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[FB] The way we used to be // Ft. Sam J. Lehmann

Lohran Martins el Vie Ago 31, 2018 12:23 am

Recuerdo del primer mensaje :

[FB] The way we used to be // Ft. Sam J. Lehmann - Página 2 TY72yeQ
Miércoles 24 de mayo, 2017 || Leadenhall Market, Londres || 10:34 horas || Mi ropa

Por norma general, Lohran Martins era muy cuidadoso a la hora de aventurarse al mundo más allá de las puertas del refugio que compartía con sus dos hermanas. Desde que su fotografía iba acompañada de una jugosa recompensa, el mundo mágico no era una opción ni mucho menos, y cuando salía al mundo muggle, se preocupaba de no llamar demasiado la atención. Y es que a veces era inevitable: la comida no crecía en las paredes de su refugio, y tenía que alimentar a sus dos hermanas, amén de conseguirles muchas otras cosas que no podían encontrarse en el refugio.
Ese día se había ataviado con un chándal con capucha—la cual llevaba por encima de la cabeza en ese momento—y unas gafas de sol. Llevaba la mochila a la espalda, lista para almacenar todo lo que pudiese. Su intención no era otra que llevarse la mayor cantidad de comida que pudiese al refugio, a fin de no tener que salir en el mayor tiempo posible.
Caminando, igual que los muggles, Lohran se acercó al mercado de Leadenhall, lugar en el que podía encontrarse casi cualquier cosa. En principio, sería un trayecto sencillo y sin ningún tipo de sobresalto, pero el brasileño no podía evitar ponerse paranoico: cada mirada que le echaban le hacía preguntarse si algún cazarrecompensas vestido de paisano lo habría localizado. Intentó mentalizarse de que su aspecto simplemente recordaba al de algún ratero, y por eso le miraban así.
No sabía qué sería peor.

***

Invirtió algunos minutos en pasearse por las tiendas del mercado reuniendo cosas básicas y enlatadas: platos preparados, verduras, comida para Alfredinho… Su mochila iba bastante repleta, y el fugitivo echó en falta su vieja varita, que había dejado atrás en Hogwarts el día que los mortífagos habían atacado al gobierno y se habían adueñado de él. Arriesgarse con un Reducio utilizando aquella varita desleal que había robado a un mortífago muerto podría desembocar en una explosión, y no quería perder la comida que había pagado con el escaso dinero que sus hermanas y él habían reunido.
Solo faltaba comprar algo fresco, algo para consumir aquel día. Por extraño que pareciese, un estofado con ingredientes frescos era todo un lujo, algo que los tres hermanos agradecían en aquel nuevo día a día que les había tocado vivir.
Así que se acercó a uno de los puestos de verduras situados a pie de calle, contando el poco dinero que le quedaba en el bolsillo. Con suerte, tendría suficiente para comprar las verduras y algo de carne.

—Buenos días.—Saludó Lohran a la tendera, una mujer blanca de unos cincuenta años que le echó una mirada cargada de desconfianza.—¿Sería tan amable de ponerme tres cebollas, cuatro zanahorias y dos tomates, por favor?—Su voz conservaba todavía un deje de su acento brasileño natal, a pesar de los años que llevaba viviendo en Inglaterra.

Mientras compraba, Lohran permanecía ajeno a la mirada de un hombre que no solo le vigilaba entonces, si no que ya llevaba un buen rato tras sus pasos. Aquel hombre lo observaba con ojos avariciosos, posiblemente contando ya las monedas que le darían en el Ministerio cuando entregase a aquel fugitivo.
Lohran Martins
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Lohran MartinsRadical

Sam J. Lehmann el Vie Oct 26, 2018 4:30 am

Corrieron y siguieron corriendo por los tejados, siendo Sam la encargada de utilizar la magia para favorecer los movimientos, ya que sin ella al menos Sam hubiera sido incapaz de pasar de una a otra con tanta facilidad. Sin embargo, cuando ella ya se sentía al borde del estrés al no encontrar el final de aquella persecución, fue cuando llegaron a un edificio sin salida. Frente a ellos solo quedaba el London Bridge, acompañado de un larguísimo Támesis y, justo debajo, una grandísima avenida repleta de muggles. Sam miró hacia atrás, sintiéndose acorralada. Como cayesen ahí abajo iban a meter a muchísimos muggles en medio del percal y ella sabía muy bien que las personas que le perseguían no iban a tener ningún tipo de consideración. Tampoco podían desaparecerse. ¿¡Cómo narices no iban a poder desaparecerse todavía!?

Fue entonces cuando vio en los ojos de Lohran sus intenciones. ¿Que se agarrase fuerte? ¿Qué pensaba hacer? ¿Saltar? El primer impulso de Sam fue apartarse y mirarle con una mirada que quería decir que no pensaba tirarse por ahí. Sin embargo, Lohran la cogió en brazos. —¡Lohran! ¡Pero...! ¡No! —gritó, pataleando, viendo como los Mortífagos cada vez estaban más cerca a sus espaldas. ¿Estaba cogiendo carrerilla? ¡Estaba cogiendo carrerilla! —¡No saltes, no…! ¡¡Lohran!!

Pero fue entonces cuando sintió el tirón de él al haber saltado y Sam solo se abrazó a su cuello, cerrando los ojos. ‘Él no se va a suicidar’ pensó. ‘Tendrá una idea, una idea peligrosa pero una idea al fin y al cabo’ volvió a pensar. ‘Ha confiado en mí, yo debería confiar en él…’ continuó pensando. ‘Tengo miedo’ recitó su mente finalmente.

Cuando sintió la sensación en el estómago de caída, fue cuando vio aquello realmente negro, sin embargo, reconoció perfectamente la famosa característica de la Aparición. Para cuando abrió los ojos para cerciorarse, ya estaba en caída libre y había dejado de ver detrás de ella aquel enorme edificio, para ver ahora un cielo nublado. Para cuando se giró para ver en donde iban a caer, sólo se encontró un gran cúmulo de agua en el que cayó sin poder evitarlo. Una vez bajo el agua, nadó hacia arriba y cogió aire, mirando a ambos lados hasta encontrar la cabecita de Lohran. —¡Sí, sí, sí! ¡Chúpate esa Kadiha Rhodes! ¡Chúpate esa, mortífagos! —Madre mía, acababa de liberar una cantidad de adrenalina acumulada que la sensación de relajación sólo había conseguido que pudiera sonreír. ¡Necesitaba coger aire de puro relax y no podía ahí mientras tragaba agua e intentaba mantenerse a flote! De verdad, había pasado miedo real huyendo sin saber a dónde huir. Huyendo sin poder huir, en realidad. Nadó hacia Lohran—sintiéndose super incómoda por nadar con una mochila, nadie se acuerda de la mochila—y lo abrazó, ahí, en medio del lago, casi para ahogarse era eso. —Muchas gracias.

Gracias por haberlos sacado de allí. Gracias por haberla apoyado en todo momento. Gracias por no ser un hijo de perra capaz de abandonar a los suyos. Gracias simplemente por ser un buen tío y luchar hasta el final junto a ella. No lo iba a negar: está escrito que ella misma dudó de sus lealtades, pero ya visto lo visto, de él era del que menos debía de preocuparse por eso.

Salieron del lago, empapados de arriba abajo, con los zapatos llenos de barro y todavía ella conservaba la sonrisa. Una sonrisa de pura adrenalina y, evidentemente, alegría. Ella agradecía muchísimo a Merlín, Morgana y los siete dioses antiguos que cada vez que se veía involucrada en ese tipo de situaciones, saliese ilesa. —Vale, ¿y ahora qué? —Rió divertida, en medio de la nada. Podría haber propuesto ir a su tienda de campaña pues Lohran había resultado ser una persona de confianza, sin embargo, lo acababa de conocer. Y Sam tenía las políticas claras: nada de llevar a nadie al único sitio en donde estaba a salvo, al menos por el momento. Además, eso de proponerle ‘ir a su tienda de campaña’ podría dar confusión a dobles sentidos incómodos. Sam se quitó la mochila empapada de la espalda, la dejó caer al suelo y escurrió la camiseta por delante. —¿Tienes un lugar seguro al que ir? —preguntó antes que nada, por saber la situación en la que se encontraba él.

Eso sí, necesitaban al menos diez minutos para criticar a la zorra de Kadiha Rhodes. Y Sam era mujer, así que diez minutos se quedarían cortos. Mejor veinte como mínimo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Lohran Martins el Sáb Oct 27, 2018 10:32 pm

Prudente como solía ser Lohran Martins—alguien que por voluntad propia nunca se metería en una situación como la que acababan de vivir Samantha Lehmann y él, a pesar de que en el futuro juraría lealtad a los radicales y su causa—la decisión de saltar desde aquel edificio debió parecer una locura a ojos de su compañera.
Al menos, los gritos de ésta así lo atestiguaban.
Sin embargo, si el brasileño era experto en una cosa, esa cosa era la aparición. Y no solo la aparición en sí: también conocía bien los límites de esta práctica mágica, y las medidas utilizadas para bloquearla. Haciendo una estimación mental, el fugitivo calculó que el hechizo anti-aparición se terminaría no mucho más allá de la línea imaginaria que separaba el mercado del resto de la calle, pues de poco serviría malgastar esfuerzos y dividirse de forma absurda solo para extender un poco más el efecto del hechizo. Y es que, de hacer algo así, lo único que conseguirían sería perderlos de vista y asumir el riesgo de que echasen a correr a través de algún callejón que hubiesen dejado sin vigilancia.
No se equivocaba, y si bien Lehmann pensó que se matarían—no iba a mentir: él mismo también llegó a pensarlo—finalmente lograron desaparecerse a salvo. Y bueno, la aparición había tenido lugar a varios metros del suelo, por lo que Lohran no llegó a controlarla del todo. Debido a los nervios, debido quizás a esa varita defectuosa que llevaba consigo, o debido a lo que fuese: el caso fue que aparecieron en una situación tan comprometida como en la que estaban antes de desaparecerse.
Bendita sea el agua, colchoneta de la naturaleza, pensó Lohran mientras contemplaba la cabeza de Samantha Lehmann emergiendo de entre las aguas de aquel lago salvador.
La chica parecía eufórica, celebrando que se habían salvado, y mientras flotaba allí en medio—a duras penas, a causa del peso de su mochila—Lohran no pudo evitar sonreír. Desde luego, igual que ella, se alegraba de estar vivo, pero su celebración no sería tan desmedida.
El abrazo de Samantha los mandó a ambos unos segundos bajo el agua, pero cuando emergieron de nuevo, Lohran no pudo evitar reír, devolviéndole el abrazo a la chica.

—Bueno, te debía una: fuiste la primera en salvarme el culo.—Respondió Lohran, alzando la mano para que la joven rubia chocase las cinco con él. Resultaba increíble la camaradería que dos personas enfrentadas a una situación de peligro pueden llegar a desarrollar.

Así que nadaron hacia la orilla, y una vez allí, Lohran caminó un par de metros antes de dejarse caer de culo sobre la hierba. Estaba cansado, tanto por la persecución como por el hecho de llevar a cuestas una ropa empapada que pesaba el doble de lo normal y una mochila que contenía varias latas de conservas. Se desembarazó de esta última, sentándose a continuación con las rodillas flexionadas y los codos apoyados en éstas. Con un largo suspiro, el fugitivo demostró lo mucho que se alegraba de seguir con vida. Y ya no solo por sus hermanas: también por él mismo, pues había descubierto que, aunque se creía preparado para morir, no le seducía nada la idea.
Nada como estar al borde de la muerte o de que te capturen los mortífagos para comprender estas pequeñas cosas de la vida.
Samantha todavía reía, seguramente tan aliviada como él de seguir con vida, y Lohran no pudo evitar mirarla, desde su posición en el suelo, con una sonrisa en la cara. ¿Cuánto tiempo hacía que no estaba en compañía de otra persona que no fuesen sus hermanas? Resultaba reconfortante relacionarse con otras personas, desde luego.

—Tengo un refugio.—Asintió Lohran con la cabeza, suspirando otra vez a continuación.—Pero está en Londres y, si te soy sincero, después de esa persecución y de la última escena de acción que nos hemos marcado, estoy tan cansado que no me veo ahora mismo en condiciones de desaparecerme de nuevo.—Lohran se miró entonces de arriba abajo, casi como si decidiese a qué parte de sí mismo le tenía menos cariño.—Bueno, no entero, por lo menos.—Añadió con una mueca divertida. Ciertamente, no había nada de gracioso en las desparticiones, él lo sabía, pero en aquel momento todo parecía gracioso.

Samantha estaba haciendo sus mejores esfuerzos por escurrir su ropa mojada. Lohran, por su parte, hizo todo lo que podía en aquella situación: se quitó la sudadera, que estaba tan empapada que parecía pesar una tonelada. La arrojó a un lado, quedándose solamente con su camiseta de manga corta, sus pantalones y sus zapatillas. Aquello estaba un poco mejor, desde luego.

—¿Y qué hay de ti, Samantha? ¿Tienes un refugio?—No sabía si la joven estaría en condiciones de utilizar la aparición. Dados los factores de que no había sido ella la que había utilizado la aparición para llegar a aquel lugar, y el factor de que su varita sí le obedecía, quizás ella sí pudiese. Sin embargo...—Recomiendo que antes de ponernos en marcha hacia ningún sitio nos sequemos. Vale, sí, estamos en pleno verano, pero caminar por ahí con ropa mojada no es lo más confortable del mundo.—Lohran hizo un esfuerzo para ponerse en pie, sintiendo que todos los músculos le tiraban. Iba a tener agujetas al día siguiente, estaba claro.—Ah, sí, y tengo hambre. ¿Tú tienes hambre?—Lohran volvió a sonreír, casi a modo de disculpa por tener hambre.

Lo cierto es que no sabía si la chica, que posiblemente habría acudido al mercado para lo mismo que él, había tenido tiempo de pertrecharse con suministros. Si no lo había conseguido por salvarle a él, compartiría lo que había comprado con ella. No solo para la comida, sino para que se llevase un poco a su refugio.
Era lo mínimo que podía hacer por ella.
Lohran Martins
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Lohran MartinsRadical

Sam J. Lehmann el Lun Oct 29, 2018 1:59 am

El refugio móvil de Sam también estaba en Londres, aunque por norma general siempre en las periferias, alejado de cualquier cúmulo de personas y que no durase demasiado tiempo en el mismo lugar. Le ponía de los nervios estar demasiado tiempo en el mismo sitio y en muchas ocasiones ella misma era su propia enemiga y se creaba una paranoia horrible. De verdad que no entendía a la gente que tenía un refugio, en el centro de Londres y podía vivir tranquilo día tras día con la seguridad de no ser encontrado. Y vamos, meses después se daría cuenta de que podía hacerse cuando empezase a vivir con Caroline, aunque los primeros meses pensase que cada muggle era un mago encubierto espiándola. Hasta la vecina de al lado cuando regaba las plantas.

Consiguió esbozar una sonrisa. —Con la aparición conjunta tan épica que acabas de conseguir, creo yo que has agotado tu cupo de apariciones exitosas de hoy, ¿eh? —dijo, visiblemente feliz, olvidándose incluso por un momento de lo cabrones que habían sido Kadiha y Femés. Ahora mismo solo había lugar para la alegría al estar vivos y no esposados y de camino al Ministerio de Magia. Que no sabía Lohran, pero teniendo en cuenta las raíces de Sam, tenía muy claro que por muchas sentencias y acusaciones que le echaran encima, su única prisión válida era el Área-M. Jamás matarían a una hija de muggles, pudiendo tener un preso más allí con el que hacer barbaridades. —Sí, tengo un lugar en el que poder dormir tranquila. Bueno, o eso quiero pensar. Pocas veces duermo tranquila —confesó divertida.

Sam lo imitó, quitándose ella también la camiseta que tenía por encima, quedándose en una camisilla ajustada que, gracias al agua, no dejaba curva a imaginación. Le dio vergüenza, por lo que intentó estirarse la camisilla disimuladamente como si se la estuviera escurriendo, cuando solo intentaba que no se le pegase al cuerpo. Y Lohran tenía razón en una cosa: estar así no era para nada cómodo. No tenía frío, no después de la carrera que se había pegado y lo ardiente que se sentía por la adrenalina liberada. —Oye pues ahora que lo dices… sí, tengo mucha hambre. —Porque si no se lo llega a decir, probablemente no comería hasta llegar a su tienda y se daría cuenta de que sólo tenía una manzana chunga con la que abastecerse. —Curiosamente antes me encontré con un hombre que me dio una buena bolsa de comida… —dijo, agachándose frente a su mochila y abriéndola para ver lo que le había metido antes. —Tengo verduras mojadas… buen surtido. Viniendo de un fugitivo me esperaba albóndigas enlatadas y comida pre-cocinada. —Y le entraron unas ganas horribles de comer albóndigas. ¿Alguien haría albóndigas de… tofu? ¿O de guisantes? ¿O de champiñones? Tendría que estar buenísimas unas albóndigas de champiñones con salsa de champiñones y más champiñones. ¡Menudo antojo le había dado, peor que el maldito chocolate! Ahora quería champiñones.

En realidad le parecía mal gastarse la comida que Lohran había comprado, por lo que sacó la bolsa de las verduras y se la tendió a su nuevo compañero de persecución. Por cómo había dicho lo del hambre supuso que le estaba 'invitando' a comer juntos y Sam evidentemente no tenía nada que ofrecerle. —Yo acababa de llegar al mercado cuando vi que Anthony te perseguía, así que no me dio tiempo de comprar nada, pero igualmente me sabe mal que compartas tu comida conmigo. —Estaba sonando como la típica y lo sabía, ¡pero es que era verdad! —Es decir, sé lo que cuesta conseguirla y que nosotros no compramos por comprar. Esas tres cebollas, esas cuatro zanahorias y los dos tomates están perfectamente contados para lo que sea que tienes en mente. —Claro, luego se ponía en su piel y… ¿Sam compartiría su comida con Lohran de ser el caso? Por supuesto y sin dudarlo además. Le cogería de la oreja y le sentaría a su lado para comer lo que fuera. Pero la diferencia es que Sam estaba SOLA y Lohran tenía a dos hermanitas a las que alimentar. Además, ella ya estaba acostumbrada a estar sin comida. Iría por la noche a cualquier veinticuatro horas y se compraría alguna tontería para cenar. —Cuando me seque volveré a Londres a por algo y listo.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Lohran Martins el Lun Oct 29, 2018 2:52 pm

Lohran, sentado a la orilla de aquel lago y sintiéndose más cansado de lo que se había sentido en mucho tiempo, sonrió en respuesta al comentario de la joven Lehmann. ¿Podéis creérlo? Dos desconocidos que compartían una especie de complicidad, simplemente porque habían pasado por un evento que les había hecho unirse. No iba a Lohran a exagerar y decir que ya veía a Samantha como a alguien de su familia, ni mucho menos, pero los últimos acontecimientos habían hecho que tuviese a la rubia en alta estima: valiente, lo bastante loca como para ayudar a alguien que no conocía y que estaba en apuros, y leal como para permanecer al lado de este alguien cuando, posiblemente, habría sido más sencillo hacer como Kadiha y Femés, y desaparecer a las primeras de cambio.
Si todo aquello no era suficiente para que la chica se ganase un lugar en su corazón, sinceramente Lohran no sabía qué lo sería.

—¡Eh, que ha tenido mucho mérito! Teniendo en cuenta la varita que tengo, podríamos haber saltado en pedazos los dos...—Dijo Lohran, y aunque claramente lo dijo en tono de broma, añadió al momento.—¡Es broma, es broma! La aparición es en lo único en que te puedo asegurar que soy bueno, tenga en mis manos la varita que tenga. No en vano, me dedicaba a enseñar aparición en el Ministerio.—Desvelar aquello hizo sentir a Lohran como si estuviese hablando de otra vida, e incluso de otra persona. No podía creerse que hubiera habido un tiempo en que trabajó dentro de ese edificio.

Ella también tenía un refugio, pero teniendo en cuenta que no se había desaparecido de inmediato, Lohran supuso que no tenía demasiada prisa por volver. Lohran podía simpatizar con lo que dijo acerca de dormir, pues él mismo se había sorprendido en más de una noche con los ojos abiertos, pendiente de cualquier sonido, mientras la paranoia le invadía. Un fugitivo puede entrar en paranoia muy fácilmente, eso Lohran lo sabía bien, y el hecho de dormir una noche del tirón se podía considerar un lujo. Un gran precio a pagar a cambio de seguir en libertad.
Ya en pie, el brasileño no pudo evitar echar un breve vistazo cuando Samantha se quitó la camiseta que llevaba por encima. Era un hombre, ¿de acuerdo? Su vista no pudo evitar recrearse durante unos segundos en la escultural figura mojada de su compañera, cubierta apenas por una camiseta mojada y ceñida que poco o nada dejaba a la imaginación. Sin embargo, al darse cuenta de que la estaba mirando, se forzó a darse la vuelta y a mirar en otra dirección. Lohran no era el tipo de hombre que se quedaba mirando esas cosas, pero como solían decir, la carne es débil. Y ella no era precisamente un adefesio.

—¡Vaya, menuda suerte has tenido!—Exclamó Lohran con diversión cuando Samantha dijo que alguien le había dado una bolsa llena de verduras.—Ya no se encuentran buenos samaritanos en estos días, ¿eh?—Toda aquella situación resultaba increíble: eran capaces de bromear después de haber estado a punto de ser apresados.

Su compañera le explicó, entregándole la bolsa con las verduras, que acababa de llegar al mercado cuando se interpuso entre el cazarrecompensas y él, lo cual interrumpió sus planes de comprar algo con lo que alimentarse. También se negó sutilmente a que Lohran compartiese la comida con ella. Finalmente, aseguró que en cuanto se secase iría a buscar algo para comer a su refugio.
Lohran negó con la cabeza, dejando la bolsa con cuidado en el suelo, y poniéndole una mano en el hombro a Samantha.

—Me has ayudado.—Empezó el brasileño, mirándola a los ojos y hablando con calma.—Sí, tienes razón: todo esto que llevo encima lo he comprado para mis hermanas y para mí, pero si ellas estuviesen aquí, te aseguro que serían las primeras en compartir la comida contigo.—Lohran se arrodilló delante de su mochila, abriendo las cremalleras para comprobar qué más tenía guardado allí.—Así que no voy a dejar que te vayas sin, al menos, llenar el estómago. Por lo que, ¿qué te parece si hacemos un buen fuego y nos secamos, y abrimos un poco más el apetito con…?—Lohran rebuscó un poco dentro de la mochila, que por fortuna para él no se había mojado mucho por dentro, hasta que dio con lo que buscaba.—¡Aquí están! Las llevaba guardando una semana.—Sacó un par de chocolatinas, ofreciéndole una a Samantha.—¿Te apetece abrir un poco más el apetito con esto?

Por supuesto, Lohran no tenía ni idea de que aquella joven era ya no una amante del chocolate, sino LA amante del chocolate. Pero, aún así, supuso que le gustaría. A él le gustaba. A sus hermanas les gustaba. Todo el mundo adoraba el chocolate. Y no había nada mejor, después de la desenfrenada carrera que se habían pegado, que una buena chocolatina. No existe manera mejor de recuperar las fuerzas. Científicamente probado.
Lohran Martins
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Sam J. Lehmann el Sáb Nov 03, 2018 12:16 am

Se sorprendió al saber que Lohran se dedicaba a instruir aparición en el Ministerio de Magia, ya que no le sonaba en absoluto su cara de allí. Aunque claro, era un poco iluso pensar que si trabajabas en el Ministerio de Magia, conocías a todo el mundo, ya que eso no era así. Aquello era enorme y los diferentes departamentos iban muy a su rollo, por lo que Sam literalmente no tenía nada que ver con el resto. Sólo al final, cuando la empezaron a llamar para temas de Wizengamot. Pero vamos, que Lohran era negro y no es que hubiera mucha gente negra en el Ministerio, ¿sabes? ¡Debería de acordarse un poquito, digo yo! Años trabajando ahí para luego no acordarte de un rostro, es que era muy fuerte. —Pues qué suerte la mía, me encontré con un experto en apariciones justo en un momento en donde era nuestra única salida. No me puedo creer que la suerte me haya sonreído una vez. Miedo me da. —Bromeó con las desgracias de su vida. —¿Puedes aparecerte incluso sin varita? —preguntó, con genuina curiosidad. Ella era consciente de que los magos más expertos en ciertas materias podían llegar a ejercer dicha materia sin varita. El legeremante que había ido a visitar Al Cairo, por ejemplo, no precisaba de varita para meterse en la mente de la gente, sólo el hechizo legeremens que recitaba de manera no verbal.

Fingió haberse encontrado con un hombre dispuesto a dar comida como limosna, a lo que Lohran le siguió la broma. —Ya te digo, hoy mi suerte es espléndida y yo tentándola metiéndome en problemas, ¿te imaginas que no me llego a meter en ningún lío? Quizás ahora mismo me hubiera encontrado un cupón de lotería ganador y ya estaría rumbo a Sudamérica a vivir tan pasivamente como los perezosos. Creo que allí todo el mundo nos quiere aunque seamos hijos de muggles. —Normal, con tanto calor qué ganas tendrían que tener de ponerse a perseguir fugitivos, la verdad. Solo de pensarlo se le quitaban las ganas.

Ella quería verse a sí misma como alguien justo y si bien en la situación contraria ella no tendría ningún problema en compartir, tampoco quería que nadie tuviese esa ‘obligación moral’ con ella. Una ya sabía muy bien las limitaciones de vivir en la mierda como para andarse con compromisos.

Sin embargo, Lohran insistió. Y si uno insiste, el otro calla. Es decir, vale que Sam no quería que nadie se sintiese obligado, pero tampoco iba a insistir es que se fuera si él quería compartir con ella. Le pareció adorable, en realidad, que quisiera compartirlo con ella cuando ella tenía bien claro que no le debía nada y, sobre todo, porque tenía a dos hermanas allá en donde fuera con las que compartir la comida. Pero bueno, ¿qué iba a decir ella? Pocas veces en su época de fugitiva solía tener ese tipo de cercanía y muestras de bondad, así que sencillamente sonrió al verlo agacharse en su mochila, mientras ella seguía rallada intentando separarse la dichosa camiseta.

Cuando sacó las chocolatinas, Sam lo miró divertida. —Vale, ya me has ganado. Comeré contigo y si quieres podemos ser amigos de por vida. Te invitaré a mi futura boda. —¡Já, boda! Por aquel entonces la única boda que ella se imaginaba iba de mano de Sebastian Crowley y la muerte, pero bueno, había sido un arrebato de felicidad y optimismo. —En serio, adoro el chocolate… —cogió la chocolatina y la admiró por fuera, ya que no conocía la marca—…¿encima tiene caramelo? Jopé… —Y sonrió. —Llevo sin comer chocolate unas dos semanas y no sepas lo mucho que influye en mi humor eso, ¿eh? ¿Me has visto? Me has iluminado la cara. Ya no odio a Femés y Kadiha Rhodes… —Fingió una sonrisa. —Es broma, esos señores se han ganado mi eterno mal de ojo.

Y, divertida, desenvolvió la chocolatina para comérsela, sintiendo un saborgasmo de placer. Ay, nadie sabría nunca lo que Sam disfrutaba con el chocolate. Y era bonito que al menos esos pequeños detalles le hiciesen felices, que un hombre de chocolate le diese chocolate también tenía su punto de diversión. Así que mientras se comía la chocolatina como una niña pequeña, volvió a cerrar tu mochila. —Yo me encargo de hacer la hoguera, vamos un poco más adentro que aquí me siento muy a la intemperie… y hace frío.

Caminaron un poco más adentro, en donde comenzaban a haber ya varios árboles. Se colocaron en mitad de un sitio más acogedor y Sam movió un tronco grande para que ambos pudieran sentarse sobre él. Obviamente lo movió con magia, no os imaginéis aquí a Sam cargando con nada porque lo más probable es que ella se rompiese por el camino. Así mismo, reunió varias piedras en círculo y también leña: tanto troncos más grandes como palitos más pequeños. Con magia encenderlo fue fácil, aunque luego empezó a usar ligeros hechizos de aire para avivarlo y que el fuego se concentrase, volviéndose mucho más intenso y no se apagase. —Si te digo la verdad, hace dos años me llegas a decir que iba a ser una experta en hogueras y no me lo hubiera creído —dijo, sentándose en el suelo junto a la hoguera, con el pelo aún húmedo y rindiéndose un poco con la camisilla que ya estaba bastante más seca. Suspiró, mirando las llamas. Se mantuvo callada unos segundos, hasta que finalmente volvió a mirar a Lohran. —¿No se preocuparán tus hermanas si no vuelves? —preguntó, preocupada.
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Sam J. LehmannFugitivos

Lohran Martins el Dom Nov 04, 2018 4:10 am

Lohran sonrió divertido ante el comentario de Samantha, considerándole un experto en la materia de la aparición. Ciertamente, y aunque al brasileño no le gustaba echarse flores ni presumir de aquello que podía hacer, ciertamente era todo un experto en la práctica. No en vano le habían pagado durante años por instruir a otros magos en las maravillas de la aparición. Pero, siendo honestos, la magia de aparición no era tan complicada de aprender. Dominarla a la perfección podía ser complicado, y un mago que perdiese la concentración o se pusiese nervioso, podía sufrir una despartición; sin embargo, el mago medio aprendía a usar la aparición en tres o cuatro clases, sin complicación alguna.
Ante la pregunta que hizo Samantha, Lohran se encogió de hombros. Ciertamente, había intentado en su momento aprender a desaparecerse sin varita, pero no lo había conseguido. En los últimos tiempos, no había tenido mucho tiempo de ponerse a prueba, teniendo que huir y esconderse casi a diario. No era la mejor situación para poner a prueba sus propios límites.

—La verdad es que no lo sé. Antes no podía, eso sí puedo decírtelo. Y la verdad es que siempre creí que era un mito.—Lohran alzó las cejas, con expresión pensativa, antes de volver a mirar a su compañera fugitiva.—No he tenido mucho tiempo de practicar eso últimamente. Y, si te soy sincero, creo que ya bastante suerte tengo con que esta varita no me reduzca a polvo solo por intentar desaparecerme.—Claro que siempre cabía la posibilidad de que todo aquel tiempo, Lohran no estuviese utilizando realmente su varita. Quizás estaba desapareciéndose únicamente por obra de su poder mágico, y la varita no intervenía para nada.

Samantha seguía feliz, y lo cierto es que a Lohran le gustaba su compañía. No porque fuese una mujer atractiva—Lohran no había podido evitar ‘mirarla con curiosidad’ cuando se quitó la camiseta, pero nada más allá de eso—sino porque últimamente solo se relacionaba con sus hermanas. Y por mucho que quisiese a sus hermanas, tener una conversación con alguien que no fuese un miembro de su familia era agradable.
Y más si se trataba de alguien con un humor, en apariencia, tan bueno como el de ella. Parecía que estaba teniendo buena suerte. Lohran, tras pensarlo unos segundos, añadió:

—Teniendo en cuenta todo lo que habría podido salir mal hoy, y todo lo que de hecho salió mal, hemos salido airosos. Así que voy a decir que, o bien también estoy teniendo buena suerte hoy, o bien eres mi amuleto de la suerte.—Y rió, divertido. Pensar que un negro y una rubia se habían dado suerte mutuamente daba mucho que pensar. Igual que su compañera había hecho antes, el brasileño estableció en su cabeza esa comparación entre ambos y las primeras víctimas de una película de terror.—¿Tú también eres hija de muggles?—Preguntó entonces Lohran, quien no pudo pasar por alto ese pequeño detalle.—Cuenta conmigo para ese viaje a sudamérica, por cierto. Me encantaría volver a Brasil. ¿Has estado alguna vez en Brasil?

Lo cierto es que Lohran apenas recordaba su país natal, pues él y su hermana tenían apenas siete años al marcharse. Pero cierto era que, por norma general, la gente en sudamérica estaba mucho más unida que los europeos. Se debía en gran parte a la pobreza, que llevaba al ser humano a sacar lo mejor de sí mismos. Sí, claro que había delincuencia y robos, pero en los barrios más pobres, la gente compartía lo que tenía con sus vecinos. De igual manera que si los fugitivos no se apoyaban los unos a los otros, si los pobres no se ayudan entre ellos, nadie más lo hará.
Así que el plan de aquellos dos pasaba por encender una hoguera, secar aquellas ropas mojadas que llevaban, descansar un poco y alimentarse. Samantha no había tenido tiempo de comprar nada para comer, por lo que Lohran tenía claro que no la iba a dejar marcharse sin llenar el estómago, al menos. ¿Qué menos? Aquella chica le había ayudado, y de no ser por ella, ahora Lohran tendría una bonita celda en la zona más chunga de la prisión de Azkaban, sirviendo como rata de laboratorio para esos extirpadores.
Entre sus pertenencias tenía un par de chocolatinas, y ofreció una a Samantha. Amante del chocolate—Como todo el mundo en este planeta, pensó un Lohran incapaz de imaginarse a un ser humano que no amase el chocolate—la fugitiva aceptó aquella golosina. Lohran la contempló disfrutarlo con una sonrisa satisfecha. La verdad es que resultaba agradable ver a una fugitiva feliz en los tiempos que corrían.

—¡Uy, casi se libran de tu odio eterno!—Exclamó Lohran, quien todavía no había desenvuelto su chocolatina. Tenía pensado hacerlo, la verdad, pero había cambiado de idea al verla comer a ella. Sí, Lohran amaba el chocolate, pero aquella chica había dicho que vivía alejada de Londres. Lohran podía entrar en una tienda, siempre y cuando tuviese dinero, y comprar una chocolatina; ella, posiblemente, no se atrevería a aventurarse a Londres solo para hacerse con una chocolatina.—¿Dos chocolatinas te ayudarían a olvidarte de ese mal de ojo?—Dejó caer Lohran, conmovido por el dato de esas dos semanas que la chica había pasado sin probar el chocolate.—Toma, guárdala para un momento de debilidad. Sé que es difícil guardar el chocolate cuando lo consigues, pero mírame a mí: con fuerza de voluntad, todo se puede.—Y dicho aquello, puso la chocolatina en la mano de Samantha.

Lohran asintió con la cabeza a la sugerencia de Samantha de adentrarse un poco más en el bosque. Si bien a simple vista podría parecer que no hacía frío, pasar demasiado tiempo mojados bajo aquella brisa podría conllevarles problemas de salud. Y un fugitivo debía mantenerse en el mejor estado de salud posible si quería estar en plena forma para huir.
El brasileño recogió su mochila, echándosela al hombro, y después tanto su sudadera como la camiseta de Samantha. Las dos estaban empapadas, pero bueno… como todo lo demás. Se las plegó sobre el antebrazo izquierdo y caminó junto a la rubia, quién sería la encargada de hacer un buen fuego para calentarse. Y no mentía sobre su destreza: en pocos minutos tuvo una fogata bien montada y funcional, y ambos estaban sentados delante de ella. Lohran, valiéndose de un par de palos que clavó en el suelo, colgó tanto su sudadera como la camiseta de Samantha sobre el fuego, a una distancia prudencial para que no ardiesen, y para que las gotas de agua no cayesen sobre las brasas y las apagasen. Hecho esto, se sentó, acercando sus manos al calor agradable de las llamas.

—Pues lo has conseguido. Un trabajo digno de un boy scout.—Comentó Lohran, pensando que, de estar solo y no acompañado de una rubia a la que acababa de conocer, posiblemente se habría quitado también los pantalones y la camiseta. Que la ropa se secase encima de uno nunca era bueno.—Posiblemente. Seguro que mi hermana pequeña quiere salir a buscarme, pero confío en que mi melliza la mantendrá tranquila. En días como estos, me gustaría seguir teniendo un teléfono móvil que funcione.—Y es que Lohran había perdido su teléfono móvil tiempo atrás. Bueno, no exactamente: digamos que, en un momento dado, fue encontrando cada vez menos ocasiones de cargar la batería, y acabó convertido en un pisapapeles. Dadas aquellas circunstancias, Lohran había quitado la tarjeta sim, se la había guardado, y había vendido el teléfono por cien libras. Con aquello habían podido comer durante bastantes días.—Oye, Samantha, ¿qué tal se te da cocinar? ¿Tan bien como hacer fuego? Reconozco que yo no soy muy buen cocinero, a no ser que consideres cocinar a preparar hamburguesas y patatas fritas en un McDonnalds...—Lohran, que ya volvía a sentir los dedos de sus manos, empezó a rebuscar dentro de su mochila. Dada la situación, lo mejor sería que comiesen de latas. Era más fácil, y ya venía preparado. Calentarlas y punto. Aunque quizás Samantha tiene una capacidad increíble para asar cebollas y zanahorias y nos chupamos los dedos, pensó Lohran. No creía que fuese a ser así, pues no tenían ni siquiera un poco de sal que ponerle a aquellas tristes verduras.
Lohran Martins
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Sam J. Lehmann el Lun Nov 05, 2018 2:55 am

Aquel día iba a ser escrito en su diario como uno de esos días que no te esperas en absoluto, llenos de altibajos impredecibles y con un final muy especial que Sam quería atribuir al buen karma. Al final, no solo habían salido vivos y sin heridas—que era muy importante—sino que habían creado una especie de lazo. Lazo suficiente para no ir cada uno por su camino después de aquello. Era curioso como los caminos de dos personas se unían de esa manera y uno decide no cortarlo prematuramente. A decir verdad, ahora mismo la chica miraba a Lohran, empapado y con esa sonrisa feliz en el rostro, y ella también sonreía. Y por ese buen rollo inesperado y esos pequeños detalles alegres valía la pena arriesgarse, aunque mañana ya no supieras del otro nada en absoluto.

Lo del amuleto de la suerte le hizo reír, negando con la cabeza. Irónico sería que la persona con más mala suerte del Planeta Tierra sea el amuleto de la suerte de otra; ya estaba escuchando a la señora Ironía reírse en su cara. —Oye, pues podría ser, ¿eh? Mi suerte tiene que ir a algún lado, que yo no la conozco. Quizás mi cuerpo automáticamente la reparte a la  gente que está cerca de mí y así yo no tengo nada —exageró divertida, para finalmente asentir con la cabeza a su pregunta sobre los hijos de muggles. Lo peor de ser hijo de muggles es que literalmente está más solo que nadie: ¿qué ibas a hacer con tus padres? ¿Meterlos en la mierda cuando no tienen absolutamente nada que hacer en el un mundo al que no le importa verlos muertos? Era muy duro. Sam vivía preocupada de que utilizasen a sus padres en su contra en algún momento sabiendo que no tendrían nada con lo que defenderse. —Que va —le respondió. —Si te digo la verdad, no he salido de Europa nunca. Suena un poco triste, pero he viajado poquísimo… Aunque bueno, teniendo en cuenta como está la política europea últimamente, casi que prefiero empezar por otro continente. —Hizo una pausa. —¿Eres de Brasil, no? —Asumió un poco por lo que había dicho, otro poco por su aspecto. —¿Me la recomiendas? ¿O mejor me voy a la Isla de Pascua, en mitad del Pacífico? Yo creo que ahí nadie me reconocería. —Ladeó una sonrisa divertida.

No solo le había dado una chocolatina, sino que le dio la otra chocolatina. Y una se pregunta: ¿este señor de chocolate intenta comprar su achocolatado corazón con mucho más chocolate? ¿Pretendía enamorarla o qué? Sam lo miró casi con ternura cuando le puso la otra chocolatina en la mano y, si hubiera habido confianza, hasta le hubiera mordido una oreja preguntándose que si tanta dulzura no se debía a que él también era de chocolate.

Por desgracia no había tanta confianza.

Así que se limitó a sujetar la chocolatina y sonreír como una niña pequeña que se queda sin palabras. —Me olvidaré de ese mal de ojo durante un rato, ¿trato? —Respondió, para finalmente coger aire. —Intentaré guardármela para un momento de debilidad, pero no te prometo nada. El chocolate y yo tenemos una relación de mucha tensión y eso termina explotando, ya sabes. —Y se encogió de hombros, como si ella no tuviera ninguna culpa de que el chocolate tuviese ese efecto en ella.

Minutos después no solo se encontraban un poco más resguardados de la intemperie, sino que también tenían una hoguera perfecta creada por nada más ni nada menos que Lehmann, la boy scout. —Gracias —le dijo cuando vio que colocó la ropa de ella también con la de él, para que se secase. Ella, mientras tanto, ya estaba al lado de la hoguera sintiendo como sus partes más frías se iban calentando poco a poco. —No es seguro tener móvil… cómo te pillen lo primero que harán es ver a quiénes tienes ahí. Y en general… teniendo en cuenta nuestra mierda de situación, casi que mejor no tener a nadie a quién meter en un lío por una liada tuya —comentó a lo del teléfono móvil, sin que le pasase inadvertida la información de que tenía una melliza y una hermana menor.

Si ponías a Sam en una cocina en perfecto estado con todas sus prestaciones y le preguntabas sobre su nivel de cocina te podría decir que de pésimo tirando a aceptable, quizás en éstos últimos años en donde se ha aficionado a la cocina vegetariana tira un poquito a notable. Sin embargo, desde que era fugitiva y tenía que hacer absolutamente todo ella, desde hacer una hoguera para calentar la mayor bobería, se sentía una cocinera bastante experimentada. Había veces que cocinar era su momento favorito del día, en el que se curraba una comida dentro de sus posibilidades, solo para gastar tiempo y disfrutar haciendo algo. —Bueno, más o menos —contestó, para entonces reír. —¿Trabajas en el McDonalds o qué? ¡No me lo creo! —Exclamó, divertida, recordando lo mucho que adoraba las hamburguesas de ahí. Pero ya no. —La verdad es que has sido muy inteligente, con la de comida que sobra en esos sitios debes de estar abastecido muchos días a la semana, ¿no? —Qué valiente, además. Sam no se atrevía a trabajar, por eso robaba tanto, porque no tenía fuente de ingreso.

Qué vida más despreciable.

Dejó ese pensamiento de lado, para finalmente frotarse las manos. —¿Qué opciones tenemos? Yo optaría por latas o alguna tontería así. Deja las verduras para cuando estés con tus hermanas, que comer sano es complicado —le dijo, para entonces apoyarse con la espalda en el tronco. —Soy vegetariana, así que si tienes un algo —entiéndase como ‘un algo’ como una entidad abstracta que no lleve carne ni pescado, en donde es plausible añadir la palabra ‘muro’ si quieres y eres tiquismiquis—que no sea ni carne ni pescado… te lo agradecería en el alma. Y sí, es complicado hacer la compra siendo fugitiva y encima vegetariana. Mi dieta se basa en espinacas y lentejas para mantenerme bien fuerte y nutritiva. —Y rió, divertida, negando con la cabeza.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Lohran Martins el Jue Nov 08, 2018 1:31 am

Lohran Martins recordaba muy poco de su Brasil natal, a decir verdad. Su familia había abandonado el país cuando él y su hermana eran muy pequeños, y si bien todavía conservaba algunos recuerdos, casi todo se había desvanecido fruto del paso del tiempo. Ciertamente, su acento podía señalarle como un brasileño de pura cepa, pero aquello no era más que la consecuencia de crecer en una casa cuyo idioma principal era el portugués. Su madre y su padre jamás se habían adaptado del todo al inglés, cosa que sus hijos sí tuvieron más fácil, por lo que la mayoría de sus conversaciones tenían lugar en la lengua materna de los Martins.
Así que eran pocas las cosas que recordaba Lohran de su Brasil natal. Recordaba la pobreza, eso sí—y su madre, incluso viviendo en Inglaterra, jamás le había permitido olvidar sus orígenes humildes, y aquellos valores que hacían incluso en los barrios más pobres de Manaos, su ciudad natal, la gente estuviese unida.

—¿Sabes? Creo que sí puedo recomendarte Brasil.—Respondió un Lohran pensativo.—No se me ocurriría hablar de Brasil como si yo fuese aquí un experto, pues mi familia y yo nos mudamos de allí cuando era pequeño.—Puntualizó, antes de expresar su punto de vista.—Sin embargo, la gente en América del Sur es mucho más cálida que la gente de Inglaterra, mucho más cercana. No negaré que hay delincuencia y que las cosas podrían ir mucho mejor en según qué países. Brasil no es una excepción.—Compuso una sonrisa un tanto culpable, casi como si fuese responsabilidad suya que su país de origen estuviese en la situación que estaba.—Lo poco que recuerdo del barrio en que vivía cuando era niño es esa sensación de hermandad que existía: no teníamos mucho, pero lo que teníamos, lo compartíamos con nuestros vecinos.—La sonrisa de Lohran se ensanchó, recordando cómo jugaba al fútbol con sus amigos en plena calle, y cómo todos reían felices cuando marcaban un gol en una portería pintada con tiza en la pared de algún edificio. Quizás tuviese un poco idealizado su país natal, pero por desgracia para él, había vivido allí el tiempo suficiente como para sentir nostalgia al evocar estos escasos recuerdos que conservaba.

Esta sensación de hermandad, de solidaridad los unos con los otros, llevó a Lohran a compartir la comida con Samantha. Especialmente las chocolatinas. Y cuando vio cómo disfrutaba de la que le había dado… ¡Vamos! ¡Esa cara era la cara de la felicidad misma! Por eso no pudo resistirse a darle también la segunda barrita de chocolate: sí, a él le gustaba, y seguro que después de comérsela le quedaría un muy buen sabor de boca durante algunos minutos. ¿Pero esa expresión? ¿Esa sonrisa? Eso era impagable. Lohran renunciaría a todas las chocolatinas del mundo siempre y cuando cayeran en manos de gente como Samantha, o sus hermanas.

—Me parece correcto.—Respondió Lohran. Se refería a ambas afirmaciones de Samantha, tanto lo del mal de ojo como lo del chocolate.—La verdad es que con estas dos tuve suerte.—Reconoció, señalando la chocolatina.—¿Te ha pasado alguna vez de estar delante de una máquina expendedora y ver algún producto medio descolgado, en plan que si le das un ligero golpecito a la máquina, te lo suelta? Pues así conseguí estas dos chocolatinas. Creo que fue cosa del destino, que llevaban tu nombre escrito.—Rió divertido Lohran, quién no pasó por alto el comentario de la chica acerca de su buena suerte, repartida entre muchas personas.—Así que si esa buena suerte viene de ti, supongo que te mereces sus frutos.

Ya sentados frente a la fogata, Samantha preguntó a Lohran acerca de sus hermanas, si se preocuparían por su ausencia. Lohran se imaginaba que sí, y así se lo hizo saber a su compañera, aliada y rescatadora. Y el tema llevó a hablar de teléfonos móviles. Lohran, quien había tenido que deshacerse del suyo tiempo atrás, convino con la afirmación de Samantha, asintiendo con la cabeza.

—Siempre y cuando te quede algún ser querido al que puedan llegar...—Convino con cierta amargura, recordando a su difunta madre, y al padre de su hermana pequeña, ambos asesinados en los días que siguieron al cambio de gobierno. Recordaba cómo entonces tanto sus hermanas como él creían que aquello sería temporal, que el mundo mágico recobraría el juicio. Sí, bueno… Cinco meses, y seguimos contando, pensó Lohran. Aquel tren de pensamiento se dirigía a un choque muy amargo con cosas que prefería no recordar, así que el brasileño optó por saltar de éste.—Además, un buen móvil que funcione y un niño con dinero que gastar puede resultar en una semana comiendo bien.—Añadió, sonriendo e intercambiando una mirada con Samantha.—En serio, si alguna vez consigues un teléfono móvil, o ya tienes uno del que quieras deshacerte, no te lo pienses, y véndelo. Te brillarán los ojos de la cantidad de dinero que tendrás en las manos.—Quizás cien libras no fuesen nada para un inglés medio que cada día tiene un plato de comida en la mesa y un techo bajo el que dormir, pero para un fugitivo, cien libras podían suponer la diferencia entre la vida y la muerte.

Un Lohran que dudaba de sus dotes culinarias confesó que trabajaba en McDonalds. Literalmente: trabajaba, pues hacía tiempo que no se ponía detrás del mostrador, o delante de la freidora, a achicharrar patatas y freír nuggets de pollo.

—Durante un tiempo, sí.—Asintió con la cabeza.—Y vivíamos moderadamente bien gracias tanto a los ingresos como a la comida que sobraba. El único problema era yo: veía mortífagos y cazarrecompensas en todas partes. Estaba un tanto paranoico, y finalmente tuve que dejarlo. Me sentía demasiado en peligro, y no quería poner en peligro a mi jefe y mis compañeros de trabajo. Son buenas personas.—Lohran se encogió de hombros, y entonces se puso a rebuscar dentro de su mochila.—Pues, ya que lo mencionas, aquí llevo latas y más latas. Me sorprende mucho haber sido capaz de salir a la superficie con todo esto.—Lohran alzó entonces la vista, frunciendo el ceño ante la confesión de Samantha: era vegetariana. Lejos de sus intenciones criticarla, sintió curiosidad al respecto.—¿Y has conseguido mantenerte fiel a tus principios vegetarianos a pesar de vivir con lo justo? Tienes mis respetos.—Y tanto que los tenía. Lohran podía recordar que, en días que tenía mucha hambre, era ver a un tío por la calle tirando medio sandwich a una papelera y que se le hiciese la boca agua.—Pero sí, tengo unas cuantas cosas. Vamos a ver...—Lohran empezó a sacar latas. Había principalmente productos cárnicos, como albóndigas y cosas por el estilo. Pero también tenía alubias. También había comprado un par de latas de maíz dulce.—¿Te gusta la pasta?—Preguntó Lohran, sacando una lata de tallarines en salsa de tomate. Nada de carne. Se la ofreció a Samantha.—Bueno, esto es todo. No es para tirar cohetes, ¿verdad?—Resultado final: cuatro latas de albóndigas y carne, tres de alubias, dos de maíz, y dos de tallarines. El dinero no había dado para mucho más.
Lohran Martins
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Sam J. Lehmann el Miér Nov 14, 2018 4:54 am

A decir verdad era la primera vez que se planteaba ‘seriamente’ Brasil como un lugar válido al que ir. De tener que elegir, seguramente Sudamérica siempre sería el continente al que menos querría ir porque... bueno, ¿qué calor, no? Al que más ganas tenía, no sabía exactamente por qué motivo—seguramente por la diferencia que supondría en cuanto a cultura y vivencias—era Asia, ya que Estados Unidos se le antojaba como muy parecido a Europa y África se le quedaría muy grande. Y Oceanía solo le inspiraba bichos muy grandes. —De eso no hay duda ninguna, los ingleses son muy fríos y distantes. —Y en ocasiones hasta parecían realmente desgraciados con sus vidas, ¿cómo podías ir por ahí siempre de mala hostia hasta cuando alguien se choca contigo sin querer? Parecía que todos vivían en una continua y estresante monotonía a la que no querían pertenecer. Pero bueno, ella seguro que también era así en su momento, cuando tenía monotonía. Bueno no, Sam adoraba su vida, así que esa regla no se le aplicaba. —¿Y qué haces qué no vuelves a Brasil? ¿No te gustaría empezar de cero? —Ella también tenía muy buenos recuerdos de Austria, ¿pero cómo no? Vivió allí once años rodeada de una familia que aparentemente se quería, en un colegio muggle en donde era feliz y todo era alegre. La verdad es que para lo bien que se lo pasó, poco lo agradecía con su país. Pero desde el divorcio de sus padres le había cogido un poco tirria, pues le recordaba a una familia rota.

Rió divertida ante la anécdota de Lohran, para luego negar tanto con la cabeza como con el dedo. Esas cosas le podrían pasar a Sam, si estuviese en un universo paralelo, en este, en donde la suerte se la tenía bien jurada desde pequeñita era totalmente inviable. —No señor, a mí esas cosas no me pasan. Yo soy de esas que consiguen una libra mendigando, la mete en la máquina expendedora con mucha ilusión para conseguir esa dichosa chocolatina que tanto tiempo llevo anhelando y ni con el mayor terremoto de la historia esa chocolatina caerá. Claro, luego vienes tú, ‘Don Señor la Suerte Me Sonríe’ y te llevas MI CHOCOLATINA —Y, sonriente, se llevó el dedo índice y anular a sus ojos, para luego mirarle con la típica mirada ‘amenazante’ del tigre. —Así me va la vida: ¿acaso eres mi alter-ego con suerte? —Y en versión chocolate, pues estaba claro que Sam era la versión leche desnatada. —Me la has robado toda. En realidad estas chocolatinas que me has dado, justamente me pertenecen por todas mis libras perdidas en máquinas expendedoras... —dijo, haciendo drama de la nada porque Sam tenía al máximo la habilidad de dramatizar hasta lo indramatizable.

A Sam sí le quedaban seres queridos al que pudieran llegar y, de hecho, estaba segura de que algún cazarrecompensas muy metido en su trabajo podría incluso llegar hasta su padre para comprobar cualquier cosa, motivo de que Sam llevase ya muchos meses sin decirle absolutamente nada. Del resto… su madre vivía demasiado lejos, Henry no recordaba a Sam, Caroline vivía en Japón y Gwendoline había podido seguir con su vida, además de que antes de todo esto ya había perdido el contacto con ella... Sonrió ante la idea de Lohran de vender teléfonos móviles al mejor postor, siendo el mejor postor algún niño cuyos padres no querían verlo con un teléfono móvil y lo intentaba conseguir por su propia mano. —Me están dando ganas de robar teléfonos móviles solo para venderlo, Lohran, no le puedes decir eso a una pobre desesperada, ¿quieres que siga recurriendo al robo? ¿Sabías que eso es un pecado? Ser fugitiva me condena al infierno. —confesó divertida, totalmente en broma. Si ya le costaba robarse una manzana para desayunar, no quería imaginarse lo difícil que se le haría quitarle el móvil a nadie, pero bueno, lo dicho, ¿no te acabo de decir que Sam es una dramática? Pero dramática divertida. Le faltó añadir que al infierno ya estaba condenada desde hacía tiempo por pensamientos impuros con el sexo equivocado, pero se lo ahorró por la irrelevancia.

Le entendía tanto… bueno, como para no. Sam cada vez que iba a un sitio público vivía emparanoiada con todo, por lo que no podía imaginarse trabajando en algún lado de cara al público como era el McDonalds, un lugar que por muy mago o muggle que seas, visitarás al menos una vez al mes y eso es así. A menos que fueras Sam, vegetariana, que te has obligado a odiar el McDonalds por tu bienestar y evitar la tentación. —Me hubiera pasado como a ti… —dijo con sinceridad. Serían muchos meses después cuando Sam comenzase a trabajar en una cafetería en un intento de luchar contra sus miedos y volver a recuperar su libertad, pero eso no quitaba que todos los que le rodeaban siguiesen estando en peligro. —Si ya vivo en paranoia en el bosque cuando se mueve un arbusto por culpa de una ardilla, imagínate en un McDonalds.

El momento en el que se hizo vegetariana por completo fue cuando empezó toda ‘la movida’ de Sebastian, ya que Sam además de comer bastante menos, necesitaba un cambio. Actualmente tampoco es que fuese una persona que comiese demasiado, por lo que ya que tenía que molestarse en buscar comida, tampoco le resultaba tan complicado el evitar que esa fuera carne o pescado. Os sorprendería poneros a pensar la de cosas que hay que puede comer un vegetariano, más de las que uno cree. —Sí… No sé, cuando tengo tiempo de comprar, compro lo que puedo comer y cuando no tengo dinero, pues ‘cojo prestado’ lo que puedo comer. La verdad es que no te voy a mentir, me he hecho fiel fanática de las frutas: ¿sabes lo fácil que es ir caminando por la acera y pasar por una tienda de fruta que tiene las muestras por fuera? Nunca fue tan fácil robar un plátano. —Rió, para llevarse la mano al rostro. —No me siento orgullosa de mis actos, he de decir.

Lohran comenzó a sacar las latas que tenía en su mochila y, teniendo en cuenta que la gran mayoría de laterío solía venir carne, se sorprendió de que más de la mitad no tuviese. Cuando le ofreció la de tallarines con salsa de tomate, Sam la aceptó, con una sonrisa. Menos mal que le ofreció esa y no la de alubias. La hubiera aceptado con una sonrisa igual, pero no comparemos. —¿Bromeas? Mi comida de éstos días ha sido bastante triste, así que esto es el plato estrella. En serio —hizo entonces una pausa, para dejarse de bromas y dramas, para mirarle con un poco más de serenidad. —Muchas gracias. Hoy fui al mercado ya como última opción al ver que sólo me quedaba una manzana pachucha en el frutero en tan mal estado que hasta había creado su propio microclima y estaba creando vida. La verdad es que cuando tenía casa y dinero iba a cada momento a comprar aunque tuviera cosas, y ahora… lo dejo al último momento, cuando ya no tengo nada. Los mercados con tanta gente no me gustan —contó, jugueteando con la lata en sus manos. —Prefiero ir a tiendas pequeñas en medio de ningún sitio solo por evitar estar alrededor de mucha gente, pero claro, son mucho más caras y es más difícil llevarte las cosas sin tener que recurrir a la magia. Y como es evidente, prefiero evitar eso también. —Puso los ojos en blanco. —Así que, en resumen, todo es una mierda. —Y suspiró, con un timbre bastante jovial pese a que no era más que pura realidad. —¿Tienes como abrir esto u optamos por un Bombarda sencillo y para nada exagerado? —Y benditas sean las varitas. Sam cogió al suya del suelo, ya que reposaba justo al lado de ella, aunque no tardó en volver al tema de antes sobre sus hermanas. Distraída con la lata, continuó hablando: —¿Entonces llevas con tus hermanas desde el cambio de gobierno? ¿Eres hijo de muggles y tienes a dos hermanas que también son magas? —Razonó de repente, sorprendida, mirándolo. —Es decir, ¿tres hijos de muggles con el gen mágico en la misma familia? ¡Y todavía me dirás que no eres el hombre más suertudo sobre la faz de la Tierra! —exclamó, con una sonrisa incrédula. Ahí le faltaba información o no había entendido algo. —¿Tus hermanas son muggles, no? —Insistió en la duda principal, intentando respondérsela ella sola.
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Lohran Martins el Dom Nov 18, 2018 12:08 am

Volver a Brasil. Volver a casa. Volver a un lugar en que Lohran y sus hermanas jamás serían perseguidos por el mero hecho de que su sangre no era lo bastante pura a juicio de un mago aparentemente todopoderoso y sádico que gobernaba actualmente la Inglaterra mágica. Sí, sin duda era un buen plan, y Lohran lo tenía directamente en su punto de mira. Sin embargo, se trataba de un plan costoso, de un plan no exento de riesgos, y tanto él como sus hermanas llevaban ya un tiempo intentándolo. Los habían estafado más de una vez, y el brasileño sabía que volvería a ocurrir. No es que fuese estúpido, ni mucho menos, pero en su situación… Bueno, en su situación, simplemente, no abundaban las personas en quienes confiar. Y no quedaba más remedio que arriesgarse.
Al menos, en cuanto a documentación falsa se refería.

—Ese es el plan.—Convino Lohran con un asentimiento de cabeza.—Pero no es tan sencillo.—El brasileño hizo una pausa, pues se imaginaba lo que diría cualquier persona normal: ‘Claro que es sencillo, tío: simplemente, coge a tus hermanas, aparécete en la bodega de un barco que parta hacia sudamérica, y olvídate de toda esta mierda.’—Me explico: sencillo es, y en teoría cualquiera con agallas podría intentarlo: saltas a un barco y esperas que te lleve a sudamérica. O te apareces directamente. O utilizas un traslador. Sí, todas esas opciones son válidas, y si fuese solo yo, ya te digo que lo intentaría.—Lohran soltó un largo suspiro, pensando especialmente en su hermana más joven.—El problema es que me gustaría que llegásemos allí, no como fugitivos, sino… como personas libres. Y sí, sé que eso es imposible, dadas las circunstancias. Pero pongamos que mis hermanas y yo nos aparecemos en Brasil y nos localizan. Somos fugitivos sin ningún tipo de permiso para estar ahí. Seguramente, por miedo a represalias, nos mandarían apresar y nos deportarían a Inglaterra, a fin de que el Ministerio Británico nos juzgase o hiciese lo que le diera la gana con nosotros.—Hizo otra pausa para humedecerse los labios.—Pero con documentos falsos… Tarjetas de identidad, pasaportes, permisos de aparición… Podemos ser personas nuevas, personas que no hagan saltar todas las alarmas. Y eso es lo que llevo meses intentando conseguir para mis hermanas y para mí.—Lohran se quedó en silencio, meditabundo, casi ausente durante algunos segundos… y entonces sonrió, mirando a la rubia.—No sé, así lo veo yo. Quizás estoy equivocado. Si te soy sincero, no tengo ni puta idea de política, pero siempre me he imaginado que sería algo así.—Lohran negó con la cabeza, como pretendiendo decir ‘Puta política y la madre que la parió’.—¿Y qué hay de ti? ¿Tienes planes de abandonar esta hermosa utopía mágica en la que vivimos?—El interés de Lohran por Samantha era real; el sarcasmo que imprimió a la frase sobre la hermosa utopía mágica, también.

Por lo visto, si Lohran Martins tenía algunos golpes de suerte—pocos, tampoco exageremos—en la vida, a Samantha Lehmann le ocurría justamente lo contrario. El brasileño la escuchó con una de esas sonrisas estúpidas, de esas en que uno se queda semi boquiabierto pero sonriendo, cuando escucha anécdotas divertidas de la otra persona con un interés sincero. Y es que en aquellos momentos, no eran dos fugitivos: eran dos personas, casi dos amigos, compartiendo experiencias.
No pudo evitar reír ante la última broma de Samantha, alzando ambas manos en el tradicional gesto de ‘A mí, que me registren’. Después de todo, si la suerte le pertenecía a ella, Lohran había hecho lo que creía justo: devolverle los frutos de aquella suerte.

—Lo siento, tía. Te las habría dado antes, pero hasta que me salvaste la vida hoy mismo, no sabía de tu existencia. Prometo enviarte cada chocolatina que caiga oportunamente de una máquina a mi paso a tu tienda mágica. No te olvides de darme la dirección.—Y no pudo evitar reír ante la idea. Imaginaos a Samantha Lehmann tendiendo su ropa mojada en una cuerda sujeta de dos árboles, delante de su tienda, recibiendo a una lechuza que trae en sus patas un paquete que contiene chocolatinas. Tienda que, suponía Lohran, no siempre permanecía en el mismo lugar.—A cambio espero que sigas enviándome mi suerte correspondiente.—Añadió, con un guiño cómico de complicidad, como si aquello fuese la verdad y nada más que la verdad.

Por algún motivo, especialmente el hecho de que aquella mujer hubiese arriesgado tanto para salvarle la vida a un desconocido, Lohran no se la imaginaba como alguien capaz de robar teléfonos móviles. Evidentemente, estaba bromeando, pero Lohran decidió seguir con sus ‘consejos de supervivencia urbana’.

—Bueno, tú ten presente una cosa: no es un robo si te lo encuentras.—Dejó caer el brasileño, con una sonrisa cómplice. Lo cierto es que alguna vez había mirado en la basura, no solo para encontrar comida sino también para encontrar algo aprovechable: ropa, alguna revista para pasar el rato o prender fuego, componentes electrónicos… No era la primera vez que encontraba algún aparato electrónico roto, ya fuesen transistores de radio o televisores, o teléfonos móviles que habían pasado a mejor vida. Existían casas de empeño en Londres que pagaban por aquellas cosas. Poco, pero pagaban.—Mi consejo es que, si te encuentras algún aparato electrónico que funcione, o que puedas hacer funcionar a golpe de varita, lo lleves a una casa de empeños. No es habitual encontrar cosas que funcionen, pero te sacarás algo.—Añadió Lohran, encogiéndose de hombros con una expresión de resignación en la cara que parecía querer decir que era lo que había, que aquella era la vida que les tocaba vivir.

Cuando tocó preparar la comida, consistente en latas, salió a relucir la breve experiencia como empleado de McDonnalds de Lohran Martins: una experiencia bonita, interesante, durante la cual había ganado dinero y algunas amistades, pero que tuvo que acabar. La paranoia era demasiado grande, el miedo a que hiciesen acto de aparición cazarrecompensas o mortífagos adictos a las hamburguesas, quienes ya no solo llevarían a Lohran al lugar que creían que pertenecía, sino que muy posiblemente darían muerte a todos los muggles que trabajaban allí. Voluntaria o involuntariamente.
Así se lo confesó a Samantha, y encontró comprensión en la mujer. Asintió con la cabeza, resignado: trabajar, siendo fugitivo, confería a uno una sensación de normalidad que no era del todo real, pero sí muy reconfortante. Casi parecía que tenías tu vida bajo control, cuando no era así. Sin embargo, dado el currículum que cualquier mago tenía, resultaba improbable que pudiesen desempeñar otro tipo de trabajo que no fuese el de camarero, cocinero o similares. Empleos de cara al público, con todo lo que dichos empleos conllevan.
Y no solo eso: Lohran descubrió el dato más curioso acerca de Samantha. La fugitiva rubia era vegetariana, lo cual sorprendió al brasileño. Se imaginaba a sí mismo en la situación de ella, revolviendo en cubos de basura en busca de algo que comer y habiendo hecho la promesa de ser vegetariano. Se imaginaba levantando la tapa de uno de los cubos y encontrándose allí mismo media hamburguesa mordisqueada, apetitosa como pocas otras cosas en la vida. Sabía que no resistiría a semejante tentación. Y es que los fugitivos no es que tuvieran muchas opciones de elegir.
Pero ella lo había conseguido, y cuando Lohran decía que se había ganado sus respetos, lo decía en serio. Confesó en el proceso que, de cuando en cuando, se veía obligada a robar. Lohran empatizó con ella: dada la situación, comer era difícil, y más si una persona no quería consumir un determinado tipo de alimento. Se imaginó otras situaciones, como las de magos fugitivos musulmanes—¿Existe algo así en este mundo?—que no podían comer cerdo. ¿Acaso no tenían derecho a mantener sus costumbres alimenticias?

—Eh, que al final del día hay que comer.—Dijo Lohran, con voz tranquilizadora.—No es bonito, pero a veces hay que robar. Lo importante es no robar demasiado, lo justo, y no siempre a las mismas personas. Yo creo que muchas de esas personas, de conocer nuestra situación, no nos lo reprocharían.—El rostro del brasileño, entonces, mutó: pasó de estar serio a sonreír ante la ocurrencia que acababa de tener.—Róbales a las franquicias. Tienen pasta para aburrir, no notarán la falta de cuatro manzanas de cuando en cuando.—Aunque ella sí notaría la cantidad de alarmas y guardias de seguridad que tenían esos sitios. Si Samantha era en algo como él, Lohran sabía que jamás se arriesgaría a robar en un lugar como ese, en el cual era tan fácil llamar la atención y atraer miradas indeseadas.

A Samantha le gustaban los tallarines en salsa de tomate, lo cual hizo extrañamente feliz a Lohran. Como persona familiar y sociable que era antes de todo lo sucedido, le gustaba compartir cosas con amigos. Quizás en los últimos tiempos se hubiese vuelto un poco más huraño, menos sociable, pero se recordaba a diario que tenía suerte, dadas las circunstancias.
Suerte de seguir junto a sus dos hermanas, las mujeres de su vida; suerte de seguir en libertad, dado lo difícil que era aquello; suerte de haber tenido las mejores figuras paternas que había podido—más que a su padre biológico, contaba como tal al padre de su hermanastra—; y suerte de que ocurrieran cosas como la que había ocurrido aquel día. Si el precio a pagar era una simple lata de tallarines, Lohran la pagaría con gusto.

—¿Me das las gracias tú? ¿De verdad? ¿Te das cuenta de que, de no ser por ti, hoy estaría durmiendo en Azkaban? Por favor, Samantha, ojalá tuviese más latas de tallarines para pagarte lo que has hecho hoy.—Dijo con sinceridad, añadiendo entonces.—Te propongo una cosa, para cuando acabemos de comer y tengamos la ropa seca: dado lo escaso de nuestra provisión, podemos acercarnos a alguna tienda pequeña de esas que has descrito. ¿Se te da bien pedir? ¿Poner cara de pena y asegurar que tienes cuatro niños a los que alimentar?—Bromeó Lohran, divertido, mientras rebuscaba en sus bolsillos la navaja, el único objeto punzante que llevaba encima y que serviría para abrir la lata. La encontró en el bolsillo trasero de sus pantalones. A saber por qué la había guardado ahí.—Toma, es lo que tengo.—Dijo, tendiéndosela a la rubia.—Volviendo a lo que te decía, mientras tú pides con cara de pena algo para alimentar a tus cuatro churumbeles, yo hago el papel de cliente. Me fijo en la reacción del dependiente y, si veo que la cosa es prometedora, no cojo nada. Pero si veo que ni siquiera tiene intención de sacar un paquete de arroz para una pobre madre hambrienta, cojo un par de cosas por ahí, y nos las repartimos.—Sonaba a plan de broma… pero Lohran estaba dispuesto a intentarlo, si ella quería. No sería la peor forma de conseguir comida del mundo, y de tener que robar, no planeaba llevarse más de lo necesario.

Cuando la rubia mencionó que Lohran era el hombre más suertudo sobre la faz de la Tierra por ser hijo de muggles y tener dos hermanas hijas de muggles, el brasileño estuvo a punto de echarse a reír… o a llorar, una de las dos. Y es que, dadas las circunstancias, ser hijo de muggles no era tener suerte; ser hijo de muggles era una condena a ser un paria, a vivir escondido o a vivir encerrado. O a no vivir, directamente.
Negó con la cabeza, divertido.

—Brujas las dos. De hecho, mi hermana pequeña estaba todavía en Hogwarts cuando ocurrió el ataque.—Respondió, recordando aquellos días, aquella incursión al colegio que había hecho cuando, por fortuna, pasaba unos días en Hogsmeade para enseñar aparición a algunos alumnos del último curso, que habían cumplido los diecisiete años.—Y no sé qué decirte respecto a la suerte, ¿eh? Teniendo en cuenta que nos quieren muertos o encerrados, no diría yo tanto.—Y finalmente Lohran rió, por no llorar. Y es que la situación era para llorar. Aquel mundo era lo más miserable que existía.—¿Y qué hay de ti, Samantha? ¿No tienes familia con la que estar? ¿Vives sola en esa tienda?—A Lohran le daba un poco de pena: ¿Cómo podía una persona tan fantástica como ella estar sola? Llevaba conociéndola apenas un par de horas, y ya le daba pena pensar en el momento en que se separarían.
Lohran Martins
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Sam J. Lehmann el Mar Nov 20, 2018 3:26 am

Lo que decía tenía toda la lógica del universo: ¿de qué servía irte a cualquier lugar, si luego allí también ibas a ser un fugitivo? A Sam le dolía mucho tener que cambiar de identidad y convertirse en una persona nueva para poder sobrevivir ahí fuera, pues como es evidente le estaban limitando muchísimo su vida y su libertad. Pero era la única manera, si querías poder tener una vida un poco segura, ya que tu nombre en boca de cazarrecompensas y magos, iba a hacer que estuvieses en peligro en todo momento. —No conozco a nadie que haga nada de eso —chasqueó la lengua, pues le hubiera encantado ponerle en contacto con alguien que pudiera hacerle de ayuda. Sin embargo, si lo pensamos bien, tampoco es que Sam mantuviese muchos contactos actualmente. Más bien ninguno. Si tú no sabías de nadie, nadie sabía de ti. Si Sam no sabía de nadie, también estaría alejado de cualquier peligro por parte de Sebastian. —Sí, yo creo que tienes razón. Por mucho que estés en otro país, sigues siendo fugitivo aquí. Si vas a un país que apoye el gobierno de Inglaterra, tendrían el deber de mantener informados sobre los fugitivos y responder si los ven… Quizás si vas a un país en donde el gobierno esté en desacuerdo con el de aquí… —Sopesó las opciones, encogiéndose de hombros, para luego medio-sonreír. —Yo tampoco sé una patata de política.

Ella negó con la cabeza ante su pregunta, poniendo los ojos en blanco ante la pregunta tan puntillosa que, en realidad, no escondía nada detrás de sus intenciones. Pero si fueras Sam, te darías cuenta de que era una jodienda. —Ojalá —deseó, ilusionada de verdad. Ahora mismo huir de Sebastian Crowley y tener una vida nueva se le antojaba como el sueño de su vida, cuando no era más que el motivo de su muerte. —Pero no podría aunque quisiera. Tengo compromisos en Inglaterra que me lo impiden. —Se limitó a decir, encogiéndose de hombros. Suponía que con esa respuesta tan escueta y teniendo en cuenta los problemas a los que se enfrentan normalmente los fugitivos no haría más preguntas. Era gracioso porque nadie, jamás en la vida, seguro que se imaginaba los auténticos motivos del por qué de que Samantha no pudiera irse.

Rió divertida con lo de la suerte, ya que había quedado clarísimo que la suerte estaba de su lado. Si la suerte fuera iluminación, Lohran sería un ser de luz ancestral, mientras que Samantha era una piedra. Una piedra opaca, inerte y carente de luz.

Seguía sin estar muy convencida con eso de ‘coger’ teléfonos móviles por ahí, pero aún así atendió a la técnica secreta de ladrón de Lohran, ya que no era un robo si te lo encontrabas. Por esa regla de tres te puedes encontrar una cartera en el interior del bolsillo de una persona, ¿no? No estaba mal para los ladrones de conciencia débil como lo era Samantha. —No es mala idea. Creo que adoptaré esa filosofía con todo lo que robe a partir de ahora. ‘Oh, mira, me he encontrado en una tienda una manzana en una cesta rodeada de otras manzanas’ —teatralizó divertida. Pero estaba claro que una cosa no se podía extrapolar a la otra, o al menos a Sam no le iba a funcionar. La idea de robar a las franquicias era buena, si no fuera porque la gran mayoría solían venir de mano de tiendas muy grandes, con cámaras y seguridad. Y bueno, era mucho más fácil hacerlo en sitios pequeños, por mucho que fuese más jugarreta. —Sí, suelo hacer eso… es decir, cuando me veo en la necesidad intento no ir siempre al mismo sitio. No quiero arruinar a nadie. En las franquicias sería lo interesante, pero es muy complicado… entre la seguridad, que es enorme y todo… —Y suspiró, sin ganas de contarle todas las negativas que había porque seguro que él también lo sabía. Era mucho más fácil confundir a uno y ya está, ningún otro te dirá nada. —¡Oye! Lo de las franquicias podría funcionar si nos conseguimos aparecer en su interior por la noche. Y no necesariamente en el supermercado, sino en los almacenes. Sólo necesitaríamos ir en algún momento para tener la referencia de la aparición y… podríamos solucionarnos muchos problemas. —Se le ocurrió de repente, diciéndolo en voz alta para verificar si era una buena idea. Normalmente lo hacía, pero lo bueno de ahora es que estaba hablando con un ser humano con capacidad de habla y no con tres mascotas.

Bueno, vale. Sam se había armado de valor no sabía muy bien cómo y había dado la cara por un hombre que no conocía, sólo para evitarle terminar en el Área-M o Azkaban. La verdad es que teniendo en cuenta que estaba en una época en la que no tenía nada que perder, había perdido el miedo a muchas cosas. Lo cual era curioso, pues dentro de de relativamente poco sería justamente todo lo contrario. Cuando Lohran le dio la navaja, comenzó a abrir la lata mientras le seguía escuchando, sonriendo ante su estrategia. —¿Tú me ves cara de tener cuatro churumbeles? ¿Pero cuántos años me echas, señor? —Respondió divertidísima. —Bueno, dejando de lado que crees que soy una señora de cincuenta años, no es mala idea, pero he de advertirte de que soy una actriz horribles. Solo sirvo para hacer drama por tonterías y este no sería el caso, ¿y si lloras tú y yo hago de cliente normal? —Lo miró de reojo. —Aunque he de decirte que no creo que funcione. Esa gente ya no se cree nada y no van a perder dinero por caridad. A saber cuánta gente le habrá ido así: muchos de verdad y la mayoría de mentira.

¿Qué no había tenido suerte teniendo a dos hermanas magas viniendo de padres muggles? ¡Tenía que estar de broma! —¡Oh, venga, pero eso no vale! No me refiero a la actualidad. ¿Nunca pensaste de pequeño en lo afortunado que eras de que tus hermanas fueran brujas, como tú, cuando tus padres no tenían magia? No sé, me parece fascinante. Lo de la melliza tiene sentido, porque nacieron a la vez y supongo que lo que sea que pasa en los genes pasó en ambos, ¿pero a la pequeña? —Claro que Sam desconocía que la pequeña era sangre mestiza, pero bueno, igualmente seguía siendo muchísima suerte para un mago sangre sucia. —Yo solo te digo que la suerte en ti es alta, joven Lohran. Y añado que la primera semana en Hogwarts me caí de la escoba y en la segunda me partió el brazo una bludger, ¿vale? Ahora estima tu el nivel de suerte de ambos. —Y estalló en una carcajada divertida, abriendo POR FIN la lata de tallarines. Le pasó a él la navaja para que hiciese lo propio con la suya. La mantuvo en una de sus manos, sobre su regazo, mientras le escuchaba preguntar por su vida y familiares. Pasó de tener una sonrisa divertida a tener una mucho más triste. —Se podría decir que no, me aparté de todos para no ponerlos en peligro… —Respondió, con evidente pesar que disimuló con una sonrisa. —Pero no vivo sola: tengo a mi gato, a mi cerdito vietnamita y a mi lechuza. Por una parte tengo con quién hablar aunque no me contesten, pero por otra parte son tres boquitas más que alimentar. Por suerte, se buscan bastante la vida por sí solos en los sitios en donde suelo quedarme con la tienda.

Había dicho que había apartado a todos, cuando en realidad había hecho que se apartasen de ella. Con sus padres quizás tenía un poco más de perdón porque les había dicho que estaba en una situación complicada, que no intentasen acudir a ella y que cuando pudiera, volvería a hacerles saber de ella. Y la verdad es que le apenaba muchísimo morir, sólo por el hecho de no poder despedirse de ellos. Y muchas veces se ponía a pensarlo y… había sido una hija horrible. Los había ‘abandonado’ en su propio mundo, mientras ella hacía su vida en otro país en otro mundo diferente, el famoso mágico que su padre tanto adoraba y que tanto de lado le había dejado. Su padre hasta se había mudado a Londres por ella y Sam apenas había aprovechado el tenerlo cerca. ¿Y la última vez que fue a visitar a su madre a Austria? ¿Y todavía se sorprendía de no tener la mejor relación con su madre, si era una hija desentendida? Muchas veces había culpado a su madre de hacer su propia vida después del divorcio, pero en realidad… la que se había despegado de ellos había sido Sam. Y ahora, más que nunca, se daba cuenta de todas sus carencias dentro de esa familia rota.

Miró a los tallarines, con tristeza, bajando la mirada.

Luego no pudo evitar recordar a Caroline, a la cual sencillamente le había dejado de contestar los correos desde lo de Sebastian, por lo que no sabía qué había sido de ella ni en qué estaría ahora. ¿Y Gwen? Probablemente lo de Gwen había sido lo peor y, con diferencia, con lo que peor se sentía. Su único pilar en Londres, su apoyo incondicional, esa persona que te hace sentir plena, su compañera año tras año y… Sam había tenido la frialdad de hacerla creer que ya no había querido seguir con esa amistad cuando lo era todo para ella, ¿y ahora qué? Ahora debía de importarle un pimiento cualquier cosa que tuviera que ver con Sam, después de cómo la trató.

Y se puso francamente triste, acordándose de todos los que había dejado atrás, por lo que se llevó una de sus manos a los ojos, quitándose las lágrimas que habían empañado sus ojos. —Jopé, Lohran... —Se quejó, intentando parecer divertida dentro de tanta nostalgia y tristeza. —Esas cosas no se preguntan.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Lohran Martins el Vie Nov 23, 2018 11:10 pm

Por desgracia, Lohran Martins había oído hablar de mucha gente u organizaciones dedicadas a proveer a los fugitivos con todo lo necesario para marcharse del país y dejar atrás una mísera vida en que lo único a lo que podían aspirar era a ser perseguidos. ¿Que por qué era una desgracia? Básicamente porque muy pocas eran trigo limpio, y actualmente abundaban o bien los estafadores que se quedaban con el poco dinero que los fugitivos conseguían ahorrar, o bien directamente de dedicaban en secreto a capturarlos. ¿Qué tapadera mejor había que un ‘negocio’ como aquel para capturar fugitivos? Después de todo, si un fugitivo desaparecía del mapa después de contactar con uno de estos, todos pensarían que efectivamente había conseguido largarse de Inglaterra.
Hasta ahora, en ese sentido, podía decirse que Lohran y sus hermanas habían tenido buena suerte y mala suerte a partes iguales: no habían conseguido lo que buscaban y habían perdido su dinero, pero seguían conservando la vida y la libertad.
Sí, era una extraña forma de considerarse afortunado. Sin embargo, si uno no veía el vaso medio lleno en los tiempos que corrían, se volvía loco. Más de medio año sobreviviendo en las calles como un delincuente había enseñado esa y otras lecciones a Lohran.

—Bah, no te preocupes. Tarde o temprano encontraremos algo.—Dijo el brasileño. ¿Qué iba a decir si no? No es como si fuera responsabilidad de Samantha sacarles las castañas del fuego a los hermanos Martins, después de todo.

Parecía ser que, aunque ninguno de los dos fugitivos era demasiado ducho en tema de política, pensaban parecido: que si vas a salir del país, lo mejor es hacerlo bajo una nueva identidad, o seguirás en la lista de los más buscados. Aquel pensamiento llevó a Lohran a preguntarse si el espectáculo que habían montado ellos dos y los Rhodes en Leadenhall Market habría subido la cuantía de sus recompensas, y por algún motivo lo encontró muy divertido. Resultaba muy sencillo ver algo así divertido ahora, cuando el peligro ya había pasado, pero en su momento no lo había sido.

—Exactamente. A eso me refería. Y casi me atrevo a decir que incluso aquellos países que no apoyen abiertamente a Inglaterra, con tal de evitar algún tipo de incidente internacional, repatriarían a cualquier fugitivo que fuera descubierto en su suelo.—Lohran les entendía: el nombre de Voldemort inspiraba miedo, y el mundo todavía recordaba demasiado bien a Grindelwald. ¿Cómo no temer a un mago que había logrado hacerse con el poder en el mundo mágico?

Los compromisos que Samantha tenía en Inglaterra debían ser, cuanto menos, importantes, si no le permitían marcharse. Lohran la vio poner los ojos en blanco, y si bien por un momento estuvo a punto de preguntarle al respecto, finalmente optó por no hacerlo: algo le decía que la bruja no quería hablar de ello. Pero resultaba curioso que tuviera compromisos en Inglaterra y, en cambio, estuviera viviendo en medio de los bosques, muriéndose de hambre y malviviendo a partes iguales. ¿Ninguno de aquellos compromisos podía darle un techo bajo el que cobijarse y un plato de comida caliente?
Por suerte, ambos seguían teniendo humor para bromear. Lohran sugirió a Samantha una forma de conseguir ingresos, recogiendo aparatos electrónicos y revendiéndolos. Utilizó la palabra ‘encontrar’ por una buena razón: si algo aparecía en un cubo de basura era porque alguien no lo quería, y si alguien no lo quería, no podía ser robado. Como mucho, los basureros podrían reclamarlo.
Pero Samantha había interpretado claramente mal sus palabras. Sin embargo, su reacción hizo reír a Lohran, un lujo en los tiempos que corrían.

—¡Eh, yo no estaba incitándote al hurto, solo a meterte en contenedores de basura como una indigente! No es lo mismo.—Se defendió, riendo todavía. Tenía que reconocerlo: Lehmann le caía bien. Ni idea tenía Lohran de las cosas por las que aquella mujer había tenido que pasar en los últimos tiempos, casi como si hubiera mirado mal a un tuerto o como si hubiera alguien ahí arriba enviándole una desgracia tras otra.

Pero, a pesar de no querer incitarla al hurto, la incitó a ello: sugirió robar en franquicias, lugares conocidos por tener mucho dinero, y por tener medidas de seguridad que daban miedo. Lohran esperaba que llegara el día en que pusieran alarmas incluso en la fruta, y no pudo evitar imaginarse a un muggle con aspecto de científico—con bata y todo—utilizando un artilugio con forma de pistola para inyectar un pequeño chip de alarma a una manzana. ‘No se preocupen: es totalmente comestible, una vez desactivada’, decía el tipo de la bata blanca con una sonrisa perfecta de dientes tan blancos como la susodicha bata, ‘Pero si se les ocurre comérsela mientras todavía está activada, les explotará la cabeza. Así que mucho ojo.’ Viendo cómo progresaba el mundo muggle… aquello no le parecía tan descabellado.

—Aparecernos, ¿eh?—Lohran alzó una ceja, divertido, mientras curvaba la boca en una sonrisa que parecía querer decir: ‘En efecto, te he pillado, señorita.’—No es coincidencia que se lo sugieras a un experto en aparición, ¿verdad? ¡Vaya, vaya, señorita Lehmann! Todo este tiempo pensando que me querías por mi personalidad y resulta que solo me quieres por mis dotes para la aparición.—Ironizó el brasileño, para acto seguido reírse. Negó con la cabeza.—Podríamos intentarlo. No es mal plan. Seguro que conseguimos sacar de allí comida suficiente para un par de meses y todo.—Y lo cierto es que la idea no le parecía mala, de verdad.

Pero claro, nada superaba a la idea que Lohran propuso, de Samantha haciéndose pasar por una madre soltera con cuatro niños hambrientos. Y nadie lo superaba porque era una situación de lo más absurda, como bien señaló Samantha. No porque sus dotes como actriz fueran malas—algo que Lohran no podía juzgar en aquellos momentos—sino por algo mucho más básico: ese no era el físico de una madre soltera con cuatro bocas que alimentar.
El brasileño miró a la austriaca de arriba abajo, chistando con la boca.

—Tienes razón: no saldría bien. Con ese cuerpazo, nadie se creería que has dado a luz a cuatro. Demasiado atractiva.—Lohran la miró a los ojos, con reproche.—¡Debería darte vergüenza, Lehmann! Me has fastidiado el plan.—Y negó exageradamente con la cabeza, como queriendo decir ‘Es que así no se puede poner uno creativo.’—Tu idea tampoco es mala, pero tía, mírame: soy negro, llevo capucha. Lo primero que van a pensar es que vengo a robarles. ¿De verdad me ves llorándole a nadie? Lo que me pega es sacar la pistola y pedirle amablemente al tendero que ponga el contenido de la caja registradora en una bolsa antes de que me cabree.—Sí, Lohran solía tirar de aquel tipo de estereotipos racistas para referirse a sí mismo, siempre en broma.—Creo que lo mejor que podemos hacer es ceñirnos a tu plan del almacén, ¿eh?—Sentenció. Dadas las circunstancias, aquella era la mejor opción. Como bien había pensado antes, tan mala idea no era.

Respecto a su naturaleza mágica dentro de una familia no mágica, muchas veces Lohran se había sentido afortunado, desde luego. Sin embargo, viendo cómo habían resultado las cosas, casi habría deseado nacer muggle, no tener ningún tipo de poder mágico, pues siempre habría quienes le señalaran por ser un ‘sangre sucia’. Pero entendía a qué se refería Samantha.
Pero había un truco, por supuesto.

—Bueno, verás, no te he sido del todo sincero.—Confesó Lohran.—Me da miedo contártelo, porque igual tu concepto de mí como máquina de la suerte cambia radicalmente. Pero vamos allá: mi hermana pequeña en realidad es mi hermanastra, y su padre es mago.—Lohran lo dejó caer como una bomba, haciendo el gesto de ‘Me explota la cabeza’ con las manos.—No te lo esperabas, ¿eh? Los únicos nacidos de muggles somos Prue, mi melliza, y yo. Y algo me dice que lo de ser mellizos, o gemelos, algo tiene que contar para elevar las estadísticas, ¿no?—Y así era cómo se desmontaba una historia sobre buena suerte, convirtiéndola en algo más sencillo de lo que parecía. Salvando las distancias, el brasileño se sintió como si hubiera cuestionado la naturaleza divina de alguna deidad, o algo así. Salvando mucho las distancias, pues no era nadie para considerarse un dios.

Y, mientras Samantha abría la lata de tallarines que sería su comida utilizando la navaja automática de Lohran, el brasileño preguntó a la austriaca si ella tenía seres queridos. Lo preguntó con demasiada ligereza, quizás más por curiosidad de lo que debió haberlo preguntado, y tuvo un efecto que no pretendía que tuviera: tras hablarle de sus mascotas, sus únicas compañeras, y asegurarle que se había apartado de todos sus seres queridos, la rubia lloró. No demasiado, e intentó disimularlo, pero fue lo suficiente como para que Lohran también se entristeciera un poco.
Dejó a un lado las latas que estaba mirando para decidir qué comer, apartó la mochila, y se acercó a la chica. Se sentó a su lado, más cerca que antes, y con suavidad, esperando no ser rechazado, rodeó los hombros de ella con su brazo. Aquel gesto era natural en él, cariñoso, y pese a que algún día aquello se perdería, consumido por la venganza, Lohran todavía no era esa persona.

—Lo siento. No sabía que era un tema tan sensible.—Se disculpó, acariciando suavemente el brazo de la chica. Si fuera una de sus hermanas, depositaría un beso en su frente, pero no había llegado con ella a tal nivel de confianza. Sin embargo...—No tienes por qué estar sola, ¿sabes?—Empezó, buscando las palabras apropiadas.—Ven conmigo. Al refugio que comparto con mis hermanas. Hay sitio de sobra para una más, y para varias mascotas más.—Lohran compuso una sonrisa, intentando animarla.—Prue te encantará. Es muy buena persona, muy cariñosa. Seguro que os hacéis amigas. Y cuando le cuente cómo me has ayudado, mi hermana pequeña te pondrá en un pedestal. ¡Y tenemos un perro! Se llama Alfredinho. Seguro que entre él, tu gato y tu cerdito animan mucho el refugio.

Lohran no tenía ni idea de que el destino, o lo que fuera, deparaba a Samantha Lehmann otro camino, uno lleno de sufrimiento y dolor que no se merecía. Sin embargo, casi se la pudo imaginar viviendo con ellos. ¿No se merecía aquella buena persona tener a alguien que velara por ella?
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Sam J. Lehmann el Lun Dic 03, 2018 3:45 am

Cualquiera diría que la única motivación de Samantha para salvar a Lohran había sido que era un especialista de la aparición y todo eso era un juego de manipulación para que le ayudase a entrar a los almacenes de comida de las grandes franquicias para así despreocuparse de ese tema durante unas cuantas y largas semanas. Pero no, la verdad. Había sido esa ley de “el enemigo de tu enemigo, por regla general, suele ser tu amigo” el único movimiento que la motivó a ayudar a Lohran aquel día. Aún así, decidió seguirle la broma porque sin duda había sido muy perfecta para la ocasión. —A ver, ¿qué te crees? Necesitaba dar con el aliado correcto para este tipo de plan y no con un cualquiera que tenga problemas para aparecerse, ¿sabes? Aquí se exige perfección milimétrica, no vayamos a aparecernos en mitad de un cesto de naranjas y morirnos —le respondió, sonriente, dramatizando la más estúpidas de las muertes. —Pero ya hablando en serio… sí que no es mala idea —dijo después de pensar con claridad la de ventajas que podrían sacar de aquello, pues sería un robo prácticamente sin huellas que surgiría como por arte de magia. Nunca mejor dicho. —Creo que deberíamos pensarlo seriamente.

Tras negar con evidencia que sería imposible que nadie se creyese que Sam era una madre soltera con cuatro niños a los que alimentar, no pudo evitar mirarle con sorpresa y diversión cuando le dijo que con ese cuerpazo nadie se lo creería, que era demasiado atractiva. La verdad es que no se lo esperaba. Hacía mucho tiempo que nadie realzaba su atractivo físico con tamaña naturalidad sin que hubiese ningún tipo de amenaza implícita en la frase. —Gracias, gracias, es el tipo que se te queda cuando eres una fugitiva con dificultades para comer. Ya no puedo ir a deshora a la nevera a comer chocolate. —Se lo tomó divertida, siendo bien consciente por la manera de decirlo de Lohran que no fue más que un comentario jovial, sin ningún tipo de tinte de ligue en ella. Eso sí, luego no pudo evitar soltar una carcajada grande y limpia cuando él mismo enumeró lo que ocurriría si él aparecía por la noche en una tiendita. —Vale, tienes razón. Mi plan definitivamente también tenía sus puntos débiles. No conté con que eras negro. —Y volvió a reírse, como si no fuese obvio QUE ERA NEGRO.

Cuando le contó lo de sus hermanas, Sam entonces supo que nadie en esta vida podía llegar a ser tan suertudo, sino que su historia tenía una pequeña trampa; esa trampita que si no te la sabes, asumes que la madre de Lohran debió ser la persona muggle más fértil de magos sobre la faz de la Tierra. —Vaya —respondió mientras asentía con la cabeza, sin dejar de mirarle. —Sin duda, lo de ser mellizos tendrá que ver, al fin y al cabo compartistéis nueve meses el vientre en donde surgió la magia. —Se encogió de hombros. —Entonces su hermana pequeña es mestiza. Bueno, he de admitir que es una buena historia aunque le hayas quitado toda la magnificencia de la suerte prodigiosa —exageró.

Que en otra ocasión quizás no le hubiera pasado en absoluto lo que le acababa de pasar: emocionarse por todo lo que había dejado atrás, pero era imposible poder mantenerte estable al cien por cien frente a ese tipo de cosas siempre que te aparecían delante. Y a decir verdad, por mucho tiempo que pasase, ella sentía que su vida iba cada vez en mayor decadencia, por lo que cada día que pasaba para ella no era más que un día más en donde arrepentirse de todo lo que dejó atrás, siendo consciente de que probablemente no lo iba a recuperar jamás. Y claro, teniendo en cuenta que probablemente la última encomendación de Sebastian Crowley cuando terminase con ella y ya no la necesitase para nada más fuese algo que la terminase por matar, una se ponía a pensar si de verdad había valido la pena terminar así con todos para los que sí significaba algo. Para colmo, pensar que ya era demasiado tarde era algo muy repetido en su cabeza.

Así que inevitablemente se le salieron unas lágrimas: por una parte de tristeza, otra por impotencia, otra porque cada vez que pensaba en cómo era su vida le daban ganas de cortar todo por lo sano y… Agradeció aquel abrazo de Lohran. Un abrazo que si bien no era el más cariñoso, sí que era lo más cercano que podía sentirse viniendo de un desconocido, pero al fin y al cabo un igual. Prestó atención a sus palabras mientras, de verdad, intentaba quitarse el resto de lágrimas que le habían salido sin permiso de los ojos. Lo que le faltaba a Sam: poner en peligro a un trío de hermanos tan monos como debían de ser ellos. Vale que Sam ahora mismo podía llegar a ser un caballo de Troya, pero no iba a regalarle nada a Sebastian, ni mucho menos poner en peligro a gente tan buena. Es por eso que no debía de saber nunca dónde estaba ese refugio.

Encogió las piernas, poniendo las manos sobre sus rodillas, para entonces mirar a Lohran. —Gracias —le dijo antes que nada, sonriendo. —Es un detalle que invites a una desconocida triste a vivir con vosotros, te juro que me encantaría, pero no puedo. Tengo una responsabilidad. —También llamado “juramento inquebrantable.” —Y no quiero poner en peligro a nadie que no se lo merezca. Si no tengo nadie a mi lado es porque yo me he alejado de ellos.

Y uno se ponía a pensar: ¿qué narices le pasaría a Sam como para que hubiese alejado a todos de ella? Porque era cierto que era fugitiva y solo eso ya era algo que hablaba por sí sólo, declarándose peligrosa, pero había muchos fugitivos que seguían relacionándose con sus familiares en secreto, o con otros grupos de fugitivos. Pero Sam ni una ni otra. Uno quizás podría pensar que un cazarrecompensas le persigue y ha amenazado a su familia, o que quizás está en mitad de una venganza personal y no quiere involucrar a nadie por si la cosa sale mal. Pero no, nada de eso. Y como es evidente, no quería tener que responder preguntas, por lo que optó por la evasiva más fácil, dando una explicación que si bien no era cierta, era lo mejor para evitar el tema. —He metido a muchos de mis seres queridos en peligro... pero casi todos están en perfecto estado, viviendo una vida normal como la que se merecen. No quiero meterme en medio y arriesgar sus vidas, ¿que me da pena? Por supuesto. Pero es lo que tengo que hacer. —Y se encogió de hombros, sonando de lo más conformista.
Sam J. Lehmann
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Sam J. LehmannFugitivos

Lohran Martins el Mar Dic 04, 2018 3:30 am

Y allí estaban aquellos dos, austriaca y brasileño, habiéndose conocido hacía menos de una hora, y bromeando como si fueran amigos de toda la vida. Olvidándose un poco de la mierda que tenían que vivir a diario, solo porque su sangre no era mágica al cien por cien. Reían ante las bromas del otro, y para Lohran aquello resultaba refrescante. Algo nuevo, sin duda, pues a pesar de que sus hermanas y él intentaban mantener en su pequeño refugio un poco de alegría y bienestar, finalmente se acababa imponiendo la situación: que eran tres personas encerradas en el mismo sitio, la mayor parte del tiempo, con poca comida y recursos, y pocos ahorros para comprar más. Las discusiones acababan surgiendo, como en toda situación de convivencia prolongada, y lo hacían por las cosas más básicas: que si uno había terminado la pasta de dientes, que si otro había gastado lo que quedaba de papel higiénico… No queráis saber las discusiones que pueden tener lugar entre tres personas por el papel higiénico, ese necesario y olvidado recurso al que no se le concede la importancia que realmente tiene.
Tras la broma sobre el experto en aparición, Samantha se lo planteó de manera más seria. Viendo los planes tan variopintos que llevaban pensando, aquel sin lugar a dudas era el mejor, el menos arriesgado, y el que menos perjudicaría a terceros.

—Bueno, si no nos pasamos de egoístas, yo creo que saldrá bien. No creo ni que la policía tenga nuestras huellas.—Y es que la mayor parte de la vida de Lohran había transcurrido en el mundo mágico. Complicado sería que la policía se hiciera con sus huellas dactilares, si para empezar ni siquiera tenía una identificación muggle.—¿Hay alguna cadena de supermercados a la que le tengas especial rabia? Podemos aprovechar para vengarnos...—Lohran compuso una leve sonrisa, alzando la ceja de manera sugerente. ‘Es una oferta tentadora, señorita, no me digas que no’, parecía querer decir.

Y, hablando de planes ridículos, ambos propusieron alternativas para pedir comida en tiendas: Lohran sugirió a Samantha pasar por una madre con varios hijos hambrientos, cosa que acabaron coincidiendo en que no funcionaría por el atractivo físico de la rubia. Tampoco les iba a funcionar que Lohran se hiciera pasar por un pobre ciudadano que pide comida, pues el color de su piel llevaría al tendero a confundirlo con un ladrón.
Aquellas bromas prolongaron el ambiente desenfadado, y cuando la rubia soltó una escandalosa carcajada, el brasileño se rió con ella. Y pensó que aquella chica, riendo, era muy adorable. No pudo evitar contagiarse de su risa.

—Pues creo que no nos va a quedar otra que el plan de robar a alguna de las grandes franquicias...—Dijo Lohran con tristeza, casi como si observara au carrera de actor yéndose por el retrete. Una carrera con la que nunca había soñado, pero por el aspecto dramático de su rostro, parecía que sí.

El brasileño casi se arrepintió de confesar el gran secreto de su familia: que no todos ellos eran hijos de muggles, y los dos que si lo eran, eran mellizos. Lohran se imaginaba que así debía sentirse un mago—un ‘mago’ del mundo muggle, entiéndase—al desvelar uno de sus trucos: una sensación de vacío personal, como si la magia se desvaneciese. Por supuesto, Lohran y sus hermanas carecían de muchas cosas, mas no de magia. Pero el misterio se había desvanecido.
Lohran se encogió de hombros con resignación cuando Samantha señaló eso mismo, que gran parte de la magnificencia de la historia había desaparecido.

—¿Qué puedo decir? Aunque hubiera querido mantenerte engañada con la historia, habría terminado cediendo y diciendo la verdad: soy una persona honesta.—Y se encogió de hombros una vez más, con una sonrisa resignada.—Pero igualmente creo que mi hermana Prue y yo hemos ganado algún tipo de lotería cósmica. Las posibilidades de que uno de los dos fuera muggle eran altas...—Lohran frunció entonces el ceño, pensando en lo que acababa de decir, y dándose cuenta de que era posible que no hubiera usado el término correcto.—¿Se dice muggle? ¿O se diría squib? No lo tengo claro, aunque tampoco creo que en este caso hubiera diferencia alguna...—Reflexionó el brasileño. Tuvo tiempo entonces de alegrarse de que su hermana Prue también hubiera nacido bruja, o de lo contrario ya no estaría entre los vivos. Como había ocurrido con su madre y su padrastro.

Hablar de la familia era un arma de doble filo en toda regla, y más en la situación en que se encontraban Lohran y Samantha: la familia recordaba al pasado, y el pasado casi siempre era mejor. Lohran se había colocado una venda sobre los ojos, concentrándose en proteger lo poco que le quedaba en el mundo. Ni siquiera había tenido tiempo de llorar a su madre, y tampoco a su padrastro, al cual quería como un padre. No se lo había permitido a sí mismo porque allí, en el presente, estaban sus dos hermanas. Y ellas eran quienes lo hacían mantenerse fuerte, día tras día.
Sin embargo, Samantha estaba sola. Preguntarle aquello fue muy poco delicado por parte del brasileño, y la joven terminó derramando algunas lágrimas que, quizás, llevaba mucho tiempo conteniendo. Lohran no tenía ni la más remota idea de por lo que estaba pasando aquella chica—de haberlo sabido todo, muy probablemente habría ido a matar al responsable sin dudarlo—pero se hizo una ligera idea: la soledad era muy dura, y más cuando tomabas la decisión de abrazarla de manera consciente.
Sobre los hombros de Samantha debía pesar aquella decisión, día tras día.
El brasileño se cambió de sitio, sentándose junto a ella, y la estrechó con uno de sus brazos, en un intento de brindarle un poco de comprensión. Y dadas las circunstancias, no pudo evitar ofrecérselo: la invitó a unirse al pequeño grupo que formaban sus hermanas, su perro y él. Sabía que sus hermanas la aceptarían de buen grado en cuanto supieran lo que había hecho por Lohran.
De todas formas, ella lo rechazó. Y confesó que si estaba sola era porque había escogido alejarse de todos, lo cual… bueno, Lohran ni siquiera podía empezar a imaginarse ni la primera de las implicaciones de aquella afirmación.
Lohran mantuvo su brazo alrededor de ella, mientras la escuchaba hablar de sus seres queridos, y cuando la chica terminó de hablar… el brasileño sentía por ella una renovada admiración.

—Joder, eres una persona valiente.—Señaló, tomando una ramita seca que había en el suelo, junto a su pie, y acercándola al fuego para prenderla.—No sé si yo habría sido capaz de hacer algo así, de dejar a todos y a todas las personas que amo para protegerlas. Sé que suena egoísta tal y cómo lo digo, pero… No sé, solo puedo decirte que siempre he sido alguien muy familiar. Está profundamente arraigado en mí.—Lohran suspiró, optando por soltar la ramita sobre el fuego, dejando que se quemara.—Pero bueno, si algún día cambias de opinión, nuestra puerta seguirá abierta, ¿de acuerdo? Lo único que tienes que hacer para llegar a nuestro refugio es...

Lohran Martins empezó a decir aquello sin saber que Samantha le cortaría antes de que pudiera decir nada relevante—y sin saber que, posiblemente, aquel acto de negarse a conocer aquella información le granjearía problemas con Sebastian Crowley, a quien ni siquiera conocía de nada—. Lo único que el brasileño quería era que aquella persona, a todas luces maravillosa, no tuviera que obligarse a sí misma a vivir sola.
Lohran Martins
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Lohran MartinsRadical

Sam J. Lehmann el Sáb Dic 08, 2018 2:02 am

Qué pena… —Ironizó divertida, con una sonrisa de lo más traviesa. La verdad es que eso de robar en una gran franquicia le motivaba. Bueno, el hecho de robar en unos grandes almacenes y poder optar a más comida de la que normalmente opta sí que le hacía especial ilusión, sobre todo porque después de ‘su jugada maestra’ podrían seguir aprovechándose de esa ventaja con respecto a la cadena de supermercados a la que decidieran robar de manera individual. De esa manera solo estarían ‘desbloqueando’ la posibilidad de hacerlo por sí solos y viendo los riesgos en grupo. —Pues aquí las cosas nos las tomamos en serio, ¿eh? Tenemos que idear un plan y llevarlo a cabo. No vale echarse atrás. —Le señaló, hablando muy en serio pese a su mirada risueña.

Y era triste pensar que después de ese día no se volverían a ver y que no llevarían a cabo ese plan no ideado que pintaba tan útil. La verdad es que si no tuviese la vida que tenía, Lohran sería uno de esos fugitivos con los que merecería la pena mantener el contacto. Parecía una buena persona, humilde, tranquila, honesta, leal… y teniendo en cuenta como iba el mundo, eso eran adjetivos que te hacían valer muchísimo como ser humano.

Le hizo gracia el drama de su familia, aunque sobre todo lo contase como si fuese una verdad carente de epicidad cuando era evidente que la tenía igualmente. Tres hijos de la misma madre y… mira, cómo había salido todo. —Para ser squib has de tener ascendencia mágica, que no sé si tu madre la tendría. Que ojo, teniendo en cuenta los genes que parece repartir no me extrañaría que hubiese algo por ahí mágico que desconozcas —confesó con cierta diversión debido a toda su historia familiar. Aunque bueno, como bien decía igual daba que se tratase de muggle o squib, pues en su caso iba a tener los mismos efectos.

¿Una persona valiente? Lo miró de reojo, sorprendida por su visión de la historia, cuando Sam no podía dejar de verse como alguien débil y temerosa que huyó solo por el bien de ellos. La verdad es que quizás hubiese sido valiente si hubiese decidido conservar su amistad con Gwendoline, arriesgarse a que ella lo averiguase y confiar en que todo saldría bien. Sin embargo, ¿cómo iba a esperar eso teniendo en cuenta el miedo atroz que tenía por Sebastian Crowley y lo que era capaz de hacer? Porque había visto, con lujo de detalles, lo que era capaz de hacer sin remordimientos ni pesares. Así que más que valentía, Sam se consideraba una cobarde por no luchar, por elegir el camino más fácil y por haberse rendido frente a él. Podría haberse sentido un poquito bien por el hecho de que Lohran la viese como alguien valiente, pero teniendo en cuenta su ignorancia con respecto a su vida sería un consuelo de tontos.

Aún así fingió que lo que le decía era reconfortante porque odiaba ponerse dramática de verdad. Es decir, si conocías a Sam te dabas cuenta de que ponerse dramática por gilipolleces era una de sus aficiones favoritas, ¿pero dramáticas por dramas reales? No. Odiaba dar pena, ni quejarse por problemas sin solución. De hecho le pareció hasta que en eso coincidían: Sam siempre había estado muy apegada a sus seres queridos en Londres, aunque éstos no fueran sus padres, por lo que coincidía en que no fue nada fácil separarse de ellos.

Iba a contestar a lo que había dicho, pero Lohran continuó hablando, diciendo algo que Sam no quería saber. Así que antes de que pudiera decir nada y sabiendo que probablemente si Sebastian viese aquello se iba a llevar una reprimenda por omitir información importante, saltó. —Lohran —le cortó. —No quiero saberlo. —Sonó un poco tajante. Que a ver, podía haber dado más explicaciones, pero le había cogido tan desprevenida que prefirió ir con la verdad por delante, diciéndole claramente las cosas. Eso sí, como no quería quedar como una amargada solitaria que se pone triste al recordar a su familia pero luego reniega de una compañía exquisita cuando ésta se ofrece, decidió explicarse. —Me persigue gente y no quiero ponerte en un compromiso. No quiero saber en dónde vive nadie porque así no tengo información que dar sobre el paradero de ningún otro fugitivo si me atrapan. No te lo tomes como nada personal, pero soy una fugitiva emparanoiada con la seguridad. Una fugitiva que rara vez se relaciona con otros fugitivos, así que podrías considerarte una excepción. —Intentó sonar un poco más tranquila y jovial, como antes. Le había sido totalmente sincera, con la excepción de mencionar a su real muro de antisocialización. —Sé que suena feo, pero… —Y se encogió de hombros, sin saber muy bien cómo defenderse de eso.
Sam J. Lehmann
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