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Priv. || Ese otro mundo, que eres tú ||

Ryan Goldstein el Dom Sep 02, 2018 5:44 am

Recuerdo del primer mensaje :

Ese otro mundo, que eres tú

Meda, desde la puerta, recorrió la sala de estar con una última mirada. Inundada por la tarde, ofrecía la agradable impresión de alojarse en la memoria como la fotografía de un día de verano. De esos, a los que volvías con una sonrisa.

Correteando por la casa, la pequeña Brianna husmeaba por detrás de las macetas, sacaba y ponía cosas, desordenaba estanterías. En ocasiones, se agachaba con la oreja pegada al suelo, ojeando todo posible escondrijo en el que fuera posible sorprender a un hada.

—Escúchame, tesoro—
llamó. Brianna corrió a abrazarse a la cintura de su madre, quien la recibió entre mimos—. Le dirás a Rynn que le dejé una carta sobre el escritorio—indicó, acariciándole el flequillo—. Mamá te extrañará mucho, lo sabes.

—¡Te amo, mama!

—Te amo, tesoro.

—Mama, ¿has visto a Jazz?


Meda sonrió.

—¿Quién sabe?, ¿miraste en la azucarera?


La niña rió y se desprendió de su madre para seguir buscando. Brianna solía fluir con naturalidad, como una bailarina en el escenario. Era risueña, inquieta y muy soñadora. Se parecía a su padre en el hábito de desentenderse de quien le hablaba, como inmersa en su propio mundo.

—Adiós, tesoro—susurró para sí, yéndose por la puerta y llevándose consigo el sonido de la risa de su pequeña.

Saliendo del edificio, se cruzó con Ryan.

—¡Pensé que haría a tiempo!—
Esa fue su forma de saludar. El beso estaba en la mirada. Llegó hasta ella, con una bolsa en la mano. Habría ido a la tienda—, ¿por qué no te quedas un rato? ¡No te vayas!

Se detuvieron de frente en la entrada. Él mantenía gacha la cabeza cuando se le acercaba, como esos caballos mansos que se dejaban domar por manos amables. Meda le acomodó el cuello de la camisa y se lo quedó mirando, como si su rostro fuera una novedad. Se sonrieron.

—Adiós, Ryan.


En qué momento se apartó, no lo supo. Simplemente la observó partir puesto su sombrero de ala ancha, mientras que él era dejado atrás por esa espalda que se alejaba. Así se estuvo un momento, hasta que rompió en un suspiro y se encaminó escaleras arriba. De Meda, lo que le enamoraba, era cómo lo hacía sentir conectado con todas las cosas bellas de este mundo.

Solía ser así, con las veelas.

Si las mirabas por mucho tiempo hacia dentro de sus pupilas, tus pies se despegaban de esta tierra. Era un poco, como estar enamorado. Sólo que entre ellos, nunca se había dado eso, el amor. Había sido el hilo de las circunstancias el que los convirtió en compañeros, enredando sus destinos. No porque él lo hubiera deseado o siquiera sospechado.

Pudo haber renegado de ella o de Brianna, era verdad. Pero tuvo la opción, y eligió diferente. Si contaba la historia de su paternidad, la gente sólo la entendía a medias. En general, nunca asimilaban el peso que tenía en el asunto la cuestión de que Meda era, en realidad, una veela. Dicho de otra manera, que su sociedad era otra, con otros sistemas, otros valores, otras costumbres.

Nadie le preguntaba, por ejemplo, por el concepto de familia entre las veelas salvajes. Por empezar, la figura del padre no existía. Así que, allí donde algunos creían que Ryan Goldstein había reconocido legalmente a su hija bastarda luego de un flirteo casual, se equivocaban. No es que él la hubiera reconocido a ella, sino que era más bien al revés.

Meda jamás le había pedido nada. Ni el apellido, ni su herencia, nada. En cambio, ella y Brianna lo adoptaron a él, como una parte de sus vidas. Otro tanto hizo él, sí. Pero no conducido por algún sentido de la obligación o la responsabilidad, y desde ya, bajo ningún precepto legal. Simplemente le hubiera sabido mal no corresponderles, porque era generoso. Pero había otras cosas que no se podían entregar así como así, como era el caso de la paternidad. Ryan no entendía la paternidad como una imposición o un deber para con nadie, una obligación, o en fin, un condicionamiento que te ponía entre la espada y la pared, sobre lo que estaba bien o estaba mal.

Ni siquiera un sentimiento.

Si existía un amor entre padres e hijos, genuino, espontáneo, si se trataba de un sentimiento único, él no lo sabía. Sólo resultó que un día una mujer de tantas en el ancho mundo dio a luz a una niña, que llevaba su sangre. Eso no lo sorprendió tanto como el hecho de que había sido un episodio, de una forma u otra con él como protagonista, que se dio más allá de su control.

Incluso después, nacida la niña, una hermosa cabeza rubia, él nunca se propuso formalizar una familia con Meda. Tuviera o no una hija suya, eso no la convertía en familia. En el caso de Brianna. Lo cierto es que tampoco. Era una niña preciosa y afectiva, como otras tantas niñas. Lo que la hacía diferente es que él era el Rynn de Brianna. Bien como un tío o un bicho del zoo al que a ella le emocionaba ir a visitar.

Sentía un afecto indiscutible aunque distante por la niña, pero no se sentía su padre. Ni pensaba convertirse en uno para ella. Lo era, a efectos prácticos, y nada más. Pero para Brianna, Meda era su familia. Ryan era Rynn. Y para ella, eso tenía todo el sentido del mundo. Hasta que tuviera que internalizar otros mapas conceptuales, procesar otra realidad distinta a la suya, e incluso así. Sería imposible explicarle a otra gente, que Ryan era Rynn y no padre.

Al final, si insistía en querer darse a entender, sólo se daría de bruces con la realidad entre realidades de que ella era una anomalía, que era casi lo mismo que decir que era un producto enfermo. Se sentiría ella misma enferma al mirarse en el reflejo distorsionado de una sociedad que la rechazaba. Muy pocos se prestarían a intentar comprender que para ella, funcionaba, simplemente eso, “funcionaba para ella”, la manera en que las cosas se habían dado.

Fue la tía Megan la que empezó a hablar de una familia distinta, de padres e hijos, de deberes y sangre. En cuanto a Rynn, si le preguntaban, él solía contestar como el tipo que puso la semilla y se desentendió del asunto. Lo cual siempre sería verdad. Una verdad a medias.


Años atrás, sentados en la mesa de un bar,
durante un invierno de montaña.

—Eres padre.


Una ráfaga de viento helado entró por la puerta, empujada por un grupo de magos montañeses que se desprendían de sus pesados abrigos. Había el rumor agradable de los clientes y el calor de una chimenea encendida. Se estaba bien. Se estaba. ¿Qué?

Ryan se negó un suspiro y adelantó los codos sobre la mesa, como quien necesita poner el oído para estar seguro de lo que le están diciendo. No se lo esperaba, no dos veces en una vida. La primera, él había sido más joven aún, y lo que es peor, impulsivo y cruel.

Le tocó, para su disgusto, comprobar que muchas de las negras e intensas emociones que había sentido entonces volvían a él, como si hubieran abierto una puerta secreta. Sólo que; tenía muy claro; que no quería ser ese muchacho de nuevo. Y aunque lo fuera, la situación era otra. Meda era una mujer muy diferente a Lotte.

Hablaba en serio, eso no se lo cuestionó. Lo que lo intrigaba era la simpatía con que ella lo había invitado a sentarse a su mesa, a esa cita. Las preguntas le revolvían las tripas. ¿Cómo?, ¿cuándo? Eso ya lo sabía. Quizá la pregunta que gritaba en silencio era, ¿y qué deseaba ella tratar con él? Lo que la veela esperara y lo que él estaría dispuesto a dar no sería lo mismo. Lentamente, habló.

—Hará alrededor de un año que no nos vemos.

—Sí. ¿Cómo has estado?

Ryan enarcó una ceja, entonces ella captó que el hombre humano querría llegar a algo con su repentina salida de señalar lo obvio. Desde ambos extremos de la mesa, uno hacía gala de inusitada gravedad y la otra rebosaba confianza.

—Lo sé. Tuve al bebé hará unos meses. Es una niña, hermosa—dijo, con entrañable orgullo—Muy saludable. Y mitad veela, mitad humana. Por eso estoy aquí contigo.

Abrió la boca, pero la cerró en el acto. Negó con la cabeza. Le tomó un minuto entero retomar la palabra. Sólo que no lo hizo de inmediato. Meda fue paciente, porque ya le habían dicho que los machos de esa especie podían ser un poco sensibles. Al final, el joven rubio abrió las manos, en un gesto desarmado.

—¿Qué es esto?, ¿por qué ahora?

—¿Esto? Tú quieres decir, ¿la noticia? Es… algo que pensé, tú deberías saber. Antes o después o dentro de algunos años hubiera dado lo mismo, para el caso. Te lo digo ahora, porque. Vaya. Estaba muy ocupada estando embarazado y pariendo a la niña. Pero incluso ahora—
confesó, con una sonrisa—, me cuesta despegarme de ella.

Otra pausa.

—¿Qué quieres de mí?

Meda esbozó una sonrisa vacía.

—Quería quedar embarazada. Tú me diste eso. Me parece justo que lo sepas. Pero, no hay nada más que pueda yo querer de ti. Es así.

—¿¡Y no te pareció justo decírmelo ANTES!?


Elevaba la voz, y un par de cabezas se voltearon a mirar. Meda estaba realmente calmada.

—Vaya, me habían dicho que los machos de tu especie eran susceptibles con el tema—
comentó, ligeramente bromista el acento. Luego, prosiguió, expresándose con absoluta franqueza—: No lo consideré necesario. Verás. Entre las veelas. No existe el concepto de “padre”. No hay—Se interrumpió para pensarse la explicación, sólo por un segundo. Ryan se sentía malamente inquieto. No estaba muy seguro de que quisiera aceptar ninguna clase de razonamiento viniendo de esa mujer—. No suele haber “otra parte”, en la reproducción. Así que. Como es la costumbre, no considero que sea hijo tuyo. Pero, entiendo que entre los humanos es diferente…

Ryan abrió los ojos, y en un hilo de voz dejó escapar un “¿Qué…?”, ligeramente audible. Su interlocutora, sin embargo, continuó hablando, con mucha naturalidad.

—…y dado que formaste parte activa en lo que me ocurrió. Dado que tú definitivamente eres el padre biológico de mi bebé, pensé que deberías saberlo. No porque quiera que tomes alguna responsabilidad. Pero, en un futuro, considero que es también justo decirle a mi bebé qué era su padre.

—¿Qué era?—
repitió.

—Sí, un humano.

Ryan se cubrió la boca como si temiera que su alma se le escapara. La miraba con ojos impactados. Meda sorbió de su café mientras que él intentaba atar cabos. Por alguna misteriosa razón, empezaba a sentirse frío, como si la temperatura le hubiera bajado repentinamente.

—Aclárame esto. Tú me sedujiste… ¿con esa intención?

—Sí. Yo quería aparearme contigo, sí.


—¿Por qué?, ¿no pensaste que yo tendría una opinión sobre eso?


—No te lo tomes demasiado personal—
Otra vez, ¿qué?—. Hacía tiempo que planeaba quedar embarazada. Sólo resultó que tú… estabas ahí. Y en el momento, me gustó la idea.

—Pero, ¿y si no estaba de acuerdo?


—No me importa lo que tú pienses sobre esto.


Claramente.

—No justifica…


Ryan se echó hacia atrás en la silla, soltando el aire. Indignado era poco decir. Y a la vez. ¿Qué se supone que podía hacer en una situación así? Se sentía impotente. No estaba entendiendo ni la mitad de la conversación.

Pero, de nuevo, recordó a Lotte y se desinfló con cierta pena. Bien, lo habían usado como donante involuntario, pero donante feliz al fin, podía decirse. Ahora, era padre de una semiveela. ¿Y qué significaba… ser padre? En ese mismo momento resolvió que él no podría darles eso, a ellas. Pero, aun así.

***

—¿Bri?—llamó, buscándola con la mirada al abrir la puerta del departamento—Me he cruzado a tu madre en la salida…—comentó, todavía sin poder encontrarla. En la casa no parecía haber nadie. El sonido de una risita atrajo su atención, pero nada.

Ah, la cocina volvía a ser un enchastre de azúcar. Dejó la bolsita con dulces sobre la mesa, y siguió buscando. Detrás del sofá, debajo de la mesa del escritorio, ¿pero dónde…?

—¿Cómo has estado?


Nada.

—¿Bri?

Se quedaría con él unos días, hasta que Meda volviera de la festividad que las veelas realizaban en las noches estivales, bailando en torno a una fogata. No había forma de que luego recibiera a Meda con la noticia de que había perdido a la niña el primer día.

Sonrió.

—¿Dónde…?


¿Era el juego de las escondidas?


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Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Jazmine el Mar Nov 20, 2018 7:21 am

Ese otro mundo, que eres tú
Jazmine no se sentía bien, bastaba mirarla con sólo darse cuenta de ello. El humano, sin embargo, era incapaz de mirar más allá de lo que se podía ver, esas cosas que sólo se ven con los ojos cerrados y el corazón abierto. El dolor que siente el pecho que ama, el corazón que se encuentra incapaz de rendirse a lo imposible. Porque lo imposible no existe para los corazones ingenuos.

Acurrucada contra Bri, sólo podía encontrarse estornudando y sufriendo por ello, porque su cuerpecito no entendía que había pasado a segundo puesto de prioridad y lloraba desconsolada por un sentimiento herido.

Un sentimiento, eso era. Sus sentimientos heridos.

"No quiero leer un cuento", se quejó, escondiendo la carita entre las ropas de la niña. "No quiero", insistía entre lastimeros zumbidos, negándose a ver las letras del libro.

Para Jazmine, cuya atención duraba lo mismo que un parpadeo, encontrarse tanto tiempo sumida en el deprimente estado de lágrimas y quejas podía resultar sorpresivo. Incluso más para los humanos que rodeaban su entorno inmediato.

El libro captó su atención, más tarde que temprano, y en ello se enfocó su interés eventualmente. Era la maldición y la bendición a un tiempo de las hadas, que aunque sentían con la fuerza de un incendio en ocasiones eran más bien fuegos artificiales que iluminaban el cielo durante breves y efímeros momentos de pasión e intensidad. Algo demasiado hermoso que dura poco.

No por ello sus emociones tenían menos valor.

"¡No, no! ¡La estás contando mal, así no va!".

Se quedó dormida, en algún punto entre el imaginario secuestro y el imaginario banquete real que realmente no estaba plasmado en el libro pero ella tenía muy claro que eso había ocurrido, y ya podían intentar contradecirla, sólo para darse cuenta de que sería completamente en vano. Las historias dentro de las historias que Jazmine era capaz de interpretar estaban fuera de la comprensión humana, pero ella estaba segura que era real.

El día llegó con menos estornudos y nada de fiebre. Se encontró ella solita en la cama, extendida en toda su longitud ancho y alto en la enorme cama para humanos, abandonada a su suerte por su pequeña amiga.

Bostezó con lagrimitas de pereza perlándole los ojos, y puso en marcha con vuelo torpe en dirección a su reserva de azúcar ubicada en la cocina.

"Buenos días", volvió a bostezar, tambaleándose.

Sintió el aroma a quemado y miró al pollo de fuego para asegurarse de que el ave no había vuelto a morir. Y es que, ese aroma era inconfundible y sólo podía ocurrir en dos ocasiones: cuando el pollo moría o cuando el humano intentaba hacer comida en esa cosa con fuego. Vio pronto, en la mesa, el motivo por el que ese aroma impregnaba el ambiente.

"Eres torpe", zumbó Jaz muy segura, "tú sabes que la comida no se pone en el fuego", ¿qué clase de loco quemaría algo que pudiese comer?

Para el hada existían dos comidas: las que no necesitaban fuego, y las que aparecían mágicamente. Sí, las que aparecían mágicamente eran las cocinadas, pero ella parecía ignorar a propósito que había fuego involucrado.

Tomó un sobre para hada, esos sobres pequeños que hay en las cuevas donde hay muchos humanos y son de medida hada, y rasgó un extremo para conseguir el manjar que devoraba con su mano, tomando un puñado y directo a su boca, llenándose de pequeños granitos que se desperdigaban por la mesa.

El timbre.

Todo lo que quedaba del sobre de azúcar se desperdigó por la mesa cuando la hadita salió volando más rápido que nadie.

"¡Llegó!", zumbaba, muy alterada, "¡Llegó ya, abre, abre la puerta!", atacaba el pomo de la puerta, intentando girarlo por  su cuenta.

Estornudó, pero no lo tomó en cuenta.

Quería abrir la puerta, ¡podría reconocer esa forma de tocar el timbre en cualquier lado!
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Ryan Goldstein el Dom Nov 25, 2018 7:37 am



Bri se distrajo de lo que estaba haciendo—aprendiendo a cortar la comida con Ryan, de nuevo. Y sólo porque no le interesaba cortarla— para saludar al hada. Esta apareció como brillantina saltarina por la cocina. Ryan sonrió, concentrado en lo que estaba haciendo, en el plato.

—Buenos días, dormilona.


Le iba a preguntar cómo se sentía, cuando sonó el timbre y la brillantina pasó zumbando por delante de sus narices. Esa manera de tocar el timbre. Ryan suspiró. Bri no pareció tan interesada como Jazz, sino que se sirvió de su vaso de zumo de naranja. Delicioso. Gustoso. El timbre no interesaba.

—A ver, ¿me permites?—preguntó Ryan amablemente, apartando a Jazz de la manija de la puerta de entrada. Del otro lado ya podía oír la voz de su hermana: “¿Ryan?”. Por unos segundos intentó mentalizarle para prepararse para esas entradas explosivas que solía hacer ella, y fue tal cual—Meg—saludó, al abrir. Pero Megan Golgomatch pasó de largo, y fue como abrir la puerta dejando entrar una ventisca.

La siguió hacia el interior, escuchando un seguidilla de comentarios, uno detrás del otro, entre los que podía distinguir cosas como “Ryan, la verdad… eres…”, “¿Dónde está…?”, “¿Te has fijado este desorden?”. Llegó ataviada con bolsas, unas que le encajó a Ryan apenas entrar y otras que arrojó sobre el sofá. Con las manos libres, las agitó a su alrededor de forma inconsciente, molesta por… ¿mosquitos? Le pidió a su hermano que cerrara las ventanas.

—Meg, cariño…


—Sí, Meg, cariño—
Le lanzó una mirada que helaría a un gigante—. No te salva que sea tu cariño. Luego, hablaré contigo. ¡Oh!, ¡Briana, querida!—saludó, ya en la cocina. La dureza en el tono había desaparecido. Era pura sonrisas con Brianna. Megan no podía ser la tía más dulce del mundo, porque hasta sus sonrisas parecían muecas ensayadas, pero sabía consentir a los que la rodeaban— Te he traído algo que te encantará…

Bri se alegró de verla. Megan soltó un comentario sobre el olor a quemado y Ryan empezó a pensar que quizá su escritorio estuviera un poco desordenado y mejor sería desaparecer.  

—¿A dónde vas tú?—
interceptó su hermana. Se había sentado a un lado de Bri y todavía seguía arrojándole manotazos inconscientes al aire—. Quedate donde pueda verte.

—Pensé que estabas enojada conmigo.

—Y lo estoy.


Ryan sonrió y las observó desde donde estaba, apoyado en el marco de la puerta, a un paso de la huida. Entonces Megan estornudó.

—Valgame Ryan, siempre es lo mismo cuando entro a tu casa. ¿Por qué todo este olor a quemado?, ¿limpias el polvo?  

—Tengo un gato—
respondió él, siguiendo con los ojos el rastro de brillantina en el aire—. ¿Eres alérgica a…?

—¡Por supuesto que no!—interrumpió.

Megan Golgomatch no era alérgica a nada en este mundo, según ella. No solía admitir nada sobre lo que no tuviera el control. Y sobre las alergias, no se tenía ningún control. Algo que sí solía hacer era negar la cuestión rotundamente, como si no existiera.

Ryan tenía la sospecha de qué se trataba. En el castillo de los Golgomatch, a decir verdad, nunca habían podido tener hadas como decoración durante los días festivos. De pequeña, Megan solía tener ataques alérgicos cerca de esas pequeñas criaturas. Se enteraron de que eran, en efecto, las hadas, cuando Ludo, habiendo escondido una en una botella —queriendo curarle su alita rota— fue descubierto por su hermana. Esta abrió la botella y el polvo la hizo estornudar, una y otra vez.

No había nada que hacerle. Ryan, siguiendo el rastro de brillantina, intentó atrapar a Jazz para echarla al jardín. Megan ni caso, ella como si el hada no existiera, como si su alergia no existiera. Había otras cosas que sí merecían su atención, como las finanzas. Pero las pequeñas cosas, esas, no tenían ninguna importancia.

—Pensé que… ¿Jazz?... Llegarías más tarde—decía Ryan, entre que buscaba al hada. Juraría que se le estaba escondiendo. Megan hablaba con Bri, aunque ella sólo le contestara con sonrisas y gestos. Al final, Megan se rindió con una mueca.

—Me hice de tiempo—contestó rápidamente, desestimando el asunto—De verdad, querido, tendría que preocuparte que tu hija no hable. No confío en la educación que le da Meda, te dije…

—Habla, lo sabes.

—A veces, me recuerda un poco a Ludo—
confesó.

Ryan sonrió en medio de su cacería.

—A él le habla bastante.


—Sí—Megan se cruzó de brazos y piernas en la banqueta, reflexionado sobre ello, un tanto indignada—Con el tío Ludo tú sí que hablas—acusó. Bri le sonrió y volvió a concentrarse en su desayuno—. Pero me pregunto de qué…

—Creo que tú la intimidas un poco.

—¡Oh, no digas eso!




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Jazmine el Sáb Dic 01, 2018 5:50 am

Ese otro mundo, que eres tú
"¡Yo abro, yo abro, yo abro!", zumbaba vez tras vez, haciendo su mejor esfuerzo por abrir la puerta, uno que no estaba rindiendo frutos.

Al cruzarse una mano pata apartarla de la manija, la mordió muy agresiva, aunque al final tuvo que ceder porque estaba tardando demasiado abrirla por su cuenta. Esperaba impaciente, mirando la puerta como lo único que le interesaba en ese momento, hasta el punto en que Megan apareció a través de ella, ¡su humana!

"¡Te eché de menos!", zumbó feliz. "¡Hace tanto, tantísimo que no te veía! ¡Te he extrañado!", Jazmine revoloteaba alrededor de ella, ignorando por completo las quejas y críticas que la mujer tenía para con su hermano.

Incluso podría decirse que a la hada no le importaba si Megan la miraba o no, si ella se dirigía a ella o no. Dentro de su pequeña cabecita de vibrante imaginación, ella fantaseaba con tener todas sus atenciones, con tener su interés sólo centrado en ella, y que nadie más importaba como importaba ella. ¿Las manos que se agitaban a su alrededor? ¡Juegos y caricias!

"¡Sí, sí, traje de visita a Bri!", ella no la había traído, pero el crédito era suyo para tomar. "¡Iremos al parque hoy! ¡Y jugaremos!", era la idea que ella tenía, aunque no estuviese contemplada en la mente de la humana.

Es decir, ¿qué era eso? No podía no estar en ese plan, ¡era una invitada de honor! Todavía pidiendo; no, más bien, exigiendo atención de su humana, no se daba cuenta que aquellas caricias no eran tal, sino el intento de alejarla de ella.

"¿Oh? ¿Estás malita? Yo estuve malita, ¡estar malita no es bueno! Necesitas mejunjes para sentirte mejor, así no habrá estornudos", se preocupó muy sinceramente por ella, colocándole la manita en la frente para medirle la temperatura, pero no, no había nada de fiebre ahí.

Siendo sinceros, Jazmine no era una muy buena enfermera, primeramente porque no sabía cómo medir la fiebre. Pero eso no importaba: si ella decía que no había fiebre, no la había, ¿no era bonito cuando todo era así de fácil y sencillo? Cuando Megan estaba ahí, todo parecía así de fácil y sencillo, muy bonito todo, para Jazmine.

"No", se burlaba graciosamente de unas manos que intentaban apresarlas, escapándosele al rubio cada vez que este hacía su intento.

Era curioso cómo las hadas podían ir y venir felizmente en aquellas emociones y pensamientos. Ayer, desconsolada, Jazmine había llorado hasta casi quedar dormida, y lo habría hecho de no haber sido por aquel cuento. Hoy, era la criaturita más feliz del mundo y no había fuerza en la tierra que pudiese hacerla sentir mal, muy curioso.

"¡Bri!", le zumbó a la pequeña, quien soltó una risa al verla revolotearle en frente, después de tanto tiempo prestando atención únicamente a la humana adulta. "¡Vamos a salir de paseo!", se sonrió, brillando con más fuerza de ser posible.

Ah, esa humana.

Entonces, Jazmine se dio cuenta de algo que acababa de recordar, y salió volando con toda la fuerza y velocidad que tenían sus alitas hasta llegar a su escondite secreto dentro de la casa del humano tonto. Lugar secreto reservado para cosas brillantes, dulces y otras cosas especiales para las hadas. De ahí sacó un tesoro.

Llevó su tesoro muy feliz hasta presentárselo a su humana. Un tesoro especial.

Lo había visto en infinidad de películas en la caja mágica: el círculo mágico que hacía felices a las personas. Su círculo era plástico, pero tenía una enorme joya de dulce, y quería dárselo a la humana.

Su humana.
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Ryan Goldstein el Dom Dic 09, 2018 12:44 pm

Bri estalló en risitas sobre la mesa. Ryan aprovechó para atrapar a esa hada tan traviesa en un jarro de mermelada. La única que pareció no comprender que pasaba era la mismísima Megan, a quien se le había ido a colar un, algo que vaya a saber si era un bicho o qué porque en casa de su hermano nunca se sabía, en el café que se había servida, pensando, y quizá ingenuamente, que podría bebérselo.

Acabó por fruncir el ceño, con los ojos volcados a su vaso de café, ahora echado a perder. Mientras que fingía que su hermano no había estado revoloteando alrededor como un idiota para que ella dejara de estornudar, sin sentir la necesidad de agradecerle (después de todo, mantener a raya los bichos en tu casa era responsabilidad suya), reparó en cambio en el anillo que flotaba en su café. Lo tomó con dos dedos en forma de tenaza y lo examinó.

—Bueno, ya sabes lo que dicen—empezó a decir Ryan, muy confiado de sí mismo, y colocando la jarra de mermelada a un lado, dándole la espalda a una amiga—. Si te encuentras un anillo en tu café, te casarás mañana.

Megan arqueó una ceja en su dirección, lo dudaba mucho.

—¿Eso dicen?


—Eso dicen—
confirmó con una sonrisa.

Ella asintió en silencio y volvió dejar caer el anillo, apartando la taza. Entonces, animó a Bri a que fuera a ver sus regalos sobre el sofá. La niña se entusiasmó y salió corriendo de la cocina. A Ryan le hubiera gustado ir con ella, pero su hermana, claramente, tenía otros planes para él. Cuando regresó su atención a su querido, querido hermano, la sonrisa se tía condescendiente se había desvanecido.

—Ludo va a casarse.


Eso no lo sabía.

—¡Eso es fantástico…—
La emoción, no tanto por la noticia en sí, pero por oír noticias de su hermano, despertaba buenos, entrañables sentimientos. Se detuvo, sin embargo, en lo que fuera a decir, calado por el ceño malhumorado de su hermana. Puede que ‘casamiento’ no fuera una palabra muy feliz después de todo, aunque estaba seguro de no equivocarse en que, normalmente, sí que solía serlo, una palabra feliz—… ¿No lo es?

Ryan se acercó y tomó asiento junto a su hermana, apoyando un codo sobre la mesa. La suya era una sonrisa resignada y paciente. Hizo un alto en el tema de la conversación antes de continuar, queriendo fijar qué era lo importante, entes de nada, antes de ningún asunto que, seguramente, le sería complicado comprender.

—Estoy feliz de verte, por cierto.


Megan balanceó la cabeza de un lado al otro, contrariada, como si quisiera vaciar su cabeza de palabras sin sentidos y hermanos inútiles haciendo el idiota.

—La cuestión es—
insistió, pero fue interrumpida.

—¿Es él feliz?—preguntó, sinceramente preocupado por dentro. Hacía tiempo que venía diciéndole a su hermano que o se carara por deber u obligación. Hacía tiempo también, que no su hermano no le dirigía la palabra.

—¡No, Ryan!—exclamó su hermana, impacientándose. Por un momento se llevó una mano crispada al entrecejo, prediciendo una jaqueca. Luego, continuó, determinada a hacerse oír—: Es una boda para unir a dos importantes familias, Ryan—replicó con gravedad absoluta y añadió—: Por supuesto que estará todo el mundo feliz, haciendo brindis y comiendo pastel—Oh, ¿era en verdad así la felicidad en las bodas?, ¿todo pasaba por los brindis y la comida?—. Pero no empieces con tus boberías. Por una vez, deberías dejar de pensar en ti mismo—acusó, y Ryan no entendía a qué venía la acusación. Su hermana siempre aprovechaba la oportunidad para acusarlo de las mismas cosas, aunque tuviera que salirse de contexto para ello. Sin embargo, Megan abrió las manos señalando en un gesto la cocina, no, la casa, su hogar—Mira esto. Es un basurero. Asumí que sería una etapa—Megan era la menor de los hermanos, pero en ocasiones, se expresaba en formas que no lo parecían. Ryan prefirió callar mientras que ella rebuscaba en su chaqueta por sus cigarrillos y encendía uno—. Pero sigues viviendo en estos… basureros—Evidentemente, no tenía otra palabra para describirlos. Lo cual, era del todo injusto, porque su piso era bastante decente. Pero si no era una mansión con elfos domésticos en el servicio, para Megan no podía ser otra cosa que un basurero. En todo caso, que él viviera en sitios como esos a ella le resultaba el colmo del egoísmo. Porque los Golgomatch no vivían de esa manera y a nadie podría causarle una buena impresión un apellido si los responsables de cargar con el legado familiar se permitían ese pobre estilo de vida. Peor Ryan, testarudo como era, se negaba a entender esas cosas—. Dime que entiendes a qué he venido Ryan. Ya es muy estresante todo este asunto del compromiso como para encima lidiar contigo. Ginevra es… Te lo confieso, no me gusta Ginevra, su prometida. Pero es una Hayworth, y está bien…

De pronto, Megan se interrumpió. Lo que fuera a decir murió en su boca y, en cambio, lanzó una mirada por encima del hombro de su hermano, y luego a su hermano, justo cuando éste había empezado a pensar que, quizá, si a Megan no le agradaba su futura cuñada, eso podía ser una señal de esperanza. Puede que Ludo sí hubiera elegido a alguien de quien se enamoró después de todo.  

—¿No piensas echar esa cosa por la ventana, querido?


Ryan comprendió que se refería a Jazz.
Ryan Goldstein
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Jazmine el Jue Dic 13, 2018 10:50 am

Ese otro mundo, que eres tú
Jazmine se vio traicionada cuando un humano tonto la atrapó en un tarro de mermelada. Es que, cuando había amigos que empujaban a sus amigos a declararse a la persona que amaban, a su persona, había otros que cuando sus amigos intentaban declararse les encerraban en tarros de mermelada. Inconcebible.

"¡Ese es mi anillo! ¡Es mío! ¡Para ti!", zumbó lo más fuerte que podía, con sus manitas contra el cristal y una mirada sufrida.

Creyó que ella lo aceptaría, que su humana se lo pondría en su dedo, pero se equivocó.

Todo el mundo sabe lo peligroso que es un corazón roto. En especial, si es el corazón roto de una pequeña criatura bélica. Es decir, sí, su humana le rompía el corazón cada vez que se encontraban, y ella rechazaba sus sentidos intentos por enamorarla, y con el paso del tiempo Jazmine, muy convenientemente, se olvidaría de ello y volvería a perseguirla, porque el amor es ciego e ingenuo. Pero en ese momento, justo en ese, su corazón estaba roto.

Con sus manitas se esforzó en abrir por dentro la tapa del frasco, sin éxito alguno. Y su amiguita ya se había marchado y no podría ayudarla.

"Tengo que escapar de aquí", pensaba. "Debe haber una manera…", zumbaba mientras se quitaba los restos de mermelada de la ropita. Necesitaba un baño, sí.

Entonces se dio cuenta de ello, y empezó a empujar el tarro por dentro. Se movía poquito, sólo un poquito, pero lo suficiente para poder dirigirse al borde de la encimera. Justo cuando los humanos voltearon a verla, el frasco se precipitó contra el suelo.

La mermelada saltó por todos lados, así como trozos de vidrio que no se habían quedado pegados a la plasta dulce de fresa. Jazmine, por su lado, estaba totalmente llena de mermelada, en su cabello, sus ropitas, incluso sus alas, impidiéndole volar. Escapó de la mezcla de vidrios y mermelada, corriendo hasta el sillón para encontrarse con Bri.

"¡Vamos al baño! ¡Tenemos que lavarme: mírame!", le pidió ayuda.

La pequeña pareció comprender lo que sucedía, e ignorando sus juguetes la tomó entre sus manitas. Se la llevó a la boquita, seguramente queriendo limpiarla con la lengua, pero Jazmine le apartó con las manitas.

"¡Baño! ¡Un baño con agua! ¡No con lengua!".

Entre movimientos de manos y gesticulaciones, Bri comprendió lo que su amiga quería, y la llevó al baño, usando un banquillo para llegar al lavamanos con mayor facilidad y colocando a la hadita sobre el mismo.

"Ese humano tonto, metiéndome dentro de pasta de azúcar", se quejaba, zumbando furiosa, mientras colocaba el tapón del lavamanos y abría la llave caliente para prepararse un reconfortante baño de tina.

Se deshizo de su vestidito que dejó por ahí, entrando al agua para lavarse, dándose cuenta entonces y sólo entonces que tenía unos pequeños corte en sus bracitos y piernitas, seguramente por el vidrio. Bri incluso tuvo la gran idea de poner burbujas de baño en el agua y pronto todo el baño estaba lleno de burbujas que se derramaban hasta el suelo y flotaban a través del aire, causando risitas en la niña.

El juego y el agua caliente ayudaron a Jazmine a sentirse mejor, así que cuando su baño terminó y abrió el cajón donde el humano tonto guardaba sus vestiditos, se encontraba feliz de nuevo, si bien algo resentida todavía.

Un bonito vestido corto de color rosa palo, aunque tuvo primero que tomar un trozo de tela para vendar las partes de su cuerpo heridas con mucho cuidado. Era una guerrera, y como tal soportó el dolor.

"¡Hora de secar mi pelo!", señaló a la niña, que aún jugaba con las burbujas desperdigadas por todo el baño.

Bri comprendió y sopló en su dirección, mientras el hada se arreglaba el cabello y se le secaban las alitas hasta poder volar y estar como nueva. Así, se metió dentro de un bolsillo de Bri, para seguir usándola de transporte, de todos modos.
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Ryan Goldstein el Jue Ene 03, 2019 3:03 am




Megan le dio a entender que se había precipitado a caer intempestivamente en su casa para recordarle sus supuestos deberes para con el apellido Golgomatch, al cual había renunciado hace años. Lo que Ryan realmente dedujo de todo aquello fue que su hermana estaba allí para despotricar contra su futura cuñada. A él, como alguien que se preocupaba por ella, le tocaba escucharla, sin importar qué dijera ni cómo lo dijera.

En el fondo, imaginaba que Megan estaría preocupada. De por sí, no se llevaba bien con sus cuñadas, si acaso a Meda se la podía colocar en ese lugar como madre de su hija. La manía que tenía su hermana de querer intervenir en la crianza de Brianna las había envuelto a esas dos en una interminable disputa. Pero, ¿cuál era el problema esta vez?

Ryan intentó analizar a través del desahogo momentáneo de su hermana qué es lo que parecía estar tan mal con la tal Ginevra, y en un principio, lo único que pudo sacar en claro fue que… sonreía demasiado, no se hacía oír con ese tono bajo que empleaba al hablar, y por supuesto, que le faltaba carácter.

Lo último era algo que Megan solía opinar sobre casi todo el mundo. Claro que, si se tomaba a sí misma como referente, apuntaba demasiado alto. En opinión de Ryan, el carácter no estaba implícito en el tono de voz, o en lo mucho o muy poco que sonrieras… pero para su hermana, una persona con carácter debía ser alguien que, como mínimo, fuera impresionante. Y ya se sabía que era difícil darle, de todos a ella, una buena primera impresión.

—Si la escucharas hablar—continuó Megan, reboleando los ojos entre que se servía otra taza de café y volvía a sentarse en el sofá. No se estaba quieta, sino que iba y venía, incapaz de quedarse mucho tiempo en el mismo sitio. Aprovechaba para revolver distraídamente las cosas de su hermano y ordenarlas, o más bien, revisarlas—Vive disculpándose hasta con su sombra…

Probablemente exagerara. Ryan sonrió y negó ligeramente con la cabeza, sin agregar nada y permitiéndole que siguiera y siguiera dándole vueltas a la cuestión. De tanto en tanto ojeaba a través de la sala lo que imaginaba que podrían estar haciendo las niñas. La risita de Brianna llegaba hasta ellos como el eco lejano de una travesura. A Ryan se le había caído el corazón hasta el estómago cuando Jazz rompió el frasco de mermelada, pero cuando se asomó por la puerta del baño para ver cómo estaba, lo echaron con risas y burbujas, así que supuso que estaría bien.

—Ryan—Megan llamó su atención, ahora de pie junto al escritorio y teniendo abierto uno de los cajones. Inspeccionaba la zona del escritorio con ojos curiosos y severos, como si intuyera una irregularidad. Ryan arqueó las cejas sinceramente sorprendido y aguardó a que se explicara—: ¿Tú ordenaste esto…? Las cosas parecen estar por una vez en su sitio. ¿O finalmente me escuchaste y contrataste un sirviente?

Un sirviente, ¿eh?, ¿como un elfo doméstico? Ryan se limitó a sonreírse para sí creyendo saber a qué se refería. Puede que su hermana y Laith Gauthier tuvieran el mismo TOC después de todo. Se llevó la taza de café a los labios lo más inocentemente que pudo, a pesar de que la mirada de Megan estaba puesta sobre él, como un predador al acecho.

—No veo nada malo con Ginevra—dijo, cambiando de tema y restándole importancia al comentario—. La describes como una buena mujer, alguien a la que me gustaría conocer.

El comentario arrancó una risa falsa de los labios pintados de Megan. Sus ojos no sonreían. Bri apareció por la puerta. Entonces, su expresión cambió, por una más entrañable y sentida. Con Megan siempre había sido así. Dejaba evidenciar muy claramente qué personas le agradaban y quiénes no, o quiénes no existían para ella, hasta el punto de que hasta podía hacer la magia de no ver a estos últimos, literalmente negándoles su existencia.

—¡Querida!—Megan fue hasta Brianna y se acuclilló frente a ella quedando a su altura. La tomó de los hombros en un gesto afectuoso—. Vámonos de paseo ya. Te vestiré con uno de los vestiditos que compré para ti. Te gustaron, ¿verdad que sí? Ya verás lo linda que quedas—Se levantó y la tomó de la mano para que entraran juntas al cuarto, pero entonces, llevándose un dedo a la nariz, estornudó.

***

—Tengo una misión para ti—Ryan se sacó los lentes y los colocó sobre el escritorio. Había tomado asiento, dispuesto a escribir unas cartas, mientras que su hermana vestía a Brianna preparándola para salir.

Se había dado cuenta que Jazz estaba hiperactiva, y conociéndola, no parecía tener intención de dejar que su amiguita se fuera de paseo sin ella. No podía encerrarla en otro frasco de mermelada, así que, pensó en una forma de conseguir que Megan no sufriera un ataque alérgico en su día de shopping.

En su cabeza, Jazz simplemente volaba a su alrededor, celosa de que Megan captara la atención de Brianna. Diríase que estaba determinado a negar cualquier posibilidad romántica entre su pequeña niña, la más malcriada y revoltosa, y Megan Golgomatch, enemiga declarada de los dulces. Hasta se imaginaba que, habiéndola oído criticar el azúcar —Megan consumía sólo alimentos dietéticos—, debía considerarla un monstruo malvado, su némesis.

—Vamos, preciosa. Mírame—Sonrió—Lo siento por lo de la mermelada. Pero esto es importante—Su expresión adquirió un tinte ligeramente sombrío y agachó el rostro, en confidencia—. Bri y Megan saldrán ahora, pero lo que no saben, es que alguien malo las persigue.

Era mentira, pero él continuó.

—Necesito que las protejas por mí—pidió—. Que les cuides las espaldas. Pero. Ellas no deben saber que tú las estás siguiendo. Sí, sí. Porque tú no puedes dejar que el malo te vea. Si te ve, sabrá que lo están vigilando. Pero tú necesitas atraparlo cuando esté distraído.

Como las palabras no solían ser suficientes para comunicarse con la mente soñadora de un hada, Ryan teatralizó con las manos y las expresiones exageradas de su rostro —que pecaban de tragicomedia— una suerte de relato policial, con un malo monstruoso en el medio de la trama.

—Cuida de ellas—insistió, y aclarando mediante el énfasis y las señas, añadió—: desde la distancia.

Era eso o Megan se pasaría toda la tarde estornudando. Temía de lo que podría hacerle el hada con un movimiento de varita si se llegaba a perder la paciencia y no estaba Ryan para intervenir. Era capaz de hacer que Jazz apareciera en el Congo, en una selva salvaje.

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Jazmine el Mar Ene 08, 2019 1:21 am

Ese otro mundo, que eres tú
Jazmine había procedido a hacer lo que cualquier hada en su buen juicio habría hecho: dejar las burbujas desperdigadas, sin importarle ni un milímetro dejarlo todo sucio, y disponerse a jugar con Bri hasta el momento en que su humana se la llevó. Cerraron la puerta frente a ella, por lo que, lógicamente, no tenía acceso a la habitación.

Entonces se propuso ignorar por completo al humano tonto. Estaba enfadada, sí, con él. La había encerrado y, por su culpa, se había lastimado. A la hadita le dolía mover su cuerpo con las vendas, pero ella, muy digna, no pretendía aceptar disculpas.

Algo le decía que ella no escuchaba, revoloteando por aquí y por allá, dispuesta a hacer todo sin prestarle atención.

"No hablo con humanos tontos", zumbaba para sí misma, confirmando lo que ya se sabía, que no planeaba convencerse de darle ni una mirada. "Tontos humanos, una está aquí, y se arriesga, y ellos me lastiman", se encontraba profundamente dolida.

Él, que era su amigo, la había traicionado. Así era como se sentía. Seguramente hubiese durado horas, días incluso, o hasta que el enfado pasara, lo que ocurriese primero, de no haber sido porque una, sólo una frase, le llamó la atención.

Un peligro.

"Yo las protegeré, yo siempre las protejo", zumbaba Jazmine, muy segura de sí misma, ignorando de cualquier manera a Ryan. Se podría decir que sólo escuchaba lo que ella quería escuchar. "Tengo que ser más inteligente que el peligro, el malo", ella se había empezado a montar una película, su propia película.

No era difícil, con una imaginación vívida y agitada, que Jaz siempre tuviese una aventura en la cabeza, aunque de aventura no hubiese nada.

"Debo atraparlo cuando esté distraído, porque si me ve sabrá que lo estoy vigilando", erguía su plan. Sí, su plan, no el plan del humano tonto, a quien escuchaba sólo por encima, lo suficiente para poder robarse su plan y proclamarlo suyo.

El pájaro de fuego insistió en ir con ella, le picaba las ropitas como pidiendo permiso, pero Jaz, muy serena, extendía sus manitas queriendo detenerlo.

"No, Pollo, esta es una misión de uno", le dijo, muy orgullosa. "Yo iré y traeré a mi humana y a Bri a salvo", se colocó los bracitos en jarras con los puños a la cintura, confiada por completo en sus habilidades.

Las dos salieron de la habitación de Bri y se dirigieron a la puerta de salida. Jaz, por su parte, empezó su misión, volando tras ellas a una distancia razonable y escondiéndose en todos lados, todo por el bien de su misión y que no la detectaran las fuerzas enemigas. Se divertía, sí, pero más que divertirse tenía la mente en el juego.

"Quién será el malo…", preguntó para sí misma, escondida tras un sombrero del humano mientras esperaba el momento de salir para llegar a la calle.

Jaz tenía muchos enemigos, por lo que sospechar de uno sería equivocado. Más que eso, podría ser un enemigo a quien nunca le había visto el rostro. Sintió el peligro recorrerle las alitas.

Eso era lo de menos. Lo importante era tener un ojo vigilante, el de un pollo de fuego, para asegurar la protección de las dos humanas.

"Esta es una misión para Jazmine".

Importante resaltar que, siendo una hada y con su correspondiente hiperactividad, Jazmine se estaba enfocando en la misión. Se le notaba enfrascada, concentrada, totalmente con los ojos en su meta, que era la de protegerlas.

Las seguía desde la distancia, toda una ninja, como una guardaespaldas secreta que las cuidaba.

Entonces, lo vio.

Ahí.

Las miraba de una forma extraña.

Supo que era él.

"¡Al ataque!", Jazmine se lanzó contra el enemigo.

El enemigo había resultado ser un hombre que, disfrazado de vendedor de helados, fingía amabilidad para atraer a sus humanas, ¡y eso Jazmine no lo iba a permitir! Ante sus ataques, el enemigo se retorcía y daba manotazos, pero no suficientemente acertados como para pegarle a la hada, quien era rauda y veloz.

Esa iba a ser una misión exitosa.
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Ryan Goldstein el Vie Ene 11, 2019 2:27 am




—¿Ves eso de ahí?—Megan se inclinó recogiendo su cabellera hacia un lado, queriendo acercar su boca a los oídos de su sobrina, que era una enana. Los niños lo eran. Confiaba en que crecería propiamente convirtiéndose en una esbelta señorita, y esperaba que fuera pronto. Suspiró ligeramente y se acuclilló al lado de su sobrina, señalando la tienda de Madame Malkins—Allí compraremos un montón de regalos para ti. La tía quiere que… Bri—llamó en una orden, dándose cuenta que su sobrina apartaba la mirada y atendía algo que sucedía a metros de distancia, y que en todo caso era del menor interés para su tía. La tironeó del mentón, para que regresara su atención donde debía estar—mírame querida. Allí, ¿ves?

Bri asintió sonriente, con los dedos enguantados apretando su mentón. Hacía rato que volteaba la cabeza a medida que andaban distrayéndose como le era usual, seguro que con cualquier cosa. Pero Bri lo hacía esta vez porque había descubierto a su amiga. No entendía por qué iba tan atrás, pero luego recordaba que iba con la tía Megan, y sospechaba que Jazz podía sentirse intimidada con ella a su lado, porque la tía Megan intimidaba.

—Un día crecerás y me agradecerás que haya intervenido en tu educación, puedes apostarlo—agregó Megan sin venir a cuento, incorporándose al tiempo que sacaba su pitillera del bolso. Se distrajo lanzando una rápida mirada a la dirección en la que apuntaba el bracito de su sobrina. Sonrió, maquiavélica. No hablaba mucho, pero pedía cosas. Bien. Si un niño quiere cosas, siempre puedes extorsionarlo. Y hubiera odiado que su pequeña sobrina salvaje fuera humilde y careciera de caprichos. Los Golgomatch podían obtener todo lo que quisieran en la vida, tenía que educarla de esa manera. Sólo debía asegurarse a que no saliera como su padre, que había querido más, incluso más allá de su familia, cuando lo primero siempre debía ser la familia. Sólo denle tiempo a la tía, y su sobrina la preferiría por encima de su madre. Esperaba con ansias ese día—. ¿Quieres un helado, querida? Por supuesto que tendrás tu helado. Tú puedes tener todo lo que le pidas a la tía. ¿Pero vendrás a visitar a la tía al castillo?, ¿se lo insistirás a tu madre?

Bri dijo ‘Sí’, con una sonrisa tímida. Siempre decía que sí, a veces sin siquiera escucharla del todo. Lo cierto era que sí quería ir, y visitar a su amigo, Ludo. El peludo no, el otro. Aunque le gustaban los dos. El castillo le parecía fascinante por dentro, lleno de lugares escondidos y con pasillos infinitos. Además, era frío como en la montaña del bosque en que vivía cuando era invierno, y Bri adoraba el invierno, incluso más que el verano. Sin embargo, a su madre no parecía gustarle. La entendía. Un poco daba miedo. Las cosas dentro de ese castillo eran siniestras, como las pinturas en las paredes que mostraban veelas manchadas de sangre que se arrastraban a los pies de magos con bocas crueles. En otros, se asesinaban otras criaturas. Bri no entendía por qué, pero le gustaban mucho los colores.

—¿Por qué Ry nunca viene con nosotras?

La pregunta le asaltó repentina, y la soltó espontáneamente, sin filtro. Se habían acercado al carrito de helados. El Callejón Diagón estaba viciado esa tarde, por magos y brujos que iban y venían, niños que correteaban calle abajo, aromas dulces que seducían, ruidos que despertaban en Bri las ganas de curiosear entre las piernas de los transeúntes, e ir a colarse a la pajarera de las lechuzas, tan dormidas y preciosas que se veían. La última vez había entrado, y un señor amable le había dejado acariciar un ejemplar, y su madre había idcho que no ese día, pero pronto le regalaría una, porque la necesitaría. ¿Pero para qué?

—Elige los sabores, querida—dijo Megan, aparentemente, sin prestarle atención.

Bri así lo hizo, pero luego volvió el rostro a su tía, con el interrogante en la expresión. Insistió un poco más.

—¿Por qué?, ¿no le gusta?, ¿como a mamá?


Distraída, Megan contestó.

—¡Por supuesto que le gusta! Qué idea. ¿Tu madre te dice esas cosas? Tenlo claro, querida. El castillo es tu hogar. Hogar de los Golgomatch, hogar de tu padre también. A él le encanta el castillo, ¡qué idea!


El bosque era su hogar, pero Bri no dijo nada. Su madre le advirtió que no hiciera renegar a su tía. Y todavía no entendía esa insistencia con el padre. A pesar de todo, le gustaba su tía. La divertía cómo hacía temblar a la gente cuando se enojaba.

Las veelas, cuando tenían disputas territoriales o similares, encendían sus cabelleras, y si la llama que las envolvía era lo suficientemente brava y chispeante, quemante, intimidante, la otra retrocedía reconociendo que cedía ante una más fuerte. De prenderse fuego, la tía Megan intimidaría a más de una veela.

Además, las veelas pequeñas siempre tenían que ser respetuosas con las mayores. Las veelas mayores protegían, servían como madres. Si había peligro, podías confiar en que si no encontrabas a tu madre, una veela de la comunidad velaría por ti hasta su regreso. Con la tía Megan, Bri se sentía a salvo. Ryan, a veces, también hacía de madre. Pero Ryan era especial. No estaba ‘completo’, le faltaban los atributos femeninos.

Había muchas criaturas —no tan especiales o graciosas como Ryan— que no habían podido llegar a convertirse en mujeres. Eran muy parecidos a las mujeres, pero era como si les faltara algo. Al principio, Bri había pensado que Ryan era una mujer que olía raro. Le explicó que era un hombre y sintió algo de pena por él. ¿Le dolería? Él se había reído y le había dicho que no, que no dolía, que simplemente era diferente.

Bri lo aceptaba así, diferente.

*

El vendedor parecía impacientarse. Lo oía quejarse pero Megan no le hacía caso. Hurgaba en su cartera por el bendito dinero londinense. Pensando que esa burla de hombre y animal se estaba pasando de la raya, alzó sus finos ojos de lince para asesinarlo allí mismo, pero un ‘Oh’ asomó por sus labios entreabiertos, dándose cuenta que el vendedor soltaba exclamaciones girando sobre su eje, siendo víctima de las travesuras de un hada.

Lo que Megan sacó de su bolso no fue el dinero sino un pañuelo que se llevó a la nariz. Nunca le había gustado Londres a decir verdad, y para colmo, los magos y brujas allí no se molestaban en ocultar… ¿una sobrepoblación de hadas? Por Morgana, primero en la casa de su hermano, y ahora en la calle. Megan arrojó unas monedas sobre el mostrador del carrito y tomó la mano de su sobrina para alejarse de allí, diciendo “Quédese con el cambio”, mientras que el mago giraba sobre su propio eje, confundido.

Su próxima parada fue la tienda de Madame Malkins. Esperaba que al menos allí no se encontrara con esa plaga, desastrosa plaga, porque vaya qué sucio que estaba Londres.
 
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Jazmine el Mar Ene 15, 2019 3:10 am

Ese otro mundo, que eres tú
Encontrar a un enemigo podía ser increíblemente complicado, Jazmine lo iba pensando mientras volaba a través de aquellas calles siguiendo a Bri y a su humana. Le gustaría saber cómo lucía el humano malvado, ¿era macho o era hembra? ¿Alto, flaco, enano, redondo? ¿De qué color sería? ¿Tendría largo pelaje, o cortito? ¿O nada en lo absoluto? Imposible decirlo a ciencia cierta.

"Todos son sospechosos", se dijo a sí misma, como tomando notas de campo en su exploración y cacería. "No puedo bajar la guardia", eso estaba muy claro.

Algunos podían pensar que era un peligro sacar al mundo a una hadita paranoica, pero para Jaz, sólo era el comienzo de otra misión.

Creyó haber encontrado a su sospechoso cuando vio a aquel hombre hablándole a las humanas. Supo de inmediato que no había razón alguna para que lo hiciera, es decir, que les estuviera vendiendo un producto no tenía nada que ver con hablarles, ¿verdad? Ni para decirles el precio.

Así, lo atacó.

"Puede que me haya equivocado…", Jaz consideró, cuando terminó de darle su merecido al muy malo. "No, yo nunca me equivoco… ¡Quizá no es uno, sino muchos malos!", era lo más lógico.

No obstante, tenía un problema.

Se le habían perdido, ellas, sus humanas. Es decir, ¿hace falta explicarlo? Su misión era protegerlas, y Jaz va y las pierde. Revoloteó ansiosa, preguntándose a dónde se habían metido, ¿sería acaso un secuestro…?

"¿Dónde se metiero…?", murmuraba para ella misma. "Estaban aquí hace un momento…", pero ya no.

Por suerte, ya que Jazmine tenía toda una imaginación maravillosa y, no sólo eso, sino que era una gran detective, encontró a las humanas dentro de una cueva, mirando a través del cristal. Intentó entrar, pero notó que estaban encerradas, pues se vio incapaz de empujar la puerta para entrar.

"Tiene que haber otra entrada", ella no iba a rendirse tan fácilmente, no cuando sus humanas estaban en peligro.

Le dio vueltas a la fachada de la cueva, buscando un escondrijo por el cual meterse. La ventilación, que tenía un aroma a tela polvorosa, le hizo estornudar, pero las rejillas eran demasiado pequeñas, y el metal podría lastimar sus manitas.

Vio su gran respuesta alzando la vista.

Una respuesta con peste a hollín y madera quemada, una caída oscura que encontraba, al fondo, una luz. Tuvo que considerar entre la respuesta y la rendija, una que la ensuciaría y otra que la lastimaría.

La decisión estaba clara, tomada desde el principio.

Le costó mucho abrir un poco más las rendijas de ventilación, pero se deslizó por ellas para entrar a lo que parecía el almacén de tela.

"Aquí estamos", inhaló profundamente, mirando a su alrededor. "Hay que encontrar cómo llegar a su prisión para liberarlas…", pensó.

Un zumbido la distrajo.

Lo vio, entre la penumbra de la habitación.

"¡Zigor!", junto con todos sus amigos.
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Ryan Goldstein el Miér Ene 23, 2019 5:25 pm

Era una plaga de doxys que tenía a la asistenta de Madame Malkins revoloteando de un lado al otro, temerosa de lo que podrían decir si los clientes empezaban a quejarse al verse sorprendidos por esas hadas mordedoras y traviesas en los probadores, o mientras les tomaban las medidas. Era un escándalo según la madame, que una tienda respetable tuviera un inconveniente semejante, ¡un escándalo!

Madame la arrinconó en una esquina de la tienda, exasperada, ordenándole que debía hacer algo inmediatamente con el problema (como si fuera su culpa, ¡cuando ni siquiera le pagaba por la labor extra de la fumigación! En otras tiendas habían contratado a un mago para eso, pero no, Madame Malkins, tacaña siempre, no, le achacó el asunto a ella, su asistente…). Justo entonces, Dorothea ocultó el aspersor y el matamoscas colocando sus manos detrás de la espalda.

La campanilla de la puerta había sonado, y para peor, el rostro de por sí contrariado de la madame atravesó una cruda transformación que hizo que Dorothea tragara duro. Era una dueña orgullosa de su refinada tienda, ¡por supuesto que no quería que sus clientes siquiera sospecharan lo que sucedía! Y ya se había excusado con tres señoras, que huyeron indignadas. Eso la había tenido de mal humor toda la mañana.

Nada peor para el negocio.  

En un rápido cuchicheo le aseguró que si no se aseguraba de controlar la plaga de doxys, las dos estarían perdidas. La Señorita Golgomatch, como la llamó luego al llegar hasta ella —una bruja alta, rubia, de vistoso porte—, debía ser un cliente importante, tanto como para querer tapar el problema de las doxys metiéndolo debajo de la alfombra, como quien dice.

Dorothea estaba desesperada. Se escabulló sin ser vista, yendo directo al almacén de la tela. No tenía idea cómo llevaría a cabo una fumigación contra unas traviesas bestiecillas que venían incordiando todo el día y sin llamar la atención de los clientes, pero no había manera de discutirle a Madame Malkins cuando fruncía los labios y se abrían las aletas de su nariz como las de un animal enfurecido. Sus ojos podían ser más punzantes que la malicia en el brillo negro de un duendecillo.

—¡Ah, señorita Gologomatch, claro!, ¡hace tanto que no…!


Las presentaciones se hicieron en la mayor brevedad posible. Megan mandaba sin perder tiempo. Se quitó los guantes con un gesto hastiado no más entrar, y a partir de entonces, decidió qué y cómo lo quería, poniendo a Madame Malkins a saltar de puntitas de pie, de un lado al otro de la tienda. Su intención era asesorar personalmente cómo le tomaban las medidas a su sobrina para una túnica de fiesta, otra de esto y lo otro.

Mientras tanto…

Zigor reconoció a su amiga y voló zumbando hasta ella tomándola de las manos, pero tenía dos pares de manos, por lo que mientras se aferraba a las manitas de su amiga, entusiasmado por el reencuentro, las manos superiores cazaron el rostro de Jazz y lo envolvieron en un gesto cariñoso, protector. Las demás doxys no entendían qué estaba pasando porque entre ellas, se manoteaban en una jugarreta, se chiflaban al oído, se tironeaban las alas, pero Zigor no se comportaba así con esa otra hada.

No se puede colocar en palabras el lenguaje de las hadas, pero se deducía fácilmente que Zigor estaba alegre de verla. Era así siempre, del mismo modo que siempre se entusiasmaba con las nuevas que su amiga tenía para contarle. Jazz era un hada especial porque era fuerte y valiente y sabía muchos, muchos trucos. A veces hablaba de cosas que él no entendía del todo, pero Zigor nunca ponía en duda sus palabras, ni cuando el hada torcía un poco la verdad de sus relatos. Era una buena amiga, y eso era lo único que necesitaba saber.

Entendiendo que Jazz estaba en mitad de algo importante, y que sobre todo, era importante para ella, la puso al tanto de la situación: habían encontrado un hogar, acogedor, cálido, entre todos esos pliegues de tela, un hogar que podría ser la cuna de toda una nueva generación, pero. Había doxys que estaban desapareciendo. Los humanos estaban detrás de esas desapariciones. Y eso no era todo. Pixie y Brutus afirmaban haberlo visto con sus propios ojos. Había un matamoscas implicado. Las demás doxys empezaban a inquietarse. Estaban solas, estaban asustadas.

Zigor quiso insistirle a Jazz que aquel era un lugar peligroso y había que irse de allí cuanto antes, pero que la seguiría luego de saber qué había sucedido con el resto de sus amigas, porque una vez que se escurrieron por la tienda, ya no las habían vuelto a ver, pero tenía que asegurarse sobre qué había pasado.

Entre que Zigor le explicaba la situación a Jazz, una de las doxys del grupillo creyó entender que estaba bien integrar a esa otra hada al grupo y se abalanzó sobre ella, un poco más por curiosidad 8quería tironearle las alas, diferentes y llamativas, jugar con ropita, que era un pelaje muy raro, sólo llegar a conocerla). Lo hizo con tal arrojo, atropellada por naturaleza, que casi parecía un ataque. Zigor, molesto, la apartó y le dio un coscorrón que Pixie recibió sin entender muy bien por qué.

En ese momento, sucedió. Zigor tironeó de Jazz para meterle prisa. Dorothea entró en escena levantando el aspersor con paralizante para Doxys y apuntó a las que tenía a la vista, un blanco asegurado. Lo más seguro hubiera sido escapar, esconderse, pero enojado de que le apuntaran a su amiga, Zigor se adelantó zumbando, preparado para atacar.

—¡Ah!

El gritito vino de la trastienda. Megan enarcó una ceja y le dedicó a madame Malkin una reprobadora mirada. La pobre mujer enrojeció de la vergüenza y titubeó sobre qué decir, inventándoselo sobre la marcha, nervioso el tono. Estaba tomándole las medidas a Bri con una cinta métrica extensible. Bri tanteaba distraída el alrededor, subidita sobre una tarima, frente a un gran, gran espejo. En ocasiones, miraba en las esquinas esperando encontrarse con Jazz.

—¡Oh, esa muchacha…! Mi asistente—aclaró, con una bondadosa sonrisa, pensando por dentro que mataría a esa chica—. Lleva toda la semana pinchándose con las agujas. Es un poco torpe, la pobre.

Seguidamente, se oyó el ruido sordo de un peso al caer, como si hubieran derribado algo contra el suelo. Madame Malkin soltó una risita. Megan suspiró sin decir nada y la madame sintió que sus mejillas ardían.  
Ryan Goldstein
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Jazmine el Dom Feb 03, 2019 12:10 am

Ese otro mundo, que eres tú
"¡Zigor!", Jaz se emocionó, siempre era agradable ver a su amigo, por lo que no dudó en sujetar sus manos inferiores mientras las superiores le tomaban del rostro. "¡Te eché de menos! ¿Dónde estuviste?", zumbaba alegremente.

El peligro no era un peligro tal, sino un Doxy con sus amigos. Zigor le zumbaba de vuelta, con un zumbido ronco y grave.

"Estoy en una misión, ¿sabes? ¡Una misión secreta! ¡Los humanos no lo pueden saber!", porque Jaz era bien consciente de que las leyes humanas no se aplicaban a las criaturas como ellos. Como tal, con él podía compartir su secreto.

Zigor le explicó que habían tomado aquella cueva como hogar para dormir y tener sus crías, pero los humanos, siempre los humanos, eran malvados y no les permitían ser felices, ¡y con un matamoscas! Había que ser malvados. Esos humanos, siempre con sus armas destructivas, iban a enterarse de lo que significaba meterse con pequeños humanoides con alas.

"Vamos a protegerlos, Zigor", le dijo, apretando sus manos. "Tenemos que proteger a todos tus amigos", porque ella no iba a dejarlos abandonados a su suerte.

Los doxy eran criaturas incomprendidas. Es decir, muchos humanos se intimidaban cuando había criaturas con más de dos patas, y eran tontos por eso. Los amigos de Zigor podrían estar en cualquier lugar, y a ella la asustaba la respuesta.

Uno de los doxys, una hembra, vino a intentar conocerla, como lo hacen los doxys, muy físicos. Eso le disgustó a Zigor.

"Oye, no seas malo", se quejó Jaz. "¿Dónde me llevas? ¡No! ¡Vamos a salvar a tus amigos!", era como una misión secundaria, pero muy importante al mismo tiempo.

Zigor sabía que podía ser peligroso, que los humanos eran criaturas que siempre lo arruinaban todo, tanto como sabía que era imposible quitarle una idea a Jaz una vez que le entraba dentro de su cabeza. Admiraba de ella lo audaz que era, aunque a veces le tocaba resignarse con su testarudez.

Como si la hubiesen invocado, apareció: un humano hembra que venía muy peligroso con un algo que seguramente sería peligroso también.

Fue una amenaza para las criaturas con alas, y a esas criaturas nadie las amenaza.

Zigor fue el primero en atacar, y Jaz lo siguió pronto.

"¡Ataquen!", gritó, como si ella estuviese liderando todo un batallón de guerra, y los doxys la siguieron como a una líder.

Hubo quienes le tiraron de los cabellos, y otros que le mordían las orejas. Le quitaron el repelente para doxys y se lo esparcieron en la cara, a la muy mala, ¡para que sintiera lo que se sentía! Pobres doxys, siempre tratados como alimañas. Jaz hacía uso de sus poderes de hada, lanzando chispitas incandescentes, hasta reducir a la humana a una prisionera.

Un humano menos, pero se alistaron para salir del hogar para buscar a los aliados.

Ahora quedaba encontrar a sus amiguitos para terminar su misión y poder volver a la principal.

¿Dónde se habrían metido Bri y su humana?
chu *3*
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Ryan Goldstein el Mar Mar 19, 2019 6:59 am


La asistente de Madame Malkin recibió tal impresión al ser atacada por aquellas pequeñas criaturas, que lo último que supo fue que tropezó con una escoba, y el resto se hizo oscuridad. Una fuerte caída la dejó inconsciente, inclinando la balanza de la victoria en favor del bando de las criaturas.

Las doxys en el grupo de traviesos guerrilleros armaron alborozo. Puede que el hada les hubiera lanzado órdenes, y que se dirigiera a ellas como la cabecilla, pero las doxys no tenían idea de lo que era un líder, o para empezar, qué eran la disciplina y la organización.

Acataban sus indicaciones porque daba un poco de miedo, y su vocecita tenía un sesgo autoritario que hacía que los pelos de sus cuerpecillos se electrizaran de alarma, pero tampoco se la tomaban muy en serio. Eran despreocupadas por naturaleza, juguetonas y bromistas.

Se sumaron a la lucha como las traviesas que eran, pero pasado el susto y la diversión, se ocuparon de las pedorretas, las risitas y las bromas pesadas persiguiéndose entre ellas a través del aire, haciendo que Zygor, el mayor y más avezado, negara frente a la escena como frente a un caso completamente perdido.

Siguiendo la batuta de su amiga, se escurrieron muy sigilosamente por los rincones de la tienda, tanto como se podía con unas doxys traviesas a cuestas. En una esquina había un tacho, y dentro, inmovilizadas por el veneno de los humanos, estaba el resto de la camada… ¿pero darían con el tacho?, ¿o con el matamoscas?

La misión era encontrar a las amigas caídas, sin llamar la atención del matamoscas. Pero antes de que Zigor pudiera siquiera rezongar, las demás ocasionaron un muy ruidoso desastre que hizo que Megan Golgomatch arrugara la nariz, a pesar de los desesperados intentos de Madame Malkin por distraerla de lo que parecía ser el papelón que arruinaría su clientela.

—Oh, iré a ver a esta niña—Madame rió, nerviosa, bajo la atenta mirada de reprobación de la señorita Golgomatch—… ¡tan torpe, la pobre!

De eso nada. Mira que hacerla esperar, a ella, por una niñata estúpida que intentaba coser con una aguja y destrozaba el local en el proceso. Dejó que La Madame desapareciera al fondo de la trastienda, porque ya le empezaba a dar jaqueca con tanta incompetencia y sobraban las palabras en situación tan vergonzosa. Porque mira, que dejarla a ella esperando. Por favor, qué descaro. Pero a pesar de todo, Megan sonrió a su sobrina, que jugueteaba entre los vestidos, y le dio a entender que no tenían nada que hacer allí, que había otras tiendas en las que sí sabían cómo atender a un cliente.

Le estaba dando la mano a su sobrina, cuando lo oyó todo desde el fondo de la tienda. Al voltearse, sus ojos se abrieron de la indignación y la sorpresa, y junto a ella, Brianna sonrió, señalando con entusiasmo el techo y a las criaturillas que velozmente agitaban sus alas en la retirada. La Madame había salido de la trastienda con una escoba que sostenía bien alta con sus dedos regordetes aferrados con rabia y determinación.

Loca, esa bruja estaba loca.

Megan, comprendiendo que aquella horda de indeseables criaturas amenazaban con echárseles encima—con la loca detrás, que estaba totalmente fuera de sí—, empuñó su varita, pero entonces. Achú. El estornudo la desorientó momentáneamente, y su puntería, tan certera y elegante siempre, se desvió unos centímetros… Directamente contra La Madame, quien de inmediato cayó inmovilizada, todavía con la escoba entre las manos, y abierta la boca en una mueca de incrédulo asombro.

Al fallar, las criaturas tuvieron el paso libre para ellas sola, incluso cuando Brianna trepó al mostrador y saltó intentando atrapar a esas fantásticas bestiecillas. Megan quiso decirle algo, pero su estornudo empeoró. ¡Ah, la incompetencia! Si era alérgica a algo…
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Jazmine el Vie Mar 22, 2019 4:48 pm

Ese otro mundo, que eres tú
Para Jazmine, aquello era no otra cosa que un ataque completamente coordinado, hecho a raíz de su buen liderazgo, los doxys contra la maldad de los humanos, queriendo que ellos, los muy perversos, tuvieran su merecido después de haber agredido a sus amigos, los más allegados.

No, a sus ojos, ninguno estaba desacatando sus indicaciones, y no era el miedo el que provocaba que ellas vieran en Jaz a alguien a quien seguir, por naturaleza alfa. Fue ese el motivo y no otro por el que se molestó en cuanto se dio cuenta que sus amigos, aquellas que habían estado apoyándola durante el ataque, empezaran a comportarse payasamente.

"¡No!", Jazmine detuvo el jugueteo de sus compañeros de cuatro brazos, "¡Deténganse! ¡Recuerden que estamos aquí para ayudar a nuestros amigos!", ella les recordó, pues a pesar de su memoria volátil, se trataba de amigos.

Uno pensaba, pues, que las hadas eran tan pequeñas que podrían no tener demasiado espacio para el amor que sentían por sus amigos, y desestimaban el dolor de una pérdida. Pero ellas, en cambio, las sentían dentro, porque percibían el mundo distinto a como el humano lo percibía.

Para ellas, no se trataba de perder a un amigo, en el sentido más físico de la palabra. Creaban lazos a veces tan intensos que eran duraderos en el interior del corazón, si bien no en la cabeza.

Los doxys se miraron entre ellos, compartiendo una mirada, como si calibraran el nivel de impacto que debían tener las palabras de la hadita en ellas.

Hadas juguetonas eran ellas, un poco malvadas según los ojos de quien no entendiese su buen gusto para las bromas, juguetonas y un tanto bélicas, pero no como lo eran las hadas de dos brazos. Los doxys peleaban y a los dos segundos jugaban de nuevo, resolviendo sus diferencias, en el juego. Las hadas, por otro lado, eran criaturitas ígneas llenas de pasión por la guerra que se encendía de vez en cuando, bajo las condiciones adecuadas.

A fin de cuentas, las dos razas tenían en común una cosa: los amigos eran eso, amigos. No podían darle la espalda a un amigo. En eso, ellos serían siempre mejores que los humanos.

"¡Vamos al ataque!", repuso ella, cuando notó que sus palabras encendían una poco convencional pasión en sus amigos, "¡A mostrarles que no pueden hacerles daño en su cueva!", y se lanzaron al ataque.

Uno diría, pues, que los doxys no habían oído una palabra y seguían haciendo el tontorrón por aquí y por ahí. Pero, si uno se fijaba de cerca, vería que dentro del desorden había un orden.

Los más audaces iban contra la hembra de humano mala que les había intentado atizar con la escoba, mordiéndole aunque ahora estaba paralizada. Se creerían que ellos la habían inmovilizado, cuando más bien se trataba de una fuente mucho más grande y, según los propios humanos, más mágica que ellos. Estaban en un error.

Otros, exploradores, se habían decantado por dirigirse a la búsqueda de sus iguales, y las más perdidas se fijaron en lo que parecía una cría de humano, pero no lo era del todo. Podían sentir de ella provenir la fuerza de la magia que sólo tiene el bosque. Las criaturas del bosque tienen un cierto entendimiento entre ellas que el rústico hombre no podría comprender.

Algunos de los doxys resolvieron atacar a otra de las hembras de humano, pero Jazmine intervino: "¡No, a ella no le hagan daño, es mi humana!", reparó Jaz de inmediato.

Lo intentó, pero el intento fue inútil, y las criaturitas fueron directas a molestarle los cabellos a Megan. Si un humano era malo, significaba que todos lo eran por igual, ¿no era así?

Y los exploradores dieron el aviso: habían encontrado a sus compañeros dentro de una cárcel muy mal hecha cuyo techo permitía el escape de cualquiera, pese a que estaban inmovilizadas.

¿Era el momento de la retirada estratégica?
chu *3*
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Ryan Goldstein el Sáb Mar 23, 2019 1:15 am

Estaba recostado en el sofá mirando la caja boba, como la llamaba su hermana, cuando de repente la puerta se abrió atizada por el golpe de una fuerza semejante a un torbellino. Ryan no mostró señales de sobresalto, pero sí desvió los ojos de la pantalla, con una expresión entre preocupada y curiosa. Resolvió que no tenía nada de lo que preocuparse al ver llegar a Brianna, sonriente y entusiasmada por saludar, y muy probablemente, por jugar con su pequeña amiga. Pero detrás de ella, Megan se adivinaba molesta.  

—¡Aquí en Londres son unas bestias!—exclamó, arrojándose a los pies del sofá. Ryan le hizo lugar, sin que la amabilidad en su rostro se torciera un ápice—. Había esta modista… ¡una bruta! La gente aquí no tiene decoro, o educación o… ¡Están infestados de plagas y vaya a saber qué más! Es una barbarie, querido. No pienso volver a poner un pie en ese criadero de pulgas.  

Ryan sonrió.

—Es lo mismo en todas partes contigo. Siempre hay algo—Se incorporó, y estiró la mano para acomodarle un mechón rubio detrás de la oreja. Ella lo atacó con una mirada crítica—. Pero esas bolsas me dicen que no fue una salida tan mala.

—¿Esto? Sólo algunas bagatelas—dijo Megan, indicando vagamente un pilón enorme de bolsas de compra y arrebujándose en el sofá, más tranquila luego de haberse desahogado libremente sobre la ineptitud del prójimo.

—Y Brianna parece encantada.

La pequeña correteaba por la casa y el jardín, jugando con su propia imaginación. Yendo de un lado para otro, rompió un jarrón, pero a ninguno de los dos adultos pareció importarle. Ryan se limitó a agitar su varita desde donde estaba, sentado, y mágicamente éste se reparó y volvió a su lugar. De tanto en tanto miraba en rededor, buscando un rastro de Jazz. Se preguntó si sería Jazz con quien Brianna hablaba cuando acercaba misteriosamente sus manos unidas a la altura de la boca, sosteniendo algo oculto.

—¡Oh, sí! Ella se divirtió enormemente—
enfatizó Megan con una mueca resentida, pero condescendiente y ciertamente satisfecha en la expresión de su mirada—. Deberías haberla visto en medio de una plaga de doxys. Saltaba de felicidad. ¡Doxys!, ¡en una tienda que dice ser respetable! Espera cuando publique al respecto una nota en El Profeta.

—¿Trajeron algo para mí?—Quiso saber Ryan, con la verdadera intención de hacerla cambiar de tema.

Megan sonrió.

—De hecho, sí que lo hicimos.


—¿Qué es?

Con un movimiento de varita, un paquete se separó del resto y fue a parar a las manos de Ryan, un Ryan ciertamente encantado. Rasgó el envoltorio y su sonrisa fue espontánea. Megan adoraba secretamente verlo así. Había pasado tiempo desde que fuera su hermano favorito y admirado y soberbio. Ahora era sólo su favorito, pero no era del todo un desperdicio. El presente era un diario de viaje.  

—Sí, sabía que te gustaría. Brianna, por otro lado, ha hecho unas elecciones que me dejaron muy contenta. Dejó de fijarse en los animales salvajes y las baratijas, está creciendo.


—¿Y eso?—
Ryan recibió la noticia con una mirada inquisitiva.

—Ahora quiere joyas, las joyas de una dama, ¡y las más costosas! Definitivamente, tiene el gusto de una Golgomatch. Y lo que es más, ahora se fija en las cosas normales para una niña: casas de muñecas, ropita preciosa para cambiar a sus muñequitas, bijouterie, lentejuelas. ¡Estoy tan feliz de que hiciéramos esta salida! Diría que estoy haciendo un gran trabajo convirtiéndola en señorita.

—Sí…—
Ryan tenía sus dudas al respecto, e instintivamente buscó con disimulo alrededor de la habitación por algún rastro de hada—¿Y tú le compraste todas esas cosas?

—¡Por supuesto!, ¿qué clase de tía sería si no puedo consentir a mi sobrina?


—Ajá.

—Ahora. Tú sírvele a mi sobrina esas ricas tortas que traje, el paquete rosa—Megan se levantó del sofá—. Yo tomaré un baño.

Ryan la vio desaparecer por la puerta del cuarto, y desvió su atención a la consentida de la familia.

—Brianna—llamó, habiéndose percatado de que lo que hacía la niña podía considerarse peligroso—. Ten cuidado con eso, ¿quieres? Ven conmigo. No me has dejado saludarte. Ven y dame un beso.

Brianna así lo hizo, pero se acercó a Ryan con las manos extendidas. Cuando le mostró qué ocultaba preguntando si podía ayudar, hizo que abriera mucho los ojos. Era una doxy, inmovilizada. Conque a eso se refería Megan con una plaga.

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Jazmine el Mar Mar 26, 2019 12:37 am

Ese otro mundo, que eres tú
Las hadas guardaban un parecido a los niños pequeños, porque eran ellas capaces de querer y perdonar sin que el odio o el rencor se interpusiera en el camino. No eran, como los humanos creían, criaturas subdesarrolladas, sino todo lo contrario.

Al crecer, el humano promedio se volvía una criatura desagradable y orgullosa, perdiendo la inocencia que tiene cuando es pequeño.

Es por eso que la hada y los doxys, aunque habían sido ultrajadas, una vez que se encontraron a solas con las dos humanas que estaban inmovilizadas, tomaron a sus compañeros para marcharse de ese lugar peligroso. Los humanos eran peligrosos.

Llevando a cuestas a los doxys heridos, acabaron en un bosque que estaba en los alrededores del complejo de cuevas que representaba lo que las personas llamaban “ciudad”, dejando a las pobres criaturas inmovilizadas en el suelo.

"Este será su nuevo hogar", Jazmine les dijo, con la tristeza tintineándole en la voz. "Aquí estarán a salvo".

No todos los doxys estaban de acuerdo con la retirada pacífica, pero todos y cada uno coincidían en que lo mejor era primero ayudar a sus amigos antes que ir a tomar algún tipo de venganza.

Entre las hadas había tareas asignadas para cada segmento de hada, que se repartía desde que nacía una tanda de larvas. Para los doxys, el sistema era mucho más catastrófico, una anarquía donde cada criatura hacía lo que le daba la gana, sin que nadie esperase otra cosa de ellos.

Eran, pues, semejantes físicamente: humanoides y con alas, pero en su núcleo, en su sociedad misma, había una diferencia enorme, por lo que un doxy no podría adaptarse a un sistema de hadas, ni viceversa.

Zygor y Jazmine, por su lado, habían conseguido superar las diferencias para volverse mejores amigos.

Y por eso, juntos, decidieron tomar la decisión de ser criaturas curanderas.

"Creo que existe una baya", le dijo a su amigo, "que ayuda que las hadas se sientan mejor", pero no sabía qué tipo de baya era, ni cómo lucía.

Lo único que tenían era, pues, una esperanza.

Muchas veces, a las criaturas del bosque se les infravalora, cuando realmente son criaturas de lo más inteligentes, y con un fortísimo instinto. Hacían uso de todas sus habilidades y sentidos para conseguir sus objetivos, y por ello, todos los doxys trabajando en conjunto, consiguieron unas bayas de un intenso color mostaza.

Su sabor era agrio y muy desagradable, y para el humano tenía más bien poco efecto, no lo mismo para seres tan pequeños como ellos.

Los doxys inmovilizados, pronto, se sintieron mejor.

"Tengo que volver a la cueva", le dijo a Zygor, guardándose una de las bayas dentro de las ropitas.

No se olvidaba que Bri habría intentado ayudarles a escapar, de no haber sido porque su humana se la llevó antes que siquiera pudiesen poner en marcha la misión de retirada.

"Nos veremos pronto", le prometió, con una sonrisa y tomándole un par de manos.

Estaba agotada, pero su misión no había acabado, así que poniendo alas en polvorosa para poder llegar a la cueva de Ryan.
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