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Unraveling the secrets of human mind {Evans Mitchell}

Hester A. Marlowe el Vie Oct 26, 2018 3:26 pm


Viernes 26 de octubre, 2018 || Universidad mágica || 18:03 horas || Atuendo informal

Aquel viernes tenía algo de especial para Hester Marlowe: había sido invitada a un pequeño seminario sobre Oclumancia, esa rama de la magia en que tan experta era la joven bruja, que impartiría el profesor Abraham Scheider en la universidad mágica. ¿Y quién era Abraham Scheider? Bueno, pues posiblemente el profesor más cascarrabias y más tozudo que una podía encontrarse en la carrera. Por fortuna o por desgracia, el profesor Scheider también era uno de los mejores, un oclumante del que se decía que nadie podía penetrar en su mente.

Hester, desde luego, jamás lo había conseguido, y muchos de sus consejos la habían convertido en la instructora más que capaz que era actualmente.

La invitación había llegado a Hester por medio de una vociferadora una semana antes. Una lechuza se la había dejado caer sobre la cabeza en su pequeño despacho en el Departamento de Misterios, y nada más comprobar de qué se trataba, Hester se tapó los oídos. La enojada voz de Abraham Scheider, con su marcado acento alemán, invitaba cordialmente a Hester Aurore Marlowe a acudir al seminario que tendría lugar el viernes siguiente, y finalizaba con un agradecimiento.

Superado el susto inicial—una vociferadora siempre asustaba—Hester encontró aquel gesto muy propio de su viejo profesor: sabía lo que quería, y lo quería ya. Nunca admitía discusión. Si el profesor Scheider quería un trabajo sobre los orígenes de la oclumancia en que requería a sus alumnos entrevistar a diversos personajes conocidos—algunos de ellos solamente accesibles por medio de retratos animados que se les habían realizado de manera póstuma—y con una extensión de no menos que dos metros de pergamino, todo ello para el día siguiente, de nada servía discutirle. Scheider era estricto y tozudo, y algunos insistían en que estaba como una cabra.

Hester, trabajadora como solían ser los estudiantes de la casa Hufflepuff, tenía a su profesor en muy alta estima. Es por eso que, aunque en principio se le ocurrió que podía excusarse y decirle que no, finalmente terminó accediendo. ¿Qué podía perder? La oclumancia era su campo de estudio, y todo conocimiento nuevo al respecto era bienvenido. Por no mencionar que sentía gran curiosidad por los últimos logros de su profesor, quien por lo que ella sabía, había publicado varios artículos en distintas revistas mágicas.


Así que el viernes 26 de octubre, Hester se atavió con un sencillo atuendo consistente en una camisa blanca, unos pantalones piratas negros con tirantes, unas botas de tacón bajo, y su amada boina—Hester era una amante de los gorros y las boinas—y se puso en camino hacia la universidad. Con todo el dolor de su corazón—un corazón muy grande, como sabrían aquellos que conociesen a Hester—tuvo que dejar en casa a Carrot, su conejita.

—Sé que te gustaría venir...—Dijo Hester con una sonrisa triste en la cara, inclinándose sobre la enorme jaula de Carrot.—...pero no puedo llevarte. ¡Pero no te preocupes! Te voy a compensar: mañana iré al mercado y te traeré las zanahorias más hermosas y deliciosas que jamás hayas visto.—Y dicho esto, Hester compuso una amplia sonrisa, antes de acariciar con sus dedos el cogote del pequeño animal.

Como tenía tiempo de sobra, acudió al campus universitario en su bicicleta. Hester adoraba disfrutar de aquellos pequeños ratos sobre ruedas, disfrutando de la sensación de la brisa en la cara y contemplando a los distintos viandantes que se iba encontrando. Desde luego, la aparición era mucho más rápida, ¿pero qué había del paseo? ¿Qué había de disfrutar del mundo que la rodeaba? Hester disfrutaba demasiado esos pequeños placeres como para abandonarlos en pos de la comodidad.

Llegó con su bicicleta a la entrada misma del pabellón en que tendría lugar la conferencia. Se apeó y sujetó su medio de transporte a una farola utilizando una cadena mágica que no podía abrirse salvo con la llave que siempre llevaba colgada al cuello. Se encaminó al edificio, y al llegar a la puerta del aula, le ofrecieron un programa y la invitaron a pasar. Hester se internó en la sala en penumbra, ocupada ya por un número considerable de magos, tanto adultos como jóvenes.

Escogió un asiento libre en la primera fila del aula—por el camino, su torpeza la llevó a tropezarse con los pies de los distintos asistentes sentados en las butacas, los cuales la miraban con cara de pocos amigos—y se sentó. Para pasar el rato hasta que diese comienzo el seminario, Hester echó un vistazo al programa que le habían entregado a la entrada. Para ello, tuvo que ponerse sus gafas, pues Hester no veía tres en un burro a la hora de leer. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo a hacer esto, pues pronto una voz amplificada anunció la llegada del protagonista del seminario, el profesor Abraham Scheider.

Hester, manoteando torpemente, se quitó las gafas, y estas terminaron aterrizando en su regazo. El público aplaudía, y ella se sumó al aplauso un tanto a destiempo. En el centro del aula—una de esas aulas de universidad en las que los asientos están dispuestos en varios semicírculos concéntricos, cada uno más alto que el anterior—vio aparecer la figura de su antiguo profesor, con su traje de tweed y su fiel bastón consigo.

Con paso tranquilo, el profesor se detuvo ante el escritorio que ocupaba el centro del aula. A su espalda tenía una pizarra en la cual se podía leer escrito en tiza ’Desentrañando los secretos de la mente humana’. Un título curioso donde los hubiese.

El profesor ordenó algunos papeles, carraspeó para aclararse la garganta, y entonces tomó su varita. Se la acercó a la nuez y, cuando empezó a hablar, su voz sonaba amplificada, igual que si estuviese hablando a través de un micrófono muggle.

Guten tag.—Empezó el profesor, en alemán, pasando a continuación al inglés con su marcado acento alemán.—Bienvenidos a este seminario que, como pueden leer aquí atrás—El profesor señaló con su pulgar izquierdo por encima del hombro la pizarra—se llama… bueno, ya lo pueden leer ustedes mismos ahí, ¿para qué perder mi tiempo?—Aquel comentario desencadenó algunas risas, incluida la de Hester. El profesor Scheider seguía igual que lo recordaba.—Oclumancia, la rama de la magia que nos permite bloquear intrusiones externas a nuestra mente, y el motivo por el cual he podido pagar mis facturas durante los últimos treinta años...—Más risas. Hester también rió, aunque era bastante consciente de que el profesor Scheider no buscaba hacer reír, sino que aquella era su personalidad. El sarcasmo formaba parte de su personalidad.—Para entender lo que es la oclumancia tenemos que remontarnos al siglo...

Hester prestó atención. Era una pena que no le hubiese dado tiempo a leer, al menos por encima, el programa que le habían entregado a la entrada. De haberlo hecho, la joven se habría dado cuenta de que su nombre, Hester Aurore Marlowe, figuraba entre los ponentes. Sí, aquello también era propio de Scheider: las encerronas eran lo suyo.

El mejor profe del mundo:

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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Evans Mitchell el Dom Oct 28, 2018 12:54 am




El despertador sonó y Evans se removió, perezoso, sin despegarse de la almohada; atraído por la alarma, un Jack Russel terrier entró corriendo por la puerta con la lengua afuera y subió de un salto a la cama. El adormilado dueño intentó cubrirse la cara con la frazada pero eso no lo salvó del hocico contento ni de sus besos de buenos días ni de sus tirones y gruñidos, más ansioso que él por comenzar el día.

A eso de una hora después, Evans se despedía del fuerte aroma a café quemado —sí, café quemado— al que olía su piso, un departamentito en el Callejón Diagón con vecinos de lo más variopintos, y teniendo sujeto el picaporte recorrió la casa en una última mirada que acabó donde comenzaban los ojitos requirentes de Dager, sentado como un buen perro frente a la puerta y con la correa de paseo en la boca, a pesar de que hacía nada habían vuelto de una salida relámpago.

—Sé que te gustaría venir—
empezó a decir, no muy convencido de cómo su amigo se lo fuera a tomar. Dager movía la cola, esperanzado—…pero no puedo llevarte—El quejido de angustia y la orejita inclinada hacia un lado a modo de pregunta hizo que Evans esbozara una sonrisa cansada, rendido por dentro a la ternura. Se fue cerrando la puerta—. Te lo compensaré luego, bye.    

Dager se atropelló contra la puerta, olisqueando el resquicio entre esta y el suelo, pero para entonces su dueño ya había desaparecido, ¡así!, ¡de la nada!, ¡krabum!

***

Las clases transcurrieron con normalidad, intercambió las nuevas con su amigo Bill, se rió de un profesor que le caía mal pero que lo tenía luchándola con su materia, y descubrió en un acceso de aburrimiento que uno de sus compañeros encantaba grullas de papel que se escapaban por la ventana. Lo que cambiaba ese día era que había llegado el 26 de Octubre, y en la cartelera de anuncios habían informado hace ya algún tiempo que darían un seminario sobre oclumancia en el Aula Magna. Evans no lo pasaría por alto y se propuso asistir, aunque sin comentárselo a nadie en particular.

Nadie además de una fugitiva indigente a la que se imaginaba escapando siempre con una maleta y un cerdo sabía sobre su interés en la materia. Cosas de la vida. Pero desde que Evans había sentido la imperiosa necesidad de ocultarse hacia dentro de sí mismo había estado leyendo sobre la oclumancia y siguiendo artículos al respecto. Y el profesor Abraham Scheider era una eminencia en ese campo.  

El aula estaba visiblemente concurrida.

No bien llegó se hizo con un programa y no lo miró hasta repantigarse en un asiento al que se abrió pasó sin una mísera disculpa y que ubicó en la segunda fila frente a otro, más abajo, que permanecía vacío. No le dio mucha importancia tampoco entonces y lo colocó a un costado dejándolo olvidado. Lo siguiente fue curiosear el movimiento entre que esperaba, acodado en el brazo de la silla y hundida la cara perezosamente en una mano, mientras que los minutos avanzaban.

Se había cruzado de piernas y, no supo cuándo, su pie tomó ritmo, sacudiéndose impaciente. En el fondo no le molestaba la espera. Lo que en verdad podía impacientarlo era la idea de que, durante la clase, sintiera que todo había sido una pérdida de tiempo. Sí, porque, aunque no se discutía que Abraham Scheider fuera un oclumante, en el lapso entre que empezó su iniciación de autodidacta en el tema hasta entonces, no podía decirse que hubiera cazado mucho de las sutilezas que implicaban el arte de la oclumancia, un rama tan complicada de la magia.

Dudaba mucho también que, de todos los allí presentes, salieran cuatro o cinco oclumantes decentes al terminar la clase especial. Ni siquiera intentándolo toda su vida. No era por darse por vencido, porque era lo suficientemente testarudo como para insistir con cualquier cosa, pero le había dedicado un grado apreciable de empeño como para sentirse algo escéptico al respecto de lo que realmente podía enseñarse en ese campo, si hasta a veces dudaba que los instructivos fueran en verdad útiles y no pura estafa de venta.

Estaba también el pequeño detalle de que, en lo que a él respectaba, la sola idea de que escarbaran en su mente lo echaba para atrás, incluso más que antes. Así que, estaba atrapado entre la necesidad que él veía de hacer de su mente una caja fuerte y la necesidad de una práctica intrusiva y directa —que parecía un camino más rápido—. Se convencía a sí mismo pensando que podía hacerlo solo, y seguro que tenía razón. Pero allí estaba, viendo qué tipo de ayuda podía conseguir. Una que no atentara contra sus secretos, que a veces lo perseguían en pesadillas.

El profesor Abraham entró en escena y alrededor de Evans el tumulto de las voces se fue reduciendo de a poco a un susurro. Al verlo, exhaló una risita disimulada. No por nada que hubiera dicho o que hubiera hecho, cuando ni apenas había comenzado la clase. Fue sólo verlo allí, de pie, con una boca que parecía la permanente de una mueca malhumorada si no sonreía, con un cierto aire de suficiencia. Era toda una personalidad. Los concurrentes respondieron a sus comentarios con una risa general, pero no Evans. Evans estaba interesado.  

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Evans MitchellUniversitarios

Hester A. Marlowe el Dom Oct 28, 2018 10:54 am

Durante los minutos que siguieron a su peculiar saludo al público, el profesor Scheider se limitó a ofrecer una pequeña introducción sobre la materia en forma de reseña histórica. Muy resumidamente, con su marcado acento alemán—y colando de cuando en cuando alguna palabra en su idioma natal que para nada afectaba al resto de su exposición—expuso los orígenes de la oclumancia por medio de hechos y personajes históricos, responsables de elaborar escritos al respecto.

A pesar de que ha hacía unos años que Hester había terminado su carrera, reconoció la mayoría de los datos a los que hizo referencia su antiguo profesor. De todas formas, por educación y respeto, se esforzó por mantener toda su atención en la charla. Por momentos, aquello se hacía un tanto denso y aburrido, y se visualizó a sí misma quedándose dormida. Aquello sería un auténtico bochorno para la joven, pues teniendo en cuenta que vivía sola y que nadie en el orfanato o en Hogwarts había tenido la consideración de decírselo, no sabía si roncaba.

Y aunque no ronques: no quieres quedarte dormida en un seminario del profesor Scheider, Hester. Te lo garantizo, se advirtió a sí misma. Menos mal que no tenía ni pizca de sueño.

Finalizada esta pequeña introducción, el profesor se detuvo en medio del aula y recorrió la gradería con la mirada. Casi pareció estar evaluando uno a uno a los asistentes, buscando algo en ellos. Por la decepción que mostró su rostro cuando terminó, y la forma en que negó con la cabeza, Hester supuso que no había dado con ese algo.

Mein Gott!Exclamó el profesor, dando un par de golpes en el suelo con su bastón.—Solo veo caras tan aburridas el primer día del primer curso de la carrera. Así que supongo que todos ustedes ya saben cómo se siente un oclumante principiante.—Hubo algunas risas y algún que otro aplauso, a lo que el profesor levantó su mano derecha, como pidiendo que parasen con semejante tontería.—Por fortuna para los presentes, no soy el único ponente en este seminario, o me puedo imaginar que más de uno terminará echándose la mejor siesta de su vida.—Más risas. Esta vez, Hester rió y casi se sintió culpable debido a los pensamientos que había tenido solo unos minutos antes.—En fin, ¿por qué no dejamos que una de mis mejores alumnas les explique un poco en qué consiste la materia?—El público se mostró sumamente interesado ante semejante propuesta, a lo que el profesor se dio la vuelta y dio un par de pasos, dando la espalda al público.—¡Hester Marlowe! ¡Venga usted aquí!

Por un momento, Hester no relacionó su propio nombre consigo misma, y se encontró acompañando al aplauso general que se elevó desde la gradería. Entonces, su cabeza empezó a relacionar cosas… y llegó a la conclusión de que el profesor Scheider había dicho precisamente su nombre.

—¿Yo?—Dijo Hester en un hilillo de voz, señalándose el pecho con el índice de su mano izquierda. Tenía los ojos muy abiertos por la sorpresa.

Mein Gott!Volvió a decir el profesor Scheider.—¿Hay otra Hester Marlowe entre los asistentes esta tarde? Que hable ahora o calle para siempre.—Evidentemente, nadie más habló, y Hester se sintió aliviada: habría sido muy raro que hubiese otra Hester Marlowe en aquella aula.—¿Ves? Eres la única e inigualable. ¡Ven aquí!

Hester recordó todas aquellas veces en que le había tocado salir a la pizarra, o para hacer prácticas delante de la clase, con aquel mismo profesor, y no pudo evitar sentirse otra vez como una principiante, una estudiante de primer curso que no sabía absolutamente nada de oclumancia. Solo que ahora sí sabía. Y le daba mucha vergüenza plantarse delante de toda aquella gente desconocida para hablar.

Pero así eran las cosas: cuando el profesor Scheider quería algo, lo conseguía. Tampoco es que fuese a pasar mucha menos vergüenza si se negaba a salir.

Así que Hester se encaminó hacia el centro del aula—tropezándose una vez más con los pies de varios asistentes, y solo Merlín sabe cómo consiguió mantenerse en pie—y subió los peldaños que conducían al palco—tropezándose con el último, sin llegar a caerse tampoco—. Para entonces, Hester ya se había puesto roja como un tomate. Sin saber muy bien qué hacer, buscó la mirada de su profesor.

—Y.. ¿qué hago?—Preguntó, con inseguridad. No es que se hubiese traído de casa una chuleta con un montón de notas acerca de la materia, ni que pudiese hacer una rápida búsqueda en Google al respecto.

—¿Por qué no empiezas haciendo una pequeña introducción sobre ti misma?—El profesor sugirió esto utilizando su varita para amplificar el sonido de su voz. Hester sintió que aquel sonido tan fuerte la golpeaba directamente en la cara, e incluso dio un respingo al escucharlo.

Claro… Hablar sobre mí misma en un aula llena de gente. Perfecto, pensó Hester mientras se daba la vuelta, sacando su propia varita y acercándosela al cuello. Cuando volvió a abrir la boca, su voz sonaba como si un micrófono estuviese ampliándola.

—Hola… Buenas tardes.—Hester no pudo evitar soltar una breve risita nerviosa. Hizo su mejor esfuerzo para concentrarse.—Como… como ha dicho el profesor Scheider, me llamo Hester Marlowe y cursé mis estudios universitarios en esta misma universidad. Me especialicé en oclumancia, y actualmente soy instructora oficial del Ministerio de Magia.—Logró decir todo aquello de corrido, sintiéndose algo más tranquila. Sin embargo, el leve temblor de su voz indicaba que seguía nerviosa.

¿Y cómo no estarlo? ¿Qué clase de encerrona era aquella? El profesor Scheider, siempre fiel a sí mismo, siempre imponiéndose a los demás. No resultaba extraño pensar que su exmujer hubiese encontrado aquella situación insostenible. ¿Sería así cuando salía de clase también? Todo parecía indicar que sí.

—La señorita Marlowe fue la mejor alumna de su promoción. Una oclumante excelente, si me preguntan a mí.—Aportó el profesor Scheider, y Hester sintió cómo por dentro la llenaba el orgullo. Era muy difícil recibir cumplidos de aquel hombre. Una pequeña sonrisa le curvó los labios. Fui la mejor de mi promoción, pensó, sintiendo cómo se elevaba su autoestima.—¿Podrías hablarnos de los fundamentos de la oclumancia, Hester?—Preguntó el profesor.

Hester, que había superado los nervios iniciales, asintió con la cabeza. Se llevó de nuevo la varita al cuello y se dispuso a hablar. Si aquella mañana le hubiesen dicho que pasaría parte de la tarde hablando en un auditorio, no lo creería.
Tampoco que la gente le aplaudiría, como estaba ocurriendo en aquellos momentos.
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Evans Mitchell el Lun Oct 29, 2018 3:21 am


Leipzig, Reinhardt, y otros nombres, hicieron eco en la memoria de Evans, por lecturas previas que tenía registradas. Era en cierto sentido un juego mental ese de asir o sacar a relucir un conocimiento preexistente que lo sorprendía a uno desde compartimientos privados de la mente que, a decir verdad, no usabas muy a menudo —porque nadie esperaba oír sobre el espía Leipzig de principios de siglo cuando te preguntaban ‘qué hay de nuevo’—, pero un juego que acaba por aburrirte. No fue ese precisamente su caso, porque tenía que admitir que Abraham condimentaba lo que era puro dato muerto con el vigor de un relato.

Junto a él, un estudiante tomaba apuntes como loco. Llevaba unas gafas con montura y seguía al detalle el ir y venir del profesor gesticulando con su bastón sobre el estrado, hasta que volvía la cabeza hacia sus importantísimas anotaciones como si se sintiera tironeado a ello. No era el único. Desde las gradas se sentía el rasgueo de plumas y vuelaplumas. Pero por otra parte, a su izquierda, otro sujeto, de cachetes y dedos regordetes y barba incipiente, se había hundido de lado en el asiento murmurando entre risas y muy por lo bajo frente a un espejo doble que ocultaba en una mano cuidando de pasar desapercibido, o creyendo que lo conseguía. No era eso, pero sí otra cosa lo que molestó a Evans.

—Ruby—intervino, girándose hacia la expresión desconcertada que le devolvió la mirada, que de paso no se parecía a ninguna ‘Ruby’ que él conociera—, mi amor, tu novio aquí me está rompiendo los cojones. Hablamos después, ¿ok?

Con el aire ofendido y enderezándose en el asiento, el chico de la barbita le lanzó una última mirada que decía de todo menos bonito al tiempo que se guardaba a Ruby y al espejo en el bolsillo creando entre ellos un muro de hielo y enfocándose, como era debido, en el madurito del bastón. Bien, así estaba mucho mejor. De verdad, qué le pasaba a esta gente. Eso de ponerse caramelosos hasta en la sopa, mira que cursilada. No tenía nada que ver con que él estuviera soltero.  

Hablando de, los golpes contra el estrado repercutieron en la sala atrayendo la atención de todos, hasta de los que empezaban a contar arañas imaginarias en el techo. Le siguieron las risas a las ocurrencias del profesor. Hasta que mencionó a una ex estudiante llamada Hester Marlowe e inmediatamente un par de cabezas curiosas se giraron buscando entre las gradas para ver a quién pertenecía el nombre, Evans incluido. Reparó entonces en que el profesor miraba en su dirección, pero no a él, claramente. El asiento de adelante, antes vacío, había sido ocupado por una boina que respondía, aparentemente, al nombre de Hester.

Todos se mantuvieron expectantes mientras que Hester Marlowe se dirigía al centro del aula, ocupando su lugar junto al profesor y la pizarra. Evans la miró de hito en hito a través de la distancia. No. No era, lo que uno diría, la viva imagen que uno se haría de alguien que puede volverse hacia dentro de sí mismo y endurecerse como el acero de una bóveda. Evans había leído, había oído, él sabía que, un oclumante, uno muy bueno, podía hasta prestarse a guardar secretos a cambio de dinero y silencio, pero visto así, tú te imaginarías que se trataba de hombres duros de matar, insensibles a la tortura, férreos y con cara de buldog. Hester Marlowe era el perrito Boo.

«Instructora en el Ministerio de magia», repitió para sí, y mesándose la barba de hacía días, pasó a ignorar sus ideas sobre espías duros de matar  y caras de película de acción. Era interesante, sí, saber qué clase de instrucción impartían desde el mismísimo Ministerio de Magia. Un aplauso general surgió de las gradas para darle la palabra a Hester Marlowe. Evans, impaciente como era, se dijo que levantaría la mano en cuanto tuviera la oportunidad sobre cuestiones como: ¿Se puede la oclumancia realmente aprender?, ¿cómo son las prácticas?, y otras cuestiones que lo tenían intrigado.


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Hester A. Marlowe el Lun Oct 29, 2018 9:46 pm

—Se conoce la oclumancia como el acto de cerrar la mente frente a intrusiones externas.—Empezó Hester, su voz sonando alta y clara, reverberando por toda el aula, mientras los asistentes escuchaban en silencio. No pudo evitar que sus ojos se paseasen por los rostros de algunos de los presentes. Sus miradas, juiciosas o sinceramente interesadas, le hicieron pensarse dos veces eso de que había superado sus nervios iniciales. Su voz tembló un poquito al dar inicio a su siguiente frase.—Comunmente—sonó a comunmentre, debido al temblor de su voz—suelen confundirse las intrusiones externas con la legeremancia, pero esto es incorrecto: la legeremancia es una forma de intrusión externa, una forma de magia oscura que permite acceder a los recuerdos y pensamientos del individuo sobre el cual se aplica, pero no es la única forma de intrusión externa.

Bueno, bien, ¿no? Por ahora creo que voy bien, pensó Hester, quien lanzó una mirada fugaz de reojo en dirección a su antiguo profesor. Scheider, en cambio, no estaba mirándola: se había apoyado en su escritorio, y su mirada en aquellos momentos se encontraba fija en sus zapatos. Algo en ellos había captado su atención, y por lo que parecía, debía ser algo muy interesante. Vale, Hester: sin ruedines, sin pistas, sin comodín de la llamada. Estás sola en esto, así que échale valor, se sugirió a sí misma, dándose cuenta de que ella, en sí, carecía de valor alguno que echar en ningún sitio.

—Otras formas de intrusiones externas podrían ser la hipnosis innata en ciertos tipos de criaturas mágicas; la posesión por parte de criaturas de índole demoníaco, acerca de las cuales no tengo demasiados conocimientos; la magia desmemorizadora, en algunas de sus variantes; y, quizás la más importante de todas, la maldición Imperius.—Hester estuvo a punto de añadir la palabra ‘imperdonable’ después de la palabra ‘maldición’, pero aquello ya no se aplicaba: desde que los mortífagos habían dado su golpe de estado y tomado el Ministerio, aquellas formas de magia se consideraban totalmente lícitas.—Resumidamente: la oclumancia sirve para fortalecer nuestra mente frente a ataques externos.

Bien. Aquello había estado bien, o eso creía Hester: una introducción concisa, mencionando las utilidades más básicas de la oclumancia. Hester ya podía dedicarse, si quería, a la venta telefónica, pues había dejado bien claro que sabía hacer atractivo un producto.

Pero el ‘producto’ en cuestión era una forma de magia oscura, y a ella se le había pedido que expusiese sus fundamentos. Así pues, solamente tenía el trabajo medio hecho. Se apartó un segundo la varita del cuello, tomando aire, antes de proseguir.

—Teóricamente, todo lo que un buen oclumante necesita para dominar esta forma mágica que algunos consideran un arte es una mente tranquila y una buena estabilidad emocional.—Hester siempre se había considerado alguien con una salud emocional muy buena, y pese a lo nerviosa que se ponía en ocasiones, sabía dominar sus propios pensamientos. Le había costado, sin duda, pero lo había conseguido.—Para ser capaces de evitar que alguien acceda a nuestra mente, primero debemos poner nuestra mente en orden. Mucha gente no lo consigue en toda su vida, mientras que otras personas parecen tener un don innato.—Su caso, claramente, se acercaba más al primer supuesto que al segundo: había logrado convertirse en una oclumante muy buena, pero a base de mucho esfuerzo.—Teniendo estas bases, se puede pasar al siguiente nivel: la ocultación de los pensamientos.

Hester pasó a explicar en qué consistía aquello, y la verdad es que parecía más sencillo en la teoría de lo que luego era en la práctica: vaciar la mente de todo pensamiento. Aquello, para muchas personas, podía ser prácticamente imposible. A ella misma le había costado muchísimo conseguirlo: la cabeza de Hester Marlowe era un hervidero de pensamientos, que iban y venían, y hasta cuando creía no estar pensando nada, se encontraba a sí misma pensando que no estaba pensando nada. Y aquello, paradójicamente, no dejaba de ser una forma de pensamiento.

Lo puso en palabras, lo mejor que pudo, y se sorprendió a sí misma al comprobar que su discurso era fluido. No se le atragantó ninguna palabra en la lengua, y casi se olvidó por completo por sus nervios… hasta que se le ocurrió mirar los rostros de algunos asistentes. Entonces, dio un paso a un lado, sus pies se enredaron y estuvo a punto de caerse, una vez más.

Este fue el momento que escogió el profesor Scheider para dejar de mirarse sus zapatos y prestar atención a Hester. Alabado sea Merlín, iba siendo hora, pensó la joven oclumante mientras se retiraba la varita del cuello.

—Estupendo, estupendo. Suficiente.—Interrumpió el profesor con un breve aplauso, uno de apenas tres palmadas, las cuales también fueron bastante desganadas.—La señorita Marlowe ha expuesto muy bien los fundamentos más básicos de la oclumancia. Así que ya saben ustedes: si están pasando una depresión, o si simplemente son incapaces de hacer callar todo ese ruido que tienen dentro de las seseras, ni lo intenten. Lo único que conseguirán será una enorme decepción.—Hubo algunas risas ante aquel comentario, que algunos interpretaron como un chiste. Hester dudaba que lo fuese.—Claro que, teniendo en cuenta el sorprendente vacío que reina dentro las mentes de las nuevas generaciones, cabe suponer que son buenos candidatos para convertirse en oclumantes, ¿verdad?

Hester, que hasta ese momento miraba a su profesor, se atrevió a echar un vistazo en dirección al público. No le sorprendió escuchar un suave murmullo, como si los asistentes estuviesen discutiendo entre ellos aquella afirmación. Hester conocía la respuesta, pero prefirió no decir nada. Sabía que el profesor Scheider estaba tramando algo, y que ese algo no tardaría en llegar.

Y, de hecho, llegó con un fuerte golpe de bastón sobre la tarima.

Nein!Exclamó el profesor Scheider, haciendo enmudecer el murmullo general. Utilizar su idioma natal en aquella negación agresiva imprimió carácter a sus palabras.—Las mentes débiles jamás dominarán la oclumancia. Sí, todos los factores que la señorita Marlowe ha enumerado conforman la base, el primer peldaño de la escalera que nos permite alcanzar el objetivo, pero por debajo de estos, tenemos los cimientos. Y esos cimientos son...—El profesor alzó su bastón y se tocó suavemente la sien con la empuñadura de éste.—...una mente fuerte. Una mente capaz de controlar su tren de pensamiento, de convertir ese barullo que todo ser humano tiene dentro de su cerebro en un todo unificado y ordenado.

Hester se quedó entonces en un segundo plano, mientras el profesor continuaba hablando acerca de la mente humana. En ningún momento se refirió a ella, ni le dijo que volviese a su asiento. Así que la joven se limitó a quedarse donde estaba, de pie, intentando moverse lo menos posible, mientras sujetaba su varita con ambas manos por delante del cuerpo.

Contemplar al profesor Scheider era un tanto agotador, pues a pesar de llevar bastón no paraba de moverse de un lado a otro del escenario. Aquel hombre, desde luego, vivía para la enseñanza. A Hester no le costó nada recordar por qué, pese a su complicado carácter, aquel hombre era su profesor favorito.


Última edición por Hester A. Marlowe el Miér Oct 31, 2018 9:43 am, editado 1 vez
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Evans Mitchell el Mar Oct 30, 2018 8:26 pm


Desde siempre Evans había mostrado un talento natural a la hora de hablar frente a un público. Lo que salía de su boca, fuera o no la bobería más grande del mundo, pasaba inmediatamente a un segundo plano cuando desplegaba su  carisma, lo que otros llamaban su gran, gran ego, por esa manía que tenía de amar el sonido de su propia voz.

Le impacientaba la gente que demostraba lo contrario. No había un motivo aparente para esto. Él, sin embargo, llegaba a mostrarse sacado de quicio cuando un tercero acaparaba la atención haciendo un papelón, o quizá sólo fuera porque era otro y no él el que acaparaba la atención. La cuestión es que se creía en posición de criticar.

«Comunmentre», repitió en su pensamiento, enarcando una ceja crítica. Se removió en su asiento tamborileando con los dedos sobre los brazos de la silla y exhaló un suspiro adquiriendo nuevamente su posición de escucha: apoyada la boca en un puño, acodado de lado con cierta pereza. La suya era, dicho sea, una forma de atención más consumada de la que podía pedírsele al público en general: no había llevado consigo ningún espejo doble, no hacía garabatos en la esquina de sus apuntes, y no murmuraba al oído de su compañero de asiento.

La mirada que le clavaba a la oradora de turno trocó en una cejuda expresión cuando citó el maleficio imperius. Sabía de lo que hablaba. Las nuevas generaciones de las que el profesor se burlaba tenían algo marcadamente diferente con las anteriores: la calidad de su enseñanza en Artes Oscuras. Siendo tanto la oclumancia y la legeremancia ramas de la magia estrechamente vinculadas con la magia negra, podía decirse que hasta contaban con cierta ventaja.
 
En Hogwarts habían procurado que el alumnado tuviera una experiencia directa con aspectos antes prohibidos de la magia. Desde el cambio de régimen, le habían dedicado más tiempo a practicar maleficios que a cualquier otra disciplina, de forma que algunos hasta empezaron a tomarle el gusto, sin importar si los gritos del sujeto de prácticas eran reales o no. Y claro que lo eran.

Recién estaba empezando, pero a medida que pasaran los años, se notaría cada vez más la influencia de esa nueva educación. Las filas de los mortífagos se renovarían constantemente. Seminarios como esos estarían a rebosar de estudiantes que ya sabían en carne propia lo que era tanto sufrir como oficiar un imperius sobre alguien más, dominar en contra de la voluntad.    

Evans pudo no haber sido el mejor alumno de su clase en Artes Oscuras, porque vaya que había repudiado esa materia incapaz de desarrollar un verdadero potencial para lo que le exigían que hiciera, pero sí que había demostrado una útil resistencia al dominio del mentado maleficio. Era algo que, pensó, llevaba en el carácter, porque odiaba ser manipulado. Así como odiaba la idea de que se metieran en su cabeza.

La ponencia de Hester Marlowe, o sólo ‘Boo’, colocó bajo la lupa una cuestión que le venía molestando hace algún tiempo y que, a pesar de todo, él se negaba a aceptar, al menos, en lo concerniente a sus propias habilidades: sobre el dominio de la oclumancia, mucha gente no lo conseguía en toda su vida. Le quemaba por dentro tal aseveración. Nadie le iba a decir a él lo que era capaz de hacer.


***



El profesor Abraham insistió en un par de puntos amenazando a la concurrencia con el bastón en la mano cuando le nacía vehementemente el impulso.

Se extendió un poco enumerando una lista relativamente larga de ‘peros’ una vez que tocó el tema de los trastornos mentales y las condiciones óptimas y necesarias con las que debía contar un oclumante para el ejercicio de la práctica.

Había casos de lesiones y trauma cerebral sobre los que subrayaba que hacían la práctica simplemente imposible. Acabó afirmando que la mente más brillante era la mente mejor organizada hacia dentro de los tantos y numerosos compartimentos y ramificaciones de la mente humana.

Al golpe final con que enfatizó sus palabras le siguió una firme mirada que recorrió la audiencia. Se volvió sorprendido a su izquierda al ver a su asistente, allí, de pie.

—Hester, ¿qué hace usted todavía aquí?—
Un suave coro de risas amenizó el silencio en que lo sumió la sorpresa. Al instante, se replicó a sí mismo—: Por supuesto que la quiero aquí, no se vaya a ninguna parte. Me ayudará con las preguntas. Hasta aquí—anunció en voz alta y clara a los concurrentes—. Acérquense los que tengan alguna consulta. La señorita Marlowe y yo les estaremos respondiendo.  

Como era natural, una horda de estudiantes se congregó en torno a ellos terminados los aplausos, con diversas preguntas que revelaban su curiosidad.

—¿Cómo son esas prácticas?—
intervino Evans, luego de que una estudiante se dirigiera a Hester Marlowe interesada por su puesto como instructora de oclumancia en el Ministerio.

Si había preferido acercarse al círculo de personas que abordaba a Hester Marlowe antes que al de Abraham Scheider era sencillamente porque, en su fuero interno, Evans se sentía más inclinado a apostar por ser debidamente respondido por alguien de carácter simpático que por alguien de un carácter, que a él le parecía, soberbio.

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Hester A. Marlowe el Miér Oct 31, 2018 8:42 pm

Definitivamente, en un momento dado de su apasionado discurso, el profesor Scheider se olvidó por completo de su brillante estudiante, a esa que había sometido a la encerrona de invitarla a su seminario con la única idea de subirla al escenario… aún no sabía bien por qué, la verdad. No es como que la instructora de oclumancia hubiese dicho nada que no hubiera podido decir el propio Abraham en persona. Y es más: posiblemente, mucha gente hubiese tomado más en serio al profesor Scheider que a su alumna, un ser torpe que no era capaz ni siquiera de caminar sin que sus pies se enredasen entre ellos.

No por primera vez en su vida, Hester deseó haber tenido una visión. Haber sido capaz de utilizar su don innato para predecir que aquello ocurriría. Ese mismo deseo lo manifestaba cada vez que se golpeaba el dedo pequeño del pie contra algún mueble y el atroz dolor casi la hacía llorar; o cada vez que un coche, en un día de lluvia, pasaba por encima de un charco cercano a ella a demasiada velocidad y la empapaba. Sus visiones parecían destinadas a mostrarle cosas desagradables, no a facilitarle la vida.

Con razón había estudiado oclumancia: en un intento—miserablemente fallido—de detener aquellos flashes, aquellas imágenes del futuro que la acosaban de cuando en cuando.

Aquellos pensamientos, aquella pequeña reflexión improvisada acerca de sus visiones la apartó por completo de la realidad. Se olvidó por completo de dónde estaba, y es por eso que cuando el profesor Scheider volvió a pronunciar su nombre, Hester pegó un bote por la sorpresa, abriendo mucho los ojos.

—Yo...—Hester no utilizó la varita para amplificar su voz, así que difícilmente nadie más que el profesor pudo escuchar su balbuceo.—Esto… ¿quiere que vuelva a…?—Hester señaló con su dedo índice la butaca que había ocupado hasta que su ex-profesor la llamó a la palestra.

No terminó la pregunta, ni falta que hizo: Abraham Scheider rápidamente le respondió. Hester, que había estado a nada de cantar victoria, movió sus labios de tal manera que formó la palabra ¡Porras!, aunque no emitió ningún sonido. El profesor ya estaba de espaldas cuando lo hizo, pero posiblemente alguno de los asistentes al seminario la hubiese visto tanto pronunciar sin decir esa palabra, como el gesto de fastidio que se dibujó en su rostro. Y es que lo que menos le apetecía a Hester era responder preguntas, de uno en uno, a los asistentes al evento.


A Hester no le quedó más remedio que responder a las preguntas de la gente. En su mayoría, las preguntas tenían que ver con su profesión, e iban desde las más sencillas—¿Es cierto que enseña usted oclumancia en el Ministerio?—hasta las más complejas—¿Es cierto que los vampiros tienen una suerte de poder hipnótico? ¿Sirve la oclumancia frente a dicho poder, o es otra forma de magia?—. La ex-Hufflepuff lo hizo lo mejor que pudo, controlando los nervios hasta donde fue capaz de hacerlo, y por un momento, se sintió casi cómoda.

Casi. Seguía sintiéndose muy incómoda rodeada de tanta gente que lanzaba preguntas y que la observaba en silencio mientras las respondía.

Una estudiante se interesó por el puesto de trabajo de Hester en el Ministerio de Magia, lanzando una pregunta interesante y que, muchas veces, la propia Hester se había formulado a sí misma: ¿No es un tanto… moralmente cuestionable enseñar prácticas de magia oscura como la legeremancia y la oclumancia? Hester no había hallado respuesta a esa pregunta, al menos en lo que respectaba al gobierno de Lena Milkovich. Resultaba curioso que aquella mujer, así como sus predecesores, viesen con buenos ojos que se enseñasen semejantes prácticas.

Sin embargo…

—El gobierno del Señor Tenebroso aboga por una enseñanza orientada a las Artes Oscuras.—A Hester no le gustaba El-que-no-debe-ser-nombrado, pero jamás iba a demostrar aquello en público. Demasiado miedo le daba que alguien pudiese enterarse de aquello. No le apetecía acabar con sus huesos en Azkaban solo porque no le gustase ese señor.—Así que la oclumancia y la legeremancia son ramas de la magia perfectamente viables y respetables.—Y sí, efectivamente: Hester había esquivado la pregunta, pues no había hecho mención alguna al gobierno de Milkovich ni al de sus predecesores.

Un joven estudiante, que llamó la atención de Hester, hizo una consulta sencilla y concisa: le interesaba saber en qué consistían las prácticas de oclumancia. A aquello, Hester podía responder a la perfección, pues se trataba de una labor que realizaba a diario.

—No tienen demasiada complicación, en teoría.—Empezó Hester, manteniendo la mirada con el joven que le había hecho la pregunta. A pesar de sus nervios perpetuos, Hester sabía mantener la mirada cuando era necesario.—Generalmente comienzan con una serie de sesiones de meditación, a fin de alcanzar el estado mental óptimo, antes de pasar a las prácticas como tal. Entonces, el alumno debe poner en práctica la primera parte de su aprendizaje con su instructor o instructora. Es decir, conmigo.—Hester se puso una mano en el pecho, señalándose a sí misma, y sonrió de manera nerviosa.—En esta primera parte, el alumno debe ocultar sus pensamientos dentro de su propia mente, mientras su instructora utiliza la legeremancia para acceder a dichos pensamientos. En mi caso, lo que me limito a hacer es entrar en la mente de mi alumno, y en el momento en que lo he logrado, la abandono de inmediato. De esta forma se preserva la intimidad del alumno.—Hester hizo una pausa, dándose cuenta de que explicar todo aquello de palabra era mucho más complicado que hacerlo durante una práctica.—Cuando el alumno domina esta forma de oclumancia básica, se pasa al siguiente nivel: bloqueo y rechazo. De esta manera, con sus pensamientos ya protegidos dentro de su mente, el alumno aprende a rechazar estas intrusiones. Esta parte del aprendizaje es la que está más orientada a combatir la maldición Imperius, entre otras intrusiones externas.—Concluyó Hester con una sonrisa, guardándose para sí una parte muy importante que no le gustaba desvelar a sus alumnos: que un oclumante puede llegar a hacer daño a cualquiera que intente penetrar en su mente, si tiene suficiente experiencia y desea hacerlo.

Hester, por supuesto, era totalmente contraria a esta práctica. En su vida, únicamente había tenido que hacerlo una vez, y no le había hecho demasiada gracia. ¿A quién puede hacerle gracia hacer daño a otro ser humano, aunque sea en defensa propia?
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Evans Mitchell el Jue Nov 01, 2018 8:38 pm




Evans tenía que pirarse al trabajo si quería llegar a horario. Le había quedado claro que la puntualidad, además de ahorrante broncas de los compañeros, y lo que es peor, una penalización, podía también mantenerte un empleo que cobraba por hora. Pensabas que lo sabías todo, pero no, había siempre algo que se te escapaba.

En el Black Pearl, un resto-bar en el Callejón Diagón donde Bill  le había conseguido empleo como camarero, no lo soltarían hasta la noche una vez que pusiera sus pies cansados en el lugar. Luego volvería a casa sin sentir los pies para nada, pero llevándose consigo las sobras, lo que casi haría que la jornada valiera la pena.

Al final de la jornada, si intentaba vaciar su mente de todo pensamiento, lo más probable es que acabara dormido. Ese último tiempo había desistido de dedicarle a la práctica de la oclumancia otra cosa que no fuera el interés académico: lecturas, seminarios.

Parecía que había pasado una eternidad desde que tuviera una práctica real con alguien. De los días que había conocido a Jota Lehmann le quedaba un recuerdo lejano. Si había conseguido algo durante esas prácticas, para esas alturas era posible que lo hubiera ya olvidado. En eso pensó, cuando la instructora del Ministerio se avino a contestar su pregunta.

—¿Y en qué…?—
¿En qué consiste la ‘primera parte’ de las prácticas?, ¿en qué año se cancelarían las Navidades?, ¿en qué pensaba esa chica a un costado de Evans que estaba tan urgida por preguntar? Era una estudiante abrazada a su cuaderno de apuntes que había querido intervenir, así, de pronto.

No se sabía qué bicho les picaba a los estudiantes en una ronda de preguntas, que todos se apuraban por lanzar primeros sus dudas o se desesperaban por abrir la boca. De alguna manera, un grupo de cabezas juntas sólo servía para despertar en cada uno una ansiedad que les hacía olvidarse en ciertos reparos a tener en cuenta, como quién iba primero.  

Evans reboleó los ojos.

—Relaja, que está contestando—
La interrumpió volteándose momentáneamente hacia ella para luego volver a ocupar su interés en la instructora, asintiendo a lo que decía por puro acto reflejo, lo mismo que hacía tanto cuando le interesaba lo que le comentaban como cuando no. En este caso, le interesaba.

A la estudiante no le pasó desapercibido que ese chico se había colado allí, saliendo de entre la multitud, quitándole la atención de la instructora. La mirada que le lanzó fue de pocos amigos. Evans estaba muy tranquilo hacia dentro de sí mismo y hacia fuera, porque después de todo, le estaban respondiendo a su pregunta. Los demás que se impacientaran cuanto quisieran. Maleducados.

—¿Hay sólo dos niveles?—
intervino finalmente la chica de los apuntes. Evans sólo había llegado a abrir la boca. Intercambiaron miradas, sin señal alguna de algo parecido a la estima.

Hasta ellos les llegó el ladrido del profesor Abraham amonestando a un estudiante que, teniendo su oportunidad de preguntar, pareció que le había lanzado una oleada de preguntas sin sentido. A pesar de que el estallido se sintió, de algún modo, agresivo, le siguieron las risas. Pero el tono severo del profesor les señaló que la mente de un oclumante tiene que ser una mente con las ideas organizadas.  

—Yo me preguntaba también—empezó a decir por encima de la chica, haciendo uso de una cordialidad aplastante, dejando en claro que no había terminado—si se ofrecían prácticas al público interesado. Sin ser estudiante de la carrera o parte del Ministerio. ¿Qué posibilidades hay de tener esas sesiones?

De tanto en tanto en la columna de anuncios de El Profeta o por cualquier otro medio de publicidad, aparecían ofertas de clases de oclumancia o incluso legeremancia con profesores de certificación dudosa. Evans daba por sentado que se trataba de una estafa, como tantas otras publicidades, por mucho que insistieran en venderse como ‘un curso acelerado de’ o ‘avalado por…’. Hester Marlowe era una fuente más fiable.


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Hester A. Marlowe el Vie Nov 02, 2018 9:14 am

Los alumnos que habían asistido a aquel seminario, si bien no eran muy numerosos, sí se esforzaban en ‘hacer bulto’: la forma en que se interrumpían los unos a los otros hacía que pareciesen el doble de los que en realidad había. Y eso refiriéndose solamente a los que se habían congregado alrededor de Hester Marlowe, quien por momentos se sentía como una extraña atracción de feria, uno de esos monstruitos de los circos de mediados del siglo pasado; si sumábamos a la lista a todos los que habían escogido al profesor Scheider para responder sus dudas, y el murmullo que llegaba a los oídos de Hester desde un par de metros a su izquierda, aquello era una completa locura.

Parecen españoles, pensó Hester. Había estado en alguna ocasión tomándose tranquilamente un café en alguna terraza de la zona turística de Londres, en verano, rodeada de grupos de turistas españoles. ¡Y madre mía, esa gente solamente sabía hablar a gritos! ¿De verdad eran capaces de vivir hablando a un volumen tan alto?

En concreto, en su grupo había una estudiante entusiasta, que sujetaba un cuaderno de notas contra su pecho, y que apenas la dejaba terminar de hablar antes de lanzar otra pregunta. Hester nunca habría mandado callar a nadie—sus nervios patológicos, y mucho más importante, su exceso de maneras inglesas, le impedían hacerlo—pero agradeció la intervención del alumno a quien estaba respondiendo. Sin embargo, al pedir paciencia a aquella estudiante, el joven pareció desatar la furia de la chica. Desde ese momento, las miradas afiladas como cuchillos de la estudiante tuvieron como objetivo a su… ¿compañero de clase?

Sin embargo, en el breve intervalo de tiempo que pasó entre que Hester terminase de hablar y el joven estudiante, la chica del cuaderno de notas—que en ese momento se encontraba anotando a toda velocidad utilizando una pluma—logró colar otra de sus preguntas. Al hacerlo, claramente interrumpió a su compañero, quien había abierto la boca para plantear alguna otra pregunta. Hester, solícita, estaba abriendo también la boca para responder a la chica del cuaderno… cuando un Mein Gott! pronunciado por el profesor Scheider, seguido de un montón de comentarios en el habitual tono del profesor.

Hester, sorprendida, se volvió un momento en su dirección, y cuando su mente la informó de que todo iba bien, que no había motivos para preocuparse dado que aquello era habitual en su antiguo profesor, devolvió su atención a los alumnos. En ese momento fue que recibió la segunda pregunta del estudiante, esa que no había podido hacer debido a la interrupción de su compañera. Y Hester, a la cual la interrupción del profesor Scheider le había roto un poco los esquemas, pasó por alto de manera involuntaria la pregunta de la chica del cuaderno.

—El Ministerio ofrece clases de oclumancia, sí.—Confirmó Hester con un asentimiento de cabeza.—Sin embargo, existen una serie de requisitos básicos: rellenar una serie de formularios, datos personales, pasar una preselección en que se tienen en cuenta diversos factores...—Hester enumeró aquellos factores: edad, pureza de sangre, empleo… Dejó fuera de la ecuación el factor más determinante: si el solicitante había cometido algún delito, o estaba siendo investigado por algún tipo de delito. Y es que aquello se hacía incluso antes, durante el gobierno de Milkovich. La oclumancia era peligrosa, pues existían oclumantes capaces de resistir incluso la influencia del Veritaserum.—Pero cualquier mago adulto puede solicitar las clases de oclumancia.

Hester, incluso, había leído que en circunstancias muy especiales podía otorgarse este derecho a magos menores de edad. Todo dependía de las circunstancias, si existía algún tipo de riesgo de intrusión para el menor—específicamente, ataques por parte de criaturas mágicas peligrosas—. Era una circunstancia muy extraordinaria, y de hecho, Hester solo había leído acerca de dos casos: uno en los años cincuenta, en que un niño mago hijo de un pescador muggle había escuchado el canto de una sirena, y desde entonces se veía atraído hacia el océano con intenciones suicidas; y un segundo caso en el siglo XVIII, el conocido como el Caso del Flautista, que tenía más de leyenda que de realidad: un mago, utilizando una especie de flauta encantada, secuestraba a los niños de una población, los cuales caían en un trance.

Hester tenía sus dudas respecto a este último caso, pero al parecer, se había adiestrado a los niños en el uso de la oclumancia, a fin de que fuesen capaces de resistir aquel objeto. Dada la dificultad del uso de la oclumancia, Hester dudaba que ningún niño fuese capaz algo semejante. Y mucho menos si de ordenar los pensamientos se trataba.

—No ha respondido a mi pregunta.—Protestó la joven del cuaderno de notas. Hester dio un respingo y le pidió, por favor, que la repitiese.—¿Solamente hay dos niveles de aprendizaje?—Repitió la joven.

—Pasar del primer nivel es muy complicado.—Respondió Hester, sintiéndose un poquito herida en su orgullo como oclumante: sólo con recordar la cantidad de noches que había pasado meditando y tratando de vaciar de pensamientos su cabeza, sentía deseos de decirle a aquella joven esa famosa frase de Juego de Tronos: No sabes nada, Jon Nieve.—Y, aún siendo una oclumante experta, si alguien logra penetrar en tu mente, no es tan sencillo expulsarle.—Puntualizó Hester. Tampoco es que pudiese entrar en muchos detalles al respecto: había que verse en la situación, había que practicar la oclumancia, para comprender lo complicada que era. Se imaginaba que pocos de los presentes tomarían en serio aquellas palabras, pues en su carrera había tratado con muchos escépticos, de esos que creían que se sacarían la carrera sin dificultad alguna. Esos eran, precisamente, los que acababan abandonándola. ¿El motivo? La frustración, el no conseguir alcanzar su objetivo de ninguna manera.


Halt!Exclamó de repente el profesor Scheider, atrayendo una vez más todas las miradas en su dirección, la de Hester incluída. No le costó demasiado: acompañó aquella expresión con un golpe de bastón sobre la traima.—¡Se acabó el tiempo! ¡No más preguntas!—El silencio reinó entonces en el aula, mientras Scheider daba la espalda a todos y caminaba de vuelta al centro del escenario. Agitó su varita, y una de las tizas de la pizarra levitó, escribiendo por sí sola una serie de horarios.—Ahí tienen mis horas de tutoría y consulta. Si tienen alguna duda, o simplemente están deseando dejar a un lado sus insulsas carreras para dedicarse a algo útil de verdad, no tienen más que visitarme. Auf wiedersehen, freunde! No se olviden de recoger sus cosas y cerrar la puerta al salir.—Y con aquellas palabras, el profesor Scheider abandonó el aula, saliendo por la puerta situada enfrente de la gradería.

Hester, quien ya debería estar más que acostumbrada a tratar con aquel hombre, no pudo más que quedarse boquiabierta: el profesor Scheider siempre encontraba una forma superarse a sí mismo. Volvió la mirada lentamente hacia los alumnos aún reunidos allí, sin saber bien qué decir… y aún así, dijo algo.

—Pues… em… yo supongo que esto es todo...—Hester, en su estado de nerviosismo, era una experta a la hora de puntualizar lo evidente.—¿Hay… em… alguna otra duda que pueda resolveros yo o…?—¿...o puedo irme ya a morirme de vergüenza en algún rincón de este campus?
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Evans Mitchell el Sáb Nov 03, 2018 8:05 am



«Jodidamente complicado», pensó Evans sin demora cuando Hester Marlowe le describió el aspecto burocrático del asunto que lo tenía retenido allí, preguntando, a costa de retrasarse con el tiempo. Debió imaginarse que sería así. Eran demasiados requisitos y dudaba cubrirlos todos. Sin contar con que el nuevo gobierno podía considerar especialmente sospechoso que alguien quisiera convertirse en oclumante por motivos personales. No, él no podía contar con un instructor por los medios convencionales.

El profesor Abraham dio por terminada la ronda de preguntas y se esfumó con gran estruendo dejando tras de sí a su asistente. Los estudiantes comenzaron a abandonar el aula desperdigándose en distintas direcciones, y lo mismo hizo Evans, adelantándose con algo de prisa. El día se sentía fresco y agradable al salir. En la entrada del pabellón había una bicicleta encadenada a una farola. Fue como magia. Bastó una mirada al chisme con ruedas, y recordó al instante que ese era, vaya que sí, su día libre. ¿¡Cómo olvidas algo así!?

Resopló.

No supo qué suerte de asociación hizo que esa bici de paseo le salvara de aparecerse en el trabajo —que dicho sea, si lo veían ahí parado como imbécil, dudaba que fueran a dejarlo ir tan fácilmente—. En cambio, podía sentirse libre y con derecho de irse a casa y tomar una siesta por milenios. Tenía que estarle agradecido. Al volver a lanzarle una mirada a su salvadora, se percató de que Merlín asomaba su gran cara aplastada y peluda desde el canastito y bostezaba con pereza. Merlín era el gato de la universidad. Se paseaba por todas las aulas, y hasta tenía su lugar preferido en la biblioteca. Era bastante conocido entre alumnos y profesores. Demasiado inteligente para ser un gato, porque en realidad, se trataba de un kneazle.  

Merlín maulló, y Evans se le acercó rascando su cabeza. Era un felino manso y ronroneaba, pero si no le daba algo de comer pronto, le lanzaría la zarpa, él lo sabía. Era algo resentido ese gato, porque si te largabas sin darle unas migas de algo, un día cercano te saldría de la nada provocándote un sobresalto cual susto de muerte. Tenía sus estrategias. Evans lo había visto lanzándose sobre unas estudiantes que disfrutaban un tentempié sentadas tranquilas y risueñas en las escaleras. El susto de una había sido tal que dejó caer su bocado, y por supuesto, Merlín huyó con la boca llena. A Evans le agradaba ese gato.

«Oi, amigo, no seas pretencioso», acusó Evans en el pensamiento, haciendo bailar ante los ojos del kneazle la mitad de una bruja frita aplastada que había sacado de su bolsillo. La gravedad en los grandes ojos del felino daba a entender que esperaba algo mejor. Los ronroneaos estaban ya olvidados. «Dale una oportunidad, al menos. Una probadita.»

Así lo hizo, mordisqueando con aprehensión, y debió parecerle que no estaba tan mal porque, rápido, le robó el dulce de entre los dedos y se lo engulló en su guarida temporal, o cestita de la siesta. Era sabido, que acababa hecho un ovillo en cualquier parte, literalmente cualquier parte.

Merlín volvió a sacar la cabeza, algo más contento, pero al hacerlo sus ojos no se encontraron con los de Evans sino que apuntaron en otra dirección, y de nuevo, maulló y se deshizo en ronroneos, buscando captar la atención.  



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Hester A. Marlowe el Sáb Nov 03, 2018 7:39 pm

Que las maneras del profesor Scheider podrían ser mucho mejores no admitía ningún tipo de discusión. El docente y experto oclumante podría ser un genio—aquello tampoco admitía ningún tipo de discusión—pero sin duda, el trato humano era algo que se le escapaba. O tal vez ni siquiera se molestaba en intentar emular lo socialmente aceptado en cuanto a conducta, lo cual sería muy propio del Abraham Scheider que Hester recordaba de los cuatro años que había pasado dando clase con él.

Fuera como fuese, Abraham Scheider hizo una salida que algunos tacharían de grosera, y que otros calificarían como espectacular, dejando a Hester Marlowe atrás. Como quien te echa de comer a los zombies para poder escapar, dramatizó Hester en su cabeza. Estaba exagerando, evidentemente, pues ninguno de los presentes tenía intención de morderle para comerse su cerebro.

O eso esperaba, por lo menos.

Conciliadora, nerviosa y deseando irse a su casa para disfrutar de lo que restaba de fin de semana, Hester hizo gala de sus buenas formas y su amabilidad, ofreciéndose a responder cualquier otra pregunta que los estudiantes tuviesen. Pero no fue así: la salida del profesor parecía haber evaporado el interés de los alumnos, los cuales se apresuraron a volver a las butacas que antes ocupaban para recuperar sus pertenencias. Después de todo, con o sin seminario, seguía siendo viernes por la tarde.

Y los viernes por la tarde, los estudiantes ponen en marcha la cuenta atrás: Faltan cuatro horas para empezar a beber, pensó con diversión la instructora de oclumancia, la cual jamás había comprendido muy bien esa necesidad de emborracharse. Suerte tenían sus amigos si, cuando salía con ellos, Hester bebía algo más que una cerveza o dos. Y porque le daba vergüenza pedirlas sin alcohol, que si no...

—Pues...—Empezó a decir, alargando muchísimo la ‘e’, lo cual hizo que su voz vibrara un poquito.—¡Disfrutad del fin de semana! Estudiad mucho y...—Y cállate, Hester, que nadie te está prestando atención, se sugirió a sí misma en pensamientos, y comprobó que así era: los alumnos, tras recoger sus cosas, caminaban escalinata abajo y se marchaban por la puerta lateral.

Así que la propia Hester volvió a su butaca, donde descansaba su mochila con motivos hippies multicolores, sus gafas, y el programa que le habían dado a la entrada. Brevemente pensó que había sido una pena el no haberse acordado de pedirle al profesor Scheider un autógrafo en aquel programa; entonces recordó que las altas probabilidades que había de que el profesor Scheider la rechazara con un gesto desdeñoso, y se le pasaron las ganas. Sin embargo, imaginarse aquella situación la divirtió, y se encontró sonriendo en aquella aula casi vacía.

A pesar de la encerrona, se había alegrado de volver a ver al profesor Scheider.


Hester salió del edificio apenas un minuto después de que el último de los alumnos abandonase el aula magna, y llegó a la puerta de salida a tiempo para ver cómo dicho alumno se subía a un monopatín—el cual, imaginaba, llevaba guardado en su bolsillo, encogido por medio de algún hechizo reductor—y salía disparado con dirección incierta.

Por su parte, Hester bajó los tres peldaños de la escalinata frente a la puerta mientras consultaba los mensajes que había recibido durante el seminario. Y si ya con todos sus sentidos plenamente centrados en la ardua labor de caminar, Hester Marlowe tenía más peligro que un elefante en una cacharrería, el móvil solamente añadía más riesgo a la situación. En ese caso, Hester descendió los tres escalones, pero su mente le dijo que había un cuarto. Por supuesto, este cuarto peldaño no existía, y cuando lanzó su pie izquierdo con el mismo impulso utilizado para descender por una escalera, la inercia la hizo tropezar… aparentemente con la nada. Trastabilló un par de pasos, sorprendida, pero no acabó en el suelo. Si bien la suerte de Hester no era la mejor, al menos era capaz de conservar la verticalidad después de la mayoría de sus tropiezos.

Sorprendida, Hester miraba alrededor, y en su campo de visión apareció su bicicleta. Pero no solo su bicicleta: había alguien junto a esta. Y, por un momento, Hester creyó que ese alguien se trataba de un ladrón: a fin de cuentas, el desconocido—estaba de espaldas, así que por el momento para ella era un desconocido—parecía estar trasteando con la cesta de la bicicleta.

Debería decirle algo. Algo como: ‘¡Oye, esa bicicleta es mía! No se te ocurra robarla, porque soy una bruja tan experta que en menos que canta un gallo, un nubarrón de tormenta estará descargando su furia líquida sobre mi cabeza y tú estarás alejándote con mi único medio de transporte!’, pensó Hester. Sí, sí, buen discurso. Pero quizás podrías pensar en algo un poquito más amenazante, ¿no te parece? Le parecía… pero dudaba que fuese capaz de suponer una amenaza para nadie.

Sin embargo, tenía que luchar por sus escasas pertenencias. En el orfanato le habían enseñado que, si no luchaba sus propias batallas… bueno, básicamente alguien más grande y fuerte que ella acabaría robándole el pudin del postre.

—Disculpa. Esta es mi...—Empezó a decir Hester, mientras caminaba hacia el joven. No terminó su frase porque, a medida que se acercaba, pudo ver qué le tenía tan entretenido: una criatura con forma de gato, pero que todo ojo experto mágico sabía que no lo era. Se trataba de un kneazle, y la criatura mágica había escogido como hogar temporal la cesta de la bicicleta de Hester.—¡Oh, vaya! ¿Quién es este pequeño?—La cara de Hester cambió de inmediato: sonrió casi de oreja a oreja, acercando la mano a la criatura. Ésta se había quedado mirándola cuando salió.—¿Es tuyo?—Preguntó, dirigiéndose al chico, al cual dedicó una breve mirada, antes de volver a mirar al kneazle… y rápidamente volviendo a mirar al chico. Le había reconocido.—¡Oh, mi salvador!—Dijo, de manera involuntaria, fruto de los nervios. Ponerse nerviosa era su seña de identidad.—Quiero decir… el chico que vela por la organización durante la ronda de preguntas. ¡Hola! ¿Es tuyo este pequeño?

Había gente que hablaba poco, o nada, cuando se ponía nerviosa; Hester Marlowe deseaba ser de ese tipo de gente, pues cuando ella se ponía nerviosa, hablaba por los codos, por los sobacos, por las rodillas, por el pelo… Juraría que hasta su boina hablaba un poco a veces.
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Evans Mitchell el Lun Nov 05, 2018 8:06 am


Dio un vistazo, y ahí la tenía. Le bastó ladear la cabeza para sentirse abordado por la casualidad, no sin sorpresa. Sólo que su expresión, normalmente ceñuda, expresaba desconfianza, no sorpresa. Como si Hester Marlowe lo hubiera hecho a propósito, sabes, eso de aparecerse.

No dijo nada y se apartó un poco, tomando el rol del observador. Ese gato era un convenido de primera, porque pasó de él al comprender que no llevaba nada interesante encima, y ahora se deshacía en atenciones para con una nueva presa. Le caía bien así, Merlín. En cuanto a Hester Marlowe, sentía curiosidad por ella, aunque no por ella, sino por su cerebro, lo que había en su mente, lo que hacía con su mente.

—No—se limitó a responder, con las manos en los bolsillos y los pulgares afuera. No tenía nada que hacer allí y se podía largar, pero así y todo se mantuvo en su lugar, de observador. La mirada de la instructora paseándose del gato a él, de él al gato, hasta asirse a una última revelación le hizo abrir los ojos, como quien no está preparado para… fue lo que dijo, más bien.

Lo habían llamado muchas cosas, tú sabes, ‘jodido idiota’, ‘troll’, ‘cobarde traidor’, pero, ¿salvador? No pudo evitar sonreírse. Enseguida, vio una oportunidad ahí, de conseguir algo. No sabía exactamente qué, pero si empiezas con buen pie conociendo a alguien, no era cosa de adormilarse y desaprovechar las ventajas que supone granjearte la simpatía de esa persona, y entonces lo supo. La idea de preguntarle un poco más en serio sobre qué hacían los que no querían aprender oclumancia ‘oficialmente’, se le antojó oportuna en ese momento.

Era, en sí misma, una pregunta rara para hacer incluso dentro del seminario, teniendo en cuenta que desde el Ministerio debían ser más estrictos que nunca con el ‘para qué’ quería un mago aprender a cerrar su mente. ¿Qué tenía que esconder?, ¿el paradero de unos fugitivos?, ¿sus actividades contra el régimen? Después de todo, ni siquiera contaba con la excusa de que era un estudiante de oclumancia o que tenía interés por esta carrera de forma profesional. Dudaba mucho que le fueran a aceptar de buen modo la excusa que podía tener cualquier estudiante: curiosidad académica, simple capricho, pesadillas. No esperaba conseguir gran cosa, pero sí quizá algunos nombres de oclumantes que se prestaban a ser instructores personales y que no aparecieran publicitados en El Profeta.  

Así que, el chico que vela por la organización. Esa era buena. La verdad era que sólo se había preocupado porque le contestaran a sus preguntas y había utilizado la estrategia de ‘las buenas maneras’ para pararse dignamente frente a una chica que pecaba de impaciente, porque la cordialidad  tenía que servirte para algo en esta vida.

—Sí, bueno, esa de antes… era un poquito impaciente—comentó, como quien no quiere la cosa, acusando a otro de mamarracho humano, mientras que él, bueno, él, velaba por la organización, porque el orden y los buenos modales hacen que la gente se entienda, se conecten entre ellos. Sonrió, encantador, encogiéndose de hombros—¡Hola!—respondió casi a modo de eco, con gracia evidente (pero gracia que no era una burla), porque sí que sonaba que Hester Marlowe había soltado una seguidilla de palabras en cualquier orden, pero él le seguía la corriente, porque era un buen tipo, un tipo simpático, y sonreía—. No, él es… Se llama Merlín. Está siempre por aquí, el campus. Creo que, ¿fue la bibliotecaria?, que me dijo que se llamaba Merlín. Ella lo nombró, pero es un gato callejero.

El pequeñajo, todo ternurita, empezó a maullar, requirente, impacientándose con esa necesidad evidente de ser, mimado sí, ¿pero qué tal si le tiraba algún bocado?, ¿no traería algo rico encima, por casualidad?, ¿por qué los humanos pensaban que con rascarte la cabeza era suficiente y todos contentos? Merlín no necesitaba ser un kneazle para darse cuenta que no era suficiente.

—Siempre tiene hambre—
añadió, pero pasó por encima el asunto del gato y volvió al tema del seminario—: Parecías sorprendida de estar ahí, en la tarima—comentó—. ¿Por qué? Fue interesante, por cierto. Aunque creo que voy a tener que desistir con la oclumancia—mintió, con una sonrisa que expresaba un dejo de pena—Me gusta mucho la carrera que estoy haciendo ahora aunque el profesor Scheider la considere ‘insulsa’—citó, con una breve mueca de humor—. Y dudo mucho que me acepten en el Ministerio, además, que me intimidaría un poco tanto papeleo—confesó—. Y el profesor lo dijo: no lo intenten si sólo quieren ‘callar su mente’. Me ha calado hondo, por entero. Yo tengo, ¿algunas pesadillas? Y bueno, yo quería… Digo desde siempre las he tenido y yo… ¿No sabes de alguien que tú sabes que es bueno y al que le pueda pedir clases particulares? No por motivos académicos, sino, más personales.    
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Evans MitchellUniversitarios

Hester A. Marlowe el Mar Nov 06, 2018 5:35 pm

Hester se sentía genuinamente agradecida por la intervención de aquel estudiante: teniendo en cuenta que esa tarde no esperaba para nada convertirse en ponente invitada, sus nervios estaban a flor de pie. Si ya de por sí su estado normal solía oscilar entre nerviosa y muy nerviosa, verse en una situación potencial de miedo escénico no hacía que su estado mejorara. Y si encima la interrumpían constantemente, terminaba trabándosele la lengua. Y una Hester Marlowe que no era capaz de encadenar más de tres palabras seguidas no era una Hester Marlowe atractiva ni interesante. Más bien, dicha Hester Marlowe solía ser blanco de todas las burlas y risas.

Por eso prefiero que la gente levante la mano antes de hablar, pensó la joven, recordando sus años universitarios, sus años en Hogwarts, e incluso las reuniones de grupo con la psicóloga del orfanato. Éstas últimas, de hecho, eran las mejores: tenían lo que se llamaba el osito parlante, un viejo oso de felpa que otorgaba mágicamente el turno de palabra a quien lo tuviese en su mano. Obviamente, no había nada de mágico en ello, pero todos respetaban a aquel oso como si lo fuese.

Asintió con la cabeza ante la respuesta del joven: un poquito impaciente. A Hester le parecía que aquella definición se quedaba corta, pero habría que darla por buena. Se dispuso a abrir la boca para pronunciar un agradecimiento formal a dicha labor, pero la mención al nombre del kneazle que había escogido la cesta de su bicicleta como cama acaparó toda su atención. Sonrió ampliamente al saber que respondía al nombre de Merlín, y acarició su cogote con las puntas de sus dedos.

—¡Hola, Merlín! Es un placer conocerte.—Dijo Hester, utilizando ese tono de voz que se utiliza únicamente cuando se habla con animales y con niños pequeños. Alguna vez se había preguntado si los animales se ofendían al recibir un tratamiento tan condescendiente, y tenía la teoría de que los gatos, por lo menos, sí lo hacían. Por la mirada que Merlín le dedicaba, se pudo imaginar lo mismo del kneazle.—Tienes suerte de poder pasar por gato. Así puedes ir a dónde te dé la gana, ya sea un lugar mágico o un lugar muggle.—Y eso era decir mucho: a algunos magos no se los podía sacar del mundo mágico… a no ser que fuese Halloween o Carnaval, claro.

Hester, quien se había olvidado ya un poco de todo lo ocurrido dentro del aula magna, estaba totalmente concentrada en el ser mágico. El joven informó de que, al parecer, siempre tenía hambre. Y por lo que pudo comprobar, lo que le había ofrecido el estudiante—una meiga o bruja frita, concretamente—no le había interesado demasiado. El kneazle, quizás, había olfateado el emparedado que Hester llevaba en su mochila, para comerse a la hora de la merienda—cosa que no había podido hacer, pues para ese momento estaba hablando delante de un montón de personas—y debía haber despertado su interés.

—Ya me imagino lo que quiere...—Comentó Hester, mientras se descolgaba la mochila de los hombros, la abría, y sumergía el brazo en ella casi hasta el hombro. Se trataba de una mochila mágicamente encantada, así que llevaba una buena cantidad de cosas allí dentro.—¿Eh?—Respondió una Hester, momentáneamente demasiado concentrada en encontrar su merienda como para percatarse de lo que el estudiante le había dicho. Por suerte, fue uno de esos momentos en que te pillan desprevenida, y unos segundos después tu cerebro te recuerda lo que has escuchado.—¡Ah! Bueno, es que no me esperaba para nada que el profesor Scheider me llamase ‘a la palestra’. Solo venía en calidad de oyente...—Hester puso los ojos en blanco, negando con la cabeza.—No sé por qué me sorprendo. Siempre hace lo mismo.

Hester frunció el ceño, desviando su atención del emparedado al joven estudiante, cuando mencionó que iba a tener que desistir con la oclumancia. La joven instructora mostraba un aspecto extrañamente cómico allí de pie, con el brazo completamente metido dentro de una mochila que claramente no era tan larga, y el ceño fruncido mientras escuchaba con atención las palabras del estudiante. Y como a ella no le gustaba que la interrumpiesen y velaba por el respeto al orden, le escuchó hasta el final sin intervenir. Y, si bien Hester podía parecer un tanto ingenua en ocasiones, se hizo una ligera idea de lo que ocurría allí.

No era la primera vez que se encontraba con alguien interesado en clases de oclumancia privadas. Y el motivo solía ser siempre el mismo: que no hubiese registro oficial alguno de ello. No eran pocas las personas celosas de su privacidad que preferían pasar por debajo del radar. Que la gente le preguntase aquellas cosas la hacía sentir muy incómoda, pues para evitar problemas, siempre tenía que decir que no.

—¡Oh, no hagas caso al profesor Scheider!—Hester levantó la mano con que sostenía la mochila para hacer un gesto, pero se arrepintió en el momento en que sintió que ésta se le caía, y volvió a agarrarla.—Al profesor Scheider, todo lo que no sea el estudio de la mente humana le parece insulso.—Compuso entonces una sonrisa amable.—Gracias por echarme un cable durante la ronda de preguntas, por cierto. ¿Te llamas…?—Hester esperó a que su salvador se presentase, antes de proseguir. Lo cierto es que había dicho todo aquello para ganar un poco de tiempo, para declinar aquellas preguntas de la manera más educada posible.—La enseñanza de la oclumancia es un campo muy complicado, y su aprendizaje, mucho más. Recibirla de alguien que no pertenezca a un organismo mágico oficial podría desembocar en un aprendizaje deficiente y… ¡lo encontré! ¡Por fin!—Exclamó Hester, sacando por fin el brazo de dentro de la mochila. Se refería, por supuesto, al emparedado de atún que tenía en la mano. Dejó la mochila suavemente a sus pies, en el suelo, mientras empezaba a desenvolver el envoltorio de papel del sandwich.—Ya sabes, podrían estafarte, y la oclumancia es una magia exacta. No sirve con saber un poco: o sabes, o no sabes.—Partió un pedazo del sandwich, una vez desenvuelto, y se lo ofreció al kneazle. Éste lo atrapó con avidez, y se puso a comerse el atún que había en el interior del pan, en primer lugar; el susodicho pan, quizás, tendría que conformarse con que se lo comiese alguna paloma que pasase por allí.—Antes dijiste que tendrías que desistir de la oclumancia. ¿Es solo por tu privacidad?

Aquella solía ser una forma efectiva de librarse de ofrecer una negativa: la gente, una vez que ella empezaba a preguntar un poco acerca de sus motivos personales, solía cerrarse en banda y marcharse. Si eso ocurría, Hester suspiraba aliviada por haber sido capaz de capear el temporal; si no sucedía, la incomodidad continuaba.
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Evans Mitchell el Jue Nov 08, 2018 2:07 pm



Evans le hablaba al tiempo que la observaba, distraída mientras que se deshacía en atenciones para con Merlín, el muy gorrón. Le pareció ideal mantener una conversación meramente casual en el marco de tales circunstancias. Él era un salvador, el gato era adorable, el sol brillaba y los pájaros cantaban. Si todo salía bien, la conversación quizá tomara un giro interesante. O quizá no, y tendría que recurrir a sus mejores encantos para salir huyendo por patas, pero con el mejor estilo.

—Evans—
respondió, tanteándola disimuladamente con la mirada, pero sin mirarla directamente a los ojos. En cambio, se concentró en el gato con un renovado interés, rascándole la cabeza—. No fue nada—agregó, respecto a su noble acto del día. Y era verdad, no había sido nada que hubiera hecho intencionalmente. El gato bufó ligeramente, pero él sonreía, tan tranquilo.

El profesor Abraham le hubiera ladrado en el acto de hacer esas preguntas, lo sabía. Pacientemente, analizó el tono de voz de Hester Marlowe y cuanto decía, pensando que, después de todo, debía ser una alumna brillante. No tonta, al menos. Lo que en algunos casos ya era decir mucho.

—Sí, sé que hay estafadores sueltos—dijo, con un acento que buscaba ser divertido.

El último comentario de Hester Marlowe le sentó tan mal, mal pero que muy desagradable, pero que muy agrio, pero que muy, y eso que se esperaba algo así. Era también divertido, aunque ella no estuviera buscando ese efecto.

Siendo desconfiado como era, no pudo evitar pensar que había una y mil formas más de mostrarse receptivo ante una petición como la suya, y que la de ahora no era precisamente una de esas. Él escuchaba a su instinto, y la sensación venida con el golpe del último comentario todavía le escocía, como un mal sabor.

En todo caso, podía insistir, hasta cierto punto. Mientras no dijera una mentira que tuviera que sostener con el tiempo. Mientras, lo que dijera fuera completamente cierto. Evans le dedicó a Hester Marlowe una mirada tranquila, sonrisa de por medio.

—Desde niño, siempre he tenido pesadillas—dijo, sin pena—. Últimamente han vuelto peor que nunca. Quiero hacerlo por mí mismo, quitarme estas pesadillas. Pero sí, bueno, puedes decir que mis pesadillas son mi asunto privado.

Casi de inmediato reparó en el gato, que devoraba felizmente su atún y que en se momento era puro ronroneo, y agregó, casual:

—Te has ganado un amigo, o una lapa, según como lo veas. Irá maullando tras de ti cada vez que te vea.


Su intención era largarse, honestamente. Sólo que si lo hacía en seguida, eso se vería como una evasiva evidente. Así que, aclararía sus motivos de forma que se sintieran creíbles —y en cuanto había dicho no había mentira—, y acabaría por excusarse, quizá hasta agregando algo de lo más encantador como ‘gracias por escucharme’, ‘eres una persona muy agradable’, etc., al lado de una excusa tan plausible como ‘tengo que ir al trabajo’. La idea de aparecerse en el trabajo durante su día libre por mantener una mentira le hizo gracia, pero claro que eso no sucedería.

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Hester A. Marlowe el Vie Nov 09, 2018 6:47 pm

Cuando Hester conoció el nombre del joven estudiante, que resultó ser Evans, le pareció extremadamente curioso. En su infinita ignorancia respecto a los nombres propios, la oclumante desconocía la existencia de esa variante. Y es que jamás había escuchado ‘Evans’ como nombre, solamente como apellido. Para el nombre, siempre había creído que se escribía sin ese. Aquel dato, curioso al menos para ella, le ayudaría a recordarlo en un futuro, si su camino volvía a cruzarse con el del estudiante. Sería Evan con ese en su cabeza.

A esta nueva información respondió con una amable sonrisa, una que decía ‘Es un placer’ sin decir palabra alguna. No es que con aquello se hubiesen hecho amigos, pero a ojos de Hester, tampoco había motivo para no tener un trato cordial. Poco o nada sabía de aquel joven, más allá de una actitud que ella interpretó como amable. Aún a pesar de haber estado a punto de ser agredido por una estudiante impaciente que quería que sus preguntas fuesen respondidas con prioridad.

Sin embargo, Evan con ese tenía en mente algo que a Hester no le gustaba, o al menos así creía haberlo entendido ella: el joven quería clases privadas de oclumancia, y si bien por la prisa con que había abandonado el aula magna podía ser indicativa de que no había premeditación en aquel encuentro, Hester no lo tenía tan claro. Por lo que ella sabía, el joven podía haberla visto llegar en su bicicleta a la universidad, y haberla reconocido más tarde, durante la ponencia improvisada y espoleada por el profesor Scheider. Conociendo aquellos detalles, habría sido muy fácil esperarla delante de su medio de transporte, precisamente con aquellas intenciones.

Y había un problema con todo aquel asunto: que a Hester no le gustaba demasiado utilizar la palabra ‘No’. Por ese mismo motivo, se había visto a sí misma dando una charla improvisada delante de un montón de desconocidos cuando únicamente había acudido a aquel aula para escuchar al profesor Scheider. Decir ‘No’ la hacía sentir violenta en muchos sentidos, y la hacía sentirse terriblemente insegura: por algún motivo, cuando decía que no a algo, siempre dudaba de sí misma, de si había hecho lo correcto. Quizás se debiese a las reacciones negativas de la gente, o quizás a su propio cerebro, que estuviese un poco defectuoso.

Fuese cual fuese el motivo, si Hester Marlowe podía evitar utilizar la palabra ‘No’, evitaba utilizar la palabra ‘No’. Y la vida era mucho más sencilla.

Así que en lugar de decirle a Evans—Evan con ese—que no podía ayudarle, que buscase ayuda en otro lugar, remitiéndole incluso al profesor Scheider—quien seguramente conocería un montón de buenos oclumantes, algunos estudiantes suyos—, Hester utilizó una maniobra mucho más discreta: advertirle de los riesgos de confiar a cualquiera sus estudios oclumánticos, e interesarse por los motivos que le impedían realizar dichos estudios de manera oficial. Aquel solía ser el punto en que la gente se inventaba una excusa, decían que tenían prisa y se marchaban. Así funcionaban los que querían estudiar oclumancia: si no quisiesen ocultar sus secretos, ¿para qué estudiarla?

Pero… ¡Porras!, pensó Hester cuando su plan salió mal. El joven ni siquiera se mostró molesto—a ojos de la oclumante, al menos, y ella era de esas personas que necesitaba la legeremancia para imaginarse en qué pensaba la gente, pues lo de leer rostros y microexpresiones no iba con ella—y le ofreció una breve explicación al respecto. Al parecer, todo se debía a unas pesadillas que le habían acosado desde niño… y con esto Hester sí pudo simpatizar un poco. Aquello fue una punzada en su corazoncito, recordando la ex-Hufflepuff su propio motivo para estudiar la carrera de oclumancia.

Pero la oclumancia no había acabado con sus visiones. Y mucho se temía Hester que lo mismo ocurriría con las pesadillas a las que hacía alusión el joven Evans.

—¿Pesadillas…?—Preguntó Hester, dubitativa, más para sí misma que para el joven. Al formular dicha pregunta, se llevó el dedo índice al labio inferior, mientras pensaba al respecto.—Sin duda, la parte de la meditación podría ayudar, pero...—Hester levantó la mirada, clavando sus ojos en los de Evans. De repente, se había olvidado un poco de sus habituales nervios y mostraba un sincero interés por el asunto. Casi curiosidad científica.—¿Crees que esas pesadillas podrían tener un origen externo? ¿Quizás influenciadas por alguna criatura mágica? Porque de otro modo...—Hester había entrado en modo investigadora, y si bien con aquellas palabras no quería decir que se estuviese ofreciendo a instruirle o a buscarle ayuda fuera del Ministerio de Magia, ni mucho menos. Pero había despertado su interés, sin duda.

Tal había sido el interés que el asunto había despertado en Hester que la muchacha pasó por alto ese fragmento de conversación referente al kneazle, quien había dado ya buena cuenta del atún que Hester le había dado. De hecho, la joven seguía sosteniendo el resto del emparedado en su mano izquierda. Merlín lo observaba con como si aquello fuese el péndulo de un hipnotizador, y cada vez que Hester movía la mano en que sostenía el alimento, los ojos del felino lo seguían.

En un punto, se cansó de seguir tan jugoso bocado con la mirada, y optó por lanzar un maullido, reclamando su atención. Hester dio un respingo y volvió la mirada en su dirección, percatándose al momento de lo que quería. La joven partió otro pedazo del sandwich y se lo entregó al kneazle, al tiempo que esperaba la respuesta de Evans con mucho interés.
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