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Priv. || Dos Caras ||

Evans Mitchell el Mar Oct 23, 2018 12:31 am

Recuerdo del primer mensaje :






En la lluvia, hacia dentro de los bosques, hay un lobo con la máscara de un hombre, confabulado con la negrura que lo envuelve. Hay un lobo, como un hombre, que cava una tumba. En la noche, en la negrura, en la lluvia.

Hay un hombre…

¡Detente!, ¡te lo ruego!, ¡por favor…!, ¡no a ella..!


Como un lobo…

¡Desgraciado!, ¡eres un maldito desgraciado!, ¡detente!, ¡para…!

Como un hombre…

¿¡Qué le haces!?, ¡enfermo!, ¡detente!, ¡NO!

En la noche, en la negrura, en la lluvia; que cava una tumba.



—Extracto de “Inocencia Trágica”, por Clementine Russmore.



No existe otro estado de más puro que terror, que aquel momento de lucidez entre los demonios, cuando te das cuenta que los monstruos tienen el mismo aspecto que las caras de siempre. No hay pesadilla más terrible que el hombre.

—Extracto de "Verdades Evidentes", por Eugene Ionesko.



***



La Bruja Tuerta, rezaba el cartel que pendía sobre la fachada escondida en el penumbroso Callejón Knocturn. La tarde moría, y saliendo del Caldero Chorreante, se veía cómo algunos locales empezaban a cerrar. Si atravesabas el Callejón Diagón con sus luces anaranjadas, un ligero aroma a caramelo caliente levantándose en el aire y el murmullo de los paseantes nocturno ;se sentía luego extraño dejarse envolver por la peste viciada de aquel sucio desvío que Evans se apresuró a tomar para asistir a su encuentro con Americ.  

Bajó la pequeña escalinata que le salió al paso y lo distrajo sólo fugazmente el chillido de una rata. Las sombras se cernían sobre él: un rostro serio y preocupado con los labios fruncidos. Durante el último tiempo había adelgazado y no dormía bien, y cuando era así, se arrastraba a cualquier sitio con los nervios a flor de piel. La más mínima cosa lo ponía de mal humor y se desquitaba con quien tuviera al alcance, por pura bronca y, cómo no, por tener un genio del demonio.

No obstante, para esa cita en particular, tendría que mantener la calma si no quería que se le reflejara el miedo. Miedo, por lo que podrían hacerle. No se preocupaba por los fugitivos o los inocentes, porque su atención inmediata estaba puesta en el qué pasaría con él de ahí en adelante. Se hallaba completamente solo cargando con una serie de lo que en ese entonces parecía un cúmulo de malas decisiones.

Hacía semanas que había querido convencer al tal Americ de que, arrepentido y lastimero, era un cobarde bueno para nada. Si bien era una excusa fácil de dramatizar, porque era exactamente como se sentía, no parecía que el mortífago, a pesar de que estuvieran ambos de acuerdo en que era un inútil acobardado, se dejara ablandar por un poco de mariconería. No lo quería soltar, porque miedoso y en vilo era como le gustaba tenerlo. Jodido sádico.

Evans sólo podía rogar porque se hartara de él hasta aburrirse. Los sádicos, sin embargo, no debían conocer el descanso. Americ insistía en tirar de la correa, y no había forma de que Evans pudiera negarse a ser otra cosa que un perro amaestrado. Ese asunto lo tenía muy nervioso. No sabía qué esperar. Americ podía estar jugando con él, hasta que un día se aburriera, sí. O podía querer convertirlo en su marioneta de por vida; las circunstancias podrían arrastrarlo por la vía del mortífago como si hubiera firmado un pacto con el Diablo. Cualquiera de esas opciones era todavía mejor que amanecer un día arrojado en alguna cuneta con los ojos bien abiertos y sin ver.

Rogaba internamente porque algunas de esas ‘citas con la muerte’ fuera la última, la última, de una vez. No tenía idea de que sus ruegos serían finalmente escuchados esa noche. Así como tampoco esperaba ir al encuentro de Americ, atravesando las mesas en un tugurio de mala muerte atestado de tabaco y risas de harpía, para enterarse de que esa noche sería  ‘especial’, que se esperaban ¿grandes cosas? de él… y su compañero, otro aspirante del que él no sabía nada.

—Mitchell.


En una esquina, al fondo de un punto ciego del que todos apartaban la mirada, un hombre desfigurado se sentaba en la mesa más próxima a la escalera desvencijada que conducía hacia la planta superior, donde las habitaciones y las chimeneas. La mitad de su rostro era piel quemada; un ojo inyectado en sangre se hundía como una enorme canica en esa máscara deforme de anciano, pero no un anciano ni un hombre, una aberración; el pelo canoso y ralo se le encrespaba, pero avanzando hacia la otra mitad de su rostro, rompía abruptamente con un negro alisado y prolijo. En parte hombre y en parte monstruo, esa asimetría parecía burlarse de todas las personas alrededor, que se sentían incómodas si eran apuntadas por ese ojo desigual.

Se rumoreaba que el mismísimo Lord Tenebroso, enfurecido, lo había tocado con una maldición por un antiguo error que había cometido, una que le supuso un tremendo dolor más quemante que el fuego rojo y que le desfiguró el rostro. Pero el Lord era generoso, y así como impartía escarmiento, también sabía recompensar a los que le servían bien, los que permanecían fieles, como Americ, “Dos Caras”.

Evans se sentía incómodo con la idea de ser marcado para toda la vida.  



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Evans Mitchell
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Ayax Edevane el Vie Dic 14, 2018 4:13 am

La verdad es que Ayax, por muy rarito y perturbador que pudiera parecer muchas veces, no era un psicópata. No al menos en su definición completa de la palabra. En realidad el pelirrojo creía en un ideal y era consciente de que en muchas ocasiones las cosas se conseguían con este tipo de métodos menos morales y que claramente ocupan el papel de villano. Pero en realidad él nunca había sido un villano. Siempre fue un niño feliz, muy mimado y si algo le hizo violento era lo que tenía dentro, algo que no supo controlar nunca demasiado bien. Ahora, con esa edad y teniendo claros sus principios y metas, se planteaba menos esas cosas porque lo creía un necesario para un bien y su lógica muchas veces no iba más allá de eso para conseguir un motivo: aquellas personas eran familiares de un traidor al gobierno con información, ergo iban a ser utilizadas para que la persona en concreto hablase. El pelirrojo prefería utilizar otros métodos, todo dígase de paso, pero como en esa misión no mandaba él no le quedaba otra que aceptar las órdenes y hacer lo que le decían. Cuando tuviera la marca tenebrosa podría hacer lo que le diese la gana y no tener que depender de la decisiones de nadie.

Pero no sentía ningún tipo de placer al hacer lo que estaba haciendo, por lo que el rol que tenía era vacío y carente de emoción. Él solo se regocijaba en el dolor ajeno cuando sabía que el otro lo merecía y es que si bien hacer daño por hacer no le agradaba por la falta de interés, hacer daño cuando alguien se lo merecía para demostrarle la gravedad de su error, ya era otra cosa. Ahí salía un Ayax muy diferente al que ahora mismo estaba de manera ausente y correcta en aquella sala de estar, cumpliendo una misión de lo más estable.

Vio como Mitchell ejecutaba un cruciatus, por lo que admiró no solo como aquella mujer se revolvía de dolor y gritaba, al unísono que sus familiares en un intento de que parasen esa locura, pero nada ocurría. De hecho Ayax estaba bastante tranquilo, de brazos cruzados, viendo como el recién crucificado era consciente de lo que le esperaba. Y que ni de lejos iba a ser un destino mejor que el de la mujer que ahora mismo se retorcía de dolor.

La verdad es que el cruciatus se le antojaba como un hechizo de lo más curioso en cuanto a mecánica se refiere, pero le resultaba insultantemente aburrido. Con la cantidad de cosas horribles que una persona podía hacer para torturar a otra… pero una cosa estaba clara: cuando había falta de motivación, también había falta de creatividad. Aún así, mientras Evans se encargaba de aquella chica, Ayax hizo lo propio con el suyo. Dio unos pasos hacia atrás para tener a la vista la cocina y con la varita sacó los cajones de la encimera, hasta dar con los cubiertos. Haciéndolos levitar los llevó al salón sin tocar ninguno, dejándolos todos sobre la alfombra del salón. Eran de plata, un perfecto conductor eléctrico.

—Vamos a jugar a un juego —le dijo al tipo. —Supongo que estás viendo lo que le está ocurriendo a tu amiga. —La verdad es que no tenía ni puta idea de si era su hermana, su tía, su amiga o su novia. Y lo cierto es que le daba igual. Lo importante es que había vínculo entre ellos. —A ti te espera algo similar, lo que no soy muy amante del Cruciatus. Te diré un secreto: no queremos mataros, sólo que gritéis para que vuestro padre le cuente a nuestro amiguito algunas cosas que quiere saber. Así que entre más grites, menos años te tendré que hacer. —Le advirtió. —El juego consiste en ver cuánto aguantas. Supongo que en todos los casos ganaré yo, así que me encanta.

Y tras un movimiento ofensivo de varita que recorrió de atrás hacia adelante, su misma dirección la recorrió un cuchillo que se clavó en la clavícula del tipo con fuerza, atravesándole prácticamente por completo. Él gritó al sentir el crujir de su hueso, por no contar el dolor que habría sentido.

—¡Muy bien, eso es! —Le animó Ayax, como si aquello fuese fruto de que estaba obedeciendo y no tuviera nada que ver el dolor que sentía. —¡Continuémos!

Hizo de nuevo un movimiento con la varita, con un cerrado y potente movimiento de muñeca, haciendo que un tenedor volase hasta la parte interior de su muslo y también quedase clavado, atravesándolo. Él volvió a gritar, dándose cuenta de que como se moviese, sus heridas no iban a hacer más que empeorar y hacer que le doliesen más. Ayax continuó sonriendo, feliz por la cooperación del chico. Uf, no había nada más horrible que hacer querer gritar a alguien y que éste se mantuviese callado por orgullo, ¡qué estúpida necedad!

Entonces Ayax hizo un movimiento aparentemente igual que los anteriores, pero esta vez con una cuchara. Esta fue directa a su cabeza, pero al llegar justo al intermedio de sus ojos, se paró. Estuvo unos segundos frente a él, para entonces darle un suave y bromista golpe en la frente.

—No te voy a clavar una cuchara hombre, no soy tan cruel. —Y entonces hizo un movimiento hacia atrás, totalmente repentino e inesperado, haciendo que esa cuchara se diese la vuelta y la parte trasera, bastante más apta para ser clavada en cualquier sitio, recorriese su cuerpo. —O sí. La verdad es que en estos casos no soy un hombre de palabra. —Bajó por todo su  torso, dando pequeños golpecitos en los lugares en donde había órganos importantes que, de ser dañados, podría atentar contra su vida. —Verás, ni aquí, ni aquí, ni aquí… puedo darte, porque quiero que me dures vivo mucho tiempo. Sin embargo… aquí no hay nada importante, ¿qué te parece sí…?

Y la parte trasera de la cuchara, que ni de lejos era puntiaguda ni cortante, comenzó a clavarse lentamente en la piel del chico, entrando al interior de su cuerpo. Él, como es normal, comenzó a gritar ante ese dolor tan lento y desagradable, casi notando al detalle aquella horrible invasión tan horrorosa. Gritó mientras negaba. Pedía que por favor no le hiciera eso. Seguía gritando, en un intento de que Ayax no hiciese eso en mitad de su bajo vientre. Mel se unió a la súplicas, intentando llegar a algún trasfondo humano que pudiese tener Ayax por ahí junto al arrepentimiento o a la benevolencia.

Sin embargo, solo apareció Olivia.

—Dos Caras te ha dado permiso para matarlos. Van a valer igual vivos que muertos.

Y, tan metido en la escena, contestó en voz alta.

—No los quiero muertos. No me importa el dinero, quiero nuevos sujetos en el Área-M.

Todos escucharon ese comentario, aunque no supieron muy bien de dónde venía. ¿Cómo saberlo, si nadie había dicho nada al respecto? Sólo se escuchaban gritos y súplicas, pero en aquel momento Ayax estaba manteniendo una conversación con Olivia.

—Oh vamos, son tres. Puedes matar a uno. Al más molesto, a quién no te va a aportar nada en el Área-M. —Y con las manos sobre los hombros de Ayax, le ‘hizo’ girarse hacia Mel, quién todavía estaba suplicando, con lágrimas en los ojos, por la vida de Lucy y su hermano. —Esa. Tan molesta…
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Evans Mitchell el Mar Dic 18, 2018 2:12 am



Vamos a jugar un juego.

El exceso de creatividad en ciertas situaciones es sólo de mal gusto. Las cosas estaban bien hechas si se aplicaban las medidas necesarias y justas respecto a lo que se quería conseguir. Montarse un escenario del terror en mitad de una sala de estar no era algo que Evans consideraba especialmente de su agrado. Hablaba de un estado perturbado de la mente.
 
—¡Papá, por favor!


Las lágrimas se agolparon derramándose por sus mejillas. Los ojos ardían. Mel gritó el nombre de su hermano sin siquiera sentir consciente de ello. No podía soportar que hirieran a su hermano. A él, que lo soltaran, que les hicieran cambiar lugares. Estaba arrodillada en el suelo, asustada, desde donde alzaba la mirada hacia la figura crucificada de su hermano, y no se podía imaginar algo peor, tenía miedo de hacerlo.

—¿¡Qué es lo que quieren!?—Escuchó decir que querían sus gritos, ¿pero para qué? Eran los nervios o era el pánico general reinante lo que no la dejaba pensar claramente, pero no entendía con qué fin. La crueldad era un acto sin sentido—, ¡paren!

¡Muy bien, eso es!, ¡continuemos!
¡No!, ¡no!, ¡paren!


La nació una mueca de leve repulsión cuando Edevane dirigió la cuchara a toda velocidad hacia el entrecejo de su víctima. Se dio cuenta de que había estado conteniendo el aire cuando lo soltó de un suspiro, pasada la impresión y preso del mismo engaño que la víctima. La cuchara permaneció estática flotando en el aire. Evans empezó a pensar diferente de Edevane a esas alturas. Se había apartado y observaba en silencio, aguardando sus quince minutos antes de volver a arremeter con el cruciatus. En Hogwarts les habían enseñado como extender el dolor sin llevarlos inmediatamente a la locura.

El giro bromista de la situación sí que tenía un toque de crueldad. Se lo veía acostumbrado a lo que hacía, era cuestión de observar cómo interactuaba con la víctima. “Verás, ni aquí, ni aquí, ni aquí… puedo darte, porque quiero que me dures vivo mucho tiempo. Sin embargo… aquí no hay nada importante, ¿qué te parece sí…?”, ¿qué planeaba hacer…?


«Joder…»

Se llevó una mano a la cara como si se fuera a cubrir la boca y agachó el rostro frotándose en un gesto cansado. Los gritos le estaban empezando a resultar tediosos. De ser por él, hubiera mandado a callar a Mel y su insistente pedido de clemencia, tenía esa voz… tan desgarrada por la incredulidad, el shock, el amor herido… Le salía desde el corazón como si le hundieran una espina. Le molestaba por sobre todas las cosas. Cállate, sólo cállate. Cuando Evans alzó la mirada por sobre su boca cubierta, Mel seguía hablando, pero Edevane, algo lo tenía distraído, algo pasaba con él. Evans entornó los ojos, inquisitivo.


No los quiero muertos.


¿A quién le hablaba? Instintivamente, miró a Mel. Puede que por el hecho de que por fin se había callado. Sólo que estaba tan extrañada como él. No le duró demasiado tiempo el cambio, porque seguramente pensando que su sentido de la humanidad había penetrado de un modo u otro las barreras de tanto odio, tanta locura, tanto absurdo, soltó la lengua determinada a pelear de la única forma en la que veía que le era posible. La palabra. El corazón. Eran sus armas.

Evans no podía dejar de pensar que algo estaba pasando allí, y por “allí”, quería decir en su cabeza, la cabeza de Edevane. Resultaba que tenía experiencia con ojos que ven más allá de lo que uno podía ver, con disparates salidos de una boca aparentemente cuerda en un momento de distracción cuando pensaban que nadie los oía, o cuando habían dejado de perder completa noción acerca de la realidad, de las personas alrededor… Su madre había padecido un cierto tipo de esquizofrenia y él la había contenido durante muchos de sus episodios.

No pudo evitar recordarla en ese momento, pero no demasiado, porque se sacudió la impresión de desconcierto al ir hasta Edevane, y lo increpó adelantándose hasta interponerse entre él y Mel arrodillada en el suelo, acercándose de forma de captar toda su atención, llamándolo. Empleó un tono de voz firme, pero no agresivo. No lo miraba con buena cara. La tenía teñida de desconfianza. No estaba muy seguro de qué le pasaba, y no tener el control sobre una situación como aquella no le parecía divertido. Sólo Dos Caras podría divertirse con algo así.

—¡Ey! Aquí—Evans buscó su mirada, inclinada la cabeza hacia un lado—. ¿Los quieres?, ¿para el Área-M?—Le hablaba por llamar su atención—Eres un jodido carnicero, ¿lo eres? No los voy a matar—respondió, como si la pregunta hubiera sido para él, cuando lo único que le había quedado claro de ese grito repentino era que no se había dirigido a nadie de esa habitación, nadie que él y los demás pudieran ver al menos—. ¡Ey!—Le tocó el hombro con un ligero empujón—Te digo que no los matamos. Lo haces y te aseguro que Dos Caras va a querer cagarse en nosotros, ¿me oyes?


***


A kilómetros, un haz de luz plateada se deslizaba velozmente a través de la noche. Sus patas de conejo titilaron sobre los adoquines a través de calles desiertas y oscuras. Tenía claro su destino. Del otro lado de una ventana, el fuego de un hogar, una luz de esperanza, brillaba al final del túnel. Lo único que mataría al mensajero antes de poder conseguir su cometido era el detenerse del corazón en el pecho de Lucy.


***


—¿¡Qué le pasa!?

Evans gritó pidiendo explicaciones en un momento de perplejidad que lo tomó por sorpresa, apartándose de Edevane y yendo a socorrer a la tía que convulsionaba en el suelo. Lucy abría la boca intentando respirar y su pecho subía y bajaba violentamente sin que ella pareciera tener ningún éxito en capturar ni una pequeña brisa de oxígeno para sus pulmones.

—¡Está teniendo un ataque!, ¡su medicina!, ¡está en el botiquín de su cuarto!, ¡por favor!


Maldijo una vez y alzó la mirada hacia Edevane, acuclillado junto al cuerpo de Lucy que se sacudía en el suelo.

—¡Controla esto!, yo iré por la medicina.


No se movió, sino que buscó una señal de confirmación.

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Ayax Edevane el Miér Dic 19, 2018 1:24 am

ÉL sabía que ELLA no debía controlarle. Ayax llevaba muchos, muchísimos años, lidiando con esa parte suya; esa parte que no sabía de dónde salía. ¿De verdad sería simple y llanamente como un amigo? ¿Un amigo imaginario violento y sádico que es tu mala influencia? ¿O quizás solo era una parte de sí mismo, la cual había sido modificada por su propia mente solo para ser aceptada y poder mostrársela porque solo lucha con sus propios instintos? Él no se entendía a sí mismo muchas veces y eso no hacía más que volverlo loco. Pero cuando aquella amiga imaginaria, morena y de rostro perverso, le había señalado a Mel como objetivo, él sabía que sólo para mantener el control no debía de hacerle caso. Y también era consciente de que ahora mismo estaba en un estado todavía bueno para no tener que lidiar con las consecuencias de un actuar impropio del pelirrojo, en el cual se dejaba llevar por Olivia.

Apartó a Evans cuando éste le tocó el hombro, llamando su atención.

—No me toques —le ordenó con claridad, enfocando su mirada en él de manera severa y seria. —No voy a matar a nadie. No me interesan muertos, me interesan encerrados en el Área-M, así que déjame hacer lo que Dos Caras nos ha pedido. —Que no era más que infundir miedo y hacerlos gritar, ¿acaso no estaba cumpliendo con su cometido?

Y es que Ayax le tenía miedo a Olivia. La temía porque en muchas ocasiones había conseguido tener ella el control y nadie, jamás, debía de poder tener el control del propio Ayax. Como bien había dicho Evans, él tampoco era un carnicero, por mucho que esa parte de él sí quisiera convertirlo en tal.

Fue entonces cuando de manera repentina, Lucy entró en un ataque. Como medimago que era, identificó lo que le ocurría entre tantos gritos de socorro. Su 'compañero' le dijo lo que debía de hacer, pero lejos de actuar por una orden, actuó por propio impulso, acercándose a la chica y poniéndose de rodillas a su lado. Sólo había que hacerse una pregunta: ¿de qué servía una muerta en aquella situación? No servía para gritar, no servía para hacer gritar a otros, no servía para terminar en el Área-M. Literalmente, no servía para nada. Y por mucho que la muerte de aquella mujer estuviese destinada para esa noche, a esa hora, Ayax no iba a permitirlo. No por humanidad, ni tampoco por misericordia. ¿Qué clase de benevolencia había en una persona que te salvaba de la muerte para luego encerrarte en una prisión mortal?

Así que con su varita  y su maestría como medimago, la atendió. La medicina no iba a devolverla a un estado de normalidad, sino que la ayudaría cuando estuviese bien. Así que mientras Evans fue a buscarla, Ayax se encargó de estabilizarla. Le realizó una maniobra para que volviese a respirar, re-abriéndole mágicamente las vías respiratorias. Además, realizó varios hechizos: uno para tranquilizar sus nervios y otros para que su cuerpo se relajase o iba a terminar siendo su peor enemigo en un intento de volver en sí misma.

Cuando se estabilizó y llegó Evans, le señaló a la tipa para que le administrase la medicina, mientras él se ponía en pie y se estiraba la camiseta. Después se pasó una de sus manos por el pelo, para re-peinárselo hacia atrás.

—Somos los peores torturadores de la historia, ¿lo sabes, verdad? Yo que no puedo aceptar una muerte natural y tú eres un pusilánime. La primera ley de un torturador es no evidenciar que no quieres matarlos, ¿sabes? Y mucho menos defenderlos cuando uno intenta infundir miedo. —Le criticó frente a todos, en relación a cómo se había metido en medio de Ayax cuando se dirigía hacia Mel. En el fondo lo agradecía, pero de cara hacia afuera no había sido más que un gesto desleal e inseguro. —Además el...

—Chicos.

Desde la escalera sonó una voz que ambos reconocieron. Se giraron hacia allí, viendo a Dos Caras en compañía del padre, quién estaba amordazado y de rodillas en el suelo. Lo dejó allí mientras caminaba hacia ellos.

—Veo que no os entendéis —comentó mientras observaba todo lo que había pasado allí abajo. Miró al tipo que estaba colgado sobre la chimenea, con múltiples cubiertos clavados en él, a lo que soltó una divertida risa. —Verás, mi querido Frank no quiere colaborar. No se cree nada de lo que está pasando aquí abajo, así que me da que vamos a tener que demostrarle que vamos en serio. ¿Evans...? ¿Puedes hacer los honores? —Y miró al chico, ladeando una sonrisa en su lado destrozado.

¿Torturarlo? ¿Matarlo? No le había dicho nada en claro, pero Frank debía de saber que hablaban en serio y se lo había dicho a Evans. Él y nada más que él, acababa de ser el seleccionado por Dos Caras para hacer que aquel hombre tuviese claro que hablaban muy, muy en serio y que en sus manos estaba la supervivencia de su familia.
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Evans Mitchell el Vie Dic 21, 2018 11:54 pm



No me toques.

Devolvió la mirada que le propinaron sin apartarse de su ensimismado interés, falto de disimulo. Había en los ojos de los que hablaban consigo mismos fantasmas que se arremolinaban en la visión nublada, confundida. Aunque lo que resplandecía en ese instante en el color de esos ojos era un tinte desdeñoso de aplastante contundencia. Le transmitían a Evans un mensaje de advertencia del que él no se daba por enterado.

—Bien. No te toco—
aclaró, con la obstinación de un niño pero con una rápida sonrisa ciertamente despectiva—Sólo me pareció que te metías en mi camino.

La humorada era una forma de poner sobre la mesa la verdadera cuestión: se había percatado de algo que no tenía aparente explicación, todos allí lo habían hecho. No se corrió de lugar, sin embargo, hasta que abrió los ojos, atacado por la impresión de un evento inesperado, Lucy convulsionando en el suelo. Decidió actuar como lo creyó más conveniente: no le convenció de buenas a primeras dejar a Edevane allí, solo con los rehenes, pero no confiaba en nadie más que sí mismo para hallar la medicación a la que había aludido Mel, más considerando que se trataba de un asunto de vida o muerte. ¿Y si Edevane se negaba a hacerlo él mismo o se demoraba a propósito? No, sólo podía confiar en sí mismo en esa situación.

Lo tranquilizó ver que Edevane se acuclillaba junto al cuerpo tembloroso y utilizaba hechizos adecuados a la circunstancia. Como mínimo, no hechizos asesinos. Lo dejó entonces, apurándose a llegar al piso de arriba. No fue consciente, o prefirió hacer caso omiso, a la presencia de Dos Caras al final del pasillo. Evans pateó una puerta y derribó cajones, mientras que Mel gritaba sus indicaciones desde el piso inferior.

Pensó—más bien, hubo de dejar de lado momentáneamente sus pensamientos si no quería demorarse—, o lo propio sería decir que asumió a un nivel inconsciente que podría luego resolver el conflicto que se estaba dando entre el objetivo que se habían propuesto para esa noche y lo acontecido, que a todas luces distaba de ser lo convencional en esos casos, o mejor dicho, condecir con los sádicos gustos de Dos Caras.

No supo lo equivocado que estaba al respecto de Dos Caras.

Ya de regreso, Evans observó cómo lentamente Lucy volvía a recuperar el ritmo normal de la respiración. Se dejó caer de culo sobre la alfombra con un suspiro y se peinó el flequillo hacia atrás con un rastro de consternación en el gesto, mientras que Edevane se desenvolvía tan fresco y ligero como una pluma. Lo que dijo le llamó la atención. Pero descargado el shock de adrenalina Evans se sintió invadido por una venenosa ola de bilis reconcentrada, por lo que sólo podía responder de malas. En ocasiones, no era muy bueno para mantenerse relajado y soltaba la tensión de la forma más fácil y cascarrabias que existía, echándole el estallido de bronca a alguien, el que estuviera más a mano, tuviera algo que ver o no con el asunto que lo tenía malhumorado. No era nada personal. En ese caso, que le soltaran “pusilánime” sí que lo hacía, personal. Todo servía como excusa.

—¡Tú cállate!—estalló, poniéndose en pie en el segundo que lo oyó al otro insultarlo como si nada, como si “Oi, mira tú, me he encontrado un pusilánime, es tan común que me aburre, como el arroz en el risotto”—. ¿Qué sabes tú?—espetó, yendo contra Edevane y encarándolo de frente. Evans tenía la manía de ponerse a la altura de tu cara para escupirte mejor—, ¿primera ley? No me hables de mierdas. ¿Quieres saber cuál es mi primera ley? ¡No te pongas a gritar como un loco cosas sin puto sentido!

¿Y de verdad tenía que explicarle que el que se había expresado a voces en su deseo de no matarlos era el mismo Edevane? Ver u oír cosas que no estaban ahí no era bien visto incluso en el mundo de los magos. Que lo negara cuanto quisiera, pero algo raro había sucedido allí y que no le fuera a pasar la culpa a él por no tener los clavos bien puestos, joder. El tupé que tenía que tener para irle con el cuento del código de los buenos torturadores. Que hablara por él, si quería, pero a Evans que lo dejara en paz. En medio del calor no se dio cuenta que Dos Caras apareció en las escaleras, hasta que cazando la mueca deforma de su rostro por el rabillo del ojo, se apartó de Edevane, molesto.

Había hecho caso omiso a la suposición de Edevane de que había querido defender a la chica. Lo cierto es que había sido un acto impulsivo, interceptarle el paso. No tocó el asunto porque un gesto así era ridículo dadas las circunstancias. Lo había interceptado porque lo había visto ‘raro’, eso era todo. No había nada que pudiera hacerse por la familia. Irían al Área-M. Era como decir que estaban muertos. La mención de ese lugar le daba escalofríos. Sabía que había quienes preferirían morir antes que entrar allí y él creía contarse entre ellos. A menudo pensaba en rostros que conocía bien encerrados allí. Había tenido pesadillas sobre ello. Se dio cuenta de que no entendía la insistencia de Edevane con llevarlos al Área-M. A no ser que fuera un carnicero. A esos no les importaba matar a la gente, ¿entonces qué diferenciaba a Edevane del resto? Era un tipo raro, eso seguro.

Chicos.

Los dos se habían girado en dirección a la voz apaciguada que les hablaba. Entonces, Evans pensó, que allí llegaban las consecuencias, encarnadas en la personalidad oscura y altiva de una mente retorcida que era exquisita al hablar. Dos Caras observó la escena sin sobresaltos, sólo una silenciosa mirada. A sus pies, el padre de familia tenía el aspecto de la desgracia. Cuando Evans oyó su nombre supo que el mortífago le estaría atribuyendo a él la responsabilidad de lo ocurrido, y que si quería salir limpio de aquel asunto tendría que actuar. Le temía a las consecuencias de lo que sucedería si no. Edevane tendría razón con que era cobarde, pero sí que sabía hacerse responsable por sus decisiones. Porque sólo así salías adelante. Y él no quería estar en el lugar de esa familia o ir a Azkaban. En el fondo, se daba cuenta, a Dos Caras no le importaba la vida de esa familia.

—¡Crucio!

Invocó el hechizo y esta vez, Mel, sufrió el dolor en su piel, sus huesos. No se lo había esperado. Al apuntar hacia ella su varita lo había mirado con los ojos bien abiertos, incrédulos. Pero Lucy había sufrido un ataque y casi inconscientemente Evans eligió al miembro de la familia más fuerte físicamente para resistir el impacto. Tuvo dificultades con efectuar el hechizo esta vez. Dos Caras chasqueó la lengua y Evans tuvo que parar, acobardado e incómodo. No era la primera vez que se hallaba en esa situación y con el mortífago como espectador. Eso no era bueno, nada bueno.

—De nuevo—suspiró el mortífago—Mala reputación le das a la buena educación que imparten hoy día en Hogwarts. Estoy decepcionado. ¿Qué será?, ¿pánico escénico? Eres demasiado blando…—Dos Caras se adelantó y levantó su varita con un movimiento sutil, calculado. El chillido dobló su carga de dolor—Sentirlo, Evans. Tienes que sentirlo un poco más. ¿No hablamos de esto? Y sabes lo mucho que me molesta—momentáneamente, sólo momentáneamente, Evans apartó la mirada, parpadeando. El hechizo de Dos Caras parecía remarcar su decepción, su templado disgusto a medida que hablaba—…  tener que repetirme.

Se sabía que el crucio era el maleficio favorito de El Señor Tenebroso. Lo era por una razón. Impartía verdadero dolor, tanto físico como psicológico, a la víctima, siempre y cuando se tuviera una mano especial para ello, una mano con un verdadero talento en disfrutar del dolor ajeno. No implicaba solamente apuntar y arrojar un hechizo. Evans sentía siempre sus entrañas removerse, como si el hechizo en sí mismo le exigiera al mago un tributo que había que pagar en carne propia. Era magia negra y eso era la magia negra. Jugaba contigo. Siempre había un precio. Por eso los mortífagos utilizaban ese hechizo como iniciación para los aspirantes. Era una forma de probarlos, ya no sólo por una afición morbosa, sino para probar de lo que estaban hechos, si eran capaces, si eran lo que El Señor Tenebroso necesitaba en sus filas. Lo contrario, era signo de debilidad.

—¿Qué?, ¿quieres hablar?—
El mortífago volvió a agitar la varita y el padre, Frank, fue liberado del conjuro silencioso. Sus sollozos se sintieron destrozados. Le pidió que parara. Le dijo que liberara a su familia. Suplicó—Nuestro Lord es extremadamente generoso—empezó a decir Dos Caras, con una voz casi empalagosa—Pero no hay misericordia con la escoria. Tú lo sabes. Puedo, sin embargo… Darle… a uno de ellos, una ventaja. No puedo liberarlos, por supuesto. Me entiendes bien, Frank. Sólo quiero recuperar algo que tú robaste durante tu servicio como inefable. Lo que les está sucediendo a ti y tu familia es algo que se merecen, algo que tú provocaste. Y lo que quiero lo tomaré a cualquier costo. Sin importar el tiempo que me lleve. Ya verás. Eres tan cruel, Frank. ¿De qué te sirve la lealtad hacia los traidores?, ¿dónde está la lealtad por los tuyos? ¿Ves? El Lord es diferente,  es agradecido con los que le son leales. No eres mejor hombre que él o ninguno de nosotros con tu honra y tu sentido del deber, dejando sufrir a tu familia, cuando la mejor misericordia que podrías tener con ellos es concederles la muerte. La muerte o Azkaban. Tú decides. Pero, como dije… Podríamos liberar a… ¿qué tal la chica? Evans, tú te muestras tan caballeroso con ella, ¿estás de acuerdo? Supongo que no puedo culparte. Tiene un lindo rostro. Demasiado lindo—sentenció, antes de arrojarle un conjuro en un arrebato no previsto. Mel gritó y se llevó las manos a la cara. Había sido desfigurado, y por magia negra, para toda la vida—Sí, así está mejor—hizo saber, en medio de las exclamaciones y los sollozos. Evans contuvo el corazón en la boca por un momento. Frank se expresó vehementemente, derrotado, pidiendo la palabra para confesar.

Dos Caras, sin embargo, no le hizo caso.

—Edevane—llamó, y por un momento Evans pensó, habiendo visto que tenía habilidad para la sanación, que lo llamaba para que atendiera la herida en el rostro de Mel. Tonto de él—. A ver si tú eres menos penoso. Me veo obligado a retrasar nuestra agenda, porque si hay algo que no puedo tolerar… Ven, Edevane. Recuérdale a Evans cómo es un crucio... cómo se siente. Hazme el favor, ¿quieres? Evans apreciará la lección.



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Ayax Edevane el Dom Dic 23, 2018 9:53 pm

Sólo imaginaros las caras de los tres chicos que estaban ahí, mientras Ayax y Evans discutían como dos niños de tres años que buscan defender de quién es la pelota con la que juegan. Y es que claro, los dos se tomaban aquello muy en serio y, por lo que se ve, a ninguno le parecía una buena idea estar compartiendo ese momento con el otro y es que, al menos el pelirrojo, se creía totalmente capacitado para hacer todo lo que estaba haciendo con muchísima más eficiencia él solo. Pero bueno, Dos Caras había creído conveniente unirlos, quizás para poner a prueba su paciencia o algo por el estilo, porque otro motivo no encontraba.

Por suerte para Ayax, el líder de aquella operación bajo las escaleras junto a Frank, dispuesto a terminar con aquello de la manera más eficiente, a la antigua usanza, buscando en la mirada de Frank el auténtico terror mientras le demostraba a su pupilo como se hacían las cosas. El pelirrojo, de hecho, se quedó un paso por atrás, observando la escena con diversión, sintiendo incluso como su más profunda y cercana compañera, Olivia, también saboreaba la ridiculez de Evans frente a Dos Caras, un maestro que parecía quedarle muy grande. Su maldición cruciatus fue débil, cargada de poca determinación, como si en realidad no quisiera hacer nada de lo que estaba haciendo. Y era comprensible, había gente que no tenía estómago para sentir el dolor ajeno y realmente desearle el mal al resto de seres humanos. Y no había nada de malo en eso: se llamaba humanidad. Sin ella, no serían humanos.  

Sin embargo, ser Mortífago era mucho más que eso y personas así de pusilánimes no estaban capacitadas para este tipo de tareas. Pero Ayax dejó de centrarse en el chico, sino en lo que Dos Caras le decía a Frank. Le encantaba cuando los Mortífagos fingían ser los buenos de las películas, pues, lejos de serlo, sólo tenían el poder suficiente como para ponerlo todo a su favor. Pero toda persona que se precia como aspirante o como mortífago, era bien consciente de que tener la marca tenebrosa te convertía automáticamente en una mala persona, pues para conseguirla habrás tenido que hacer cosas horribles.

Que uno podía defender el hecho de que matar a una persona estaba bien, pero moralmente matar a una persona jamás estará bien. Eso se queda impregnado en tu mente, en tu consciencia y había veces que eso sumían a las personas en una depresión horrible. Arrebatar un vida no era algo fácil.

Cuando Dos Caras desfiguró el rostro de aquella joven muchacha, Ayax ladeó una sonrisa divertida. No sentía placer con tremendo acto, pero le pareció divertido como, de hecho, sus ansias de poder le habían hecho demostrarlo con un gesto indoloro pero igualmente cruel. Era superficial basar tu vida en la belleza, pero aquella mujer aunque sobreviviese tendría los días contados.

Así que cuando le llamó personalmente por su apellido, dio un paso al frente con seguridad. No pudo evitar bufar ante la petición de Dos Caras.

—Vaya, ¿pero quiere que se lo haga a Evans para que así sepa lo que uno debe sentir? —Ladeó una sonrisa, mirando a Mitchell con una mirada de lo más suspicaz y pícara.

—¡Já! —Rió Dos Caras.

Estaba claro que no se refería a Evans, por lo que Ayax se acercó a donde estaba él, posicionándose a su lado. Apuntó con su varita a la deforme, mientras todos estaban en silencio. No hizo ningún hechizo todavía, sino que se posicionó detrás de Evans, susurrándole en el oído.

—Tu problema es que en realidad no quieres hacerle daño —le dijo. —Y nadie te va a juzgar, ¿por qué ibas a querer hacerle daño a una persona que ni conoces, ni te ha hecho nada? Hacer daño por hacer daño es de mala persona, ¿eres una mala persona? —Le cuestionó, divertido, sabiendo que esas preguntas le pondrían nervioso por no saber qué responder frente al discurso de Ayax. —El problema es que si aspiras a tener la marca tenebrosa, debes de tener claras tus prioridades. Quién tiene la marca tenebrosa no es una buena persona, ¿verdad, Dos Caras? —Hizo una pausa. —Así que si no tienes la perversa necesidad de hacer daño por placer, como yo, sólo necesitas buscarte un motivo. Un motivo para castigar a tus enemigos. Bien la diversión, bien porque es una traidora, bien porque es tu enemiga por ideal, o bien porque, sencillamente, necesitas castigarla para un fin mayor. No veas todo esto como la necesidad de tener que pasártelo bien, ¿tú crees que me lo estoy pasando bien? —Por favor, el hecho de tener que soportar a Olivia le daba mucha pereza y no lo pasaba bien en su compañía, aunque pareciese lo contrario.

—¡Oye!

—Bueno, he de admitir que si me lo estoy pasando bien. Que Dos Caras me haga darte una lección me hace sentir pletórico. —Se llevó la mano al pecho, fingiendo sentirse completo. —Sólo tienes que pensar que la muerte de estas personas, aunque vayan de tu mano, tienen un propósito mayor. Tienes que buscar en lo más profundo de ti el verdadero motivo de que estés aquí hoy, sacar a relucir tus verdaderas intenciones con respecto al purismo, al nuevo gobierno y a todo lo que por fin, con trabajo y esfuerzo, hemos conseguido y estamos apoyando para que dure durante generaciones. Tienes que buscar en lo más profundo de tus entrañas el por qué de tu odio, el por qué de tus aspiraciones y visualizarte sin titubeos. No es cuestión de que aceptes quien eres, es cuestión de que tengas claro quién quieres ser. La duda te va a hacer débil siempre, mi pusilánime compañero, así que es hora de que tengas las cosas claras o te vas a destapar.

Y, alejándose de él un paso, apuntó a Mel y conjuró una maldición cruciatus no verbal. No hacía falta verbalizarla, pues los gritos que salieron de su boca, desgarrando su garganta, fueron más que suficiente para hacer ver que a diferencia de Mitchell, Ayax ya llevaba años siendo bien consciente de quién era y lo que quería. Aunque tampoco podías comparar, pues Ayax ya tenía veintitrés años, con una carrera terminada, mientras que Evans todavía era un pollito inexperto recién salido del horno de los Lestrange.

Frank, que se sentía desolado por lo que le estaba pasando a su familia por su silencio, gritó junto a Mel, pidiendo que parase, que hablaría. Ayax, antes de hacer nada ni de hacer caso a las palabras vacías de un rehén, miró a Dos Caras quien, con su ojo más deforme, le dio a entender que parase.
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Evans Mitchell el Jue Ene 03, 2019 12:02 am




La mirada inquieta de Evans no se hizo esperar. Maldito. A Dos Caras le había hecho gracia el comentario, pero a él puta gracia le hacía, mira.

—Jodete—soltó en caliente, por lo bajo pero en una voz perfectamente audible.

Desvió la mirada tan pronto se lo escupió, con una mueca despectiva, y sus ojos fueron a chocar en vez con los de Mel, que los miraba a ambos desde el suelo. Volvía a tener aquel brillo de dureza con que les hablara en un principio, determinada a querer creer en toda la palabrería que les había soltado.

Resopló cuando Ayax se le colocó a un lado, y apretó los labios. No se atrevía a mirar a Dos Caras, ni oponerse a sus órdenes, pero desde ya, tampoco se molestó en mostrarse halagado. Estaba esperando que el colorado hiciera algo, pero se llevó un disgusto inesperado.

Vamos, ¿qué carajo…?  

Arrugando el ceño, apartó la cabeza y se ladeó con el rostro vuelto hacia Ayax tan pronto como lo oyó susurrar en su oído. No se movió del sitio y oyó palabra por palabra, pero a ver, las distancias, había que marcar distancias. Sacudió los hombros en un gesto, molesto, casi como si quisiera sacudirse de encima el escalofrió.

—¿Estás bromeando? Justo ahora. ¿Tú estás solo bromeando? ¿Mala persona?, ¿en serio?—dejó caer entre ellos, en un atropello. Es que era para no creer. Cómo le gustaba ser el favorito. Los humos se le habían subido a la cabeza, sólo porque el mortífago allí presente había dicho su nombre. Por poco que no se hacía pipí de la emoción. Esos puristas mimados eran un caso perdido.

Lo peor, era que Dos Caras veía muy natural toda esa escena y no parecía tener ningún problema en seguirle el juego. Evans intentó no prestarle atención. No era difícil si seguía palabra por palabra lo que el colorado le estaba diciendo. A pesar del evidente tono de superioridad teñido de socarronería, no le estaba soltando ninguna mentira.

Un motivo.    

Lo había perdido cuando lo traicionaron. Había entrado a los mortífagos sólo por proteger a alguien que no quería cambiar de parecer sobre sus grandes aunque erróneas aspiraciones. Al final, esa persona, se desvinculó del problema por medio de sus propias influencias, pero abandonó a Evans. Desapareció del mapa. Lo dejó solo.

La carga que ahora pesaba sobre sus hombros era muy pesada sin ningún motivo para seguir con esa mentira de su supuesto apego a la causa. Todo sobre los mortífagos le daba asco. Pero ahora, necesitaba otro motivo para sobrevivir entre ellos. El hacerlo por sí mismo, el propio beneficio, tenía que ser suficiente.  

—Tienes pinta de que sí—
atacó, con una falsa media sonrisa. De pronto, el colorado parecía estar de un humor increíble. Debía sentarle muy bien la idea ‘enseñarle’ una lección. Lo suyo se había vuelto personal, eh.

Se lo dejó muy claro él solito cuando se lo escupió en plana cara: se sentía pletórico, decía. Evans le devolvió una expresión poco amigable, dejadas las sonrisas de lado. Aunque lo escuchó con un oído atento, pensando hacia adentro que tenía un discurso sorprendentemente coherente. Debía de creérsela mucho, por cierto. Era como si amara el sonido de su propia voz. Esa gente era insoportable.

Sintió una chispa de ira cuando lo llamó ‘pusilánime’, pero hacía tanto tiempo que le venía dedicando una mirada escéptica, que ni siquiera se molestó en cambiar de actitud, especialmente porque no valía la pena, no frente a Dos Caras. Una parte de sí tenía curiosidad por ver qué hacía al final. Así que cuando Edevane se adelantó lo siguió silenciosamente con la mirada.

Fue una pena.

Se lo había dicho. Si miraba a los ojos de su torturador, se iba a llevar más que una decepción. Mel chilló de dolor. Una parte de sí agradeció cuando los gritos pararon. Edevane había cumplido con las expectativas de Dos Caras y para cuando bajó la varita, el padre comenzó a hablar.


***


En algún lugar de la misma localidad, pero hacia dentro del pueblo, una familia de refugiados tenía un caluroso debate, sobre lo que estaba bien y lo que estaba mal. El patronus de Lucy había trasmitido su mensaje, pero éste había despertado entre los habitantes del hogar el temor y las ganas de huir. Sólo uno de ellos insistía en que la familia Carrington iría en su ayuda si fueran ellos los que estuvieran en problemas.

—¡Hela! Esto no es fácil para ninguno de nosotros. Si los han atrapado, nosotros podemos ser los siguientes. Arya, Maggie, ¡tomen sus cosas!, ¡váyanse, AHORA!

—¡Necesitan nuestra ayuda, Ernest!—La voz rasgada y sentimental de la mujer, ya entrada en años, rompió los corazones de los que se apretaban en el salón con las caras blancas y los ojos temerosos—. ¡Ellos nos necesitan!

¿Llegaría la ayuda?


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Ayax Edevane el Dom Ene 06, 2019 4:00 am

Paró de hacer que aquella maldición Cruciatus estuviese destrozando a la chica por dentro. Y paró porque Dos Caras se lo ordenó frente a la petición del padre y su promesa de que hablaría. Ayax entonces retrocedió dos pasos, manteniéndose atentos a los retenidos y no al padre, ni siquiera a la información, pues en realidad no le interesaba. De hecho, puestos a interesarse en algo, se interesó en Mitchell, quién continuaba quieto en mitad de la nada. Era más joven que él, ergo indudablemente tendría más inseguridades e indecisiones. Y era normal: ser aspirante a mortifago necesitaba muchísima seriedad y predisposición, ¿os imagináis a Ayax con diecisiete años, recién salido del cascarón de Hogwarts, siendo aspirante? Por favor... no hubiera sido capaz de torturar a gente mientras en sus prácticas hace lo imposible por salvarlos. De hecho, Ayax había comenzado a ser aspirante cuando tuvo bien clara sus ambiciones y cuando sintió que ya era un hombre, pero a Mitchell le faltaba decisión.

Y ojo, no le daba la sensación de que fuese un traidor, ni de lejos. Es más, el pelirrojo lo veía y creía que por mucho que su actitud fuese francamente desagradable y molesta, tenía intenciones de hacer que Dos Caras se viese complacido por sus aptitudes. Lo que veía era... incapacidad. Y era normal: no todo el mundo era un guerrero. No nacían para ello. Había quién podía convertirse, como en el caso de Ayax que, ni de lejos, tampoco lo era, pero la suerte del pelirrojo es que lejos de esa débil apariencia, tenía un monstruito que le había hecho ir por el camino de la maldad, haciendo que ese tipo de cosas fuesen más fáciles para él. La verdad es que Ayax tenía una conducta social más bien baja y poco empática, por lo que tampoco le resultaba difícil. Era curioso, teniendo en cuenta que era médico, pero no había estudiado eso precisamente por su empatía y bondad, sino todo lo contrario.

—¿Y ha merecido la pena hacer sufrir a tu familia por retener esa información? —Le preguntó al padre. —Claro que no, Frank. Qué necio has sido, qué necio has sido siempre.

Dos Caras se levantó, mirando a los dos muchachos.

—Me llevo a éste, pero el resto son vuestros, como os prometí. Repartíos el premio como consideréis. —Y es que teniendo en cuenta cuántos eran, sería una considerable suma de dinero si decidían no matarlos y presentarlos ante el Ministerio de Magia.

Dos Caras no tardó en desaparecerse junto con Frank, no tenía intención de encargarse de ningún otro rehén y uno ya no sabía si había llevado a Ayax y Evans realmente porque los necesitaba o porque en realidad sólo quería utilizarlos para recoger la basura y no tener que encargarse de rehenes molestos. Pero bueno, no se lo iba a criticar, a Ayax le venía bien no solo el entrenamiento y la experiencia, sino que vieran que podía ser un becario útil y activo, sobre todo llevando a gente al Área-M.

Una vez Dos Caras se fue, Ayax se giró hacia Evans.

—¿Cómo quieres hacerlo? Bueno, te ofrezco un trato —le dijo, con intenciones de quedar de buen grado con el muchacho. Él no tenía culpa ninguna de ser un inútil. —Vamos los dos con ellos al Ministerio, los entregamos y te quedas todo el dinero. Por suerte para ti, no me hace falta el dinero, vengo de una familia muy adinerada. Solo tendrás que declarar que quieres que todos, si son aptos, se les libere de la pena de muerte para que terminen en el Área-M como sujetos útiles en pos de la ciencia. —Esbozó una amplia sonrisa. —Siempre que hay declaraciones a favor, hay más posibilidades de que aunque no sean sangre sucias, terminen allí.

Con la varita en la mano y ejecutando unas suaves florituras, Ayax bajó de la pared al tipo que había pinchado con tenedores. El pobre se había mantenido quieto, sin hablar, sin apenas respirar, solo para no notar como su cuerpo se quejaba ante el mínimo roce con aquellos cubiertos de mesa.

Sin embargo, mientras Ayax le quitaba aquello y lo dejaba sobre la alfombra, varias de las ventanas de donde se encontraba se rompieron debido a hechizos explosivos y por ellas comenzaron a entrar un denso humo que comenzó a hacer que fuese imposible ver a más de un metro de ti.

Mitchellsusurró Ayax. Nos atacan. Vayámonos.

Ese no era Dos Caras poniéndolos a prueba. Ese señor era demasiado perverso como para usar simple humo para asustarles. De hecho, frente a la poca información que tenía, la idea más precavida y sin duda inteligente era, dicho bien claro, salir por patas. Sin embargo, frente a la clara evidencia de intentar aparecerse, no pudieron. Así que cuando se dio cuenta de que estaban en mitad de ningún sitio, probablemente siendo rodeado a saber por cuántas personas capacitadas en duelo, se asustó un poco.

Corre a las escaleras, vamos al piso de arriba le ‘ordenó’ a Evans, aunque en realidad sólo había sido una recomendación y un aviso de lo que iba a hacer Ayax. Era probablemente ahora mismo el lugar más seguro y, sobre todo, alejado de un humo que los dejaba en clara desventaja.

Sin embargo, nada más subir las escaleras, en la parte alta, una chica interceptó a Ayax de manera física. Intentó golpearle el mentón, pero el pelirrojo consiguió esquivárselo a tiempo, haciendo un movimiento que por casi lo tira escaleras abajo de espalda. Pero la tipa lo sujetó, para empujarle hacia atrás en el pasillo. Le siguió una patada giratoria, la cual le golpeó en la cara y lo hizo caer al suelo, desorientado. ¿De verdad una canija le estaba pegando tremenda paliza?

—¡Tengo a uno! —gritó la mujer, que pese a ser más delgada y bajita que él, tenía voz de adulta.

Pero vamos, Ayax no  tenía intención de que nadie le tuviera en aquel momento, así que aprovechándose de que no había soltado la varita en ningún momento, la empujó hacia atrás, haciéndola volar por el pasillo hacia una habitación.
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Evans Mitchell el Jue Ene 10, 2019 2:40 am


Puede que alejarse de la chimenea sin tener la sala despejada fuera la mejor opción. Pensó que Ayax querría escapar por las ventanas de arriba o utilizar la posición como una ventaja. En cualquier caso, no había querido separarse de él porque dos varitas cubrían mejor que una sola.

No ver nada lo ponía más nervioso que lo vieran a él.

Había despejado parcialmente la neblina con un ventus, pero entonces fue cuando lo interceptó el zumbido de un maleficio. Pudo ver de reojo que utilizaban la chimenea para llevarse a la familia al tiempo que uno de ellos mantenía la posición, obligándolo a él a retroceder.

Lo hubiera matado con ese hechizo de no ser porque lo esquivó a tiempo. Se giró y atacó de vuelta, y casi podía verse a sí mismo desde un tercer plano tironeado por su contrincante en el ir y venir de un duelo sin cuartel al mismo tiempo que retrocedía sobre una escalera con la barandilla destrozada.

El grito de una mujer hizo que la piel se le erizara, pero no había manera de voltearse. Era lanzar, o que te lanzaran. Era esquivar, o no tener la posibilidad de un segundo error. Así que sólo alcanzó a gritar casi con rabia.

—¡Ayax!

Sólo porque ningún maleficio lo había alcanzado por la espalda, imaginó que no lo habían atrapado después de todo y pudo sobreponerse al pánico. Los cuerpos de la familia Carrington habían sido desalojados.

En esos instantes, Evans pensó que hubiera sido inconveniente tropezar con el cuerpo de Mel, tendido hacia un lado con el pelo cubriéndole la cara y las piernas rotas y dobladas sobre la alfombra.

Hubiera sido un contratiempo, de los que te hacían distraerte y perder un duelo.

En Hogwarts, Evans había pertenecido al Club de Duelo, haciendo trampas cuando el profesor no miraba. Solía retarse con sus amigos también, y en sus labios siempre había aflorado una sonrisa cuando los obligaba a reconocer que era bueno.

Lo hizo como aquella vez que había dejado en ridículo a un grandote de Slytherin. Le tenía tirria desde primer año porque nunca dejaba de meterse con su madre squib.

Le llevaba dos años, pero para cuando acabó con él, frente a la mirada de sus amigotes, la diferencia de edad, de tamaño, de encantamientos aprendidos, no importó.

Evans se había sentido pletórico, mejor que nunca.

No olvidaría esa satisfacción. El duelo había terminado casi apenas empezar. Atacó de vuelta, avanzó adueñándose del espacio, tres toques, y por último, el remate.

Su atacante gimió dolorosamente, se llevó la mano a la cara que se le había puesto roja, y se agitó violentamente antes de caer al piso, como si explotara por dentro.

No tuvo mucho tiempo de pensar en ello ni de por qué lo había hecho.

Otro hechizo buscó alcanzarlo, pero no fue lo que se esperaba. Mierda. Los peldaños empezaron a derrumbarse a una velocidad de vértigo.

Levantó un aura a su alrededor a modo de barricada entre que se apuraba por las escaleras mientras que toda la estructura cedía al colapso.

Alcanzó a ver a Ayax y se anunció con una exclamación antes de aferrarlo por el hombro y arrastrarlo consigo a una de las habitaciones.

Detrás de sí la escalera se derrumbó.

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Ayax Edevane el Vie Ene 11, 2019 2:52 am

Tras hacer que aquella chica saliese volando por el pasillo, Ayax se levantó rápidamente y de un salto mágico recorrió aquel pasillo a la misma velocidad, evitando que le diese tiempo de levantarse. Cayó sobre ella mientras se estaba recomponiendo, haciendo que su cabeza volviese a chocar contra el suelo. Con la mano izquierda sujetaba su varita, pero con la derecha cerró el puño y golpeó el rostro de la enemiga. Una vez, otra vez y otra vez, con fuerza. Sintió el dolor de sus nudillos tras golpear y seguir golpeando, viendo salir la sangre del rostro ajeno. Y en esos momentos era cuando Ayax llegaba a un punto en el que le invadía la necesidad de seguir con aquello, sencillamente porque se sentía genial.

—Sigue, mátala...

Olivia, le susurraba. Y es que ahora mismo podía hacerlo, sin pesar alguno y sin remordimientos. Simplemente golpeando, por venganza y rencor. Y cabe añadir que lo más probable es que lo hubiese conseguido, sino fuese porque uno de sus compañeros apareció detrás de Ayax, lo sujetó por los hombros y tiró de él hacia atrás. Cayó al suelo de espaldas y él se intentó poner encima de él, golpeándole varias veces. Pero no perdió el tiempo: apuntó a su enemigo y las sombras del lugar volaron hacia él acogiendo una forma larga, como si fueran finos dedos de un demonio que te atrapa, sujetando las extremidades del tipo para inmovilizarlo y apartarlo de él. Una última sombra voló hacia su cuello y comenzó a aprisionarlo, cada vez más fuerte y más fuerte, hasta llegar a asfixiarlo.

Él se moriría sin aire y su amiga un cuarto de lo mismo como no viniesen a salvarla, pues se ahogaría con su propia sangre, ¿de verdad merecía la pena salvar a una familia, perdiendo a personas en el camino? A veces se preguntaba qué valía más la pena, si el honor... o sencillamente la causa. Porque había muchas cosas que no entendía del actuar de los fugitivos. ¿Por qué la vida de los que venían a salvar eran más valiosas de aquellos que habían venido a salvarlos?

Salió de nuevo de aquella habitación, pasándose su mano por la boca al notar su labio fuertemente partido. Cuando llegó cerca de la escalera fue cuando escuchó aquel derrumbamiento. Estaba un poco desorientado por uno de los puñetazos, por lo que lo siguiente que vio fue a Evans arrastrándolo a una de las habitaciones—más concretamente el baño—mientras la escalera terminaba hecha añicos. Cerraron la puerta, quedándose en el interior.

—Tenemos que irnos —
le dijo, apuntándose a la pequeña ventana del baño. —Salimos de la casa y corremos hasta que podamos desaparecernos. No sé cuántos más habrán venido, pero son más que nosotros y estamos en clara desventaja numérica y estratégica.

No sabía cuánto sabía Dos Caras de todo esto, pero había sido muy raro que justo se fuese antes de que todo esto comenzase, cosa que a Ayax le hacía desconfiar. Se miró en el espejo para observarse el golpe en el labio y la mejilla, pero ni se percató en el estado de sus nudillos.

—El rango del encantamiento anti-aparición es esférico, así que corramos hacia donde corramos, es probable que sea la misma distancia para todos lados. No sé si nos perseguirán o nos dejarán ir porque el enemigo se está yendo. Por si acaso, asegúrate de no bajar la guardia por detrás —le recomendó, para acercarse entonces a la ventana y salir él el primero.
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Evans Mitchell el Lun Ene 14, 2019 12:15 am





—¡Eso no tienes ni qué repetírmelo!—exclamó Evans, espetándole que no hacía falta recordarle que allí no había nada que hacer, que lo mejor era largarse.

Se volteó con la varita en alto, sellando la entrada al… Se había golpeado la pierna contra el retrete. Así que estaban en el baño. Él prevenía una posible entrada sorpresa, mientras que Ayax… se miraba al espejo.

Lo habían maniatado.

Así y todo, al lado de él, Evans era un desastre de nervios alterados, el pecho agitado, el corazón bombeándole, sudando frío. Ayax, como si nada. Y lo agradeció internamente, porque mencionaba en voz alta ideas que se le escapaban en el momento.

Estaban encerrados en un perímetro, tenían que escapar a riesgo de ser perseguidos por un hechizo volador, o incluso sorprendidos en el camino. Ok, ok, lo tenía. Ya se le había ocurrido qué hacer.

—¡Lo tengo! ¡Pero…


¡Pero vámonos de aquí!, hubiera gritado, pero entonces la puerta estalló. Sólo por los encantamientos protectores fue que no se destrozó en astillas. No resistiría mucho más, dudaba que una segunda vez.

Evans siguió a Ayax saltando por la ventana, sin importarle si se lo llevaba por delante, porque vaya que no tenía ganas de quedarse a comprobar cuánto resistirían sus defensas, pero detrás de él su varita soltó un bombarda máxima.

Rápido para ocultarse, casi acostumbrado a que lo persiguieran y huir, se aplicó a sí mismo un encantamiento desilusionador y echó a correr en medio de la noche. No era lo mismo que ser invisible, pero confundiría a quien quisiera apuntarle, haciendo difícil que…

—¡Qué carajo!

Se detuvo en el acto, y por poco no acaba pulverizado. De no ser porque un hechizo se le adelantó zumbando y chocó contra un muro levantado por magia protectora, no se habría dado cuenta que habían marcado el terreno con un repello inimicum. Sólo que en vez de mantenerlos afuera, los mantenían adentro.

Se volteó con la varita a punto del ataque, pero lo supo antes de siquiera de reflexionar al respecto. Entre los atacantes había un auror. Él no era rival para un auror.


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Ayax Edevane el Lun Ene 14, 2019 10:06 pm

Quizás el pelirrojo no era un duelista excepcional, pero se le daba bien usar la varita y, sobre todo, su mala idea con respecto a la estrategia. Podía no ser el más rápido usándola, ni el más poderoso, pero sabía cómo aprovecharse de sus propios puntos débiles y usarlos a su favor y, sobre todo, cómo realzar lo que realmente se le daba bien.

Es por eso que cuando salieron al exterior y comenzaron a correr hasta llegar a una barrera protectora que les impedía seguir, supo algo: tenían que enfrentarse a ellos y conseguir derrotar al que había creado aquella barrera. Eso o destruirla, pero era suicidarse el intentar romperla mientras le daban la espalda a sus enemigos.

Se encontraban en mitad de una carretera normal. La típica carretera en donde no pasan coches porque se trata de un pueblo residencial. Habían algunos coches aparcados a ambos lados de la carretera y poco más. La gran mayoría de las casas se mantenían con las luces apagadas debido a la hora que era y que, en realidad, todavía no había habido muchos ruidos. Dos Caras se había asegurado de insonorizar la casa para que los gritos y cualquier tipo de inconveniente no alertase a las autoridades muggles.

Así que ahora mismo el pelirrojo y Evans se encontraban en una tesitura: tenían que luchar. Tuvo ganas de cagarse en su maldita suerte, pero no lo hizo, sino que se mantuvo sereno, con la varita en alto.

—¿Te ves con el suficiente poder como para romper la barrera? —Le preguntó, sin mirarlo, pues no apartó la mirada de las tres personas que tenía en frente. Un adulto y dos un poco más jóvenes que no tenía ni idea de dónde habían salido. —Si te ves capaz, quizás deberías dedicarte a eso mientras yo intento distraerlos y defenderte. Es eso o tener fe en que seamos capaz de dejarlos fuera de combate. Y no tengo mucha fe en nosotros —dijo, sinceramente.

Pero no les dio tiempo a urdir un plan, pues les atacaron directamente. Era vital que ningún hechizo los empujase hacia atrás o terminarían hechos polvos—literalmente—, por lo que Ayax intentó cubrirse detrás de uno de los coches. Con la varita en alto, no dudó en atacar. Y no escatimó en ser rimbombante. Necesitaba crear distracciones que tuviese él bajo control, por lo que con un hechizo fuego creó la primera: un Fiendfyre que voló hacia ellos con forma de dragón. Luego creó, justo en mitad de ambos, una barrera de fuego mágica que impediría que el dragón volviese. El fuego demoníaco quemó los coches, los árboles y todo lo que estaba a su alrededor. Pero uno de ellos era auror, por lo que no dudaría mucho.

—Tengo una idea, encárgate de la barrera. Te cubro. —Le pidió a Evans, para entonces correr hacia donde estaban los enemigos como alma que lleva el diablo.

Se tiró justo al lado de uno de los coches cercanos a ellos, agachándose justo detrás. Se le había ocurrido una idea para mantenerlos ocupados, pero nunca había sido muy bueno con ese tipo de hechizos. Por eso apuntó al aire y una burbuja invisible se creó alrededor de los enemigos estresados peleando con el fuego en forma de violento animal ardiente. Era una burbuja de una realidad virtual, una realidad que iba a crear Ayax. Aprovechó que todavía no se habían deshecho de aquel fuego demoníaco para hacer que en su realidad manipulada aquella cabeza de dragón se viese dividida en muchas más y todo se sumiese en un caos infernal alrededor de ellos. Humo falso que, de manera totalmente placebo, hacían que aquellas personas tosiesen creyendo que sus humos se llenaban de veneno. Aquello sólo tenía como intención mantenerlos ocupados lo máximo posible para que Mitchell intentase romper la barrera y poder huir. Ayax era bien consciente de que alguien experimentado como ese auror se daría cuenta rápido de que aquello no era real.
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Evans Mitchell el Lun Ene 21, 2019 6:33 pm



Puede que lo más razonable hubiera sido escupirle un insulto a la cara, por puro nervio, ¿sabes? Porque eso de decir que no tenía fe…, venga, que bastaba con aclarar cómo quería que procedieran, no darlos por muertos. Pero Evans soltó una carcajada, rápida y nerviosa. No era el momento para sonreírse, pero es que, en serio. Qué mierda de noche, venga.

—¡No puedo dejarte batirte solo con todos ellos!—exclamó, en un estallido de lógica.

Dicho aquello, tuvieron que protegerse de los ataques. Su perspectiva sobre el asunto cambió cuando entendió que Ayax contaba con servir como distracción, y se aferró a la idea de que, de alguna forma, los pararía. Había conseguido que los ataques se concentraran en él, y hasta había interceptado su sentido de la realidad.

Evans cumplió con su parte y se ensañó en debilitar la barrera, atacando en un solo punto con toda la metralleta de hechizos agresivos en su haber. La barrera se empezó a abrir, destrozándose de adentro hacia afuera cuando lo sintió. Gimió de dolor, apuntalado por detrás por la tirante sensación de un crucio. Eso no se lo había esperado. Quien quiera que fuera, no había dudado como él esa noche. Se derrumbó, retorciéndose.

El auror se había liberado del encantamiento, aunque los otros dos parecían todavía atrapados en él. Se ensañó con Evans, porque había visto lo que había hecho. Y no pensaba dejarlo escapar. La situación degeneró de tal manera, como el fuego estallando entre los escombros de una casa en llamas, que Evans, liberado de la influencia del conjuro, fue capaz de asir su varita y enredarse en una escaramuza.

Se deshicieron de uno, pero quedaron dos. En el enfrentamiento un hechizo perdido, más de uno, terminó por quebrar la barrera. Evans gritó incoherencias, hizo volar un auto, y salieron corriendo y fueron felices por siempre, se defendió bien, pero recibió heridas y el peso de la contienda sobre los hombros hizo que se le desgastara el ánimo para la pelea.

—¡La barrera!—gritó, indicando a voces que había una grieta, y que podían escapar.

De un toque derribó a su contrincante, que cayó al suelo hincando las rodillas y retorciéndose hacia un lado, adolorido. Se apuró a crear una barricada que se interpusiera en el medio, destrozando el suelo y levantando un muro.

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Ayax Edevane el Jue Ene 24, 2019 3:24 am

Míralos qué monos. Hace una hora tirándose de los pelos porque uno no iba a cumplir las órdenes del otro y ahora cooperando como dos buenos compañeros para no morir en las garras de unos desconocidos fugitivos y traidores. Eso, señores, se llama instinto de supervivencia. Incluso míralo, Evans preocupado porque no podía dejar ir solo a Ayax. ¡Quién lo iba a decir, eh! ¡Lo que cambia la vida en una hora de desgracias e infortunios!

Podría decirse que dentro de la nefasta situación en la que se encontraban, no todo salió terriblemente mal. Ayax había conseguido crear una distracción, pero el auror, el más experimentado de todos, se había conseguido librar de ella y había atacado a Evans por la espalda. El pelirrojo se sintió un poco mal por haber fallado a su ‘promesa’ de protección, pero los errores ocurrían, sobre todo en aquel momento tan estresante. Él tuvo que enfrentarse al resto de enemigos, ya que el auror no tardó en hacer lo necesario para hacer que el resto también estuviesen capacitados para pelear. Era cierto que eran menos experimentados, pero en un dos contra uno, Ayax salió herido por varios hechizos y si consiguió que no le ganasen no fue precisamente por su habilidad en duelos y con la varita, sino más bien porque había jugado un poco sucio.

Estaba cansado y ahora, más que nunca, se notaba su falta de entrenamiento: no sólo estaba exhausto físicamente, sino que a nivel mental también estaba cansadísimo, probablemente porque había vivido todo con un estrés horrible y su vida había estado en peligro repentinamente, cuando todo estaba saliendo a pedir de boca. Y pese a que hubiese guardado la compostura, era bien consciente de que ahora mismo sólo tenía ganas de perderla.

En cierta ocasión, en un dos contra dos, Ayax se vio siendo atacado físicamente por uno de ellos. Por suerte para el pelirrojo y desgracia del enemigo, sabía defenderse, por lo que tiró al suelo al tipo, colocándose encima y golpeándolo con rabia. Gracias a que el tercer enemigo estaba ocupado con Evans no reparó en la paliza que Ayax le estaba dando a su compañero. De hecho, Olivia había hecho acto de aparición, pero Ayax la ignoró porque no le estaba diciendo nada nuevo. Lo golpeó, una y otra vez, hasta que sus nudillos le dolieron tanto que cogió una piedra que estaba cerca de él para seguir golpeándolo.

¿Y había dicho ya lo mucho que a Ayax le encantaba hacer eso? Sentía placer. Y para un medimago como él era bien consciente de que sentir eso probablemente fuese fruto de algún tipo de enfermedad mental, ¿pero sabéis qué? Ahora mismo al pelirrojo le daba igual.

Sólo paró cuando escuchó a su compañero hablar de la barrera. Se levantó del enemigo medio moribundo, corriendo hacia donde estaba él. Cuando pasó cierto punto, Evans levantó un muro lo suficientemente fuerte como para mantener al resto al otro lado mientras ellos llegaban a la fisura de la barrera. Cuando Ayax llegó hasta él, los dos corrieron hacia la fisura y fue Ayax quien sujetó a Evans por el antebrazo antes de desaparecerse con él.

Aparecieron en directamente los jardines de la mansión Edevane, la casa de Ayax. Lo soltó y Ayax escupió hacia un lado, todo sangre. Y es que tenía la boca llena de sangre por culpa de los golpes que había recibido. Luego se miró los nudillos, por no hablar de las contusiones que debía de tener en los costados debido a los golpes y los derribos. Antes de hacer nada, miró a Evans.

—Estamos hechos una mierda —le dijo. —Pero vivos. Me sorprende después de la poca fe que tenía. Admito que te tenía muy poca estima, pero no lo has hecho tan mal. —Y fue a reírse de él, pero le dolió demasiado el vientre, por lo que se lo pensó dos veces tras la punzada. Al final decidió señalarle la casa. —Es mi casa. Soy medimago, te puedo atender si tienes alguna herida grave o si prefieres puedes ir a San Mungo, pero llamarán a las autoridades y te harán preguntas. Y personalmente prefiero hablar directamente con Dos Caras cuando pueda moverme. —Caminó dos pasos hacia la casa. —Mucha casualidad que Dos Caras justo haya desaparecido minutos antes de que llegasen los refuerzos de los fugitivos.


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Evans Mitchell el Lun Ene 28, 2019 5:39 am




Apareció en un jardín y se ladeó hacia un costado, apartándose del agarre. Apoyó las manos sobre sus rodillas, doblado hacia delante. Recuperó el aliento sintiéndose fatal, e intentó ubicarse, ¿dónde estaban? Alzó la cabeza y recorrió con la mirada lo que era la tranquilidad ostentosa de los jardines.

Muy atrás habían dejado el silbido entrecruzado de los maleficios, los gritos y el destello de las varitas. Su pecho subía y bajaba acelerado, y apenas empezaba a normalizar el bombeo de adrenalina. Una larga exhalación lo delató aliviado. Muy atrás, ¿era eso cierto? Todavía podía sentir la inquietud avivando su sentido de la alerta, como si siguiera allí, con el enemigo de frente, apuntándole una vez y otra, con una saña interminable.

Se dio cuenta que jamás había recibido un crucio de alguien que lo odiara tanto. Ahora podía decir la diferencia. El cuerpo le dolía horrores y soltó un quejido involuntario. Sus manos estaban heladas. Una inconfesable amargura le quemaba de adentro hacia fuera. Había matado a alguien, no había error en eso. Y sin embargo, nada parecía haber cambiado, tan cierto como que ellos estaban allí, habiendo conseguido escaparse.

—Sí, tú te ves hecho un encanto—ironizó. Evans se incorporó lentamente. Tenía una pierna coja, que se la había puesto malas durante la carrera, y moretones en el cuerpo que desaparecían por debajo de la ropa. Una puntada en el costado derecho le dolía como el asco. Le concedió, sin embargo, que estaban vivos, asintiendo en silencio con la cabeza, desviando momentáneamente la mirada. Tampoco él se había sentido muy esperanzado. Sonrió de lado ante tal evaluación de sí mismo, y se la devolvió—. Ya, tú tampoco estuviste tan mal—. Recordó que casi temió por ese pelirrojo cuando lo vio ensañarse con un atacante contra el suelo, desquitándose a puño limpio. Temió, porque vio con horror que había perdido el sentido del tiempo, y ellos tenían todas en su contra, incluido el tiempo. Le había gritado algo, o eso creía, ya no lo sabía—. Oi…—Le llamó la atención en el momento en que vio su expresión tensarse en una mueca. Sin embargo, se distrajo con la indicación—. Así que esto es tu casa.

Evans contempló la fachada.

—Sí, es una casa lujosa—observó—Tenía que ser tuya, claro—Le lanzó una mirada de reojo. No quería que lo atendieran en San Mungo. No quería que le hicieran preguntas en ese momento, sinceramente que no—. Así que sí que eres medimago. Pensé que—Que era un carnicero aficionado o algo, pero se interrumpió—… Gracias—respondió sencillamente, accediendo de forma automática a que lo atendiera. Calló un instante. Y añadió—: Oye— Tendió una mano hacia él, y queriendo llamar su atención sobre algo, le tironeó con delicadeza de la ropa, que de pasar a ser elegante, ahora no sería más que un rejunte de trapos sucios en el cesto para lavar—Preocúpate por ti primero, ¿quieres? Estás hecho un asco. Tu cara era ya fea para empezar, pero. ¿Tendrás algo para el dolor?—añadió. Lo había oído mencionar a Dos Caras, pero aunque sus cejas se fruncieron en un gesto, no reparó en qué estaba insinuando hasta entonces. Se sentía algo desapegado, distraído; no era de extrañar, luego del incidente. Pero, ¿a qué se refería con ‘mucha casualidad’?—. Y lo de Dos Caras, no lo dices en serio… Ey, ¿quieres ayuda del cojo para moverte? Puedes moverte, ¿verdad?

Se preguntó con cierta incomodidad quiénes vivían en esa casa. Si no fuera porque se sentía fatal, no pensaría en entrar. Suponía que era un lugar en el que la alfombra estaba impecable. Imagínate que vas y les dejas un charco de sangre por todo el suelo. Tampoco le importaría mucho lo que pudieran decirle, pero la idea de lidiar con gente luego de todo lo que había pasado, como la sola idea de presentarse en San Mungo, lo impacientaba.

—¿Qué querías decir con ‘mucha casualidad’?—
indagó de pronto, camino a la casa, arrastrando una pierna con un andar casi saltarín. Hacía muecas al avanzar, pero no se quejaba—. Dos Caras no se preocupa por su gente, no me sorprende que nos haya dejado, pero lo pintas como si lo hubiera planeado. Esas son puras paranoias. Créeme, se te pasará. Estás molesto. Yo también lo estoy, pero—Se carcajeó con un rastro de amargura, breve—. Sólo de imaginármelo. ¿Qué le dirías exactamente? A lo sumo le das un ataque de risa—exclamó, no sin resentimiento—. Pudo sí, haber previsto que sucedería un intento de rescate, como no. Ya sabemos que no.

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Ayax Edevane el Mar Feb 12, 2019 5:07 pm

Estaba hecho una absoluta basura.

La cabeza le daba tumbos en todas direcciones, sobre todo después de haberse aparecido en los jardines de su casa desde saber dónde. Ese sobre esfuerzo de la aparición le había dejado bastante sin fuerzas, allí de rodillas frente a la fachada de su hogar. Cogió aire, tranquilo; a salvo. Cuando consiguió recuperar la compostura y el aliento fue cuando pudo mirar a su acompañante, diciéndole las cosas claras.

Claro que una casa lujosa le pertenecía, siendo un Edevane como era, pero aún así el comentario del chico le hizo gracia, pues se notaba que lo había estado viendo todo el rato como un niño posiblemente muy pijo y mimado, típico purista del montón. Y no le iba a culpar por ello: Ayax tenía todas las de ser un purista del montón, sólo que muchísimo mejor que el resto, lo que la gente no se daba cuenta.

—Claro —respondió con simpleza cuando le preguntó por algo para el dolor.

En cuanto a tratarse a él primero porque estaba hecho un asco, actuaría por nivel de emergencia. Ahora mismo no se había fijado demasiado en las heridas de su compañero, pero sí que tenía bien clara las suyas propias. Algunas podían llegar a ser graves, pero teniendo en cuenta que él era el medimago, era conveniente que intentase estar decente para poder prestarle atención adecuada a Mitchell.

—¿Por qué no lo iba a decir en serio? —preguntó a lo de Dos Caras y, automáticamente, tendió uno de sus brazos hacia Mitchell para que le ayudase a ponerse en pie y a caminar con mayor facilidad, pues el costado le estaba ardiendo. —Quizás en tu situación sientas una terrible preocupación por enfrentarte a un Mortífago, pero Dos Caras es humano y posee una marca que suele caracterizar a las personas por sus pensamientos egoístas y ambiciosos. Sólo he dicho que me parece mucha casualidad lo que ha ocurrido y pretendo preguntarle. —Y tosió fuertemente al hablar 'tanto' mientras caminaba hacia la puerta de su casa. Él le contestó y a Ayax no le quedó claro si escuchaba cobardía o de verdad estaba escuchando un intento de ser pacifista y tratarlo todo como una casualidad muy poco afortunada con la que lidiar y no culpar a nadie. El pelirrojo no tenía ganas de discutir en ese momento, por lo que lo miró de reojo. —En tal caso: quiero saber si tuvo oportunidad de ayudarnos y decidió irse por falta de interés. Igualmente me demostrará quién es. Y no trato con ese tipo de personas.

Y lo decía muy en serio. No era la primera vez que una persona decidía tratar a Ayax como un mero títere sin importancia al que poder despachar en cualquier momento y el pelirrojo no estaba en predisposición de aceptar eso. Habría gente que lo subestimaría o despreciaría sus capacidades, pero Ayax estaba muy capacitado y no iba a permitir que personas con una marca tenebrosa en el antebrazo asumiesen su debilidad. Ni mucho menos rendirles cuenta.

Él no les tenía miedo. Y no les tenía miedo porque se rodeaba de ellos y era un Edevane. Quizás un Mitchell no pudiese contar con la seguridad de un Edevane, por lo que tampoco le iba a echar nada en cara si prefería irse con el rabo entre las piernas y seguir rindiendo lealtad a una persona como podría llegar a ser Dos Caras, que te abandona en el infierno.

—Vamos por la entrada trasera —le avisó antes de llegar al camino principal, señalándole la parte de la izquierda.

La entrada lateral daba por la cocina, la cual Ayax abrió con un movimiento de su varita. Para su mala suerte, en el interior estaba Evangeline tomándose un yogur a esas horas. La pobre se quedó boquiabierta al verlos, tanto que la cuchara en vez de entrarle por la boca, chocó contra su barbilla. A punto estuvo de decir algo, pero Ayax consiguió hechizarla con un 'silencius' justo para cuando habló.

—¡HMMMMM! —Se quejó, con la boca cerrada, mirando a Ayax con reproche, pues ella no tenía la varita encima.

—Te lo quito y susurras. Si no te vuelto a hechizas pero para dejarte dormida sobre la mesa. —Le 'amenazó' en plan hermano simpático. Le quitó el hechizo después de su asentimiento. —Estoy bien. Él es Evans Mitchell. Y no preguntes qué nos ha pasado.

—¿Necesitáis ayuda? —Preguntó, preocupada, mirando a ambos y olvidándose de su yogur. No era la primera vez que veía a Ayax así, pero eso no quitaba que se preocupase igual.

—Sí, tráeme el botiquín que tengo bajo mi cama. La puerta de mi habitación está cerrada, así que no puedo hacer que venga sin despertar a papá y mamá. —Y se sentó en una de las sillas del comedor, soltándose de Evans. Eva salió corriendo escaleras arriba, a lo que el pelirrojo miró a su acompañante y le invitó a sentarse. —Es mi hermana pequeña y esta es la casa de mis padres. Estoy en proceso de independizarme con mi prometida. —Le contó como quién cotillea a cualquier hora, en cualquier momento, con la única diferencia de que ambos estaban llenos de sangre y heridas, tirados en aquellas sillas como si quisieran cerrar los ojos y que pasase la noche.


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