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Something new out of the ashes {Rox&Gwen}

Gwendoline Edevane el Sáb Oct 20, 2018 3:42 pm

Something new out of the ashes {Rox&Gwen} GHf5EHs
Viernes 19 de octubre, 2018 || Hospital San Mungo || 18:45 horas || Mi ropa (Soy morena, no rubia)

Los días se volvían cada vez más cortos. Aquello era un hecho: apenas si eran las siete de la tarde, y el cielo de Londres empezaba a adquirir un tono anaranjado, característico del atardecer. La temperatura también había caído notablemente, y los viandantes vestían abrigos y chaquetas.
Definitivamente, el verano se había acabado. O, por lo menos, agonizaba.
Caminaba por una tranquila calle de Londres en dirección a la chimenea de la red Flú más cercana, perdida en mis propios pensamientos. Esa tarde empezaba mis prácticas voluntarias en el hospital San Mungo de enfermedades mágicas, y mentiría si dijese que no estaba nerviosa: a mis veintinueve años, no imaginaba que me enfrentaría a otro ‘primer día’. Pero 2018 había sido un año de cambios, nunca mejor dicho, y estaba descubriendo cosas sobre mí que no sabía que estuviesen ahí.
¿Cómo transcurrirían aquellas prácticas? En principio, serían solamente tres horas a la semana, y eran un requisito básico a la hora de sacarme la carrera a distancia. Y, por lo que sabía, mi primer día se basaría en observar y aprender, así que no parecía demasiado difícil. Después de todo, ya había tenido que ejercer de enfermera en más de una ocasión en los últimos meses.
Espero que mi tutor en prácticas sea agradable, pensé mientras me internaba en el pequeño edificio abandonado que albergaba la chimenea en cuestión, un lugar encantado mágicamente para que los muggles no mostrasen siquiera interés en él. Puedo soportar cualquier cosa, incluso luchar contra mortífagos y cazarrecompensas, pero no puedo con un profesor desagradable, pensé mientras metía una mano en mi bolso superextensible para sacar un pequeño paquete de cuero que contenía polvos Flú.


***

Emergí de entre las llamas verdes de la red Flú en la recepción del hospital San Mungo. Me sacudí un poco la ceniza que se había adherido a mi ropa en el proceso, todavía preguntándome acerca de mi hipotético tutor de prácticas, y me acerqué al mostrador de recepción. Lo ocupaba una mujer, la cual alzó la vista nada más verme llegar, sin sonreír, pero con una mirada atenta detrás de sus grandes gafas.

—Buenas tardes. Me llamo Gwendoline Edevane y he venido para realizar unas prácticas de medimagia.—Dije, esbozando una sonrisa. Estaba nerviosa hasta por presentarme como una alumna en prácticas. Ojalá mi tutor en prácticas sea Laith, pensé, acordándome del amigo de Beatrice—y de Sam, también de Sam—el cual me había parecido sorprendentemente agradable aquella vez, cuando me había prestado ayuda con el tema de Savannah.

—Le toca a usted con la sanadora Jensen.—Informó la mujer, acercándose entonces a la boca un aparato con aspecto de micrófono, aunque elaborado en madera. En cuanto empezó a hablar por él, su voz se vio ampliada, y pareció emerger de todas partes del edificio.—Sanadora Jensen, por favor, se requiere su presencia en recepción. Repito: Sanadora Jensen, por favor, se requiere su presencia en recepción.—El tono empleado por la recepcionista era monótono, casi robótico.

Me hubiese gustado poder decirle que no importaba, que yo misma podía buscar a la sanadora Jensen, pero dio igual. Al parecer, el protocolo debía exigir que nadie se pasease sin supervisión por los pasillos de San Mungo. Tenía su lógica, desde luego.
Cruzada de brazos, y sin saber qué más decir, esperé. Mis nervios estaban haciendo que sintiese deseos de mordisquearme las uñas. Supuso un esfuerzo titánico reprimir el impulso...
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

S. Rox Jensen el Miér Oct 24, 2018 12:28 pm

De nuevo, aquel día Roxanne recibiría a una estudiante de medimagia en prácticas, y con esta sería la segunda vez que la francesa ejercía de tutora para un alumno de medimagia. Mentiría si dijera que los nervios no habían hecho presa a su estómago, ¡por supuesto que estaba nerviosa! Tener la responsabilidad de enseñar a alguien no era ninguna tontería, y Roxanne se lo tomaba tan en serio como la primera vez. A pesar de que aquella primera vez las cosas no hubieran salido del todo bien…

Su anterior alumna, por desgracia, había tenido que abandonar las prácticas de manera repentina y brusca, por lo que a la sanadora le quedó un mal sabor de boca que se fue diluyendo con el tiempo. Sin embargo ahí estaba otra vez, esperando que, ésta vez sí, las prácticas se diesen de manera normal y su alumna aprendiese lo máximo posible. Además, le habían dicho que eran unas prácticas voluntarias, así que solo podía esperar que dicha alumna tuviera verdadero interés por la medimagia.

Sin embargo los nervios habían pasado a un segundo plano cuando a primera hora del mediodía había ingresado un paciente en la tercera planta, afectado por una poción de amor extremadamente fuerte. El antídoto que solían usar para dichas situaciones no había surtido efecto, y sin la poción original no había manera de saber qué ingredientes llevaba para poder adaptar el antídoto.

Unas horas después…

Sanadora Jensen, por favor, se requiere su presencia en recepción. Repito: Sanadora Jensen, por favor, se requiere su presencia en recepción.

El aviso la cogió totalmente desprevenida, haciendo que la sanadora diera un pequeño brinco en el taburete en el que estaba sentada. Estaba tan concentrada, en las pruebas que estaba realizando y en el libro de pociones que estaba leyendo, que había perdido la noción del tiempo.

¡Las prácticas! —exclamó abriendo desmesuradamente los ojos cuando se acordó, llamando la atención de los pocionistas y sanadores que allí había.

Por las barbas de Merlín, si hasta se le había olvidado comer. Sin más demora, la sanadora se encaminó hacia la recepción del hospital, no sin antes apagar el fuego del caldero que había estado utilizando, y de nuevo aparecieron los nervios. Dichosos nervios.

Respiró hondo mientras bajaba las escaleras que la llevarían hasta la recepción, dominando sus nervios y acallando las voces en su cabeza que se ponían en la peor de las situaciones.

¿Me has llamado, Beth? —cuestionó cuando estuvo frente al mostrador, ella había supuesto que había sido a causa de las prácticas pero tampoco quería sacar conclusiones precipitadas.

Tu alumna, Jensen —respondió secamente, señalando con la mirada a la mujer que había allí, a un par de pasos de donde Rox estaba.

A simple vista deberían tener una edad similar, pensó sorprendida Roxanne, que estaba acostumbrada a que los alumnos de prácticas fuesen más jóvenes. Fue una grata sorpresa, a decir verdad, pues en el fondo la rubia esperaba que aquello facilitase en el entendimiento entre ambas.

Hola, bienvenida —la saludó con una sonrisa amable y tendiéndole la mano, para compensar un poco el áspero trato de Beth que quizá no era la primera toma de contacto ideal para los alumnos nerviosos. — Soy Roxanne Jensen, tú debes ser Gwendoline Edevane, ¿cierto?

Era lo único que le habían dicho cuando le dijeron que tendría una nueva alumna de prácticas, su nombre, y Roxanne se había esforzado por recordarlo. Esperaba no haberse equivocado.

Vamos, te enseñaré un poco esto y te llevo a la sala de personal para que puedas dejar tus cosas y te cambies —le informó mientras echaba a andar, de nuevo camino a las escaleras. De no ser por el uniforme verde lima, representativo de los sanadores, y la bata blanca que llevaba Roxanne bien podría haber sido ella la alumna, pensó con gracia mientras miraba a Gwendoline, que era unos centímetros más alta que ella. — Supongo que lo sabes, pero los primeros días solo podrás observar, así que irás donde yo vaya. Sé que suena aburrido, pero no me dejan hacer otra cosa y con suerte serán solo unos días, hasta que te adaptes. Así que, dime, ¿tienes ganas de empezar?


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S. Rox Jensen
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Gwendoline Edevane el Jue Oct 25, 2018 12:31 am

En un intento por mantener la profesionalidad, y bastante acostumbrada a situaciones semejantes en el Ministerio de Magia, me limité a permanecer de pie en las proximidades del mostrador de recepción, a la espera de la tal ‘sanadora Jensen’. No hice siquiera amago de sacar mi teléfono móvil, como haría cualquier persona normal en una situación así: el móvil era un elemento muy socorrido a la hora de amenizar un rato de espera, pero también denotaba una falta de profesionalidad increíble.
Eso dejando a un lado el hecho de que el teléfono móvil, invento muggle donde los hubiese, estaba mal visto en general.
No tuve que esperar mucho, apenas unos minutos desde la llamada de la recepcionista. Pronto vi llegar a una mujer rubia, más o menos de mi edad, ataviada con un mono verde lima que recordaba muchísimo a los empleados por el personal de los hospitales muggles.

—Es un placer conocerla, sanadora Jensen.—Respondí a la presentación de la sanadora, cuyo nombre era Roxanne Jensen. Estreché su mano, sonriéndole con amabilidad. Debo reconocer que los nervios me habían llevado a bajar un poco mis escudos habituales: mis gestos eran más naturales, más propios de la yo de la intimidad, con sonrisas mucho más amplias y menos controladas de lo habitual.—Efectivamente, esa soy yo.—Asentí con la cabeza, al tiempo que ensanchaba un poco más mi sonrisa.

La sanadora Jensen era bastante atractiva, y una vez más me sorprendí del hecho de que tuviese una edad similar a la mía. Habría esperado a algún sanador veterano, de esos que rozan los cincuenta años y que han vivido suficiente como para que su carácter se amargue. Sin embargo, allí tenía a aquella joven rubia de expresión amable. Quizás aquellas prácticas no fuesen tan horribles como había llegado a temer.
Asentí una vez más con la cabeza cuando sugirió que la acompañase para conocer un poco San Mungo. No es que yo hubiese visitado demasiado aquel lugar, por lo que una pequeña visita guiada no me vendría mal. Caminé junto a ella, todavía un poco nerviosa.

—Eso me han dicho.—Asentí con la cabeza, y ciertamente yo no esperaba otra cosa: observar y aprender, esos eran los fundamentos básicos de todo buen alumno. Por supuesto, no me apetecía meterme, ya en mi primer día, a extraer veneno del cuerpo de algún mago desafortunado, o a tratar los resultados de algún hechizo malintencionado. Pero, por una parte, casi lo estaba deseando.—La verdad es que tengo muchas ganas. Como habrás podido comprobar, no tengo lo que se dice la edad estándar para ser una estudiante universitaria. Estoy compaginando mis estudios con mi actual empleo en el Ministerio de Magia.—Había hablado un poco de más, pero tampoco había dicho nada que no fuese cierto.—Estoy lista para aprender, definitivamente.

Suponía que en mi estancia en San Mungo vería un montón de cosas desagradables, pero eso no me importaba: cuanto antes empezase, antes me adaptaría a ese tipo de situaciones. Teniendo en cuenta que mis amistades eran en su mayoría fugitivos, y mi labor dentro de la Orden del Fénix, no me vendría mal ir acostumbrándome a ver la cara más horrible de la vida representada en heridos y enfermos.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

S. Rox Jensen el Vie Nov 02, 2018 1:45 pm

Lo mismo digo, pero solamente Roxanne está bien —se aventuró a corregirla con tono amable. Realmente apreciaba el tratamiento cortés y sabía que era lo adecuado en situaciones como esta, pero se sentía rara recibiéndolo, la hacía sentir mayor y ya bastante tenía con la sombra de los treinta acechándola.

Roxanne encontró la sonrisa de Gwendoline muy bonita, sobre todo cuando la hizo más evidente al confirmarle que había dicho bien su nombre. Menos mal, pensó la sanadora, que se habría muerto de la vergüenza de haberse equivocado. No solo habría sido bochornoso, sino también de muy mala educación, ¡qué menos que saberse el nombre de su única alumna!

Cuando Gwendoline le mencionó lo de su edad, la sanadora asintió con la cabeza levemente avergonzada, como si fijarse en aquel detalle fuese algo reprochable o la hubieran pillado haciendo alguna travesura.

Me alegra oírlo —dijo sinceramente. La sanadora creía firmemente que tener una buena disposición era algo fundamental, no solo a la hora de hacer unas prácticas, sino en cualquier aspecto de la vida. — Así que trabajas en el Ministerio, eso suena bastante importante, ¿cómo fue que decidiste volver a estudiar? —y justo al momento de decirlo se percató de que quizá estaba pecando de curiosa. — Ay, nos acabamos de conocer y ya me estoy metiendo donde me llaman. Lo siento. Si en algún momento crees que me paso de confianza o digo algo que te incomode, de verdad, no dudes en decírmelo.

Los motivos que Gwendoline tuviera para volver a embarcarse en la aventura universitaria eran solo suyos, y Roxanne ya había ido a meter las narices sin tener en cuenta que quizá la morena no quisiese hablar de ello, o simplemente no quisiese contárselo a una desconocida. Pero la curiosidad había podido con ella y había hablado antes de pensar, algo que la francesa se recriminó mentalmente, pues lo último que quería era incomodarla en su primer día.

Y lo mismo si tienes cualquier pregunta o quieres hacer algún comentario o valoración sobre algún paciente, no te quedes con las ganas de hablar —le había dicho que le dijese si la incomodaba o se pasaba de confianza, pero también creyó necesario añadir aquello. — Sé que solo puedes observar de momento, pero quiero que sepas que a mí no me importa escuchar lo que tienes que decir. Es más, me encantaría que me dijeses lo que opinas, quizá tú veas algo que yo he pasado por alto o tus preguntas me hagan replantearme el modo de proceder en algún caso. Es decir, es importante que sepas que en este trabajo se está en continuo aprendizaje, tú eres la estudiante pero yo también puedo aprender cosas de ti, así que no tengas miedo de hablar.

¿Por qué Roxanne dijo todo aquello? Bueno, pues era bastante sencillo. Algunos sanadores eran egocéntricos en exceso, no toleraban que sus estudiasen opinasen y no los tenían en cuenta en absoluto. Los más veteranos sobre todo solían pensar que ya lo sabían todo y Rox no podía estar en mayor desacuerdo. La sanadora solo quería que Gwendoline entendiese que ella no era así, que tendría en cuenta sus opiniones, que la corregiría cuando errase en algo y que aceptaría sus sugerencias sin sentirse amenazada por los conocimientos de una estudiante.

No sé si habrás estado antes aquí en San Mungo, pero el hospital consta de cinco plantas —le informó mientras subían las escaleras hacia el primer piso. — En la planta baja, de dónde venimos, además de la recepción están los accidentes provocados por artefactos. En la primera se encuentran las heridas provocadas por criaturas, desde mordeduras hasta espinas clavadas. La segunda es la de enfermedades mágicas, incluyéndose las contagiosas; hay que tener mucho cuidado con esas, pero ya te explicaré el protocolo de prevención cuando vayamos. Tercera y cuarta planta, envenenamientos por pociones o plantas y daños provocados por hechizos, respectivamente. Ah, y la quinta pero no menos importante; el salón de té y tienda de regalos —terminó de decir con una sonrisa.

En el Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas no habían ascensores por lo que el único método para ir de planta en planta eran las escaleras y, aunque cinco pisos no fueran muchos, lo cierto es que podía llegar a ser muy cansado. Roxanne solía pensar que al menos así mantenía el culo firme.

Ya te las irás aprendiendo con el tiempo, subiendo y bajando escaleras se memoriza todo mucho más rápido —bromeó. — Ah, y se me ha olvidado, las urgencias mágicas también en la planta baja. Esa es importante. De momento vamos a la tercera, a la sala de personal, para que dejes tus cosas, te pongas una bata, y yo me pueda poner un café, que menuda mañanita llevo.
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Gwendoline Edevane el Dom Nov 04, 2018 2:45 am

Durante todos los años que había pasado trabajando en el Ministerio de Magia, había aprendido una cosa: nunca debía fiarme del todo de nadie, lección que había resultado ser de mucha utilidad dados lo acontecimientos más recientes de la institución mágica. Una amplia sonrisa, aparentemente cálida, podía esconder a tu peor enemigo. Alguien que podía darte la mano mientras la otra, detrás de su espalda, empuñaba un frío puñal que pretendía hundir en tu corazón.
Quizás no fuese el caso de Roxanne Jensen. La mujer parecía genuinamente amable, una persona acostumbrada a tratar con pacientes a diario. En mi cabeza, alguien que había escogido dedicar su vida a tratar las heridas, enfermedades y demás problemas de salud de los demás no podía ser mala persona. Claro que, cuando pensaba esas cosas, me obligaba a mí misma a recordar a Chudley Skeegan, uno de los secuaces de Artemis Hemsley—la mortífaga encargada de hacernos la vida imposible a Sam, a Caroline y a mí actualmente—y a pensar en cómo utilizaba sus dones para la medimagia para asegurarse de que las víctimas de la susodicha soportaban las extremas torturas a las que les sometía.
Entonces, esa confianza ciega se me pasaba.
Así que me resultaba muy complicado, de buenas a primeras, desvelar mis auténticos motivos para volver a estudiar. Pero sí podía decirle algo que era verdad, aunque no fuese toda la verdad.

—No te preocupes. Está bien.—Respondí a la disculpa de la sanadora Jensen, restándole importancia al asunto. Tampoco es que hubiese matado a nadie ni mucho menos.—La verdad es que creo que siempre ha sido mi vocación, ya desde pequeña.—Esbocé una leve sonrisa al recordarme a mí misma de pequeña, correteando de aquí para allá con un estetoscopio de juguete que mi madre me había regalado la semana en que confesé que quería ser médico después de ver algún episodio de alguna serie de médicos de la época, de cuyo título no consigo acordarme.—Soy la típica persona que siempre tiene una aspirina o una tirita para una amiga que la necesita. Aprendí por mi cuenta a vendar heridas cuando estaba en la universidad, más que nada por la facilidad que tenía para cortarme con cuchillos mientras preparaba la cena.—Sonreí nuevamente. Ahora me hacía gracia; en su momento, no tenía tanta.—Supongo que tengo suerte de no ponerme mala con la sangre, ¿no?—Dediqué una breve mirada a Roxanne, antes de volver a mirar al frente.—Recientemente he empezado a tomármelo un poco más en serio, y me he hecho con un montón de libros de medimagia y medicina muggle, en parte para saciar esa sed de conocimientos infinita que parecemos tener los que estudiamos en la casa Ravenclaw. Y me dije a mí misma: ¿Por qué no hacerlo bien? Y aquí estamos.—Sonreí con cierta diversión, dejando fuera de la ecuación el motivo más importante de todos: mis amigas fugitivas.

No dejaba de pensar en lo ocurrido las Navidades pasadas, cuando los hermanos Crowley habían atrapado a Sam y la habían torturado metódicamente durante horas, dejándola al borde de la muerte. Si podía elegir, y si estaba en mi mano evitarlo, aquello no volvería a ocurrir; pero si volvía a suceder, prefería estar capacitada para hacer frente a ello.
Dejando a un lado estos pensamientos tan funestos y que parecían sacados más de una pesadilla que de la realidad, continué prestando atención a la sanadora Jensen. Y lo cierto es que me sorprendió gratamente esa predisposición que tenía a aceptar consejos de sus alumnos en prácticas. Me imaginaba que no todo el mundo allí sería tan propenso a aceptar consejos de gente con tan pocos conocimientos, pero ella sí. Y resultaba reconfortante.

—De acuerdo, aunque dudo mucho que pueda ofrecer algo realmente útil por ahora.—Respondí con modestia, pero con modestia auténtica y no esa falsa modestia destinada a quedar bien. No creía que tuviese conocimientos suficientes como para ver algo que no viese una experta como ella.

Nos encaminamos hacia las escaleras, y mientras subíamos peldaño a peldaño, Roxanne me ofreció un breve resumen del plano del hospital mágico. Metí la mano en mi bolso y tomé mi cuaderno de notas y una pluma estilográfica convencional. A medida que la sanadora enumeraba cada piso y su función, yo iba tomando notas. Sin duda, todo aquello podía saberlo preguntando en recepción, pero aún así anoté todo lo que me iba diciendo. Me costaba bastante trabajo seguirle el ritmo y transcribir sus palabras. Nota mental: conseguir una vuelapluma, me recordé a mí misma.

—He estado aquí recientemente, de hecho. Tras el ataque de los radicales al Ministerio de Magia.—Apunté. Podría habérmelo ahorrado, pero teniendo en cuenta que había pasado bajo los efectos de algún tipo de sedante mágico casi todo el tiempo que había permanecido allí, podía ser que incluso ella me hubiese tratado. Y os digo una cosa: esperaba que no, pues aquella estancia había terminado con Caroline ayudándome a salir de allí antes de que me diesen el alta. Siempre había odiado los hospitales, las enfermerías, las clínicas y todos sucedáneos. Al menos, como paciente.—Pero en general, he pasado poco tiempo aquí. Toda esta información me vendrá muy bien.

Sonreí levemente ante su broma de las escaleras, y seguramente me iba a costar mucho habituarme: el Ministerio estaba lleno de ascensores, por lo que las escaleras se utilizaban poco o nada.

—Bueno, creo que los años de cardio y ejercicio me vendrán bien aquí.—Bromeé a su vez, mientras anotaba la nueva información sobre las urgencias mágicas y la sala de personal. Allí, la sanadora Jensen parecía tener intención de tomarse un merecido café. Yo también me tomaría uno de buena gana, y más teniendo en cuenta que iba a pasarme las próximas tres horas, hasta las diez de la noche, viendo cosas que seguramente acabarían con mis reservas de energías. Pero no me parecía muy profesional decir algo así en mi primer día. En cambio, sí manifesté una duda.—¿Trabajas habitualmente en urgencias?—A la hora de aprender, urgencias mágicas encajaba mucho más con los conocimientos que necesitaba adquirir que las actividades desempeñadas en cualquier otra planta, pero tampoco es que pudiese escoger.—Tiene pinta de que en los tiempos que corren tendrá mucha actividad.

Y lo decía totalmente en serio: como desmemorizadora, había visto lo que ocurría después de que los mortífagos, cazarrecompensas y aurores diesen con un fugitivo. En los mejores casos, el fugitivo lograba ser reducido sin causarle daño; en los peores, si no moría durante el intento de arresto, el fugitivo sufría lo indecible. Y como los hijos de muggles eran un bien valioso para el Área-M, y no valían nada muertos, sus captores los llevaban a San Mungo. Siempre y cuando estuviesen tan malheridos que no pudiesen ser trasladados a la prisión, claro.
Gran consuelo ha de ser ese: parchear a un pobre fugitivo lo justo y preciso como para que puedan meterle entre rejas y experimentar con él, pensé con amargura, intentando no recordar todos los casos de que había sido testigo en mi vida.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

S. Rox Jensen el Miér Nov 21, 2018 3:35 pm

Roxanne se sintió aliviada cuando vio que Gwendoline no se había tomado a mal aquella pequeña intromisión, que no lo había dicho a mala idea pero nunca se sabe cómo va a reaccionar la otra persona y, como se acababan de conocer hacía apenas unos minutos, fue inevitable que la sanadora se preocupase por si había metido la pata. Por suerte para ella, Gwendoline parecía tener un carácter afable.

Escuchó la respuesta de la morena, sonriendo cuando le comentó su pequeña anécdota con la cocina y los cuchillos, ¡qué le iba a decir a ella! Si Roxanne también era un desastre en la cocina.

Sí, definitivamente —asintió cuando le hizo aquel pequeño comentario sobre la sangre. — Este no es un trabajo para estómagos sensibles y hay cosas mucho peores que la sangre. Recuerdo que en mi promoción, cuando nos tocó hacer las prácticas, un compañero abandonó la carrera al ver un caso bastante grave de despartición —comentó. ¿Dónde estaría aquel chico ahora? En fin.

Si vas a hacer algo asegúrate de hacerlo bien. Roxanne entendía perfectamente aquel punto, y asintió con aprobación cuando Gwendoline lo dijo, sin embargo había algo que la morena acababa de mencionar que hizo que le picara el bichito de la curiosidad. Ravenclaw. Al haber estudiado en Beauxbatons no era mucho lo que Rox sabía sobre la escuela de magia británica, aparte de que se dividía en cuatro casas, al igual que Ilvermorny.

¿Entonces Ravenclaw es la casa de los estudiosos? —se aventuró a preguntar. — Yo es que estudié en Beauxbatons y no sé mucho sobre Hogwarts.

Su círculo de amistades actualmente estaba formado por gente de, más o menos, su misma edad y no era usual sacar temas tan pasados como los del colegio. Mientras que en el pasado, en sus años de universidad cuando era más normal hablar sobre la añoranza de la escuela, Roxanne todavía se encontraba en pleno proceso de cambio y no era lo que se suele decir especialmente sociable.

Quien sabe —se limitó a responder cuando Gwendoline pareció dudar de sus conocimientos. Entendía la actitud de la morena, pues no hacía tanto que ella también había sido una alumna en prácticas, o al menos eso quería pensar Roxanne, que no hacía tanto de aquello. Al menos ella lo recordaba como si fuera ayer, y oye, que los treinta son los nuevos veinte. O al menos eso dicen.

El caso es que recordaba bien lo que era dudar hasta de lo que una tiene certeza de saberse al dedillo, y lo cierto es que costaba mucho deshacerse de aquella sensación, porque cuando la vida de alguien depende de lo que sabes acerca de alguna enfermedad o tratamiento, lo normal es dudar. Es inevitable sentir miedo a fallar, porque las consecuencias pueden ser tan desastrosas e irreversibles como la muerte en el peor de los casos, y cargar con eso en la conciencia es algo muy duro.

Lo recuerdo muy bien, fue terrible. Lamento que tuvieras que pasar por algo así —dijo con sinceridad. Tanto Roxanne como el resto de sanadores habían trabajado a destajo atendiendo heridos, muchos de los cuales habían llegado casi al borde de la muerte y por los que no se pudo hacer mucho. No era un tema sobre el que se pudiera tener una alegre y distendida charla precisamente. — Sí bueno, se te va quedando grabado sin que te des cuenta mientras vas de un sitio a otro, pero por si las moscas.

Se rió mientras asentía, desde luego estar en forma la ayudaría mucho a la hora de no acabar con la lengua fuera de tanto subir y bajar, al contrario que Roxanne, que durante su primer mes en San Mungo casi tuvieron que ingresarla a ella por insuficiencia respiratoria.

Sí, estoy mucho en urgencias aunque también tengo pacientes asignados en otras plantas, pero suelen ser a los que he tratado en urgencias y han tenido que ingresar —se explicó. Su especialidad eran los envenenamientos por pociones, aunque las urgencias mágicas siempre le habían parecido más interesantes en el sentido de que se tocaban todos los palos de la medimagia. — No me los quedo todos yo obviamente, depende mucho del caso, sino no saldría nunca de aquí —dijo con una ligera risa.

Cuando era más joven había dudado sobre qué materia elegir a la hora de especializarse, sus ramas predilectas eran los envenenamientos y los daños provocados por hechizos, y aunque finalmente había optado por la primera lo cierto es que no era capaz de dedicarse a ello por completo, seguía gustándole la posibilidad de tratar las distintas ramas de la medimagia por igual y por eso le gustaban las urgencias mágicas.

Más de la que quisiera, sí —contestó al comentario de Gwendoline. Sanar personas heridas era su trabajo, pero no le importaría tener algunos días libres de más si eso significaba ponerle fin a la barbarie que estaba viviendo el mundo mágico.

Suspiró mientras terminaban de subir las escaleras hasta el tercer piso, donde se encontraba la sala del personal que en aquellos momentos se encontraba vacía, algo que no era muy de extrañar puesto que las horas de mayor afluencia en aquella habitación solían ser la primera hora de la mañana y durante la comida. No era una habitación excesivamente grande, tenía el tamaño justo para albergar una mesa mediana y redonda, algunas sillas, una mesita auxiliar donde se encontraba la cafetera, junto a una caja de pastas que reponían cada día, el azúcar y vasos de plástico. Además de las taquillas donde el personal dejaba sus cosas personales antes de empezar el trabajo, y una puerta al fondo de la estancia que daba a unos baños para cambiarse o cualquier otra necesidad.

Coge alguna que esté vacía y deja ahí tus cosas —comentó refiriéndose a las taquillas. — Se cierra y abre con la varita, y se me está olvidando algo… ¡Ah, sí! Dentro debería haber una bata blanca como la mía, póntela —el misterio de las batas blancas, pensó Roxanne. Cuando se iba dejaba la bata en su taquilla y al volver ¡tachán! Allí estaba completamente blanca y limpia. Cada taquilla tenía dentro una bata con la diferencia que la de Roxanne, y los demás sanadores, tenía su nombre grabado a modo de identificación.

Roxanne dejó que Gwendoline echase un vistazo mientras que ella iba directa a la máquina de café y se servía un buen vaso cargado de azúcar, además de coger algunas de las galletas que había en la caja aquel día. Umm, de mantequilla, pensó mientras su estómago agradecía la ingesta después de haberse saltado la comida.

¿Quieres un café o galletas? —le preguntó a la morena mientras tomaba asiento en una de las sillas. — Es tú oportunidad, luego iremos a ver a un paciente que me lleva loca desde que llegó esta mañana a urgencias —informó mientras la cucharilla daba vueltas mágicamente al oscuro líquido para que se mezclase con el azúcar. — Lo han ingresado en esta planta, así que por suerte para nosotras no habrá que subir escaleras, de momento. Al pobre chico le han dado una de las pócimas de amor más fuertes que he visto, sin llegar a ser Amortentia, claro. Estaba como loco, le he dado una poción para que duerma pero ya debe de haberse despertado.
S. Rox Jensen
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Gwendoline Edevane el Jue Nov 22, 2018 2:28 am

El trabajo en San Mungo, sin lugar a dudas, prometía emociones fuertes: la sangre tenía que ser lo que menos impresión causaba a un sanador experimentado, curado de espanto ante las locuras que podía llegar a ver entrando por la puerta de urgencias. Yo tenía una imaginación muy despierta, y aún así no podía ni imaginarme hasta qué punto podía ser cierto aquello. Si bien no me era desconocido el daño que un ser humano puede causarle a otro sin llegar a matarlo—en mis noches más inquietas, no tenía más que cerrar los ojos para que apareciera ante mis ojos la imagen de aquella alfombra salpicada con la sangre de Sam, y algunos restos de su piel—podía decir con toda seguridad que todavía no había visto nada.
Las palabras de la sanadora Jensen no me sorprendieron, a pesar de todo. Si en algún lugar podían verse aquellas atrocidades—sin ser partícipe directo de ellas ni sufrirlas, claro—ese lugar era el hospital San Mungo.

—No debe ser muy agradable de ver, no...—Comenté. Sin embargo y a pesar de que la imagen no debía ser nada grata, me sentía preparada para afrontar cosas así. Y en un futuro no muy lejano, me vería obligada a ello, de hecho.

La verdad, nada en el aspecto de Roxanne Jensen me llevó a pensar que tal vez no fuera británica. Claro que los británicos tenemos una forma extraña de ver el mundo. La afirmación de la sanadora de que había estudiado en Beauxbatons me hizo abrir ligeramente los ojos, sorprendida. Que yo supiese, no había conocido nunca a nadie que hubiera estudiado allí. Quizás había coincidido con alguien de Francia en el Ministerio de Magia, pero si ese era el caso, no lo recordaba.

—¡Beauxbatons! He escuchado muchas cosas buenas sobre ese colegio mágico.—Y seguro que en él no se enseñan Artes Oscuras, pensé con cierto rencor, pensando en el tipo de adultos en que se convertirían los alumnos que actualmente estudiaban en Hogwarts.—En teoría, así es: el rasgo principal de los alumnos que estudian en la casa Ravenclaw es la inteligencia y la pasión por los estudios. Las otras tres casas, Gryffindor, Slytherin y Hufflepuff, también tienen sus características propias. Se dice que los Gryffindor son valientes y nobles, los Slytherin ambiciosos y orgullosos, y los Hufflepuff leales y trabajadores.—Miré a la sanadora, componiendo una sonrisa de disculpa: me había puesto a divagar un poco.—Perdona, a veces me emociono hablando sola.

No me hacía demasiada gracia recordar el ataque al Ministerio, ni la posterior recuperación de las lesiones que sufrí durante éste. Había pasado por un proceso de readaptación a la vida en el Ministerio de Magia, durante el cual me regodeé bastante en mi propio odio hacia el mundo. Finalmente, había logrado salir del pozo—en gran medida gracias a la ayuda de Caroline Shepard—pero aún a día de hoy seguía poniéndome nerviosa ante cualquier sonido de origen desconocido que escuchaba en los pasillos.
Sin embargo, no me gustaba hablar demasiado de ello. Así que, cuando la sanadora Jensen me ofreció unas palabras de consuelo, les resté importancia con una sonrisa.

—¡Oh, no te preocupes! En realidad tuve bastante suerte. Lo cierto es que convencí a una amiga para que me sacara de aquí antes de que me dieran el alta.—Confesé, cosa que era cierta, pero que sonaba muy peliculero: todavía recordaba aquella discusión con uno de los sanadores, que no quería dejarme marchar. Pero a tozuda no me gana nadie.—Ya entonces estaba estudiando un poco de medimagia por mi cuenta. Así que podemos decir que se cumple aquello de que los médicos son los peores pacientes.—Y sonreí divertida, intentando quitar hierro al asunto, y esperando no llevarme una bronca… de una sanadora, precisamente.

A medida que subíamos las escaleras, aproveché para consultar algunas dudas que tenía a la sanadora. En concreto, le pregunté acerca de su trabajo en urgencias, que a mi juicio en aquellos días debía ser un hervidero de actividad. Los cazarrecompensas y mortífagos no eran famosos por su delicadeza, amén de otros accidentes y estupideces que pudieran cometer los magos irresponsables. Y es que, sabiendo los riesgos de ciertas pociones y filtros, que hubiera magos que todavía estuvieran dispuestos a utilizarlos era de ser idiota.
No había más explicación.

—Así que alternas urgencias con el trabajo de planta. Eso suena muy interesante.—Dije, mientras tomaba notas de lo que me decía.—Es decir, sé que la salud es un asunto muy serio y que ha de tratarse como tal. Pero me fascina el trabajo de diagnóstico de enfermedades. Requiere de un proceso deductivo basado en conocimientos y experiencias propias. Y creo que en ese campo me desenvuelvo bien.—Todo lo que fuera pensar, o los rompecabezas, se me daba mejor de lo que me gustaba reconocer en voz alta.

Finalmente llegamos a la sala de personal, y una vez allí, Roxanne me señaló las taquillas, indicándome que escogiese una que estuviera vacía para depositar mis pertenencias. También me explicó el funcionamiento de las cerraduras, que funcionaban con magia. Aquello me suscitaba ciertas dudas: ¿Quería decir eso que cualquiera podía abrirlas, o solamente el mago propietario? Me imaginé que sería el segundo caso, pues de lo contrario los robos allí serían extremadamente sencillos.
Abrí la taquilla con un movimiento de varita, y efectivamente, en el interior había un uniforme como el de Roxanne, solo que de color blanco. Me descolgué el bolso del hombro y lo deposité en el estante más bajo, quedándome únicamente con el cuaderno de notas y con la pluma estilográfica. Una vez hecho esto, con un movimiento de varita sustituí mi ropa por el uniforme de trabajo. Lo que llevaba puesto apareció colgando de la percha que antes ocupaba el uniforme.
Ya vestida, y con la taquilla bien cerrada, fui a reunirme con la sanadora Jensen junto a la comida. Algo me decía que aquella sala era una de las más populares de todo el hospital mágico.

—Claro, muchas gracias.—Respondí a la invitación, para a continuación prestar atención a lo que me decía: al parecer, tendríamos que echar un vistazo a un ‘pobre enamorado’. Un paciente afectado por un filtro de amor muy potente. Puse los ojos en blanco, negando con la cabeza.—De verdad, ¿cómo puede haber gente en el mundo moderno que siga jugando con esas cosas? Siempre acaba mal.—Suspiré con hastío, tomando uno de los vasos y sirviéndome un poco de café solo con un poco de azúcar.—¿Llevas mucho en Inglaterra? Siento si es una pregunta un tanto indiscreta, pero me ha surgido la curiosidad por lo de Beauxbatons.—Pregunté entonces, dejando a un lado al paciente por un momento y siendo yo, esta vez, la que hacía una pregunta que podría ser considerada indiscreta. Sin embargo, la sanadora Jensen me transmitía confianza. No tenía una actitud que encajara con la de una purista ni con la de una mortífaga, o eso me parecía a mí.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

S. Rox Jensen el Vie Dic 14, 2018 9:27 pm

Lo cierto es que a Rox no le parecía que Gwendoline se hubiera puesto a divagar, bueno, quizá un poco sí, pero no la molestó en lo absoluto, más bien al contrario, escuchó muy atentamente todo lo que le dijo sobre Hogwarts y las distintas casas que componían la escuela, así como los atributos de cada una de ellas. ¡Era realmente interesante! A Roxanne le encantaba Beauxbatons, pero ahora que sabía aquellas cosas no podía evitar preguntarse a donde habría ido a parar de haber estudiado en Hogwarts. ¿Era valiente, inteligente, leal u orgullosa? Realmente era algo difícil de decir ya que uno no se veía a sí mismo objetivamente, lo que le hizo preguntarse cómo sabían a qué casa debía ir cada alumno. Quizá se lo preguntaría más adelante, si tenía ocasión.  

Tranquila, la verdad es que me ha parecido un sistema muy interesante —comentó de manera sincera. Además, ella había preguntado primero. — No sé, me hace pensar en las diferencias que hay entre las escuelas y academias de magia que existen por todo el mundo.

Rió despreocupadamente cuando Gwendoline le contó su pasada experiencia en San Mungo, quizá su deber como sanadora era mirarla reprobando su comportamiento, pero lo cierto es que le hizo mucha gracia y tampoco sacaba haciendo lo contrario. Pasado pisado, como solían decir, además de que Gwendoline ya era lo suficiente mayor como para saber lo que hacía y si ella había juzgado oportuno irse pues bien estaba, el trabajo del medimago era recomendar la estadía en San Mungo hasta el alta médica, pero si el paciente deseaba irse no había nada que se pudiera hacer.

Así es, sí. Muchos de los sanadores más jóvenes hacemos turnos en urgencias, sobre todo durante las guardias nocturnas. Las horas extras están mejor pagadas y se aprende más —explicó. También era más cansado y trastocaba el ritmo de vida. En su caso no solo estaba el factor del sueldo, sino que no estaba preparada para dedicarse solo a una rama de la medimagia, temiendo que no le llenase por completo, y por eso prefería seguir en urgencias. — Es un asunto muy serio, pero es nuestro trabajo al fin y al cabo, no está mal que nos parezca fascinante aunque algunas personas nos miren como si estuviésemos locos —le sonrió cálidamente cuando le dijo lo mucho que le gustaba el campo del diagnóstico de enfermedades. Vaya si había tenido suerte con su nueva alumna de prácticas, pensó realmente encantada con la actitud de Gwendoline. — Seguro que lo haces genial, ya verás.

Mientras que Gwendoline se cambiaba de ropa, una vez estuvieron en la sala para el personal médico del hospital, Roxanne tomó asiento, con una buena taza de café en una mano y un alijo de galletas frente a ella. Su estómago rugía y aquellas galletas de mantequilla, que de normal le estaban un poco pastosas, ahora le sabían como el mejor de los manjares jamás probados. Eso de saltarse comidas no estaba nada bien, mucho menos para alguien tan glotona como ella.

Ni que lo digas —respondió, mostrándose de acuerdo con la morena, después de tragar una de las galletas. — Jamás entenderé que tipo de desesperación hay que sentir para recurrir a métodos tan agresivos. Lo peor es cuando se ponen a experimentar, al pobre chico no le hace efecto el antídoto que usamos para este tipo de casos y me he pasado todo el día intentando encontrar una solución. Por eso mi ansía devoradora, no he comido —se excusó mientras cogía otra galleta. No quería que Gwendoline se pensase que tenía un problema con la comida, o algo por el estilo.

Negó con la cabeza mientras hacía un gesto con la mano restándole importancia a la pregunta que le acababa de realizar la morena. No le había molestado en absoluto y se lo habría dicho de no haber estado ocupado masticando un trozo de galleta.

Sí, llevo aquí como unos once años más o menos. Me vine después de graduarme en Beauxbatons —respondió después de tragar y dar un pequeño sorbo al café. — Me lo suelen preguntar mucho, la verdad, como perdí mi acento hace ya bastante todo el mundo se sorprende cuando digo que soy francesa —sonrió. Aunque era su apellido lo que más despistaba sobre su procedencia, prácticamente nadie sabía que Roxanne Jensen no era el nombre con el que había nacido. — A mí también me ha entrado muchísima curiosidad con lo que me has contado antes sobre las casas de Hogwarts. Es un sistema muy interesante y me hace preguntarme a donde habría ido yo de haber estudiado aquí, cuéntame, ¿cómo sabéis dónde tiene que ir cada uno? ¿Os hacen un examen o algo así?
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Gwendoline Edevane el Dom Dic 16, 2018 2:29 pm

Era habitual que el sistema de selección del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería sorprendiera a aquellos que no estaban familiarizados con él: separar a los alumnos en distintas casas en función a las características que más marcaran su personalidad parecía no solo rebuscado, sino también un tanto arbitrario. Y es que un sombrero mágico decidía en qué casa encajaban mejor una serie de niños de once años que comenzaban su andanza en el mundo mágico, sin tener en cuenta que dichos niños experimentarían una serie de vivencias que muy posiblemente cambiarían su personalidad. La desmemorizadora se había preguntado más de una vez si acaso era justo ‘señalar’ a alguien tan joven como una cosa u otra, y en ocasiones lo había considerado hasta segregacionista.

Pero Gwendoline tampoco había dedicado mucho tiempo a pensar en esto. Después de todo, sus años de colegio habían pasado, y por lo que a ella respectaba, en Hogwarts se habían perdido todos los valores en que ella creía. Así que, por lo que a ella respectaba, la institución mágica en que había pasado algunos de los mejores años de su vida ya no existía. Los mortífagos y los puristas se habían encargado de emponzoñar los buenos recuerdos que la morena conservaba de aquel lugar.

Uno de los aspectos de la medimagia que más fascinaba a Gwendoline era el diagnóstico clínico de enfermedades, principalmente porque incluía un proceso deductivo basado en observación, conocimientos, y finalmente elaboración de una solución adecuada al problema. Se parecía mucho a los rompecabezas y acertijos que tanto le gustaba resolver a Gwendoline, por lo que la mera idea de ponerse a trabajar en aquello le parecía fascinante. Por supuesto, sabía que lo que más le convenía conocer era todo lo relacionado con urgencias mágicas, a fin de atender hipotéticas heridas que mortífagos y cazarrecompensas pudieran causar a sus amigas y a los fugitivos escondidos en el refugio.

Roxanne mencionó las ventajas de las guardias nocturnas, y claramente, la del dinero fue la que le dio más igual. No porque no le interesara el dinero, sino porque sabía que no ganaría ni un solo knut con aquel trabajo al menos durante los próximos cuatro años. En el Ministerio se ponían bastante estrictos respecto a las becas, especialmente si éstas las solicitaba la directora de la oficina de desmemorizadores. ¿Es que no le llega a usted con su sueldo?, había preguntado la mujer que atendía en el mostrador donde se concedían—y denegaban—las becas universitarias.

—Supongo que siempre será mejor contar con un sanador que sienta verdadera pasión por su trabajo que con uno que simplemente quiere acabar lo antes posible para marcharse a casa.—Concluyó la morena con respecto a lo que le fascinaba de aquel trabajo.—Y puedo asegurarte que, aunque no le hice ni puñetero caso, agradecí el esfuerzo que hizo ese sanador que te he contado para que me quedara ingresada.—Añadió Gwen, sonriendo divertida. No mentía: aquel joven, a pesar de que en aquel momento no estuvo dispuesta a escucharlo, le transmitió una profesionalidad y una dedicación muy necesaria para el trabajo de sanador.

Una vez en la sala de descanso, Roxanne puso sobre la metafórica mesa el plan de trabajo más inmediato: un joven que padecía un caso de intoxicación con filtro de amor. Gwendoline puso los ojos en blanco, negando con la cabeza, y es que jamás había entendido qué clase de obsesión enfermiza podía llevar a alguien a utilizar semejante método, tan moralmente cuestionable, para conseguir una suerte de falso amor por parte de otra persona.

Manifestó su opinión, al tiempo que se servía un poco de café y permanecía de pie frente a una Roxanne que había tomado asiento. Debía estar cansada por todo el largo día de trabajo, y por lo que comentó, por hambre también.

—Tampoco yo comprendo cómo se puede pretender sacar algo real del uso de lo que claramente es una droga. Todo lo que conseguirás será un pelele que te siga a todas partes alabando tus virtudes y babeando.—Dijo Gwendoline, ladeando la cabeza justo a continuación, como si acabara de percatarse de lo que decía.—Quizás es precisamente eso lo que quieren.—Reflexionó, pensando que ella jamás haría algo así con Sam. Prefería un rechazo real que un amor falso.—De todas formas, por lo que sé de casos en que se ha hecho un uso “responsable”—Gwen hizo el gesto de comillas con los dedos de la mano derecha, libre del vaso de café, e hizo hincapié en la palabra ‘responsable’—siempre y cuando pueda hacerse un uso responsable de algo así, ya me entiendes… La cosa es que en teoría el efecto es pasajero, así que… ¿qué pretenden? ¿Tener a su interés romántico drogado toda la vida? ¿Construir una vida en base a un amor falso? No sé qué tienen en la cabeza...

La sanadora Jensen no llevaba poco tiempo en Inglaterra, precisamente. Once años podían parecer una vida entera a la edad que ambas tenían. Y, como ella mencionó, Gwendoline jamás habría pensado que fuera extranjera: su acento era inexistente. Ciertamente, no tenía el acento inglés tan característico de Londres, pero sí era demasiado neutro como para pensar que no era inglesa.

—¿Y te has acostumbrado ya a los ingleses? Dicen que somos muy fríos.—Preguntó Gwendoline con una sonrisa divertida. Sam siempre decía lo mismo: que los ingleses parecían hechos de hielo.—¡Qué va! Nos ponen un sombrero en la cabeza.—Respondió Gwendoline a la pregunta de Roxanne, como si tal cosa. Ya estaba componiendo una sonrisa divertida, cuando añadió.—Lo digo en serio: se llama Sombrero Seleccionador, y cuando te lo ponen en la cabeza, analiza tus… ¿pensamientos? ¿Personalidad? No sé cómo lo hace, es alguna forma de magia. Quizás prediga el futuro, incluso.—Gwendoline bebió un sorbo de café, antes de terminar la explicación.—Cuando ha terminado de tomar su decisión, grita el nombre de la casa a la que pertenecerás durante los siguientes siete años. Curioso, ¿eh?

Gwendoline se hizo también con una galleta. No tenía demasiada hambre, pues a diferencia de Roxanne, ella no se había saltado ninguna comida, pero era lo que tenían las galletas: si hay una cerca, una simplemente la coge y se la come. Dio un mordisquito a una esquina, intentando controlarse para no atiborrarse. Después de todo, cenaría cuando saliera de allí, y no quería llevar el estómago lleno de galletas.
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S. Rox Jensen el Vie Ene 25, 2019 9:59 pm

Filtros de amor. Recordaba que cuando era una adolescente una de sus compañeras en Beauxbatons intentó elaborar uno para dárselo a uno de los chicos más mayores, sin embargo mezcló mal los ingredientes y acabó por explotarle en la cara. Aquello fue divertido. Roxanne sabía lo que había hecho mal, ella era buena en pociones y habría podido ayudarla, pero se calló porque, a pesar de ser que era su amiga la interesada, encontraba aquel método como algo ruin y rastrero. Ahora, en la actualidad, su opinión no solo no había cambiado sino que se había reafirmado.

Gwendoline parecía tener una opinión muy similar a la suya, claramente en contra, lo cual la hizo sentir cómoda de hablar libremente.

No creo que lleguemos a entender nunca qué es lo que lleva a alguien, o en qué piensa, cuando decide recurrir a un filtro de amor. Quizá sea justo lo que tú dices y solo quieran a un perrito faldero, quizá sientan una profunda desesperación, algún tipo de obsesión, puede que ni siquiera sepan lo que es el amor de verdad —reflexionó. — Solo espero no averiguarlo nunca —dijo con total sinceridad. Por nada del mundo querría verse en la situación en que darle a otra persona un filtro amoroso se le pasase por la cabeza como una opción válida. La sanadora asintió cuando Gwendoline le mencionó que los efectos solían ser pasajeros, hasta la Amortentia era de efectos pasajeros. — Nunca se me ha dado especialmente bien la psiquiatría, pero siendo sinceras creo que alguien que esté sano mentalmente hablando jamás recurriría a algo así. Al menos, eso pienso yo.

Era un tema tan complicado el de la mente humana, uno podía hacer esfuerzos por ponerse en los zapatos ajenos, intentar entender el motivo de sus acciones, pero al final solo todo a lo que se podía llegar eran suposiciones. Bueno, a menos que fueras legeremante, claro. Pero no era el caso, al menos el suyo.

El cambio de tema fue recibido por Roxanne con una risa divertida, desde aquella cuestión era infinitamente más sencilla de responder.

Podría decirse que sí, ya me he acostumbrado, pero me costó muchísimo —contestó divertida.— No pretendo ofender, pero realmente sois muy fríos, vais a juego con el clima. ¿Sabías que en Francia se saluda con dos besos, o incluso con cuatro? Pues apenas llevaba una semana aquí cuando me hicieron mi primera cobra —contó con una risita, recordando el momento.— Y después de esa le siguieron unas cuantas más, pero acabé aprendiendo que aquí saludáis con un impersonal apretón de manos —bromeó.

Qué recuerdos, realmente le había costado un mundo adaptarse a las costumbres británicas, pero después de once años podría decirse que lo había conseguido a pesar de no haberlas adoptado como propias. Había veces que sentía que apenas había sido ayer cuando llegó a Inglaterra, y había otras que parecía llevar allí toda una vida. El acento era el rasgo menos significativo que había cambiado en Rox desde que se mudó, y aunque muchas veces echaba de menos Francia, sabía que no se imaginaba viviendo en otro sitio.

¿Un sombrero? —repitió con cara de asombro. Guardó silencio escuchando el resto de la explicación de Gwendoline sobre aquel curioso proceso de selección. — ¿En serio? Vaya, no me lo esperaba —reconoció. — Es decir, ¿un sombrero? —volvió a decir antes de reírse de lo absurda que debía estar pareciendo. — No sé porque me esperaba algo más… más… vale, no sé qué me esperaba pero, desde luego, no era un sombrero —aunque debía reconocer que el nombre le iba al pelo. Sombrero Seleccionador. No era el más original, pero sí fiel a su función. — ¿Y luego de eso qué? Quiero decir, ¿influye en algo eso de estar separados por casas? Bueno, supongo que sí, de lo contrario qué sentido tendría, pero es que no me lo imagino. En Beauxbatons estábamos todos juntos.
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Gwendoline Edevane el Lun Ene 28, 2019 12:44 am

Quizás llegara un día en que Gwendoline Edevane comprendiera la necesidad de utilizar un filtro amoroso para engatusar a la persona que amas para que te ame de vuelta, pero en aquellos momentos ni siquiera se acercaba a comprenderlo. Y eso que podría tener muy buenas razones, teniendo en cuenta que estaba enamorada de su mejor amiga y ésta, a juzgar por los resultados del Magicland, no sentía absolutamente nada por ella más allá de una bonita amistad.

¿Eran esas las situaciones en que la gente utilizaba filtros amorosos? Pues, si lo eran, Gwendoline no lo compartía. Quería demasiado a Sam como para pensar siquiera en convertirla en un zombie sin voluntad, más allá de idolatrarla a ella. Eso alimentaría un narcisismo que, estaba segura, no tenía. Respecto al amor… eso no era amor.

—Definitivamente, no, no es de personas mentalmente sanas.—Gwendoline se quedó pensativa unos segundos, pero entonces un pensamiento vino a su cabeza y no pudo evitar curvar los labios en una sonrisa divertida: una señora de setenta años que un buen día despierta en una cama con un hombre y se pregunta cómo ha llegado ahí, y en qué momento ha envejecido tanto. Por supuesto, a esa mujer la habían estado drogando con filtro amoroso toda su vida. La sonrisa le duró apenas un segundo, al darse cuenta de que aquello no era muy distinto a una maldición Imperius, por mucho que se limitase al amor.—En mi opinión, el uso de filtros amorosos debería estar considerado un delito. Cada día está más claro que no son inofensivos.

Tal vez fuera una conversación demasiado seria para la situación, pero el tema la había sacado a colación: a Gwendoline le resultaba ridículo que, incluso durante los gobiernos pro-muggles, la amortentia y otros filtros pudieran encontrarse en tiendas del Callejón Diagón, y en cambio se condenara tanto el uso de la maldición Imperius. En esencia, eran lo mismo, aunque una solo anulase la voluntad con lo que al amor respecta.

Gwendoline no pudo evitar dibujar una sonrisa en su rostro, llena de cierta culpabilidad. Era la sonrisa de quien aceptaba la culpa de un delito: ‘Me declaro culpable, su señoría.’

¿Qué iba a hacer, si no? Los ingleses eran ciertamente un pueblo frío, muy preocupados por los modales. Algunos extranjeros solían decir que los ingleses tenían un palo metido por donde la espalda pierde su nombre, aunque no con esas palabras exactamente. Y era muy cierto que muchos de ellos tenían un problema para entender a extranjeros hablando en inglés, aunque Gwendoline era más de la opinión de que ni siquiera se esforzaban.

Ella opinaba que, con un poquito de esfuerzo por ambas partes, todos podían acabar entendiéndose.

—Mi mejor amiga es así.—Reconoció Gwendoline cuando Roxanne le habló de los tradicionales dos besos de Francia. Santiago Marrero también tenía esa costumbre, por lo que Gwendoline suponía que en España también sería así.—Aunque creo que lo suyo no es por sus raíces culturales, sino por puro cariño. Es de Austria.—No aventuró a decir su nombre, pues Gwendoline no sabía si estaba en un entorno amigable. Por supuesto, Beatrice no le había contado que Roxanne era una de sus amigas. Con la que se había ido a México en su compleaños, para más seña. Otra de tantas cosas que la Bennington no le había contado.—A mí se me ha pegado algo de ella, pero reconozco que no puedo librarme de mi inglesa interior.—Bromeó, divertida, aunque en su caso no era tanto por ser inglesa como por sentirse generalmente incómoda con las muestras de afecto de aquellos con quienes no tenía confianza.

El Sombrero Seleccionador. Podría decirse que una de las principales curiosidades del colegio mágico británico era ese maldito sombrero. Porque sí, el colegio estaba lleno de muchas curiosidades mágicas que, desde el punto de vista de la morena, no tenían el más mínimo sentido, más allá de estar ahí.

El lago negro, poblado de criaturas extrañas y potencialmente peligrosas, era un claro ejemplo de ello.

Sin embargo, siempre llamaba la atención el Sombrero Seleccionador. Lo cual no dejaba de ser normal, pues era un sombrero parlante que aparentemente tenía un gran poder: leía mentes, veía personalidades, y podía tomar decisiones para luego expresarlas en palabras. Sin lugar a dudas, todo un misterio.

Y eso que ni Gwendoline ni nadie más conocía en aquellos momentos el auténtico secreto de ese sombrero.

—Como lo oyes. No es una broma.—Respondió Gwendoline, para luego dar otro mordisquito a la galleta que había cogido. Masticó y la acompañó con un sorbo de su café.

Gwendoline entendía la línea de pensamiento de Roxanne, o eso creía. Ella misma se había hecho esas preguntas muchas veces: ¿Por qué un sombrero? ¿Por qué escobas voladoras en lugar de otro medio de transporte algo más sofisticado? Si no fuera porque tenía bastante claro que la cosa funcionaba al revés, Gwendoline creería que los magos habían creado su mundo en base a los mitos de la cultura muggle. ¡Y es que muchas cosas parecían estar ahí simplemente para que encajaran con esos mitos!

—Pues...—Gwendoline se quedó pensativa ante la pregunta de Roxanne.—Realmente, a la hora de dar clases no influye para nada. Todos nos juntamos, por cursos, seamos de una casa o de la otra. Quizás lo más llamativo a simple vista sea la Copa de las Casas, que como su propio nombre indica, se la lleva una de las cuatro casas a final de curso. Esta competición consiste en que a lo largo de todo el curso, los alumnos ganan o pierden puntos en función a su comportamiento, sus conocimientos, su participación… No sé, nunca he entendido demasiado bien cuál es el criterio, solamente lo más básico.—Hizo una pausa, dando otro sorbo a su taza de café, y cuando tragó, continuó hablando.—También está el Quidditch: a lo largo del curso se desarrolla un campeonato entre los equipos de las cuatro casas. El ganador de este campeonato se lleva una copa.—Luego existían otros detalles que, sinceramente, dudaba que fueran relevantes: jefes de casa, prefectos... —Pero ya puedes imaginarte que a nivel práctico, de poco sirve estar en una casa u otra: tus estudios serán los mismos. Eso sí… se dice que de la casa Slytherin sale un mayor porcentaje de magos tenebrosos que de otras casas.

Gwendoline se encogió de hombros. Teniendo en cuenta que aquello eran rumores, pues ninguna casa podía dictar aquello en lo que se convertiría una persona en el futuro, sí era cierto que los de la casa de las serpientes eran más dados al bullying y a creerse superiores a los demás, así como puristas.

—¿Y en Beauxbatons? ¿Cómo funcionan las cosas allí?—Preguntó la morena con curiosidad. Había escuchado los vagos detalles que la francesa le había ido dando, pero sentía curiosidad. Sabía que Francia se había posicionado a favor del Reino Unido en el panorama mágico internacional, cosa que le daba un poco de rabia. En general, le daba mucha rabia que cualquier otro país apoyara al innombrable. Era muy sencillo verlo desde fuera, cuando lo que deberían hacer sería posicionarse en su contra.

A fin de cuentas, Gwendoline tenía muchas dudas respecto a que solo existiera un mago con los poderes de Voldemort en todo el mundo. Seguro que había muchos que podrían hacerle frente ahí fuera. Y no les vendrían nada mal la ayuda de éstos en aquellos momentos.
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