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House of Cards || Gwen

Casiopea Lyon el Sáb Oct 13, 2018 11:21 am

Viernes 12 de octubre de 2018.
Pasillo de acceso al Tribunal del Wizengamot, Ministerio de Magia.

Cuando la clase llegó a su fin, permanecí apoyada con el trasero sobre el borde de la mesa mientras uno a uno los alumnos iban saliendo como si dejaran atrás una epidemia de la peste. Alguno se despidió al salir, con gestos, palabras, sonrisas o todo a la vez, y yo les devolví la despedida de igual forma. No estaba de más ser educada, aunque la verdad es que si yo tuviera que salir antes que ellos, me iría corriendo y sin mirar atrás, porque vaya puñetera semana más agotadora. George me decía que todos los inicios eran difíciles, pero me preguntaba si esa excusa seguía valiendo cuando ya hacía un mes que habían empezado las clases. Tardarás un tiempo en hacerte con los alumnos, a lo mejor al verte jovencita te cuesta más ganarte su confianza, me decía. Sí pero no. Alguno siempre pasaba más de todo y se te subía a la chepa viendo que tenías una edad no muy distinta de la suya, pero uno: siempre me han echado años de más, y supongo que mi ropa "de profesora" (camisa, pantalones de vestir, tacones y blazer) también me hacían parecer mayor; y dos: esos mismos alumnos son los primeros que se echan a temblar y se quedan más calladitos en cuanto te pones sería un par de veces y ven que no pueden mangonearte a su antojo. Aunque veremos los pergaminos que me tienen que entregar el lunes: un caso práctico inventado con proposición, desarrollos y posibles resoluciones con sus justificaciones de cómo, por qué y en qué casos, de no menos de 70 centímetros. Y eso solo los de esta clase. ¿Cuándo llegaban las próximas vacaciones...?

El último alumno salió del aula, dejándome sola en aquel mar de sillas y mesas, colocadas en forma de paraninfo, formando un semicírculo, subiendo de altura según se avanzaba de fila, y mirando hacia la mesa de la profesora. Suspiré y me bajé de la mesa mientras colocaba mis papeles y me los iba metiendo en mi bolso, que estaba encantado para aumentar su capacidad sin que lo delatara su aspecto exterior. No me gustaba usar la magia libremente. En general, no me sentía cómoda usando la magia, así que trataba de usarla solo cuando era necesaria, y no para rascarme los pies sin tener que usar las manos. Pero para este caso era necesario, no quería tener  que comprar un bolso enorme y poco práctico solo por tener que cargar con los pergaminos de mis alumnos. Cuando terminé de colocar todo, cogí todo y salí del aula; cogí la varita del bolso y le di un par de toquecitos a la cerradura a la par que lanzaba un hechizo para cerrar la puerta de forma mágica, algo que nos invitaban a hacer, aunque no nos obligaban, al terminar en un aula. No sé qué pretendían conseguir con eso cuando pueden vandalizar los pasillos, o abrir la puerta y vandalizar también el aula, pero no iba a ser yo quien se quejara; en eso era una mandada, y más viendo que al final del mes los galeones se ingresaban en mi cuenta con total normalidad.

Al salir del recinto de la universidad, un rato después, una bofetada de aire frío me despejó. Aún no iba a irme a casa, ni tampoco a beber (que siendo viernes, debería), sino al Ministerio. Me desaparecí en una calle poco concurrida y aparecí detrás de unos arbustos, en un recoveco que había junto a la abadía de Westminster. Desde ahí, fui andando con normalidad, atravesando locales y turistas con palos selfie y maletas, hasta dar con la cabina telefónica que estaba buscando. Visitar el Ministerio no era Santo de mi devoción; no podía quitarme del todo de la cabeza la presión que sentía, como si fuera una especie de mosca masoca que decide pararse a descansar delante de una araña hambrienta, y que termina echando a volar en el último momento. La noche anterior,mismamente, que había salido el tema en casa, había tenido una mini discusión con George: según él, podía solucionarlo por carta y no era necesario que me presentara en persona en el Ministerio, donde me estaba exponiendo de forma absurda, estúpida e imprudente. No podía cabrearme con él por eso porque sé que se preocupa por mí, pero me frustraba que no entendiera que lo más importante era actuar con normalidad para no levantar sospechas. ¿Y si empezaban a sospechar que una hija de un ex-empleado de toda la vida no se pasará por el Ministerio y se conformará con enviar una carta? ¿Y si esa sospecha insulsa era el inicio de una cadena de acontecimientos que terminaba con el Ministerio descubriendo que era hija de muggles? Y peor aún: ya no era que me pillaran a mi, sino lo que podría eso provocarles a Victor y a George. Había mucho que perder, no podía sacrificarlo por miedo. Cómo llevaba muchos años escuchando de mi psicóloga, hay que esquivar las piedras del camino y seguir caminando hacia delante, aún con rodillas magulladas. Pues eso.

Al salir de la cabina-ascensor con mi chapita de visitante sobre la chaqueta, me dirigí al mostrador del Atrio, donde hicieron las comprobaciones a mi varita y me indicaron cómo llegar al tribunal del Wizengamot: mi intención era pillar a algún juez, fiscal o pez gordo y solicitarle permiso para llevar de visita a mi clase de alumnos de primer año de Derecho; era una experiencia que yo misma había vivido durante mi primer año de carrera, y había sido muy imponente en ese momento, pero genial. Además, el profesor Hogarth nos había dado la clase de ese día en pleno tribunal, todo para nosotros solos, y me encantaría poder recrear la experiencia con mis alumnos, que además los de primero son los más impresionables. Pero primero, a ver a quien veo para pedirles los permisos.

Llegué al ascensor y pulsé el botón de la planta a la que me dirigía; para mi horror, el pequeño ascensor ya estaba lleno antes de meterme y me vi empujada hacía al fondo, y traté de tranquilizar la respiración cuando noté el trasero del hombre de delante pegado contra mi cuerpo. Respira hondo, Casiopea. No, no puedo, me agobio. Y el ascensor se llena más detrás de mí. Su trasero está pegado, lo noto. No puedo. El corazón se me aceleró. No puedo. No puedo. No puedo. Más gente. No puedo. Quiero salir. Dejadme salir.

-¿Señorita, se encuentra bien?

Giré la cabeza hacia mi derecha, donde una mujer mayor, de pelo gris canoso y ojos amables, con un broche de una libélula en la solapa de su chaqueta, me miraba con preocupación.

-Estoy bien, gracias.- respondí con una sonrisa cordial forzada, nada sentida mientras el trasero de ese hombre hiciera contacto con mi cuerpo.

Los astros o Merlín o el karma debieron verme tan agobiada que a partir de la siguiente planta decidió bajarse todo el mundo, incluso la señora amable, pero también era la planta en la que me tenía que bajar yo. Si llego a saber que todo esto es solo por un piso, me voy por las escaleras. Me tocó andar un poco por los pasillos, pues el tribunal se encontraba en una zona de las más antiguas del Ministerio y había que llegar a una zona de escaleras adónde no llegaba el ascensor - que no me digas tú a mí si no podrían haberse gastado el dinero en hacer llegar el ascensor hasta allí, mejor que en ventanas de pega que parecían mostrar el tiempo exterior, pero en fin.

Y tras doblar unos cuantos pasillos y pasar un par de zonas con escaleras, cruzandome a una o dos personas a las que saludé de forma cordial y educada, al fin llegué a la puerta, una gran puerta de madera oscura, ébano quizá. Me detuve frente a la puerta y llamé un par de veces, pero no escuché movimiento al otro lado. Esperé un rato por si acaso, y volví a llamar. Nada. Sin saber muy bien qué hacer ahora, puse la mano en la puerta y la forcé a abrirse, pero tampoco se abrió, cosa que tampoco me extrañó. Probablemente hubiera algún juicio o algo dentro, ya empezado y en pleno desarrollo, y por medidas de seguridad hayan decidido no abrir, mismas medidas pro las que seguramente yo no escuchaba desde fuera el barullo que debía haber dentro. Claro que también podía estar absolutamente vacía, pero entonces los pasillos no estarían tan vacíos, sin más gente pasando por allí excepto yo, parada frente a la puerta.

¿Y qué hago ahora? ¿Me voy a casa y vuelvo otro día? Pero eso me va a dar una pereza tremenda, y además me va a cabrear haber perdido hoy el tiempo para nada. ¿Y si pregunto en el Atrio? Aunque la que estaba midiendo varitas tenía cara de rancia, así que esa chica no me va a ayudar si puede no ayudarme. Lo que me lleva a querer darme cabezazos contra la puerta otra vez. Ay, Señor, qué harta estoy y cómo necesito el fin de semana...
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Casiopea LyonMagos y brujas

Gwendoline Edevane el Dom Oct 14, 2018 1:33 am

Existían en el Ministerio de Magia ciertos lugares que, en lo personal, prefería no visitar.
Uno de ellos, sin duda, era el Departamento de Seguridad Mágica. Desde unos meses atrás, aquel lugar se había convertido en sinónimo de ‘peligro’: Artemis Hemsley, esa mortífaga a la que Sam y yo llevábamos casi un año intentando dar caza—y viceversa, en caso de Sam—era ni más ni menos que un miembro del cuerpo de aurores. Lejos de la hipocresía que suponía que los mortífagos ocupasen cargos en las altas esferas del Ministerio de Magia, llegando incluso a considerarse a sí mismos la ley, mi preocupación radicaba en que esa mujer conocía mi identidad. Trabajábamos en el mismo edificio, y pasearme por su departamento suponía la posibilidad de exponerme a sus ojos.
Pero, sin lugar a dudas, el lugar que se llevaba la palma era el Departamento de Misterios. ¿Que por qué? Muy sencillo: en aquel lugar se acumulaban no solo recuerdos de los que prefería mantenerme alejada, sino también personas. Forman y Drexler eran un claro ejemplo de este tipo de personas. Forman era tan de fiar como un cartucho de dinamita antiguo, capaz de vender a sus amigos si con ello conseguía mantener su estatus purista; Drexler… Drexler directamente era un sádico.
Todavía recordaba los gritos de aquellas personas, de aquellos fugitivos radicales, a los cuales Drexler había prendido fuego. Hasta tal punto había llegado su crueldad que había asesinado incluso a uno de sus propios aliados, a la única persona en medio de todo aquel tumulto que hizo un esfuerzo por salvarnos el pellejo a él y a mí.
Cada vez que ponía un pie dentro de aquella sección del Ministerio de Magia, los recuerdos del ataque al Ministerio volvían a mi memoria. Antiguamente, los únicos recuerdos asociados a aquel lugar tenían que ver con tiempos mejores: mis visitas a Sam, para invitarla a tomar un café en el descanso y hablar de tonterías y banalidades. Aquellos recuerdos habían sido pervertidos por Sebastian Crowley y sustituidos por aquellos en que mi mejor amiga, desde Hogwarts, me ignoraba deliberadamente y sin un motivo, mientras yo pensaba que la había fastidiado al hablar de más sobre el caso de Henry Kerr.
Y no hablemos ya del momento en que cambió el gobierno, y Sam ya ni siquiera estaba presente en aquellos pasillos.


***

Golpeé suavemente la puerta con mis nudillos tres veces. La inscripción en letras doradas que figuraba en esta rezaba Oficina de legeremantes. Di un par de pasos atrás y esperé pacientemente a que alguien me atendiese. Sujetando una carpeta de documentos abrazada contra mi pecho, me entretuve observando el apasionante patrón de las baldosas del suelo.
La espera paciente se convirtió en una espera impaciente que me llevó a consultar el reloj de pulsera que llevaba en mi muñeca. ¿Era habitual que los legeremantes tardasen tanto en abrir la puerta? Cuando Sam trabajaba aquí, estas cosas no pasaban, pensé mientras se me formaba una leve sonrisa en la cara. Siempre me pasaba últimamente, cada vez que pensaba en ella. Qué pena haber desaprovechado todas mis oportunidades en el Magicland, pensé, y la sonrisa se borró de mis labios.
Volví a alzar la mirada, clavándola en la puerta. ¿Por qué no abría nadie? ¿Es que no había absolutamente nadie en aquella oficina? Di un paso adelante y volví a llamar, de manera insistente, acompañando esta vez los golpes con palabras.

—¿Hola?—Pregunté con voz alta y clara, la cual esperaba que se escuchase al otro lado de la puerta.—Soy Gwendoline Edevane, Directora de la Oficina de Desmemorizadores. He venido a tratar un caso, ¿hay alguien ahí dentro?

Me quedé a la expectativa unos segundos, repitiendo el procedimiento de llamar otras tres veces. Aquello fue suficiente para que me quedase claro: alguien tendría que haberme escuchado ya. Si nadie respondía, posiblemente se debiese a que no había absolutamente nadie allí dentro.
Solté un bufido de pura insatisfacción, y al hacerlo, me aparté algunos mechones de mi pelo castaño que habían caído por delante de mis ojos. Con una mano, los devolví a su sitio tras la oreja, y medité acerca de mis opciones: podía darme la vuelta y volver a mi despacho, dejando la tarea para más tarde, o podía buscar a alguien que me dijese dónde se habían metido todos los legeremantes.
Como jamás me ha gustado posponer el trabajo, me decidí por la segunda opción, y apenas un par de minutos después me encontraba frente a la recepcionista del puesto de información de la planta.

—¿Por quién me ha dicho que pregunta? Disculpe, ya tengo una edad y empieza a fallarme la memoria...—Preguntó la recepcionista, una bruja de unos sesenta y muchos años, enjuta y menuda, con el pelo plateado peinado en tirabuzones. La placa sobre el mostrador la identificaba como Magda Garland.

—Fergus H. Lapidus.—Respondí, después de consultar una vez más el nombre, harto complicado de recordar, que figuraba en el informe del caso.

La mujer consultó un grueso libro que tenía a un lado del mostrador, pasando sus páginas con movimientos de su varita en una mano, si bien anciana, muy firme. Tras unos segundos, encontró aquello que estaba buscando. Se subió las gafas con un dedo por el puente de la nariz y entornó la mirada para ver mejor la letra.

—Casi no entiendo ni mi propia letra.—Negó con la cabeza, y yo no pude evitar sonreír con cierta diversión. Si aquella mujer era purista o mortífaga, el mundo se había vuelto definitivamente loco.—En estos momentos el señor Lapidus se encuentra testificando en un juicio. Parece ser un caso importante.—Levantó la mirada para mirarme a los ojos, componiendo una amable sonrisa.—¿Le gustaría dejarle un recado, señorita…?

—Edevane.—Terminé por ella su frase, añadiendo:—No es necesario, no se preocupe. Me acercaré por allí, a ver si consigo hablar unos minutos con él. Muchas gracias, señora Gardland.

Un poco fastidiada, no lo negaré, me encaminé hacia el tribunal. Aquello posiblemente acabaría en nada, pues rara era la ocasión en que aquella puerta se abría antes de que terminase el juicio que tenía lugar en su interior, pero si tenía ocasión de evitarme otra visita a aquel lugar, mejor que mejor. Caminé con paso rápido, rezando a todos los dioses, ficticios y reales, que conocía, porque aquella pequeña ‘carrera’ no desembocase en uno de mis frecuentes dolores de cabeza.
Apenas unos minutos después llegué al pasillo en que se encontraba la enorme puerta en cuestión… y me sorprendí al encontrarme con alguien más allí: una mujer pelirroja, cerca de esa puerta. Y nadie más.


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