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Evans Mitchell el Mar Oct 23, 2018 12:31 am

Recuerdo del primer mensaje :






En la lluvia, hacia dentro de los bosques, hay un lobo con la máscara de un hombre, confabulado con la negrura que lo envuelve. Hay un lobo, como un hombre, que cava una tumba. En la noche, en la negrura, en la lluvia.

Hay un hombre…

¡Detente!, ¡te lo ruego!, ¡por favor…!, ¡no a ella..!


Como un lobo…

¡Desgraciado!, ¡eres un maldito desgraciado!, ¡detente!, ¡para…!

Como un hombre…

¿¡Qué le haces!?, ¡enfermo!, ¡detente!, ¡NO!

En la noche, en la negrura, en la lluvia; que cava una tumba.



—Extracto de “Inocencia Trágica”, por Clementine Russmore.



No existe otro estado de más puro que terror, que aquel momento de lucidez entre los demonios, cuando te das cuenta que los monstruos tienen el mismo aspecto que las caras de siempre. No hay pesadilla más terrible que el hombre.

—Extracto de "Verdades Evidentes", por Eugene Ionesko.



***



La Bruja Tuerta, rezaba el cartel que pendía sobre la fachada escondida en el penumbroso Callejón Knocturn. La tarde moría, y saliendo del Caldero Chorreante, se veía cómo algunos locales empezaban a cerrar. Si atravesabas el Callejón Diagón con sus luces anaranjadas, un ligero aroma a caramelo caliente levantándose en el aire y el murmullo de los paseantes nocturno ;se sentía luego extraño dejarse envolver por la peste viciada de aquel sucio desvío que Evans se apresuró a tomar para asistir a su encuentro con Americ.  

Bajó la pequeña escalinata que le salió al paso y lo distrajo sólo fugazmente el chillido de una rata. Las sombras se cernían sobre él: un rostro serio y preocupado con los labios fruncidos. Durante el último tiempo había adelgazado y no dormía bien, y cuando era así, se arrastraba a cualquier sitio con los nervios a flor de piel. La más mínima cosa lo ponía de mal humor y se desquitaba con quien tuviera al alcance, por pura bronca y, cómo no, por tener un genio del demonio.

No obstante, para esa cita en particular, tendría que mantener la calma si no quería que se le reflejara el miedo. Miedo, por lo que podrían hacerle. No se preocupaba por los fugitivos o los inocentes, porque su atención inmediata estaba puesta en el qué pasaría con él de ahí en adelante. Se hallaba completamente solo cargando con una serie de lo que en ese entonces parecía un cúmulo de malas decisiones.

Hacía semanas que había querido convencer al tal Americ de que, arrepentido y lastimero, era un cobarde bueno para nada. Si bien era una excusa fácil de dramatizar, porque era exactamente como se sentía, no parecía que el mortífago, a pesar de que estuvieran ambos de acuerdo en que era un inútil acobardado, se dejara ablandar por un poco de mariconería. No lo quería soltar, porque miedoso y en vilo era como le gustaba tenerlo. Jodido sádico.

Evans sólo podía rogar porque se hartara de él hasta aburrirse. Los sádicos, sin embargo, no debían conocer el descanso. Americ insistía en tirar de la correa, y no había forma de que Evans pudiera negarse a ser otra cosa que un perro amaestrado. Ese asunto lo tenía muy nervioso. No sabía qué esperar. Americ podía estar jugando con él, hasta que un día se aburriera, sí. O podía querer convertirlo en su marioneta de por vida; las circunstancias podrían arrastrarlo por la vía del mortífago como si hubiera firmado un pacto con el Diablo. Cualquiera de esas opciones era todavía mejor que amanecer un día arrojado en alguna cuneta con los ojos bien abiertos y sin ver.

Rogaba internamente porque algunas de esas ‘citas con la muerte’ fuera la última, la última, de una vez. No tenía idea de que sus ruegos serían finalmente escuchados esa noche. Así como tampoco esperaba ir al encuentro de Americ, atravesando las mesas en un tugurio de mala muerte atestado de tabaco y risas de harpía, para enterarse de que esa noche sería  ‘especial’, que se esperaban ¿grandes cosas? de él… y su compañero, otro aspirante del que él no sabía nada.

—Mitchell.


En una esquina, al fondo de un punto ciego del que todos apartaban la mirada, un hombre desfigurado se sentaba en la mesa más próxima a la escalera desvencijada que conducía hacia la planta superior, donde las habitaciones y las chimeneas. La mitad de su rostro era piel quemada; un ojo inyectado en sangre se hundía como una enorme canica en esa máscara deforme de anciano, pero no un anciano ni un hombre, una aberración; el pelo canoso y ralo se le encrespaba, pero avanzando hacia la otra mitad de su rostro, rompía abruptamente con un negro alisado y prolijo. En parte hombre y en parte monstruo, esa asimetría parecía burlarse de todas las personas alrededor, que se sentían incómodas si eran apuntadas por ese ojo desigual.

Se rumoreaba que el mismísimo Lord Tenebroso, enfurecido, lo había tocado con una maldición por un antiguo error que había cometido, una que le supuso un tremendo dolor más quemante que el fuego rojo y que le desfiguró el rostro. Pero el Lord era generoso, y así como impartía escarmiento, también sabía recompensar a los que le servían bien, los que permanecían fieles, como Americ, “Dos Caras”.

Evans se sentía incómodo con la idea de ser marcado para toda la vida.  



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Evans Mitchell el Mar Mar 12, 2019 10:01 am



La situación fue tan rara, porque Evangeline abrió y cerró la boca sin emitir sonido, y Evans otro tanto, pero a diferencia de ella, todavía le quedaba voz. Lo que lo silenciaba era la sorpresa. Asumió que Ayax era un tipo práctico, pero que te apuntaran con una varita de forma tan arbitraria no tenía nada de bonito, y de haber sido él, se habría encabronado.

No estaba muy seguro de qué clase de parentesco tenían esos dos, aunque adivinaba que serían familiares si vivían bajo el mismo techo. La reacción de preocupación de la chica le dio a entender que no tenían una mala relación. Cuando salió de la cocina, Evans se desprendió de Ayax y aceptó su invitación a sentarse, descargándose en el asiento al tiempo que soltaba un arrastrado suspiro de agotamiento. Al otro se le dio por hablar sobre sí mismo.

—Ah.

Evans estaba puesto en automático. Luego de tan escueta respuesta, que se diría que evidenciaba la calidad de su interés, paseó una mirada de aparente desconfianza alrededor. La realidad era que tenía la cabeza en otro lado, pero al segundo recobró la atención y le dedicó una mirada, que aunque sobradamente inquieta, era la de alguien que pone su oreja.

—Tienes una prometida—Una rápida sonrisa hizo temblar su labio—. ¿Cómo funciona eso? Digo, ¿tienes palabra sobre la cuestión o sólo te lo imponen?—preguntó, con suma naturalidad. Seguidamente se encogió de hombros—. Es sólo que siempre pensé que los arreglos matrimoniales tienen que ser un coñazo. Sin ofender.


***

 

Evangeline volvió a la cocina con el botiquín, y su expresión de sorpresa había cambiado por una inquisitiva y profunda. Evans se sintió observado. No quería abrir demasiado la boca, porque después de todo, era él el que estaba fuera de lugar en esa cocina, y quería pasar lo más desapercibido posible hasta que fuera atendido, pero la hermanita adoptó para con él una actitud defensiva, por no decir repelente, y Evans casi saltó de su asiento cuando lo llamó por su nombre.

—… Mitchell.

Había intentado meterle mano al botiquín, y puede que fuera su distracción o, de nuevo, su cabeza que vagaba en otra dimensión, pero no le había hecho ni caso al diálogo de la hermana —que de última, nada tenía que ver con él—, hasta que mencionó su nombre. Evangeline cerró la tapa del botiquín con fuerza, y Evans alzó la mirada, confundido.

—¿Disculpa?

—¿Y cómo es que has acabado juntándote con él?

—¿Te conozco?


Lo miró de tal manera, que acabó por convencerlo.



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Ayax Edevane el Jue Mar 14, 2019 3:41 am

—Sólo me lo imponen —respondió sin muchas ganas de dar explicaciones. —Podría tener voz y voto, pero sinceramente me daba igual con qué mujer me obligasen a casarme. El simple hecho de tener que hacerlo hace que cualquier mujer me parezca sólo un medio para conseguir un fin. —Sonaba un poquito cruel, por la parte que le tocaba a Amalthea, pero era así. Además, Ayax tenía claros problemas relación social, por lo que le daba igual si la prometida era fea, guapa, estúpida o demasiado lista. Él tenía bastante claro que el propósito de ese matrimonio era hacer mini-magos de sangre puras y daba totalmente igual el amor que podría haber entre las dos partes. —Son un coñazo. —Repitió sus propias palabras. —Pero yo no tengo problema ninguno por aceptar ese tipo de cosas.

No podías pedirle muchos sentimientos al pelirrojo, básicamente porque no los tenía. Muchas veces veía a las personas como simple mecanismos móviles y no empatizaba con ellos, por lo que el hecho de que le hubieran convencido desde tan pequeñito de que tenía que casarse con quién le dijesen sus padres se le había adherido bastante bien a la mente y para él era lo normal. Ni valoraba la idea de enamorarse o de sentir atracción por su prometida, pues sabía que era prácticamente imposible teniendo en cuenta que nunca ha sentido nada de eso por nadie. Mucha casualidad tiene que ser que precisamente su esposa si se lo haga sentir.

Eva volvió a la cocina con el botiquín que le había dicho Ayax que trajese y rápidamente reparó en la identidad del acompañante de Ayax. El pelirrojo no había hecho cálculos, pero en realidad Evans y Evangeline fueron al mismo curso de Hogwarts: Eva y su primo Joshua siempre estuvieron juntos y Evans y Joshua habían sido compañeros, por lo que la relación estaba ahí.

Por lo que pudo intuir Ayax por la manera de actuar de su hermana es que sí que se conocían y no es que se llevasen precisamente bien.

Cuando Evans preguntó que si la conocía, se acercó enfadada a la luz de la cocina y la encendió para que se iluminase por completo. Cabe añadir que antes estaba todo oscuro, pues la gorda de Evangeline había bajado a hurtadilla a comer, sin encender ni una luz.

—¿Que si me conoces? ¿Te estás haciendo el interesante, Mitchell? En serio. —Miró de nuevo a Ayax. —¿Qué haces con este idiota?

El pelirrojo se limitó a acercarse el botiquín y buscar en él lo necesario para curarse.

—No sé, tenía una misión con un mortífago y él estaba de por medio. Es aspirante, como yo. Pero no somos amigos, creo que le caigo mal. —No era un secreto hablar de esas cosas, de hecho tal y cómo estaba el gobierno debía de ser un orgullo ser un aspirante a mortifago. En la familia de Ayax no era un secreto que él lo era, para seguir los pasos de sus padres, por lo que lo que realmente le cogió por sorpresa a Evangeline fue que Evans era un aspirante a mortifago.

—¿Estás de broma? ¿Este gryffindor de pacotilla siendo un aspirante a mortifago? —Y soltó una carcajada burlona. —No te pega nada, Mitchell.

Eva y él se conocían de Hogwarts. Ella había ido a la casa de Slytherin, mientras que él había sido un león. Todo el mundo sabe el roce y la enemistad que se crea entre esas dos casas, pues entre ellos se había magnificado todavía más, ¿por qué? Bueno, las cosas que pasan cuando eres más pequeño y orgulloso van cogiendo relevancia a lo largo del tiempo y ellos nunca habían arreglado sus diferencias.

Entonces Eva se acercó a Ayax.

—¿Necesitas mi ayuda para algo?

—No te ofendas, hermana, pero confío más en mis propias habilidades como medimago. Si quieres ayúdale a él.

—No quiero ayudarle a él.

—Ah. Pues tráenos algo de beber, tengo sed. —Le pidió.
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Evans Mitchell el Dom Abr 21, 2019 5:16 am


Si había cosa más pesada, eran esas chicas de Slytherin. Las consentidas, ¿tú sabes? Esas que te miraban desde arriba con sus narices altivas y que arrugaban al pasar por tu lado como si olieran mierda o algo peor. Eran de Slytherin. Eran puristas y aristócratas. Eran unas jodidas harpías. En Hogwarts solían formar grupitos como si se tratara de un enjambre de avispas, y te picaban incluso sólo por respirar. Es que ni respirar te dejaban hacerlo tranquilo. Mira que ir a toparse con una justo con esas pintas, de alguien que había tragado tierra.

No bien la muy estirada le soltó su cantinela sobre ser el ombligo del mundo —que ni se había fijado en ella, ¿ok? Y para el caso, ¿quién se fijaría en ella? A ver, que tan mala cara no tenía, hasta que la mirabas bien de cerca—, a Evans no le faltaron la ganas de soltarle un par de cosas, pero se contuvo porque, hasta donde llegaba a entender de su situación, que si ya era de mierda ahora era peor, ése de ahí con los modales de un señorito y la boca de un charlatán que pedía a gritos que lo callaran, era ni más ni menos que el que le iba a apalear las heridas, y para colmo, aparentemente el hermano. Mira, pero si hasta empezaba a verlo perfectamente. Tenían que ser del mismo palo.  

—Sí, un gusto para mí también—replicó, sarcástico—. Oh, ahora me doy cuenta. ¿Tú eres…? ¿Quién eres?—escupió, porque venidos al caso, sobre quién era exactamente no tenía ni idea. Sólo sabía con quiénes se juntaba, y todas esas pesadas eran perfectamente iguales. Mentiría, sin embargo, diciendo que la cara no le sonaba de algo, con la fuerza de un trombón en una sala vacía. Y como hablaba más rápida de lo que pensaba, y como esa noche había sido ya muy jodida, soltó su lengua con un tonito ciertamente molesto—No te ofendas, tengo una idea de lo insoportable que eres, pero ahora que lo pienso, tú te juntabas con todas esas chiruzas de Slytherin, y como que eran todas muy igualitas entre ustedes. Porque tú sabes, iban siempre pegadas como una especie de secta o algo, huecas y sin personalidad. Ahora, ¿tú eras la lamebotas del grupo, o esa que se hacía pipí de la emoción cada vez que se reían de un chiste sin gracia? Esas se parecían mucho, quizá eran la misma persona, no sé. O quizá eras la que nunca me dejaba en paz cuando tenía la oportunidad. Estoy seguro que yo le gustaba a ésa, porque era realmente pesada y nunca me quitaba el ojo de encima. ¿Quién era?, ¿Lizzy?, ¿Vicky?, ¿Trixie?

Se lo tragó todo y se calló la boca cuando Ayax soltó su carcajada, de esas que sueltas cuando te han contado el mejor chiste de tu vida. Tuvo que morderse la lengua recordando dónde estaba y por qué, pero respondió con una mueca que simulaba un “ja-ja” silencioso. Entonces retomó la consciencia de cómo le dolía todo el cuerpo. Que se sentía para el asco, maniatado, y jodido. Temblores. Sentía que en cualquier momento estallarían temblores por todo su cuerpo. El frío lo atenazaba. No estaba seguro si era por las heridas, o los nervios que no remitían. Si no se frenaba la lengua, iba a acabar desquitándose malamente, porque sentirse miserable lo hacía comportarse de la peor manera, pero no era el momento ni el lugar, y más importante, estaba cansado. Muy cansado. Muchas cosas habían pasado, muchas que no le habían gustado para nada, y el sinsabor empezaba a rendirle factura. En algún punto, hasta se sintió como un pequeño alivio, toparse con una pesada que lo distrajera.

—Ese no es tu asunto—Se defendió, pero sin mucho acento sobre las íes; por una vez pensaban lo mismo, sólo que no era cosa de admitirlo abiertamente, y no frente a él, y menos, frente a ésa. Mentía diciendo que no reconocía su cara, pero eso no importaba. Se rebeló con la misma intensidad cuando Ayax rechazó la ayuda de su hermana proponiéndole algo diferente, si hasta formaron un corito—. ¡No quiero su ayuda!

Dicho sea, ya estaba por largarse sin aceptar la ayuda de nadie, resentido con la vida y amasando una inexplicable ira que le brotaba desde adentro. No contra los Slytherin, ni contra los Edevane, sino contra todo el mundo, sin distinciones. El sentirse para la mierda no ayudaba. Quemaba y dolía y lo fatigaba el doble, como si el peso de todo lo que había sucedido esa noche le aplastara el cráneo y lo doblegara en un estado incapacitante. Hasta era capaz de oír el palpitar de su corazón en la cabeza como si todo dentro de él estuviera roto o mal puesto, y era un puto malestar el único pegamento que mantenía las piezas algo así como unidas. Un puto malestar frente al que cerraba los ojos. Joder. Se desmayó.

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Ayax Edevane el Lun Abr 22, 2019 9:39 pm

—¿Perdona?

La cara de Evangeline fue de pura indignación a sus palabras. ¿Siete años y no recordaba su nombre ni su cara? ¿A quién pretendía engañar con su falsa vida ocupada y memoria selectiva? ¡A nadie! Encima se ofendió porque Eva siempre fue la ABEJA REINA de su colmena y nunca la que perseguía a nadie. Quizás la Edevane en casa podía parecer mucho más modosita, pero tenía un carácter bien fuerte que había definido durante siete años y no toleraba ese comportamiento de mierda de uno de sus ex-compañeros.

—Esas chiruzas de Slytherin se juntaban conmigo, no te equivoques —le respondió. —Se llama tener amigos, Mitchell, quizás no sepas lo que es una pandilla porque eres tan imbécil que nadie te quiere a su lado. —Añadió, para cruzarse de brazos y negar con la cabeza por su falso ego. —Vicky te miraba porque eras patético y se reía de ti, no porque le gustases ni un poco.

Y podrían pegarse ahí toda la noche discutiendo porque realmente ninguno iba a admitir nada que pudiera ensalzar el ego del otro. No había que decir que Evangeline Edevane era una mujer muy orgullosa y a menos que fuese con la familia—y porque le tenía bastante admiración a sus hermanos—no solía ser de las que dan su brazo a torcer con prácticamente nada. No se había labrado su reputación para que éste idiota la viniese a tratar como una más A SU COCINA.

No les dio mucho tiempo para discutir más, ya que cuando Ayax rechazó la ayuda de Eva y la desvió hacia Evans, éste también la rechazó. Sin embargo, si bien Ayax estaba intentando quedarse despierto pese a lo cansado que estaba, al final Mitchell terminó desamayándose. Entonces el pelirrojo se preocupó, sin saber si se había desmayado por las heridas, por el estrés o sencillamente por el cansancio. Antes no parecía estar tan herido.

—Colócalo bien —le dijo a un hermana.

—No pienso ayudar a ese idiota.

—Eva, está inconsciente, puedes dejar de comportarte como la zorra descorazonada que intentas ser fuera de esta casa —le respondió su hermano. —Colócalo bien y haz lo que yo te diga.

Pese a todo, Ayax era medimago y si bien Mitchell no se que le hubiera caído en gracia—pues a Ayax le caen bien pocas personas—era medimago y él un compañero de causa, por lo que después de todo lo que había pasado le había dicho que le ayudaría; y lo iba a hacer.

Una hora después en donde Ayax se encargó de sí mismo, también fue guiando a Eva para que curase las heridas de Mitchell. Llegó un momento en el que ambos tenían ya vendadas y con los remedios aplicados todas las heridas.

—No le digas que le ayudé.

—Tranquila, seguirá pensando que eres la misma chiruza insoportable de Slytherin que le odia por ser idiota.

—Subnormal —insultó a su hermano, lavándose las manos. —Me voy.

Cuando Eva se hubo ido, el pelirrojo recogió todo con la varita y se puso en pie tras mucho esfuerzo. Estaba tan cansado y dolorido que parecía que una grúa estaba tirando de él en sentido contrario de lo mucho que le había costado ponerse en pie. Suspiró, bebió agua y… le tiró a él también un vaso de agua.

Le hubiera gustado despertarlo con magia, pero no iba a funcionar. Pero ya no estaba en peligro y debía de descansar, a ser posible en su cama y no en la cocina de los Edevane.
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Evans Mitchell el Mar Abr 23, 2019 2:48 am


Si le hubieran dicho que no sólo que le arrojaban agua a la cara, sino que habían bebido de ese vaso momentos antes, fijo que se lo tomaba personal. Porque vamos, la saliva estaba en todo lo que tomabas. Un vaso de agua a medio beber era como arrojarte un escupitajo.

—¿Pero qué…?—
Se quejó débilmente, llevándose una mano a la cara, que le chorreaba. No entendía nada. La fatiga regresó a él tan pronto como recuperó la consciencia, pero eso no era todo. Se palpó el cuerpo sintiendo las vendas, y además de comprobar que se hallaba entero, de una sola pieza, y hasta puede que mejor que antes—. ¿Tú otra vez?

Normalmente, cuando abría los ojos, lo hacía en su propia habitación, arrebujado entre las mantas e intentando hundir la cabeza en la almohada mientras que el reloj sonaba avisándole que, o bien movía el culo o se le haría tarde. Dager, su pequeño y revoltoso Jack Terrier, subía corriendo a la cama y brincaba y gruñía y le lamía las orejas, ansioso por su paseo matutino. Esa solía ser su rutina a la hora de levantarse.

¿Pero un vaso de agua fría volcado en su cara? Eso era TAN IRRITANTE, te hacía saltar en el lugar, preguntándote de dónde venía el ataque. Era una sensación despiadada. Y había que decirlo, era mucho más agradable abrir los ojos y encontrarse con un perro cariñoso que quiere jugar contigo antes que con ese pelirrojo de ahí, que para rematar, llevaba en la mano el instrumento del delito, sin que pareciera lamentar su crimen.

—Vaya—Había cumplido con su palabra, a pesar de todo—…—Se sentía incómodo con la idea de que lo hubieran manipulado mientras estaba inconsciente, pero hasta era mejor así. Lo ponía de los nervios que lo tocaran, especialmente si se trataba de tratar heridas, y en cambio, de esa manera, ni tuvo que sentirlo. Rápido, se levantó de la silla. Ya no cojeaba—. Bien—añadió, dando su aprobación—. Así que sí que eres útil en esto de la medimagia. Bien—repitió, y seguidamente barrió la cocina con la mirada, incómodo. No encontrar a Eva hizo que se relajara, y sonrió—. Bueno, te debo una. Pero tú ya me debías una, así que estamos a mano, ¿verdad? Tú sabes, porque te cubrí la espalda. Lo hice—insistió. Calló un instante y lo miró de arriba de abajo—. Te ves como la mierda ahora mismo, así que me piro—Comenzó a retroceder hasta la puerta. Desaparecería en los jardines—. Bueno esto de… Apoyarse entre camaradas, ha estado bien. Suerte con tu prometida, o lo que sea. Y sigue viviendo en grande tu vida de pijo.

Esas eran todas las palabras educadas de las que era capaz, tomando en cuenta que siempre había odiado a los puristas con aires de aristócratas —que joder, aquello no era la puta realeza, ¿cuándo entrarían los magos en la nueva era?—, y que además, eran todos nenes consentidos. Así que sin más, se marchó por la puerta trasera.  

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