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Halloween night... and something else {Caroline Shepard} {+18}

Hester A. Marlowe el Miér Oct 31, 2018 2:10 am

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Miércoles 31 de octubre, 2018 || Caldero Chorreante || 21:27 horas || [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

No era ningún secreto que las pequeñas desgracias—provocadas en gran medida debido a su innata torpeza—perseguían a Hester Marlowe. Si la joven compartía estancia con un jarrón chino muy frágil del siglo XI de la dinastía Ming, existía una alta probabilidad de que acabase en el suelo hecho trocitos, con Hester como responsable indirecta de tamaño crimen contra la historia de la humanidad. Y ni mencionar la cantidad de veces que la joven se había caído de su bicicleta.

Sin embargo, había algo sobre lo que Hester no tenía el más mínimo control y que, sin embargo, siempre que ocurría derivaba en situaciones propias de un gag cómico: cada vez que su lechuza entraba por la ventana con correo para ella.

Hester había empezado a aceptar con el paso de los años que su pequeña cabecita, su valiosa cabecita de vidente y oclumante—¡Doble amenaza! ¡Temedme!—tenía algún tipo de magnetismo natural que atraía el correo directo hacia ella. O quizás tuviese la lechuza más troll sobre la faz de la Tierra, y no precisamente de esos trolls famosos en el mundo mágico que tenían la estatura de una casa pequeña, la belleza del protagonista de la película Shrek y un garrote del tamaño de un árbol.

Fuese cosa del destino—manifiesto en su infinita torpeza—o fuese cosa de su lechuza, la conclusión era la misma: el correo aterrizaba sobre la cabeza de Hester. Si se trataba de una carta, tampoco pasaba gran cosa, pero si se trataba de algún paquete… Bueno, en ese caso a Hester más le valía andarse con buenos reflejos. Menos mal que no solía pedir nada por correo, o pasaría media vida en San Mungo recibiendo primeros auxilios.


Y… ¿a qué viene todo esto? Bueno, es sencillo: Hester había recibido una carta a finales de la semana anterior, y dicha carta, por supuesto, aterrizó sobre su cabeza. Se encontraba repantingada en el sofá, en [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo], tan enfrascada en la novela de misterio que estaba leyendo que dio un respingo e incluso pegó un gritito cuando vio aparecer la misiva ante ella, sobre las páginas de su libro.

Sin ningún tipo de consideración por su bienestar, su lechuza se marchó de la misma manera que llegó: a través de la ventana, sin siquiera un ululato de despedida. Hester tampoco le dio demasiada importancia, y recuperada del susto, sacó la carta del sobre y se puso a leerla.

La carta en cuestión era una invitación a una pequeña fiesta de Halloween que organizaban algunos empleados del Ministerio de Magia. Nada oficial, solamente una modesta reunión de compañeros en el Caldero Chorreante, según anunciaba la misiva. Habría cena, baile y, por supuesto, alcohol.

Hester pensó seriamente declinar la oferta. Es decir, no se relacionaba con demasiadas personas en el Ministerio de Magia, más allá de lo estrictamente necesario y de lo estrictamente profesional, especialmente desde que los mortífagos ostentaban el poder. La mayoría de la gente que le caía bien o que había sido amable con ella había acabado entre rejas o huyendo. Como Dorothea, la recepcionista del archivo del Departamento de Misterios: una señora de unos setenta años que había sido arrestada el día siguiente al ataque, aparentemente, por ayudar a su hijo adoptivo de sangre muggle escapar de las garras de los mortífagos; o aquella legeremante rubia tan guapa que a Hester le hacía tilín, y que siempre la saludaba con una sonrisa cuando se cruzaban en los pasillos.

Sin embargo, algo en la carta—posiblemente las palabras ‘nada oficial’—le daba confianza. Y quizás no sería mala idea que estableciese algún tipo de relación social con alguno de sus compañeros. Y dándole vueltas a estos pensamientos durante los días siguientes llegó a la conclusión de que la idea no era mala. Solo esperaba no tener alguna visión al tocarle la mano a alguien, pues dudaba mucho que las palabras ‘Acabo de ver tu futuro’ fuesen las mejores para romper el hielo.


Así que allí estaba ella, entrando por la puerta del Caldero Chorreante con el monísimo disfraz de gatita que había comprado a través de Amazon—bendito envío en un día—, dispuesta a tener una noche en compañía de sus compañeros de trabajo. Quizás hiciese alguna amistad, y sus días dentro de ese edificio subterráneo fuesen más agradables.

Había ya bastante gente del Ministerio allí cuando llegó, todos ellos ataviados con disfraces variopintos. Hester, sin embargo, no sabía a quién acercarse exactamente, así que optó por tomar asiento en uno de los taburetes junto a la barra. Al hacerlo, a punto estuvo de caerse del asiento—no preguntéis: torpeza innata—, pero logró evitar un aparatoso accidente y una bochornosa situación posterior. La camarera, entonces, le preguntó qué le apetecía beber. Hester, que no era una bebedora habitual—por no tener, ni cervezas tenía en casa—empezó pidiendo...

—Una cerveza de mantequilla, por favor.—Sí, una cerveza de mantequilla. Hester no era de las que empezaban fuerte la noche. De hecho, contaba con no emborracharse, pues lo único que quería era conocer gente, y disfrutar quizás de algún tipo de broma con temática de Halloween.

Sentada en su taburete, mientras esperaba la cerveza de mantequilla, Hester contempló la decoración terrorífica del Caldero Chorreante: murciélagos falsos animados con magia con un aspecto muy realista, revoloteando por todo el bar; calabazas con terroríficos rostros tallados y llamas crepitantes en su interior; una ligera neblina envolviéndolo todo; un caldero colocado en el centro del bar, posiblemente lleno de algún tipo de ponche, del cual brotaba la misma bruma que cubría el local; sonidos fantasmagóricos elevándose cada pocos segundos por encima de la música… Todo estaba muy cuidado, y Hester se maravilló del hermoso aspecto que tenía aquel lugar.


Última edición por Hester A. Marlowe el Lun Mar 04, 2019 2:58 am, editado 1 vez
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Caroline Shepard el Miér Mayo 15, 2019 5:01 am

De un momento a otro, sin lógica ni razón alguna, o al menos no una elaborada en ese preciso momento pero quizás sí a la mañana siguiente, para Caroline todo lo que rodeaba a Hester Marlowe desapareció, y ante su visión, como una niña que ve por primera vez el mar, se quedó absorta frente al hermoso paisaje que la curiosa noche de Halloween le había traído a su vida. Era una felicidad deseosa, o un deseo feliz, la verdad poco y nada le importaba el orden. Además ¿Qué importaba lo demás si ante ella se encuentran los juguetones y tentadores lunares de la castaña bailando en su clavícula izquierda y que, sin prisa los beso, para luego seguir su recorrido, dichosa a los pechos de la maga? Absolutamente nada.

Una traviesa sonrisa, casi imperceptible se encontraba en el rostro de  Caroline y no tenía intención de marcharse, al menos no pronto. Es que le encantaba sentir como Hester se estremecía debajo de su cuerpo, pero por sobre todo le gustaba ser la causante del placer de la castaña, tener la fortuna de ver como se mordía, como describiría después en su libreta, ese carnoso y tentador labio inferior, u observar, sentir y escuchar como su respiración iba cambiando de ritmo, que a veces iba en aumento y otras simplemente se detenía en seco, expectante. La pelirroja se encontraba fascinada, y fue en aquel estado que comenzó a repartir besos y juguetear con su lengua, descendiendo por el cuerpo de la castaña. Y donde una mirada cómplice entre las dos hizo que las piernas de Hester se abrieran ante una  más que gustosa pelirroja.

Allí comenzó clavando banderines a base de besos por los muslos de la maga, quiso darse la vuelta larga, alimentando las ansias de Hester y saciando su curiosidad. Pero como todo grandioso recorrido siempre tiene un objetivo, una meta final. Es por eso que sin pudor alguno depositó su lengua sobre la zona más íntima de la castaña, la tanga aún se encontraba de intermediaria, pero no fue mucho tiempo más, un minuto tal vez, para luego al igual que los disfraces de ambas quedara esparcido en algún lugar de la habitación.

Caroline como un gatito, ronroneo cuando sintió el contacto de los dedos de la mano de Hester perderse entre sus cabellos, y la alentó a seguir jugueteando con su lengua y labios, y donde una de sus manos se encontraba en la cadera de la castaña y la otra en el muslo bordeando el comienzo de la nalga, ejerciendo presión en ocasiones, y en otras ofreciendo caricias. El cuerpo de la pelirroja ardía de placer, y los gemidos y movimientos de Hester no hacían más que alimentar ese fuego.  Y fue allí, entre medio de las llamas, que la oclumante habló.

Caroline elevó su mirada, pero no detuvo su accionar, ya que precisamente aquello era lo que quería lograr, sentir el placer y al dicha de ver acabar a la castaña. Es que, si quiere que me detenga tiene que ofrecerme algo mejor, pensó para sus adentros. Y sí que lo había, señoras y señores. Hester Marlowe pronunció las palabras mágicas que hicieron que Caroline traviesamente ágil cambiara su posición, dejando una rodilla a cada lado de la cabeza de la castaña. Porque si había algo mejor que hacer acabar a la persona que en ese preciso momento te mantenía absorta era hacerlo juntas. Dar y recibir placer, una combinación explosiva.

Lo que continúo fue un baile lleno de placer y magnetismo, sus cuerpos se acoplaron a la perfección, y cuando la castaña se deshizo de la tanga de Caroline, y le devolvió con la misma moneda, la pelirroja simplemente dejo de pensar y se entregó a vivir el momento. Y no es que antes no lo estuviera haciendo, es solo que desde allí las palabras simplemente se hicieron a un costado para darle espacio a sus cuerpos.

***

Plenitud.

Esa era la palabra que describía el sentir de la pelirroja en ese momento. Su cuerpo se encontraba tembloroso, como si el agua que tenía dentro de su cuerpo hirviera burbujeante, generandole cosquillas. Sus pulmones por otro lado, se encontraban respirando como locos, como si acabaran de correr una maratón, y hacían que su pecho y costillas generaran su propio baile hasta irse regularizando de a poco. Su mirada se encontraba desenfocada, achinada, como de alguien que se encuentra terriblemente exhausta pero feliz, y la delataban sus mejillas, que sonrojadas se encontraban elevadas formando una cándida sonrisa. Hizo el esfuerzo de abrir más sus ojos y enfocarlos para depositarlos cariñosamente sobre la castaña.

Guapísima, pensó.

Sonriente recibió el dulce beso que le dió Hester, y mira que cansada y todo se quedó con gusto a poco, es que Caroline era de las que después de haber comido un tremendo y delicioso banquete, siempre, pero siempre tenía espacio para el postre. Pero las palabras de la oclumante hicieron que la pelirroja olvidase aquello y se derritiera, como un chocolate al sol en los brazos de la maga, y de movimientos lentos y seductores se hiciera espacio entre sus brazos hasta terminar acurrucada en su cuerpo. — Sí, lo sé— respondió sin más con juguetona mirada, para luego acercar su boca a la de la castaña y susurrarle.— Y estoy muy cerquita de lo otro más bonito y sensual de esta habitación.— atrapó el labio inferior con sus dientes suavemente, para luego darle un fugaz beso y soltar una risita traviesa.

La risa de Hester le resultó tan contagiosa que como acto reflejo la imitó, y cuando el silencio nuevamente reinó, la pelirroja que se encontraba con medio cuerpo encima de la castaña, con su dedo anular e índice comenzó a recorrer las facciones del rostro de la oclumante, era un pequeño roce, sutil y delicado. La luz era tenue pero le permitía verla a la perfección— Eres hermosa.— musitó de pronto, y con toda la sinceridad del mundo. — Y divertida.— agregó, depositando su dedo índice en la punta de su nariz.— Y dulce.— llevó su dedo a una de sus mejillas.— Y coqueta, muy coqueta, señorita Marlowe— terminó por decir depositando sus dedos en los labios de la maga y mordiéndose los suyos por acto reflejo. Y mira que solo había pasado con ellas una horas, pero para la pelirroja sus primeras impresiones siempre eran muy certeras, muy pocas veces se equivocaba.

Elevó su mirada y le dedicó una encantadora sonrisa, para luego de un suspiro girar su cuerpo y quedar tendida de espalda nuevamente sobre el colchón, miro el techo.— Nunca había estado en una habitación del Caldero.— soltó de pronto, giró su rostro divertida para mirar nuevamente a Hester,— ¿Tú?.— le preguntó curiosa.

Que la ronda de preguntas curiosas comience.
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Hester A. Marlowe el Jue Mayo 16, 2019 3:32 pm

Hester Marlowe se sentía flotar en medio de una nube de cálido vapor generado por dos cuerpos que se habían estado amando durante lo que parecía una eternidad y un suspiro al mismo tiempo.

Se sentía ligera y, al mismo tiempo, cansada. Todo su cuerpo tiritaba suavemente, de manera placentera, y en su interior todavía bullían los restos del placer que Caroline Shepard le había regalado. Pocas cosas en el mundo le gustaban más que aquella sensación, pocas cosas le gustaban más que el sexo, y el sentirse amada por una mujer como ella.

Agradecida, se giró suavemente para demostrar el cariño que sentía hacia ella con un beso. Un beso que le supo a sexo, lo cual no hacía más que mejorarlo.

Le dijo también que era lo más bonito que había en aquella habitación, y cuando ella aseguró que lo sabía, Hester rió. Un cumplido de su compañera de cama la hizo sonreír de una manera más inocente, aunque no tuvo tiempo de entregarse demasiado a ese lado suyo antes de fundirse de nuevo en un beso apasionado.

Ambas rieron juntas, Caroline ligeramente por encima de ella. Casi se puso roja por todas las cosas buenas que decía de ella—y que, por su baja autoestima y el escaso cariño que había recibido en su niñez, no se creyó del todo—, y supo que, al menos esa noche, no necesitaba a nadie más para ser feliz.

—Y tú eres tan sexy que dudo mucho que pueda mantener las manos lejos de tu cuerpo en lo que queda de noche...—Le dijo, mordiéndose el labio inferior y consciente de que estaba muy cansada. Pero, es que… ¿ese cuerpo que tenía era real o fruto de un sueño? ¡Cuando una chica tiene a una mujer como esa solo para ella, no se conforma con una sola vez!

Curiosamente, Hester no había visto nunca una habitación del Caldero Chorreante. No había tenido necesidad de ello: no solía dormir fuera de casa, y desde luego, nunca se había acostado con una bruja antes. Casi todas sus experiencias sexuales habían sido con Mallory, alguna amiga de Mallory… y en momentos delirantes en que se había dejado convencer de ello, con Mallory y alguna amiga suya juntas.

No tenía ni idea de cómo podían funcionar los tríos con un hombre de por medio, pero un tío con sólo mujeres era maravilloso.

—Nunca.—Negó con la cabeza, mirando el techo y sonriendo.—Eres la primera bruja con la que me acuesto. ¿Se puede decir que he perdido mi virginidad contigo?—Bromeó, riendo divertida, pues obviamente sí había tenido sexo antes.—Es que no he pasado mucho tiempo en el mundo mágico, ni he hecho demasiada vida social aquí. Y eso ya antes del cambio de gobierno. Ahora… ¿Cómo voy a interesarme por una mujer de este mundo mágico? Seguro que, con la mala suerte que tengo, tiene la marca tenebrosa...

Se giró sobre la cama para, en esta ocasión, ser ella quien se incorporaba un poco por encima de Caroline. La piel desnuda y sudorosa de ambas brujas entró de nuevo en contacto, y Hester deslizó sus dedos índice y medio sobre el antebrazo izquierdo de la pelirroja. Su mirada, algo más seria, seguía el recorrido de sus dos dedos.

—Me alegra que tú hayas sido la primera, y que no tengas esa asquerosa marca.—La miró entonces a los ojos, muy cerca de ella. Sus cabellos despeinados se les pegaban a la frente. Le sonrió, mordiéndose el labio inferior.—¿Suena muy raro si te digo que no me quiero separar de ti.—Entrelazó entonces su mano con la de Caroline.

Si por ella fuera… en esos momentos habría repetido. ¿Por qué no? Al menos, durante esa noche, eran la una de la otra. No sabía si aquel acontecimiento maravilloso se repetiría, pero esa noche… esa noche quería ser de Caroline, y que Caroline fuese suya.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Caroline Shepard el Jue Ago 08, 2019 8:34 pm

Caroline ama las palabras desde pequeña, le encanta descubrir sus etimologías, sus sonidos… por ejemplo, le fascina el carácter que le da la letra R a cualquier palabra y que ella a veces pronuncia aún más para darle mayor intensidad a su decir, a diferencia de los demás británicos que la pronunciación esa letra es casi inexistente. Pero también, ama el lenguaje no verbal, como esas miradas cómplices entre dos amigos, esos roces accidentales que te dejan con la piel de gallina, esas sonrisas coquetas que te invitaban acortar distancias, o ese lenguaje único e irrepetible que ocurre entre dos cuerpo en la intimidad de una habitación, dónde no importa nada más que recorrer y disfrutar el cuerpo ajeno, y sumergirse un océano de placer.

Feliz, así se sentía la pelirroja, y más cuando los labios de Hester volvieron a estar sobre los suyos, y que no hicieron más que invitar nuevamente a la magizoologista a unir su cuerpo con  el de la maga, y mientras lo hacía y escuchaba las encantadoras palabras que la castaña le dirigía pensaba en las bonitas sorpresas que a veces le tendía la vida, es que ella jamás pensó que esa noche terminase o bueno, comenzase así. Lo de ellas había sido explosivo, rápido, sin rodeos, y eso más que asustarle o hacerla sentir incómoda, a la pelirroja le encantaba, porque siempre ha pensado que ¿Para qué darse la vuelta larga, si te puedes ir por el camino más corto y acompañado de la mano de alguien? El que no se atreve no cruza el río, dicen y a Caroline siempre le ha gustado nadar.

Su dedo índice fue recorriendo diferentes lugares del rostro de la castaña a medida que le iba diciendo todas esas cosas que había encontrado sumamente encantadoras de ella, como lo era su innegable belleza, su contagiable alegría, y su tentadora coquetería. Soltó una risa al escuchar sus palabras.― Bueno, no me quejaría si  sus manos vuelven a estar sobre mi cuerpo, señorita Marlowe. La noche es joven aún, y hasta que el sol no vuelva a hacer acto de aparición esta habitación sigue siendo nuestra…― le susurró seductoramente cerca de su boca, y con sus dientes atrapó el labio inferior de la castaña para terminar dándole un beso más intenso que el anterior. Es que, cuando la tentación está ahí, tan cerca…es muy difícil contenerse, y más para alguien tan pasional como la pelirroja.

Le preguntó si ella había estado antes en una habitación del Caldero, ya que al menos ella nunca lo había hecho, volteo su mirada cuando la castaña empezó a hablar, y abrió los ojos sorprendida cuando le comentó que ella era la primera bruja con la que se acostaba. ― ¿Pero ya haz tenido relaciones con mujeres antes, no? Porque ese desplante no es de una primeriza, no, no, no, que a mi no me engañas. ― dijo negando con su dedo índice junto a una encantadora sonrisa.

 La pelirroja se tensó un poco al escuchar lo de la marca tenebrosa, pero solo le basto sentir nuevamente el cuerpo de Hester sobre el suyo, y a su dedo recorrer dulcemente su brazo para derretirse nuevamente a su contacto.Sonrió  cuando notó su mirada cerca de la de ella, y dulcemente con su mano le corrió algunos cabellos que le cubrían el rostro para mirarla en su máxima plenitud, soltó una risita cuando escuchó su pregunta y en vez de responderle con palabras, llevó su mano a la mejilla de la chica y acercó nuevamente sus labios a los de ella para fundirse nuevamente en un intenso beso, de esos que uno no se separa hasta que el cuerpo te pide a gritos que necesitas aire para seguir viviendo. Al separarse no se alejó ni un poquito. ― Yo también me alegro mucho de que no tengas esa marca asquerosa…― le susurró, y estaba tan cerca que a medida de que hablaba sus labios iban rozando los ajenos, tentándolos. ―Y no, no suena raro, porque ¿sabes? Yo tampoco quiero hacerlo…―le dijo, para volver atrapar sus labios pero de manera más fugaz para luego bajar a su cuello, y  allí comenzar a repartir mordiscones y besos acompañados de sus manos, que revoltosas volvían a recorrer el cuerpo de la castaña.

¡SOOOOOOOOOOOOOOOOOY UNA GAVIOTA!

Se escuchó gritar en el pasillo, Caroline detuvo su accionar y miró hacia la puerta para luego mirar a Hester con rostro interrogante.

¡Marshall, estás haciendo el ridículo! ¡Ven para acá!

La que le gritaba era una voz de mujer, y que no le costó mucho identificar de quién se trataba, era Claire, la pareja de Marshall.

¡Atrápame si puedes! ¡SOOOOOOOOOOOOOY UNA ABEJA!

¡Marshall, no te atrevas! ¡Devuelve las flores a ese macetero!

Los gritos que continuaron se comenzaron a escuchar más lejanos, y Caroline estalló en risas imaginándose el panorama que debía estar sucediendo fuera de esas cuatro paredes. ― Al parecer en nuestra ausencia las cosas allá abajo se descontrolaron. ― comentó entre risas.

La pelirroja había perdido completamente la noción del tiempo, por lo que no sabría decir exactamente cuánto tiempo había pasado desde que desaparecieron de la pista de baile, pero la verdad es que tampoco tenía muchas ganas de volver, porque estaba muy cómoda y a gusto a donde se encontraba.
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Hester A. Marlowe el Dom Ago 11, 2019 2:00 am

La confesión sonaba… rara, cuanto menos. ¿La primera vez que tenía sexo con una bruja? Pues, curiosamente, sí.

Hester había pasado una gran parte de su infancia en el orfanato, rodeada de muggles aquí y allá, y no había conocido mago o bruja alguna hasta su llegada a Hogwarts, y entonces no es que tuviera interés alguno en chicos, chicas o cualquier cosa: demasiado preocupada estaba con su mal llamado “don” para la clarividencia.

Había sido en el orfanato, precisamente, cuando había descubierto su orientación sexual y su sexualidad: Mallory y ella habían pasado mucho tiempo a escondidas en los distintos armarios roperos de aquella casa de monjas. ¡Como para que las hubieran pillado!

Y después… no había mostrado más interés que por Mallory y las amigas que ella le presentaba, así como por chicas que conocía en las pocas ocasiones que salía.

Así que sí: Caroline Shepard tenía el honor de ser la primera mujer mágica con la que tenía relaciones sexuales. ¿Debería sentirse honrada? Bueno, eso mejor que lo decidiese ella.

—¡Por supuesto! No es que sea la mayor experta del mundo, pero sí he tenido relaciones con otras mujeres.—Rió, divertida por la situación.—Ya me hubiera gustado a mí saber tanto en mi primera vez… Habría sido todo muchísimo menos ridículo.

Lo que más temía Hester en los últimos tiempos a la hora de relacionarse con magos era, precisamente… la marca tenebrosa. La dichosa marca tenebrosa.

Si al quitarse Caroline el disfraz, por muy afable que hubiera sido durante toda la velada, hubiera mostrado esa marca, a Hester le hubiera faltado tiempo para salir corriendo de allí. Habría inventado alguna excusa para desaparecer, confiando en que la mujer no intentara matarla por el desplante.

Pero… todo había salido bien, por suerte.

—Somos muy afortunadas...—Susurró Hester, que pese a que normalmente no se sentía nada afortunada, esa noche sí: el calor estaba regresando a su cuerpo, y pese al cansancio, no le diría que no a un segundo asalto.—Pues no te separes de m...

No terminó la frase. Aquel momento lujurioso y pasional fue interrumpido por el sonido del jolgorio que tenía lugar en el exterior.

Hester dio un respingo y se quedó mirando hacia la puerta, los ojos muy abiertos, y fue testigo de un momento gracioso entre Marshall y una mujer que desconocía. Y no pudo evitar reír, a pesar de todo.

—Eso parece...—Coincidió Hester, tapándose la boca mientras reía. Le llevó unos momentos volver a ponerse seria.—¿Por qué no aprovechamos todo lo posible esta habitación?

Se giró hacia Caroline, mordiéndose el labio inferior, mientras su mano se movía bajo las sábanas en dirección a la zona más íntima de la pelirroja. Mientras lo hacía, mantenía la mirada fija en ella, e incluso cuando empezó a acariciar su sexo con sus dedos, siguió mirándola y ensanchando su sonrisa a medida que los suspiros de excitación se escapaban de los labios de ella.

Entonces, sin dejar aquel movimiento que tan bien se le daba, Hester se acercó a ella y comenzó a depositar besos en su cuello. Su mano aceleró el movimiento…


En realidad, no pasaron toda la noche allí: en un momento dado de la noche, después de otro extenuante clímax, Caroline echó un vistazo a su teléfono móvil y palideció. Cuando Hester le preguntó al respecto, la bruja no dio demasiados detalles, solo que su compañera de piso había tenido algún problema.

Disculpándose una y otra vez, y robándole un fugaz beso, la pelirroja se vistió con su disfraz utilizando la magia, tal era su prisa, y se dispuso a irse. Hester se lo impidió sujetándola del brazo.

Confusa, Caroline la miró extrañada, pero pareció comprender todo cuando Hester le pidió su teléfono móvil. La oclumante anotó su número de teléfono en la agenda, e hizo una petición a la magizoóloga:

—Si mañana todo va bien, llámame.—Le dijo con una sonrisa.

Caroline le prometió que así lo haría, se disculpó de nuevo, y salió en estampida de la habitación, dejando a Hester sola.

La bruja lanzó un suspiro casi de enamorada, dejándose caer sobre la cama. Se sentía como si descansara sobre nubes en lugar de un colchón y sábanas, y su sonrisa era feliz. No le sentó mal que tuviera que marcharse, pues en su rostro vio sinceridad: nadie palidece ante un mensaje de Whatsapp si dicho mensaje no es importante de verdad.

Pasó allí unos momentos, vestida únicamente con las marcas de pintalabios que la boca de Caroline había dejado sobre ella, y se dijo que se marcharía en unos minutos.

Se equivocaba, porque lo que en realidad ocurrió fue que se quedó dormida.

Era por la mañana cuando unos golpes casi furiosos en la puerta de la habitación la despertaron. Hester se incorporó de golpe, quedando sentada, y por un momento no comprendió dónde estaba. Lo miró todo y no fue hasta que más golpes resonaron en la puerta, seguidos de la voz del encargado, apremiándola a dejar la habitación cuanto antes, pues sólo habían pagado una noche.

Con la urgencia moviendo sus hilos, Hester literalmente saltó de la cama y aterrizó dolorosamente en el suelo, su trasero por delante. El golpe la hizo gimotear, pero enseguida se puso a recoger apresuradamente su ropa. Y, de la misma forma que Caroline, utilizó la magia para acomodar el disfraz sobre su cuerpo.

Al salir al pasillo, la esperaba el encargado cruzado de brazos. Al verla, se tocó varias veces la muñeca izquierda con el dedo índice derecho, diciéndole sin palabras que se pasaba de la hora.

—Perdón, perdón, lo siento mucho. ¡Perdón!—Y salió corriendo de allí, no sin antes trastabillar con sus propios pies.

A punto estuvo de terminar de morros en el suelo, aunque su mala suerte decidió ser benévola: sólo estuvo a punto de caerse… dos veces, en realidad, pues cuando llegaba a la entrada del Caldero Chorreante, se tropezó con el pie de un cliente madrugador, sentado en uno de los taburetes.

Pidiendo perdón y sin mirar al frente, Hester salió caminando hacia atrás… chocándose con un mago que fumaba una pipa en el proceso. Tal fue su mala suerte que la pipa de este salió despedida y acabó en el suelo.

—¡Lo siento!—Insistió ella, y para evitar más accidentes, decidió marcharse mirando al frente, sin más.

¡Menuda forma de terminar la que había sido la mejor noche de Halloween de toda su vida!
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