijos en la rubia contraria y en el chico de piel oscura al que recientemente había ayudado. Si él tenía alguna objeción ahora era el momento de decirla. La legeremante estaba tensa y pese a que podía haber encontrado una solución a lo que sea que le pasaba al muggle a través de la legeremancia, decidió delegar y quitarse todos los problemas de encima. Por experiencia propia sabía que entre menos mierda te cayera encima, mejor.

¿Qué vais a hacer con él? —preguntó, en referencia a Anthony.

Lo sabes muy bien, tanto tú como él —dijo, ladeando una sonrisa.

Lehmann, por lo que más quieras, no dejes que… —Y, en un intento humillante de llorar y pedir benevolencia posiblemente a la mujer más débil de aquel callejón, Kadiha lo golpeó y lo dejó inconsciente.
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Lohran Martins el Vie Oct 12, 2018 2:31 pm

Lohran Martins tenía que reconocer, o al menos reconocerse a sí mismo, que su paranoia quizás rozaba límites exagerados.
Revisando un poco la situación en su mente, con el peligro aparentemente neutralizado, la idea de que la rubia fuese una enemiga resultaba de lo más absurda: ¿Dos cazarrecompensas enfrentándose para decidir quién se quedaba con un fugitivo capturado? ¿No sería más lógico pensar que habría primero una de esas conversaciones de película, del tipo ‘Más vale que no te estés olvidando de mi parte’? ¿O es que existía tan poca lealtad entre las filas de Lord Voldemort como para robarse las presas?
Las palabras de la joven, sumadas al hecho de que poco a poco fue bajando la varita, hicieron bajar a Lohran la suya—la del cazarrecompensas, mejor dicho—también.
Samantha Lehmann, empleada del Ministerio de Magia… o al menos, ex-empleada. El gobierno le ha puesto precio a su cabeza también, tomó Lohran nota mental, relajándose un poco.
Sin embargo, no tuvo ocasión de darle las gracias teniendo en cuenta que ella tampoco tuvo tiempo de terminar su frase. ¿El motivo? Un grito procedente del mercado en el cual, ahora que Lohran se daba cuenta, también podía escucharse el murmullo de una multitud que parecía haber entrado en pánico. Su mirada se concentró en esa dirección, intentando buscar el origen de todo aquello.

—¿Qué cojones…?—Murmuró, más para sí que para los presentes, pero para entonces la rubia, Lehmann, ya había llegado a una conclusión. Lohran también en cuanto la escuchó hablar: algo que el cazarrecompensas le había lanzado a ella había fallado y había impactado en el primer muggle al que había pillado por medio. Lohran se puso serio enseguida.—Te ha hecho una pregunta. Responde.—Contribuyó Lohran, digiriéndose al tipo quejumbroso que se encontraba en el suelo. Lohran le apuntó con su propia varita, dispuesto a hacerle daño si se negaba a decirles lo que querían saber.

Sin embargo, no hubo ocasión de sacarle respuestas a aquel tipo. En lo que parecía el festival de las interrupciones, alguien más hizo acto de presencia en el callejón. Lohran se puso en guardia enseguida al escuchar una voz, y alzó la varita en dirección a la propietaria de dicha voz: una mujer, rubia también, había aparecido en el lugar. Su rostro, sin duda, era mucho más amenazante que el de Lehmann.
Y, al parecer, dudaba de la capacidad de su improvisada aliada para sacarle las respuestas. Sí, pero no está sola, pensó Lohran, dando un paso al frente.

—Para eso estoy yo aquí, si hace falta.—Afirmó el brasileño con calma. No pretendía sonar amenazante, pero tampoco iba a dejarse amedrentar por nadie. ¿Y quién era ésta, exactamente? ¿Otra de los perros del Ministerio, buscando dinero fácil en la forma de algún fugitivo incauto? Aquella duda no tardó en ser respondida: no, no lo era, o al menos no lo parecía por su forma de hablar. Quería, sin embargo, hacer un trato por la vida de un muggle. A Lohran aquello le pareció muy cuestionable.—¿Trato? ¿Negocias con la vida de un muggle?—El tono de voz de Lohran dejaba bien claro lo asqueroso que aquello le parecía.

Y, sin embargo, ¿les quedaba a él y a Lehmann alguna otra opción? Aquel muggle estaba pasando un mal rato, y posiblemente acabaría muerto si nadie hacía nada al respecto. Por no mencionar que si seguía pegando alaridos, tarde o temprano acabaría atrayendo la atención de más perros del Ministerio. Lo que les hacía falta.
Lehmann fue la primera en renunciar al cazarrecompensas. Lohran, tras un momento de duda, finalmente se hizo a un lado. No le gustaba que le obligasen a escoger entre una vida u otra, pero sin duda, si tenía que elegir, elegía al muggle. Después de todo, sin duda era el único verdaderamente inocente de todos los implicados en aquello.
La última súplica del cazarrecompensas fue bruscamente enmudecida por la rubia recién llegada a golpes, literalmente: le asestó un golpe y lo dejó inconsciente, mostrándose satisfecha con su captura. Lohran le dedicó una mirada de reojo, no del todo respetuosa, mientras pasaba por su lado.

—¿Y cuál es el plan, exactamente? ¿Vas a meterte en medio de esa multitud a curar a ese muggle? No sé si te has fijado en toda esa gente con teléfonos móviles...—El brasileño se sentía como si estuviese remarcando lo evidente, pero aún así se sintió en la necesidad de hacerlo.—Los perros del Ministerio estarán aquí en menos que canta un gallo.—Y YouTube lleno de vídeos titulados ‘Hombre poseído en Leadenhall Market es sanado por una bruja’, pensó el ex-Hufflepuff. Y es que, pese a la actitud de la recién llegada, preferiría que tanto ella como Lehmann y él saliesen de allí indemnes. A fin de cuentas, parecían estar todos en el mismo lado.
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Sam J. Lehmann el Sáb Oct 13, 2018 2:56 am

Por favor, no me hables como si estuvieras hablando con una novata —respondió Kadiha a Lohran, mirándolo de arriba abajo con una mirada que lo analizaba, intentando descubrir de lo que estaba hecho. —Pero si tenemos un trato, voy a tener que darme prisa.

Femés Rhodes entonces apareció por la entrada del callejón, yendo directamente hacia ellos con pasos pacientes y tranquilos. Tenía la varita en la mano y un chupa-chups—de fresa con nata—en la boca. No dijo nada, sino que se acercó hasta Anthony Keber, le puso una mano en el hombro y se desapareció con él hacía, probablemente, la guarida en donde se ocultaban. Apareció cinco segundos después de nuevo en el mismo lugar, mientras que Kadiha se guardaba la varita en la manga de su suéter, disimulada, y corría hacia allí, cruzando la gran carretera por la que ya habían muchos coches parados debido al gran grupo de persona que se estaban amontonando.

Samantha sólo pudo mirar a Lohran, sin saber muy bien qué hacer: ¿debían irse ya y aprovechar? ¿Quizás aprovechar para robar comida y así su pobreza de fugitivos disminuía? ¿Ir a ayudar con empujones para que los teléfonos terminasen en el suelo? Todo le parecía una idea estúpida, pero sin duda se sentía más imbécil allí quieta como una estatua después de haber vendido una vida. Hizo algo con su vida y se agachó a coger la varita del otro, tendiéndosela tras acercarse a él unos pasos.

Mientras tanto...

¡Déjenme pasar, por favor, soy enfermera! —decía Kadiha con una interpretación impecable.

Se hizo camino a través de la marabunta de gente, hasta llegar al señor al que le debían de quedar muy poco tiempo de vida. A los primeros de la fila los miró con seriedad. A uno—el desafortunado, lo llamaremos—le cogió el iPhone X y se lo tiró al suelo, enfadada, mientras a su amigo le señalaba con el dedo índice.

Llama a emergencias, puto inútil.

Luego se dirigió al tipo y fingió hacer una maniobra de Heimlich mientras analizaba qué le había pasado. Pronto vio como una marca en la zona del hombro poco a poco se hacía cada vez más grande, esparciendo un veneno por todo su cuerpo, el cual le subía por el cuello. Kaddie sabía muy bien lo que necesitaba para poder salvarlo, por lo que sacó ligeramente la varita sin que se viera, con intención de hacerle fingir los efectos que ella considerase sólo para despistar y crear una situación favorable para ella y su disimulo.

¡Cuidado, apartaros, va a vomitar! —Advirtió y, gracias a un hechizo, lo hizo vomitar, haciéndolo girar y quedando boca abajo. Aprovechó ese momento para ponerse al lado de él, tapando todos sus movimientos con la mano de la varita y creando un ‘accio bezoar’ a la riñonera que llevaba, con un encantamiento super extensible. El bezoar salió volando, lo cogió con la otra mano y la chica se lo metió en la boca.

¡Ya ha llegado la policía! —Se escuchó gritar.

Eso no son policías… son aurores. —Susurró Femés con el chupa-chups en una de sus mejillas, hablando para Sam y Lohran antes de empezar a correr hacia donde estaba su mujer. Mientras corría se deshizo del chupa-chups, como dato.

Y Kaddie sabía que era imposible que la policía hubiera llegado tan pronto, por lo que rápidamente des-atendió al hombre—el cual escupió el bezoar en una arcada—y se puso en pie, viendo que efectivamente Femés iba hacia ella con paso decidido. Rápidamente Kadiha se hizo paso en la muchedumbre para huir.

¡Hagan que se coma eso! —gritó Kaddie antes de desaparecer del foco central del grupo. Había desperdiciado un maldito bezoar, ¡qué menos que insistir en que se salve el maldito muggle!

Sam, por su parte, había salido corriendo del callejón para poder ver lo que ocurría cuando lo más inteligente hubiera sido meterse en lo más profundo y aparecerse en un lugar seguro. Sin embargo, su parte más humana no veía justo que dejasen a la chica, por muy zorra que pudiese parecer, en ese problema. Pero tampoco veía inteligente meterse en ese problema que, en realidad, si somos objetivos, ¿qué narices hacía en ese problema metida Sam? ¡Nada iba con ella!

Miró hacia atrás a Lohran. —No sé qué clase de políticas sigues en tu día a día como fugitivo para sobrevivir, pero si no nos apoyamos entre nosotros, ¿quién lo va a hacer? —le preguntó a él, intentando saber qué pensaba hacer y, de paso, preguntándose a sí misma.

Lo que ninguno de los dos sabía es que ahora mismo la aparición no era una opción.
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