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Priv. || Ese otro mundo, que eres tú ||

Ryan Goldstein el Dom Sep 02, 2018 5:44 am

Ese otro mundo, que eres tú

Meda, desde la puerta, recorrió la sala de estar con una última mirada. Inundada por la tarde, ofrecía la agradable impresión de alojarse en la memoria como la fotografía de un día de verano. De esos, a los que volvías con una sonrisa.

Correteando por la casa, la pequeña Brianna husmeaba por detrás de las macetas, sacaba y ponía cosas, desordenaba estanterías. En ocasiones, se agachaba con la oreja pegada al suelo, ojeando todo posible escondrijo en el que fuera posible sorprender a un hada.

—Escúchame, tesoro—
llamó. Brianna corrió a abrazarse a la cintura de su madre, quien la recibió entre mimos—. Le dirás a Rynn que le dejé una carta sobre el escritorio—indicó, acariciándole el flequillo—. Mamá te extrañará mucho, lo sabes.

—¡Te amo, mama!

—Te amo, tesoro.

—Mama, ¿has visto a Jazz?


Meda sonrió.

—¿Quién sabe?, ¿miraste en la azucarera?


La niña rió y se desprendió de su madre para seguir buscando. Brianna solía fluir con naturalidad, como una bailarina en el escenario. Era risueña, inquieta y muy soñadora. Se parecía a su padre en el hábito de desentenderse de quien le hablaba, como inmersa en su propio mundo.

—Adiós, tesoro—susurró para sí, yéndose por la puerta y llevándose consigo el sonido de la risa de su pequeña.

Saliendo del edificio, se cruzó con Ryan.

—¡Pensé que haría a tiempo!—
Esa fue su forma de saludar. El beso estaba en la mirada. Llegó hasta ella, con una bolsa en la mano. Habría ido a la tienda—, ¿por qué no te quedas un rato? ¡No te vayas!

Se detuvieron de frente en la entrada. Él mantenía gacha la cabeza cuando se le acercaba, como esos caballos mansos que se dejaban domar por manos amables. Meda le acomodó el cuello de la camisa y se lo quedó mirando, como si su rostro fuera una novedad. Se sonrieron.

—Adiós, Ryan.


En qué momento se apartó, no lo supo. Simplemente la observó partir puesto su sombrero de ala ancha, mientras que él era dejado atrás por esa espalda que se alejaba. Así se estuvo un momento, hasta que rompió en un suspiro y se encaminó escaleras arriba. De Meda, lo que le enamoraba, era cómo lo hacía sentir conectado con todas las cosas bellas de este mundo.

Solía ser así, con las veelas.

Si las mirabas por mucho tiempo hacia dentro de sus pupilas, tus pies se despegaban de esta tierra. Era un poco, como estar enamorado. Sólo que entre ellos, nunca se había dado eso, el amor. Había sido el hilo de las circunstancias el que los convirtió en compañeros, enredando sus destinos. No porque él lo hubiera deseado o siquiera sospechado.

Pudo haber renegado de ella o de Brianna, era verdad. Pero tuvo la opción, y eligió diferente. Si contaba la historia de su paternidad, la gente sólo la entendía a medias. En general, nunca asimilaban el peso que tenía en el asunto la cuestión de que Meda era, en realidad, una veela. Dicho de otra manera, que su sociedad era otra, con otros sistemas, otros valores, otras costumbres.

Nadie le preguntaba, por ejemplo, por el concepto de familia entre las veelas salvajes. Por empezar, la figura del padre no existía. Así que, allí donde algunos creían que Ryan Goldstein había reconocido legalmente a su hija bastarda luego de un flirteo casual, se equivocaban. No es que él la hubiera reconocido a ella, sino que era más bien al revés.

Meda jamás le había pedido nada. Ni el apellido, ni su herencia, nada. En cambio, ella y Brianna lo adoptaron a él, como una parte de sus vidas. Otro tanto hizo él, sí. Pero no conducido por algún sentido de la obligación o la responsabilidad, y desde ya, bajo ningún precepto legal. Simplemente le hubiera sabido mal no corresponderles, porque era generoso. Pero había otras cosas que no se podían entregar así como así, como era el caso de la paternidad. Ryan no entendía la paternidad como una imposición o un deber para con nadie, una obligación, o en fin, un condicionamiento que te ponía entre la espada y la pared, sobre lo que estaba bien o estaba mal.

Ni siquiera un sentimiento.

Si existía un amor entre padres e hijos, genuino, espontáneo, si se trataba de un sentimiento único, él no lo sabía. Sólo resultó que un día una mujer de tantas en el ancho mundo dio a luz a una niña, que llevaba su sangre. Eso no lo sorprendió tanto como el hecho de que había sido un episodio, de una forma u otra con él como protagonista, que se dio más allá de su control.

Incluso después, nacida la niña, una hermosa cabeza rubia, él nunca se propuso formalizar una familia con Meda. Tuviera o no una hija suya, eso no la convertía en familia. En el caso de Brianna. Lo cierto es que tampoco. Era una niña preciosa y afectiva, como otras tantas niñas. Lo que la hacía diferente es que él era el Rynn de Brianna. Bien como un tío o un bicho del zoo al que a ella le emocionaba ir a visitar.

Sentía un afecto indiscutible aunque distante por la niña, pero no se sentía su padre. Ni pensaba convertirse en uno para ella. Lo era, a efectos prácticos, y nada más. Pero para Brianna, Meda era su familia. Ryan era Rynn. Y para ella, eso tenía todo el sentido del mundo. Hasta que tuviera que internalizar otros mapas conceptuales, procesar otra realidad distinta a la suya, e incluso así. Sería imposible explicarle a otra gente, que Ryan era Rynn y no padre.

Al final, si insistía en querer darse a entender, sólo se daría de bruces con la realidad entre realidades de que ella era una anomalía, que era casi lo mismo que decir que era un producto enfermo. Se sentiría ella misma enferma al mirarse en el reflejo distorsionado de una sociedad que la rechazaba. Muy pocos se prestarían a intentar comprender que para ella, funcionaba, simplemente eso, “funcionaba para ella”, la manera en que las cosas se habían dado.

Fue la tía Megan la que empezó a hablar de una familia distinta, de padres e hijos, de deberes y sangre. En cuanto a Rynn, si le preguntaban, él solía contestar como el tipo que puso la semilla y se desentendió del asunto. Lo cual siempre sería verdad. Una verdad a medias.


Años atrás, sentados en la mesa de un bar,
durante un invierno de montaña.

—Eres padre.


Una ráfaga de viento helado entró por la puerta, empujada por un grupo de magos montañeses que se desprendían de sus pesados abrigos. Había el rumor agradable de los clientes y el calor de una chimenea encendida. Se estaba bien. Se estaba. ¿Qué?

Ryan se negó un suspiro y adelantó los codos sobre la mesa, como quien necesita poner el oído para estar seguro de lo que le están diciendo. No se lo esperaba, no dos veces en una vida. La primera, él había sido más joven aún, y lo que es peor, impulsivo y cruel.

Le tocó, para su disgusto, comprobar que muchas de las negras e intensas emociones que había sentido entonces volvían a él, como si hubieran abierto una puerta secreta. Sólo que; tenía muy claro; que no quería ser ese muchacho de nuevo. Y aunque lo fuera, la situación era otra. Meda era una mujer muy diferente a Lotte.

Hablaba en serio, eso no se lo cuestionó. Lo que lo intrigaba era la simpatía con que ella lo había invitado a sentarse a su mesa, a esa cita. Las preguntas le revolvían las tripas. ¿Cómo?, ¿cuándo? Eso ya lo sabía. Quizá la pregunta que gritaba en silencio era, ¿y qué deseaba ella tratar con él? Lo que la veela esperara y lo que él estaría dispuesto a dar no sería lo mismo. Lentamente, habló.

—Hará alrededor de un año que no nos vemos.

—Sí. ¿Cómo has estado?

Ryan enarcó una ceja, entonces ella captó que el hombre humano querría llegar a algo con su repentina salida de señalar lo obvio. Desde ambos extremos de la mesa, uno hacía gala de inusitada gravedad y la otra rebosaba confianza.

—Lo sé. Tuve al bebé hará unos meses. Es una niña, hermosa—dijo, con entrañable orgullo—Muy saludable. Y mitad veela, mitad humana. Por eso estoy aquí contigo.

Abrió la boca, pero la cerró en el acto. Negó con la cabeza. Le tomó un minuto entero retomar la palabra. Sólo que no lo hizo de inmediato. Meda fue paciente, porque ya le habían dicho que los machos de esa especie podían ser un poco sensibles. Al final, el joven rubio abrió las manos, en un gesto desarmado.

—¿Qué es esto?, ¿por qué ahora?

—¿Esto? Tú quieres decir, ¿la noticia? Es… algo que pensé, tú deberías saber. Antes o después o dentro de algunos años hubiera dado lo mismo, para el caso. Te lo digo ahora, porque. Vaya. Estaba muy ocupada estando embarazado y pariendo a la niña. Pero incluso ahora—
confesó, con una sonrisa—, me cuesta despegarme de ella.

Otra pausa.

—¿Qué quieres de mí?

Meda esbozó una sonrisa vacía.

—Quería quedar embarazada. Tú me diste eso. Me parece justo que lo sepas. Pero, no hay nada más que pueda yo querer de ti. Es así.

—¿¡Y no te pareció justo decírmelo ANTES!?


Elevaba la voz, y un par de cabezas se voltearon a mirar. Meda estaba realmente calmada.

—Vaya, me habían dicho que los machos de tu especie eran susceptibles con el tema—
comentó, ligeramente bromista el acento. Luego, prosiguió, expresándose con absoluta franqueza—: No lo consideré necesario. Verás. Entre las veelas. No existe el concepto de “padre”. No hay—Se interrumpió para pensarse la explicación, sólo por un segundo. Ryan se sentía malamente inquieto. No estaba muy seguro de que quisiera aceptar ninguna clase de razonamiento viniendo de esa mujer—. No suele haber “otra parte”, en la reproducción. Así que. Como es la costumbre, no considero que sea hijo tuyo. Pero, entiendo que entre los humanos es diferente…

Ryan abrió los ojos, y en un hilo de voz dejó escapar un “¿Qué…?”, ligeramente audible. Su interlocutora, sin embargo, continuó hablando, con mucha naturalidad.

—…y dado que formaste parte activa en lo que me ocurrió. Dado que tú definitivamente eres el padre biológico de mi bebé, pensé que deberías saberlo. No porque quiera que tomes alguna responsabilidad. Pero, en un futuro, considero que es también justo decirle a mi bebé qué era su padre.

—¿Qué era?—
repitió.

—Sí, un humano.

Ryan se cubrió la boca como si temiera que su alma se le escapara. La miraba con ojos impactados. Meda sorbió de su café mientras que él intentaba atar cabos. Por alguna misteriosa razón, empezaba a sentirse frío, como si la temperatura le hubiera bajado repentinamente.

—Aclárame esto. Tú me sedujiste… ¿con esa intención?

—Sí. Yo quería aparearme contigo, sí.


—¿Por qué?, ¿no pensaste que yo tendría una opinión sobre eso?


—No te lo tomes demasiado personal—
Otra vez, ¿qué?—. Hacía tiempo que planeaba quedar embarazada. Sólo resultó que tú… estabas ahí. Y en el momento, me gustó la idea.

—Pero, ¿y si no estaba de acuerdo?


—No me importa lo que tú pienses sobre esto.


Claramente.

—No justifica…


Ryan se echó hacia atrás en la silla, soltando el aire. Indignado era poco decir. Y a la vez. ¿Qué se supone que podía hacer en una situación así? Se sentía impotente. No estaba entendiendo ni la mitad de la conversación.

Pero, de nuevo, recordó a Lotte y se desinfló con cierta pena. Bien, lo habían usado como donante involuntario, pero donante feliz al fin, podía decirse. Ahora, era padre de una semiveela. ¿Y qué significaba… ser padre? En ese mismo momento resolvió que él no podría darles eso, a ellas. Pero, aun así.

***

—¿Bri?—llamó, buscándola con la mirada al abrir la puerta del departamento—Me he cruzado a tu madre en la salida…—comentó, todavía sin poder encontrarla. En la casa no parecía haber nadie. El sonido de una risita atrajo su atención, pero nada.

Ah, la cocina volvía a ser un enchastre de azúcar. Dejó la bolsita con dulces sobre la mesa, y siguió buscando. Detrás del sofá, debajo de la mesa del escritorio, ¿pero dónde…?

—¿Cómo has estado?


Nada.

—¿Bri?

Se quedaría con él unos días, hasta que Meda volviera de la festividad que las veelas realizaban en las noches estivales, bailando en torno a una fogata. No había forma de que luego recibiera a Meda con la noticia de que había perdido a la niña el primer día.

Sonrió.

—¿Dónde…?


¿Era el juego de las escondidas?


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Jazmine el Mar Sep 04, 2018 11:36 am

Ese otro mundo, que eres tú
Jazmine ese día se sentía particularmente aventurera.

¿Por qué?

No había un motivo, nunca necesitaba un motivo. A veces simplemente era así, se sentía grande, como si estuviese encerrada, y deseaba ir de aquí a allá, revolotear.

Ella tenía sus días de pereza en el sofá mirando la caja mágica, o días enfermita en cama, pero había días donde le gustaría comerse al mundo, si este cupiera en su pequeña boquita.

Para poder hacer un viaje largo, o tener una gran aventura, una debe llenar su estómago. Lo más importante era tener una buena comida, y por eso había decidido que iba a tener un desayuno balanceado que contuviese azúcar, miel y más azúcar. ¿Todas las hadas eran así de golosas, o sólo Jazmine?

El caso no era ese, no.

Jazmine había intentado abrir ese tarro donde el humano mantenía el azúcar encerrada, aunque nunca podía abrir el tarro. Y se había llevado una regañina la última vez que había roto el frasco. El humano algo había dicho sobre que podía cortarse, o algo sobre qué haría él sin ella, o quizá habló de lo linda que era. O todo al mismo tiempo.

Por eso tuvo que buscar otra opción, como el azúcar que todavía estaba en su bolsa. Luego de comer suficiente azúcar, habiendo revoloteado por toda la cocina con una bolsa que tenía, muy inconvenientemente, un hueco en una de las esquinas, regando azúcar por todos lados, fue momento de explorar.

Se aseguró de llevar su pequeña placa, una cosa brillante, y se guardó más azúcar para el camino dentro de uno de sus bolsillos. Y una uva, porque las aventureras necesitan energía, la más dulce que encontró.

Sí, por eso quería decir que había mordido muchas uvas y eligió la más dulce.

Sí, sí, eso no era el caso, tampoco.

El caso era que estaba ella, muy lista, muy preparada para irse de aventuras cuando… La escuchó.

Detuvo sus alitas que estaban ya a la carrerilla para volver a mirar a través de la ventana. Estaba ahí Bri, la pequeña humana, buscándola, a juzgar por cómo miraba por aquí y por allá, debajo de las cosas, encima de ellas. Que la llamase por su nombre sólo incrementaba la sospecha.

"¡Bri!", zumbó, muy felizmente. "¡Voy a tener una aventura! ¡Ven conmigo, tengamos una aventura!", zumbaba ella, muy alegre, tirando de su manita, haciendo ademanes y gestos. "Iremos a explorar el mundo y a encontrar cosas brillantes", ella se había montado solita la película de su aventura.

Así son las hadas, tozudas, ¿o sólo lo era Jazmine?

"Vamos a tener la mejor aventura del mundo", eso podían darlo por hecho. "Tú monta a un caballo y yo montaré al otro", le señaló a uno de los cocodrilos, los “caballos”, mientras se sentaba encima del otro.

Reposaban tranquilamente en el jardín, cerca de su estanque, sin importarle la repentina presencia de la “domadora de caballos”. Ellos, sin embargo, no estaban precisamente dispuestos a colaborar.

"¡Vamos! ¡Arre! ¡Vamos tan rápido como el viento! ¿O era “corre como el viento”? No me acuerdo", pensó, llevándose la manita a su mentón, intentando acordarse. "¿Cómo era?", miró a Bri.

Sí, quizá esa misión se demoraría tan sólo un poquito más de lo que habían pronosticado.
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Ryan Goldstein el Dom Sep 23, 2018 11:57 pm

Ese otro mundo, que eres tú

Brianna era una niña distinta a las demás, tanto niñas humanas como veelas, porque sin ser ni una ni la otra, compartía con su legado salvaje una fuerte conexión con la naturaleza y las demás criaturas mágicas. Eso incluía a las hadas.

No había un diálogo coherente entre ellas (ni mucha lógica podías pedirle a la cabecita de un hada), pero sí una suerte de intuición que las conectaba emocionalmente.

Esto suponía una ventaja para ambas, ya que ninguna de las dos manejaba el lenguaje propiamente dicho. Brianna, aunque manejaba el idioma, le daba pereza emplearlo, hasta el punto que no dirías que esa niña hablara, más si se trataba de extraños. No fallaba en comunicarse con otras veelas o criaturas, especialmente las primeras, pero de donde ella venía, las palabras humanas no las empleaba con nadie más que con su madre.

Se alegró mucho cuando encontró a Jazz, y la siguió con ingenuidad, divirtiéndose con su brillo y su color, que eran sólo una parte de su encanto tan alegre. Intuía, que el hada se sentía feliz, y era muy susceptible al estado emocional tanto de personas como de criaturas.

Montó detrás de ella al cocodrilo, a los que ya conocía, pero. Tan pronto como Jazz se dio cuenta de que estos no eran tan leales como el bueno de Ludo, su corcel, Brianna, a su vez, se distrajo con otra cosa. En eso, su cualidad de entretenerse con cualquier cosa y pasar de una aventura a la siguiente en un abrir y cerrar de ojos, eran tal para cual.

Había unas florecillas que se removían en uno de los canteros del jardín. Carnívoras, aunque no especialmente peligrosas, si acercabas el dedo, te picaban. Brianna, curiosa, acercó la nariz porque quería olfatearles. Entonces, oyeron la voz de Rynn. Riéndose por lo bajo, musicalmente, Brianna tomó a Jazz entre sus manos, y las ocultó entre la maleza de arbustos floridos y enredaderas que había por allí.

Ryan salió al patio.

Luego de llamarlas por sus nombres, y concederles la ventaja de su escondite, finalmente las halló sin mucho esfuerzo, sorprendiendo a Brianna de tal manera que ésta estalló en chillidos y risas. Cualquiera diría que la estaba matando, a cosquillas.


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Jazmine el Miér Sep 26, 2018 12:42 am

Ese otro mundo, que eres tú
"¡Vamos, caminen!", insistía la pequeña criaturita cuando los cocodrilos se negaban a servirles de corcel. Al final, tuvo que resignarse, no sin unos zumbidos muy molestos que no se pueden traducir porque es un rol apto para todas las edades.

Brianna se había interesado en otras flores y, mientras tanto, Jaz empezó a cazar a Ryan. No, no el Ryan humano tonto, Ryan su mosca mascota. No importaba que no fuera la misma mosca, todas las moscas eran sus mascotas y todas se llamaban Ryan, era todo lo que era necesario saber de ello.

Volaba a toda velocidad, pero Ryan era más rápido. "¡Ven aquí, sólo quiero mimarte!", zumbaba ella, muy enfurruñada, hasta el momento en que Brianna la sujetó entre sus manitas. "¡Oye! ¡Suéltame! ¡Ryan! ¡Ryan!", ah, pero su mosca voló muy lejos, más allá de la cerca del jardín.

Oyeron la voz de Ryan. No, esta vez la mosca no, del Ryan humano tonto, y las dos se quedaron muy calladitas, esperando que no las encontrara. Brianna podía sentir el cosquilleo de las hojas en su nuca y se le escapaban suaves risitas hasta que fueron pilladas.

La niña y Jaz eran muy parecidas. No hablaban y, al mismo tiempo, hablaban en demasía. Hablaban en el secreto idioma del silencio que sólo ellas mismas comprendían.

Jazmine atacó a Ryan, mordiéndole las orejas, zumbándole fieramente para que dejara en paz a su amiga. Brianna podía reírse hasta con el contacto de un solo dedo, así que de eso no había que preocuparse, que nadie estaba asesinando a la jovencita.

"¡Eres un tonto! ¡Dánnos azúcar, te lo exijo!", lo atacaba diciendo aquello, mordiendo sus orejas y tirando sus cabellos, toda una guerrera capaz de someter a un humano adulto ella solita si quería. "¡Quiero una aventura!", ella se quejó, pero no podrían tener una aventura con el rubio a sus espaldas.

Brianna se quedó en el suelo, todavía con secuelas de risa y una enigmática sonrisa, antes de ponerse de pie y correr a través del jardín dando un pequeño gritito de alegría, deteniéndose en las flores más bonitas de papá. Nomeolvides.
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Ryan Goldstein el Miér Sep 26, 2018 1:18 am

Ese otro mundo, que eres tú

Había que decirlo, juntas podían ser un torbellino de problemas. Se potenciaban mutuamente, y si Ryan ya tenía que lidiar con una niña dulce y buena que le rompía los objetos sólo por curiosidad —parecía maravillada cada vez que rompía una lámpara, dejándola caer al suelo, o cualquier otro objeto que llamara su interés, y lo hacía sin una nota de pena—, lidiar con una niña y un hada, las dos con cabecitas en otra parte, era el doble de impredecible.

Ryan, a diferencia de otras personas, muchas personas en este ancho mundo, tenía una paciencia infinita. Lo que es más, no se andaba haciendo mala sangre por pequeñeces, como la cocina invadida de azúcar o el rastro de desorden y cachivaches rotos que Brianna dejaba tras su paso, además de un poco de polvo de hadas. Era un hombre tan pacífico. Pero admitía, que en ocasiones, no podía evitar reblandecerse por dentro. De tal manera, que acababa enamorado de esas dos liosas, interesándose por sus asuntos, qué hacían, qué ocultaban, por qué se sonreían.

Se paseaban por la casa, de aquí para allá, trasladando cosas. En esa oportunidad, estaban armando un “refugio”, en una esquina de la sala, ocultas por un techo de sabanas, cual si se tratara de una tienda de campaña. No hacía mal en suponer que Jazz se habría asegurado de resguardar todas las reservas de azúcar, y no lo decía sólo porque la barriga crecida de Brianna debajo de su ropita cuando iba y venía de una esquina a la otra de la casa abrazada a sí misma fuera, cuando menos, sospechosa, no.

Hablando de Jazz, la escuchó estornudar. Eso hizo que levantara la mirada de lo que estaba haciendo, sentado a su escritorio: hacía un recuento de su caja de manualidades, porque pensaba entretener a Brianna en uno de sus pasatiempos. Se suponía que a las niñas tenían que gustarles hacer pulseras. A él le encantaba el macramé. Aunque se preguntaba si Brianna mantendría el interés el suficiente tiempo como para aprender de él. El caso fue, que oyó a Jazz estornudar. Eso sólo podía significar una cosa, si acaso no la había atrapado una nube de polvo. Los resfríos de hada eran comunes en verano.


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Jazmine el Miér Sep 26, 2018 3:26 am

Ese otro mundo, que eres tú
"Llena el suministro de azúcar", dijo la autoproclamada capitana de la misión. Llevaba arrastrando una bolsa de azúcar por la esquina y Brianna la tomó y guardó dentro de sus ropitas, llevándola hasta su escondite súper secreto que era invisible para los ojos de los adultos. O así era como se lo había vendido a la niña.

Brianna lo había entendido y llevaba las bolsas escondidas hasta su fuerte de almohadas y mantas, muy bien elaborado para una pequeña y un hada, por cierto, sus mentes de arquitectas eran dignas de alabar.

Sentadas en el interior del fuerte, con una linterna acomodada para servirles de luz, miraban sus provisiones. Tenían azúcar, dulces, jugos y leche, habían tomado también un pan de molde que, Jaz decía, serían sus municiones si alguien intentaba atacarlas.

"Nos falta… Uh… ¡Oh! ¿Cómo pudimos olvidarlo? ¡La cosa brillante de la cocina!", Jazmine salió volando rápidamente, y entonces. "¡Achú!".

Todo se quedó en silencio un momento. Ni siquiera la risa de Brianna se escuchaba, que asomó su carita a través de la puerta del fuerte para observar a su amiga.

Jaz se había sacudido, esparciendo polvo de hadas por ahí y por aquí. Pareció disgustada por el estornudo, pero sin decir o hacer nada empezó a volar a la cocina, tomando de ahí las llaves de Ryan, que por cierto brillaban bastante, metiéndolas dentro de su refugio. Ahí, volvió a estornudar.

Para Jazmine, un resfriado de hada era lo peor del mundo. Eran muchos estornudos y sentirse mal. Jazmine no quería estornudar ni sentirse mal, no le gustaba. El tercer estornudo vino y justo después de ese, el cuarto. No podía dejar que un resfriado la decayera, no, ¡iba a ser el mejor día de su vida! ¡Iba a ganarle al resfriado!

Empezó a revolotear de aquí para allá, metiendo cosas dentro del refugio, no necesariamente porque las necesitara, sino porque quería estar en constante movimiento, metiendo todo lo que pudiese llevar con su pequeño cuerpecito. Intentando llevar una taza con agua, estornudó y el agua se desperdigó por todo el suelo.

Brianna pareció entender y ella también empezó a llenar su refugio, como si fuera una casa. Metió todo lo que se encontró, aunque se resbaló con el agua que había en el suelo, cayendo de sentón al piso. Por un momento creyó que iba a llorar, pero soltó una carcajada.
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Ryan Goldstein el Miér Sep 26, 2018 4:22 am

Ese otro mundo, que eres tú


En esos casos, Ryan era más bien hombre práctico antes que cualquier otra cosa. Por eso, a pesar de saber que Jazz huiría de él al verlo aproximarse, optó por cazarla con una funda de almohada. Pedirle de buenas maneras que se tomara el remedio, cuando el hada pensaba que sabía asqueroso y odiaba tomar medicinas, era un imposible. El caso, es que no le resultó tan fácil.

—Jazz, pequeña, ya sabes. Es mejor si tomas ahora tu medicina. ¿No quieres seguir jugando? No será amarga, te lo prometo. ¿Tú estás bien, Brianna? Dile a Jazz que está malita.


Mentía, mal hombre, siempre mentía. La medicina, cuando menos, sabía horripilante. El pérfido se acercó a Jazz a traición e intentó atraparla en una funda de almohada que atravesó el aire como una hoz asesina, pero no pudo y al final tuvo que seguir intentando por el camino de la persuasión. Aunque no podías confiarte de ese hombre con una funda en la mano. Brianna había intentado, dulce que era, abrazarse a él para distraerlo o detenerlo o sólo abrazarse a él, pero era como bailar sobre los zapatos de un adulto, él la llevaba y no al revés.

—No seas terca. No puedes jugar y toser al mismo tiempo. Te subirá la fiebre, y será peor—Ryan se detuvo un momento para acariciar la cabellera de Brianna, que seguía colgada a su cintura. Sus lealtades podían ser cuestionables, pero era tan encantadora que no se le echaba en cara—. ¿Jazz?, ¿sabes qué te daré si me dejas darte la medicina? Miel. Será tu premio. Sí, la miel. Tú no puedes llegar a esa parte de la despensa. Pero te la daré, como premio—repetía malignamente—. ¿Segura que no quieres?



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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Jazmine el Miér Sep 26, 2018 5:17 am

Ese otro mundo, que eres tú
No, no y no. No iban a darle esa cosa fea. Ella no quería y no había nada que el tonto humano pudiese hacer al respecto. Su ancestral experiencia se lo había dicho: no confíes en hombres que llevan ropa de almohada con ellos, nunca planean nada bueno.

"¡Mientes!", zumbaba, "¡tú mientes, mentiroso!", y escapaba de él.

Le lanzaba lo que estaba a su paso, como bolas de papel y tapas de botellas. Si ese papel no era una bola, pues ella la hacía para lanzársela. Incluso se metió a su escondite para encontrar su arma principal, el pan de molde, aunque tuvo que abrirse una nueva salida porque una amenazante ropa de almohada estaba esperando para atraparla.

Su estrategia era bien simple, arrancaba trozos de pan y se los lanzaba. Brianna estaba intentando detener a su padre en su feo intento por secuestrar a una pobre hada que no estaba enferma. Si Jaz decía que no estaba enferma, lo único que quedaba era creerle, ¿por qué insistir?

"¡No estoy resfriada! ¡Tú estás resfriado! ¡Tonto, tonto, tonto!", seguía atacándolo y defendiéndose de él.

Entonces ocurrió, la ropa de almohada la atrapó, Ryan había apretado su boca para que ella no pudiera escapar, pero no contaba con su astucia, ya que ella hizo un hueco por una de las esquinas inferiores y se escapó, muy enfurruñada. La ropa de almohada se encendió en llamas por el fuego que utilizó para salir por ese agujero.

"¡No voy a comer esa cosa fea! ¡Quédate tu miel!", la miel no lo valía, de eso estaba la pequeña muy segura. Ella tenía mucha azúcar, de todos modos.
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Ryan Goldstein el Mar Oct 23, 2018 12:12 am

Ese otro mundo, que eres tú


Y como el hada estornudaba, Brianna empezó a estornudar también. ¿Respuesta por acto reflejo, quizá? Al final, no había nada que hacerle. Tan cierto como que el hada era testaruda, tan cierto como que acabaron ese día en la cama, con fiebre de verano. Las dos mujercitas. Una porque era cabezota, la otra porque era simpática, en el sentido de “simpatizo con tu achú-chú-achú”.  

Toda la tarde, estuvieron las dos jugando en su fuerte, arrojándole cosas al “humano ogro” cuando pasaba, yendo de la casa al jardín y del jardín a la casa. Ryan se lo advirtió, Ryan se lo dijo, el humano tonto la había puesto al tanto de que empezando con un un simple “achú” podía acabar malita y en cama.

Y cuando llegó la noche, cuando llegó el momento de arroparlas, la hora favorita de Brianna, porque era la hora de “el cuento antes de ir a dormir”, hubo que hacerle un huequito en la cama enorme, enorme pero requeté enorme del humano, para el hada, la enfermita. Al ladito de Brianna, porque era noche de chicas. Ryan, al sofá.

En ese momento, Ryan, sentado junto a la cama y con Brianna metida entre las mantas, alzaba un termómetro que observaba a la luz del velador. Tenía temperatura, sí. Ladeó la mirada para cruzarse con la carita alborotada del hada, buscó sus ojitos (¿refunfuñones, quizá?), y la sombra de un “Te lo dije” asomó implícita en ellos, esos refulgentes ojos azules. De hombre malo.

Sonrió.

—Te dije que esto podía pasar.

Mentira, y si lo sabía, ¿cómo dejó que pasara?, ¡pero qué persona tan horrible! Eso de era de adulto irresponsable. O eso pensaría quien no supiera que tratar con la testarudez de un hada, era lo mismo que esperar que un duende te perdonara una deuda.

—Haremos una cosa.

Aventuraba que iría a hacer una oferta que no se podía rechazar, y juzgando la expresión ilusionada de Brianna, era para tener en cuenta, al menos, la propuesta era: “Déjame darte tu medicina para que te pongas buena y les leeré un cuento. Si no. Apago la luz, y sin cuento”.


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Jazmine el Dom Oct 28, 2018 8:25 am

Ese otro mundo, que eres tú
A pesar de las risas y la diversión durante toda la tarde, al final siempre ocurre lo que nadie quiere admitir. Acabar en cama con fiebre y estornudos no era el plan de un verano, eso lo tenía claro.

Jaz, por su lado, ignoraba tan bien podía a ese humano malo. En la cama, le daba la espalda y agitaba las alitas en un gesto orgulloso, vanidoso a veces. Las hadas eran así, tercas y obstinadas, más como capitanes pirata dispuestos a hundirse con su barco de ser necesario.

Su barco, bueno. En muchas ocasiones, su barco era sólo el orgullo de no querer ese brebaje horrible, y Jaz tenía un gran punto en todo eso. Las hadas eran criaturas de la naturaleza, y naturalmente debían curarse, sin brebajes raros que sabían a veneno.

"No me interesa tu propuesta", zumbó, obstinada. "Bebe tú ese mejunje", se lo hizo saber con un ademán desinteresado.

Hasta que lo dijo.

La mirada que Jazmine le dirigió cuando le dijo que no habría cuento era más la mirada embravecida que esperarías ver en un dragón o un nundu, no en una pequeña hada. Y es que secuestrar un cuento por culpa de la terquedad del humano (que sí, era el humano terco que insistía en dársela, y no ella que insistía en resistirse) era caer demasiado bajo.

Jaz voló débilmente, no se sentía bien y a pesar de ello se negaba a lla medicina, y fue hasta sacar un libro de cuentos de la estantería.

Cayó en la cama y recobró el aire pesadamente, con el movimiento de sus alitas en clara evidencia de su dificultad. "¡Pues no te necesito!", lo encaró cuando volvió a poder zumbar libremente. "¡Yo nos leeré un cuento!", irguió la cabecita y extendió las alitas, orgullosa.

Abrió el libro en una página cualquiera. Lo bueno de esos libros es que son animados, y no hay dibujos extraños, esos que los humanos leían.

"Había una vez, un niño llamado… Ryan, que comía muchas cosas ricas y un día se acabó esas cosas ricas", leía ella, basada en lo que los dibujos ponían, no en lo que el texto escribía. "Así que Ryan fue a beberse un mejunje raro que decía que era medicina y se lo acabó todo", dicho eso, le dirigió una mirada resentida al humano, volviendo su mirada al libro. "Como Ryan era muy malo, se cayó de su… cosa y empezó a llorar", dio dos palmaditas al libro. "El mejunje hizo que sus lágrimas fueran de lodo, y todos empezaron a llorar lodo, y llovía lodo, y mientras jugaban con sus círculos el lodo cayó en el humano y se acabó”.

Jaz estaba muy orgullosa de su cuento, y con un gesto muy digno le hizo saber a Ryan que no lo necesitaba. Ella leía su cuento, ¿Brianna la habría entendido?


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Ryan Goldstein el Lun Oct 29, 2018 9:04 am


El hada se elevó de su lugarcito en la camita describiendo una errática pirueta que se imprimió en el aire con el despampanante sello del polvo de hadas. Brianna estornudó. Ryan, sin saber en un principio si quería huir enfurruñada o ir a tirarle sus cosas al suelo en un ataque de rabieta, exhaló un paciente suspiro.

—¿Jazz?


Al llamarla, inquisitivo, Brianna comprendió que aquella era ‘la voz de las regañinas’ que Ryano le dedicaba a su amiga. Nunca la usaba con Brianna porque, como le había explicado, ‘era para cuando las niñas se portaban mal’.

Bri no estaba tan segura de eso.

Ella solía acompañar a su amiga en sus travesuras o incluso había provocado accidentes que hacían que los adultos revolotearan preocupados o alarmados a su alrededor, pero Ryano jamás la regañaba. Era diferente con Jazz.  
 
—Ese es mi libro de cuentos—señaló Ryan con una disimulada sonrisa, cruzándose de brazos entre que observaba cómo el hada regresaba trabajosamente, o dicho de otra manera, cómo se afanaba en ir hasta el fondo con sus caprichos. Sin mover un solo dedo, que mira que el libro era pesadísimo. De malo que era.

Frente a padre e hija, el hada cayó pesadamente sobre la cama, orgullosa de sí misma. Ryan, que se sentaba a un lado de la cama en una silla, se recostó contra el respaldo, sin intervenir pero con su mejor cara seria. Era como si la estuviera reprochando en silencio. La tensión no era para menos, después de todo, Jazz estaba disputándole su dignidad como cuentacuentos. Lo hacía con una confianza aplastante. A Brianna le resultó encantadora.  

—¿Tú vas a leernos un cuento?—Mira que poner en duda lo que un hada podía o no podía hacer. Le dedicó a Jazz una mirada de fingida gravedad antes de alzar los ojos cielo hacia Bri, natural, sonriéndole con ese calor que tiene la ternura cuando es sentida. Con un leve rastro de humor, le explicó las intenciones de su amiga, la traviesa—Jazz va a leernos esta noche.

Bri, risueña, ayudó al hada a abrir el libro colocándose detrás de ella y arrastrando tanto al hada como al libro hacia ella. Ryan, decidiendo que quería compartir con ellas esa historia, se estiró en la cama apoyándose de lado sobre un codo, de forma de poder espiar los dibujos. Aunque estuvo más atento a la teatralidad consumada de Jazz, que en ocasiones lo señalaba queriendo darse a entender. Mira que la historia ni siquiera tenía un villano, y Jazz se las arreglaba para pintarlo como ‘el hombre malo’.

Reparó en que Brianna no debía entender lo que contaba el hada, pero que en su cabeza debía estar imaginando su propia historia, de modo que asentía y sonreía encantada, interactuando con la cuentacuentos de forma de poder seguir la historia cuando sentía que se perdía. El cabello rubio platinado le caía en cascada y soltaba destellos a la luz acogedora de la lámpara. En algún punto del cuento Ryan se distrajo pensando en lo bonitas que eran esas dos, juntas.

Bri era una niña tan dulce y despreocupada, ajena a todo ápice de realidad. No tenía maldad. Un día la vería cambiada y se preguntaría cómo pasó. Sería una mujer, tan hermosa como su madre, pero diferente. Se preguntó qué sería de ella, qué sería de ellos, y se le encogió el corazón. Ryan siempre sería distante con ella, lo supo desde que la conoció en una cuna de flores, lo sabía ahora y lo sabría siempre. No tenía arreglo. La paternidad lo tenía insensible. No era hombre de familia.

Meda le había comentado sobre sus intenciones de mudarse e irse a vivir entre los magos, ser parte de su comunidad. Lo haría por Brianna, hasta que ella cumpliera la mayoría de edad. Entonces, Meda volvería con su tribu de veelas, a los bosques de Rumania. Por eso era que últimamente las veía a menudo. Era hora de que Bri empezara a desprenderse de esa parte de sí misma que tendría que dejar atrás. Dentro de nada, porque el tiempo siempre pasaba rápido, entraría a Ilvermony, para alegría de Meg.

Los Golgomatch siempre habían sido puristas, de los más conservadores. Mezclarse con criaturas no estaba precisamente fuera de la lista de cosas prohibidas que mancillaban el apellido, pero ya antes que él, el tal Francis Golgomatch, un mujeriego empedernido muy bien conocido, había tenido su propio desliz con una veela, resultando todo en… Más que en un escándalo, en un chiste de alcoba para la familia.

Muchas cosas se les perdonaban a los hombres de la familia. Los amoríos con mujeres de una provocadora belleza eran una. Lo que no se le perdonaba jamás a ninguno, eran los bastardos tenidos con sangres sucias. Ese había sido el motivo por el cual, en su adolescencia, Ryan no pensara más que en sí mismo cuando obligó a una de sus amantes a abortar un hijo suyo. Pero de eso hace mucho tiempo, y ya no era el mismo violento muchacho.  

—¿Ryano malo?


La repentina curiosidad de Brianna se debió al golpeteo en la ventana. La señalaba con un bracito estirado, quizá preguntándose si el villano del cuento de Jazz estaba del otro lado.

Ryan, creyendo que sabía de qué se trataba, se encaminó hasta la ventana y la abrió, sorprendiéndose luego. Una bandada de lechuzas ingresó a la habitación batiendo las plumas. Llevaban un paquete demasiado pesado para que una sola cargara con él: una cesta llena de dulces y cosas ricas. Lo depositaron sobre la cama y, por último, una carta vociferadora cayó grácil, delicadamente, describiendo volteretas en el aire, para ir a parar sobre la colcha. Ryan abrió la boca, preparado para. No, tú nunca estabas preparado para oír la dulce, encantadora, voz de Megan Golgomatch.  

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Jazmine el Sáb Nov 03, 2018 2:21 am

Ese otro mundo, que eres tú
"¡No, no uses la voz de las regañinas conmigo!", espetó muy molesta ella, refunfuñándole justo en la nariz antes de volverse a su búsqueda implacable del libro de cuentos.

Las hadas pueden ser criaturas sumamente obstinadas cuando quieren, en especial si el caso no era otro que llevarle la contraria a otro alguien, o imponerse sobre lo que los demás piensen. ¿El humano tonto pensaba que necesitaba mejunje? Pues no, ella estaba perfectamente bien, a pesar de que… ¡Achú!

"¡Comparte!", le sacó la lengua, aunque muy difícilmente cargaba el libro de cuentos.

Incluso si le era ofrecida ayuda, lo más seguro sería que ella acabase rechazando. Porque no necesitaba ayuda de ningún tipo, estaba perfectamente bien, pese a casi caer en más de una ocasión gracias al peso del libro y la debilidad de su cuerpecito enfermo. Jazmine, orgullosa como sólo ella, llevó el libro a la cama como una misión cumplida.

La pequeña ignoraba como bien podía al humano, demostrándole de esa manera que no lo necesitaba como cuentacuentos. Si él no iba a leerles, ya lo haría ella, porque era una hadita independiente. Se acurrucó contra la pequeña humana cuando ella le arrastró junto con el libro, porque el cuerpecito y la cabecita le dolían, pese a que no quería tomar el mejunje.

Su historia era mucho mejor que la original, para los ojos de Jazmine. O lo que es lo mismo: ella leía mucho mejor de lo que Ryan podría leer. Junto con la niña, había conseguido crear una historia fantástica. La imaginación de Jaz era así de vívida que no le costaba inventarse historias, como bien se había comprobado en los cuentos que ella no leía o las cosas que miraba en la caja mágica. Todo lo que pudiera arreglar, lo tomaría e inventaría algo nuevo a partir de ello, incluso si tenía que corregir al guionista o al cuentacuentos original, sólo para forzar su interpretación.

"Y fin", ajena a todo lo que sucedía a su alrededor, se sintió un poquito mejor cuando acabó el cuento. Probablemente porque era el orgullo que sentía, complacida por su esfuerzo, que le acariciaba el ego vanidoso de hada.

Miró al mismo tiempo que Bri la ventaja siendo golpeada, y se escondió entre las mantas, como temiendo que algo que pudiese herirla apareciera a través. Sólo asomó los ojitos cuando sintió el peso encima de la cama de la cesta llena de cosas ricas.

"¡Todo eso es mío!", dijo, arrastrándose fuera de las mantas y corriendo sobre las dunas de la cama hasta llegar a la cesta. Estaba débil, sí, pero se aferró a un dulce que quería comer.

Pero.

Algo la distrajo de su cometido.

Una carta cayó sobre la cama.

Entonces sonó la voz de.

Se abalanzó sobre la carta, como si pudiese meterse en ella y llegar a la persona que hablaba a través de la boca de papel, ansiosa por ello, como olvidando por un momento la enfermedad que la hacía estornudar constantemente y sentirse mal.

Era esa humana, ¿qué humana? Pues la humana. Esa humana que iba a casa del humano tonto y lo regañaba muchas veces. Una humana que a los ojos del hada brillaba, que era tan sólo ella, más bien: que era de ella. Jaz la había proclamado suya y no hay cosa más difícil que decirle a un hada que algo no es suyo cuando ya ha dicho que lo es.

La carta se elevó en el aire, terminado su griterío, causando que la hada se cayese de sentón en la cama, para posteriormente autodestruirse, como acostumbraban hacer esas cartas.

De su contenido Jaz no había entendido nada, porque no quiso entenderlo.

"Humana…", masculló, lastimera, mirando la carta que ahora era cenizas en la cama. ¿La humedad de esos ojitos era a causa de la pérdida de la carta, o por su resfriado?

Jaz se arrastró de nuevo en la cama, muy triste, ella, escondiéndose dentro de las mantas como si fueran un fuerte del que no quería salir.

Las hadas son tan pequeñas, que dentro de ellas las emociones son más fuertes y sentidas, porque sólo tienen espacio para una emoción a la vez, y se dedican a ella durante el tiempo que dure. Así, podían pasar de la alegría más pura, a la tristeza desilusionada que hacía a uno querer esconderse y no salir.
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Ryan Goldstein el Dom Nov 04, 2018 7:04 am




Bri pegó un gritito, que no de susto pero de diversión. Se escondió con Jazz bajo las mantas y la protegió con un bracito que era un abrazo. Las lechuzas que entraron en bandada no la asustaban, pero empatizó con la reacción del hada y era casi como si estuvieran en medio de un juego.

Es posible que Ryan le hubiera dicho algo a Jazz sobre comer dulces antes de ir a dormir, pero su atención estaba puesta, sobre todo, en el sobre rojo intenso que estuvo a punto de quemar la colcha de la urgencia por estallar. En un momento pensó en abalanzarse sobre la carta y abrirla, no fuera a ser que le prendiera fuego a la cama, pero aunque estiró sus manos, pronto se echó hacia atrás, aprehensivo.

—¡RYAN GOLGOMATCH!, ¡COMO TE VEA TE VAS A ENTERAR!—
La voz tronante de Megan Golgomatch refulgía fuego, enfado, clara indignación. Ryan se vio abordado por un sobre que llameaba y giraba a su alrededor, apareciéndole a la altura de la cara cada vez que quería remarcar algo, tajante. Para colmo, Jazz parecía querer atraparlo y de pronto Ryan se sintió mareado—¡No respondiste ni UNA de mis cartas!, ¡te esperábamos en el banquete familiar!, ¿¡DÓNDE ESTABAS TÚ!?

En ese instante, Ryan se hallaba intentando atrapar a un hada caprichosa que no entendía que debía estar en cama, pero esta se le escapaba. La carta vociferadora se extendió en recriminarlo por su ausencia en reuniones de sociedad, y prácticamente, por desentenderse de los asuntos de la familia. Algo que para Ryan no tenía sentido. A esas alturas, Megan tendría que tener más que asumido que él no estaba interesado en esas cosas. Entre que él hacía acopio de paciencia, Bri reía y soltaba grititos desde la cama. Cuando el sobre ya estaba en sus últimas, su voz se tornó más amable, de hecho, exquisitamente dulce, y de una rápida floritura se acercó a Brianna, a quien se dirigió al hablar.

—Tú, Brianna, querida. Me alegra saber que estás en casa de tu padre. Tía Meg y tío Ludo te enviamos cariños. Hubiera estado bien que tu padre me avisara con antelación sobre tu visita, pero no importa, estaré ahí mañana por la tarde. Me encantará verte, cariño. Y saldremos a divertirnos, las dos, ¿sí? Disfruta tus dulces.


Bri tenía los machetitos rojos de la excitación, con tanta risa y tanto gritar. Reparó, sin embargo, en que al volver a la cama, la pequeña Jazz no parecía sentirse bien y su expresión se tornó preocupada y curiosa, mirando alternadamente a Jazz y a Ryan, preguntando en silencio qué estaba mal. Intentó animar a Jazz con su sonrisa y sus grititos, casi como un canino que mueve la cola entusiasmada por empezar un juego, pero eso no pareció tener efecto, así que arrimó la cabeza contra el cuerpecito del hada y la mimó restregándole la mejilla, preocupada y anhelante.

Ryan suspiró.

—¿Qué te pasa, Jazz?—
preguntó en voz alta, entre que tomaba el cesto y lo sacaba de la vista. Como Brianna no parecía conseguir sacarla de su ensimismamiento, luego se acercó y se sentó en el borde de la cama, intrigado—. ¿No quieres que Meg venga mañana?—Se sonrió—Bueno, es muy difícil convencerla de algo una vez que se lo ha propuesto. No tendrás que compartirle tus dulces, te lo prometo. Ya la conoces. Nunca te robó el azúcar, ¿verdad? Yo sé que nunca fue así. No tienes nada de qué preocuparte. Además, Meg y Brianna se irán de paseo mañana. Tendrás todos los dulces para ti sola. ¿No te gusta eso?

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Jazmine el Vie Nov 09, 2018 10:03 am

Ese otro mundo, que eres tú
No había manos que pudieran atrapar a un hada inquieta que insistía en venir de aquí para allá tras la carta roja que tenía una voz que le gustaba. Para Jaz, el mundo había desaparecido y se concentraba sólo en lo más importante, que era esa carta y más nada.

"¡Es la humana!", zumbaba muy feliz, yendo y viniendo tras la carta que la atraía con fuerza magnética. "¡Humana, hola humana!", decía y zumbaba, tan alegre como sólo pueden estarlo las hadas con un objeto de aprecio y estima cerca. Porque aunque sólo era su voz, eso bastaba.

Jazmine no sabría decir cuál había sido el inicio de todo. Cómo es que había llegado a la conclusión de que la humana, esa humana, era suya para tomar, todavía era un misterio que no era necesario resolver. Sólo la había mirado, y así había sido todo, sin mayores explicaciones, como un sentimiento atropellado y ardiente que había nacido para no apagarse.

"¡Estarás aquí!", exclamó, lo poco que había entendido de la carta. "¡Aquí, aquí en la cueva! ¡Ven! ¡Saldremos a divertirnos!", se emocionó.

No estaban hablando con ella, pero eso no importaba. El plan sólo podía incluirla.

Cuando la voz se detuvo, todo dejó de tener sentido por un momento, y Jaz se sintió desolada y triste. Ni siquiera los ánimos de Bri pudieron ayudarla a recuperar su estado de ánimo original, abatida por un peso en el pecho que no le gustaba.

"La humana se fue…", dijo, sólo para sí misma, en un zumbido lastimero y escondiéndose dentro de las mantas, donde se hizo un pequeño ovillo con su cuerpo encogido en sí mismo.

Abrazando sus piernitas y las alitas plegadas contra su cuerpo, sintió el calor de la mejilla de Bri contra su cuerpo, la fricción que generaba contra su pequeño cuerpo dolorido por enfermedad y tristeza a partes iguales.

El peso del humano hundió un poco la cama, pero su voz hizo que Jaz levantase la miradita, lastimera y llena de lágrimas.

"¡Ella tiene que venir! ¡Ya!", le dijo, sintiendo que así debía ser.

Él no la entendía.

"¡La humana se puede comer todos mis dulces y mi azúcar! ¡Se lo comparto! ¡Pero que venga ya!", pedía, con un gesto de amabilidad tan puro, capaz de darle todas sus cosas ricas a cambio de su presencia, mostrando un apego tan profundo y desinteresado.

Normalmente, Jaz sabía desde su capacidad de comprensión que los humanos no siempre entendían a las hadas, como las hadas no siempre entendían a los humanos. En ese momento, sin embargo, se sintió afectada por la brecha de entendimiento.

Ryan decía que ella no quería ver a la humana, cuando ver a la humana era lo único que quería.

Empezó a estornudar, un ataque de estornudos que parecía no ir a acabar pronto, dando pequeños brinquitos en la cama de la fuerza del estornudo.

"Bri", miró a la niña, yendo con ella, acurrucándose en el pequeño cuerpo que era todavía más grande que ella. "Tiene que venir la humana", era lo único que sabía, recostándose contra ella, compartiendo calor.

¿Podía ser que estuviese subiendo la fiebre?
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Ryan Goldstein el Miér Nov 14, 2018 11:20 am



Jazz se deshacía en lágrimas y gestos capaces de conmover a un cocodrilo. Ryan abrió los ojos, ligeramente sorprendido. Imaginaba que lo que le pasaba al hada en ese momento, era la fiebre. La fiebre de hada en verano remitía pasadas las horas, así que si la muy caprichosa no quería su medicina para ponerse sanita pronto, habrían de vivir ese teleteatro hasta que se pusiera buena.

No podía imaginarse que el corazón del hada se hallaba invadido de amor por Megan Golgomatch. Sí que siempre la había visto rondar alrededor de su hermana, pero asumía que era la curiosidad o el interés por sus joyas. Megan solía usar collares, pulseras y aretes brillantes, y Ryan no encontraba otro motivo por el que un hada pudiera querer abordarla con tan ahínco. Se había visto obligado a expulsar a Jazz de la casa en ocasiones como esas, porque además, Megan era alérgica al polvo de hada.

No se le ocurría al hombre que ningún pequeño ser desbordante de pureza podía ‘apropiarse’ amorosamente de Megan Golgomatch, quien como definición, encarnaba todo lo contrario al amor desinteresado y la bondad abnegada subyacente en los gestos más sacrificados. Ella era materialista, su alma era la de un empresario y siempre abogada por el propio beneficio antes que cualquier otra cosa o cualquier otra vida, pero mejor dicho, el beneficio de la familia. Era su hermana y la amaba, pero no podía entender que Jazz la amara.

—Vaya—Ryan observó al hada en medio de un ataque de estornudos. Era casi adorable. Suspiró—. ¿Por qué no intentas descansar, pequeña?—Como Jazz se recostó con Brianna, Ryan las arropó a ambas. Pero no quedó satisfecha con verla así, tan entristecida, y fue vino de la cama a la biblioteca y de la biblioteca a la cama, con un nuevo libro de cuentos. La cama volvió a hundirse, pero esta vez, Ryan se recostó contra la cabecera, junto a las niñas. Bri sonrió—. Es tu favorito, Jazz—señaló Ryan, abriendo el libro—. ¿Me dejas, por favor, leerles tu cuento favorito?—preguntó, y se puso a ello—: Había una vez, en un bosque mágico lleno de hadas…—Empezó a relatar, impostando la voz en un tono llevadero y entretenido. Solía dramatizar el acento para hacer aún más creíble un relato, o incluso teatralizar las escenas. Brianna se entusiasmó.

Al rato, Ryan salió de la habitación apagando la luz. Había un brillo que no moría, que era el de la propia Jazz, dormida. Se sonrió cerrando la puerta y al día siguiente, cuando la luz volvió a cubrirlo todo entrando por la ventana, se sintió con fuerza el aroma del desayuno. Bri se levantaba muy temprano. Dormía sin que nada la pudiera despertar, y se movía en la cama casi como un cachorro que sueña que corre en la pradera. Pero a la mañana siguiente se levantaba a primera hora, fresca y radiante.

Sacaba los piececitos descalzos de la cama y se escurría hasta la sala. Allí, le gustaba jugar con un Ryan dormido en el sofá, del mismo modo con que puedes divertirte haciéndole cosquillas a un dragón dormido. Hasta que al final, Ryan se desperezaba y entendía que era hora de preparar algo decente. El fénix que todo lo observaba desde su soporte de pie cerca del escritorio solía seguir los pasitos de Bri con mucho interés.

A Bri le encantaba ese pájaro con sus plumas de fuego. Una vez se había hecho un collar con una de sus plumas. Todavía lo guardaba, pero no allí, no. Lo había guardado entre sus cosas, enterradas al pie de un árbol en los bosques que eran su hogar, junto con un colmillo de yeti, y otras curiosidades, todos regalos que le habían hecho o cosillas que se había encontrado y que le llamaron la atención.

—Eso, sí, siéntate—
dijo Ryan, viéndola llegar a la cocina y sentarse en una silla alta, frente a la mesada, justo cuando Ryan, con un ojo abierto y el otro cerrado, servía unos huevos fritos en un plato con tocino. Era la segunda tanda, porque la primera se le había quemado y todavía había algo de aroma a tostadas muy tostadas en la cocina. Si Ryan no tenía cuidado, Bri era capaz de comerse la comida tostada. No solía hacerle asco a nada—¿Está bueno?—preguntó, luego de alcanzarle el plato. Se había acodado sobre la mesada y la miraba comer, como algo curioso.

Y es que, Bri no atacó el plato enseguida. Primero tocó el huevo frito y lo olfateó. Lo mismo con el tocino. Tenía los cubiertos, pero como otras veces antes, parecía que casualmente se le olvidó que tenía que usarlos, así que Ryan chistó con la boca, como haces con un animalito para señalarle que algo no está del todo correcto, o de la forma en que debería ser.

Como no se entendió de buenas a primeras con los cubiertos, sino que más parecía sentirlos como objetos extraños en sus manos, Ryan rodeó la mesada y se colocó detrás de ella. Bri alzaba la carita, mirando qué hacía. Ryan manipuló las manitas de Bri con los cubiertos colocando sus manos encima de las manitas pequeñas, cortando el tocino. A la pequeña le hizo mucha gracia que usaran sus manos de esa manera.

—Tú sabes cómo hacerlo, ¿recuerdas? Esto es así y después—Ryan levantó el tenedor y Bri abrió la boca, pero fue Ryan el que probó el bocado. Bri se quejó con un gritito, riendo—. Ahora, tú.

En ese momento, sonó el timbre. Ryan reaccionó confundido. Meg había dicho a la tarde, y sin embargo, esa manera de hacer sonar el timbre era propia de Megan Golgomatch: toda la casa vibraba atravesada por un zumbido demandante, exigiendo que la casa se pusiera patitas arriba.
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

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