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Jaque mate para la reina {Abi, Carol, Sam y Gwen}

Gwendoline Edevane el Vie Oct 26, 2018 3:55 am


Sábado 27 de octubre, 2018 || Apartamento de Gwendoline Edevane || 02:47 horas || Pijama

Abrí los ojos en medio de la oscuridad para encontrarme con una fuerte luz que iluminaba mi cuarto. Un zumbido intermitente resonaba en el silencio de la habitación, y en mi confusión inicial fui incapaz de relacionar ambos hechos. ¿Qué estaba pasando allí? No fue hasta que las brumas del sueño empezaron a disiparse que lo comprendí: estaba sonando el teléfono, o lo estaría haciendo de no estar en modo vibración, sobre mi mesilla de noche.
Alargué la mano y atrapé el móvil a tientas, preguntándome quién tendría la ocurrencia de llamar a esas horas. Miré la pantalla, entrecerrando los ojos debido al intenso brillo de esta, y leí un nombre y un apellido: Caroline Shepard. Extrañada, respondí de inmediato la llamada, sin saber exactamente qué esperarme.

—Caroline, ¿qué ocurre? Son las dos de...—Empecé a decir, pero al otro lado de la línea me interrumpió una voz desconocida.

—Hola, seas quien seas necesitamos refuerzos, ahora. Por favor, "M" está herida. Necesitamos ayuda.—Dijo la voz desconocida, que a todas luces pertenecía a una mujer que, además, parecía agitada. En mi infinita confusión y sin entender lo que ocurría, me incorporé un poco en la cama, hasta quedar sentada con las piernas descolgadas del borde de ésta.

—¿Qué…? ¿Quién es M? ¿Y quién eres tú? ¿Qué estás…?—Un fuerte sonido al otro lado de la línea interrumpió mi última pregunta, haciéndome dar un respingos. Con los ojos abiertos como platos, contemplé la pantalla del teléfono móvil, incrédula.El contador de tiempo de llamada siguió corriendo algunos segundos, y entonces, la llamada se cortó. Mi móvil volvió a mostrar el fondo de pantalla, y yo me vi en sumida en un estado de nervios.

Me levanté de la cama de un salto y ni siquiera me molesté en vestirme: con pijama y con todo, me desaparecí.


Apartamento de Caroline y Sam…

Sin ningún tipo de ceremonia, irrumpí en el apartamento de Caroline y Sam, y lo primero que hice fue correr al cuarto de Caroline. En un derroche de invasión a la privacidad abrí la puerta. Ya me esperaba encontrarme su cuarto vacío, pero hacerlo supuso un jarro de agua fría: era poco probable que Caroline gastase una broma de ese tipo, pero tenía la esperanza de que así fuese. La alternativa era que ocurría algo realmente malo.
Mi siguiente destino fue el cuarto de Sam. Bajo la atenta mirada de un Don Gato que ocupaba una posición privilegiada sobre la mesa del salón, recorrí la estancia y llamé con un par de golpes de mis nudillos. No había garantía de que, si Caroline estaba en problemas, Sam estuviese a salvo en su habitación. Pero, una vez más, esperaba que sí, y que no se cumpliesen mis peores predicciones.

—¿Sam? ¿Estás ahí dentro?—Llamé, repitiendo los golpes con los nudillos en la puerta. Por favor… ¿qué está pasando?, pensé mientras desviaba la mirada hacia el teléfono móvil, una vez más, esperando que volviese a sonar.


Última edición por Gwendoline Edevane el Lun Oct 29, 2018 3:47 am, editado 2 veces
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Oct 29, 2018 2:55 am

Por regla general Sam no dormía mucho y aquella noche no es que Gwen la hubiera pillado en su sueño más profundo. De hecho, estaba acostada, con los ojos cerrados, acariciando la barriga de su cerdito sin muchos ánimos en quedarse dormida pronto. Desde que Gwen se apareció agitadamente en la casa ya se dio cuenta de que había alguien, por no hablar de cómo abrió la puerta de la habitación de Caroline. Ya se estaba levantando de su cama para ver qué narices había pasado cuando escuchó como aporreaba su puerta con preocupación. Apenas tardó dos golpes en que Sam abriese desde dentro, viendo allí la cara de su amiga visiblemente preocupada. —¿Qué ha pasado?

Gwendoline sólo tuvo que pronunciar una letra para que Sam ya entrase en alerta. Ni siquiera una palabra. Solo con pronunciar la letra ‘M’, ya ella cogió el móvil para ver quién estaba al otro lado. Al no recibir respuestas, le explicó de manera ajetreada lo que Caroline hacía ocultando su rostro y bajo el nombre de Eme, ayudando a un grupo de seis fugitivos que eran sus amigos. No le dio muchas explicaciones, ya que dadas las circunstancias podría haber mucha disparidad de opiniones y, además, porque el móvil de Gwen recibió de nuevo una llamada, aunque esta vez no era del móvil de Caroline.

Sam cogió la llamada rápidamente y al otro lado estaba Marie, hablando todavía de manera agitada. Le explicó quién era—Sam ya sabía quién era—y lo que había pasado, para terminar diciéndole que Caroline estaba viva pero en un estado bastante crítico, que necesitaban ayuda. Casi se le sale el corazón de lo rápido que iba de repente. Les dijeron el lugar al que iban y teniendo en cuenta cómo lo había contado todo Marie, Sam no dudó ni un momento en contactar con Ryosuke para que pudiese atender a Caroline, pero éste no contestó al móvil, por lo que sin tardar ni un poquito más, las dos se pusieron de camino al lugar indicado.

***

Se trataba de un edificio a medio construir en mitad de Londres, el cual había sido parado desde ya hacía un año debido a falta de presupuesto y cuestiones políticas. El interior una de las viviendas del penúltimo piso había sido ocupada por el fugitivo que les había tendido la mano al grupo de Marie y compañía, por lo que ahora mismo todos se encontraban allí, intentando hacerse a todo lo que había ocurrido.

Nada más entrar, Marie las recibió, llevándolas directamente a la habitación en donde habían acomodado a Caroline y a la gemela malherida. Aquello fue una imagen demasiado impactante para lo que Sam se esperaba y eso que se esperaba algo muy feo. Sin embargo, lo último que esperaba era ver a Caroline inconsciente, con un aspecto horrible, malherida y con unas quemaduras horribles en las piernas. Y luego la mirada se le fue a la amiga de Caroline, con una herida en el tronco que parecía sacada de una película de Saw y… Sam se quedó en shock. ¿Con qué clase de monstruo habían estado? La otra gemela estaba sujetando la mano de su hermana, llorando, en una actitud que decía mucho de ella teniendo en cuenta que la persona que le había hecho eso a su hermana estaba en el piso de abajo, indefensa.

Marie y Violet estaban junto a Gwen y Sam, mientras que Sussy estaba herida—pero no tanto como el resto—en el salón, junto al cadáver de Gaspard. Sam pudo salir del shock sólo cuando una de las chicas la golpeó sin querer en el hombro al pasar a su lado, cosa que hizo se acercase a Caroline y se agachase al lado de su cama, a la altura de su cara. Sintió su respiración tenue, observó su rostro impasible y le acarició la mejilla con delicadeza. Se quitó una lágrima que le cayó por la mejilla rápidamente y se puso de pie, haciéndose una coleta con un coletero que tenía en la muñeca y se acercándose a Gwen con un rostro que declaraba no solo las ganas que tenía de llorar por lo empañado que tenía los ojos, sino también las de mantener la compostura para hacer las cosas bien. No era momento para llorar, era momento de ponerse las pilas y ayudar a su amiga antes de que aquellas heridas fuesen a peor. —Gwen, dime qué hago. —No pensaba ser un estorbo, sólo ser dos manos más de la única que parecía tener conocimientos de medimagia en aquel lugar.


Por otro lado, la Ministra de Magia se encontraba en una habitación apartada en el piso inferior, sin varita, sin ningún tipo de atención en sus heridas, con los ojos tapados y amarrada con cadenas a la pared. Se encontraba sentada, con una de sus manos en el costado pues le ardía y con el otro brazo sin apenas moverlo. Creía firmemente que algo no estaba en su sitio. Marie y Violet, aguantándose las ganas de matarla, no habían escatimado en mantenerla totalmente aislada y sin posibilidad de que se soltase. Claro que no habían pensado que como siguiera en aquel estado mucho tiempo, las heridas también irían a peor. Bueno, seguramente sí lo pensaron y les dio básicamente igual.
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Caroline Shepard el Sáb Nov 24, 2018 2:28 am

THE RUNAWAY BAND:

Jo:#006699 | iO: #6699ff | Sussy: #cc6600

Marie:#99cc66 | Gaspard:R.I.P| Violet:#009900

Una vez cuando pequeña se desmayó por causa de un enfriamiento, recuerda que sintió un montón de hormigas subir desde sus pies hasta llegar a sus ojos y allí como un rollo de película quemándose se desvaneció escuchando como una señora gritaba "La niña se va a desmayar", por unos minutos se entregó por completo a los brazos de su inconsciente , recuerda que pese a que solo fue un tiempo muy breve fue muy curioso ese sentir, fue como sumergirse en un mundo sacado de un libro de Lewis Carroll, mientras que una parte de ella seguía en el mundo terrenal, y podía escuchar  a su madre gritar y moviendola para que volviera en sí.

Esta noche  pese a que el tiempo fue mucho más prolongado la sensación fue parecida, con la única diferencia que en vez de ir persiguiendo al conejo o divirtiéndose tomando un té con el sombrero loco y la liebre se encontraba cayendo en ese gran agujero negro, para luego correr por su vida intentando que su cabeza siguiera en su lugar. Esta noche, en vez de frío sentía el fuego invadiendo su cuerpo, pese a que las llamas se existieron aún podía sentirlas, y múltiples imágenes la invadían como un gran huracán y de verdad quería despertar, quería abrir sus ojos y decirle a todos los que se encontraban allí que todo estará bien, pese a que no sabía si esas palabras eran realmente ciertas, quería creerlo, de verdad que sí porque sino las ganas de despertar serían cada vez más escasas.

De vez en cuando algunas lágrimas salían de sus ojos mojando sus mejillas, y no era por el dolor que sentía (que no era menor), ni por tristeza (que era aún más grande que lo anterior) sino que a esas dos emociones había una que les ganaba, y era la frustración. Frustración de no saber cuándo todo esto iba a acabar, y frustración por no poder haber ayudado más, y por sobre todo por no cumplir su promesa, la de protegerlos.

Movió su mano derecha sútilmente, como un acto reflejo, en un vano intento de encontrar alguna mano amiga, mientras que en el onírico mundo la imagen de Sebastian Crowley se fundía como un metal al fuego con Abigail Mcdowell.  

***

- Creo que debemos negociar... - susurró una cansada Violet desde una esquina, tenía ambos codos apoyados en sus piernas y su cabeza caída sobre sus manos, cualquiera que la viera en esos momentos pensaría que una manada de jabalíes había pasado por sobre ella.

- ¿Negociar? ¿Crees que ellos querrán negociar? ¡Le tenemos a su puta Ministra! Lo único que querrán hacer con nosotros es matarnos lento y dolorosamente, Violet. - le irrumpió una acalorada Marie, que andaba caminando de un lugar a otro como un león enjaulado, y de vez en cuando dirigía una rápidas miradas a las heridas, jamás al sitio donde se hallaba Sussy con Gaspard.

- Entonces qué, Marie. ¿Qué quieres hacer con ella? ¿Matarla? ¿Torturarla? ¿Qué? Porque por más que pienso no doy con nada que pueda sacarme este vacío... - a la pelirroja se le quebró la voz, y comenzó a sollozar por enésima vez. Marie suspiró pesadamente y se acercó a ella para darle cariños en su espalda.

- Ojo por ojo, diente por diente. Todo lo que nos hizo quiero que lo sienta. - dijo entre dientes Jo, mientras sostenía la mano de su gemela.

- No, no sacamos nada con eso, bueno tal vez desahogarnos un tiempo.  Pero Mcdowell es solo un títere más, la matamos y se encontrarán a otro para suplantarla, creo que debemos sacar provecho de esto, mover bien nuestras piezas, ahora la tenemos en nuestras manos pero no sabems por cuanto... - hizo una pausa y dirigió una mirada a Sam y Gwen.- ¿Ustedes qué creen?

Todas las miradas de los fugitivos ahora se encontraban sobre las dos rubias. No sabían nada de ellas, sólo que eran amigas de "M" y  acudieron enseguida a su llamado, confiar en estos momentos era muy difícil, pero era aún más difícil encontrar una solución sensata luego de lo ocurrido, por lo que Sam y Gwen se convertían en los perfectos cables a tierra dentro del caos.
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Gwendoline Edevane el Lun Nov 26, 2018 3:57 pm

Las palabras de Sam me llegaron como de muy lejos. Casi parecía que me encontrara bajo el agua, y todo sonido llegaba amortiguado a mis oídos. Sentía una especie de vértigo apoderándose de mí, casi como si el mundo estuviera temblando bajo mis pies y el suelo no fuera otra cosa que gelatina.
Supe identificar bien aquellas sensaciones, a pesar de todo: Estás sufriendo un ataque de pánico, me recordó la parte racional de mi cerebro, luchando por sacarme de semejante estado de estupefacción. ¡Reacciona! ¡Todas dependen de ti!
El escenario era terrible: una chica, apenas una niña, se encontraba sobre una de las camas con una herida terrible en el abdomen, y con más sangre alrededor que dentro del cuerpo, a juzgar por su lividez; Caroline en otra cama, mostrando unas quemaduras horribles y otras heridas de diversa consideración, sin sentido; y eso sin mencionar a la mujer que, en el salón, descansaba junto al cuerpo de un hombre por el cual no podía hacer absolutamente nada. ¿Cómo no paralizarme ante semejante situación?
El primer pensamiento que acudió a mi mente cuando vi esto fue: No puedo hacerlo. El segundo pensamiento: Pero tengo que hacerlo. Me sentí horriblemente pequeña en aquellos momentos, y solo cuando Sam volvió a decir mi nombre, fui capaz de despertar de aquella suerte de trance. Y es que mi amiga tenía razón: aquellas personas dependían de nuestras acciones. Así que hice mi mejor esfuerzo por centrarme, por calmarme… y por actuar como se esperaba de mí.

—Vale.—Dejé caer el bolso en el suelo. Con un movimiento de varita, cambié mi pijama por un atuendo de enfermera de mis prácticas en San Mungo, y así mismo recogí mi pelo en una coleta, para que no me estorbase.—Necesito que alguien ejerza presión sobre esa herida.—Anuncié, señalando con mi varita en dirección a la niña, quien sufría la herida más grave de todas.—Hay que detener esa hemorragia.—Caminé en dirección al salón, donde se encontraba la mujer morena de pelo corto. Me incliné sobre ella, a fin de que me dejara echar un vistazo a su herida.—¿Qué te ha ocurrido?—Pregunté, dedicándole una leve mirada a los ojos, antes de devolver la vista a la herida.

—Lo mío no tiene remedio. Atiende a las demás.—Respondió la mujer, intentando apartarse de mí. No se lo permití.

—Déjame ver.—Insistí, retirando las prendas de ropa que cubrían su vientre. Enseguida localizé el problema: en el centro, había una marca semejante a una punción, y todo a su alrededor, las venas se tornaban de color negro a medida que el envenenamiento avanzaba a través del sistema circulatorio de la mujer. Menos mal, pensé, soltando un suspiro.—¡Bezoar!—Exclamé, alzando la voz y señalando en dirección a la habitación.—¡Que alguien mire en mi bolso! Tengo un bezoar. Y dádselo a...—Me di cuenta de que no sabía su nombre, pero ella me lo dijo.

—Sussy.—Dijo ella, y asentí con la cabeza.

—¡Dadle el bezoar a Sussy!—Puse una mano sobre su antebrazo, asintiendo con la cabeza en su dirección.—No se ha extendido lo suficiente. Te vas a poner bien.—Aseguré, poniéndome en movimiento de vuelta al cuarto, respirando agitadamente.

La mujer pelirroja fue la encargada de llevarle el bezoar a Sussy. Mientras tanto, Sam había obedecido mi anterior petición: había dejado momentáneamente a Caroline para ejercer presión sobre la herida de la niña utilizando sábanas. Su hermana gemela no nos sería de utilidad, pues con cada quejido de dolor de su hermana, más y más lágrimas brotaban de sus ojos.
Me acerqué a Sam, poniéndole una mano en el hombro. Mi amiga me miró.

—Tengo en mi bolso un caldero. Está reducido mágicamente en tamaño, pero está limpio y nos servirá. Cógelo. Cóge también un frasco de esencia de Murtlap y algo que pueda servir como paño.—Le hablaba en voz baja, en un intento de no poner nervioso a nadie, pues ya bastante tensa era la situación.—Necesito que llenes el caldero con agua tibia. Que no queme, pero que tampoco esté fría. Utiliza el paño para limpiar las quemaduras de Caroline. La ropa se ha adherido al tejido quemado, por lo que si lo retiras sin más le harás daño. Ve con mucha calma, pues su vida no corre peligro. Y cuando hayas retirado toda la tela de las quemaduras, dale la esencia de Murtlap. Antes o no, o corremos el riesgo de que las quemaduras se cierren con algún pedazo de tela dentro.—Y dicho esto, le di un par de suaves palmaditas en el hombro. Sam asintió con la cabeza y se retiró a hacer lo que le pedía.

Retiré entonces el pedazo de sábana que Sam había estado utilizando para ejercer presión sobre la herida de la niña, a fin de comprobar el estado en que se encontraba. Sin perder un momento, la apunté con mi varita y conjuré una serie de Vulnera Sanentum no verbales. La herida se cerró solamente un poco a consecuencia, y por cómo se retorció la niña sobre la cama, supe que le dolía. Sin embargo, que se moviera era buena señal.

—¿Qué le ocurre?—Preguntó, sollozando, su aterrorizada hermana gemela. Le dediqué una breve mirada y le sonreí.

—No te preocupes. Eso es buena señal.—Me dirigí entonces a la mujer morena, que permanecía cerca de la cama.—Tengo que cerrar la herida de alguna manera. Teniendo en cuenta que está inconsciente, no puedo aplicarle hechizos para dormir, y el dolor de lo que tengo que hacer podría despertarla. Necesito que la sujetes. ¿Puedes hacerlo?

La mujer asintió con la cabeza. Le expliqué cómo debía hacerlo, mientras su hermana gemela lo observaba todo con sus húmedos ojos, llena de confusión. Lo que iba a suceder a continuación no sería ni bonito ni agradable de ver, pero debía hacerse: con los medios que contaba en aquellos momentos, no podía hacer otra cosa.
Debía cauterizar esa herida si no quería que la niña se muriera.


Aproximadamente una hora después...

iO, la niña a la que había tenido que cauterizar y suturar la herida de una manera muy arcaica, valiéndome de pequeños hechizos de fuego e hilo y aguja convencionales, descansaba tranquilamente. El dolor que había padecido había sido mucho, y observarla dormir mientras su pecho subía y bajaba resultaba tranquilizador.
Por mi parte, sentía el cuerpo como si fuera de gelatina, y por primera vez en todo aquel rato, pude sentarme en una silla. Tenía la frente perlada de sudor, y si bien el trabajo no había terminado, la parte más crítica sí había concluído. Suspiré profundamente, mientras me preparaba para la que, esperaba, fuera la última parte de todo aquello.

—iO necesita una transfusión de sangre.—Expliqué mientras me remangaba hasta el hombro la manga derecha del uniforme de enfermera de San Mungo. Sobre la mesita de noche había unas cuantas cosas: un frasco de poción, un par de agujas hipodérmicas, un tubo de goma, un pequeño cuchillo y una goma de pelo que había cortado para fabricar una especie de torniquete. Alcancé el cuchillo, que estaba muy afilado y puntiagudo, y me dispuse a pincharme en el dedo con él.—No tengo poción reabastecedora de sangre, ni tiempo para comprobar si los presentes sois compatibles con ella. Así que le daré mi propia sangre, utilizando una poción que nos hará temporalmente compatibles.—Expliqué, lista para pincharme el dedo y extraer la gota de sangre necesaria para que la poción funcionara.

Marie, la mujer morena de pelo largo, me agarró la muñeca antes de que pudiera hacerlo. Ese gesto me sorprendió y la miré, confusa.

—¿La única sanadora que tenemos va a dar su sangre y debilitarse en el proceso? No, gracias. Lo haré yo.—Dijo la bruja.

—¿Estás segura?—Pregunté, a lo que la mujer asintió con la cabeza. En respuesta, yo también asentí.


Veinte minutos después...

Habiendo hecho todo lo posible por los heridos, hubo tiempo para descansar un poco. Sam, que ya había terminado de atender las heridas de Caroline, se encontraba sentada en una silla junto a su cama, sujetándole la mano. La pelirroja todavía no había despertado, pero estaba totalmente fuera de peligro. iO seguía preocupándome, pero todo parecía ir bien, y su hermana Jo no se había separado de ella ni un segundo.
Respecto a Marie, la morena parecía tener fuego en las venas: después haber dado parte de su sangre a iO, todavía tenía suficiente energía como para pasear nerviosamente de un lado a otro.
La conversación que se desarrollaba entre el grupo de fugitivas tenía que ver con el destino de McDowell, y en lo personal, en aquel momento la Ministra me daba lo mismo. Sabía que en algún momento tendría que bajar las escaleras y atender sus heridas, pero lo que ocurriera después con ella no podía importarme menos. La gente que me importaba ya estaba fuera de peligro.

—Creo que lo primero que debería hacer Marie es sentarse.—Miré a la bruja con severidad.—Hace menos de diez minutos que le has dado dos litros de tu sangre a iO, ¿te importaría dejar de caminar de un lado a otro antes de que te marees? Deberías estar tumbada y comiendo algo.—Me puse en pie, caminando hacia mi bolso.—No sé si llevo una barrita de cereales o algo así en el bolso...—Empecé a rebuscar en el bolso, mientras continuaba hablando.—Si queréis mi opinión… deberíamos entregar a McDowell a la Orden del Fénix. Ellos sabrán qué hacer con ella. De la manera más humana posible.—Esto último lo dije con una mirada de reproche en dirección a Jo, que quería vengarse por lo ocurrido no solo a su hermana, sino también a Gaspard, el hombre que había muerto luchando junto a ellas.

Podía comprender aquel sentimiento, aquellos deseos de hacer daño al responsable de tus males o de los males de tus seres queridos, pero no iba a permitir que se actuara de aquella manera. McDowell estaba encadenada e indefensa. No iba a hacerle daño a nadie más.
Al menos, así pensaba entonces...


Gwen Enfermera:
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Sam J. Lehmann el Mar Nov 27, 2018 3:30 am

Menos mal que Gwen había conseguido mantener la compostura, pues Sam dudaba mucho de que si ella no lo hacía, ella pudiera conseugirlo. Aquello era una locura para lo que no estaba preparada. Prestó atención a todo lo que le pedía, sin dudar ni un momento en hacer nada por mucho reparo que le pudiese dar hacerle daño a iO intentando evitar que se desangrase. Suerte tenía de tener que tapar su herida para evitar que perdiera más sangre, porque Sam estaba bastante segura de que aquella visión tan desagradable iba a tardar poco en tener repercusión en ella. Era muy aprensiva y ahora mismo le temblaban hasta los pelos de los nervios ante esa situación tan comprometida.

Cuando Gwen le cogió el relevo, todos los apuntes que le había hecho con respecto a lo que debía de hacer con Caroline se le quedaron impregnados en la cabeza. Será muy mala para recordar nombres japoneses, pero estaba segura que esas indicaciones no se le iban a olvidar nunca. Así que se fue a poner manos a la obra, para cuando vio a Sussy enseñarle la maldición del vientre a Marie, quién le daba un bezoar. A Sam le vino un flash del pasado, de verse a sí misma siendo devorada por ese veneno en mitad de ningún sitio después de haber huido, en lo que creía en vano, de su asqueroso ex-compañero que quería verla muerta. Si Sam había salido de esa había sido porque un alma bondadosa había aparecido a su lado y había decidido apostar por su vida, dándole otra oportunidad que quizás ni se merecía. Por recordar no recordaba ni la cara de su salvadora, solo que se llamaba Fiona. Y no precisamente porque se hubiesen presentado, sino porque al despertar le habían dicho quién había sido. Quizás…. quizás sí que debería dejar de decir que no tiene suerte en esta vida, ya que lo que le había ocurrido sólo podía llamarse de una manera.

Tuvo ganas de acercarse a Sussy y decirle que se pondría bien, pero ordenó sus prioridades y siguió a rajatabla todo lo que le había dicho Gwendoline. Se acercó al bolso de Gwen para cogerlo todo y le costó lo suyo dar con cada una de las cosas. De hecho, en mitad de su búsqueda, encontró algo que no le gustó ver en absoluto todavía en posesión de Gwendoline. Sujetó la varita de Vladimir durante unos segundos, observándola con muy malos recuerdos. Sólo podía pensar una cosa: ¿por qué narices tenía todavía eso en su bolso? ¿Por qué no estaba hecha trocitos en algún vertedero? Ella misma lo hubiera hecho desde que tuvo la nueva varita. El único motivo por el cual conservaba una varita con la que le habían torturado era exclusivamente porque si no no podía hacer magia. Miró de reojo a Gwen, pero dejó la varita allí dentro, sin tiempo que dedicarle a eso.

Unos diez minutos después estaba junto a Caroline, limpiando sus heridas con un cuidado ínfimo, sin intención de tener ni un mínimo error. Sabía que estaba fuera de peligro, pero también sabía muy bien lo que podía ocurrir si aquello no se hacía bien. Así que con una concentración enorme y muchísima seriedad, se puso manos a la obra.

***

Una hora después, Sam ya había terminado de limpiar sus heridas, las había vendado después de aplicarle el ungüento adecuado y le había dado la esencia de Murtlap. Ahora mismo nadie se imaginaba lo bien que se sentía al ver el pecho de Caroline moverse con tanta tranquilidad, así como su rostro impasible en medio de su descanso. Estaba sentada a su lado, acariciando su mano. Se había asegurado de que Gwen no necesitase más ayuda y, sencillamente, se había quedado allí a la espera. No quería apartarse de ella, así como Caroline no se había apartado ni un momento de Sam cuando tuvo que pasar tanto tiempo en cama. Le daba rabia, en realidad, haber tenido que soportar en menos de un año esa situación con sus amigas, en donde te quedas a su lado, a la espera de que se despierte después de haber sido herida, para ver en qué estado se encuentra. ¿En qué mundo de mierda pasa eso? ¿En qué mundo es justo ver a alguien a quién quieres sufrir? No era justo tener que ver a las personas que amas en esa situación, sufriendo después de que alguna estúpida persona con complejo de Dios hubiese decidido hacerles daño. Y lo irónico de la vida de pensar que Gwendoline había terminado malherida en un ataque en donde salvó la vida a la persona que ahora mismo casi mata a Caroline, ¿en serio el mundo puede ser más hijo de puta?

Es por eso, que estaba tan evadida, que no prestó mucha atención a la conversación del resto de fugitivos hasta que Gwen habló. Cómo no, la voz de Gwen siempre la sacaba de su ensimismamiento. Eso sí, pese a que no estaba prestando mucha atención era obvio de lo que hablaban: qué hacer con la Ministra de Magia. Y el sentimiento de odio y rencor era totalmente válido, es decir, ¿Quién va a culparles por querer matar a la Ministra de Magia teniendo en cuenta lo que había hecho? No solo lo de ahora, sino todo lo del pasado que ha hecho que ahora gente como ellos tengan que vivir así. En un mundo como éste, tener ese tipo de pensamientos se valía, era incluso hasta sano si luego sabías medir tus decisiones. Si no odiabas a nadie, si no sacabas tu frustración con el resto, ¿cómo narices ibas a seguir adelante, cargándote siempre de todo a tus espaldas? Así que Sam lo entendía, ella lo había sentido, pero jamás lo compartiría. Mira que había odiado a gente. Mira que pese a que personas estuviesen muertas, ella era incapaz de revertir el odio por ellos. Mira que todavía, teniendo en cuenta lo tóxico que es el odio, era incapaz de evitar odiar a ciertas personas. Pero una cosa era eso y otra muy diferente pensar que eres alguien como para matar a otra persona, por mucho que lo odies. Es decir, ¿tener ELLA la capacidad de elegir sobre la vida y la muerte de nadie? Eso, como había dicho, era jugar a ser Dios.

Así que cuando Gwen dio la idea de la Orden del Fénix, la vio adecuada. Y no porque tuviese especial cariño por la Orden del Fénix—que en cierta medida podía llegar a tenerlo, pese a que no la apoyase abiertamente—, sino porque el simple hecho de dejarles ‘el muerto’ a ellos, harían que ellas no tuvieran que tomar decisiones tan complicadas ni mucho menos mancharse las manos. Ese tipo de decisiones, por mucho que quisieran pensar, le sobrepasaban y no estaban en su mano. Sam se giró entonces hacia allí cuando su amiga terminó de hablar. —Yo creo que ninguno de nosotros tenemos la frialdad suficiente ahora mismo como para pensar con objetividad lo que sería mejor para McDowell. Y puede sonar genial la idea de matarla teniendo en cuenta lo que ha hecho, pero cuando alguno de ustedes se manche las manos y vea que no ha conseguido nada más que superar la frustración del momento, luego tendrá que lidiar con una muerte en su consciencia —les dijo, aún con la manita de Caroline sujetada. —Yo la entregaría a la Orden del Fénix simple y llanamente porque son un colectivo y para no tener que decidir nosotros sobre la vida o la muerte de una persona. Que será una asesina, pero es una persona al fin y al cabo. Y todos sabemos que Dumbledore hará lo correcto.

Evidentemente estaba hablando desde la posición que se encontraba. Seguramente, por mucho que ahora creyese que pensaba lo adecuado, si Abigail McDowell llega a matar a Caroline, probablemente su mentalidad sería bastante diferente.
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Caroline Shepard el Lun Dic 24, 2018 8:55 pm

Cuando llegaron ambas magas de las cuáles "M" les había dejado su contacto al grupo sólo le quedó confiar en ellas, ciegamente. Ninguna de ellas tenía la fuerza ni emocional ni física como para poder sanar a los heridos, ayudar sí, y seguir instrucciones pero no ser las líderes. La carga emocional que traían encima aún las tenía en shock, y porque no decir la culpa, de haber tentado al león y haber terminado con caídos y otras con heridas graves. Las dos magas llegaron como ángeles caídos del cielo para ellas, de esos que si te dicen salta del octavo piso uno va y lo hace, porque algo les dice que lo que sale de sus bocas es lo mejor. Notaron en sus rostros el asombro por aquel paisaje dantesco que le tenían esperandolas, para ese entonces la sangre a ellas no les asombraba, sólo les preocupaba y querían detenerla.

Marie se quedó callada ante la petición de la maga, desde que habían llegado las dos mujeres había soltado esa valentía que le había servido para llevar a todos hacia ese lugar, sólo se limitó a observar como la mujer se acercaba a Sussy, quien se negaba a recibir ayuda antes que los demás, Marie puso una mueca pero no protestó por el pensar de la mayor del grupo, conocía su historia y su pensar, y no iba a entrar en una batalla que sabía no saldría victoriosa. Pero la mujer insistió y al parecer encontró una solución a su herida.

- Yo voy por el bezoar.- respondió Violet, parandose de dónde se encontraba para ir por lo pedido en el bolso de la maga. Necesitaba distraerse, necesitaba sentirse útil por lo que no dudó en ofrecerse para ayudar a la castaña, y más si se trataba ayudar a los demás.

Marie seguía como una estatua, lo único que denotaba vida en ella eran las lágrimas que caían por sus mejillas, y el movimiento de sus ojos que de vez en cuando seguía el accionar de las personas a su alrededor, sólo despertó cuando pese a que la castaña susurró sus palabras, gracias a la distancia pudo escucharlas y con ello las instrucciones que le daba a la rubia para ayudar a las heridas, pestañeo un par de veces y se limpió bruscamente las lágrimas que mojaban sus mejillas, acercándose a una de ellas.- ¿Necesitas ayuda?.- le preguntó a Sam, había escuchado que le había dado muchas instrucciones, y no quería seguir ahí siendo un estorbo, por más que tenía su corazón partido en mil pedazos y aún viera todo borroso, como si estuviera en una horrible pesadilla quería ayudar. La mujer se negó y ella simplemente se quedó ahí parada, sin protestar, era más bien un alma en pena en ese momento, hasta que la mujer castaña le pidió su ayuda, giró su rostro y asintió acercándose a iO, sujetándola.

- Estará bien, ya verás .- le dijo Marie a Jo poniendo todas sus fuerzas para que sus palabras sonaran reales, para luego mirar a Gwen.- Gracias, muchas gracias .- le dijo sintiendo como un par de nuevas lágrimas caían por sus mejillas, mojando todo a su paso.

***

De a poco todos comenzaron a volver a su cabales, la vida no les dejó de pesar pero debían seguir, no por ellos mismos sino por lo que aún los necesitaban. Había sido una noche inolvidable para todos los presentes, de esas que se marcan a fuego en tu piel y que te hacen envejecer diez años. Violet por un lado se preguntaba mil veces por qué, por qué hacían estas cosas, qué habían hecho para merecer esto o qué karma estaban pagando ¿había sido una verdadera hija o hijo de puta en una vida pasada, o qué? No entendía y quería hacerlo, quería comprender el por qué de todo esto, el por qué de tanto odio. Mientras que por otra parte Marie, quien ya había recobrado su energía se encontraba resoplando de un lado a otro con los puños y mandíbula apretada.

Y fue allí, cuando todo estaba un poco más en calma que comenzó esa charla que habían estado pateando sobre la prisionera que tenían unos pasos más allá, la reina de todos sus males. Violet era más neutral, Marie confundida, Jo era la más radical, mientras que Sussy pensaba más estratégicamente. Todas tenían pensamientos variados, por lo que terminaron clavando su mirada en las dos magas que les habían tendido una ayuda cuando todo se veía tan negro.

Marie tuvo el impulso de negarse ante la petición de Gwen pero se detuvo ante de emitir palabra, sería una malagradecida si lo hacía, sino fuera por esas dos quizás tendrían más caídos y no podía ser tan mala gente, por lo que se sentó en el primer lugar que pilló.- Vale, me senté. Pero creo que no seré capaz de probar bocado alguno sin vomitar, lo siento.- comentó junto a una mueca de asco, sentía un vacío en su estomago, y no era producto del hambre sino de una pena muy profunda.

Cuando el grupo escuchó el nombre de "Orden del fénix" fruncieron el ceño confundidas.- ¿Orden del fénix? ¿Qué eso? .- preguntó Violet confundida, sin entender de qué hablaban las mujeres y mirando a los demás aún sin entender, preguntándose internamente si sólo era ella la que no sabía sobre esa agrupación "tan humana" que hablaban las dos magas, y al parecer por el rostro que tenían las demás no era la única en no estar al tanto de ello.

- Esperen, ¿Dumbledore está vivo? .- preguntó una asombrada Sussy, con el ceño fruncido muy marcado.-¡¿El mago más poderoso de los tiempo está vivo y aún no ha hecho nada?! .-  exclamó esta vez más fuerte levantándose de donde se encontraba anonadada. Había leído sobre su escape de Hogwarts pero hasta entonces se había negado a creerlo, pensando que sólo era una manipulación de los medios para poner a todos encontra de Dumbledore- Tengo una sobrina que no ha vuelto a hablar desde el ataque en Hogwarts, y a otros que han sufrido constante torturas, y hoy me vengo a enterar de que al parecer el anciano no murió, sino que está por ahí, escondido con al parecer sólo un grupo muy reducido de personas cambiando el mundo desde la comodidad de su refugio de mierda. Lo siento si ustedes son parte, pero entiendan mi frustración, lo he perdido todo y hoy me vengo a enterar de que la única persona que creía capaz de derrotar a ese puto mago del mal está por ahí, vivo y coleando, no, no, no, y no. No me parece darle a él el gusto de decidir qué hacer con esa zorra. Porque nosotros somos lo que tenemos que escondernos como ratas, y tener miedo cada día de no seguir con vida, tratenme como una inhumana, me da lo mismo, total hace mucho que siento asco por nuestra raza y no me enorgullece ser parte de ella.- dijo Sussy entre lágrimas, todos se quedaron callados, es que jamás dentro de esos dos años la habían visto llorar.

- Creo que no aceptaremos su idea .- terminó por decir Violet desde su lugar.- Creo que preferimos arreglarnos entre nosotros .- terminó por decir mirando a las dos magos, apoyando el sentir de Sussy.

- Creo que debemos sacarle información, no sabemos cuánto tiempo podremos tenerla con nosotros sin que el mundo mágico se ponga en alerta.  Debemos la menos recaudar aunque sea un poco de información antes de que eso suceda, saber a dónde tienen a los hijos de muggles prisioneros, saber su paradero.- señaló Marie, para calmar un poco las cosas.

- ¿Sam?.- se escuchó  desde el sector de las camillas, donde una débil Caroline volvía abrir sus ojos nuevamente, pillandose como primera imagen con el rostro de su querida amiga.
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Gwendoline Edevane el Miér Dic 26, 2018 11:55 pm

Después de horas trabajando para atender a los heridos, sin tener la más mínima idea de cómo hacerlo, más allá de lo que había visto en San Mungo y leído en libros, Gwendoline estaba cansada. Sentía un peso sobre su espalda, y los músculos de la espalda agarrotados. Sus párpados pesaban, y sabía que de buena gana se echaría una siesta de tumbarse en algún sitio. Su paciencia, por otro lado, también había disminuido considerablemente, y tenía bastante claro que no iba a tener una discusión con nadie. Su estado de nerviosismo y agotamiento convertiría dicha discusión en una pelea, con todas las letras. Y es que la morena, por las buenas, solía ser reservada; cuando perdía los nervios, solía ser todo lo opuesto, y no se amedrentaba ante nadie.

Rhianne Elmerson, la segunda exnovia de Sam, podía dar fe de ello. No era ningún secreto que aquellas dos no se aguantaban. ¿Cómo iba a aguantar Gwendoline a alguien que mantenía a Sam en un estado constante de inseguridad? ¿Que la utilizaba para sus… No es el momento de pensar en eso.

Así que allí estaban, decidiendo qué hacer con Abigail McDowell, la mismísima Ministra de Magia, cautiva un piso por debajo de ellas. Gwendoline ofreció una opción que le parecía la más humana posible: entregársela a la Orden del Fénix, y dejar que fuera Dumbledore quien lidiase con el problema. Sam estuvo de acuerdo, pero ahí se acabaron los votos a favor. La morena escuchó en silencio lo que tenían que decir, especialmente Sussy, pero no dijo nada. Las dejó debatir mientras ella se acercaba al armario empotrado de la habitación, abriendo sus puertas. En el interior encontró algunas cosas que, muy posiblemente, habrían dejado atrás los okupas. Lo único que le interesó de todo aquello fue una sábana doblada y relativamente limpia, que tomó entre sus manos.

Caminó hasta la habitación contigua mientras las fugitivas ofrecían sus argumentos. Se acercó al cuerpo del chico, Gaspard, y desplegó la sábana. La colocó sobre su cuerpo con solemnidad, deseando la fugitivo que su otra vida fuera mejor que lo que había sido aquella.

Hecho, aquello, regresó con las demás.

—Los mantienen en el Área-M, ubicada bajo la prisión de Azkaban.—Dijo Gwendoline cuando regresó a la estancia. Se quedó en el umbral, cruzándose de brazos y apoyando un hombro en la madera del marco.—Pero con esa información no vais a conseguir absolutamente nada.—Sentenció la morena, con sequedad en su tono de voz. Esa era ella conteniendo las ganas que tenía de ponerse a gritar.—Un grupo de fugitivos atacó el Área-M en verano, y la cosa no terminó bien para ellos. Ese lugar es hermético, tanto para la gente como para la información, pero se enorgullecen bastante de cómo solventaron el problema.—Gwendoline bajó la mirada, recordando a su madre. Lamia Amery también se encontraba encerrada allí, si es que seguía con vida. Y por mucho que le apeteciera entrar allí para sacarla, sabía que era una tarea imposible.

Dejó escapar el aire, escuchando cómo en un momento de silencio, Caroline pronunciaba el nombre de Sam, y mientras la rubia atendía a la pelirroja, Gwendoline intentó hacer entrar en razón a las fugitivas.

—Sé que estáis enfadadas. Yo también lo estoy. Mi madre está encerrada allí, si es que no ha muerto ya durante alguno de esos mal llamados experimentos. No hay nada que no haría yo por sacarla de ahí, por devolverle la libertad...—Bajó la mirada, suspirando profundamente, antes de decir algo que le abrió una herida en medio del mismo corazón.—...pero no podré hacerlo. Nunca volveré a ver a mi madre con vida.—Fue rotunda, aceptando la más horrible de las posibilidades, muy consciente de que llevaba años negándoselo a sí misma.—Lo que pretendo deciros con todo esto es que no creo que haya información útil que podáis sacarle a esa mujer, pues no estáis en condiciones de hacer nada. Sois cinco, y esta mañana erais seis. Y las cinco que quedáis no estáis en condiciones de hacer nada.—Gwendoline levantó un brazo, señalando en una dirección aleatoria, como si allí se encontrara la Orden del Fénix.—La Orden sí puede hacerlo. Son un grupo más organizado de lo que creéis, y hacen más de lo que creéis. No se están escondiendo porque sean unos cobardes, sino porque han visto lo que ocurre cuando mandas todo al infierno y dejas de preocuparte por tus semejantes, además de precipitarte.—Se refería, por supuesto, a los radicales.—¿Queréis acabar como ellos? ¿En un punto en que no importan las bajas, solo los resultados? No creo que ella lo apruebe.—Se refería, por supuesto, a Caroline, la persona que se había esforzado por proteger a aquel pequeño grupo de fugitivos.

La morena suspiró de nuevo. Se sentía aún más cansada que antes, y sentía un temblor nervioso recorriéndole las extremidades. Así que caminó en dirección a una silla vacía, sobre la cual casi se desplomó. Una vez allí, miró una por una a las fugitivas que estaban conscientes: primero a Jo, después a Violet, seguidamente a Marie, y por último a Sussy.

—La Orden del Fénix tiene un refugio en el que todos los fugitivos son bienvenidos. Es un hogar. No tendríais que malvivir durante más tiempo, luchando por sobrevivir en estas calles. Esto que ha pasado hoy no tendría por qué repetirse, pues nadie os obligará a luchar si no queréis hacerlo.—Apretó los labios, que tenía muy secos y casi agrietados, y concluyó.—Si me pedís mi opinión, esta opción es muy buena. Aceptadla, y dadle a McDowell un trato humano. Demostrad que sois mejores que ella.

Dicho aquello, Gwendoline guardó silencio. No tenía más que decir. Una vez aclarado aquel tema, iría a echarle un vistazo a las heridas de McDowell, y a hacer todo lo posible por mejorar su estado de salud. No tenía pensado dejarla morir como un perro en aquel edificio en construcción.
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Sam J. Lehmann el Vie Dic 28, 2018 10:32 pm

¿En serio no sabían que Dumbledore estaba vivo? ¿En qué mundo estaban viviendo esta gente? Es decir, para ser fugitivos y no haberse enterado… sí que deben de estar totalmente apartados del resto. Sam, por ejemplo, no había pertenecido en ningún momento a ninguna organización, pero en su día a día de superviviente, había coincidido con muchos fugitivos. Y muchos le habían invitado a ese famoso refugio que, por lo poco que recordaba, sólo había visitado una vez y no precisamente por decisión propia.

La verdad es que la mentalidad de estos fugitivos no le estaba gustando mucho a Sam, ya que notaba que habían estado apartados todo el rato y ahora, sin saber nada de la vida, querían tomarse la justicia por su propia mano. Que podía llegar a entenderlos, pero no estaba en disposición de apoyar aquello de mano de personas inexpertas que se están dejando llevar por el odio.

No dijo nada en ese momento, pues la voz de Caroline resonó por encima de todas y Sam se volteó hacia ella, apretando suavemente su mano para que ella notase que estaba allí. —Oye… —Dijo cariñosamente, acercándose para hablarle en voz baja. —Estás bien, a salvo. Todos… —eso era mentira, pero no creía que fuese momento para matizar ninguna desgracia en relación con el difunto y la herida. —...están bien. Tienes que descansar, para poder irnos a casa, ¿necesitas algo? ¿Agua? ¿Te duele algo? —preguntó con atención, quitándole de la frente los mechones de pelo que pudieran molestarle.

Prestó atención de lejos a lo que contestaba Gwen, sin perderse una palabra. Y le resultó bastante doloroso escucharla hablar de su madre y las pocas—por no decir nulas—esperanzas que tenía de volverla a ver con vida. Y es que aquel gobierno había roto vidas y familias. Pero lo peor de todo es que tenía razón: nadie de los que estamos aquí puede hacer nada con McDowell y conseguir un cambio real con ella, mientras que la Orden del Fénix sí, con Dumbledore encabezando, una persona que sabemos que tiene el poder de vencer al líder de todo lo que está ocurriendo.

Sam suspiró, aún mirando a Caroline y de espaldas al resto. Le sonreía, por supuesto, demostrándole que a pesar de su preocupación, todo estaba bien.

Cómo definió Gwen la Orden del Fénix, hizo que Sam lo viese casi como un paraíso. Es decir, ¿qué fugitivo no querría estar en un lugar, a salvo, recibiendo comida, sin tener que pelear por su supervivencia? ¿En serio, quién no querría?  Sin embargo, Samantha había vivido todo eso desde otra perspectiva muy diferente e, inevitablemente, su opinión con respecto a la Orden distaba un poco, pese a que sabía que era la organización más sana actualmente. Así que cuando terminó de hablar, Sam se giró. Era gracioso porque eran amigas y obviamente tenían la misma opinión, pero parecía que iban en pack. —Yo opino igual que Gwendoline. Podéis ir abajo a torturar a McDowell, saciaros con su dolor, pero ya os digo yo que no va a decir nada. No tiene nada que perder y cuando no tiene nada que perder, te da igual perderte a ti. —Se encogió de hombros, consciente de cómo se sentía estando en mitad de una tortura por información y tener claro que no dirías nada. McDowell, retenida, debía de asumir que ya estaba muerta, ¿así que qué tenía que perder? Ya hasta le daría igual morir, si no se estaba matando ella misma. —Perderéis el tiempo, perderéis la humanidad que criticáis que el resto no tiene y encima haréis que gente que sí puede aprovechar esa oportunidad, también la pierda.

Miró a todos con un mohín descontento, para finalmente girarse de nuevo hasta Caroline. Sam jamás aprobaría la violencia bajo ningún concepto; ni la violencia, ni la tortura e incluso si era evitable ya le había cogido asco hasta a la intromisión mental y su manipulación. Pero la violencia… de verdad, le repugnaba. Las ansias de poder y de demostrar que estabas por encima de otra persona a base de golpes… de verdad, ¿en qué momento el ser humano retrocedió tanto? Mira que Sam tenía motivos de sobra para haberse sumido en la oscuridad más profunda y querer, ahora mismo, vengarse. Pero es que no le veía sentido ninguno a meterse en la oscuridad de manera voluntaria, cuando uno podía elegir siendo íntegro y actuar bien. No porque ellos sean unos monstruos, está justificado que nosotros también podamos serlo. Mucho criticar, pero al final todo el mundo termina cayendo tan bajo como el resto. —Si vais a torturar a McDowell, no contéis conmigo. —Y era bien consciente de que a esa gente de ahí LE DARÍA IGUAL no contar con Sam Lehmann, pues algunos la acababan de conocer, pero no hablaba de ahora, sino de aquí hacia adelante. Respetaba a todas las personas por igual, pero llevaba años decidiendo con quién juntarse y con quién no, y no iba a juntarse con gente que, pese a sus oportunidades, decidía así. No si podía evitarlo.

Ellos siguieron discutiendo, buscando la manera, pero Sam volvía a mirar a su amiga pelirroja, insistiendo en que descansara. Sin embargo, mientras Sussy decía algo, iO comenzó a tener unos espasmos, los cuales comenzaron a ser cada vez más habituales y fuertes. Su respiración se agitó y ella no despertaba. Jo no tardó en mirar a todos los allí presentes, acercándose a su hermana con preocupación.
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