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The night of the witch // Edevawson

Wolfgang Rawson el Lun Oct 15, 2018 2:14 am

Recuerdo del primer mensaje :


Miércoles 24 de octubre, 2018 || Sala de conciertos Moritzbastei || 23:47 horas

A Wolfgang Rawson no le gustaban las fiestas.
Era un hecho, algo profundamente arraigado en su interior. Si bien, Rawson era capaz de mezclarse perfectamente entre los demás seres humanos y de pasar por alguien normal, por norma general prefería la soledad. Un buen libro, una butaca, una lámpara… para él, aquello era suficiente.
Así que quizás pareciese un tanto fuera de lugar allí, en una sala de conciertos cuyo nombre le resultaba imposible de pronunciar, y más aún de recordar. Aquel lugar, frecuentado principalmente por juventud, era el tipo de lugar que el mortífago evitaría. ¿Qué le había llevado a presentarse allí, entonces?
La respuesta estaba allí mismo, apenas a un par de mesas de distancia: Melina Whitmore, la mujer a la que Cadmus Jorgensen había señalado como una de las líderes de los grupos de fugitivos que los fieles a Lord Voldemort pretendían desarticular.
Apoyado en la barra, bebiendo con calma de un vaso de cerveza, Wolfgang observó a Melina. Se la veía tranquila, paciente, sentada a una de las mesas, mientras bebía pequeños sorbos de una bebida rosa que el mortífago no reconoció. De cuando en cuando sacaba su teléfono móvil del bolso y lo consultaba, pero por norma general lo único que hacía era observar a la gente que bailaba al son de la ensordecedora música. Los focos multicolor conferían a toda la escena un tono psicodélico.
Espero que Ayax no tarde en llegar, pensó Wolfgang, consultando el reloj. Todavía no había prisa pues, según su información, Whitmore se reuniría con uno de sus contactos allí mismo pasadas las doce de la noche. Por supuesto, mortífago y aspirante tenían mucho interés por descubrir el motivo de aquella reunión.
Así que mientras esperaba, lo único que podía hacer era disfrutar del ambiente. Wolfgang echó un vistazo alrededor, negando con la cabeza.

—Ambiente...—Murmuró Rawson con desdén, observando cómo todos a su alrededor bailaban como zombies. Si tenía que pasar mucho más tiempo allí, el mortífago acabaría asestándose a sí mismo una maldición asesina.

PNJ - Melina Whitmore:
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Ayax Edevane el Lun Nov 26, 2018 4:25 am

Aquel almacén, además de estar abandonado y bastante desmejorado, era enorme. Pilas y pilas de cajas y contenedores se acumulaban a lo largo y lo ancho de cada uno de las grandes habitaciones y, como es evidente, aquello no tenía ni un solo resquicio en dónde pudiera entrar la luz de exterior, por lo que para ojos como Ayax aquello era la oscuridad absoluta. Además de hechizar sus pies para evitar hacer ruido innecesario, también hechizó sus ojos. Podría haberse conformado con el hechizo de visión nocturna, pero pese a su poca experiencia con vampiros, sus padres siempre le habían dicho que eran sucios por naturaleza y que, contra magos, siempre debían de atacar por la espalda si no querían encontrarse con un arma mortal por delante de ellos. Así que magnificó todos sus sentidos, haciendo que la vista fuese la menos importante de todas y se viese guiada, casi en una totalidad, por el oído. Así podría visualizar a Wolfgang mucho antes de llegar a él.

Sin embargo, la vampiresa le había mentido y en aquel almacén de mierda no había nadie. El pelirrojo no se lo tomó como algo personal, estúpido sería si lo hiciera. Uno puede estar muy seguro de sus ideales, pero tomarse personal ese tipo de cosas era cavar tu propia tumba a base de tonterías.

Así que se lo tomó con filosofía y continuó caminando, cambiando de nuevo de hangar. Eran en total cuatro hangares, formando un perfecto cuadrado y, justo en el centro, se unían en un edificio más alto que Ayax suponía que era en dónde se encontraba toda la congregación de vampiresas feminazis. No se olvidó de recalcarse a sí mismo que debía de estar bien alejado de ese lugar y no entrar bajo ningún concepto hasta que se hubiera cerciorado de que Wolfgang no estaba en ningún otro sitio. Quizás, por el tamaño de aquel gran almacén, llamarlo simplemente 'almacén' se quedaba muy corto, por lo que Ayax intuyó que, antaño, seguramente hubiera sido una fábrica de algo.

Al entrar en el último hangar y mirar el reloj de su mano algo preocupado, lo notó. Sus ojos captaron, más allá de muchos contenedores unas ondas que salían de las pisadas y las voces de tres personas en el interior. La puta vampiresa solo tenía que haberle dicho a la izquierda en vez de la derecha y se hubiera ahorrado mil años de perder el tiempo allí dentro. Será hija de puta. Suspiró y se desencantó del hechizo 'echoes', para limitarse a utilizar el de visión nocturna. Era un riesgo quedarse con el otro, pues frente a un grito o un ruido muy fuerte podías quedarte sin ver nada debido a la intensidad con la que procesabas todo.

Caminó lentamente hacia allí, utilizando su magia para subir a los contenedores más altos y caminar por encima de ellos aprovechándose del hechizo que lo camuflaba. No tardó en llegar a la cercanía de aquel container, pero como era evidente las vampiresas escuchaban mucho más que simplemente pasos. La respiración, las pulsaciones, el movimiento de su ropa frente a movimientos amplios... todo eso lo habían escuchado, por lo que fue Aileen quién le sorprendió por la espalda, pegándole un empujón que lo tiró de una altura de tres contenedores. Cayó de cabeza, pero nada más llegar abajo amortiguó su caída con magia, poniéndose en pie para mirar hacia arriba. No se andó con rodeos, sinceramente. Quitó su visión nocturna y alzó la varita hacia arriba.

—Lumos Solem —conjuró en voz alta, sólo para que supiera lo que le venía encima.

No era su deber matar a esas vampiresas, solo ayudar a Wolfgang. Además, las vampiresas siempre le habían dado mal rollo, por lo que iba a intentar enfadarlas lo mínimo posible.

Ailleen se escondió detrás de los contenedores, a lo que Ayax aprovechó para entrar al contenedor en dónde había visto a las tres figuras. Nada más intentar entrar, la pierna de la vampiresa restante impactó contra su pecho, haciéndole volar hacia atrás y caer al suelo, desplazándose otros metros de más hasta que su cabeza chocó contra un contenedor. Tosió frente a tal golpe, pero se puso otra vez de pie. Esta vez conjuró un Incendio perfectamente controlado, un chorro de fuego salió de su varita y comenzó a girar, encantado, por todo el cuerpo de Ayax. Es por eso que cuando entró, hizo que fuese el fuego quién lo hiciese primero. Vio allí a Wolfgang hecho un auténtico desastre, además de otra vampiresa. Se dirigió directamente a ella.

—Si queréis matar a mi amigo, primero vais a tener que matarme a mí y algo me dice que lo tenéis complicado. Yo tengo magia, vosotras no, ya me entendéis. —Y con la varita como directora de sus llamas, hizo que las llamas esta vez se dirigieran a la vampiresa, quedándosele muy cerca. —Podría mataros, pero creo que eso le pertenece a mi compañero. Quién soy yo para robarle el placer de la venganza. —Con el movimiento de las llamas, hizo que Ayax pudiera acercarse a Wolfgang, mientras que la otra vampiresa tenía que alejarse hacia la puerta. —Pero...—Hizo una pausa al ver como la otra vampiresa se ponía al lado, mirándoles con desafío. —Si intentáis matarme a mí, la cosa cambia. Podemos dejarlos en tablas, creo que por cómo habéis dejado a Wolfgang podéis sentir el placer de la victoria. Al menos por el momento.

—Te estás metiendo en donde no te llaman, pelirrojo —dijo Lenore.

—¿Sabes? Siempre digo lo mismo. Si habríais querido matarlo, haberlo hecho. ¿Nunca os dijo vuestra madre que no se juega con la comida? —Y, con una sonrisa ladina, intentó desaparecerse con su amigo, queriendo quedar muy épico con la pregunta retórica y la desaparición repentina. Sin embargo, hubo un silencio incómodo. —Vaya por Merlín —dijo entonces divertido, mirando a Wolfgang. —Quizás debería de haberme dado cuenta del hechizo anti-aparición antes de venir a salvarte, ¿no? Por tener un plan b y eso. —Y, dejando el fuego a un lado, utilizó la varita para quitarle las sujeciones a Wolfgang.

Las vampiresas aprovecharon ese momento para hacer un ademán de entrar a por ellos, pero Ayax conjuró una barrera de fuego justo entre ambos.
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Ayax EdevaneBecario Área-M

Wolfgang Rawson el Vie Nov 30, 2018 12:48 am

Wolfgang cometió un gravísimo error de cálculo: lo único que pretendía, llegados a aquel punto, era cabrear todo lo que pudiera a la tal Lenore, con el único objetivo de que ésta terminase perdiendo los nervios y asesinándole de un mal golpe. Pero no ocurrió así, por supuesto, y la vampiresa terminó asestándole varios golpes más con la palanca de acero mientras su joven amiguita, y la que Wolfgang creía que había sido su primera víctima, permanecía cabizbaja en lo que parecía ser un estado de perpetua apatía. O perpetua depresión, dependiendo de cómo se interpretara aquello.
Uno de los golpes acertó al mortífago en plena sien, y por un agónico momento, el mundo se volvió borroso ante sus ojos, oscureciéndose un poco. Wolfgang, quien evidentemente nunca había experimentado la muerte antes, creyó que aquel era el momento. Que ahí se acababa todo, y que al otro lado le esperaba la oscuridad eterna. Casi supuso un alivio pensar que tanto dolor se terminaría…
...pero no fue así. Y es que, casi como si recibiera una inyección de adrenalina, sus ojos volvieron a abrirse y volvió a ver y escuchar lo que le rodeaba con toda claridad. Vio a Lenore limpiando la palanca con la que acababa de golpearlo con un paño de tela, antes de dejarla de nuevo sobre la mesa auxiliar.
En estos momentos, Wolfgang no podría decir si quedaba algún punto de su cuerpo que no chillara de dolor. Lenore se había tomado su tiempo a la hora de hacerle el mayor daño posible, y la cabrona era buena: no parecía haber alcanzado nada que lo matara… al menos, nada que lo matara de manera rápida. El único indicio de que algo iba mal en su interior eran esas toses cargadas de sangre que, de cuando en cuando, le sobrevenían.

—Eres un maldito malnacido...—Pronunció Lenore con asco.

—Al menos… yo estoy vivo.—Dijo Wolfgang, más como una manera de picar a la vampiresa que por comunicar un mensaje real.

—No por mucho tiempo.—Aseguró la vampiresa morena, clavando en Wolfgang una mirada de puro odio. Sin embargo, Wolfgang solamente la miró a los ojos durante algunos segundos, pues algo en la actitud de la más joven llamó su atención.

La tal Ailleen, otrora sangre sucia, actualmente vampiresa, parecía en estado de alerta. Había levantado la mirada del suelo y su rostro se había convertido en una máscara de concentración.
Su compañera, totalmente descontenta con la mirada del único ojo sano de Wolfgang en dirección a la pelirroja, avanzó con dos zancadas hacia él. Le arreó tal puñetazo en el estómago que, de no haber estado sujeto por los brazos a las cadenas del techo, Wolfgang se habría doblado por la cintura, sin aire. Gruñó y tosió sangre en el suelo, sacudiéndose casi como un saco de boxeo humano hecho de carne.

—No te atrevas a mirarla.—Ordenó la vampiresa, con todo su odio.

Wolfgang alzó la mirada, a duras penas, mareado como estaba, de nuevo en dirección a la pelirroja. Lenore se tomó aquello como un acto de desobediencia y volvió hacia la mesa, en busca de algún objeto con el que hacer daño al mortífago. Éste nunca llegó a saber de qué se trataba, pues algo la interrumpió: su propia compañera.

—Escucho algo. Alguien viene.—Informó Ailleen, buscando la mirada de una Lenore que abrió la boca para decir algo. Antes de que lo hiciera, la pelirroja matizó un poco la información.—Algo vivo. Escucho su corazón, y su respiración. No debería estar aquí...

Lenore fue hacia la puerta del container, a un par de pasos de su posición, y asió los tiradores del mecanismo de apertura. Se disponía a salir, salvo porque su compañera la detuvo, sujetándola por las muñecas. Lenore la miró, sorprendida.

—Voy yo. Ya has hecho suficiente por mí.—Dijo Ailleen, asintiendo con la cabeza y, por primera vez, sonriendo a Lenore.—Puedo hacerlo, te lo prometo.

Lenore la miró durante algunos segundos más, hasta que finalmente relajó la presa sobre las manijas de la puerta. Delicadamente, Ailleen soltó sus muñecas, y entonces la vampiresa morena se acercó a la pelirroja… demasiado. Hasta el punto en que las bocas de ambas se juntaron en un beso. Lenore acariciaba con ternura el pelo de Ailleen, y ambas se besaban con los ojos cerrados, lentamente, como dos amantes.
Wolfgang casi sintió deseos de vomitar, y bien podría ser por la tortura, o por la empalagosa escena que estaba presenciando.

—Ten cuidado.—Pidió la morena cuando se separaron, y la pelirroja asintió. Acto seguido, abrió las puertas del container, salió, y cerró tras de sí. Wolfgang y Lenore se quedaron en el interior, y el mortífago cada vez tenía que luchar con más fuerzas para mantenerse consciente.

***

Pero resultó que no, Ailleen no podía hacerlo. Y es que la puerta del container no tardó en volver a abrirse, pero quien apareció en el umbral de esta no fue la pelirroja, sino… el pelirrojo. Wolfgang pensó que había perdido la cordura por completo al ver su discípulo allí. Y es que, en su cabeza, no era posible. Su imaginación tenía que estar jugándole una mala pasada, ofreciéndole un poco de falsa esperanza en sus últimos momentos.
Claro que, por norma general, a las alucinaciones no se las puede golpear, pensó el mortífago al ver salir despedido a Ayax, fruto de una patada propinada por Lenore.
Sin embargo, el aspirante a mortífago logró recuperarse y, precedido por un chorro de fuego, entró en el container. Intercambió algunas palabras con Lenore, y por lo que Wolfgang entendió, se discutieron su propia custodia. Al no llegar a un acuerdo, Ayax intentó desaparecerse…
...y lo único que habría faltado allí dentro habría sido un coro de grillos para hacer aquel momento más incómodo.
La aparición no funcionó, y Wolfgang Rawson y Ayax Edevane permanecieron donde estaban. Y, en un claro ejemplo de ‘Ayax siendo Ayax’, el aspirante confesó que no se había asegurado de si había o no un hechizo antiaparición. No sería Wolfgang quien juzgase a Ayax, dadas las circunstancias, y dado el hecho de que las vampiresas no podían utilizar magia. Aquello tenía que ser cosa de Melina Whitmore o alguno de los suyos.
Finalmente, Ayax soltó las ataduras de Wolfgang, el cual cayó de rodillas al suelo casi como un peso muerto. Logró evitar esnafrarse de morros contra el fondo del container a duras penas, colocando los antebrazos por delante. Sin embargo, al bajar unos brazos que habían permanecido demasiado tiempo en una posición incómoda, un terrible dolor le recorrió las extremidades, las volvió flojas, y terminó de bruces en el suelo.
Mientras se incorporaba como podía—no demasiado—contempló la columna de fuego que había puesto Ayax en medio del camino, y que separaba a ambos servidores de Lord Voldemort de las vampiresas.

—Buen… buen plan...—Dijo a duras penas Wolfgang, tosiendo dolorosamente a continuación.—¿Pero se… se te ha ocurrido uno pa… para salir?—Preguntó lentamente, sintiendo que su lengua doblaba diez veces su tamaño normal. Era una pregunta razonable, teniendo en cuenta que al otro lado de la muralla de fuego había dos vampiresas.

Ah, sí, y otra cosa: ¿Fuego mágico y un contenedor de metal? Mala combinación. Aquellas llamas seguirían ardiendo, pronto empezarían a calentar el metal y elevar la temperatura en el interior del container. No les iba a quedar más remedio que salir, en algún momento, y una vez lo hicieran, tendrían a dos vampiresas esperándoles.
Si no hubiera venido, pensó un Wolfgang que sentía cierta responsabilidad por lo que pudiera ocurrirle a Ayax. No había cambiado tanto como para exhibir una preocupación real por él, pero le habían ordenado mantenerlo a salvo. Y no estaba ocurriendo eso, precisamente.

—Hay que encontrar… otra forma de… salir.—Sugirió Woflgang, jadeando la última palabra y tosiendo dolorosamente una vez más. Le preocupaba un poco la cantidad de sangre que escupía de cada vez.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Ayax Edevane el Jue Dic 06, 2018 4:19 am

Su maestro estaba en la absoluta decadencia. Y teniendo en cuenta que no tenía un 'plan b' para salir de allí, el estado deplorable de su mentor no le suponía más que un claro obstáculo en el camino. Lo miró de arriba abajo mientras él le preguntaba por el plan de salida, pensando que iba a ser mucho más difícil de lo que se planteaba. Empezaba ya a notar el calor que se creaba en el interior de aquel contenedor debido a la barrera de fuego, por lo que sujetó bien a Wolfgang por la cintura.

—Tengo un plan. —Mentira, pero como Ayax hablaba con esa cara de serio siempre, uno ya no sabía si era verdad o mentira. Pero bueno, tener fe siempre era lo primero en esta vida. —Agárrate bien.

Con la varita comenzó a arrastrar la misma barrera de fuego hasta el exterior del contenedor, utilizándola como límite entre las vampiresas y ellos mismos, para así hacerlas retroceder. Cuando saliesen del contenedor, otro gallo cantaría, pero mientras tanto era una buena defensa. Ayax era bien consciente de que podía valerse contra dos vampiresas para mantenerlas alejada de él, pero no sabía si sus capacidades serían igual de efectivas teniendo en cuenta el peso muerto que suponía Wolfgang a su derecha.

El rostro del pelirrojo ahora mismo era la mismísima definición de seriedad y es que estaba en un grado de concentración muy alto. Teniendo en cuenta que había ido a rescatar a Wolfgang y el panorama que se les presentaba actualmente, le daba cierto mal rollo la posibilidad de terminar él también como cena de vampiresas. Menuda decepción sería para su maestro y, sobre todo, para sí mismo. Vencido por esas criaturas tan despreciables, ¿qué sería lo siguiente?

Así que nada más salir del contenedor, empujó fuertemente la barrera hacia adelante y las vampiresas tuvieron que retroceder. Aprovechó ese momento para correr todo lo posible con Wolfgang y, cuando vio que una de las vampiresas iba hacia ellos pegó un gran salto con magia para esquivarla, con el que se llevó a su maestro con ciertas dificultades. Cayeron sobre la parte superior de un contenedor, manteniendo la ventaja de la altura. Soltó entonces a su mentor y con una cuerda cargada de fuego comenzó a latiguear en dirección a donde venían las vampiresas, alejándolas de allí. No supo muy bien a cuál de las dos, pero uno de sus golpes impactó en su antebrazo fuertemente, haciéndola quejarse y retroceder.

En cierto momento, sólo quedó una. Ayax vio oportunidades, por lo que conjuró un hechizo de luz solar para hacerla retroceder y volvió a sujetar a su mentor, dejándose caer ambos por aquel contenedor y amortiguando la caída con magia. Ni se molestó en hechizarse para no hacer ruido, ya que las vampiresas podrían escuchar su respiración a una distancia abismal. Así que corrieron a través de aquel laberinto de contenedores, hasta que de manera totalmente inesperada, desde que el hechizo de luz solar cayó y todo volvió a sumirse en sombras, la vampiresa que había quedado se abalanzó sobre ellos desde un lateral que Ayax ni había visto que existía.

El impacto se lo llevó directamente Ayax e nel costado, por lo que al estar sujetado a Wolfgang, éste cayó al suelo y Ayax salió disparado, rodando por el piso, junto a la vampiresa. Fue el fuerte sonido del golpe de su espalda contra un contenedor lo que los hizo frenar y, al menos él, quejarse. La varita se le había caído justo en el momento del golpe, por lo que de repente se vio frente a la vampiresa sin tener nada con lo que defenderse. Cuando se puso en pie, vio su vida pasar por delante de sus ojos en forma de puñetazo mortífero, por lo que sólo pudo volver a agacharse para esquivar un puñetazo de la mujer que traspasó el metal del contenedor a su espalda. Una cosa estaba clara: no iba a poder con una vampiresa cuerpo a cuerpo ni en sus sueños más optimistas, por lo que cuando vio como la mujer le sujetó por la chaqueta, lo único que pudo hacer fue no presentarle batalla, quitarse la chaqueta a jirones e intentar huir. Él sabía que podía con ellas, que su brutalidad solo caía en su velocidad y fuerza sobrenaturales, pero que no tenían oportunidad contra un mago. Sin embargo, la única manera que tenía de presentar batalla a vampiresas era con una varita en la mano, por lo que tenía que encontrarla ya y no morir en el proceso de búsqueda.

Mientras tanto…

La vampiresa que había huido herida no se había ido a ningún lado a llorar, sino que se había ido directa a avisar a sus amigas. Si dos no eran suficientes para parar aquello, todas lo serían. A contrario de lo que pudiera parecer desde fuera, 'Vlad e Hijas' era una comunidad fraternal en donde todas se apoyaban unas a otras. Un equipo férreo, sin fisuras de traidoras ni radicales. Aquellas criaturas eran una sola, por lo que cuando aquella mujer llegó a la habitación y avisó a las cuatro amigas que estaban allí, no dudaron ni un segundo en ponerse en pie y acompañarla. Ningún hombre osaba entrar allí, desafiarlas y salir con vida.
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Ayax EdevaneBecario Área-M

Wolfgang Rawson el Dom Dic 09, 2018 2:49 pm

Durante los minutos que siguieron, Wolfgang Rawson fue la definición exacta de la palabra ‘fardo’: lo único que hizo fue entorpecer los movimientos de Ayax a medida que el joven aspirante se las ingeniaba para huir de aquellas implacables vampiresas.
El mortífago se sentía inútil, débil, como pocas veces antes se había sentido, y por momentos se preguntaba por qué demonios Ayax se empeñaba tanto en salvarle la vida. A ese paso, lo único que iba a conseguir el pelirrojo era morir junto al propio Wolfgang. ¿Y para qué? ¿No era mejor que se salvara él? Rawson ya se consideraba un despojo humano, algo inservible, y si bien la posibilidad de Ayax muriendo le provocaba la misma apatía que todos los demás aspectos de su vida, no le parecía lógico. ¿Por qué el pelirrojo no corría para salvar su propio pellejo? No era a él a quien querían.
Humanos…, pensó Wolfgang, un hombre con una psicopatía no diagnosticada, incapaz de entender sentimientos como la lealtad a un compañero. Si era leal a Voldemort era simple y llanamente porque toda su vida había recibido órdenes y las había acatado, y tampoco sabría qué hacer de ser ‘libre’. Y por esos asquerosos muggles, claro, se recordó a sí mismo aquella aversión que su padre le había inculcado a golpes.
¿Qué pasó durante aquellos minutos? Que el mundo se volvió borroso ante los ojos de Wolfgang, y se desorientó por completo. Por momentos, estuvo a punto de perder la consciencia—posiblemente en los momentos en que Ayax utilizó magia para elevarlos y colocarlos sobre el techo de distintos contenedores—, y el resto del tiempo no veía absolutamente nada que no fueran borrones.
Por lo que se perdió la emocionante lucha de su aprendiz, látigo llameante y luz solar en mano, frente a aquellas vampiresas. En un momento dado volvió a aterrizar de bruces en el suelo, y Ayax se enfrascó en una pelea contra la vampiresa morena, Lenore. El mortífago alzó la mirada para ver qué ocurrida. Su vista se aclaraba y desenfocada por momentos, pero vio lo suficiente: Ayax había perdido la varita, y esquivaba como podía los puñetazos de aquella bestia con forma de mujer.

—No te entiendo, pelirrojo. Solo le queremos a él, ¿por qué te empeñas en arriesgar tu vida por un despojo como éste?—Y Lenore acompañó aquellas palabras con un puñetazo que alcanzó a Ayax en pleno mentón. El pelirrojo debía haberse sentido como si le golpearan con una maza.

La varita de Ayax, se fijó por fin Wolfgang, estaba en el suelo, a unos centímetros de su cara. El mortífago apretó los dientes, echó mano del artilugio mágico y lo empuñó con fuerza en su puño cerrado. Hizo todos sus esfuerzos para incorporarse, consiguiendo únicamente alzar el torso del suelo con la fuerza de su brazo izquierdo, y apuntó al suelo alrededor de Lenore con su varita. Alrededor de la vampiresa, que alzaba el puño para golpear de nuevo a Ayax, apareció un círculo de llamas que no solo la hizo abortar la maniobra, sino que la hizo retroceder hasta el centro de dicho círculo.

—¿Pero qué…?—Preguntó Lenore, con evidente miedo de verse rodeada de una de las pocas cosas que podía matarla.

Justo en ese momento, aparecieron corriendo tras un recodo en aquel camino flanqueado por contenedores industriales varias vampiresas encadenadas por Ailleen. La pelirroja mostraba una larga quemadura en la manga de su abrigo. La piel que asomaba a través de ésta estaba quemada y salpicada de ampollas de aspecto muy doloroso. A Wolfgang no le habría dado pena ni pudiendo sentirla.

—¡Lenore!—Exclamó la pelirroja, asustada, temiendo lo que Wolfgang pudiese hacerle a su amada.

—¡No, no te acerques, Ailleen!—Ordenó con urgencia la morena cuando la pelirroja dio un paso al frente; ésta le hizo caso, pero seguía mirándola con miedo.

—¡No le hagas daño, por favor! ¡Te lo suplico!—Rogó Ailleen, intercambiando con Wolfgang una mirada llena de pánico. Una que quizás hubiera conmovido a alguien que tuviera sentimientos más humanos que los de Wolfgang.

Wolfgang no. Wolfgang, en aquellos momentos, no estaba pensando ni en Ayax, ni en sí mismo, ni en otra cosa que hacer pagar a quien lo había dejado en aquel estado. ¿Fue imprudente lo que hizo? Sin duda, pues aquella podía ser la ocasión perfecta para que Ayax y él escapasen. Sin embargo, como su vida le daba ya igual y solo quería un pequeño momento de triunfo final, tampoco se preocupó por Ayax.

Inferno.Pronunció, sin emoción alguna en su voz.

De la varita brotaron varias cuerdas de fuego en dirección a Lenore, abrazándola y envolviéndose en su cuerpo como serpientes que buscaban estrangularla. La vampiresa comenzó a arder casi de inmediato, y a sus gritos pronto se sumaron los gritos de horror de Ailleen. La pelirroja hizo amago de intentar rescatar a la morena, pero una de sus compañeras la detuvo a tiempo; de no haberlo hecho, la antigua bruja sería también pasto de las llamas.
Lenore ardió, y gritó hasta que ya no pudo gritar más, y cuando las llamas se extinguieron, lo único que quedaba de la vampiresa era un montón de cenizas. Wolfgang, que ya había hecho suficiente esfuerzo dado su estado actual, no pudo sostener más tiempo la varita de Ayax y la soltó. El mundo, nuevamente, empezó a nublarse, pero al mortífago ya le daba igual: si moría, al menos ya se había llevado consigo a la responsable de sus pesares.
Era un pequeño triunfo, un consuelo.
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Ayax Edevane el Lun Dic 10, 2018 4:35 am

“Menudo subnormal” pensaron al unísono Ayax, Olivia y cada célula de su cuerpo.

Bueno, Ayax también estaba preocupado por el golpe que había recibido en la mandíbula, la cual casi se le desencaja de la cara, pero ahora mismo estaba demasiado atento a la maniobra más inútil que jamás vería de mano de Wolfgang Rawson, o eso quería pensar al menos. No solo era un inútil físicamente, siendo el bulto más inservible con el que cargar en medio de una persecución de vampiresas, sino que además, haciendo gala de su estupidez humana, en vez de utilizar su único momento de utilidad para asegurarse una oportunidad de salir de ahí y de paso agradecer a su rescatador, no. Su orgullo, su necesidad de sentirse hombre, su necedad y… vamos, todo. Todo le hizo errar en su decisión, una decisión egoísta y muy cuestionable.

La verdad es que Ayax no pedía sentimientos, solo lealtad. Quizás honor. La verdad es que le pareció muy feo que tendiéndole en bandeja de plata aquella oportunidad, él la desperdiciase sólo por llevarse una muerte al bolsillo en su lecho de muerte. Por gestos así, Ayax se arrepentía de su compañerismo; uno que no parecía recíproco.

Aún así, como al contrario que Wolfgang, Ayax sí tenía clara sus prioridades y no iba a recibir el perdón de las vampiresas después de lo que había pasado, por mucho que les cediese a ‘su compañero’ como sacrificio humano, tomó cartas en el asunto.

Mientras la tal Lenore todavía ardía, él se levantó, rodeó las llamas y para cuando Wolfgang soltó la varita, ahí estaba él recogiéndola del suelo. Ha de admitir que si no le pegó un puñetazo en ese momento como gesto de su desagrado frente a su plan, fue solo porque temía matarlo de lo débil que estaba. Así que con la ayuda de la magia se cargó a Wolfgang en el hombro otra vez, manteniendo a las vampiresas alejadas con fuego. Sin embargo, se dio cuenta de que no podía irse a ningún lugar, ni tampoco defenderse bien, con tremendo subnormal a su lado. Así que se metió la mano en el bolsillo, sacó uno de sus caramelos y lo hechizó con un ‘portus’ no verbal. Hizo que Wolfgang lo sujetase fuerte con la mano, para entonces meterlo en una jaula mágica.

Desde que el fuego desapareció, las vampiresas se abalanzaron contra Wolfgang, pero no podían romper los barrotes—pues eran mágicos—, por lo que muchas buscaron a Ayax, quién ya había saltado y estaba corriendo por los contenedores en busca de la salida. Huyendo por su vida, básicamente.

Para cuando Wolfgang pudo creer que Ayax había optado por abandonarle, la cual no hubiese sido una idea tan descabellada, el caramelo comenzó a vibrar fuertemente hasta hacerlo desaparecer de ahí, apareciendo en mitad de la sala de espera de San Mungo. Había pasado de tener vampiresas rabiosas a su lado a estar en una sala de espera en donde sonaba música de ascensor. Qué cambio.

Desde que Ayax salió corriendo le persiguieron varias vampiresas, pero ahora con todas sus capacidades al cien por cien, no dudó en girarse y luchar con ellas acompañándose del fuego. Grandes lenguas del fuego seguían el curso de su varita, quemando todo aquello que encontrase a su paso con violencia y ferocidad. Ninguna vampiresa se atrevía a acercarse más de lo necesario, no después de ver cómo había terminado Lenore. Quemó a las más valientes, las cuales salieron corriendo en busca de cobijo y sanación, pero aquellas más recatadas no fueron a por él desde que vieron que el fuego mágico estaba de parte del pelirrojo. No era fácil enfrentarse al fuego después de ver como una compañera acababa de ser consumida por el mismo.

Fue Ailleen la única en burlar sus defensas, metiéndose en mitad de algo mortal para ella sólo porque creía no tener nada que perder. Golpeó a Ayax fuertemente en el vientre, haciéndolo volar por un pasillo hasta chocar contra una pared con la que se destrozó la espalda. Tuvo que usar un hechizo protector para que el siguiente golpe no le doliese y conjurar uno que repeliese a la bruja para hacer que volase en dirección contraria. Para cuando volvió a por Ayax, él le amenazaba con una barrera de fuego que le rodeaba de manera serpenteante.

—Dile que... lo voy a matar —le decía, desde la distancia. Sentía odio, pero lo que más se sentía en su voz era dolor, un sentimiento que Ayax no interpretó porque muchas de sus emociones eran similares a las de una patata. —Y luego te voy a matar a ti por haberme quitado la oportunidad de vengarme… por segunda vez… —Masculló, sintiendo que le hervía la sangre, de haber podido tener algo caliente en su interior.

Pero Ayax no contestó a la sinfonía vengativa de una vampiresa con la rabia, sino que salió corriendo. Nadie más le persiguió durante un buen trecho, incluso cuando salió de aquel almacén. El pelirrojo no había matado a nadie, cosa que no quería hacer, pero sí que había sido cómplice del asesinato de una vampiresa, así como haber dejado a muchas heridas. Y era bien consciente de que eso, con una organización de vampiresas con la fama que tenía 'Vlad e Hijas', era definitivamente quedar muy mal.

El pelirrojo no apareció en San Mungo en toda la noche. Ni al día siguiente. Ni tampoco al siguiente. Si Wolfgang quería saber qué narices había pasado con su discípulo, que hiciese lo propio. Por su parte, se apareció en su casa, justo en la cocina, en donde estaba su hermana Eva comiendo a deshora un bote de nutella como si estuviese cometiendo hurto, pues se asustó al ver a su hermano llegar. Él, sin embargo, hizo caso omiso de los empaches de su hermana menor y caminó encorvado—por el golpe en el vientre y la espalda—hasta el congelador, en donde cogió una bolsa de guisantes que se metió por dentro de la camisa para el vientre, así como una bolsa de brócoli congelados para la mandíbula. En ambos sitios tenía un moratón multicolor de muy feo trato. Así que cansadísimo y con la respiración aún agitada, se dejó caer al lado del congelador.

Eva seguía mirándolo, boquiabierta, con una cuchara de nutella en la mano. Desde pequeño la familia de Ayax acostumbraba a ver al chico así, metiéndose en líos y con conductas un poco violentas, por lo que Eva no estaba sorprendida del todo. Aunque pensaba que después de haber sido prometido uno se comportaría más. Se acercó a él y se tiró frente a él, apoyada en la isla de la cocina.

—¿Quieres nutella? —preguntó ella, haciendo sonreír al pelirrojo. —No queda mucha.

—No, que engorda —le dijo, siendo consciente de que eso a él no le importaba, pero sólo lo decía para que Eva lo mirase mal por recordárselo. Él, mientras tanto, se levantó como pudo la camisa para poder analizarse con algunos hechizos el estado de su vientre y costado, aunque sobre todo el interior del torso. Le dolía tanto y no estaba acostumbrado a la fuerza de los vampiros que temía tener algo roto ahí dentro.
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Wolfgang Rawson el Jue Dic 13, 2018 12:43 am

El pensamiento de Ayax Edevane—que Wolfgang Rawson desconocía por obvias razones—no era del todo acertado, aunque sí bastante justo. El mortífago, en un alarde de total despreocupación por el bienestar del que debía ser su protegido, llevó a cabo una acción imprudente que culminó con la muerte de Lenore, su torturadora. Y si bien los mortífagos abogaban por la muerte, la tortura y otros asuntos moralmente cuestionables, cualquiera habría calificado aquella decisión de ‘estupidez’.
Sin embargo, para un hombre del calibre de Wolfgang Rawson—uno que había sido destruído por su propio padre, a fuerza de golpes, torturas y adoctrinamiento—no existía estupidez alguna en todo aquello. A todos los efectos, él ya estaba muerto, y si no le preocupaba lo más mínimo su vida, tampoco le preocupaba la de nadie más. Ayax Edevane incluido. Si había sido lo bastante estúpido como para acudir en su rescate, culpa suya: uno debía saber cuándo había que abandonar a un compañero que ya no servía para nada. Y en cuanto a no servir para nada, Wolfgang era la definición misma de aquello.
Como muestra, un botón: el mortífago perdió casi por completo el conocimiento después de aquella última acción imprudente, después de reducir a cenizas a Lenore, delante de las mismísimas narices de su amada Ailleen. Así que, realmente, no presenció en su totalidad lo que ocurrió a continuación.

***

Experimentó una serie de flashes borrosos y sin ningún tipo de sentido: un caramelo en su mano, los barrotes de una jaula, dos personas ataviadas con túnicas blancas y un techo que pasaba por delante de sus ojos… En algún punto perdió por completo el sentido, con toda seguridad fruto de las graves lesiones recibidas, y el mundo se tornó negro. Recordó haber pensado que ya nunca volvería a ver luz alguna, que aquello era la muerte: nada, la nada y el vacío, el descanso eterno.
Pero sí volvió a abrir los ojos, o al menos uno de ellos.
Estaba en una habitación del hospital mágico, y a través de las ventanas entraba luz solar. Se sentía entumecido y extraño, como si su cuerpo no fuera del todo suyo. Intentó incorporarse, pero enseguida alguien le detuvo, obligándole a recostarse sobre la almohada. Esa persona se trataba de un sanador, quien tuvo a bien explicarle lo que le había ocurrido, las lesiones que sufría, el tiempo que había transcurrido desde su llegada, y un poco todo lo que Wolfgang quiso saber. Conversó con el sanador hasta que empezó a dolerle la cabeza, y entonces sugirió al hombre que se marchara y lo dejara descansar.
Wolfgang Rawson pasó una semana entera ingresado en San Mungo, hasta la noche de Halloween.

***

Al séptimo día, cuando ya habían retirado los vendajes de su ojo, Wolfgang decidió que no permanecería más tiempo en aquella cama. Así que se puso en pie con dificultad, los músculos de sus piernas reblandecidos a causa de la falta de uso, y caminó hacia el armario. Por el camino, se desembarazó de la bata que le habían puesto, quedándose desnudo. Abrió las puertas del armario, encontrándose con algo de ropa que ponerse.
Justo entonces llegó una joven enfermera que se tapó los ojos en cuanto contempló al mortífago desnudo, para luego aconsejarle que volviera a la cama. Rawson se negó, poniéndose los pantalones y la camisa, para después calzarse los zapatos que había en el estante más bajo del armario.

—Apártese. No pasaré más tiempo postrado en esa cama.—Dijo el mortífago, saliendo de la habitación.

Los siguientes días los pasó en su casa, y no tuvo noticias de Ayax Edevane. No le preocupaba demasiado el asunto, pues Rawson dedicó aquellos días ociosos a leer y beber, además de recuperarse de sus muchas lesiones. No sentía una necesidad imperiosa de ponerse en contacto con su discípulo, pues tampoco sentía que debiera disculparse.
Sin embargo, sucedió algo que forzosamente le llevaría reencontrarse con el joven que había apadrinado: un buen día, la marca tenebrosa empezó a quemarle en el antebrazo, señal inequívoca de que el Señor Tenebroso requería la presencia de sus servidores, con motivo de alguna reunión.

Viernes 9 de noviembre, 2018

Sede de los mortífagos, alrededor de las 23:30.

La reunión había concluido hacía escasos momentos, y Wolfgang Rawson abandonaba la sala de reuniones con expresión neutra en el rostro. Se había recuperado casi por completo de sus lesiones, y en sustitución de su varita—la cual actualmente había sido partida en dos, y ambos pedazos estaban en posesión de la vampiresa Ailleen—llevaba consigo la de Noah Beckett, ese muchacho que había llevado al Área-M y que, por lo que sabía, era uno de los juguetes de Ayax.
Hablando del cual, Wolfgang se lo encontró fuera. El mortífago le observó con expresión neutra, sin ningún tipo de emoción o interés. Otra persona, una persona normal, sentiría el deseo de disculparse o algo por el estilo. Sin embargo, Wolfgang no: el mortífago no conocía el sentimiento de culpa.
Así que se limitó a fingir que no pasaba nada.

—Hace ya tiempo que no te veo. Empezaba a pensar que habías acabado comido por vampiresas.—Dijo Wolfgang, que había estudiado lo suficiente la psique humana como para saber que aquel comentario no era el más apropiado. Después de todo, si no se lo habían comido no había sido precisamente por la ayuda que Wolfgang le había prestado.

Así que sí, claramente: aquel comentario era digno de un gilipollas en toda regla. Wolfgang supuso que sí, que lo era, un completo gilipollas. Tampoco le importaba demasiado asumir tal papel a esas alturas de su vida...
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Wolfgang RawsonMagos y brujas

Ayax Edevane Ayer a las 4:15 am

Habían pasado prácticamente dos semanas desde el incidente con Melina y las vampiresas y Ayax, en general, estaba bien. Era cierto que sentía cierta preocupación porque había ido a rostro descubierto contra las vampiresas y era evidente que se habían cabreado, sin embargo, tenía la certeza de que el realmente perjudicado ahí era el Rawson. Su padre le recomendó guardar las apariencias con las vampiresas y no enfadarlas, pero Ayax creía que ya era un poco tarde para eso. Al fin y al cabo, aunque el haber ayudado a Wolfgang no era ni de lejos algo de lo que se sintiese orgulloso, lo había hecho, ergo el mal hacia las vampiresas era irreversible. Así que ahora tocaba lidiar con el mortífago desagradecido y las vampiresas enfadadas.

Gracias a Merlín Ayax no tuvo grandes complicaciones con sus heridas. Cierto fue que estuvo una semana prácticamente con el vientre reinado por moratones, así como su mandíbula, la que le dolió durante muchos días.

No había ido a visitar a Wolfgang, pues asumía que en San Mungo estaría bien. Y la verdad es que le faltaban muchas ganas para hablar con el tipo que había dejado a Ayax en una situación terriblemente peliaguda por algún tipo de retraso mental que aún no entendía. El pelirrojo estaba especializándose en ese tipo de cosas, pero la verdad es que creía que para Wolfgang no había cura. Le había parecido de muy mal gusto su actitud y decisiones, por lo que tomándose aquello como una lección: no iba a tomarse a Wolfgang más como un compañero, sino como uno más con el que trabajar. Podría tener el nombre de mentor dentro de cualquier organización, pero más allá que trucos con la varita dudaba mucho que el Rawson pudiese enseñarle valores o cómo trabajar.

Así que se desentendió y, cuando tuviera que volver a reencontrarse con él, que pasase lo que tuviese que pasar. Y fue el nueve de noviembre, en una reunión de mortífagos en donde él estuvo presente, en donde se lo encontró. No durante la reunión, sino después, justo al terminar una conversación con otros de los aspirantes con los que se llevaba bastante bien. De hecho, éste al ver que Wolfgang se acercaba se despidió de Ayax para no estar en mitad de una conversación que no le interesaba.

Se limitó a mirarlo, atendiendo a su comentario. Parece ser que pasar tantos días en San Mungo le ha hecho ser hasta más gracioso. O más idiota. Todavía estaba bajarando la opción más adecuada.

—Es normal que pensaras eso —dijo tajantemente. —Lo lógico, después de matar a nuestra única baza para salir y luego caer inconsciente con la única varita disponible, es que me matasen a mí al estar indefenso. —Hizo una pausa. —Por suerte soy una persona resolutiva capaz de arreglar tus cagadas, motivo por el cual los dos estamos vivos.

Habló con tono neutro, cargado de indiferencia. Podría haber sonado tiquismiquis, quizás rencoroso o picado, pero lo cierto es que no estaba enfadado. Ya le habían advertido de la chusma que podría encontrarse en los Mortífagos, así que tonto de él no habérselo creído.

Así que se cruzó de brazos, sin intención de preguntarle ni por su estado, ni mucho menos a cuestionarle el porqué de haberse comportado como lo hizo. Simplemente habló de lo que tienen que hablar dos personas con una relación profesional como la de ellos.

—¿Hay algún plan para ir a por Melina Whitmore? —preguntó, directamente, enfocándose en lo profesional.
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Ayax EdevaneBecario Área-M

Wolfgang Rawson Ayer a las 11:15 pm

De acuerdo. Ni siquiera alguien como Wolfgang Rawson, alguien incapaz de comprender al cien por cien el porqué de la manera de actuar de los miembros de la especie humana que eran más normales que él, esperaba que Ayax Edevane le hablara como si tal cosa después de lo ocurrido la última vez que se habían visto. No en vano, Ayax había arriesgado su vida en un intento por salvar la vida del mortífago, y éste último lo había arrojado todo a la basura por el mero hecho de obtener un pequeño momento, un momento ínfimo de triunfo sobre aquella cosa que lo había llevado al borde de la muerte.
En realidad, Wolfgang opinaba que tampoco había sido para tanto. El joven Edevane estaba allí, vivito y coleando, por lo que Wolfgang tampoco creía que hubiera lugar para tanto drama. ¿No se le había ocurrido acaso reducir a cenizas el lugar y salir corriendo? Literalmente, la posibilidad de hacer aquello estaba en la palma de su mano.
Las palabras de Wolfgang no fueron las más acertadas, de eso estaba seguro. Fueron palabras a la altura de un gilipollas desagradecido, pero aquello se debía simple y llanamente a que no se sentía agradecido en lo más mínimo.
Las palabras de Ayax, por otro lado, denotaban un enfado evidente incluso para un ser sin emociones como Wolfgang Rawson, quien lo más parecido al afecto que había sentido había sido aquella extraña relación con su hermanastra, Meera, una squib que llevaba años desaparecida de su vida. Había un centenar de formas de responder a aquella pataleta, todas ellas correctas e incorrectas al mismo tiempo, pero Wolfgang optó por dejarlo correr. Le importaba una mierda cómo se sintiera Ayax Edevane.
El joven, en cambio, parecía seguir interesado en colaborar con él, o por lo menos en el asunto de Melina Whitmore. Asunto del cual, por cierto, Ayax era el último en saber algo. Y es que antes de que Wolfgang tocase aquella pelota arrojada por Melina Whitmore y terminara con sus huesos en aquel nido de vampiresas, Ayax seguía en aquel callejón con la susodicha.

—Tú sabrás.—Respondió el mortífago a la pregunta de Ayax, dejando atrás la pataleta del joven.—El último en ver a Melina Whitmore y a su acompañante fuiste tú. ¿Qué ha sido de ellos? ¿Los capturaste?—Wolfgang tenía sus dudas. Después de todo, de ser así ya habría escuchado cosas al respecto: tal vez un interrogatorio que incluyera torturas salvajes a aquellos dos, o simplemente un avance en la investigación sobre el grupo de fugitivos.

El mortífago se cruzó de brazos, el semblante serio, esperando la respuesta de Ayax. Por ahora, estaba dispuesto a dejar pasar sus comentarios anteriores. A fin de cuentas, ¿qué le importaba a él la opinión que tuviera de él? Lo que le importaba era que supiera trabajar con él. No se había unido a las filas de Lord Voldemort para hacer amigos, sino para hacer el bien común en aquel mundo corrupto y lleno de aquellos seres inferiores que ni siquiera podían utilizar la magia.
Aquella pelea, en comparación con todo eso, no tenía la más mínima importancia.
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