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Rockabye {Eva Waldorf & Gwendoline Edevane}

Gwendoline Edevane el Dom Sep 02, 2018 3:17 pm


Sábado 25 de agosto, 2018 || Cafetería Julien’s Corner || 10:44 horas || Mi ropa

Los sábados por la mañana solía entrenar un poco, una hora o algo por el estilo. Los consejos que Beatrice Bennington me había dado en mi infancia, cuando todavía era una estudiante de Hogwarts, habían calado hondo en mí y me habían convertido en alguien que, si no hacía deporte en una larga temporada, terminaba sintiéndose culpable. Así era yo, así me afectaban las obligaciones. Me sentía en la necesidad de hacerlas, y cuando las cumplía, me sentía muy bien conmigo misma.
Ese sábado no era distinto. Había salido a correr a eso de las diez, ataviada con mi chándal, y recorría una calle de la zona turística de Londres. Generalmente, aquello no suponía ningún esfuerzo, más allá del evidente desgaste físico propio del ejercicio, pero esa mañana se me estaba haciendo especialmente cuesta arriba.
Aquel dolor de cabeza se empeñaba en persistir, y si bien el trago de poción tónica que me había tomado antes de salir de casa lo había convertido en algo sordo, casi un fantasma de lo que era, cada vez que mis pies entraban en contacto con el suelo, sentía punzadas más agudas. El corazón parecía latirme en la misma garganta.
Creo que debería parar, pensé mientras consultaba el reloj de pulsera y, finalmente, me detenía bruscamente para doblarme por la cintura y apoyar las manos en las rodillas.
No había sido una buena idea salir a correr así. Por fortuna, llevaba conmigo mi varita y podría utilizar la aparición para volver a casa. Pero mi cerebro era reticente: todavía me quedaba un cuarto de hora para completar los ejercicios. Seguro que podía aguantar aquello…
Solo que no podía. El dolor de cabeza se estaba intensificando. Finalmente, llevé los dedos de mis manos a mis sienes y empecé a masajearlas, cerrando los ojos en una mueca de dolor para soltar un largo suspiro a continuación.

—Caminaré un poco.—Resolví, efectivamente hablando sola, mientras me incorporaba.—A ver si esto se me pasa.—Suspiré de nuevo, todavía con los ojos cerrados.

Reanudé la marcha, esta vez caminando, y puedo decir que aquello ayudó un poco. Al menos, mi pulso volvió a la normalidad y ya no sentía el corazón a punto de salírseme por la boca. El dolor de cabeza también se suavizó un poco, pero ahí seguía, como prometiendo que no iba a marcharse.
No sé cuánto tiempo caminé, pues en un momento dado me olvidé incluso de mirar mi reloj de pulsera, pero en un momento dado atisbé lo que parecía ser una cafetería. ‘Julien’s Corner’, se llamaba, y la verdad es que no la conocía. Quizás comer algo me ayude con este dolor de cabeza, pensé, y no tuve que pensar mucho antes de adentrarme en aquel lugar nuevo.
Al entrar, me quedé con algunos detalles de la decoración. Era un lugar bonito, acogedor, y bastante tranquilo. Había algunas personas repartidas por mesas y barra, pero no les presté demasiada atención. Fui a ocupar un lugar en la barra, sentándome en un taburete, y alcancé una de las cartas para ver qué servían allí. Mataría por un pedazo de tarta de manzana, pensé, notando entonces que, efectivamente, mi estómago estaba de acuerdo.
Después de todo, acostumbraba a no desayunar, rara como era yo.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Eva Waldorf el Lun Sep 17, 2018 2:42 am

Ya desde muy temprano el día había comenzado torcido para Eva, había estado toda la noche lloviendo y tronando, así que había dormido poco y mal. Adoraba la lluvia, pero no hasta el punto de golpear las ventanas como si se fuese a acabar el mundo.
Se levantó arrastrando los pies, con el moño deshecho, mechones sueltos enmarañados y los ojos llenos de legañas por tanto frotarse los ojos de puro sueño. Llegó a la cocina y, por primera vez en meses, usó la magia para hacer café en vez de hacerlo manualmente como una muggle. El acto de hacer café, que lleva su tiempo, era parte de una rutina que Eva adoraba; notar como el olor inundaba poco a poco la casa, con ese ritmo pausado en mitad del silencio de la mañana. Pero no estaba de humor para tonterías y necesitaba cafeína casi en vena. Llevaba con la cafetería abierta poco más de 3 semanas y apenas se hacía a la idea, tenía que abrir en una hora y se moría de sueño.

Se deshizo de la desgana y se adecentó. Siempre le ha gustado maquillarse y arreglarse el pelo; aunque era mejor llevarlo recogido, no creía que pasase nada por llevar las ondas libres por un día. Al menos ya no llovía, y podía aparecerse en su cafetería, si algo bueno tenía era que sólo la veían magos, no necesitaba abrir desde fuera.
Llegó a la cafetería puntual, las 6:30 de la mañana, justo para que los más madrugadores entrasen en calor con el primer café del día. Había algo en el acto de tomar café que unía a magos y muggles en una serie de rutinas comunes (gustase o no admitirlo a los más puristas).
Poco tardó en haber bullicio dentro, la cafetería había tenido muy buena acogida. La mañana iba pasando y las horas volaban para Eva, entretenida con la conversación de unos y otros. Algunos antiguos compañeros del periódico se habían acercado y reñían cariñosamente a Eva por el abandono, aunque en el fondo agradecían tener menos competencia.

A media mañana volvió a sonar la campanita de la entrada, una chica de pelo largo y castaño casi rubio, oda vestida de negro y con la cara ligeramente colorada. Parecía que había estado corriendo o algo y que le faltaba aire. Como desde que abrió, Eva saludó a la recién llegada, la puerta estaba al lado de la puerta y no hacía falta levantar la voz.

- Buenas, siéntese donde más le guste y le tomo nota. - Si se sentaba en alguna de las mesas quizá le podría dar menos conversación, sin embargo si se sentaba en la barra podría charlar más con ella.

Mientras la chica se ubicaba, Eva salió de la barra a atender a otros clientes y a entregar la cuenta a una pareja que estaba sentada algo más alejada. La chica que acababa de entrar le había llamado mucho la atención, no sabía bien por qué. ¡Madre mía! Volvió corriendo a la barra, había puesto un croissant en la plancha para calentarlo y servirlo con mantequilla y mermelada y se le iba a quemar. Poco más y se le quema, menuda maga estaba hecha que ni siquiera había recurrido a la magia para eso, torpe y tonta.
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Eva WaldorfMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Lun Sep 17, 2018 2:33 pm

Mientras revisaba la carta con una curiosidad vaga, teniendo en cuenta que ya había decidido qué me apetecía tomar, comencé a tararear una cancioncilla que se me había metido en la cabeza. No vocalizaba las palabras que formaban la letra, ni alzaba demasiado la voz, pero allí estaba la cancioncilla.
¿Dónde había escuchado esa canción? No podía recordarlo, igual que muchas otras cosas últimamente. No cosas importantes, pero sí pequeños detalles. Estaba experimentando ciertas lagunas de memoria que me preocupaban, así como esos dolores de cabeza.
Mi parte más racional achacó todos estos hechos a un mismo fenómeno: el estrés. Demasiado estrés había vivido en los últimos meses, comenzando con el ataque de los fugitivos al Ministerio de Magia, del cual salí con vida a duras penas, y siguiendo con todo el tema de Artemis Hemsley. El festival de Magicland había supuesto un paréntesis, me había permitido recuperar fuerzas. Pero, de alguna manera, volver a Londres lo había traído todo de vuelta… y allí estaba yo, experimentando lagunas de memoria y dolores de cabeza.
Supongo que tendré que acudir a un sanador si estos problemas persisten, pensé, mientras seguía tarareando aquella cancioncilla infantil que había escuchado en algún sitio que no podía ubicar en mi memoria.
Alcé la mirada de la carta mientras la plegaba y la dejaba en el sitio del que la había cogido, y por curiosidad eché un vistazo a la gente que había en el local. Y si bien nadie me llamó la atención, la camarera que iba de un lado a otro a toda velocidad sí me la llamó. ¿Y por qué? Pues porque ya la conocía de antes: a mi mente acudió una imagen muy clara, de Leonardo Lezzo y ella juntos en una fiesta en la discoteca Babylon, Leonardo Lezzo llevando un insólito disfraz de hippie melenudo que todavía recordaba con claridad.

—¿Eva?—Pregunté, frunciendo el ceño. Era Eva Waldorf, sin duda, esa chica que Leo había insistido tantas veces en que debía conocer. Miembro de la Orden del Fénix, o aspirante al menos, y con un empleo en el diario ‘El Profeta’. Pero, o mucho a cambiado ‘El profeta’, o esto claramente no es, pensé con sorpresa mientras observaba a la mujer trasteando con algo que se estaba quemando en la plancha.—¿Eres tú?—Pregunté nuevamente.

¿Por qué lo preguntaba? Pues bueno, porque a pesar de que aquella chica tenía que ser Eva Waldorf sí o sí, podría ocurrir una de esas horribles coincidencias del mundo moderno: que una persona idéntica, o muy parecida a ella, estuviese trabajando en aquella cafetería. A decir verdad, no le había visto bien la cara, solo de pasada, y ahora estaba de espaldas a mí. Podía haberme equivocado perfectamente.
O a lo mejor creo que la recuerdo de una manera y no es así, pensé, recordando mis lagunas de memoria últimamente. Sin embargo, recordaba con bastante claridad aquella noche, y a pesar de que todos íbamos disfrazados—tres hippies, viva nuestra originalidad—recordaba el rostro de Eva.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Eva Waldorf el Vie Sep 21, 2018 2:52 am

Casi se quema con el croissant, ya harta de tanta torpeza (y porque los magos la comenzaban a mirar de reojo), usó la magia para ponerlo en un plato, añadir las cápsulas de mantequilla y mermelada y hacer volar el plato hasta la mesa del cliente. Ya estaba bien de tanta tontería absurda. Obcecada como estaba no había escuchado bien la primera vez que la clienta que acababa de entrar la llamó, a la segunda se giró porque había escuchado claramente su nombre.

- Eh sí, me llamo Eva y tú... - Hizo un esfuerzo en recordar, ladeó ligeramente la cabeza y entrecerró los ojos. - ¡Oh dios, Gwendoline Edevane! Nos vimos en aquella fiesta. - Se acercó y le estrechó la mano sonriendo. - Un placer volver a verte, ¿cómo estás? Siéntate y pídeme qué quieres de desayunar.

Menuda sorpresa, tampoco era tan raro porque había hecho mucha publicidad, pero era una bonita casualidad ver una cara conocida. Antes de poder prestarle atención, despidió a unos clientes y guardó el dinero, había cosas que la magia seguía sin hacer. Gwen no le quitaba ojo de encima, se notaba que la había reconocido y estaba esperando un hueco para hablar las dos. Hacía tiempo que quería hablar con ella, pero no se la había cruzado por el refugio, y le parecía raro ir a buscarla al trabajo, podía quedar sospechoso.

Desde el primer momento le pareció una mujer de fiar, sentía que era bueno que se acercasen y tuviesen una relación amistosa, tal y como estaban las cosas más les valía apoyarse los unos a los otros. Cuando por fin tuvo un respiro y se quedaron más solas, se sentó al lado de Gwen.

- Me ha sorprendido mucho verte por aquí, pero supongo que más te sorprenderá a ti verme aquí. - Cada vez que hablaba del cambio de trabajo, se hinchaba de orgullo. - Dejé el periódico para abrir esta cafetería... Estoy loca jajaja.

Poca gente de su entorno lo había comprendido, el periódico era un puesto muy prestigioso, para quien no supiese cómo funcionaba aquello por dentro. En realidad sabía que no habría ascendido nunca, siempre estaría en entredicho por no ser una sangre pura. Le hervía la sangre cada vez que lo pensaba, así que se buscó la vida por otro lado y ser su propia jefa, poniendo las normas. Hubiese querido que fuese un establecimiento para fugitivos, pero era mucho pedir que el gobierno no se diese cuenta. Tendría que contentarse con ayudarlos disimuladamente.
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Eva WaldorfMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Dom Sep 23, 2018 1:50 am

No sería la primera vez que confundía a una persona con otra. Algo me decía que aquello le había ocurrido aproximadamente al noventa y nueve coma nueve por ciento de la población mundial, especialmente si no se conoce bien a la persona en cuestión. No tenía referencias sobre la forma de caminar, de moverse, de Eva, más allá de los escasos minutos que había coincidido con ella en aquella desastrosa fiesta de primavera en la discoteca Babylon, a la cual me había arrepentido profundamente de asistir—Ryan Goldstein y el micrófono como principales motivos.
Sin embargo, en aquella ocasión no me equivocaba, cosa de la que me di cuenta en el momento en que la mujer del pelo oscuro se dio la vuelta. Efectivamente, Eva Waldorf, la amiga de Leonardo Lezzo—Leo y yo no habíamos hablado tanto ni tan profundamente sobre ella como para pensar en ella de otra manera que como una amiga—se encontraba trabajando en aquella cafetería llamada ‘Julien’s Corner’. ¿Pero no era periodista o algo así?, me pregunté extrañada, recordando una de las muchas conversaciones que había tenido con Leonardo al respecto.

—¡Hola!—Dije con una leve sonrisa, cuando Eva Waldorf por fin me reconoció. No la culparía si no lo hubiese hecho, pues evidentemente ambas teníamos la misma referencia de la otra.—Esa soy yo, sí.—Confirmé mientras me acomodaba un poco en el taburete, en el cual llevaba sentada casi desde que había entrado.

Con un montón de preguntas rondándome la cabeza, observé cómo Eva Waldorf recorría el local haciendo el trabajo al que, aparentemente, ahora se dedicaba. No me pasó por alto el hecho de que hacía uso de la magia en varias ocasiones. ¿Me sorprendía haber dado por casualidad con un sitio destinado a magos? Sin duda, pero no le presté tanta atención a ese detalle como al hecho de verla a ella trabajando de camarera.
Martilleaba con mis dedos sobre la barra cuando Eva regresó. Sin darme demasiado tiempo a decir nada, fue la propia señorita Waldorf quien me explicó el motivo de su presencia en aquel lugar. La observé con una leve sonrisa y una expresión neutra en el rostro. En pocas palabras, la joven bruja había optado por dejar su empleo en el diario ‘El Profeta’ en pos de una carrera en la hostelería.

—¿Eres la dueña?—Pregunté, alzando ligeramente las cejas. Lo mío no eran las expresiones faciales muy efusivas, pero sin duda me sentía mucho más sorprendida de lo que demostraba.—Ese sí que es un movimiento valiente en los tiempos que corren.—Reconocí. No iba a ser yo quien la llamase loca.—¿Qué te llevó a dar ese paso?—Pregunté con curiosidad, y cierta cautela. Teniendo en cuenta que nos encontrábamos en una cafetería mágica, cabía suponer que hubiese unos cuantos puristas—quizás algún mortífago, incluso—sentados a alguna mesa o a la barra.

Movida por dicha idea, me volví para mirar por encima de mi hombro. Un rápido vistazo a los clientes del local. Ninguno de ellos, a simple vista, parecía estar prestándome atención, y eso me tranquilizó. Nadie parecía interesado en otra cosa que no fuese su desayuno, su café, o su número diario de ‘El Profeta’.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Eva Waldorf el Mar Sep 25, 2018 8:50 pm

Como siempre que alguien conocido se topaba con Eva en los últimos dos meses, se sorprendían y ponían cara de que se había vuelto loca de atar. Era normal, había cometido una locura tremenda, pero por el momento no le había salido mal la jugada, y era mucho más feliz que cuando trabajaba en el periódico.

- Sí, soy la dueña. - Contestó con una gran sonrisa que apenas podía disimular. - Me lié la manta a la cabeza, cogí todos mis ahorros y los invertí en el local y los permisos necesarios. Sin tener la seguridad de que funcionaría, pero es la mejor decisión que he tomado en toda mi vida.

Contarlo siempre hacía que se quitase una especie de peso de encima, sentía que era liberador, porque de alguna manera hacía partícipe a la otra persona de su aventura. Necesitaba que su entorno la comprendiese, que la apoyase de algún modo. No sabía explicarlo bien, pero era así.

- Lo decidí un día en el que todo me estaba saliendo torcido. Llegué tarde al periódico, me esperaba una mesa llena de papeles que a nadie le interesaban, y a los lectores menos. - Hizo una pausa para intentar organizar todo lo que le rondaba por la cabeza. - Cuando decidí que quería dedicarme a ello no había pasado nada de todo lo que pasa... ahora. Quería entrar en el periódico que era antes, no en lo que se ha convertido. Además, había un amigo que me ayudaba, pero fue encarcelado en Azkaban y fue un golpe muy duro. Venía a menudo con fotografías para que las usase en los artículos. Se me hizo muy cuesta arriba continuar como si nada, para no buscarme problemas.

Era duro decirlo en voz alta. Echaba de menos a Ezra todos los días, no podría olvidarle jamás. Hacía ya tanto que había desaparecido que sólo de pensarlo se le encogía el corazón, lo más probable es que ya estuviese muerto. Por él y por otros tantos es por lo que dio un giro radical a su vida, no podría mirarse al espejo si seguía siendo tan sumisa como hasta el momento. Se dio cuenta de que Gwen se giraba a mirar a los clientes que había en la cafetería, y la tranquilizó diciéndole que no había peligro.

- ¿Y tú que haces por aquí Gwen? ¿Vives por aquí? - Añadió para rebajar un poco la intensidad de la conversación, con la tontería había salido mucho drama para lo temprano que era. Quizá esa chica no tenía ganas de tanta tristeza y había preguntado por cortesía. Esperaba no haberla aburrido demasiado con tanta confesión. - Le comentaré después a Leo que nos hemos visto, seguro que le gusta saberlo, hace un tiempo que no te ve.
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Gwendoline Edevane el Miér Sep 26, 2018 1:14 pm

Sin duda, ver a la mismísima Eva Waldorf trabajando en una cafetería claramente mágica, había supuesto algo fuera de lo común. No es que me pareciese imposible ni nada por el estilo, pero la situación en general suscitaba ciertas preguntas. Preguntas que, ciertamente, pronuncié más por cortesía que por un deseo de cotillear en la vida de nadie. No conocía lo suficiente a Eva todavía. Los pocos fragmentos de información que tenía sobre ella, sin embargo, contradecían un poco el habérmela encontrado allí
Por lo que le pregunté al respecto.
Ella me dio una explicación bastante detallada de la situación, a la cual presté atención con una leve sonrisa, mi rostro apoyado en el dorso de mi mano derecha y el codo apoyado sobre la barra.
No pude evitar dedicar una mirada de soslayo a los otros ocupantes de los taburetes en la barra mientras Eva ofrecía su explicación. Estaba rozando temas muy peliagudos en un entorno que, para mí y mientras nadie me convenciese de lo contrario, podía estar lleno de puristas. A fin de cuentas, ¿qué podía hacer Eva para impedir que un mago purista entrase en su local mágico? ¿Pedirles el carnet de puristas? Y si tenía derecho de admisión en base a ideologías, impidiendo entrar a los puristas, podía ser acusada de traidora al nuevo gobierno.

—Lamento escuchar eso.—Dije, refiriéndome al compañero que Eva aseguraba que se encargaba de las fotografías para ‘El Profeta’, y que había sido encarcelado igual que muchos otros.—¿No te gustaba tu trabajo en el periódico, entonces? No sé, siempre se me ha antojado algo bastante emocionante.—Comenté con cierta despreocupación. Me imaginaba que cada trabajo tenía lo suyo. Mucha gente pensaba que era apasionante ser desmemorizador, teniendo en cuenta que gran parte del trabajo se llevaba a cabo a pie de calle. Pero no era así: yo también conocía al odioso papeleo. Especialmente desde que me habían ascendido a directora de la oficina de desmemorizadores, honor que había recibido por mi “impresionante labor” defendiendo el Ministerio frente al ataque de los radicales. No me sentía orgullosa de aquello, la verdad.

La pregunta de Eva me pilló echando otra mirada de soslayo a la clientela. Sí, la joven había asegurado que no había peligro, pero yo seguía en mis trece: en los tiempos que corrían, era imposible saber eso.
Volví a mirarla, sin expresión más allá de una leve sonrisa. Nada en mi rostro podía delatar la preocupación que sentía por estar en un local lleno de magos.

—No, no vivo por aquí.—Respondí, para a continuación señalar con ambas manos la ropa que llevaba puesta en aquellos momentos.—Como se puede apreciar por mis pintas, estaba haciendo algo de deporte. Me gusta hacer algo de cardio los sábados por la mañana.—Expliqué.

No respondí a lo de Leo, pero en lugar de eso sí le clavé una mirada. A continuación, la mirada la clavé en el hombre más cercano, sentado en un taburete. Este no parecía estar prestando atención a nada de lo que decíamos, concentrado en la taza de café que tenía en la mano izquierda. La agitó suavemente un par de veces, como para revolver su contenido, y acto seguido se la llevó a los labios.
Volví a mirar entonces a Eva, pensando en cómo decirle lo siguiente que tenía que decir. Se me ocurrió la forma más manida y sencilla de toda.

—Eva, quizás… ¿preferirías hablar en un lugar un poco más privado?—Y es que a mí no me daba absolutamente nada de confianza hablar tan abiertamente las cosas que Eva quería hablar. De hecho, cuando mencionó el nombre de Leo, una parte de mí estaba deseando pedirle que cerrase la boca. Sin embargo, aquello sería muy descortés por mi parte. Quizás aquella fuese una mejor opción.
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Eva Waldorf el Mar Oct 09, 2018 11:42 pm

Gwen no paraba de mirar con disimulo a su alrededor, quizá había reconocido a alguien y le inquietaba la conversación que estaban teniendo. Con frecuencia Eva pensaba que ojalá pudiese desvincularse del todo de la magia, que su cafetería fuese para muggles, sin toda la tensión de esconderse y disimular. Hacía muchos meses que no podía descansar, tanta tensión le pasaba factura y estaba muy harta, era novata en todo y la veían justamente así. Era aspirante en la Orden, y con razón... no tenía apenas experiencia, pero las personas de su entorno parecían verla inexperta en general, como si aún fuese una adolescente de lo más inconsciente.
Dejó de divagar en cuanto escuchó que Gwen había estado haciendo deporte, por un momento había desconectado de la conversación. Se notaba que no estaba acostumbrada a socializar, casi todos los amigos habían desaparecido, que desastre.

- Vaya, yo también debería hacer más deporte. - Respondió Eva intentando sonreír. - A este paso me voy a oxidar como una ancianita y eso no puede ser. - Se había notado en muy baja forma cuando practicaba en el refugio Krav magá, y correr tras los mortífagos en la misión la dejó sin aliento. Todo eso tenía que cambiar si quería ser de ayuda para la Orden, así que en ese momento decidió comenzar con una rutina de deporte.

No se le escapó la reacción de aquella mujer tan peculiar, si las miradas atravesasen y matasen, Eva estaría muerta y enterrada. Había sido un poco imprudente hablar de esa manera de Leo, podía haberlo puesto en peligro... Pero estaba segura de que no la habían seguido hasta la fecha, así que nadie podría saber a qué Leo se estaba refiriendo. De todos modos, toda precaución era poca. Si había una manera de ganarse una impresión negativa, Eva lo había conseguido en tiempo récord, Gwen parecía muy molesta con ella.

- Cierro dentro de una hora, si no te importa esperar tomando algo, podremos hablar con calma. - Esta vez tuvo cuidado de bajar más la voz mientras miraba a su alrededor. Ya quedaban solamente un par de clientes, y viendo la hora no entraría ninguno más hasta la tarde. Sin embargo el caballero que estaba cerca de ellas no terminaba su café, y eso inquietaba a Eva, por lo que se disculpó con Gwen y fue a preguntarle si deseaba alguna cosa más. Cruzaba los dedos por que no fuese así y ambas pudieran hablar tranquilas.
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Gwendoline Edevane el Miér Oct 10, 2018 2:15 pm

Corrían tiempos complicados en el mundo mágico. Tiempos en que un mago tenebroso ostentaba el poder. Medir las palabras era más importante que nunca, pues muy a pesar de que el purismo hubiese existido desde siempre, ya no había leyes que impidiesen a los mortífagos hacer aquello que les viniese en gana. De hecho, ellos eran la ley, y actualmente, cualquiera podía ser un mortífago.
No pretendía ser brusca con Eva, ni mucho menos. Simplemente, no podíamos permitirnos aquella conversación, ni ella ni yo, en un bar lleno de magos. Dudaba que Eva pudiese confiar en todos y cada uno de los presentes. Por su bien, y por el mío, había temas que no podían tratarse en un sitio como aquel.

—Me gustaría tomar un café con un pedazo de tarta de manzana.—Aquella fue mi respuesta a su sugerencia de reunirnos en una hora, cuando cerrase el local y aquello estuviese más vacío. Acompañé a aquella respuesta con una leve sonrisa, intentando rebajar un poco el tono tenso de mi voz.

Lo sentía por Eva, de verdad. No pretendía ofenderla ni mucho menos, pero había cosas que había que tener claras: había un lugar y un momento para cada conversación, y estaba claro que ese no era el lugar ni el momento para aquella conversación.
Me concentré durante la hora siguiente en disfrutar de mi pequeño desayuno a base de tarta de manzana y café, alargándolo todo posible mientras esperaba a que toda aquella gente decidiese marcharse.


Unos minutos después de las 12:00…

Para entonces, el bar estaba vacío y la puerta cerrada. De mi porción de tarta de manzana no quedaba más que un recuerdo, y de mi taza de café algunos posos en el fondo del recipiente. Eva terminaba de recoger las mesas de los clientes más rezagados, y yo, sin decirle nada todavía, dedicaba una última mirada alrededor para cerciorarme de que ya no quedaba nadie allí.
Por suerte, ya no, pensé mientras volvía a acomodarme en el taburete, apoyando ambos brazos en la barra. Suspiré profundamente, antes de hablar. Estaba vez estaba un poco más tranquila y no me preocupaban tanto los temas que se tratasen.

—Tu tarta de manzana está muy buena.—Decidí comenzar con un elogio que, a decir verdad, era sincero: la tarta sabía muy bien, y ya solo por ella merecía la pena visitar el local.—Oye, Eva… Siento haber sido tan brusca antes. Pero, dada la clientela de tu local… bueno, toda precaución es poca. No quería ofenderte ni nada por el estilo.—Me expliqué, una expresión neutra—mi expresión habitual—en mi rostro. No quería que Eva Waldorf se llevase una impresión equivocada de mí.—¿Ha venido Leo alguna vez por aquí? Porque eso sería bastante peligroso… para los dos.—Lo cierto es que esperaba que la respuesta fuese ‘no’. No me apetecía leer un titular en El Profeta que dijese algo así como “Fugitivo y traidora apresados en un bar para magos”, acompañado de las fotografías de ambos.

Aquel escenario era altamente probable. Por ese motivo, Sam jamás se dejaba ver en lugares frecuentados por magos, si podía evitarlo. Desde luego, no podía imaginármela entrando en ‘Julien’s Corner’ tan alegremente.
Otro tema sería Beatrice Bennington. Ella sí, ella lo haría. Así como tantas otras estupideces irresponsables. Supongo que algún día acabará teniendo que aprender, pensé, no sin cierto resquemor hacia la que ya casi podía considerar mi ex-compañera de piso, dado el tiempo que pasaba fuera de este.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Eva Waldorf el Dom Oct 21, 2018 4:22 pm

Desde que dejó a Gwen tomando su café con la tarta de manzana, procuró no mirarla demasiado y enfrascarse en el trabajo, yendo de un lado para otro y charlando brevemente con los clientes. No es que hubiese sido un buen comienzo de conversación y le había dejado una sensación extraña, contradictoria. Leo le había hablado de ella y ahora no tenía muy claro si se había hecho una idea errónea de aquella mujer, o si Leo tenía una percepción distinta de ella porque la conocía más. En cualquier caso esperaba que cuando la cafetería se quedase vacía cambiase la cosa...

La hora se hizo eterna, los clientes parecían no querer marcharse, alargaban el último sorbo de café y charlaban entre ellos, intentaban darle conversación a ella, y Eva solo quería cerrar de una vez para poder respirar tranquila. Sentía como Gwen la miraba de reojo a ratos, y como miraba a su alrededor también, como si hubiese algún peligro cerca, y podía ser así. Se dedicó a ir recogiendo las mesas a medida que los clientes se iban levantando, agilizando lo máximo posible el dejar el local ordenado. Cuando el último cliente salió por la puerta, colgó el cartel de cerrado y echó el pestillo a la puerta con un ligero movimiento de varita. Por fin se había acabado la mañana.

Se colocó detrás de la barra, estando ya a solas con Gwen, mirando hacia los lados para comprobar que no quedase nada en medio que pudiese distraerlas. En cierto modo evitaba el momento de sentarse a hablar con ella, no sabía muy bien sobre qué iría la conversación y se sentía incómoda. Que Gwen comenzase diciendo que le gustaba la tarta, destensaba un poco el ambiente, puede que a Eva se le notase en la cara, incluso en la postura, ya que había puesto distancia colocándose enfrente de Gwen con la barra en medio.

- Muchas gracias por el elogio, la repostería bastante agradecida si se le dedica el tiempo suficiente. - Nunca se le había dado especialmente bien recibir halagos sin más. - No pasa nada, es cierto que a veces me cuesta recordar lo mal que están las cosas, en mi vida no está demasiado presente el conflicto en el que vivimos y claro... - No sabía qué más decir, era cierto que en ocasiones era muy insensata por hablar más de la cuenta sin vigilar el entorno, para ella era muy nuevo estar rodeada de personas y charlar con unos y otros; en el periódico apenas hablaba, y por aquella época no tenía contacto con personas a las que perjudicar. - No te preocupes, no quise que Leo viniese, al menos en horario de apertura. Sí que ha venido a ver el local, pero siempre estando cerrado, tampoco estamos tan locos. - Intentó bromear, quitando tensión al ambiente.

Sentía como si estuviese dando explicaciones o algo por el estilo, era extraño. Hacía años que nadie se preocupaba por ella de ese modo, como una especie de familiar o algo. Le hacía plantearse si de verdad estaba haciendo bien las cosas o si se estaba equivocando. Mientras lo pensaba se giró y se puso un café bien cargado, todo aquello la aturdía un poco.

- ¿Quieres un poco más de café, Gwen? Invita la casa. - Comentó. - ¿Cómo te ha ido desde la fiesta en la que nos encontramos? De eso hace ya unos meses, creo recordar que trabajas en el Ministerio. - No sabía si estaba siendo indiscreta preguntando, pero por alguna parte había que romper ese hielo extraño que las rodeaba.
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Eva WaldorfMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Lun Oct 22, 2018 3:09 pm

En materia de relaciones personales con otros seres humanos, lo cierto es que no podía decir que fuese la más experta del mundo: sin lugar a dudas, me sentía más cómoda en entornos laborales, en los cuales las conversaciones versaban únicamente sobre el trabajo, y tenían lugar de una manera profesional y, generalmente, cordial. Esconderse en la educación, en lo políticamente correcto—por muy desvirtuado que estuviese este término en los últimos tiempos, en el mundo mágico—era mucho más sencillo que mostrarse como una era de verdad.
Al menos, para mí era así.
¿Cuándo había perdido yo mi habilidad para relacionarme con otros? Bueno, vamos a dejar claro que creo que jamás he tenido demasiada habilidad en esa materia. Respecto a la poca que me quedaba, se había ido al infierno durante los últimos dos años, cuando había perdido a todos mis amigos y seres queridos por culpa de este mal llamado Nuevo Gobierno, y me había aislado en mí misma.
Sí, es cierto: había vuelto a ser yo misma, en gran medida gracias a la vuelta de Sam a mi vida, y posteriormente cuando lo mismo había sucedido con Beatrice. Pero esa parte amargada de mí misma seguía ahí. Había leído en algún sitio una frase que decía algo así como que una vez dejas entrar la oscuridad en ti, ya nunca se va del todo. A día de hoy, sigue pareciéndome una frase de lo más acertada.


***

En esta ocasión, esta falta de tacto se había hecho presente con Eva Waldorf, esa mujer a la que conocía brevemente de haberla visto junto a Leonardo en una fiesta en la mismísima discoteca de Forman, y de la que el propio Leonardo me había hablado maravillas. También me dijo que le vendría bien mi ayuda a la hora de pasar por una ciudadana respetable, pero no creí que lo necesitase tanto, pensé con esa parte un tanto amargada de mí. En los últimos meses se había acrecentado un tanto; concretamente, después del Magicland.

—Lo siento.—Dije una vez más. Para ser sinceras, tampoco es que fuese asunto mío, pues ella tenía derecho a decidir sobre su vida. Sin embargo, en parte sí era asunto mío: después de todo, con quien estaba manteniendo aquella ‘conversación prohibida’ era conmigo.—Simplemente… nunca se tiene demasiado cuidado en el mundo en que vivimos.

Ante la broma que hizo Eva respecto a Leonardo y ella, esbocé una sonrisa. Era una sonrisa forzada, pero cualquiera que no me conociese demasiado la interpretaría como una sonrisa genuina. Mis años de experiencia en el Ministerio de Magia me habían convertido en una maestra de las sonrisas falsas. Y es que, afortunadamente, fingir una sonrisa funcionaba igual en un entorno laboral y en un entorno personal.
El motivo de que mi sonrisa fuese falsa… era la preocupación. Sin embargo, decidí dejar ese tema aparcado. Tampoco es que supiese muy bien cómo expresar esta preocupación en palabras.

—¡Oh, vamos! Agradezco mucho la invitación, de verdad, pero estás empezando.—Respondí a la invitación de Eva, mientras sacaba de mi cartera algunas monedas para pagar no sólo todo lo que había tomado, sino también una segunda taza de café.

La pregunta de Eva me sorprendió en medio de mi proceso de búsqueda de monedas, llevándome a levantar la mirada para encontrarme con la de ella. ¿Que por qué? Pues porque los últimos meses, desde aquella fiesta, habían sido sin lugar a dudas una montaña rusa: subidas y bajadas a velocidad vertiginosa. A mi mente acudieron imágenes del ataque al Ministerio de Magia pertrechado por los radicales, del enfrentamiento que Sam y yo habíamos tenido con Artemis Hemsley, del Magicland… Sin darme cuenta, me encontré mordisqueando mi labio inferior.

—Han sido unos meses… complicados.—Empecé, no sabiendo muy bien cómo resumir todo lo que había ocurrido últimamente. Tampoco es que yo tuviese la mente demasiado despejada últimamente, que digamos.—Estuve en el ataque de los radicales al Ministerio de Magia.—Terminé por decir, siendo este último un hecho público, de sobras conocido por todo el mundo mágico.—Y tras mi heróica labor luchando contra quienes deberían ser mis aliados y colaborar con mis enemigos, mi premio fue un ascenso.—Añadí con sarcasmo, alzando las cejas y sonriendo irónicamente… para luego recuperar mi habitual inexpresividad facial. Me quedé unos segundos con la mirada sobre la barra, mordisqueando mi labio inferior, y finalmente negué con la cabeza.—¿Y a ti? ¿Qué tal te ha ido? Aparte de convertirte en empresaria, quiero decir.

Quizás no fuese la mejor anécdota que compartir, eso puedo reconocerlo. Pero aquello, aquel ataque al Ministerio, era el resumen perfecto de lo que había sido para mí el año 2018 desde que Eva y yo nos habíamos visto por primera vez. Lo cual no hace más que probar que vivimos en un mundo que está completamente loco, pensé.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Eva Waldorf el Dom Nov 11, 2018 8:21 pm

Quizá eran imaginaciones suyas, pero Eva vio un ligero cambio en la actitud de Gwen, puede que algo menos de dureza en su mirada, aunque no sabía identificar qué era.

- No tienes por qué disculparte, Gwen. Has hecho bien. - Y era cierto, aquella mujer no había dicho nada que no fuese una verdad enorme, y tenía muchas más tablas que Eva en situaciones delicadas. Eva aún tenía que aprender mucho sobre cómo debía comportarse en aquel mundo que le había tocado vivir. - Si insistes... - Añadió al ver que Gwen comenzaba a rebuscar las monedas para pagarle ese segundo café que le había ofrecido. No lo había hecho con afán de cobrárselo, pero si insistía había aprendido que era mejor aceptarlo y sonreír. Era cierto que estaba comenzando, y cada galeón iba de perlas para los gastos.

Cuando le preguntó inocentemente por cómo le había ido en aquellos meses en los que no se habían visto, nunca hubiese esperado una mirada tan triste como la que vio. Por un momento parecía que dejaba de buscar las monedas y levantó un poco la vista hasta fijarla en la de Eva, que se contagió de la tristeza que desprendía. De repente sentía desasosiego por lo que le fuese a contar, porque sería malo seguro. El tono tan resignado con el que le explicó que tuvo que participar en la lucha contra los radicales y que eso le llevó a ganarse un ascenso, hizo estremecerse a Eva, que se llevó una mano a la boca lentamente para taparse la boca.

- Por dios Gwen... Que espanto... - No sabía cómo decirle lo horrorizada que estaba, no por lo que Gwen había hecho, sino por lo mal que debió sentirse. Se notaba que aún le pesaba mucho todo aquello, y que lo haría durante años, debió ser traumatizante. - No puedo ni imaginarme lo que debió ser aquello, de pesadilla. No sé si felicitarte por el ascenso, suena todo tan podrido que lo cubre todo de una capa amarga. - Dio un pequeño sorbo de café para mojar toda la sequedad que tenía en la garganta. - De todos modos era lo que tenías que hacer para guardar las apariencias, y eso seguro que lo entienden todos los que te conocen. Vales mucho más en tu puesto de trabajo sin levantar sospechas, no hacen falta más fugitivos con movimientos limitados.

Sabía que aquello no era consuelo ninguno, a ella en su lugar le parecería una tontería, pero no se podía decir mucho más. Sin embargo la expresión de la mujer había vuelto a ser neutra, como si tras ese momento de debilidad hubiese vuelto a su posición inicial. Entonces le preguntó a Eva por su vida, y ésta se avergonzó de no tener nada reseñable que contar.

- En comparación con tu vida, la mía es absurdamente aburrida. - ¿Qué podía contarle? Era cierto que no había nada interesante. - Me he dedicado a aprender Krav Magá y a mejorar en duelos, así pude comenzar a hacer misiones menores. Procuro quitarle trabajo a los mejores para que ellos puedan dedicarse a las más importantes. Dejar el trabajo fue un paso importante, me sentía observada y en peligro allí, y más cuando un amigo que colaboraba conmigo fue enviado a Azkaban. Desde entonces no me quitaban los ojos de encima.

Contar aquello le daba escalofríos, en realidad no era consciente de lo cerca que había estado del peligro en las últimas semanas del periódico. Si hubiese tardado sólo un poco más en irse, puede que hubiese sido demasiado tarde.
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Eva WaldorfMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Mar Nov 13, 2018 2:06 am

Cada vez que recordaba aquel día, el día del ataque de los radicales al Ministerio, las únicas imágenes que acudían a mi mente eran las de aquellos fugitivos a los que me había enfrentado: Selley Wilkes y Theodore Smith. Sí, había hecho una pequeña labor de investigación posterior—algo, puedo aseguraros, para nada recomendable—a fin de averiguar quiénes eran esas personas en cuya muerte había contribuido, aunque fuese de manera indirecta. Los rostros de aquella mujer y de aquel hombre, yaciendo sin vida en medio de muchos otros cadáveres, me perseguían cada vez que cerraba los ojos.
Sí, había intentado decirme una y otra vez a mí misma que no era culpa mía, que se lo habían buscado ellos, que solo luchaba para defenderme y que lo único que pretendía era sobrevivir… pero no funcionaba. ¿Por qué? Porque ellos estaban muertos y yo estaba viva, y había sido premiada por ello.
Por supuesto, no compartía habitualmente en voz alta estos pensamientos, y este momento no iba a ser una excepción. Darle un poco la espalda a dichos sentimientos era mi manera de continuar con mi vida, de seguir adelante. Me había convertido en una experta de la negación, y todo había empezado aquel lejano día en que había tenido que decir adiós a mi madre. Desde entonces… encadenaba negación tras negación.

—Bueno...—Me esforcé por esbozar una leve sonrisa, mientras bebía un sorbo de mi taza de café.—Sigo viva, que supongo que es lo que cuenta.—Había abandonado ya ese tono cínico, que demostraba más bien odio hacia mí misma que hacia nadie más.—No creas que todo el mundo se lo ha tomado tan bien.—Añadí, respondiendo a la afirmación de Eva de que la gente comprendería mis motivos. Podía contar unos cuantos fugitivos del refugio que me miraban sin disimulo y con bastante desprecio.—Pero supongo que tienes razón.—Me encogí de hombros, para acto seguido sonreír de nuevo, mirando a Eva.—Pero no me felicites por mi ascenso, por favor. Ni por la medalla que me dieron. Algún día la tiraré al Támesis.—Añadí, quitándole un poco de hierro a aquel asunto tan dramático.

Respecto a Eva, cuya historia realmente solo conocía por lo mucho que Leonardo había hablado de ella, la mujer calificó su vida de ‘aburrida’. Puedo asegurar que cambiaría muchas de las cosas ‘emocionantes’ de mi vida por un poco de aburrimiento, la verdad. Bendito aburrimiento… Bendito aburrimiento, ese en que tus seres queridos no son secuestrados para que les practiquen lobotomías mágicas, o para que les torturen a cambio de información, o en que no se ven obligados a asesinar a otros seres humanos para sobrevivir. Bendito sea ese aburrimiento, pensé, mientras escuchaba a Eva.
Al parecer, se había dedicado a entrenar en la lucha cuerpo a cuerpo y en los duelos, y pude imaginarme que habría contado con la ayuda de Leo para ello. También se había dedicado a pequeñas misiones. Hasta entonces podría estar medianamente de acuerdo con su afirmación de que su vida era aburrida… y entonces mencionó sus motivos para dejar su anterior empleo. Eso no me suena aburrido.

—Siento lo de tu amigo. Ha tenido que ser un golpe muy duro. ¿Cómo se llama?—Compuse una triste sonrisa, solidarizándome con Eva: siempre era duro ver cómo alguien importante para ti era encerrado.—Supongo que hiciste lo correcto, pero ha tenido que ser difícil dejar tu empleo. El periodismo tiene pinta de ser apasionante.—Sin embargo, en mi cabeza solo tenía una imagen: la de Lois Lane, la mejor periodista de la ficción que jamás había conocido. Claro que en mi caso me fijaba en la versión de esta que aparecía en la serie Smallville. Al pensar que Eva había sido periodista antes de convertirse en camarera, no podía evitar imaginármela como esa Lois Lane. Seguramente estaba exagerando.
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Eva Waldorf el Jue Nov 29, 2018 6:14 pm

Escuchar toda esa amargura en lo que contaba Gwen era terrible. Ella había hecho lo que tenía que hacer, no era plato de buen gusto, pero no tenía más alternativas. Entendía que no se sintiese orgullosa del ascenso ni de la medalla, pero luchaba por su vida, por seguir aparentando para ser de utilidad. Eva no soportaba la idea de que alguien tuviese un mal concepto de ella, como podía pasarle a Gwen, vivían tiempos espantosos y sobrevivir se había convertido en lo primero, aunque ello se llevase por delante tu conciencia y toda tu moralidad. No había más.

Quizá había sido frívolo por parte de Eva catalogar su vida de aburrido, cuando era cierto que podía considerarse afortunada por no pasar miedo por nadie más que por ella misma, bueno... y por Leo ahora. pero tampoco sabía cómo definirla, porque en comparación con la vida de muchos fugitivos u otras personas que debían defender su tapadera, pues era una vida monótona y en calma, por suerte.

Se sorprendió al ver que de todo lo que comentó de pasada, lo que más llamó la atención de Gwen fue el tema de Ezra. Era una de las pocas veces que le había mencionado en voz alta desde que fuera encarcelado, su sola mención era peligrosa. El día que se enteró de que había sido apresado se le rompió un pedacito de corazón, no conocía a otro más bueno y noble que Ezra, y no quería ni pensar en lo que estaría sufriendo allí dentro, si es que vivía aún.

- No es un tema del que me apetezca mucho hablar, se llama Ezra... I. Ezra Sullivan. - Sólo mencionarlo hacía que le costase respirar hondo, como si tuviese una piedra sobre el pecho. - De repente dejó de ir a la redacción a darme sus fotos, y me enteré de que había sido apresado. Fue una mañana infernal en la que no sabía dónde meterme para que mis jefes no sospechasen de nuestra buena relación. Estaba rota y tenía que aparentar indiferencia. - Parecía que hubiese pasado ayer... El sentimiento de opresión casi era real. - Si pudiese coger a quien le capturó y encerró, no sé de lo que sería capaz. - Esa era una idea que Eva temía, ya que no quería descubrir lo cruel y vengativa que podría llegar a ser. Quizá luego no podría perdonarse a sí misma.

Se hizo un breve silencio. Gwen acertaba al decir que había hecho lo mejor que podía hacer, sentía mucho haber dejado su pasión de lado, pero escribir sobre crímenes todos los días la estaba matando por dentro.

- Sí, el periodismo siempre me ha apasionado. Si lo dejé fue porque era incapaz de seguir escribiendo atrocidades. Además mi jefe no me quitaba el ojo de encima, mandaron seguirme y empecé a temer por todo aquel que se cruzase conmigo, aunque fuese de forma accidental. - Era curioso como, al pensarlo, no recordaba haber temido por su propia vida, sino por su entorno. - No sé si Ezra seguirá vivo. Después de tanto tiempo casi que espero que no, por su bien.

Aquello la había dejado apesadumbrada, remover todo aquello era duro, pero era necesario contarlo para que la gente no se hiciese una idea errónea de ella. Estaba harta de parecer una chica inconsciente y poco responsable, que apenas sabe lo que es sufrir, cuando nada más lejos de la realidad, para desgracia de Eva.
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Gwendoline Edevane el Vie Nov 30, 2018 12:50 am

El nombre que Eva me dio no me sonaba, lo cual no me extrañó: por lo que contaba la mujer, su compañero no había pasado nunca a formar parte de la lista de fugitivos, ni había tenido un cartel de ‘Se busca’ con su foto empapelando las calles del Londres mágico. Con toda seguridad, habría dado con sus huesos directamente en Azkaban o en el Área-M, dependiendo de su pureza de sangre.
Sin embargo, escuché la historia de Ezra y Eva, quien a pesar de no querer hablar demasiado del asunto sí que dijo algunas palabras. Quizás fuera su forma de sacarse algo de dentro que le dolía desde hacía tiempo. Podía empatizar con ella en ese sentido. Le dediqué toda mi atención, con una expresión resignada en el rostro: así era el mundo en que vivíamos. No podías tener amigos sin temer que estos terminaran en una celda en algún momento, ni podías ser tú misma por miedo a acabar encerrada tú. Un mundo asqueroso donde los hubiera.
Rota aparentando indiferencia, pensé, recordando a cierta Gwendoline Edevane del pasado, que había vivido en aquella misma piel desde el momento en que todas las personas que le importaban le fueron arrebatadas sin piedad. Primero fue Sam, luego fueron mi madre y Beatrice Bennington… Ni siquiera Kyle Beckett se había librado de ser perseguido como un maldito animal.

—Si estuviera en tu misma situación, créeme que pensaría lo mismo.—Confesé. Quizás la Gwendoline de hace un año no habría sido capaz de formular aquellos pensamientos, pero aquella era una Gwendoline que vivía con los ojos vendados. Sí, cierto, había tenido que vivir la pérdida de una madre, quien terminó encerrada durante los primeros días del nuevo gobierno. Pero para nada podía compararse conmigo: yo había presenciado la auténtica crueldad, en primera persona, cuando Sam me mostró sus recuerdos de la brutal tortura física a la que la habían sometido Vladimir y Zed Crowley, y la tortura psicológica bajo la que había vivido los años que Sebastian Crowley la había tenido prisionera del juramento inquebrantable. Lo que haría yo con esos malditos Crowley si no estuvieran muertos, pensé.—Pero bueno, se supone que no debemos pensar como piensan ellos, ¿no? Que debemos mantenernos humanos.—Mientras tanto, ellos hacen daño a nuestros seres queridos, o los matan, o ambas cosas.—Lamento que tuvieras que pasar por algo así… Por lo que cuentas de él, parecía un buen hombre.—Concluí, y si hubiera tenido una copa con alcohol delante en lugar de un café, habría propuesto un brindis a la salud de Ezra. Y la de mi madre. Y la de Noah Beckett. Y la de todos aquellos que estaban encerrados, o muertos a menos de este mal llamado nuevo gobierno.

Al parecer, a Eva le había pasado con el periodismo un poco lo mismo que a mí me estaba ocurriendo con mi empleo: que tarde o temprano, había empezado a ver más cosas negativas que positivas en éste. En el caso de Eva, escribir sobre tragedias—y seguramente tener que maquillarlas para que parecieran triunfos del gobierno—había sido lo que había terminado haciendo mella en su ánimo. Y, como colofón, su jefe parecía ir pisándole los talones en una suerte de caza de brujas, valga la redundancia.
Concluyó su explicación con una confesión que… debo reconocer que comprendía bien. A veces—muy pocas veces, no me permitía pensar demasiado en ello—me encontraba a mí misma preguntándome qué sería de mi madre, y pensando que, con suerte, ya habría muerto. Suerte para ella, puesto que su vida dentro de aquel lugar debía estar siendo lo más parecido al infierno sobre la Tierra. Me odiaba mucho por aquellos pensamientos, y trataba de suprimirlos. Después de todo, muchos preferían aferrarse a la esperanza.
¿Pero qué clase de esperanza podía tener alguien en un lugar así?

—¿Y estás segura de haber conseguido librarte de los perseguidores de tu jefe?—Pregunté, obviando el tema doloroso en que no quería meterme, ni siquiera para reprochar a Eva un deseo que yo misma había formulado más veces de las que me gustaría reconocer.—Porque si hay alguien siguiéndote, y tienes algún dato sobre él, puedo investigarle un poco. Tengo acceso a los archivos del Ministerio, y con mi experiencia como desmemorizadora, podríamos solucionar el problema.—Si lo había, claro. Quizás el antiguo jefe de Eva hubiera desistido a la hora de atraparla.

Sin embargo, a mí me resultaba algo poco probable. Si yo fuera el susodicho, intentaría seguir teniéndola controlada. De esta manera, si cometía un desliz, podría entregarla al gobierno y, o bien congraciarse con ella, o bien cobrar una jugosa recompensa. O bien ambas cosas. Sería un plan muy inteligente.
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