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[FB] The way we used to be // Ft. Sam J. Lehmann

Lohran Martins el Vie Ago 31, 2018 12:23 am

Recuerdo del primer mensaje :

[FB] The way we used to be // Ft. Sam J. Lehmann - Página 3 TY72yeQ
Miércoles 24 de mayo, 2017 || Leadenhall Market, Londres || 10:34 horas || Mi ropa

Por norma general, Lohran Martins era muy cuidadoso a la hora de aventurarse al mundo más allá de las puertas del refugio que compartía con sus dos hermanas. Desde que su fotografía iba acompañada de una jugosa recompensa, el mundo mágico no era una opción ni mucho menos, y cuando salía al mundo muggle, se preocupaba de no llamar demasiado la atención. Y es que a veces era inevitable: la comida no crecía en las paredes de su refugio, y tenía que alimentar a sus dos hermanas, amén de conseguirles muchas otras cosas que no podían encontrarse en el refugio.
Ese día se había ataviado con un chándal con capucha—la cual llevaba por encima de la cabeza en ese momento—y unas gafas de sol. Llevaba la mochila a la espalda, lista para almacenar todo lo que pudiese. Su intención no era otra que llevarse la mayor cantidad de comida que pudiese al refugio, a fin de no tener que salir en el mayor tiempo posible.
Caminando, igual que los muggles, Lohran se acercó al mercado de Leadenhall, lugar en el que podía encontrarse casi cualquier cosa. En principio, sería un trayecto sencillo y sin ningún tipo de sobresalto, pero el brasileño no podía evitar ponerse paranoico: cada mirada que le echaban le hacía preguntarse si algún cazarrecompensas vestido de paisano lo habría localizado. Intentó mentalizarse de que su aspecto simplemente recordaba al de algún ratero, y por eso le miraban así.
No sabía qué sería peor.

***

Invirtió algunos minutos en pasearse por las tiendas del mercado reuniendo cosas básicas y enlatadas: platos preparados, verduras, comida para Alfredinho… Su mochila iba bastante repleta, y el fugitivo echó en falta su vieja varita, que había dejado atrás en Hogwarts el día que los mortífagos habían atacado al gobierno y se habían adueñado de él. Arriesgarse con un Reducio utilizando aquella varita desleal que había robado a un mortífago muerto podría desembocar en una explosión, y no quería perder la comida que había pagado con el escaso dinero que sus hermanas y él habían reunido.
Solo faltaba comprar algo fresco, algo para consumir aquel día. Por extraño que pareciese, un estofado con ingredientes frescos era todo un lujo, algo que los tres hermanos agradecían en aquel nuevo día a día que les había tocado vivir.
Así que se acercó a uno de los puestos de verduras situados a pie de calle, contando el poco dinero que le quedaba en el bolsillo. Con suerte, tendría suficiente para comprar las verduras y algo de carne.

—Buenos días.—Saludó Lohran a la tendera, una mujer blanca de unos cincuenta años que le echó una mirada cargada de desconfianza.—¿Sería tan amable de ponerme tres cebollas, cuatro zanahorias y dos tomates, por favor?—Su voz conservaba todavía un deje de su acento brasileño natal, a pesar de los años que llevaba viviendo en Inglaterra.

Mientras compraba, Lohran permanecía ajeno a la mirada de un hombre que no solo le vigilaba entonces, si no que ya llevaba un buen rato tras sus pasos. Aquel hombre lo observaba con ojos avariciosos, posiblemente contando ya las monedas que le darían en el Ministerio cuando entregase a aquel fugitivo.
Lohran Martins
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Lohran Martins el Dom Dic 09, 2018 11:34 pm

Poner en plan aquella idea no solo habría sido beneficioso para ambos, sino divertido también. El mundo se iba a pique, igual que un barco con una brecha en el casco, y los escasos momentos de risas que alguien como ellos podía encontrar, debían aprovecharlos. Y los aprovecharon, desde luego. Y es que Lohran no tenía ni idea de cuáles serían esos problemas de los que Samantha huía, pero sin lugar a dudas tanto ella como él se habían olvidado por un rato de toda la mierda. Y habían reído, incluso.
Cuando la rubia dijo que debían actuar con toda la seriedad del mundo con respecto a aquel plan, Lohran asintió con solemnidad y fingió un semblante serio, concentrado. ¿Cómo se le ocurría a la rubia poner en tela de juicio su profesionalidad?

—Estás hablando con el profesional de los robos y la aparición, Lehmann. ¿Qué te has creído? A mi lado, John Dillinger era un aficionado.—Se jactó Lohran, aunque mientras terminaba de decirlo, no pudo evitar pensar que su perfil de ladrón no era realmente Dillinger, un tío que si bien era tan noble como para no asesinar a nadie durante los atracos que perpetraba, era demasiado ruidoso y escandaloso en general. Lohran era más bien el tío con que te chocabas en la calle y, cuando querías darte cuenta, se había llevado tu cartera.—Podríamos convertir uno de esos enormes pallets de latas de conserva en un traslador solo de ida. Así solamente tendríamos que tocarlo y, como por arte de magia, nunca mejor dicho, estaríamos en medio del bosque con un montón de comida. ¿Qué opinas de mi gran plan maestro para hacernos ricos en comida en conserva?—Lohran alzó la ceja de manera sugerente, como si quisiera decir sin palabras que su plan era el mejor del mundo.

Lohran asintió con la cabeza cuando, después de confesar la ascendencia de la más joven de sus hermanas, se cuestionó el uso de las palabras ‘muggle’ y ‘squib’. Samantha lo puso en términos sencillos, pero Lohran, a quien le apasionaban aquellos debates, tenía una vuelta de tuerca para hacer pensar a Samantha.
Seguramente, todo aquello podrían ahorrárselo preguntándole a algún experto. Pero teniendo en cuenta que eran fugitivos, que los expertos en libertad podrían ser simpatizantes del nuevo gobierno, y que los que no estuvieran en libertad probablemente estuvieran escondidos o encarcelados, la opción de preguntar no parecía para nada plausible.

—Claro, esa es la idea básica. Y sin duda, si mi hermana hubiera nacido sin poderes antes que yo, sería considerada muggle.—Asintió con la cabeza Lohran.—Pero, si mi hermana nace sin poderes y yo nazco con ellos, podemos considerar que en su familia ya existe el gen mágico. Y más si nacemos al mismo tiempo, como es nuestro caso.—Planteó Lohran.—Técnicamente, el gen mágico está ahí, ¿no?—Y es que si bien Samantha parecía tenerlo claro, el brasileño no las tenía todas consigo. Que a ver, de poco o nada importaba la diferencia, ¿no? A fin de cuentas, un no-mágico es un no-mágico, sean quienes sean sus padres.—Pero no, que yo sepa, no hay más magos en mi familia. Mi padre tuvo la gentileza de largarse cuando descubrió que sus dos hijos eran unos ‘raritos con poderes’, así que puedo imaginarme que si hubiera más ‘raritos’ en la familia, de algo me habría enterado.—Lohran compuso una sonrisa divertida. La ausencia de su padre, el único progenitor vivo que le quedaba, no le dolía tanto como que su padrastro hubiera sido asesinado cuando llegó el cambio de gobierno. Aquel sí había sido un padre de verdad.

Y, después de tanta conversación, de tanto ahondar en recuerdos sobre sus familias, Lohran acabó llevando a Samantha a recordar cosas que no debían ser del todo agradables. A recordar a sus seres queridos, a los que la rubia había tenido que dejar atrás en un intento de protegerlos. Verla llorar ablandó aún más el corazón de Lohran, que se sentó a su lado y compartió con ella un abrazo torpe como pocos.
Y le ofreció abandonar esa soledad: sus hermanas y él tenía un buen hogar, dadas las circunstancias, y una buena persona como ella sería bienvenida. Se podía imaginar que Prue y ella se llevarían bien, y que a su hermanastra le caería genial aquella joven tan valerosa que había rescatado a su hermano.
Pero no ocurriría así: Samantha rechazó la propuesta, alegando que había metido en peligro a demasiados seres queridos, que tenía una responsabilidad y que no quería meter también a Lohran y sus hermanas en problemas. Pese a todo, Lohran, comprensivo, le ofreció una alternativa: venir cuando se sintiera preparada. Empezó a decirle cómo encontrarlos y… Samantha le detuvo.
No quería información de más, y así no tendría nada que entregar si la atrapaban. A Lohran se le cerró la boca de golpe, preguntándose quiénes serían esas personas tan peligrosas que la perseguían, y qué había hecho ella para meterse en semejantes problemas. Por cómo dosificaba la información, el brasileño se imaginaba que la rubia no iba a decirle absolutamente nada respecto a aquella gente. Estaba siendo muy cuidadosa con lo que decía, y Lohran suponía que tendría buenas razones.
Sin embargo…

—Samantha… Voy a decirte esto una única vez, y si la respuesta es negativa, no volveré a sacar el tema. Te lo prometo.—El brasileño tomó las latas, que habían ido abriendo con la navaja mientras hablaban, y las colocó cerca de la hoguera, a fin de que el fuego fuera calentándolas poco a poco.—¿Necesitas ayuda con esa gente de la que me hablas? Puedo ayudarte. Puedo incluso buscar refuerzos. Puedo intentar quitarte esos problemas de encima, si quieres...—La respuesta iba a ser negativa, cosa que Martins no sabía entonces. Su camino y el de ella no volverían a cruzarse después de ese día, al menos no hasta después de mucho tiempo. Sin embargo, la miró con gravedad, con seriedad, dispuesto a ayudarla. Después de todo, ella había hecho lo mismo por él, sin siquiera dudar.
Lohran Martins
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Sam J. Lehmann el Miér Dic 12, 2018 2:53 am

Oye, ¿cómo que solo de conserva? Ya que vamos a los almacenes de una gran franquicia de alimentos vamos a aprovechar para llevarnos las cosas del día. Estoy un poco hartita de comer conservas, la verdad. Y pocas veces me verás en un mercado como el de hoy para conseguir buena verdura fresquita. Aunque de he admitir que las otras veces que he ido me he sentido bastante más útil en cuanto a compra se refiere... —dijo, evidenciando que ese día no había tenido tiempo de comprar nada y había sido, como dirían muchos, 'un viaje perdido, un riesgo sin motivo'. Sin embargo, Sam no lo veía así. Había tenido una aventura que sin duda valía la pena recordar como una pequeña victoria, había vivido una rápida traición que esperaba no reencontrarse nunca y había hecho un amigo. Un amigo que no volvería a ver nunca más, pero oye, era un amigo. —Pero me gusta tu idea, sí. No es por nada, pero creo que hemos descubierto la pólvora. Vamos a vivir como reyes.

E iba a ser muy curioso que cuando se separasen esa noche y no volviesen a saber del otro, aquel plan seguiría en sus mentes. Y quién sabe, hasta podrían intentar hacerlo por separado, sin poder evitar acordarse del otro. Por parte de Sam, cada vez que fuese a comprar a un mercado ya te digo yo que se acordaría de Lohran Martins. La verdad es que teniendo en cuenta la rutina de Sam, cayó en que seguramente el desarrollo de aquel plan no iba a llevarse a cabo nunca en dúo: ambos se separarían y ese plan no sería cosa de una noche, así que lo más probable que se quedase en el aire, como ese plan entre amigos que dicen que tienen que hacer algo y nunca nadie lo organiza. Y le daba pena, porque hablando con objetividad y muy claros: podía ser una solución muy buena para la falta de comida que tenían todos los fugitivos. Por no contar que la tarea de 'adquirir comida' era primordial y también de las más peligrosas.

La verdad es que Sam creía que la diferencia entre squib y muggles venía determinado por la pureza de tus padres, no la de tus hermanos, así que en cualquier caso él o su hermana melliza sería muggle si hubiesen tenido la mala suerte de no compartir la maravilla que era la magia. Una maravilla a niveles generales, pues cuando te dabas cuenta lo mucho que corrompía a la gente a uno le daban ganas de haber nacido muggle, alejado de tantas locuras y ansias de poder. Ansias de poder a las que Sam estaba muy acostumbrada, sobre todo teniendo en cuenta la relación que tenía con el mayor de los Crowley.

Suspiró frente al terreno pantanoso en el que se había metido hablando con Lohran, ya que dar explicaciones sobre ese tema venía acompañado de ciertos riesgos. Además, cada fugitivo tenía sus propias mierdas con las que lidiar y Sam no tenía ganas de estar explicando que su vida era horrorosa porque además de tener que convivir con ser buscadas por la ley, también tenía que convivir con no poder decidir nada porque un ente superior asqueroso había abusado de poder con ella. Bueno sí, podía decidir no contarle nada a Lohran y evitar que le dijera su paradero, pero esa defensa consciente hacia las futuras decisiones de Sebastian no le iban a hacer nada de gracia a su 'amo'. Así que eso de 'decidir' era relativo. Así que cuando Lohran le ofreció ayuda, ella no dudó ni un poquito en negarse. No había otra manera de abordar esa pregunta, en realidad y Sam lo sabía; la negativa era lo mejor para los dos. Él a largo plazo, ella a corto. —No hace falta, Lohran —le tranquilizó, apoyando la mano amistosamente en su pierna, como si el tema no fuese para tanto. —La vida es una mierda, tú preocúpate de mantenerte alejado de problemas y cuidar de tus hermanas. 'Que lo mío ya no tiene solución', le faltó añadir, pero se lo ahorró porque era drama innecesario y además le hacía gracia asumir su mierda de vida actual como su última obra antes de morir. Una obra terrible de mal y más mal. Vamos, la obra de género trágico dramático más vivida del universo. —Yo estaré bien. —Si es que llegaba un momento en su vida en donde lo pensaba y en vez de llorar, ya se reía de lo triste que serían sus últimos años de vida: solitarios, cargados de pesadumbre y dolor... de verdad, es que estaba viviendo al crónica de una muerte anunciada.

Así que suspiró, poniendo los ojos en blanco. Poco podía hacer más que aceptar su vida con resignación y evitar, ante todo, que el resto se metiese en ella. Era consciente de que si Sebastian veía esto en sus recuerdos podía hacerla tomar otras decisiones a partir de ahora, pero mientras tanto... mientras pudiese evitar poner en peligro a la gente, ella lo seguiría haciendo aprovechando que Sebastian sólo se preocupaba de sí mismo. Para evitar hacer hincapié en el tema e intentando mantener la compostura para pensar en el momento que vivían—que era tan bonito y ella lo había arruinado—y no en todo lo que estaba ahí fuera, atendió a las latas que estaban junto al fuego. —¿Comemos o qué? Perdón por el drama, es que tengo poco contacto humano y quería darte pena para que me dieras un abrazo —bromeó para liberar tensiones del momento, forzando una sonrisa divertida que prácticamente le salió natural.
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Lohran Martins el Lun Dic 17, 2018 3:38 am

La perspectiva de poder cometer un robo perfecto, uno sin testigos y con probabilidades de error casi nulas claramente podía acarrear la consecuencia de ponerse caprichoso. Cosa que le sucedió a Lehmann: viéndose ya en los almacenes, declaró sus intenciones de no conformarse con latas de conservas, sino también cosas del día. La idea sonaba apetecible, sin lugar a dudas, y Lohran también se permitió ponerse caprichoso: se imaginó un enorme entrecot asándose al fuego, su aroma, y lo bueno que estaría después cuando se estuviera deshaciendo en su boca. Sería toda una maravilla poder comer comida así, y cuando quiso darse cuenta, al brasileño se le estaba haciendo la boca agua.
Sin embargo, la triste realidad era que aquello no era posible: o bien robaban lo justo para ese día, o bien se les echaría a perder la comida. Pese a todo, Lohran se puso a pensar alternativas para hacer posible aquello.

—Los productos del día suenan… maravillosos. Pero necesito saber si conoces algún tipo de hechizo que permita conservarlos con todas sus propiedades durante largo tiempo. Porque si no, si nos puede la avaricia, tendremos un montón de comida estropeándose en pocos días.—Lohran hizo una pausa, antes de añadir.—Y si se te ha ocurrido la idea de utilizar un Frigus para mantenerlas en un estado de congelación… no lo hagas. Lo he intentado y viviré para arrepentirme de ello toda mi vida.—Y mejor que no pensara en ello. Cosas como aquellas indicaban que Lohran no había cursado sus estudios en la casa Ravenclaw.—Pero bueno, que es perfectamente normal que hoy no te hayas sentido como la mejor compradora del mundo: después de todo, has tenido que salvarle el pellejo a cierto negro...—Dejó caer Lohran, de nuevo bromeando respecto a su color de piel.

Tras conseguir que Samantha llorase, de manera involuntaria, Lohran tuvo un acercamiento con la rubia a fin de intentar consolarla. Su intento incluía una oferta sincera de que la austriaca se uniera a Lohran y sus hermanas, y dejara atrás aquella soledad que, evidentemente, la hacía sentirse tan mal. Sin embargo, la respuesta de Samantha fue negativa, alegando una serie de problemas gordos que la perseguían, relacionados con gente peligrosa. Había alejado de ella a todos sus seres queridos precisamente por miedo a arrastrarlos a su mierda.
Así que no, no se iba a unir a ellos, ni quería saber nada del refugio que los hermanos compartían. La rubia interrumpió al brasileño justo cuando estaba a punto de decirle cómo llegar allí si alguna vez cambiaba de opinión, ella le cortó. El brasileño, a pesar de todo, seguía teniendo toda la intención de ayudarla, y se lo ofreció: quizás podría ayudarla a deshacerse de sus problemas.
Como era de esperarse, la respuesta fue no, y Lohran, que había prometido dejar el tema si ella decía que no, asintió con la cabeza y lo dejó estar. Reinó entonces un breve silencio, antes de que Samantha sugiriera que comieran, para acto seguido romper el hielo con una broma. Lohran le echó un vistazo, y entonces volvió a rodearla con su brazo.

—Eso no cuesta nada. Ven aquí.—Y, en esta ocasión, el brasileño la abrazó de verdad. La rodeó con sus brazos y colocó la barbilla de ella sobre su hombro, acariciándole con una mano el pelo rubio. Lo hizo de la misma manera que lo habría hecho con su hermana Prue. No sabía si se estaría pasando, pero era de las personas que pensaba que un poco de cariño de vez en cuando no hacía daño a nadie.

O así pensaba entonces, claro. Muchas cosas cambiarían en el transcurso de los meses venideros. Sin embargo, aquel Lohran no estaba tan dañado por dentro como lo estaría dentro de un año…

—Venga, vamos a comer. Que cualquiera que pase y nos vea se pensará algo muy raro.—Bromeó Lohran, separándose de Samantha y alcanzando su varita para apartar aquellas latas del fuego. Sin embargo, se detuvo antes de hacerlo, pues había altas probabilidades de que, de utilizar un sencillo Wingardium Leviosa con una de ellas, ésta explotara y los embadurnase de comida.—¿Haces los honores de apartarlas del fuego? No tengo ganas de que nos quedemos sin comida.—Lohran, en lugar de eso, se volvió para rebuscar dentro de su mochila. No solía llevar encima nada que sirviera como plato o como cubiertos, pero quizás hubiera algo que pudiera sevirle. No llevaba mucha cosa, solo… un frisbee. Con el cual acostumbraba a jugar con Alfredinho, su perro. Lo sacó de la mochila, mostrándoselo a Samantha.—¿Llevas en la mochila algo que pueda usarse como plato? Porque si no, me temo que tendremos que lavar esto bien y utilizarlo como tal...

Aquello iba a estar tremendamente gracioso: dos personas comiendo, posiblemente con las manos, de un frisbee mordisqueado. Y así iba a ser, a menos que Samantha llevara en su mochila algo mejor que aquel frisbee, y con suerte un par de tenedores. O uno. No pienso ponerme tiquismiquis por compartir tenedor…
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Sam J. Lehmann el Mar Dic 18, 2018 3:57 am

Lo abrazó, pasando sus manos alrededor de su cintura y estrechándolo con ganas. Le pareció un abrazo de lo más tierno, cargado de un sentimiento que en realidad había sido super efímero y creado en ese rato que habían estado juntos. Sin embargo, Sam no acostumbraba a tener muchos abrazos, por lo que le sentó como si ahora mismo le estuviese abrazado una de sus amigas de toda su vida. Uno de esos abrazos que, aunque no sepas que pasa, intentas pasarle a la otra persona todo lo bueno que tienes dentro, tus mejores deseos y tu mayor apoyo. La legeremante suspiró cuando se separaron, sonriéndole con gratitud por aquello. Sin embargo, no pudo evitar bufar antes de añadir: —Qué exagerado —dijo divertida cuando mencionó que alguien podía pensarse que ocurría 'algo raro' entre ellos.

Era divertido imaginarse una situación así, pero quién viese a Sam. Nunca ha estado con ningún hombre y de repente empieza por un negro, ¡ahí, por todo lo alto, eh, listilla! Tuvo que sonreír ante la estupidez de sus pensamientos, para entonces coger su varita y hacer lo que había sugerido Lohran, quitando las latas del fuego con cuidado y dejándolas cerca de ellos. Miró al chico con una ceja ligeramente enarcada, para entonces volver a mirar al frisbee. Lo mejor de todo es que estaba hablando completamente en serio y a Samantha no se le ocurría un lugar mejor en donde comerse aquello. Así que sin dudar ni un momento, se encogió de hombros. —Por favor, nunca he comido en un frisbee mordisqueado por un perro. Por mucho que tuviera un plato limpio en mi mochila, jamás perdería esta oportunidad —enfatizó divertidísima. —Ya es el colmo de nuestra pobreza. —Y rió.

En realidad su mochila no tenía ningún encantamiento extensible, por lo que desgraciadamente llevaba lo justo y necesario. Esas cosas las tenía en su tienda y, como es evidente, no iba a ir a buscar nada. Le pidió el frisbee y se apartó un poco para poder limpiarlo con la varita y un par de hechizos bien exhaustivos, ya que no quería tierra ni babas secas de perro en su cena de aquella noche. Al moverse se dio cuenta de que todavía estaba mojadísima y es que sentía toda la ropa adherida a ella de manera muy incómoda. Sin embargo, sin estarse preocupando por eso y buscando de nuevo el calorcito de aquella hoguera, volvió a sentarse en el mismo sitio y le tendió el frisbee lavado a su dueño. Mientras él vertía el contenido de las latas, Sam buscó algo en su mochila con lo que poder comer, ya que recordaba tener por ahí una cuchara. Y tú te preguntarás: ¿por qué narices tiene Samantha Lehmann una cuchara en la mochila? Pues no tenía ni idea. Era una de esas cosas que había aparecido un día ahí, y ahí se había quedado. De esas cosas que siempre sacas sin querer y terminas asumiendo que mejor dejarla, no vaya a ser que algún día haga falta.

Un día como hoy.

Así que con una sonrisa victoriosa, sacó la cuchara. —¡Voilá! —La empuñó, cual espada. —La verdad es que no es el mejor de los cubiertos, pero si Chuck Norris puede matar con esto, nosotros podremos comernos esto sobre un frisbee —aseguró sin ningún tipo de duda, como si estuviesen hablando de algo mucho más serio como cortar el cable rojo o azul de una bomba muy peligrosa.

Y lo gracioso es que así fue. No solo compartieron el frisbee como plato, sino que también compartieron la cuchara. Y para nada que les importó, de hecho fue gracioso pasarse aquel plato improvisado y la cuchara para que ambos pudiesen comerse aquello. Mientras comían y se secaban, hablaron de las hermanas de Lohran, de las locuras que habían hecho siendo fugitivos y, sobre todo, de cómo eran sus vidas antes de todo eso. Y daba pena pensar que no se habían conocido antes de toda esa desgracia teniendo en cuenta lo bien que habían calzado… pero más pena daba pensar que esa relación había sido muy buena para que solo durase un día.

Sin embargo, actualmente aquel recuerdo todavía estaba en la mente de Sam y estaba segura de que no se le iba a olvidar. Era uno de sus momentos favoritos de cuando todavía era fugitiva: un día en medio de tanta oscuridad que le otorgó un poquito de luz. Y siempre le estaría muy agradecida por haber sido tan buena persona con ella.
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