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Priv. || Hakkasan Hanway ||

Ryan Goldstein el Miér Oct 24, 2018 7:43 am

Recuerdo del primer mensaje :


En la zona china de Londres, más comúnmente llamada Soho, hay un restaurante chino llamado Hakkasan Hanway. Despertaba la intriga y el apetito en los turistas y era sin duda un sitio muy concurrido por los no-maj, aunque no exclusivamente.  

Hay, al fondo y atravesando las mesas, una habitación trasera que, extrañamente, no era percibida por nadie. La puerta se abrió de repente y un sujeto con más sonrisa que cara la sostuvo con esa chispa galante que tienen los caballeros modernos de hoy día.

El cuchicheo y el tintineo de los cubiertos era un indicio de qué tan absorbidos se hallaban los comensales en sus mesas, vueltos hacia su acompañante, entre que intentaban adivinar qué se llevaban a la boca o simplemente perdían la noción del tiempo.

El mismo sujeto de antes tomó asiento en una mesa apartada, para dos, como si volviera luego de sólo haberla dejado un momento o como cualquier otro recién llegado que atravesaba la entrada, y en nada le estaban sirviendo.  

Algo entretenido de comer con Ryan era la curiosidad que mostraba por sus platos y lo fácil que se le daba ocupar al mesero por cualquier cosa que llamara su interés.

Tener un plato delante debía impulsar su sociabilidad hasta límites insospechados. Era hombre alegre y de buen comer y no le daba pena. Lo que sí le daba pena, como confesó, era comer solo.

—Así que, entrenamiento. Me doy cuenta de que eres entusiasta—Ryan se demoró en llevarse los palillos a la boca (grande era ese bocado), dedicándole una mirada a su acompañante—. ¿Y cómo lo estás haciendo?

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Última edición por Ryan Goldstein el Jue Nov 22, 2018 7:56 pm, editado 1 vez
Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Danielle J. Maxwell el Mar Nov 13, 2018 3:45 am

Hablar de defectos nunca es fácil, ya que pocas personas son lo suficiente auto-críticas primero para darse cuenta y, segundo, para compartirlo con el resto de personas, básicamente porque nadie nunca está orgulloso de sus carencias. Yo tenía muchos defectos y era conscientes de ellos, pero era cierto que tampoco me gustaba decirlos en voz altas porque con muchos no me sentía a gusto. Y quería pensar que era perfectamente normal. Y  es que al final había montón de cosas que a uno no le gustaba de sí mismo y bueno, muchas solían tener que ver con el resto de personas, haciendo que esas al menos si tuvieses que compartirlas, al menos para dejar a la gente consciente de ellos.

Oh sí, las personas encantadoras son horribles, no sé cómo la soportan —ironicé con diversión cuando consideró eso un defecto. Lo siguiente que comenzó a decir, sin embargo, ya empezaba a coger más forma de lo que yo había preguntado: —Bueno, teniendo en cuenta cómo está el panorama, creo que poder sobrevivir con tus defectos. —Ladeé una sonrisa, para entonces matizar una cosa. —La verdad es que suelo ser muy quisquillosa y me gusta que me escuchen si se me ocurre algo, básicamente porque casi nunca se me ocurre nada que sea mejor de lo que ya me han propuesto como plan inicial. Así que si en algún momento considero que tu plan es una mierda, te lo diré. Siempre constructivamente, claro. Y lo de que seas mandón... —Sonreí. —Dudo mucho que superes a mi abuela, así que creo que estoy curada de espanto.

Y por favor, mientras sea Ryan, un adulto que va a mostrarme un mundo nuevo quién me manda, ¡por favor, mándame todo lo que quieras! Todo se me antojaba tan grandioso que la verdad es que ahora mismo a menos que me dijera que su defecto era ser un suicida, nada podría tener tantas connotaciones negativas como para que me empezase a plantear seriamente la negativa.

¿Alguna vez tuviste algún lenguaje secreto con tu compañero? Quizás hablado, o de señas. Supongo que entre dos compañeros siempre habrá mayor química y entre ellos sabrán cosas que el resto no y, no sé, también en medio de las misiones quizás deban de comunicarse de alguna manera —comencé a explicar la movida que se había formando en mi mente. —O alguna manea de demostrarle al otro que está en peligro, o que algo no va bien, ¿esas cosas se usan de verdad o son todo de películas americanas? —pregunté, más seria de la seriedad que merecía el tema, sin duda. Pero tenía curiosidad.

Por lo que había dicho Ryan de Etienne parecía un hombre muy divertido, sobre todo por sus métodos a la hora de poner a prueba a la gente. La verdad es que en muchas ocasiones me sorprendía como las personas más ancianas y, a su vez sabias, usaban métodos de lo más extravagantes, que a veces hasta pecaban de simple e insustanciales, para poner a prueba a las personas. Y claro, uno siempre se espera una prueba super épica al nivel de las pruebas del Torneo de los Tres Magos, ¿pero de verdad hace falta tanto para probar a una persona? Estaba claro que no. Y esos métodos siempre me habían parecido fascinante, como algo tan pequeño puede revelar algo tan grande de una persona.

¿Mentir había sido lo peor que le había pasado en la Biblioteca? Me puse ligeramente pensativa, intentando entenderlo. En realidad lo que había dicho hablaba por sí solo: ¿acaso me estaba mintiendo para así evitar decir algo que realmente no quería decir? Madre mía, ¿estaba jugando con mi mente, tan pronto? Entrecerré los ojos, escuchándole. ¿O sólo le había sacado a relucir otro defecto y directamente había pasado de contestar a la pregunta dramática? Sí, podía haber sido eso. La verdad es que dudaba mucho que Ryan Goldstein fuese sordo, por lo que si no contestó, yo me limité a no volver a preguntar para no incomodarle.

Oye, pues las mentiras entre camaradas no creo que sean muy sanas, ¿no? —reproché, sobre todo porque yo era una de esas personas que era como un libro abierto y se me daba de pena mentir.

Hablarle de mí... vale. Me pareció lógico que me preguntase por mi tiempo e incluso por con quién vivía, ¿pero por mi novio? Sonreí de manera divertida, ya que tuviera o no tuviera novio, me parecía un hecho irrelevante, ya que no tenía que darle explicaciones a mi novio por pasar dos días sin vernos. Vamos, yo era de esas personas que todavía no valoraba las relaciones sentimentales hasta ese punto y que había adoptado una independencia muy grande. ¡Bueno vale, que soy una ameba, ya lo sé! ¡Déjame vivir!

Hombre... —dije, terminándome el mousse de chocolate. —Un poco si importará, sobre todo por mis clases. Estoy estudiando dos carreras, una mágica y una en la universidad muggle, pero vamos... en la muggle tengo beca, así que tampoco me siento tan mal por no dedicarle el tiempo necesario para no pensar que tiro el dinero... —Hice una pausa, intentando que Ryan no fuese de esas personas que consideran que el estudio es lo primero, por lo que quise matizar una cosa: —De todas maneras me metí en dos carreras porque no encontraba nada que realmente me gustase, pero no estoy demasiado cómoda cursando ambas. Ya de por sí suelo dedicarle hasta más tiempo a la Orden del Fénix que a mi carrera de pocionista —confesé, esperando que se diese cuenta de que en realidad prefería abrirme a más opciones y así buscar por ahí algo que realmente me ilusionase. —Lo del novio es irrelevante —zarandeé la mano para no darle más importancia, ya que el tema Edward Westenberg era incierto. —Y vivo con mi abuela. Estoy segura de que no le hará ninguna gracia que desatienda mis estudios para ausentarme contigo a saber a dónde, ¿pero sabes qué es lo primero que podría aprender de mi querido y futuro camarada? —Hice una pausa dramática. —A mentir.

Y me carcajeé divertida, sabiendo que era una nieta horrible.

Sí vale, soy una nieta horrible. La verdad es que preferiría explicárselo, pero veo complicado que lo entienda. Sabe que estoy en la Orden del Fénix, pero no quiere que participe activamente... Tiene miedo y es normal. —Y entonces chasqueé la lengua. —¿Recomendaciones de adulto responsable? ¿Sigo tu ejemplo y miento para ahorrarme negativas o soy una rebelde sin causa y me tiro a la deriva? —Y lo miré, sabiendo que su opinión la tomaría muy en cuenta, ya que mi abuela era mi máximo apoyo en todo y tampoco quería esconderle algo que podía ser tan... grande y a la vez peligroso.
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Ryan Goldstein el Miér Nov 14, 2018 9:58 pm



Le devolvió la sonrisa cuando nombró a su abuela. No dudaba de que debía ser una buena señora. La mención a alguien por quien Danielle sentía afecto le provocó cierta ternura.

Estaba tratando de imaginar cómo de mandona sería esa abuela. Danielle lo distrajo sacando a colación el tema de los mensajes secretos, a lo cual arqueó una ceja. Sí, había conjuros bastante útiles al respecto, y le constaba lo que era la criptografía.

El comentario sobre las películas americanas le hizo gracia por dentro. Él era particularmente fanático de las películas muggles, y las de acción y agentes secretos no le habían pasado desapercibidas.

—Sí—Ryan se estrujó las manos sobre la mesa, pensativo de pronto. Sonreía de medio lado, como si el tema lo hubiera transportado a otra parte u a otro tiempo, lejos en lo recóndito de sus memorias—. ¿Te refieres a la criptografía o a los conjuros de cifrado? Sabes que puedes escribir una carta y hechizarla de forma que sólo pueda leerla, por ejemplo, el que sepa la ‘llave privada’, una palabra o frase que funcione como código—Sonrió—. Sería una palabra pactada entre los dos, una palabra secreta. Hakkasan Hanway, por ejemplo. Para despistar, siempre podemos tener nuestro propio alfabeto cifrado o cosas por el estilo. Con un compañero, solemos tener palabras y frases que puedas usar en situaciones en las que no puedas hablar libremente. Albaricoque, es una.

Etienne solía codificar sus mensajes o usar acertijos, Ryan suponía que lo hacía como un juego. Le constaba que entre los bibliotecarios tenían su propia jerga, algo parecido a otro lenguaje. Sólo que no solía utilizarse como método de encriptado. Pero sí había formas muy creativas en las que un mago podía hacerle llegar un mensaje importante a otro de forma que el contenido real pasara desapercibido por terceros. No era sólo algo presente en las películas.

Si le preguntó luego sobre su familia y allegados, era porque estaba en verdad interesado en el entorno de Danielle y sobre quién era, y por supuesto, sobre quién se preocuparía por ella o se preguntaría por ella si la sentían ausente. Como compañero, le correspondía saber, él lo sentía así. Por su parte, Ryan era alguien que… Estaba solo, se movía de un sitio a otro sin tener un lugar fijo, ni tenía a nadie a quien regresar cuando volvía a casa. Eran situaciones muy diferentes.

—¿Dos carreras?—
Dos, sí, al mismo tiempo, eso tenía que ser una proeza, incluso aunque contara con un giratiempo—. Así que, eres una estudiante modelo—concluyó por su cuenta. Estaba intrigado—. Pocionista, ¿y en qué año? Podría serte muy útil—Y aquello lo mencionó al tiempo que recordaba a una camarada, con el mote de Lady Poison, por llevar encima cantidad de brebajes, que podían ser de letales a persuasivos, todos muy útiles en una misión. No supo por qué pero se la imaginó a Danielle preparando explosivos. Tú nunca sabes cuándo puede serte útil un explosivo—. Ya veo, eres inquieta. Me sorprende un poco, pocionista. Te imaginé como auror, por ejemplo. Es algo que te exige estar preparada todo el tiempo, y tú buscas la acción.  

Le hizo gracia cómo trató el asunto del novio. Así que no, no tenía una relación estable con alguien en ese momento, alguien que pudiera presentir que volvía cambiada a casa cada vez que se juntaba siempre con la misma persona, un rubio como él, justo como él, él, Ryan. Si eras cercano a otra persona, había cosas que notabas en cómo se comportaba, si escondía algo por ejemplo, y aquello llevaría a hacer preguntas a las que Danielle tendría que responder con una mentira. Eran todas cosas a tener en cuenta.

—¿Irrelevante? Ya veo—
Sonrió. Ah, entonces era así, vivía con su abuela. Hubiera preguntado por los padres, pero no le resultó apropiado. Danielle hablaba pero entre ellos se hizo una pausa expectante—¿Qué?—preguntó Ryan suavemente, y los segundos se agolparon en un instante de incertidumbre, hasta que. Ryan se carcajeó levemente con la respuesta. Rió luego, dándose cuenta que por lo que acaba de decir Danielle, cualquiera pensaría como ejemplo modélico, Ryan era un ejemplo terrible si la instaba a arrojarse a la deriva—No creo que seas una nieta horrible. Pero entiendes, con la Orden del Fénix por ejemplo, que ella debe preocuparse. Los que te conocen harán preguntas, sobre a dónde vas, qué cosas te han pasado últimamente, y tú no podrás hablar con ellos sobre todo. Justo como con la Orden. Así que ya conoces la presión que supone, tanto para ti como para los que te quieren.

Era por eso que los compañeros se convertían en tu familia, otra familia, diferente y entrañable a su modo, justo como en la Orden.

—Puede que algunas veces sientas que pierdes a tus amigos por no poder hablarles de ciertas cosas cuando lo necesites. Pero ganarás otros—
aseguró. Hizo una pausa en la que bebió de su refresco y luego agregó, tocado por un cierto tinte de seriedad—. Puedes hablar, claro, de la biblioteca. A tu abuela, a tus amigos, al novio que te llegará algún día. No es ningún secreto a lo que nos dedicamos: detener el tráfico ilegal, ‘arreglar’ anomalías mágicas que pueden ocurrir aquí o en cualquier parte, cazar personajes salidos de sus cuentos y que, a veces, causan estragos, especialmente entre los muggles; somos como una ‘policía’ en cierto sentido con un campo muy específico: libros mágicos y sucesos inexplicables; pero cada misión es diferente. Y hay cosas que te pasarán en una misión de las que sólo podrás hablar con un compañero. Pero lo tendrás, a tu compañero. Así que estarás bien—Seguidamente añadió, animado el tono—: Y un día, tendrás que presentarme a tu abuela.

La charla de sobremesa estaba muy bien, pero Ryan se dio cuenta de que le faltaba algo, porque se sentía sin una taza de café.

—¿Un café?—invitó, saliendo de tema—Estoy un poco sorprendido con tus dos carreras. Tu horario tiene que ser una locura. ¿Cómo es tu horario para hoy, por ejemplo?
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Danielle J. Maxwell el Mar Nov 20, 2018 3:30 am

¿Te puedes creer que fui yo quién propuso la palabra Albaricoque y luego también fui yo—idiota de mí—quién pregunta si existía lenguaje secreto? Si es que estaba claro que cuando me emociono me vuelvo como más tontita de lo normal. Por norma general conocía todo lo que me nombraba, pero al verdad es que yo estaba hablando de cosas más muggles y dejar de lado un poco la magia. Sí, que era todo como más de novato, pero las cosas muggles nunca pasan de moda y eran, sin duda, mucho más épica.

Albaricoque es una... —repetí, asintiendo con la cabeza. —Creo fervientemente en este tipo de vocabulario, ¿eh? Fíjate, ahora mismo estamos hablando de algo y nadie podría averiguarlo. Lo del alfabeto es más complicado, pero me gusta también esa idea, ¿alguna vez lo has hecho u optas más por hechizar las cosas? Supongo que lo último es más fácil, pero quizás también conlleva más riesgos teniendo en cuenta todo los contrahechizos que ya pueden haber...

Dos carreras, así te lo digo. ¿Estudiante modelo? En absoluto. Le pareció curioso que Ryan lo sugiriese, pero claro, él no me conocía de nada ni era consciente de las gamberradas que me pegué haciendo en Hogwarts durante muchos años de mi vida. Pero bueno, tampoco tenía que saber esa parte de mí.

No sé si 'estudiante modelo' me describiría del todo bien —dije claramente cuando lo sugirió. —Estoy empezando segundo año y bueno, útil me va a ser, sin duda... Pero no sé, en Hogwarts me gustaba hacerlas y ahora en la universidad estoy aprendiendo montón de cosas pero... buff... —Negué con la cabeza. —No me veo para nada ejerciendo de NADA que tenga que ver con pociones, ¿sabes? En cuanto a conocimientos, genial, me abre montón de puertas y se me da bien pero... cada vez le pierdo más las ganas. Me parece aburrido hacerlas. —Y entonces dijo que él me veía como auror, a lo que no pude evitar reírme teniendo en cuenta que acababa de declarar a las pociones como aburridas y le había dicho claramente que me gustaban las aventuras. —Nunca concebí esa opción y eso que mis padres eran aurores, ambos —evidencié como curiosidad. —Pero siempre me pareció un cargo de mucha responsabilidad en donde se exigía mucho y nunca me consideré muy diestra con la varita. Si me metí en la carrera de Pocionista fue simple y llanamente porque se me dieron bien.

Y así tomo yo las decisiones en esta vida. Lógica tenían, eso no me lo quitaba nadie. Y tampoco me quitaba nadie mi capacidad para apartar conversaciones incómodas que tengan que ver con noviazgos. Sin embargo, aunque eso lo hubiese apartado de la conversación casi como si le hubiera dado una patada, el resto me interesaba muchísimo, sobre todo por ver el secretismo que englobaría a La Biblioteca. Y, por lo que decía, no era exactamente como la Orden del Fénix que decir que pertenecías a ella ya te colocaba en una situación terriblemente peliaguda. Lo que ahí era secreto era lo que hacías en un modo mucho más profundo y detalles que, evidentemente, no debían de salir de un contexto profesional. Lo entendía perfectamente.

Lo entiendo —respondí. —Es secreto lo que vives, no a lo que te dedicas. Todo en un contexto profesional. Al menos no es un secreto tu pertenencia en ese lugar, como lo sería por ejemplo aquí la Orden. La verdad es que me sentiría fatal mintiendo a mi abuela. Sé que no le hará ni una pizca de gracia ni siquiera que lo intente o solo quiera informarme... —Me encogí de hombros, para apuntillar una cosita: —Es una mujer a la que no le gustan los cambios y desde que ve que algo influye en mis estudios se enfada. —Recalqué, para entonces continuar con tranquilidad: —Pero bueno, que en realidad prefiero decirle la verdad y ocultarle la mínima información posible. ¿En serio quiere conocerla? —Puse los ojos en blanco. —No sabes en dónde te metes... que mi abuela es muy intensa... —Le advertí, evidentemente divertida.

Y no iba a mentir: debía de ser muy gracioso que yo llevase a un tipo como Ryan Goldstein como MI AMIGO a casa a conocer a mi abuela. Vamos, en un segundo pasaría de adorar a Edward como mi futuro marido a cambiarlo por Ryan aunque éste me sacase casi veinte años.

No, gracias. —Me negué al café, pues no me gustaba mucho. Eso sí, era bien consciente de que como me acostumbrase, nadie me lo iba a quitar de encima más nunca. —Normalmente lo es, pero no voy a todas las clases. Las clases de la universidad mágica las tengo por la mañana, todos los días menos los viernes de ocho a dos de la tarde. Hoy concretamente fue de ocho a doce, por eso estuve dos horas en el refugio haciendo nada. La de la universidad muggle, que estudio Cinematografía y Artes Audiovisuales, la curso por la tarde. Sin embargo, no pude matricularme del año completo por falta de horario, así que solo tengo clase lunes, martes y jueves, de tres a nueve. Así que sí, normalmente solo tengo una hora para comer esos días, pero por suerte existe la aparición o sería físicamente imposible llegar de una universidad a otra —confesé divertida, encogiéndome de hombros. —Pero vamos, no siempre asisto a todas las clases. De hecho... suelo mostrarle interés a la carrera de pociones, pero no suelo ir a las prácticas porque pegarme dos horas haciendo una poción me da muchísima pereza. Además, me gusta mucho más la que curso la Royal... —añadí, con respecto a la universidad. —Pero bueno, que si no le dedico más tiempo a la que me gusta es simplemente porque... —Y me di cuenta de que estaba ahí armándome yo sola un lío, por lo que suspiré, sin dar más detalles: —La vida.

Y sí, si seguía en pociones era porque mi abuela y mis padres—muggles—tenían muchas expectativas en mí, en que me convirtiese en una gran bruja. Mis padres adoptivos aunque fuera muggles eran muy amigos de mis padres biológicos y estaban muy orgullosos de mis triunfos como bruja. Además, sentía que una parte de ellos querían verme como un reflejo de mis padres y... no sé, era raro. Encima es que objetivamente hablando la carrera de pociones era de todo menos épica, pero claro, como mis padres son muggles para ellos todos es épico.

¡Pero bueno! —Caí entonces en su PREGUNTA TRAMPA. —¡No quiero que pienses que mi horario me impediría hacer cualquier cosa! —Me defendí. —Es decir... no me seas de esos que me va a negar la oportunidad por mi bien académico... —Porque me enfadaría y, por eso, lo había dicho bastante en serio. Quería dejar que 'mis dos carreras' siguiesen coartándome las posibilidades, porque de verdad que quería salir de ellas y re-organizar mi vida en algo que me ilusionase de verdad.
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Ryan Goldstein el Jue Nov 22, 2018 6:15 pm




Ryan creía entender por dónde iba, y en todo caso, llevaba la razón. Un mago siempre esperará trucos de magia. En cambio, si le pones delante un lenguaje cifrado tardará mucho en darse cuenta de que se trata lisa y llanamente de una forma de comunicación para la que no se necesitan contrahechizos.

Eso le hizo reflexionar breve y fugazmente sobre una cuestión. Los magos provenientes de familias muggles siempre habían sido más dados a la inventiva, o a una forma de hacer que despistaba totalmente a aquellos que habían pertenecido desde siempre a familias de magos.

Dependiendo de qué comunidad mágica se tratara, si era más abierta o más cerrada, o de qué familia provinieras, esta cuestión se notaba más o menos. Debía ser algo que Ryan ya tendría que haber ser asimilado, pero nunca dejaba de sorprenderse por las cosas más sencillas.

En su caso, lo atribuía a que siempre había pertenecido a una de las familias puristas más enclaustradas en su filosofía discriminatoria y sus costumbres. Estados Unidos era de por sí una comunidad llena de contradicciones internas. Por un lado, el magicongreso había adoptado de un tiempo a esta parte una política de apertura.

No siempre había sido así sin embargo, y en algunos aspectos, a Ryan le había parecido que más que una postura política se trataba de una fachada de prensa, una fanfarria. Después de todo, incluso en esa Londres tan señorial habían integrado a los muggles a su comunidad mucho antes de que se anulara la Ley Rappaport.

Y aún procedas las nuevas leyes, estas no se instauraban de la noche a la mañana en las vidas de las personas. Estados Unidos no era ningún edén, ningún paraíso. Pero de puertas afuera era mucho mejor para la negociación internacional presumir de firmes valores afines a los derechos de todos los magos y brujas y de todas las criaturas, de formas de hablar por ellos, aunque en muchos casos se olvidaran de escucharlos.

Danielle era en verdad afortunada.
 
Ella era parte de dos mundos y estaba abierta a todas las posibilidades que tenían para ofrecerle. Al no condenar a los muggles por muggles, evitaba condenarse a sí misma. Era un caso muy distinto al de muchos otros magos que sólo eran capaces de ver una cara de la moneda. Ryan lo sabía porque había vivido mucho tiempo viendo sólo una cara de la moneda, y una cara bastante torcida.

La flexibilidad de Danielle a la hora de pensar sobre su futuro le fascinaba, justamente porque poseía una cualidad de carácter del que ella no se daba cuenta porque lo daba por sentado. Ryan tuvo que fraguarlo con el tiempo. Esculpir una mirada distinta y hacerse otro corazón en medio de un campo minado de sentimientos encontrados.

Se escapó de condenarse a sí mismo, y por poco. Por eso también, le encantaba fascinarse por eso tan sencillo que era la sorpresa frente a lo que le era extraño, o sólo poder apreciar esa tierna cualidad del carácter en otros. Al apreciar lo que era distinto y no estigmatizarlo casi sentía que podía perdonarse un poco, por todo el daño que había hecho una vez, por tener un corazón y una mente cerrados al mundo.

—Es una buena idea—
reconoció Ryan, saliendo un poco de su ensimismamiento y regresando al tema de un lenguaje secreto. Tenía más cosas que agregar al respecto, pero prefirió callar de momento y dar a entender con una expresión meditabunda que lo tomaría en cuenta y simplemente asintió al resto de lo dicho. Por lo demás, se mostró bastante interesado en las peripecias de Danielle en la universidad, sus dos universidades.  

Soltó una carcajada de lo más espontánea, natural, causándole verdadera gracia cuando Danielle expresó que las pociones eran aburridas: casi en ese mismo instante desvió la mirada con una entrañable, arrebatadora expresión en ellos. Diríase que no quería que escarbaran en el porqué de su íntimo sentimiento de regocijo. Había recordado algo (o alguien) que le era placentero, pero el secreto de su sonrisa estaba en los compartimentos de su vida privada.

—Sí, te ves como alguien impulsiva, hiperactiva. Las pociones llevan tiempo y paciencia—Aunque no dijo lo que en verdad pensaba: en algunos aspectos, Danielle le hacía pensar en sí mismo (especialmente, de más joven): atolondrado, que iba a por todas. Danielle no sería alguien, por ejemplo, que tuviera un tic por la limpieza, alguien metódico y calmado. Le daba más bien una impresión diferente—Por eso estaba sorprendido. Ahora lo entiendo mejor—Alzó la mirada con curiosidad cuando mencionó a sus padres. Así que aurores. No dijo nada al respecto, pero atendió a su confesión sobre cómo había tomado la decisión de hacerse pocionista—Muy comprensible.

La posición de la abuela, preocupándose por el futuro de su nieta, también era de lo más comprensible. Ryan sentía cada vez mayor curiosidad por el hogar de Danielle. Reflexionó que si la buena mujer había sido madre de un auror, era una de dos: o estaba preparada para afrontar que su nieta viviera situaciones de peligro en su día a día o prefería alejarla de cualquier cosa relacionada todo lo posible. Se le ocurrió que debía ser lo primero, que su temperamento ‘intenso’ era el de una mujer de carácter fuerte y orgulloso. Eso estaría muy bien. Él no se imaginaba para nada que por ‘intenso’ Danielle podría sugerir otra cosa, especialmente casamiento.

—Si vive contigo, y porque se nota que te quiere, será la primera en darse cuenta si vives algo…diferente a lo usual—dijo, a manera de contestación—Estaría muy mal de mi parte dejar que en tu familia se preocupen y que lidies sola con ello. Así que, sí, me encantará hablar con ella si ves que ella pregunta demasiado. Creo que ocultarme parecerá muy raro—agregó—. Además, quiero que sepa que si alguna vez está preocupada, puede contar conmigo. ¿No le has presentado a nadie de… tú sabes dónde, todavía? Túsabes será un secreto, pero los familiares tienen derecho a saber dónde o a quién acudir si están preocupados por alguien que quieren.

Era curioso que de todas las personas en este mundo, Ryan se preocupara tanto por las familias ajenas, mientras que la suya no tenía idea de qué hacía ni dónde estaba la mayor parte del tiempo. Por supuesto, que eran dos situaciones muy diferentes. Pero aun así. Él no dejaba que se preocuparan por él de la misma forma que él se preocupaba por otros, esa era la impresión que daba. Pero también, era porque él no tenía la misma buena relación de confianza que Danielle tenía con su abuela, y en cambio, había otras personas que sí se habían hecho merecedoras de toda su confianza, tanto como para confiarles su vida.

Esas eran las personas con las que gustaba de compartir un buen café, por lo demás. Siempre se le hacía agradable una conversación con un café en el medio, en cualquier caso. Así que hizo la seña al camarero. Se extrañó, no lo pudo evitar, con la negativa de Danielle. Pero entonces echó la cabeza hacia atrás con un ligero ‘oh’ en su boca entreabierta, ¿quizá un té? Estaban en Londres después de todo. Al llegar el camarero, insistió en si ella no querría algo más, y luego lo dejó partir al joven con su pedido.

—Beber café solo es algo triste.


¿Protestó? O sólo comentó por comentar. Ryan sonreía. Le prestó mucha atención a su horario, asintiendo con la cabeza en un acto reflejo. Hasta que recibió un ataque y abrió los ojos. Se sonrió de nuevo, abordado por la actitud de Danielle. Le gustaba. Sin embargo, no reaccionó a la defensiva a pesar de las sólidas acusaciones. Se limitó a descansar apoyándose en sus manos, entrelazadas a la altura de la perilla, como si estuviera a punto de analizar un asunto muy importante.

Ryan Golgomatch había sido educado de tal manera que su currículum académico fuera impecable. Cierto era que su familia, y especialmente su padre como miembro de la junta escolar, tenían la suficiente influencia en el colegio como para que el heredero de los Golgomatch recibiera un trato repleto de favores, razón por la cual le habían hecho la vista gorda a sus episodios de violencia escolar, su descaro para con los profesores y demás alumnado, y así en general, sobre una larga lista de asuntos de cuestionable moral.

Pudo haber sido un muchacho problemático en su juventud, pero una cosa que Henrik Golgomatch, su padre, le había inculcado era la excelencia, en todos los ámbitos, pero la excelencia académica por encima de todas. Su padre había odiado la mediocridad. Y por su honor, que no habría dejado que ninguno de sus hijos fuera un estúpido. Por muy estrella de quodpott que fuera Ryan, algo que podía ser motivo de orgullo, sí, pero que de haberle costado sus notas, Henrik Golgomatch jamás le hubiera permitido jugar. Y eso sólo por mencionar algo sobre su exigencia para con sus hijos, su legado.

Hacía tiempo, sin embargo, que Ryan había dejado de ser un Golgomatch. Imaginó que Danielle se refería a su padre cuando dijo lo último, una idea que le hizo ligera gracia. Después de todo, una persona como Henrik priorizaría lo académico sobre cualquier otra cosa. Pero Ryan, bueno, él. Lo que en verdad le hizo gracia en ese momento fue pensar que, a pesar de haber dejado de ser un Golgomatch, el hábito había hecho de él un buen estudiante, y eso se había reflejado en su propia carrera universitaria.  

Sin embargo, terminada su carrera, se dio cuenta que lo que de verdad le enseñó algo útil fueron las decisiones que se vio obligado a tomar y las cosas que vinieron después y a las que se tuvo que enfrentar. Sentía, de hecho, que había aprendido más trabajando para la biblioteca que en cualquier otra parte. La biblioteca te daba eso, una oportunidad, sí, sin dudas, pero Ryan no pensaba que en este caso fuera una oportunidad que estuviera desvinculada de lo académico. Te ofrecía otra forma de enseñanza, era sólo una escuela diferente.
 
—No te ofrecería una oportunidad si no pensara que es lo suficiente buena para que la tomes—tranquilizó, con un cierto tinta de seriedad como para darle peso a sus palabras.

Sin que pareciera venir a cuento, se volteó a medias en su asiento y se entretuvo rebuscando en el bolsillo de su saco, el que tenía colgado en el respaldo de la silla, y seguidamente se adelantó sobre la mesa tomando una servilleta, sobre la que escribió rápidamente las 27 letras del abecedario, una al lado de la otra pero en cualquier orden. Al terminar, le tendió la servilleta a Danielle sobre la mesa, para que prestara atención.

—Esto es un código. Tú sabes que en el abecedario, las letras van de la A a la Z. Pero, si yo quisiera cifrar el mensaje en una carta—así, de pronto, irrumpió en una explicación, volcado de lleno en la darse a entender—, un método sencillo pero no precisamente fácil de descodificar sería escribir ese mensaje reemplazando las letras que conocemos por otras. Y usamos un código para descifrarlo, una ‘llave’. No podrás interpretar correctamente si no compartimos un código. Así que aquí, si leemos este código, aquí donde hay una ‘Q’—señalizó con un dedo la primera letra de la serie de letras que había escrito en la servilleta—significa que he decidido usarla para reemplazar la ‘A’, si nos guiamos por el orden en el abecedario. Pero podríamos estipular de antemano cualquier orden. Y si alguien que no sea notros intenta leer ese mensaje, la tendrá difícil intentando adivinar cómo se lee. Imagina—dijo, haciendo la servilleta a un lado y entrelazando las manos sobre la mesa. La miró de lleno a los ojos, con un azul que te invitaba a sumergirte en el pensamiento—, que podemos hacer esto mismo, pero no solamente con palabras en un papel.  

En la biblioteca hacían casi lo mismo, pero con memorias. No era un secreto por el que te fueran a cortar la lengua, pero su procedimiento tenía cierta complicación. Entre dos bibliotecarios que compartían momentos o recuerdos juntos podía cifrarse una memoria de tal manera que era posible construirse un mensaje a partir de un recuerdo compartido. Comparándolo con el método de reemplazar letras del abecedario por otras y alterar su orden, tenía prácticamente el mismo sistema de seguridad y cifrado, y también una ‘llave’, un recuerdo o palabra o frase que destrababa todo un nuevo orden de significaciones a una serie de imágenes, aromas, diálogos almacenados en la memoria, en un recuerdo particular.  

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Danielle J. Maxwell el Vie Nov 23, 2018 3:51 am

No es que me viera como una persona impulsiva e hiperactiva, sino que era bastante impulsiva e hiperactiva. Sobre todo lo segundo y, como me dieras azúcar, más todavía. Cada vez que hablaba con alguien con respecto a lo que estaba haciendo salía la misma premisa: soy demasiado impaciente como para dedicarle tanta paciencia a una labor como las pociones. Adoraba la rama de la alquimia, sin duda, me parecía fascinante, pero no como para dedicarme a ella profesionalmente. Todavía me faltaba contárselo a mi abuela, quién sabía que sería la persona que estaría en más desacuerdo de todas, pero tenía esperanzas de que no se lo tomase del todo mal teniendo en cuenta cuáles son el resto de mis decisiones.

Atendí a su opinión con respecto a mi abuela, sin poder evitar asentir a todo lo que decía. En realidad es que tenía toda la razón del mundo. Mi abuela me conocía a veces más que yo misma, por lo que me leería en cuestión de segundos como le estuviese ocultando algo de la magnitud de ‘El Archivo’ y no tenía ningún tipo de dudas de eso.

Qué buena persona, Ryan —confesé con sinceridad. Maverick me había dicho que no le dijera a mi abuela que él era mi mentor de la Orden del Fénix, que se lo ocultase. Así que ahí había una gran diferencia en cuanto a profesionalidad y humanidad. —Es decir, gracias. La verdad es que creo que mi abuela siempre me ha visto como una cabeza loca, ¿sabes? Creo que por eso no confía mucho en mí, en mis capacidades. Por eso no quiere que me involucre mucho en tú sabes donde… o que le dedique más tiempo a eso que a una carrera universitaria que me asegurará un futuro. Un futuro aburrido, pero un futuro al fin y al cabo. —Hice una pausa, apoyándome en la mesa. —Pero tienes razón. Mi abuela conoce a gente con la que me llevo bien de todo este rollo y creo que si ve que eres una persona responsable, adulta y con las ideas claras… vea otras oportunidades para mí. Además… —Mostré una sonrisa algo tímida pero divertida. —Seguro que le encantas.

Mi abuela sabía que Dorcas estaba en el refugio de la Orden del Fénix y que a ella se lo contaba todo, así que sería un buen contacto con el que contactar si algún día está preocupada por mí. Y en cuanto a Ryan… estaba bastante segura de que como lo presentase como ‘mi instructor’—o algo por el estilo—frente a mi abuela, hasta se sentiría orgullosa de que alguien fuese a aconsejarme a ser mejor bruja y poder defenderme. En parte entendía a mi abuela, ¿cómo no hacerlo? Había tenido una hija auror y tanto ella como su marido habían muerto por culpa de su profesión. Temía las batallas por ideales, los duelos mágicos y cualquier tipo de enfrentamiento. Y teniendo en cuenta como era yo, también temía que pudiera meterme en ese tipo de movidas. Siempre pensé que en algún punto ‘el defender mi pensamiento’ iba a jugarme una mala pasada, pero a decir verdad, tuve la oportunidad de demostrar mis creencias con los Lestrange al mando en Hogwarts y fui demasiado cobarde como para defender realmente lo que creía. Fue muy duro tener que aceptar y ver todo aquello que odiaba: ¿pero qué iba a hacer? ¿Rebelarme y terminar en Azkaban como traidora después de llevarme el correctivo necesario por ser una estúpida defensora de los muggles?

Lo siento —dije, divertida, al ver cómo se iba el camarero y cómo él se quejaba por bebé café solo. —Estoy muy llena y… no me gusta el café —admití, encogiéndome de hombros.

Los adultos siempre decían dos cosas: ya te llegará la edad para que te guste el café y la cerveza, que eran manjares de papilas gustativas de adultos. Yo la cerveza la toleraba si estaba borracha, pero todavía no me había llegado el momento del café.

Me gustó muchísimo que hiciese ‘caso omiso’ o que al menos no comentase nada respecto al hecho de que mi bien académico iba a ir por encima de cualquier tipo de situación. Ahora mismo la verdad es que mi bien académico me importaba bastante poco. Prefería formarme como bruja y persona, antes que tener una carrera universitaria. Prefería hacer algo que me llenase por completo aunque no fuese lo políticamente correcto para mi edad, antes de hacer lo que debo y estar más vacía que nada.

Gracias —insistí, mostrándole una sonrisa genuinamente agradecida. Pocas personas adultas apostaban por mí. A decir verdad, estaba bastante segura de que había sido la segunda persona en verme como alguien que realmente pudiera hacer algo así. La otra persona había sido Archie Washburne, pero él nunca me llevaría a ningún sitio en donde pudiera estar un uno por ciento en peligro. Era fugitivo y, por hacer, ni salíamos del refugio. Era muy diferente.

No quería decirlo en voz alta para no parecer la típica flipada, pero la verdad es que estaba deseando verlo todo, ver si no me quedaba grande y demostrarle a Ryan que no se equivocaba conmigo.

Entonces comenzó a escribir en una servilleta, enseñándomela como un código. He de admitir que en un primer momento no entendí una patata de lo que me estaba diciendo y tuve que hacer trabajo extra de concentración. Si yo fuera un dibujo anime, ahora mismo me estaría saliendo humo de las orejas del esfuerzo por no parecer imbécil y no entenderlo. Me estaba costando, pero porque me había cogido desprevenida. Así que tras volcar toda mi atención, me llevé uno de mis dedos a la barbilla, golpeando con suavidad mi piel en busca de una respuesta.

Pero a ver… este código sólo sirve si va acompañado de una frase sin sentido. El código, siempre diferente, sería la llave para darle sentido a la frase codificada —admití, mirando a Ryan con gesto interrogante—, ¿no es así? ¿O siempre partiríamos del mismo código? —Tendría muchos defectos, pero tenía la gran virtud de que cuando algo me interesaba, me volcaba al máximo en entenderlo aunque hace unos segundos estuviese partiéndome de risa por otro tema. —¿A qué te refieres con no solamente palabras en un papel? —Tuve que preguntar, con auténtica curiosidad. Ni por asomo se me hubiera pasado por la cabeza que se refería a la mente y compartir recuerdos.
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Ryan Goldstein el Dom Nov 25, 2018 4:33 am



—Un código siempre distinto, para mayor seguridad, despistar—aclaró—. Nosotros establecemos cómo interpretar ese código o ‘llave’—Ryan insistía en garabatear la servilleta, y había que prestar atención a lo que decía y lo que su bolígrafo imprimía en el papel—. Un tercero no sabría cómo ni siquiera teniendo la llave. No podría si no sabe que lo leemos reemplazando las palabras en orden alfabético o usando cualquier otro tipo de orden.


  A->                                                 <-Z
ABCDEFGHIJKLMNÑOPQRSTUVWXYZ
FUGYKLOPARTSDCBNXMWIZVQÑJHE

YFDAKFFK
DANIELLE

En lo que quería que se fijara era en el método. Había una cierta idea detrás del método, similar a lo que era cifrar recuerdos. Sobre los recuerdos en sí mismos, estos podían ser todo un tema aparte en lo que significaba el cifrado secreto y el tráfico de información en el mundo mágico.

Había incluso algo que se llamaba ‘Cerrajeros’, magos especializados en descifrar el enigma que suponían las llaves. En ocasiones la mente de un mago podía ser una cerradura, un candado, difícil de abrir. Al conseguirlo, se accedía a alas privadas de la mente, secretos escondidos.

Un recuerdo que creías haber tenido toda tu vida podía rearmarse y mostrarte qué era lo que había estado escondiendo por más tiempo del que hubieras imaginado jamás. En muchos casos de desmemorización podía hasta recuperarse datos.

La manipulación de las memorias tenía varios usos y presentaba distintos grados de complejidad. Lo que Ryan pediría de Danielle en un futuro muy cercano no suponía riesgos para sí misma ni le exigiría adentrarse en la profunda materia de la mente, sino que era más bien una forma creativa e ingeniosa de encantamiento.

—Imagina—repitió—que puedes realizar un mensaje usando, por decir algo, imágenes. Piensa que quieres construir un mensaje a partir de la escena de una película, por ejemplo. Recortarías diálogos y seleccionarías imágenes para elaborar un mensaje que quieras transmitir, ¿me sigues?—Ryan buscó un brillo de comprensión en su mirada—. Puedes hacer esto, con tus memorias—Sonrió—. No es tan complicado como parece.

Otra forma de decirlo, era que modificabas una memoria de forma de contar una historia, según lo que desearas contar. Si compartías un recuerdo con alguien, como ese mismo momento en Hakkasan Hanway, por ejemplo, podías elaborar una ‘llave’, que una vez en manos de la otra persona que vivió ese momento contigo, Ryan, servía para recrear ese recuerdo en un mensaje cifrado, porque sólo ellos sabrían cómo interpretarlo.  

—Sabes lo que es la memoria líquida—continuó Ryan, refiriéndose al material espeso y argento de los pensadores. Se echó hacia atrás, apoyándose contra el respaldo, estirados los brazos sobre la mesa. Veía venir al mesero con el café y lo ojeó rápidamente antes de proseguir—: Ese sería el ‘papel’ de tu mensaje. Hay un encantamiento para esto. Al principio te costará cogerle la mano, pero con la práctica.  

El mesero se hizo presente y depositó la tacita de café sobre la mesa. Ryan le dio las gracias. Pero recordando algo de último momento le llamó atención apenas se volteó, y gesticulando con las manos le comunicó su pedido, unas galletas de la fortuna. El mesero sonrió y asintió, escabulléndose rápidamente entre las mesas, directo hacia las cocinas.

—Dime que no tienes curiosidad por tu fortuna hoy—dijo Ryan, con una sonrisa. Hoy o cualquier día. La fortuna de una persona siempre podía tomar giros interesantes, si no sumamente curiosos.
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Danielle J. Maxwell el Jue Nov 29, 2018 1:23 am

No quería quedar como un patito confuso, pero no entendí mucho lo que me estaba contando. Pensé que lo que estaba escribiendo en la servilleta podría ser una ayuda gráfica y lo atendí con muchísimo interés, pero... No podía encontrar la similitud entre YFDAKFFK y el DANIELLE que estaba escrito ahí. Que no sé, quizás era una trolleada mental de Ryan para ponerme a prueba a ver si era capaz de ver cosas sin sentido... Por si acaso lo miré, intentando escrutar en su mirada sus verdaderas intenciones. Pero no, al parecer hablaba super serio, así que intenté tomármelo  todavía con más concentración a ver si aquello dejaba de sonarme a suajili antiguo.

De hecho, cuando empezó a hablar de imágenes y recuerdos, más o menos lo pillé, pero te juro que no le encontraba ningún parecido con lo que me había escrito en la dichosa servilleta.

Mente de Danny:
:rp:

Te juro que no podía dejar de preguntarme que si me estaba vacilando, pero supuse que no. Así que en un intento de evitar quedar como una panoli y asumiendo que en un futuro todas estas cosas me las explicará más tranquilamente, así como para tontos, decidí ir por delante con lo de las imágenes y las memorias, que al parecer era lo único que mi mente de patata podía entender.

Sí, más o menos lo entiendo —dije, muy segura. ¡Já! ¡Muy segura mis canas de abuelita! ¡Segura, digo! ¡Con todas mis narices! Una Danny interior, esa misma que no entendía ni patata de nada, ahora mismo se estaba descojonando por mi valor al no admitir mi ignorancia.

Me encantó escuchar de sus labios ese 'con la práctica...', lo cual yo evidentemente entendí cómo: 'no hace falta que ahora mismo te enteres de nada, habrá momentos mejores en donde tu mente estará más avispada y podrás entender las cosas básicas de esta vida'. Lo cual me vino genial para mi desmotivación momentánea. Como  yo decía muchas veces en mi vida, en mi creencia ilusa de pensar que soy sabía: poco a poco se hace el moco. Y así era la vida.

Así que cuando me habló de galletas de la fortuna, mi Danny oportunista interior salió de cabeza al frente, asumiendo que esa era MI SALIDA al cambio de tema. Ya habría momento de interiorizar en el tema del código secreto. Que ojo, yo quería un código, pero en donde 'Albaricoque' fuese Dumbledore, 'Azúcar moreno' fuese Lord Voldemort y 'La comida japonesa tiene muchas especias' un claro 'me estoy cagando'. ¡Pero no, él había ido al nivel super-mega-hiper-extra difícil!

¿Fortuna? Ufff... ¿estás poniendo a prueba la fortuna de tu nueva compañera para ver lo que te depara? Ya te digo yo que muchas desgracias —confesé con diversión, dramatizando mi vida llena de poca fortuna. El camarero no tardó en llegar con las galletas de la fortuna y, teniendo en cuenta que ahí siempre salían cosas buenas, la partí con emoción para ver qué me deparaba el futuro. El papelito cayó sobre la mesa, así que lo cogí y lo leí.

"Lo sentimos, su fortuna ha sido rechazada, por favor vuelva a intentar."

Mente de Danny:
Priv. || Hakkasan Hanway || - Página 2 Meme-tirando-mesa-enojo

Enfadada con la vida, puse los ojos en blanco por el hacedor de galletas de la fábrica de galletas de la fortuna, tirándole el papelito a Ryan.

Vas a tener que ser tú el que ponga la suerte en nuestro equipo. Yo si quieres pongo las croquetas, pero lo que es la fortuna... —Y reí divertida.
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Ryan Goldstein el Sáb Dic 01, 2018 6:24 am



Honestamente, se hubiera esperado más preguntas. El silencio metafórico de Danielle y su aparente seguridad le indicaron al muy avispado bibliotecario que la rubia no había entendido nada, pero nada de nada, en letras mayúsculas.

No la culpaba. Esa era la clase de cosas que se entendían una vez que te ponías a ello, con la práctica y la experiencia de proyectar en tu mente una novedad de sentidos. No insistió con el tema o la explicación, sino que le concedió una tregua a la mente que adivinaba revuelta.

—¿Es así?—Ryan reaccionó al augurio de desgracias inminentes con interés, casi como si le hubieran encajado en plena cara una suerte de revelación. En el último instante dejó entrever fugazmente una sonrisa. Las galletas llegaron, en una cestita. Ryan tomó una, pero se esperó a abrirla. Tuvo primero más curiosidad por la fortuna de Danielle. Se carcajeó con una mirada que rezumaba ternura—Eso no es precisamente mala fortuna. No está mal. Me había empezado a preocupar—dijo, despedazando su fortuna entre las manos, lenta, lentamente, con el cuidado de sus manos pacientes. Mientras que Danielle había ido directo a darse la nariz contra la pared, Ryan prefirió tomárselo con calma.

Alguien piensa demasiado en ti

Ryan sonrió, profundamente halagado. Al menos alguien estaba disfrutando la lectura de su fortuna. Eran esos comentarios casuales, oportunos, los que podían sacarte una sonrisa, entre que tu mente se paseaba por los cajones de la memoria, en donde rostros que parecían enterrados hacían su aparición, rostros de personas que siempre querías volver a ver, siempre daba gusto.

—Bien, toma. Hagamos intercambio de fortuna—
ofreció, tendiéndole el papelito dentro de su puño cerrado. Dirías que tu caso era tan triste que daba lástima—. Si somos compañeros, mi fortuna es también la tuya—Era un argumento bien válido. Así, cualquiera podía burlarse de los designios de la fortuna. Mientras tuvieras a tu compañero quien, por cierto, no sólo parecía que tenía buena suerte, sino que estaba tocado por el ángel de la buena fortuna. Si te preguntabas quién era capaz de ganarse la lotería, pues ese sujeto, sí, allí mismo, en tus narices—Puede que sí tengas un novio después de todo—comentó, a modo de broma. Mas que nada porque lo del novio como ‘cosa irrelevante’ le había hecho gracia y todavía lo recordaba—O novia—se corrigió, en pro de la diversidad. Seguidamente, el camarero trajo la cuenta y Ryan se distrajo un momento.

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Danielle J. Maxwell el Lun Dic 03, 2018 3:34 am

¿Que no es mala fortuna que una galleta de la fortuna te rechace la oportunidad de darte fortuna? ¡Pero Ryan, si es que es el colmo del colmo! Sin embargo, tuve que sonreír ante el optimismo del rubio y acogerlo como método para relativizar las cosas, contenta con su punto de vista. A veces hasta me había propuesto intentar ver mis malos hábitos con la fortuna como curiosidades exentas de culpa y focalizarme totalmente en mis picos de buena suerte. Alguien dijo una vez—un chino sabio, seguro—que quién lo busca y lo intensifica, al final lo termina encontrado. Qué menos que focalizarme en la buena fortuna, a ver si termina viniendo ella por sí sola.

Me gusta tu manera de ver la vida —le otorgué, para entonces coger el papelito que le había tocado a Ryan y cambiar nuestras fortunas.

Al leer lo que ponía, mi cabeza se puso totalmente roja, pues al parecer todo mi riego sanguíneo decidió re-organizar su dirección e ir toda a la cabeza. Todos sabemos ahora mismo quién me vino a la cabeza al leer esa frase, pero como es evidente, yo seguía prefiriendo no hablar del tema. ¿Sabes qué pasaba conmigo? Que con esos temas soy muy tímida. Nunca he sido de esas personas que confían mucho en sus capacidades, ni en su belleza, ni en su atractivo, ni en lo que tienen para ofrecer, por lo que hablar de temas como el noviazgo terminaba por sacarme los colores no por vergüenza, sino más bien por inseguridades.

Que Ryan corrigiese el ‘novio’ por ‘novia’ había hecho que yo viese ahí mi vía de escape con una claridad abrumadora.

El otro día le dejé caer a mi abuela que era lesbiana porque no para de emparejarme con todo hombre que pisa mi casa y por casi no le da un ataque —confesé, doblando de nuevo el papelito que declaraba que alguien estaba pensando demasiado en mí. ¿Lo estará de verdad, o esto es mentira cochina? ¡Bueno, era obvio que era mentira! —Pero me gusta que compartamos fortuna. Quizás también hay alguna persona por ahí pensando mucho en ti. Novio, novia, amigo, amiga, ¿qué mas da? Lo importante es que alguien lo hace. —Yo, experta en quitarle hierro al asunto y evitar hablar de supuestos novios y novias.

Me puse de pie, sintiendo que había comido más comida de la que permite la capacidad de mi estómago. Me estiré enérgicamente y haciendo gala a mi pereza habitual de echarme una siesta después de comer, un bostezo salió de manera inconsciente de mi boca. Cogí mi mochila y me la colgué al hombro, para entonces salir en dirección a la puerta principal. En realidad no tenía ni idea de si Ryan tenía intención de volver a la Orden del Fénix y debíamos de ir hacia el famoso congelador, o si por el contrario lo mejor era coger un poco de aire. Yo sin pensarlo demasiado, salí del chino, respirando aire puro en aquella calle peatonal y dándome la vuelta para ver a Ryan salir del establecimiento.

Mientras hablaba, cogí de mi mochila una bufanda y un gorrito de lana a juego que me puse al sentir frío en mis orejas.

Bueno, bueno, señor Goldstein —dije, con una amplia sonrisa. —Su futura compañera Maxwell está totalmente dispuesta a empezar con lo que sea. Cuenta con mi varita en cualquier momento. —Y entonces caí en una cosa. —Creo que no tienes manera de contactar conmigo de manera rápida, ¿quieres mi teléfono móvil o te conformas con la velocidad del correo mediante lechuza? No me importa dártelo, por lo que pueda surgir o lo que sea...

En otras palabras: estaba muy ilusionada con la idea y sólo quería recibir un WhatsApp de Ryan con algún mensaje cifrado fácil que me citase en el lugar adecuado para conocer 'El Archivo'. ¿Alguien me podía decir de dónde me había salido tanta ilusión?
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