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Priv. || Entre un médico y su paciente ||

Evans Mitchell el Mar Oct 23, 2018 12:45 am




Les había dicho que NO, que bajo ningún concepto consentiría que lo metieran en una camilla. ¿Que su problema era grave?, ¡por supuesto que lo era! Pero no necesitaba que lo internaran en un hospital. Es más, ¿saben qué?, ¡él podía caminar!, ¡podía irse por la puerta!, ¡si tan sólo le quitaran las manos de encima! Nunca imaginó que sería traicionado por la persona que confiaba por sobre las demás, Bill.

—¡Te digo…!, ¡que estoy bien!

Bill lo empujaba por el blanco, blanco túnel de la muerte, sirviéndole de soporte para que avanzara porque no podía sostenerse por sí mismo. Una gorda encajada en un uniforme gritaba algo, a él la luz le molestaba la vista.

—De bien nada. Estás que das asco. ¿Evans?—Le palmeó el rostro—. No te desvanezcas, ey.

—Tú también, Bill, tú también…

—¡Por favor, ayúdenlo!

Lo ingresó en el lugar informando que había recibido el impacto de una maldición y su estado parecía empeorar con rapidez. Evans alcanzó a ver, con horror, que las batas blancas avanzaban hacia él, y hubiera jurado que les gritó mentando hasta sus madres, pero se sentía mareado y, ¡de pronto!, todo se volvió negro.

Despertó en una camilla, y ahí fue cuando empezó su pesadilla.
No, que la de él no.

***

La buena de Dorothy, veterana y sólida mujer, dura de roer, incluso ella, que se conocía todas las tretas de los pacientes menos agradables, estaba que se trepaba por las paredes con ese “paciente mil veces testarudo”.

Ese día, que era como cualquier otro día normal en un hospital, la buena de Dorothy, rabiando silenciosamente, le tendió al desafortunado a cargo la planilla, que era el historial clínico, no sin antes fulminar con la mirada al paciente en la camilla (ese del que se le oía decir a menudo “¡si será testarudo!”), casi echando chispas por los ojos. Se despidió duramente, resuelta a salir de allí.

—Buena suerte.

El paciente, Evans Mitchell, tenía el rostro lívido de rabia, pero guardaba silencio. En la camilla, mantenía toda la dignidad que podía esperarse de alguien que había perdido gran parte de la movilidad y se hallaba incómodo en un cuerpo que no le respondía como debiera, con movimientos torpes e impedido. La frustración era normal. Evans odiaba esa condición de vulnerabilidad en un sitio que, por lo demás, aborrecía. Porque depender de alguien, siempre te colocaba en esa posición, tan humillante.



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Laith Gauthier el Dom Oct 28, 2018 2:03 am

Lo último que Laith esperaba cuando llegó su turno era ser prácticamente acosado por un grupo de sanadores pidiéndole hacerse cargo de cierta habitación. Eso ocurría cuando había pacientes especialmente molestos, y él era la segunda medida de emergencia luego de Dorothy, probablemente porque entre toda su paciencia Laith tenía cierta dureza que podía poner en su lugar a pacientes demasiado irritantes. Luego de él, vendría Arman, que tenía un particular modo de tratar con pacientes difíciles basada en más o menos sedarles hasta que fuese el momento de dejarles partir, como una medida extrema para ese tipo de pacientes.

La mujer le dijo todo lo que necesitaba hacer, y se marchó deseándole suerte. Laith suspiró, leyendo la tablilla por encima, mirando meticulosamente qué era lo que estaba sucediendo con el joven antes de entrar a la habitación. — Hola, soy el doctor Gauthier —normalmente pediría que lo llamaran por su nombre de pila, pero no iba a hacerlo con ese joven. Con los pacientes conflictivos lo mejor era simplemente no tener demasiadas confianzas, así que prefería mantener la relación con profesionalidad. — Bien, voy a revisar algunas cosas para corroborar las vitales —le dijo.

Laith sabía qué se sentía no querer estar en una habitación de hospital. Era el primero en intentar escaparse cuando era su momento de permanecer internado, pero eso no significaba que fuese indulgente con ese tipo de pacientes, cuando era su turno de ser el adulto responsable. El chico era mayor de edad, sí, pero seguía siendo sólo un muchacho sin consideración por su salud. En especial cuando era su orgullo o su terquedad la que se anteponía a su salud.

Se aproximó hacia él, tomando la temperatura, la presión y el pulso, haciendo anotaciones de todo. No estaba en pleno estado, pero podría estar peor. — Estás mejorando —apuntó, corroborando los datos anteriores con los actuales. — Aunque todavía no estás listo para irte —le dijo. — Parece ser que recibiste el impacto de un hechizo, ¿dónde está localizado? Quiero verlo —le dijo, mirándolo con atención, esperando que le mostrase la zona del impacto.

Todavía no conseguían identificar el tipo de hechizo y Laith estaba seguro que era porque el joven no se había dejado revisar debidamente, así que el trabajo sucio le tocaba a él. Evans tenía una bata de hospital, por lo que verle tendría que ser relativamente fácil. Lo difícil venía debido a la predisposición del joven para querer ser revisado realmente.
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Evans Mitchell el Dom Oct 28, 2018 7:17 am




No, espérate. Hasta donde dijo ‘Gauthier’ iba más o menos bien, casi como un tipo decente que pasa a saludar. De decente no tenía nada, porque en algunos, era una lástima que la cara la llevaran la puesta. Además, estaba el detallito, de la enfermera yéndose con aire resentido y la indignada mueca en cara del paciente.

—No me importa quién eres—
Dejó escapar de un tirón, cejudo, con ese asco que te puede provocar un rostro inoportuno aparecido en un momento inoportuno, como… ¿Es que había oído bien? Se enderezó, a la defensiva, ojeándolo mejor. Había dicho ‘revisar’ y quién te metía mano y dónde era asunto para andarse con cuidado. Sin embargo, con la lengua viperina todavía caliente, pasó por alto sus intenciones para escupir, resentido—. Alguien debería decirle algo a esa, lindo carácter—ironizó.

En su consideración, ahí trataban a los pacientes como se les venía en gana, y en una muestra total de falta de respeto. Ahí, otra prueba. Quien fuera, fue a acercársele como hacían todos allí: como si todavía practicaran con cadáveres, que ni tacto.  

—No te dije que—
‘que podías hacerlo’, pero se interrumpió, porque al haberse removido en la camilla (siempre intentado adoptar una postura recta, para que vieran que estaba de diez, listo para salir de allí), sintió una punzada de dolor y, mientras masticaba la paciencia para soportarlo, prefirió callarse lo que pensaba. Apartó la mirada con hastío pero por dentro se tranquilizó porque, después de todo, ya conocía el procedimiento, ya se lo habían hecho, estaba bien, perfectamente bien, todo estaba bien.

Lo peor, fue que tuvo el suficientemente para hacerle una examinación rápida: un tatto que le trepaba por el cuello, un arete; pero a ese, ¿de dónde lo habían sacado? No te infundía lo que, uno podría decir, respeto.

—Dijiste doctor, ¿verdad?—
Lo observó ensimismado en sus observaciones y moviéndole el brazo como si fuera una muñeca de trapo. Cara. De. Pocos. Amigos—Eres de esos practicantes—No era una pregunta, lo dio por sentado—. No puedes realmente saber lo que haces y me usarías a mí como tu conejillo de indias si pudieras, ¿no es así? Si ya viste todo lo que tenías que ver, ¿me vas a soltar ya?—Vaya, mira que señalarle lo obvio. Si estaba mejor, hace rato. No hacía falta que lo internaran por empezar. Toda esa porquería de dolor se iría con el tiempo, y algunas hierbas—Ok, vale, gracias, eso ya lo sabía yo sin que me metieras tanta mano—Y agregó, falsa esa sonrisa—Pudiste sólo haber preguntado.

Resopló.

La mirada del residente —que lo era, estaba seguro— lo incomodó. Curiosamente guardó silencio, tragándose, ¿qué?, ¿la bronca?  Le apartó los ojos pero al instante volvió a atacarlo con ellos.

—No puedes decirme nada que no sepa ya, practicante—Lo dijo con tal aplomo, que esperarías que de un momento a otro sacara su doctorado de la manga—. Terminemos. Adiós, buena suerte y hasta luego, y que te partas la madreescupió, tan rápido y en caliente que no se le entendió nada. Por empezar, no era ni inglés, era francés. Au revoir bonne chance et à plus tard et vous serez parté le madré. Seguramente, el ademán que le siguió a ese ‘exabrupto’ fue el de salir de la camilla. Pero lejos estaba de poder moverse por sí mismo sin hacer una escenita que daba pena. Así que se contentó con pasar su mano por encima de la sabana de hospital, en un gesto cortante, estirando un pliegue arrugado. Y nada, no pasó nada, se quedó allí, quietecito—Vete, no te retengo—insistió con ironía, indicándole la puerta. Por como lo miraba, diríase que consideraba desubicado que se estuviera donde estaba, allí, sin dignarse a moverse fuera de la habitación—. Dime que no me mirarás mientras me cambio—Para salir de allí, porque iba a salir de allí—¿Qué tal un poco de privacidad?  



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Laith Gauthier el Vie Nov 02, 2018 5:45 am

San Mungo era un hospital de prestigio que no tenía tiempo para lidiar con pacientes necios, pues siendo el hospital por defecto del mundo mágico tenían pacientes ingresando y saliendo constantemente y eso les quitaba muchísimo tiempo a sus sanadores y personal de enfermería. Si dedicaran todo su tiempo a pacientes necios, poco les quedaría para los pacientes que realmente querían procurar su bienestar, por lo que sus acciones debían ser concretas y eficientes. Laith no se sintió ofendido o reaccionó cuando lo escuchó desvirtuar su persona.

En cambio, se dispuso a revisarlo sin apenas una confirmación. Más bien, sin una confirmación en lo absoluto. Muy por el contrario, le intuyó intenciones de quejarse. Eso le llamó la atención, no pasó desapercibido que algo le había hecho callarse y no había sido él, ¿algún tipo de dolor, seguramente? Lo distrajo brevemente su voz, de nuevo.

Pídele mi currículum a mi jefe si estás tan interesado en mi formación laboral, no respondo ante ti —le sonrió con un gesto encantador. Laith tenía claro que su apariencia no era el arquetipo del sanador serio y sobrio, por lo que en más de una ocasión había tenido que enfrentarse a que desmereciesen su posición laboral. — No nací ayer, sé que los pacientes tienden a mentir, en especial aquellos con nosocomefobia —se preguntó por un instante si el chico sabría cuál era esa fobia. El miedo a los hospitales, nada más y nada menos, que era probablemente lo que sucedía.

Laith lo miró con una ceja enarcada cuando le llamó “practicante” de esa manera, tan despectiva, y se dio cuenta de una cosa muy importante. Lo dejó hacer su pataleta y cuando terminó, se aproximó a él. — Así que eres un bravucón, ¿no es así? ¿Cuál es tu plan, enfadar a todo el personal para que se harten de ti y te echen, cuando todos, incluido tú, tenemos claro que no estás bien? —le contestó, en francés parisino, distinto a su acento natal. Otro detalle importante a señalar es que Laith tenía formación en psicología, y a veces era inevitable ponerla en práctica. — Si este es tu juego, yo sé jugarlo: no tenemos tu identificación por ningún lado por lo que no me consta que seas mayor de edad, así que tienes dos formas de salir: o llamas a tus padres a que firmen el alta voluntaria por ti, o tienes que esperar a que yo firme tu alta —su tono era resuelto, dos opciones sencillas, ¿cuál prefería? — ¿Vas a llamar a tus padres, gavroche? No me queda de otra que revisarte, enséñame el impacto del hechizo.

“Gavroche” venía del francés y tenía varias connotaciones. Era, pues, un buscapleitos, sí, y al mismo tiempo venía de una novela llamada “Los miserables”, un niño abandonado que vivía en las calles de París, y su nombre se volvió un sinónimo de “niño de la calle” en el francés. En ese momento, sólo así había quedado, a la interpretación del joven (y de su cultura general francesa), y esperó con paciencia a ver si el bravucón decidía empezar a llevar a cabo indicaciones.
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Evans Mitchell el Vie Nov 02, 2018 1:08 pm




«Nosocomefobia, mira cómo me sonrío», pensó por dentro, dedicándole el rictus de sus labios en una mueca altiva, lejos de parecerse a nada encantador, nada simpático, apelativos que, adivinaba, otros utilizarán para con ese practicante. No debía ser tan encantador, sin embargo. Hipócrita, le iba pero que calcado.  

Sólo hacía falta reparar en cómo quería cobrarse su orgullo de practicante herido intentando tomarlo a él por idiota. Seguro que utilizando una fobia impronunciable querría hacerlo sentir frustrado, con esa misma frustración que puede tener un troll al intentar leer un letrero.

No, no funcionaría con él, no. Si quería hacerse el listo, que probara hacerlo con alguien que no fuera todavía más listo que él. Lo de conocer el término no tenía nada que ver con que se lo hubiera encontrado una vez y lo recordara porque le hiciera sentirse inmediatamente identificado con la fobia a los hospitales. No, eso tampoco, no.

Si había algo que lo ponía a la defensiva más que cuando querían hacerse los listos a su costa era cuando se veía obligado a compartir la misma habitación con alguien que se tenía creído lo de ser atractivo, que lo exteriorizaba como parte de su encanto, o dicho de otra manera, alguien que se creía más lindo que él. La misma reacción, sobradamente natural, era la que debía tener un gallo bien gallito si lo ponías al lado de un pavo real.  

A Evans le bastó cazarle esa hipócrita sonrisa y rápidamente supo que a ese practicante le habrían hecho creerse la idea de su atractivo, porque tenía los ojos, porque debajo de la bata se lo imaginaba tonificado, por ese arete en la oreja, ese aire moderno. Al final, dedujo que había algo con ese sujeto que le desagradaba desde que entrara a la habitación y que lo ponía incómodo —haciendo que se le pararan las plumas orgullosas que tenía—, aunque no fuera a admitirlo.  

—Dime que no te contrataron sólo porque sabes encontrar raras palabras en el diccionario—
Calló un instante y añadió—: Decirme que tengo fobia a este hospital. Típico. Mal servicio, ¿y de quién es la culpa?—se quejó, dejando que la pregunta se disolviera en el aire, porque se respondía sola. Evans no tenía ninguna duda de que se respondía por sí sola.

Había algo que el practicante no podía saber y era que Evans se autodiagnosticaba y se automedicaba siempre que tenía desde un ligero malestar a algo más grave, muy seguro de que sabía lo que hacía, una confianza que su padre había inspirado en él al introducirlo en la materia de la medimagia, sólo por motivos prácticos. Había sido Evans después de todo el que atendiera a su madre, paciente mental, durante sus episodios de locura o el que la socorrió en reiteradas ocasiones en las que Linda Mitchell se había autolesionado.

Resultó que Bernard Mitchell le trasmitió, si no sus conocimientos precisamente, sí otra cosa: la tozudez de un médico que se automedica. Sabía de primeros auxilios. Sabía sobre pociones curativas bastante específicas. Sabía cuidar de alguien que depende de ti. Sabía lo suficiente como para tratarse a sí mismo jugando a ser el médico y era todo lo testarudo que se podía ser como para creerse que no necesitaba más. De ahí que, a pesar de haber sido injuriado gravemente con un maleficio, no se le pasara por la cabeza ir al hospital y que, aun entonces, insistiera en irse a su casa. Además, existía otro motivo.

No le gustaba sentirse tocado.

No por un extraño, no por un practicante para el que Evans no era más que otro cadáver de prácticas, no, no y no, cuando era una realidad que en un estado de vulnerabilidad te abrazas estúpidamente al sentimiento de que cualquier mano amable es una mano amiga, porque necesitas que lo sea, porque te sientes bien pensándolo de esa manera, no. No se iba a dejar doblegar por la amabilidad de un extraño. Esa hipocresía para con él, no gracias. Era mucho más fácil que lo dejaran tranquilo.

Si Bill no lo hubiera encontrado en el suelo de su departamento con Dager ladrando en un ataque de impotencia al ver que su dueño no se levantaba, muy probablemente no estuviera allí, lidiando con esa mierda de hospital. Jodido Bill.  

No importaba, ya se largaría.

Dejó muy en claro que se iba. No contó con que lo abordarían en plena camilla, indefenso y en francés. La sorpresa que dejó entrever por el leve shock en su expresión se equiparaba, sólo un poco, con el tremendo balde de agua fría que supuso que apuntaran sus propias armas contra él, porque tú sabes, es feo, ¿quién te haría eso de dejarte hablar como si no entendiera ni una palabra para luego echártelo en cara? Era feo eso, que feo. No había sido precisamente así, pero se sentía del mismo modo. Muy feo. Evans quedó encantado. No podía decir que no se lo hacían entretenido, eso de ir de visita al hospital.

—Ok, sabes francés. Bien por ti. Seguro lo tienes resaltado en tu currículum—dijo, manteniendo la dignidad. Le hacía gracia la casualidad—. Me siento un poco ofendido, sin embargo. ¿Dices que se hartaron de mí?, ¿eso es lo que piensan de un paciente que está en dolor y sufre? Dime que no es un pensamiento inhumano para alguien que trabaja en un hospital. Normal que quiera salir de aquí—Su doctor presumiblente currículado era más duro de roer de lo que parecía, se lo dejaba claro. Nadie reacciona bien a una amenaza, pero la del practicante le gustó especialmente. Lo había atacado demostrando su  conocimiento del francés, dejándolo en ridículo. Evans atacaría también, directo hacia su sentimiento de vergüenza, si acaso tenía uno. Lo observó esperando ver su reacción—. ¿Mis padres? Buena suerte con eso. Mi madre está muerta y mi padre es un fugitivo. Gracias por traer eso a tema—ironizó, dándole un golpe bajo de lleno en la cara—. Soy mayor de edad y conozco mis derechos. No me trates como a un niño, porque tú no estás tratando con un…  

Dejó de hablar, interrumpido por un ataque de tos, y escupió sangre. Al ver su mano manchada se le borró la expresión arrogante y confiada de la cara, como si todo ese tiempo hacerla desaparecer hubiera podido conseguirse con sólo soplarla, tan fácil. Evans estiró un brazo y se sujetó al médico por el hombro, aferrándole la bata.

No se entendía si quería apartarlo, mantenerlo alejado, o si lo hacía porque necesitaba tranquilizarse con el contacto de alguien, difícil decir. Pero siguió tosiendo, y no pareció que sus sentimientos cambiaran al respecto de que le pusieran las manos encima. Sólo que en ese momento no tenía mucho control sobre la situación.

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Laith Gauthier el Mar Nov 06, 2018 2:14 am

Yo no soy el que lleva desde que entró incordiando a todo el personal para conseguir una salida fácil, y no se deja revisar —bueno, sí que lo era, pero no en ese preciso momento y de ese preciso momento estaba hablando. Laith sabía tratar con pacientes difíciles precisamente porque él era uno de esos pacientes, más que por su paciencia. “Conócete a ti mismo” era en esa ocasión lo único que le permitía poder atender pacientes de ese estilo, porque sabía cómo podrían controlarle a él, y de esa manera apaciguaba a los demás.

Otra cosa que se le daba bien, era entallarse si la situación lo ameritaba. A pesar de su amabilidad, su ego y vanidad le permitían saber lo que era y lo que valía, de modo que no dejaba que nadie le pasara por encima. Si el niño venía gallito queriendo una disputa con él, podía entregársela sin siquiera despeinarse, pues no era el idiota que querían ver en él. Era un hombre inteligente a quien no le habían regalado un puesto de trabajo, sino que se lo había ganado a pulso. Había desestabilizado al muchacho contestándole en un segundo idioma que compartían, lo notó por la sorpresa que dejó entrever.

Los ojos de Laith sonrieron aunque su mueca se mantuvo serena. Evans acababa de dar en su punto. — ¿Eres un paciente que está en dolor y sufre? —devolvió su pregunta, y continuó antes de que respondiera. — Si así son las cosas, bien vendría que dejes de incordiar a los demás y nos dejes hacer nuestro trabajo para que no estés en dolor y sufras, ¿no es así? Porque si ni siquiera te dejas revisar, dudo mucho que podamos quitarte el dolor y hacer que dejes de sufrir —le dijo con un tono condescendiente, porque había llegado a donde quería llegar: si era un paciente, tenía que colaborar como lo haría un paciente, o ellos no podrían hacer nada en lo absoluto.

El sanador se quedó un momento en silencio, contemplando posibilidades. Sabía que un paciente que no quiere estar en el hospital va a decir lo que sea por ponerse en una situación de ventaja, en especial pacientes como ese muchacho que alegaban tener toda la razón del mundo. No pudo evitar preguntarse si verdaderamente tendría tan poca decencia de mentir sobre la situación de sus padres a una tan desfavorable como le estaba haciendo ver. Iba a disculparse por haberlo dicho, aunque era claro que, para un sentido práctico, sólo les dejaba una opción por descarte. Porque a Laith no le constaba que fuera mayor de edad, pese a su situación, y eso lo ayudaba a forzarlo a ayudarle.

No pudo decir nada cuando empezó el ataque de tos, viendo cómo la mancha de sangre aparecía en su mano. Se dio cuenta, con una mirada calculadora y experimentada, que el chico acababa de perder su arrogancia por lo que podría ser miedo. Un sentimiento enteramente comprensible dada la situación. Le preocupó, cómo no, el estado del joven, y con un suspiro se decidió a ayudarle.

Con cuidado, tocó la espalda del muchacho para empujarla, haciéndolo erguirse con cuidado. Con su otra mano, tomó su mentón y dirigió su rostro hacia el techo, ayudándolo a respirar a pesar de que el dolor y la tos pudiesen hacer que desease encorvarse. Si todo salía según lo que Laith había planeado, la tos cedería al cabo de algunos segundos. El sanador esperó con paciencia a ello, y no lo soltó de su sujeción hasta que la tos se detuvo.

Si tengo que aventurar un análisis, tienes una herida interna en el estómago o en los pulmones —le dijo, — asumo que es en uno de esos dos lugares donde recibiste el impacto del hechizo o hubo una herida secundaria a causa de ello —lo ayudó a regresar a una posición cómoda en la camilla, mirándolo. Donde antes había altanería, ahora había únicamente madurez y honesta preocupación. — Déjame revisarte, te prometo que en cuanto estés realmente mejor yo mismo seré quien te dé la salida del hospital, pero no puedo ayudarte si no me dejas —su tono había pasado a ser suave, determinado sin embargo.

Realmente quería ayudar, y ahora él y el mismo paciente sabían qué tan grave era su estado. La sangre nunca era un buen indicio y mientras más tiempo perdieran podría ser incluso peor. No podía hacer nada si su paciente no se lo permitía, y por eso era necesario que el muchacho abandonara esa soberbia que no le permitía hacer su trabajo correctamente.
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Evans Mitchell el Jue Nov 08, 2018 7:53 pm





«¿Eres un paciente que está en dolor y sufre?» Ah, mira por dónde se colaba el muy listillo. Sí, sí, quería jugarle con sus palabras en contra, que le veía el tutú, sí. Evans le lanzó al médico una miradita que apartó luego, escapándose furtivamente del contacto con una sonrisita, entre divertido y molesto. Es que, mira tú, pecar de listo en ese juego de: “Lo que digas podrá ser usado en tu contra”.

No agregó nada, porque tenía la batalla perdida, pero había que salirse con dignidad. No ganaría nada con insistir en eso y no era nada bonito pensar en que de verdad le dolía, más allá de lo que sus propias pociones habían podido ‘curar’ por el momento. Se limitó a atacar por lo bajo. Si era blando por dentro, tenía que darle.

Pudo entrever que algún tipo de planteó se le habría cruzado por la mente, sólo por esa cara muda, bastante difícil de leer a decir verdad, dura, grave, altanera, y que por alguna razón, a Evans le parecía desproporcionada. Había rostros de facciones más armoniosas, como el suyo, sí, su propio rostro, de una simetría que cantaba a plena vista.

Le hubiera dicho unas cuantas cosas más, para que las cosas entre ellos quedaran bien claras, pero esta vez, fue su verdadero estado de salud el que le jugó en contra. Pensó, quiso pensar, que pararía a la de tres, pero los espasmos de la tos no remitían.

No lo hubieran hecho, quizá, de no ser porque tuvo algo de ayuda. Mansamente, se dejó hacer. El contacto era mínimo y él no tenía idea de cómo actuar, contrariamente a la idea que le transmitían las manos del practicante. Así que, se dejó hacer, y no le gustó nada.

Aunque su intención estaba en ceder, su cuerpo se sacudía violentamente, más allá de su voluntad. El practicante le ofreció un sostén que no pudo rechazar dadas las circunstancias. Esto lo hizo sentirse incómodo, pero tampoco tuvo mucho tiempo de pensar sobre ello.

Al remitir la tos, no dijo nada. O más bien, nada de lo que estuviera diciendo antes tenía importancia en ese momento, como para traerlo a colación. Le desvió la mirada al practicante, pero esta vez no fue en un arranque de aparente indiferencia, fue diferente. No quería mirarlo, porque ahora sí podía leerle esa cara, esa cara desproporcionada, y sus jodidas buenas intenciones.  

—¿Tú?—Evans se repasó la boca con el revés de la mano, todavía sin mirarlo. Se le había ido lo gallito y permanecía cabizbajo y pensativo, ensimismado. Por el tono de la pregunta parecía dudarlo mucho. Pero era una duda que iba más allá de un cuestionamiento sobre las capacidades del otro, y no estaba intentando ser despectivo. Por dentro, parecía más bien estar meditando la posibilidad. Al final, luego de una breve pausa siendo gestualmente evasivo, una sonrisa torció su boca—¿No te han dicho que los doctores no hacen promesas a sus pacientes?—soltó por fin, renovada la chispa de su espíritu, bien evidente esa socarronería. Pero la mirada que le dedicó fugazmente a lo último era la de un ego vencido. Y añadió luego, casi a modo de tregua y a punto de pedir algo—: Por favor—resopló. Diríase que pensaba que se iba a morir si pedía algo de buenas maneras, pero a todas luces quería un favor del practicante y se lo pedía sinceramente—Había una doctora—aclaró de inmediato—. Janine, Janine Reinalds. Era mi doctora—subrayó, en voz baja pero contundente. Se llevó una mano a la nuca, incómodo—. La quiero a ella. ¿Por favor?—repitió, con ligera molestia. Le estaba pidiendo que por favor le hiciera un recado, que pinturita. No era como si pudiera pedírselo a alguien más, porque la enfermera ya lo odiaba, o eso aparentaba. Y como si quisiera puntualizar que él y Janine eran paciente y doctor contra toda excusa, insistió—: Dile que soy el hijo de Mitchell.  

Era lo mismo en pediatría, los niños más obstinados se negaban a ser atendidos por otro que no fuera su doctor, su querido doctor, su amigo, y si se daba que otro quería ocupar su lugar habiéndose dado alguna eventualidad, lo miraban con mala cara como si el cuco se hubiera puesto la bata de su amigo. Janine había sido una amiga de la familia que había visitado regularmente a los Mitchell, como una amiga del trabajo de su padre. Había sido también su médica pediatra, oficialmente. Cuando menos, Evans se había dado cuenta de que lo que tenía encima lo superaba, sólo que no tenía prisa por compartirle a ése de ahí qué le pasaba, qué le habían hecho, y en fin, sus preocupaciones. Lo que no sabía, era que Janine era una mujer felizmente casada que se había mudado a otro país, porque allí donde vivía su marido ella sería feliz. La noticia de tanta felicidad junta seguro le agriaría la expresión al máximo nivel, porque ya sabes lo que dicen: ‘la felicidad de uno es la desgracia de otro’.

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Evans MitchellUniversitarios

Laith Gauthier el Jue Nov 15, 2018 12:28 am

Un ataque de tos podía no ser la gran cosa en el ámbito médico, pero la sangre siempre era indicio de que había algo más peligrando dentro del organismo. Una lesión en la parte más blanda del cuerpo, y aventurando análisis Laith se dio cuenta que tendrían que actuar cuanto antes, a riesgo de que la situación se complicara más de la cuenta y esta vez sí que saliera de sus manos. Ese no era un buen día para perder un paciente y lo mejor era esmerarse al máximo por que las cosas se mantuvieran de esa forma.

Eres imposible —le dijo con una sonrisilla al muchacho que, incluso ahora, le recordaba haber faltado a un protocolo básico en la medicina. Pero podía verlo, que se había dado por vencido a las circunstancias. El muchacho procedió a pedirle un favor imposible, y tomó nota mental de dos cosas importantes, que quizá le servirían en otro momento. — Te aseguro que lo haría si estuviese en mis manos, pero la doctora Reinalds ya no forma parte de nuestro equipo de trabajo —le explicó, con el tono más suave que pudo. — Y no tenemos mucho tiempo para actuar, una hemorragia interna puede causar un shock hipovolémico…  Es decir, que los hematomas creen presión en los órganos y cause mal funcionamiento —le explicó.

No quería asustarlo, pero era importante considerar los posibles riesgos y complicaciones de no atenderse adecuadamente. El joven tenía que comprenderlo, quería que entendiese que sólo quería ayudarlo. Pero Laith se había dado cuenta de varias cosas: primero, que Evans era uno de esos pacientes que se aferran a un único médico, aunque este ya no les sirva para métodos prácticos; la segunda es que el padre de Evans era un médico, y eso le permitía entender un poco la obstinación clásica de aquel que se auto-médica.

Necesito que te quites la bata primero, utilizaré un hechizo Revisio para investigar dónde está situada la hemorragia y un Translucens para verificar si hay otras complicaciones por las que nos tengamos que preocupar —le explicó a grandes rasgos cómo iba a ser el procedimiento, para que supiera qué esperar. — Si sólo tenemos hemorragias internas, usaremos una poción Productio monoclonal para ayudar a la regeneración de los vasos sanguíneos y actuaré a continuación de acuerdo a la situación —Evans tenía que entender que no era sólo un practicante, y que debía confiar en él para su procedimiento. — Me preocupa, de todos modos, el tipo de hechizo que te impactó, ¿tienes alguna idea?

Normalmente no le importaba que pusieran en tela de duda sus capacidades y habilidades de sanador, siempre y cuando lo dejaran hacer su trabajo. Demostraba más lo que hacía que lo que podía decir, sin embargo cuando impedía que hiciese su trabajo de forma adecuada, eso realmente le molestaba. Sacó su varita para prepararse y hacer el correspondiente hechizo, si y sólo si el joven le permitía el acceso a su torso.
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Evans Mitchell el Sáb Nov 24, 2018 12:49 am




Lo de ‘no tenemos mucho tiempo…’ hizo que Evans le lanzara una mirada de atención con las cejas arqueadas. La noticia de que su doctora, Janine, no formaba actualmente parte del cuerpo de médicos en el hospital le provocó un shock, en otro sentido. Algo más que un mal sabor de boca. Vale, estaba en manos de un completo extraño, perfecto.

No lo iba a confesar, pero lo ponía más tranquilo que le explicaran qué iban a hacer con él o por qué, que intentaran que se figurara qué era lo que lo hacía sentir para la. Fuera de juego, vamos. Porque se sentía fuera de juego. Era siempre molesto hallarse impedido y en dolor. Empezó a pensar, en vistas de su situación, que quizá hasta ese defo no se veía tan mal en tales circunstancias. En las malas, había que arreglarse con lo que se tenía a mano, ¿no?

Suspiró.

—Está bien—
dijo, asintiendo, conforme el practicante le explicaba el procedimiento. La pregunta sobre qué le había pasado le provocó una mueca, de esas que nacen ante la mención o recuerdo de algo desagradable—. El malnacido…—arrancó como si fuera a ponerse a blasfemar allí mismo, pero se contuvo—. Era un conjuro silencioso—informó, más calmado. Y lo había atacado por la espalda, el muy jodido. No era nada que él no hubiera hecho, pero que se lo hicieran a uno era algo muy diferente—. Sentí que me quemaba por dentro—explicó—Cuando me atacó, digo. Creo que pudo haber sido un crucio mal hecho—Torció su boca en una sonrisa, no porque la idea le causara gracia alguna. Si afirmaba una cosa así, era porque en otra oportunidad había sentido algo similar... sólo que peor. O en todo caso, que él podía hacerlo mejor—. Hoy día es el hechizo favorito de todos los malnacidos—Calló un instante y añadió—: Tomé una infusión de hierbas regenerativas—confesó, al tiempo que le dedicaba una mirada, casi como si le retara a llamarlo idiota o imprudente, o cualquier cosa, por no ir directamente la hospital—. Me sentí bien un tiempo. Bueno, ‘bien’. Mareado, con vómitos, con dolor. Pero tenía que ir a trabajar, y. Imaginé que el dolor iba a parar. Bill dijo que me encontró tirado en el suelo—concluyó—. No sé qué hechizo sea.

Había tenido la mala suerte de cruzarse al salir del trabajo en el bar con un grupete de aspirantes a mortífagos, que muy probablemente no fueran nada importante, ni en sus vidas ni para los mortífagos, sólo una panda de imbéciles que se habían creído que podían llegar a ser importantes al pertenecer a las filas de confianza del Señor Tenebroso. Había mucho de eso últimamente.

—Ya que eres todo un catastrófico—
dijo Evans, viéndolo con la varita en mano, con la misma aprehensión con la que se vigila una jeringuilla—. Mejor haz… lo que tengas que hacer.

Justo entonces, cayó una cara nueva. Era un tipo en uniforme, demasiado sonriente para el gusto de Evans—ni hacía falta decir que, si él se sentía infeliz, no le sentaba muy cómodo estar rodeados de imbéciles con sonrisas en sus caras—. Apareció por la puerta abierta de la habitación, con la clara intención de dirigirse a Laith, pero verlo ocupado lo interrumpió.

—¡Laith! Oh, lo siento… Estás ocupado, bueno… ¡Hola!—
saludó, con una blanca, blanca, atractiva sonrisa a un paciente que le devolvió una mueca de profunda desconfianza—. Sólo quería decirte que Gils va a cubrirme esta noche, así que sí, estaré libre—Sugerente, sugerente esa sonrisa. ¿Por qué todos parecían tan gay en ese hospital?, pensó Evans. A ver, que no es que él fuera prejuicioso, ¿ok? Sólo lo normal. Pero ese tipo de ahí, sólo con haber entrado a la habitación, había hecho del ambiente algo floreado y rosa, y… Vamos, que estaba coqueteándole con esa miradita a su practicante. Hacía falta sólo tener dos dedos de frente para darse cuenta de eso. Falta de respeto. Es que era sólo cuestión de ver que ellos dos, médico y paciente, estaban en medio de algo, no tenía que venir ese salame a interrumpir. Y estaba muy bien, eh. Lo de ser gay, pero que no hicieran eso de ‘ser gays’ frente a él, por favor. Y con tanta felicidad—. Nos vemos.

A ése, que le vieran la cabeza. ¿Evans era el único que pensaba que ir a interrumpir allí era una falta de respeto?

—Así que—arrancó diciendo… en francés, con un cierto tinte de humor en su voz. ¿Había algún motivo para que hablara en francés?, ¿quizá quería compartir algo que con Don Sonrisa Atractiva su practicante NO tenía? Puede que simplemente le hiciera sentirse cómodo, cuando de por sí la situación no lo era—. ¿Qué haces tú esta noche? ¿Sabes?—agregó practicamente al instante, diríase que reflexionando sobre la cuestión a toda máquina—. Si tuviera que quedarme en el hospital esta noche y me diera un shock o algo. ¿Te das cuenta que lo último en que pensaría es que mi practicante está dándose la noche loca en alguna otra parte?—Exageraba con la idea de que podía morirse allí mismo. Lo comentaba como una broma, pero algo picante, y no terminó ahí—. Janine solía quedarse conmigo—comentó, ¿en un arranque de nostalgia?—. Una vez estuve internado y ella—Le leyó hasta que se quedó dormido, pero ni modo iba a contarle eso, así que se interrumpió y sólo soltó—: Era buena conmigo.

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Laith Gauthier el Jue Nov 29, 2018 2:07 am

Le explicó a Evans todo lo que tenía que hacer, ahora con un aire más profesional. Ahora tenía su atención y, hasta cierto grado, su respeto, y era por mucho lo que necesitaba para hacer bien su trabajo. Estaba receptivo, por lo menos. Le ayudó a bajarse la bata para conseguir ver su torso y empezar a buscar con su varita el origen de la hemorragia, escuchando la historia sobre lo que había sucedido para intentar hacerse una idea de qué era lo que había sucedido. Lo escuchó hablar, desahogarse, sin interrumpir hasta llegar a la conclusión final: no sabía el hechizo.

Está bien —le dijo. — Imagino que sobra decirte que fue inconsciente y una severa falta de madurez intentar sanarte con hierbas regenerativas —pareciese que no prestaba atención, pero había escuchado cada palabra, cada pausa y cada respiración. Estaba buscando algo en lo que exhalaba. — Yo me encargaré, ¿está bien? —le pidió un voto de confianza, mirándolo justo luego de encontrar el punto donde cambió de color, en uno de sus pulmones. — Aquí está la hemorragia, ¿puedes verla? Parece serio —le dijo. — Voy a empezar con una revisión más exhaustiva, puede ser impresionante para algunos pacientes, si eres uno sólo aparta la vista.

El hechizo Translucens se caracterizaba por desaparecer poco a poco el tejido hasta encontrar lo que estaban buscando, y así Laith empezó a buscar qué había sucedido. En su cabeza empezó a armar una historia, porque lo que se encontró fue algunas fracturas en sus costillas, lo que probablemente había perforado el pulmón. Laith no era un catastrófico, sólo era inteligente y podía ver la gravedad de una situación. Sin embargo, una intromisión lo distrajo de su papel, mirando al hombre que se había colado a su habitación.

Hola, estoy muy ocupado ahora —le dijo. Laith podía soportar muchas distracciones, pero no cuando estaba trabajando justo con un paciente. — Te buscaré después, cuando ya no esté ocupado —cortó de inmediato. No porque le preocupara que su paciente supiera algo de su vida privada, aunque el jovencito no tenía por qué saber nada, sino porque estaba ligeramente molesto. Primero, llegaba interrumpiendo sin avisar; segundo, llegaba hablando sobre planes que nadie más que a ellos competían. Era una falta de respeto para él y para su paciente. — Lo siento por eso —se dirigió a Evans, cuando su compañero se marchó.

Laith se separó del muchacho para ir a una mesa y revisar ingredientes. Necesitaba un par de pociones, y empezó a mirar ingredientes mientras el muchacho hablaba en el segundo idioma compartido. Se mostró interesado sobre sus planes para esa noche, y el sanador se encogió de hombros mientras empezaba a mezclar ingredientes. Lo miró de reojo en cuanto escuchó sobre él yéndose de noche loca y él estando en shock o alguna cosa parecida, igual de mala. Se sonrió para sí mismo, sin saber bien por qué. No era un niño, pero lo parecía.

Bueno, creí que no estabas interesado en que te atendiesen “practicantes”, hay muchos sanadores igual o mejores que yo —le dijo, con un tono socarrón, haciéndole notar el punto. — ¿Y ahora no quieres que termine mi jornada laboral por no dejarte? —diríase que se sentía halagado. — Es una cena, aunque en verdad… No sé si ir —le confesó. Se encogió de hombros. Terminó una de sus pociones, dándosela al muchacho. — Esta es la Productio monoclonal, te ayudará para deshacerte de la hemorragia… Aunque tengo que hacer algo para deshacernos de unas fracturas, así que creo que vamos a tener que dosificar Crece-huesos y verificar la regeneración para corroborar que esté soldando adecuadamente.

Le había dicho el procedimiento básico, tomando la tablilla de hospital para escribir todo lo que había descubierto y su procedimiento, junto con otra información básica que tenían que tomar en cuenta si alguien que no fuera él se encargaba. Aunque había algo haciéndole ruido dentro de la cabeza, lo que le había contado sobre Janine no parecía ser sólo casualidad. Era extraño sentirse así, de alguna manera necesitado, por un joven adulto. Generalmente ocurría con niños o personas mayores, no con adolescentes o adultos.

Supongo que… podríamos hacer un trato. Si te dejas tratar y no incordias a otros empleados, no iré a la cena y vigilaré que no te dé un shock —dijo, después de haber contemplado sus planes un momento. Podía salir con él en cualquier otra ocasión, por no mencionar que era una salida grupal con opción a seguir una fiesta privada luego. Sin embargo, pensaba improbable un shock tras haber bebido esa poción. — ¿Suena a un trato justo para ti?
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Evans Mitchell el Dom Dic 09, 2018 12:42 pm




—No soy…—‘Impresionable’, iba a decir. Pero tuvo que apartar la vista con un mudo puaj que aunque intentó disimular lo tomó por sorpresa. Una vez que se acostumbró a la visión de sus viseras expuestas de esa manera, regresó la mirada a lo que su practicante estaba haciendo, no sin una expresión de severa aprensión en el rostro. A decir verdad, era del todo interesante—. Vaya.

Ni siquiera su asombro quitó al practicante de su ensimismamiento, concentrado como estaba en examinarlo. La interrupción, inoportuna, del mequetrefe aquel, si bien lo incomodó y lo puso sobre alerta como un animal al que le invaden el territorio, le supo a triunfo al final y le dio hasta gusto. ¿Porque sabes?, su practicante estaba muy concentrado con él, como debía, vete tú a partirte la madre a otra parte, mequetrefe.

Sin embargo, enterarse de que había gente fuera de la camilla que hacía cosas esa noche lo hizo sentirse un poco dejado atrás, por su practicante, por Bill, por ese par de ex ranveclaw tacaños con la mantequilla de maní que debían estar de fiesta esa noche disfrutando de su despensa; por todo el mundo. Eso estaba mal, en algún punto, de una extraña manera. Porque Evans estaría allí, solo, esa noche, atrapado en una camilla de hospital.

—Ja—Evans reaccionó con falso humor. Ya, que entendía el punto. No había motivo alguno para creérsela tanto…—. Por no cometer abandono de paciente—corrigió, acomodándose en la camilla de la forma más digna posible. Hizo una mueca de dolor, pero no se quejó—Si él paga, deberías—añadió, postulando claramente cuáles eran sus principios—Pero mira que refregarme en la cara que hay otras cosas además de la gelatina esta que te dan aquí…—Sí, la comida de hospital no solía ser la mejor, pero mentía queriendo dar a entender que no le gustaba la gelatina, precisamente la gelatina. Le encantaba—. Tú piensas—inició lo que aventuraba ser una de esas peticiones que tenían el tono inocente de lo que era claramente una intentona por su parte—…¿qué podrías hacer aparecer un bistec o algo aquí?—De pronto, le conociste la sonrisa. Una sonrisa ladina, compradora. No renunciaría sin hacerse el lindo, ahora que sabía que todos eran gay en ese hospital. Las cosas que uno tenía que hacer por una buena comida. Miró la pócima con curiosidad—. Ah, bien, gracias—Ahora decía gracias, luego de haber hablado de bistec. No pudo, sin embargo, seguir fingiendo al escuchar la palabra “crecehuesos” y esbozó una mueca de asco. Ya sabía qué sabor asqueroso tenía esa cosa—. Vale—accedió, aunque no muy contento.

Lentamente, se tragó lo que le daban. Puaj. Puto asco. Se lo tragó todo, sí, pero algo goteó desde uno de los costados de sus comisuras. Se llevó el revés de la mano a la boca, conteniendo el vómito. Vaya, todas las pócimas medicinales eran un puto asco. Al oír la palabra ‘trato’ ojeó a su practicante con una chispa de curiosidad, a ver con qué le salía aquel ahora. Se sonrió.

—El tipo tiene que gustarte bien poco—observó inteligentemente. Porque mira que preferir pasar la noche en el hospital que con un bistec—. ¿Es un pesado? Tiene pinta—Claro, porque si a él ya le había caído mal por inoportuno, no podía ser un tipo agradable ni para él ni para nadie, lógica. De pronto, estaba muy intrigado por indagar en la vida de su practicante. El mal sabor de boca le había hecho sacar la lengua. Si se ponía muy curioso, extrañarías al quejica. Se estuvo ligeramente pensativo, sopesando la idea que le proponía. ¿Era un trato justo?—. Bueno, si resulta que no eres un aburrido… Puede—se encogió de hombros y añadió—: ¿Dices que vas a entretenerme toda la noche?—sonrió, jugando con el doble sentido—, ¿juegas a algo al menos?—Ni lento ni perezoso, se interrumpió a sí mismo tocado por una repentina curiosidad sobre un tema que, por supuesto, no le incumbía para nada—. Dime, ¿y qué tipo de gay eres tú? Tú sabes, estoy cool con eso, siempre que no me toques demasiado. No es personal, pero—Hizo una mueca, expresándose incómodo con la idea, y esa fue toda su explicación profunda sobre el asunto—. Conozco un caso cercano—continuó. Él, hablando muy en serio—. En el que el chico, tú sabes, salió a medias del clóset. Pero todo el secreto debió de hacerlo muy miserable, porque hasta el día de hoy no ha dejado de ser un jodido amargado. Y mira a mi mejor amigo con esos ojitos, ¿sabes? Me doy cuenta que lo mira, pero él hace que no. Siempre tiene esta actitud, tan negativa. Intentas hablar con él y te huye. Me odia porque es mi mejor amigo, ¿sabes?, el chico que le gusta. Tú no pareces amargado.

Evans Mitchell tenía una bocaza con mucha reputación. Muchas cosas de las que decía o el cómo las expresaba, no se correspondía realmente con lo que pensaba o en cómo pensaba sobre ciertos asuntos, ya fueran los gay o los amargados. Estaba lleno de contradicciones que se caían lentamente a medida que ibas descubriendo sus mentiras.  
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Laith Gauthier el Miér Dic 12, 2018 11:52 pm

Podía sentir aquella mirada intensa encima, que parecía no poder dejar de juzgar cada cosa que hiciese con sus manos. El muchacho podía ver todo lo que quisiera, pues Laith se sentía seguro de su propia habilidad y su capacidad de no cometer errores básicos. Lo importante del tigre no son sus rayas, sino su fuerza, y eso no mucha gente lo entendía, siempre juzgando por la apariencia. Sonrió por dentro cuando el otro se vio asombrado por su estudio dentro de su cuerpo, pero no lo exteriorizó, cuando estaba tan ocupado en pensar en su análisis y a raíz de eso recetar su remedio.

La breve pero inoportuna intromisión de su compañero Laith la encontró molesta. Hay un momento para todo, y el momento para confirmarle una salida no era cuando estaba en frente de un paciente, eso cualquiera podía verlo. Salir le gustaba, no se puede mentir, pero amaba su trabajo y estaba fielmente comprometido al mismo. Por sorprendente que parezca, el supuesto abandono que representaba su salida para el joven le divirtió al mayor, que se sintió ciertamente halagado, y no pudo evitar pensar si ahora sería él ese médico a quien se aferrase.

¿Abandono de paciente? —se burló sutilmente, sonriendo. — Bueno, eso te enseñará a consultar a un experto antes de automedicarte, si hubieses venido justo cuando ocurrió la sangre no había molestado a los pulmones y ya estarías feliz yendo a comer algo delicioso —Laith apuntó, aunque bastante en serio pese al tono afable de la conversación. — Hoy tenemos en el menú unos deliciosos macarrones con queso, huevos con bechamel y yogur natural —se sonrió divertido, muy seguro de la dieta, ¿por qué? Porque era una que él mismo pediría pues era una dieta especial para la investigación de hemorragias.

Le dio a beber sus pócimas, y con su varita ayudó a las costillas a estar en su sitio para empezar la regeneración, como una molestia moderada ahí donde su varita se posara durante unos segundos. Si todo salía de acuerdo a su plan, podrían evitar una intervención quirúrgica para remover la costilla rota. Se le ocurrió hacer un trato con el muchacho: quedarse con él a cambio de buen comportamiento. Evans incluso se sintió en posición de pensarse su oferta, por lo que Laith bufó.

Eso no es muy amable —pero no negó ni confirmó que el tipo fuera un pesado. — Oye, gavroche, no soy tu payaso ni tu juguete, el trato sólo lleva mutua compañía —le apuntó con un dedo retador, antes de disponerse a limpiar su mesa de utensilios médicos, con los frascos ahora vacíos y su caldero. — No es por presumir, pero soy muy bueno con las cartas —era lo único que se le ocurría para jugar con un paciente. — Creo que también hay un ajedrez y damas chinas —juegos de mesa clásicos. — ¿Sabes jugar? —ahora le tocaba a él devolverle la pregunta.

Sin embargo, le llamó la atención que preguntase qué “tipo” de gay era, y en principio no supo si lo sorprendió de buena o de mala manera. Evans era uno de esos a quienes les encantaba el sonido de su propia voz, y lo corroboró cuando empezó a hablar sobre el caso de un chico que aparentemente era gay de closet. Recargó su peso en la mesa con la cadera, cruzándose de brazos mientras lo escuchaba. Más que escucharlo, analizaba el contenido de sus palabras, sin sentirse afectado en ninguna medida al ver su sexualidad… ¿señalada, podría decir?

Para empezar, si ese chico es gay o no, y si está en el closet o no, no es asunto tuyo, estoy seguro que ese chico no gira alrededor de ti —porque eso era lo más importante y que Evans tenía que tener claro. — Si lo fuera y si le gustara tu amigo, tampoco es asunto tuyo, está en tu amigo rechazarlo… o no —una sonrisa se extendió por su comisura derecha. — Aunque presiento que lo dices más con… ¿celos de amigo? Me suena a que te metes con él porque te disgusta la idea de que te pueda separar de tu mejor amigo —era una acusación grave, pero Laith tenía todo a su favor para señalarlo: desde el comportamiento conflictivo del joven, hasta su reticencia al cambio. — No debería interferir con tu amistad, de todos modos, si empiezan a salir o algo —se encogió de hombros, separándose de la mesa. — Y, para que lo sepas, yo tampoco giro alrededor de ti.

Pese a que Laith no se sentía ofendido por el comentario a su sexualidad, le parecía absurdo que sintiese miedo o disgusto a que lo tocase, como si creyera que iba a aprovecharse de él o algo. Lo que era irónico considerando que los ojos verdes sólo veían en él a un mocoso bravucón con más inseguridades de las que quería admitir. Le faltaban años y madurez para que el sanador pudiese considerarlo dentro de “su liga”.

Este es tu momento de decirme si aceptas mi trato o no, es ahora o nunca —Laith le sonrió, deteniéndose en la puerta antes de salir. Tenía otros pacientes que atender, y gente con la que hablar si pretendía, o no, doblar turno esa noche en el hospital.
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Evans Mitchell el Lun Dic 17, 2018 7:56 am




Tú no insistes en discutir cuando llevas las de perder, pero eso no quita que pelees por tener la última palabra en el asunto. Lo de “eso te enseñará” provocó en Evans una mueca punzante, y mostró los dientes en una sonrisa ladeada. Le mosqueaba que le hablaran con tanta seguridad sobre algo que pudo no haber pasado. Es decir, ¿tú qué sabes? A lo mejor, funcionaba.

Evans reboleó los ojos, cual silencioso desquite.

—Sólo para que sepas. Esa actitud de tirar frases al estilo “Te lo dije”—Evans negó repetidamente con la cabeza, chasqueando la lengua al son. Claro, porque no importaba quién tenía la razón ahí y quién no, había que fijarse ‘en la actitud’. Y que fea, que fea actitud esa, eh—Sólo te hace quedar mal, ¿sabes? Yo estoy aquí, pasándola malas y tú… Bueno, macarrones con queso, no suena mal. Es algo—No entendió muy bien por qué esa sonrisa de oreja a oreja, pero tanteó a ver si podía sacarle algo a esa sonrisa— ¿Puede ser gelatina en vez de yogur?

Mira que antes había dado a entender que no le gustaba nada la gelatina. Le hizo una gracia inconfesable que insistiera en llamarlo ‘gravoche’.

—Oh, bueno, no te enojes—calmó Evans, fingiéndose atacado en su sensibilidad. Había en el tono de su voz un dejo ciertamente zalamero—. ‘Mutua compañía’, eso suena sí que suena gay—señaló, con una sonrisa pintada en la mirada—, digo, tú sabes, ‘dulce’—aclaró, sacudiendo la cabeza como queriendo quitarse el asunto de encima—Y no es cuestión de ser amable o no—añadió, en una postura indefendible, que era la de justificar sus propias malas maneras—. Si es cierto, lo dices.  

Se encogió de hombros como alguien que acepta las verdades de la vida sin cuestionarlas. Una sonrisa curvada pasó fugaz por sus labios cuando su practicante se expresó modestamente sobre su habilidad con las cartas. Claro que jugaba, y lo declaró con obviedad, arrugando un poco el ceño. Porque mira que preguntarle una cosa así, por favor.

La conversación tomó un giro que no se esperaba. Lo evidenció la sorpresa con que abrió mucho los ojos, como cuando escuchas un disparate. Ya cuando empezó a decir ‘no es asunto tuyo’ hizo que le bailaran las cejas y entornara la mirada mientras que se preparaba para oír con qué salida iría a golpearle a su ego de metiche. Imaginarse a Joshua dando vueltas a su alrededor le provocó una carcajada interna que tuvo que reprimir a costa de sonar como un loco. La parte que le tocaba a Bill no le gustó nada.

—Oye, claro que es asunto mío…—Lo que fuera a decir murió en su boca abierta. Había querido interrumpirlo, pero ese Doc tenía una lengua rápida… por no decir fulminante. Calló enseguida, enfurruñado. ¿Celos, decía? Su mirada se tornó escéptica. A medida que iba hablando, muy seguro de sí mismo, Evans curvó sus labios en una sonrisa, casi peligrosa sonrisa. Je. Había un detalle que se le escapaba. El Doc no conocía a Joshua, ¿celoso de él? Nah. Cambiaría de opinión de saber de quién se trataba. Quejoso, imposible, egocéntrico. Bill no se interesaría en alguien así—¿¡Salir!?—Evans rió, casi nervioso, incapaz de quedarse callado—¿Pero de qué hablas?, ¿por qué iban a… —Sonrió con el último comentario. Claro que no, el Doc se veía demasiado ‘diva’ como para girar alrededor de alguien, que no, que Evans no había sugerido tal cosa—. Por empezar…—repitió, tomándole el pelo cuando terminó de dar —Bill y yo estamos bien. No me preocupa Joshua, digo. Este tipo. No importa. Además, Bill tiene una novia, ¿ok? Una mina insoportable si me preguntas, pero ella no significa nada, digo. Entre nosotros, estamos bien. No me preocupa en ese sentido. Estamos siempre juntos, Joshua no tendría ni una oportunidad—Sonrió, de nuevo, nerviosamente—. Somos Bill y yo—insistió, por alguna razón—, pero ey… Entiendo tu punto, ¿ok? No te ofendas, qué rápido te enciendes—Se mofó, a modo broma—Sólo hablaba de algo que veo y no me parece bien: estar encerrado en el closet y vivir como un amargado no me parece bien. Tú me gustas más. Sólo quería saber cómo era para ti… Porque no me vas a decir que todo el mundo te sonríe todo el tiempo como Don Soy Pesado. Habrá habido algún tipo que habrá querido darte una hostia sólo por acercarte—Evans se encogió de hombros—A mí el tema ‘soy gay’ se me hace cansino—reconoció—, pero también, te hace diferente. Diferente ‘bueno’, pero diferente. Siempre será así. Además, si no eres gay, eres otra cosa. Pero algo. Y no me salgas con: ‘soy una persona’. Porque, ¿qué carajo es una persona? Sólo digo—Sí, y decía mucho. Por último, agregó, con un ligero dramatismo—: Yo sólo quiero conocerte, y tú eres tan rudo.

Hablaba de todo un poco, y tan relajado en su propio relato de la vida, y confiado. Sus ojos parecían reír. Desvió la mirada hacia un lado cuando el Doc le dio la espalda, casi apenado, a punto de un suspiro. Pero fue imposible verlo porque para cuando el Doc volvió la atención sobre él, Evans lucía igual de relajado que antes. A ver, le había dicho que se pasaría por allí, con un juego de cartas y todo, ¿pero y si no…? Es decir, ya, que lo entendía, tenía que estar ocupado, y en todo caso, quizá se lo pensara mejor cuando Don Pesado lo detuviera por allí con esa sonrisa de que se hacía pipí de la emoción. Una punzada de bronca le nació sólo con pensarlo. Es que el mequetrefe aquel le había caído mal a la primera, eh. Era sólo eso, que le caía mal.

‘Este es tu momento’, decía. Le gustaba a Evans que todo fuera un tire y afloje con él, casi una competencia. Vamos, que se metía con el pobre paciente, pero no era del todo molesto. Evans se encogió de hombros, como quien no quiere la cosa.

—Ok, trato.


Si le mentía, pensaba firmar el libro de quejas.


***


En la sala de internación en la que habían instalado a Evans había dos camillas, pero una estaba vacía. Hubiera sido un martirio compartir esa pesadilla, a menos que el otro paciente permaneciera calladito en estado vegetal.

Eso pensó en un principio, pero lo cierto era que solo y sin nada que hacer, sin oír el sonido de ninguna voz —de su propia voz, por ejemplo—, la espera se hacía deprimente y se hacía necesario algo para matar el tiempo.

Dormir no podía. A no engañarse, se sentía exhausto, pero ya se conocía lo bastante como para saber cuándo el insomnio era el que mantenía sus ojos abiertos. Era capaz de pasarse toda la noche en vela.

Estaba bien con eso. Porque además, no quería ni pensar en tener una de sus pesadillas ni más ni menos que en un hospital, no, de eso nada. La sola idea le daba escalofríos.

Hacía rato que el Doc se había ido. Evans fingía que no pensaba mucho en él, aunque el hecho de que se sintiera mejor luego del tratamiento no ayudaba a que se lo sacara de la cabeza. Es que mira, hablando de promesas rotas, ¿no era así como había acabado dentro de los mortífagos? Gente.

Intentó mantener una conversación civilizada con la enfermera cuando entró por última vez, pero a pesar de que intentó retenerla, esta no se mostró muy contenta con él, atacada por los prejuicios que tenían los enfermeros contra los pacientes, muy seguramente.

El Hospital durante la noche se le hacía un lugar solitario y casi aterrador. De por sí, nadie parecía pasearse por allí hacía rato, lo cual empeoraba su sensación de aislamiento. Sin más remedio que un suspiro resignado, Evans se enfrascó en su libro, por enésima vez.

Bill le había dejado un par de libros que tomó de su biblioteca, así que ya los había leído. Le había traído también un dibujo infantil, obra de su uno de sus hermanitos: se podía ver perfectamente a un hombre-palo fulminado por un rayo y con los pelos parados, ese era él, Evans. A pesar de las apariencias, se llevaba bien con los peques.

Su amigo estaba excusado por abandonarlo porque tenía que cuidar de sus hermanos, además había llegado a visitarlo derrotado del trabajo. No iba a pedirle que se quedara. Bueno, sí que lo hizo, pero después recordó a los peques. Mientras no lo dejara por la novia, no había traición.

Además, para apaliar el hambre, le había dejado también un envío especial que Evans decidió utilizar como señalador en su lectura: una foto de Den, y mira, también salía el amargado de Joshua, comiendo felizmente. ¿Y quién había cocinado? Bill. Eso le dolió. Pero no podía culpar a su amigo por la treta perversa de alguien más.

Los minutos pasaban, y Evans ojeaba la entrada de la sala de tanto en tanto…, y volvía a su lectura con un suspiro.

«¡Gays!»



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Laith Gauthier el Vie Dic 21, 2018 9:18 am

El sanador enarcó una ceja cuando lo oyó empezar a reclamarle su evidente afirmación: iba a aprender eventualmente a no automedicarse. Él podía hacerlo legalmente, el muchacho no. — Quedas peor tú que yo queriendo hacerme ver mal por una realidad tan grande como la Muralla China —le sonrió divertido. — Lo consideraré, pero no te prometo nada —le dijo respecto a la gelatina. Un par de cálculos sobre beneficios de la gelatina y el yogurt y podría ver si podía sustituir una cosa con la otra. Si no, el otro tendría que resignarse con lo que hubiese.

Puso los ojos un momento en blanco. No, ese muchacho nunca se callaba, y parecía que tenía algo para decir en todo momento. Y si no, se lo inventaba sobre la marcha. Laith no terminaba de decidir si era irritante o si era curioso. Una parte de su interior se sintió evidentemente incómoda cuando el otro intentó imitar ser gay, a lo que él negó con su cabeza, ¿estaba perdiendo el tiempo?

Entonces nos veremos por la mañana, por mí no es problema alguno —le dijo, muy seguro. Él no era quien se iba a quedar solo, porque apostaba que las enfermeras no serían tan indulgentes como él. — Y… Déjame adivinar, eso te trae muchos amigos, ¿verdad? —ironizó su sarcasmo. A decir verdad, era el tipo de actitud que le daba pena, en el sentido de que se preguntaba cuánto miedo tenía que tener una persona para disfrazar su inseguridad y su intento de mantenerse desapegado con “verdades brutales”, que iban más dirigidas a hacer daño que a enmendarlo. No decía que fuera el caso del chico, pero eso era, por norma general, un síntoma de lo anterior mencionado.

El quebequés tenía un pequeño hobbie que usaba como diversión personal, que era poner en su sitio a gente que tenía el ego demasiado en alto. No por algo personal, sin embargo. Sólo le disgustaba en cierta medida que una persona pudiese tener los humos tan elevados que se le escapaba el detalle de que, para una persona observadora, en muchas ocasiones era fácil de ver a una persona con más puntos flacos que fortalezas. Y nuevamente, era una suposición basada en la experiencia.

Sólo respóndeme una cosa —usó su mano en un gesto pacífico, la palma extendida en diagonal hacia el suelo. — ¿No crees que sería…? Humillante es poco para describirlo, pero extremadamente desalentador que un tipo a quien subestimas tanto… ¿consiguiera pasar por encima de esta novia insoportable para estar con tu amigo, este Bill? Sólo piénsalo dos segundos —no es que fuera a suceder, pero quería ver el cambio en él si conseguía imaginar lo que seguramente lo asustaba. — Pero sostengo mi postura, si fuera gay y estuviera en el closet, sólo es su decisión cuándo está listo para salir —se resolvió con un tono desenfadado, relajándose. — Y si quieres mi opinión, es tan absurdo considerar que ser homosexual es diferente o especial, tanto como pensar que ser heterosexual es lo común y normal, ¿entiendes? Cada quien hace lo que le da su gana con lo que tiene entre las piernas, y no debería incumbirle a nadie más que a esa persona y con quien decida compartirlo, pero mucha gente se siente con derecho a criticar o señalar lo que no les incumbe.

Era cierto lo que estaba diciendo, a su punto de vista. A nadie debería importarle que él fuera gay a menos que intentase llevarle a la cama, o que la otra persona lo intentara. Tanto como a él no le importaba en lo absoluto si alguien más prefería a los hombres o a las mujeres, indiferentemente de su género. La sexualidad estaba sobrevalorada, a fin de cuentas, ¿no sería más común y humano hacerlo con quien quisiesen sin etiqueta alguna? Pero no, porque era parte de la naturaleza humana ponerle nombre a todo.

A fin de cuentas, el muy gallito todavía le hizo esperar unos segundos para aceptar su oferta de ir a verlo después. Casi le dio risa, pero sonrió al volver a darle la espalda, saliendo de la habitación. Las enfermeras se encargarían de él unas horas, mientras él se metía en sus propios asuntos durante un rato.

***

Cambiar repentinamente su horario no era de extrañar para la encargada de recepción y de muchas tareas administrativas. Se conocían desde que Laith era tan sólo un aprendiz y había aprendido a lidiar con él con el paso de los años, como a saber cuándo Laith estaba perfectamente capaz de doblar turno de un momento a otro o cuándo tenía que enviarle a casa aunque él no quisiera aceptarlo. Era una mujer mayor, de cabello teñido oscuro como implacable negación de las canas, de carácter fuerte y dulce a un tiempo.

Además, había tenido más tiempo de aprendizaje con sus practicantes. Algunos de ellos, estudiantes inteligentes y eficientes. Otros, desastres que Laith sabía que no iban a terminar las prácticas sin abandonar. No era fácil seguirle el ritmo a ese hombre cuando se ponía la chaqueta de mentor, y quien lo hacía realmente merecía el puesto por el que estaba luchando y el papel que le señalaba como real sanador o sanadora en el mundo real. La medimagia era una rama delicada y muy importante de la magia.

Había tenido un encontronazo con algunos de sus practicantes en aquellas pocas horas. Lo resolvió con religiosidad: uno de ellos, que la había cagado estrepitosamente en un informe de paciente, tendría que reescribirlo con la máquina de escribir letra por letra, punto por punto; el siguiente, quien había cometido la osadía de no sólo interrumpirlo y contradecirlo frente a un paciente de estado severo, sino que encima había errado en su evaluación, tendría que redactar a pluma y papel un informe acerca de los puntos básicos que había omitido en su evaluación; el tercer practicante era una joven que casi termina con la vida de un paciente de trauma durante su intubación, ¿su castigo? Mirarlo como un águila e informarle a su superior de su estado cada tres horas a menos que hubiese cambios significativos.

Sólo en ese momento se acordó de aquel muchacho a quien le había dicho que iría a verlo. Se miró el reloj en la diestra para descubrir que era tarde ya. Las enfermeras debieron llevarle la cena hace rato, con gelatina, y luego de dar aquella indicación había desaparecido por completo de su mente hasta que se vio a sí mismo sirviéndose café en la sala de empleados. No tenía juegos de cartas a la mano, así que tuvo que pedir prestado uno que se guardó en el bolsillo de la bata. Dio un recorrido a todos sus pacientes y sólo entonces se presentó en la habitación del joven, café en mano.

¿Sigues despierto? —preguntó, recargándose en el umbral de la puerta y esperando una respuesta. Estaba leyendo, pero igual lo preguntó. — Pensé que te habrías dormido hace rato —confesó, entrando a la habitación y tomando asiento en una silla a un costado de él. Todos sus demás pacientes ya dormían plácidamente.
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Evans Mitchell el Miér Ene 02, 2019 11:14 pm




Le picaba a Evans que su practicante le tirara la indirecta muy directa de que a pesar de lo dicho podría pasarse más tarde tanto como nunca esa noche, como si todo dependiera de si Evans era capaz o no de hacer comentarios bonitos. Mira tú que sensible. Los humos que se hacía. De tan acostumbrado a ser señalado como ‘el lindo’ se la tendría muy creída. Era como si jugara con él luego de haberse apercibido, muy misteriosamente —que no, pero el quejoso paciente no iba a admitir que en ocasiones podía ser muy evidente—, de que Evans prefería la compañía a quedarse enteramente solo en ese cuarto de hospital, solo y sin nada que hacer, con un ojo abierto ante cualquier posible fantasma que saliera de una esquina.

Le picaba, lo mismo que cuando le señaló que era un antisocial por ser un tipo franco. Por supuesto, que cuando le salía con algo así se limitaba a mirarlo de reojo, sonreírse con una cierta suficiencia y volver la mirada hacia cualquier otra parte como restándole importancia, pero le picaba. Su reacción fue otra muy distinta cuando su practicante, que pecaba de listillo, hizo la tremenda alusión a la posibilidad de que Bill pudiera interesarse por Joshua. No sólo por encima de su novia, que esa no importaba, sino por encima de la amistad que ellos tenían. Gracia no le hizo, pero por la expresión tampoco se hubiera esperado que le dieran en ese punto sensible que otros llamarían inseguridades, miedos o preocupaciones latentes del corazón acostumbrado a salir herido. Sin embargo, a pesar de la forma en que abrió los ojos, mantuvo la compostura, con todo el orgullo.

—No—
contestó sencillamente, encogiéndose de hombros. Tuvo la necesidad de carraspear, aclarándose la garganta. Pero su respuesta se oyó perfectamente, límpida, aplastante, real. Pensar cualquier otra cosa era una barbaridad, un absurdo. Dolía—. Sí, sí—continuó, dispuesto a cambiar de tema rápidamente. Volvió a Laith la mirada, luego de haberla apartado, casi huyendo de él y su misteriosa percepción de las cosas y sus propios sentimientos. Todos los listillos eran peligrosos si los mirabas por demasiado tiempo a los ojos—. Ya, bien, que no me entiendes—Se mostró más seguro al hablar desde una supuesta lucidez mental que escapaba al plano mortal—. A la gente le incumbe TODO sobre ti, o sobre mí—repuso, con un tono explicativo dirigido con toda la intención de dar catedra sobre… sobre todo— ¿Quién eres tú para decirle a la gente lo que le incumbe o no o lo que tiene que criticar?, ¿eso va a hacer que se callen? No. Si yo quiero hablar de que eres gay, lo hablaré con quien quiera. O criticarte—se encogió de hombros—. Y eres diferente, sólo lidia con ello—le lanzó una mirada de tinte paternalista, y sonrió, añadiendo en una exclamación con cierto humor—¡Oh, pobre saltamontes!

Y así, como con los saltamontes, ese de ahí saltó del cuarto y ya nunca lo volvió a ver. Pasaron las horas y Evans se enfrascó en una historia de terror que, casualmente, iba sobre hospitales. Se preguntó si acaso aquel libro no se lo habría colado Joshua porque no recordaba que fuera de su propia biblioteca. Lo cierto era que resultó ser una lectura del todo catárquica ya que Evans se identificaba mucho con el protagonista, quien confesaba vivir el horror en ese encierro.

Si hacía memoria, su temor por los hospitales no fue desde un principio real, sino infundado por su madre, cuando ella todavía tenía algún cariño por él, antes de que Aimee naciera. En ese entonces madre e hijo eran muy apegados. De niño, él no pensaba que pudiera haber algo mal con su madre o con su familia. No pensó tampoco que cuando Linda Mitchell le hablaba interminablemente de lo horrible que era la gente en los hospitales se estaba refiriendo a su propia experiencia como interna con un trastorno mental. Si ella afirmaba algo con horror o desdén o completa seguridad, él le creía sin analizar que su juicio podía ser algo retorcido o del todo inadecuado.

Lo único que había entendido con certeza era que habían hecho sufrir a su madre, e inmediatamente odió ese lugar, con toda la pasión de su corazón berrinchudo e infantil. Le prometió a su madre que nunca tendría que volver allí, que él nunca enfermaría y si lo hacía, tampoco querría ir. Incluso, durante su primera visita a la consulta de Janine, su sanadora de cabecera, se sintió culpable por sentirse encariñado con ella, y cuando la sanadora le obsequió con una paleta él la tiró al suelo de la forma más desagradable posible y se largó sin ninguna muestra de modales. En su corazón de infante, había sido un gesto de amor para con su madre.

Más adelante, las cosas cambiaron. Y a pesar de haberse formado una opinión ligeramente diferente sobre los hospitales, sus berrinches empeoraron hacia una verdadera sensación de pánico. Le recordaban demasiado a su madre. Demasiado a su padre. Y lo que era peor, a su propia vulnerabilidad. Después de todo, presentarse ante un sanador con un problema que tú no puedes resolver por ti mismo te colocaba en una cierta situación de dependencia e indefensión, en la que esperas que te brinden seguridad, humanidad, tacto, además de una cura. Pero las personas te decepcionaban, y con los sanadores no iba a ser diferente.  

Dicho de otra manera, era reconocer que en la debilidad ansiabas un poco de calor humano, porque herido y en dolor, tus defensas se empezaban a derrumbar, y sólo quedaba el desesperado gesto de la mano que aparta moscones sin saber a qué le está apuntando, como las brazadas de un náufrago. Podían colocarte una venda, pero sólo Janine podía sonreírle y transmitirle un sentimiento de humanidad que sólo tienen los las personas generosas. Había algo especial, diferente, en las personas que le ponían el corazón a lo que hacían, al tratar con sus pacientes. Era un extra que seguramente no te enseñaban, aunque la práctica pudiera fortalecer esa virtud, era más bien algo que llevabas contigo. Y Evans, aun siendo un declarado enemigo de los sentimientos altruistas, se aprovechaba de ellos, en el sentido de que podía sentirse tocado y agradecerlo sin palabras.

***

¿Sigues despierto?

Lo tomó desprevenido, y fue por eso que alzó la expresión con avidez, olvidándose de fingir que lo mismo le daba si su mirada tropezaba con un fantasma o una persona que le había hecho una promesa. El brillo que relampagueó en sus ojos furtiva, momentáneamente, fue reemplazado por una sutil expresión de escepticismo al cabo de unos pocos segundos, y una sonrisa asomó por esos labios socarrones. Sin embargo, se fingió serio y volvió la mirada al libro como si nada.

—¿Eso pensaste?—El tono era casual, desenfadado, casi jovial—Yo pensé que te habías ido hace rato. Pero, ¿qué pasó?, ¿te dieron plantón? Que feo eso, ¿verdad?, que te dejen plantado—Le lanzó una mirada elocuente, pero quizá en una rápida organización de sus prioridades, deicidio que era mejor ir por otro camino, e inmediatamente confesó, cerrando el libro—No me pidas que cierre un ojo aquí—Se acomodó en la camilla y sus movimientos eran visiblemente menos aparatosos—Soy más una criatura nocturna, de todos modos. ¿Y tú qué tal?, ¿anotaste algún punto en tu hoja de residente? Dicen que ustedes lo hacen fatal al principio y que los sanadores aquí como mentores, me cuentan, suelen ser la hostia de insufribles, una espina en… tú sabes, así que, ¿tú cómo lo llevas? Puedes llorar sobre mi hombro, no seas tímido.

Los interrumpió un rumor proveniente del pasillo, justo en ese preciso momento, y cazaron una conversación por la mitad, de lo que a Evans le pareció un grupo de compañeritos de su practicante, que se quejaban de la vida. Bueno, uno de ellos se quejaba, a viva voz, indignado y cargado de fatiga. El estrés debía estar matándolo.

—¡Dijo que lo interrumpí!, ¡no lo hice! ¡Sólo aporté mi opinión profesional…!


—Que resultó ser una cagada monumental—agregó otro, calmado en contraste con el tono alterado de la víctima.  

Sus pisadas resonaban, llegando de donde fuera que venían y hacia donde quiera que se dirigieran.

—¡NO! Digo, bueno, no fue lo que él hubiera querido oír, pero…

—Kev, si hacíamos caso de tu evaluación para un tratamiento habríamos matado al paciente, sólo súperalo…—intervino una tercera voz, grave y cansada.

En ese instante pasaron por delante de la puerta abierta.

—¡FUE UNA OPINIÓN PROFESIONAL!—se defendió el de la primera voz, histérico—A veces puedes equivocarte, ¿no? No hacía falta que me soltara un sermón… ¿Y qué hay de lo que le hizo a Freddie?—Diríase que quería cambiar de tema. Sus voces comenzaban a alejarse—¡Lo acusó de haber querido matar a un paciente! ¡Lo dejó llorando al tipo!, ¡al bueno de Freddie! Seguro que si pasamos ahora por la habitación de su paciente tendrá el culo pegado a la silla sin poder tirarse un pedo a riesgo de que le dé algo al corazón…

—¿Ves?—señaló Evans, muy satisfecho consigo mismo. Sonrió, vaya, amablemente—. La hostia de insufribles.


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