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Priv. || Entre un médico y su paciente ||

Evans Mitchell el Lun Oct 22, 2018 6:45 pm




Les había dicho que NO, que bajo ningún concepto consentiría que lo metieran en una camilla. ¿Que su problema era grave?, ¡por supuesto que lo era! Pero no necesitaba que lo internaran en un hospital. Es más, ¿saben qué?, ¡él podía caminar!, ¡podía irse por la puerta!, ¡si tan sólo le quitaran las manos de encima! Nunca imaginó que sería traicionado por la persona que confiaba por sobre las demás, Bill.

—¡Te digo…!, ¡que estoy bien!

Bill lo empujaba por el blanco, blanco túnel de la muerte, sirviéndole de soporte para que avanzara porque no podía sostenerse por sí mismo. Una gorda encajada en un uniforme gritaba algo, a él la luz le molestaba la vista.

—De bien nada. Estás que das asco. ¿Evans?—Le palmeó el rostro—. No te desvanezcas, ey.

—Tú también, Bill, tú también…

—¡Por favor, ayúdenlo!

Lo ingresó en el lugar informando que había recibido el impacto de una maldición y su estado parecía empeorar con rapidez. Evans alcanzó a ver, con horror, que las batas blancas avanzaban hacia él, y hubiera jurado que les gritó mentando hasta sus madres, pero se sentía mareado y, ¡de pronto!, todo se volvió negro.

Despertó en una camilla, y ahí fue cuando empezó su pesadilla.
No, que la de él no.

***

La buena de Dorothy, veterana y sólida mujer, dura de roer, incluso ella, que se conocía todas las tretas de los pacientes menos agradables, estaba que se trepaba por las paredes con ese “paciente mil veces testarudo”.

Ese día, que era como cualquier otro día normal en un hospital, la buena de Dorothy, rabiando silenciosamente, le tendió al desafortunado a cargo la planilla, que era el historial clínico, no sin antes fulminar con la mirada al paciente en la camilla (ese del que se le oía decir a menudo “¡si será testarudo!”), casi echando chispas por los ojos. Se despidió duramente, resuelta a salir de allí.

—Buena suerte.

El paciente, Evans Mitchell, tenía el rostro lívido de rabia, pero guardaba silencio. En la camilla, mantenía toda la dignidad que podía esperarse de alguien que había perdido gran parte de la movilidad y se hallaba incómodo en un cuerpo que no le respondía como debiera, con movimientos torpes e impedido. La frustración era normal. Evans odiaba esa condición de vulnerabilidad en un sitio que, por lo demás, aborrecía. Porque depender de alguien, siempre te colocaba en esa posición, tan humillante.



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Laith Gauthier el Sáb Oct 27, 2018 9:03 pm

Lo último que Laith esperaba cuando llegó su turno era ser prácticamente acosado por un grupo de sanadores pidiéndole hacerse cargo de cierta habitación. Eso ocurría cuando había pacientes especialmente molestos, y él era la segunda medida de emergencia luego de Dorothy, probablemente porque entre toda su paciencia Laith tenía cierta dureza que podía poner en su lugar a pacientes demasiado irritantes. Luego de él, vendría Arman, que tenía un particular modo de tratar con pacientes difíciles basada en más o menos sedarles hasta que fuese el momento de dejarles partir, como una medida extrema para ese tipo de pacientes.

La mujer le dijo todo lo que necesitaba hacer, y se marchó deseándole suerte. Laith suspiró, leyendo la tablilla por encima, mirando meticulosamente qué era lo que estaba sucediendo con el joven antes de entrar a la habitación. — Hola, soy el doctor Gauthier —normalmente pediría que lo llamaran por su nombre de pila, pero no iba a hacerlo con ese joven. Con los pacientes conflictivos lo mejor era simplemente no tener demasiadas confianzas, así que prefería mantener la relación con profesionalidad. — Bien, voy a revisar algunas cosas para corroborar las vitales —le dijo.

Laith sabía qué se sentía no querer estar en una habitación de hospital. Era el primero en intentar escaparse cuando era su momento de permanecer internado, pero eso no significaba que fuese indulgente con ese tipo de pacientes, cuando era su turno de ser el adulto responsable. El chico era mayor de edad, sí, pero seguía siendo sólo un muchacho sin consideración por su salud. En especial cuando era su orgullo o su terquedad la que se anteponía a su salud.

Se aproximó hacia él, tomando la temperatura, la presión y el pulso, haciendo anotaciones de todo. No estaba en pleno estado, pero podría estar peor. — Estás mejorando —apuntó, corroborando los datos anteriores con los actuales. — Aunque todavía no estás listo para irte —le dijo. — Parece ser que recibiste el impacto de un hechizo, ¿dónde está localizado? Quiero verlo —le dijo, mirándolo con atención, esperando que le mostrase la zona del impacto.

Todavía no conseguían identificar el tipo de hechizo y Laith estaba seguro que era porque el joven no se había dejado revisar debidamente, así que el trabajo sucio le tocaba a él. Evans tenía una bata de hospital, por lo que verle tendría que ser relativamente fácil. Lo difícil venía debido a la predisposición del joven para querer ser revisado realmente.
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Evans Mitchell el Dom Oct 28, 2018 1:17 am




No, espérate. Hasta donde dijo ‘Gauthier’ iba más o menos bien, casi como un tipo decente que pasa a saludar. De decente no tenía nada, porque en algunos, era una lástima que la cara la llevaran la puesta. Además, estaba el detallito, de la enfermera yéndose con aire resentido y la indignada mueca en cara del paciente.

—No me importa quién eres—
Dejó escapar de un tirón, cejudo, con ese asco que te puede provocar un rostro inoportuno aparecido en un momento inoportuno, como… ¿Es que había oído bien? Se enderezó, a la defensiva, ojeándolo mejor. Había dicho ‘revisar’ y quién te metía mano y dónde era asunto para andarse con cuidado. Sin embargo, con la lengua viperina todavía caliente, pasó por alto sus intenciones para escupir, resentido—. Alguien debería decirle algo a esa, lindo carácter—ironizó.

En su consideración, ahí trataban a los pacientes como se les venía en gana, y en una muestra total de falta de respeto. Ahí, otra prueba. Quien fuera, fue a acercársele como hacían todos allí: como si todavía practicaran con cadáveres, que ni tacto.  

—No te dije que—
‘que podías hacerlo’, pero se interrumpió, porque al haberse removido en la camilla (siempre intentado adoptar una postura recta, para que vieran que estaba de diez, listo para salir de allí), sintió una punzada de dolor y, mientras masticaba la paciencia para soportarlo, prefirió callarse lo que pensaba. Apartó la mirada con hastío pero por dentro se tranquilizó porque, después de todo, ya conocía el procedimiento, ya se lo habían hecho, estaba bien, perfectamente bien, todo estaba bien.

Lo peor, fue que tuvo el suficientemente para hacerle una examinación rápida: un tatto que le trepaba por el cuello, un arete; pero a ese, ¿de dónde lo habían sacado? No te infundía lo que, uno podría decir, respeto.

—Dijiste doctor, ¿verdad?—
Lo observó ensimismado en sus observaciones y moviéndole el brazo como si fuera una muñeca de trapo. Cara. De. Pocos. Amigos—Eres de esos practicantes—No era una pregunta, lo dio por sentado—. No puedes realmente saber lo que haces y me usarías a mí como tu conejillo de indias si pudieras, ¿no es así? Si ya viste todo lo que tenías que ver, ¿me vas a soltar ya?—Vaya, mira que señalarle lo obvio. Si estaba mejor, hace rato. No hacía falta que lo internaran por empezar. Toda esa porquería de dolor se iría con el tiempo, y algunas hierbas—Ok, vale, gracias, eso ya lo sabía yo sin que me metieras tanta mano—Y agregó, falsa esa sonrisa—Pudiste sólo haber preguntado.

Resopló.

La mirada del residente —que lo era, estaba seguro— lo incomodó. Curiosamente guardó silencio, tragándose, ¿qué?, ¿la bronca?  Le apartó los ojos pero al instante volvió a atacarlo con ellos.

—No puedes decirme nada que no sepa ya, practicante—Lo dijo con tal aplomo, que esperarías que de un momento a otro sacara su doctorado de la manga—. Terminemos. Adiós, buena suerte y hasta luego, y que te partas la madreescupió, tan rápido y en caliente que no se le entendió nada. Por empezar, no era ni inglés, era francés. Au revoir bonne chance et à plus tard et vous serez parté le madré. Seguramente, el ademán que le siguió a ese ‘exabrupto’ fue el de salir de la camilla. Pero lejos estaba de poder moverse por sí mismo sin hacer una escenita que daba pena. Así que se contentó con pasar su mano por encima de la sabana de hospital, en un gesto cortante, estirando un pliegue arrugado. Y nada, no pasó nada, se quedó allí, quietecito—Vete, no te retengo—insistió con ironía, indicándole la puerta. Por como lo miraba, diríase que consideraba desubicado que se estuviera donde estaba, allí, sin dignarse a moverse fuera de la habitación—. Dime que no me mirarás mientras me cambio—Para salir de allí, porque iba a salir de allí—¿Qué tal un poco de privacidad?  



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Laith Gauthier el Jue Nov 01, 2018 11:45 pm

San Mungo era un hospital de prestigio que no tenía tiempo para lidiar con pacientes necios, pues siendo el hospital por defecto del mundo mágico tenían pacientes ingresando y saliendo constantemente y eso les quitaba muchísimo tiempo a sus sanadores y personal de enfermería. Si dedicaran todo su tiempo a pacientes necios, poco les quedaría para los pacientes que realmente querían procurar su bienestar, por lo que sus acciones debían ser concretas y eficientes. Laith no se sintió ofendido o reaccionó cuando lo escuchó desvirtuar su persona.

En cambio, se dispuso a revisarlo sin apenas una confirmación. Más bien, sin una confirmación en lo absoluto. Muy por el contrario, le intuyó intenciones de quejarse. Eso le llamó la atención, no pasó desapercibido que algo le había hecho callarse y no había sido él, ¿algún tipo de dolor, seguramente? Lo distrajo brevemente su voz, de nuevo.

Pídele mi currículum a mi jefe si estás tan interesado en mi formación laboral, no respondo ante ti —le sonrió con un gesto encantador. Laith tenía claro que su apariencia no era el arquetipo del sanador serio y sobrio, por lo que en más de una ocasión había tenido que enfrentarse a que desmereciesen su posición laboral. — No nací ayer, sé que los pacientes tienden a mentir, en especial aquellos con nosocomefobia —se preguntó por un instante si el chico sabría cuál era esa fobia. El miedo a los hospitales, nada más y nada menos, que era probablemente lo que sucedía.

Laith lo miró con una ceja enarcada cuando le llamó “practicante” de esa manera, tan despectiva, y se dio cuenta de una cosa muy importante. Lo dejó hacer su pataleta y cuando terminó, se aproximó a él. — Así que eres un bravucón, ¿no es así? ¿Cuál es tu plan, enfadar a todo el personal para que se harten de ti y te echen, cuando todos, incluido tú, tenemos claro que no estás bien? —le contestó, en francés parisino, distinto a su acento natal. Otro detalle importante a señalar es que Laith tenía formación en psicología, y a veces era inevitable ponerla en práctica. — Si este es tu juego, yo sé jugarlo: no tenemos tu identificación por ningún lado por lo que no me consta que seas mayor de edad, así que tienes dos formas de salir: o llamas a tus padres a que firmen el alta voluntaria por ti, o tienes que esperar a que yo firme tu alta —su tono era resuelto, dos opciones sencillas, ¿cuál prefería? — ¿Vas a llamar a tus padres, gavroche? No me queda de otra que revisarte, enséñame el impacto del hechizo.

“Gavroche” venía del francés y tenía varias connotaciones. Era, pues, un buscapleitos, sí, y al mismo tiempo venía de una novela llamada “Los miserables”, un niño abandonado que vivía en las calles de París, y su nombre se volvió un sinónimo de “niño de la calle” en el francés. En ese momento, sólo así había quedado, a la interpretación del joven (y de su cultura general francesa), y esperó con paciencia a ver si el bravucón decidía empezar a llevar a cabo indicaciones.
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Evans Mitchell el Vie Nov 02, 2018 7:08 am




«Nosocomefobia, mira cómo me sonrío», pensó por dentro, dedicándole el rictus de sus labios en una mueca altiva, lejos de parecerse a nada encantador, nada simpático, apelativos que, adivinaba, otros utilizarán para con ese practicante. No debía ser tan encantador, sin embargo. Hipócrita, le iba pero que calcado.  

Sólo hacía falta reparar en cómo quería cobrarse su orgullo de practicante herido intentando tomarlo a él por idiota. Seguro que utilizando una fobia impronunciable querría hacerlo sentir frustrado, con esa misma frustración que puede tener un troll al intentar leer un letrero.

No, no funcionaría con él, no. Si quería hacerse el listo, que probara hacerlo con alguien que no fuera todavía más listo que él. Lo de conocer el término no tenía nada que ver con que se lo hubiera encontrado una vez y lo recordara porque le hiciera sentirse inmediatamente identificado con la fobia a los hospitales. No, eso tampoco, no.

Si había algo que lo ponía a la defensiva más que cuando querían hacerse los listos a su costa era cuando se veía obligado a compartir la misma habitación con alguien que se tenía creído lo de ser atractivo, que lo exteriorizaba como parte de su encanto, o dicho de otra manera, alguien que se creía más lindo que él. La misma reacción, sobradamente natural, era la que debía tener un gallo bien gallito si lo ponías al lado de un pavo real.  

A Evans le bastó cazarle esa hipócrita sonrisa y rápidamente supo que a ese practicante le habrían hecho creerse la idea de su atractivo, porque tenía los ojos, porque debajo de la bata se lo imaginaba tonificado, por ese arete en la oreja, ese aire moderno. Al final, dedujo que había algo con ese sujeto que le desagradaba desde que entrara a la habitación y que lo ponía incómodo —haciendo que se le pararan las plumas orgullosas que tenía—, aunque no fuera a admitirlo.  

—Dime que no te contrataron sólo porque sabes encontrar raras palabras en el diccionario—
Calló un instante y añadió—: Decirme que tengo fobia a este hospital. Típico. Mal servicio, ¿y de quién es la culpa?—se quejó, dejando que la pregunta se disolviera en el aire, porque se respondía sola. Evans no tenía ninguna duda de que se respondía por sí sola.

Había algo que el practicante no podía saber y era que Evans se autodiagnosticaba y se automedicaba siempre que tenía desde un ligero malestar a algo más grave, muy seguro de que sabía lo que hacía, una confianza que su padre había inspirado en él al introducirlo en la materia de la medimagia, sólo por motivos prácticos. Había sido Evans después de todo el que atendiera a su madre, paciente mental, durante sus episodios de locura o el que la socorrió en reiteradas ocasiones en las que Linda Mitchell se había autolesionado.

Resultó que Bernard Mitchell le trasmitió, si no sus conocimientos precisamente, sí otra cosa: la tozudez de un médico que se automedica. Sabía de primeros auxilios. Sabía sobre pociones curativas bastante específicas. Sabía cuidar de alguien que depende de ti. Sabía lo suficiente como para tratarse a sí mismo jugando a ser el médico y era todo lo testarudo que se podía ser como para creerse que no necesitaba más. De ahí que, a pesar de haber sido injuriado gravemente con un maleficio, no se le pasara por la cabeza ir al hospital y que, aun entonces, insistiera en irse a su casa. Además, existía otro motivo.

No le gustaba sentirse tocado.

No por un extraño, no por un practicante para el que Evans no era más que otro cadáver de prácticas, no, no y no, cuando era una realidad que en un estado de vulnerabilidad te abrazas estúpidamente al sentimiento de que cualquier mano amable es una mano amiga, porque necesitas que lo sea, porque te sientes bien pensándolo de esa manera, no. No se iba a dejar doblegar por la amabilidad de un extraño. Esa hipocresía para con él, no gracias. Era mucho más fácil que lo dejaran tranquilo.

Si Bill no lo hubiera encontrado en el suelo de su departamento con Dager ladrando en un ataque de impotencia al ver que su dueño no se levantaba, muy probablemente no estuviera allí, lidiando con esa mierda de hospital. Jodido Bill.  

No importaba, ya se largaría.

Dejó muy en claro que se iba. No contó con que lo abordarían en plena camilla, indefenso y en francés. La sorpresa que dejó entrever por el leve shock en su expresión se equiparaba, sólo un poco, con el tremendo balde de agua fría que supuso que apuntaran sus propias armas contra él, porque tú sabes, es feo, ¿quién te haría eso de dejarte hablar como si no entendiera ni una palabra para luego echártelo en cara? Era feo eso, que feo. No había sido precisamente así, pero se sentía del mismo modo. Muy feo. Evans quedó encantado. No podía decir que no se lo hacían entretenido, eso de ir de visita al hospital.

—Ok, sabes francés. Bien por ti. Seguro lo tienes resaltado en tu currículum—dijo, manteniendo la dignidad. Le hacía gracia la casualidad—. Me siento un poco ofendido, sin embargo. ¿Dices que se hartaron de mí?, ¿eso es lo que piensan de un paciente que está en dolor y sufre? Dime que no es un pensamiento inhumano para alguien que trabaja en un hospital. Normal que quiera salir de aquí—Su doctor presumiblente currículado era más duro de roer de lo que parecía, se lo dejaba claro. Nadie reacciona bien a una amenaza, pero la del practicante le gustó especialmente. Lo había atacado demostrando su  conocimiento del francés, dejándolo en ridículo. Evans atacaría también, directo hacia su sentimiento de vergüenza, si acaso tenía uno. Lo observó esperando ver su reacción—. ¿Mis padres? Buena suerte con eso. Mi madre está muerta y mi padre es un fugitivo. Gracias por traer eso a tema—ironizó, dándole un golpe bajo de lleno en la cara—. Soy mayor de edad y conozco mis derechos. No me trates como a un niño, porque tú no estás tratando con un…  

Dejó de hablar, interrumpido por un ataque de tos, y escupió sangre. Al ver su mano manchada se le borró la expresión arrogante y confiada de la cara, como si todo ese tiempo hacerla desaparecer hubiera podido conseguirse con sólo soplarla, tan fácil. Evans estiró un brazo y se sujetó al médico por el hombro, aferrándole la bata.

No se entendía si quería apartarlo, mantenerlo alejado, o si lo hacía porque necesitaba tranquilizarse con el contacto de alguien, difícil decir. Pero siguió tosiendo, y no pareció que sus sentimientos cambiaran al respecto de que le pusieran las manos encima. Sólo que en ese momento no tenía mucho control sobre la situación.

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Laith Gauthier el Lun Nov 05, 2018 8:14 pm

Yo no soy el que lleva desde que entró incordiando a todo el personal para conseguir una salida fácil, y no se deja revisar —bueno, sí que lo era, pero no en ese preciso momento y de ese preciso momento estaba hablando. Laith sabía tratar con pacientes difíciles precisamente porque él era uno de esos pacientes, más que por su paciencia. “Conócete a ti mismo” era en esa ocasión lo único que le permitía poder atender pacientes de ese estilo, porque sabía cómo podrían controlarle a él, y de esa manera apaciguaba a los demás.

Otra cosa que se le daba bien, era entallarse si la situación lo ameritaba. A pesar de su amabilidad, su ego y vanidad le permitían saber lo que era y lo que valía, de modo que no dejaba que nadie le pasara por encima. Si el niño venía gallito queriendo una disputa con él, podía entregársela sin siquiera despeinarse, pues no era el idiota que querían ver en él. Era un hombre inteligente a quien no le habían regalado un puesto de trabajo, sino que se lo había ganado a pulso. Había desestabilizado al muchacho contestándole en un segundo idioma que compartían, lo notó por la sorpresa que dejó entrever.

Los ojos de Laith sonrieron aunque su mueca se mantuvo serena. Evans acababa de dar en su punto. — ¿Eres un paciente que está en dolor y sufre? —devolvió su pregunta, y continuó antes de que respondiera. — Si así son las cosas, bien vendría que dejes de incordiar a los demás y nos dejes hacer nuestro trabajo para que no estés en dolor y sufras, ¿no es así? Porque si ni siquiera te dejas revisar, dudo mucho que podamos quitarte el dolor y hacer que dejes de sufrir —le dijo con un tono condescendiente, porque había llegado a donde quería llegar: si era un paciente, tenía que colaborar como lo haría un paciente, o ellos no podrían hacer nada en lo absoluto.

El sanador se quedó un momento en silencio, contemplando posibilidades. Sabía que un paciente que no quiere estar en el hospital va a decir lo que sea por ponerse en una situación de ventaja, en especial pacientes como ese muchacho que alegaban tener toda la razón del mundo. No pudo evitar preguntarse si verdaderamente tendría tan poca decencia de mentir sobre la situación de sus padres a una tan desfavorable como le estaba haciendo ver. Iba a disculparse por haberlo dicho, aunque era claro que, para un sentido práctico, sólo les dejaba una opción por descarte. Porque a Laith no le constaba que fuera mayor de edad, pese a su situación, y eso lo ayudaba a forzarlo a ayudarle.

No pudo decir nada cuando empezó el ataque de tos, viendo cómo la mancha de sangre aparecía en su mano. Se dio cuenta, con una mirada calculadora y experimentada, que el chico acababa de perder su arrogancia por lo que podría ser miedo. Un sentimiento enteramente comprensible dada la situación. Le preocupó, cómo no, el estado del joven, y con un suspiro se decidió a ayudarle.

Con cuidado, tocó la espalda del muchacho para empujarla, haciéndolo erguirse con cuidado. Con su otra mano, tomó su mentón y dirigió su rostro hacia el techo, ayudándolo a respirar a pesar de que el dolor y la tos pudiesen hacer que desease encorvarse. Si todo salía según lo que Laith había planeado, la tos cedería al cabo de algunos segundos. El sanador esperó con paciencia a ello, y no lo soltó de su sujeción hasta que la tos se detuvo.

Si tengo que aventurar un análisis, tienes una herida interna en el estómago o en los pulmones —le dijo, — asumo que es en uno de esos dos lugares donde recibiste el impacto del hechizo o hubo una herida secundaria a causa de ello —lo ayudó a regresar a una posición cómoda en la camilla, mirándolo. Donde antes había altanería, ahora había únicamente madurez y honesta preocupación. — Déjame revisarte, te prometo que en cuanto estés realmente mejor yo mismo seré quien te dé la salida del hospital, pero no puedo ayudarte si no me dejas —su tono había pasado a ser suave, determinado sin embargo.

Realmente quería ayudar, y ahora él y el mismo paciente sabían qué tan grave era su estado. La sangre nunca era un buen indicio y mientras más tiempo perdieran podría ser incluso peor. No podía hacer nada si su paciente no se lo permitía, y por eso era necesario que el muchacho abandonara esa soberbia que no le permitía hacer su trabajo correctamente.
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Evans Mitchell el Jue Nov 08, 2018 1:53 pm





«¿Eres un paciente que está en dolor y sufre?» Ah, mira por dónde se colaba el muy listillo. Sí, sí, quería jugarle con sus palabras en contra, que le veía el tutú, sí. Evans le lanzó al médico una miradita que apartó luego, escapándose furtivamente del contacto con una sonrisita, entre divertido y molesto. Es que, mira tú, pecar de listo en ese juego de: “Lo que digas podrá ser usado en tu contra”.

No agregó nada, porque tenía la batalla perdida, pero había que salirse con dignidad. No ganaría nada con insistir en eso y no era nada bonito pensar en que de verdad le dolía, más allá de lo que sus propias pociones habían podido ‘curar’ por el momento. Se limitó a atacar por lo bajo. Si era blando por dentro, tenía que darle.

Pudo entrever que algún tipo de planteó se le habría cruzado por la mente, sólo por esa cara muda, bastante difícil de leer a decir verdad, dura, grave, altanera, y que por alguna razón, a Evans le parecía desproporcionada. Había rostros de facciones más armoniosas, como el suyo, sí, su propio rostro, de una simetría que cantaba a plena vista.

Le hubiera dicho unas cuantas cosas más, para que las cosas entre ellos quedaran bien claras, pero esta vez, fue su verdadero estado de salud el que le jugó en contra. Pensó, quiso pensar, que pararía a la de tres, pero los espasmos de la tos no remitían.

No lo hubieran hecho, quizá, de no ser porque tuvo algo de ayuda. Mansamente, se dejó hacer. El contacto era mínimo y él no tenía idea de cómo actuar, contrariamente a la idea que le transmitían las manos del practicante. Así que, se dejó hacer, y no le gustó nada.

Aunque su intención estaba en ceder, su cuerpo se sacudía violentamente, más allá de su voluntad. El practicante le ofreció un sostén que no pudo rechazar dadas las circunstancias. Esto lo hizo sentirse incómodo, pero tampoco tuvo mucho tiempo de pensar sobre ello.

Al remitir la tos, no dijo nada. O más bien, nada de lo que estuviera diciendo antes tenía importancia en ese momento, como para traerlo a colación. Le desvió la mirada al practicante, pero esta vez no fue en un arranque de aparente indiferencia, fue diferente. No quería mirarlo, porque ahora sí podía leerle esa cara, esa cara desproporcionada, y sus jodidas buenas intenciones.  

—¿Tú?—Evans se repasó la boca con el revés de la mano, todavía sin mirarlo. Se le había ido lo gallito y permanecía cabizbajo y pensativo, ensimismado. Por el tono de la pregunta parecía dudarlo mucho. Pero era una duda que iba más allá de un cuestionamiento sobre las capacidades del otro, y no estaba intentando ser despectivo. Por dentro, parecía más bien estar meditando la posibilidad. Al final, luego de una breve pausa siendo gestualmente evasivo, una sonrisa torció su boca—¿No te han dicho que los doctores no hacen promesas a sus pacientes?—soltó por fin, renovada la chispa de su espíritu, bien evidente esa socarronería. Pero la mirada que le dedicó fugazmente a lo último era la de un ego vencido. Y añadió luego, casi a modo de tregua y a punto de pedir algo—: Por favor—resopló. Diríase que pensaba que se iba a morir si pedía algo de buenas maneras, pero a todas luces quería un favor del practicante y se lo pedía sinceramente—Había una doctora—aclaró de inmediato—. Janine, Janine Reinalds. Era mi doctora—subrayó, en voz baja pero contundente. Se llevó una mano a la nuca, incómodo—. La quiero a ella. ¿Por favor?—repitió, con ligera molestia. Le estaba pidiendo que por favor le hiciera un recado, que pinturita. No era como si pudiera pedírselo a alguien más, porque la enfermera ya lo odiaba, o eso aparentaba. Y como si quisiera puntualizar que él y Janine eran paciente y doctor contra toda excusa, insistió—: Dile que soy el hijo de Mitchell.  

Era lo mismo en pediatría, los niños más obstinados se negaban a ser atendidos por otro que no fuera su doctor, su querido doctor, su amigo, y si se daba que otro quería ocupar su lugar habiéndose dado alguna eventualidad, lo miraban con mala cara como si el cuco se hubiera puesto la bata de su amigo. Janine había sido una amiga de la familia que había visitado regularmente a los Mitchell, como una amiga del trabajo de su padre. Había sido también su médica pediatra, oficialmente. Cuando menos, Evans se había dado cuenta de que lo que tenía encima lo superaba, sólo que no tenía prisa por compartirle a ése de ahí qué le pasaba, qué le habían hecho, y en fin, sus preocupaciones. Lo que no sabía, era que Janine era una mujer felizmente casada que se había mudado a otro país, porque allí donde vivía su marido ella sería feliz. La noticia de tanta felicidad junta seguro le agriaría la expresión al máximo nivel, porque ya sabes lo que dicen: ‘la felicidad de uno es la desgracia de otro’.

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Evans MitchellUniversitarios

Laith Gauthier el Miér Nov 14, 2018 6:28 pm

Un ataque de tos podía no ser la gran cosa en el ámbito médico, pero la sangre siempre era indicio de que había algo más peligrando dentro del organismo. Una lesión en la parte más blanda del cuerpo, y aventurando análisis Laith se dio cuenta que tendrían que actuar cuanto antes, a riesgo de que la situación se complicara más de la cuenta y esta vez sí que saliera de sus manos. Ese no era un buen día para perder un paciente y lo mejor era esmerarse al máximo por que las cosas se mantuvieran de esa forma.

Eres imposible —le dijo con una sonrisilla al muchacho que, incluso ahora, le recordaba haber faltado a un protocolo básico en la medicina. Pero podía verlo, que se había dado por vencido a las circunstancias. El muchacho procedió a pedirle un favor imposible, y tomó nota mental de dos cosas importantes, que quizá le servirían en otro momento. — Te aseguro que lo haría si estuviese en mis manos, pero la doctora Reinalds ya no forma parte de nuestro equipo de trabajo —le explicó, con el tono más suave que pudo. — Y no tenemos mucho tiempo para actuar, una hemorragia interna puede causar un shock hipovolémico…  Es decir, que los hematomas creen presión en los órganos y cause mal funcionamiento —le explicó.

No quería asustarlo, pero era importante considerar los posibles riesgos y complicaciones de no atenderse adecuadamente. El joven tenía que comprenderlo, quería que entendiese que sólo quería ayudarlo. Pero Laith se había dado cuenta de varias cosas: primero, que Evans era uno de esos pacientes que se aferran a un único médico, aunque este ya no les sirva para métodos prácticos; la segunda es que el padre de Evans era un médico, y eso le permitía entender un poco la obstinación clásica de aquel que se auto-médica.

Necesito que te quites la bata primero, utilizaré un hechizo Revisio para investigar dónde está situada la hemorragia y un Translucens para verificar si hay otras complicaciones por las que nos tengamos que preocupar —le explicó a grandes rasgos cómo iba a ser el procedimiento, para que supiera qué esperar. — Si sólo tenemos hemorragias internas, usaremos una poción Productio monoclonal para ayudar a la regeneración de los vasos sanguíneos y actuaré a continuación de acuerdo a la situación —Evans tenía que entender que no era sólo un practicante, y que debía confiar en él para su procedimiento. — Me preocupa, de todos modos, el tipo de hechizo que te impactó, ¿tienes alguna idea?

Normalmente no le importaba que pusieran en tela de duda sus capacidades y habilidades de sanador, siempre y cuando lo dejaran hacer su trabajo. Demostraba más lo que hacía que lo que podía decir, sin embargo cuando impedía que hiciese su trabajo de forma adecuada, eso realmente le molestaba. Sacó su varita para prepararse y hacer el correspondiente hechizo, si y sólo si el joven le permitía el acceso a su torso.
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