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Halloween night... and something else {Caroline Shepard}

Hester A. Marlowe el Miér Oct 31, 2018 2:10 am

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Miércoles 31 de octubre, 2018 || Caldero Chorreante || 21:27 horas || [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

No era ningún secreto que las pequeñas desgracias—provocadas en gran medida debido a su innata torpeza—perseguían a Hester Marlowe. Si la joven compartía estancia con un jarrón chino muy frágil del siglo XI de la dinastía Ming, existía una alta probabilidad de que acabase en el suelo hecho trocitos, con Hester como responsable indirecta de tamaño crimen contra la historia de la humanidad. Y ni mencionar la cantidad de veces que la joven se había caído de su bicicleta.

Sin embargo, había algo sobre lo que Hester no tenía el más mínimo control y que, sin embargo, siempre que ocurría derivaba en situaciones propias de un gag cómico: cada vez que su lechuza entraba por la ventana con correo para ella.

Hester había empezado a aceptar con el paso de los años que su pequeña cabecita, su valiosa cabecita de vidente y oclumante—¡Doble amenaza! ¡Temedme!—tenía algún tipo de magnetismo natural que atraía el correo directo hacia ella. O quizás tuviese la lechuza más troll sobre la faz de la Tierra, y no precisamente de esos trolls famosos en el mundo mágico que tenían la estatura de una casa pequeña, la belleza del protagonista de la película Shrek y un garrote del tamaño de un árbol.

Fuese cosa del destino—manifiesto en su infinita torpeza—o fuese cosa de su lechuza, la conclusión era la misma: el correo aterrizaba sobre la cabeza de Hester. Si se trataba de una carta, tampoco pasaba gran cosa, pero si se trataba de algún paquete… Bueno, en ese caso a Hester más le valía andarse con buenos reflejos. Menos mal que no solía pedir nada por correo, o pasaría media vida en San Mungo recibiendo primeros auxilios.


Y… ¿a qué viene todo esto? Bueno, es sencillo: Hester había recibido una carta a finales de la semana anterior, y dicha carta, por supuesto, aterrizó sobre su cabeza. Se encontraba repantingada en el sofá, en [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo], tan enfrascada en la novela de misterio que estaba leyendo que dio un respingo e incluso pegó un gritito cuando vio aparecer la misiva ante ella, sobre las páginas de su libro.

Sin ningún tipo de consideración por su bienestar, su lechuza se marchó de la misma manera que llegó: a través de la ventana, sin siquiera un ululato de despedida. Hester tampoco le dio demasiada importancia, y recuperada del susto, sacó la carta del sobre y se puso a leerla.

La carta en cuestión era una invitación a una pequeña fiesta de Halloween que organizaban algunos empleados del Ministerio de Magia. Nada oficial, solamente una modesta reunión de compañeros en el Caldero Chorreante, según anunciaba la misiva. Habría cena, baile y, por supuesto, alcohol.

Hester pensó seriamente declinar la oferta. Es decir, no se relacionaba con demasiadas personas en el Ministerio de Magia, más allá de lo estrictamente necesario y de lo estrictamente profesional, especialmente desde que los mortífagos ostentaban el poder. La mayoría de la gente que le caía bien o que había sido amable con ella había acabado entre rejas o huyendo. Como Dorothea, la recepcionista del archivo del Departamento de Misterios: una señora de unos setenta años que había sido arrestada el día siguiente al ataque, aparentemente, por ayudar a su hijo adoptivo de sangre muggle escapar de las garras de los mortífagos; o aquella legeremante rubia tan guapa que a Hester le hacía tilín, y que siempre la saludaba con una sonrisa cuando se cruzaban en los pasillos.

Sin embargo, algo en la carta—posiblemente las palabras ‘nada oficial’—le daba confianza. Y quizás no sería mala idea que estableciese algún tipo de relación social con alguno de sus compañeros. Y dándole vueltas a estos pensamientos durante los días siguientes llegó a la conclusión de que la idea no era mala. Solo esperaba no tener alguna visión al tocarle la mano a alguien, pues dudaba mucho que las palabras ‘Acabo de ver tu futuro’ fuesen las mejores para romper el hielo.


Así que allí estaba ella, entrando por la puerta del Caldero Chorreante con el monísimo disfraz de gatita que había comprado a través de Amazon—bendito envío en un día—, dispuesta a tener una noche en compañía de sus compañeros de trabajo. Quizás hiciese alguna amistad, y sus días dentro de ese edificio subterráneo fuesen más agradables.

Había ya bastante gente del Ministerio allí cuando llegó, todos ellos ataviados con disfraces variopintos. Hester, sin embargo, no sabía a quién acercarse exactamente, así que optó por tomar asiento en uno de los taburetes junto a la barra. Al hacerlo, a punto estuvo de caerse del asiento—no preguntéis: torpeza innata—, pero logró evitar un aparatoso accidente y una bochornosa situación posterior. La camarera, entonces, le preguntó qué le apetecía beber. Hester, que no era una bebedora habitual—por no tener, ni cervezas tenía en casa—empezó pidiendo...

—Una cerveza de mantequilla, por favor.—Sí, una cerveza de mantequilla. Hester no era de las que empezaban fuerte la noche. De hecho, contaba con no emborracharse, pues lo único que quería era conocer gente, y disfrutar quizás de algún tipo de broma con temática de Halloween.

Sentada en su taburete, mientras esperaba la cerveza de mantequilla, Hester contempló la decoración terrorífica del Caldero Chorreante: murciélagos falsos animados con magia con un aspecto muy realista, revoloteando por todo el bar; calabazas con terroríficos rostros tallados y llamas crepitantes en su interior; una ligera neblina envolviéndolo todo; un caldero colocado en el centro del bar, posiblemente lleno de algún tipo de ponche, del cual brotaba la misma bruma que cubría el local; sonidos fantasmagóricos elevándose cada pocos segundos por encima de la música… Todo estaba muy cuidado, y Hester se maravilló del hermoso aspecto que tenía aquel lugar.
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Caroline Shepard el Dom Nov 11, 2018 7:14 pm

Las cosas últimamente en la vida de Caroline se resumía a pasar la mayoría del tiempo en el trabajo, o en misiones externas a el que ella misma se había atribuido (sin pedirle permiso a nadie) en un afán de agregarle la palabra “Cuidado” al Departamento de Control y Regulación de Criaturas mágicas del Ministerio de Magia. Ya han pasado dos años desde que llegó a Londres y aún  sigue sorprendiéndose por el escaso interés que poseen por las Criaturas en este lado del mundo, ella cree que los estudios se estancaron con Scamander (su amor platónico desde pequeña) y desde allí son muy pocas las personas que realmente dedican su vida al estudio y protección de esos tan hermosos seres, muy al contrario que en Japón, donde prácticamente las personas viven a la par con los animales en una sana y respetuosa convivencia. Todo aquello indicaría que la pelirroja tuviera unas ganas incontrolables de volver a esas tierras, pero no era su caso, ya que ella prefería estar en donde necesitaran más de su ayuda en vez de en un lugar donde las cosas ya estuvieran mucho más avanzadas y tranquilas. Aquí la necesitan y aquí se iba a quedar, por las criaturas y por sus hermosos amigos.

Las cosas habían estado duras el último tiempo, en todo sentido, el año se le ha sido muy difícil de llevar y para su desgracia al parecer no existe una fecha próxima en que todo vuelva  a calmarse. El gobierno seguía más hostil que nunca, la resistencia al parecer se ha tornado más radical y violenta, y los cazarecompensas se multiplican como cucarachas haciendo que la vida de su mejor amiga Samantha y sus queridos compañeros fugitivos cada día corrieran más peligro. Y a todo eso la ex ravenclaw seguía dando pelea, cicatrices en su cuerpo podían dar testimonio de aquello, y pretende seguir luchando hasta el fin de los tiempos,  pero no puede negar que a veces esa doble vida que lleva para proteger su libertad es muy dura, frustrante, y triste. Convivir continuamente en un lugar que representa unos ideales que ella aborrece le causa náuseas y dolores de cabeza continuamente, pero como en todo caos siempre hay un rayo de luz esta vez no es la excepción.

En el trabajo Caroline la mayoría del tiempo debía lidiar con personas que en otras circunstancias ni de joda le hubiera dedicado un segundo de su atención, pero para poder seguir ayudando a las Criaturas como lo hace hasta ahora se muerde la lengua, respira y los deja pasar. Pero a veces, ocurre el milagro divino de encontrarse con personas que son un respiro dentro de ese lugar y uno de ellos es Marshall Adams del Departamento de Deportes y Juegos mágicos, que aparte de ser una fanático del Quidditch logra siempre, sin excepción, robarte una sonrisa por su graciosa forma de ser. Se lo había topado hace unos meses  en una taberna  mágica, había querido ir allá para distraerse un poco y se enteró al llegar que allí transmitirían el partido de los Appleby Arrows contra los Avispas de Wimbourne. La pelirroja jamás ha sido una fanática de dicho deporte pero solo le bastó hablar con Marshall unos diez minutos para terminar con él gritando y tomando cerveza junto a los demás fanáticos en aquella taberna. Y con el paso del tiempo descubrió que aparte de ser una gran persona Marshall también forma parte de aquellos que luchaban contra este gobierno de manera anónima, pero desde su vereda que era el deporte. Él contaba con un club deportivo de Quidditch sólo para hijos de muggles en una de sus parcelas al sur de España, ya que según él “ningún niña o niño debía privarse de la magia de volar sobre una escoba”. Por lo que desde aquel inesperado encuentro hasta el día de hoy los dos han formado un lazo muy cercano a la amistad.

Es por eso que no tardó en aceptar su invitación a la fiesta que él organizó para Halloween, a decir verdad la pelirroja no tenía muchas ganas de celebrar ni irse de fiesta en estos tiempos, pero sabía que a su cuerpo le hacía falta distenderse aunque sea unas horas y algo le decía que las personas que Marshall invitaría sería de la misma cepa, personas de las cuales unos podía divertirse y sentirse más libre en opinión e ideología, y esperaba de todo corazón no equivocarse.
El disfraz no había sido mayor problema, fue a una tienda de disfraces y dejó que la dueña le recomendará el mejor disfraz para ella, y ese resultó ser el de Batwoman, ya que según ella Caroline debía aprovechar su pelirroja cabellera y combatir el crimen la noche de Halloween.

El lugar citado era el Caldero Chorreante, y con tan solo mirar desde afuera el local uno podía deducir que esa noche sería una pasada, realmente se habían lucido con la decoración y la música era de esas que aunque uno no quisieras se te movían los hombros con ganas de bailar.
Caroline entró y rio cuando lo primero que vio fue a Marshall cantando eufóricamente karaoke sobre el escenario mientras hacía pasos graciosos, este iba disfrazado de Frankenstein.- ¿Caroline, eres tú?.- preguntó con ojos de huevo frito al verla en la entrada, la pelirroja sonrió ampliamente y asintió.- Wow.- musitó el castaño para cederle el micrófono a un chico vestido de pato y bajar del escenario para acercarse a ella y abrazarla.- ¡Que genial que hayas venido!Te queda estupendo el disfraz, eh. Te pega mil.- le dijo mientras le pegaba una mirada de los pies a la cabeza.

- Gracias, gracias.- le respondió Caroline.- Tú también te ves en tu mejor momento, eh.- bromeó divertida haciendo al mago reír.

- Aún no han llegado todos, pero en el escenario se encuentran mi amada Claire que ya conoces, y Jonas del Departamento de Cooperación mágica Internacional.- agregó apuntándole a ambos mientras le ofrecía una amplia sonrisa.


- Y también llegó…- hizo una pausa para buscar a la otra persona hasta que se detuvo en la barra.- Hester, que es instructora de Oclumancia ¿Quieres tomar algo? Yo invito, y así la conoces mejor, de seguro te caerá genial.- le comentó para tomarla del brazo y llevarla a la barra.

- Hester, te quiero presentar a Caroline Shepard del Departamento de Criaturas mágicas.- dijo el mago apenas llegar a la barra.- Hester ella es Caroline, Caroline ella es Hester y yo Marshall el puente mágico que las une y que ahora pedirá un Whisky para alegrar su noche.- soltó divertido para luego comenzar a hablar con el barman.

- Hola, un gusto.- saludó la pelirroja para sentarse junto a ella en la barra.- ¿Caroline tú quieres algo de tomar? ¿Hester tú ya pediste algo?.- preguntó Marshall.- ¿Esa es una cerveza de mantequilla?.- preguntó atacado el mago al ver el brebaje de la castaña.- Un vodka de naranja, por favor.- le respondió Caroline ofreciendole de paso una sonrisa a la chica que vestía de gatito, pensando que si pretendía distenderse esa noche un poco de vodka en su cuerpo no le vendría nada de mal.

Disfraz:

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Marshall Adams:

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Última edición por Caroline Shepard el Jue Nov 29, 2018 3:35 am, editado 1 vez
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Caroline ShepardTrabajador Ministerio

Hester A. Marlowe el Lun Nov 12, 2018 2:58 am

A Hester Marlowe le gustaba mucho la festividad de Halloween. No es que fuese una fan acérrima del terror, de los disfraces o de la oscuridad—de hecho, seguía padeciendo de nictofobia, y todavía era incapaz de dormir sin una tenue luz con temporizador encendida— pero el espíritu de la festividad le parecía de lo más atractivo. Especialmente, le gustaba la tradición de pedir caramelos de puerta en puerta, pues le traía recuerdos de su estancia en el orfanato: una vez al año, los huérfanos se ataviaban con disfraces hechos a mano—generalmente consistentes en sábanas y otros elementos cotidianos que podían encontrarse en el edificio—y salían a pedir caramelos acompañados por las hermanas. Solían volver con sus fundas de almohada llenas de chucherías que se comían al día siguiente, sin parar hasta que les dolía la barriga.

Aquella fiesta distaba mucho de las que se celebraban en el único hogar de infancia que había conocido Hester, por supuesto: no había más que contemplar aquella decoración tan realista, lo cuidado de cada detalle, y el hecho de que todos los asistentes eran adultos y no niños sin padres. Y el alcohol, claro. En Saint Christopher estaba terminantemente prohibido el alcohol. ¿Quizás se debiese a esa prohibición que Hester, incluso en una fiesta como aquella, tuviese una cerveza de mantequilla entre sus manos, envueltas en guantes que emulaban las patas de un gato? Aquella bebida no emborracharía ni a un bebé.

Había dado apenas un sorbo a su bebida cuando un Frankenstein con mucho ritmo saltó al escenario y se puso a cantar en el karaoke. La oclumante al principio no le reconoció, tan increíble como era su disfraz, pero se trataba de Marshall Adams: su nombre figuraba en la carta de invitación que Hester había recibido, pues al parecer había sido el organizador de la misma. Hester le observó y escuchó bebiendo otro sorbo de su cerveza, muy atenta… hasta que no pudo más que empezar a reírse. No tenía mucho trato con Marshall, no más allá del terreno laboral, y si bien le parecía una persona simpática y amable, nunca se hubiese imaginado que tuviese una vena tan divertida.

Hester todavía reía, divertida, cuando Marshall paró de cantar para saludar a una recién llegada. La mirada de la oclumante se posó inmediatamente sobre la mujer en cuestión y… ¡Oh, dios mío!, pensó Hester mientras se llevaba la botella de nuevo a la boca. La tal Caroline iba disfrazada de Batwoman, y dicho disfraz resaltaba sus formas femeninas. Hasta el punto en que Hester se encontró mirándola de arriba abajo con gran interés. ¿Y esta mujer? ¿De dónde ha salido? ¿Desde cuando tengo una compañera de trabajo tan atractiva?


Para su sorpresa, tras intercambiar algunos saludos, Marshall y la recién llegada Batwoman se dirigieron a la barra, donde se encontraba ella acompañada únicamente por una cerveza de mantequilla que ni siquiera iba por la mitad. Al ver acercarse a la atractiva mujer murciélago de Gotham, Hester estuvo a punto de atragantarse con la cerveza, nerviosa como estaba. No era de piedra, y aquella mujer… aquella mujer era un sueño erótico en sí mismo, vestida con aquel ajustado traje. Se sintió un poco mal por tener aquellos pensamientos, especialmente tratándose de una persona que trabajaba en el mismo edificio que ella, pero no pudo evitarlo.

Y, para colmo, Marshall las presentó. Batwoman era Caroline Shepard, del Departamento de Regulación y Control de Criaturas Mágicas. La pelirroja saludó a Hester con toda la naturalidad del mundo, antes de sentarse junto a ella; mientras tanto, la oclumante sonreía con la boca entreabierta. Si ya normalmente se ponía nerviosa a la hora de interactuar con otras personas, si esas otras personas eran mujeres tan atractivas como esa… bueno, entonces su nerviosismo aumentaba.

—¡Ho… hola, Caroline!—Aquello sonó incluso coherente y normal.—Encantada de conocerte.—Aquello ya no sonó tan bien: ‘conocerte’ sonó como ‘conocertre’.

Marshall—a quien Hester había ignorado un poco de manera involuntaria porque, seamos sinceras, tenía ante sí a una atractiva mujer que había llamado muchísimo su atención—aseguró ser el puente que unía a ambas, segundos antes de invitarlas a beber algo. La pelirroja pidió un vodka de naranja, y Hester se sintió de repente muy estúpida con su cerveza de mantequilla. ¿Quién pide cerveza de mantequilla en una fiesta, Hester? Yo te diré quién lo hace: los niños pequeños. ¡Y los niños pequeños a esta hora están durmiendo!, se recriminó la joven, apretando los labios.

—Eh… Sí.—Respondió Hester a Marshall. Ojalá se le hubiese ocurrido algo un poco más ingenioso. Algo así como ‘La noche es joven, no se puede empezar fuerte’. Pero no se le ocurrió.

—¡Oh, vamos, Hester! ¡Es una fiesta, diviértete un poco!—Exclamó Marshall, sonriente, animándola a divertirse.

—Bueno, es que...—¿Es que qué? No había nada peor que no saber qué decir. Marshall la miraba con esa expresión que parecía querer decir ‘¡Vamos, sabes que lo estás deseando!’, y Hester acabó rindiéndose. Dejó la cerveza sobre la barra, y sonrió, resignada.—Tomaré lo mismo que Caroline.—Hester no era experta en bebidas alcohólicas, así que se guiaría por el gusto de la pelirroja, a la cual no pudo evitar echar una discreta mirada de reojo.

—¡Esa es mi Hester!—Exclamó Marshall con un gesto de triunfo.—¡En seguida vuelvo con sus bebidas, señoritas!—Anunció, antes de separarse de ellas en dirección a la zona más alejada de la barra, donde se encontraba el barman.

Hester, bastante más nerviosa de lo que le gustaría, se quedó a solas con Caroline Shepard, una Batwoman de la vida real que se había sentado a su lado. Se atrevió a mirarla y a mantenerle la mirada más de cinco segundos, y como no sabía exactamente qué decirle, le dedicó una cálida sonrisa. No le pasaron por alto esos labios pintados de rojo tan atractivos… ¿Había algo en ella que no fuese atractivo, acaso?
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