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Howlin' for you [Scott Gray]

Abigail T. McDowell el Vie Jun 13, 2014 12:19 am

Aquel día había sido de lo más estresante. La estúpida de mi ayudante era más novata que nadie, era lenta, sorda e imbécil. No era difícil cumplir una orden directa de menos de cinco palabras. “Muévete tu culo de ahí” y el “porque estorbas” me lo ahorraba porque siete palabras pueden ser demasiado para su corto cerebro. Le mandaba a hacer las cosas y volvía a la media hora con preguntas sobre el mandato que le ordené hace treinta minutos. ¿Acaso no puede preguntarme las dudas en el momento? No, tiene que ver si su estúpida capacidad da para resolver los problemas por sí misma. Al final tuve que hacer yo casi todo el trabajo. Por suerte el Ministro me había confiado la tarea de enseñar a la chica, por lo que si no servía no dudaría en decírselo al viejo, el cual seguro que no repararía en ponerme a otro con algo de experiencia. No pedía un experto, simplemente alguien que pudiera llevar un expediente en una mano, otro en la otra y dar cada uno a la persona correcta.

Aun recuerdo esa conversación tan sumamente inútil que tuve con ella cuando le tendí un informe en dónde ponía por fuera: "Destinatario: Jefe de Departamento de Misterios".

¿Y esto a quién se lo doy?
Al jefe del Departamento de Misterios y éste otro al de Aurores.
Pero... ¿Y si no están?
Se lo dejas a su secretaria. Y si tampoco está, lo traes de vuelta.
*Minutos después, vuelve con AMBOS informes*
¿Dónde está el departamento de Misterios?
Tú serás un puto misterio como no espabiles, lerda de mierda...
¿Tú fuiste Hufflepuff, verdad?
¡Sí! ¿Cómo lo sabes?
Y encima lo dice toda feliz... No es algo por lo que estar orgullosa...
Intuición femenina.

Salí del Ministerio a las seis y media de la tarde, por culpa de todas las cosas que tuve que poner al día. Era jueves, un día normal y simple en dónde nunca pasa nada fuera de lo común. ¿Qué pasaría el resto del día? Iría a mi casa, me ducharía, escucharía música mientras leo papeleo del trabajo y tras cenar me acostaría sin mucha acción. Estaba cansada por culpa de todo el día en el trabajo y gracias a Dios que desde hace años que uso día a día tacones o ahora mismo tendría los pies hechos polvo.

Tras despedirme del Ministro de Magia, el cual aún estaba en su despacho en una importante conversación mediante Red Flú, subí a la planta principal y salí por la entrada de invitados, ya que pretendía ir a comprar algo a ese italiano tan rico de la esquina antes de llegar a casa, ya que no tienen envío a domicilio. Estos muggles no saben aprovechar las ventajas del servicio a domicilio, ese restaurante vendería mucho más si tuviera servicio a domicilio. Esperé a que bajase la cabina telefónica y me metí en ella, subiendo lentamente hacia arriba hasta que un pequeño rayo de sol, que se colaba entre todas las nubes grises, me iluminaba, cegándome después de estar todo el día encerrada entre cuatro paredes. Necesitaba relajarme y vaguear tranquilamente para mañana poder soportar a la nueva imbécil sin caer en la tentación de librarme de ella con un Avada Kedavra. Salí de allí y me acerqué a la acera, mirando a ambos lados a la espera de que no viniera ningún coche para cruzar.

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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Jun 13, 2014 1:54 am

Había pasado la noche en vela investigando algunas cosas, esos seres que iban a por mí. Los había visto algunas noches pero no fue hasta hace un par de días que me atacaron. Aún llevaba una venda en la muñeca después de que uno de ellos me hiciera un corte ahí. La sangre no era algo que me asustara pero la zona donde me habían herido sí, ahora tendría una cicatriz ahí de por vida que parecería que había intentado suicidarme en algún momento de mi vida. Por suerte, gracias a mi don de regeneración no había sido tan grave, pero prefería ocultarlo por ahora.

Llevaba días sin ver a Abi, por culpa mía que había desaparecido de nuevo. Cuando me viera podía reaccionar de dos formas, o alegrarse al verme de nuevo o arrearme un puñetazo por volver a irme sin decir nada. Cada cual tenemos nuestras manías y la mía era desconectar cada x tiempo del mundo. En parte lo que tenía con Abi también me asustaba. Y no sabía que teníamos ahora mismo, pero si fuese a mas no me importaría y me venían los recuerdos de Hogwarts. A veces me gustaría volver a esos tiempos, donde mi mayor preocupación era a quién iba a fastidiar y como arreglármelas para que no me pillaran. No iba a contarle nada sobre los que me perseguían, pero tarde o temprano tendría que hacerles frente y la cosa podía no acabar muy bien.

Saqué las llaves del Impala y abría la puerta, enseguida la música empezó a sonar a todo volumen, así es como mi coche me recibía. Quería sorprenderla apareciendo de repente y si la hacia reír me libraría de una hostia. Pisé el acelerador y me dirigí hacia su trabajo. Una vez allí me limité a ignorar las miradas curiosas de algunos magos. En verdad lo entendía porque mi coche era una pasada, así que era normal que babearan al verlo. Subí la música justo cuando empezaba a sonar the eye of the tiger. Hace años sorprendí a Abi de la misma manera. Me recosté un poco en el asiento y cuando la vi a lo lejos empecé a cantar levantándome poco a poco. Salí por la ventana y me senté encima del techo. https://www.youtube.com/watch?v=QDV22CVE9sE

Empecé a reír y me acerqué para agarrarla de la cintura y besarla con fiereza mientras la abrazaba. Luego me separé y esperé su reacción.

- ¿Que te parece si tu y yo nos vamos por ahí en mi coche como en los viejos tiempos? ¿Que me dices pelirroja? -le guiñé un ojo.

Spoiler:
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Abigail T. McDowell el Vie Jun 13, 2014 12:25 pm

Yo no era muy crítica a la hora de acostarme con un tío, buscaba masculinidad, sex-appeal, experiencia y simplemente testosterona. No me gustaban los tíos que se las daban de gracioso, tampoco los típicos misteriosos que se creen que ignorándote consiguen llamar tu atención. A mí si me ignoran, pueden irse a tomar por culo. Sin embargo era curioso, si conociera a Scott a estas alturas sin haberlo conocido de antes, probablemente le hubiera mandado a la mierda hacía ya tiempo, ya que es el típico que ahora mismo me repugnaría. Pero hablemos claro, le conozco desde primero de Hogwarts y hemos crecido juntos. Sé perfectamente cómo es. Sé que si me ve un día, probablemente no lo vea hasta dentro de tres semanas. Sé que si un día lo hacemos, no significará nada, ya que al día siguiente lo más seguro es que desaparezca. Puede parecer que me importa, pero no es así. Scott fue mi primera pareja, bueno, hablemos claro, la única pareja “seria” que he tenido, por lo que inevitablemente, cada vez que estamos juntos recuerdo aquellos tiempos en Hogwarts. Me vuelvo nostálgica, pero me alegro de no seguir con aquello. Allí éramos unos estúpidos inmaduros con sueños como ambiciones. Ahora estábamos en el mundo real y personalmente no me veía para nada manteniendo una relación como en aquellos momentos en dónde mi máxima preocupación era no ser pillada a deshora por los pasillos mientras me enrollaba con él, o no ser pillada duelándome con algún imbécil. ¿Eso que supondría? ¿Dos días de limpieza intensiva? Si ahora me pillaban cualquiera de las muchas cosas que oculto, probablemente todas me llevasen a Azkaban. No estoy como para lidiar con ningún chico y mucho menos con él, que ambos sabemos que juntos sólo hacemos locuras.

Cuando la música de un coche se sube demasiado, algunos pasos a mi izquierda, me giro para saciar mi curiosidad y sonrío al ver su coche, ese tan reconocible coche. No porque me alegre de verle, sino porque sigue siendo tan idiota como siempre. Esa música parecía ser su favorita y ese numerito también. Me mantuve quieta en mi posición, negando con la cabeza cuando salió por la ventana y se sentó en el techo para terminar con la escena. Él se puede sentar en el techo y siempre se queja cuando yo me apoyo en el capó…

Cuando la canción se terminó, se acercó hasta mí para besarme, mientras me abrazaba por la cintura. No opuse resistencia, es más le besé tan apasionadamente como él a mí. Sin embargo, le mordí el labio inferior un poco fuerte cuando fui a separarme. Tenía ganas de preguntarle que si se creía que yo era su compañía anti-aburrimiento, o más bien, su polvo anti-aburrimiento. Pero eso me convertiría en una chica a la que le importa su compañía y me negaba a ser esa chica. Yo disfrutaba y era feliz y él disfrutaba y era feliz. Punto. Decidí contestar a su oferta que, lejos de no apetecerme, creía que era la mejor manera de superar la mierda de día que acababa de tener. Además, no podía negarme si me llamaba “pelirroja”. Le coloqué el cuello de la camisa mientras le miraba casi a la misma altura. Por regla general el me saca como mínimo una cabeza debido a mi estatura, pero con tacones como los que suelo llevar, eso ya no pasa.

Sabes donde vivo y me vienes a buscar al trabajo… ¿Me echabas tanto de menos? —sonreí pícaramente—. En los viejos tiempos me llevabas a sitios insólitos en dónde nos rodeábamos de nada y a la vez todo era nuestro. Te va a costar encontrar un lugar a la altura que no conozcamos —le di un golpecito en el pecho y caminamos hacia el coche. Le sigo con la mirada en lo que rodea el coche para meterse en el asiento del conductor, después abrí la puerta del copiloto y me metí en el interior—. Aunque antes deberías alimentarme, llevo desde las doce y media sin comer nada y sabes que si tengo hambre soy más insoportable que de normal.

Le advertí. No era muy fan de los coches muggle, pero lo cierto era que tenían muchas utilidades y ya que sólo los utilizaba para los eventos importantes del Ministerio, no estaba de más montarse en el de Scott. Además, él me había enseñado a conducir en ese mismo coche (menos mal que existe el reparo o hubiera dejado de hablarme cuando me choqué contra aquel poste), por lo que en ese coche habían pasado muchas cosas.

¿Dónde te has metido todo este tiempo? —le pregunté después de arrancar el coche. Podría haber añadido algo más, pero supongo que él sabría qué contarme y qué no, ya que normalmente me toca insistir en que me lo cuente y me terminaba cansando. Y hoy no tenía especial ánimo en insistir si prefiere guardárselo.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Miér Jun 18, 2014 2:29 am

¿Abi molesta porque había desaparecido? Eso era algo típico en mí. A veces pensaba que podía molestarle el que apareciera un día y luego me marchara sin dar explicación ninguna. Pero yo era así, ambos lo éramos. En Hogwarts no nos dimos ni una sola explicación y no creo que esta fuera la primera. Si algo teníamos en común Abi y yo es que huíamos como ratas cuando oíamos las palabras "compromiso" "pareja" "amor". Toda mi vida he sido un mujeriego y me gustaba serlo. Pero si es verdad que ella era distinta, me daba ese bienestar que ninguna podía lograr llenar en la vida. Cada cierto tiempo necesitaba verla, caminar moviendo la cintura de esa manera suya que tanto me gustaba, oírla mandar a sus empleados e incluso verla gemir cuando nos liábamos. Era algo único.

Escuché sus palabras. Abi y yo siempre habíamos necesitado poco para pasarlo bien y sentirnos a gusto, no quería que fuese algo que perdiéramos. Por ello tenía algo especial para ella. Sonreí ladino y acerqué mi mano a su mejilla para luego besarla de nuevo. ¡Sabía a gloria! Le guiñé un ojo y entré en el coche.

- Soy tu salvación. Y todo un caballero! He venido a recogerte al trabajo y voy a llevarte a cenar a un sitio que te va a encantar. o es la primera vez que lo ves, pero hace mucho que no encontraba nada así y creo que te gustará. -

Yo mismo había construido esa cabaña día tras día para ella. Pero no iba a decírselo, quedaría demasiado ñoño, mejor que creyera que la había encontrado y la había ocupado. Sabía que siempre había querido tener algo así y con tanto tiempo libre como disponía, no había sido problema. Cerca tenía el río y era lo que vería cuando se levantara por la mañana y también me agradaba el saber que la podía encontrar ahí, que ese podía ser una especie de sitio de encuentro. Aunque sabía que no iba a dejar su casa de lujo para venir a una construida en un árbol.

- Sabes que soy dado a desaparecer. Siempre necesito hacerlo. Marcharme, desconectar de todo, aunque luego siempre acabo volviendo por ti. Eres la única razón por la que ahora estoy en este sitio. -le sonreí- No sé como explicarte el motivo de esta ausencia, por lo que creo que es mejor que lo veas por ti misma. Aunque me alegra ver que me has echado de menos, pero tranquila Scotty ya a vuelto. -bromeé.

La notaba a la defensiva. Pero esperaba que volviera a ser la alocada Abi dentro de poco. Odiaba verla vestida con la ropa del trabajo por lo que agradecí, que no fuera tan estirada y repipi como la última vez que la vi. Aceleré para llegar cuanto antes. Hoy iba a ver a un Scott algo nuevo, pero el de siempre seguía estando por supuesto. Iba a sorprenderla y esperaba que no saliera corriendo, cosa que podía pasar y estaba mentalizado. Aparqué cerca del lago y la casa del árbol. El sitio en si estaba alejado de la civilización y habia tomado atajos para llegar. Además ya había hecho un camino para poder venir con el coche si era necesario. Bajé del coche y le abrí la puerta con una sonrisa. Aún no podía ver la casa. Teníamos que caminar un poco mas. Pero iba a dejar el coche ahí.

- Sabes Abi. Este tiempo he estado pensando muchas cosas y además, me a pasado algo. Si me lo hubiesen dicho seguramente me habría reído, pero al pasarlo yo mismo, es todo muy raro. Sé que dije que trabajaría en el Ministerio, pero yo soy un lobo solitario, no me gusta ir a un sitio a trabajar donde hay miles de magos yendo. No es algo que quiero para mi. ¿Que como vivo? Tengo mis contactos. No voy sobrado pero me basta. Estos últimos días recordé algo que me dijiste hace mucho en Hogwarts. De hecho, a las pocas semanas de salir. Te dije que cumpliría y lo tendrías y tras años he podido cumplir. -le dije para luego tomarla de la mano.

Llevé mi mano a su pelo y lo solté dejando que su melena se esparciera. Empecé a reír porque la escena estaba siendo rara y era la primera vez que hacía tal cosa en mi vida. Puse con suavidad mis manos sobre sus ojos y caminamos unos pasos mas. Me acerqué a su oído y le susurré.

- Siempre me a encantado ver tu lado salvaje y opino que vivir aquí te pegaría muchísimo. -

Retiré mi mano y dejé que viera la casa junto al lago. Aún había algo mas, pero eso se lo explicaría mas adelante. Me apoyé en un árbol que había cercano, poniendo pose de tío duro. Y la observé esperando ver su reacción.
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Abigail T. McDowell el Sáb Jun 21, 2014 3:56 am

Odiaba las sorpresas. Eran lo puto peor. No sólo te dejaban con la intriga, algo que ya de por sí es insoportable para la gente condenadamente impaciente como yo, sino porque, por mi parte, no podía dejar de pensar: ¿Y si no me gusta, cómo reacciono? La verdad es que no me gustaban lo más mínimo, siempre había sido una chica que si vivía sin sorpresas, era mucho más feliz. Durante el camino a esa “tan esperada” sorpresa, estuve incómoda. No por nada en especial, simplemente por el hecho de tener una sorpresa. ¿No hubiera sido perfecto que me viniera a recoger, pidiéramos unas pizzas y tener sexo desenfrenado toda la noche hasta que al día siguiente le dé por volverse a ir? “Rutinario” pero sin sorpresas… Las frases “siempre acabo volviendo por ti” y “eres la única razón de…” me hicieron sonreír, pero también incentivaron esa incomodidad por estar esperando una inminente sorpresa. Joder, en verdad si sé que me va a dar algo, tanta sorpresa ya no es…

Yo no era muy dada a romanticismos ni a cariños. No, era una maldita maceta, una piedra sin sentimientos. De hecho era de esas personas que se consideran emocionalmente inaccesibles. Por eso, en estas ocasiones es que no sabía que decir. Me di cuenta de que probablemente estuviera en ese momento de defensa personal en dónde hablo lo mínimo, actúo con cierta defensiva y demás. Odiaba que el simple hecho de sentir cosas por Scott me hiciera pensar más de la cuenta, pero es que en estas ocasiones, todavía me planteo más algunas otras cosas… Qué necesidad…

Sí, me he dado cuenta de tu imperiosa necesidad de desaparecer… —que en ocasiones envidiaba. No tenía nada por lo que permanecer en un sitio, en cierta manera eso te hacía libre. Me gustaba mi vida, pero tenía muchas esposas de las que preocuparme— ¿Echarte de menos? Un poco. Pero te recuerdo que eres tú el que ha venido y me ha esperado a la salida del trabajo. Alguien necesitaba urgentemente una dosis de la pelirroja más sexy del Ministerio. —sonreí ladeada, tras echarle una mirada.

Aparcó cerca de un lago después de algunos largos minutos de travesía en coche. No parecía haber nada útil a nuestro alrededor, así que me quité el cinturón de seguridad y tras volver a echar una observadora mirada, salí por la puerta, dejando mis cosas en el interior. Hacía una suave brisa que mecía el césped y la vegetación, pero no por la que preocuparse porque se me levantara la falda del vestido. Caminé alrededor del coche para volver a encontrarme con él; aun mi mente estaba en proceso de volverse loca para pensar qué narices era esa sorpresa. Scott se acercó a mí y me dijo unas palabras de lo más extrañas. Entrecerré los ojos, pensativa cuando nombró eso que había pasado después de salir de Hogwarts. No recordaba lo más mínimo haberle dicho nada que quisiese.

Sin embargo, no pensé durante mucho tiempo, ya que sus manos se dirigieron a mi pelo, me lo soltaron y me taparon los ojos mientras me dirigía unos pasos hacia alguna dirección. No tardó en susurrarme al oído y quitarme la mano de los ojos, dejándome ver delante de mí una perfecta y bonita casa en el árbol. Me quedé estupefacta. En shock. A cuadros. Espera, ¿acababa de hacer una casa para mí? ¿Acababa de hacer una maldita casa de madera, encima de un árbol, para mí? Pero… ¿por qué hace eso? Es decir… ¿por qué? No lo entendía. ¿Por qué se molesta en hacerme una casa, si ya tengo una? ¿Por qué le ha dado por cumplir algo de hace años que ni tenía importancia? Mi rostro se iluminó gracias a mis ojos como platos y mi gesto sorprendido. No sabía qué decir, ni qué hacer. Por un lado, una parte de mí decía que aquello era demasiado. Era un gran compromiso por su parte haberme hecho aquello y lo menos que quería entre él y yo era ningún tipo de compromiso, por lo que esa parte de mí ahora mismo tenía ganas de huir montaña arriba para seguir huyendo montaña abajo mientras hago la croqueta. Por otra parte, aunque era una insignificante parte que estaba totalmente eclipsada por la otra, me conmovía el hecho de que se hubiera esforzado tanto por un simple deseo de mi yo hace ocho años. ¿Era yo la única que veía la relación entre él y yo como algo perfecto al evitar los compromisos de este tipo? Suspiré después de unos segundos que a mí se me hicieron eternos.

Vaya… —no era una gran aportación a la humanidad, pero Scott me conocía mejor que nadie, suponía que era consciente de que en aquel momento estaba más incómoda que cualquier otra cosa—. ¿Me pega vivir en una casa encima de un árbol? Te gustará mi lado salvaje, pero apuesto que no a lo arcaico, sino en la cama. —intenté bromear, pero la verdad es que no tenía ganas de tomarme las cosas a bromas—. ¿Por qué me has hecho esto, Scott? Tienes demasiado tiempo libre, no deberías haberme hecho nada. Era una simple historia, un deseo adolescente que no tenía ni pies de ni cabeza. En ningún momento tuve intención de que me hicieras una casa de madera encima de un árbol. —¿Eran cosas mías o era lo más romántico que me habían hecho nunca? Era sorprendente lo poco romántica que había sido mi vida, pero no me quejaba lo más mínimo. Odiaba las cosas románticas.— Sabes que no me gustan las sorpresas, sabes que odio todavía más estas situaciones. Dime, ¿qué voy a hacer yo con esa casa? —podría hacer infinidad de cosas, pero en aquel momento no se me apetecía ninguna de las posibilidades.

No estaba cabreada, simplemente aquello me superaba. ¿Qué quería? ¿Regalarme algo? ¿No era suficiente con un reloj, un colgante o unos pendientes? El maldito licántropo tenía que irse por los altos y construirme una casa. Quizás estuviera exagerado, pero en aquel momento no tenía claro en dónde meterme. Adoraba al hombre que tenía enfrente, pero por mi parte no tenía ni puta idea de mis sentimientos, lo cual me gustaba, ya que tampoco me preocupaba de ellos, simplemente me dejaba llevar cuando tenía a Scott delante de mí. Sin embargo, me vi en la obligación de preguntarle que era para él lo "nuestro", ya que no pretendía tener nada serio, ni parecido a serio, con nadie. Podría decirme que actuaba como amigo, pero que me busque a otro "amigo" que construye una casa para su "amiga" y ya hablamos. Retrocedí algunos pasos, sin saber dónde meterme.

¿Qué se supone que... Olvídalo. —me corregí, ya que tenía suficiente con aquella sobredosis de afecto como para tener que hablar de la supuesta relación que tenemos.  
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Invitado el Jue Jun 26, 2014 2:41 am

Sabía que estaba incómoda y en cierto modo me parecía adorable cuando se ponía así. De los dos yo siempre había tenido mas control ante estas situaciones. Quizás porque ella siempre a sido mas fría que yo y no podía evitarlo y menos tratándose de Abi. Si me pidiera ahora mismo que le hiciera otra me pondría manos a la obra. Seguí apoyado en el árbol mirando como observaba su nueva casa. Me iba a caer una bronca bien grande, pero me daba exactamente igual. La casa estaba ahí y sino la quería, tendría que destruirla ella misma, porque yo se la había dado.

- Abi, sé que no somos los que éramos en Hogwarts, hemos crecido, hemos madurado y por supuesto ahora somos mucho mejor de lo que éramos allí. Pero siempre he pensado que esta bien recordar el pasado. Me gusta cumplir mis promesas por sin mas, no había encontrado el lugar perfecto para hacerla. ¿Que si tengo mucho tiempo libre? Obviamente sí, no me va eso de cumplir horarios y trabajar como un loco. Me gusta vivir la vida y gorronear para no moverme, también. Aún así tengo algunos asuntos que son los que hacen que pueda permitirme vivir sin trabajar. No estaré en ministerio, pero soy bueno cazando y me pagan muy bien. -

Me encogí de hombros cuando me preguntó que iba a hacer ella con la casa. Yo ahí no iba a decir nada. Sabía que podía rechazarla pero es que era algo que yo sabía que podía pasar. Abi no era como las demás, este gesto a otra chica quizás la hubiese vuelto loca, pero ella parecía molesta y eso, me encantaba. Para mí había sido un detalle sin importancia. Solo era una maldita casa en un árbol. Solo había tenido que recoger madera, tallarla y construirla y teniendo en cuenta las ventajas que tenía como licano, no había tardado ni una semana. Me separé del árbol y me acerqué a ella mostrando una sonrisa burlona.

- No te asustes Abi, esto no significa que nos vayamos a casar, ni que vayamos a vivir juntos ni mucho menos un compromiso entre nosotros. Solo me apetecía tener este gesto contigo. ¿acaso no puedo con la única persona que me importa desde hace años? Cuando necesité trabajo estuviste dispuesta a dármelo aún sabiendo como soy y arriesgándote a que acabara a hostias con alguien que me tocara demasiado las narices. Digamos que es una forma de agradecertelo pelirroja. -

A ver si así lograba calmarla y que no saliera corriendo. Escuché su pregunta y puse mi mano en su cintura para que se diera la vuelta, la miré a los ojos con una sonrisa tranquila dándole a entender que los agobios que sentía estaban de mas. Yo no iba a presionarla ni mucho menos porque a mi también me aterraba el compromiso aunque ahora estuviese algo calmado.

No iba a responderle aún, primero calmaría el ambiente y sobretodo a ella. Quería darle una sorpresa no hundirle la vida, que por su rostro parecía que había hecho eso. Me acerqué a la puerta y le tendí mi mano para que la cogiera.

- ¿Que te parece si le echas un vistazo por dentro y si no te gusta la echo abajo ahora mismo? No tienes porque vivir aquí, sé que ahora estas acostumbrada a ciertos lujos y este sitio desde luego no te los va a dar. ¿Pero sabes? Ami siempre me ayuda tener un sitio al que ir a desconectar. En el que sentir paz y poder pensar las cosas con calma. Piénsalo pero antes dame una oportunidad. -le guiñé un ojo y esperé respuesta.
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Abigail T. McDowell el Lun Jun 30, 2014 9:02 pm

Entendía que tuviera todo el tiempo libre del mundo ya que ni siquiera tiene un trabajo fijo con el que organizar su vida. No me importaba, pero tampoco le tenía ni una pizca de envidia. Entendía incluso que se aburriese en su tiempo libre y que, como detalle, pueda regalarme algo que a mí, en mis tiempos en Hogwarts, me hiciera ilusión. ¿Pero una casa? No sé qué bicho de nostalgia divina le picó a Scott, pero una casa de ese calibre, en un sitio como este, era el mejor regalo que me habían hecho en mi vida. Sin duda alguna. Quizás sólo fuera yo, quizás era mi mente llena de prejuicios, llena de negaciones y temores inútiles. Quizás era esa fobia inventada a sentirse dependiente de alguien, pero es que me aterraba el hecho de que se tomase tantas molestias en mí. ¿Eso significaba algo? Algo tendría que significar…

Permanecí callada por el simple hecho de que me relajaba ver cómo él simplemente hablaba con tanta despreocupación, como si no pasase nada. Bueno, si él no está preocupado, ¿por qué debería estarlo yo? Además, tenía razón. Yo me había tomado bastantes molestias en intentar buscarle un trabajo cuando lo necesitaba. Cierto era que al final prefirió seguir con la vida nómada que tenía, lo cual, sin duda alguna, le pegaba mucho más. Aun así, aquello me parecía una manera soberanamente exagerada de agradecerme las cosas que hago por él y es que en ningún momento esperaba ningún tipo de agradecimiento por su parte. Teníamos una relación de tanto dar y recibir que las cosas que he hecho por él todos estos años me parecían de lo más normales y sin ningún tipo de importancia. No solía nunca hacer nada por nadie, sólo por él, por lo que en parte no me importaba lo más mínimo sacarle algunas castañas del fuego cuando venía a pedirme ayuda.

Decidí relajarme, por favor… Era solamente Scott. Es decir, ¿qué iba a significar esto para él? Nada. Si él es casi tan reacio a tener ninguna relación medianamente seria como yo. Sentí sus manos en mis caderas y me giré, mirándole con una penetrante mirada. Chasqueé la lengua y negué con la cabeza.

Sí que puedes tener un gesto de agradecimiento conmigo. Pero sabiendo cómo eres me esperaba una noche de pasión desenfrenada, no una casa de madera en medio de la nada. —comenté, quedándome mucho más tranquila que hace apenas unos minutos. Solté aire y le pegué un bofetón de lo más cariñoso, de esos que son más una caricia que un golpe—. Pues de nada. La próxima vez te valdrá solo con decírmelo con palabras. No hace falta que me hagas más casas como agradecimiento. —me burlé con cierta diversión—. Además, ¿cuántas veces te he ayudado a hacer cualquier cosa? Creo que los agradecimientos están sobrevalorados.

Decidí darle esa oportunidad que me pedía. Quién sabe, quizás por dentro me sorprendiera y no fuera tan bonita como por fuera, por lo que no me sentiría tan mal. Además de que tenía que empezar a no tomarme cualquier gesto de este hombre como si fueran más de lo que son. Asentí tranquila.

Venga, vale… —sonreí como si hubiera estado insistiendo toda la tarde, cuando realmente sólo me lo había dicho una vez—. Supongo que no me vendrá mal un lugar que no sepan todos en dónde vivo. ¿Cuál es el tuyo? —le pregunté curiosa, haciendo una pausa a continuación—. Tranquilo, no iré a estropeártelo. —añadí, ya que no tenía ni la más mínima intención ni de buscarlo. Pero como lo había dicho tan convencido, asumía que ya era un lugar al que solía ir a menudo.

La verdad es que cuando tienes una casa propia, es como si fuera el sitio con más tranquilidad del universo. Vivía sola, así que mi casa era siempre igual de tranquila y relajante que siempre. Además de que me encantaba tener magia, ya que cumplía todos esos sueños de no tener que levantarme para alcanzar cosas o gilipolleces así que hacen que todo sea perfecto. Ambos empezamos a caminar hasta el árbol y había una escalera por la que subir en la parte trasera. Tenía una gran pendiente y empecé a subir yo primero, sin percatarme de que quizás la altura de mi falda era suficientemente pequeña para que mi acompañante no tuviera que usar demasiado la imaginación si venía detrás de mí. Hacía un viento considerablemente molesto, por lo que en aquellos momentos mi pelo estaba despeinado, de tal manera que todos los flecos me caían sobre los ojos.

Una vez arriba caminamos alrededor de la casa, pasando suavemente mi mano por la barandilla de madera. Llegamos hasta la puerta y desde cerca aún estaba mucho más bonita. Era madera que tenía un tenue brillo y que hacía que todo el ambiente oliese a ese característico olor a madera. Poseía un color oscuro y quedaba perfecto con el vidrio que había utilizado para las ventanas y puertas. Sabiendo lo inofensiva que parecía, el lugar lejano en el que estaba y lo oculta que parecía, podía ser incluso un buen lugar en dónde traer gente y tratarlas ilícitamente.

¿Haces los honores? —le pregunté irónicamente con una ceja alzada, refiriéndome a abrir la puerta. Antes de que la abriera, le sujeté el brazo y me acerqué a él, acercándome a su oído—. Vas a tener que venderme muy bien la casa para que me lo piense —le miré desde allí y me separé, esperando que me enseñase el interior de esa locura de regalo. Aun no me lo creía...
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

Invitado el Vie Jul 04, 2014 2:06 am

Entendía que esto para ella fuese raro, si un tío que es mi ex novio se presenta con una casa para mí, yo ya habría salido corriendo. Ni siquiera habría bajado del coche solo al oír las palabras: tengo algo para ti. En eso nos parecíamos mucho, pero también quería que me diera la oportunidad. Yo no hacía regalos a nadie, pero cuando se daba la ocasión eran los mas verdaderos. Odiaba ponerme sentimental y quedar como el típico hombre perfecto que tiene detalles bonitos. Yo no soy así. Me gustan las peleas, beber, follar y conducir todo lo rápido que pueda.

Siempre había sabido que yo no formaría una familia, nunca había tenido una y no sabría bien como actuar. Además, veía que la responsabilidad del hombre era mayor, yo debía protegerlos y si alguien se les arrimara, pues usaría mi forma licana y un visto y no visto. No había compromisos hoy. Había sido sincero. Aunque que era raro... Pues sí, bastante.

Escuché su pregunta y sonreí ladino. Mis misterios y yo. Obviamente tenía un lugar secreto, alguien como yo lo necesitaba y mas cuando se ponía la luna llena.

- El mío es una cueva. En una noche de luna mientras me transformaba caí dentro de ella, fue la transformación que mas me dolió. Suponía que uno se acostumbraba con los años, pero esa noche no fue nada fácil. Salí y eché mis carreras como siempre y al día siguiente volví a por mis botas y poco mas, porque la ropa se había roto. Decidí hacerla habitable y mas o menos vivo ahí. -

Miré hacia otro lado al darme cuenta que básicamente a veces parecía un maldito animal. Pero ser licántropo es lo que tenia, era la naturaleza. Mi error una vez fue pensar que podía controlar la naturaleza y es ella quién me controla a mí. Me encantaba la súper fuerza, velocidad y demás donde que tenía gracias a eso. Pero la manera en que ocurrió, fue algo precipitado pero muy típico de mi, pedirle a mi novia licántropa que me mordiera para serlo yo también. Era una acción que llevaba mi nombre.

La deje subir primero y aproveché para mirar su ropa interior, a lo que respondí enseñando el pulgar. Bonitas vistas. Estiré mi mano para abrir la puerta y me susurró al oído. La tomé por la cintura y le devolví el susurro.

- Esta casa se va a vender sola. Por cierto, me alegra saber que aún sigues usando ropa interior de encaje negro. -me separé y le guiñé un ojo.

No me había complicado, quería algo bonito y simple. Algo íntimo pero donde sentirse relajado. Había un par de ventanales, los había puesto de cara al lago y a la parte del bosque donde unas ramas impedían que vieran si te asomabas. Cuando entramos dejé que viera la sala de estar y a los lados estaban las camas, con una escalera que llevaba a la parte de arriba donde estaba la cocina y un baño, al que le había puesto una bañera. Iba a hablar cuando oí que alguien me llamaba.

- Señor Gray! ¿Esta ahí? ¡Señor Gray! -

Me asomé y vi a aquel niño que había encontrado en las profundidades del bosque venir corriendo con mi segundo regalo para Abi. Estiré las manos y le tapé los ojos. Con el codo hice fuerza y abrí la ventana para asomarme y hablarle al chico.

- Debías esperar a mi señal Thomas! Y aún no te la di! Súbela, vamos! -

El segundo regalo se había adelantado y Abi iba a flipar bastante al ver a un niño llamarme, se preguntaría de donde lo había sacado. Se lo contaría pero antes iba a subir al animal que correteaba al lado de Tom y que se resistía a dejarse atrapar. Baje unos escalones y lo cogí subiendo de nuevo, le hice una señal al chico de que volviera mas tarde. Empecé a notar como el sudor caía por mi espalda. Joder, esto no estaba saliendo según lo planeado. Ahora si me asustaba la reacción de Abi. Suspiré y saqué de detrás de mi espalda a una pequeña zorra de pelaje naranja

- Estaba en la cueva que te dije aquella noche, mis botas no fueron lo único que encontré... No podía dejarla allí y en cierto modo me recordó a ti. Yo no puedo quedármela pero supuse que te gustaría. -

Por favor que esto saliera bien. Que no pareciera demasiado. Solo era... joder, era complicado.
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Abigail T. McDowell el Sáb Jul 05, 2014 2:53 am

Tenía curiosidad por muchas cosas en la vida de Scott, siempre había sido un chico extrovertido, pero a la vez reservado y estos últimos meses es cuando realmente me había dado cuenta, ya que se guardaba muchas cosas para sí mismo. Yo también tenía secretos, pero debía admitir que con Scott tenía muy pocos. Era fácil hablar con él, confiaba en él y… bueno, somos muy parecidos, por lo que casi siempre coincidimos en muchas cosas. Por esa misma razón le pregunté que cual era su sitio, ya que por saber, no sabía ni dónde vivía con certeza. Cuando me dijo que vivía en una cueva me quedé impresionada de que viviendo como tal, aun conservara ese tipo y fuera tan atractivo como siempre. No me imaginaba viviendo en una cueva. No me imaginaba viviendo en una casa en el árbol, mucho menos en una maldita cueva. Suponía que eso de ser licántropo te volvía más salvaje, ¿pero tanto como para vivir como un lobo? Me parecía ilógico, él, al fin y al cabo, nació siendo humano. ¡Es un maldito humano! No sabía ni qué pensar, pero me sentía mal teniendo una cama libre en mi casa (o la mía propia, qué narices) y que él tuviera que vivir en una cama “habitable” dentro de una cueva. Ilógico y algo estúpido. Negué con la cabeza y no quise decir nada al respecto, ya que él sabría lo que hacer con su vida y con su casa. Decidí prestar atención a lo que decía de su licantropía, ya que como una simple humana, no tenía ni pajolera idea de lo que podría doler eso.

¿Incluso más que la primera vez? —pregunté sorprendida, ya que por lo que sabía, la vez más dolorosa era la primera vez. Pero vamos, todo eso por clase de Defensas de hace más de siete años—. No tienes por qué vivir en una cueva. No sé, ¿no preferirías dormir en una cama, bajo cuatro paredes, caliente y con la posibilidad de levantarte y poder prepararte un vaso de leche? —le pregunté, como si fuera evidente, pero este chico nunca dejaría de sorprenderme.

Seguía sin estar convencida de esa casa. Nada convencida, ya que no me motivaba lo más mínimo recibir semejante regalo. Me parecía demasiado para la supuesta relación de amistad que llevamos y que no me vuelva a repetir que es un regalo que me debía porque es que por mucho que sea verdad, estas cosas no se hacen. Él no parecía tener muy clara la gravedad del asunto y es que es normal, vive en un cueva. ¡Normal que no tenga clara la gravedad de ningún asunto! Suspiré tranquilamente al llegar arriba y quise despejar un poco la mente, comportándome con él con algo más de cercanía para olvidar que su intención es regalarme una casa. Su contestación fue de lo más propia de Scott y yo sonreí pícaramente. Seguramente él sea uno de los pocos tíos, o el único, que me ha visto más de tres veces con distinta ropa interior. Normalmente a los demás chicos son sólo para usar y tirar.

Entramos a la casa y lo primero que vimos era lo que parecía el salón. Era modesto, pero precioso. Joder, debería haber sido horrible. Me adentré en él para mirarlo con detenimiento, tocando todo lo que veía. Casi al momento escuché como una voz llamaba a Scott desde debajo de la casa, pero me limité a mirar a mi amigo y esperar su respuesta. No tenía ni idea de qué iba a subir ese chico, pero Scott parecía molesto por la desesperación del mismo. Yo me mantuve distraída mirando aquello y pensando si yo realmente sería la única que sentía que aquello era sumamente extraño. Me sentía hasta incómoda, ¿por qué él está tan natural?

Escucho como se acerca nuevamente hacia mí con algo sospechoso sujeto a la espalda que no alcanzo a ver. Alcé una ceja ante su mirada y se me encogió el pecho cuando veo que saca detrás de él a una pequeña cría de zorro rojo. Sus palabras me hacen sonreír ladeadamente, ya que evidentemente le recuerda a mí. Me curré lo que no estar escrito poder convertirme en un hermoso animal como ese. Me acerqué a él y acaricié al pequeño zorro. Me sentí tan incómoda en aquella situación que aquello no estaba saliendo nada bien. No quería esa casa y tampoco quería ese zorro. ¿Dónde iba a meter yo a un zorro? Apoyé la cabeza en el pecho de Scott durante unos segundos y, tras cerrar los ojos fuertemente, me separé, mirándolo. Decidí tranquilizarme, porque perfectamente podría haber perdido los estribos. De hecho, QUIERO perder los estribos y decirle que está loquísimo. Pero inevitablemente le tenía demasiado aprecio. Odiaba tenerle aprecio a la gente. Lo odiaba con toda mi alma. Pero sin embargo, es así.

Scott, me voy —dije tranquilamente, pues ya perdería los estribos en mi casa. Con lo tranquilo que veía a Scott, dudaba que perderlos allí sirviera de algo—. Si tú no puedes quedarte con un zorro, que vives en una cueva, imagínate yo que vivo entre el London Eye y el Big Ben... —ironicé tranquilamente, dándole dos golpecitos en el pecho en señal de: devuélvelo, con pesar, al bosque.

Pasé a su lado para salir por la puerta, no quería ni ver el resto de la casa. No pensaba quedármela. ¿Para qué quiero una casa aquí en la lejanía de la civilización? Sí, estaba bien para cosas ilícitas y demás. Y sí, para despejarse, pero el simple hecho de lo que puede significar me aterra. Llegué hasta la puerta y toqué el pomo pensativa. Miré hacia atrás.

¿En serio que no te resulta nada extraño? Me has regalado una casa y quieres que me quede con una cría de zorro. ¿Qué será lo próximo, decirme que estás embarazado? Scott… no sé… —dudé, apoyándome lateralmente en la puerta—. No deberías haberte tomado las molestias, no quiero nada. Se me hace demasiado raro y... no quiero estallar en histeria. Así que hablamos otro día —di por concluido. Giré el pomo, para salir por la puerta.


OFF: Elige tú. Si quieres decir algo y continuar, pues no salgo por la puerta. Si no, pues haz como que me desparezco. Eso sí, si continuamos, probablemente Abi huya haciendo la croqueta envuelta en un caparazón histérico. ¡Avisado, te lo has buscado!
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Invitado el Dom Jul 06, 2014 3:37 am

Entendía que fuera demasiado pero me empezaba a molestar tanta negatividad y rechazo. Lo había hecho porque me apetecía, y con buenas intenciones, no para que se pensara a saber el que. En su situación yo también estaría alucinando pero la creería si me decía que no era nada que nos uniera. Es decir, como pareja. Lo nuestro se acabó y fue bonito, pero no podíamos volver a atarnos, al menos no nosotros. Si con los años aparecían otras personas que lo lograban, me sorprendería mucho.

No quería nada y yo estaba quedando como un completo gilipollas. Me sentía ridículo con una sonrisa de paleto mientras sujetaba al animal y enseñaba la maldita casa que en maldito momento se me había ocurrido construir. Aunque fue mas que nada entretenimiento, no iba por otro lado pero si ella lo pensaba y con lo cabezota que era, yo no tenía nada que hacer. Pero iba a dejárselo claro. Contuve la respiración cuando apoyó su cabeza en mi pecho y me quedé parado cuando dijo que se iba. Si no lo quería, pues ella decidía. Para mí era importante, era família. Era de las poquísimas personas por las que haría estas cosas y simplemente me contentaba con tener una noche magnífica de sexo. ¡Yo no estaba hecho para nada mas que eso! Con la edad que tenía y solo quería vivir la vida y no pegar ni golpe.

- ¡Porque no puedes darme un simple gracias Scott, es bonito pero prefiero mi casa! Porque has de ponerte así, cuando sabes que yo no puedo con los compromisos tampoco. No quiero que te cases conmigo, ni quiero tener hijos contigo. Ni quiero que estemos todos los putos días juntos, despertándonos para prepararnos un vaso de leche caliente en nuestro hogar caliente. Es rutinario y no estoy hecho para vivir así. -Dejé despacio al animal en el suelo- Esto es un maldito zorro, no un hijo. Y me importas Abi, te conservo desde Hogwarts y nos llevamos bien, lo pasamos bien juntos, pero no te emparanoies con que quiero mas. Tu mundo y el mío son completamente distintos. Tu trabajar en el Ministerio y eso es algo que odio, yo trabajo haciendo todo tipo de trabajos, que créeme aunque paguen bien, no son fáciles. Desaparezco porque soy así y hace nada eras tu quien estaba molesta porque no doy explicaciones. ¿Tenía que haber empezado a pensar que me echas de menos y necesitas tenerme contigo? No. Igual que esto solo es un gesto de amistad y nada mas. -

Ella seguía con la mano en la puerta, esperé a que la abriera y de un salto bajé al suelo. Me sentía como un idiota. Si estaba incómoda, poco podía hacer yo. Si no quería la casa ni el animal porque era demasiado estirada ahora como para ello, pues tenía otra persona que no iba a hacerle ascos. El chico aún seguía por allí, le hice un gesto para que se acercara.

- Puedes quedarte con la casa y el zorro, parece que para otra persona es demasiado... -dije irónico.

Los pasos del chico subiendo a la casa no tardaron en oírse y rápidamente se coló dentro. Supuse que Abi había bajado. Me acerqué al coche y apoyé los brazos en el techo. Joder, no sabía ni que hacer en ese momento.
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Abigail T. McDowell el Mar Jul 08, 2014 12:10 am

Qué problemático era todo aquello… Él podría verlo como un simple gesto de amistad, de agradecimiento, de… yo que sé, cualquier cosa menos de compromiso. Y yo no se lo iba a refutar, él podría verlo como le saliese del mismísimo aparato reproductor, porque es que tiene el sentido de la responsabilidad ahí mismo también, por lo que no me extrañaría que el del compromiso le hiciera compañía. Entendía perfectamente lo que decía e incluso podía llegar a compartirlo, pero no era así. Yo tampoco necesitaba verle todos los días, sería incluso cansino; no pensaba casarme en la vida y lo de los hijos mejor ni hablar… El día que mi barriga crezca desproporcionalmente incubando a una pequeña Abi, me suicidaré. Pero tío… es que no me explicaba cómo no era capaz de ver que me estaba regalando una casa y una mascota. En cualquier idioma eso es más de lo que una pareja se regala. ¡Sólo somos amigos con derecho o folla-amigos como término más vulgar! Nos deberíamos regalar preservativos y aceites comestibles como agradecimiento, joder. No una puta casa. Salí de la casa y veo cómo él salta tras terminar su cabreado monólogo y queja. ¡Encima de enfada! ¡Maldita sea, encima es que se enfada! Debería enfadarme yo por su estúpida decisión de regalarme una casa y estropear lo que sea qué tenemos.

Me desaparezco sin importarme lo más mínimo si el niño que está allí es mago, muggle o un puto mono y camino rápidamente hasta dónde está Scott, que se apoyó sobre el techo de éste. No sabía ni cómo cantarle las cuarenta, pues no había manera. Si no entraba él solo en razón, aquello era demasiado evidente como para tener que explicarlo. Me apoyé a su lado, pero mi mano se apoyó en el capó, mirándole con cierto reproche.

El niño aprovechará esa casa más que yo. Y probablemente no trabaje diez horas al día y pueda cuidar a un zorro en un sitio que no sea un piso de Londres de veinticinco metros cuadrados —ironicé cabreada.

Me había cabreado porque él se había cabreado. Iba a irme tranquilamente porque sabía que aquella mierda de situación no iba a ser buena para ninguno de los dos. Lo que me sorprendía era que, para tan similares que éramos, teníamos ciertos matices —muy grandes, por lo que parece— a la hora de pensar qué es lo ideal y que es lo exagerado para hacer que una relación como la que tenemos funcione. Y joder… no era tan difícil. Sexo y diversión; nada de regalos. Si no queremos nada con el otro a largo plazo, ¿por qué simplemente no evitamos estas cosas? Vínculos y mierdas, no sirven para nada. Sobre todo teniendo en cuenta que al parecer tenemos tan claro lo que queremos. Me llevé una mano a la cabeza y me eché el pelo hacia atrás. Y he aquí el problema de estas cosas, discusiones innecesarias, momentos incómodos… No había ninguna maldita necesidad de esto. Decidí ser razonable por un momento y quise auto-convencerme de que en realidad era mi único amigo, por lo que mejor no perderlo. Ergo, mejor no volverme una loca allí.

No me molesté porque desaparecieras. Me molesté porque como bien dices, nos conocemos desde Hogwarts y me parece estúpido que me ocultes el por qué. Como si no supiéramos lo suficiente de ambos como para meternos en Azkaban, Scott —me quejé ante su “acusación” para intentar buscar “algo” de similitud en una obra mía con la desfachatez que ha hecho él. Nada que ver Scott, absolutamente nada.

Me encogí de hombros y sentí que ese sería un buen momento para bajar la cabeza y pedir perdón. Pero no lo hice, tenía mi orgullo al fin y al cabo: era Slytherin y mujer, una mala combinación si quiero pedir perdón. Además de que no tenía por qué, en todo caso él por pensar que regalarme una casa y un animal carnívoro en proceso de desarrollo era algo lógico y muy amistoso. Pero tampoco quería irme como una víbora sin corazón —qué es lo que soy, pero no quería aparentarlo en aquellos momentos—.

Me voy a mi casa —hablé después de un pequeño rato de silencio, caminando alrededor del coche para coger mi bolso que había dejado en el asiento del conductor. Justo desde enfrente de él, le miré— Vente.

Yo podía aceptar que él pensase que eso era normal y  de hecho pensaba respetarlo e irme simplemente. Pero él, si no lo entendía, debía también de aceptar que para mí que me regale eso, no es normal. Además no quería irme mal con él, porque eso significaría no verle durante a saber cuánto tiempo. Mi tono de voz de “vente” no fue de súplica, pero fue sugerentemente cómplice de unas intenciones de lo más lascivas. No sonó seductor, ni tampoco travieso. Sonó a: “acompáñame y hagamos lo que, al parecer, es lo único que sabemos hacer bien”. Evidentemente sólo necesitaba un no para desaparecerme de allí y probablemente no verle en un buen tiempo. Si decía que sí, podríamos llegar a hacer las “paces” y hacer como si nada hubiera pasado. No sabía si estaba siendo inmadura, madura o imbécil. Pero la verdad es que… no me importaba lo más mínimo.
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