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[FB] The way we used to be // Ft. Sam J. Lehmann

Lohran Martins el Vie Ago 31, 2018 12:23 am


Miércoles 24 de mayo, 2017 || Leadenhall Market, Londres || 10:34 horas || Mi ropa

Por norma general, Lohran Martins era muy cuidadoso a la hora de aventurarse al mundo más allá de las puertas del refugio que compartía con sus dos hermanas. Desde que su fotografía iba acompañada de una jugosa recompensa, el mundo mágico no era una opción ni mucho menos, y cuando salía al mundo muggle, se preocupaba de no llamar demasiado la atención. Y es que a veces era inevitable: la comida no crecía en las paredes de su refugio, y tenía que alimentar a sus dos hermanas, amén de conseguirles muchas otras cosas que no podían encontrarse en el refugio.
Ese día se había ataviado con un chándal con capucha—la cual llevaba por encima de la cabeza en ese momento—y unas gafas de sol. Llevaba la mochila a la espalda, lista para almacenar todo lo que pudiese. Su intención no era otra que llevarse la mayor cantidad de comida que pudiese al refugio, a fin de no tener que salir en el mayor tiempo posible.
Caminando, igual que los muggles, Lohran se acercó al mercado de Leadenhall, lugar en el que podía encontrarse casi cualquier cosa. En principio, sería un trayecto sencillo y sin ningún tipo de sobresalto, pero el brasileño no podía evitar ponerse paranoico: cada mirada que le echaban le hacía preguntarse si algún cazarrecompensas vestido de paisano lo habría localizado. Intentó mentalizarse de que su aspecto simplemente recordaba al de algún ratero, y por eso le miraban así.
No sabía qué sería peor.

***

Invirtió algunos minutos en pasearse por las tiendas del mercado reuniendo cosas básicas y enlatadas: platos preparados, verduras, comida para Alfredinho… Su mochila iba bastante repleta, y el fugitivo echó en falta su vieja varita, que había dejado atrás en Hogwarts el día que los mortífagos habían atacado al gobierno y se habían adueñado de él. Arriesgarse con un Reducio utilizando aquella varita desleal que había robado a un mortífago muerto podría desembocar en una explosión, y no quería perder la comida que había pagado con el escaso dinero que sus hermanas y él habían reunido.
Solo faltaba comprar algo fresco, algo para consumir aquel día. Por extraño que pareciese, un estofado con ingredientes frescos era todo un lujo, algo que los tres hermanos agradecían en aquel nuevo día a día que les había tocado vivir.
Así que se acercó a uno de los puestos de verduras situados a pie de calle, contando el poco dinero que le quedaba en el bolsillo. Con suerte, tendría suficiente para comprar las verduras y algo de carne.

—Buenos días.—Saludó Lohran a la tendera, una mujer blanca de unos cincuenta años que le echó una mirada cargada de desconfianza.—¿Sería tan amable de ponerme tres cebollas, cuatro zanahorias y dos tomates, por favor?—Su voz conservaba todavía un deje de su acento brasileño natal, a pesar de los años que llevaba viviendo en Inglaterra.

Mientras compraba, Lohran permanecía ajeno a la mirada de un hombre que no solo le vigilaba entonces, si no que ya llevaba un buen rato tras sus pasos. Aquel hombre lo observaba con ojos avariciosos, posiblemente contando ya las monedas que le darían en el Ministerio cuando entregase a aquel fugitivo.
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Sam J. Lehmann el Lun Sep 03, 2018 1:34 am


Llevaba ya tiempo posponiendo la tarea de ir a comprar comida, sin ganas de tener que meterse en mitad de ningún mercado. En realidad llevaba tiempo sin ganas de salir de su caseta de campaña, en un estado que ella consideraba de "decadencia", pues era como meterse en un pozo y notar que caías, caías, caías y no subías. Y es que, por mucho que lo hubiera intentado, cada vez veía menos razones para seguir en el estado en el que se encontraba. Para colmo, Sam ya había divisado el final del túnel: ¿cuánto podía durarle a un ser como Sebastian Crowley una persona como ella? Teniendo en cuenta los conocimientos de oclumancia que tenía cuando se hizo con Samantha, dos años han sido más que suficientes para no solo volverlo un oclumante competente, sino también un legeremante muy útil. Y claro, ¿con quién, sino con ella, iba a probar su legeremancia? Si bien Sam podía llegar a tener un resquicio de privacidad en una relación tan tóxica y abierta, lo había perdido todo por completo. Y llegado este momento, se preguntaba que cuanto tardaría Sebastian en darse cuenta de que ya no necesitaba a Sam y, la peor pregunta de todas: ¿qué narices iba a hacer con ella? ¿Matarla, después de haberle hecho la vida miserable?

No hacía falta, en realidad, leerle la mente. Se había dado cuenta a lo largo de todos estos largos meses cómo era Sebastian Crowley y que seguramente, cuando quisiera deshacerse de Sam, lo haría de alguna manera en la que siguiese ganando algo. Y la verdad es que no quería ni siquiera imaginarse lo que podría ser...

Ese día Sebastian Crowley, la única persona con la que Samantha Lehmann en sus circunstancias actuales mantenía algún tipo de relación, tenía un ajetreado día de juicios en Wizengamot, por lo que podría decirse que ese día lo tenía libre. Quizás en otro momento podría haberle visto algún tipo de punto positivo, pero tal cual sentía de vacía su vida ahora mismo, le daba tan igual todo que esa misma mañana abrió los ojos sin ganas de nada. Pospuso la tarea de cambiar su tienda de sitio, ya tenía un lugar localizado, pero prefería movilizarse por la tarde y hacer todos los hechizos protectores de noche, ya que así habían menos probabilidades de que un muggle anduviese por la zona.

Así que ese día se levantó, se vistió cómodamente con ropa de deporte y salió a correr. Sam ya no corría como antaño, para hacer cardio y mantenerse en forma, sino que lo utilizaba como un método anti-estrés. Corría, corría, hasta que sus rodillas terminaban en el suelo, exhausta y su corazón quería salírsele por la boca. Se pasaba horas corriendo, caminando y tirada en mitad del bosque, pensando en lo horrible que era su vida. Daba para mucho pensar teniendo en cuenta que era una persona que coleccionaba desgracias. Al volver a la tienda dio de comer a Don Gato y a Don Cerdito—únicos otros seres con los que Sam compartía su vida—y, sin ganas de comerse la manzana desmejorada que tenía en su frutero, decidió no posponer más esa tarea porque no habría nada más triste, después de todo, que morirse de hambre viviendo con un cerdo.

***

Con unas gafas de sol, sin maquillar—pues desastrosamente y para colmo, en el dichoso cartel de Se Busca salía una foto de Sam perfectamente maquillada—y con una gorra, llegó al mercado de Leadenhall. Miró con tristeza el dinero que tenía en su monedero y... aquello era la absoluta decadencia. No sería la primera vez que Sam tenía que robar por sobrevivir, ya que la única persona que se preocupaba de su supervivencia no le daba nada, sólo le decía: "sobrevive" y, como tal, tenía que hacerse a las limitaciones que tenía.

Pero sinceramente: la hacía sentir fatal robar, aunque lo hiciese por sobrevivir.

Con una mochila a sus espaldas y la varita en rápido acceso en la parte trasera de sus pantalones—porque no sería la primera vez que un cazarrecompensas la espera en su lugar de compras habitual—caminó por el mercado, directa a la zona de verduras y enlatados.

Se encontraba haciendo cuentas, frente al tendero de un hombre, de cuántos pimientos, calabacinos y tomates podía llevarse con su dinero. Pero ahí los calabacinos estaban muy caros y, como buena pobre indigente que era, se dio la vuelta para seguir con sus matemáticas de supervivencia a otra parte. Al darse la vuelta, sin embargo, se encontró justo de frente con Lean Anthony Keber. Sam se quedó estática, como una columna, viéndolo pasar frente a él, a unos escasos dos metros. Claro que sabía quién era: un oportunista. Antes era inefable, un Mortífago por los que Sam mintió cuando aún se le consideraba una ciudadana aceptable en la sociedad mágica, pero al ver que cazando sangre sucias iba a hacerse de oro, os podéis imaginar qué hacía en el mercado. Sam lo conocía porque compartía departamento en el Ministerio con él y había escuchado hablar de él a otros fugitivos, pero ella había tenido la suerte de no estar en su radar. Así que ahora se le planteaba la duda: ¿qué narices hacía allí, en un mercadillo muggle, sin vigilar a posiblemente la única fugitiva que ahí estaría? ¿Había otro y Sam, para variar, había tenido la mala suerte de coincidir?

De repente los calabacinos dejaron de tener importancia, se agachó la gorra cuando lo vio pasar y desvió la mirada hacia dónde él caminaba, en busca del objetivo de Lean. Fue fácil para Sam fijarse en que su mirada estaba fija en un hombre con capucha que, en este momento, estaba de espaldas a ella. No lo pudo reconocer.

Y claro, se le presentó un dilema: ¿prestaba su ayuda a riesgo de que Sebastian se enterase y pudiera tener sus consecuencias, o se iba y seguía sobreviviendo? Fue fácil asumir que prefería arriesgarse por una persona buena y morir, a tener que vivir por una persona mala. Y ya estaba acostumbrada a recibir reprimendas de Crowley. Un ojo morado solo dura una semana y poco importa teniendo en cuenta que Sam no tiene que dar explicaciones a nadie. Así que, sin tener muy claro qué hacer, tomó su primera decisión: persiguió a Lean Keber, siendo consciente de que perseguir a un cazador no siempre es buena idea.
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Lohran Martins el Lun Sep 03, 2018 1:07 pm

La tendera echó a Lohran aquella mirada, el tipo de mirada que parecía indicar que se debatía entre la posibilidad de atender la petición del fugitivo, o por el contrario llamar a la policía ante la sospecha de que, en cualquier momento, Lohran sacaría una pistola y le pediría ‘amablemente’ todo el dinero que había ganado esa mañana. El joven estaba acostumbrado a aquel tipo de sospechas, las cuales habían acrecentado considerablemente desde que era fugitivo y tenía que vestirse lo mejor que podía.
Procuró no darle importancia, especialmente en el momento en que la mujer se puso a trabajar para satisfacer su pedido. Lohran estaba acostumbrado al desprecio de otros, ya fuese por su color de piel—cosa que, por fortuna, cada vez ocurría con menos frecuencia—ya fuese por ser hijo de muggles. De alguna manera, había dejado de conceder importancia a palabras despectivas, tales como ‘negrata’ o ‘sangre sucia’. Que le considerasen un ladrón… bueno, todo fugitivo que quisiese sobrevivir había tenido que recurrir al robo alguna que otra vez. Especialmente si tiene dos hermanas de las que cuidar, y si los buenos ciudadanos de Londres no se sienten generosos con alguien que pide limosna.
La señora que le estaba despachando las verduras tendría sus motivos para desconfiar, y Lohran no pensaba ponerse a juzgarla. En su lugar, el fugitivo optó por hacer una revisión discreta del entorno que le rodeaba. Con las manos en los bolsillos de su sudadera, giró lentamente sobre sus tobillos y observó la zona. Todo parecía normal… a excepción del tipo de ojos azules, claro. Ese parecía estar mirándole a él.
Lohran volvió a girarse, dando la espalda al tipo y mirando a la mujer. Debía ser la tendera más lenta de la historia, pues dedicaba un tiempo excesivo a la labor de pesar las verduras. Lohran echó un vistazo por encima de su hombro, y el tipo parecía seguir atento a sus movimientos. ¿He ido a dar con un maldito cazarrecompensas o qué?
Por fin, la mujer le tendió una bolsa con lo que había pedido. Lohran la cogió, entregándole el puñado de monedas que tenía en la mano, sin molestarse en contarlas y sabiendo que iba de más. Ya tendría tiempo de lamentarse, pues en ese momento le interesaba moverse.

—Gracias. Quédese el cambio.—Dijo Lohran, y sin esperar respuesta se puso en movimiento.

Se atrevió a echar un vistazo por encima de su hombro mientras se movía entre la multitud, y se percató de que el desconocido le seguía de la misma manera. El fugitivo decidió aparentar normalidad y moverse sin prisa, pero sin pausa, entre la gente. Teniendo en cuenta que el mago no había sacado todavía su varita, cabría esperar que no tenía intención de hacerlo en medio de un mercado de Londres tan lleno de muggles. Lohran podía utilizar eso en su beneficio.
Así que la clave está en no abandonar las zonas más concurridas, se recordó a sí mismo. Lo único que necesitaba era despistar al tipo, meterse en un callejón y desaparecerse, pero siempre manteniéndose en lugares llenos de muggles. No le hacía sentir muy cómodo la idea de utilizar a los muggles para esconderse, pues siempre cabía la posibilidad de que a aquel mago se le agotase la paciencia y decidiese mandar al infierno el Estatuto Internacional del Secreto, atacándole allí mismo y matando a algún que otro muggle incauto. Así que más le valía librarse de su perseguidor cuanto antes.
Divisó el primer callejón de su interés a unos quinientos metros del puesto en que había comprado las verduras. Echó un vistazo por encima de su hombro, y le pareció no ver al tipo. Así que aquella era su oportunidad. Serpenteó entre la gente y acabó internándose en el callejón. Una vez allí, sacó la varita, dispuesto a desaparecerse y…

¡Expelliarmus!La varita, que en realidad no era suya, salió despedida de su mano y rebotó por el callejón. Mierda, pensó Lohran mientras se daba lentamente la vuelta. Allí estaba el tipo de ojos azules.—¿Ibas a algún lado, Martins?—Preguntó, jocoso, el mago.

—No sé de qué está...—Empezó a decir Lohran, mientras buscaba una forma de salir de aquella situación. Lo veía todo negro.

—¡Corta el rollo y no me tomes por tonto! Te he visto. He estado alerta y me he asegurado de que eras tú. Porque a mí nada se me escapa, ¿sabes?—Resultaba irónico que el tipo dijese aquello cuando se le había escapado que, mientras él perseguía a Lohran, una joven rubia lo perseguía a él. Lohran no tenía todavía conocimiento de esto, pero lo encontraría muy gracioso cuando se enterase.—¡Venga, arriba esas manos!

Lohran obedeció. Dejó la bolsa con las verduras en el suelo y entonces levantó las manos. En su cabeza, seguía buscando una forma de librarse de aquello. Si el mago se le acercaba lo suficiente, podría hacer algo. Lohran era bueno luchando cuerpo a cuerpo. Pero, si es listo, no va a acercarse, pensó el fugitivo. Entonces no tenía motivos para pensar lo contrario, y no le gustaba subestimar a sus enemigos.

Diálogo del señor Lean Anthony Keber: #bf171a
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Sam J. Lehmann el Mar Sep 04, 2018 4:20 am

"Es una mala idea..."

Y te preguntarás: Pero Sam, ¿por qué tantas dudas? Y es que si nos ponemos tiquismiquis, su vida se resumía a dudas y más dudas. Ya no era cuestión de sobrevivir o no a ese momento, sino a lo que venía después. ¿Y si ayudaba a un fugitivo en contra de una persona que era amigo de Sebastian Crowley y éste buscaba venganza? ¿Y si por alguna casual los fugitivos a los que ayuda son interés de Crowley? ¿Y si la usaba para llegar a ellos? ¿Y si sencillamente la castigaba por tomar una iniciativa peligrosa contra su vida, cuando él no le había dado permiso para ello? Eso tenía trampa, en realidad. Al decirle que sobreviviese y dejarla a su suerte, ya le estaba dando la libertad del peligro. En realidad Sebastian Crowley era muy consciente de que un día su juguete ya no podría existir y que no respondiese a su mensajería privada, sin embargo, ¿acaso necesitaba un motivo para castigarla si lo que quería era castigar? No, claro que no. Él, en realidad, no necesitaba nada para decidir por y sobre Sam.

Pero decidió dejar de pensar en el futuro y enfocarse en el presente. Siguió a aquel tipo a unos cinco metros de distancia y, pese a que sentía muy descarada y en peligro, no era consciente de que en realidad el tipo al que perseguía estaba demasiado obcecado como para mirar atrás y comprobar que todo iba bien. Sam no solo se dio cuenta de que perseguía al hombre encapuchado, sino que estaba dispuesto a no dejarlo escapar bajo ningún concepto.

En cierta ocasión Lean aceleró el paso para no perder a su objetivo, a lo que Sam lo perdió de vista y tuvo que sortear a varios ancianitos que se habían metido en su camino. Y todos sabemos lo lentos que son los ancianitos y con la parsimonia con la que se toman la vida. Tras ponerse de puntillas pudo ver de lejos a Lean, metiéndose en un callejón, a lo que sujetó su varita con fuerza y corrió hacia allí. La verdad es que sin motivos aparentes, se puso nerviosa. ¿¡Por qué narices corría hacia allí!? ¿¡Acaso temía por la vida de un tipo al que no conocía!? Mirad lo triste que era su vida, que asegurarse de que una vida inocente seguía con vida era más que suficiente para ella. Qué menos que hacer algo bueno, después de todo lo horrible que había hecho de aquí para atrás. Llegó corriendo, haciendo ruido, por lo que Keber se giró, alterado, conjurando de manera asustada un a saber qué que cortó el aire contra Sam. Ella, sin saber de dónde había sacado esos reflejos de Neo—el de Matrix—, consiguió esquivárselo físicamente justo antes de caer al suelo por perder el equilibrio, ya que se quedó solo una pierna apoyada y ésta se resbaló por la gravilla en el suelo.

No, Sam no había preparado esa llegada.

Su coxis—hueso del culo—sufrió las repercusiones de aquel movimiento, pero eso no le impidió apuntarle con la varita y mirarle por encima de las gafas de sol que prácticamente se le habían caído tras ese golpe.

¿Qué cojones...? —No dudó en atacar a la maga que tenía delante y que obviamente no reconoció en un primer momento. —¡Desmai...

Pero la conjuración no verbal de Sam fue mucho más rápida y un hechizo de color rojizo impactó contra su mano, haciendo que la varita saliese volando por los aires y él recibiese un ligero empujón hacia atrás, es decir, hacia Lohran. Sin embargo, frente a ese empujón, Sam hizo que una cuerda saliese volando de su varita y se sujetase al tobillo enemigo, tirando de ella para hacerle perder el equilibrio y que cayese de espaldas hacia atrás evitando cualquier movimiento inesperado.

Sam se levantó rápidamente de allí, sintiendo que se había quedado sin coxis para el resto de su vida, sin parar de apuntar hacia ellos. Fue en ese mismo momento de pausa momentánea en donde Sam aún no se creía lo que había pasado, en el que la varita de Lean Keber cayó al suelo justo en medio de ambos. La legeremante miró al fugitivo con una mirada que quería decir, pese a todo lo que podría haber dicho, un sencillo: "la vida es una mierda."

Lo que ninguno de los tres magos que se encontraba allí sabía, o más bien no se habían dado cuenta, es que el hechizo que Sam esquivó fue directo a un muggle que quedaba lejos de ellos. Éste había terminado en el suelo, con convulsiones, con montón de gente alrededor preocupados por no tener ni idea de lo que le había pasado. La única ventaja que tenía eso es que nadie había reparado en ellos, en aquel callejón. Sin embargo, ¿eso era una ventaja si teníamos en cuenta lo que le estaba pasando al pobre hombre?
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Lohran Martins el Miér Sep 05, 2018 12:18 am

Sin su varita y con las manos en alto, Lohran Martins se sentía muy cerca de aquel lugar al que todos los que eran como él temían: el infame Área-M, lugar del que nadie jamás había logrado salir. Muchos eran los rumores acerca de aquel lugar que habían llegado a los oídos de Lohran, además de lo que había leído en la prensa mágica, las escasas veces que conseguía hacerse con ella. Lugar de investigación, experimentos con los nacidos de muggles como él… y dolor. Sobre todo, dolor. No parecía ser un lugar amable en el que terminar, y menos si se situaba debajo de la prisión de Azkaban.
Sin embargo, tenía una oportunidad. Si aquel hombre de ojos azules le menospreciaba, si se acercaba lo suficiente, Lohran podría hacer algo. Se visualizó a sí mismo haciéndole una llave e, incluso, partiéndole el cuello. ¿Quién sabía? Quizás podría arrebatarle la varita y tener un sustituto para aquella desleal que llevaba consigo desde que él y su hermanastra habían escapado de Hogwarts. Si se acerca lo suficiente, creo que podré hacer algo al respecto…
Y, cuando Lohran ya se preguntaba qué ocurriría, en caso de no poder deshacerse de aquel mago, con sus dos hermanas cuando a él lo encerrasen, algo llamó la atención del mago de ojos azules. Se giró en redondo y lanzó un hechizo hacia… ¿una mujer rubia? Lohran observó, sorprendido, cómo se desarrollaron los siguientes acontecimientos.
La mujer cayó al suelo literalmente de culo. El sorprendido mago, como reacción, intentó conjurar algo de manera verbal contra ella, pero no fue lo bastante rápido contra la magia no verbal de aquella mujer. Su varita salió despedida y cayó al suelo; el mago también salió ligeramente despedido, y Lohran bajó entonces las manos que hasta entonces había mantenido en alto.
Se preparó para atrapar al vuelo al tipo e inmovilizarlo valiéndose de la ayuda de la mujer rubia, pero… bueno, Lorhan podría hacer una comparación bastante acertada entre el mago de ojos azules y un yo-yo: la chica lo ató con una cuerda y pegó un tirón, de tal manera que en lugar de caer sobre Lohran, el tipo levantó los pies, se desplazó unos centímetros en el aire en dirección a ella, y acabó aterrizando sobre la espalda.
En su rostro apareció una expresión de dolor.

—¡Ay, jod…!—Empezó a decir el mago, pero Lohran no le dejó terminar: le arreó una patada en plena cara. El golpe fue tal que sonó un crujido, y Lohran deseó haberle partido la mandíbula.—¿Qué coj…?—Logró decir, mientras se agarraba la barbilla, posiblemente dolorida.

Lohran observó a la joven rubia que se ponía en pie, y que todavía sostenía una varita en su mano… y le abordó la paranoia al momento. Vale, sí, habría sido lógico pensar que aquella mujer pretendía ayudarle, pues había atacado a un mago que intentaba arrestarle. Pero la sana—o malsana—paranoia que sentía casi a todas horas llevó a Lohran a pensar una cosa totalmente distinta: era una cazarrecompensas, y había atacado a este otro mago, otro cazarrecompensas, para llevarse la recompensa.
Lohran cruzó una mirada con ella, y a pesar de que ella mantenía su varita apuntada en el tipo tendido en el suelo… optó por lanzarse a por su varita desleal. O la del mago al que acababa de desarmar la chica, que era la única varita a la vista y cerca. Se agachó rápidamente, cogió la varita, y se alzó de nuevo, apuntando a la chica. La reacción de ella fue apuntarle también, algo lógico. Y la situación se volvió un tanto incómoda.

—¡Quieta!—Exclamó Lohran.—No intentes nada raro o...—¿O qué? ¿Iba a lanzarle un Expulso y a echar a correr?

—¡Es Leh…!—Intentó decir el mago, pero quizás sí le había partido la mandíbula de una patada. Lohran volvió la mirada en su dirección, frunciendo el ceño.—¡...Lehmann!—Logró decir, aunque por como pronunció, podría haber dicho ‘Lennon’, ‘Lemans’, ‘Lemur’... Hasta podría haber dicho su propio nombre y Lohran no lo habría entendido.

—¿Quién eres?—Preguntó Lohran, desviando la atención del mago para referirse a la mujer rubia que, presumiblemente, le había salvado.

Mientras ellos mantenían aquella situación tan incómoda, un muggle sufría convulsiones en medio de la plaza del mercado. Poco a poco, se formaba un corro de gente a su alrededor. El tipo se sacudía en el suelo mientras unos pocos intentaban ayudarle, y muchos otros grababan lo que sucedía con sus móviles. Pronto empezarían a aparecer vídeos en Internet: ‘Hombre poseído en Leadenhall Market’.
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Sam J. Lehmann el Miér Oct 10, 2018 1:42 am

La verdad es que no se esperaba en absoluto que el tipo cogiese la varita del cazarrecompensas y le apuntara en defensa propia, a lo cual Sam solo pudo alzar la varita en contra de él, sólo por precaución. No tenía ni idea de quién era, pero teniendo en cuenta su situación y quién le perseguía, intuía que se trataba de alguien como ella. No llegaba a entender la lógica de la desconfianza por quién te acaba de ayudar, pero sí podía entender la paranoia que recorría la mente de un fugitivo las veinticuatro horas del día. Lo había vivido; lo vivía cada día.

El cazarrecompensas del suelo reconoció a la chica, pese a que su pronunciación dejó mucho que desear después del golpe que se había llevado. Tras la pregunta del chico, Sam se mostró más tranquila. —Samantha Lehmann —respondió, señalando entonces con la mirada al tipo. —Lo perseguí porque lo conozco, trabajaba conmigo en el Ministerio antes de que cambiase el gobierno y se convirtiese en un cazarrecompensas. Ahora sólo soy una enemiga del gobierno, como tú. No soy tu enemiga. —Y, como la experiencia le había enseñado en esas ocasiones, decidió ser ella la primera en destensarse y bajar, un poquito, la varita. —Vi que te perseguía y…

Y entonces un grito desesperado sonó detrás de la legeremante, proveniente de la plaza del mercado. Había sido una mujer, siendo devorada por el pánico, al ver a aquel hombre volverse loco entre convulsiones. Fue en ese momento cuando Sam se percató de lo que había pasado, re-ordenando todo lo que había pasado hace unos segundos atrás. Fue en esa milésima de segundo en el que todo se hiló en su cabeza, que sin importarle la varita del tipo fugitivo, se acercó a Lean Keber, apuntándole con la varita en el cuello y agachándose frente a él. —¿Qué me habías lanzado? —preguntó, con un porte amenazante. —¿Qué le pasa al hombre? ¡Le has dado a él con lo que me has lanzado! ¡¿Qué narices le pasa?!

Lo cierto es que Sam estaba bastante harta de encontrarse en medio de situaciones de desgracias hacia terceros que no tenían culpa ninguna. Ese hombre, muggle, que sencillamente hacía la compra de la semana no merecía morir por culpa de un cazarrecompensas sin escrúpulos.

En vista de que Keber sólo miraba a Sam con una sonrisa de complaciencia, sabiendo que podía jugar con la información que pedía para salir ileso de la situación, la rubia le sujetó por el cuello de la camisa, con rabia. —¡Dime ahora mismo o…!

¿O qué? —dijo otra voz, femenina, traviesa y cargada de auto-confianza. Las tres miradas que estaban en aquel callejón se elevaron, en busca de la emisora de aquellas palabras que se encontraba por encima de ellos, en una escalera de emergencia de unos pisos. Sam asumió que ese ‘¿o qué?’ tan prepotente era totalmente retórico, por lo que se evitó pensar una respuesta ingeniosa. —¿Qué le vas a hacer, Lehmann? No te conozco, pero tu cara de niña buena habla por sí sola. Está claro que no tienes lo que hay que tener para sacarle la información, ¿o acaso me equivoco?

Ya no le sorprendía en absoluto que personas que desconocía se supieran su nombre, pues al fin y al cabo ahora mismo era un rostro, como muchos otros fugitivos, que estaba al alcance de todos. Además, Sam también sabía quién era ella: Kadiha Rhodes, una fugitiva al igual que ella. Sólo que tanto Kadiha como sus familiares más cercanos tenían fama de ser bastante peligrosos.

La mujer bajó de un salto al suelto. Tenía la varita en la mano y el salto fue limpio y elegante, por lo que pese a que no se notó en absoluto ningún efecto mágico, Sam tenía muy claro que tuvo de haberlo para haber caído tan bien.

Hagamos una cosa: yo me encargo del muggle, que veo que es lo que más te preocupa ahora mismo y tú quitas tus manos de mi cazarrecompesas, ¿te parece un buen trato? —preguntó, de pie justo al lado de Anthony y Sam.

En realidad ese cazarrecompensas ni siquiera perseguía a Sam: si se tenía que jugar algo a ver quién la tenía más grande para ‘buscar venganza’ debía de hacerlo con Lohran y no con ella. Sin embargo, desconocía si al chico le preocupaba la vida del muggle, por lo que fue Sam, tomando la iniciativa, quién aceptó el trato. Sabía que probablemente Kadiha quisiera al cazarrecompensa para hacer a saber qué cosas con él, pero prefería la vida de un hombre inocente, a la de un hombre como Anthony.

Así que Sam soltó el cuello del hombre, se puso en pie y retrocedió un paso, con los ojos fijos en la rubia contraria y en el chico de piel oscura al que recientemente había ayudado. Si él tenía alguna objeción ahora era el momento de decirla. La legeremante estaba tensa y pese a que podía haber encontrado una solución a lo que sea que le pasaba al muggle a través de la legeremancia, decidió delegar y quitarse todos los problemas de encima. Por experiencia propia sabía que entre menos mierda te cayera encima, mejor.

¿Qué vais a hacer con él? —preguntó, en referencia a Anthony.

Lo sabes muy bien, tanto tú como él —dijo, ladeando una sonrisa.

Lehmann, por lo que más quieras, no dejes que… —Y, en un intento humillante de llorar y pedir benevolencia posiblemente a la mujer más débil de aquel callejón, Kadiha lo golpeó y lo dejó inconsciente.
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Lohran Martins el Vie Oct 12, 2018 2:31 pm

Lohran Martins tenía que reconocer, o al menos reconocerse a sí mismo, que su paranoia quizás rozaba límites exagerados.
Revisando un poco la situación en su mente, con el peligro aparentemente neutralizado, la idea de que la rubia fuese una enemiga resultaba de lo más absurda: ¿Dos cazarrecompensas enfrentándose para decidir quién se quedaba con un fugitivo capturado? ¿No sería más lógico pensar que habría primero una de esas conversaciones de película, del tipo ‘Más vale que no te estés olvidando de mi parte’? ¿O es que existía tan poca lealtad entre las filas de Lord Voldemort como para robarse las presas?
Las palabras de la joven, sumadas al hecho de que poco a poco fue bajando la varita, hicieron bajar a Lohran la suya—la del cazarrecompensas, mejor dicho—también.
Samantha Lehmann, empleada del Ministerio de Magia… o al menos, ex-empleada. El gobierno le ha puesto precio a su cabeza también, tomó Lohran nota mental, relajándose un poco.
Sin embargo, no tuvo ocasión de darle las gracias teniendo en cuenta que ella tampoco tuvo tiempo de terminar su frase. ¿El motivo? Un grito procedente del mercado en el cual, ahora que Lohran se daba cuenta, también podía escucharse el murmullo de una multitud que parecía haber entrado en pánico. Su mirada se concentró en esa dirección, intentando buscar el origen de todo aquello.

—¿Qué cojones…?—Murmuró, más para sí que para los presentes, pero para entonces la rubia, Lehmann, ya había llegado a una conclusión. Lohran también en cuanto la escuchó hablar: algo que el cazarrecompensas le había lanzado a ella había fallado y había impactado en el primer muggle al que había pillado por medio. Lohran se puso serio enseguida.—Te ha hecho una pregunta. Responde.—Contribuyó Lohran, digiriéndose al tipo quejumbroso que se encontraba en el suelo. Lohran le apuntó con su propia varita, dispuesto a hacerle daño si se negaba a decirles lo que querían saber.

Sin embargo, no hubo ocasión de sacarle respuestas a aquel tipo. En lo que parecía el festival de las interrupciones, alguien más hizo acto de presencia en el callejón. Lohran se puso en guardia enseguida al escuchar una voz, y alzó la varita en dirección a la propietaria de dicha voz: una mujer, rubia también, había aparecido en el lugar. Su rostro, sin duda, era mucho más amenazante que el de Lehmann.
Y, al parecer, dudaba de la capacidad de su improvisada aliada para sacarle las respuestas. Sí, pero no está sola, pensó Lohran, dando un paso al frente.

—Para eso estoy yo aquí, si hace falta.—Afirmó el brasileño con calma. No pretendía sonar amenazante, pero tampoco iba a dejarse amedrentar por nadie. ¿Y quién era ésta, exactamente? ¿Otra de los perros del Ministerio, buscando dinero fácil en la forma de algún fugitivo incauto? Aquella duda no tardó en ser respondida: no, no lo era, o al menos no lo parecía por su forma de hablar. Quería, sin embargo, hacer un trato por la vida de un muggle. A Lohran aquello le pareció muy cuestionable.—¿Trato? ¿Negocias con la vida de un muggle?—El tono de voz de Lohran dejaba bien claro lo asqueroso que aquello le parecía.

Y, sin embargo, ¿les quedaba a él y a Lehmann alguna otra opción? Aquel muggle estaba pasando un mal rato, y posiblemente acabaría muerto si nadie hacía nada al respecto. Por no mencionar que si seguía pegando alaridos, tarde o temprano acabaría atrayendo la atención de más perros del Ministerio. Lo que les hacía falta.
Lehmann fue la primera en renunciar al cazarrecompensas. Lohran, tras un momento de duda, finalmente se hizo a un lado. No le gustaba que le obligasen a escoger entre una vida u otra, pero sin duda, si tenía que elegir, elegía al muggle. Después de todo, sin duda era el único verdaderamente inocente de todos los implicados en aquello.
La última súplica del cazarrecompensas fue bruscamente enmudecida por la rubia recién llegada a golpes, literalmente: le asestó un golpe y lo dejó inconsciente, mostrándose satisfecha con su captura. Lohran le dedicó una mirada de reojo, no del todo respetuosa, mientras pasaba por su lado.

—¿Y cuál es el plan, exactamente? ¿Vas a meterte en medio de esa multitud a curar a ese muggle? No sé si te has fijado en toda esa gente con teléfonos móviles...—El brasileño se sentía como si estuviese remarcando lo evidente, pero aún así se sintió en la necesidad de hacerlo.—Los perros del Ministerio estarán aquí en menos que canta un gallo.—Y YouTube lleno de vídeos titulados ‘Hombre poseído en Leadenhall Market es sanado por una bruja’, pensó el ex-Hufflepuff. Y es que, pese a la actitud de la recién llegada, preferiría que tanto ella como Lehmann y él saliesen de allí indemnes. A fin de cuentas, parecían estar todos en el mismo lado.
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Sam J. Lehmann el Sáb Oct 13, 2018 2:56 am

Por favor, no me hables como si estuvieras hablando con una novata —respondió Kadiha a Lohran, mirándolo de arriba abajo con una mirada que lo analizaba, intentando descubrir de lo que estaba hecho. —Pero si tenemos un trato, voy a tener que darme prisa.

Femés Rhodes entonces apareció por la entrada del callejón, yendo directamente hacia ellos con pasos pacientes y tranquilos. Tenía la varita en la mano y un chupa-chups—de fresa con nata—en la boca. No dijo nada, sino que se acercó hasta Anthony Keber, le puso una mano en el hombro y se desapareció con él hacía, probablemente, la guarida en donde se ocultaban. Apareció cinco segundos después de nuevo en el mismo lugar, mientras que Kadiha se guardaba la varita en la manga de su suéter, disimulada, y corría hacia allí, cruzando la gran carretera por la que ya habían muchos coches parados debido al gran grupo de persona que se estaban amontonando.

Samantha sólo pudo mirar a Lohran, sin saber muy bien qué hacer: ¿debían irse ya y aprovechar? ¿Quizás aprovechar para robar comida y así su pobreza de fugitivos disminuía? ¿Ir a ayudar con empujones para que los teléfonos terminasen en el suelo? Todo le parecía una idea estúpida, pero sin duda se sentía más imbécil allí quieta como una estatua después de haber vendido una vida. Hizo algo con su vida y se agachó a coger la varita del otro, tendiéndosela tras acercarse a él unos pasos.

Mientras tanto...

¡Déjenme pasar, por favor, soy enfermera! —decía Kadiha con una interpretación impecable.

Se hizo camino a través de la marabunta de gente, hasta llegar al señor al que le debían de quedar muy poco tiempo de vida. A los primeros de la fila los miró con seriedad. A uno—el desafortunado, lo llamaremos—le cogió el iPhone X y se lo tiró al suelo, enfadada, mientras a su amigo le señalaba con el dedo índice.

Llama a emergencias, puto inútil.

Luego se dirigió al tipo y fingió hacer una maniobra de Heimlich mientras analizaba qué le había pasado. Pronto vio como una marca en la zona del hombro poco a poco se hacía cada vez más grande, esparciendo un veneno por todo su cuerpo, el cual le subía por el cuello. Kaddie sabía muy bien lo que necesitaba para poder salvarlo, por lo que sacó ligeramente la varita sin que se viera, con intención de hacerle fingir los efectos que ella considerase sólo para despistar y crear una situación favorable para ella y su disimulo.

¡Cuidado, apartaros, va a vomitar! —Advirtió y, gracias a un hechizo, lo hizo vomitar, haciéndolo girar y quedando boca abajo. Aprovechó ese momento para ponerse al lado de él, tapando todos sus movimientos con la mano de la varita y creando un ‘accio bezoar’ a la riñonera que llevaba, con un encantamiento super extensible. El bezoar salió volando, lo cogió con la otra mano y la chica se lo metió en la boca.

¡Ya ha llegado la policía! —Se escuchó gritar.

Eso no son policías… son aurores. —Susurró Femés con el chupa-chups en una de sus mejillas, hablando para Sam y Lohran antes de empezar a correr hacia donde estaba su mujer. Mientras corría se deshizo del chupa-chups, como dato.

Y Kaddie sabía que era imposible que la policía hubiera llegado tan pronto, por lo que rápidamente des-atendió al hombre—el cual escupió el bezoar en una arcada—y se puso en pie, viendo que efectivamente Femés iba hacia ella con paso decidido. Rápidamente Kadiha se hizo paso en la muchedumbre para huir.

¡Hagan que se coma eso! —gritó Kaddie antes de desaparecer del foco central del grupo. Había desperdiciado un maldito bezoar, ¡qué menos que insistir en que se salve el maldito muggle!

Sam, por su parte, había salido corriendo del callejón para poder ver lo que ocurría cuando lo más inteligente hubiera sido meterse en lo más profundo y aparecerse en un lugar seguro. Sin embargo, su parte más humana no veía justo que dejasen a la chica, por muy zorra que pudiese parecer, en ese problema. Pero tampoco veía inteligente meterse en ese problema que, en realidad, si somos objetivos, ¿qué narices hacía en ese problema metida Sam? ¡Nada iba con ella!

Miró hacia atrás a Lohran. —No sé qué clase de políticas sigues en tu día a día como fugitivo para sobrevivir, pero si no nos apoyamos entre nosotros, ¿quién lo va a hacer? —le preguntó a él, intentando saber qué pensaba hacer y, de paso, preguntándose a sí misma.

Lo que ninguno de los dos sabía es que ahora mismo la aparición no era una opción.
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Lohran Martins el Miér Oct 17, 2018 3:50 am

Novata, pensó Lohran, manteniendo la mirada a la tal Kadiha, lo dices como si fuese posible convertirse en un fugitivo experimentado. Lohran supuso que sí, que con el tiempo, uno se acostumbraba a aquella vida. Sin embargo, a sus ojos, aquello no parecía posible. Llevaba desde que todo había empezado escondiéndose, junto a sus hermanas, y todavía dormía con un ojo abierto. Se contaban más los momentos que pasaba despierto que los que pasaba durmiendo.
Lohran abrió la boca para decir algo, pero al parecer, no se habían terminado las interrupciones ni las entradas sorpresa en aquel día. Un movimiento en la entrada del callejón llamó la atención del brasileño, quien desvió la mirada hacia allí para encontrarse con un hombre… comiéndose un chupa chups.
Sin mediar palabra, el tipo caminó hacia el cazarrecompensas inconsciente, se desapareció con él, y solo unos segundos después apareció de nuevo en el mismo sitio, ya sin el cazarrecompensas. La tal Kadiha, mientras tanto, se marchó en dirección a la multitud.
Lohran, patidifuso, solamente se dio cuenta de que la primera rubia—Samantha, la que parecía más amable de las dos—le ofrecía su varita—la varita que portaba, que no era lo mismo que decir que era suya—cuando la empuñadura de esta le tocó en el brazo. Lohran tardó unos segundos en reaccionar, cogiendo la varita y agradeciéndoselo a la chica con un asentimiento de cabeza.
Y entonces, observó. Observó cómo la tal Kadiha se hacía pasar por enfermera y se ponía a atender al muggle afectado por la maldición—y cómo se enfrentaba con alguien que pretendía grabar toda la escena, en lugar de llamar a una ambulancia—con su ‘experiencia’, fuese ésta cuál fuese. Y todo fue bien… hasta que dejó de ir bien.
Alguien dijo que había llegado la policía, y el hombre que estaba con ellos en el callejón aseguró que esos no eran policías, si no aurores. Lohran no los vio, pero sí vio salir como una exhalación al hombre del chupa chups en dirección a la rubia.
Lohran valoró seriamente marcharse. Incluso se tomó un tiempo para recoger la bolsa de verduras que había dejado en el suelo cuando el cazarrecompensas le había apuntado con la varita. Sin embargo, su compañera, la persona que le había salvado la vida en primer lugar, o al menos la libertad, parecía querer ayudar a aquellos dos. Y es que era más que evidente que en pocos segundos estarían en problemas muy serios.

—Bueno...—Lohran soltó un suspiro de resignación.—Si tú no me hubieras ayudado, posiblemente ahora mismo ya estaría camino del Área-M. Así que...—Negó con la cabeza, observando el tumulto, para acto seguido mirar a la joven rubia.—Está bien. Les echaremos un cable.—Hizo una pausa, añadiendo.—Me llamo Lohran, que creo que no me había presentado. ¿Tienes sitio en tu mochila para esto?

Le mostró las verduras a la chica. No quería perderlas, pues eran un bien valioso aquellos días. La comida costaba no solo esfuerzo, sino dinero. Y el dinero de Lohran escaseaba. La mendicidad tenía sus límites, y el encontrar monedas perdidas por la calle, lo mismo. Y mejor ni hablar de tener que robarle la cartera a algún pobre muggle incauto.

—¿Cuál es el plan?—Preguntó, observando la situación que tenía lugar ante sus ojos. Iban a tener que actuar con mucho cuidado, o ese día, Azkaban tendría cuatro nuevos prisioneros.
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Sam J. Lehmann el Vie Oct 19, 2018 1:42 am

‘¿Plan? ¿De qué plan estaba hablando?’ pensó Sam mientras le guardaba las verduras en la mochila. La comida no estaba para tirarla, sobre todo en su situación. —No tengo plan, ¿quitarle a los tipos de encima? ¿Crear una distracción? —Todo sonaba tan mal que Sam se lo estaba replanteando seriamente. Ella no sabía duelarse bien, por lo que a ser posible el plan consistiría en hacer algo que disminuyese considerablemente cualquier enfrentamiento directo. A ella siempre le había salido bien lo de darse la vuelta y huir, pero no era una opción en aquel momento, además de que ahora mismo nadie había reparado en ellos dos, por lo que tenían la oportunidad de darle cierta cobertura al matrimonio Rhodes, por muy arrogantes y prepotentes que pudieran llegar a ser.

Se subió bien la mochila, pegándosela a la espalda, pues todos sabemos lo gilipollas que parece cualquier persona corriendo con una mochila en la espalda que queda suelta. Además, era incómodo. Desde que Sam supo la dirección que habían tomado Femés y Kadiha para huir, se puso de puntillas y sujetó el antebrazo de Lohran con delicadeza. Tras unos segundos en donde se cercioró de los caminos que cogieron los aurores, le dio un golpecito—Sígueme, vamos a intentar despistarlos. —Y empezó a correr con la varita en la mano.  

No les estaba persiguiendo, sino que había cogido un camino paralelo al de ellos, en pos de… improvisar algo. Sam no era ninguna heroina, ni mucho menos quería verse como tal. Pero no sería la primera vez que recibe ayuda de un aliado y eso le salva la vida y… en cierta manera, se veía en la obligación moral de proteger a los suyos.

Se metió por un callejón sin salida tras coger el camino más libre de muggles y, al estar solos, sujetó a Lohran y apuntó al cielo, conjurando un ‘ascendio’ no verbal que los elevó rápidamente. Tras sujetarse al muro de la azotea, sus pies pisaron el suelo y se soltó de él. Sam hizo cálculos rápidos de por donde iría ‘la persecución’ y continuó corriendo, esta vez de azotea en azotea. Cuando el desnivel era muy grande, volvía a usar o un hechizo que la impulsara o uno que la frenase al caer. Tras correr, sintiendo que hacía parkour cuando en realidad no, pudo escuchar una explosión muy indiscreta en la calle que quedaba unos seis pisos por debajo de ella. Se asomó rápidamente, sintiendo un vértigo repentino por aquella inestable barandilla, viendo como un escaparate estaba totalmente roto por toda la calle. Desde allí arriba pudieron ver como Femés y Kadiha se habían separado. Kadiha había seguido corriendo por la calle principal de largo, mientras que Femés se metió en un callejón y, mediante un hechizo que Sam desconocía en ese momento—o al menos no caía en cual era—se impulsaba entre pared y pared para escalar rápidamente y saltar así los muros que impedían su paso.

Sin embargo, uno de los ‘aurores’ consiguió atrapar uno de los tobillos de Femés con una cuerda mágica, haciéndolo caer. Sam vio cómo era arrastrado por el suelo y como la cuerda cada vez se enroscaba más por todo su cuerpo, hasta el punto de que lo iba a dejar inmovilizado. Así que no se lo pensó dos veces antes de apuntar hacia allí y convertir a aquel auror en un pollo. El pollo comenzó a correr despistado por todas partes, hasta el punto de chocarse con un contenedor de vidrio y quedarse todavía más perdido. La cuerda que sujetaba al fugitivo se aflojó, Femés se sorprendió sin ver quién había sido y… aprovechó el momento para quitarse las cuerdas de encima y continuar corriendo al ver que un par más de enemigos comenzaba a seguirles.

Sam miró a Lohran. —¡No me preguntes por qué he hecho eso! —Se quejó antes de que le dijera nada.

Ahora había que pensar: ¿se separaban ellos? ¿Iban hacia donde Femés o hacia donde Kadiha? Lo que ellos tampoco sabían todavía es que uno de los aurores ya los había atisbado en aquella azotea, por lo que separarse posiblemente fuese una decisión muy mala si decidían ir por esa vía.
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Lohran Martins el Sáb Oct 20, 2018 12:57 am

No por primera vez en los últimos minutos, Lohran se encontró preguntándose a sí mismo cómo había conseguido meterse en semejante lío. Lo que tenía que ser un simple viaje de aprovisionamiento, ir y venir, se había convertido en la mejor definición del caos. Un simple hechizo desviado, muy malintencionado, había degenerado en una situación complicada, y tanto Lohran como la tal Samantha estaban metidos en ella.
Ciertamente, y viendo la velocidad a la que las cosas se complicaron, a Lohran le hubiese gustado poder arrepentirse de sus palabras anteriores. Le hubiese gustado darse la vuelta y marcharse, reunirse con sus hermanas y vivir para luchar un día más.
Sin embargo, un sentimiento de empatía, de deber, para con aquellos fugitivos, le impedía marcharse. ¿Seguir libre a costa del encarcelamiento o la muerte de otros? Lohran sería incapaz de mirarse al espejo durante el resto de su vida.

—Bien. Eso está bien.—Dijo Lohran, no demasiado sorprendido por la respuesta de su improvisada compañera de ‘rescate’. ¿Sin plan? Bueno, tampoco es que se pudiese elaborar un plan en tan poco tiempo, y bajo toda aquella presión. La improvisación parecía ser lo único que tendrían. Más les valía no fastidiarla, o los cuatro compartirían una celda en el Área-M esa noche.

Lohran siguió a Lehmann cuando la joven se lo indicó. Seguir juntos era su mejor baza, y a no ser que surgiese alguna eventualidad que les obligase a separarse, así seguirían. Lohran, además, se sentía un poco más confiado que de costumbre: en sus manos tenía no solo la varita que había robado durante el ataque de los mortífagos a Hogwarts, cuando había perdido la suya propia, sino también la del cazarrecompensas que Lehmann le había ayudado a quitarse de encima. Quizás aquella varita fuese un poco más de fiar, y no entrañase un riesgo real para la salud de ninguno de los presentes.
Caminaron en paralelo a los aurores, sin altertarlos de su presencia, mientras cada uno de los dos fugitivos elaboraba mentalmente un plan de acción. Posiblemente, dicho plan de acción difiriese de un cerebro al otro: Lohran, por su parte, sentía deseos de utilizar la varita del cazarrecompensas para aturdir a cuantos aurores pudiese, para luego meterse en medio del grupo enemigo a golpearles, valiéndose de sus dotes de capoeira. Un plan que entrañaba muchos riesgos, a decir verdad.
Terminaron en un callejón, libre de presencia muggle—y de cualquier otra presencia, dicho sea de paso, pues ni gatos callejeros había allí—y cuando el brasileño quiso darse cuenta, ambos se elevaban en dirección a las azoteas. Su camino prosiguió a través de estas, con una vista perfecta de la plaza del mercado por debajo de ellos.
El hombre al que intentaban ayudar se encontraba en peligro, apresado por uno de los aurores. Su compañera pensó rápido, y utilizó un hechizo para transformar a ese auror… en un pollo, ni más ni menos.

—Bueno, no seré yo quien discuta la efectividad de ese hechizo. Lo importante es que el tipo está libre.—Comentó Lohran, observando cómo Femés salía corriendo, después de desembarazarse de las cuerdas mágicas.—¿Y qué hay de ella?—Preguntó Lohran, una pregunta más bien retórica, mientras peinaba la plaza con la mirada.

Le llevó unos segundos, agazapado sobre la azotea, localizar a la rubia. Por un momento, se preocupó por ella: uno de los aurores la había apresado, rodeándola con sus brazos igual que un oso, desde la espalda, mientras otro se le acercaba de frente con una varita en alto. Sin embargo, pronto supo que estaría bien: Kadiha asestó una patada directa a la mano de la varita del auror que tenía enfrente, arrebatándosela. El tipo se sacudió la mano, seguramente dolorida, y entonces se lanzó contra ella. Kadiha aprovechó el momento para levantar ambas piernas, apoyar los pies en el pecho de su enemigo e impulsarse con todas sus fuerzas. A consecuencia, derribó a este tipo, y el impulso mandó al que la sostenía con los brazos contra la pared cercana. Tan fuerte fue el golpe que el tipo abrió los brazos.
Kadiha cayó al suelo, en cuclillas, y acto seguido desenvainó algún tipo de arma blanca que llevaba oculta, presumiblemente, en la caña de su bota. Se dio la vuelta, empuñando dicha arma, y lanzó un tajo contra el brazo del auror que la había estado sosteniendo. Lohran vio manar sangre de la herida.

—Parece que está bien, pero no creo que le viniese mal un poco de...—Lohran no logró terminar la frase. Y es que, muy cerca de ellos, una cornisa saltó por los aires, posiblemente a causa de algún hechizo. Instintivamente, el brasileño echó un brazo por encima de los hombros a Lehmann, y ambos agacharon la cabeza. Una segunda detonación les dio a entender que aquellos no eran hechizos que habían salido desviados, sino que alguien intentaba hacerlos picadillo.—¡Tras la chimenea!—Lohran señaló al frente, a unos cuantos metros, una chimenea que les permitiría ocultarse de los hechizos. Ambos corrieron en esa dirección, agazapados.

Los hechizos les siguieron el paso, hasta que los dos lograron esconderse tras la chimenea. Entonces cesaron, y Lohran supuso que les habrían perdido de vista. Suspiró profundamente, negando con la cabeza, mientras intercambiaba una mirada con su compañera.

—Hay que joderse. Con todo lo que tienen montado ahí abajo y se creen que pueden compartimentarse. ¿Estás bien? ¿Te han dado?—Lohran observó a la chica, buscando principalmente alguna herida, y justo en ese momento un nuevo hechizo, a saber cuál, impactó sobre la chimenea.

—¡Salid de ahí detrás, hijos de puta!—Un saludo, cuanto menos, educado. No podía esperarse otra cosa del gobierno de los mortífagos. La voz procedía de aquella misma azotea.

—¡Si tantas ganas tienes de vernos, acércate tú!—Respondió Lohran, y su comentario le granjeó una respuesta en forma de hecho, que impactó sobre la chimenea e hizo añicos una pequeña parte de esta. El polvillo de los ladrillos llovió sobre Samantha y Lohran.—Creo que eso es un no… ¿Puedes mantenerme ocupado a este cabrón? No te expongas, simplemente atrae su atención. Yo me encargo de él...—Aquello lo dijo en voz más baja, para Lehmann.

El plan de Lohran no era el más elaborado ni el más libre de peligros, pero era mejor que nada: mientras su compañera y el auror mantenían un pequeño intercambio de hechizos, él planeaba descolgarse sobre uno de los balcones del último piso del edificio, saltar desde ese al siguiente, y desde allí, volver a la azotea. Con suerte, pillaría por la espalda a ese cabrón y se encargaría personalmente de hacer que lamentarse haberlos seguido.
Se preparó, con el objetivo de estar listo cuando su compañera iniciase la maniobra de distracción.
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Sam J. Lehmann el Lun Oct 22, 2018 1:56 am

Nadie lo sabía, pero aquel momento sería el inicio de una nueva era. La era de Sam y el pollo. En realidad no y es que le resultaba muy humillante convertir a personas en pollos, pero era un hechizo que le salía de manera totalmente inconsciente y, en realidad, así no dañaba a nadie. No sabía muy bien en qué momento de su vida lo había desarrollado con tanta ‘maestría’, pero parecía tan resolutivo como fácil. Y era lo que decía Lohran: efectivo era, sin duda.

Siguió la mirada del chico hasta dar con la mujer, la cual no parecía en absoluto necesitar ayuda. Sam la miró con admiración, con esa capacidad tan épica de quitarse a los tipos de encima. Golpeó sin titubeos y le faltó tiempo para humillar a esos dos pobres desgraciados. Estaba con la boca entre-abierta, para cuando una trozo de cornisa saltó por los aires justo al lado de ellos. Al estar de cuclillas, se había caído de culo hacia atrás y no tardó en agachar la cabeza por el gesto del fugitivo. Tras el segundo golpe, se levantó rápidamente y corrió hacia atrás para ocultarse en donde había dicho Lohran.

Intentó no perder de vista nada, pero como prefería correr por su vida, dejó muchos detalles atrás. —Estoy bien, estoy bien —le dijo, sintiéndose bien pero nerviosa. Es decir, si tenía una herida en cualquier lado, la adrenalina se había encargado de hacerla desaparecer de su base de datos por el momento.

—¡Salid de ahí detrás, hijos de puta!
—¡Si tantas ganas tienes de vernos, acércate tú!


Y Sam miró a Lohran sorprendida, para luego explotar a reír a la par que se agachaba por la nueva explosión. Y tú dirás: ‘Pero Samantha, ¿qué clase de momento te crees que éste para reírte?’ Pero de verdad, ¿habéis visto tremenda conversación tan estúpida? —¿En serio le has contestado? ¿Eres de esos que mantienen conversaciones con esa gente a ver si atisbas un poquito de inteligencia? —preguntó divertida, notando como le caía el polvito de la explosión en la cabeza. —Claro, cuenta con ello.

No tenía ni idea de lo que iba a hacer Lohran, pero sinceramente, teniendo en cuenta la posición de ambos Sam tenía bastante claro que cada uno sabía guardarse las espaldas bien y sabía sus límites. Así que antes de urdir un plan mejor que seguramente no fuera mejor, sujetó su varita con fuerza y se giró en sentido contrario a donde se fue su compañero improvisado de esa bonita tarde de verano.

Al ver como el mortífago se giraba hacia dónde se fue Lohran por puro impulso, Sam rápidamente le apuntó, llamando su atención. Le había lanzado un hechizo, pero evidentemente el mortífago se lo paró. En realidad lo único que quería Sam era llamar su atención, por lo que punto para el equipo de la rubia y el negro.

Espera, espera.

Un momento.

¿La rubia y el negro? ¿La rubia con cara de tonta y el negro? Esos siempre eran los primeros en morir en las películas americanas, ¿vale? ¿Seguro que era una buena combinación juntarse para ayudar a la rubia que sabe pelear y al tío bueno de su marido? ¡Esos son los que siempre sobreviven en las películas americanas!

Dejando esos pensamientos claramente pesimistas—y estúpidos—a un lado, Sam continuó distrayendo a aquel tipo, lanzándole cada segundo un hechizo desde detrás de la chimenea para así captar su atención. Eso sí, la chimenea poco a poco se estaba quedando sin situación física que pudiese proteger a Sam, ya que cada vez estaba más sentada en el suelo para poder ocultarse. ¿Por qué tardaba tanto? Quizás podría haber salido y enfrentarse a él, ¿pero qué necesidad había de arriesgarse si Lohran tenía un plan? Solo tenía que ceñirse al plan, esperar y él aparecería y...

Pero espera.

Un momento.

¿¡Y si Lohran era un traidor y se había ido, abandonándola!? ¡No sería la primera vez que alguien le traiciona! ¡Oh, qué ilusa había sido! ¡Le había utilizado como cobertura para irse y la había dejado ahí, sola y desemparada, ante el peligro! En ese momento de pánico y miedo, intentó desaparecerse pero…

Meh.

¡No podía desaparecerse!

De repente se asustó, pues no era la primera vez que le pasaba algo así y en peores situaciones. Y claro, el problema no es estar sola, sino sentirte sola y desprotegida, ya que Sam—aunque no confiase en ella misma—era capaz de enfrentarse a cualquier tipo de situación. Y si no que se lo dijeran dentro de un año. Sin embargo, frente a tanto pensamiento pesimista, escuchó la queja del mortífago y no notó ningún otro hechizo romper la chimenea ni tampoco pasarle por su lado.

Al asomarse, vio a Lohran haciéndole una especie de llave chunga—porque parecía dolorosa—al tipo. Sam salió de allí rápidamente y fue hacia donde ellos, intentando expiar sus pecados. Madre mía, yo iba a desaparecerme y dejar a mi amigo aquí solo y desamparado… soy una persona horrible… Vale, tenemos que irnos. Está el dichoso encantamiento anti-aparición y eso quiere decir que se acercan refuerzos. Sólo nos están reteniendo para ganar tiempo, no es la primera vez. —Sam apuntó al tipo que sufría por aquella llave chunga y con un hechizo no verbal lo dejó inconsciente en el suelo. Y Lohran se preguntaría: “¿Y esta señora como sabe que no funciona la aparición?” y sí, sus pensamientos serían totalmente reales.

Sin embargo, Sam ya se disculparía luego por casi abandonarle. ¿El miedo, vale? ¡Había desaparecido de la azotea! —Deberíamos huir en la misma dirección que Femés y Kadiha, para poder apoyarnos en el caso que haga falta. Vamos a tener que correr hasta encontrar cobertura en la que aparecernos. Si vemos a alguien y nos ataca, le atacamos los dos para dejarlo lo antes posible fuera de juego, ¿vale? —Era un plan rápido e improvisado. Y Sam seguía apostado por ayudarse los unos a los otros aunque a Kadiha y a Femés les importase una mierda.

Sam tenía intención de seguir moviéndose por las azoteas. Siempre le había ido mejor, estaba más alejada de las miradas de muggles y transeúntes a pie mágicos y malvados. Todavía tenía ciertos accidentes por la inexperiencia, pero se había dado cuenta de que era muchísimo más efectivo aunque a cada salto le diese un maldito infarto. Mejor morir de un infarto o cayéndose de una azotea que morir a manos de un mortífago, eso lo tenía claro.
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Lohran Martins el Mar Oct 23, 2018 10:15 pm

Lohran no pudo evitar sorprenderse profundamente al escuchar la risa de su ‘compañera de rescate’ improvisada, pues le pareció un momento extraño para reírse. ¿Tan gracioso había sido su comentario? Lo cierto es que el brasileño ni siquiera había pensado en ello al decirlo. Ciertamente, en momentos como aquel, a veces se adueñaba de él un algo que le llevaba a soltar cosas así, casi como si no quisiese hacerse ver como menos que sus enemigos.
Así que se encogió de hombros, no muy seguro de sus motivos.

—No creo que haya sido por eso: este tío no es muy listo.—Lohran no necesitaba ningún tipo de prueba al respecto: alguien que se dedicaba a lanzar hechizos contra una chimenea, intentando hacerla pedazos poco a poco, cuando podía perfectamente hacerla añicos de una vez, no se merecía ni siquiera su respeto.

Nada más abandonar su cobertura, Lohran corrió agazapado hacia su destino: la cornisa. Cualquiera que le viese pensaría que se había hartado de la vida y había decidido terminarla de una manera dramática. Por el rabillo del ojo advirtió el movimiento de su enemigo, apuntando momentáneamente en su dirección. Sin embargo, tuvo que abortar su plan, pues Samantha estaba haciendo bien su parte: el tipo se protegió frente a un hechizo que la rubia le lanzó, casi en el último momento. ¡Lástima que no te hayas caído del edificio!, pensó el brasileño mientras saltaba del edificio.
No fue un gran salto, ni mucho menos, pues el fugitivo aterrizó en cuclillas sobre el balcón más cercano del último piso del edificio, rodeado de tiestos con plantas. Una señora, al otro lado de la ventana, en bata de casa y con rulos en el pelo, hablaba por teléfono en el momento en que el brasileño cayó justo delante de su campo de visión.

—¡Ay, por el amor de Dios, Doris! ¡Acaba de caerme un negro en el balcón!—La escuchó exclamar Lohran, mientras saltaba sin perder el tiempo de un balcón a otro, valiéndose de su agilidad y sus dotes para el parkour.

Lohran dedicó apenas unos segundos a preguntarse, intrigado, cuál habría sido la respuesta que le habría brindado la tal Doris a tan curioso comentario.
El brasileño, no conforme con aquella posición, saltó al siguiente balcón, calculando que aquella distancia sería suficiente como para pillar desprevenido al auror. Por encima de su cabeza, el brasileño dejó de escuchar sonidos de la contienda mágica—este fue el momento en que Samantha Lehmann dudó de su compañero e intentó huir, pero por supuesto, Lohran no tenía forma de saberlo—y se preocupó un poco. ¿Habría sido herida su compañera? ¿Inmovilizada? ¿Algo peor?
No lo pensó demasiado. Tomando impulso con el pie en la barandilla, dio un salto y se encaramó con ambas manos a la cornisa. Tomó impulso, balanceándose como si fuese un péndulo, y finalmente puso un pie sobre la cornisa. Suficiente, con aquello pudo lanzar todo su cuerpo hacia arriba… y apareció en cuclillas detrás de su enemigo.
Le llevó apenas unos segundos desarmarlo e inmovilizarlo, con tan mala suerte que al hacerlo, la varita del auror salió volando de la azotea. En un acto reflejo para defenderse de Lohran, el mortífago había apuntado la varita hacia él, por lo que el brasileño lo desarmó como pudo. Y lo que pudo hacer… fue arrebatársela de la mano de una patada. Una pena, pues aquella varita, en teoría, sí le obedecería.
Bueno, lo que cuenta es que hemos acabado con este, pensó Lohran, observando al tipo al que acababa de dejar inconsciente su compañera, que había salido de detrás de la chimenea que le había servido de parapeto hasta entonces.

—Buen trabajo.—Felicitó Lohran a su compañera, quien por el aspecto que mostraba la chimenea, debía haber estado a punto de recibir un hechizo en sus propias carnes.—¿Refuerzos? ¿Quieres decir que van a mandar a más gente? Estos tíos son unos inútiles.—Comentó Lohran, incapaz de comprender cómo podían reunirse tantos idiotas juntos en el mismo lugar, pero agradecido de la cuestionable inteligencia de sus enemigos. Pasó por alto, evidentemente, el por qué su compañera conocía el dato del hechizo anti-aparición.

Samantha sugirió seguir a la otra pareja de fugitivos, a fin de ofrecerles apoyo si lo necesitaban, o recibirlo de ellos en caso que los otros dos quisiesen dárselo. Lohran asintió con la cabeza, pues le parecía el mejor plan posible, dada la situación.

—Será mejor que de la parte mágica te encargues tú.—Sugirió Lohran, confiando bastante más en las habilidades de su compañera—y en su afinidad con su varita—de lo que confiaba en la suyas.—Para resumir: perdí mi varita la noche del cambio de gobierno. Esto que tengo es lo mejor que he podido conseguir, y no tengo ni idea de si la del idiota que me quitaste de encima funcionará mejor.—Lohran agitó ambas varitas en su mano, a la vista de su compañera. Entonces, le dio una palmada en el hombro con la mano libre.—Pero confío en ti. Vamos, o esos dos se encontrarán en un problema del que no podrán salir.

Se pusieron en marcha, y casi como si Lohran hubiese invocado a la mala suerte con su comentario, escucharon un estruendo por debajo de ellos. Al volver la vista en aquella dirección, Lohran pudo ver a Femés en el suelo, forcejeando con un tipo que intentaba agarrarle el pescuezo. Y no solo eso: más tipos estaban alrededor, esgrimiendo… ¿Eso que llevan ahí son cuchillos de carne, se preguntó el fugitivo.
Le llevó unos segundos comprender aquello, y cuando lo hizo, maldijo al Ministerio de Magia por su actual falta de moral.

—Esos hijos de puta les han echado la maldición Imperius a algunos muggles. ¡Joder!—Maldijo Lohran, comprendiendo que la cosa iba de mal en peor: Kadiha, alertada por el peligro que corría Femés, avanzaba entre el tumulto en dirección a la contienda, con su daga lista para rebanar pescuezos.—¡Eh, Kadiha!—Gritó Lohran, alertando a la mujer, y acto seguido arrojó en dirección a ella la varita del cazarrecompensas.—¡Nada de matar a los muggles!

Kadiha atrapó la varita al vuelo—a saber dónde habría dejado la suya—y, quizás para agradecer la ayuda de Lohran, le hizo caso: empezó a derribar a los muggles que intentaban agredir a Femés utilizando hechizos no letales. Lohran se volvió hacia Sam.

—Vamos a echarles un cable. No sé dónde estarán metidos los demás aurores, pero es cuestión de tiempo que lleguen a ellos.—Lohran observó la otra cara del edificio, observando una escalera de incendios.—¡Por ahí!—Y hacia allí se encaminaron, mientras en la calle, Kadiha se deshacía del último muggle, ofreciéndole a Femés una mano para que se pusiese en pie. No muy lejos de ellos, un par de aurores los habían localizado, y se preparaban para atacarles.
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Sam J. Lehmann el Miér Oct 24, 2018 1:41 am

Igualmente —le dijo a lo de ‘buen trabajo’ ya que él había hecho todo el esfuerzo mientras ella se encargaba de mantener ocupado al sujeto, así como de no morir en el intento. Que aunque no lo parezca, también tiene su punto. Sobre todo lo de no morir en el intento, esa parte era clave para el éxito del plan. La gente no lo tenía en cuenta. —Refuerzos —repitió—. ¿Sabes quiénes son los dos tipos que hay ahí debajo? ¿Kadiha y Femés? No mandan refuerzo por ti y por mí, eso te lo aseguro. —Y rió, por no llorar. —Así que vámonos antes de que la mierda caiga más sobre nosotros.

Ella no tenía problema en encargarse en absoluto de la parte mágica, de hecho lo prefería. Así, sin haberlo planeado, se habían unido dos personas que se complementaban bastante bien. Sam era bastante fatal en cuanto a defensa personal física, pero desgraciadamente el ser fugitiva le había dado bastante maestría con su varita a base de palos y golpes. Le dio un poco de pena Lohran, ya que ella todavía no había sufrido la pérdida de su varita, pero teniendo en cuenta lo que una varita significa para un mago, podía hacerse a la idea de lo difícil que tiene que ser lidiar con una que no te responde. —Descuida, yo me encargo. —Además, prefería mil veces ser ella la que tuviese 'el mando' en ese sentido, pues sabía sus límites. Confiar ciegamente en otros es complicado en una situación como esa.

No tardaron en dar de nuevo con Kadiha y Femés, estando éste último de nuevo en peligro. Sam sopesó qué hacer, pero su mujer ya estaba yendo bien decidida con su arma blanca por delante a ayudar a su marido. Y la verdad, si una Kadiha Rhodes se te acerca de esa manera, te doy un consejo: huye. Al parecer Lohran también vio ese aura, ya que le dijo que no matara a ningún muggle y cogió la varita que éste le prestó al vuelo, para así tener las cosas más fáciles con aquellas personas hechizadas. Mientras Kadiha se encargaba de los enemigos de su marido, Sam y Lohran bajaban por las escaleras de incendios para estar todos juntos. La idea de bajar los tejados a Sam no le gustaba mucho, sinceramente, pero prefería estar acompañada ahí abajo que sola allá arriba.  

Al llegar junto a Kadiha y Femés, fue éste último quién por fin abrió la boca, dirigiéndose a Sam y Lohran.

Gracias, por lo del pollo… —Agradeció, asumiendo que solo podían haber sido ellos si todavía seguían por allí. Sin embargo, Femés había sido herido en el costado.

Vayámonos ya —ordenó Kadiha, sujetando a su marido y corriendo en dirección opuesta a donde estaban los aurores yendo hacia ellos.

Los cuatro comenzaron a correr en dirección opuesta y Sam se prestó voluntaria para protegerlos con unas barreras defensivas propias del Partis Temporus, puesto que los enemigos se habían dividido, unos para apartar y crear barreras hacia los muggles y otros para atacarlos a ellos. Estaba tan pendiente a eso, que no se dio cuenta de que Kadiha se había desviado hacia un callejón, a lo que Lohran sujetó a Sam de la mochila y tiró de ella para corregir su dirección. Ella, de un traspié un tanto amorfo, cambió de sentido y continuó persiguiéndolos, esta vez mucho más rápido y sin prestar atención a los mortífagos, pues los habían perdido de vista. Al menos por el momento. Sam corrió, poniéndose las pilas y demostrando que aquella rubia corría habitualmente y era bastante rápida. ¡Cómo para no, después de años y años corriendo! Vio como Kadiha y Femés saltaban de manera muy épica y sin magia un muro y… bueno, Sam saltó con un Fuga Incesus, pasando por encima y cayendo al otro lado, amortiguando la caída con magia, aunque igualmente cayó flexionada porque sintió que se iba a romper un pie.

Fue en ese momento en el que al otro lado del callejón les aparecieron dos aurores—o Mortífagos, o lo que sea—cortándoles el camino. Kadiha rápidamente tomó las riendas de la situación.

Tú y tú —señaló a Sam y Lohran, quiénes la miraron momentáneamente antes de volver a mirar hacia los enemigos. No tardarían en llegar también por la espalda. Sam, por su parte, estaba al lado de su amigo negro, dispuesta a defender a ambos de cualquier hechizo y ‘hacerse cargo’ de la magia. Si iban a morir los primeros, al menos vamos a ponerlo difícil. —Encargaros de los de delante, nosotros nos encargaremos de los de detrás.

Sam asintió, pues le parecía un plan justo. Sin embargo, cuando Lohran y Sam mirando hacia adelante para buscar una manera de enfrentarse a dos enemigos, no solo Sam tuvo que crear una barrera para proteger a ambos de un fuerte Bombarda que hizo que todo saliese por los aires a su alrededor, sino que también un inconfundible hechizo de humo había hecho que todo el callejón se sumiese en un profundo túnel sin salida. ¿De donde había venido ese hechizo? Sam se sujetó a Lohran y lo empujó a ciegas hacia un lateral, escondiéndose detrás de un contenedor. Para cuando el humo fue disipándose, pudieron ver como por el muro que recién acababan de pasar, estaban cruzando los enemigos que los perseguían.

Y claro, Sam entró en pánico: ¿¡donde narices estaban Femés y Kadiha!? Y era fácil asumir que teniendo a Femés herido, Kadiha había decidido vender a sus aliados con tal de no arriesgar a su marido. Sam, en ese preciso momento, deseó con todas sus fuerzas decirle unas cuantas palabras a esa señora tan desagradecida y desear saber pegar un puñetazo bien sin romperse la mano en el proceso. ¡Arg! ¡Qué coraje!

Así que en un impulso totalmente imprevisto, apuntó hacia el muro y conjuró un Bombarda que hizo que los que estaban escalando saliesen despedidos hacia atrás, ganando tiempo. Luego se giró hacia Lohran. —Solo se me ocurre huir, ¿confías en mí? —Le dijo, cual Aladdin a Jazmín en ese momento tan tierno y bonito. ¡Pero ese momento no era nada tierno y bonito, era estresante y le iba a dar un infarto! ¡Serán cabrónidos esos dos desgraciados!

Si Lohran le decía que sí, que confiaba en ella, pretendía volver a cogerlo y volver a los tejados. ¿Y qué quedaba? Correr, ya que serían perseguidos. Era un suicidio enfrentarse a cuatro enemigos cuando solo una persona tiene magia para contrarrestar la magia. No estaba subestimando su capacidad de pegar patadas, pero acercarse a magos era complicado y mucho más permanecer cerca de ellos si tienen una varita en la mano. Así que Sam y Lohran saldrían disparados hacia arriba. Sam dejaría que Lohran guiase, y ella solo se encargaría de ayudarle a saltar y amortiguar sus caídas cuando éste cambiase de tejado, evitándole así que él tuviera que utilizar su varita desleal. Era la única idea que ahora mismo le pasaba por la cabeza y no es que tuviera mucho tiempo para urdir otro plan.
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Lohran Martins el Miér Oct 24, 2018 2:26 pm

Lohran Martins no vivía bajo una roca, ni en una cueva, ni nada por el estilo. De hecho, el refugio que él y sus hermanas había ocupado se encontraba en el mismo Londres, en una zona abandonada del metro. Sin embargo, podía asegurar que no había estado prestando demasiada atención a las noticias procedentes del mundo mágico después de las primeras semanas que él y las chicas habían pasado como fugitivos. Y es que entonces era normal, ¿no? Lohran consideraba que lo que estaba ocurriendo era una locura—puristas gobernando y declarando ilegal la libertad de gente cuyo único delito había sido… nacer, básicamente—y tanto él como sus hermanas esperaban que apareciese en El Profeta un titular que dijera algo así como: ‘Arrestado el mago tenebroso responsable del golpe de estado y el asesinato de Lena Milkovich’.
Y es que… ¿quién podía esperarse que aquella locura durase?
Con el paso de los días, las noticias eran cada vez menos halagüeñas. Lohran y sus hermanas se movían de refugio en refugio, malviviendo en las calles de Londres, mientras esperaban. Esperaban que algo cambiase… y cuando finalmente vieron que nada cambiaba, el brasileño se resignó: aquello iba a durar. Así que dejó de leer la prensa mágica, preocupándose únicamente de sobrevivir, día tras día.
Kadiha y Femés sin duda debían ser algo así como Bonnie Parker y Clyde Barrow, los criminales más infames y más buscados. A ojos del Ministerio, al menos; a ojos de Lohran, más que criminales, parecían tener una moralidad dudosa. Especialmente ella, puntualizó mentalmente, pues Kadiha había transmitido al brasileño un aura mucho más oscura, mucho más fiera, que Femés.
Así que Lohran creyó las palabras de Samantha. Después de todo, él se había preocupado de mantenerse lo bastante alejado del mundo mágico—a excepción de la procura de un modo de abandonar Londres con sus hermanas—como para no conocer toda la historia de aquellos dos.

***

Ya de nuevo con los pies en el suelo, tras una bajada apresurada por la escalera de incendios, Lohran y Samantha se reunieron con Femés y Kadiha. Por desgracia, el primero había sufrido una herida, pero teniendo en cuenta la cantidad de muggles inconscientes que había alrededor, esgrimiendo cuchillos de carnicero que debían haber cogido de alguno de los puestos de venta de carne cercanos, resultaba impresionante que no tuviese nada más que esa herida.
También fue lo bastante educado como para agradecerles a ambos el hechizo que Samantha había lanzado contra uno de sus atacantes. De haber tenido tiempo, Lohran habría puntualizado que la responsable de aquello era Samantha, y ella era a quien debía agradecérselo, pero Kadiha ya estaba urgiéndoles a moverse. Parece que por ahora estamos todos juntos en esto, pensó Lohran, quien valoraba la lealtad por encima de todo, y quien en conciencia no podía abandonar a aquellas tres personas hasta salir de allí.
Otra carrera desenfrenada dio comienzo, y mientras Kadiha corría delante cargando a su compañero como si le persiguiese el mismísimo Diablo, Lohran acompañaba a Samantha unos pasos por detrás. La bruja amante de los pollos conjuraba barreras, separándoles de los enemigos que les perseguían y obligándoles a buscar rutas alternativas. Lohran se aseguraba de que ella no se quedase atrás, incluso cuando Kadiha dobló una esquina en dirección a otro callejón.
Una vez llegados al muro que les separaba del callejón siguiente, Femés y Kadiha tuvieron muy pocos problemas para sortearlos, mientras que Samantha utilizó un hechizo para elevarse por encima de la construcción de ladrillos. Respecto a Lohran, el último en sortear el obstáculo, se valió de sus habilidades físicas, cogiendo carrerilla para pegar un salto, encaramarse con ambas manos al borde superior del muro, y utilizando su fuerza física para pasar al otro lado.
Recorrieron apenas unos metros más antes de encontrarse cercados por los enemigos. Lohran, creyendo que no quedaría otra que luchar, empuñó su varita robada como si realmente tuviese intención de utilizarla. Sin embargo, por la espalda también aparecieron enemigos—empleando el mismo hechizo que Samantha para sortear el muro—que avanzaban con determinación hacia ellos.
Lo que ocurrió durante los minutos siguientes fue tan confuso que Lohran Martins apenas se enteró de gran cosa. Puso el ‘piloto automático’ y pasó de realizar acciones a, simplemente, reaccionar a lo que iba ocurriendo. Hubo explosiones, y el callejón se llenó de humo. Samantha utilizó su magia para proteger a ambos, y en un descuido en todo aquello, Femés y Kadiha simplemente se esfumaron. Los habían abandonado a su suerte.
Una explosión conjurada por su compañera de fatigas hizo saltar por los aires el pequeño murete que habían sorteado los cuatro para llegar a encontrarse en la situación en que estaban, arrojando a varios aurores por los aires. Lohran y Samantha estaban a cubierto, por lo cual lo único que recibieron fue una fina lluvia de polvo que cayó sobre ellos, proyectada por la explosión.

—Claro que confío en ti.—Respondió Lohran, y Samantha puso entonces en marcha su plan.

Sujetos el uno al otro, y de nuevo por obra del hechizo de Sam, ambos ascendieron hacia los tejados. En esta ocasión, una salva de hechizos les persiguió, impactando en diversos puntos de la pared, pero el humo que habían provocado sus enemigos les sirvió, irónicamente, como cobertura. Aterrizaron en cuclillas sobre el tejado, y se dispusieron a lanzarse a la carrera una vez más.
Sin embargo, Lohran se detuvo un segundo al borde de la cornisa, e hizo bien: un mortífago ascendía, como si a la espalda llevase un jet pack, en persecución de los dos fugitivos. Lohran alargó un brazo y, mientras el tipo todavía estaba en medio del aire, asió el cuello de su camisa y tiró de él con fuerza. Se lo pasó por encima del hombro y lo arrojó contra el duro tejado. El mortífago emitió un gruñido de dolor, posiblemente sintiendo un latigazo de dolor en toda la espalda, pero Lohran le alivió rápido: de un buen puñetazo, lo dejó noqueado en el suelo.
Arreglado aquel pequeño incidente, Lohran corrió junto a su compañera. En un momento dado, el momento en que ambos tendrían que saltar de una azotea a la siguiente, la cogió de la mano. De esta manera, utilizando su magia, Samantha hacía que ambos se mantuviesen en el aire un poco más, asegurándose de no caer al vacío.
Sortearon así un par de abismos más, cogidos de la mano, mientras a sus espaldas los aurores, que habían alcanzado las azoteas también, lanzaban hechizos que les pasaban silbando por encima de la cabeza, muy cerca. La carrera de ambos llegó entonces a su fin, al darse cuenta de que el siguiente edificio estaba demasiado lejos como para poder saltar.
Lohran observó a lo lejos el puente de Londres, y el río Támesis, además de los inalcanzables edificios que tenían a unos cuantos metros de distancia. Maldijo en silencio su suerte, y entonces miró atrás. Sus enemigos habían desistido de atacar y corrían hacia ellos. Eran tres, pero no podrían hacerles frente. Era un hecho.

—Agárrate fuerte.—Dijo Lohran, y ante la confusión de Sam, el brasileño la cogió en brazos. Literalmente, cogió a Samantha Lehmann con ambos brazos, pasando uno por detrás de sus rodillas y el otro por sus hombros. Hecho aquello, el fugitivo dio un par de pasos atrás, tomando carrerilla… y corrió en dirección al borde de la azotea.

Lohran dio un salto tremendo al llegar al borde, estirando todo lo que pudo ambas piernas, con intención de alejarse lo máximo posible del radio de acción del hechizo. Al principio, se desplazaron en línea recta, pero pronto la gravedad hizo lo suyo y empezó a tirar de ellos hacia abajo. Lohran se forzó a calmarse, a cerrar los ojos, y con la varita todavía empuñada en la mano derecha—en contacto con el hombro de Samantha Lehmann—conjuró el hechizo de aparición…
...y funcionó. El mundo empezó a girar alrededor de los dos. Lohran sintió cómo algo tiraba de él y lo hacía dar vueltas, y cuando abrió los ojos…

Algún lugar del bosque de Epping...

...estaban suspendidos en medio del aire, a un par de metros de un lago cristalino sobre el que se precipitaron, y en el que acabaron zambulléndose con el estruendo del agua al salpicar en todas direcciones. Al entrar en el agua, ambos se separaron. Lohran, aturdido y con la cabeza bajo el agua, nadó hasta alcanzar la superficie, y una vez su cabeza salió del agua, respiró profundamente.
Miró entonces a su alrededor, buscando a Samantha, esperando que no le hubiese ocurrido nada malo. Sería una pena perderla después de haber sobrevivido a aquel reciente episodio.
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