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Ryan Goldstein el Mar Oct 23, 2018 12:17 am

Recuerdo del primer mensaje :

Prólogo

—¿Lo tienes todo?, ¿sí?, ¿a ver esa sonrisa? ¡WIIII!—exclamó Jessica, alzando los brazos como si quisiera sumarse a una ola humana en una tribuna entusiasmada—¡Por fin, al parque!—festejó, dando palmaditas. Su hija, la pequeña Rosemary, la imitó riendo. Jessica se acuclillaba para estar a su altura, las dos frente a la puerta de la casa en un día muy bonito, soleado, agradable, un día perfecto—Esa es mi niña. Llevas contigo lo más importante—le pellizcó, cariñosa, una mejilla—¡Esa sonrisa! ¿Me prometes que cuidarás del tío Laith?, ¿sabes que no puedes perderlo en el camino, verdad? Tienes que apretarle la mano, muy, muy fuerte, ¡o no lo veremos nunca más! Y nosotras no queremos eso, ¿verdad?

—¡Mamá!, ¡no me hables como a una niña! Claro que no perderé al tío Laith.

—No es una niña, dice—comentó Jessica poniéndose de pie mientras que la niña se adecentaba la ropita como una niña muy correcta y coqueta. La madre se cubría la boca con la emoción contenida. Se colocó junto a Laith, en complicidad—. Es un poco molesto cuando insiste en que es la más madura de las dos, ¿por qué crees que insista tanto con eso? ¡Las niñas!, ¡siempre queriendo ser grandes!, ¿para qué? Oh, ¡gracias por hacer esto Laith!—añadió tan repentina como una brisa fresca, vuelta hacia él y con las palmas juntas, obsequiándole una mirada enternecida, agradecida—. ¡Gracias! Te encantará Rosalina, ¡es tan agradable!, ¡le confiaría a Rosalina mi vida! Por eso le entrego a mi hija. Si no fuera porque Justin está enfermo, ¡yo también tendría un día en el parque!—bufó, haciendo una mueca y resoplando—. ¡Pero a Rosemary le hacía tanta ilusión encontrarse con su amiguita! No se ven a menudo, ¿sabes? ¡Pero se aman esas dos! Oh, ¿no te lo dije?—Se interrumpió, parpadeando sorprendida—Estás aquí para esto. Esta es la que me debes por aquella vez en que tú, ¿te  acuerdas? La vez en que dijiste “Te debo una”. Bueno, ahora me la estoy cobrando. Pobre tú por estar en deuda con una mujer casada y con hijos. Sí, es cierto que confío en Rosalina, ¿pero sabes? Entre tú y yo, es un poco, sólo un poco, quizá un poquito demasiado, ¡distraída!—confesó, en un arrebato de sobreprotección maternal—.  ¡Y son dos niñas muy revoltosas! Tienes que tener tus ojos puestos en ellas, ¿sabes?, ¡todos los ojos que puedas pedir prestados! Vayan, buena suerte.  



_____________________________________________



Ryan aguardaba, sentado tranquilamente en un banco, o más bien, adueñándose del banco, con los brazos abiertos a modo de cruz humana, apoyado en el respaldo con toda la paz, todo el aire de estar allí para quedarse. Diríase que, cruzado de piernas y con la cara echada hacia atrás, al sol de la tarde, era un hombre sin preocupaciones.

Llevaba anteojos de lentes oscuros y una sonrisa pendía de su boca relajada, delatándolo en divagaciones que debían ser de lo más agradables. Detrás de él, un puñado de árboles se amontonaba cortando abruptamente en el punto en que acababa el césped y nacía el pavimento.

No se veía a Brianna por ningún lugar.

Pasando por delante de Ryan, discurrían rostros entusiasmados y  voces ruidosas. Eso era porque en esa plaza habían levantado una feria y la concurrencia iba y venía, paseándose por la entrada para descubrir qué novedades se encontrarían, en grupos de amigos o en familia.  

Rosemary, avanzando por el camino, ubicó a su amiga colgada de la rama de un árbol e intentando alcanzar una ardilla. La señaló entusiasmada, queriendo presentársela a su acompañante de esa tarde. Brianna, al oír que la llamaban, sonrió y saltó de la rama.  


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Última edición por Ryan Goldstein el Vie Nov 09, 2018 10:21 am, editado 1 vez
Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Sáb Dic 15, 2018 6:33 am

El sanador exhaló una risa cuando Ryan le dijo que él también intentaba imitar con la niña cosas que hacían con él en el pasado, como un desayuno en particular. Se lo pensó un momento, antes de que una verdadera risa se le escapara. — Lo siento, es que es… muy adorable —admitió. — Que le prepares un desayuno que tú comías cuando eras pequeño, eso me parece adorable —aclaró después. — No pienso que sea malo eso que llamo “complejo”, quiero decir que hay algo de psicología básica detrás de un comportamiento repetido y conocido… Olvídalo, creo que es un poco lo que tú dices, querer recrear lo vivido.

Intentar explicar su punto era demasiado complicado como para abordarlo en una conversación casual en un parque. Podría ser más una conversación en una mesa con café, sí. Al final, se resumía a lo mismo: Laith pensaba que el motivo por el que pensara en una familia de un padre, era porque él sólo tenía experiencia con ese tipo de familias, que no distaba de querer repetir algo que le había hecho feliz, como Ryan dijo. Era un pensamiento tierno… hasta que una mente demasiado catastrófica hablaba. Laith sacudió la cabeza y de ella sus pensamientos.

Se hizo un silencio entre los dos, hasta que el tema de conversación de la niña llegó a la conversación. Escuchó con un oído atento su explicación, pues la niña no era una niña común y corriente, sino una híbrida de veela. Miraba al rubio mientras este hablaba, por un momento le pareció que sólo lo decía para corregir que la niña no era rara, sino incomprendida, en una redundante explicación, pero al final se maravilló con lo que escuchaba y prestó particular atención.

Oye, suena como si fuera tu entretenimiento o algo —bromeó con él, volviendo la mirada a la niña. — Eso explica mucho, sin embargo, de su comportamiento… —esta vez habló en serio, calibrando lo que había escuchado por un momento. — Lo cierto es que… es una niña peculiar, en particular desde los ojos de los niños, que piensan que su realidad es la absoluta, debe ser muy raro para ella convivir con los humanos, mi opinión profesional es que es mejor la socialización temprana con ambas partes de su mundo, pero puedes ignorarla porque no me la has pedido —se sonrió divertido, como si le pareciese hilarante dar un dato que luego daba permiso a ignorar.

Pensaba, sin embargo, que era bueno que se rodease de otros niños totalmente humanos, pues eso la ayudaría a aprender desde cero, con una explicación razonable y comprensible para su pequeña mente cuya imaginación era gigante. Usualmente, los adultos fallan estrepitosamente intentando inyectar conocimiento en las mentes de los niños, porque precisamente no piensan como un niño. Bri le despertó la curiosidad no sólo a nivel profesional, sino también a nivel personal. Laith disfrutaba mucho conociendo culturas nuevas, y pese a no ser precisamente una raza humana, le pareció la mar de interesante la sociedad veela.

Quizá me haya equivocado —reconoció después de otro silencio, separándose de la barandilla y estirándose. — Quiero decir… Sigo siendo incapaz de verte como el estereotipo de padre de familia —fue honesto con él, y entonces se giró en su dirección para mirarlo a los ojos. — Pero de cierta forma lo eres, a tu manera, creo notar que de verdad te interesas por ella, e incluso la intentas comprender sabiendo que su mundo es diferente al tuyo —aunque sus labios eran una línea recta con tan sólo el fantasma de una sonrisa asomándose, sus ojos sí que sonreían transparentemente. — Eso es algo que debo reconocer.

Le tocó el brazo, sólo un contacto suave y terso, efímero. Laith era así, un hombre de contacto, pese a que justo luego se encaminó a la salida del juego, imaginando que no quedaba mucho tiempo antes de que el tiempo se les terminara y tuvieran que bajarse. Ese día, el sanador se estaba esforzando en abandonar todos sus prejuicios. Le costaba, eso sí, pero estaba empeñado a ello. Sacó su teléfono móvil para tomar un par de fotografías a las niñas, que se guardaría hasta volver a casa, porque seguía enfurruñado con la madre de Rosemary.
Laith Gauthier
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Laith GauthierMedimago

Ryan Goldstein el Dom Dic 16, 2018 7:26 am


¿Así era?, ¿adorable? No lo había pensado. Ryan se mantuvo en su sitio con una delgada sonrisa en sus labios que expresaba cierta reserva. En todo caso, eso de allí también lo era, adorable, Laith riendo. Se sorprendió a sí mismo evocando el rostro de Janine al darse cuenta que situaciones inesperadas venían aparejadas con revelaciones inesperadas, como lo demostraba ese día en el parque.

En verdad nunca había descubierto antes o siquiera sospechado ese lado ‘escondido’ de él —sólo oculto para Ryan, el amante de turno y sólo durante intervalos de cruda agonía emocional, pero del que seguramente Laith no mencionaría en ninguna conversación casual o frente a nadie, ya fuera por culpa o simple desprecio. Sí, Ryan era plenamente consciente de ese detalle. Por eso, si le preguntaban por Laith él simplemente fingía no conocerlo o no era abierto a ofrecer muchas aclaraciones sobre ellos y su relación. Lo consideraba un gesto de generosidad para con él, Laith. Tal como le había ocurrido en un breve encuentro casual con una tal Roxanne, agradable mujer con dotes de artista, que resultó ser su mejor amiga—. Era agradable conocer algo más que sus impulsos carnales surgidos de una oscura, hiriente, desesperación de la que sólo intentaba olvidarse luego. Evadió detenerse a pensar demasiado en eso para no empañar el buen humor de ese día.

Debía encariñarse mucho con los niños. Se lo imaginó momentáneamente como un pediatra en el hospital rodeado de pequeñines. Sí, incluso como padre soltero, que lo dudaba —porque, lo presentía, hallaría alguien que lo amaría y quisiera compartir una vida junto a él. Era adorable, ¿por qué no?—, lo haría perfectamente. Laith le daba ese presentimiento.

Una familia no era sus lazos sanguíneos ni el número de sus partes, sino el compromiso de vincularse afectivamente con alguien y preocuparse activamente por su bienestar. Entre un padre y un hijo era el amor lo que definía su unión como dos personas hechas un solo corazón de cara al mundo, en las buenas y en las malas. Ryan había aprendido esta lección a través de las historias de otras personas que lo conmovieron con sus gestos de amor, sin que tuvieran relación alguna con su propia historia.

En ocasiones Ryan solía absorberse en la contemplación de cómo otras personas vivían sus vidas, cómo sentían, las decisiones que tomaban, dispuesto a aprender de lo que cada una tenía para ofrecer. Porque en su opinión, para el universo, toda vida importaba, como un pulso alegre o triste sobre la tierra, pero vivo.  

—Tú eres el que observa a sus pacientes—se defendió Ryan, un poco refiriéndose a su investigación en la que, asumía, sus pacientes debían resultarle en cierto grado un objeto de estudio sumamente interesante. Aunque en algo Laith no se equivocaba. Podía decirse que sí, se entretenía observando a Brianna. Ella era fascinante, vibrante, a su manera. Escuchó a Laith con atención, entreviendo en él al doctor que había hecho de la humanidad su vocación—. No, estoy muy de acuerdo. Me lo anoto—Y añadió, en conformidad con su punto de vista y subrayando el acierto del comentario—: Rose es maravillosa con ella.

Las niñas estaban de fiesta sobre su autito chocador como dos cabras locas con licencia. Pero llegó el momento de cederle la diversión a otra tanda de niños que hacían cola y se bajaron de su vehículo con una evidente suma de entusiasmo por ir detrás de otra atracción. Los niños tenían una energía de la que los adultos eran muchas veces víctimas. Salían por la puerta que el encargado les mantenía abierta cuando Laith volvió a hablar, de nuevo, sacándole una sonrisa que, llenado por un sentimiento que se le hacía cálido y reconfortante, se reservó para sí mismo, como su pequeño secreto. Laith era de esas entrañables personas que te hacían reencontrarte con esos agradables, tiernos, sentimientos que aguardaban escondidos a través de los años por debajo de una capa de melancolía y que tocados por un efímero rayo de luz y por la fugacidad de un instante, te ocupaban por entero. Hasta que lo llamara idiota de nuevo, no se sentía nada mal. Hasta que tuviera que mentir de nuevo, fingiendo que no se conocían.

Laith fue en dirección a las niñas y Ryan lo siguió, sonriéndose. No dijo nada en respuesta a excepción de un “Gracias”, pero a decir verdad, le había sorprendido un poco desagradablemente comprender a través de sus palabras que Laith se había pensado demasiado el asunto de la relación entre él y Brianna. Eso era algo tierno. Y evidencia de lo poco que se conocían entre ellos, o más bien, lo poco que Laith se había esforzado antes por conocerlo de otra forma que no fuera a través del negro velo de sus prejuicios para con alguien que, sí, lo había herido, y también al que había usado algunas veces y hasta con el que había regresado, pero que nunca le había realmente gustado, incluso había despreciado.

Que alguien como Laith pudiera despreciar no sería algo que su carácter, tan generoso, tan humano pudiera consentir o hasta lo haría sentir culpable. Era mejor persona que eso, lo sabía. Pero hubo un tiempo en el que, nublado por violentas y negras emociones en su vida—y algo sobre lo que Ryan sólo podía adivinar—, se había desquitado con Ryan Golgomatch, incluso cuando hacía mucho que Ryan había dejado de ser esa persona que lo hirió una vez.

Era una ironía porque, Ryan había descubierto el buen hombre que podía ser en una época en la que Laith estuvo presente en su vida, pero Laith, él, bueno, nunca dejó de negarle que algo así fuera posible, en alguien que se había visto obligado a despreciar, por obra del propio Ryan Golgomatch. Era como si en algún punto hubiera habido entre ellos un intercambio en sus vidas.

Laith le había dado inconscientemente algo de sí mismo, de esa tibia caricia que era su carisma, por el que todos lo querían en Ilvermony, y que ayudó a Ryan a ver más allá de su ceguera, a reencontrarse con su madre, a contemplarse a sí mismo como la exacta copia de su padre, un hombre violento y triste, mientras que Laith, él… para con Ryan y sólo con él, se conducía como un verdadero Golgomatch.

Ironías, la vida estaba llena de ironías como esa. Era increíble como una persona podía cruzarse en tu vida y cambiarla, pero todo tenía un precio. Puede que nunca le hubiera perdonado lo de Lotte. Los hombres con pecados tenían cargas como esa, con el nombre de sus víctimas. Parecía correcto que el universo, en sus intrincadas formas de expresarse, se lo recordara. Algunos dirían que era el karma.  

Bueno, no se podía hacer ya nada sobre eso, ¿verdad? No se podía cambiar que Ryan no pudiera verse a sí mismo como un padre o no podía borrar lo que sucedió en el pasado ni se podía cambiar que Laith no quisiera acercarse a él o se sintiera incómodo con la idea de llegar a conocerlo, incluso quizá era mejor de esa manera. Ryan atesoraría ese día, pero quedaría en eso: un recuerdo de algo que no se repetiría. Sí, tenía el presentimiento. No todas las cosas buenas o placenteras se repetían. Pero tampoco era alguien que se ensombreciera por lo que no podía saber o lo que nunca podría ser.

Ryan, aunque quizá egoístamente, ya había cumplido con su parte dentro del plan del universo: había pedido perdón y había sido sincero. Amaba el recuerdo de Laith meciéndose en la marea de su vida como tierna espuma que se deshace contra la arena, lo amaba libremente como todas las personas apasionadas que contemplaban la belleza de las cosas y las personas, atraídas por el latido de su existencia.

Le había hecho bien sólo estar en su compañía en un momento de su vida en el que todo cayó en picada y tontamente llegó a pensar que le había retribuido con su apasionada insistencia, cuando no había hecho otra cosa que caer en otro tipo de ceguera, otra vez. Eran sólo niños entonces y siempre serían un poco el reflejo de esos niños. Laith, sin embargo, en ese entonces, había tenido algo que enseñarle.

Las niñas, por su parte, se habían detenido a unos pasos y hablaban animadamente con otros dos niños con los que, después de haberse dado de porras montados en sus cochecitos, no parecían ser otra cosa que mejores amigos. Brianna, contagiada seguramente por el carisma de su amiga o porque se le hacía más fácil interactuar con otros niños, se veía muy animada. Las niñas ni se molestaban en fingir que venían acompañadas. Pero Rose se entusiasmó pidiendo una foto del grupo, para lo que se acercó a pedírselo a Laith.  

***


Le sonrieron y él devolvió la sonrisa. En la fila para subir a la noria había mucha más gente. Ryan se ofreció a hacer la cola mientras que el resto del grupo se divertía en alguna otra parte. Quedó solo, ojeando la pantalla de su móvil. Detrás de él tenía a una pareja y en frente, dos ojos verdes lo habían estado mirando disimuladamente. Era una mujer con dos niños revoltosos a los que ella vigilaba en la distancia. Dejó de prestarles atención hacía rato. Ryan desvió los ojos del móvil por un segundo, y bastó ese instante para olvidarse de responder otro mensaje.

Para cuando llegaron a la cabeza de la formación, ya se gustaban. Detrás de ellos la parejita no parecía tan contenta como al principio. Habían peleado por cualquiera fuera la razón y murmuraban acaloradamente. Leila, en cambio, se acercaba al oído de Ryan y susurraba haciéndolo reír. Su cabellera era de un dorado que brillaba al sol y no dejaba de retocársela con las manos, despampanante esa sonrisa. Le había contado su historia con su ex, y mil cosas de las que Ryan había creído entender hasta la mitad.


Vas bien con las niñas? 

Bri?

Vayan regresando



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Laith Gauthier el Jue Dic 20, 2018 3:31 am

El sanador habría llegado a pensar que en la vida no todo era blanco o negro. Y que, con suficiente esfuerzo y arrepentimiento, un negro se podía volver, cuando menos, un gris. Había decidido apartar de la mesa todo lo que fue, incluso los prejuicios que tenía, para intentar aprender más del rubio. Era claro que no podían compararlo a conocer de vuelta a otra persona: habían conocido, tanto de uno como del otro, partes buenas y malas, negras y blancas, y eso, sin lugar a dudas, daba pie a una comparación de lo que sería un antes y un después.

Sonrió a medio lado cuando Ryan se defendió. — Por supuesto, pero yo soy un médico —devolvió su defensa. — Es indudablemente diferente, aunque esencialmente similar —le dijo, aunque no parecía realmente querer iniciar una discusión. Diríase que le divertía de cierto modo abstracto de Ryan comparase mirar a la niña con él mirando a sus pacientes de estudio. Y hablando de su lado de médico, no había podido morderse la lengua en una observación profesional relacionada con la socialización de una niña híbrida. Casi lo sorprendió que Ryan lo aceptase tan de buena gana.

La mente de Laith era vivaz e iba y venía en torrentes de pensamientos que a veces no llegaban a ningún lado, pero en otras ocasiones eran como piezas de rompecabezas poco a poco armando una gran obra de arte hecha de pequeñas piezas. Por ello, cuando creyó óptimo reconocer que estaba equivocado, lo hizo no sin un amargo sabor de boca, pero el corazón tranquilo. Aceptar que uno se equivoca no es simple, pero es importante para las personas saber cuándo y con quién reconocer un error.

Por parte de las niñas, ni se molestaban en acordarse de la compañía. Laith las seguía de buena gana, con una mano en el bolsillo, acariciando su cajetilla de metal y resistiendo la mala tentación de sacar un cigarrillo. Seguramente nadie le diría nada por fumar al aire libre, pero a él le molestaría hacerlo cerca de las niñas, en frente de ellas, como el mal ejemplo que a veces era. Laith no era perfecto, pero intentaba ser la mejor versión de sí mismo, una decisión consciente de la que tenía que poner verdadero empeño a veces, pero que creía que era lo mejor al largo plazo.

Rosemary reconocía en Laith el adulto que se encargaba de ella cuando era, pues, el adulto responsable, por lo que le llamó de inmediato para tomar una fotografía, y una se convirtió en dos, y dos en una sesión de fotos completa, sin remordimiento alguno de probablemente saturar un poco la memoria del teléfono del sanador. Ya podría guardar las mejores fotos y deshacerse de las peores, cuando estuviese tranquilo y sentado. Por ahora, Rosemary no planeaba dejar que la diversión acabase, se lo hacía saber por la forma en que iba y venía de los juegos, buscando cuál sería el indicado para subirse después.

***

El rubio se había quedado haciendo fila mientras Rosemary tomaba a Laith de la mano tirando de él para llevarlo a algún lugar, con su otra mano aferrada a la manita de su amiga. Estaba entusiasmada, se le notaba, por la forma en que hablaba de tantas cosas que al sanador le costaba seguirle el hilo. Al final, qué más daba, si iba a ser jalado a través del torrente imaginativo de la niña, ¿no era mejor dejarse llevar por la corriente? Juego tras juego Rosemary les llevó, incitando a Bri a jugar con ella. La niña parecía entusiasmada. Más bien, contagiada por el entusiasmo de su amiga.

Rosemary, tenemos que regresar ya —la advirtió, y pocos segundos después recibió el mensaje que lo alertaba de ello. — ¿Ves? Ryan dice que hay que regresar, ¿o no quieres subirte a la noria? —la pequeña se volvió a él con los ojos muy abiertos y sorprendidos, y prácticamente salió disparada en dirección a la noria, instando a Bri a correr detrás de ella y, por supuesto, el sanador no podía faltar. — ”Regresar ya” no significa “sal corriendo como una chiva loca” —Laith gruñó divertido para sí mismo.

Una multitud se le cruzó y alcanzó a ver a las niñas llegar con el rubio, pero fue una imagen que duró segundos. Antes de que Laith llegase, Bri se había separado del grupo para adelantarse a subirse a la noria. Sí, y por “subirse” es claro que se refiere a intentar subir a la noria por fuera. Parecía no entender por qué la gente hacía fila si subir era tan sencillo, y Laith la alcanzó a ver a tiempo para sujetarla antes de que subiese peligrosamente, recibiendo un regaño de parte del encargado por cruzar la línea de seguridad.

Lo siento —le dijo al guardia. — Bri, no puedes subir así —le habló con un tono calmado, a pesar de que la niña se revolvía como un animalito necio y reacio al tacto para que la soltara. — Te voy a soltar, pero no puedes subir a la noria por la estructura —intentó negociar, mas no hubo respuesta para él. — Bien, bien, te suelto… —y la dejó en el suelo con mucho cuidado, con los piecitos en el piso. — Regresa con Ryan, ¿sí? Subiremos —porque dos niñas y dos adultos podían subir perfectamente a una canasta de la noria. — Rosemary…

La niña entendió y se acercó, tomando de la mano a su amiguita y, hablándole muy emocionada, la guio hasta el interior de la canasta, donde se sentaron juntas sin preguntar, dejando que los dos adultos se quedasen en el otro asiento de la canasta.
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Ryan Goldstein el Jue Ene 03, 2019 4:39 am


“Indudablemente diferente, aunque esencialmente similar”, ese fue un comentario que Ryan se tomó como una broma. Era, por otra parte, la naturaleza ambigua y contradictoria de tal sentencia una forma de definir a Laith en sí mismo, o más bien, su conducta de “querer” y “no querer” a un tiempo.

En el caso de ellos, hasta podía decirse que definía su relación. Eran esas cosas de las que Laith jamás se daba cuenta, o no quería admitir. La forma en que se contradecía, con la obstinación propia del carácter que es caprichoso. En ese sentido, Laith era cambiante como la dirección del viento.

Había ciertos prejuicios que Ryan también se había hecho respecto a Laith a lo largo del tiempo. Puede que una forma más precisa de ponerlo era que no podía evitar pensar en Laith de una cierta manera. Lo hacía desde el cariño, por empezar. Y cosas que otros señalarían como descaro o simple inmoralidad, él sólo podía verlas bajo el velo de una entrañable y condescendiente ternura. Era la preferencia del consentido.

En cuanto a carácter, sin embargo, lo juzgaba en ocasiones como emocionalmente inmaduro, justamente por su naturaleza contradictoria. Reconocía, o más bien Laith lo obligaba a reconocer, que era injusto con él, o sólo sería que le gustaría verlo como un caprichoso en virtud de un sentimiento de nostalgia por el muchacho al que conoció una vez. Esto había sucedido ese día, con Laith comentándole que deseaba una familia.

Y aun así, podía imaginarse perfectamente una escena entre Laith-padre e hijo, con el primero como el mayor consentido. De nuevo, puede que Ryan tuviera que plantearse seriamente lo muy prendido que estaba del a veces testarudo, dulce y mimado de Laith Gauthier. Había en él la contradicción de su actitud obstinada y caprichosa y su profundo altruismo y seria dedicación para con los otros. Pensándolo, lo amaba así. Las personas, después de todo, tenían más de una sola cara.

Si a veces pensaba de él que era como un niño, lo hacía con todo el amor que se le puede tener a las cosas bellas e inocentes frente a las que te hallas desarmado, pero desde ya, con una pulsión para nada inocente. Lo que Laith despertaba en él era un deseo de curvas sinuosas y punzantes, degradante, enaltecedor, paciente, desesperado, firme e insistente, hiriente, egoísta, violento, extasiado, invadido de pulsiones sobre las que apenas podía confesarse culpable.

Puede que fuera justamente por tener a Laith en la cabeza haciéndolo ver una y otra vez por qué y cómo lo deseaba, que Ryan acabara prendido de los ojos verdes de Leila en la cola de la noria. Una mujer con muchos encantos, sin duda, pero con unos ojos de los que él no podía apartar la mirada, indiferente. Después de todo, el deseo era en él una fuerza que se expandía en comunión con todas las cosas que llamaban su atención mientras que la pulsión original alimentaba esa llama de tibia felicidad que era estar enamorado de hasta las cosas más pequeñas.

—Eres muy amable—
agradeció Leila en mitad de su conversación sobre su miedo a las alturas, cuando de pronto Ryan sintió que lo llamaban y giró la cabeza en esa dirección.

Rosemary lo llamaba, con Brianna corriendo a la par. Eran dos niñas muy risueñas. Ryan paseó la mirada entre la multitud buscando el rostro familiar, de Laith, pero no lo encontró en un primer momento y entornó la mirada, preguntándose dónde lo habrían dejado. Habría sido por el medio segundo de un parpadeo, porque cuando quiso darse cuenta, Brianna hacía de las suyas. Se sonrió pidiéndole a Leila que le cuidara el lugar y se adelantó al encuentro de las niñas. Se tropezó con Rosemary, quien perdió a su amiga cuando ésta se lanzó en otra dirección, atraída por alguna novedad.

Al poco rato, la encontraron a Bri en los brazos de Laith, llevándose una reprimenda. Ella no parecía darse cuenta de ninguna infracción que hubiera cometido y señalaba con un bracito estirado en el aire a un globo que se elevaba por encima de la noria. Estaba fascinada. Ryan dedujo que habría querido alcanzarlo. Era una trepadora excelente, aunque a cualquier otro le resultaría raro ver trepar a una niña en una suerte de escenario mortal. Rosemary corrió hasta ellos y asistió a Laith en sus intentos por explicarle a una pequeña salvaje que trepar norias no era algo que tú harías si eras una niña que se portaba bien. Ryan le apareció a Laith por un costado.

—Creo que ya te ha tomado confianza—Hizo notar—¿La pasaron bien?

Las niñas se acomodaron hacia el interior de la cabina de la noria, y Ryan tomó a Laith por el hombro demorándolo unos instantes antes de que entrara.

—Me quedaré atrás—
avisó—. Les hago espacio a Mike y Johnny—Leila se adelantó y saludó con una sonrisa, con dos niños con caras rebeldes debajo del brazo—. ¿No te importa si van contigo, verdad?

Tanto si le importaba como si no, hubiera sido simplemente horrible negarse frente a toda la familia. Qué amable eso de preguntar una vez que ya has tomado una decisión por otra persona. Más bien, luego de haber formado un complot junto con la madre de Mike y Johnny. Los niños, por su parte, se atropellaron dentro de la noria y se presentaron con las niñas. Ellas estaban encantadas de volver a encontrarse con los amigos que se habían hecho antes.

—Nos vemos una vez que den la vuelta al mundo.

Ryan se apartó entonces, quedándose atrás con Leila y hablando de irse a tomar un refresco. Leila, antes de despedirse, le encomendó sus hijos a Laith prometiéndole que no le darían problemas. Sí, era sólo dar la vuelta al mundo, con un ticket de ida y vuelta. No había por qué preocuparse. Nada malo podía pasar.

***

—¡Han parado la noria!, ¡y con los niños ahí dentro…!, ¡Oh, mi dios!


Leila y Ryan intercambiaron una dura mirada y se abrieron paso entre la multitud. Se había formado un público de espectadores a los pies de la noria y muchas familias abrazaban a sus hijos, agradeciendo en silencio que no les hubiera tocado a ellos subirse a esa atracción.

—¿Qué, qué ha pasado?

—¡Es ese tipo de ahí!, ¡mira!


De pie sobre una viga, habiendo abandonado la seguridad de la cabina, un hombre miraba hacia abajo y se tambaleaba desde las alturas, aclarando a gritos sus intenciones.

—¡VOY A SUICIDARME!

—¿Piensa saltar?, ¿dice que va a saltar?, ¡oh mi Dios!, ¡Cate tú no puedes ver esto!, ¡vámonos!, ¡vámonos!


—¡HAGAN LUGAR ALLÁ ABAJO, MALDICIÓN!

Roger rió. Estaba drogado. Su mujer lo había abandonado llevándose al perro, su jefe lo había llamado para dejarlo desempleado, y toda su vida no tenía sentido. Nunca lo había tenido desde que renunció a sus sueños de ser un actor en la gran pantalla.

—¡Desgraciado!—
El grito de Leila sacó a Ryan de su ensimismamiento. Había estado buscando a Laith y las niñas con la mirada. Al lado de su grave parsimonia Leila parecía sacada de la guerra, visiblemente indignada—¡Bajáte de ahí! ¡Mis hijos están ahí arriba! ¡Matate todo lo que quieras pero bájate de ahí YA MISMO!

El muchacho que controlaba la noria, con evidentes pintas de nerviosismo, se acercó a la indignadísima madre pidiendo que se calmara, que no se sabía cómo el señor podía reaccionar,  que habían llamado a la policía, que los niños estaban bien…pero ella no quiso escuchar y se enzarzó en una pelea con el muchacho queriendo adelantarse para poner la noria en funcionamiento. Por la expresión atacado del joven diríase que tenía miedo de que le ensartara un puño en plena cara.

—¡Mis hijos están ahí arriba!, ¡si le sucede algo juro que lo mato yo misma a ese desgraciado!


Ryan suspiró por lo bajo y siguió buscando a Laith entre las nubes.

Detrás de ellos, un grupo de payasos se acercaba corriendo cargando en conjunto una colchoneta donde llevaban a cabo sus actuaciones con caídas, presumiblemente, por si al hombre se le daba por saltar realmente o resbalaba de la viga.


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Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Dom Ene 06, 2019 4:43 am

Laith era de esas personas cuyos gestos amables y de bondad les nacían, pero era un tema totalmente distinto cuando sentía que se lo estaban imponiendo. Odiaba que le quisieran imponer. Por eso, la mirada que le dirigió justo a los ojos de aquel rubio habló mucho más de lo que cualquier palabra hubiera podido decir: estaba seriamente disgustado con él, en especial cuando vio el motivo por el que pretendía alejarse, el muy ruin. Si piensa ir a ligarse madres, que cargue él mismo con los hijos de esas madres y a él le dejase fuera de su estúpida y sucia jugada.

Él se habría negado, a pesar de ser demasiado amable, y lo habría hecho ahí, justo en su cara, de no haber sido porque Rosemary ya había hecho subir a los dos niños. Volvió a dirigirle esa mirada intensa, en lo más negativo de la palabra, y en un pulcro francés pronunció: — Va te faire mettre —mandándolo a la mierda con elegancia y, por supuesto, a prueba de niños. Le tocó ser elegante y subió dentro del juego.

No era por presumir, pero Laith tenía una impresionante paciencia. Tan sólo hace falta imaginar cuán desastrosos eran los niños de la mujer como para que a Laith Gauthier le diera un dolor de cabeza. Había acabado con la cabeza recargada en el cristal del juego, con los ojos cerrados y concentrándose en regular su respiración para intentar ignorarlos por dos minutos. dos minutos era todo lo que necesitaba antes de que el juego acabara su recorrido. Sin embargo, algo llamó su atención, que la maquina se detuviera. Los pequeños diablillos se callaron un momento.

¿Qué pasa…? —asomó su cabeza para poder ver hacia abajo a la máquina de control. Se lo pensó un momento, pero no vio nada extraño, de no ser por un grupo de personas que miraban hacia arriba insistentemente.

¡Hay un hombre ahí! ¡En las barras! —gritó Mike.

Laith dirigió su mirada al lugar donde el hombre amenazaba con suicidarse. Su corazón dio un latido en falso y asomó su cabeza por la parte abierta del juego, gritándole al hombre para llamar su atención. No lo escuchaba, pues la distancia entre ellos era importante, y el aire en aquella altura soplaba fuertemente. El sanador chasqueó la lengua y miró a los cuatro niños.

Rosemary, estás a cargo —le dijo, y se dirigió a los dos niños, pues Brianna podría ser controlada por la niña. — Ustedes dos van a quedarse sentados y callados, y la van a escuchar a ella. Si no lo hacen, yo mismo me encargaré de que no tengan regalos en sus próximos diez cumpleaños, ¿quedamos claros? —porque esa era una buena manera de amenazar a un niño, justo donde más le dolía: los regalos.

Dicho aquello, y contra todo buen juicio, Laith salió de la cabina. Sintió vértigo un segundo, sólo un segundo, y sujeto de la estructura de metal empezó a avanzar firmemente hacia el hombre drogado. Si caía, como último recurso, podría desplegar sus alas, pero era un riesgo que estaba dispuesto a tomar mientras se aproximaba. Sus manos sudaban y debió limpiarlas en su pantalón antes de seguir avanzando, a riesgo de que su agarre se viera afectado.

¡Hola! ¡Oye, hola, soy Laith! —se presentó. Bastaba verlo para que supiera que no estaba en sus cinco sentidos, y por dentro sintió una punzada de rabia. Laith no justificaba el suicidio, y menos cuando era en un lugar público con tantos niños presentes. — ¿Por qué no… por qué no subes a la canasta? Hablemos, ¿qué pasa? ¿Qué hay de malo? —le hablaba, intentando tranquilizarlo. Iba avanzando poco a poco hasta su dirección, con sigilo, sin querer ponerlo sobre aviso al grado de que lo incitara a saltar al verse encerrado. — Podemos hablar —le aseguró.

¡Nada tiene sentido! —reía histéricamente. — ¡Nada! ¡Ella se fue y se llevó con ella hasta al perro! ¡Renuncié a todo por ella! —el dolor estaba impregnado en su voz. Había perdido el norte y la esperanza. — ¡Todo está acabado! ¡Moriré y nadie podrá evitarlo! —le indicó, deteniéndolo con una temblorosa mano abierta en su dirección para indicarle detenerse.

No está todo terminado —le dijo, deteniéndose cuando él se lo indicó. — Todo tiene una solución —eso quería dejarlo claro, ponerlo como un hecho verídico. — Estarás en un error al matarte, entonces realmente todo habrá acabado, es lo único que no tiene solución, y, ¿sabes qué? ¿Sabes el daño que les harás a todos los niños del parque? —su voz tenía un tinte de desesperación, quería que se lo pensara por un momento, aunque no podía pedir demasiado.

Si tuviera un medicamento mágico podría quitarle las drogas del sistema fácilmente, pero era peligroso en frente de tantos nomaj. Sólo tenía sus palabras y su persuasión para hacerlo regresar a una de las canastas y llegar sanos y salvos a la parte inferior para bajar. Dirigió una mirada a su canasta, donde los niños miraban estupefactos.

Sé que las cosas pueden parecer difíciles ahora, y pensarás que nada tiene solución, pero no puedes saberlo hasta intentarlo —le dijo. Y continuó insistiendo durante largos minutos, siendo sus manos doloridas al sujetarse al metal caliente por tanto tiempo al sol.

Le costó mucho conseguir convencerlo y se dirigieron a la canasta de donde había salido. Su canasta estaba en lo alto y no podría subir en su forma humana, así que depositó toda su confianza en Rosemary para controlar a los tres niños. No debía preocuparse, era más madre que incluso su propia madre, así que podría mantenerlos controlados. Estaba por entrar también cuando la estructura se estremeció y su estabilidad se perdió, cayendo al próximo tubo metálico y uno más abajo, del que se sujetó como si la vida le fuera en ello.

Inhaló con fuerza y suspiró, concentrándose. Subió al tubo de donde se abrazaba para entrar a la cabina que estaba más próxima, ocupada por una pareja y un niño pequeño, con quienes habló para tranquilizar al muchacho preocupado. Finalmente pudieron volver a poner en marcha el juego hasta que todos pudieron bajar. Una ambulancia había llegado, seguramente temiéndose la caída de uno, y Laith se aproximó al paramédico, tomando del hombro al hombre.

Está bajo una sustancia psicotrópica, hagan estudios y consulta en psiquiatría —les pidió, con la profesionalidad del médico. Luego miró a Roger, y le tendió su número telefónico. — Llámame cuando salgas del hospital —le pidió, apretando la mano con que tomó el papel, entonces dirigiéndose hacia las niñas. La adrenalina estaba bajando y dejándolo algo cansado.
Laith Gauthier
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Ryan Goldstein el Jue Ene 10, 2019 2:59 am


Si bien la sonrisa de Ryan desplegaba simpatía, chocaba contra el verde resentido en los ojos acusadores que lo señalaban. Esto no hizo más que provocarle la irresistible tentación de torcer sus labios en una mueca atrevida. Le hacía gracia que Laith pudiera reprocharle sus intenciones.

Era cierto que invitar a los niños Mike y Johnny a sumarse al grupo era algo repentino, pero no se le pasó por la cabeza que a Laith pudiera suponerle un problema —decía que le gustaban los niños—, y además, Ryan había sido el que había hecho la larga cola y no porque le llamara la idea de subir a la noria. Su parte estaba hecha, o al menos, él lo sintió así, y prefirió darse un recreo.

Imaginó en ese momento, por la cara que el otro le ponía, que Laith debía sentirse de una forma muy diferente. Ni por un instante Ryan dejó de dedicarle una sonrisa de lo más amable, con una mirada que lo delataba atraído por la curiosidad. ¿Era porque lo iba a dejar solo con los niños?, ¿era por eso? Bueno, Ryan tenía que admitir, con toda la humildad que le era posible, que no deseaba cambiarle de lugar.

Puede que, después de todo, sí tuviera razón en maldecirlo en francés. El caso fue que era difícil para Ryan resistirse a la sonrisa cuando Laith se mostraba tan intenso con él, y sólo le quedaba esperar que el otro no lo asimilara como una tomada de pelo, aunque creía poder adivinar lo que en esos momentos pensaba de su sonrisa de rubio.

—Merci—Ryan se sonrió y cazó el hombro de Laith antes de que este se metiera en la cabina. Los niños lo vieron retirar la mano y el gesto murió en un ademán (una opción muy inteligente, dada la falta de predisposición que se percibía del canadiense), y sin embargo, Ryan había conseguido llamar su atención. No hablaba francés, pero sí que cazaba palabras en el aire, especialmente los insultos. Eso último se lo debía a Laith—. Pásala bien tú también—Le dedicó un guiño atractivo y bajando la voz antes de volverse, añadió—: Pioupiou.

Ese apodo cariñoso lo usaba desde Ilvermony cuando a Ryan Golgomatch se le dio por interesarse sobre todos los asuntos de Gauthier, como su orígen canadiense y el argot francés que empleaban entre ellos. No había dejado en paz a Laith desde entonces. Sólo que había pasado mucho tiempo desde que lo usara por última vez.

***

—OH, MI…¡Ahí va otro!, ¡que no puedo ver esto!, ¡ay!

—¿¡Qué hace ese hombre!?


Desde el suelo, si alzabas la mirada y los veías a estos dos hombres tantear sobre la viga más alta, se apoderaba de ti una intensa sensación de vértigo. Tus sentidos despertaban sumiéndose en alerta, como si al menor movimiento, ¡zas!, fueras a caerte de la cama. Pero esos hombres que estaban allá arriba, al filo de una caída real, se hallaban a metros del suelo, ¡metros!

Si no se mataba uno suicidándose, se mataría el otro intentando impedírselo. La tribuna de espectadores no podía evitar sentirse preocupada, querían que alguien hiciera algo, que los pusieran a salvo por el bien de sus propios nervios. Se dieron cuenta de que el segundo hombre parecía querer intentar razonar con el primero, y oyeron trazos de una conversación en las nubes. No se explicaban cómo es que el más joven tenía ese arrojo como para caminar sobre la viga… la juventud, nada que hacerle. Impresionaba. Estaban todos con el corazón en la boca.

Ryan alzaba la mirada con una mano en la cara a modo de visera y la boca ligeramente entreabierta. Estaba seguro que debía sentirse preocupado como la turba inquieta que lo rodeaba, pero lo cierto es que se sentía excitado allí abajo. Lo seducía la seguridad de Laith avanzando contra el cielo, y él mismo experimentaba una honda satisfacción si se paraba al borde de un puente, estimulado por las alturas. Sabía también que Laith no le temía a la caída, ni tenía por qué temerle, y no sospechó que hubiera motivo para que el pecho le diera un brinco.

Sí estaba preocupado por el nomaj y cómo las consecuencias de un accidente podrían afectar a Laith. Como magos, había más de una cosa que podían hacer, pero algo que no podían, era sacar la varita delante de una multitud como aquella. Imaginó que Laith no se sentiría contento con la idea de que aquel hombre se resbalara y muriera en la caída, cuando él bien pudo haberlo evitado. Era temprano, sin embargo, para aventurar un resultado así, y además, ambos contaban con un par de trucos. Prestó atención a ver cómo le iba con la improvisada terapia.

Para alivio de todos, el suicida comenzó a retroceder, volviendo a su cabina, pasado un rato, dejándose convencer. Ryan se sonrió pensando en qué le habría dicho. Había perdido casi todo el interés en la acción que se desarrollaba allí arriba, cuando la multitud ahogó un grito sumiéndolo en la momentánea ansiedad. Laith había caído. Lo vieron estabilizarse y entrar a una cabina que no era la suya con la ayuda de los que estaban dentro. Pero para ese entonces, Ryan ya sentía un cosquilleo de los dedos a los pies y una presión que era como una máscara en su rostro y que no le hubiera permitido sonreír de haberlo querido. Se adelantó para encontrarse con Laith y las niñas cuando todo acabó, pero el revuelo se lo puso difícil, y para cuando lo consiguió, abrazaba a Bri y Laith volvía de la ambulancia.

Una señora entrada en años y con una sonrisa amorosa, lo detuvo para besarle las mejillas, primero una, luego otra. Un hombre alto y con pelada le estrechó la mano y rió señalando al cielo a la par que mencionaba algo que seguramente tenía que ver con el vértigo que vivió, casi como si hubiera sido él el que trepara la viga. La gente pasaba, saludaba y se marchaba. Habían estados preocupados por él, todo el tiempo.

Rosemary corrió a abrazarlo, y le comentó entusiasmada cómo lo había vivido todo desde la cabina. Era cierto que se había llevado un susto, pero por la inocencia de su sonrisa, no habría sospechado ni por un segundo que Laith, en efecto, pudo realmente haberse caído. Bri también corrió hasta él, aunque no entendía muy bien de qué iba todo aquello. Después de todo, treparse en las alturas era de lo más normal.

De pronto, Rosemary hizo silencio e intercambió miradas con Bri. Se habían adelantado a Ryan, pero cuando él llegó hasta Laith, y sin mediar palabra, le colgó un brazo alrededor del cuello y lo arrimó contra su pecho, a prueba de toda resistencia. Claramente no le importó que el otro quisiera zafarse, sino que lo retuvo así. Rosemary no sabía qué pensar, porque Ryan tenía un rostro serio, y no le conocía ningún otro rostro serio hasta entonces. Todo había terminado bien, así que debía estar sonriendo, pero Ryan no sonreía.

—¿Recuerdas—
susurró en su oído—…cuando te caíste de tu escoba?—No esperaba una respuesta, sino evocar el recuerdo entre ellos.

Lo tenía a Laith abrazado y agachaba la cabeza para llegarle a tocar la frente en una caricia, decidido a forcejear con él para tenerlo quieto si se movía demasiado, hasta que ladeó el rostro y le besó la frente. Lo besó largamente, estándose así más de medio minuto. Rosemary pensó que su mami, antes de dormir, le daba un beso igual, pero no solían ser tan largos. Ryan lo estaba haciendo mal. Aunque, de alguna manera, se veía como algo lindo, una muestra de cariño.

—¿Estuvieron asustadas?—
preguntó Ryan, regresando su atención a las niñas con una gran sonrisa. Se había acuclillado frente a ellas para quedar a su altura, desprendiéndose de Laith primero.

—¡Para nada! Bueno, un poco sí.


—¿Qué quieren hacer ahora?, ¿no tienen hambre? Yo tengo hambre.

La única respuesta que obtuvo, fue contundente.

—¡Hamburguesas!




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Laith Gauthier el Dom Ene 13, 2019 1:25 am

Laith se volvió y hubiera regresado sobre sus pasos a hacer, o decir, sólo él sabía qué cosas cuando el otro usó ese apodo. Ese y no otro. Lo atajó la puerta de la cabina al cerrarse, como interponiéndose entre él y el rubio, bloqueando tajantemente una respuesta que, sin lugar a dudas, prometía ser de todo menos galante. Odiaba ese apodo desde el primer momento en que lo usó. Odiaba, por encima de todo, que Ryan mancillase su lengua madre con su hipocresía, con la intensidad del patriota.

Estaba molesto, no había que jurarlo para notarlo. Y no mejoró su estado de ánimo durante aquel paseo. Le dio ácida gracia pensar en cómo Ryan Golgomatch se las arreglaba para arruinar algo tan simple como una salida, que ni siquiera era de ellos. Laith se había esmerado en ser elegante y educado, amable si podía decirlo, sólo para verse las caras con ese rubio arrogante que tomaba el pie cuando tendía la mano. Y Ryan, todavía, tenía la cara dura de fingirse inocente. Y una mierda, por él, podía irse al carajo.

Su día, además, distaba de mejorar. Lo supo en cuanto vio a ese hombre parado sobre la viga, buscando la muerte. Y Laith, con la misma ansiedad, salió de su protección al aire que golpeaba frío su rostro. La estructura se decía firme, pero no estaba seguro de cuán realmente firme era. Le importaba más bien poco. Un ave no depende su seguridad de la resistencia de la rama, sino en la fuerza de sus alas. Se acercó a él, porque era lo único humano que podía hacer. Cerrar los ojos y apartar la mirada nunca había sido su estilo, y no iba a empezar ese día, si algo estaba en sus manos para hacer.

La adrenalina lo hizo su víctima, ahorcándolo y sometiéndolo. Las palabras eran una poderosa arma que, en ocasiones como esa, marcaban la diferencia entre la vida y la muerte. Nadie sabe cuán importantes son las palabras hasta que se encuentran en esa tesitura. Laith respiraba y, al mismo tiempo, no sentía estar respirando, el oxígeno faltándole de los pulmones. Consiguió convencerlo de entrar a su cabina, de hablarlo más tranquilos en tierra firme, cuando él estuviera mejor. Para Laith, de acuerdo a la perspectiva de los espectadores, el juego había podido terminar intentando ganar cuando resbaló.

No sabían que Laith era un ave. No porque tuviera alas y plumas para volar, sino porque confiaba en sí mismo, en sus habilidades intrínsecas. Pudo entrar en pánico y caer, pero no. Confió en la fuerza de sus brazos para soportar su peso en una de las vigas. Era ahí donde yacía la verdadera gracia de los seres dotados de alas. Nada más bajar, la marea de gente lo atrapó, y a duras penas les apartó para llegar con el suicida a la ambulancia. Dio claras indicaciones a sus compañeros de primeros auxilios para permitirles ir a cumplir su deber.

Una señora lo saludó amablemente, besándolo en las mejillas. Después, un caballero lo detuvo para comentarle la hazaña que había hecho ahí arriba, que Laith no sentía como tal. No podía decir que era “lo que cualquiera hubiera hecho”, pero sí lo que él haría. Mucha gente lo detuvo, enajenándolo en comentarios, halagos y preguntas sorprendidas. “¿No te dio miedo?”, “¿Y si caías?”, eran lo que más escuchaba.

Lo sorprendió la debilidad de sus brazos cuando cargó a Rosemary, que lo abrazaba por el cuello muy entusiasmada. — ¿Sí? Te portaste bien y controlaste a los demás, ¿verdad que sí? —Laith le sonrió. — Me ayudaste mucho —le concedió su parte de crédito. Lo habría pensado más si no hubiese confiado en ella para controlar a quienes les acompañaban dentro de la cabina. La dejó al suelo después y le acarició la mejilla a Brianna con el dorso de sus dedos, amablemente. También lo tomó desprevenido el abrazo de Ryan, al que se resistió en principio. — Y a ti, ¿qué demonios te pasa? Suéltame —se quejó, encontrándose demasiado débil como para oponer una verdadera resistencia.

Le disgustó, a su vez, que el descarado intentase evocar un recuerdo, que Laith fallidamente intentó bloquear de su memoria. Recordaba esa caída, ahí en el colegio. No había sido su primera fractura, pero sí de las peores. Su brazo izquierdo, un verdadero aprieto en época de colegio para un chico zurdo. Se esforzó en vano para omitir detalles, esos donde Ryan se había mostrado preocupado y lo llevó a la enfermería. Y él, tan molesto como entonces, por razones que quizá ni siquiera Laith mismo comprendía. Apretó los ojos cuando sintió el roce de sus labios en su frente, apretándose contra ella, mostrando su disgusto y reticencia. Por dentro, fue un soplo de aire para alguien que se ahogaba.

Cuando se encontró libre de su sujeción, suspiró para sí mismo. A veces podía decir cuán mal se sentía por pequeños detalles. Decir que no a una comida era un signo de alarma. — Me tocan a mí mis diez minutos de aire —le dijo a Ryan. — Tú cuida de las niñas, y más vale que las cuides bien —le dijo con ese tono de voz que no admitía duda alguna. Y sin esperar respuesta, empezó a caminar. Tras la multitud, se le pudo observar sacando su cajetilla de cigarrillos y llevándose uno a la boca.

No, Laith no fumaba en frente o cerca de niños que apreciaba. En general, prefería no hacerlo con ninguno. Por eso se escondió detrás del parque, recargando su espalda en un árbol, mientras todo sucedía en su mente con resquicios de recuerdos. Cosas que dijo, o que pudo haber dicho. Era lo que se llamaba “L’esprit de l’escalier”. Y por dentro se sintió drenado de energía, como si toda la que tuviese se la hubiese dado al hombre por un día más de vida. Buscó en su teléfono el número de Lindsay, e hizo una llamada.

***

Quince minutos, veinte tal vez, habían pasado antes de siquiera ver al quebequés hacer acto de presencia en el snack, buscando con la mirada a Rosemary o a Brianna. Las encontró sentadas en una mesa, Rosemary le cuidaba cautelosamente una hamburguesa, robando de vez en cuando sus papas fritas, imaginando que no se daría cuenta si nadie se lo decía. Lo hizo sonreír.

¿Me compraste una hamburguesa? —la sorprendió por la espalda, y la niña dio un chillido antes de reír, volviendo su mirada hacia él. Laith se encodó en el respaldo de la silla. — Qué amable de tu parte, muero de hambre —no lo hacía, pero sabía que era antinatural decirlo. Impropio de él, cuando menos. — Aunque no me apetecen papas fritas ahora, ¿me ayudas a comérmelas? —le pidió, como si no la hubiese pillado devorándolas.

¡Yo te ayudo! —le sonrió Rosemary alegremente, tomando sus papas fritas y adueñándoselas en su plato, ignorando que Laith aprovechaba el momento para buscar a Ryan con la mirada.
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Ryan Goldstein el Lun Ene 14, 2019 1:48 am



Rose le preguntó por Laith, una y otra vez, por dentro tristona de que se fuera así como así. La estaban pasando bien, ¿por qué desaparecía? Se resintió con él en su corazoncito. Ryan, sin embargo, le obsequió una sonrisa tranquilizadora, y le dijo que les encargó la mejor hamburguesa para cuando volviera, bromeando sobre que volvería al toque al oler la comida.

Las niñas tomaron sus pedidos y fueron a sentarse a la mesa. Ryan las observaba desde el mostrador, aguardando el suyo, que se demoraba. Ahí mismo inició plática con un hombre de rasgos afeminados. Venía con su novio, pero era muy coqueto y simpático, y Ryan compartió un par de risas con ambos. Le cazaron el acento americano y lo entretuvieron con un relato de su viaje a américa.    

Ni por un momento dejó de prestarles atención a las niñas. Al final, se relajó cuando vio llegar a Laith. Llegado su turno, atravesó la multitud con su gran, gran pedido en la bandeja (dos hamburguesas, extra de munición), y se hizo un lugar en la mesa, para lo que tuvo que arrastrar una silla. En ese instante, intercambió sonrisas con sus vecinos, otra pareja, que quedó encantada con su “Disculpen, gracias”. Ryan tenía eso, que era agradable.

—Me preocupaba que te perdieras—
dijo, sentándose a la mesa, y obsequiándole a Laith una sonrisa, de las que te abrazaban por su calidez—. Pero nos encontraste. ¿Estás bien?—añadió, bajando la voz y acercándosele con la mirada puesta en él, muy atento.

—¡Tienen máquinas de regalos!—exclamó Rose de repente, casi saltando en la mesa. Señalaba unas máquinas tragamonedas—¿Podemos ir?

Ryan se distrajo, y sonrió. Rose no había terminado de hablar, y él ya estaba abriendo su billetera. No era muy cuidadoso con lo de separar el dinero ‘normal’ del dinero muggle. Cualquiera que le echara una buena mirada a su billetera, se confundiría con lo que había allí para encontrar. Tenía también tarjetas, de crédito, de presentación, e identificaciones diversas. Desde la licencia de vuelo a licencia de conducir, que seguro era falsa.

—Dile a Bri que no puede golpear las máquinas si no le toca lo que quiere, ¿ok?—
pidió, tendiéndole monedas para ambas, prácticamente sin contarlas.

Las niñas se levantaron de la mesa, y Ryan se concentró en su bandeja. Se dispuso a desenvolver los envoltorios con mucho cuidado. Dirías que se preparaba lentamente para un atraco alimenticio. Sus modales eran siempre educados en la mesa, finamente calculados. Se sentaba correctamente, masticaba despacio, se colocaba a mano las servilletas, y si hablaba no te escupía la comida.

—¿Quieres hablar?—preguntó sin mirarlo. Se refería a lo que había sucedido sobre las vigas. En sus labios descansaba una plácida sonrisa. Ojeó la bandeja ajena—. Rose la pidió para ti. ¿Está bien? Tengo una con queso extra, si quieres. Te la cambio—ofreció. Se detuvo un momento y enderezó la espalda en la silla. Calló un instante. Y añadió—. ¿Por qué estabas tan enojado antes?—inquirió, con verdadera curiosidad en el brillo de su mirada—Me mandaste a la esquina del frente, por decirlo así. Espera, no tienes que lanzarme otra mirada de esas. Sólo, lo siento. Pero admito que estaba cansado para estar con los chicos. Hice una hora de cola bajo el sol, ¿sabes? Quería tomar algo fresco, al menos. Lo mismo Leila—La mencionó de pasada, pero con notable familiaridad—. Lo siento, otra vez. Tú estuviste con las niñas todo ese rato pero asumí que no te molestaría, tuve que preguntarte primero—reconoció—Si hubiera sabido lo de aquel hombre, hubiera ido contigo… ¿Seguro que estás bien? Ese hombre tuvo una crisis. Si no hubieras sido tú, dudo que pueda contarlo. Me intriga qué le dijiste. Haces que sea fácil que la gente se fascine contigo—añadió, en un cumplido. Es que, había sido impresionante. Subirse a las vigas, hablar con alguien que quiere quitarse la vida y convencerlo de lo contrario. Era en verdad impresionante—… ¿Quieres que cambie de tema?

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Laith Gauthier el Miér Ene 16, 2019 5:52 am

La mirada verde detectó una presencia rubia esperando una bandeja de comida. Conversando con dos tipos, y no le sorprendió. Le dio más bien igual, entreteniéndose con las niñas al sentarse al lado de Rosemary. No tenía hambre, y se entristeció de darse cuenta. El cuerpo, a veces, responde a lo que se reprime emocionalmente, era algo innegable, aunque Laith quisiera aparentar que nada sucedía. Ryan se encaminó a la mesa, mientras que el quebequés le ignoraba la sonrisa.

Aquí estoy —es lo más claro, y le dirigió una mirada. Dudó qué decir, y lo salvó la campana. Y por “la campana”, se refería a Rosemary gritando. — ¿Dónde…? —la pequeña le señaló la máquina. Laith suspiró y sonrió. — Está bien, no se tarden —le contestó, sacando su billetera para sacar algunas monedas para darle, aunque Ryan les dio más.

Se preguntó si no eran demasiadas monedas, y el pensamiento fue tan breve como efímero. Se había perdido mirando a las niñas. Más bien: se había perdido en sus pensamientos con la mirada fija en un punto imaginario en dirección a las niñas en la máquina. Ni siquiera había tocado su hamburguesa, ni se le veían intenciones de hacerlo. Lo trajo de vuelta a la realidad la voz de Ryan rompiendo el silencio. Lo miró un momento, como si no entendiera de qué estaba hablando, hasta suspirar mirando su hamburguesa.

No tengo hambre realmente, la guardaré para luego —le confesó, volviendo a mirar a las niñas. Sólo volvió a mirarlo, visiblemente molesto, cuando sacó el tema que a Laith menos le interesaba tocar. — Vamos a dejar claro algo: tú te ofreciste a quedarte ahí. Yo nunca me ofrecí a servirte de niñera para los hijos de tu chica, y no era tu decisión para tomar como si yo no tuviera una opinión al respecto —le dijo, porque eso era lo peor del caso. No le gustaba la sensación de no haber tenido voz o voto en lo que sucedió, cuando él era el principal involucrado. Ryan tan sólo se fue de margaritas con la mujer. — El hubiera no existe, y aunque hubieras estado ahí, qué habrías hecho de diferencia.

Hubiese estado quien hubiese estado, Laith habría bajado del juego, y Laith se habría enfrentado a la incertidumbre de no saber si el intento era en vano o no. Todos los demás lo mirarían, pensando que es otro suicida o un simple loco que cree que puede salvar al mundo, sin saber que con salvar a una persona ya había salvado un mundo. Otros pensarían que es inútil, y que el suicida volvería a reincidir sin que nadie pudiera evitarlo. Laith habría sentido miedo, y habría apostado todo a sus cartas. El azar habría jugado las suyas y el resultado lo marcaría una serie de sucesos desde el principio hasta el fin.

Estoy cansado —le confesó, desenvolviendo la hamburguesa. Si Rosemary lo veía sin haberla comido, seguramente se entristecería, porque su intención era buena. — No quiero hablar más de eso —cerró el tema. Procedió a dar un mordisco a su hamburguesa y comerla con paciencia, sin atragantarse para devorarla. Las cosas sólo habían tenido una forma de ser: la única que ocurrió. Intentar pensar en otros caminos era absurdo. No era un juego de decisiones donde podía retroceder y tomar la contraria. — Voy a subir de peso por comer sin hambre —se quejó consigo mismo.

Está bien: no. Laith se ejercitaba bien y era casi seguro que no iba a subir de peso, pero igual la idea ahí estaba. Si bien su pensamiento era “acéptate tal como eres”, pensaba que no había excusa alguna para no cuidar el cuerpo de uno mismo. Y lo dice el fumador y el bebedor, que estaba consciente del daño que se hacía, pero se hacía responsable de sus propias decisiones. La gente tendía a culpar a los médicos cuando no podían arreglar algo que ellos llevaban años desgraciando.
Laith Gauthier
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Ryan Goldstein el Lun Ene 21, 2019 6:17 pm



Todo el tiempo que perdí contigo, intentándolo, para que no sientas nada. Sólo las ganas de alejarte, porque era demasiado intenso, demasiado honesto contigo. Bastó que te convencieras de que no me querías, no me necesitabas, para apartarte. A pesar de todo el tiempo que perdí contigo, sigues sin querer pensar que es importante, o que podría importarte. Vete, si lo deseaste tanto. Haz lo que quieras. Todo se está viniendo abajo, de todos modos. Todo el tiempo que perdí contigo queda detrás de nosotros, y a mí sólo me queda decirte ‘adiós’. Nadie te querrá como yo te quise a ti, en todo este tiempo que perdí, contigo. Mira para otro lado, vete. No me queda nada para darte. Porque no quiero que me quiten con lo que cuesta amar. No quiero ya nada contigo.

*

“El hubiera no existe, y aunque hubieras estado ahí, qué habrías hecho de diferencia”, dijo Laith. El comentario, que más que simple comentario, era un latigazo, lo tomó con la guardia baja. Su reacción fue la de una leve sorpresa, expresada en los ojos bien abiertos, y se detuvo en lo que estaba haciendo, dedicándole una mirada de reojo como se exhala un suspiro.

—A veces eres tan obstinado—replicó Ryan con suavidad, dejando de lado su hamburguesa y tomando una servilleta para limpiarse las manos.

Muy probablemente aquella había sido una forma de echarle en cara —por quincuagésima vez— que a Laith Gauthier nadie le decía qué hacer, que habría actuado como lo había hecho con o sin él, sin importar lo que dijera, etc.... Laith debía convencerse a sí mismo de que sus palabras estaban tocadas por la fría lógica, pero Ryan lo dudaba mucho. Laith era curiosamente siempre el último en enterarse de que hacía de todo entre ellos un enfrentamiento.

Se hallaban sentados en las mesas exteriores, y el rumor de la música de una banda que tocaba en un escenario al aire libre llegaba hasta ellos. Ryan se echó atrás contra el respaldo de la silla y se distrajo con el movimiento que se hacinaba alrededor del escenario, en la distancia, no tan lejos. En la máquina tragamonedas, las chicas parecían estar colmándose los bolsillos y las manos de regalos, entusiasmadas.

—Yo no me preocupo. Estoy en mi peso ideal. Y no te veo más…’gordo’—tranquilizó, pero seguidamente le lanzó una ojeada de arriba abajo—Aunque sí estabas algo relleno la última vez que te vi. O sólo me lo pareció porque.... La verdad es que pesas una barbaridad, ¿sabes?—Rió, agradable el sonido de su risa, breve y sincera. Sus dedos tamborileaban suavemente contra la mesa— Se siente a la hora de alzarte—recordó, y detrás del azul expresivo de sus ojos podía adivinarse que recordaba mucho más de lo que decía— Calculé como ochenta kilos la última vez, y contando. Los músculos, claro—aseveró, traviesa esa sonrisa—Es una lástima que no tengas hambre—añadió, consciente de que no era algo habitual y relacionándolo con el episodio del hombre suicida. Pero Laith dijo que no quería hablar más de ello.  

Delicadamente, lo rozó con el revés de su mano acariciándole el brazo y llamando su atención. Señaló con disimulo una de las mesas cercanas. La pareja de hombres gay que se había cruzado haciendo la cola estaban sentados allí, tonteando entre mimos y sonrisas, muy pegados.

—Hablé con ellos antes. Son turistas. Vienen de américa, casa—compartió el dato con él pensando que podría conectar con sus sentimientos, de nostalgia o de familiaridad, de alguna manera. En lo personal, no estaba muy al pendiente de que uno de ellos le comía la boca a su pareja en un dulce, dulce, beso— Hace un buen tiempo que no vuelvo a casa, ¿sabes? Digo, pasar una temporada, estar. Pero a veces, me pongo nostálgico. ¿No te pasa?—Calló un instante. Y añadió, por lo bajo—: Bueno, no creo que vaya a seguir mucho tiempo más en Londres, ahora que pienso sobre eso. Puede que sí me haga un espacio para volver después de todo.    

Sobre su nostalgia, la suya era en general una nostalgia por lugares en los que nunca había estado. Era una extraña sensación. Viajaba mucho, y amaba el viaje, puede que tuviera que relacionarlo con el hecho de haber estado en un montón de lugares, a veces menos de lo que le gustaría, otras demasiado. Una de las cosas que más le gustaba era tomar su maleta, modesta en lo posible, y tomar viaje. Era una sensación única. Pero había momentos en los que sí, sentía que sólo quería regresar.

—Todavía recuerdo —
y le había sobrevenido de repente— cuando me querías explicar qué eran los algonquinos— rememoró, de casualidad.

De adolescente, era un poco reacio a abrirse a cosas que no comprendía. La idea de comunidad, tal como la concebían los algonquinos era una de esas cosas. Pero luego, de adulto, tuvo la oportunidad de conocer de primera mano a qué se refería. De hecho, un chamán le salvó la vida. Pero, desestimó que Laith pudiera tener curiosidad al respecto. De hecho, ya desestimaba el hecho de que Laith quisiera interesarse. Y Ryan ya había dado demasiado de sí mismo en ese ir y venir entre ellos, sin que valiera del todo la pena. Ya era suficiente, no podía confiar en él estando en su compañía.

¿Por qué le hablarías de cosas que te tocan en el alma a alguien que sólo piensa en olvidarte luego o desaparecerse ‘a la mañana siguiente’? Y Goldstein era reservado, más de lo que otros pudieran adivinar. Necesitas estar emocionalmente conectado con alguien para hablar de ciertas cosas. Pero Laith era caprichoso, y en última instancia, sólo pensaba con quién acostarse luego. Ryan bajó la mirada con una efímera sonrisa y se distrajo con la música, desviando su atención hacia el escenario al aire libre.

Las chicas desparramaron sus regalos sobre la mesa al llegar. Rose tranquilizó a los adultos dándoles a saber que compartirían algunos regalos con ellos, que no eran amarretes. Bri fue hasta su padre y se le echó encima, sobre el regazo, señalando la banda que tocaba sobre el escenario, allá, por allá. Estiraba su manita. Ryan se sonrió, le habló un poco y padre e hija se levantaron de la silla, en dirección a donde se congregaba todo el mundo. Bri parecía fascinada por la música. Ryan la cargó sobre sus hombros, y se disimularon entre la tribuna. Rose se acercó a Laith, quería seguirlos.


Todo el tiempo que perdí contigo...


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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Jue Ene 24, 2019 11:20 pm

Laith siempre hacía lo mismo. Convencerse de que las cosas no hubiesen podido resultar de ninguna otra manera. Para él era terapéutico, porque le evitaba preguntarse qué habría pasado “si hubiera”. Para gente como él, sanadores, el “hubiera” era peligroso y podía ser el fino hilo entre una conciencia tranquila y no ser capaz de dormir por las noches sabiendo que “si hubiera” hecho otra cosa, todo habría sido mejor. Y no parecía darse cuenta que no todo el mundo compartía su perspectiva de las cosas. Ryan lo interpretó como obstinación, y él suspiró, incapaz de decirle lo contrario.

Oía la música como se oye el rumor del canto de los pájaros una mañana de marzo. Su interés estaba puesto en las niñas con el tragamonedas, cambiando dinero por regalos, antes de disponerse a comer sin hambre. Se le escapó que aquello podría ser malo para su salud y su peso, mientras que Ryan le dijo que no lo “veía más gordo”, para de inmediato decir que su cuerpo era más robusto anteriormente.

¿Disculpa? —le preguntó en ese característico tono gallito que a veces usaba. En realidad, se reía por dentro. — Deberías medirte las pesas de los brazos, ¿ochenta kilos, yo? Estoy entre sesenta y cinco y setenta, mi peso ideal —porque era claro que subía y bajaba dependiendo de la hora del día, lo que comiera y su intestino, pero estaba bastante bien. — ¿Y tú qué? ¿Cuál es tu peso ideal? —devolvió la pregunta con una sonrisa a medio lado.

Quería convencerse que todo estaba bien. Fingirlo hasta conseguirlo. Bromear era parte del proceso. Ningún dolor necesitaba audiencia. Como era evidente, Ryan interpretó su falta de apetito con lo sucedido, y una caricia de su dorso contra su brazo lo hizo mirar en su dirección. La gente es energía, Laith siempre lo había dicho, y la energía se transmitía por contacto, positiva o negativa, por breve que fuese. Dirigió su mirada hacia la pareja con quien le había visto hablar antes, un par de turistas, según Ryan. Y casi se imaginó a E.T. diciendo que llamaba a casa cuando Ryan remarcó lo obvio.

Dicen que la nostalgia es comparar el pasado con el presente sólo para darte cuenta de que todo es diferente —le dijo, con supuesta frialdad analítica. Laith se mantenía ocupado para sortear la nostalgia, que era una pésima compañera. Hacía charcos en el alma cuando intentabas abrazar los recuerdos hermosos. — ¿Volverás a Estados Unidos? —le preguntó, desviando la mirada de la pareja para mirar al rubio. — Fui, hace tiempo —le comentó. — No me he animado a ir a casa —mejor dicho: no se había atrevido.

Y no porque las arañas hubiesen tomado posesión seguramente de toda la casa de su infancia, sino porque le aterrorizaba pensar en lo que iba a encontrar en los cuadros, las fotografías y los recuerdos. Le daba miedo que el pasado lo destrozara por completo, y lloviese por dentro lágrimas y truenos de dolor. Las cicatrices que marcaban transformaban a la gente en personas mejores, pero, ¿qué pasaba con esas heridas que no cicatrizaron nunca?

Le llamó la atención, sin embargo, que mencionara su conexión tribal. En el pasado, habría intentado enseñarle sus costumbres, y Ryan había rechazado todo conocimiento al respecto. A él le había tocado aceptarlo. — ¿Y ahora tienes interés? —le preguntó con curiosidad, pareciéndole inusual. — Admito que me sorprende la mención —le comentó, porque de entre todo, ese tema en específico le llamó la atención al rubio. — Fui a Nunavik y a Ontario hace poco —le comentó. — Buscando las… auroras polares —y se preguntó si compartir aquello era pedir demasiado. — Primero quería hablar con los inuit, las leyendas dicen que las auroras son el camino que recorren los espíritus de la Tierra a su sitio de descanso, y yo… —y se interrumpió.

Las niñas llegaron con sus regalos, y Laith cerró abruptamente el tema. ¿Por las niñas o porque, de pronto, no estaba tan seguro de querer compartir con el rubio que había ido buscando el silencioso apoyo de quienes hoy no estaban a su lado? Laith se llenó los bolsillos con las cosas que Rosemary le daba para guardar, sin estar seguro de si eran para él o para que las cuidara, aunque seguramente le daría todas al llegar a casa, antes de que se decidieran a ir a escuchar a la banda tocando. Laith asintió a la petición silenciosa de la niña.

Vamos entonces —le dijo, yendo con ella para acercarse al escenario y poder ver. Por extraño que parezca, se sintió ahogado entre tanta gente. — ¿Por qué no nos sentamos por ahí? Creo que la música se escucha mejor por el eco de los árboles —le sonrió a Rosemary, apuntando un árbol cercano, pero suficientemente apartado de la multitud. Juntos fueron, y se sentaron a escuchar, el escenario se veía muy bien por ahí.

Brianna, sin embargo, los vio e insistió en ir con ellos, seguramente en su intento por imitar a su pequeña amiga Rosemary, sentándose a su lado a escuchar. Rosemary tarareaba la canción que no se sabía, haciendo leves movimientos con sus manos y su cabeza.
Laith Gauthier
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Ryan Goldstein el Lun Ene 28, 2019 5:52 am


No importaban los kilos, tenía el peso perfecto, eso Ryan ya lo sabía, pero le gustó tontear con él. Se mostraba natural y buscaba eso. Laith le sonrió de lado aguardando por una respuesta.

—No te diré—replicó Ryan. La pregunta, por algún motivo, lo hizo sonreírse en una mueca muy atractiva, de esas que te hacen pensar que esconden un secreto.

Al mismo tiempo levantó un codo y rodeó el respaldo de Laith con su brazo, en un gesto casual como desperezándose. Ladeó la mirada hacia él unos instantes antes de desaparecer fugazmente detrás de su oreja y acercar la boca, en un susurro.

—Oi, mira eso.

Desde una mesa cercana, Anthony interrumpió el beso de su pareja para señalar no sin cierta picardía al rubio con el que habían estado hablando rato antes. Lo cazó por el rabillo del ojo. Ocultaba el rostro, arrimado a un morocho no precisamente desagradable a la vista, y sintió curiosidad. Pensó que eran atractivos juntos.  

—Tenía un pololo.

Mark se volteó a mirar, pero opinó diferente.

—No deben gustarle mucho los gestos en público.


—Un tímido—Anthony rió.

Ryan finalmente se apartó, satisfecho consigo mismo, muy.

—Tú preguntaste—
Se encogió de hombros y le regresó la mirada, había humor esa esa mirada, de un azul apacible, perlino—Sabes que no miento.

Se hizo con el vaso de gaseosa, y sorbió entre que seguían la conversación. Le pico el interés que Laith observara el tema de la nostalgia de esa manera. Su expresión ensimismada dio a entender que sopesó sus palabras.

—Bueno, es verdad. Si comparas el pasado con el presente, siempre serán distintos, pero. No creo que nos sintamos nostálgicos porque no sabemos lidiar con los cambios —opinó— Si en tu presente no tienes nada a lo que regresar, es porque algo has hecho mal, ¿verdad?—Y añadió—: O porque el mundo se ha portado muy mal contigo.

»Cuando te sientes nostálgico—se había tomado un momento antes de continuar—, no es porque quieras revivir malas experiencias, todo lo contrario. Buscas las buenas cosas que te han pasado. Las buenas memorias. Un beso, un lugar, un rostro… buen sexo.

Había una sugerencia implícita en el tono. Alternaba la seriedad con el humor, con total naturalidad.

»Estar de luto por alguien es lo peor—confesó, refiriéndose a los perdidos, con una sonrisa embargada de calidez y haciendo girar el vaso en su mano, sobre la mesa. Se lo veía pensativo—. Pero se siente bien volver a esos lugares que significaron algo para ti… se siente, familiar. Agradable. Los aromas. El clima. Pienso que vale la pena… Sí—respondió, sobre su futuro viaje a EEUU—Digo, eso creo. No puedo quedarme aquí por siempre, y ya llevo un buen tiempo. He estado yendo y viniendo, pero me gustaría pasar una temporada, sólo estar… ¿Qué hay sobre ti?

Mentiría en aquella oportunidad si dijera que no le sorprendió la respuesta, y pocas cosas lo sorprendían por entero. Su mirada se nubló por un velo de extrañeza, y un pensamiento inmediato se le escapó de los labios, en una sola pregunta.

—¿Por qué?

Ryan hablaba sobre la nostalgia, pero él mismo siempre había odiado la idea de volver al castillo de los Golgomatch, no se había atrevido. Lo reconocía como el hogar de su infancia, y extrañaba el recuerdo de su madre, pero otros lo llenaban de dolor y culpa. Incluso rabia. No, especialmente rabia. Después de todo, Ryan Gologmatch no había tenido una infancia feliz, no tenía mucho que añorar de ese hogar. A veces sentía que volver a atravesar los portones del castillo sería dejarse tragar por años de tristeza.  

No se explicaba, sin embargo, por qué alguien como Laith no querría regresar a su hogar. Recordó entonces, a los algonquinos. Le hizo gracia que Laith se sorprendiera con su curiosidad. Lo escuchó con atención, reconociendo la mención sobre las auroras polares y su relación con los espíritus. Se había dejado atrapar en esa conversación, hasta que los interrumpieron.

«¿Y “yo” qué….?»




***

Ryan se acercó con Bri sobre los hombros, y la ayudó a descender cuando ella quiso abalanzarse sobre Laith y Rose, al pie de un árbol. Llegó después de ella, y en vez de sentarse, avanzó y se apoyó de lado contra el tronco, detrás de Laith.

Observó el escenario desde allí, hasta que decidió dejarse arrastrar por la gravedad y recargar la espalda contra el árbol, sentado sobre la hierba. Dobló las piernas y estiró los brazos en torno a las rodillas. Las manos le colgaban, en reposo. Se concedió unos momentos y cerró los ojos, descansando.

Las niñas reían y chismorreaban entre ellas, hasta que en un momento Rose hizo saber que repartiría los regalos. Como eran generosas, regalarían de su tesoro un obsequio para Laith y otro para Ryan. El resto del pilar era para las niñas, que tenían alma de pirata.

—¡Ten!—
Rose le tendió alegremente a Laith una de las bolillas que dentro tenían una sorpresa, y rápidamente fue a entregarle otra a Ryan. Tenía una sonrisa en el rostro—. ¡A ti también!

Ryan abrió los ojos y le dio las gracias, entre que se disponía a abrir su sorpresa. Era un collar. Lo curioseó entre los dedos, perdido en sus pensamientos. él no estilaba usar collares o aretes o pulseras, pero un regalo era un regalo.



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Laith Gauthier el Miér Ene 30, 2019 6:05 am

Laith soltó un bufido divertido cuando le dijo que no iba a decirle su peso ideal. Laith podría calcularlo fácilmente si supiera la estatura y complexión exacta de Ryan, y aunque pudiera sacar un aproximado visual por la experiencia, distaba de ser una medida precisa. — ¿Qué? ¿Muy lejos? Que no te dé vergüenza, sé de nutriología, te puedo ayudar con una dieta —lo molestó un poco.

Estaba mintiendo, era evidente. Había que ver a Ryan para darse cuenta que estaba en forma, con cada parte de su cuerpo bien en su sitio. Pero eso no importaba cuando el propósito era molestar. No pareció malinterpretar el movimiento que hizo para rodear el respaldo de su silla, como los malos intentos de ligar de las películas con el bostezo y el abrazo.

Sí llamó su atención, sin embargo, que uno de los sujetos de la pareja con que Ryan hablaba antes lo notara. Parecía que en esa feria se tenía la incómoda fijación de malinterpretarlo todo. Primero el sujeto de los juegos, y ahora aquellos dos pensando que eran alguna especie de pareja. Y encima, era a él a quien parecían tachar de tímido.

Pero todo se detuvo un segundo cuando el susurro se hizo presente, escuchando la respuesta en su oído. No se la estaba esperando, y en un arrebato… empezó a reírse. Había sido inesperado, un coqueteo totalmente gratuito que lo desarmó un momento. — ¿Había un donjuán en tu hamburguesa? —le preguntó, porque no era el primero con quien parecía coquetear ese día. — En todo caso, ese es mi peso, y ese sí es ideal —le contestó, con un breve ademán de hombros.

Escuchó lo que Ryan tenía que decirle. Parecía no estar prestando atención, pero lo hacía, mientras miraba a las niñas y comía de su hamburguesa. Laith tenía a donde regresar, siempre lo había tenido, pero los bellos recuerdos eran una rosa de la que no siempre quería las espinas. O más bien, una rosa que tomaba con tanto cuidado que soltaba cuando llegaba a espinarlo. Para un corazón blando, las espinas podían llegar a ser mortales. Ver los bellos recuerdos evitando sumergirse en ellos, para no evocar la nostalgia, era parte de su día a día. No siempre lo conseguía.

Laith lo miró a los ojos, y en una mirada lo dijo todo. Eran dos ojos verdes cuya mirada era transparente y cristalina, que a través de ellos podían verse el miedo que provocaba la reticencia. Uno tendía a volver a los lugares donde había sido feliz, pero ahí la felicidad podía fácilmente confundirse con el dolor. Más pronto que tarde, su boca sonrió. — Quizá debería mandar a que la limpien primero, debe estar habitada por arañas, creo que nadie ha pasado por ahí hace tiempo —dijo, quitándole el hierro al asunto.

La casa de su infancia era hogar de millones de recuerdos que él jamás sería capaz de olvidar. De experiencias que lo habían llevado a ser quien era ahora. El lugar de la calidez y donde conoció por vez primera el amor que yacía en una mirada paternal. Pero había sido también testigo de horrores, de la vez en que Laith se sintió morir por primera vez en su vida. Donde la impotencia lo tomó rehén y sólo pudo ser un espectador más del horror que se siente perder a quien más se ama. Ahí yació el frío del infierno que vive un alma rota, el trauma de una persona que se negó a aceptar. Laith lo había tomado todo y lo había hecho como él supo hacerlo, solo en su soledad. Abrió las alas y huyó, y se convirtió en quien no se siente impotente y actúa por los demás. Pero el frío no lo abandonó. Lo perseguía esa esencia a limón. Y por eso se temía que encontrarse en ese lugar pudiese romper a quien era ahora.

Lo estaba intentando, eso sí, a su manera, lento y con miedo. Lo primero que hizo fue abrazarse al recuerdo de su abuelo, como una armadura de protección. Y con ello, vino el amor por sus raíces, porque el colibrí lo había llamado. No era la primera vez, pero sí una de las más importantes. Intentando decírselo a Ryan, las niñas llegaron, y calló. Se guardó sus palabras como un tierno secreto que aún no sabía si quería revelar.

***

El sanador se dejó llevar por la música mientras las niñas cuchicheaban entre ellas. Extrañamente, se sentía mejor. Quiso atribuirlo a la música, pero él sabía, en el fondo, que mucho había tenido que ver la conversación que tuvo con el rubio. Con los ojos cerrados se concentró en los acordes, y se imaginaba las cuerdas y las vibraciones de los instrumentos, sólo su respiración podía distraerlo de las imágenes en su mente.

Eso al menos hasta que las niñas lo llamaron para darle su obsequio. Una de las esferas con premio. — Gracias —les sonrió, abriendo su esfera. Era un collar que, Laith pensó, era un tanto feo. A veces usaba adornos, pulseras y collares, aunque no era muy frecuente. Cuando giró a ver el collar de Ryan, se sorprendió. — Oh, ¿a verlo? ¿Es un corazón? —le preguntó. Parecía un corazón, como realmente es, y no la visualización romántica del corazón. — Venga, te lo cambio —le dijo en voz baja, para que las niñas no lo escucharan.

Le mostró su collar, para hacer el trueque. Es decir, Laith sabía que era un regalo y todo pero… ¿no era precisamente un buen collar para un médico que un corazón real? ¿A diferencia de su collar?
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Ryan Goldstein el Jue Ene 31, 2019 9:37 pm



—¿Qué dices?, ¿quieres robarme el corazón?—bromeó, sonriéndose. Hacía bailar la cadena entre sus dedos y le susurraba con la cabeza caída hacia un lado, de forma que aquel pequeño intercambio quedara entre ellos—Pero me gusta mucho—señaló, en una queja fingida—¿Y tú qué tienes ahí?—Ojeó el collar de Laith. Era un pájaro. Lo tomó con delicadeza y comparó ambos dijes—. Es tuyo—dijo por fin, tendiéndole lo que pedía. Pero lo escondió en su puño cerrado antes de añadir, en un juego de palabras—: El collar, no mi corazón.

Suavizó la presunta seriedad de esa aclaración con una sonrisa algo engreída y abrió el puño nuevamente, dejando deslizar la cadena. Era un rubio sobrado de confianza. Se colocó entonces su collar, en un gesto para con las niñas.

—Apropiado para un sanador—
añadió a su vez, en una observación. La mención al trabajo de Laith le trajo a la mente el proyecto en el que estaba metido, sobre la memoria—¿Qué tal tu investigación?—preguntó, colando el tema—¿Estás escribiendo?

Cerca de ellos, las niñas se habían tendido sobre la hierba. Rose jugaba con Bri a hallarle formas a las nubes en el cielo. Reían. Se estaba bien allí, entre el verde y con la cháchara y el movimiento de la multitud a la vista, aunque distante. No estaban solos. Alrededor, familias y parejas se servían de manteles para darse un descanso, compartir algunos snacks, enredarse en besos.

Ryan mentiría si dijera que no seguía interesado en el viaje de Laith persiguiendo las auroras polares. Por lo que sabía del tema, debió de tratarse de un asunto personal, él pensaba. Las auroras eran en sí mismas un espectáculo a los ojos, que fascinaba. Y había distintos mitos en torno a ellas, no menos atractivos para el imaginario. Se creía, por ejemplo, que las luces eran las almas de los muertos en una procesión.

Muchos esquimales de Canadá decían poder hablar con las almas. Si silbabas al cielo era posible llamarlas y susurrar un mensaje que sería enviado a los muertos. Se preguntó cómo habría sido la visita de Laith al pueblo de los Inuit, y se sonrió con sólo recordar los rostros redondos y amigables que había visto una vez, bajo la nieve. Hombres y mujeres con ropas muy abrigadas, invitándolo a sentarse a una fogata.

Había visto a un inuit, Suikkak, alzar la fiera cabeza cubierta por un abrigo de piel hacia el negro cielo atravesado por los colores de las auroras y juntar las manos sobre su boca, llamando, en un silbido. En la distancia lo que se podía ver era a un hombre a punto de susurrar un secreto, cauteloso y convencido de que le responderían.

Cuando volvió hasta Ryan, le puso una mano al puñal que llevaba enganchado al cinto, mostrándoselo. “Siempre conmigo, por si las dudas”, había dicho. Y no lo decía por él, el extranjero, sino, por los espíritus. Muchas cosas había visto, pero las auroras eran de esas maravillas que te hacían sonreír no bien las descubrían en el cielo, como grandes serpientes que se deslizaban entre las estrellas.

—¿Las encontraste?—preguntó de pronto, luego de una pausa—Las auroras—aclaró, buscando su mirada al mismo tiempo que jugueteaba con el pasto del césped entre sus dedos, con la mano apoyada hacia abajo.  

Las niñas intentaban ponerse de acuerdo en si una de las grandes nubes allá arriba se parecía a un dragón o a una piña.


Patience is bitter, but its fruit is sweet
by emme
Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Laith Gauthier el Dom Feb 03, 2019 10:06 pm

No, sólo tu collar —se quejó con una sonrisa, mirando el collar de Ryan como se esperaría, más bien, que un gato mirase algo que cuelga. Le mostró su collar cuando le preguntó al respecto, esperando que se apiadase de él y su pájaro amorfo para que lo cambiase. — ¡Bien! —se alegró en cuanto escuchó que el collar era suyo, aunque Ryan tuvo que salir con el juego de nuevo. — ¿No era mío ese también? —dijo, con aire prepotente, bien sabiendo que debía estarse equivocando.

A fin de cuentas, obtuvo el collar que quería, colocándolo alrededor de su cuello. Evidentemente le gustaba más que el que le había tocado a él, y se le notaba en una alegría casi infantil con algo tan pequeño como un collar, que seguramente usaría con frecuencia. Eso hacía con los collares que le gustaban, aunque muchos otros acababan en un cajón de donde no era sencillo que salieran de nuevo.

Laith lo miró, curioso. — —le dijo, — he estado escribiendo, creo que está bien, no va mal —explicó, sin saber bien cómo hacerse entender. — Es el tipo de investigaciones donde cuando crees que estás estancado en realidad avanzas, y lo que parece un buen puerto lleva a la nada —se encogió de hombros, resolviéndolo como un asunto complicado. — ¿Y tú? ¿Algún nuevo “best seller”? —se interesó por él.

Se hizo el silencio, y en él la música volvió a envolver al sanador. Éste podía escuchar la voz de Tulugaak, uno de sus grandes amigos inuit, hablándole al oído, diciéndole palabras que sólo se susurran entre la nieve en la soledad de la noche. Siempre había admirado de él que era un hombre siempre espiritual, entregado al mundo de los no-vivos, como un chamán de su gente. Se habían conocido cuando Laith era pequeño, y fueron uña y carne en épocas de tempestades heladas. Amigos, camaradas, y, en las noches de frío, a veces algo más. Culpaban al frío, sí, y a la necesidad de calor.

Al verlo a los ojos, Tulugaak supo qué lo llevaba ahí, viendo a través de ellos hasta llegar a su alma. El dolor y la incertidumbre era lo que afligía a su compañero de sinfín de expediciones, con quien cazó y en quien encomendó su seguridad algunas veces. El colibrí que siempre encontraba su camino, esa noche estaba perdido. Había perdido un norte que sólo se ve con los ojos del alma, a causa de una tormenta que arrastraba de hace tiempo.

Juntos emprendieron su camino hasta donde las luces tocan la tierra, donde las almas bailan. Ahí llamaron a los grandes espíritus, a los antepasados. Era una fuerte creencia que quienes ya no estaban seguían a su lado durante el camino. Aquella noche, en que Laith había sentido más que nunca que nada iba de acuerdo a lo que había planeado, dejó salir los fantasmas que arrastraban agobio y ansiedad con ellos.

El viento habló con la cadencia que tiene un susurro de amor. No todos podían escucharlo, sólo quienes habían aprendido a escuchar con el alma. Una voz que creyó conocer le dijo que ni un solo día se había apartado, ni siquiera cuando sus sueños parecían morir. Que estuvo a su lado lleno de esperanza y orgullo a cada paso del camino, y que toda la sabiduría y el coraje que podría necesitar iba a conseguirlos sólo cuando reconociera la unidad. Esa noche, Laith se deshizo en lágrimas de dolor y de felicidad. El hombre que subió la montaña no bajó nunca, sino que en su lugar vino un hombre nuevo.

Y luego, claro, Laith no sabía si lo que había oído la noche anterior eran las voces de los espíritus o una buena dosis de la hierba que fumaba con Tulugaak. Pero quiso pensar lo primero, y se aferró a ello. Ataksak, hermana de Tulugaak de sangre y de Laith de corazón, lo abrazó con fuerza y le pidió que jamás olvidase sus raíces, porque las experiencias que vivió eran lo que lo habían convertido en el hombre que era. Después de esa experiencia, Laith dejó a los inuit y fue con los algonquinos a seguir la búsqueda del yo.

La voz de Ryan lo sacó de sus pensamientos, y lo miró unos instantes sin saber de qué hablaba. — Sí, las encontré —le dijo distraídamente. — En Nunavik fue más fácil que en Ontario —le confesó. — En Ontario había muchos turistas de los que huía —comentó, flexionando las rodillas y recargando su peso en ellas. — En Nunavik sabía a dónde ir —y Tulugaak lo acompañó hasta ahí. En Ontario, era un camino que debía recorrer solo. — ¿Las has visto?

Dudaba que Ryan por su cuenta se hubiese percatado de cuán próximo era el mundo espiritual para las comunidades tribales de las que Laith formaba parte. Pero supuso, o quiso creer, que habría encontrado un buen guía que lo enseñara, cuando a él no lo había querido escuchar en su momento. No lo juzgaba: hasta entonces, Laith tampoco se había escuchado realmente a sí mismo. Y eso era parte del cambio que había conseguido.
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