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Ryan Goldstein el Mar Oct 23, 2018 12:17 am

Prólogo

—¿Lo tienes todo?, ¿sí?, ¿a ver esa sonrisa? ¡WIIII!—exclamó Jessica, alzando los brazos como si quisiera sumarse a una ola humana en una tribuna entusiasmada—¡Por fin, al parque!—festejó, dando palmaditas. Su hija, la pequeña Rosemary, la imitó riendo. Jessica se acuclillaba para estar a su altura, las dos frente a la puerta de la casa en un día muy bonito, soleado, agradable, un día perfecto—Esa es mi niña. Llevas contigo lo más importante—le pellizcó, cariñosa, una mejilla—¡Esa sonrisa! ¿Me prometes que cuidarás del tío Laith?, ¿sabes que no puedes perderlo en el camino, verdad? Tienes que apretarle la mano, muy, muy fuerte, ¡o no lo veremos nunca más! Y nosotras no queremos eso, ¿verdad?

—¡Mamá!, ¡no me hables como a una niña! Claro que no perderé al tío Laith.

—No es una niña, dice—comentó Jessica poniéndose de pie mientras que la niña se adecentaba la ropita como una niña muy correcta y coqueta. La madre se cubría la boca con la emoción contenida. Se colocó junto a Laith, en complicidad—. Es un poco molesto cuando insiste en que es la más madura de las dos, ¿por qué crees que insista tanto con eso? ¡Las niñas!, ¡siempre queriendo ser grandes!, ¿para qué? Oh, ¡gracias por hacer esto Laith!—añadió tan repentina como una brisa fresca, vuelta hacia él y con las palmas juntas, obsequiándole una mirada enternecida, agradecida—. ¡Gracias! Te encantará Rosalina, ¡es tan agradable!, ¡le confiaría a Rosalina mi vida! Por eso le entrego a mi hija. Si no fuera porque Justin está enfermo, ¡yo también tendría un día en el parque!—bufó, haciendo una mueca y resoplando—. ¡Pero a Rosemary le hacía tanta ilusión encontrarse con su amiguita! No se ven a menudo, ¿sabes? ¡Pero se aman esas dos! Oh, ¿no te lo dije?—Se interrumpió, parpadeando sorprendida—Estás aquí para esto. Esta es la que me debes por aquella vez en que tú, ¿te  acuerdas? La vez en que dijiste “Te debo una”. Bueno, ahora me la estoy cobrando. Pobre tú por estar en deuda con una mujer casada y con hijos. Sí, es cierto que confío en Rosalina, ¿pero sabes? Entre tú y yo, es un poco, sólo un poco, quizá un poquito demasiado, ¡distraída!—confesó, en un arrebato de sobreprotección maternal—.  ¡Y son dos niñas muy revoltosas! Tienes que tener tus ojos puestos en ellas, ¿sabes?, ¡todos los ojos que puedas pedir prestados! Vayan, buena suerte.  



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Ryan aguardaba, sentado tranquilamente en un banco, o más bien, adueñándose del banco, con los brazos abiertos a modo de cruz humana, apoyado en el respaldo con toda la paz, todo el aire de estar allí para quedarse. Diríase que, cruzado de piernas y con la cara echada hacia atrás, al sol de la tarde, era un hombre sin preocupaciones.

Llevaba anteojos de lentes oscuros y una sonrisa pendía de su boca relajada, delatándolo en divagaciones que debían ser de lo más agradables. Detrás de él, un puñado de árboles se amontonaba cortando abruptamente en el punto en que acababa el césped y nacía el pavimento.

No se veía a Brianna por ningún lugar.

Pasando por delante de Ryan, discurrían rostros entusiasmados y  voces ruidosas. Eso era porque en esa plaza habían levantado una feria y la concurrencia iba y venía, paseándose por la entrada para descubrir qué novedades se encontrarían, en grupos de amigos o en familia.  

Rosemary, avanzando por el camino, ubicó a su amiga colgada de la rama de un árbol e intentando alcanzar una ardilla. La señaló entusiasmada, queriendo presentársela a su acompañante de esa tarde. Brianna, al oír que la llamaban, sonrió y saltó de la rama.  


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Última edición por Ryan Goldstein el Vie Nov 09, 2018 10:21 am, editado 1 vez
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Vie Oct 26, 2018 9:24 am

Pocas personas disfrutan más de su propia voz que una madre preocupada. Es que sólo había que ver a Jessica, que de por sí era el entusiasmo andante, hablando sin parar sobre el favor que le había pedido. Bueno, no se lo había pedido, más bien se lo había impuesto, pero al menos agradecía. A Laith no le importaba pasar la tarde con Rosemary y con otra niña, los niños tienen ese algo que animaba a uno sin importar mucho lo demás. Laith tenía que admitir que asentía sin parar mientras pensaba en una canción para desconectar su mente un poco, que sino acabaría mareado.

Ya te lo dije, no te preocupes, soy experto en niños —le dijo brevemente, haciendo un ademán con su mano para frenar otra arrolladora serie de oraciones. — Ya, anda, vámonos Rosemary, y tú cuídate —primero se dirigió hacia la niña, apremiándola a marcharse. No sería la primera vez que Jessica les retrasaba porque era imposible frenarle la conversación, y Laith prefería no llegar tarde, porque luego las quejas se las llevaba él.

Así se dirigieron al parque. Laith con una mano dentro del bolsillo de su pantalón y la otra muy firmemente sujeta a la mano de Rosemary. La verdad, lo apenaba un poco que Justin no pudiese acompañarlos; por eso había considerado que los roles debían haber estado invertidos: primero, ¿quién era la madre entusiasta que quería ir al parque y quién el sanador? Es otro detalle de las madres: nadie puede cuidar de sus hijos enfermos mejor que ellas mismas. Al menos le había llevado a San Mungo para una evaluación rápida y tenía las dosis de medicamentos y pociones debidas.

Rosemary cantaba a viva voz una de esas canciones infantiles que parecen graciosas y pegadizas las primeras cinco veces, después de eso podrían ser usadas como instrumento de tortura patentado por el Ministerio de Magia. Laith lo llevaba bien porque iba por la tercera, pero ya estaba apretando el paso para llegar lo más rápido posible al lugar. Cuando iban entrando al parque, la cuarta repetición de la canción de interrumpió con la vocecita de Rosemary indicándole al mayor dónde se encontraba su amiguita: encima de un árbol.

Su primer pensamiento fue: “¿Quién es el irresponsable encargado de esa niña?”, antes de un vuelco de corazón cuando la cría saltó del árbol, algo en plan Tarzán versión moderna. Rosemary soltó la mano de Laith para abalanzarse corriendo a donde su amiga, yendo entusiasta a saludar. Laith sólo suspiró, caminando cerca, con la ligera impresión de que la niña le sonaba de algo, ¿habría sido una consulta en San Mungo, por ejemplo? ¿O la hija de alguien que conocía? Estaba por descubrirlo.
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Ryan Goldstein el Sáb Oct 27, 2018 5:31 am


Meda había criado a su hija en la seguridad de los Bosques de Rumania, que según las leyendas de los muggles era un bosque ‘encantado’. Por supuesto que lo era, pero ellos realmente no podían saber cuánto ni qué criaturas y maravillas se asentaban por sus alrededores. Brianna lo sabía. Ella vivía allí, en una comunidad de veelas que solía migrar de las altas montañas de Los Cárpatos hasta las bajas llanuras del bosque para cuando el invierno se hacía demasiado rudo allí arriba, entre la nieve y los yeetis y otras escalofriantes realidades sobre la vida a la intemperie.

Era, a su tierna edad, una niña salvaje, de pies descalzos y cabellos al viento que jugaba por el bosque entre sus misterios y sus peligros junto con las demás crías de veela que eran como ella pero no tanto como ella, como su madre le explicó alguna vez pero que a veces olvidaba. Mamá siempre la protegía de los predadores. La hacía sanar si se lastimaba y dolía. Y si no era ella, sus otras mamás (pero que no eran mamá), siempre estaban allí para ella, así como velaban de todas sus crías, en comunidad. No había papás en el bosque, no sabía por qué. En la ciudad, Brianna tenía a Ryano. Allí también vivían la tía Meg; Jazz, el hada; y Rosemary y su mamá.

Había un montón de cosas que quería contarle a Rose, sobre dónde vía y de todo lo que conocía en el otro bosque, no, en el bosque (porque esa era la ciudad, sí, sí, a veces lo olvidaba). Hablaban un montón, ellas dos. Pero a pesar de que se comunicaban, Brianna no manejaba muy bien las palabras, y en ocasiones, Rosemary, quien tenía un apreciable carisma y le gustaba hacer de hermana mayor, le enseñaba cosas nuevas, cosas que Brianna no sabía. Entre ellas reían y lo consideraban gracioso, pero nunca supuso un problema real a la hora de entenderse. Era buena y divertida, Rosemary. Al principio, Brianna era…

—Es tímida—
dijo Rosemary, con la cara vuelta hacia Laith y Brianna oculta detrás de su espalda—. Porque no te conoce—explicó, y habló por encima de su hombro—. Bri, ¿dónde están tus zapatos?, ¿y dónde está tu mamá?—Pero Brianna, desde que se acercara Laith, no parecía querer contestar a ninguna pregunta y se escudaba detrás de su amiga, con ojos que parecían reír pero visiblemente incómoda—. Laith es un amigo, tonta—insistió Rosemary, sonriendo.

Brianna no debía creerlo así.  






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Última edición por Ryan Goldstein el Vie Nov 09, 2018 9:57 am, editado 1 vez
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Mar Oct 30, 2018 10:21 am

Un día en el parque no era un mal plan, probablemente no un plan que haría regularmente para ocupar sus descansos, pero un plan a fin de cuentas. No le mortificaba o afectaba de vez en cuando ayudar con sus amigos con sus hijos, no cuando, en general, los niños no se le daban mal. Además, era un poco como ganarse un favor y confianza de parte de los padres. Un padre responsable promedio no dejaría a sus hijos con cualquier persona, y de cierta manera lo enorgullecía pensar que no era cualquier persona para sus colegas.

Rosemary encontró a su pequeña amiga. Bri, la llamó, y al parecer era bastante tímida, por la forma en que se ocultaba a su espalda. Laith se esmeró en recomponerse de aquel susto que se había llevado al verle encima de aquel árbol, poniéndose en cuclillas con los codos encima de las rodillas para estar a la altura de dos niñas de su edad. Rosemary era bastante pequeña con sólo cuatro años, pero su extroversión la hacían parecer un poco mayor. El sanador no dejaba de tener la sensación de que conocía a esa niña de otro lado.

Hola Bri, soy Laith —se presentó con una sonrisa agradable. — La mamá de Rosemary no pudo venir con ella, así que he venido a hacerles compañía, ¿está bien eso para ti? —le preguntó, como si hablase con una persona totalmente adulta. Así son los niños, les gustaba ser tomados en cuenta. — No tienes de qué preocuparte, ¿bien? ¿Está tu mamá contigo? —creyó conveniente ir a hablar con la persona encargada de la niña. Su mamá, porque Rosemary había preguntado por ella, así que asumió que lo usual sería que ella le acompañase.

Se volvió a levantar, estirando sutilmente su espalda mientras miraba alrededor. Primero sus ojos fueron al árbol donde la niña veía a aquel animal, que a la distancia no supo identificar del todo. Luego paseó su mirada a través del parque, tomando su teléfono al sentirlo vibrar para leer otro grupo de mensajes con segundos de diferencia de la madre de Rosemary. Jessica a veces se preocupaba por todo. Tuvo que tomar una fotografía de ambas niñas para enviársela y que la mujer le creyese que habían llegado y todo estaba bien, distrayéndose un segundo con el teléfono antes de volver a guardarlo.

Entonces, ¿van a estar jugando por aquí? —preguntó a Rosemary, para saber qué quería que él hiciera. Si se sentaba y las dejaba con un poco de libertad, vigilando desde la distancia; si quería que intentase integrarse a su juego o si lo prefería de pie cerca pero al margen.
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Ryan Goldstein el Miér Oct 31, 2018 3:42 am


Era inusual, pero Brianna no le contestó. Rose, que era una amiga, ya conocía lo tímida que era al principio y le repitió la pregunta de Laith, porque a ella querría hablarle. A veces, sin embargo, era difícil que bajara de su nube de ensueño. Era mayor que Rose, ella lo sabía, pero no solía dar esa impresión por lo inusual de su comportamiento, tan distraído.

Pero, fotogénica como ella sola, le metió prisa a su amiga para que sonriera para la foto y se colgó de su brazo con una gran, gran sonrisa de señorita. Jessica, ni lenta ni perezosa, le respondió enseguida a Laith preguntándole por los zapatos de la pequeña rubia, señalando que iba descalza.

—Queremos ir a la feria—
dijo Rose, indicando el camino por con un bracito estirado. Estaban apenas en la entrada, y la gente iba y venía—. Pero hay que encontrar a la mamá primero—razonó, lógicamente—Bri, ¿ves a tu mamá?

Brianna se acercó a la oreja de Rose y la cosquilleó a susurros.

—Su papá—Se corrigió Rose—Bueno, no. No sé. Ella nunca le dice así. Es amigo de mamá. Siempre me trata muy bien. Es muy, muy alto—describió, para ayudar a Laith a que lo ubicara—. Y se parece a Bri. Mamá dice que tienen la misma nariz.

Ryan rió.

—¿Eso dice?


Había estado observándolos en la distancia, desde el banco en el que tomara el sol. Al acercarse, Brianna corrió y se abrazó a su pierna, escondiendo la cara, de Laith presumiblemente. Rose levantó la mirada y se topó con unos lentes negros, que reflejaban destellos. Suejtándolos con una mano llevaba los zapatitos de Bri.  

—¡Hola, papá de Bri!

Ryan sonrió y, enfocando la cara de Laith, se bajó las gafas de sol con un dedo para mirarlo por encima de los lentes. Admitía que estaba un poco desconcertado por encontrárselo allí, tanto que se demoraba en sonreírle, como si por dentro pensara que el Laith frente a él no era más que un engaño óptico. Pero, sentado en el banco, había recordado que, después de todo, Laith era amigo de Jessica y supuso que aquello no debía ser entera y puramente una simple casualidad.


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SE VEN TAN HERMOSAS 😍

Por qué Bri no lleva zapatos!!!???😱
Encuéntrale sus zapatos!!!😱

Ya conociste a Rosalina? 😂  

Laith?

Agradéceme luego y ámame 😘


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Última edición por Ryan Goldstein el Vie Nov 09, 2018 10:02 am, editado 1 vez
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Lun Nov 05, 2018 8:08 am

Jessica siempre se fijaba en nimiedades. Si él le enviaba una foto de “Mira, encontré a la amiga de tu hija”, ella le contestaba “¿Y sus zapatos?”. Madres, imposible entenderlas del todo. Decidió guardar el teléfono para tomar el papel de adulto responsable que no se distrae contestando mensajes ni de madres con tendencia a preocuparse ni de posibles ligues. Qué complicada vida tenían los niñeros, no pudo evitar pensar con una sonrisa, prestando atención a la niña que pronto le declaró sus intenciones: ir a la feria. Él asintió, aceptando la propuesta.

Preguntemos a la mamá de Bri si está de acuerdo con que vayamos a la feria entonces —le sugirió luego de que Rosemary razonara muy lista que no podían irse sin al menos avisar primero a la mujer. Las niñas compartieron secretos antes de hacerle saber que no era una mujer a la que estaban buscando, sino a un hombre, el papá de Bri. O algo así. — Bueno, entonces… —probablemente iba a decir algo como “estamos buscando al amigo de la mamá de Bri que tiene su misma nariz”, o algo así. No fue necesario, sin embargo, cuando una cuarta voz hizo acto de presencia.

Se dio la vuelta para encontrarse con un hombre alto y rubio que escondía su mirada detrás de lentes oscuros. Se acercó junto con las niñas, desconfiado. Había más de ocho millones de habitantes en Londres, ¿por qué, de entre todas las personas, Jessica lo enviaba con su hija a pasear con quien presuntamente era la hija de Ryan? ¿Era un muy mal intento de emparejarlo con alguien, como Lindsay hacía en ocasiones, enviándolo a citas a ciegas y esperando salir de ahí con planes de boda?

El sanador se cruzó de brazos, con una sonrisa ladina. — Hola, papá de Bri —lo saludó igual que Rosemary lo saludó, todavía un poco confundido. Ahora parecía entender de qué le sonaba la niña. — Jessica dijo que vendría la madre de Bri, Rosalina me dijo que se llamaba —le confesó. Incluso así, decidió ser elegante y le extendió la mano para saludarlo. Laith generalmente saludaba así, a menos que fueran amigas cercanas que tocaba saludar de beso. — ¿Entonces, piensas…? —se contestó solo, mentalmente. — Las niñas quieren ir a la feria —se interrumpió a sí mismo, decidiendo comentar lo importante. — ¿Te parece? —ya podrían conversar de camino.
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Ryan Goldstein el Miér Nov 07, 2018 9:04 am


Se quitó los lentes, plegándolos y colgándoselos del bolsillo delantero de la camisa, con un asomo de sonrisa en sus labios que no terminaba de definirse del todo. Podía decirse que ninguno de los dos había esperado verse allí. Ryan se demoró unos instantes en la mirada de Laith, quien parecía estar procesando la presunta casualidad tanto como él, despacio. Más pronto que tarde,  pasó de la mueca ladina del sanador al rostro de Rose, naciéndole una sonrisa genuina, espontánea.

—¡Hola!

Ryan regresó su atención a Laith inmediatamente luego, atraído por su comentario. ¿Rosalina? Pareció no entender nada en ese momento. En su expresión se notó el desconcierto, aunque optó por disimularlo con una amplia sonrisa, algo cortada.

—Así que, ¿Jessica no viene?—inquirió, y le hubiera estrechado la mano de no ser porque tenía una ocupada acariciando los cabellos de Brianna quien, por alguna razón, se apretaba abrazada a su pierna derecha y emitía grititos ahogados, excitada, sólo que era imposible decir por qué lo hacía, si estaba enojada o sólo contenta. A Ryan no debía resultarle nada fuera de lo común. En la otra, llevaba los zapatitos de la muchachita, y los alzó frente a Laith a modo de excusa, mostrando por qué no podía saludarlo propiamente.

¿Laith tampoco sabía que se encontraría con él, en la feria?, ¿y eso se suponía que tenía que ser una encerrona?, ¿qué era, exactamente?

—Es Meda, su madre—
aclaró, dando a entender que no conocía a ninguna…—Rosalina, ¿se supone que soy yo? Ya veo—Lo aceptó sin mucho problema, aunque persistía en él un deje de leve desconcierto—Bueno, ¿y tú me las dejas o…?—se interrumpió, haciendo silencio para poder escuchar lo que Laith tenía por decir y lo examinó, atenta la expresión. Le prestó una oreja, pero las palabras en su boca fueron inconclusas y no terminó de entender—¿Sobre qué? Oh. Sí, por supuesto—dijo, con un acento más animado—. Veníamos a eso, ¿o ya se quieren ir a casa?—preguntó, fingiéndose dispuesto a ello. Esta vez se dirigió a Rose, para quien reservaba expresamente una mueca entrañable, de sentida jovialidad. Rose le devolvió la sonrisa y se negó con acentuada obviedad: “¡Claro que no!”, expresó risueña. Daba la impresión de que era bueno con los niños.

Ryan se acuclilló frente a su hija y le mostró los zapatitos. Ella sacudió la cabeza, adivinando sus intenciones. Le incomodaban los zapatitos y en el bosque no le hacían falta, ¿por qué en la ciudad sí?

—¿Me ayudas, por favor?—
pidió Ryan, suplicante, hablándole a Rose.

Ella, como toda una señorita responsable que sabe que dependen de ella, interpretó su papel de madre de una forma muy convincente, porque con sólo reprender tiernamente a Bri, ella accedió, incluso de forma pacífica y sin revolear los zapatos, que era lo que solía hacer, reacia a llevar puesto calzado.

Así que Bri dejó que Ryan tomara su piececito sobre la rodilla y lo limpiara frotándolo con la remera que llevaba debajo de la camisa suelta, primero uno luego el otro. Era de un tono oscuro, así que nadie diría que la estaba usando de trapo para los sucios piecitos, a los que finalmente colocó dentro de los zapatos, donde debían estar. Nadie diría, tampoco, que lo que le sobresalía del bolsillo delantero de los jeans era la punta de una varita, demasiado adentro y bien disimulada como para tratarse de un bolsillo normal.    

Ahora que Rose estaba alrededor, Ryan no tenía nada de qué preocuparse. Bri no era una niña que hiciera berrinches, pero sí pasaba por alto lo que no le interesaba o se abstraía en otra dimensión por mucho que le insistieras, o simplemente, lo que no quería no lo hacía. Siempre risueña, siempre adorable, siempre difícil para negociar. En cambio, con Rose alrededor, era mucho más fácil hacerla ceder. A Ryan, ni caso. Y él nunca era especialmente duro con ella, así que entre ellos no había reprimendas, ninguna que tuviera efecto al menos. En otras palabras, Ryan usaba a los demás para que la reprendieran por él, Rose o Jessica, mientras que él se ocupaba de ser el bueno.

—¿Has estado antes en una feria, Rose?—
preguntó Ryan, metiendo conversación entre que calzaba a su hija. Bri le dedicó una mirada curiosa a Laith y luego lo esquivó, ocultando el rostro con un gesto adorable.

Bri llevaba un pantaloncito corto de jean y una remera de hadas. Era alta y flaca y de una piel muy delicada. El pelo rubio le ondeaba naturalmente, sedoso y brillante, aunque algo despeinado, como melena de león. Era una muchachita con una atracción encantadora. Sólo a Jessica pudo habérsele ocurrido que se parecía en algo a su padre, y no sólo algo, ¡la nariz! Excepto por los ojos, que eran los de Brianna Goldstein, la madre de Ryan, él mismo no pensaría que tenían parecido, pero lo tenían.

—Sí, ¡me encantan las ferias!—Rose miró alternadamente a los dos adultos y tomó una decisión, asiéndose del brazo de su amiga—. ¿Podemos adelantarnos?

—No se alejen mucho—contestó Ryan, poniéndose en pie. Aunque, tuvo el atino de mirar de reojo a Laith, buscando su aprobación.




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Laith Gauthier el Mar Nov 13, 2018 3:10 am

Laith tuvo un presentimiento cuando notó la expresión de ligero desconcierto que se dejó ver sólo unos instantes, y se dio cuenta de que acababa de ser engañado. — No, ella se quedó cuidando de Justin, que se ha enfermado —le explicó, negando con la cabeza, reafirmando la negación. Le sonrió, bajando la mano cuando se dio cuenta que era en vano mantenerla en alto, curioso por la niña. No era muda, por los secretos que cuchicheaba con Rosemary, daba la impresión de que tan sólo prefería evitar hablar.

Era una niña curiosa, cuando menos, aunque no era él nadie para juzgar y decidió simplemente dejar el tema como estaba, hasta nuevo aviso. Estaba demasiado ocupado preguntándose qué intentaba hacer Jessica enviando a Laith a un encuentro a ciegas con el padre, o algo así, de la amiguita de Rosemary. Ryan, tan confundido como él, no le permitía pensar que había sido una treta donde él era el único que caía en la trampa, sino que, al parecer, ambos eran víctimas de una situación llamada Jessica. Se llevó una mano a la frente, como si dijese “qué torpe soy”, al escuchar el nombre de la madre de la niña.

Sí, eso supongo, ¿ahora te debería llamar Rosalina Golgomatch? —le preguntó, con un tono que tintineaba la gracia. Jessica había jugado sucio y Laith no sabía por qué, pero era el sanador quien decidía cuánto iba a afectar su día. — Por supuesto —Laith suspiró. — Tengo la impresión de que ha habido unas cuantas fallas de comunicación aquí —apuntó, mirando a las niñas, y luego al otro adulto además de él mismo, — aunque eso no tiene por qué afectar, ¿no es así? —se dirigió esta vez a Rosemary. — Iré con ustedes, si no es inconveniente, porque la madre de cierta persona nos mataría si nos perdemos mutuamente —su tono de voz hizo reír a Rosemary, cuando la nena se sintió aludida.

No estaba seguro si Jessica había omitido información a propósito o si era Laith quien había estado tan ocupado ignorando a una madre demasiado entusiasta que no había prestado atención. Aunque, teniendo tan cerca esa feria, imaginaba que sería ilógico perderse la oportunidad. Laith dejó de darle vueltas al asunto porque se resumía muy fácil: dejar de desvariar y ponerse en marcha, no importaba si era premeditado o no.

El sanador observó con analítica inquisición el intercambio de gestos, zapatillas contra nena, y posterior intervención de Rosemary. Lo había notado, por supuesto, lo curioso que era que estuviese en el árbol de esa manera y que se negara a usar zapatos. Diríase que le daba la impresión de estar viendo a una pequeña Tarzán, o una pequeña Mowgli, del Libro de la Selva. Se distrajo mientras el padre ponía los zapatos a la hija para enviar un único mensaje a la madre de la niña de la que él se encargaba: “Tenemos que hablar”. Porque el hecho de que se mintiera deliberadamente sobre algo tan simple no le gustaba.

Cuando finalmente fue momento de ponerse en marcha, Rosemary no dudó en tomar la decisión de adelantarse, con una afirmación por parte del rubio. La niña buscó entonces al sanador, como queriendo asegurarse de que estaba bien, a lo que Laith asintió con la cabeza. — No se alejen —le repitió, mirándolas tomar la delantera. Laith metió la mano en su bolsillo y reprimió el inicial instinto de sacar un cigarro, dejándola dentro como un reproche. — No sabía que vendrías… De hecho, ni siquiera sabía que era tu… ¿hija? No te molesta, ¿no? Que haya venido yo y no Jessica —no estaba del todo seguro de cómo abordar el tema.

No quiso preocuparse de más. No tenía por qué ser raro, ni siquiera tenía por qué ser sobre ellos el asunto. Eran dos personas con un objetivo en común: brindarles una tarde agradable a las niñas. Además, Laith quería pensar que la densidad que existió en su relación se había disipado, por lo que quedaba él mismo preocupándose por cosas que no ameritaban atención alguna. No había impedimento alguno para que lo pasaran bien.

Rosemary, Bri, ¿quieren un helado? —alzó la voz de pronto, cuando detectó con la mirada el lugar donde los vendían. Se dio cuenta tarde de un asunto importante. — Ella puede comer helado, ¿no? —se aseguró. Qué sabía él: la niña podía ser intolerante a la lactosa, o simplemente no gustarle, o ser alérgica a algo. Era mejor confirmarlo con tiempo para poder desviar su atención si aquello resultaba un imposible.
Laith Gauthier
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Ryan Goldstein el Jue Nov 15, 2018 2:36 am


No te molesta, ¿no? Que haya venido yo y no Jessica…

No estaba molesto con Laith, naturalmente. Pero ahora que se lo preguntaba, tampoco estaba encantado. Ryan lo miró de reojo, entre que avanzaban a través de una multitud dispersa, cargada de ruido y movimiento, ánimo festivo. Sonrió, casi resignado, porque, ¿qué más podía hacer? La situación se le antojó rara en un principio, inexplicablemente incómoda. Pero incluso en una situación así, la compañía de Laith era siempre algo agradable, así que, no, no podía estar molesto, no con él. Sólo podía reírse por dentro de tanta casualidad.

—Nunca te hablo de ella, ¿verdad? —preguntó de vuelta, despistado al respecto, sin recordarlo realmente. Había una razón para ello, pero fingió hacia dentro de sí mismo que esa razón no existía, que no estaba ahí—Mi hija, sí—Le provocó una cierta ternura que Laith se preocupara por cosas que no había pergeñado él, no era como si hubiera motivos para sentirse molesto, aunque el comentario ‘No sabía que vendrías’ le hizo pensar que a Laith sí le molestaba todo ese asunto, a un nivel personal—. No—respondió sencillamente, y pasó a interesarse por la cuestión antes que dejarse incomodar por la misma. La mirada que le tendía era tan tranquila—: Pero Jessica no me dijo nada de ti. ¿Eres cercano con sus niños? No pensé que… Te prestaras a estas cosas—Y aclaró—: Hacer de niñera.

Había una furgoneta de helados atendiendo a una clientela que hacía cola en frente de la ventanilla recubierta. La feria tenía distintos puestos: unos vendían cachivaches, otros ofrecían juegos de desafío, más hacia dentro había una tarima desde donde un comediante parecía haber captado la atención de un grupo de espectadores al aire libre. Y claro, estaban los juegos típicos de un parque de atracciones. La noria se alzaba a la vista, allí, a lo lejos.  

Laith se mostró interesado por la furgoneta y eso lo hizo carcajearse hacia dentro, de forma inevitable. De pronto, había recordado algo. Lo primero que veía Laith Gauthier en cualquier feria tenía que ser el puestillo de helados, naturalmente. Rose se mostró de acuerdo, y con ganas. Y si Rose quería helado, Bri también querría… Ryan ahogó un suspiro. Cuando Laith se volteó hacia él, le respondió con una mueca entre resignada y divertida. Las chicas ya habían ido corriendo detrás de la furgoneta.

—No es que no pueda—
dijo, siguiéndolas con la mirada— Pero, no tiene hambre. Acaba de comer. Sólo querrá uno porque Rose lo quiere, luego lo tirara por ahí cuando se aburra y sin terminarlo—se encogió de hombros—. Supongo que yo pago.

Fue como decir: “Yo pago, el derroche de mi hija va por mi cuenta”. Cualquier padre responsable se hubiera horrorizado con una niña tan malcriada, remarcando que había que ponerle límites. Pero Ryan no pensaba así de ella. Sólo la consideraba ‘irreflexiva’.

No había forma de limitar su forma de ser y hacer, Bri estaba en pleno desarrollo, plena adaptación, dentro de un mundo que no conocía muy bien, que le era extraño. No veía nada malo con su comportamiento, aunque pudiera resultar socialmente ‘inapropiado’ en ciertos casos. Y no era de esta manera porque sus ojos de padre no lo dejaran ver la realidad. Después de todo, Ryan no era un padre para Brianna.

—¿Y supongo que tú también querrás uno?—inquirió a un tiempo, con un leve y más que evidente deje de humor en la boca torcida, esa que le sonreía ligeramente.

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Ryan Goldstein
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Laith Gauthier el Lun Nov 19, 2018 8:44 am

Le sabía raro que el despreocupado Ryan Golgomatch tuviese una hija, pero no quiso preguntar nada más. Es decir, gente que jamás vería involucrada en la paternidad le sorprendía mostrándole a sus hijos, ¿qué podía hacer él, si no era nadie para juzgar? Sólo asintió con la cabeza, como un dato posiblemente importante que debiese guardar en el interior de su cabeza. En respuesta a su mensaje, Jessica lo llamó, pero Laith desvió la llamada y contestó con un texto que le decía que hablarían cuando regresase a su casa para dejar a la niña con su madre.

¿Prestarme a…? —preguntó, distraído por un momento del foco de la conversación. Hacer de niñera. — Oh… Bueno, me encontré con ella hace tiempo y… Sí, supongo que les agradé a sus hijos, y a mí no me molesta… Me calma el instinto paterno, supongo, cuidar de los hijos de mis amigos —le explicó, muy brevemente. Laith tenía ese corazón cálido de padre, pero no se sentía preparado para la paternidad. Por ello, su lugar se encontraba en el tío agradable que cuida de los hijos de vez en cuando, un amigo cercano de la familia en quien confiar cuando la niñera falla.

Mirando los puestos de la feria, los ojos de Laith buscaban sólo uno de los establecimientos que pudiesen presentarle. Es decir, muchos establecimientos eran interesantes y algunos de ellos le llamaban la atención, pero había uno que encabezaba su lista de intereses, y es que su amor por el helado no era para tomarse a la ligera. Las dos niñas respondieron sin pensar a la idea del mayor de consumir helado, de alguna manera intentando incitarlas para no verse como el niño caprichoso que era en su ambicioso estómago. Sino, más bien, una víctima de las circunstancias que pide helado porque los demás quieren.

Recordó tarde que el padre de Bri era quien tenía la decisión final en su consumo, o no, de helado. No opinó respecto al comportamiento de su hija que le pareció cuando menos extraño, porque no era su lugar juzgar a nadie. — Yo pagaré por lo de Rosemary —le contestó, invitándolo a responsabilizarse cada quien por los gastos de su respectiva niña. — ¿Qué, tú no quieres? —devolvió su pregunta, sin darse aparentemente por aludido respecto al burlón tono con que le indicaba que claramente iba a pedirse un helado también para él.

Rosemary se decantó por un helado de galleta de chocolate en un cono, mientras que a Laith le costó un poco más decidirse. Incluso, con una sonrisa muy amable, le pedía a la señorita darle a probar tal o cual helado, servido en una pequeña cucharilla hasta que el helado de frambuesa fue el ganador de la contienda. Como un arte, un crítico de helados que sólo se pediría para sí el mejor de todos. La pequeña se burlaba de su indecisión, pidiéndole que se decidiese rápido para ir cuanto antes a los juegos.

¡Vamos! ¡Queremos un peluche! ¡Vamos a los juegos! ¿Verdad, Bri? —se apoyaba en su amiguita, sabiendo que de ella sólo obtendría un respaldo magnífico. — Elige el de menta, ¡rápido! —aunque Laith negó con su cabeza, diciendo sin hablar que el de menta no iba a ser su helado! — ¿El de frutilla? —pero no. — ¿Puedes darnos dinero? ¡Iremos a buscar un peluche! ¿Puedes conseguir uno? —la niña se entusiasmaba.

¿Un peluche? —inquirió, pagando los helados. — ¿Qué puedo decir? Soy muy bueno en los juegos de feria, tú sólo pide —le sonrió, haciéndose el orgulloso. — ¿Tú quieres un peluche, Bri? —le preguntó amablemente a la niña, aunque suponía que no iba a contestarle, como no lo había hecho desde que se encontraron. Ni siquiera podía decir que le molestaba. — Vamos a un juego de puntería o precisión y te enseñaré que no soy médico por nada —se retó con la pequeña niña, quien soltó una risa alegre tomando a Bri de la manita y volviendo a adelantarse, buscando un juego como el descrito.
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Ryan Goldstein el Dom Nov 25, 2018 2:34 am


El ‘instinto paterno’, dijo. Ryan no pudo evitar carcajearse disimuladamente, ojeándolo con una mirada furtiva. No sabía qué era eso, ni se había figurado que era algo existente, algo tangible, real. Sí que estaba familiarizado con la idea de padres de familia, es decir, aquellos que buscaban sentar cabeza y tomar las responsabilidades que suponía una familia.

Había padres enmaromados de sus hijos, sí. No se había imaginado hasta ese instante que era algo instintivo. Después de todo, él nunca lo había experimentado de esa manera. Pero asintió, no tanto porque lo comprendiera, sino como un gesto mecánico que daba cuenta de que lo estaba escuchando. Lo escuchaba, sí. Y lo que escuchaba le despertó cierta curiosidad, una curiosidad tierna, sincera.

¿Quería Laith formar su propia familia?

—No, no realmente—
contestó Ryan con extrema suavidad, sonriéndose y pasándolo de largo, hacia el carrito de helados. No tenía antojo por nada dulce de momento. Pero las chicas se habían entusiasmado con la idea. Tanto como Laith, lo presentía.

Haciendo la cola, se entretuvo con su móvil. Fue entonces que le llegó a él la llamada de Jessica. Aparentemente, no había tenido suerte con que Laith le contestara y como sabía que Ryan era demasiado amable como para no atenderle, se salió con la suya marcando su número.

—Sí, Jess.

Del otro lado de la línea Jessica preguntaba cómo iba todo. Ryan, en un tono de voz demasiado evidente, quizá demasiado alto, casi sugerente, le comentó que Laith había tentado a las niñas con su antojo de helado. Sí, dijo ‘su antojo’. Prácticamente lo acusaba con una tierna delicadeza en el tono, casual sobre todo. A Jess no pareció sorprenderle, pero se rió. Los dos reían, sumidos en una suerte de complicidad a distancia.

Siguió hablando un poco más hasta que finalmente colgó, asegurándole a una madre amorosa y sobreprotectora que todo estaba bien. En ese momento, le había tocado el turno a Laith de pedir su helado, y Ryan lo observó entretenerse un poco demasiado a la hora de probar.

Era un ladrón de sabores.

—Espérate—
pidió a Laith a la hora de pagar. La vendedora se mostró confundida al principio, sin saber a quién cobrarle, porque los dos le tendieron su dinero al mismo tiempo. Ryan, siendo así de inoportuno, y adrede, se ofreció por última vez a pagar esa ronda. Él sonreía. La mujer salvó la situación con manos rápidas y les cobró por separado.

Era una costumbre suya, sacar su billetera el primero. Si no tenías cuidado, todo se cobraría a cuenta suya. A esa gente había que pegarle para que entendiera que tú tenías tu propio dinero, que tanta amabilidad se hacía cansina. Eso, claro, dependiendo de qué tan de acuerdo estuvieras con ello o no.

Las niñas se entusiasmaban con los juegos. Más bien, Bri se dejaba contagiar por el entusiasmo de Rose. Le había hecho mucha gracia que Rose riñera a Laith para que se apresurara a hacer su pedido y se le antojó que era un personaje muy gracioso.

Esta vez, cuando él le dirigió la palabra, alzó un bracito y señaló uno de los gordos peluches en una de los puestitos. Rose también dirigió la mirada hacia allí y con un gritito de emoción le insistió a Laith de ir allí, retándolo a conseguir uno de los peluches más grandes.

—¡Papi!—exclamó Rose, queriendo dirigirse a Ryan. Entonces comprendió que se había equivocado y se rió—¡Ryan!, ¿y tú?

—Me temo que no soy tan bueno—
Se excusó. No era precisamente verdad, pero parecía interesarle más observarlos intentar dar al blanco que participar de ello—Pero venga, vamos.

El encargado del puesto los recibió con la alegría de un vendedor que ve bailar las monedas. A pedido de Brianna, la alzó sobre el mostrador y la dejó allí sentada con las piernas cruzadas, señalando lo que quería, entre que él contaba el dinero muggle. El encargado estaba encantado.

—¿Cuántas tiradas para empezar, papis?  

Ryan se interrumpió en lo que estaba haciendo y alzó la mirada, sin comprender. Diríase que lo habían cazado desprevenido. Se sonrió, pero no llegó a decir nada y, en cambio se humedeció los labios, conteniendo una carcajada.



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Laith Gauthier el Vie Nov 30, 2018 10:22 am

Laith se había ocupado demasiado en ignorar la conversación ajena mientras miraba los helados y ayudaba a las niñas a pedir los suyos. Sin embargo, imposible no oír por encima cuando le dijo que él, él por sobre todo, había tenido un antojo de helado, y se mordió la lengua para no decir nada, sólo lo miró con una ceja enarcada y una expresión que lo decía todo. Pero, ¿saben qué? Ni siquiera eso podría mermarle el deseo de tener helado, y que Ryan pensara lo que le diese la gana.

Cuando fue momento de pagar, miró a Ryan que extendía su dinero, queriendo aprovecharse del acto para adelantarse y pagar. — Ya te dije que yo voy a pagarlo, así que guarda eso —Laith insistió, sin apartar el dinero de la mujer. — ¿Por qué siempre tienes que ser así de molesto? —puso los ojos en blanco. Al final, acabaron pagando cada quien una cuenta dividida, por parte de Laith el suyo y el de Rosemary, mientras que a Ryan le tocaba pagar el de Bri. — No tienes que intentar llevarme la contraria con cada cosa que hago o que digo —le recordó, mirándolo de reojo, dando un bocado a su helado.

Rosemary pronto empezó a dar brincos de aquí para allá, feliz de saber que podrían empezar a jugar, aunque con cuidado de no tirar su helado. Laith se animó a intentar interactuar con la pequeña de Ryan, sin esperanzas de que llegase a darle respuesta alguna. Sin embargo, pese a no haber sido verbal, la niña sí que había decidido mostrarle el peluche que quería, uno de los grandes y gordos peluches de un puesto. El sanador suspiró y se sonrió, buscando efectivo en las bolsas de su pantalón. Una cosa más llamó su atención, fue la corrección de la niña al llamar al rubio “papi”. Un dato curioso.

¿Disculpa? —preguntó al encargado, con un tono de intriga y ligeramente ofendido. Es decir, no es que nunca le hubiesen confundido con algo que no era, pero ese no era el caso. El encargado aclaró la garganta, quizá incómodo por la reacción. — Dame cinco tiradas —le dijo. — ¿Quieres jugar, Bri? Puedes tener dos de las tiradas, y Rosemary tendrá otras dos, la última es mía —les dijo a las niñas, dándole a Rosemary sus dardos con mucho cuidado para que los lanzara.

Los intentos de Rosemary quedaron en fracaso, y no porque la niña tuviese mala puntería. Uno de sus dardos había dado en el globo, pero había rebotado al suelo. Laith se dio cuenta de que, como en todas las ferias, los globos estaban trucados. No estaban inflados suficientemente como para que un dardo simplemente los hiciera estallar con su puntiaguda punta. Cuando fue su turno de tirar, había tirado con tal fuerza que no sólo estalló el globo, sino que se quedó clavado en la madera detrás del mismo, por tanto viéndose como uno de los ganadores del juego.

¡Bien hecho, Laith! —se emocionó Rosemary. — ¡Vamos, queremos ese! —señaló el peluche que Bri quería para ella, y el hombre se lo dio con un asentimiento por parte del verdadero ganador. — ¡Es para ti! —se lo entregó a su amiguita, aunque a duras penas podían cargarlo por la diferencia entre el tamaño del peluche en comparación con el tamaño de las niñas. Laith siguió comiendo su helado, muy contento consigo mismo, mirando los otros juegos que había por ahí. Era hábil y tenía buena puntería, qué podía decir. — ¡Vamos a otro! —se emocionó la pequeña, tomando a Bri de la manita y empezando a correr.

¿Puedo hacer una pregunta indiscreta? —preguntó Laith, sin quitar la mirada de encima de las niñas, caminando con calma tras ellas. — Bri… Es tu hija, ¿no? No parecen tener una… relación muy próxima, por lo que veo, ¿es tu hija realmente? —se atrevió a preguntarle, porque por qué no. Si Ryan quería contestar o no, ya Laith no podía hacer nada al respecto, pero la curiosidad era anormalmente grande. — No es que esté mal o sea malo, pero… Entenderás que me parece curioso —se explicó.
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Ryan Goldstein el Mar Dic 04, 2018 6:36 am


¿Disculpa?


Ryan no dijo nada, se limitó a pronunciar sus labios en una sonrisa misteriosa, callada. No hizo falta decir nada tampoco para que el sujeto se diera cuenta de su error y adoptara una expresión de ‘trágame tierra, trágame’. A él le hizo gracia internamente que los confundieran con una pareja de homosexuales, y padres. Con Bri delante de él, sobre el mostrador, la ayudó cuanto pudo en sus tiradas —todas erradas, sin que ello consiguiera deprimirla— y celebró con ella la victoria de Laith.

La niña se abrazó a su osito de peluche y se lo agradeció al ganador con ese esplendor de tierna calidez que le colgaba de la sonrisa cuando estaba contenta, por dentro y por fuera. Tuvo un gesto con Laith y le tomó la mano, restregando su frente cariñosamente en el revés de la palma. Solía tener esos gestos de brusco cariño cuando algo o alguien le agradaba Tal como un animalito. Y tan pronto como el viento se desprendió de él para seguir a su amiga con el peluche en brazos, y curioseando las atracciones.

El encargado del puesto los observó alejarse todavía impresionado con que hubieran ganado, a pesar de la trampa. Se olvidó enseguida de la pena que había sentido al confundirlos y la reemplazó por la pena de haber perdido dinero por no haber asegurado sus juegos a prueba de todo. Definitivamente, lamentó haber perdido una de las piezas principales y más llamativas de su colección. Hubo de agradecer en silencio que no quisieran seguir jugando. Casi estuvo a punto de darle por invalidada la tirada argumentando que era un juego para niños, no para grandes, pero se lo pensó dos veces.

Ryan pudo interpretar los pensamientos del encargado con sólo una ojeada. “Es un juego para niños, no para grandes jugando a ser niños”, sí, lo llevaba escrito en toda la cara. Le hubiera hecho gracia ver la expresión de Laith si le decían algo así, pero seguramente en eso habría pensado el encargado antes de callarse la boca. Laith sabía imponerse y anteponer sus deseos, a su modo. En casi cualquier parte, eso seguro.

Las niñas se adelantaron y Rose se volteó para señalarles a los adultos una lista de autitos chocadores. Ahí sí que no permitían adultos. No les quedaba otra que esperar fuera, observando del otro lado de la verja que cercaba la atracción. Por primera vez desde que entraran a la feria la voz de Bri se oyó alta y clara, hablando con Rose mientras avanzaban, siempre por delante de ellos, como si quisieran disfrutar de cierta independencia, o totalmente a su propio aire, comentándose cosas que igualmente, ellos no entenderían.

—Suena interesante—contestó Ryan, divertido por la propuesta. Una pregunta indiscreta, decía. ¿A dónde los llevaría eso? Le lanzó una mirada, de esas tan suyas, encantadoras y resignadas, como si le dijera sólo con el brillo en los ojos: “Veamos cómo me sorprendes”. Se tomó una breve pausa antes de responder, en la que lo observó entornando los ojos con cierta curiosidad—.  ¿Realmente mi hija?, ¿lo dices porque no tiene mi nariz?—Se sonrió—. Sí, me cercioré de eso—aseguró—. Es mi gota de sangre.

Ryan tenía una forma de caminar, bajo esa tarde agradable de sol y brillo, que era pausada, relajada, como si mil sujetos con prisa pudieran adelantársele sin que le preocupara. Vigilaba a las niñas, sí, pero era Laith quien tenía un ojo avizor sobre ellas, siempre pendiente, la actitud alerta. Diríase que podría salir corriendo a la mínima que presintiera peligro. De Ryan, en cambio, se desprendía un aire de cero inquietud. Él había salido de paseo mientras que Laith había salido de niñera.

—No vive conmigo—
aclaró—. Vive con su madre, y ella y yo nunca fuimos… pareja. ¿Es realmente tan curioso?—preguntó a su vez—Diría que es algo normal hoy día. Pero no, supongo que no, no soy un padre para ella. Nunca tuve planes de formar una familia. Sólo la cuido como una niñera temporal cuando Meda no puede estar al pendiente de ella. Pero como madre, ella, bueno, ella es excelente.

El centinela de la atracción de los autitos chocadores abrió la verja para que Rose y Bri pudieran pasar y elegir en qué coche ir a sentarse. Los adultos se quedaban rezagados, observando desde la distancia. Fue en ese momento que Ryan, con las manos apoyadas en la verja, volvió a pensar en algo que se le había ocurrido antes, curioso a su vez.

—Tú… ¿tienes planes de formar una familia?—preguntó, con una curiosidad afectuosa, sincera.


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Laith Gauthier el Sáb Dic 08, 2018 4:45 am

Laith miró con confusión y sorpresa a partes iguales cómo la niña le tomaba la mano y se acariciaba en la frente con su dorso, o acariciaba su dorso con su frente, en una suerte de agradecimiento. No dijo nada, sólo se lo permitió para sonreír después, permitiendo que nuevamente las niñas se adelantaran a ellos. Ignorando por completo el gesto del encargado del juego, diciéndole en lenguaje no verbal lo poco que le importaba lo que pudiese llegar a pensar sobre su victoria, empezó a caminar detrás de las niñas.

Rosemary se vio interesada en un juego, a lo que su cuidador asintió, dándole el visto bueno a que subieran al mismo, mientras Laith pensaba y divagaba, con Bri como la protagonista de su mente. Al final se decantó por la opción más fácil: preguntar. Sentía curiosidad tanto por la niña como por la relación que mantenía con el rubio, y qué mejor manera de aliviarla que preguntando a uno de los involucrados, cuando dudaba tener una respuesta satisfactoria de la pequeña, le tocaba preguntar al adulto que se presumía razonable a su lado, sin que Laith perdiese a las niñas de vista.

Claro, es que esa nariz es inconfundible, y ella no la tiene —exageró, haciendo la broma. — No es que sea curioso, es que… No sé, ¿supongo que me parece impropio de ti? —aclaró, aunque sus dudas se vieron resueltas luego: no era un padre. Más bien era un progenitor que a veces servía de niñera. — Entiendo eso —le dijo, apoyando los codos sobre la verja. — No te lo tomes a mal, sólo era curiosidad pura y dura —confesó, restándole importancia. Es que, por más que lo intentase, imaginaba a Ryan como alguien demasiado despreocupado como para ser padre de familia, y tenía razón.

Las niñas abordaron sus autitos y Rosemary les saludó con la mano, gesto que Laith le devolvió con una sonrisa repentina. Parecía siempre tener una caja de sonrisas para desenvainar según la ocasión, una sonrisa sincera y cálida. Mientras pensaba en ello, miró de reojo a Ryan cuando fue su momento de hacer una pregunta indiscreta. El sanador no contestó de inmediato, sino que analizó la pregunta y su futura respuesta, como si nunca se lo hubiese planteado tan en serio como en ese momento, aunque fuera mentira. Era un esporádico pensamiento que aparecía de vez en cuando en su mente.

Suspiró. — Sí, supongo —confesó al fin. — No ahora, imagino, pero… Me gustaría tener hijos —miraba a las niñas con un gesto sereno y pensativo. — Es complicado, sin embargo, es… ¿Raro? Quiero decir… No tengo ese sueño adorado de casarme con el hombre perfecto y formar una familia… ¿Imagino que es algún tipo de complejo de la infancia? Mi abuelo, cuidándome solo… —no sabía si se estaba explicando bien, pero la esencia se dejaba entender: no se imaginaba criando a sus hijos con nadie, sino como un padre soltero, lo que complicaba mucho compaginar trabajo absorbente con hijos absorbentes.

Viendo a las niñas, se permitió divagar un poco más. Mientras los autos chocaban y los niños reían, Laith volvió a pensar que el prestarse a cuidar de los hijos de sus amigos era una forma de llenar un vacío que tenía, una aspiración de vida cuando menos. Rosemary y Justin, Perseo, Bri incluso, eran sólo algunos de los niños que lo rodeaban y cuya presencia le nacía reconfortante y refrescante. Cerrando los ojos, se rascó la nuca sin estar bien seguro de qué decir a continuación.

Es una niña adorable —estaba hablando de Bri. — Aunque es… diferente, ¿excéntrica, podría decir? No es que sea malo, pero… No es como otras niñas que conozco —le dijo con un tono de voz calmado. No estaba juzgando o criticando a la niña, sólo haciendo la evidente observación de que era distinta a las demás. — Se lleva muy bien con Rosemary, deben ser amigas desde hace tiempo —y se sonrió, enternecido por dentro, con el pecho cálido.
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Laith GauthierMedimago

Ryan Goldstein el Miér Dic 12, 2018 8:02 am



Laith era de una poco discreta y franca curiosidad. Se sintió calado, Ryan, con las palabras ‘impropio de ti’. En principio, tenías que conocer a una persona para poder hablar con tal libertad de juicio, ¿y se conocían entre ellos? Sólo a través de un caleidoscopio, pero dudaba poder decir que realmente lo hacían. Laith debía referirse a una impresión distante que se hacía de él, Ryan, no otra cosa.

Cuando se hallaban juntos eran como dos personas con los ojos vendados en una habitación y con el resto de sus sentidos vueltos al pasado. Puede que entre ellos nunca se hubiera tratado sobre qué sabían uno del otro sino de cómo se sentían cuando se acercaban, y Ryan sentía que podía hablar con él. Así que, y si a una pregunta sincera, ¿le daba una respuesta sincera? Después de todo, era Laith.

No se lo pensó hasta que Laith mencionó su posible motivación detrás de sus intenciones de tener una familia. Se sonrió con notoria diversión mientras Laith se explicaba, pero su mirada era sumamente atenta y asintió a sus palabras, mostrando que lo escuchaba. Persistía en sus labios una sonrisa espontánea, sincera, inspirada por una cierta ternura.

—Tú dices complejo…—
murmuró, con un dejo de humor. Se interrumpió un momento desviando la mirada a las niñas, no porque quisiera controlar lo que hacían pero porque sintió que quería perderse por un instante en una excusa antes de retomar el tema, pero de una forma diferente—. Cuando Bri viene a casa intento prepararle el mismo desayuno que mi madre me preparaba cuando niño. El otro día, simplemente me di cuenta de eso—añadió—Fue antes de que ella… Bueno, ella dejó de hacerlo y luego los sirvientes me traían el desayuno, pero yo lo odiaba. Lo que intento decir es. No pienso que sea un complejo… Creo que sólo desearías repetir algo que te hizo feliz cuando eras niño. Tiene el suficiente sentido para mí.  

Si hablaban de complejos, Ryan se sentía más calificado para señalarse al respecto. Después de todo, aunque Laith dijera ‘impropio de ti’, dudaba que le acertara sobre el por qué. Sí, Ryan tenía un cierto estilo de vida, pero también la idea de ser padre le aterraba, lo sabía. La idea de ser responsable de la integridad emocional de una pequeña personita era una empresa para la que él mismo no se sentía emocionalmente preparado, ni creía que lo fuera a estar nunca.

Muchas vivencias relacionales experimentadas en la infancia se repetían en la posteridad, de formas hasta inconscientes. Ryan tenía el pensamiento de que si la relación entre él y su padre no había sido buena, él no lo haría mejor con la pequeña Briana. O simplemente no le nacía repetir algo que nunca le había llegado a gustar. Imaginaba que alguien como Laith no entendería. Pero justamente, Laith había sido por mucho tiempo, la cálida expresión de lo que él nunca había tenido en el seno de su familia, amor.

No siguió hablando luego sino que se quedó callado, ensimismado. Revisaba distraídamente los mensajes del móvil cuando Laith volvió a hablarle. Era una manía que se le había hecho costumbre, con ese aparato muggle. Desvió la atención de la pantalla enseguida, aunque pareció perdido al principio hacia dentro de su mirada, finalmente se sonrió, dándose cuenta de qué hablaba. Sí, Bri era adorable. Sonrió.

—Vive en el Bosque de Rumania—informó, presuntamente a modo de aclaración. Se guardó el móvil y continuó—: Entre las veelas es una niña muy, ¿normal?, dentro de su comunidad. Ella se comunica fluidamente—hablaba gesticulando distraídamente. Empezó lo que parecía ser una enumeración—, juega con las demás niñas veelas, se muestra segura de sí misma, es una buena cazadora—¿Qué?—… Pero es recientemente que Meda ha proyectado vivir en la ciudad, y para ella, vivir fuera de la comunidad de veelas es…algo extraño. No conoce nada de esto. Para ella, tú eres el diferente—Le dedicó una entrañable, jocosa mirada en ese punto, y una idea debió asaltarlo repentina a la cabeza, porque prosiguió—: ¿Y sabes? Cuando interactúo con ella, ¿y parece que no me hace caso?—No parecía, en verdad que no le hacía ningún caso—Pienso que no es que sea rebelde o sólo caprichosa… ¿Es que que soy hombre? Y en la comunidad de veelas, bueno. Los hombres no te dan órdenes, ¿verdad? En cambio, acepta más naturalmente una imperativa si interviene una mujer. Son esas pequeñas cosas que hacen que sea entretenido aprender de ella y sobre la forma en que entiende… todo la que la rodea.




Patience is bitter, but its fruit is sweet
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Ryan Goldstein
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