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Priv. || Entre un médico y su paciente ||

Evans Mitchell el Mar Oct 23, 2018 12:45 am

Recuerdo del primer mensaje :




Les había dicho que NO, que bajo ningún concepto consentiría que lo metieran en una camilla. ¿Que su problema era grave?, ¡por supuesto que lo era! Pero no necesitaba que lo internaran en un hospital. Es más, ¿saben qué?, ¡él podía caminar!, ¡podía irse por la puerta!, ¡si tan sólo le quitaran las manos de encima! Nunca imaginó que sería traicionado por la persona que confiaba por sobre las demás, Bill.

—¡Te digo…!, ¡que estoy bien!

Bill lo empujaba por el blanco, blanco túnel de la muerte, sirviéndole de soporte para que avanzara porque no podía sostenerse por sí mismo. Una gorda encajada en un uniforme gritaba algo, a él la luz le molestaba la vista.

—De bien nada. Estás que das asco. ¿Evans?—Le palmeó el rostro—. No te desvanezcas, ey.

—Tú también, Bill, tú también…

—¡Por favor, ayúdenlo!

Lo ingresó en el lugar informando que había recibido el impacto de una maldición y su estado parecía empeorar con rapidez. Evans alcanzó a ver, con horror, que las batas blancas avanzaban hacia él, y hubiera jurado que les gritó mentando hasta sus madres, pero se sentía mareado y, ¡de pronto!, todo se volvió negro.

Despertó en una camilla, y ahí fue cuando empezó su pesadilla.
No, que la de él no.

***

La buena de Dorothy, veterana y sólida mujer, dura de roer, incluso ella, que se conocía todas las tretas de los pacientes menos agradables, estaba que se trepaba por las paredes con ese “paciente mil veces testarudo”.

Ese día, que era como cualquier otro día normal en un hospital, la buena de Dorothy, rabiando silenciosamente, le tendió al desafortunado a cargo la planilla, que era el historial clínico, no sin antes fulminar con la mirada al paciente en la camilla (ese del que se le oía decir a menudo “¡si será testarudo!”), casi echando chispas por los ojos. Se despidió duramente, resuelta a salir de allí.

—Buena suerte.

El paciente, Evans Mitchell, tenía el rostro lívido de rabia, pero guardaba silencio. En la camilla, mantenía toda la dignidad que podía esperarse de alguien que había perdido gran parte de la movilidad y se hallaba incómodo en un cuerpo que no le respondía como debiera, con movimientos torpes e impedido. La frustración era normal. Evans odiaba esa condición de vulnerabilidad en un sitio que, por lo demás, aborrecía. Porque depender de alguien, siempre te colocaba en esa posición, tan humillante.



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Laith Gauthier el Jue Ene 03, 2019 12:51 am

Diríase que Evans era del tipo de muchachos que, más que aportar una verdadera opinión fundamentada, sólo querían contradecir. Hasta entonces, Laith había descubierto que si le decía que el cielo era azul, Evans le diría que era rosa y se inventaría mil explicaciones que, alejadas de la realidad, daba como hechos contundentes que poco o nada tenían que hacer con la verdad. Y aun así, se hinchaba el pecho con ello, aprovechándose de su versión de la verdad, por mentira que fuera.

Laith se sonrió, además, cuando consiguió evadir todas sus defensas para calarle en lo hondo. Presintió, en el fondo de sí mismo, que el “no” iba dirigido a no querer ni siquiera imaginarlo, y por dentro se sintió ciertamente enternecido. La interacción sólo evidenciaba lo que ya se presentía, un juicio de valor, sí, pero que apuntaba a ser un hecho.

No, tú te equivocas —se detuvo un momento. — A la gente no le incumbe y, por más que no le incumba, hablará de ello —le respondió. — Es iluso intentar detenerlo, no podrás controlar muchas de las cosas de la vida, pero en ti depende cómo te afecta —cerró los ojos. — Si tú sabes que no debería incumbirles, poco más falta para ser capaz de darte cuenta de que sus opiniones no valen nada, y si dejas que te afecten sólo los incitas a continuar —se sonrió a sí mismo por su respuesta, saliendo entonces de la habitación.

El sanador se había visto en más de una ocasión en la tesitura de verse las caras con opiniones y juicios, y de haberlos escuchado a día de hoy estaría con el corazón roto y la autoestima herida. Costaba, pero una vez que una persona entendía lo que valía, mucho hacía falta para herirla. Aquel que se declara Sol no tiene hombre que le pise. Podría ser pecar de tener demasiada autoestima o quizá ser demasiado egocéntrico, pero era lo único que ayudaba a sobrevivir a un globo de emociones en un mundo lleno de espinas.

***

Sintió una vibración en el núcleo de su pecho cuando el muchacho se asombró de su visita, con un brillo fugaz en su mirada. Creyó entender que, por más arisco que fuera, era un gato abandonado que ansiaba el calor humano. Enarcó una ceja, recargado en el umbral de la puerta, dando un sorbo a su café, cuyo calor le acariciaba el alma. Empezó a hablar sobre un supuesto plantón que había tenido, y Laith se suspiró, dando dos golpecitos a su vaso con el dedo, contemplando posibilidades. Evans debió entenderlo, porque abandonó esa ruta de conversación.

Podría prescribirte calmantes si estás muy ansioso… o un golpe de nuca, que sirve para lo mismo —bromeó, tomando asiento. Se cruzó de piernas, aunque un punto intermedio: ni al tobillo varonilmente, ni a la rodilla femeninamente, sólo a la mitad de la pierna. — Sí, lo hacemos fatal, como verdaderos dolores de cabeza —lo aceptó, recordando lo sucedido con los suyos y sin que lo afectara que insistiera en llamarlo practicante. Aunque dudaba que los sanadores realmente dijeran eso a viva voz, por un mínimo de respecto a los practicantes y a los pacientes. ¿Qué paciente querría oír que está en manos de gente poco capacitada?

Escuchó entonces una voz proveniente del pasillo. A gritos, uno de sus practicantes se quejaba, y por el contenido de sus palabras y el timbre de voz se enteró fácilmente de quién era. Laith normalmente los hubiera ignorado: no era la primera vez que era el villano, el malo del cuento, y no le interesaba ni un pelo. Sin embargo, aquí había una serie de cosas que hacían que la queja le molestara profundamente: para empezar, ponerse a gritar en medio de la noche en un pasillo lleno de pacientes dormidos. Por otro lado, estaban perdiendo valioso tiempo en hacer sus deberes asignados quejándose de ellos.

Con una expresión parca, dio otro sorbo a su café y se puso de pie, caminando hacia la puerta. — Peterson, Donald y Michaels —los llamó, saliendo de la habitación y entrecerrando la puerta por privacidad. Los tres se sobresaltaron, mirando a sus espaldas y volviendo sobre sus pasos. — Veo que tienen mucho tiempo libre, ¿no es así? —preguntó con naturalidad. — Donald, puedes guardarte “tu opinión profesional” hasta que seas capaz de dar una “opinión” justificada y razonable, y puedes dar por hecho que en mi guardia lo único que van a hacer es drenar forúnculos mientras no me demuestren la capacidad y responsabilidad de tratar a un paciente, porque mi prioridad siempre va a ser darles el mejor tratamiento —a pesar de su tono desenfadado, hablaba con una seriedad atípica que helaba a cualquiera que conociese su lado jovial. — Si no son capaces de lidiar con la responsabilidad de sus actos, no merecen ser sanadores, porque hoy yo respondo por lo que hacen en mi servicio, y mañana con una licencia médica me dará miedo lo que puedan hacer —terminó contundentemente, y dio un breve lapso de silencio antes de finalizar. — Y si tienen tanto tiempo libre, quiero lo que les he asignado para dentro de una hora aquí, ni un minuto más —miró su reloj en su muñeca derecha. — Andando.

Laith esperó a que se marcharan, y sólo entonces recuperó su paz para volver a entrar a la habitación de la que había salido, volviendo a tomar asiento en la silla de la que se había levantado, como si nada hubiese sucedido. Feliz, bebiendo de su café, no parecía el mismo hombre que había hablado ahí fuera.

¿Entonces, pensaste sobre el golpe de nuca? —continuó la broma de antes para “ayudarlo” a dormir, cuando evidentemente no lo iba a hacer en realidad.
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Evans Mitchell el Vie Ene 04, 2019 6:38 pm




Un golpe de nuca le decía, JA-JA. Evans le lanzó una elocuente mirada con la boca torcida hacia un lado de la cara en una sonrisa que no era tal, pero no dijo nada. Era fácil leer su expresión. En el fondo, se sentía cofcofentusiasmado. El Doc estaba allí, tal como había dicho. No le importaba realmente si se había olvidado de él o porque casualmente se paseaba por ese pasillo. El caso es que estaba allí.

Hizo el libro a un lado, un gesto mecánico, pero que daba cuenta de que se abría, y preferentemente, a otra compañía. Lo dejó sobre la mesa que, adherida al brazo de la camilla, le servía para apoyar cosas. Al hacerlo, movió un pote de gelatina abierto y perfectamente limpio. Hacía rato que le habían servido la cena y él se había guardado el postre para luego.

Titulado “El Hospital de la Muerte”, el libro quedó allí, reposado y tranquilo, totalmente olvidado, mientras que Evans acaparaba la atención del Doc con su cháchara. Sentía que tenía que retenerlo y en su mente trabajaba en una idea para prolongar su visita. Se había quedado impresionado con él y la presencia con que había impregnado sus palabas, especialmente en su última reflexión —reconocía en él una profunda empatía—. Incluso luego de que saliera de la habitación, esa presencia tardó en morir.

Se le apareció de vuelta con un café en la mano y le hizo gracia —al mismo tiempo que se desesperó momentáneamente como en una pequeña muerte, sabiendo que mejor era reencausar el tema— que tuviera con él aquel gesto entre la impaciencia y el aburrimiento. Debía ser el mismo gesto desinteresado que utilizaría con cualquiera que lo aburriera, en una cita por ejemplo, como cuando te miras el reloj o simplemente desconectas y dejas de escuchar, y casi se ríe en son de burla imaginándose la cara de desconsolado pánico de su cita, de no ser porque era él ahora el que estaba queriendo llamar su atención.

Del breve encuentro que había tenido con él, sabía que tenía que bajar un poco los humos si no quería molestarlo. Y era bastante gallito, en el sentido de que era rápido para sentirse atacado y devolverla, Evans simplemente lo intuía, de lo mucho que el otro se había metido con él. Ya por el sólo hecho de responderle. El dato más importante es que era una persona amable, y si repasaba su libro de buenos modales, seguro que en alguna parte decía algo como “trata como te gustaría que te traten”. Evans podía vivir sin la amabilidad de nadie, no quería que ningún mentecato pensara diferente, como si necesitara que lo apañaran o algo —su actitud habitual lo demostraba espléndidamente—. Excepto, si hablaban de la amabilidad de ciertas personas. Y esa noche, Evans se sentía con muchas ganas de ser amable. Los hospitales, sí que eran un sitio aterrador.

*

Le sorprendió que Gauthier se levantara de repente y se anclara en la puerta. Alzó mucho las cejas cuando oyó la voz imperativa del hombre coqueto, y, si se hubiera tratado de otra persona, seguro hubiera sentido algo de pena, pero no. Evans se cubrió la boca con un puño, ahogando la risa. No quería, pero claro que no, interrumpir al severo ¿practicante? dándole una lección a los inoportunos Donald, Michaels y Peterson. No fuera a ser que no se lo tomaran en serio. Por el sepulcral silencio que se instaló en el pasillo, incluso cuando Gauthier volvió a la habitación —detrás de él no se oía ni el viento pasar—, Evans supuso que habían recibido su mensaje. Menos mal que no se le había dado por la sanación.

Se recompuso tan pronto como el otro volvía adentro, como si allí no hubiera pasado nada, bueno, casi, casi nada. Enderezado en la camilla, lo miró de lado como quien espera una respuesta, temiendo hacer la pregunta, y escondía una sonrisa. Reboleó los ojos con esa bromita tan espectacular—nótese la ironía— que Gauthier se traía debajo de la manga. Pero enseguida cambió de actitud, a una visiblemente alerta, y pasó por alto el comentario. Había algo más preocupante que su falta de sueño, una amenaza real, de la que tenía que advertirle.

—¿Eres tú?, ¿cómo llegaste aquí? Oh, óyete esto. No sé si lo viste pasar, ¿te lo habrás cruzado, quizá? Había un tipo recién—exclamó, y fingió que estiraba el cuello intentando atisbar a alguien detrás de la puerta—. Hombre, menos mal que se fue—En un gesto dramático, tanteó con una mano ciega que sujetó la muñeca de Gauthier y se llevó la otra mano al pecho—. Estaba preocupado por ti. ¿Qué ibas a hacer si te cruzabas con ese tipo? Me asusté, ya te digo—Lo soltó, suspirando aliviado—. Sí, sí. Sentí pena por los chicos. Bueno, no realmente. La verdad es que reí de lo lindo—Sonrió, el truhan, y recuperó el tono normal, casual—: ¿Siempre eres así con ellos? Pobres tipos. Me alegra ser tu paciente. Porque tú no tratas a los pacientes así—enfatizó, mirándolo con un repentino sentimiento de autopreservación, como si no quisiera ponerlo a prueba—Eres agradable con tus pacientes—aduló enseguida. Diríase que sólo quería asegurarse y ganar puntos. Carraspeó, preocupado. Le encantaba el teatro—Sumamente agradable—insistió, con una sonrisa lisonjera—. Un encanto. Eres mi practicante favorito, digo, Doctor, eres mi Doctor—se apuró a corregirse con ese acento ensayado de aparente nerviosismo— ¿Así que nosotros estamos bien?, ¿no te meterás conmigo como con esos chicos malos, no? Ah, pero por favor—Soltó una risita, traicionándose—Tienes que repetir eso, ha sido la risa. Digo, definitivamente hablaban de cosas serias. No pienso que nada de eso fuera un chiste—añadió a prisa, como si temiera despertar al severo Gauthier—Pero me imagino sus caras. Es bueno cuando le pasa a otro. Ok, quizá no es bueno y es sólo que soy una terrible persona. Lo siento—Y repitió, exagerando con profunda delicadeza, no fuera a ser que le pegara ahí mismo por mala persona—: Lo siento.

La sonrisa con que acabó su numerito le cambió la cara. Le nació fugaz, blanca, espontánea, divertida, cómplice, sincera. Estaba sin dormir y se le notaba, y a la luz del cansancio sus expresiones se habían suavizado, tenían el peso de la naturalidad. Sus ojos brillaban con la chispa del insomnio y algo más, más entrañable.

—Sabes que sólo estoy bromeando, ¿no? Te envidio un poco. Ya me gustaría ser el jefe de alguien. Cuéntame sobre tus días de practicante—instó con una oleada de entusiasmo—. Digo, tengo toda la noche. No pienso irme a ningún lado—agregó, como si tuviera alguna otra opción. Hablaba jovial, amigable en el trato, y hasta la sonrisa era genuinamente simpática. Era la clase de sujeto con la que te daría gusto de hablar sobre casi cualquier cosa. Así que él también podía tener transformaciones de carácter, dadas las circunstancias. En esas circunstancias, él quería compañía, la buscaba, no quería quedarse solo—A menos que me aburras—mintió, descarado—Y paso de que me apliques un golpe de karate para dormir.  


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Laith Gauthier el Miér Ene 09, 2019 2:20 am

El sanador se había dedicado a prestar atención a sus palabras y, al tiempo, a su lenguaje no verbal. Creyó notar, por ejemplo, que su presencia parecía haberle, cuando menos, animado. Y tampoco pasó desapercibido para él el título del libro y el bote de gelatina cuando anteriormente se había quejado de la misma. Le dio gracia a sus adentros pensar en lo que ya era evidente: era un muchacho que sólo se quejaba por quejarse, y no porque sintiera la queja. No lo mencionó, sin embargo, porque no le pareció relevante para la charla actual.

Charla actual que se derivó a una conversación más amena, fuera de su vida personal, cuando el muchacho interpretó su gesto con el café y su dedo. Se lo había dicho desde el principio, que aquella visita no sería él intentando divertirlo, sino mutua compañía. Y si él no la sentía grata, bien tenía otras cosas más importantes, o interesantes, que hacer. Y una de esas cosas importantes vino cuando escuchó la voz de Kevin Donald gritando por el pasillo. Por un pasillo de pacientes dormidos, como una especie de estúpido que no tiene consideración para con la gente que ya de por si encuentra difícil dormir en un hospital.

Se puso de pie, y salió sin decir nada, para sacar al doctor Gauthier con que trataba a sus practicantes. Con ellos, la indulgencia estaba de más, porque no pretendía hacer buenas migas con ellos. Prefería que lo odiasen si eso significaba que algo aprenderían de él, o cuando menos se darían cuenta que su profesión no la eligieron por vocación. Laith no podía consentir que gente sin vocación fuera la que tratara pacientes en el futuro, por ello, terminar adecuadamente su servicio con Laith significaba que tenían mucha vocación o que eran muy buenos en lo que hacían.

Cuando regresó a la habitación, comentó una broma fácil para distender el ambiente, bien seguro de que lo habría escuchado. Enarcó una ceja mientras bebía de su café, escuchando la historia que se inventaba de un hombre que parecía preocuparle. No le hizo falta mucho para darse cuenta que hablaba de un “otro” Laith Gauthier, el que había reñido a sus practicantes incluso antes de que llegase a esa parte, y suspiró con un deje de resignación, intentando ocultar la sonrisa abnegada y divertida a un tiempo mientras lo veía teatralizar su miedo hacia él.

No me molesta que hablen de mí —le confesó, encogiéndose de hombros y relajándose en la silla. — Me molesta que no tengan el más mínimo profesionalismo para no hablarlo a gritos en mitad de la noche en medio de pacientes dormidos —porque ese era el verdadero problema. Kevin Donald podía hablar y decir todo lo que él quisiera, pero a fin de cuentas jerárquicamente seguía estando por debajo de él y de ahí no iba a pasar mientras Laith no lo consintiera, y con su actitud que le truncaba el aprendizaje dudaba mucho darle el visto bueno.

Algo que sí lo tomó por sorpresa fue la sonrisa que le dedicó, sincera y natural. Siempre había oído que una persona cansada tendía a ser más sincera, algo tenía la noche que lo provocaba. Causaba que la gente, bajo sus efectos, se abriese con las personas de su alrededor un poco más, y se encontrasen a sí mismas compartiendo un poco más de ellas de lo que podrían hacer durante el día. Por no mencionar que daba por hecho que algo tenía que ver su repulsión hacia los hospitales. Intuyó que debía alegrarle tener una compañía agradable.

No es fácil ser el jefe de alguien —le confesó, haciendo crujir su cuello. — No es sólo dar órdenes, tienes que ser un líder, hacerte responsable por algunos de sus errores porque tú dejaste que los cometieran, y hacerlos crecer y aprender por más que no quieras volver a verlos —debía ser la parte más difícil del trabajo de enseñanza. — Cuando yo era practicante… Estaba este doctor que ya se jubiló, un hombre muy tradicional con quien constantemente tenía… diferencias creativas, él siempre quería hacer estos procedimientos arcaicos y yo quería intentar algo reciente o una innovación —le dijo con una sonrisa divertida, recordando aquellos días. — Y no lo llevaba tan mal, creo que era quien mejor llevaba las guardias, me gustaba… contar historias durante las noches, para causarles insomnio a mis compañeros —costumbre que no había perdido, por cierto. — Creo que tuvo mucho que ver que me gusta estudiar lo que me interesa, y todo el tiempo estudiaba sobre medicina aunque no me lo requirieran —le contó lo que podría ser el secreto de su buen desempeño como estudiante. — ¿Y tú? ¿Qué estudias?

Luego de haberle hablado tanto sobre él, esperaba poder escuchar algo sobre él. Saber un poco más de su vida, fuera de la familiar que ya le había compartido un poco. Se preguntó por dentro si estudiaba y, si lo hacía, qué le había llamado la atención. No porque le pareciera un vago, sino porque, con un carácter como el suyo, más bien se lo imaginaba en algo que le permitiese hablar mucho, y pese a ello no se lo imaginaba en servicios a clientes. Era una extraña contradicción.
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Evans Mitchell el Vie Ene 11, 2019 2:09 am





Lo dejó hablar, haciendo algo que no tenía pinta de hacer a menudo: escuchar e interesarse por lo que otra persona le contaba, en confidencia. A decir verdad, tenía la manía de hacer caso omiso de lo que los demás quisieran compartirle, porque la gente hablaba mucho, ¿sabes? Mucho, y la mar de las veces, sobre naderías, o sólo sobre sí mismas, que era lo mismo.

Siempre había una excepción o dos, ya fuera porque no tenía otra cosa mejor que hacer, o porque algún matiz casi invisible de la conversación lo hacía engancharse de la persona. A Evans le hizo sonreírse la idea de que ese sujeto era un altruista al pie de la letra. Jodida gente. Cuando tú eras tan feliz pensando lo peor de la humanidad, y aparecían estos altruistas, para llevarte la contraria.

—Leyes—
respondió, con una rápida sonrisa—. Tengo algo de ambición, ¿sabes?—confesó—Quiero apurarme y aplicar para la jefatura, aunque sea sólo por gritarle a alguien. Ok, no, por el dinero. Pero no me veo haciendo guardias nocturnas—añadió—. Aunque no me gusta el trabajo que tengo actualmente, y te aseguro que es igual de estresante. Intenta atender a un cliente tocapelotas sin querer pegarle en la cara. Soy camarero—aclaró—. ¿En el bar de la quinta esquina?—Se refería al Callejón Diagón—Bill me halló el empleo—Su amigo, Bill. Para que viera, que eran buenos amigos—Y luego, si es por vocación… No sé qué haría por vocación—admitió—. Pero sí que me entusiasma la carrera de leyes—titubeó antes de agregar—: Y quizá, sólo quizá, montaría un negocio en un futuro. Siempre fui—se demoró un segundo con una sonrisa cargada de picardía—un emprendedor.

Por no decir, un estafador. Lo cierto era que por un momento había pensado que en su futuro le gustaría verse en familia, pero claro, no lo dijo. Y por el momento, eran sólo él y el perro. Se limitó a abordar la cuestión económica de su vida, mostrando un elevado sentido del pragmatismo. Evans jamás hablaba con el discurso de los idealistas, los soñadores o incluso los indecisos. Se planteaba metas que pensaba cumplir luego de haberlas meditado con cuidado y que de ningún modo dependían de la suerte, como si la vida fuera jugarse la lotería.

—¿Y tú qué?, ¿qué hay sobre tu futuro?


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Laith Gauthier el Mar Ene 15, 2019 2:09 am

Así como Evans se había mostrado interesado para con él, Laith le preguntó sobre su carrera. No puso en tela de duda que tuviese ambición, aunque sí que le costaba imaginarle apurándose hasta llegar a la jefatura. No porque pensara que no lo haría, sino más bien porque creía que sus expectativas sobre el mercado laboral eran demasiado altas comparadas con la realidad. Lo que sí que lo hizo sonreír fue escuchar que su trabajo era igual de estresante que una guardia nocturna. Laith decidió ser elegante y se reservó sus comentarios.

Nunca me ha parecido que elegir un trabajo por dinero sea adecuado, pero… si es lo que te entusiasma, no tengo nada que decir —aunque creía que era un poco como la diferencia entre amar y gustar. Cuando te gustaba una carrera, te entusiasmaba lo bueno que tenía. Cuando la amabas, sabías que tenía partes buenas y partes malas, pero seguías ahí encontrando los motivos para quedarte. — Lo de ser emprendedor… yo me andaría con cuidado —le dijo, pues no le gustó la sonrisita que le dedicó. — Hay quien pierde la vida si juega con fuego —se encogió de hombros.

No ser honesto en un trabajo podía llegar a costar muy caro, en especial en el mundo mágico actual y el con quién se metiera. Laith, que era un emprendedor, tenía que considerarlo como un peligro tangible. Los negocios se habían vuelto ciertamente peligrosos para quien recién entra. Y estaba exagerando un poco, sí, porque Laith veía muchas películas. Pero, a fin de cuentas, no era mentira del todo.

Evans tendría que estar en un punto filosófico de la noche, porque además de preguntarle sobre su pasado, ahora iba a preguntarle sobre su futuro. Social y familiarmente, Lindsay estaría encantada de contestar por él: planeaba su boda con un hombre sin vicios que, si bien no perfecto, era guapo y fiel, con quien pretendía adoptar no uno ni dos, sino tres hijos, porque Lindsay estaba loca. Seguramente, en la fantasía de su amiga, reduciría sus horas laborales para ser un padre presente. Negó con la cabeza, deshaciéndose de esos pensamientos que se esfumaron en el aire.

Me esfuerzo para conseguir un puesto importante en el hospital, aunque no a nivel ejecutivo… Me molestaría tener que renunciar al trabajo práctico, a atender a los pacientes, para encerrarme detrás de un escritorio a mirar papeles todo el día, ese no es mi estilo —eso lo tenía muy claro. Es parte de una persona laboralmente madura saber sus debilidades y fortalezas, y mientras sus fortalezas radicaban en el trato público, sus debilidades se enfocaban a la frustración y estrés a los que se sometería en una oficina con poco contacto humano. — También soy emprendedor, tengo un negocio pequeño de venta por catálogo —le comentó, encogiéndose de hombros. — A nivel personal me siento a gusto como estoy, tengo buenos amigos, compagino trabajo y vida social —quizá pediría una o dos cosas, pero fuera de eso, se sentía bien.

No pedía demasiado, sin embargo. Laith tendía a ser un hombre más bien simple y se contentaba con poco. Tenía un departamento para él solo, un techo y dinero para comida, amistades y un trabajo que le gustaba. Laith sabía con seguridad que era más feliz que mucha gente, a pesar de su postura frente al gobierno y todo lo que sucedía a su alrededor. Sentía que no podía quejarse.
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Evans Mitchell el Miér Ene 23, 2019 5:19 pm




—Eso dice la gente que no tiene problemas de dinero—replicó Evans. Lo dijo con un tono y una expresión tan serenas, que diríase que era algo que venía repitiéndose en su cabeza hace mucho tiempo y que lo soltó con la naturalidad de un suspiro. Se lo podía acusar de jactarse de una cierta superioridad, como si su sapiencia fuera algo más allá de este mundo, pero como extrañamente su rostro no reaccionó de la forma acostumbrada: muecas, muecas que se contraían, de asco, de indignación, de queja; resultó que el comentario era sólo eso… un comentario, sin animosidad, sin ácido. Sólo un comentario. Sonrió de lado ante tamaña advertencia del sanador… ¿Que el que jugaba con juego se quemaba?—. Venga, ¿no te dije? Eres un poco fatalista. Ni siquiera estoy muy seguro de lo que quieres decir—Rió un poco y lo miró de reojo—. Si hasta haz puesto una cara… Venga, no me asustes.

Y era verdad, ¿a qué se refería exactamente? Es decir, Evans pudo haberlo entendido si era Joshua el que se lo decía, o alguien que lo conociera, especialmente la gente a la que había estafado. Pero al parecer, su Doc parecía pensar siempre lo peor, porque había en su tono una acusación implícita que no sabía de dónde venía… Venga, que tampoco tendría cara de santo, pero qué feo eso, pensar lo peor de la gente, como lo primero a hacer. Era un fatalista, sí. Sin embargo, estaba muy de acuerdo con el Doc: ante todo, había que pensar lo peor de la gente.

La pregunta sobre su futuro, la hizo de pura curiosidad. Intentó imaginarse a sí mismo en un lugar como aquel, haciendo turnos estresantes toda la noche, todo el día, atendiendo a gente que en ocasiones sólo te escupía a la cara, para salvarles de la vida de la dieta que no quisieron seguir o los consejos médicos que no supieron atender, o etc. En fin, que lo consideraba un trabajo sobre todo estresante, ¿y para qué? Aunque admitía que había algo en la bata de un médico que inspiraba respeto. Puede que ningún turno nocturno fuera agradable, pero debía ser también algo así como impresionante poder decir sobre uno mismo que se era un médico, cuando la figura del médico inspiraba un cierto nivel de respeto inherente al cargo. No se trataba de un cuestión de ego —aunque Evans sospechaba que sí, en muchos casos—, sino de… apreciación y gratificación personal.  

—No, no se oye muy ‘tú’—corroboró Evans, que aunque lejos de cononocerlo personalmente, creía creer perfectamente a qué se refería con eso de que los papeles no eran lo suyo. Sólo hacía falta recordar cómo había reñido a sus practicantes, las palabras que había utilizado, contemplar la razón detrás de las palabras—. Oh—Evans asentía a cuanto decía, aunque le hacía cierta gracia por dentro. A ver, que le había preguntado sobre su futuro... de la misma forma que pueden preguntarte, “¿Y tú, qué harás el finde”? Pudo haber mencionado cualquier cosa. Unas vacaciones que pensaba tomarse próximamente, por ejemplo. El Doc había aprovechado para hacerse una autoevaluación personal al respecto de su presente, su nivel de felicidad… Por Merlín, los médicos tenían un problema, eh. Es decir, convertir una simple pregunta en una evaluación física y emocional… Fue casi como preguntarle a un técnico sobre cañerías y que te hiciera un plano sobre el tema—. “Compagino trabajo y vida social”—citó Evans, por último, con una sonrisita y un cierto retintín—Jodete tú y tu vida perfecta.

Que lo decía en broma, oye.

—Bueno, pero eso está bien. Ya me había dado cuenta de eso, de todos modos. Honestamente, no sé cómo lo haces. Las primeras semanas que empecé a trabajar yo no podía hacer otra cosa más que dormir—confesó—. Y a veces, hasta me apetece todavía más. Sólo yo y la almohada… ¿Y qué vendes?—preguntó, de nuevo, por casualidad. Se imaginó que vendería cremas o perfumes o… Sonrió, y añadió, con humor en el tono—: ¿No venderás medicamentos bajo receta, verdad?, ¿drogas? Porque, ya sabes, estando en un hospital… Tienen toda una droguería a su disposición, ¿a eso vino lo de antes, aconsejándome de no quemarme? Vaya… No te delataré si lo haces… ¿Y qué tal los precios? Ok, ok, broma, eres demasiado serio para eso, sólo era broma… Yo no me veo en un hospital toda mi vida. Por eso preguntaba—añadió— Así que, ¿qué vendes?—insistió, revolviendo distraídamente su pote vacío de gelatina con la cuchara, como si pensara que fuera a rellenarse mágicamente. Pensó que luego le preguntaría si no había traído unas cartas consigo—Te compraré algo. Considéralo un donativo a tus ánimos de emprendedor.

Evans “El Generoso”, lo llamaban.


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Laith Gauthier el Dom Ene 27, 2019 3:16 am

Laith enarcó una ceja ante sus palabras tan seguras, argumentando que él lo decía porque nunca había tenido problemas de dinero. — He trabajado por necesidad, a veces —le contestó. — Más bien, lo dice alguien que ha visto lo que pasa con la gente sin vocación —le explicó, encogiéndose de hombros y relajándose en su sitio. — Cuando el trabajo se vuelve una mera obligación, no importa qué tan bien disimulen ante la presión, todos sufren depresión en mayor o menor medida —le dirigió una mirada. — La sociedad está tan condicionada que cree que es lo correcto —y, en su opinión, no es como las cosas debiesen ser. Pero la sociedad era así, triste.

El sanador había sobreentendido en su lenguaje corporal lo implícito que se encontraba que tenía ciertas maneras en la negociación de ser. Y no pudo evitar imaginarse, en automático, lo peor que pudiese suceder. Como cuando se ve a un coche ir a toda velocidad, y sin querer se cruza por la mente la imagen de un accidente. Algo así. Reconoció que era fatalista, sin embargo, asintiendo con la cabeza, pero sin dar mayores explicaciones. Sólo sonrió y esperó equivocarse.

Para el quebequés, las preguntas que invitaban a la reflexión ameritaban una respuesta bien pensada, básicamente porque encontraba redundante responder algo superficial y banal a algo que podría ser importante, incluso si era sólo introspección. A veces él mismo se ponía a ver su vida en todos sus aspectos, porque le gustaba la constante evolución y siempre pensaba que podía mejorar alguno de ellos. Ser médico era parte de ello, porque no era un trabajo estático. Todos los días, en todas partes del mundo, había nuevos descubrimientos, experimentos nuevos, métodos y medicamentos. Lo que no evolucionaba tenía que ser muy bueno o se quedaba obsoleto y se perdía en el tiempo.

Oye —Laith se quejó suavemente cuando se burló de que su vida era perfecta. Qué más Laith quisiera. — No soy una persona que duerma mucho, tengo práctica desvelándome, las fiestas me sirvieron de algo en la vida —le explicó el secreto de su capacidad de tener guardias y levantarse temprano y todas esas cosas de persona responsable. — Tanto así que a veces unos minutos de sueño bastan.

El joven se había interesado en las cosas que vendía, y por un momento creyó, o bromeó, con que vendía medicamentos bajo receta. Y no los vendía: los regalaba a los refugios de fugitivos nacidos de nomaj, pero eso no tenía nadie que saberlo. En cambio, enarcó una ceja, curioso, mirándolo como si pensara que había perdido la cabeza. Esperó con paciencia a que terminase con su juego, que por suerte fue bastante pronto.

No voy a venderte medicamentos para que acabes días luego en el hospital por no atenderte —y una de esas estocadas de las suyas, porque todavía no parecía superar que Evans se hubiese automedicado, el muy resentido. — Juguetes —le contestó, encogiéndose de hombros. — Y no necesito que me compres, me va bastante bien —y porque no iba a ponerse a sugerirle a un chico que le comprase juguetes para adultos, aunque no había especificado realmente qué tipo de juguetes eran los que él estaba vendiendo.

A Laith le parecía extraño. En realidad, había empezado como una broma entre Lindsay y él sobre las prácticas aburridas de los magos anticuado, una mentira que acabó siendo cierta. Más temprano que tarde había conseguido un proveedor y, eventualmente, empezó a vender con ayuda de un catálogo para llegar al cliente mágico promedio. Quizá, si todo salía bien, se extendería a las comunidades no mágicas para continuar expandiéndose, pero todo a su debido tiempo. Por ahora, como hobbie, le sentaba bien tener un ingreso extra y algo con qué distraerse.

¿Y en qué se supone que has emprendido hasta el momento? —Laith se interesó. Antes se lo imaginaba como ese programa de los chicos que estaban gente, de los tres chicos del mismo nombre que no recordaba en ese momento. Y, claro, nada les salía bien a esos muchachos, así que cabía apuntar la inquietud de Laith, completamente razonable.
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Evans Mitchell el Lun Ene 28, 2019 12:27 pm





La felicidad estaba sobrevalorada. Pasaron a otros temas, pero Evans se quedó pensando en lo que su Doc había dicho sobre la depresión y la vocación. No opinaba que tuviera razón. Es decir, era sólo pensarlo un poco. El Doc ahí podía estar satisfecho con lo que hacía, pero, ¿eso lo salvaba de la depresión? Con turnos como el suyo, hasta Evans se deprimiría. Puede que simplemente su Doc no fuera el tipo de persona que caía en la depresión. Si alguien le hubiera sugerido que aquel sujeto había tocado fondo alguna vez, no se lo habría creído. Sólo podía imaginárselo levantándose, siempre. ¿Cómo explicarlo?, era, lo que se dice, una primera impresión.

—¿Las fiestas?—Evans rió—¿En serio? ¿Cómo quieres que te tenga algo de respeto ahora?—bromeó.

Estaba demasiado confiado en su pequeño negocio como para negar una compra, ¿no? En todo caso, Evans no le hizo caso, y como es lógico cuando a un cabezota le niegan algo, se interesó el doble. Juguetes, decía. Eso lo hizo pensar en su pequeña hermana, Aimee. No podía hablar de ella, porque era una desaparecida. Y no había forma de hacerle llegar un regalo. Sin embargo, Evans no era cualquier persona. Evans, tenía un perro.

—¿Yo?—
Sonrió con la pregunta sobre sus propios emprendimientos—En muchas cosas—Se encogió de hombros—Cuando estaba en Hogwarts quise hacerme un dinerillo extra—confesó—Así que, tomaba algunas cosas que no se suponía que debía tomar—De los invernaderos, del Bosque Prohibido otras veces, como hierbas o estiércol de bowtruckle—. Y las vendía—relató, así, sencillamente, como un ángel con cola de diablo—. Vía lechuza—aclaró.

Su sonrisa de pillo no moría, y como al parecer, era más fuerte que él, no pudo contenerse y abrió la bocaza que tenía, continuando su relato.

—Y bueno, ¿sabes que es lo más interesante del correo por lechuza? Que podrías tener una empresa sin ninguna sede real, y tardan eones en darse cuenta. A veces no se enteran nunca. Yo… Bueno, puede que haya mentido un poco alguna vez y haya creado…, de hecho, creé, un curso de magia por correspondencia. Pago—
Sonreía y recordaba aquellos buenos tiempos—Sí, y la gente se lo creía. Y pagaban. Duró un tiempo, hasta que me empezaron a amenazar y hasta me atacaron. ¿Te lo puedes creer? Eso sí que fue rudo.

Ay, los buenos recuerdos.

—Pero no hablemos tanto de mí, y no te me quedes mirando. Tenía que hacerme un dinerillo extra, ¿ok? ¿Qué juguetes?—Quiso saber, retomando el tema del emprendimiento del Doc, y no sólo porque quisiera desviar su atención—Oye, vamos, te compro. Tómalo como una forma de redimirme. Invierto en tu negocio, y todos contentos. Tengo un perro—explicó—. Y le encanta cuando le llevo regalos, algo nuevo, ¿tienes algo blando que pueda morder, quizá? Venga, que normalmente no le ruego a nadie queriendo gastar mi dinero... ¿Y por qué juguetes?

En ese instante, entró el tal Donald en la habitación, llamando a la puerta primero. Entró con la mirada gacha, postrado en una clara actitud de sumisión, ligeramente abochornado. Saludó y se aclaró la garganta antes de hablar. Traía una carpeta en una mano, y Evans se figuró que tendría algo que ver con lo que le habían pedido que hiciera.

—Yo… quería disculparme por lo de antes—No era de irse por las ramas, al parecer. Fue directo al grano. Miró alternadamente al sanador y a Evans, e inevitablemente arrugó el ceño, desconcertado. No entendía por qué el chico ahí tenía en plena cara una sonrisa que se le hacía extraña, por no decir incómoda. Debía estar disfrutando toda la situación. Sin embargo, no se detuvo mucho en el paciente—He terminado—Apoyó la carpeta con el reporte sobre una mesilla al lado de la puerta, y asintió con la cabeza en una despedida, regresando la mirada a Evans.

Esta vez, entornó los ojos, y a Evans se le murió la sonrisa.

—¿Te conozco? Lo siento, pero…—
Las disculpas iban dirigidas al  sanador jefe, por supuesto. A Evans lo inspeccionó con cierto aire de sospecha. Juraría que lo conocía de algún lado…, y la incertidumbre lo recorrió por entero—Es como si me sonaras de algún lado—añadió, pensativo.

—No—Se apuró a decir Evans, quizá demasiado deprisa. Apretó los labios y resopló, como si hiciera un esfuerzo sin resultados aparentes—. No vi tu cara en mi vida—Negó con la cabeza y se encogió de hombros—. Te recordaría—garantizó, en una absoluta mentira.

Siempre le daba mala espina la gente que decía conocerlo.

—Oh—Donald asintió lentamente, todavía confuso—Bueno, en ese caso… —Le dedicó a Laith una última mirada—Buenas noches.

Evans se rascó distraídamente la nariz cuando Donald se fue por la puerta, todavía con la frente arrugada por la duda.

—¿Qué? No lo conozco—
aseveró, evasivo—Digo, con esa cara de feo, lo recordaría. En serio.  


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Laith Gauthier el Vie Feb 01, 2019 12:24 am

Laith, quien había sufrido lo que era estar desmotivado hasta no encontrar motivos para levantarse día tras día, para cuidarse cuando menos, valoraba lo que podía hacer un buen trabajo o la buena compañía. El suyo podría ser un trabajo exigente, pero que era como gasolina para su motor, porque, en realidad, lo que hacía en él era ayudar, en la mayoría de las ocasiones. Lo deprimente era cuando eso no se conseguía, más que sus horarios frenéticos.

Deberías respetarme porque eso demuestra que puedo tomar experiencia de literalmente cualquier cosa, ¿eh? ¿A cuántos sujetos así conoces? —le dijo, como si fuera un gran logro, y una sonrisa traviesa. — Al menos hasta que la edad me pegue, yo creo que lo llevo bien —los horarios locos, se refería. Aún era bastante joven, y la energía la sentía.

El sanador hizo lo que creyó correcto negándole la posibilidad de comprarle algo. Realmente, sería hipócrita que Laith dijera que era demasiado joven como para explorar la sexualidad, cuando él había comenzado incluso antes de lo que él mismo recomendaría. Pero prefería las cosas así, y en parte deseaba mantener la distancia entre sus dos trabajos, porque en su negocio se jactaba de su anonimato. Se interesó, en cambio, en lo que el otro había emprendido.

Se reía por dentro, aunque su rostro no lo mostrara, cuando le dijo que tomaba cosas que no debía tomar para vender. Le sugería, al menos en principio, que robaba, por el modo tan misterioso en que lo decía. Y Laith encontró ese punto donde descubrió que él estaba lejos de equivocarse cuando le comentó que había estafado con un curso de magia por correspondencia. Encima, decía que los rudos eran quienes le habían atacado, como si él fuera inocente.

Ahí tienes a lo que me refería con “jugar con fuego” —le dijo, con ese tono analítico y maduro. Pareciese que jugaba con Evans, que lo observaba y de él aventuraba análisis. — Si sigues haciendo este jueguito tuyo, algún día vas a estafar a alguien de quien no podrás protegerte, me sorprende que no lo consideres con el extremismo actual —le explicó lo que había querido decir en un principio, pero se había callado porque hablaba sin hechos y sin justificaciones, que ahora el otro se había encargado de darle.

Eso podía decirlo Laith y cualquiera. No sólo los nomaj sino los magos también, era parte del día a día. Evans seguía, por otro lado, insistiendo con lo de su negocio, queriendo comprarle algo para “redimirse”. Le dio gracia que hablase de comprarle algo a su perro, y todas las cosas “blandas” que se le ocurrió que podía vender no calificaban para ser compradas por una mascota. Por suerte, no tuvo que explicar nada, ya que no hubo tiempo antes de que llamaran a la puerta.

Donald había estado pensando en lo que les dijo, se le notaba por la actitud de sumisión que llevaba, avergonzado. Incluso se estaba disculpando con él. — Mírame a los ojos cuando me hables —Laith había usado un tono suave, que no era un regaño, sólo una llamada de atención. — Tienes que mirar a las personas a los ojos cuando te diriges a ellas —porque él le estaba buscando la mirada que mantenía gacha. — Está bien —le dijo, tomando el reporte de la mesilla, aceptando a partes iguales la disculpa y que hubiese terminado.

Laith sacó del bolsillo interno de su bata unos lentes que acomodó sobre sus ojos. En general, prefería no usarlos, en especial si se trataba de un texto corto, pero cuando tocaba una lectura extensa prefería cuidar de su vista y no sobreexplotarla. Mientras empezaba a leer se hizo el intercambio de palabras entre Evans y su subordinado, que permitió hasta que le tocó levantar la vista para asentir a la despedida de Kevin. Miró a Evans por encima de sus lentes, una vez que estuvieron a solas.

¿Alguien que hayas estafado? —preguntó, sin tragarse el cuento de que no lo conocía. — Generalmente, no me importaría —comentó, devolviendo la mirada al texto. Su expresión decía que se sorprendía de lo que estaba leyendo, y para bien. — Pero me preocupa que alguien intente golpearte en un hospital, no porque no te lo merezcas, sino porque estás en mi guardia —bromeó con él.

Sólo leyó las primeras páginas y las últimas por encima, porque quería sentarse a leer cuidadosamente cuando tuviera tiempo de hacerlo, probablemente más tarde o en las primeras horas de la mañana, pero parecía prometer. Miró su reloj en su muñeca derecha, que decía que no faltaba mucho para que recibiera otros dos encargos. Volvió a quitarse los lentes, tallándose el ojo izquierdo con el dorso de su muñeca, y los dobló para colgarlos dentro de su bolsillo interno, donde pertenecían.
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Evans Mitchell el Vie Feb 01, 2019 7:53 pm




—¡Oh, tonterías! Piénsalo. Ya hay un montón de cosas de las que no puedo protegerme—retrucó, adoptando el tono analítico de su Doc, como si allí, entre ellos, se estuvieran tratando temas serios. Evans se sonreía, empeñado en hacerle ver la cuestión, de adentro hacia afuera. A saber con qué saldría—. Soy cauteloso—añadió, y por no decir un convenido ladrón y un cobarde—. Pero siempre habrá gente que quiera hacerte daño—Se encogió de hombros—. ¿Y ese se supone que es mi problema? No. Y tampoco pienso vivir asustado. No es como si hubiera…

Iba a decir, “como si hubiera matado a alguien”, pero el corazón en su pecho se contrajo y sintió una punzada de dolor que nada tenía que ver con el motivo de que estuviera hospitalizado. Eso ya no sería verdad, nunca más. Tendría que acostumbrarse a llevar una máscara e intentar no pensar demasiado en ello, en que sí había matado a alguien.

¿Y sólo una persona?

La muerte de Linda Mitchell había sido su culpa, de forma indirecta, pero su culpa. Condenó a sus padres adoptivos desde el momento en que los denunció. Aunque en el fondo sentía que lo de su madre había sido compasión, ¿quién más lo entendería de esa manera? Era curioso. Se sentía apenado por haber causado la muerte de un desconocido en el fuego cruzado de un duelo, pero no sentía demasiada empatía hacia la muerte de sus propios padres. El asunto con ellos nunca lo hizo preocuparse. Había una cierta justicia en lo que había hecho.

Si no pensaba demasiado en ello, quizá fuera porque tampoco quería averiguar hasta qué punto podía estar equivocado. Nadie lo entendería. Sólo él. La verdad dicha en voz alta podía resultar abominable, pero no creía que nadie tuviera el derecho de juzgarlo. En una sucesión de imágenes que abordaron su consciencia inmediata como fotones, recordó el rostro de la vieja Trudy, la buena de Trudy, mirándolo boquiabierta.

“Oh, mi muchacho, ¿qué has hecho…?”
 
Siempre que aparecía en su porche, de niño, con las zapatillas llenas de barro o el rostro maniatado, la misma pregunta. Evans Mitchell era un niño problemático, que siempre se metía en líos. Pero aquella vez fue diferente. Había acudido a su puerta, como cada vez que hacía algo mal y buscaba el calor de un hogar, con galletas y leche a un lado del sofá, y esas tartas con crema que a la vieja Trudy le salían tan bien. Pero aquella vez. Le bastó una sola mirada para leerlo por entero. Nunca le agradeció tanto que le abriera la puerta.

—Ni que fuera algo terrible—
se interrumpió, casi en el acto. Había bajado la mirada un instante, pero retomó el discurso jovial, despreocupado, con una sonrisa de truhan—. Tú lo llamas “jugar con fuego”, yo lo llamo “vivir un poco”. ¡Nadie es santo! Y además, las cosas están difíciles para los emprendedores.  

Le insistió en comprarle algo, como muestra de solidaridad entre colegas. Pero mira que era testarudo. Podía decirlo por la reticencia con que tocaba el tema, y esto despertó su intriga. Casi era como si de pronto estuviera intentando trabar conversación con el pusilánime de Joshua, al que tenías que sacudirlo de arriba abajo si querías que soltara algo que no fuera un monosílabo.

Al final, se le dio por bromear.

—No me saldrás con que son juguetes sexuales, ¿no?

Justo entonces, tocaron a la puerta.

Se interesó por la escena con Donald, casi con la misma avidez que el público de una arena romana a punto de ver cómo los leones se devoraban a un pobre mendigo. Se estuvo cruzado de brazos, riéndose por dentro, cuando de pronto, lo dijo: “Mírame a los ojos cuando me hables”. Lo dijo, y a Evans le nació una sonrisa espontánea, entrañable, y agachó la mirada, recordando. Un poco con calidez, otro poco con tristeza.

La mente solía hacer extrañas asociaciones. De vuelta en Hogwarts, él solía emplear la misma la línea cada vez que se topaba con cierto rubio. Tenía la costumbre de apartarle la mirada siempre que Evans le salía al encuentro, queriendo llamar su atención. El rubio simplemente pasaba de todo. Pero si lo hacías enojar, mordía el anzuelo. De un tiempo a esta parte, Evans se había vuelto muy bueno en ello, en hacerlo picar.

Claro que su rubio nunca había dado ni la mitad de pena que ese de ahí, Donald. Fue mientras que él pensaba en estas cosas, que lo sacaron de su distracción. Ah, que mala espina le daba que lo reconocieran. No podía ser nada bueno, pero no podía recordar inmediatamente de qué era que se conocían. Nada bueno, eso seguro. Todo el mundo sabía que el karma era una perra. El Doc, siempre muy despierto, le señaló una posibilidad que a él mismo le preocupaba.

—¡Eso es cruel!—Se quejó—. Decir que me lo merezco. Voy a hacer que no lo dijiste en serio—concluyó, mostrando lo generoso que podía ser—. Oi, te ves muy serio con esas gafas, ¿sabes?—Sonrió—. Quizá debas dejármelas, cuando acabe tu turno. Quizá así nadie se me acerque. Tú las usas para mostrarte imponente, ¿verdad? Porque te dan un algo de… persona importante. No está mal—Y añadió, metiéndose con él—: Nadie diría que es por la edad.

Lo había visto ojear su reloj y eso lo hizo sentir intranquilo. No lo iba a confesar, pero le daba pena quedarse solo después de que el otro se largara. Bostezó, llevándose las manos a la cara. Tenía los ojos húmedos y enrojecidos. Se animó con la idea de que no debía faltar mucho para que llegara la hora de salir de allí y que cuando lo hiciera finalmente podría echarse en su propia cama y darse una buena cabeceada.

—Decías que contabas historias de miedo—
recordó, de pronto, muy interesado. Alternó la mirada entre su Doc y el libro sobre la mesita, y se arrebujó entre las sábanas—. Vente, cuéntate una. Sin juguetes sexuales—advirtió, a modo de broma. Para él, la posibilidad de que su Doc vendiera juguetes sexuales seguía siendo una broma, fijo. Y añadió, de curioso—: ¿Qué es lo más raro que te ha pasado en un hospital?

Él mismo tenía una historia, de una vez que había ido a visitar a Linda Mitchell al ala psiquiátrica del hospital. No estaba todavía muy seguro de cómo contarla sin adentrarse en detalles, pero lo resolvería fácil.

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Laith Gauthier el Mar Feb 05, 2019 1:09 am

Laith lo miraba con una curiosidad analítica, y escuchaba con atención sus palabras. Sin embargo, para cualquier buen observador, sería evidente que no buscaba nada en lo que decía, sino en, precisamente, lo que no decía. Evans tenía eso, pausas repentinas, como si su mente se fuera por un hilo que su boca no estuviera de acuerdo con exteriorizar y se extendiera en él el misterio y una fuerza extraña de duda. Cuando Evans callaba, Laith aguardaba, paciente, esperando que terminase lo que tenía que decir.

“No es como si hubiera…”, era del tipo de frases que, en ese contexto, podía ser terminada de cualquier forma. “No es como si hubiera… robado un banco”, por ejemplo. Algo en Laith no lo dejó pensar lo peor, así que se armó de paciencia y no lo apuró. Pronto, terminó con su oración. El sanador enarcó una ceja, como dudando de sus palabras.

Prueba a vivir un poco sin provocar que la gente quiera herirte —le dijo, con tono socarrón. — Si lo hacen de todas formas, vas a tener una buena razón para defenderte —era su ley de vida. Probablemente porque prefería evitar el conflicto, aunque Laith desde un tiempo hacia el presente no lo había huido, sino que había aprendido a tomar al toro por los cuernos. — Qué gran cabezota tienes —se quejó de lo terco que era. — Lo tuyo es testarudez pura —negó con la cabeza.

Y como si se lo quisiera confirmar, fue ahí a insistir comprarle cosas. Laith se negó, evitando decirle qué tipo de juguetes era los que vendía. Había dado en el blanco cuando muy afortunadamente su subordinado entró para entregarle su encargo. Se mostró desinteresado con la escena que los dos jóvenes compartieron mientras él se enfrascaba en leer y darle un primer vistazo al trabajo, con detalles profesionales con los que decidiría más tarde si valía la pena o no terminarlo de leer. Pero, incluso así, se atrevió a meterse de nuevo con su paciente.

No sé de qué hablas —Laith ironizó, como si no le hubiese dicho nada en lo absoluto. O nada que Evans debiese tomarse como broma. Sólo le tomaba el pelo un poco. — Sí, claro, para verme importante, nada tiene que ver con que mi oculista crea que las necesito —ojo, que era el oculista quien lo pensaba, nada de que Laith creyese que realmente eran necesarias. Estaba en negación, qué se le podía hacer. — ¿Disculpa? —preguntó el sanador, con un tono que se decía ofendido. — Estoy en mis mejores años, qué edad —se burló de ello.

Y sí, que ni siquiera había pasado los treinta. Laith se relajó, suponiendo que pronto tendría que volver a tomar el papel de mentor para cuando los demás trajeran sus respectivas tareas. Así, notó que el sueño llamaba al timbre de Evans y que este, a su vez, no quería abrirle la puerta. Se sonrió para sí mismo de lo testarudo que estaba siendo, como un niño.

¿No prefieres un cuento para dormir? —le preguntó con un tono socarrón y cálido a un tiempo. — Se te nota cansado, puedes relajarte, nadie te va a comer en mi guardia —dijo, como si intentara calmar a un niño que le acaba de decir que hay un monstruo bajo la cama o en el armario. — No tienes nada de que preocuparte —insistió, para intentar llevarlo al sueño. Los médicos eran esas personas extrañas que convencen a sus pacientes de dormir, y luego ellos van y tienen turnos de cuarenta y ocho horas.

Pero no, eso no iba a suceder. Evans estaba aferrado a querer escuchar una historia de su vida en el hospital, sino de miedo al menos de lo más extraño que le había pasado. Tuvo que pensarlo un momento para rebuscar en su mente qué era lo que podía contarle. Historias aptas para todo público, por supuesto.

Ah, una vez… —empezó a hablar, haciendo memoria. — Bueno, no es lo que se dice “una historia de miedo”, pero me pasó cuando estaba en Francia —Comenzó a explicarle. — Era un hospital sin magia, así que todo lo que se hacía era mucho más... tecnológico, se depende mucho de máquinas —toda esa introducción era necesaria. — Creo que fue durante una tormenta que el elevador se quedó atascado conmigo dentro, otro sujeto y un paciente en camilla en dirección al quirófano con una placa de choche clavada en el pecho —estaba haciendo un pequeño esfuerzo por recordar con claridad. — Al principio estaba bien, el paciente estaba estable y debíamos esperar por la ayuda, al menos hasta que los vitales empezaron a caer, no sabíamos si era un taponamiento cardiaco o la placa había punzado el corazón, pero había que entrar y debíamos hacerlo de inmediato —cambió el peso de sus piernas, cruzándolas del otro lado. — Estábamos en un ascensor con un paciente crítico sin ningún tipo de herramienta más que la que teníamos a mano, un bisturí por suerte y dos unidades de sangre, era todo, pero no teníamos una sierra por ejemplo para partir el esternón y entrar para tener una mejor visión que un enfoque por el lado —iba señalando en su propio cuerpo lo que decía, porque suponía que quizá Evans tuviese problemas para imaginarlo. — Así que le dije a mi compañero que tenía que presionar la incisión de la placa porque iba a usarla, y me miró como si hubiese perdido la cabeza y quizá lo había hecho —se sonrió.

Laith era muchas veces ese de las ideas locas que nadie parece tomar en serio, pero que de algún modo consigue hacer funcionar. En más de una ocasión había escuchado que su especialización debía ser traumatología, porque mucho de lo que ellos hacían era reaccionar primero y hacer que funcionase.

Tomé la batería del monitor cardiaco y la placa para auto, porque la batería era pesada y podía usarla como mazo, y la placa tenía que servir como cuchillo, no había más que hacer, por suerte conseguimos romper el esternón y estabilizar al paciente hasta que el elevador se abrió y pudimos continuar en el quirófano —era una de sus cirugías más extraordinarias hechas en un hospital. Había otras durante trabajo de campo donde había ido como servicio de emergencia, aunque el joven le había pedido específicamente de un hospital. — Creo que me va bien trabajando bajo presión, una vez tuve que trabajar en un pozo en el suelo donde un civil cayó porque la calle cedió y se hundió —se encogió de hombros. — ¿Y tú? ¿Algo raro que te haya pasado en el hospital? ¿El origen de tu desagrado a los hospitales? —le sonrió, invitándolo a hablar.
Laith Gauthier
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Evans Mitchell el Jue Feb 21, 2019 11:14 pm





Diría que podía verlo, por bizarra que se le hiciera la idea de un paciente atravesado por una placa de rodaje. Dos médicos, un accidente casi irrisorio en sus manos y atascados en un ascensor. Le interesó por dónde iba la trama de la historia. Porque cuando le sucede a otro…

Se carcajeó imaginándose al Doc en su desesperado intento por salvarle la vida a su paciente —a menos que un tercero los viera desde afuera, porque seguro que de lejos habría parecido otra cosa, homicidio cuando menos—, y tuvo que contenerse para continuar oyendo cómo terminaba la anécdota.

—Tú eres el que da miedo—concluyó, muy seguro y sonrisa de por medio. Las cejas se le arquearon de la sorpresa al oír que se había ido a meterse a un pozo, pero antes de que agregara cualquier cosa, el Doc mencionó su desagrado por los hospitales—. Era un enano—empezó a decir casi de inmediato, sin aclarar si la historia a continuación tendría algo que ver, en efecto, con su negación a los hospitales.

Se acomodó en la camilla antes de proseguir, arrebujándose entre las sábanas. No lo iba a confesar a viva voz, pero la compañía hacía que le fuera más fácil relajarse. Era algo que ciertas personalidades conseguían, y casi sin esfuerzo. Su confianza transmitía seguridad, y te dejabas envolver por un ambiente que en nada se parecía al “antes”. No eres capaz de reparar en cómo te amenazaba tanto el rededor y se te olvida qué te inquietaba, porque la sola presencia de alguien más puede hacer un cambio.

—Habían internado a mi madre en el hospital y yo vine de visita. Ese día me aburrí e hice un poco de exploración—Por qué la madre estaba internada, quién era el adulto a cargo, esas cosas no importaban. Al menos, el tono de la conversación daba a entender que no. En ese punto del relato hizo un alto y le dedicó al Doc una mirada, los ojos entornados—. No voy a contarte ningún trauma, no te emociones. Pero este tipo me dio un gran susto—aclaró, adelantándose a los hechos, y explicó—: Yo estaba correteando, husmeando… quizá robara la gelatina de los pacientes o les hiciera alguna bufonada, como esconderle las muletas a un incapacitado. Oh—se apuró a añadir como recordando una buena, buena anecdóta, una especialmente irrisoria—, había una señora algo majareta que llevaba consigo a todos lados este osito y yo—Se interrumpió en su sonrisita al reparar en la mueca de Laith, y se carcajeó brevemente, aunque haciendo a un lado los humos—Ok, quizá no sea tan gracioso. Pero era sólo un niño. Los niños son… sólo niños, ¿ok? No me harás creer que tú eras un santurrón o algo sí. Bueno—casi incómodo, inquirió—: ¿lo eras?—Desestimó esa idea con un respingo, sonriéndose, y negó ligeramente con la cabeza—. Claro que lo eras—enfatizó, corrigiéndose a sí mismo, no sin cierto sarcasmo—. Decías ‘por favor’, ‘gracias’ y compartías tus caramelos y juguetes. Llorabas si se metían contigo y nunca empezabas una pelea. Oh, y déjame adivinar. ¡Las ancianas te adoraban!—La idea de un niño educado y bueno parecía matarlo de risa por dentro. Sin embargo, saltó de la preocupación cuando los puntos suspensivos hicieron de la situación algo más que incómodo, pareció hasta consternado por cómo abrió los ojos, casi como si Laith le hubiera confesado que era terrorista, o peor, que tenía la peste—: Oh, ¿tú de verdad eras ‘uno de esos’?

»Bueno, ni modo, te estaba contando. Yo andaba tranquilamente por aquí y por allí, y me topo con este tipo. Usaba bata, así que pensé que era un sanador. Pero no, era un paciente, uno de los chiflados. Me enteré luego que tenía episodios de paranoia y hablaba con los mosquitos por culpa de algo que salió mal con un hechizo desmemorizador mal hecho o por el estilo. ¡Me espantó!—
reconoció— Creyó que yo quería matarlo y me persiguió a todos lados con un trapeador de piso. Y digo, ¡todos lados! Yo corría, te juro que corría con un loco detrás que apartaba camillas y golpeaba puertas, ¡y todos los idiotas parecían haber desaparecido del mapa! Te juró que creí que iba a matarme. Con ese jodido trapeador. Y tenías que verle la cara desencajada y los pelos parados. Reía, ¡el muy desgraciado! Me soltaba amenazas y se reía, y ahora te ríes tú, ¡pero fue de espanto, te digo! Era muy real, ¿entiendes? El tipo estaba convencido de que tenía matarme o yo lo mataría a él, un niño de ocho, nueve años. Al final, lo encontraron. Resultó que lo buscaban porque se había escapado del pabellón de los locos. Pero de los MUY locos, ¡los terriblemente chiflados! Seguridad de mierda es lo que tienen aquí, si me preguntas. Ahora mismo podría cerrar los ojos y capaz que un loco entra y me estrangula mientras duermo. No gracias.

Seguiría de cháchara toda la noche, si fuera por él. Insistía en que nada podía vencer su insomnio, pero poco a poco los bostezos se hicieron más frecuentes, y los párpados cada vez más pesados. De haberle preguntado, él hubiera jurado que nunca cerró los ojos antes de caerse dormido, pero en algún momento entre que el Doc hablaba, sucedió. El sueño venció a la terquedad. La seguridad de la confianza ganó la partida contra el insomnio. Porque fue eso exactamente lo que pasó: se sintió seguro, a salvo de locos agitando trapeadores en el aire y posibles resentidos.

Había querido extender la noche intencionalmente, con mil argucias propias de Las Mil y Una Noche y hasta recurriendo a la consideración por la voz del prójimo para salirse con la suya, algo que no pareció costarle tanto como se hubiera pensado en alguien que se mofaba de los ancianos enfermos en un hospital. Pero sin que se diera cuenta, el humor de su acento se convirtió en un hilo finito de voz, su actitud de escucha en una cortina entre el mundo real y el mundo de los sueños, y finalmente, del estado de vigilia se transportó al quinto sueño.

Dormido, era sólo un niño.

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Laith Gauthier el Mar Feb 26, 2019 1:08 am

Eran una especie de logro personal para Laith, acumular las situaciones extremas en las que había tenido que trabajar. Sin jactarse de ello, eran parte de esa pila de sucesos que lo hacían pensar que no se había equivocado de carrera. Que su vocación era realmente lo que podía y sabía hacer. Es el justo momento donde uno se da cuenta de que ha nacido para lo que está haciendo, y que no hay nada de lo que preocuparse más que en seguir siendo el mejor.

Podía soñar a un utópico sueño, quizá, pero Laith siempre había deseado ser el mejor. Su abuelo siempre se lo había dicho, que no importaba qué fuera, qué carrera tuviera o qué empleo desempeñara, debía ser el mejor. Pero no bastaba ser mejor que el resto: debía ser mejor que el “él” que era el día anterior. Eso era lo que marcaba la diferencia fundamental entre sus compañeros y él. La parte esencial era, sin embargo, mantenerse humilde y abierto al aprendizaje, porque nadie dejaba de aprender nunca.

Había cierto efecto tranquilizante en el turno nocturno en el hospital. Era como si, de pronto, todo el tiempo se detuviese, siempre que no hubiese emergencias. Para algunos era angustiante, saberse rodeado de gente enferma, algunas en agonía, pero para Laith significaba más bien un área de oportunidad: ahí donde había dolor, estaba la posibilidad de sanarlo. Por supuesto, era una visión quizá demasiado optimista. Él sabía más que nadie que había dolores que nadie podía sanar, y que a veces la muerte es inevitable.

Fue su turno de escuchar la anécdota de Evans, mirándolo con un gesto calmado, hasta que enarcó una ceja, inquisitivo, al escuchar que correteaba y hacía maldades mientras estaba en el hospital, evidentemente cuestionando qué tan bueno era jactarse de esas cosas. No parecía darle gracia en lo más mínimo, sino todo lo contrario. El crío incluso se atrevió a decirle que él no habría sido bueno de niño tampoco, y el silencio fue su respuesta.

Si te sirve de consuelo, nunca empiezo una pelea, pero siempre las termino —le dijo, como queriendo hacerlo ver que, aunque era todo lo que él había dicho, tampoco era un santurrón. — Mi abuelo me enseñó a evitar las peleas de ser posible, pero una vez que empiezan no se puede huir —comentó, encogiéndose de hombros. Había aprendido a boxear en cierto momento de su vida, y en otro aprendió a usarlo cuando era necesario.

Escuchó su historia, sin burlarse en lo absoluto, pero tampoco le gustaba su forma de expresarse. Él, que trabajaba día con día con personas de ese pabellón, se disgustaba cuando escuchaba ese tipo de faltas de respeto tan exageradas. Y no es que esperase moderación de Evans, pero de todos modos no podía evitar sentirse de esa manera.

Entonces tienes un terrible trauma con un paciente de psiquiatría, ¿no? —le dijo, para ver si lo entendía. — Aunque ya podrías modular tu vocabulario, que no es una manera correcta de expresarte de la gente —le advirtió de todos modos, porque lo necesitaba, tenía que hacerlo. — Pero si me lo preguntas, yo te diría que quizá fue un poco de karma, ¿no te parece? Que tampoco parecías respetar mucho el lugar, es normal que pasen cosas así si subestimas a los pacientes de psiquiatría, son impredecibles —comentó. — Soy de los que piensan que todo pasa por algo, supongo que me ayuda a dormir tranquilo, que las cosas sólo pudieron suceder de la forma en que se dieron, sin otros caminos ni “hubiera” —le había empezado a explicar.

Cuando se dio cuenta, el joven se había quedado profundamente dormido. Lo miró por unos segundos, como si no se creyera que hubiese acabado durmiéndose, hasta que suspiró con una pequeña sonrisa que curvó sus labios. Era más cabezota de lo que se había imaginado, pero ni el orgullo había conseguido mermar su cansancio. Aguardó mirándolo unos minutos, hasta acomodarse en la silla.

Le acarició el cabello, queriendo relajarlo y llevarlo al sueño profundo, mirándolo con tranquilidad y velando su sueño. No fue consciente del tiempo que había pasado antes de que tuviese que ir a atender a otra habitación, pero asegurándose de que estaba dormido y tranquilo antes de abandonar la habitación.
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Evans Mitchell el Jue Mar 14, 2019 5:41 am




“¿Si te sirve de consuelo...?”, era como si quisiera darle a creer que los niños buenos no se metían en problemas, y él, Evans, había sido un niño muy malo. Era también la expresión en la cara del Doc lo que acabó por convencerlo de que no le hacían ni pizca de gracia las travesuras de un niño problemático en un hospital con pacientes enfermos. Oh, vamos. No podía ser tan moralista, no si lo miraban en retrospectiva: hablaban de un niñato un poco más hiperactivo que el resto. Tampoco había sido tan malo.

—¿El karma?—
Evans se escandalizó—. Hablas como un profesor de ética. Apuesto a que tú lo habrías arreglado apartándome a un costado para hablarme sobre moral. Con un niño—resaltó, queriendo señalar lo ridículo de escupirle un sermón cargado de filosofía a un pequeño. Lo hizo a modo de broma y restándole importancia—. Pero sí, debo tener un karma de puta madre—soltó, con una puntada de resentimiento. Y es que sí, pensándolo, con la familia que le tocó, su karma había sido una mierda y del todo injusto, pero eso el Doc no tenía por qué saberlo. Seguidamente sonrió, encogiéndose de hombros—. Tú te lo tomas demasiado a pecho y ni siquiera lo disimulas. Era un niño—insistió, como queriendo hacer ver que incluso los niños problemáticos tenían coronita de ángel—, pero no era cruel.

Cuestionable, pero de todas formas él quería defenderse. El último comentario lo tocó, y lo hizo suspirar en silencio. Desvió la mirada mientras que una oleada de imágenes y recuerdos venían a él. Evans no lo veía así, no coincidía en que todo sucediera por una razón, y creía firmemente que la gente que se aferraba a esa idea se engañaba a sí misma. No los juzgaba, pero era un engaño. Era como decir que a los nacidos de muggles se los llevaban por una razón superior y legítima, pero no. Dormir tranquilo, eh.

—Bueno, supongo que por eso es que yo no duermo—
ironizó.

Normalmente, no hubiera insistido en seguir hablando; finalizar con sarcasmo o algún chiste salido de la manga sería suficiente. No tenía por qué pelearse con el punto de vista del buen samaritano allí en frente, pero algo tenía esa gente con toda su bondad y sus buenas intenciones que lo desquiciaba por dentro. Creían poder verlo todo, incluso a través de él, pero tenían la mente obtusa. En esa situación, por ejemplo, se desprendía de sus palabras que el Doc estaba seguro de que hablaban de un niño problemático y maleducado, y reprobaba su actitud, pero esta impresión de su antiguo yo, su niño interno, era del toda injusta, tanto como la idea del karma, y eso lo molestó.

—Recuerdo que había otro chico, de mi edad, y lo encerré en un locker porque, ¿sabés qué? Sus padres le habían comprado una de esas tartas dulces, ¡y me jodió un montón! Odié a ese chico, aunque no lo conocía de nada—
Rió brevemente—. Sí, era así de terrible, ¿pero sabes qué?

»Me molesta que pienses que un niño tenga que sufrir el karma, porque es “malo”, “molesto” o “problemático”—explicó—Yo no merecía nada de lo que me estaba pasando en ese entonces. Y no me refiero al loco de la escoba, eso probablemente me lo merecía, pero es la forma en que lo has dicho… Tú no tienes ni idea—subrayó—. ¿Sabes? Ese niño, al que estás amonestando con esas cejas tan serias estaba muy enfadado. Estaba triste, pero sobre todo enojado, ¡y tenía toda la razón de estarlo!—Hablaba de su yo del pasado en tercera persona, pero entonces la forma de referirse a sí mismo, cambió—: Y porque estaba enojado, quería meterme en problemas, quería golpear algo, o mejor si era alguien. ¡Porque era un niño!, ¡y no estaba feliz! Y aunque no lo entiendas, yo no voy a pedir disculpas por eso—Calló un instante y añadió, ligeramente pensativo—: Yo sí pienso en los “hubiera”, infinidad de veces. No debería, pero lo hago. Y te puedo asegurar que todo el mundo lo hace. Tú no, porque pareces abominablemente feliz. Lo siento que te lo diga, pero te pareces mucho a un unicornio cagando arcoíris. Eso, o me mientes, porque piensas que tienes que ser ejemplar o algo. ¿De verdad me vas a decir que no piensas en los “hubiera”? Vamos, eso es demasiado. ¿Qué hay de una relación que no fue o un error que lamentaste? Sólo no me mientas. Ya no tengo cinco años, ¿sabes? El karma no te va a solucionar la vida y no explica nada. Lo verdaderamente jodido de este mundo es que los “hubiera” son reales, y a veces tienes suerte y a veces no, a veces otros comen pasteles y tú no. Y no es justo, es absurdamente injusto, pero es lo que hay.

Si su seguridad sobre la cuestión debía de garantizarle alguna especie de cínico consuelo, no lo parecía. Sus ojos ardían. No se había expresado enfadado, pero sí como el testarudo que era. Se hizo evidente que cuando acabó de hablar fue como quitarse varios kilos de encima. Finalmente, le tendió al Doc una mirada insegura, como si calculara mentalmente posibles reacciones, y soltó un comentario aparentemente fuera de todo contexto, pero que sonaba a reconciliación y disculpa.

—Solía buscar unicornios en el Bosque Prohibido. Son mis criaturas favoritas, ¿sabes?


Bien mirado, era casi un cumplido.

***

Bill fue a buscarlo al día siguiente para acompañarlo a casa, y sus buenas maneras para con el prójimo fueron la única razón por la que Evans sobrevivió a la mirada hostil de la enfermera a la que había vuelto loca durante esos días de internación. Porque claro, si se colocaba al lado de Bill, la gente alrededor se comportaba espontáneamente de otra manera, ya que en vez de verlo a él, se cruzaban con el considerado y bueno de Bill. Pero así y todo, eso no evitó que Evans se enzarzara en una nueva querella haciendo renegar a la enfermera.  

El problema ese día, era que Evans no quería salir del hospital.

—¡Vamos!, ¡al pasillo!, ¡a paso ligero, a paso ligero…!

—¿¡Por qué quieres echarme!? ¿¡No ves que estoy lesionado!?

—Evs…

—¡Te han dado de alta, muchacho! Eso quiere decir, ¡que estás ocupando espacio!

—¿Cómo que me han dado de alta?, ¿quién? Si mi médico no me da de alta, yo me quedo. Tráeme a mí médico. ¿¡Quieres matarme!? Yo no me voy hasta que…

—Evs, si dice que estás de alta, es porque estás mejor… ¿No era eso lo que querías?

—¡Que no! Si no me lo dice mi médico, yo no me voy. ¿¡Qué hay que hacer para que lo entiendan a uno!?



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Laith Gauthier el Sáb Mar 16, 2019 1:07 am

Su paciente fue una mecha encendiéndose, vibrante y agresiva, ante la más mínima chispa de fuego. Intentaba quemar todo a su paso, con la rabia del interior. Algo que era típico en gente con demasiado rencor y dolor guardado. Laith no reaccionó de inmediato, queriendo ver hasta dónde es que llegaba, escuchando. Más que defensa, estaba agrediendo, metiéndose con él. Pero él aguantó la vara y no lo interrumpió hasta que fue su momento de hablar, porque si intentaba desviar su atención con ofensas iba a darse cuenta que con él no servía así.

¿Y crees que todo se justifica porque “eras un niño”? No sé qué tan difícil haya sido tu vida de niño, ni los problemas que pudieses tener, pero es desalentador ver cómo todo lo respaldas tras “era un niño” —le dijo, porque iba a ser franco desde el principio. Si iba a discutir con él, debía saber que Laith no iba a quedarse callado. Levantó una mano, interrumpiéndolo. — Te escuché hablar, te toca escucharme a mí —intervino a una posible respuesta. — Discúlpame si no paso mi vida triste pensando en qué hubiese sido de las cosas, pero yo decidí ser feliz, porque es el tipo de cosas que dependen de uno mismo, ¿o es que debía amargarme, pegar e incordiar a los demás porque no era feliz, como si ellos tuvieran la culpa?

Laith ya lo había dicho con anterioridad. Todo el mundo hablaría y haría, y dependía de uno mismo cómo respondía a esos estímulos. Y no estaba enfadado ni atacando, tampoco, sino que mantenía un tono de voz severo, pero calmo, sin exaltarse ni con rabia contenida en la voz.

¿Qué quieres que haga? ¿Que llore todos los días pensando qué hubiera pasado si hubiese salvado a la gente que amaba de la muerte? ¿Pensando qué hubiera pasado si no me hubiese enamorado de la persona que me lastimó? ¿Para qué? ¿Va a cambiar algo, van a regresar? Te voy a decir un secreto: llorar no devuelve a los muertos ni a los ausentes —le dijo, con su última oración cargada de contundente impacto. Parecía obvio, pero la gente a veces no lo entendía. — Tú crees que no lo entiendo, pero me crucé con niños como tú en mi vida, que estaban enojados y querían meterse en problemas, golpear a la gente, porque tú sabes de mí tanto como yo sé de ti: nada en lo absoluto, y, ¿sabes qué? Es horrible, y duele, pero no lo justifiques con que “eras un niño” —que era la parte que más lo disgustaba de su discurso. — ¿Sabes qué más? Los niños problemáticos tienen una cosa en común: todos buscan atención, por un motivo u otro, y a pesar de eso y que sea un problema real, no puedes justificarlos porque lo han pasado mal o les falta amor.

Laith lo miró un momento, inhalando y suspirando, pero no había terminado de hablar. Sólo aclaró sus pensamientos antes de decir lo que le faltaba por decir. Porque sabía que seguramente sólo avivase una llama, misma que podría también menguar, dependiendo de cómo lo interpretara Evans.

Tú piensas que no lo entiendo, pero, ¿sabes algo? Estoy titulado en comportamiento humano, soy psicólogo también —le comentó, introduciendo lo que quería decir. — En el fondo, que te defiendas con la espada sólo significa que sabes que tengo cosas que decir que no quieres escuchar, pero alguien te las tiene que decir —y a veces le tocaba a él jugar el papel del malo para hacer algo bueno. — Como que te faltó atención cuando eras más pequeño, o que apegarte tanto a una sanadora incluso a esta edad significa que tienes problemas de dependencia porque te aferras a las personas que te muestran amabilidad y no se van cuando intentas hacerlas alejarse, seguramente porque mucha gente te dejó a un lado y tratas de apartarlas antes que ellas te aparten a ti; o que estás furioso con el mundo porque hay algo que te causa rabia y no sabes cómo canalizarlo, porque nadie te enseñó cómo sufrir sanamente, y por eso mismo todo el mundo tiene la culpa menos tú, si te tropiezas es culpa de la roca por meterse en tu camino —le dio su diagnóstico psicológico. — Yo lo entiendo, y que te entienda no significa que lo justifique, no lo hagas tú tampoco.

El sanador sabía que podía desencadenar muchas reacciones. Podía ser la gasolina del fuego por el enfado, o el agua que lo apagase. A nadie le gustaba escuchar la verdad, pero Laith tenía razones de sobra para haber formado su diagnóstico. Desde el cómo trataba a las enfermeras hasta todo lo que le había contado. Él trataba de no hacerlo, pero era algo que no podía ignorar, aunque no siempre lo dijera. Esta vez, sintió necesario decirlo. Aceptarlo sólo era el comienzo de un cambio positivo.

***

Todavía no tenía tiempo de cerrar los ojos, mientras miraba los estudios que habían resultado de uno de sus casos de pediatría. Había algo que lo estaba preocupando, se veía por la forma en que movía el pie que estaba cruzado, sentado sobre su escritorio. Su practicante lo miraba, esperando ver cómo pretendía reaccionar el sanador, y reaccionó apenas para interrumpir a otra de las practicantes que iba a interrumpir el hilo de pensamientos del quebequés.

Quiero un análisis completo, búscame cuando hayas terminado —le dio los estudios a su practicante, fijándose en la joven que llegó después. — ¿Qué sucede? —preguntó, paciente, tomando su café a su lado y dándole un sorbo.

Su paciente… —miró la hoja de alta. — Evans Mitchell, quiere que su sanador le diga que está dado de alta —le respondió, apretando la hoja contra su pecho, esperando su respuesta por la mirada todavía seria que tenía el hombre en los ojos.

Laith suspiró, suavizando su expresión, dejando la preocupación para luego. Tendió su mano para que le diera la hoja, y señaló una firma. — ¿Qué es esto?

Su firma —respondió de inmediato.

Eso significa que yo autorizo el alta —él aclaró.

La joven tragó en seco. — Pero el paciente no quiere retirarse hasta que se lo haya dicho expresamente su médico —insistió.

El de ojos verdes suspiró, apretando el puente de su nariz. Estaba agotado, no había dormido en más de tres días tras haber doblado turno tras una guardia, pero asintió con la cabeza, mirando el reloj de su muñeca. — Voy a decírselo —le contestó, renovando su buen humor a pesar del cansancio. — Asegúrate que mi paciente Glenn siga estable —le pidió, cambiando responsabilidades: él daba un alta y ella miraba a su paciente.

Caminó con dirección a la habitación de Evans y escuchó la discusión que tenía con una enfermera y una voz masculina que no estaba reconociendo, asomándose a ver la discusión. Un joven intentando convencerlo junto con Karen de que era momento de irse, y un muchacho cabezota que no quería irse.

¿Qué sucede aquí? ¿Por qué das problemas? —le preguntó, con un tono socarrón y cruzado de brazos. — Yo me encargo, Karen, gracias —le puso la mano en el hombro a la enfermera y le habló en un tono amable. Ella miró al muchacho con recelo antes de salir de la habitación. — ¿No estabas ayer suplicando por irte?
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