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Unraveling the secrets of human mind {Evans Mitchell}

Hester A. Marlowe el Vie Oct 26, 2018 9:26 pm

Recuerdo del primer mensaje :


Viernes 26 de octubre, 2018 || Universidad mágica || 18:03 horas || Atuendo informal

Aquel viernes tenía algo de especial para Hester Marlowe: había sido invitada a un pequeño seminario sobre Oclumancia, esa rama de la magia en que tan experta era la joven bruja, que impartiría el profesor Abraham Scheider en la universidad mágica. ¿Y quién era Abraham Scheider? Bueno, pues posiblemente el profesor más cascarrabias y más tozudo que una podía encontrarse en la carrera. Por fortuna o por desgracia, el profesor Scheider también era uno de los mejores, un oclumante del que se decía que nadie podía penetrar en su mente.

Hester, desde luego, jamás lo había conseguido, y muchos de sus consejos la habían convertido en la instructora más que capaz que era actualmente.

La invitación había llegado a Hester por medio de una vociferadora una semana antes. Una lechuza se la había dejado caer sobre la cabeza en su pequeño despacho en el Departamento de Misterios, y nada más comprobar de qué se trataba, Hester se tapó los oídos. La enojada voz de Abraham Scheider, con su marcado acento alemán, invitaba cordialmente a Hester Aurore Marlowe a acudir al seminario que tendría lugar el viernes siguiente, y finalizaba con un agradecimiento.

Superado el susto inicial—una vociferadora siempre asustaba—Hester encontró aquel gesto muy propio de su viejo profesor: sabía lo que quería, y lo quería ya. Nunca admitía discusión. Si el profesor Scheider quería un trabajo sobre los orígenes de la oclumancia en que requería a sus alumnos entrevistar a diversos personajes conocidos—algunos de ellos solamente accesibles por medio de retratos animados que se les habían realizado de manera póstuma—y con una extensión de no menos que dos metros de pergamino, todo ello para el día siguiente, de nada servía discutirle. Scheider era estricto y tozudo, y algunos insistían en que estaba como una cabra.

Hester, trabajadora como solían ser los estudiantes de la casa Hufflepuff, tenía a su profesor en muy alta estima. Es por eso que, aunque en principio se le ocurrió que podía excusarse y decirle que no, finalmente terminó accediendo. ¿Qué podía perder? La oclumancia era su campo de estudio, y todo conocimiento nuevo al respecto era bienvenido. Por no mencionar que sentía gran curiosidad por los últimos logros de su profesor, quien por lo que ella sabía, había publicado varios artículos en distintas revistas mágicas.


Así que el viernes 26 de octubre, Hester se atavió con un sencillo atuendo consistente en una camisa blanca, unos pantalones piratas negros con tirantes, unas botas de tacón bajo, y su amada boina—Hester era una amante de los gorros y las boinas—y se puso en camino hacia la universidad. Con todo el dolor de su corazón—un corazón muy grande, como sabrían aquellos que conociesen a Hester—tuvo que dejar en casa a Carrot, su conejita.

—Sé que te gustaría venir...—Dijo Hester con una sonrisa triste en la cara, inclinándose sobre la enorme jaula de Carrot.—...pero no puedo llevarte. ¡Pero no te preocupes! Te voy a compensar: mañana iré al mercado y te traeré las zanahorias más hermosas y deliciosas que jamás hayas visto.—Y dicho esto, Hester compuso una amplia sonrisa, antes de acariciar con sus dedos el cogote del pequeño animal.

Como tenía tiempo de sobra, acudió al campus universitario en su bicicleta. Hester adoraba disfrutar de aquellos pequeños ratos sobre ruedas, disfrutando de la sensación de la brisa en la cara y contemplando a los distintos viandantes que se iba encontrando. Desde luego, la aparición era mucho más rápida, ¿pero qué había del paseo? ¿Qué había de disfrutar del mundo que la rodeaba? Hester disfrutaba demasiado esos pequeños placeres como para abandonarlos en pos de la comodidad.

Llegó con su bicicleta a la entrada misma del pabellón en que tendría lugar la conferencia. Se apeó y sujetó su medio de transporte a una farola utilizando una cadena mágica que no podía abrirse salvo con la llave que siempre llevaba colgada al cuello. Se encaminó al edificio, y al llegar a la puerta del aula, le ofrecieron un programa y la invitaron a pasar. Hester se internó en la sala en penumbra, ocupada ya por un número considerable de magos, tanto adultos como jóvenes.

Escogió un asiento libre en la primera fila del aula—por el camino, su torpeza la llevó a tropezarse con los pies de los distintos asistentes sentados en las butacas, los cuales la miraban con cara de pocos amigos—y se sentó. Para pasar el rato hasta que diese comienzo el seminario, Hester echó un vistazo al programa que le habían entregado a la entrada. Para ello, tuvo que ponerse sus gafas, pues Hester no veía tres en un burro a la hora de leer. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo a hacer esto, pues pronto una voz amplificada anunció la llegada del protagonista del seminario, el profesor Abraham Scheider.

Hester, manoteando torpemente, se quitó las gafas, y estas terminaron aterrizando en su regazo. El público aplaudía, y ella se sumó al aplauso un tanto a destiempo. En el centro del aula—una de esas aulas de universidad en las que los asientos están dispuestos en varios semicírculos concéntricos, cada uno más alto que el anterior—vio aparecer la figura de su antiguo profesor, con su traje de tweed y su fiel bastón consigo.

Con paso tranquilo, el profesor se detuvo ante el escritorio que ocupaba el centro del aula. A su espalda tenía una pizarra en la cual se podía leer escrito en tiza ’Desentrañando los secretos de la mente humana’. Un título curioso donde los hubiese.

El profesor ordenó algunos papeles, carraspeó para aclararse la garganta, y entonces tomó su varita. Se la acercó a la nuez y, cuando empezó a hablar, su voz sonaba amplificada, igual que si estuviese hablando a través de un micrófono muggle.

Guten tag.—Empezó el profesor, en alemán, pasando a continuación al inglés con su marcado acento alemán.—Bienvenidos a este seminario que, como pueden leer aquí atrás—El profesor señaló con su pulgar izquierdo por encima del hombro la pizarra—se llama… bueno, ya lo pueden leer ustedes mismos ahí, ¿para qué perder mi tiempo?—Aquel comentario desencadenó algunas risas, incluida la de Hester. El profesor Scheider seguía igual que lo recordaba.—Oclumancia, la rama de la magia que nos permite bloquear intrusiones externas a nuestra mente, y el motivo por el cual he podido pagar mis facturas durante los últimos treinta años...—Más risas. Hester también rió, aunque era bastante consciente de que el profesor Scheider no buscaba hacer reír, sino que aquella era su personalidad. El sarcasmo formaba parte de su personalidad.—Para entender lo que es la oclumancia tenemos que remontarnos al siglo...

Hester prestó atención. Era una pena que no le hubiese dado tiempo a leer, al menos por encima, el programa que le habían entregado a la entrada. De haberlo hecho, la joven se habría dado cuenta de que su nombre, Hester Aurore Marlowe, figuraba entre los ponentes. Sí, aquello también era propio de Scheider: las encerronas eran lo suyo.

El mejor profe del mundo:

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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Evans Mitchell el Lun Nov 12, 2018 12:48 am




Pareció interesada, con las pesadillas. Meditó internamente y en cuestión de segundos qué contestarle, porque en verdad no sabía qué podía inventarse en ese punto, ¿que era una víctima como esos niños de El Caso del Flautista? Y eso era una leyenda, un cuento chino, lo asumía todo el mundo (¿lo era?). No sabía él qué criatura mágica podía influir en los sueños, así que, en verdad desconcertado, lo dejó caer, todo ese no saber, en una pregunta.

—¿Qué criatura mágica podría hacer eso?—Lo suyo era un descreimiento tal que un lado de sus comisuras se hundió en una mueca. Diríase que pensaba que le estaban tomando el pelo. ¡Bingo!, Evans había hallado su plan de escape casi sin proponérselo, y según su idea, aquella sería una huida con dignidad—No soy un experto, pero—cazó de reojo a Merlín intentando llamar la atención perdida, demorándose en el felino amigo un instante, fugaz instante, antes de seguir adelante—decirle a alguien que el cuco anda detrás cuando te cuentan algo personal como esto, mis pesadillas, ¿no es un poquito… inapropiado?—tanteó, como quien no quiere la cosa o haciéndote ver que te estás omitiendo algo importante. Sí, hazte el ofendido, tú naciste para esto. Evans pareció evaluarla momentáneamente con la mirada como si se hubiera equivocado con ella como ser humano y le dedicó una sonrisa forzada—. Digo, lo sabría a estas alturas si hubiera un monstruo acechando debajo de mi cama—soltó, con un deje de humor.  

Entonces, si se ceñía al plan improvisado, la actitud de su salida tenía que ser resignada y decepcionada. Él era un tipo que se había confesado al respecto de un problema que tenía, y mira cómo se le reía la mujer en la cara, achacándolo todo a que era obra del cuco. Él tenía que quedar como el buen tipo, con un interés genuino en la oclumancia con fines, ¿terapéuticos?, ¿conquistar un debido control de sí mismo?, ¿sentirse capaz de organizar sus pensamientos?, sí, y que todo quedara fuera del registro (ante cualquier posible seguimiento), y mira cómo de mal lo trataban los profesionales.  

—Como tú lo pones, de verdad parece que me estás tomando un poquito el pelo, así que ayúdame aquí, porque no te estoy entendiendo. Pero puedo afirmártelo desde ahora. No, no es una criatura. Los adultos también tenemos pesadillas, no sólo los niños que le temen al cuco. Es. Es la mente la que me juega en contra—Y por último añadió, agradable el acento, casi anhelante—Supongo que debe sentirse bien tener una mente en orden, ¿verdad? Digo, se oye bastante impresionante.

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Evans MitchellUniversitarios

Hester A. Marlowe el Lun Nov 12, 2018 2:59 am

En los minutos siguientes, Hester Marlowe recibió lo que puede considerarse una bofetada figurada en la cara. Al menos, así fue cómo se sintió cuando el tal Evans volvió a hablar. Y si bien aquel estudiante era un total desconocido y sus palabras deberían darle un poco igual, como sería lógico, Hester no era así: estaban teniendo lo que ella creía que era una charla en un tono educado, y por más que lo intentó, no comprendió a qué venía semejante reacción. ¿Había dicho ella algo tan grave como para semejante reacción?

Su reacción fue perfectamente notable: dio un respingo y abrió los ojos, sorprendida. Escuchó al joven en silencio, realmente incapaz de decir nada. Sentía aquella bofetada casi como si le hubiese dejado marca en la mismísima mejilla, y ante aquello, Hester no podía decir gran cosa. Podría argumentar, por supuesto; tenía maneras de argumentar todo lo que Evans dijo, desde luego. Pero Hester Marlowe no era buena con el conflicto, de la misma manera que no era buena utilizando la palabra ‘No’. Por lo que enmudeció… y no fue capaz de volver a despegar los labios hasta el momento en que Evans guardó silencio.

A ver… ¿qué acaba de pasar aquí?, se preguntó la oclumante, intentando ordenar sus ideas. ¿En qué momento había intentado tomarle el pelo? Tomarle el pelo sería pedirle dinero a cambio de clases de oclumancia y luego no cumplir, ¿pero intentar averiguar la raíz de sus pesadillas antes de embarcarse en un proceso largo y tedioso que quizás no le ayudase? ¡Aquella era la base misma del aprendizaje! ¿Cómo podía considerarse eso una tomadura de pelo? ¿Quién podía tomarse eso como una tomadura de pelo?

—Súcubos.—Dijo Hester cuando se sintió de nuevo capaz de hablar. Aquella bofetada incluso le había secado la garganta, haciendo que su voz sonase ronca. Carraspeó antes de continuar hablando.—Y sirenas. Criaturas capaces de crear un vínculo mental con sus víctimas. Los primeros se materializan en forma de sueños.—Hester se había puesto a la defensiva. De hecho, en aquel momento, habiendo escuchado todo aquello, tenía ganas de marcharse sin más. Nadie la obligaba a mantener aquella conversación… y sin embargo, allí permaneció ella.—Yo sí soy experta, por cierto.—Se defendió Hester, su orgullo herido. No empleó un tono agresivo ni mucho menos.—Y te aseguro que no tengo ningún interés en “tomarte el pelo”.—Al pronunciar esas palabras, Hester incluso hizo el gesto de comillas con los dedos.

Y, tras esto, la joven se encaminó hacia su bicicleta. Merlín, el kneazle, la observaba con ojos curiosos. Ella tomó en brazos al pequeño ser mágico y lo sacó de la cesta, dejándolo en el suelo. Dejó junto a él el resto del emparedado que ya no se comería, y se dispuso a soltar la cadena de la bicicleta.

La verdad es que se sentía ofendida. Una cosa era que a alguien no le cayese bien ella, como persona. Aquello podía ocurrir, por mucho esfuerzo que una pusiese en ser amable: cada persona era un mundo. Pero, ¿criticar todo su trabajo? ¿Acusarla de tomarle el pelo a nadie? Ella misma se había dado una y otra vez contra la misma pared durante su carrera, intentando librarse de las visiones sin éxito alguno. Había visto cómo sus aptitudes para la oclumancia mejoraban más y más cada día, pero las visiones seguían llegando. Intentaba ahorrarle a otra persona una frustración semejante, y así se lo pagaban.

—¡Por cierto…!—Exclamó Hester, un tanto nerviosa; no era su intención alzar tanto la voz.—No es necesario ser tan desagradable.—Añadió. Se quedó con ganas de decir muchas otras cosas, como que quizás lo que necesitaba no eran clases de oclumancia, sino terapia psiquiátrica. Hester pensaba muchas cosas desagradables cuando se enfadaba… pero generalmente se quedaban dentro de su cabeza. A veces le gustaría que no fuese así, pero así era la vida.—Que pases una buena tarde.—Concluyó Hester.

Con la cadena de su bicicleta guardada en la mochila, Hester asió el manillar de su medio de transporte con ambas manos y empezó a caminar en paralelo a ella. No quería montarse en ese momento, pues dado su estado de nervios, lo más probable era que terminase en el suelo. Sin embargo, solamente caminó tres o cuatro pasos antes de detenerse. Y no, no se detuvo porque tuviese intención alguna de continuar con aquella conversación.

Inmóvil junto a su bicicleta, Hester Marlowe abrió mucho los ojos y se quedó boquiabierta. Se le cortó la respiración y, a continuación, aflojó la presa de sus manos sobre el manillar de la bicicleta. A consecuencia, ésta se le escapó de las manos y cayó de lado sobre el cesped que bordeaba el camino. Los brazos de la joven cayeron laxos a ambos lados de su tronco.

Hester Marlowe estaba teniendo una visión.
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Evans Mitchell el Miér Nov 14, 2018 1:22 am



«Súcubos, eh», pensó Evans, muy tranquilo consigo mismo y con su espíritu a pesar de que, justo delante, ahí mismo, a su interlocutora le salía humo de las narices, sólo por hacer referencia a su resoplido. El caso era que el cambio en su actitud fue evidente. La gente solía ser tan fácil de pelar, tan sensible.

A su juicio, la instructora había decidido cerrarse con lo de darle alguna información útil, y como no había forma de mentirle sobre súcubos que intentaban meterse en su cama o arrebatarle su vida —aunque la idea lo hizo preguntarse si acaso no tendría que tener cuidado—, llegó rápidamente a la conclusión de que no sacaría nada a su favor.

Adoptó una silenciosa postura de escucha atento, uno muy, muy paciente, que asiente mecánicamente, por una cuestión de aparente respeto pero con un brillo apagado en su mirada, de obvio desinterés. Diríase que había preferido tragarse lo que tenía por decir, como si a pesar de asentir, compartiera con ella el saber de forma tácita que el que tenía razón, era él.

Hester Marlowe se fue luego de enfatizar sus comillas imaginarias y Evans pensó que era perfecto de esa manera. Si no era él el que se iba primero, ya no quedaría como si hubiera querido escapar de algo, no.  La que escapaba ahora era Hester Marlowe. Evans se limitó a mirarla, reposado y distante, disimulada esa sonrisita. Se acomodó la mochila al hombro antes de hablar.

—Si tú lo dices—
contestó Evans a la sugerencia de que estaba siendo desagradable, encogiéndose de hombros al hablar. Se lo veía muy relajado a pesar de que, claramente, le estaban dando a entender que algo no había estado bien en su manera de conducirse, que quizá debía estar preocupándose de pedir disculpas por algo, quizá. De hecho, se lo veía tan relajado que al lado de eso cualquier reacción parecía sobreactuada. Caradura—. Tú también—deseó de vuelta, con un tono de lo más agradable. Si estaba intentando demostrar una soberana educación que lo colocaba por encima del resto de mortales, dirías que lo hacía sólo por mosquear. Difícil saber, sino tenías idea de quién era Evans Mitchell. Pero visto de lejos parecía hasta simpático.

Se la quedó mirando por unos instantes mientras se alejaba, sin atreverse a dudar de que quizá pudo haber intentado abordarla de otra manera. Estuvo a punto de desaparecerse cuando observó cómo, bordeando el césped, a Hester Marlowe se le caía la bicicleta, haciéndolo saltar a Merlín con el susto. Se estuvo así, estática, con los brazos a los lados. Algo en esa rigidez le llamó la atención y se acercó, por curiosidad.

Se le asomó por un costado y abrió mucho los ojos. Estaba teniendo un ataque. Joder. Que no dijeran que le había provocado un ataque sólo por intercambiar unas pocas palabras, ¿tanto se había indignado? Los ojos dados vueltas, el ligero temblor en el cuerpo, en lo primero que pensó fue, ¿sería epiléptica? Evans la atajó por los hombros, por si se desmayaba.

—¡Oi!

Parecía que no, pero algo tenía. No fue el único en darse cuenta de eso. Desde las escaleras que eran la entrada del pabellón un par de estudiantes curiosos se giraron a mirar en su dirección.

***

Escenas parpadeantes, imágenes que antes de ser vistas son sentidas, sombras en la noche, haces de luz. El torrente de imágenes confusas permitían hilar una historia: un perseguidor y un perseguido, o esa era la impresión. Evans Mitchell se aparecía en un callejón, miraba en rededor, buscando a alguien, la expresión impaciente, alarmada, y se apresuraba mirando por encima de su hombro, pero. Donde fuera que quisiera llegar, a donde fuera que quisiera ir tan apurado… Una varita salió de la nada sin que Evans reparara en que le estaban apuntando a él, y para cuando fue a darse cuenta, un rayo verde.  

Nunca llegó, nunca lo logró.

Había imágenes inconexas: un gato huyendo entre la basura, ruido de latas, el rostro de una niña pequeña, imágenes de un sueño que se desvanecían, algunas se olvidaban y otras perduraban, como la silueta de un rostro aterrado.

***

—¡Oi!—Evans la llamaba, como si pensara que sólo su voz pudiera traerla de vuelta. Aunque a la de tres, si seguía con esa escenita rara se la llevaba a la enfermería, que mira que ir a agarrarse un ataque en una tarde tan tranquila… —¿Estás bien?, ¿qué ha sido todo eso?


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Hester A. Marlowe el Jue Nov 15, 2018 12:58 am

La visión fue una sucesión rápida, furiosa, aparentemente inconexa, de imágenes que se deslizaban ante los ojos de Hester como las ventanillas de un tren que pasa a toda velocidad por delante del andén, sin detenerse. Técnicamente, aquello no era correcto—y su profesora de adivinación la había recriminado muchas veces por ello—: los ojos nada tenían que ver en la clarividencia, no al menos los dos ojos que todo ser humano posee. El ojo que realmente se abría, para ver más allá del tiempo y el espacio, era el ojo de la mente.

Hester, como en muchas otras ocasiones—casi todas, en realidad—se encontró deseando ser capaz de cerrar ese dichoso ojo, que parecía actuar por su cuenta en los peores momentos. Justo cuando la oclumante estaba a punto de hacer una salida indignada en toda regla—y con ello olvidarse de Evan con s para siempre—le sobrevenía aquella visión… y sin comerlo ni beberlo, los destinos de ambos quedaban ligados.

Y es que aquel maleducado y desagradable muchacho que la acababa de acusar de tomarle el pelo estaba en peligro, y si bien había muchas cosas que a Hester le habían pasado desapercibidas en aquel corto lapso de tiempo, una estaba grabada a fuego en su mente: una varita alzándose, y un destello verde. ¿Y qué significaba en el mundo mágico un destello de luz verde?

Solo una cosa: muerte.


Al volver al mundo real, Hester se aferró con ambas manos a lo primero que apareció a su alcance, y ese algo, irónicamente, fueron los propios brazos del joven que acababa de ver en peligro; el mismo joven estudiante irrespetuoso que había provocado su anterior enfado. Sobraba decir que dicho enfado había desaparecido, dejando tras de sí solamente el desasosiego posterior a una de sus visiones. Y la confusión que seguía a éstas, claro.

Poco a poco, la clarividente se fue percatando del lugar en que estaba: los jardines de la universidad. Miró al joven Evans como si lo viese por primera vez, parpadeando rápidamente un par de veces, antes de reconocerle. No es que le conociese de toda la vida, pero tampoco era un desconocido, y hasta dónde Hester sabía, sus visiones jamás le habían producido ataques de amnesia ni nada parecido.

Respirando de manera agitada, Hester se separó del estudiante, intentando recuperar el uso adecuado de sus palabras. Maldijo en silencio a todos aquellos que tachaban la clarividencia de regalo divino, regalo celestial, o similares. Aquella era una maldición en toda regla, y Hester Aurore Marlowe siempre se preguntaba lo mismo: ¿Cuándo llegará el día en que una de estas estúpidas visiones me venga justo cuando estoy cruzando la calle y un coche me atropelle?

Se humedeció los labios, mirando otra vez al estudiante, y se percató de que llevaba demasiado tiempo callada. Demasiados estudiantes se habían detenido a contemplar aquella escenita, y si no estaban grabándolo todo con sus teléfonos móviles, Hester creía, era porque estaban en una universidad mágica en tiempos de Quien-vosotros-sabéis. Ese hombre no estaba precisamente a favor del uso de tecnología muggle, y poca gente se atrevía a hacer uso de ella en instituciones mágicas.

—Eh… Estoy bien.—Aseguró Hester, aunque no habría sonado menos convencida ni diciendo que tenía raíces asiáticas. Se agachó para recoger del suelo su pobre y sufrida bicicleta, en un intento de marcharse de allí con un poquito de dignidad, si es que era posible. Cuando de nuevo la tuvo sujeta por el manillar, caminó en dirección a la puerta del campus. Al pasar junto a Evans se detuvo a su lado un segundo, y le dijo en voz baja.—Tengo que decirte una cosa, pero no aquí. Reúnete conmigo en la puerta del campus.—Y comenzó a alejarse. No sabía si el joven le haría caso, ni mucho menos, pero tenía que intentarlo.

Porque sí, efectivamente: Hester Marlowe podría perfectamente desentenderse de aquel problema, seguir con su vida como si nada, y dejar que ese desgraciado encontrase la muerte a manos de un mago en un callejón oscuro. Pero aquello no formaba parte de Hester, quien si bien odiaba aquellas visiones, entendía la responsabilidad que venía implícita con ellas. Después de todo, ¿por qué vería cosas que estaban por ocurrir, si no para impedirlas?

Al menos, en lo que respetaba a cosas malas, como aquella...
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Evans Mitchell el Vie Nov 16, 2018 1:14 pm




¿Y si estaba loca? A Evans no le hacía ninguna gracia. Ni la locura ni tener frente a sí a una mujer con la mirada perdida. Puede que después de todo fuera un lapsus. Cual susto repentino, Evans se sorprendió en silencio cuando ella volvió en sí como despertando de una caída. Se miraron. Sí, fue como verla regresar de un recóndito plano en su mente. Lentamente recobró el sentido de rededor. Eso debió haberlo aliviado, pero Evans siguió fijándose en ella como si intentara hallar el origen de tal estado de desorientación.

Le habló con premura, rompiendo con ese sueño agitado en el que ella parecía ensimismada, de una forma casi áspera. Al decidir ella apartarse la soltó al tiempo que se acomodaba la mochila al hombro en un acto reflejo. La necesidad de ocupar sus manos pareció un tardío intento por explicarlas levantadas. Acercándose, dio unos pasos hacia Marlowe, a la que le estaba tomando su tiempo recuperarse. Diríase que asistía a una persona mayor que podría resbalarse y romperse la columna en cualquier momento con sólo apoyar mal el pie, algo frágil que se desbarataría de un leve soplo si no tenías cuidado.

No había dado más de dos pasos cuando se le interpuso una chica de coleta de caballo con un rostro tan preocupado por los asuntos del prójimo que Evans se echó para atrás, casi como si sintiera repelús. Más bien, por lo inesperado. Entonces recordó que nada de ello le importaba y se estuvo quieto en el lugar, mientras observaba cómo la otra estudiante se le acercaba a Hester Marlowe y le preguntaba, de nuevo, cómo estaba, ¿seguro?, ¿no necesitaba nada?, ¿seguro? Con un resoplido, Evans se estuvo en su sitio, pensativo.

Había visto a su madre durante episodios de desorientación, y su madre había tenido un desorden mental agravado. En ocasiones, la confusión la interrumpía durante sus tareas domésticas o en la calle y perdía la noción del tiempo y el espacio, acabando en sitios a los que no sabía cómo había llegado ni qué había estado haciendo antes de ese momento. El episodio, aunque parecía ser muy diferente, hizo que la recordara con fuerza hacia dentro de sí mismo, como cuando tienes un ligero deja vu.

Le llamó la atención que Hester Marlowe se le acercara.

—Tú… te veías rara—
soltó, con un hilo de voz algo cortado. La miraba con la aprehensión con que pones los ojos en un loco, aparentemente queriendo asegurarse de que ella no mentía cuando decía que estaba bien. Por cómo se le tensó una ceja, diríase que tenía sus motivos para dudarlo. Abrió mucho los ojos cuando lo citó en la puerta del campus. ¿Qué había pasado de repente?, ¿tenía algo que ver con las clases de oclumancia?—¿Qué…?

“No aquí”, había dicho. Entonces Evans miró en rededor y se dio cuenta de que un puñado de gente que no parecía tener nada mejor que hacer se había detenido a mirar. La buena samaritana de antes se veía con intenciones de querer volver al ataque, y estaba a poco y nada de lanzarse sobre Hester Marlowe con la pregunta en la boca: ¿estás bien?, ¿segura?, ¿no necesitas algo?, ¿cualquier cosa?, ¿segura?

—Venga—
Evans se dirigió al grupo de mirones, abiertos los brazos en un gesto. Se mostró entre inquisitivo y ofendido, haciendo que empezaran a voltearse hacia sus propias vidas—Que no pasó nada, ya—espantó, recorriendo a cada uno con una mirada, de esas que punzan—Oye tú, que ha dicho que está bien, ¿cuántas veces te lo tiene que repetir?—soltó de malos modos, interpelando a la buena samaritana. Esta se interrumpió y le lanzó una cara de pocos amigos, pero se volvió hacia Hester Marlowe una última vez.

—Te puedo acompañar si quieres—dijo llevándose una mano al pecho, como si la situación de Marlowe le partiera el corazón. Su lógica era que alguien que acaba de desmayarse o algo parecido no podía simplemente levantarse e irse—¿Segura que estás bien?

Hester Marlowe se iba.

—Que ya la acompaño yo, venga—
Evans la siguió, un poco confundido por dentro. Todo el asunto le daba mala espina. ¿Le iría a echar en cara que por su culpa le había dado un patatús o algo?, ¿por disgustarla? Vaya, con esa gente sensible. En serio, había que tener nervios algo más fuertes en la vida—Oye—Evans, a pesar de que sus pensamientos gritaban fuerte y claro, le habló despacio—. ¿Se puede saber qué fue eso?


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Hester A. Marlowe el Sáb Nov 17, 2018 3:23 pm

Hester Marlowe había dicho que estaba bien y, bueno, eso en teoría era verdad: físicamente, que ella supiera, la clarividencia no tenía ningún tipo de secuela. Sin embargo, las visiones tenían algunos efectos secundarios, como podían ser la confusión y desorientación que experimentaba la joven bruja en aquellos momentos.

A Hester le parecía muy lógico: mientras su cuerpo permanecía anclado al presente, su mente veía retazos de un futuro que podía ocurrir o no, en función de si ella hacía algo al respecto o no. Dichas visiones podían ser, perfectamente, pequeños viajes en el tiempo realizados por la mente, y un desplazamiento temporal tenía que dejar una serie de secuelas: en un momento estabas en el presente, y al siguiente estabas en el futuro, contemplando cosas que sucedían demasiado rápido, para luego regresar con la misma velocidad al presente.

Así que bien, lo que era bien, Hester Marlowe lo estaba. Sin embargo, necesitaría algunos minutos para reacondicionarse, para volver a ordenar sus pensamientos y ser consciente de que volvía a estar en el presente.

Mientras hacía todo lo posible por recuperar su compostura, y por alejarse de aquel corro de estudiantes que se había formado en los últimos minutos en torno a su persona, Evans—el joven cuya vida estaría en peligro en un futuro indeterminado—hacía todo lo posible por despejar a aquella pequeña multitud. Y, vale, quizás hubiese sido un tanto desagradable con ella, pero la oclumante agradeció sinceramente el esfuerzo que puso de su parte. Incluso cuando aquella estudiante preocupada, que se le había acercado a comprobar si estaba bien, insistió en acompañarla.

Y lo peor de todo es que si Hester no hubiese estado tan desorientada, hubiese considerado a aquella chica una auténtica belleza. Y posiblemente hubiese aceptado que la acompañara.

Pero no: Hester Marlowe tardaría un rato más en sentirse persona de nuevo, y esperaba para entonces ser capaz de convencer al estudiante de que estaba en peligro. Porque por muy desagradable que pudiese haber sido con ella, dudaba mucho que ese fuera motivo suficiente para que alguien mereciera morir.


Evans se unió a Hester mientras la joven se alejaba del tumulto, que empezaba a disolverse, y si bien todavía seguía un tanto aturdida por la visión—algunas imágenes se repetían en su mente, especialmente el terrorífico rayo de luz verde—, la chica ya empezaba a sentirse otra vez ella misma. Así que escuchó a Evans cuando le preguntó de nuevo qué estaba pasando con ella. ¿Y lo peor de todo? Que Hester no culpaba a la gente que preguntaba aquellas cosas: después de todo, ella era rarita. Siempre lo había sido, y empezar a negarlo a aquellas alturas sería algo absurdo.

Así que suspiró profundamente, buscando las palabras adecuadas, mientras ambos caminaban en dirección a la puerta más cercana. Cuanto más lejos de todos aquellos estudiantes, más tranquila se sentiría.

—Pues...—Empezó a decir. Aquello siempre era difícil: Acabo de verte morir. No salgas a la calle en las próximas dos semanas, como precaución. ¿Cómo podía abordar semejante tema? Hester temía que lo que dijese pudiera ser recibido con risas, o con cejas levantadas, o lo que era peor todavía: la palabra loca, en sus distintas variantes.—Verás: lo que estoy a punto de contarte no es ningún tipo de broma, así que me gustaría pedirte que mantengas una mentalidad abierta, ¿de acuerdo? Somos magos, y lo que te voy a contar, si bien raro, es muy posible.—Ya empezaba a ponerse nerviosa. Y cuando se ponía nerviosa, hablaba demasiado. Tuvo que forzarse a callar, o podrían echarse hablando hasta Nochevieja.—Así que, por favor: mentalidad abierta.—Repitió, deteniéndose entonces para lanzar un largo suspiro, su mirada perdida al frente. Cuando volvió a hablar, también miró a Evans a la cara.—Soy clarividente. Lo que ocurrió ahí atrás...—Hester señaló con su pulgar el lugar en cuestión.—...fue una visión. Del futuro.—Le pareció importante matizar este último punto, aunque después de decirlo, sintió que necesitaba agregar algo más.—De tu futuro. Y me temo que lo que he visto no es bueno...

Aquello… no había sonado del todo mal. Quizás Evans la mandase al cuerno directamente, pero si mostraba un mínimo de interés, se daba por satisfecha: de ser el caso, querría decir que tenía interés en el tema, quizás incluso que la creía. Aquel era el primer paso para evitar que aquella visión se hiciera realidad.
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Evans Mitchell el Dom Nov 18, 2018 6:10 am




Mentalidad abierta
. Evans estuvo a punto de rebolear los ojos, pero no lo hizo. Reprimió también una sonrisa. Estaba siendo aprehensiva con él por lo de antes, era eso, tenía que ser eso. Había que verla, como si le hablara a una pared y no estuviera muy segura de que esta la entendía. Sintió curiosidad. Ya sabes que cuando empiezan diciendo algo como “Esto no es ningún tipo de broma…”, tienes que empezar a abrocharte el cinturón, pero Evans la escuchó con intriga. A decir verdad, Hester Marlowe la tenía fácil convenciéndolo de que no era del tipo de personas que hacía bromas. Entonces, ¿qué era?

Por cierto que lo de antes había sido puro teatro. No pensó que Hester Marlowe le estuviera tomando el pelo sacando a tema la cuestión de criaturas que interfieren con los sueños. Había mencionado a los súcubos, por ejemplo, y sí que recordaba haberlo leído en un libro sobre criaturas, y hasta ahí con lo que recordaba porque, después de todo, no era él el experto ni el brillante alumno de Abraham Scheider.

De lo que sí estaba muy seguro era que ninguna criatura mágica tenía que ver pero ni remotamente con sus pesadillas. Siempre las había tenido, de pequeño. Había quienes eran… Bueno, ellos…, ¿susceptibles sería la palabra? No, quizá no, sólo que, bueno… Su talón de Aquiles eran las pesadillas, las noches en que todas las luces se apagaban y sólo quedaba él aislado en lo recóndito de su mente, él y sus más oscuros temores.

Venga, había otros que eran fóbicos, ¿verdad? Había algo irracional con las fobias. Una persona no le temía a su fobia por su forma o su color, sino por lo que representaba para ese sujeto, así que podías ser susceptible a los chihuahuas, los ositos de felpa, porque había algo dentro de ti, algo en tu sensibilidad que se imaginaba a los chihuahuas y a los ositos como abominables criaturas. Y los había que no toleraban las alturas, ¡he ahí!, Evans no era susceptible a las alturas, todo lo contrario. Pero las pesadillas, bueno. No por nada había sufrido de insomnio gran parte de su vida. Toda su jodida vida.

Siempre había algo que exponía tu susceptibilidad, ya fuera una fobia o un ataque de pánico. No había nada malo con eso. Evans estaba desprotegido más que otras personas cuando cerraba los ojos y se entregaba al sueño. Eso no era producto de la influencia de ninguna criatura, lo sabía.

Sin embargo, nada de eso le incumbía a Hester Marlowe. Había dado su punto de vista profesional, lo entendía. Sólo hubiera sido cosa de explicarle muy escuetamente que eso no era posible, y descartarlo. De no ser porque Evans asumió que la instructora sólo pensaba mostrarse evasiva sobre la cuestión de las clases particulares no habría improvisado una salida así de digna. Pero él y su mente estaban bien. Era de una mente muy abierta. Que probara si no…

Soy clarividente.

Sí, está bien. Espera, ¿qué? En ese instante, Evans enarcó una ceja, grave y en silencio. Lo que vino a continuación sobre visiones y sobre el futuro y sobre que no le esperaba nada bueno… Era para preguntar, ¿qué? Pero su reacción fue diferente. Evans ahogó una carcajada, visiblemente entretenido con esa nueva información. No perdió la compostura, pero diríase que le estaba costando mantenerse serio frente a tamaña declaración. Su futuro, visiones. Se cubrió la boca con una mano, como si aquello fuera a disimular que se le estaba carcajeando en la cara.

—No, yo… Lo siento, yo—expresó pasados unos instantes, cortando la oración a medida que hablaba. Levantó un dedo entre ellos, pidiéndole un minuto, sólo un minuto más. Finalmente, la miró a la cara, y tenía los ojos cansados, hundidos en el escepticismo—. Te creo—aclaró—. Digo, si fuera un muggle diría que estás loca, ¿verdad? Pero te creo, sí. Te veías algo rara allá atrás, así que te lo concedo. Tú tuviste una visión. La parte que me hace reír es que. No podía ser nada bueno, ¿verdad? Ya sé que no me espera nada bueno en mi futuro. Estas semanas no fueron muy buenas últimamente, no veo por qué la próxima sería diferente. Pero por favor—arrugó la nariz, tendiéndole la sonrisa de alguien que no tiene ganas de escuchar ninguna mala noticia—. No me digas que me voy a morir—La estudió fijamente con la mirada, y resopló—Es eso, ¿verdad? ¡Oh! ¿Por qué será que siempre es la misma cosa con ustedes, gente? Mi profesora de adivinación, ¡una autodeclarada clarividente esa farsante!, le decía a un amigo mío que se iba a morir, prácticamente todos los días de la semana. Desgraciadamente, él sigue vivo. Así que—Evans se encogió de hombros. Se la quedó mirando y la señaló con un dedo acusador—. No insistas con esa mirada. De verdad. Estoy bien. Estoy vivo. Y pienso seguir vivo por mucho, mucho tiempo. Así que, ¿fue eso?—preguntó por último, intrigado el tono—. ¿Por eso tuviste tu… ‘episodio’?, ¿estabas teniendo visiones? Podrías matarte si no tienes cuidado.—Sin embargo, justo entonces pareció darse cuenta de algo, porque entornó la mirada—Dime qué viste exactamente.

Sí, Evans Mitchel creía en la clarividencia, pero no creía que fuera, por decirlo de alguna manera, una ciencia exacta. No como para tomársela en serio al menos. Lo que no quitaba que tuviera cierta curiosidad.

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Hester A. Marlowe el Lun Nov 19, 2018 3:20 pm

Había muchas cosas en la vida de Hester Marlowe que, si bien la molestaban, toleraba. No era una persona puntillosa o ‘tiquismiquis’ de por sí: creía que la convivencia pasaba por tolerar un poco a los demás, por pensar que cuando te ofenden no lo hacen a propósito, a no ser que sea muy evidente. Y es por eso que intentaba vivir su vida a su manera sin prestar mucha atención a lo que otros pudieran pensar de ella. Además, odiaba el conflicto y la posibilidad de tener que discutir con otros, sí. Eso también.

Ahora bien… Confesarse con alguien sobre algo tan profundo, tan íntimo, como era su don para ver hechos que todavía no habían sucedido, y que la respuesta fuera que se rieran en su cara… Aquello sí la ponía de los nervios. Si sumbaba aquello al hecho de que momentos antes, aquel mismo joven que respondía al nombre de Evan con ese había cuestionado su profesionalidad, la paciencia infinita de Hester Marlowe se hacía un poco menos infinita. Clavó en él una mirada profundamente ofendida. Podría decir que si las miradas matasen, aquella habría matado a Evans… pero Hester Marlowe no tenía semejante cantidad de odio dentro de sí misma. No para matar a nadie, directa, indirectamente o siquiera por accidente.

No, pero ríete lo suficiente de mí y… y… y desearé que una paloma te deje un regalito encima de la cabeza, pensó Hester, arrepintiéndose casi al momento de su deseo: con la suerte que tenía, la paloma efectivamente aparecería, pero el regalito no se lo dejaría encima a Evans, sino a ella. Encima de su gorra, además.

Hester, que no era experta en discutir, siguió caminando mientras Evans hablaba. La cara de la bruja lo decía todo: no le gustaba por dónde estaba yendo aquel monólogo, comparándola a ella con las profesoras de Adivinación de Hogwartas. En su mayoría, tenían de clarividentes lo que Hester tenía de aurora. Es decir: absolutamente nada. La diferencia entre Hester y ellas era que ganaban dinero haciendo uso de un don que no tenían. Le hubiera gustado que su mirada pudiera expresar todos aquellos pensamientos, pues si intentaba ponerlos en palabras, estaba segura de que se trabaría y haría el ridículo.

Pero lo que sí podía hacer era marcharse, ¿no? Nadie la obligaba a quedarse allí. Podía simplemente marcharse, olvidarse de aquella visión, de la misma manera que se había olvidado de la visión que tuvo la noche antes del ataque de los mortífagos al Ministerio. Evans moriría en aquel callejón, y ella seguiría su vida, sin más…

Salvo que no. Hester sabía que no podía hacer eso. Demasiado le había pesado no haber avisado a nadie de lo que iba a suceder en el Ministerio de Magia. Habría podido salvar vidas y no lo hizo, demasiado asustada de lo que pudiera pasarle a ella. Y, una vez más, se lo recordó a sí misma: Si tienes estas visiones no es para que las dejes pasar. Es para que hagas algo al respecto.

Y, como si se hubiese conectado mentalmente con ella, Evans cambió ligeramente su actitud, y se interesó por lo que Hester había visto. No sin cierto recelo, Hester se humedeció los labios. Puso a un lado todos los sentimientos de reproche anteriores, y empezó a hablar.

—No te vi morir.—Aclaró Hester para empezar, pues técnicamente era cierto: ella no había visto morir a nadie.—Fue todo bastante confuso, y a medida que lo vaya repasando posiblemente me fije en más detalles que me permitan saber cuándo y dónde ocurrirá todo esto, pero...—Hizo una pausa, intentando rememorar con todos los detalles posibles lo que había visto hacía poco más que cinco minutos.—Alguien te estaba persiguiendo. Quizás le vi la cara o quizás no, pero ahora mismo no lo tengo claro.—Hester hizo una pausa, cerrando los ojos en un intento de revivir lo más fehacientemente posible el recuerdo de la visión.—Un callejón, no sé exactamente dónde, pero me imagino que será Londres a no ser que tengas pensado viajar en los próximos días o semanas. Te vi a ti, en ese callejón, y a alguien que estaba persiguiéndote. Ese alguien te apuntaba con la varita y entonces… un resplandor verde.—Hester volvió a abrir los ojos. Definitivamente y por el momento, eso era todo lo que tenía, y eso era todo lo que podía ofrecerle.—No te vi morir.—Añadió. De nuevo, teóricamente era cierto, pero pocas posibilidades veía Hester de que Evans saliese intacto de semejante encuentro.

¿Y ahora qué?, se preguntó la oclumante. El estudiante podía reírse perfectamente en su cara, decir que no la creía, y marcharse mientras la llamaba pirada. También podía echarle en cara que intentaba estafarle—a pesar de que ella jamás había pedido dinero ni tenía intención de hacerlo—o decirle alguna otra lindeza. Pero ella ya había hablado. Ella ya había dicho lo que sabía. Creer o no dependía totalmente de Evans.
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Evans Mitchell el Jue Nov 22, 2018 12:03 am




—¿Pero…?—La paciencia no era lo suyo. La realidad es que lo había enganchado a su historia de la clarividencia. Era más fácil reírse primero y aligerar el asunto que asumir desde el principio lo incómodo que era, la inquietud en la que lo sumía la idea de que alguien, una extraña, hubiera captado retazos de una vida que era suya, con sus aciertos y desaciertos. Era como tener a alguien husmeando en tu cabeza.

Le concedió su pausa entre que caminaban, inspeccionando su rostro con un ojo crítico. A medida que ella relataba, abría, abría los ojos, hasta que Hester Marlowe acabó y el exhaló un suspiro. Ya no reía, aunque no parecía agobiado por la noticia. No se dio cuenta de que había guardado silencio, pensativo, hasta que, sonriéndose, habló luego de una pausa. Le resultó ligeramente divertido en que ella insistiera que no iba a morir, como si fuera ella la que necesitara convencerse de eso.

—Te dije, pienso vivir mucho, mucho tiempo.

Lo cierto era que una persecución, un callejón, una encerrona y alguien que quería meterse con él no se oía como un futuro improbable. Todo lo contrario. Entonces recordaba que no, no tenía planes para viajar, pero sí tenía planes que tenían que ver con escurrirse por los callejones de Londres. Mejor ir prevenido, ¿no? Un rayo verde había dicho. Eso le daba escalofríos a cualquiera, mira tú que bonito.  

—Vale, gracias.

No pareció una burla lo que soltó por su boca. De hecho, no le dedicó ninguna sonrisilla, sólo se detuvo y la recorrió de arriba abajo, todavía metido en su propia cabeza. Lo había hecho pensar, aparentemente. Evans normalmente pensaría que un clarividente podría ofrecerte sus servicios con un poco más de ganas: en vez de darte un susto de muerte, podrían revelarte una solución profética, pero suponía que no había nada que hacerle, ¿no? Y así, de pie, mirándola, por un instante sintió que la clarividencia debía ser algo parecido a las pesadillas.

Le tuvo un poco de consideración entonces, aunque sólo fuera momentáneamente. Imagínate. Si pensaba que era importante hacerse pasar por una pirada para contarle que él estaba a punto de vivir un suceso desagradable, debía ser porque había tenido una pesadilla estando despierta, y en ocasiones podían sentirse muy reales, tanto como para que te caigas de la cama, tanto como para hacerte experimentar el miedo.  

Algo hizo ‘click’ en su cabeza.

—Te hablé de mis pesadillas, ¿no?—Se había detenido, pero lo reconsideró y retomó la marcha. No faltaba mucho para llegar a las salida del campus—Lo de ser clarividente es como tener pesadillas estando despierta, eh. Que putada—Esa era su forma de empatizar con el prójimo, así, de lo más bonita, todo encantador. Pero en contrapartida a sus expresiones, que podían dejar mucho que desear, lo cierto es que le pegaba al describirlas como si te lo vomitara desde adentro, bien desde el sentimiento. Sintió curiosidad al respecto de un asuntillo particular, lo podías notar en su rostro—. ¿Es así? Y tú usas la oclumancia para no pensar demasiado en ello—Le tendió una mirada de reojo, queriendo comprobar si había ido demasiado lejos con su comentario. Se hacía evidente que era como soltar una prenda para curiosear al respecto de un tema que le interesaba a él: la oclumancia.
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Hester A. Marlowe el Jue Nov 22, 2018 10:26 pm

Acostumbrada como estaba al rechazo, al abandono, a la soledad, Hester no se sentía cómoda hablando de sus visiones. Toda su vida adulta de había cimentado en la necesidad de que pararan, de que desaparecieran. Cerrar su mente, el ojo de su mente, a aquellas visiones proféticas que se cumplían en el cien por cien de los casos, a no ser que ella hiciera algo para remediarlo, la había obsesionado desde siempre. Muchos expertos con los que había tratado el tema habían asegurado que era algo maravilloso, algo inherente a su propio ser, y que intentar huir de ello era como intentar huir del respirar, del parpadear, del existir en sí: la clarividencia estaba ligada a su existencia misma.

Hester no aceptaba aquello. No había pedido tener aquel don igual que no había pedido llegar al mundo; sin embargo, con la vida se podía—valga la redundancia—convivir; con el atisbar retazos del futuro de otras personas, generalmente muy negros, no se podía. Hester sería capaz de dar sus poderes mágicos a cambio de que alguien se llevase aquella maldición que pesaba sobre ella desde los siete años.

Cuando terminó su relato de lo que había visto, pudo apreciar un cambio en la actitud de Evans: ya no parecía tan reacio a creer, tan divertido con la situación, como estaba momentos antes. Sin embargo, Hester lo tenía claro, el estudiante jamás podría entender lo que realmente se sentía cuando semejante carga pesaba sobre los hombros de una. La oclumancia—y el estudio de esta—habían ayudado a Hester a mantener un estado mental positivo frente a aquella adversidad, claro. Pero no por ser una de las mejores oclumantes del Ministerio de Magia ya desaparecían sus miedos: seguía teniendo miedo a la oscuridad, siendo incapaz de dormir si no tenía al menos una luz encendida en su apartamento, y la imagen de la dama oscura, una de las presencias que la asolaban en su infancia durante sus episodios de parálisis del sueño, seguía causándole auténtico pavor. Y desde luego, tampoco desaparecía la aversión que tenía a sus visiones, o el miedo de que una de estas a sobreviniese en el momento menos oportuno, como cruzando la calle con el semáforo en rojo. Lo que menos le apetecía en el mundo era morir mientras pasaban ante sus ojos imágenes del futuro de otras personas.

Así que cuando Evans le dio las gracias, Hester no pudo más que dedicarle una mirada que bien podría ir acompañada de la famosa frase de la serie Juego de Tronos: ‘No sabes nada, Jon Nieve’. O, en este caso, Evans Nieve. Podía imaginarse que Evans no era realmente consciente del peligro en que se encontraba; de tenerlo claro, no daría las gracias tan a la ligera. Sin embargo, no le dijo nada. Ella misma necesitaba procesar el hecho de que la persona a la que acababa de conocer, con la que estaba hablando en ese momento, en un futuro no muy lejano posiblemente ya no estaría entre los vivos.

Y entonces salió de nuevo el tema de las pesadillas. Hester volvió a mirar con interés al joven, aunque del rostro de la oclumante había desaparecido en gran parte el optimismo que generalmente llevaba consigo a todas partes. El estudiante intentó alcanzar una conclusión sobre el motivo de Hester para aprender oclumancia, relacionándolo con las visiones. Y si bien había relacionado ambos conceptos correctamente, no así lo había hecho con el motivo. Así que Hester negó con la cabeza.

—No. Lo que quería conseguir era suprimirlas del todo.—Dijo con suavidad, volviendo la mirada al frente mientras ambos caminaban.—En mi época en Hogwarts, me interesé mucho por las intrusiones mentales, y su relación con la clarividencia. Descubrí incluso que existe un fenómeno llamado legeremancia inconsciente, que al parecer consiste en leer la mente de otros de manera involuntaria. Sin embargo, no hay casos probados de este fenómeno. Es más una teoría que otra cosa. Fascinante, si me preguntas a mí, pero una teoría al fin al cabo.—Hester se dio cuenta de que iniciaba otra vez un paseo directo hacia las ramas, por lo que se esforzó por volver a poner los pies en el suelo.—El caso es que algunos expertos en la materia señalaban la clarividencia como un tipo de intrusión externa. Vamos, que alguien envía esas visiones. Basándome en esos estudios la oclumancia me pareció una buena solución.—Hester esbozó entonces una sonrisa totalmente sarcástica, negando con la cabeza.—No funciona. Siguen llegando, cuando les apetecen, y yo no puedo hacer nada por pararlas.—Y dicho esto, Hester lanzó un largo suspiro de resignación.

Se detuvo entonces, a unos cuatro pasos de la salida del campus, y se giró para mirar a Evans a la cara. El tema de las pesadillas, que había vuelto a surgir, le recordó a sus episodios de terrores nocturnos, los cuales hacía años que no experimentaba. El estrés era un factor muy importante a la hora de experimentar semejante fenómeno, que por otro lado no tenía nada de mágico ni sobrenatural. Por mucho que algunos se empeñaran en atribuírselo.

—Respecto a tus pesadillas...—Empezó a decir Hester.—Te estaba hablando en serio cuando te pregunté si sabías si podían ser fruto de una intrusión externa. Y ni mucho menos pretendía reírme de ti.—Hester se puso una mano en el pecho, en un intento de señalarse a sí misma.—He padecido terrores nocturnos gran parte de mi infancia, y tengo miedo a la oscuridad. La oclumancia ayuda un poco, pero igualmente sigo teniendo que dormir con una luz encendida.—Dijo aquello todo de corrido, sin ser consciente de que lo decía hasta que ya estaba dicho. Y entonces, añadió.—Por favor, no te rías de mí.

Y es que aquel era otro tema sensible para ella. Era muy fácil reírse de algo como el miedo a la oscuridad, o el terror nocturno. Después de todo, era gracioso, ¿no? Una adulta que tenía que dormir con la luz encendida porque no era capaz de hacerle frente a un poco de oscuridad. Y era gracioso por un sencillo motivo: porque le pasaba a otro, y la persona que se reía no tenía ni idea de lo que era sentir miedo irracional hacia algo.
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Evans Mitchell el Sáb Nov 24, 2018 12:52 am




La escuchó, dejándola hablar. Mencionó su particular interés en las intrusiones mentales y eso hizo que él lo conectara con el tema del posible origen externo que podrían tener sus pesadillas. Se la imaginó como una perfecta académica, enterrada en libros e investigaciones, buscando por un atisbo de claridad.

No se dio cuenta de que habían llegado a la salida hasta que ella lo sorprendió, volviendo al tema anterior. Sí, sí, ya lo sabía, que no había comentado nada adrede, vaya, bueno. Se preocupaba y se lo pensaba demasiado. Del mismo modo, ella debía darle demasiadas vueltas a cosas sin importancia. Evans no solía volver sobre una misma cuestión dos veces. Se amargaba la vida así, qué cosas.

Se le suavizó la mirada cuando ella mencionó los terrores nocturnos. Siguió escuchándola en silencio entre que él recorría mentalmente sus propias experiencias con las pesadillas. Algunas personas cerraban los ojos en paz por las noches, esas personas existían, pero luego, había otras que nunca se sentían tranquilas con la venida de la noche.

Le dio hasta ternurita que no lo mirara al hablar, le hizo recordar a alguien. Al terminar ella de hablar, se hubiera reído, pero por otra cosa. Sin embargo no lo hizo, aunque sonrió al tiempo que se acomodaba la mochila al hombro. Se sintió amable por dentro para con Hester Marlowe en ese momento.

—Yo no apago la luz hasta que las pesadillas se van—se encogió de hombros, sin vergüenza. Había mañanas en las que amanecía con la luz del velador encendida, porque las pesadillas jamás se iban—. No te lo pienses demasiado. Si estás cómoda con la luz prendida, prendes la luz. Y vale, fui un idiota. No te estabas riendo de mí—concedió, sin darle mucha importancia. Es decir, que lo suyo había sido puro teatro, y ni culpa sentía. Pero bueno, venga, que ya, que lo entendía. Calló un instante durante el cual el suelo le habrá parecido algo muy interesante para fijar la vista—. Pero no lo es—añadió—. Una intrusión. Sólo lo sé. Supongo que sí me molestó que sacaras el tema—reconoció, encogiéndose de hombros de nuevo. Esta vez, como si reconociera a un tiempo que “sí, podía ser imposible a veces, y no calculadamente, porque sí, porque el pasto es verde y el cielo tan azul”—. Sentí que no me entendías y eso me frustró. Pero no tienes por qué entenderlo, mi culpa.  

Después de todo, era él el que se ponía sensible con ese tema, ¿y qué sabría ella de su situación personal?, ¿por qué tendría que saberlo o importarle?

No lo mencionó, pero le decepcionó un poco su historia, en el sentido de que, al final, le dio a saber que la oclumancia no era infalible, o en todo caso un ciento por ciento útil para espantar a los fantasmas de la mente. Supuso que también habría sido una decepción para ella, en ese sentido. Una pena. O como lo expresaría él en palabras: “Qué putada”.
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Hester A. Marlowe el Lun Nov 26, 2018 4:13 am

No era ningún secreto que a Hester no le gustaba hablar de cosas tan íntimas y personales como sus miedos de la infancia, y ni siquiera aquellas personas que más la conocían tenían el lujo de escucharla desahogarse al respecto. La oclumante prefería guardarse para sí misma dichas preocupaciones a sabiendas de que poca gente la entendería. Y es que resultaba muy fácil tachar de cobarde a una persona solo por dormir con una luz encendida, o por experimentar terribles visiones en la cama, mientras el cuerpo permanecía paralizado. Resultaba fácil reírse y utilizar expresiones como ‘gallina’, o ‘cobardica’, o hacer chistes respecto a que Hester Marlowe mojaba la cama durante sus pesadillas.

Aquello jamás había ocurrido, por cierto.

Resultaba curioso que, de todo lo incomprensible para una mente muggle que ocurría alrededor de Hester—la clarividencia, la magia, que el correo le llegara al orfanato por medio de lechuzas a partir de los once años—, fuera lo más mundano, lo que podía afectar tanto a magos como a muggles, lo que provocaba risas y mofas. Nadie realmente había sido lo que podía definirse como ‘cruel’ con ella, pues las monjas no lo permitían. Pero cuchicheaban. Cuchicheaban y ella lo sabía. Y lo sabía por una sencilla razón: porque cuando ella entraba en una habitación, todos se quedaban repentinamente callados y la miraban con expresión de sorpresa, casi como si Hester fuera una de las monjas y los hubiera sorprendido mirando pornografía, o compartiendo un cigarrillo.

Y pese a lo reacia que era a hablar de aquellas cosas, no había podido evitar sincerarse un poco con Evans, aceptando las posibles consecuencias. Se esperaba algún comentario jocoso—no porque le conociera, sino porque estaba todavía un poco a la defensiva con él y esperaba lo peor—pero para su sorpresa no hubo nada de eso: el estudiante se mostró tranquilo, en cierta medida comprensivo. Y no se rió de ella, lo cual fue de agradecer.

Por el contrario, Evans confesó que tampoco apagaba la luz hasta que sus pesadillas se acababan, lo cual pilló por sorpresa a Hester. A aquel comentario lo siguió incluso una suerte de disculpa por parte del estudiante a la que, con toda sinceridad, Hester no supo cómo responder. Le hubiera gustado encontrar palabras de agradecimiento, pero estaba francamente patidifusa. Así que se limitó a escuchar lo que el joven tenía que decir. Y es que, al parecer, estaba seguro de que sus pesadillas no eran fruto de intrusión externa alguna, sino de su propio subconsciente.

—La oclumancia podría ayudarte un poco.—Aventuró a decir Hester.—Como has escuchado durante la charla, lo primero que enseña la oclumancia es a ordenar pensamientos, sentimientos, y mente en sí. Esto repercute indirectamente en el subconsciente y puede aliviar un poco las pesadillas.—Un poco, esa era la clave: los miedos de Hester no se habían esfumado por arte de magia en cuanto había dominado la oclumancia. Había sido capaz de mantenerlos a ralla, eso sí.—Sin embargo, yo quiero pensar que habrá mejores remedios contra las pesadillas. Porque si esto es lo mejor que se puede hacer...—Hester dejó la frase en el aire, componiendo una sonrisa resignada.—Y, si sirve de algo, siento que pareciera que no te entendía. Y te pido perdón si algo de lo que dije te ofendió.—Añadió la ex-Hufflepuff, quien odiaba los conflictos y prefería resolverlos de la manera más pacífica posible. Habían comenzado con mal pie, y se habían malinterpretado el uno a la otra y viceversa. No había que darle más vueltas.

Sin embargo, el tema de la visión seguía sobre la mesa, y Hester no podía dejarlo pasar sin más. Hasta aquel día, todas las premoniciones que había tenido y había podido comprobar—siempre y cuando no hubiera hecho nada por evitarlas—se habían cumplido tal y como ella las había visto.

Así que, a no ser que hiciera algo para evitarlo, a Evans quizás no le quedase demasiado tiempo de vida. Aquella situación pesaba ahora sobre su conciencia, y por mucho que ya le hubiera avisado, sabía que si no conseguía evitarlo, nunca se lo perdonaría a sí misma.

—Respecto a la visión...—Empezó, echando un breve vistazo al joven para calibrar su reacción. Si no ponía los ojos en blanco, Hester lo consideraría una victoria.—A pesar de que todavía no tengo nada claro al cien por cien, sí hay cosas que puedes hacer para prevenirla.—La oclumante soltó la empuñadura derecha del manillar de su bicicleta y se la llevó a la barbilla, en gesto pensativo. Intentaba evocar las partes más claras de la visión, partes que pudieran ser modificables de alguna forma.—Puede parecer sencillo. Quizás creas que si no te metes en un callejón, estarás a salvo. Pero no es así: eso acabará pasando, aunque sea de manera involuntaria. Hacemos muchas cosas sin pensarlas a lo largo del día, y pese a que es fascinante lo mucho que puede automatizar sus acciones un ser humano, a veces es perjudicial.—Había muchos temas que Hester encontraba fascinantes, pero en ese momento no tenían cabida.—El mejor consejo que puedo darte es que intentes permanecer acompañado la mayor cantidad de tiempo posible. Yo seguiré investigando lo que he visto, pero si vas acompañado, será un gran paso: en la visión estabas tú solo.—Diciendo estas palabras, Hester no se dio cuenta de algo muy importante: no tenía forma de contactar con Evans si descubría algo nuevo acerca de la visión. La idea de pedirle su número de teléfono al estudiante ni se le pasó por la cabeza, tan concentrada como estaba en averiguar una manera de evitar su muerte.

En aquellos momentos, lo que más preocupaba a Hester era un simple principio: que Evans fuera una de aquellas personas insalvables: personas a las que veía morir en una visión, cuya muerte lograba evitar, y al día siguiente acababan muriendo de otra manera distinta. Por fortuna para ella, no había acumulado suficientes experiencias como esa; de hecho, ni siquiera había tenido demasiadas visiones tan funestas como la que ocupaba sus pensamientos.
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Evans Mitchell el Jue Nov 29, 2018 1:43 pm



—Bien—Mantener la mente en orden con la olcumancia, para Evans era como decir que te armabas a puños y dientes contra el inconsciente, que finalmente estabas haciendo algo, por ti mismo, sin depender de ninguna droga. Haciéndolo por ti mismo es la única manera de conseguir las cosas que quieres. Las drogas, por otra parte… Y por drogas, se refería a las pociones…—Las pociones del sueño tienen efectos secundarios—acotó, trayéndolo a colación por estar conectado con el tema de ‘los remedios’ contra las pesadillas—. Más si las tomas a largo a plazo. Así que. Tener las cosas en orden en tu cabeza no suena mal.

No sonaba a una mala estrategia, no. Mejor que nada y bastante útil, en su opinión. Las disculpas de Hester Marlowe lo cazaron distraído. Se encogió de hombros, restándole importancia. No simpatizaba mucho con la manía que tenía cierta gente de pedir disculpas una y otra vez, quizá porque le recordaba aunque sea de forma inconsciente algo que él olvidaba con frecuencia, deliberadamente, pero tampoco le molestaba que fuera él con quien se disculparan.  

‘Respecto a la visión…’, Evans no tuvo ninguna reacción aparente. Su falta de expresividad respecto al tema era de por sí una respuesta sobre lo que calladamente pensaba sobre todo el asunto. No debía considerar que se hallaba frente a un riesgo real. Poniéndolo como caso hipotético, era difícil, por otra parte, asumir de golpe que aquel perro callejero que te tropezaste en el camino aquel día no era sólo un perro, era un grim. Nadie pensaba primero en un grim, sólo en un perro. Hester Marlowe seguía siendo un cachorro de pomenarian, nada había cambiado, nada cambiaría… No hasta que empezara a entrarle paranoia con el tema, y esperaba que no, porque no era un tema agradable.

—Podría no pensar en ello—
aventuró Evans, queriendo apuntar su idea en la lista de ‘formas de prevenir lo imposible’—. Sí, bueno…—lo que fuera a añadir murió en su boca, prefiriendo guardárselo para sí mismo.

Era verdad. Lo admitía. Había pensado fugazmente en cancelar alguna de sus salidas nocturnas por callejones. Mira, ni hacía media hora que estaban hablando y la mujer ya le hacía pensar en cambiar su agenda. No porque creyera en verdad que algo fuera a sucederle, eh. Sólo por precaución.

Marlowe continuó hablando con un sobrado acento académico que a Evans le hizo cierta gracia. Se había dado cuenta antes, y es que era un tanto notorio. Debía leer demasiado sobre esos temas y se le escapaba un cierto tecnicismo al hablar. Sin embargo, se le daba bien hacer al otro partícipe de la conversación, algo que no solía darse con los académicos que se enredaban en sus propios tecnicismos.

Lo único que le llamó la atención de cuanto fue diciendo, lo que lo hizo detenerse, fue un dato que lo hizo sentirse ciertamente incómodo. Porque, ¿sabes?, que tengan una visión contigo ya es en cierto modo… una violación de la privacidad, ¿pero más de una visión?

—¿Investigando? ¿Te harás hipnosis para recordar lo que viste o algo?, ¿no tendrás más visiones, no? Digo, con una misma persona, ¿no sería raro? De verdad creo que no deberías preocuparte tanto, puede que al final no sea nada..., ¿verdad?—No estaba muy seguro qué lo incomodaba más, si la idea de que iba a morir o que alguien cotilleara su historia futura—. Te haré caso—se apuró a añadir—. Me has contagiado la paranoia, ¿ok? Pero de verdad, ¿no has visto ninguna…—Iba a decir ‘película’, pero lanzó una mirada en torno del campus, con estudiantes que iban y venían, y se lo pensó mejor. Películas, películas muggles, ese era tema del que hablar con gente conocida, no desconocidos, y no instructores del ministerio. Así que se interrumpió, e improvisó—: Tú sabes, está esa novela… ¿Cómo se llamaba?.. ¿’El presagio de la banshee’?, ¿en la que el mago se persigue con la idea de su propia muerte, tanto que acaba provocándosela él mismo? No estoy diciendo que no te crea—aseveró, con las manos en alto como si quisiera frenar cualquier acusación en su contra—. Es sólo… , no quiero asustarme con esto—reconoció— Y has dicho que no me viste morir, así que…—En este punto se sintió inseguro y suspiró—. Ok, lo siento. Sí, me interesa…y si recuerdas haber visto algo más… preciso, será genial estar enterado.

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Hester A. Marlowe el Sáb Dic 01, 2018 12:40 pm

El uso de pociones para dormir no le era desconocido. A sus once años, cuando se había internado en el mundo mágico por primera vez y había descubierto todas sus maravillas, todavía lidiaba con sus terrores nocturnos. Los medicamentos muggles fueron sustituidos por las pociones, elaboradas con hierbas y elementos naturales, y si bien ayudaban—y de cuando en cuando Hester todavía las consumía en la actualidad, sin abusar de ellas—, era bien cierto que podían tener efectos secundarios indeseados. De hecho, Hester había llegado a escuchar barbaridades, como que la gente caminaba en sueños sin haber dado signos de sonambulismo en toda su vida. A ella nunca le había pasado, pero también era cierto que su problema, para empezar, nunca había sido la falta de sueño.

El problema era abrir los ojos en medio de este, el cuerpo todavía dormido, y la imaginación hiperactiva manifestándose en la forma de sus mayores miedos… y la dama oscura, por supuesto. Solo de pensar en ella se le ponían los pelos de punta.

—Es el precio que se paga por consumir ciertas sustancias. Yo no he tenido que tomar pociones a largo plazo, pero la enfermera de Hogwarts sí me las recetó para casos extremos en que no pudiera dormir. Para combatir mis episodios.—Hester sintió deseos de ponerse a reír al decir aquello, y de hecho, una sonrisa irónica aleteó en sus labios. Negó con la cabeza, añadiendo:—Estoy segura de que en plena parálisis del sueño voy a ser capaz de alcanzar un frasco de poción y bebérmela. Seguro...—Y es que el nombre lo decía todo: parálisis del sueño. ¿Cómo iba a moverse alguien paralizado lo suficiente como para tomarse una poción? Complicado, cuando menos. Por no decir imposible.

Regresando al tema de la visión—un tema que, siendo como era Hester Marlowe, le preocupaba mucho, a pesar de no conocer a aquel joven más que de aquel rato que llevaban hablando—, propuso a Evans formas de evitar que aquello ocurriera. Sin embargo, lo que no se le ocurrió decir fue que aquellos métodos posiblemente solo funcionaran en caso de accidentes. A no ser que en las próximas semanas, a partir de ese momento, Evans enfadase tanto a alguien como para que dicho alguien quisiera matarlo, aquel hecho podía llevar fraguándose bastante tiempo.

La respuesta de Evans a las sugerencias de Hester no pareció muy… entusiasta, que digamos. La bruja suponía que el estudiante todavía no se lo creía del todo, y no le culpaba: era el primer estadio del duelo, la negación. Si todo seguía un progreso lineal basado en dicho estudio, lo que le seguiría sería la ira. No podía decirse que Hester tuviera mucha experiencia al respecto, pero había algo que ocurría siempre, en el cien por cien de los casos, cuando la oclumante advertía a alguien de lo que había visto: la gente respondía con rechazo, y generalmente se debía al hecho de que era muy difícil aceptar la perspectiva de la propia muerte. Y si bien la serie Ghost Whisperer—Hester veía muchísima televisión, y reposiciones de series ya canceladas—hacía un retrato casi paródico de la negación, cada vez que la protagonista se acercaba a alguien a decirle que el fantasma de un ser querido lo perseguía, la realidad era que la gente reaccionaba con rechazo. A no ser que un día les digas que van a ganar la lotería, pensó una Hester que jamás había tenido una visión semejante.

—Es altamente improbable que tenga otra visión al respecto.—Así era: Hester no solía tener dos visiones sobre una misma persona. Suponía que esa era parte de la gracia de lo que algunos consideraban un don. Hester, que no entendía ni por qué ella era clarividente, no le encontraba la gracia en lo más mínimo.—Utilizaré un pensadero.—Explicó Hester, tocándose la sien derecha con el dedo índice de la misma mano.—La información está aquí, junto al resto de mis recuerdos. No necesito otra cosa que echarles un vistazo en profundidad para sacar más detalles.—Sonaba más sofisticado de lo que era: verter recuerdos en un cuenco y a continuación meter la cabeza en ellos para saber qué ocurría.—Y sobre lo de preocuparme… créeme, he visto suficientes cosas que se han cumplido como para preocuparme.—[i]Por poner un ejemplo, aquella vez que Hester había visto a mortífagos atacando el Ministerio, y al día siguiente un mago horrible estaba al mando de la Inglaterra mágica.

A Hester no le sonaba el título al que hizo referencia Evans. Lo suyo no era la lectura de lo que, por el contexto en que lo había puesto Evans, parecía una novela. Y es que si bien Hester había devorado casi cualquier escrito relacionado aunque fuera ínfimamente con la mente humana, la clarividencia, o la legeremancia y la oclumancia, la lectura por entretenimiento no era lo suyo. Lo suyo era ponerse a ver la caja tonta, como buena mujer soltera con una mascota. Se plantaba delante de la tele y veía prácticamente cualquier cosa que pusieran, dándole igual el tipo de programa. Después de todo, uno de los pocos entretenimientos que había en el orfanato era la televisión, y siendo tantos huérfanos, la posibilidad de decidir qué ver a veces no estaba al alcance de su mano.

Pero entendía por dónde iba Evans. Hester se apresuró a negar con la cabeza. Hasta dónde la oclumante sabía, esas no eran las ‘reglas’ de la clarividencia: si algo aparecía ante los ojos de la clarividente, ese algo ocurriría a no ser que ella hiciera algo al respecto, y no al revés.

—No funciona así.—Afirmó… aunque al momento se arrepintió de ello: no funcionaba así… que ella supiera, claro. Podía ser que en algún momento el destino le jugara una mala pasada. Sin embargo, siguió con su explicación.—Se supone que lo que veo ocurrirá sí o sí, a no ser que yo haga algo para evitarlo. Es un tema un poco complicado, pero...—Hester se quedó pensativa, buscando la forma de ponerlo en palabras sencillas. Ya bastante confuso le parecía a ella.—Yo lo veo como si la mente se desplazase en el tiempo, ¿de acuerdo?—Dijo, gesticulando con una mano mientras con la otra seguía sosteniendo su bicicleta. Movió dicha mano por delante de sí misma, describiendo una línea recta.—Si esta línea es el tiempo, y yo estoy aquí—señaló el punto de inicio de la línea—y la visión que tengo tiene lugar aquí—señaló el punto final de la susodicha línea imaginaria—eso indica, en mi opinión, que mi conciencia se ha desplazado hacia el futuro durante unos instantes.—Hester no tenía ni idea de si aquello tendría sentido o no para Evans, pero daba igual.—El caso es que, si el tiempo es una línea recta, no tendría sentido que yo vea algo que no va a pasar a menos que intervenga yo, ¿sabes? ¿Está claro o…?—Hester se quedó mirando a Evans, esperando que le respondiera. No tenía muy claro si lo había explicado bien o si acababa de montarse un tremendo cacao mental que ni ella misma entendía. Era muy probable que así fuera.

Y, dado que Evans había aceptado mantenerse en contacto para saber si había algo nuevo con respecto a la visión, Hester suspiró aliviada. Que el estudiante la creyera le quitaba un peso de encima. Quizás estuviera diciéndole lo que ella quería oír, no lo sabía, pero había sido un pequeño paso. Así que ambos caminaron hasta salir del campus, y una vez de vuelta en el mundo muggle, la chica no se anduvo con rodeos.

—¿Tienes teléfono móvil, o vamos a tener que mantener comunicación por medio de lechuza?—No lo pensó mucho, la verdad. En otras circunstancias, ni se le habría pasado por la cabeza pedirle el número de teléfono a nadie, dada su naturaleza nerviosa. Pero en ese momento, los nervios que sentía eran de otro tipo.
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Evans Mitchell el Mar Dic 04, 2018 11:29 am




La enfermera de Hogwarts, esa vieja insufrible. No había ocasión en que lo dejara tranquilo, allá en la enfermería. Se suponía que debía atender a los alumnos, pero arrugaba el rostro cada vez que lo veía entrar a la enfermería, acusándolo de hipocondríaco, quejoso y otras mentiras. Mira qué lindos recuerdos le traía a la mente. Se preguntó cómo estaría esa vieja. Muchos profesores y alumnos se habían visto obligados a abandonar Hogwarts con la venida de El Señor Tenebroso al poder, pero ella había permanecido donde estaba, estoica, la muy vieja testaruda.

—Sí, seguro.


Había asentido a lo dicho, estando de acuerdo en que las pócimas no eran realmente la mejor opción. Lo comprendía, bien. Sus episodios por otra parte incluían los de despertarse gritando en medio de la noche, revueltas las sábanas y traspirando horrores. Y antes de caer dormido, las pesadillas venían a él incluso antes de cerrar los ojos, sumiéndolo en un estado de horror y duermevela.  

Que Hester Marlowe no fuera a tener más visiones lo dejó en cierta forma más tranquilo. Arrugó el ceño frente a la mención de un pensadero. Imaginándosela escarbando en sus cosas se le hacía todavía incómodo, pero aun así. No había anda que hacerle. Después de todo, eran más detalles lo que él le había pedido, ¿no? Fue entonces que comenzó a asimilar la rareza de toda aquella situación. La explicación de la clarividente allí presente pudo no haber sido muy esclarecedora, pero la siguió atentamente. Desde el vamos Evans comprendió que no tenía sentido preguntarse por qué a esa mujer le pasaban esas cosas, pero una vez que le pasaba… Había que hacer al respecto, ¿no?

—Sí.


Clarísimo desde el momento en que ella dijo que era su responsabilidad intervenir. La seriedad en el tono hizo traslucir que ya no se lo tomaba a broma. De alguna manera, la interpretación de Evans era que, siendo de otro la culpa, las cosas eran mucho más fáciles de entender. Porque de una u otra forma, la intervención de Hester era allí el problema, ¿verdad? Es decir, si algo efectivamente le sucedía, ya no podría echarle la culpa a la puta casualidad, al tiempo o a algún otro factor sorpresa, no. Ahora, la culpa sería pura y exclusivamente de Hester Marlowe. Sí, ahora empezaba a ver las cosas con otra perspectiva.

—Sí, lo tengo claro—
repitió—Estoy en tus manos—añadió, con un fingido  dejo de humor. Puta gracia le hacía, mira. Pareció ensimismado entre que entornaba la mirada, cavilando hacia dentro de sí mismo, hasta que.

Era un miembro del Ministerio y le estaba pidiendo su teléfono móvil. Hester Marlowe podía no tener, lo que se dice, una voluptuosidad avasallante, pero en ese momento lo tenía intimidado. La mirada que le devolvió fue de momentánea incomodidad, como si no supiera qué hacer en una situación tan casual como aquella: una chica te estaba pidiendo el número, hombre.

A no mentir, el uso de los móviles estaba muy extendido entre los magos jóvenes, especialmente aquellos que sabían, con precisión y exactamente, para qué servía un patito de hule. Pero aun así, no dejaba de ser una cuestión sobre la que colocar tildes sobre las íes: ningún purista de pura cepa o fanático de la causa pro Voldemort te wasapeaba para preguntarte cómo estás.

La utilización del móvil, era de esas pequeñas cosas que entraban dentro de la lista de formas de resistencia pacífica, algo de lo que nadie hablaba, pero que te daba una cierta perspectiva sobre la persona en sí, en caso de que conocieras a un mago que no tenía problema en manejarse con aquel tipo de chismes electrónicos, que al fin y al cabo, eran cosas de muggles, esos sucios y malditos muggles.

—Ok—respondió al fin, luego de un intervalo de silencio en el que se la quedó mirando, a Hester, con una expresión evaluadora en el rostro. Había que decirlo, tenía aspecto fatigado, y no sólo el de un estudiante que se ha levantado temprano—. ¿Te lo registro?—ofreció, con una cierta manía por meter mano en las cosas ajenas. Rápido como era, esperaba con la mano tendida, pero se distrajo momentáneamente con el rededor. Habían emergido al mundo muggle. El tránsito, el rumor de las gentes, todo era distinto. Evans no solía tomar ese camino. Una vez que aprendías a aparecerte, lo de caminar un par de cuadras dejaba de tener sentido.


—Seré yo el que te llame si pienso que me va a pasar algo—
dijo, ¿de nuevo a modo de broma?

Imagínate. Un desconocido llamándote a la madrugada porque sintió golpes en su ventana y está seguro que tú tienes algo que ver. Evans, habiendo reconsiderado la situación desde otra perspectiva —en la que Hester Marlowe tenía la culpa de todo lo malo que le sucediera en los días por venir—, se llevó una mano a la boca, pensativo. Está bien, sí, siendo ese el caso, ¿por qué no contarle de esa noche…? Ciertamente, no lo había pensado mucho durante el día, pero ahora que su seguridad podría estar en juego, ¿por qué no contarle sobre esa noche?

—Oye, sobre los callejones…

Evans vivía en un edificio en los alrededores del Callejón Diagón. Había muchos pasadizos oscuros por esa zona. Eso, en primera instancia. Luego, estaba el pequeño asuntillo de que todas las noches, no precisamente esa, sino todas, sacaba a pasear a su crup, Dager. ¿Le traería una de esas salidas nocturnas la muerte?, ¿su propio perro? No, qué culpa iba a tener el perro. Que le gustaba soltarse de la correa, sí. Que le gustaba corretear por ahí, sí. Pero, ¿debía preocuparse?

—Bueno, nada, es que vivo en la zona del Callejón Diagón.


***

Esa noche, el Callejón Diagón estaba iluminado y las tiendas abiertas. Esto solía suceder una vez a la semana. El movimiento nocturno hacía de las veladas nocturnas en los café/bar una noche placentera, de ruido, enterrando los oscuros conflictos de la Londres de El Señor Tenebroso en el silencio.  

Evans vislumbró toda esa luz delante de él, llegando por una de las calles laterales y poco concurridas. Era como darse de bruces con un gran, gran culo de luciérnaga en medio del camino. Dager ladró, incomodo. Por regla general no le gustaba llevarla puesta. Evans sólo la llevaba consigo mientras que dejaba al crup pasear a su gusto, y era un hábito entre ellos que la llevara en la mano, como algo que le colgaba, inútil.

Ahora, sin embargo, tiraba de la correa gruñendo y queriendo soltarse, sin entender por qué su dueño había decidido tenerlo tan sujeto. Se dejó distraer, sin embargo, cuando llegaron al Callejón Diagón, con los aromas y el movimiento, mirándolo todo con la lengua fuera y alzando las orejas con curiosidad. Hasta que volvió a tirar inútilmente de su correa, cuando Evans se detuvo frente a la vidriera de una librería. Dager insistió, ladrando.

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