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Priv. || Dos Caras ||

Evans Mitchell el Mar Oct 23, 2018 12:31 am






En la lluvia, hacia dentro de los bosques, hay un lobo con la máscara de un hombre, confabulado con la negrura que lo envuelve. Hay un lobo, como un hombre, que cava una tumba. En la noche, en la negrura, en la lluvia.

Hay un hombre…

¡Detente!, ¡te lo ruego!, ¡por favor…!, ¡no a ella..!


Como un lobo…

¡Desgraciado!, ¡eres un maldito desgraciado!, ¡detente!, ¡para…!

Como un hombre…

¿¡Qué le haces!?, ¡enfermo!, ¡detente!, ¡NO!

En la noche, en la negrura, en la lluvia; que cava una tumba.



—Extracto de “Inocencia Trágica”, por Clementine Russmore.



No existe otro estado de más puro que terror, que aquel momento de lucidez entre los demonios, cuando te das cuenta que los monstruos tienen el mismo aspecto que las caras de siempre. No hay pesadilla más terrible que el hombre.

—Extracto de "Verdades Evidentes", por Eugene Ionesko.



***



La Bruja Tuerta, rezaba el cartel que pendía sobre la fachada escondida en el penumbroso Callejón Knocturn. La tarde moría, y saliendo del Caldero Chorreante, se veía cómo algunos locales empezaban a cerrar. Si atravesabas el Callejón Diagón con sus luces anaranjadas, un ligero aroma a caramelo caliente levantándose en el aire y el murmullo de los paseantes nocturno ;se sentía luego extraño dejarse envolver por la peste viciada de aquel sucio desvío que Evans se apresuró a tomar para asistir a su encuentro con Americ.  

Bajó la pequeña escalinata que le salió al paso y lo distrajo sólo fugazmente el chillido de una rata. Las sombras se cernían sobre él: un rostro serio y preocupado con los labios fruncidos. Durante el último tiempo había adelgazado y no dormía bien, y cuando era así, se arrastraba a cualquier sitio con los nervios a flor de piel. La más mínima cosa lo ponía de mal humor y se desquitaba con quien tuviera al alcance, por pura bronca y, cómo no, por tener un genio del demonio.

No obstante, para esa cita en particular, tendría que mantener la calma si no quería que se le reflejara el miedo. Miedo, por lo que podrían hacerle. No se preocupaba por los fugitivos o los inocentes, porque su atención inmediata estaba puesta en el qué pasaría con él de ahí en adelante. Se hallaba completamente solo cargando con una serie de lo que en ese entonces parecía un cúmulo de malas decisiones.

Hacía semanas que había querido convencer al tal Americ de que, arrepentido y lastimero, era un cobarde bueno para nada. Si bien era una excusa fácil de dramatizar, porque era exactamente como se sentía, no parecía que el mortífago, a pesar de que estuvieran ambos de acuerdo en que era un inútil acobardado, se dejara ablandar por un poco de mariconería. No lo quería soltar, porque miedoso y en vilo era como le gustaba tenerlo. Jodido sádico.

Evans sólo podía rogar porque se hartara de él hasta aburrirse. Los sádicos, sin embargo, no debían conocer el descanso. Americ insistía en tirar de la correa, y no había forma de que Evans pudiera negarse a ser otra cosa que un perro amaestrado. Ese asunto lo tenía muy nervioso. No sabía qué esperar. Americ podía estar jugando con él, hasta que un día se aburriera, sí. O podía querer convertirlo en su marioneta de por vida; las circunstancias podrían arrastrarlo por la vía del mortífago como si hubiera firmado un pacto con el Diablo. Cualquiera de esas opciones era todavía mejor que amanecer un día arrojado en alguna cuneta con los ojos bien abiertos y sin ver.

Rogaba internamente porque algunas de esas ‘citas con la muerte’ fuera la última, la última, de una vez. No tenía idea de que sus ruegos serían finalmente escuchados esa noche. Así como tampoco esperaba ir al encuentro de Americ, atravesando las mesas en un tugurio de mala muerte atestado de tabaco y risas de harpía, para enterarse de que esa noche sería  ‘especial’, que se esperaban ¿grandes cosas? de él… y su compañero, otro aspirante del que él no sabía nada.

—Mitchell.


En una esquina, al fondo de un punto ciego del que todos apartaban la mirada, un hombre desfigurado se sentaba en la mesa más próxima a la escalera desvencijada que conducía hacia la planta superior, donde las habitaciones y las chimeneas. La mitad de su rostro era piel quemada; un ojo inyectado en sangre se hundía como una enorme canica en esa máscara deforme de anciano, pero no un anciano ni un hombre, una aberración; el pelo canoso y ralo se le encrespaba, pero avanzando hacia la otra mitad de su rostro, rompía abruptamente con un negro alisado y prolijo. En parte hombre y en parte monstruo, esa asimetría parecía burlarse de todas las personas alrededor, que se sentían incómodas si eran apuntadas por ese ojo desigual.

Se rumoreaba que el mismísimo Lord Tenebroso, enfurecido, lo había tocado con una maldición por un antiguo error que había cometido, una que le supuso un tremendo dolor más quemante que el fuego rojo y que le desfiguró el rostro. Pero el Lord era generoso, y así como impartía escarmiento, también sabía recompensar a los que le servían bien, los que permanecían fieles, como Americ, “Dos Caras”.

Evans se sentía incómodo con la idea de ser marcado para toda la vida.  



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Ayax Edevane el Mar Oct 23, 2018 11:32 pm

Bruno Edevane era un hombre de muchos contactos, de tener hilos de los que tirar en cada unos de los ámbitos de su vida, desde el más profesional al más oscuro, desde el más personal al más coloquial. Y esos contactos no habían salido de la nada, sin ningún motivo y sólo por un apellido famoso; Bruno había sido una persona meticulosa y muy interesada, capaz de crear confianza suficiente para tener aliados allá en donde mirase y ahora mismo encontrarse en una situación bien aventajada. No obstante, de igual manera de cualquier persona de éstas podría hacerle un favor a Bruno, a veces era el mismo cabeza de la familia Edevane quién debía de ser quién tendiese la mano. Estas ‘amistades’ tan complicadas uno debía de cuidarlas si quería que le durasen lo suficiente.

En ese caso, Americ, el amigo de toda la vida de Bruno, le pidió su ayuda para un asuntillo especial. Sin embargo, el padre de Ayax ya no estaba para esos trotes y, de manera muy orgullosa, prestó a su hijo como moneda de cambio. Sabía que le serviría para aprender de un gran amigo y un gran Mortífago, pero sobre todo para la experiencia que le brindaría esa oportunidad. Ya era un adulto, con un trabajo, ahora debía de comenzar a comportarse como un hombre aunque todavía no tuviese la marca tenebrosa tatuada en su antebrazo izquierdo.

La verdad es que Ayax estaba bastante contento con todo lo que había ido aprendiendo en compañía de su mentor, pues creía que estaba aprendiendo de uno de los mejores. Es por eso que se sentía como en medio de una TRAICIÓN amorosa-profesional de mentor-pupilo yéndose a hacer misiones de los Mortífagos con otra gente pero… Wolfgang lo soportaría. Era un hombre fuerte, decidido, un tanto frío. Además, estaba seguro de que todavía no le había cogido tanto cariño a Ayax. O sí y lo sabía ocultar muy bien. En verdad seguro que sí, lo que al igual que Ayax, era un hombre muy reservado para esas cosas.

En fin. Que me desvío del tema.

Ayax acordó con su padre los detalles del encuentro con el tal Americ, pero no sabía nada de la misión que iban a hacer, ya que el tal Americ, conocido vulgarmente como Dos Caras por su deformidad en el rostro, prefería guardarse los detalles para el momento de la misión, asegurándose así que ningún punto del plan fuera conocido por nadie hasta ese momento. Así se evitaría sorpresas. Así que tras vestirse con un atuendo oscuro, coger su varita y un par de caramelos de sabores cítricos que se metió en el bolsillo del pantalón, se apareció en el Callejón Knockturn.

Caminó por los callejones como una sombra más, sin apenas hacer ruido con sus pasos. La verdad es que estaba un poco emocionado por haber sido elegido por su padre para acompañar a uno de sus grandes amigos. Además, sentía que el orgullo de su padre por su hijo cada vez iba en aumento y eso no hacía más que agrandar el suyo propio. Hacía mucho tiempo que quería que sus padres se sintieran así con él, como si estuvieran delante del próximo heredero y pudieran decir su nombre con el pecho bien hinchado y una sonrisa bien grande en la cara. Había que decir que Ayax había tenido mucha presión desde pequeñito con ser el hijo perfecto y contentar a sus padres y… creía que lo estaba haciendo especialmente bien. Y claro… esa satisfacción personal solo le animaba a seguir hacia adelante en todos los ámbitos de su vida.

Y ahí estaba, justo enfrente del muy reconocible ‘Dos Caras’, quien iba acompañado de un chico que, si mal no observaba a ojímetro, parecía más joven que él. Ayax se acercó a ellos sin ningún tipo de invitación, teniéndole la mano con respecto a Americ.

—Buenas noches —saludó, para limitarse a bajar ligeramente la cabeza con respecto al muchacho que estaba a su lado. No le iba a dar la mano a ese. Era muy elitista como para saludar a alguien que no conocía. —Ayax Ayrton Edevane, hijo de Bruno Edevane. —Se presentó a ambos, para luego dirigirse directamente a Americ. —Un placer habernos conocido por fin cara a cara… a cara. —Y curvó una sonrisa cínica y divertida, con un humor muy propio de Ayax. Sólo un necio se ofendería por la pura realidad, ¿o acaso pensaba el famoso 'Dos Caras' que nadie se burlaría de su evidente aspecto?
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Evans Mitchell el Miér Oct 24, 2018 7:39 am


Evans había arrastrado una silla, sentándose con los codos en la mesa. Esquivo, sobrio, había intercambiado un par de palabras con Americ, que lejos de ser agradables lo picaron de inquietud; pero, ni muy pronto ni muy tarde, se vio a sí mismo volteando hacia un completo extraño casi con la misma prontitud con que el ojo desigual, rápido y alerta, cambió de dirección señalando un punto en la distancia justo por encima de su hombro derecho.

No dijo nada, sólo asintió brevemente en respuesta al saludo, y de forma inconsciente tamborileó con los dedos sobre la mesa mientras que en su cabeza no dejaba de pensar que el trato entre Americ y el chico ese lo colocaba en una posición de desventaja. Sí, porque, mientras que uno estaba a la altura de estrechar manos con el mortífago, ¿el otro qué?, ¿era la basurilla que mejor escarbar a tiempo? No auguraba nada prometedor si la situación se ponía negra.

Evans sentía un sudor frío en su cuerpo, aun dentro de La Bruja Tuerta. De haber estrechado su mano, el otro muchacho hubiera sentido la humedad de sus manos nerviosas. Con la mirada analítica, queriendo mantener el semblante inexpresivo—pero era su distanciamiento, una cierta agresividad expresada en sus gestos, lo que podía delatarlo inquieto—, intentó no perder detalle de quién era, o más bien, de quién podría ser.

Edevane, dijo.

Dejó el tamborileo, deteniéndose en el acto. Ya, no había mucho más por decir. Hubiera querido levantar el culo e irse. Sólo que hacerlo era demasiado estúpido. Ningún aspirante de buen apellido era un aspirante común, o más bien, como los que se había cruzado antes, en su mayoría, fanáticos que aspiraban desesperadamente a ganarse un cierto status de la nada.

Al lado de un Edevane, Mitchell era pura basura, y era así como sería tratado esa noche, podía adivinarlo. Si te ponían como compañero  a un Smith o un Finnigan estaba bien; pero, si no.

—¡Ja!—El rictus de esa boca partida brilló maliciosamente a la luz anaranjada del lugar, atestado de ruido, un ruido en el que Evans intentó concentrarse para despejar sus pensamientos—. Bruno me habló de ti y tu lengua. ¿Tú qué?—espetó de pronto, dirigiéndose a Evans. Su voz era un ronco estallido, sobradamente mordaz— ¿te la han cortado?  

—Mitchell—
Apuró a presentarse, clavándole a Don ‘hijo de papi’ una mirada austera.

En Hogwarts, siempre había despreciado a la élite. Pero tanto entonces como ahora, entendía que, en ocasiones, sólo quedaba agachar la cabeza. Casi se sonrió a sí mismo con auténtica ironía cuando un leve pensamiento lo azotó por dentro con el calor de un ardiente sentimiento: había metido los pies en el barro por culpa del corazón, y sólo por ese error, desde entonces no había hecho más que usar la cabeza. De no haber sido porque siguió a la persona equivocada, pensando que podría protegerla, él jamás se hubiera unido a los mortífagos por empezar, porque sabía que entre ellos no podía depararle nada bueno, porque eran una mierda. Joder, lo odiaba.

Americ “Dos Caras” soltó una risita desagradable que sólo tenía sentido para él. Aunque Evans creía saber qué pensamiento había pasado por la cabeza de ese: “Al lado de un Edevane, Mitchell es basura”. Se interrumpió al retomar la palabra.

—Siéntate, muchacho—invitó—. Esta cara—continuó, señalando su deformidad. Evans apartó la mirada—. No se olvida fácilmente. Pocos pueden decir eso de sí mismos. Tú querrás ser uno de esos uno de estos días, ¿no es así?

En una mesa de taberna, Americ “Dos Caras” se disponía a dar un ligero atisbo de lo que sucedería esa noche, mientras que a kilómetros, en otro país, la familia Audré se sentaba frente a la chimenea después de haber levantado los platos de la cena. No era más que otra familia entre tantas que se reunión en el calor del hogar.

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Ayax Edevane el Vie Oct 26, 2018 4:32 am

Orgulloso y con ávido sentimiento de reconocimiento, sonrió cuando Americ reconoció saber de él. Quizás el famoso ‘Dos Caras’ no era de esas personas que Ayax consideraría un contacto útil, pero se equivocaba y en ese momento sabía que podría tener un contacto importante en pleno auge de confianza. Sólo tenía que dejarle clara dos cosas: que era una persona responsable y que valía para todo.

El otro se presentó como Mitchell, un apellido que a Ayax no le decía nada. Y sabiendo la importancia que Ayax le daba a los apellidos, era como estar frente a un Don Nadie. Le devolvió esa mirada cargada de nada, sin mucho interés en él.

Se sentó en una de las sillas libres, con Americ a su derecha y Don Nadie a su izquierda. Se cruzó de piernas con elegancia y apoyó uno de sus codos sobre la mesa. ‘Dos Caras’ parecía querer tomarse los detalles de aquella misión con tranquilidad, así como conocer a los dos tipos con los que iba a compartir la misión. Aunque ahora mismo Ayax y Evans no lo supieran, en realidad Americ no tenía intención de ensuciarse las manos en aquella misión, sino de estar atrás, buscando información. Sí, era cierto que iban a ir a una casa en busca de una panda de traidores, pero el cabeza de la misión le interesaba más lo que había en esa casa que quiénes habían allí. Quién solo daba dinero en el Ministerio, qué daba información valiosa.

Por eso los necesitaba a ellos, para hacer el trabajo sucio.

Ayax miró a Evans tras el comentario de Americ, pues suponía que iba para él por cómo había apartado la mirada. Al pelirrojo, sin embargo, le parecía fascinante LO FEO que era aquel señor y lo orgulloso que estaba de serlo. Eso denotaba autoestima, mucha. Además, como buen medimago que era le fascinaban los casos extraños y los monstruitos como él.

—En mi caso le puedo asegurar que sí, aunque espero no tener que destrozarme el rostro para ser reconocido, con todo mi respeto, señor Americ. —Curvó una sonrisa de lo más altiva. Ayax prefería ser reconocido por los logros que estaría seguro conseguiría.

Al contrario que Mitchell, Ayax se sentía muy a gusto en aquella reunión. Sabía que estaba en manos de un señor respetable con bastante experiencia en el campo y, aunque no supiera nada de Mitchell, el pelirrojo se las sabía arreglar muy bien por sí solo. Por falta de empatía no notó que su compañero estaba cagado de miedo, sino quizás le hubiera dado dos palmaditas en la espalda y unos ánimos.

—Pero para ser reconocidos, primero hay que ganarse el respeto de todos —concluyó con lo que había comenzado a decir. —Señor Americ, mi padre no me ha dado detalles de lo que vamos a hacer…

—Es comprensible, joven Edevane, no le he dicho nada al respecto. —Cortó rápidamente el diálogo del pelirrojo. —Lo que haremos será muy fácil. De hecho sin saber tu nivel en ningún campo sé que darás la talla. En términos generales se trata de un caso de allanamiento de morada en el que apareceremos en mitad de una familia traidores al gobierno. El cabeza de familia los esconde en otro país, pero yo he descubierto en donde. La captura de esa familia, si mal no calculo por sus recompensas, asciende a treinta y cinco mil galeones que os podréis repartir a medias entre ambos. Confío en que podáis encargaros vosotros de los miembros de la familia mientras yo me hago cargo de otros asuntos. El tipo que los esconde tiene información que me interesa y de la que, a menos que me interese, no tendréis acceso. Me encargaré de buscarla en lo que vosotros os ganáis el pan, ¿entendido hasta aquí? —Y miró subitamente, con su ojo malo, a Evans. —¿Entendido, Mitchell? Es el momento de las dudas.
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Evans Mitchell el Sáb Oct 27, 2018 6:09 am




«Te destrozarás lo mismo, o peor», pensó Evans por acto reflejo casi deseándolo a un tiempo, antipático por dentro y silencioso por fuera. La ligereza del tono que Ayax Edevane, o sólo Hijo de Papi, empleaba al hablar le sorprendía poco y nada; pero, no podía dejar de observar una cierta frialdad en él, vestida de cinismo. Le llamaba la atención de mala manera. La curva de su sonrisa le desagradaba. Lanzándole una última mirada de reojo al pelirrojo supo que no lo aprobaba, le producía escepticismo, pero algo le decía que no podría serle indiferente esa noche.

“Dos Caras” se dispuso finalmente a soltar el qué los había reunido allí, dando por hecho que la ejecución sería sencilla. Una mentira, en la mente desconfiada de Evans. Su naturaleza precavida, que se acentuaba con el miedo de lo que no se podía calcular que sucedería, no le permitía confiarse en las palabras vanas de alguien cruel. La inseguridad no era lo que le latía desaforadamente por dentro, sino la consciencia, saber que algunas cosas que haría y otras que no haría en un futuro inmediato estarían lejos de ser de su agrado. Estaba familiarizado con esa sensación.

Su presunta renuencia a llevar a cabo tal empresa: allanamiento de morada y toma de rehenes, fue reemplazada por una atenta escucha, entrelazadas las manos sobre la mesa y enderezado en la silla mientras que asimilaba la propuesta con una lucidez que te da el sentido de la practicidad. Visualizó en su cabeza lo propio a hacer en esos casos. El objetivo era una familia, a la que Americ querría utilizar de una u otra forma, o eso intuía.

Para reducir los imprevistos, desde una huida a un enfrentamiento innecesario, lo mejor era el sigilo, o en su defecto, la velocidad de acción que debía seguirle al efecto sorpresa, registraban la morada y reducían a los moradores o los arrastraban de sus escondites, se apostaban centinelas o se colocaban maleficios alrededor para sellar las posibles escapatorias; y lo indispensable: tomar un rehén y obligar a los demás a someterse a las demandas de los intrusos, ellos, ahí sentados.

No pudo evitar sentirse interesado por esa suma en galeones. Una parte de sí mismo pasó de la tensión al alivio, como si de verdad pudiera suspirar de satisfacción pensando que, después de todo, no era una pérdida total de tiempo, como si fuera posible colocarle un precio a la culpa, o en todo caso, a la suerte o desdicha de una familia que, imaginaba, no conocía de nada pero sobre la que se abalanzaría como las zarpas al cogote de la presa.

A veces, y esto era algo que ya había experimentado, una empresa abyecta no hacía más que, al final, provocarle un hondo desencanto; consigo mismo tal vez; pero, con todo en general, como si nada tuviera verdadero sentido, tanto como si estabas del bando de los mortífagos como si no. Ni siquiera sus pesadillas, aunque vívidas, tenían algún sentido. Siempre había tenido pesadillas. Sólo los galeones como moneda de intercambio luego de lo que sería un desgaste físico y emocional parecían tener cierta lógica dentro del contexto.  

Había incursionado antes en otras salidas nocturnas, pero no con la promesa de tamaña recompensa. No más que intimidaciones, el ejercicio del terror como una muestra de poderío, un recordatorio de que el nuevo régimen, ya no tan nuevo, vigilaba los asuntos de todos y cada uno, y que nadie podía sentirse a salvo, que esa no era una opción. Se había dado con mucha frecuencia luego del advenimiento de Voldemort al poder: persecución ideológica, hostigamiento, allanamientos de morada por si se les había ‘escapado’ alguien que podría estar escondido, la mar de las veces sólo por asustar y comunicar una advertencia. Evans había estado envuelto en todo eso, pero no como hasta entonces, en la mesa de La Bruja Tuerta.

«Está hecho», se dijo, ahora como otras veces antes en las que siempre había estado solo, porque solo es que tomas tus propias decisiones, porque estaba por su cuenta tanteando a ciegas, siempre había sido así, incluso antes de que su protegido lo abandonara pero entonces más solo que nunca. «Esto no será algo que me propongo hacer, porque ya lo he hecho. Sí. Está hecho. En mi mente, ya lo hice. Arruiné a esta familia, quienes sean. Tengo que imaginarme lo peor. Y yo se los he hecho. Eran ellos o yo». Por un par de galeones, qué chiste vacío, pero dinero que no le sobraba, y a fin de cuentas, ¿ante quién tendría que rendir cuentas?, ¿ante los magos que veían lo que pasaba y no hacían nada, siguiendo con sus vidas?, ¿a los radicales, que en su atentado se cobraron las vidas de culpables e inocentes por igual?, ¿ante quién… «Aimee», pensó con una punzada. Otras caras habrían venido a él, pero entonces dejó de pensar del todo. No tenía sentido.

—Dime qué sabemos de la familia—
Lacónico asentimiento el de su rápido movimiento de cabeza. Sus ojos estaban puestos sobre la mirada de Americ, y esta vez no los apartó—Estoy dentro.  

Americ “Dos Caras” se percató del leve rastro de su sudor en la frente del chico, pero no dijo nada, sólo se carcajeó levemente, presumiblemente en aprobación. Ante sí tenía a un Edevane más fresco que un carámbano, y por el otro, un Mitchell que sudaba como un cerdo. En su experiencia, los segundos eran menos predecibles e iban al matadero con un deleitable chillido.

—Huidiza como las ratas que son, eso tienes que saber—
dijo, aludiendo de forma tácita que a un mortífago lo mismo le daba si eran niños o mujeres o ancianos: eran todas ratas, eran todos sangre sucia—. He arreglado que conecten una de las chimeneas de arriba con la nueva locación de los fugitivos, y les aseguro que no están esperando nuestra visita. Mis indicaciones son sencillas. Se encargan de la familia. Así que a menos que tengan preguntas sobre cómo hacer su trabajo, caballeros—Americ corrió su silla hacia atrás, haciendo ademán de levantarse. Se sacó una moneda de sus ropas elegantes que brilló entre sus dedos enguantados y tiró sobre la mesa—. Nos vamos a X, Francia. Un pueblito encantador, si me lo preguntan.  

***

En un pueblito al sur de Francia, los Carrington se habían instalado en una vieja casona de los alrededores, apartados del barrio de casas bonitas. Pero Melissa Carrington, de alias Cordette Giraud, tal como solía llamarla la regordeta señora de la floristería, solía bajar de la colina y deslizarse por entre las calles adoquinadas, los balcones llenos de geranios y las tiendas pintorescas, maravillada y desbordante de simpatía para con su nueva vida.

Ella, a diferencia de su hermano mayor, había aceptado que estaban allí para quedarse, a pesar de todo lo que se vieron obligados a abandonar en Londres. Matt, por otro parte, refunfuñaba constantemente e insistía en tocar temas que a Melissa la hacían sentir incómoda. Sobre que estaba hastiado de vivir escondido; que en Londres los mortífagos perseguían y aprisionaban a sus amigos; que tenía el derecho de pelear como un mago por la justicia que les negaban, por la magia que les negaban; que era lo que debía hacerse.

Las últimas noticias que les habían llegado de su antiguo hogar sobre el ataque al Ministerio en manos de un bando de insurrectos o radicales hicieron que Matt se enfrentara a toda la familia expresándose firmemente en favor de volver y luchar, entregarse a la causa de la resistencia. Padre se había disgustado con él y, junto con la tía Lucy, intentaron hacerlo entrar en razón, pero no dejaba de inquietar a todos con el tema. Melissa no le había dirigido la palabra en esas semanas, por estar enojada con él. Hasta que llegó la noche. Las risas de ambos se escuchaban desde la cocina. Lavaban los platos en el fregadero antes de ir a dormir. Padre había subido al despacho y tía Lucy en algún momento había desaparecido deseándoles “Buenas Noches” con un beso, y con unas copitas de jerez encima.  

—No tenías ese anillo antes de salir—señaló Matt, observador.

Melissa sonrió.

—Me lo regalaron.

—¿Tienes un amigo?


—¡Son mis cosas!—
exclamó ella, coqueta.

—Bueno, al menos alguien disfruta de su nueva vida.

El extraño tono en su voz hizo que Melissa lo mirara, preocupada.

—No empieces. No lo arruines. Por favor. Te extrañé.


Matt se enfrascó en lustrar un plato con la esponja con la mirada gacha. El agua del fregadero corría en medio del repentino silencio.

—Me enfurece—murmuró al fin.

—Lo sé. Yo también estoy triste. Te amo.

Matt sonrió débilmente.

—Yo te amo más.

A través de la pequeña ventana que tenían delante a Melissa le pareció ver algo moverse.

—¿Qué es eso?—
preguntó, asustada.

—Nada—Matt corrió la cortina, y entonces lo vieron. No era “nada”, era un gato que se había trepado a la maceta de los geranios del lado de afuera; parecía lastimado de un ojo. Melissa se apenó por él, y sonrió.

—Un gato. ¡Ábrele!


—Está bien—accedió Matt, sonriendo.


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Ayax Edevane el Mar Oct 30, 2018 3:58 am

Confianza cero, si le preguntas a él. No por sí mismo, sino por el compañero con el que iba a tener que compartir la experiencia. Sin duda Ayax no era el aspirante más preparado, pero tenía las cosas claras desde hacía años como para saber a lo que se enfrentaba en todo momento, siendo muy consciente de que en una misión mal hecha—o con un compañero roto, como era la impresión que le daba—podía terminar muerto. Y no estaba en lo planes del pelirrojo morir tan joven, mucho menos por la negligencia de un tercero. Lo analizó con la mirada, una cargada de prejuicios y que no esperaban en ningún momento cerciorarse de lo contrario.

—¿Vamos a irrumpir directamente en la casa de los fugitivos? —Enarcó una de las sus cejas, cargada de sorpresa. —Este nuevo método de ataque sorpresa es fascinante. Ahora caigo en la importancia de tener como contacto al encargado del mantenimiento de las Red Flú.

Y, si te ponías a pensarlo, la cantidad de ventajas que te podía dar tener un aliado que se encargase de eso eran muchísimas. Y si el trabajo estaba bien hecho y no quedaban cabos sueltos, ¿quién iba a sospechar del pobre encargado del mantenimiento de las chimeneas de la Red Flú? Ayax se lo apuntó. Porque si no, ¿de qué otra manera había conseguido ‘Dos Caras’ hackear el sistema de su chimenea de Red Flú como para poder aparecerse sin permiso en su residencia?

Se levantaron entonces de aquella mesa, dirigiéndose al piso superior de la Bruja Tuerta, en donde tenían una chimenea habilitada para ellos. Antes de entrar, sin embargo, Ayax decidió ser una mente racional y lógica e intentar mantener cierto compañerismo con el que se suponía que iba a ser su compañero. Y eso era raro, ya que teniendo en cuenta que nunca habían trabajado juntos, era complicado confiar en que pudiera cubrirte las espaldas.

—Mitchell —le llamó, justo en la entrada de la chimenea.

—Bueno, chicos, yo me voy adelantando. Arreglad vuestras diferencias y aseguraros de hacer las cosas bien. De lo contrario, sería una terrible decepción… —dijo, desapareciéndose entre el estallido de llamas verdes de la chimenea.

Entonces Ayax volvió a mirar a su compañero.

—Estás sudando —declaró como una obviedad. —No sé si es que tienes calor o estás de los nervios. Nunca se me ha dado muy bien leer a la gente. De ser lo último, te aconsejo que te relajes. Vamos a tener de nuestra parte el factor sorpresa en una situación en donde cogeremos a los enemigos en un estado de máxima relajación, así que si hacemos las cosas bien, tenemos todas las de ganar y de manera muy fácil. —Hizo una pausa, analizándolo de arriba abajo. —Creo por el bien de ambos que debe de haber un líder y, teniendo en cuenta la situación, creo que debería ser yo, ¿cuento con que me hagas caso si te doy una orden? Porque si no vas a hacerlo lo mejor es trabajar por separado y que te cubras las espaldas tú solo.

Cuestionó, enarcando una ceja; serio. No mostraba altanería, ni prepotencia, ni una pizca de regodeo por el ego. Nada. Quería hacer las cosas bien y Ayax no era de esas personas que se arriesgaba sólo por diversión. No. Él era de los que iban por la efectividad y a menos que hubiera un motivo para la conocida ‘tortura’ de los Mortífagos, no verías a Ayax—al menos por el momento—haciendo sufrir a nadie que no se lo mereciese, o por un fin mayor.

—Concéntrate. —Y se metió en el interior de la chimenea, con intención de utilizarla a la vez que él para aparecer los dos al mismo tiempo.
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Evans Mitchell el Miér Oct 31, 2018 2:33 am


Mitchell

Las llamas se agitaron en la chimenea con la partida de Dos Caras. Evans se giró extrañado hacia el pelirrojo pero sin gastarse en fingir una mueca amistosa. Lo bueno de estar entre mortífagos era que, estando a punto de aterrorizar a una familia no tenías que pretender ser todo sonrisas y afabilidad, después de todo, no se suponía que para el trabajo tuvieras que ser un tipo agradable.

—Es esta mierda de sitio—
replicó, pasándose el brazo por la frente. Lo sabía, pero lo tenía sin cuidado. Era igual siempre que la acción la dejaban para el luego, demorándose en formalidades sin sentido, en cantidad de especulaciones que se reducían a nada o en las que dejabas de pensar tan pronto como la acción se hacía prioridad—. ¿Y a ti qué?

Evans se quitó el saco que llevaba y lo colgó en el respaldo de una silla cercana. Iba de bocazas, nada nuevo en un hijo de papá. El otro siempre era la espina en el zapato. Le prestó atención lanzándole una que otra mirada de reojo entre que se arremangaba, varita en mano. Claro que estaba de los nervios, ¿qué carajo? Resopló con paciencia. Edevane debía estar preocupado en hacer las cosas bien, como si él tuviera otros planes para esa noche.

—No me vas a dar órdenes.

No lo soltó con prepotencia. Era su política. No confiaba en nadie de ese círculo de fanáticos para que le cuidara la espalda, y no le iba a dar a un aspirante como él poder de mandar sobre sus decisiones, así como tampoco esperaba tener control sobre lo que Edevane hacía o dejaba de hacer. Se sentía más seguro y de acuerdo con lo de actuar por su cuenta, que a su juicio, era hasta lo más sincero que podían decirse entre ellos: “Cúbrete solo”, porque otra cosa hubiera sido simplemente imposible de creerse.

—Ok, somos una pareja casada ahora. Nos entendemos. Tú por tu cuenta, yo por mi cuenta—
Se paró delante de la chimenea, hablando con un fingido acento de jovialidad—. ¿Sabes? Cuando abriste la boca, pensé que pudo haber sido peor. No hay nada más jodido que un Edevane o un Black con la lengua afuera—Se colocó junto a Ayax, en la chimenea. Las llamas los envolvían—. Estoy nervioso porque—aclaró, volviendo el rostro hacia el pelirrojo—, soy de verdad impaciente.  

Si Evans sabía algo sobre enfrentamientos y situaciones de tensión era esto: en el momento, tú ocupas tu pensamiento en la acción y esta fluía normal, naturalmente, justo como en un duelo. Tú vaciabas tu mente de preocupaciones llegados a esa instancia, en la que sólo importaba el pulso, la agresión, tu racha de puntería.


***

Melissa salió de la cocina con una sonrisa y fue a revolver el cajón de una mesita del salón, dándole la espalda a la chimenea. El gatito del que pensaba que tomaba del platito de leche que le había servido se deslizó sinuosa y prontamente subiendo por las escaleras. Melissa no encontraba las cartas, aunque estaba casi segura de que las había dejado allí. Iban a jugar, con Matt.

No supo cuánto tiempo se quedó helada en el sitio desde que sintiera el rumor inconfundible de un fuego repentino en la chimenea apagada, pero fue tan inesperado, que la sorpresa la sumió en unos instantes de desconcierto en los que su corazón bombeó violentamente dentro de su pecho asustado.

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Evans MitchellUniversitarios

Ayax Edevane el Lun Nov 05, 2018 2:41 am

Una de las muchas diferencias entre la organización de la Orden del Fénix y la de los Mortífagos es que en la primera las personas trabajaban en grupo, como uno solo. En la de los Mortífagos todos estaban demasiado ocupados desconfiando o midiéndose la polla para ver quién la tenía mas grande. Mientras que en una reinaba el compañerismo y la labor limpia, en la otra sólo importaba ver quién era mejor y resaltar frente al resto, como si Lord Voldemort eligiese a dedo al más subnormal y le otorgase la inmortalidad. Ayax tenía bien claro que en la fila lo importante no era el líder de ésta, pues a Lord Voldemort le importabas tres mierdas de hipogrifo, sino que lo importante era ser uno más en un ideal que él apoyaba, simplemente.

Es por eso que la gente como Mitchell, tan poco profesional y cobarde, le parecía de lo más ruin en una cadena como la que intentaba mantener Ayax siendo aspirante.

—Entiendo —respondió con un tono neutro. —Asumo que te crees lo suficientemente inteligente y ávido de experiencia como para poder gestionar todas las decisiones tú solo, ¿no es así? Estoy deseoso de ver como te desenvuelves, Mitchell.

Pero lo dejó estar. Si él prefería ir solo, iría solo. Ayax prefería indudablemente tener un compañero, pero si el que te tocó es retrasado pues tampoco podías hacer nada por evitarlo. Así que una vez en la Red Flú, el comentario de su no-compañero le cogió por sorpresa. ¿Ahora que 'Dos Caras' se había ido se le había soltado la lengua? Normal que no hablase delante de él con lo idiota que sonaba.

—No nos compares con esa familia de enfermos mentales. Dudo mucho que alguien como tú haya tenido mucha relación con los Edevane, así que ahórrate los juicios sin fundamento —respondió, pues si había algo que Ayax protegía sobre todas las cosas era el honor de su apellido y su familia.

***

Aparecieron en la casa enemiga, viendo a una señora justo frente a ellos. Ella los miró, ellos la miraron. Y fue justo en ese momento en el que hizo un movimiento para gritar de miedo al ver cómo dos chicos habían aparecido de manera amenazante en su chimenea, cuando Ayax la apuntó para silenciarla. Gritó y gritó, pero nada se escuchó.

Intentó salir corriendo, pero una cuerda la sujetó del tobillo y la tiró al suelo. Y así, Ayax jugó con su presa como si frustrase todos sus intentos por escapar. Hasta, por supuesto, que escuchó más gente en la casa preguntando que qué era el golpe que se había escuchado que, para mentes que no lo hayan pillado, fue la cara de la tal Melissa golpeando contra la alfombra. Entonces sujetó a la mujer, dejándola inconsciente y amarrada con cuerdas a una columna. El pelirrojo tiene siempre una norma: amarra a la gente, así aunque se despierten luego no se pueden ir a ningún lado. No hay nada más frustrante que estar amarrado a un sitio y ser una especie de rollito inmóvil en la espera de alguna desgracia.

Fue en ese momento en donde Mitchell y Edevane se separaron. El pelirrojo echó por la puerta de la derecha—una que claramente se podría considerar como secundaria—mientras que el otro fue por la principal. Al menos Ayax iba silenciosamente, sin hacer ruido.
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Evans Mitchell el Jue Nov 08, 2018 7:40 pm




El viaje en chimenea fue un remolino de llamas, imágenes cortadas, casi como lanzarse de cabeza a una vorágine de curvas inesperadas. Hasta que todo dejó de moverse, y frente a ellos, visualizaron la espalda de una chica. Fue consciente de que Ayax levantaba el brazo, y sólo por eso se permitió mirar en rededor, indiferente ante lo que fuera a hacer, pero confiando en que lo haría.

No tenía confianza en Edevane para cuidarle la espalda ni seguir sus órdenes, pero sabía que Dos Caras no llevaría consigo a alguien que no supiera qué hacer o cómo moverse en esas situaciones, algo que el ego de un Edevane, ambicioso por tomar el control y por que Dos Caras se babeara por él, el niño mimado, había querido pasar deliberadamente por alto.

Asumió por instinto que tendría la situación controlada, y buscó cualquier otra amenaza que pudiera rondar cera. Necesitaba una idea precisa de panorama, y casi al instante en que el blanco de Edevane se volteaba sacó sus pies fuera de la chimenea: había visto luz en la cocina.

Se dirigió directo hacia allí, cuidando de echarle una rápida mirada a la escalera y sin visualizar a nadie en el rellano ni a nadie que quisiera bajar a deshoras, y maldijo en silencio cuando escuchó el golpe sordo contra la alfombra. Eso no fue todo, porque la chica se resistía. No podía gritar pero se movía procurando hacer el mayor ruido posible.  

—¿Mel?

A Evans el corazón le pegó un brinco, con la misma rapidez con que se apareció por donde Matt hubiera esperado ver a su hermana. Lo que él vio en cambio fue a un extraño apuntándole con una varita, y lo siguiente fue caer hacia atrás y golpearse duramente en la caída, pero sin llegar a saber cuándo es que ocurrió. Luego, su atacante pasó por encima suyo, registrándolo por encima de la ropa.

Podía sentir su presencia y su propia rabia hervirle en la sangre. Ni siquiera lo habían atacado con la varita encima, de forma que no hubiera resultado ninguna amenaza. Los peores miedos de la familia Carrington estaban teniendo lugar, esa misma noche, y Matt ni siquiera había podido caer teniendo la dignidad de un duelo.  

Evans volvió sobre sus pasos, justo para ver cómo Ayax se metía por una puerta. Se miraron fugazmente. Él pensaba subir por la escalera porque las habitaciones estarían ahí, pero esa no era tarea de uno. Fue entonces cuando escuchó el grito de un: “¡NO!” provenir de la habitación por la que Ayax estaba entrando. Había sólo llegado a pisar el primer escalón cuando retrocedió y sintió el estruendo de un destrozo, al estrellarse un maleficio contra alguna pared.  
 

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Ayax Edevane el Mar Nov 13, 2018 3:35 am

Ayax se había encargado de dejar a Mel indispuesta, amarrada y sin que pudiera gritar. No precisamente en ese orden. La prioridad había sido evitar desde un primer momento cualquier tipo de alarma que pudiera alertar al resto, por lo que lo último que hizo fue dejarla amarrada sobre el sillón. Sin embargo, como era evidente, por mucho que hubiese actuado de manera rápida y efectiva, hicieron ruido para el impoluto silencio que había en aquella casa a aquellas horas, por lo que no solo Matt se dio cuenta de aquello, sino también Lucy, quién se encontraba recogiendo el comedor después de una agradable cena.

Él no había escuchado nada, pero la luz del comedor estaba encendida, por lo que eso le hizo sospechar. Como buenos 'allanadores' de moradas debían de tener bien claro que el piso inferior se quedaba totalmente vacío antes de pasar al superior, motivo por el cual cuando vio a Evans ir hacia la cocina, él fue en dirección contraria al ver que la única puerta de más estaba ahí. Le cogió totalmente desprevenido que nada más pasar por esa puerta, un hechizo impactase directamente con la pared que tenía justo al lado.

Lucy se había percatado de todo lo que había pasado y, en vez de salir a ayudar—al ver que estaba en desventaja numérica—decidió quedarse allí, intentando coger por desprevenido a los agresores.

Sin embargo, los nervios le habían jugado una mala pasada, haciendo que fallase aquel hechizo que podría haber dejado fuera de combate a uno de los dos enemigos. Ayax no tardó ni un segundo en alzar la varita rápidamente para defenderse de un segundo hechizo que, esta vez, sí iba directo a su cabeza. Lo siguiente que hizo fue utilizar una de las sillas para ponerla justo en medio de ambos y hacer que el tercer hechizo ofensivo de Lucy chocase contra la silla, haciéndola explotar en mil pedazos.

—Puta loca —dijo Olivia, que apareció al lado de Ayax cuando vio aquella explosión en mitad del comedor que, evidentemente, había sonado por toda la casa.

Ayax entonces se percató de algo: había que actuar rápido a partir de ahora porque hasta el vecino se había dado cuenta de que algo malo estaba pasando. Así que en medio de aquel humo y estropicio, Ayax conjuró un hechizo de gravedad que hizo que Lucy saliese de su escondite y fuese atraída en mitad del comedor, cayendo justo encima de la mesa. En ese momento unas cadenas comenzaron a salir de la varita de Ayax, rodeando la mesa rápidamente y sujetando las extremidades de Lucy, dejándola totalmente inmóvil allí encima. Intentó levantar una de sus manos para conjurar, pero Ayax se la quitó justo a tiempo de que otro Bombarda impactase contra la pared, justo cuando Ayax se agachó para evitar quedarse sin cabeza.  

—¿¡Quieres dejar de intentar tirar la casa, loca!? —preguntó Ayax, exaltado. —¡Sería mucho más útil si intentases quitarme la varita y dejar los cimientos tranquilos! —Y le pegó una patada a la silla.

Y Lucy, rabiada a matar, pegó un gran grito para que todos los de la planta superior se fueran y se salvasen, ignorando por completo todo lo que decía Ayax. No tardó ni dos segundos en dejarla inconsciente con un hechizo, sintiendo que había sido un poco tarde.
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Evans Mitchell el Miér Nov 14, 2018 10:01 pm


—¿Escuchas eso?—Americ se hallaba sentado en un sillón con las piernas abiertas y el bastón entre ambas, apoyada la barbilla en la unión de las manos con que se aferraba a aquel, pensativa la mirada. No se lo apreciaba alterado o impaciente. Sólo tranquilo.

Frank Carrington no llevaba ataduras visibles, pero le era imposible moverse. Permanecía suspendido a unos pocos centímetros del suelo, de pie sobre la nada, el puro aire, y aunque hubiera deseado soltarse de esa sujeción invisible y tomar su varita para atacar a los agresores de su familia, que gritaba allá abajo, no podía hacerlo, había sido sorprendido en su despacho de la peor manera.

—Mis jóvenes—indicó Americ con un tono casi meloso, como si ya hubiera establecido con ellos alguna especie de conexión—. Los elegí porque son bastante impredecible, los dos. Y sabes que lo que me encanta más es lanzar una moneda al aire y ver qué sucede. Tú nunca sabes. ¿Será cara?, ¿será cruz?  

Fran Carrington era un hombre pétreo, canoso pero fornido, con el rostro endurecido. Sabía que sólo podía esperarse lo peor de ese mortífago allí sentado, pero no se quebraba. Americ no había siquiera agitado su varita para torturarlo, sólo lo retenía mientras a saber qué cosas le sucedía a su familia allá abajo. Eso le hizo pensar que le quedaba una larga noche por delante.

—¿Qué apuestas tú?, ¿cara o cruz? La vida de tu familia está en juego. Si fuera tú, estaría preocupado. ¿Qué se siente?, ¿haber sido cazado?

Frank le lanzó una mirada inyectada de oído, pero su boca estaba sellada. Su ira, era una ira silenciosa. Estaba a merced de Americ ‘Dos Caras’. No parecía haber salvación posible. A no ser…

***

Lucy se había sentado en la mesa del comedor con una botellita de jerez. Faltaba un poco para levantar la mesa, pero no le importaba ya. Esa noche simplemente se sentía extraña, distraída. Añoraba el hogar que había dejado atrás, a su marido muerto en combate, y esa noche sentía la pena del luto más que nunca, como si el peso de esa carga hubiera decidido que por hoy, por ese día, ella estaba fuera de juego.

Levantó la mirada, extrañada al sentir un golpe sordo, como de algo caer contra el suelo. Matt llamaba a su hermana. Esos muchachos, esos adorables muchachos. Se merecían un futuro. Algo la distrajo de sus pensamientos, porque de pronto todo quedó en silencio, excepto por un rumor que no llegaba a reconocer. En qué momento le saltó el corazón y aguardó escondida pro su oportunidad, difícil decir. No había tenido tiempo ni a pensar propiamente.

Pero lo primero que había hecho había sido demorarse entre que enviaba un mensaje de socorro. Había abierto la ventana del comedor sintiendo un aire frío golpear contra su cara, y de su varita nació una luz blanquecina, fantasmal, que se propulsó cabalgando en medio de la noche, para perderse en la lejanía. A pesar de haber querido atacar a la primera oportunidad, pensó que aquello había sido lo mejor.

—¡Bombarda!


Estúpida, estúpida Lucy por tomarte esas copas de más. Entre los nervios y la silenciosa desesperación por saber que estaban siendo atacados cuando habían preferido olvidar lo que habían dejado atrás, a los seres queridos que perdieron y a los monstruos que los mataron, su puntería le falló. Se dio cuenta entonces que su pulso trémulo la hacía temblar de la cabeza a los pies, y su corazón acelerado le dolía en agonía. El frío sudor se le trepaba por el alma, y sentía que se encogía de pura ansiedad.

—¡NO!

No acabarían con su familia, ella no desistiría. Hubo una ola de destellos agresivos, que proyectó contra su atacante, pero fue inútil, porque fueron más rápidos que ella, ganándole la partida. No, no, no. Pero había sucedido, la habían desarmado. Estaba indefensa. Lo que era peor, era que sus sobrinos estaban indefensos. Les había fallado. A ellos, y a Frank. A no ser…

***

El estallido que resultó en polvo y estropicios, obligó a que Evans saliera disparado hacia arriba. No estaba huyendo de la escena, sino que se aventó contra lo que, suponía, sería un lio de puertas abrirse y ocupantes deseando cargarse lo primero que encuentren y les resultara poco familiar. Lo primero que haces al oír un ruido así es salir a ver qué pasa, con la varita en alto. Evans se apresuró, queriendo tomarlos por sorpresa, antes que se lo cargaran a él, pero nada. Abajo sentía que se caía la casa a pedazos mientras que él derribaba las puertas de los dormitorios e irrumpía como una tromba, pero nada.

Hasta que, respirando agitado, se halló a sí mismo frente a un hombre suspendido en el aire, y con Americ a un lado, observándolo silenciosamente desde las sombras. Le tomó un instante darse cuenta de lo que sucedía, pero no se detuvo mucho y se apareció en la planta baja, teniendo debida constancia a esas alturas que no quedaba nadie más en la casa.

—Así que era solo uno—
intervino Evans, más por constatarlo con Ayax que otra cosa. Lanzó una mirada en rededor, registrando el destrozo. Las cosas se habían alterado un poco allí. Evans se sentía un poco ansioso, porque a fin de cuentas, hubiera preferido batirse, aunque fuera sólo por sacarse encima esa sensación de asco y ansiedad por todo el asunto—. ¿Te ha alcanzado?—preguntó, mirándolo con curiosidad. La verdad, parecía entero, aunque tocado. ‘Tocado’, de otra manera. Lindo temperamento ese, pensó. Una mujer madura y pelirroja yacía inconsciente en el suelo. A Evans le pareció de buen ver.

—Americ está arriba—comunicó—Tiene de rehén al padre. No hay nadie más, sólo estos. Ha dicho—se interrumpió un instante antes de transmitir la orden De Dos Caras, pero no en su totalidad—Juntémoslos. Aquí en el centro estará bien. Traeré al otro.

El cuerpo del joven, casi de su misma edad, seguía allí donde lo había dejado. Evans agitó la varita y lo hizo levitar hasta el centro de salón. Su idea era tener a los rehenes en el mismo lugar  e inmovilizados. Unas sogas nacieron de su varita y ataban al hermano mientras hablaba.

—Despiértalas. Él. Dice que quiere oír gritos.


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