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Niara Soyinka el Lun Sep 10, 2018 11:22 am

Algunas imágenes:








África, 2011.

En algún lugar, entre los límites de Ghana y Burkina Faso, entre el verde húmedo y los ríos que se deslizan bajo los pies de las montañas, hay una que destaca, alta y solitaria, circundada por el precipicio y las demás montañas, surgida de la mata densa del bosque del trópico.

Llegando a lo más alto, si uno se fija bien, hay una construcción palaciega que pareciera haber sido tallada en uno de los lados de la montaña. Una escalera descendía por un sendero casi invisible y zigzagueante hacia la orilla de un río tranquilo. Cruzándolo, un árbol con las rellenas dimensiones de un boabab maduro coronaba orgullosamente un nicho de arbustos y ramas verdes.

La silueta de un boabab encerrado en un círculo que, aunque incompleto, acababa en la figura de un guepardo con sus garras extendidas hacia delante, casi al cierre del trazo circular. Ese era el emblema de los Soyinka. El mismo, había sido grabado en la puerta del despacho del tío Merkel, por la que Niara había entrado para consultarle respecto a un particular, que la tenía pensando.

A pesar de ser una de las antiguas familias pura sangre, los Soyinka estaban divididos hacia dentro por aquellos que se declaraban abiertamente como puristas y aquellos que no lo eran. Si ella, como hija de la unión entre una squib y un muggle, había sido aceptada integrándose así en el seno familiar de los guepardos (tótem familiar), fue gracias a tío Merkel. Aunque no lo consiguió sin esfuerzo y brillante testarudez, tampoco sin apoyo.

—¡Niara, sí! Pasa, pasa—La invitó a adelantarse con un gesto impaciente, demostrativamente entusiasmado. Entrado en años, pero de una edad misteriosa e indescifrable en su rostro curtido, de trato caluroso y pausas elocuentes, ojos de niño y alma taciturna, estaba él sentado en su escritorio, a punto de encender su pipa. Niara, con cierta expectación y orgullo, le extendió una misiva—. Ya veo, esta era la noticia. Te felicito. ¿Entusiasmada por tu nuevo aprendiz? Y sí, antes de que preguntes, puedes tener invitados en la casa familiar. Es tu casa también, no se hable más.




Srta. Masters:

Gracias por considerarme. Si tiene a bien que concertemos la primera entrevista en la casa familiar de los Soyinka, la recibiré gustosa. Confírmeme por medio de esta lechuza. Espero que esté disfrutando su estancia en África.

Saludos cordiales,


Niara Soyinka
Instructora guía de animagia





©️ HARDROCK




En todas las culturas, existe el mito como construcción fantástica del origen. En África, donde la brujería se arraiga en el imaginario colectivo, tan real como la seguridad de que el sol se pondrá al día siguiente, los relatos de lo fantástico y lo maravilloso son percibidos no ya como meras ficciones sino que son creídos,  considerados verdaderos entre diversos grupos étnicos.

Entre los tantos mitos que versan sobre la historia del primer hombre, una figura muy repetida en las tradiciones orales del continente africano es la del “cambiaformas” o “metamórfico”. Ya en pinturas rupestres halladas en cavernas por explorar aparecía la representación pictórica de una “metamorfosis originaria”.

Así, la metamorfosis está tradicionalmente asociada a una especie animal que engendraría descendencia y surge con ello la creencia en el tótem espiritual como legado familiar, encarnado en el animal protector o “guía entre los mundos” de un linaje ancestral.

Entre los magos africanos, poseer un tótem familiar (la serpiente, el jabalí, el guepardo, el venado, y otros más) es lo que distingue a los brujos pura sangre de los que no lo son, de forma que el mito de la metamorfosis sirvió para justificar esta distinción de la que se sirven muchos puristas para reclamar su superioridad frente a los “Despellejados”*, una manera poco amable de llamar a los “hijos de”*.

Pero tanto dentro o fuera de los clanes de sangre pura; no como símbolo de una división pero sí de una cultura tradicionalmente ligada a la naturaleza y vinculada con su entorno, sus raíces, fruto de una diversidad unida en el ciclo de la vida; el estudio de la animagia es descrita como un “viaje personal” a través de una dimensión desconocida (la de los “espíritus”). Ya que, sostienen, existe una afinidad psíquica del alma entre el brujo y el animal que en el que se transforma.

En África y en escuelas como Uagadou, conlleva un proceso ritual que es un largo camino hacia la historia de las propias raíces y el centro espiritual de uno mismo, una meditación sobre el alma, el ser y el cuerpo, que de culminar en el éxito podría convertirse en un hito emblemático en el desarrollo personal de un brujo.

De este modo, en la comunidad de magos africanos no se habla tanto de “animagia”, sino de “teriantropía”.

La Unión Africana, junto con la Confederación Mágica Internacional y la Escuela Uagadou, ofrece un programa de seminarios especiales para extranjeros o la posibilidad de recibir la instrucción particular de animagos matriculados que se ofrecen voluntariamente para la tarea. No sólamente porque se les reconoce una maestría en el tema de la autotransfiguración, sino porque lo que para muchos es uno de los grandes secretos del continente, para los magos africanos es un legado, no ya dentro de una etnia o cultura particular, pero patrimonio de la humanidad.



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Melissa Masters el Mar Sep 18, 2018 12:32 am

Pocas cosas irritaban tanto a Melissa Masters como el tener que pedir ayuda a otras personas. Nunca había sido su fuerte, y de hecho desde sus más tiernos comienzos en Hogwarts… no, en la vida incluso, se había caracterizado por ser lo suficientemente cabezona como para determinarse a solucionar sus problemas de la manera más independiente y perfecta posible. Por supuesto, sus esfuerzos no siempre triunfaban. Había ocasiones en las que sencillamente tenía que admitirlo para sí, gritar, romper algo y finalmente aceptar que debía pedir ayuda y efectivamente pedirla. A sus treinta y seis años de edad descubrió que, si efectivamente quería convertirse en una animaga, tendría que hacer eso: pedir ayuda.

Naturalmente, solicitaría su ayuda a la persona que considerada lo más capacitada y profesional como para ayudarla propiamente. Melissa ni siquiera se planteó la posibilidad de pedir ayuda a nadie dentro del Reino Unido: si acaso conseguía desarrollar la habilidad quería que esta permaneciera como un secreto de su hermano, y los últimos tiempos habían probado que las noticias volaban peligrosamente rápido, y los secretos circulaban desprovistos de capas de invisibilidad. Además, era absurdo buscar la ayuda en casa cuando era mundialmente sabido en dónde podía encontrar a los verdaderos conocedores de los misterios más profundos de las transfiguraciones.

En África, por supuesto. Y Melissa había contactado con quien a su juicio era el heredero más talentoso de un conocido clan destacado por su talento y conocimiento mágico en lo que a transformaciones respetaba.

Bueno, la heredera. Una niña prodigio, por lo que había escuchado. Su respuesta para la joven no se hizo esperar.



Estimada señorita Soyinka:

Me siento sumamente honrada de que haya  considerado mi petición. Procedo a confirmarle nuestra entrevista, y debo añadir que en efecto África es fascinante. Pero ya me tomaré el atrevimiento de adular tan bello continente en persona.

Saludos cordiales,
Melissa Masters





©️ HARDROCK


A los pocos días siguientes, al momento pactado para la realización de la entrevista, Melissa Masters se materializó en la entrada de la casa de invitados de la familia Soyinka, espacio pactado para el encuentro. Cuidadosa de las formas, la bruja extranjera golpeó sonoramente a la puerta –es bien sabido que no es cortés aparecerse dentro de una propiedad ajena, después de todo: lo correcto para cualquier mago o bruja es llamar a la puerta y brindar la posibilidad de ser rechazado.

Por supuesto, Missy no sería rechazada. La mujer, extremadamente pálida y bastante delgada, dedicó una pequeña sonrisa a quien de ahora en más la guiaría.

Melissa Masters, un honor. Pero por favor, sólo llámame Missy.


Última edición por Melissa Masters el Lun Oct 01, 2018 5:16 pm, editado 1 vez
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Niara Soyinka el Vie Sep 21, 2018 11:40 am

Niara Soyinka era una joven bastante tranquila, de carácter reservado y maneras amables. Si intuías cierta chispa en sus ojos, tenías razón. Había en ellos todo un mundo de pasiones secretas. Que iban desde la historia a las ramas más metafísicas de la magia.

—Bienvenida Missy, te esperaba.

La invitó a pasar a través de una serie de galerías hasta un balconcito abierto al exterior, con cómodos sillones de mimbre y una mesa servida con una jarra de té helado. Dejando aparte las palabras de cordialidad, se acomodó prontamente de tal forma que tuvieran su entrevista.

No era alguien que se extendiera demasiado en la cháchara, y aunque pudiera ser tachada de poco conversadora por su determinación de ir al grano, había un aire de practicidad y firme resolución que manaba de ella. Daba la impresión de ser alguien sencilla y modesta.

—Missy, ¿qué me puedes contar sobre ti? Puedes empezar por donde quieras. Voy a querer que nos conozcamos un poco. Sé que si has elegido un instructor, es porque no desestimas los riesgos de la autotransfiguración, y eso te hace espabilada y prudente. Pero me interesará saber más sobre ti. A menos, ¿quieres que arranque hablando sobre mí, la instructora?

Decían de África que sus temperaturas podían cocinar todos tus demonios, pero allí, entre la vista panorámica del balcón y las blancas cortinas del interior, corría una brisa agradable. Estaban a kilómetros de altura entre el cielo y la tierra, pero en el punto justo del cruce de sus destinos.
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Melissa Masters el Miér Oct 03, 2018 6:33 am

Quien Missy tenía frente a sí en apariencia no era más que una niña, y era inevitable que la imagen la propulsara a su pasado, cuando ella misma era una niña de unos catorce años. Por aquella edad y en aquellos tiempos los magos y brujas en Hogwarts ya mínimamente informados acerca de la animagia, pero aún considerados muy jóvenes para dominarla. Missy misma no habría sido capaz en aquel entonces: sus padres eran muy insistentes y determinantes en el tipo de magia en el cual debía concentrarse, y la competición constante con su hermano mellizo concentraban la mayor parte de su atención; el resto de ella se revolvía en torno a hacerle la vida imposible a un cierto hijo de muggles, J- –.

No pudo recolectar más de sus pensamientos, por lo que volvió a concentrarse en la aparente niña. Sí, quizás fuera una niña, pero no había lugar a dudas de que se trataba de una pequeña prodigio en lo que respectaba a transfiguraciones, como digna exponente de su clan. Melissa estaba segura de sus méritos; de otra manera no se rebajaría a comparecer frente a ella, nada más ni nada menos que solicitando ayuda. Pero no se trataba de rebajarse si la persona en cuestión era lo suficientemente talentosa y profesional, y aunque Melissa aún tenía sus reservas respecto a la joven, también tenía un buen presentimiento. Considerado todo aquello, seguirla a través de las frescas galerías no fue complicado.

Ahora, hablar sobre quién era ella…

La chiquilla era directa, y la mejor manera de lidiar con aquello –la más eficiente– sería responder con la misma rapidez y presteza, decidió la mujer. Cuanto antes lidiaran con los aspectos más banales de su vinculación, más pronto podrían pasar a lo verdaderamente “relevante” para ella. Missy esbozó una pequeña sonrisa a la vez que tomaba asiento en uno de los sillones de mimbre, una pierna cruzada graciosamente sobre la otra.

Puedo empezar yo, soy una niña grande. Mi nombre es Melissa Masters, aurora del Ministerio de la Magia británico. Soy una mujer de treinta y seis años, legalmente viuda, y en caso de que te lo estés preguntando, no voy a discutir contigo las condiciones en las que perdí a mi esposo e hija –guardó silencio por algunos segundos, sus ojos escaneando el rostro de la joven. Era curioso atreverse a pensar que esa joven no debía ser mucho mayor de la edad que tendría su propia hija si tan solo siguiera con vida. Finalmente, decidió descartar el pensamiento y concentrarse en la razón por la cual estaba allí. Su voz, entonces, sonó inusualmente baja–. Necesito aprender a transfigurarme para poder esconderme cuando lo necesite, para sentirme a salvo. Los últimos años… Lo intenté, en secreto y sola, pero por diversas razones comprobé que conseguir desarrollar este tipo de transfiguración por mí misma y en soledad era simplemente imposible. Necesitaba algún tipo de asistencia –sus ojos brillaron, y una sonrisa ladina reapareció– y tú eras la mejor opción, tengo que decir. La más intrigante y la menos vergonzante. ¿Qué puedes decirme tú de ti, Niara? Me gustaría oírte intentar vender tu producto.
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Niara Soyinka el Sáb Oct 06, 2018 6:07 am


Se lo había dicho el tío Merkel cuando se inscribiera como instructora: te darás de bruces con el ego de profesionales adultos en muchos casos, de expertos en infinidad de campos excepto en el que tú conoces, porque te has preparado toda tu vida para ello.

Solían ser magos y brujas de posición, un empleo, una carrera. Pocos eran los jóvenes cercanos a su edad que se enlistaban en los seminarios o incursionaban en una empresa de tal dificultad. En otros sitios no era como en África, nunca como África.

Por eso, a la mención de “tú eres la opción menos vergonzante”, tuvo que reprimir una sonrisa. Eso era bueno, que fuera directa. Asintió a lo que decía y la observó atentamente. Sólo habló cuando se le concedió la palabra, sin interrupciones.

—Siento tu pérdida—Dar el pésame era una cuestión de respeto. Niara se había acomodado con las piernas cruzadas en el asiento. Había algo de monita en ella, como si al recoger los pies expresara que su sitio estaba en las alturas, colgada de las ramas, por encima del nivel del suelo. En su clara sensación de comodidad reposaba cierta calma que, si te dejabas, se te contagiaba. Centrándose en el último comentario de Missy, continuó—: En los tenderetes del mercadillo, los vendedores te ofrecen telas, collares, pulseras. Pregonan y regatean.

Esta imagen de coro y bullicio vino a ella, y la divirtió internamente aunque no lo demostrara en su expresión, muda. Miraba a Missy con unos ojos grandes, muy despiertos, que parecían reír. Los brazos le caían a los lados y unía las manos en el centro, relajada y pendiente a un tiempo.

—Yo no soy un vendedor—
señaló—. Ningún instructor debería parecerse a eso. Después de todo, lo que me unirá a ti no son los negocios. Será el tiempo compartido—Calló un instante, sólo interrumpido por el silencio del trópico—. Yo nací en África, en una comarca al sur de Ghana, cerca del río Ankobra. Allí, crecí persiguiendo bichos de ciénaga con los demás niños y trepándome a los árboles. Mis padres, Makena y Giraud, son buena gente. Me dieron un buen hogar, uno feliz.

Respeto al hogar y el lugar de dónde vienes, al que te perteneces, algo que había aprendido y a lo que se había aferrado, luego de darse cuenta que, incluso entre los Soyinka (desde la rama purista de la familia), había quiénes querrían hacerte dudar de ti misma, o lo que es peor, avergonzarte.

»A los once años, los Soyinka me acunaron en sus tradiciones y me hicieron parte de una iniciación para convertirme en bruja, y en “trotapieles”. Entre los magos, se acostumbró a llamarlo “animago”, especialmente de donde tú vienes. Pero tenemos muchos nombres. Me han entrenado para disciplinar mi magia y canalizarla de tal forma que puedo, no, te aseguro, que priorizaré tu seguridad frente al riesgo de una transformación. Tienes que saber que yo no soy mejor mago que tú, pero he recibido otro tipo de enseñanza, más afín con la manipulación interna de la magia.

Se detuvo brevemente en ese punto, para sopesar una idea en su mente.

»El talento de un mago es importante, pero no lo es todo. Los riesgos son los mismos, tenlo presente. Independientemente de cómo uses tu habilidad después o con qué fines, cuál sea tu urgencia, yo pararé el proceso si lo considero conveniente. Esto pasa, y a veces es lo mejor. Recientemente me gradué de Uagadou y me enlisté como instructor, porque pienso que otros se pueden servir de mi experiencia y espero cumplir con las expectativas personales de cada uno, pero hace no mucho di por terminada una sesión de capacitación con un estudiante americano porque, luego de hablarlo largo y tendido con él, consideré que le faltaba tiempo antes de poder controlar las consecuencias que supone la instancia final del proceso. Porque llegados a ese punto, cuando entras en contacto con las fuerzas de la naturaleza, ya no hay vuelta atrás.
     

A pesar de citar una sentencia, su voz seguía siendo tan clara y ligera como al principio, juvenil. Había ocasiones en las que ameritaba discurrir sin pausa, intentando no dejarse nada en el camino, intentando, sí.  

»Durante mi instrucción, no será mi intención entrometerme en tu privacidad, pero sé honesta. Cuánto más te abras conmigo, menos tendrás que lamentar después. La magia de la transformación no la ganas siguiendo al pie de la letra una serie de procedimientos. Sólo tú puedes conquistarla. Y ese es un proceso espiritual, que se da hacia dentro de un mago. Dices que ya has experimentado parte del proceso. Te habrás dado cuenta, habrás sentido, leves cambios dentro de ti misma. Yo te ayudaré a controlar esos cambios. Estableceremos una rutina, días y horarios, que podemos concretar hoy mismo, pero eso es aparte. En apariencia, no es muy diferente a efectuar magia con las manos, ¿has intentado eso? Si te parece, empezaremos con lo que es la instrucción básica para canalizar la magia manualmente. Esto es, para que disciplines tu magia hacia dentro de ti misma. Después de eso, podemos empezar propiamente con lo que es el proceso de convertirse en animago. Y no, no todos los instructores siguen las mismas pautas. Conmigo, es siempre paciencia y trabajo duro. Lo siento, pero. Como no puedes ponerle precio a eso, no puedo vendértelo. Sólo puedo entregártelo, y desear que tengas éxito.  
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Melissa Masters el Lun Nov 12, 2018 5:54 am

La mujer restó importancia al pésame de la joven con un gesto de la mano. No era culpa de la niña, por supuesto; era simplemente que la mujer era demasiado orgullosa como para no sentirse incómoda ante las muestras de empatía varias que otras personas podían demostrarle, mayoritariamente porque por lo general no se trataba de una empatía genuina sino de una pobre mímica, siempre fundamentada en la pena. Y la pena, qué emoción humana más repulsiva y ridícula era esa; era ridículo por alguien sentirla, y era una auténtica vergüenza estar en el otro extremo de ella, siendo el objeto de conmiseración. Missy no iba a aceptar aquello de nadie, mucho menos de una niña. No obstante, tratándose de esta joven prodigiosa en concreto, sabía que era pertinente ser un poco más flexible: la niña era muy apegada a sus costumbres y normas sociales, las cuáles probablemente sólo buscaba honrar y, además, sabía que en su caso personal las palabras no venían de un lugar de mala fe.

De cualquier forma, tenían asuntos más interesantes y urgentes que atender que sólo una sombra de la razón por la que aquella mujer estaba allí. Missy asintió aunque arqueando una ceja cuando la oyó decir aquello de que no podía ponerle precio; aquello chocaba tan ruidosamente con sus costumbres europeas y específicamente británicas. No obstante, creía poder entender a lo que se refería, más o menos: la animagia se trataba de un don o acaso de una habilidad pasada de persona a persona, pero nunca de un bien. Y entonces la pequeña Soyinka comenzó a narrar su historia y la misma historia de la animagia –a veces una, a veces otra, peros siempre las dos entrelazadas–, a lo que Missy respondió escuchando con atención, su mentón descansando sobre su palma derecha a la vez que sus ojos no se apartaban de ella. Por supuesto, oír la palabra “consecuencias” en la boca de otra persona le otorgaba una dimensión completamente nueva al asunto, la gravedad que requería. Pero Missy estaba bien informada sobre éstas, y bien dispuesta a afrontarlas llegado el caso también lo estaba.

El que tengas el sentido común de recordarme los riesgos habla muy bien de ti, Niara. Pero no debes preocuparte, soy perfectamente consciente de ellos y en total confidencia he de admitirte que todas las posibles consecuencias inesperadas palidecen al escenario posible en el que podría encontrarme de no tener éxito. Verás, estoy en necesidad de un disfraz. Y no existe mejor disfraz que una piel completamente nueva –admitió, una expresión extremadamente seria en sus ojos a la vez que observaba a la joven. Y, sin embargo, su expresión volvió a mutar en segundos: una sonrisa amplia, de dientes perlados, a la vez que la mujer se ponía de un pie casi de un salto, como si fuera ella la joven adolescente y no la mujer en sus treinta. Estaba lista para trabajar, deseosa.

De cualquier manera probablemente estoy más a salvo tratando de actuar según tu guía que con mis “hágalo usted mismo”s. En fin, qué maravilla tête à tête que hemos tenido. Ahora, ¡manos, has dicho! Estoy familiarizada con la noción, querida Niara, pero me temo que aún no puedo decir que pueda manejarme enteramente sin una varita. Sí, no obstante, domino los conjuros no verbales. Sé que no es un gran consuelo pero, dado que anticipo que mi forma animaga muy probablemente no será la de un loro o perico, tampoco lo menospreciaría –dijo con una sonrisa, balanceándose sobre sus botas en un gesto que sólo acentuaba que no era una mujer particularmente alta, ni tampoco particularmente equilibrada. Bueno, ¿qué cabía esperar? Los recuerdos traumáticos de Azkaban, la maldición Imperio e incluso San Mungo aún estaban demasiado frescos, quizás para siempre–. Vamos entonces, ponme a prueba. Dame un desafío. Lánzale un hueso a un pobre perro. O león, lo que prefieras.
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Niara Soyinka el Mar Dic 04, 2018 5:39 pm


Si necesitaba un disfraz, para qué lo necesitaba no era su asunto. Eso la colocaba a Niara, por otra parte, en una situación de confidencialidad. Se preguntó si lo que pediría de ella era también mantener el secreto. Puede que los planes se la señorita Masters fueran no aparecer en el registro. Esto era muy sencillo. Los instructores guardaban silencio por una suma dinero. Niara, sin embargo, no tenía este tipo de interés. Se sentiría retribuida si la señorita Masters se convertía en animago, y eso era todo.  

Dame un desafío, dijo ella.

La actitud implícita en ese comentario hizo que estirara una de sus comisuras en una pequeña sonrisa con un brillo de seguridad en su mirada. Le gustaba la iniciativa, la prefería a la inacción. No podía tampoco insistir demasiado en agradables tete a tete con alguien que se impacientaba con facilidad, y la señorita Masters parecía ser de esa clase de personas. Estaba muy bien. Niara se sentía preparada.

Le propuso entonces realizar una serie de hechizos básicos: transformar un fósforo en una aguja, levitar objetos, todos hechizos de primer grado, pero sin su varita. La práctica podía sacar de quicio a cualquier mago, especialmente si eran impacientes. Como instructora, tenía que estar preparada para lidiar con las diferentes personalidades que una misma persona podía tener en un solo día, entre su asombro o decepción de colocar sus expectativas frente a la realidad.

Después de todo, la primer parte del proceso era la meditación, el acercamiento para los no experimentados con el control interno de la magia, había que sentirla hacia dentro de uno mismo y canalizarla, sin la ayuda de un instrumento que en muchos casos podía llegar a ser hasta como la extensión de uno mismo, otro brazo, la varita. Esto se conseguía a base tiempo, práctica y rutina.

En su instrucción en Uagadou toda la primer parte de su aprendizaje había sido sin varita. Esta había venido después, como un accesorio, pero no como una extensión de uno mismo. Así que, en sus primeros años, Niara practicó mucho la meditación para encontrar dentro de sí misma la magia ya canalizarla. Por suerte para la señorita Masters, la meditación no era algo tan tradicional como sentarse con las piernas cruzadas y guardar silencio. Se podía hacer meditación siempre que la mente estuviera en trance, y había distintas maneras de practicar o sumergirse en ese estado de la mente. Una era el baile, otra el yoga, es decir, formas de las que se apropiaba el cuerpo en un ritmo constante.

Niara recordaba levantarse temprano en la mañana y llevar a cabo su rutina de movimiento corporal. Era una rutina sencilla. Así como las posturas del yoga trabajaban sobre los chakras, había formas de trabajar sobre los puntos en los que se concentraba la magia. El cuerpo era un vehículo, un canalizador, de esa energía que llamaban ‘magia’. Por eso, Niara se propuso enseñarle a la señorita Masters esa misma rutina, lo que también serviría para canalizar un poco su impaciencia.

Con el cuerpo exhausto y luego de un poco de relajación, le exigía que se pusiera a practicar con la magia sin varita. Para ello se necesitaba suma concentración y paciencia. Le bastaba a Niara con que su aprendiz sintiera la magia en sus venas, la reconociera y no sólo la considerara como el efecto rebote de un movimiento de varita. Era una forma de meditación, sí, en la que se dialogaba con uno mismo, hacia dentro de un mismo.

—Si puedes convertir un fósforo en una aguja—
le había dicho—. Estarás lista para que empecemos a preparar la poción.

Así fue como la citó en la residencia de los Soyinka, siempre a la misma hora, para llevar a cabo su rutina. Si bien Niara había dicho de preparar la poción en un después, ya había elaborado un almanaque con los pasos de preparación y recolección que habían de seguirse en determinadas fechas, por ejemplo, con la aparición de la luna llena. Pensaba seguir todos estos pasos con la rutina y la meditación en el medio. Además, solía preguntarle a la señorita Masters sobre los cambios que sentía en su cuerpo y su mente, a medida que pasaba el tiempo, a causa de la recitación del conjuro Amato animo animato animagus.

Niara insistía en que, una vez iniciado este proceso, el mago empezaba a entrar en contacto con su animal interior. Así que, quizá en un intento por querer hacerla sentir en conexión con el mundo animal y la naturaleza, las prácticas las solían tener al pie de la montaña que cobijaba la estructura que era la mansión de roca de los Soyinka. Allí, donde se deslizaba un río y crecía un enorme boabab entre la hierba verde y crecida. Este era un árbol robusto tallado en su tronco con figuras de animales. Niara le había explicado que aquél era el símbolo de la familia.

En un nuevo día de sumo calor, Niara, transpirada y con los signos de haberse agitado en el ejercicio, se hallaba entonces cruzada de piernas sobre la hierba, a los nudosos pies del boabab. A su lado, un animalito más bien extraño, exótico, se había acurrucado perezosamente. Tenía la delicada figura de un gato, pero ningún gato tenía un tercer ojo en la frente. La criatura solía pasearse por la casa de los Soyinka. Era mascota de Niara. En total, tenía tres de esas criaturas, que solían observarla en todo lo que hacía, y seguirla. Esa debía ser la más apegada a su dueña. Niara la llamaba Mizu.

—¿Has notado algún cambio en ti?—preguntó Niara, refiriéndose a los cambios que le había explicado que podría llegar a sentir con el hechizo de animago. También le había encomendado que prestara atención a sus sueños, porque estos podían ser interpretados.

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