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Priv. || Entre un médico y su paciente ||

Evans Mitchell el Mar Oct 23, 2018 12:45 am

Recuerdo del primer mensaje :




Les había dicho que NO, que bajo ningún concepto consentiría que lo metieran en una camilla. ¿Que su problema era grave?, ¡por supuesto que lo era! Pero no necesitaba que lo internaran en un hospital. Es más, ¿saben qué?, ¡él podía caminar!, ¡podía irse por la puerta!, ¡si tan sólo le quitaran las manos de encima! Nunca imaginó que sería traicionado por la persona que confiaba por sobre las demás, Bill.

—¡Te digo…!, ¡que estoy bien!

Bill lo empujaba por el blanco, blanco túnel de la muerte, sirviéndole de soporte para que avanzara porque no podía sostenerse por sí mismo. Una gorda encajada en un uniforme gritaba algo, a él la luz le molestaba la vista.

—De bien nada. Estás que das asco. ¿Evans?—Le palmeó el rostro—. No te desvanezcas, ey.

—Tú también, Bill, tú también…

—¡Por favor, ayúdenlo!

Lo ingresó en el lugar informando que había recibido el impacto de una maldición y su estado parecía empeorar con rapidez. Evans alcanzó a ver, con horror, que las batas blancas avanzaban hacia él, y hubiera jurado que les gritó mentando hasta sus madres, pero se sentía mareado y, ¡de pronto!, todo se volvió negro.

Despertó en una camilla, y ahí fue cuando empezó su pesadilla.
No, que la de él no.

***

La buena de Dorothy, veterana y sólida mujer, dura de roer, incluso ella, que se conocía todas las tretas de los pacientes menos agradables, estaba que se trepaba por las paredes con ese “paciente mil veces testarudo”.

Ese día, que era como cualquier otro día normal en un hospital, la buena de Dorothy, rabiando silenciosamente, le tendió al desafortunado a cargo la planilla, que era el historial clínico, no sin antes fulminar con la mirada al paciente en la camilla (ese del que se le oía decir a menudo “¡si será testarudo!”), casi echando chispas por los ojos. Se despidió duramente, resuelta a salir de allí.

—Buena suerte.

El paciente, Evans Mitchell, tenía el rostro lívido de rabia, pero guardaba silencio. En la camilla, mantenía toda la dignidad que podía esperarse de alguien que había perdido gran parte de la movilidad y se hallaba incómodo en un cuerpo que no le respondía como debiera, con movimientos torpes e impedido. La frustración era normal. Evans odiaba esa condición de vulnerabilidad en un sitio que, por lo demás, aborrecía. Porque depender de alguien, siempre te colocaba en esa posición, tan humillante.



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Evans Mitchell
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Evans Mitchell el Jue Mar 21, 2019 4:10 am




“Te escuché hablar, te toca escucharme a mí”, había dicho. Ni siquiera entonces Evans se lo había tomado en serio, y optó por distanciarse de la conversación con silenciosa obstinación, apartando la mirada con desaire y apretando los labios cuando la impaciencia lo punzaba por dentro, provocándole hastío e infinita fatiga. Pero no podía desoír las palabras del sanador, curiosamente porque su tono al dirigirse a él no era ruidoso y molesto, como otros que conocía bien.

Siempre le había sido fácil ignorar la bronca desaforada y quejumbrosa, pero en cambio, un timbre de voz sostenido y paciente se colaba en el pensamiento entrelazando ideas con sentido, y para que parara, había que atacar, hablar por hablar, con la sangre hervida y sin razones, sólo quejidos y pantomima.

Pero Evans no actuó de tal modo: se quedó en su sitio, tocado por la curiosidad, aunque a veces pareciera que le ganara la impaciencia. Quería saber por qué el Doc ponía tanto empeño en hacerse oír, y porque aunque podía señalar un millar de cosas con las que estaba en desacuerdo, tenía la necesidad de escuchar a alguien, aparte de su propia voz, alguien que, además, mostraba un interés.

Justificarse, decía. Según él, Evans sólo buscaba justificarse. Le molestaba la idea, pero al devolverle la mirada en la pausa que se hizo entre ellos no se mostró enfadado, ni incómodo, de forma que su actitud, en su nueva reposada calma, podía parecer ligeramente desafiante. La realidad era que se sentía como un espectador de lo que vendría, y su actitud de escucha tenía que ver con un genuino y quizá inconfesable deseo de saber qué era lo que el Doc realmente pensaba.

Evans solía sacar a la gente de sus casillas, por puro deporte, con el secreto pensamiento de que sólo de esa manera podía conocer la verdadera cara de las personas. Pero incluso en esa situación, luego de que Evans hablara, el Doc tenía el control. Se definía así por su propio carácter. Era, lo que se dice, razonable antes que confrontativo, aunque igual quería convencerlo de que se estaba justificando. ¡Él no se estaba…!

Puta psicología, ¿en serio le iba a salir con un truco de diván? Pero fue lo que dijo, lo que hizo que Evans abandonara toda postura, incluso la defensiva. Mantuvo la boca entreabierta un instante, como si estuviera a punto de decir algo, o más bien como si se le hubiera escapado el aliento y se sintiera confundido, sin saber exactamente dónde lo habían golpeado. Pero había recibido el golpe, y lo desarmó por completo.

A lo último, desistió de contraatacar con algún ingenioso comentario, y en cambio, soltó su apreciación sobre los unicornios, que se sintió casi fuera de lugar. Él mismo se sentía un poco descontextualizado, porque las palabras del sanador lo habían calado hacia dentro confundiendo sus emociones, y entonces simplemente quiso mostrarse conciliador, a su manera, en una especie de tregua. Sólo al volver a abrir los ojos al día siguiente, se dio cuenta de que en algún punto se había dormido, a pesar de su insomnio. Y recordando la noche anterior, se sintió incluso mucho mejor. Algo que seguramente tenía que ver con que ya no sentía dolor.

***

Bill, a diferencia de Evans, era alguien que sentía vergüenza, y no le hacían ninguna gracia los papelones. Por eso, al ver llegar al médico —de seguro, ocupado con cosas más importantes que un berrinche, como salvar gente—, su preocupación sobre cómo se darían las cosas fue en aumento, y se propuso mediar en la situación y resolverla de la mejor manera posible, empezando por ponerle los puntos a su amigo y disculparse por todo ese disparate.

—Y él se está yendo, ya mismo—
remarcó, con leve reproche en la voz—. Nosotros…

—¡Ahí estás tú!

La sonrisa de Evans fue tan abierta e incongruente dadas las circunstancias—prácticamente venía quejándose sin tregua hacía más de cinco minutos—, que descolocó por completo a Bill y a la enfermera de turno. Si hasta su actitud se transformó, pasando a convertirse de paciente quejoso a paciente cooperativo en un santiamén. Vaya con esos cambios de humor.

—¿Pero qué dices? Sólo pienso en irme.  


La enfermera puso tal cara, que de no ser por la aplacadora mano del médico en su hombro, seguro que habría soltado un que otro comentario nada bonito, pero en complicidad con la expresión amistosa de su colega, se limitó a rebolear los ojos con un amague de sonrisa, y se marchó. Bill agradeció que se tratara de una persona con talante simpático, pero eso no le quitó la preocupación de encima. Llevaba las cosas de su amigo en los brazos, empacándolo todo en una mochila, y quiso añadir algo, cuando Evans volvió a interrumpirlo.

—¡Oh! Este es Bill. Mi amigo, ¿recuerdas? Te hablé de él. Bill, el Doc—. El mentado Bill cabeceó a modo de saludo. Evans saltó de la camilla, y siguió hablando detrás de un biombo, sacando la cabeza mientras se vestía con las ropas que su amigo le arrojó, con algo más de fuerza que la debida. Lo amonestó con la mirada, pero el otro parecía no enterarse de nada—¿Sabes? Es lindo que pases a visitarme. No quería irme sin despedirme. Digo, no se sentía bien sólo irme. Ustedes, los médicos con un horario de mierda, ¿no se ponen estúpidamente felices cuando un paciente sorprendentemente no murió? Mírame—Abanicó los brazos como un pingüino, exhibiendo su buena salud—Estoy como nuevo. A que te hace feliz, eh.

—Lo que él quiere decir es “gracias”—intervino Bill.

Evans se limitó a sonreír y salió de detrás del biombo, claramente necesitando un peine. Pero él simplemente se revolvió el pelo, y se adelantó pasando por al lado de Bill, quien por cierto, cargaba con su mochila y lucía una dura expresión de paciencia y reprimenda a un tiempo, evidentemente acostumbrado a las salidas de Evans y casi preparado para arrastrarlo fuera de la habitación si era necesario.

—Sí, bueno… ¿Conoces ese bar, en la quinta esquina del Callejón Diagón?—
preguntó, rebosante de jovialidad. Hasta siendo agradable, le saltaba lo descarado. Debía ser un don natural—. Nosotros trabajamos ahí. Vente, si quieres. Digo, si te gusta el café gratis. El tuyo no lo escupiría—aseguró, como para que uno se quedara tranquilo—. Y las tortas no están tan mal.

Se le había colocado de frente, y se entretenía adecentándose, o más bien se hacía el distraído, como si no fuera el mismo que hizo tremendo escándalo para que le trajeran a su Doc. Sonreía con notable buen humor. Aparentemente, la conversación de la noche anterior no le había provocado ninguna clase de resentimiento, algo que en un paciente tan quejumbroso, se hacía, por lo menos, curioso. No había vuelto a tocar el tema desde que prefirió desviar la conversación por otros derroteros y cayera dormido, así que lo que pensaba era un misterio. Puede que haber cerrado los ojos por horas en una buena cabeceada le hubiera resultado tonificante, por eso estaría tan radiante, ¿pero lo diría?

—Siente mucho haber sido un dolor de cabeza—
Bill intervino de nuevo, sujetando el hombro de Evans sin muchos miramientos y  empujándolo hacia la salida—. Nos vamos. Gracias por cuidar a este cabezota.

—¡Espera!—se quejó Evans, renuente a irse, y se colgó del cuello de su amigo con un brazo a modo de gancho, reteniéndolo en un abrazo luego de un breve forcejeo. Era muy cariñoso—¿Ya dije que tenemos tortas? Luego está Pete, el cajero. Es un tipo muy atractivo, Pete. Tú sabes, si te gustan los tipos.

—¡Evs!


—¿Qué? Estoy siendo 100% abierto con el tema—
Y añadió, dirigiéndose al Doc, en confidencia—: Creo que tiene un crush conmigo, pero yo estoy bien con eso. No me molesta. Pete es súper cool. Me gusta Pete. Bueno, eso. Tú vente, ¿ok?

Bill pareció darse cuenta de algo, y antes de emprender la marcha por el pasillo, él también se dirigió al Doc.

—Lo que quiere decir es que usted le gusta.

Evans se alarmó.

—No eres mi tipo—
aclaró, con una sonrisa en sus labios que no moría y siguiendo a su amigo—. Digo, definitivamente no eres mi tipo. Tú sólo piensa en las tortas. Y vente, ¿ok?



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Laith Gauthier el Sáb Mar 23, 2019 1:41 am

Como profesional, y como persona desde su naturaleza más intrínseca, Laith observaba, y muchas veces prefería el silencio. Era, sin embargo, innegable que había matices de personalidad que hablaban demasiado alto, sin que pudiese siquiera pensar en ignorarlos, sino que los coleccionaba, porque formaban parte de lo que realmente podía impactar en un ser humano. Había gente, sí, más difícil de leer que otra. En el fondo, Laith pensaba, siempre había una reacción para cada acción, incluso en el ser humano. Todo lo que una persona era tenía un origen, cuando ni siquiera ella misma pudiese notarlo.

No obstante, a veces era necesario que el quebequés desenfundara un arma y la blandiera, siendo preciso en el lugar donde quería dar la estocada, casi nunca porque quisiera atacar. Más bien, porque creía que diciéndole aquello podía llegar, en el futuro, a usarlo a su favor para crecer personalmente. Él era así: se sentía feliz contemplando el éxito o crecimiento de otras personas, lo llevaba en la sangre. Pero a veces para crear había que destruir, más bien como lo haría un cangrejo: para crecer necesitaba deshacerse de la coraza que lo limitaba, y quedaría vulnerable un tiempo con el fin de convertirse en algo mejor.

Cuando Laith hablaba en serio, además, todo en él parecía entrar en sincronía: desde su postura relajada, pasando por una expresión que resaltaba la madurez y una cierta sabiduría otorgada por la experiencia, hasta su tono, que remarcaba paciencia y se mantenía estable. Se traduciría como alguien que tenía los dos pies firmes en la tierra y un empujón no iba a desestabilizarle, como no lo haría un comentario.

Se había preparado, pues, para un arrebato, para la catástrofe del oído sordo que ha oído lo que no quiere escuchar. No lo hubo, sino todo lo contrario, el silencio y la mención a los unicornios, como una especie de tregua que no estaba bien seguro de dónde había salido. Laith resolvió sonreír, sin que hubiese resentimiento de ningún tipo, esperando que, quizá no en ese momento, pero sí en el futuro, algo de sus palabras le sirvieran.

***

Karen era, en su trabajo, inteligente y muy buena en lo que hacía. Lamentablemente, la paciencia para con gente que causaba problemas le había quedado muy pequeña, al grado que Laith tuvo que servir como mediador entre ella y el quejoso paciente que se marchaba. O que, al menos, esa era la intención, de no haberse visto envuelta en medio de quejas y reproches en cuanto a la ausencia del sanador.

Si te portas mal, no puedo darte una paleta —le dijo el sanador una vez que Karen se retiró, divertido al menos. — Así que, ¿cuál es el problema, eh? —preguntó, queriendo saber si el motivo de detenerse tanto era por una cuestión médica, o meramente emocional.

Se mostró sorprendido cuando notó que, de hecho, todo lo que parecía era que el joven quería despedirse de él. Y se preguntó a sí mismo si se había convertido en el apego emocional del que había hablado la noche anterior. Por supuesto, no exteriorizó la cuestión, y se dedicó a permanecer tranquilo, armado con paciencia y un café.

Bill —repitió, buscando en el registro de su memoria, — claro, ¿el chico que…? —y sonrió, con secreta complicidad, porque recordaba lo que le había dicho sobre su amigo. — Soy Laith, “el Doc” —alzó una de sus manos, saludándolo desde su lugar, cerca de la puerta, mientras concluía las presentaciones pertinentes. Puso los ojos en blanco al oírlo hablar. — Por favor, estabas en mis manos, ¿cómo ibas a morir? Igual, no puedes dejar el tratamiento —lo advirtió, de repente, como imaginando que podría interrumpir el tratamiento a la mitad.

Le dio gracia, y por otro lado comprendió, el por qué se habían vuelto tan buenos amigos como Evans le había dicho. Parecía que eran la prueba de que los opuestos se atraían: ahí donde Evans era energía e hiperactividad, el otro parecía calmado y relajado; donde el muchacho parecía ser conciliador y maduro, Evans tomaba una postura más asertiva y agresiva. Encima de todo, Bill intercedía cuando sentía que era necesario. Se complementaban.

Sin embargo, su rostro expresó confusión por un momento en cuanto escuchó algo sobre un bar. Llevó hasta sus labios el vaso para sorber su café, esperando ver ahora con qué le salía. Evans se le antojaba como un pequeño torbellino que era cambiante y no siempre predecible, aunque seguía un patrón, hasta donde él pensaba.

¿Café gratis sin escupir? Qué oferta —ironizó, extendiendo una sonrisa a medio lado. — ¿La torta también va por la casa? —se permitió seducir por la tentación de la comida, en especial porque en ese momento tenía hambre. Y no es que fuera a ir en ese instante, pero es como ir al supermercado con el estómago vacío: acababa llevando media tienda, cuando sólo iba por tres cosas.

Él, que se había mantenido estable en una postura, se reía por dentro de verlo ahí, frente a él, acicalándose. Más bien le recordaba a algún sujeto de su juventud que intentaba invitarle a algo, haciéndole ver que, supuestamente, no era la gran cosa y ni le iba ni le venía que aceptase o no, para hacerse el interesante. En el fondo, sospechaba que no le daba tan igual.

Vaya, este jovencito me agrada —hizo un gesto con el índice erguido de la mano con que sujetaba el café, en un ademán con dirección a Bill. — Es un buen traductor de “Evanés” —hasta le inventó su propio idioma. E iba a despedirse, de no haber sido porque, de nueva cuenta, Evans irrumpió con más conversación. — No necesito que me consigas ligues, gracias —y esta vez no pudo evitar que una risa se le escapara, negando con la cabeza.

Lo que había que aguantar de ese muchacho. Uno diría que ni siquiera era el mismo que, dolorido y en cama, le criticó diciéndole que no iba a dejarse tocar por un sanador homosexual. Ni el que, en un arrebato y desquite, le dijo tantas cosas la otra noche, que la mañana había espantado con un soplo de aire.

Les siguió los pasos al exterior de la habitación, con la insistencia de Evans latente incluso ahí. — Nos vemos —les dijo, en despedida, enigmático en si aceptaba, o no, la invitación de ir a aquel bar. Entonces, y sólo entonces, regresó a sus labores y a sus propios asuntos.
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