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Este es mi hogar [ Lohran ]

Ada A. Vãduva el Jue Sep 27, 2018 9:55 am

El día se había presentado como otro cualquiera, nuevamente un día con esperanzas de que las cosas fueran a mejor y encontrase a Vladimir, aquel día encima había una reunión. Una reunión con una serie de compañeros del ministerio. Todo estaba hablado y, Ada, como buena inefable no contó nada a nadie. Estaba claro que el asunto no era algo que tratar con muchos, eran simplemente compañeros que trataban de tramar una nueva misión juntos para más adelante llevarla acabo. No era algo que se tuviera que realizar en la propia Londres, estaba más enfocado a recuperar un objeto que había sido robado y cuya responsabilidad había recaído en uno de los presentes en aquella reunión. Ada, como de costumbre, simplemente asistió con su fragante sonrisa sin abandonar la seriedad del asunto, pues que fuera una persona que prefiriese sonreír no implicaba que no se lo tomase con seriedad.

Finalmente estaban todos en el Ministerio, en sus puertas, todos muy confiados de que aquel Gobierno era totalmente seguro tras los pocos años que llevaban en el poder, todos lamiendo el culo, descaradamente, a los que ahora estaban en el poder. Si, las cosas no iban mal, quitando los ataques de los radicales que pasaron. Sin embargo, que las cosas estuvieran calmadas no lo era todo. — No deberíamos. — Dijo la pelirroja ante una de las frases de su compañero por el deseo de celebrar la reunión en otro lugar que no era el establecido. Sabía que aquello podría acarrear orejas curiosas por lo que iban a hablar y, como era de esperar, se opuso rotundamente. El problema estuvo cuando dicho hombre tenía más poder que ella en cuanto a influencias y el resultado fue el que el hombre quiso. Cabía destacar que era una reunión extraordinaria y por ello la opinión de la pelirroja además importaba menos, pues no era más que una novata en aquel lugar.

Y acabaron en la parte trasera del Ministerio, la pelirroja totalmente molesta y un problema por venir. Ada miraba a todos lados intentando estar en alerta de todo lo que estuviera, por la sencilla razón que estaban afuera del edificio. — ¿Te quieres estar quieta? No hay nadie. — La pelirroja bufó con bastante molestia y se cruzó de brazos mientras los demás trataban sus temas, ella ya había dado su opinión y no iba a darla de nuevo en un lugar así. Claro que no estaba en la mano de la rumana el hecho de que aquello estaba hablado y el mismo que quiso que aquello se celebrase ahí, se le había ido la lengua con un radical entre copas y la confianza por los aires en la inexistencia de sangre sucias entre ellos. Copas y el ego muy alto, una combinación que le haría arrepentirse de lo que éste alardeaba: de hacer las cosas bien...
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Lohran Martins el Dom Sep 30, 2018 2:29 pm

La furgoneta, con Alan al volante, circulaba por las calles de Londres sin llamar la atención.
No se trataba de una de esas furgonetas mágicas, encantadas para mantener la comunicación dentro del grupo radical, sino un vehículo normal y corriente, propiedad del propio Alan. Lohran viajaba sentado en la parte trasera, enfrascado en una partida de ajedrez mágico con Dan, su compañero para aquella misión.
Una partida de ajedrez mágico, por cierto, que tocó su fin en aquel momento, justo cuando uno de los caballos de Lohran capturó al rey de Dan, haciéndolo añicos.

—¡Joder! ¡Te lo dije, eso me pasa por jugar con las negras! ¡Lo lógico habría sido que las llevases tú, joder!—Exclamó Dan, agarrando uno de sus peones y lanzándolo contra las paredes de la furgoneta.

—¡Eh, ojo con romper algo ahí atrás!—Exclamó como advertencia Alan desde el asiento del conductor. Tenía en mucha estima su furgoneta.

—Eso que has dicho ha sido muy racista.—Comentó Lohran quien, sin embargo, reía divertido y estaba de lo más relajado.

—¡Que te den, tío! ¡Siempre me ganas! Seguro que es por las puñeteras piezas blancas.—Refunfuñó Dan. Ni él ni Lohran prestaron atención al comentario de Dan.

—No es por las piezas. Es porque eres predecible. Pero, si lo prefieres, puedo jugar otra llevando las negras...—Sugirió Lohran, conociendo de antemano la respuesta.

—¡Paso!—Me lo imaginaba.—Concentrémonos en la misión.

La misión que tenían entre manos no iba a ser demasiado sencilla, que digamos: gracias a una información que les había llegado por parte de un contacto dentro del Ministerio de Magia, los radicales sabían que varios empleados del departamento de misterios iban a tener una reunión. Por lo visto, por miedo a ser escuchados, habían escogido tener dicha reunión fuera del Ministerio.
A Lohran le hizo gracia el hecho de que empezase a sembrar la desconfianza dentro del nuevo gobierno, hasta el punto de que algunos no consideraban el edificio un lugar seguro para hablar. Una sonrisa se dibujó en sus labios. Finalmente, las ratas de Voldemort empezaban a desconfiar hasta de su propia sombra, y eso era muy bueno para los fugitivos.
Sus objetivos en cuestión se reunirían en una de las entradas al Ministerio, y gracias al contacto del interior, sabían dónde se reunirían exactamente. Allí entraban Lohran, Alan y Dan.

—Repasemos el plan.—Sugirió un Dan que todavía no había superado su humillante derrota al ajedrez.—En realidad no es que haya mucho plan: paramos la furgoneta, los reducimos, y los capturamos a todos. Luego nos los llevamos a una fábrica abandonada y les sacamos la información. A hostias, si hace falta.—Dan lo dijo de una manera que, más que lo que dijo, parecía querer decir ‘¡Por favor, que haya que sacarles la información a hostias!’. No era un secreto lo mucho que odiaba Dan al nuevo gobierno.

—Solo si hace falta.—Puntualizó Lohran, quien no abogaba por la violencia gratuita. Sus ojos se clavaron en los de Dan, sin aceptar mucha discusión.

—Sí, sí. Por supuesto.—Respondió Dan, sacudiendo la mano como si espantase moscas.

—¡Callaos, tíos! Que ya estamos llegando. Preparaos.—Anunció Alan desde su posición al volante de la furgoneta.

Lohran pasó al asiento del copiloto a fin de poder echar un vistazo. Tenían una descripción del grupo en cuestión, aunque no sus nombres. En concreto, lo más llamativo es que había una mujer pelirroja entre ellos. Dan y Lohran habían tenido una discusión acerca de si dicha pelirroja sería la mismísima McDowell: Lohran insistía en que era imposible que lo fuese, que dudaba que la Ministra en persona fuese a exponerse de esa manera, mientras que Dan sostenía que McDowell era lo bastante estúpida como para hacer algo así.
Suerte para Dan que no se habían apostado nada: la mujer pelirroja no era McDowell, ni mucho menos.

—Ahí les tenemos.—Comentó Lohran, repentinamente serio y concentrado en la misión. Alan detuvo la furgoneta en una plaza de aparcamiento libre, a la izquierda de la carretera.—Echemos un vistazo. Mejor no precipitarnos. Cuando nos hayamos asegurado de que no hay ningún otro mago aparte de ellos, intervendremos. Y recordad...

—Los queremos vivos.—Concluyó Alan. A Dan no le hizo demasiada gracia, pero era lo que había: aquellos empleados, muertos, no valían absolutamente nada. Lo importante era lo que sabían.

Radical 1: Dan = #2248ba | —Radical 2: Alan = #862ac4


Última edición por Lohran Martins el Lun Oct 15, 2018 11:10 pm, editado 1 vez
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Ada A. Vãduva el Lun Oct 15, 2018 1:46 pm

Tal era su molestia pasado un tiempo que no pudo evitar alejarse unos pasos más de aquella conversación, tan sólo estaban discutiendo de lo mismo y dando vueltas en bucle. Si fueran un disco, parecería uno rallado. —Me parece estúpido que estemos discutiendo esto aquí afuera, caballeros. — La mínima confianza en ellos, la había perdido. ¿Quién se le ocurría que ahí no iban a saber que estaban? ¡Estaban afuera! Resultaba prácticamente obvio que no estaban ahí para tomarse unas cervezas de mantequilla. La pelirroja estaba que se salía de sus casillas, observando todo su alrededor como una paranoica, tratando de prestar atención a todo lo que se pudiera mover, ya que poco a poco la conversación le importaba menos de lo que le importaba antes. No paraban de decirle de vez en cuando que las cosas estaban bien, que no estaban mal, que la situación estaba estable y que no habían avisado que hubiera alguien más. » Estamos protegidos « Diría uno de ellos, convencido de su palabra. » Imbécil « Pensó la pelirroja hasta el punto de querer mandarlos a todo por un precipicio.

Fue entonces cuando escuchó algo, un motor. Se tratarían de muggles pero no por ello significaba que no fueran un problema. — He escuchado algo, un motor. — Diría ella bastante seria, a la par de enfadada. — Seguro no es nada, serán meros muggles. Nada que no podamos enfrentar. — Diría uno con una voz que mostraba su gran creencia en su superioridad por ser sangre pura. — ¿Y? Hay que tener cuidado igualmente, no estamos hablando tonterías para cometer un error. — El hombre le bufó. — Estos inefables... — Fuera como fuese, Ada había sacado ya la varita por si debía hacer caer al suelo a quien apareciera por algún lado aquellos callejones. Ella no es que fuera negativa, tan sólo estaba preocupada. Había aprendido a ser discreta, no exhibirse como si nada importase más que demostrar la superioridad frente a cualquiera. Ada no sabía que iba a llegar un grupo de magos, ni idea tenía de ello, pero sabía que algo estaba por venir y se fue a investigar, tratando de no perder de vista a su grupo, sin separarse mucho.

Comprobó uno de los lados y se dispuso ir al otro lado a comprobar que no hubiera nadie en ninguno de los laterales, sin embargo un compañero le detuvo por el camino. La había agarrado del brazo con fuerza y con ello le obligó a detenerse en seco. — No voy a perder mi tiempo hablando de lo ya hablado mientras nos pueden pillar aquí afuera. ¿Quieres que nos descubran que estamos aquí? Y no hay "¿y qué?" ¿No te han enseñado a mantener las cosas en secreto. — La pelirroja estaba que en cualquier momento le saltaba al cuello hasta su propio compañero, hasta que por la espalda llegó uno que le caía mejor. — Por favor, cálmate. ¿De acuerdo? Te estás poniendo paranoica. — Fue entonces que, de un tirón, la rumana se retiró del agarre del contrario y se apartó del mismo unos metros. — No me gusta que tratemos de estas cosas afuera, no puedo callarme. Esto es una estupidez, ya lo dije.
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Lohran Martins el Miér Oct 17, 2018 3:51 am

Desde su nueva posición en el asiento del acompañante, Lohran observó con atención al grupo de magos reunidos cerca de una de las entradas del Ministerio. El brasileño apenas pestañeaba, pendiente de los movimientos de aquella gente. Y lo cierto es que hasta ese momento parecían tranquilos. Estaban enfrascados en algún tipo de conversación que, como era evidente, ninguno de los fugitivos que ocupaba el vehículo podía escuchar.
La pelirroja era, sin lugar a dudas, la más llamativa de todos los presentes. Los otros no eran más que el típico prototipo de mago del Ministerio: tremendamente afectados, tremendamente orgullosos de ser magos. ¿Había alguien que trabajase en el Ministerio en esos días que no fuese un capullo pomposo como esos?
Bueno… ella, quizás, pensó Martins, refiriéndose a la pelirroja.

—La verdad es que está buena.—Comentó Dan, quien se había asomado a través del hueco entre los dos asientos para observar la situación.

—Concéntrate, ¿quieres?—Respondió Lohran sin mirarle, concentrado en el grupo, mientras Alan guardaba silencio. Sus manos todavía se aferraban al volante.

Dan soltó un bufido de desaprobación, pero tampoco dijo nada más. Lohran consideró aquello una pequeña victoria, dadas las circunstancias. Se permitió a sí mismo curvar los labios en una leve sonrisa…
...hasta que apreció el movimiento de la pelirroja.
Y no un movimiento cualquiera, no: la mujer sacó su varita y se puso a caminar, aparentemente nerviosa. Lohran apretó los dientes dentro de la mandíbula, iniciando un lento movimiento de negación con la cabeza.

—Creo que más nos vale ponernos en movimiento.—Sugirió el brasileño, quien temía que las cosas se pusieran más tensas de lo que ya empezaban a estar. Uno de los hombres había tomado del brazo a la mujer pelirroja, pero ella no había abandonado del todo la actitud agresiva. Discutía acaloradamente con él.—Ya conocéis el plan. Yo me apareceré en una posición a sus espaldas. Vosotros me cubrís e intentáis deshaceros de alguno. Yo me encargaré de los desprevenidos.

Podía ser un plan un tanto arriesgado, a Lohran no se le ocurriría negarlo, pero era lo que tenían: sin una varita fiable con la que hacer magia, el fugitivo solamente podía contar con sus habilidades más muggles. Por suerte, era un experimentado luchador cuerpo a cuerpo.
Los demás confirmaron que conocían el plan, asintiendo con la cabeza, y Lohran se puso en marcha: se desapareció allí mismo, apareciéndose en la parte opuesta del edificio, ocultándose tras la esquina. Una vez allí esperó… hasta escuchar las voces de sus compañeros.

—¡Eh, cabrones!—Exclamó Dan con agresividad, bajando de la furgoneta varita en mano, cerrando la portezuela de golpe tras de sí. Llevaba la varita en alto, y tardó muy poco en empezar a lanzar hechizos.—¡Ha llegado vuestra hora, joder!

Espero que no se te ocurra matar a ninguno, Dan, pensó Lohran, mientras los maleficios lanzados por las varitas de sus dos compañeros iluminaban la calle. El brasileño esperó su momento, agazapado tras la esquina. Necesitaba que se enzarzasen en una batalla antes de poder meterse de por medio.
Con suerte, podría hacer aquello sin salir herido. Con suerte...
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Ada A. Vãduva el Lun Oct 29, 2018 2:24 pm

El enfado iría para bastante largo, por la sencilla razón de lo cabezota que podía resultar ella para aquellas cosas que consideraba tan importantes, e íntimas. Si, podía resultar algo repetitivo de decir: pero aquello no estaba bien de aquel modo. Además, tendría un recuerdo por algunos días por aquel agarre, pues no sólo le había dolido el brazo sino le había dejado marcado los dedos en aquella piel tan pálida y delicada, como la que la pelirroja tenía. Una vez se hubo separado del hombre, se quedó observándose el brazo con la varita en la mano, distraída por aquel momento. Los otros comenzaron a hacer comentarios, ya desviándose del tema principal. Todos estaban realmente confiados, menos ella. Ada era muy cuadrada para muchas cosas, y en temas de trabajos era lo primero. Aquello estaba mal planteado desde el primer momento, bien lo sabía. Por eso ella seguía insistiendo en aquello de hacer una pequeña ronda, aunque le seguían molestando con tonterías que no venían al asunto.

A lo que acabó dando lugar a un asalto sin aviso, pues sus queridos compañeros de trabajo no le dejaron hacer aquello que ella deseaba: vigilar. Ada le pillaba un poco lejos de todo aquello, pues los dos que asaltaron se encontraron de frente, y de lleno, con el grupo de cuatro magos que fueron sobresaltados, y a penas se pudieron defender. Aquello acabó con dos hombres en el suelo y otros dos defendiendo a los mismos, uno en el suelo ni si quiera mostraba afán de querer levantarse, como aceptando aquel momento. Ada, claramente, apuntó con su varita a uno de los otros hombres con la intención de mandarlo por los aires lejos de sus compañeros, sin conocer la existencia de otra persona más en aquel lugar. Ella no quería hacerles nada, entendió que debían de tratarse de el grupo ese al que llamaban "radicales". No tenía nada en contra de ellos, quizá sus métodos, pero sólo luchaban por su libertad, podía entenderlo hasta cierto punto.

Quizá eso fuera su principal motivo por el que no fue de manera letal hacia ellos, y siempre con la excusa de: " a las malas, si viven podemos llevarlos al Área-M", sólo si no lograban escapar. Ada no quería matarlos si la vida de sus compañeros, o la de ella, no estaba en peligro y no había otra salida. No estaba derramar sangre en sus planes. —Marcharos, estáis en el momento perfecto para retiraros sin que os pase nada, o tendré que disparar mejor la próxima vez. — Queriendo dar a entender que sus intenciones al comienzo no fueron de matarlo pero no dudaría en hacerlo de verse en la situación, mientras los otros dos hombre protegían como podían a los caídos en la sorpresa. — No tenéis necesidad de complicaros de este modo, sabéis tan bien como yo que esto fue inevitable. — Quizá no se identificase al completo con aquellas palabras, o quisiera decir más de lo que podía. Ada era completamente neutral, si tuviera que elegir no podía, aunque consintiendo aquel Gobierno ya era un tipo de consentimiento: tolerancia. Sin embargo, quería conservar su vida y su trabajo, ambas cosas al mismo tiempo y en un Gobierno como aquel.. Era complicado, para alguien que no lograba posicionarse firmemente, pero que debía mantener apariencias igualmente.
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Lohran Martins el Jue Nov 01, 2018 4:34 pm

Los radicales estaban claramente en inferioridad de condiciones, y lo estarían incluso aunque Lohran estuviese allí, en la vanguardia, con una varita decente entre sus manos, ofreciendo su apoyo.
Alan y Dan, de alguna manera, habían conseguido tumbar a dos de los empleados del Ministerio. En pie quedaban otros dos, además de la mujer pelirroja en cuestión. Resumidamente: seguían estando en peligro, y si el brasileño no se daba prisa, pronto acabarían derrotados. Tenía que actuar ya.
Se movió agazapado en dirección al grupo del Ministerio, pero no avanzó demasiado antes de comprobar cómo la mujer, quien hasta entonces no había hecho nada, arrojó por los aires con un hechizo a Dan. El violento radical dio un par de vueltas sobre sí mismo antes de aterrizar de bruces en el suelo, un par de metros más allá del lugar en que se encontraba inicialmente. Lohran maldijo en silencio, esperando que Alan no corriese la misma suerte, o incluso una suerte peor.

—¡Maldita zorra pelirroja…!—Exclamó Dan en respuesta a las palabras de la mujer, quien se mostró demasiado compasiva, por decirlo de alguna manera, para la imagen que el brasileño tenía del empleado medio del Ministerio de Magia. Dicha advertencia, en cambio, no pareció convencer a Dan, quien luchaba por ponerse en pie mientras empuñaba la varita.—¡Te voy a enseñar yo a ti lo que es inevitable!—Añadió, hecho una furia. Lohran sabía lo que venía a continuación.

Los otros dos empleados del Ministerio alzaron sus varitas con intención de cerrarle la boca a Dan de alguna forma, pero Alan saltó por delante de él y le protegió con un par de hechizos defensivos. Los del Ministerio lanzaron otra salva de hechizos, y si bien Alan logró defenderse una vez más, Lohran pudo apreciar cómo retrocedía un par de pasos, tambaleándose. Si seguían así, le tumbarían sin problemas.
¡Ah, sí! Y otra cosa: Dan ya estaba en pie, dispuesto a hacer de todo menos cosas bonitas a aquellos empleados. Lohran conocía demasiado bien a ese fugitivo como para saber que se trataba de una botella de nitroglicerina: un paso en falso y estallaría. Las consecuencias de un Dan desatado podían ser catastróficas para todos los presentes.
Cambio de planes, pensó Lohran, a quien el plan inicial no le había gustado demasiado. Ahora le gustaba aún menos: después de todo, aquella mujer había lanzado una advertencia, en lugar de lanzarse directamente a asesinar a los traidores a la sangre. Quizás también fuese una persona razonable.

—¡Bájala!—Exclamó Lohran, ya de pie junto a la mujer, poniendo su propia varita en el cuello a ésta. No titubeó, y eso que bien habría podido: si alguno de sus enemigos descubría lo poco que se fiaba el brasileño de su varita, las cosas acabarían muy mal.—Los demás, lo mismo. ¡Varitas al suelo! No quiero tener que repetirlo.—El brasileño presionó la varita contra el cuello de la mujer, dando a entender que iba en serio.

Pero… ¿iba en serio? Probablemente, no. Si podía evitarlo, prefería evitar derramamientos de sangre innecesarios. Jamás había matado a nadie a sangre fría, solamente en defensa propia, y desde luego que no le apetecía empezar aquel día, en aquel lugar, con una mujer que había lanzado una advertencia en lugar de una maldición asesina.
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Ada A. Vãduva el Mar Nov 13, 2018 5:34 pm

Aquella situación no podía ser más desastrosa porque no cabía. La pelirroja ya lo venía diciendo de hacía un buen rato que aquello no podía llevar a nada bueno. ¿Por qué narices estaba pasando todo eso? Había algo raro, ella no lo sabía. Supuso que uno era tan gilipollas como para pensar que esto había sido buena idea, pero había otros tantos más que además le apoyaron. Estaba para tirarse de los pelos la rumana, aquello no era ni medio normal. Sin embargo, ante esa situación se encontraba. Sabía que no le iba a hacer ninguna gracia que ella estuviera ahí, porque de los presentes era la más joven y, quizá, la que más reflejos tuviera en comparación a los otros, sobretodo porque los otros les subestimarían por simplemente ser radicales, ya que sus formas no mostraban otra cosa. Teniendo en cuenta lo que hoy en día estaba ocurriendo, sólo era cuestión de atar cabos como buena inefable que era. Así que las cosas estaban de parte de los recién llegado.

Sobretodo por el momento en el que un hombre apareció por la espalda de la pelirroja y le puso la varita en el cuello, todo por estar más atenta de los otros que de sí misma. La rumana chistó entre dientes, maldiciéndose a sí misma. — ¿Veis lo que conseguisteis? ¡Os lo dije! ¡No estaba paranoica! Esto ha sido vuestra culpa por actuar de manera incorrecta a las normas a seguir. — Ella estaba realmente molesta, y tenía la varita bajada, sin ser ofensiva ni mostrar tampoco en ningún aspecto que así fuera a serlo, por el momento. Ada miró de reojo para poder identificar a quien le apuntaba con la varita, y encima apretaba. Por lo pronto se quedaría con su voz, la diferencia de estatura respecto a ella y otros detalles como sus manos, su piel. ¿Tenía heridas a la vista? Vestimenta y toda clase de detalles. Podía ser una apariencia falsa, pero toda información era importante en un momento como ese. Fueran los que fueran sus objetivos, no quería morir por culpa de unos inútiles.

Carraspeó para tranquilizarse, realmente no quería ponerse de los nervios y por eso mantuvo la calma ante los ojos de él, aunque ella era una persona inquieta en todo momento, realmente. — Tú debes ser el líder de esta banda, ¿me equivoco? — Comenzó a hablar, al hombre de detrás suyo. — Se puede intuir quien tiene más peso en el grupo por sus actos, y también que tu primera intención no es matarnos, a diferencia de tu compañero. Sino: ya lo hubieras hecho, tuviste la ocasión. — Hablaba tranquila, sin mostrar ningún tipo de rencor, pues no podía tener rencor hacia alguien que sólo buscaba sus propios derechos iguales a los compañeros que tenía en el trabajo. Aunque eso no eran guerras para ella, ni quería meterse por ningún modo. — Podemos hablar, si es lo que quieres, pero debes dejar a los míos marcharse y que los tuyos también se vayan. Solos tu y yo, hablando como adultos. — Uno de los compañeros de la pelirroja querían rebatir aquello, pero sólo con el mero intento, tras haber bajado las varitas por obligación, la rumana les calló rápidamente. — Encima no tendrás las narices de meterte en este asunto cuando vosotros nos metisteis en esto. Ahora cerráis la boca y me dejáis a mí.
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