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Primer modelo: Strigidae || FB || Priv.

Melissa Masters el Lun Sep 03, 2018 12:03 am

3 de enero de 2001


Alguien caminaba a paso apresurado  por el Callejón Diagon. Se trataba de una mujer de unos veintiséis años, pero su corta estatura, su delgadez y su palidez extrema sumados al hecho de que llevaba un vestido y un abrigo demasiado grandes para ella sólo la hacían ver como una niña. Missy miraba al frente con una fijeza tal que más de uno habría afirmado que la “niña” debía de tener algún tipo de problema mental: no estarían del todo equivocados, pues Missy había recibido su alta del ala psiquiátrica de San Mungo sólo el día anterior,  tras largos seis meses que trataron no con demasiado éxito de arreglar aunque sólo fuera el daño que el Maleficio Imperius y una breve pero significativa estadía en Azkaban habían ocasionado. Los medimagos la juzgaban lo suficientemente sana de nuevo como para reintegrarse a la sociedad, siempre y cuando su hermano –su apoderado legal temporal– chequeara regularmente en ella; no negaban su paranoia y sus bruscos cambios de humor, pero admitían que aquellas eran consecuencias menores y hasta generosas considerando por lo que había pasado.

Nadie –y en especial menos su hermano– mencionaba la muerte de su esposo ni la desaparición de su hija, ni la consecuente e innegable depresión que ambos hechos le traían. Lo peor, no obstante, era que ella misma se encontraba incapaz de verbalizar, incluso en ocasiones de hasta pensar en ello: una garra helada le atenazaba el estómago y le inmovilizaba el pensamiento cuando quiera que su mente intentaba rememorar sus rostros, y en las raras ocasiones en las que juntaba coraje –¡coraje, ella que nunca le había temido a nada!– para preguntar a su hermano al respecto, su voz moría en su garganta. Algo no estaba bien, algo no estaba bien en ella. Como si los últimos seis meses de aislamiento no hubiesen sido para ayudarla a sanar, sino en realidad lo contrario.

Como si en los últimos seis meses su hermano hubiese estado jugando con su psiquis, estirándola e intentando manipularla a su voluntad, perfeccionando su control sobre ella como sólo el verdadero ejecutor de la Maldición Imperius podría hacerlo. Pero claro, Melissa no sabía nada de eso, al menos no de manera consciente.

Pero sí intuía algo muy elemental: un peligro inmenso la perseguía lentamente, tortuosamente, como un predador especialmente sanguinario persigue a su presa, y si acaso ella quería contraatacar algún día primero tenía que encontrar la mejor manera de esconderse. La idea había llegado a ella el día anterior, cuando por fin pudo regresar a su casa, en donde afortunadamente no encontró las pertenencias de su esposo y su hija –su hermano se había ocupado generosamente de ellas– pero sí sus viejos libros. Al hojear su viejo volumen de Transformaciones de tercer año no tardó en encontrar un capítulo especialmente interesante: la Animagia. Quien pudiese adoptar la forma de un animal no sólo podría pasar desapercibido por los dementores; las posibilidades eran incluso más vastas que eso. Si ella conseguía el prodigio de convertirse en una animaga a espaldas de quien fuera que la estuviera amenazando tendría un gran modo de esconderse. ¿Y si acaso conseguía transformarse en un animal cotidiano, excesivamente común, quizás incluso similar a uno que ella poseyera como una supuesta mascota? Las posibilidades eran muy remotas, dado que por lo que tenía entendido una bruja no podía realmente escoger de un modo activo el animal en el que se transformaría sino que éste sería un reflejo de sus características personales, pero quizás había una manera de influir de alguna manera en un posible resultado. Quizás, si estudiaba a conciencia una selección de animales especialmente convenientes –cotidianos– y se rodeaba a lo largo de los años de ellos, sólo quizás, eso tendría algún tipo de incidencia.

Era un mejor plan que simplemente esperar de manera pasiva a que él hiciera lo que deseara con ella. Era una manera de defenderse. Y era también una manera de mantener su mente apartada de ellos, pues bien sabía que la animagia era un prodigio que le tomaría años desarrollar.

Missy sonrió súbitamente al notar la fachada de la tienda que había estado buscando: El Emporio de la Lechuza. Su sonrisa se acrecentó al notar a un par de niños de once años escogiendo lo que parecía ser su primera noticia. Ah, recordaba esa sensación muy vagamente, pero la recordaba. Permitió que sus ojos azules vagaran por sobre los animales en exhibición, pero fue cuestión de de segundos antes de que se detuvieran, fijos en una lechuza del tipo estrígido, con plumaje marrón y blanco. La lechuza le devolvió la mirada y ella asintió.

Tú.

Y así fue: esa lechuza sería el primer animal de una tradición que perduraría por más de una década.


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