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No mercy left [Priv. Ayax "Primito" Edevane]

Joshua Eckhart el Miér 31 Oct 2018 - 5:56


Durante la noche del lobo, todo comienza en el punto estratégico donde la luna ejerce su fuerza sobre la tierra. Uno se siente morir, pero no puede gritar, y en su lugar nace un aullido intenso de rabia y dolor. Los huesos se deforman debido al veneno que corroe la sangre, y en licántropos como Joshua, el instinto hablaba más fuerte que la humanidad, a pesar de beber pociones matalobos. Esas eran las noches más oscuras, cuando necesitaba una luz para seguir, y nadie estaba ahí para tenderle la mano en su desesperación.

Su juicio estaba nublado y había perdido por completo la cabeza. Una bestia, lo llamaban, y podía ser que eso fuera. La línea entre el hombre y el monstruo era tan delgada que se rompía por completo, y en sus manos aparecía el poder para matar a sangre fría. Ni siquiera lo recordaría a la mañana siguiente. Debía ser por eso que no reconocía al hombre que miraba en el espejo: en su humanidad había bestialidad, y viceversa. Cada vez más difícil poder decir de qué lado se encontraba.

El instinto, era todo lo que le quedaba. La voracidad y la supervivencia, no había otra cosa, o eso era lo que pensaba. Cuando la bestia ve una presa entre la oscuridad, puede escuchar su corazón latir, la sangre recorriendo sus venas. El olor del miedo, que es sudor y ansiedad. Era un depredador y cazaba a su víctima con las patas sobre el suelo y el lomo erizado, mostrando los dientes sin perderle de vista, un suave gruñido que se difuminaba con las palabras silenciosas que sólo puede pronunciar el viento.

Ataca entonces, y las zarpas desgarran aire y piel con la misma facilidad. Muerde sin paz, con un hambre voraz. Los gritos entonaban una melodía que la bestia encontraba dulce, no había quien pudiese frenar el ataque de un hombre lobo cuando este ha comenzado. Un grito anuncia una vida que está a punto de acabar, cuando la sangre se drena a través de las heridas y mordidas que ha recibido, la carne hecha jirones y su pelea por sobrevivir cada vez más débil hasta que puede darse por perdida.

Es parte de la noche del lobo. Acaba como un mal sueño, incapaz de recordar qué fue lo que sucedió, uno puede despertar en medio de la nada, desnudo y desorientado, manchado en sangre y con el sabor metálico en la boca, y restos de piel bajo las uñas. La evidencia tangible de que fue real. Con dolor de cabeza y el cuerpo completamente dolorido, sin saber cómo regresar a casa, Joshua se dio cuenta de lo peor.

Que no estaba en medio de la nada. Estaba encerrado en una jaula de metal, y sus manos y piernas tintineaban las cadenas que ceñían los pares. Esposado de manos a la espalda y de pies, con un bozal de jaula. Como si fuera alguna especie de animal. Todavía estaba adormecido cuando fue llevado al tribunal mágico a presenciar su juicio. A nadie le importaba saber su versión: era una amenaza para la comunidad mágica.

Audiencia por delitos cometidos por Joshua Eckhart, los cargos contra el acusado son los siguientes: que a propósito y con conocimiento de la ilegalidad de sus acciones omitió su integración al Registro de Criaturas Mágicas y tuvo una transformación generada por la enfermedad de licantropía dando como resultado la muerte de al menos un miembro de la comunidad mágica —leyó sus cargos el miembro del jurado. — ¿Niegas haber omitido tu integración al mencionado registro?—preguntó el hombre.

No, pero… —intentó defenderse, decir cualquier cosa que pudiese protegerlo del destino que se veía venir. No había nada que pudiese decir en su defensa, sólo bastaba con mirar la manta con que cubría su desnudez, manchada de sangre de su víctima.

¿Estabas consciente de que está prohibido no registrarte debidamente por el riesgo que tiene a ser un potencial peligro para la sociedad mágica?—inquirió de nuevo el juez, esperando su respuesta con los dedos entrelazados.

Sí, así es, pero… —imposible, era imposible decir algo antes de que aquel hombre volviese a interrumpirlo.

Brujas y magos del Wizengamot, el acusado se encuentra culpable de omitir registros pertinentes y de asesinar a un mago durante su transformación —se dirigió al resto de la audiencia y después al joven acusado. — Pero ya que nuestras leyes son benévolas, su condena será formar parte del equipo de investigación del Área-M para ayudarles a encontrar un método para prevenir el peligro durante las transformaciones más eficiente que la poción matalobos —golpeó con su martillo una vez. — Caso cerrado.

Era culpable. Para ellos era culpable, no había forma de defenderse. Fue así como llegó a ese lugar, hogar de pesadillas y dolor: Azkaban. Recorrió sus pasillos con los ojos vendados hasta llegar a lo que llamaban el área-M, de investigación y conocimiento mágico. No a las celdas de presos, no: a las de las criaturas mágicas. Le quitaron el bozal y las cadenas, dejándolo solo en su soledad. Desde su celda podía ver un thestral y un hipogrifo, sabiendo que muchas más criaturas compartían ese lugar con él.

¡Esto es un error! ¡Libérenme! —gritaba, pero nadie lo escuchaba.
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Ayax Edevane el Lun 5 Nov 2018 - 2:42

Desconocía por completo que su primo era licántropo, que había sido delatado por un chivato y que después de un juicio había sido encarcelado en el Área-M, en la zona destinada para las Criaturas Mágicas. A decir verdad, él siempre pensó que si su primo terminaba ahí sería como extirpador, no como preso. Y ahora mismo no podía asquearle más la idea de que su primo fuese un licántropo incapaz de controlar su ira y su rabia... incapaz de cuidarse como la bestia inmunda que era.

Ayax todavía no se había enterado de que su primo estaba en el Área-M, sino que fue algo que le cogió totalmente desprevenido. Él llevaba ya unas semanas con un experimento un tanto complicado que relacionaba la mente humana con las capacidades de las criaturas, cuyo objeto de experimentación era Adae West, un niño que estaba resultando ser muy interesante por sus capacidades cognitivas.

Acababan de salir de una sesión fuerte de estudio y Adae caminaba al lado de Ayax de manera débil, cabizbajo. Si todavía tuviese el pelo seta que solía representarle, probablemente le tapase toda la cara. Sin embargo, estaba totalmente rapado, como un preso impoluto, sumiso y callado.

Pasó por delante de la celda de Joshua y si bien el eco y la reverberación del pasillo habían distorsionado la voz de su primo como para que no la reconociese al principio, nada más llegar sintió un pinchazo de traición al ver en el interior de aquella jaula a Joshua Eckhart, probablemente el familiar más afín y su mejor amigo. Un primo que había estado tanteando el terreno para ver qué opinaba Ayax sobre los de su especie, para luego ocultarle información de primera mano: él era la bestia que tanto miedo tenía por salir. Los pasos del pelirrojo se pararon, a la vez que los de Adae, quién miró por curiosidad hacia el interior de la celda, poniendo unos ojos desorbitados.

—Vaya —
dijo, mirando a su primo. —Qué decepción, Joshua. No sólo eres un mentiroso, sino también la escoria que no es capaz de controlar lo que es —le dijo, con desdén. —La gente como tú es la que se merece estar aquí abajo. No servís más que para hacer que el resto aprenda de vuestros errores.

Ayax le dio un empujón a Adae para que siguiese caminando, quién tenía los ojos empañados al ver a su amigo entre rejas. Eso sí, el pelirrojo no se dio cuenta de ese dato, pues aunque su rostro pareciese totalmente frío, inexpresivo y carente de emociones, cualquiera no siente rencor por la traición y tristeza por la pérdida. Es sólo que Ayax, en ese momento, se dejaba llevar por su mente más calculadora y fría: y no podía dejar que nada de eso le afectase. No en su trabajo. Y así lo haría.

***

Al día siguiente, Ayax volvió a pasar por allí con el mismo niño, aunque ésta vez éste estaba bien y no en un estado deplorable de cansancio. Se volvió a quedar frente a la celda de Joshua, quién se encontraba en una esquina probablemente lamentándose por su miserable vida y la que le quedaba por vivir.

—Como hace poco murió el único licántropo que teníamos aquí, debido a mi estudio me has sido asignado. ¿No es caprichoso el destino? —preguntó, fingiendo diversión.

El pelirrojo había ido con unas directrices profesionales establecidas, pero tenía bien claro que el rencor le iba a jugar una mala pasada como no se controlase. Como no la controlase a ella.
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Joshua Eckhart el Mar 6 Nov 2018 - 9:11

No podía ser verdad. No podía creerlo. Era algo que había temido desde el primer día, la posibilidad de no controlarse y que la gente equivocada se enterase de su estado. Una posición de desventaja sobre el poder establecido, pues había sido considerado peligroso. Ellos lo habían señalado de esa manera, y nadie en el mundo podría hacerles pensar lo contrario. Había sido desprovisto de su dignidad de humano, como si nunca lo hubiese sido, para ser señalado por la sociedad como una bestia, por lo que su versión era el agregado más absurdo, una verdad sólo para sí mismo.

En su crisis existencial más profunda, lo vio. Era su primo, uno de esos pocos familiares con quien había congeniado y que era también su mejor amigo y confidente. Había escasos secretos que no había podido decirle, justo como lo era el que ese día lo estaba condenando. Sintió una sensación de posible esperanza, de que él, de entre todas las personas, fuese capaz de comprender su situación, de entender que se esforzaba en no ser peligroso. Que si no se lo había dicho, había sido porque quería mostrarle que todo iba a estar bien.

Ayax, primo —lo llamó, sujetando los barrotes para aproximarse cuanto sus ataduras se lo permitiesen. Sus palabras lo dejaron estático en su lugar, petrificado y con las palabras en la punta de la lengua. Una decepción, era lo que veía en él. — No, no entiendes… —trató de defenderse, balbuceando lo que tenía por decir. — Yo estaba… Realmente intentaba… —pero el intento no era un hecho, y en ese momento no bastaba.

Confundido, cuando menos. Esperaba otra cosa. Esperaba, de alguna manera, que Ayax pudiese ver más allá de lo que todos señalaban. Quiso pensar que era sólo la sorpresa, el rencor de la mentira lo que lo estaba haciendo decir esas cosas. Que lo pensaría bien, y que entendería que la intención de Joshua no había sido otra que esperar el momento adecuado para confesar la verdad. Un momento que ahora no iba a llegar.

***

Los días en el área-M eran solitarios y fríos. A lo largo de ese día, una mujer adulta había venido y lo ató como si fuese una criatura peligrosa, para realizar un riguroso examen médico y conocer para qué tipo de experimentación era apto. Su peso, su tipo de sangre, estatura y complexión. Su estado interno, también. Debía ser una sanadora, o una magizoóloga, ni siquiera sabría decir la diferencia en ese momento, porque ya no había diferencia entre su yo humano y su yo animal, porque alguien así lo había decidido.

Su primera noche ahí fue horrible. Sin ventanas, no había diferencia entre el día y la noche, su sol se había convertido en la luz del corredor que se apagaba y se encendía cuando alguien así lo decidía. No había camas ni siquiera, unas mantas cuando menos en el suelo como única muestra de piedad para las criaturas que habitaban ese lugar. La gran mayoría de ellas no necesitaba camas. Escuchaba el lamento y los gruñidos de las criaturas mágicas a su alrededor, apenas pudo dormir.

Al día siguiente, había tomado un desayuno que ni siquiera sabía si se podía llamar así. Sobra decir que no había probado nada de lo que le habían dejado, no tenía hambre así que el sacrificio no había sido un horror. El horror vino cuando su primo volvió a pararse justo en frente de su celda, de nuevo con un niño. Antes había estado tan alterado que ni siquiera lo había mirado, pero ahora que lo observaba, le parecía familiar. Si le imaginaba con cabello, podía ver claramente que era…

¿Adae…? —preguntó, en voz baja, dolido por dentro. Lo había conocido en Hogwarts hace tiempo, y habían tenido una conversación agradable algunas ocasiones, pocas antes de que desapareciera por completo. Le dejó a deber libros, pero no se los tomó en cuenta. — Ayax, por favor, escúchame… —le pidió, poniéndose de pie. — No quería mentirte, estaba… Quería decírtelo cuando estuviese seguro que podía controlarlo… —trató de explicarse, rogando que su primo lo escuchase esta vez, que los años que habían vivido juntos se lo permitiesen entender. Que nunca había querido engañarlo o guardarle secretos.

Pero la mirada de Ayax era glacial y tan filosa que parecía que podía cortar. Esas miradas que hacen a uno sentirse increíblemente incómodo, juzgado incluso. Una que nunca le había dirigido, ni siquiera cuando lo llamaba subnormal al jugar juntos y actuar como retrasado.
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Ayax Edevane el Mar 13 Nov 2018 - 3:33

Las cosas no se podían tomar a la ligera, mucho menos cuando te sentías traicionado por un familiar al que tan estima tenías, con el que podrías incluso sentirte como uno solo. Joshua no solo le había estado tratando por idiota, sino que encima pretendía que Ayax creyese sus estúpidas explicaciones en donde no pretendía mentirle. Y las cosas en esta vida normalmente no tienen cabida en una escala de grises: o están bien, o están mal y el pelirrojo solía tratar las mentiras como lo que era: cuchillas que intentan clavarte en la espalda después de haberte tomado por una persona no solo de poca confianza, sino también de poca inteligencia.

Es por eso que ahora mismo no tenía ningún tipo de empatía por su primo segundo. Ya ni siquiera quería verlo como el primo más cercano que tenía, pese a no ser de sangre directa, sino directamente como uno más de su familia a la que, de nuevo, deja de lado. Si es que ya se lo decía su abuela: solo la familia cercana de sangre es la que vale la pena, la que nunca te traicionará. Y él siempre se empeñaba en meter a Joshua como uno más dentro de los Edevane. Qué iluso. Un Eckhart jamás será un Edevane.

Cuando su primo le pidió que le escuchara, lo miró con fingida atención, pero a decir verdad no dijo nada que a Ayax le hiciera cambiar de parecer.

—Claro —respondió, haciendo que Adae se sentase en el suelo, en una de las esquinas. El niño había sido amaestrado a palos—metafóricamente hablando—, por lo que tenía una obediencia exquisita a cualquier orden aunque no fuese atado u obligado mediante magia. —Joshua, fuiste Ravenclaw. Dejando de lado el hecho de que se supone que eres inteligente y sabías no solo que soy medimago, sino que trabajo en una de las áreas científicas más grande de Europa a nivel mágico, ¿no creíste conveniente contármelo teniendo en cuenta de que podría ayudarte? —preguntó retóricamente, para entonces elevar la mano, pues no quería que Joshua contestase a su pregunta, cuya respuesta ya sabía. —Claro que no, ¿por qué ibas a hacerlo? Era más divertido ocultarlo y poner a toda la familia en peligro, como la persona irresponsable, inmadura y niñata que eres. —Ayax se acercó a él y, con la varita, le obligó a arrodillarse de nuevo, reprimiendo cualquier movimiento que quisiera hacer. Se acuclilló delante de él. —Mataste a una persona y heriste de gravedad a tres con tu descontrol, debido a una falta no solo de humildad sino también de inteligencia. ¿Te acuerdas de a quién mataste y a quiénes heriste? ¿Creíste que podrías controlar a esa bestia que te queda tan grande? Claro que no... por eso no fuiste capaz de parar cuando tus asquerosas zarpas se clavaron en mi hermana pequeña... —Eso último lo dijo con rabia, rencor y odio, con los dientes apretados y una voz dolida y enfadada. Miraba a Joshua como quién mira a un despojo que sólo quería patear hacia la basura. Una de las manos de Ayax se aferró al cuello de su primo, con fuerza. —Y ahora está en San Mungo, en la planta de ingresos permanentes en un estado crítico. Aún no se ha despertado y... ¿cuándo lo haga qué le tocará? ¿Convertirse en la misma mierda en la que te has convertido tú? —Y, tras continuar apretando, se separó.

Se puso en pie, se giró y dio unos pasos, alejándose de Joshua. Estuvo unos segundos mirando hacia la pared opuesta, misterioso. Se tranquilizó—o fingió tranquilizarse—en un momento, volviendo a girarse con un aire mucho más grácil y una sonrisa irónica.

—Pero soy una persona profesional —confesó al final. —Si te mato, cosa que me encantaría, serías literalmente la basura más inútil del Área-M. Y me encantaría utilizarte para hacerle la vida más fácil a mi hermana, si es que sobrevive. Porque puedes estar seguro de que como mi hermana no salga de esta, yo mismo te mataré.

Y la mirada, tan fría que le echó a su primo, declaraba sin lugar a dudas sus intenciones de hacerlo. Quizás Joshua, que conocía bastante bien a Ayax, podía divisar más allá de esa mirada dolor y traición, pero en realidad ahora mismo tenía una mirada tan gélida que parecía que había creado una coraza sin sentimientos que lo rodeaba por completo. Y teniendo en cuenta a lo que se tenía que enfrentar: de utilizar al atacante de su hermana, a su primo traicionero, como sujeto de pruebas en el Área-M, Ayax había tenido que hacer un ejercicio muy duro de auto-control que no estaba muy seguro de poder llevar a cabo.
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Joshua Eckhart el Sáb 17 Nov 2018 - 14:02

Miró cómo su primo le ordenó en el silencio sentarse en un rincón, sin que el pobre crío pudiese hacer nada para evitarlo, como un cachorro domesticado. Se preguntó cuántas veces había intentado resistirse hasta entender que no había nada que pudiese hacer para evitarlo. Y se temió que el mismo acabase siendo su destino, después de pasar por las manos de esos científicos que sólo lo veían como un animal de laboratorio que podían reemplazar en cuanto dejase de servir, como él estaba reemplazando al licántropo que había muerto antes que él.

Ayax lo estaba tratando con el filo de sí, llamándolo estúpido por no haber confiado y recurrido a él cuando se dio cuenta del problema tan grande que tenía. Que llevaba casi un año escondiéndolo por el miedo que le daba la opinión ajena, la opinión de su familia, de sus seres cercanos, de aquellos a quienes quería. Joshua, quien siempre lucía tan desapegado, era muy débil a los suyos. Quería defenderse de alguna manera, contradecirlo y hacerle saber que todo lo estaba entendiendo mal, pero su primo lo interrumpía. Pronto supo por qué. Había herido a Eva, a su prima segunda, hermana pequeña de Ayax.

¿A Eva? —le preguntó, incapaz de pensar que realmente él había hecho eso, dolido por dentro. — Yo no quería, de verdad… Yo no… —tosió a causa de la opresión en su cuello que impedía el flujo normal de aire. Se dio cuenta que obtener la piedad de Ayax estaba probablemente lejos de acontecer. De rodillas en el suelo, luchó por aire durante y después del intento de asfixia, jadeando y tosiendo. — Lo siento mucho… De verdad, yo nunca quise herir a Eva… No quería herir a nadie… Ayax, eres mi primo, tienes que creerme, sabes que digo la verdad… —se lamentaba.

No, Joshua sabía que haber dañado a una de sus hermanas era una falta que no iba a ser perdonada. Que ya no sólo dañarla, sino haberla convertido en algo como él. Por más que quisiese a su primo y por más que éste le hubiese querido, Joshua sabía que sus hermanas, su familia, era intocable, y él la había dañado. Lo sabía, sabía que Ayax llegaría a los extremos por cualquiera de su familia cercana, como llegar a experimentar con él por buscar lo más parecido a una cura posible. Su mirada se dirigió hacia Adae.

El joven ya no era el chico alegre que conoció. Ahora era una carcasa vacía de ojos tristes y una mueca permanente que precede al llanto de infinita resignación. Y se aterró de pensar que él acabaría igual o peor que ese jovencito. Volvió su mirada hacia Ayax Edevane, encontrando en sus ojos una frialdad de témpano que dolía en las entrañas. Quiso encontrar detrás de esa sombra que había atravesado su mirada algún rastro de dolor, de empatía. Pero no fue capaz de hallarlo en ningún lugar. Era una pesadilla de la que tenía que despertar, no podía ser real.

Ayax, por favor, quiero… Estás en un error, yo no pude haber dañado a Eva… Sabes que no soy el único maldito hombre lobo en Londres, tú lo sabes, no fui yo quien la dañó… No pude hacerle daño, no a ella —lo había sabido desde el primer día que fue mordido, al principio de ese año. Que esa bestia no era realmente él, sino un animal que tenía que domesticar para evitar que hiriese a los demás. No podía haber sido él quien dañó a su prima, porque no hacía sentido con su lógica. Era un pobre idiota que no comprendía que no eran dos entidades separadas, que esa bestia no era un ente dividido. Era tan sólo la parte más oscura de él, que se alimentaba de la inseguridad y la maldad de su interior. Eran uno mismo.
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Ayax Edevane el Miér 21 Nov 2018 - 3:04

Llorar como un niño chico era lo que estaba haciendo, pensando que así iba a conseguir algo. Hacía tiempo que las lágrimas de Joshua Eckhart ya no tenían nada que conseguir en alguien como Ayax, mucho menos cuando había actuado de esa manera tan despreciable para alguien de su especie. Alardear de ser un adulto cuando cometes este tipo de estupideces… era un chiste para el pelirrojo. Es por eso que ahora mismo su primo había perdido todo tipo de credibilidad. Le daba igual lo que saliese por sus labios, que no iba a ser capaz de llegar a ningún punto en el interior de Ayax que pudiese ablandarlo siquiera un poquito.

—Te encontraron en el Valle de Godric. Mi hermana fue encontrada en el Valle de Godric. Quiero pensar que aunque no seas el único licántropo en Londres, el resto son la mitad de cuidadosos de lo que tú eres —le respondió. —¿Acaso pensabas que ibas a ser capaz de controlar a la bestia? No eres capaz ni de elegir una carrera que te guste sin que tengas que rendir cuentas a tu padre, Joshua, ¿de verdad te creías capaz de hacerle frente a la bestia que tienes dentro? Él se alimenta de tu miedo. Y tú tienes mucho miedo. Siempre lo has tenido y siempre lo tendrás. Y créeme, me aseguraré de que aquí dentro sientas miedo de verdad.

Casi escupía las palabras, de pie frente a él, mirándole como la sucia bestia que era. Jamás en la vida se habían mirado así, nunca. Ayax lo trataba como el hermano que nunca tuvo y… ahora no podía verlo más que otro experimento asqueroso del que sacar provecho. Por una vez en su vida, trabajando en el Área-M, tenía la necesidad de hacer daño real a alguien aunque eso no fuera a favor del experimento.

Así que cogió aire y se tranquilizó, mirando a su primo.

—Hoy he traído un nuevo experimento. Lo llamo ‘El brillo de la Luna’ —Y sacó una jeringuilla, con un líquido aparentemente transparente que poseía un fuerte brillo de un blanco azulado. —Estamos con dos estudios actualmente con respecto a los licántropos: el cómo llamar a la bestia en personas como tú y poder utilizarla como armas, más que como estorbos, y cómo ser capaz tanto de inducir como de quitar la maldición. A diferencia de ti, hay muchas personas que sí merecen una segunda oportunidad, primo. Y, por desgracia para ti, serás el sujeto de la primera de todas. Y pretendo sacarte a golpes al monstruo que llevas dentro y matarte cuando lo tenga delante.

Con la varita obligó a Joshua a levantarse, para luego empujarlo contra la pared. Lo inmovilizó con magia, para entonces clavar la jeringuilla en su cuello y verter el contenido directamente en sangre. Entonces retrocedió unos pasos, admirando los resultados. Si todo salía bien, la bestia más primitiva de su interior debía de salir a la luz. ¿Cómo? Eso era incierto, pues era la primera vez que se probaba esa poción mejorada. Podría salir su instinto más asesino sin cambiar de forma, quizás la forma pero siendo consciente, o quizás conseguirían hacer que se convirtiese allí mismo. Lo que sí tenía una cosa clara Ayax es que le iba a doler y le iba a doler muchísimo. Lo que le había inyectado había conseguido matar a gente que no era licántropo solo del dolor.

Ayax no tardó en sacar de su varita un látigo, dispuesto a domesticar a su primo a golpes, consciente de que el dolor podía volverlo sumiso o sacar a su peor bestia. Aprovechó también para sujetar a Adae mágicamente con la cuerda y arrastrarlo al centro de la habitación, siendo él el primero objetivo en la mirada de Joshua.
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Joshua Eckhart el Dom 25 Nov 2018 - 13:12

Fue en ese momento que se dio cuenta que nada de lo que pudiera decir podría hacer cambiar de opinión a su primo sobre lo que había ocurrido, sobre la percepción que había nacido sobre él. No importaba cómo lo intentase, no iba a poder escapar del infierno al que se había sumergido. Estaba más que convencido de que Eva había salido lastimada por su culpa, y Joshua no era capaz de desmentir el evento. Fue contundente escuchar lo que ya se sabía: Joshua vivía con miedo, era lo que había. El miedo a no ser perfecto, a decepcionar a las personas que quería, y en esta ocasión así había sido.

Quería escuchar que sus palabras eran mentira, no podía ser verdad que realmente estuviese perdiendo a su primo, que era casi como un hermano para él. — Estás siendo muy injusto, no puedes dar por hecho que es todo mi culpa —reclamó. — Hay manadas de hombres lobo más salvajes que yo, y eso tú lo sabes, ¡lo sabes! —no imponía demasiado ahí, de rodillas en el suelo, sometido a la voluntad de otra persona, quería detener el tiempo y ser capaz de analizar, por un solo momento, el torbellino de ideas que cruzaba su mente.

Joshua no pudo sino sorprenderse de ver aquella jeringuilla. Como si hasta ese momento no se hubiese dado cuenta que realmente las cosas iban más que en serio, que de verdad su primo estaba dispuesto a experimentar con él y hacerle daño de ser necesario. Más bien, de hacerle daño aunque no fuera necesario. Si antes había tenido la más mínima seguridad, la había perdido por completo, entre súplicas ininteligibles que dejaban en evidencia la angustia que le carcomía por dentro. Chocado contra la pared, incapaz de defenderse, le dedicó una mirada donde la esperanza moría.

Ayax… Por favor, somos familia, tienes que escucharme… —pero eso no iba a suceder y tenía que entenderlo. Tenía que.

Sintió el pinchazo en el cuello que lo hizo gemir de dolor, apretando los dientes y los ojos mientras el líquido denso penetraba su sistema, ardiendo como fuego a través de sus venas. Jadeó mientras intentaba soportarlo, pero no podía, el líquido estaba quemándolo, era casi como haber sido inyectado con ácido que estaba destrozando todo cuanto tocara.

Lo primero que sucedió fue que su cuerpo se tensó por completo, sus músculos rígidos lo lastimaban. Podía sentir cómo el veneno lo recorría, hasta que su cuerpo se encontró en dolor latente que causaba espasmos. Si gritaba o no, Joshua no podía escucharlo, aunque sus cuerdas vocales le dolían en la vibración. Sintió un latido en falso que le robó el aliento y por poco consigue hacer sus lágrimas derramarse. Llegado un momento, ni siquiera era capaz de gritar del dolor. Por un momento desfalleció, la vida parecía haberlo abandonado en su totalidad, la piel blanca más pálida que de costumbre, las orejas se notaban violetas, los ojos perdidos en la nada.

Entonces, las pupilas de sus ojos se encogieron. Un gruñido escapó de su boca mientras sus manos se retorcían hasta que de sus uñas salieron garras filosas y su boca se llenó de colmillos filosos. Luchando contra el dolor, la bestia se sacudió, ciega de rabia. Sus brazos y piernas habían sufrido una deformación también, de modo que podía agacharse y caminar a cuatro miembros. Parecía una transformación parcial, era eso. Volvió a sacudirse, resentido por el ardor de su cuerpo que dolorido impedía su movimiento, pero con una bestia interna más fuerte que eso.

Gruñía mientras se agazapaba en el suelo, preparándose para atacar. Joshua lo veía todo como si no estuviese dentro de su cuerpo, como una humanidad encerrada dentro la bestia. Sólo podía ver con horror cómo mostraba la parte más oscura de sí mismo, que no era bestia ni era humano, sólo la peor parte de ambas criaturas. Una bestia que se presumía indomable de fuerza sobrehumana. Aunque el humano sufría el dolor, el animal lo tomaba como la rabia que le hacía falta para atacar, la ira que generaba deseos de venganza.

Entonces escuchó una voz. La voz de su otro yo. Porque el humano era él, y compartía su cuerpo con la bestia. — “Cada resignación es una batalla perdida, tenemos que sacar fuera a nuestros demonios sin dejar que nadie nos lo impida” —expresó esa voz que oía sólo dentro de su cabeza. — “Da igual quién sea, la misión es canalizar la ira” —y su vista se enfocó no en el humano que estaba atado, sino en el domador, en aquel con el látigo.

— “No podemos hacerle daño a Ayax” —Joshua consideró, con el dolor del corazón.

— “Él no pensará lo mismo de nosotros”.

Joshua no quería, pero no era más fuerte que el instinto. Por ello, ignorando olímpicamente al otro preso, la bestia se abalanzó contra el trabajador de aquel lugar lleno de pesadillas y dolor, con las garras y los colmillos por delante, entre gruñidos y ladridos de violencia acumulada.
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Ayax Edevane el Jue 29 Nov 2018 - 1:29

Observó como aquella inyección le comía por dentro y no tuvo ningún tipo de emoción a favor de su primo. Quería verlo sufrir, ahora mismo sentía placer al verlo de aquella manera, siendo bien consciente de que estaba sintiendo dolor e iba a seguir haciéndolo. Porque solo un necio como él pensaría que esa inyección iba a darle realmente poder frente a él. Lo único que haría sería seguir los pasos que él quería que siguiera y, mientras tanto, Ayax tenía clara un cosa: iba a deshacerse de toda la presión que sentía en su interior, presión ocasionada por el sentimiento de traición, su enfado y su indudable necesidad de castigar al que le hizo eso a su hermana.

La bestia en la que se había transformado Joshua parecía sumisa por unos segundos, pero nada más alejado de la realidad. De hecho, no solo no era sumisa, sino que estaba razonando. ¿Sería una capacidad propia de los licántropos que se veía totalmente eclipsada por la influencia lunar en Luna Llena? ¿O era cosa de la inyección que le había puesto? Sea como sea, estaba claro que había dejado de lado la presa más fácil, ese niño en mitad de la estancia, para encararse con la auténtica amenaza. Eso denotaba dos cosas: que sabía quién era su peligro y que no era una bestia que quisiese sólo matar, sino cazar lo que realmente fuera un reto para él. Si solo hubiera querido matar, le hubiese hincado el diente a Adae.

Así que Ayax conjuró un Partis Temporus al ver como el licántropo se abalanzaba contra él, creando una cúpula a su alrededor de fuego que evitaba que aquella gran bestia pudiese entrar en su interior sin achicharrarse por el camino. De hecho, aquella deformidad terminó quemándose y retrocediendo frente a esa barrera mágica. La observó con curiosidad, muchísima curiosidad.

—¿Cómo pretendes que crea que no has sido capaz de dañar a mi hermana, cuando no has dudado ni un segundo en atacarme a mí, Eckhart? —preguntó, empujándole con magia fuertemente hacia atrás, haciéndole chocar contra el cristal de aquella gran cápsula que tenía como prisión. El cristal estaba protegido por magia, así que no se iba a romper por ningún golpe, a excepción que la rompieses con el hechizo adecuado. —Mentir nunca se te dio bien. Bueno, nada se te dio bien nunca, normal que tu padre viva decepcionado con su descendencia.

Cuando la bestia, enfadada, con unos ojos cargados de ira y odio, volvió a abalanzarse contra él, fue Ayax quien conjuró un poderoso látigo de fuego que impactó de lleno en el rostro de aquella bestia con rabia. De la fuerza mágica de aquel látigo, combinada con el desdén que ahora mismo sentía Ayax, la dirección de Joshua se vio modificada, haciendo que chocase contra la pared con brutalidad. La marca de un látigo ardiente surcaba su rostro, del cual había empezado a salir algo de sangre.

Ayax le hizo una señal a Adae para que se apartase a una esquina y el niño, asustado, se apartó. Con la respiración un poco agitada, Ayax miraba a su primo como si no fuese más que una mísera porquería en mitad de la carretera. Una porquería a la que tenía la imperiosa necesidad de patear.

—Sigue.

Olivia apareció a su lado. Por una parte alivió su incertidumbre y, por otra parte, alimentó al monstruo que llevaba dentro.

—Hazle sentir el dolor que él te ha hecho sentir a ti. —Miró a Ayax de cerca, mientras él seguía con la mirada fija en quién decía ser su primo. —Esa cosa casi mata a tu hermana, te ha mentido en la cara y no ha dudado dos segundos en matarte a ti. Lo volverá a intentar, lo intentará siempre que tenga ocasión. Es lo que hacen los monstruos como él.

El pelirrojo hizo una floritura con su varita, encerrando en una jaula de grandes barrotes a Joshua.

—¿Te he dicho ya cómo se domestican a los animales como tú? Lo primero de todo es dejar claro quién es el líder y para eso debo hacer que seas un sumiso a mí demostrándote mi poder. —Se acercó a la jaula sin preocuparse de que pudiera sacar la zarpa entre los barrotes, ya que era imposible debido a las protecciones mágicas. —He de admitir que voy a disfrutar mucho con esto.

Y tras levantar la varita, con una sonrisa que ni él se imaginaba que ahora mismo surcaba su rostro, un fuerte chorro de agua le empapó de arriba abajo. El Fulmen Cruciatus que salió de su varita se convirtió en la peor combinación posible en su estado. Y no pensaba parar. Su intención, decía, era volverlo sumiso, pero sólo quería enfadarlo para poder castigarlo aún más.
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Joshua Eckhart el Dom 2 Dic 2018 - 9:22

Se abalanzó encima de él, de esa persona que se presumía domador, sabiendo que tenía que acabar con él antes que fuese la bestia quien perdiese. Despellejarlo, cuando menos, era lo que esa bestia sedienta de sangre exigía, por mucho que Joshua quisiese convencerle de lo contrario. Atajado su salto por aquella barrera de fuego, se sacudió quitándose las brasas y el ardor que le había quedado al haberse quemado, aliviándose de la piel lastimada antes de volver su atención hacia la amenaza más grande que no era él, sino un humano que le señalaba.

Él nos ha atacado primero, no lo escuches, sólo tenemos que defendernos, acabará con nosotros si le damos la oportunidad —lo advirtió el salvajismo interno, quien en su exterior gruñía como un animal rabioso, amenazante. — Tenemos que mostrarle quién manda o hará de nosotros lo que él quiera, nos pisoteará y tú no quieres eso —se escuchaba seguro de lo que estaba diciendo, probablemente tan seguro que había hecho entender a un Joshua todavía en negación de la cruel verdad.

Porque era eso. Ayax no estaba jugando, lo demostraba con los hechizos con que lo limitaba e intentaba herir. Él ya no veía en él al primo que había tenido, al que había hecho tanto por sacarle una sonrisa, con quien había bromeado. No le importaba un demonio todo lo que habían vivido, y si Joshua no empezaba a defenderse probablemente la muerte sería el destino más benévolo. Eran agua y aceite, la bestia y el humano, la bestia se encendía como gasolina ante las provocaciones, el humano se apagaba con las mismas. Porque para él todavía importaba, a esa mitad de él que sentía afecto y amor, esa ingenua parte todavía no se daba por vencida.

El lobo tenía un problema, sin embargo. Que su fuerza no se había desatado en la brutalidad y no porque físicamente se encontrase con barreras. Ese latigazo que ahora quemaba su rostro, habiéndolo marcado a fuego, no habría sido ni un rasguño para él. Su limitación era mental, emocional, porque no conseguía liberarse de aquel humano débil que sólo podía pensar con el inútil sentimentalismo, incapaz de prever su inminente perdición de no conseguir hacerse con el instinto, de supervivencia cuando menos, para seguir existiendo.

¡Deja de atacarlo! Quizá… Quizá si no atacas, él entienda que no somos una amenaza, y entenderá, él lo entenderá —era un ciego que no quería ver. No quería ver esa mirada que laceraba, de completo desprecio que le estaban dirigiendo. No quería creerlo. — Si él ve que no somos un peligro, todo esto acabará, nos ayudará —pero eso no iba a suceder. La bestia soltó un gruñido que pareció una risa, se estaba burlando de lo que el humano pensaba, pues el lobo no quería disfrazarse de oveja. Sacaría las garras y los colmillos si era necesario.

Volvió a atacar, chocándose contra los barrotes que, de nuevo, se veían más fuertes que él por culpa de aquella marcada debilidad. No estaba dispuesto a que su puesto dominante fuese puesto en juego e iba a luchar por él hasta el cansancio, hasta que cada músculo de su cuerpo gritase clemencia. Violentos zarpazos lanzaban chispas del metal de los barrotes y de la protección mágica, aunque era imposible que con meros golpes físicos consiguiera algo. Desprovisto de varita, Joshua sólo podía contemplar horrorizado cómo el rostro de Ayax se deformaba en una horrorosa sonrisa que ni siquiera le parecía medianamente human.

Un rugido que se mezcló con un aullido escapó de sus fauces en cuanto, completamente empapado, el agua resultó ser un conductor de electricidad que potenció el ataque del Fulmen Cruciatus, al grado de acabar en el suelo retorciéndose del dolor patéticamente. Cuando el ataque terminó, con renovada energía, el lobo se levantó y atacó con todas las fuerzas que tenía aquella celda mágica. Consiguió tan sólo un pequeño arañazo que, a decir verdad, no marcaba diferencia alguna. Joshua sentía cómo las garras de la criatura se clavaban en su corazón. Intentando hacer nada, sólo podía sacar lo peor de él.

¡Vamos! ¡Ataca, cobarde! ¡Tenemos que hacer esto juntos, a la vez! —exigía el lobo.

¡No puedo!.

¡Va a matarnos como sigas así…! —y un nuevo aullido emergió de su boca que, más que rugido, esta vez sonó como un grito humano.
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Ayax Edevane el Jue 6 Dic 2018 - 4:18

—¡Más! ¡Dale más fuerte!

El Fulmen Cruciatus no era un hechizo que escalase precisamente por el odio en tu interior, pero todos eran consciente de que la magia se dejaba guiar por los sentimientos y las emociones y no había emoción más dura y poderosa que el amor, o el odio. Y ahora mismo todo el amor que Ayax podría haber sentido alguna vez por su primo se había convertido en odio, un odio que impregnado en la magia que salía de su varita sólo significaba dolor. Muchísimo dolor.

—¡Qué sienta por primera vez lo que es verdaderamente el dolor!

Pero Ayax entonces paró después de ver como su primo, convertido en aquella deforme bestia, se había estado retorciendo de dolor de manera patética en el suelo. Patética, como era él. El pelirrojo se llevó su mano libre a la cabeza, repeinándose hacia atrás el flequillo que había salido de su sitio. Se remojó los labios, caminando alrededor de la jaula mientras sentía a Olivia detrás de él, sin dejar de susurrarle la cantidad de cosas que podría hacer con Joshua. Y ninguna de ellas en absoluto agradable para quién decía ser su primo.

—Una cosa tengo clara… —Se escuchó entonces después de un silencio; un silencio que se formó después de aquel desgarrador aullido. —Y es que te voy a destrozar. —Y ya no lo dijo con pesar o esa profesionalidad que quería aparentar. Esta vez lo decía como una persona hambrienta de venganza.

Alzó entonces su varita, rompió uno de los barrotes de aquella jaula y lo golpeó con él. Una y otra vez, hasta que al final se lo clavó en una de sus patas, a la altura del muslo. Una vez hizo eso y para que no se pudiera mover—pues Ayax había entrado al interior de la jaula para acercarse más a Joshua—conjuró un Nescius Trabem y un rayo de color azul, aparentemente inofensivo, impactó de lleno contra el pecho de la criatura. Aquello no le produjo dolor, pero sí impidió que se moviese con facilidad, pues aquel rayo que unía la varita y el cuerpo de Joshua le estaba quitando cada vez más energía.

—Te destrozaré por lo que le has hecho a mi hermana —le dijo, mirándole directamente a los ojos. —Por la cantidad de mentiras que has soltado. Por ser la peor deshonra de la familia Edevane. Y mira que lo tenías difícil compitiendo con una asquerosa mestiza y dos hermanos que sufren de retraso mental. Tuviste que venir tú, con tu estúpido orgullo herido de perrito abandonado. Tú, la decepción de hijo demostrando que, efectivamente, no valía una mierda y ahora vale aún menos. —Joshua se quedaba sin aire debido al hechizo.

Dejó de ejercer ese hechizo contra él, para aprovechar su debilidad para golpearlo con el puño en el rostro con todas sus fuerzas. Se hizo daño, pero eso no le impidió volver a darle, una y otra vez hasta que sus nudillos le palpitaban y estaban ensangrentados por su propia sangre.

—¡VEN A POR MÍ! —Le gritó, separándose de él y haciendo desaparecer la jaula. —¿Eres tan débil que ni la bestia que tienes en tu interior te hace ser un licántropo útil? ¡Vamos, Eckhart! ¡Levántate y pelea por tu vida! —Hablaba desesperado, incluso sudando, como si hubiera perdido los estribos.

—¿Qué haces? —dijo Olivia.

—No me veas más como a tu primo. No te voy a perdonar. No somos nadie el uno para el otro. Tu naturaleza y tus acciones me hacen verte como menos que basura más ruin en mitad de la calle. Así que si quieres sobrevivir, ven a por mí.

Olivia no sabía qué hacía. Adae no sabía qué hacía. Pero Ayax tenía muy claro que necesitaba esa ferocidad de Joshua para hacer que mordiese a una persona allí dentro, una persona que en absoluto sería el pelirrojo. Pero Joshua debía de querer hacerlo y ya Ayax movería los hilos necesarios para que ocurriese exactamente lo que él quería. Estaban en su terreno y él iba a conseguir todo lo que se propusiese.
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Joshua Eckhart el Sáb 8 Dic 2018 - 17:10

No podían ponerse de acuerdo. Monstruo y persona, hombre y lobo, eran dos entidades tan divididas como el agua y el aceite. Uno necesitaba la luz que iluminase su camino en la oscuridad, el otro era aquello por lo que la oscuridad daba miedo. Dos criaturas tan diferentes que no se volvían uno ni por su propia vida, que era una sola. Agotada en el suelo, aquella deformidad se encontraba incapaz de encontrar la fuerza necesaria para romper los barrotes y largarse. Y no los barrotes físicos de la jaula, sino de la cárcel mental en que estaba reclusa.

El lobo, que había intentado deshacerse del encierro físico, volvió a caer al suelo cuando aquella persona que compartía sangre con él le dio justo en el rostro con el barrote de la jaula antes de que Joshua hubiese podido pensar en aprovecharse del hueco. Se vio a sí mismo aturdido, con un sonido silbante dentro de la cabeza. No había tiempo a recomponerse antes de recibir otro golpe, y otro más. Ayax había dejado claro desde el principio que no iba a tener piedad con él y era justo eso lo que estaba haciendo, no tener consideración alguna.

Joshua gruñó al aire un alarido de dolor al sentir el barrote clavarse en la carne y músculo de su muslo, abriendo una herida sangrante. En principio tuvo intención de arrancar el metal, pero su yo humano no se lo permitió. Si la sangre comenzaba a derramarse, con toda seguridad acabaría desangrándose antes de siquiera conseguir avance alguno. Porque él todavía pensaba que había esperanzas de que su primo segundo pudiese comprenderlo, aunque fuera un poco, y llegar a perdonarlo. Porque era un ingenuo. Porque pensaba que así como él no quería herirlo, su primo no podría odiarlo.

El rayo de color azul en su pecho provocó un espasmo, más porque Joshua pensó que era otro ataque eléctrico que por haber sentido algo al recibirlo. Era más bien una pesadez que empezó a hacerse cada vez más grande, debilitándolo. Podía sentir cómo se iba volviendo cada vez más débil conforme las palabras de Ayax, filosas, se volvían contra él, con toda la intención de hacer daño, y consiguiéndolo. Casi no podía respirar y sentía la ansiedad y angustia derivada a ello cuando el hechizo dejó de hacer efecto.

¿Mejora? Ninguna. Apenas y pudo meter las manos, que más que manos eran unas garras con uñas afiladas, para hacer todo su esfuerzo, que no era mucho, en apartar de él a aquella peligrosa persona, que dejaba en tela de duda quién era el verdadero monstruo de la habitación. La criatura se quedó en el suelo, con el rostro y hocico ensangrentados, el mundo giraba lento alrededor de él mientras trataba de recomponerse del dolor que era latente en ese momento. En su cabeza todo era silencio, exceptuando las palabras de Ayax Edevane haciendo eco y repitiéndose.

Tenemos que hacer algo o va a matarnos. A él ya no le interesamos y no dudará en demostrarlo —fue la primera voz propia en hablar, el lobo con ese tono rasposo.

Te equivocas, está dudando, por eso quiere que lo ataquemos —asumió el lado humano. — No quiere atacarnos, quiere una provocación, un motivo, no debemos dárselo —Joshua razonó.

¿Qué tan ingenuo puedes llegar a ser? Vas a provocar que nos maten, y no habrá vida después de la muerte —espetó.

Es mi primo —pero estaba equivocado. Ayax se había encargado de demostrarlo a lo largo de aquella tortura: que no sentía por él otra cosa más que el odio más puro que un ser humano puede llegar a sentir.

Si no lo haces tú, lo hare yo.

Esa conversación no iba a tener un fin. Más allá de lo que ambas entidades pudiesen pensar en su conversación que no duró, en realidad, más que unos pocos segundos, estaba una naturaleza violenta y segura. El lobo se puso de pie, jadeando rítmicamente que pareciese que reía. El lado humano cerró los ojos y apartó la vista, no quería ver nada. Los brazos delgados, humanos y alargados en deformidad, se volvieron gruesas extremidades y el pelo del animal lo recubrió por completo.

Se agazapó, arrancándose el metal de la pierna que ahora era pata más que nunca. La transformación estaba llegando a su fin, a su culmen más salvaje, en un verdadero hombre lobo. Su cabello se transformó en una melena de animal, y se relamió la sangre con una lengua larga y animal. En los ojos azules de Joshua brillaba una luz roja y sedienta de dolor. Dolor ajeno.
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Ayax Edevane el Lun 10 Dic 2018 - 4:31

Era curiosa la irónica realidad a la que ahora mismo se enfrentaban los primos. Eckhart, maldecido por la maldición de la licantropía, conviviendo con un monstruo que le hace perder la razón humana; un monstruo que le vuelve violento e intenta eclipsar todo rastro humano. Edevane, por otra parte, llevaba conviviendo con una doble moralidad que siempre intentaba tapar en él cualquier rastro de humanidad, consiguiendo que a medida que pasaban los años, Ayax se volviesen cada vez más cruel, una doble moralidad cuya violencia se traspasaba a Ayax.

Ellos, ilusos, creyendo que esa violencia y esa maldad no era cosa suya, sino de algo con lo que habían tenido que convivir y ellos no eran capaz de refrenar. Ilusos creyendo que nada tenía que ver con ellos. Estúpidos pensando que ellos son buenas personas después de haber cedido, de no haber hecho nada por evitarlo y de seguir ahí... alimentando al monstruo. Los dos primos tan imbéciles como para compartir una interior tan común, pero no ser capaz de compartirlo con el resto. ¿Quizás por miedo a lo que uno mismo es, mientras tenías la cara de criticar al resto? ¿Quizás por temor a lo que piense el resto? ¿Por temor a que te tachen de loco, de apestado?

Ahora mismo Ayax veía a un enemigo en Joshua. Joshua veía un enemigo en Ayax, pero... ¿realmente eran tan diferentes? No, claro que no, ¿pero a quién le importa el problema del resto, teniendo uno tan gordo dentro de ti? En aquel momento Ayax no se veía como alguien malo, sino como la víctima; quién reparte justicia. La única bestia indomable que era capaz de dañar hasta la familia era Joshua Eckhart y nadie más.

Es por eso que el pelirrojo retrocedió un paso, por precaución, cuando la transformación se completó. Aquella monstruosa aberración que se mantenía a cuatro patas frente a él le causaba repulsión. Olivia no era más que una representación de sus verdaderos pensamientos.

—Le matarías. —Decía. —Azotarías su cuerpo hasta el punto de que salpicase la sangre, de llegar a ver el hueso. No sería más que otra balada para tus oídos el escuchar sus gritos hasta quedarse afónico. Arrancarías sus garras con tus propias manos. Le arrancarías los dientes. ¿Y sabes lo peor de todo, Ayax? Que lo harías siendo bestia, o siendo humano. Ya no hay diferencia.

—Ya no hay diferencia —le respondió, con la mirada perdida, sintiendo en lo más profundo de su loca como las manos de Olivia se apoyaban en su hombro y sus palabras eran susurradas en su oído.

Así que tras un latigazo al aire para llamar la atención de aquella bestia, se abalanzó sobre él con una ferocidad violenta. Ya en la mente de Joshua no había rastro de humanidad, así como en la mente de Ayax también había desaparecido todo. Era curioso como el odio entre dos primos que se amaban había terminado por llevarlos a un punto de no retorno en donde se habían perdido hasta ellos mismos.

El extirpador apuntó al niño que estaba en la esquina y lo movió por toda la sala hasta llegar junto a él. Ayax se protegió con una barrera que el licántropo no pudo traspasar, pero el niño se llevó un zarpazo en toda la cara que rajó uno de sus ojos de arriba abajo, haciéndolo sangrar profusamente, manchando sus dos manos de líquido rojo.

—¡Vamos, mátalo, es lo único que sabes hacer! ¡Conviértelo en uno de los tuyos, para que así puedas tener a alguien que comprenda lo monstruoso que eres! —Y empujó al chico, malherido, hacia el centro.

Sin embargo, el pelirrojo ya se preparaba para una batalla de uno contra uno.
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Joshua Eckhart el Miér 12 Dic 2018 - 12:05

Aquella criatura lampiña y de delgadez humana había florecido en una bestia que más se parecía a un lobo que a un humano. Cuadrúpeda y a veces semi-bípeda, de denso pelaje oscuro como lo era el pelo de Joshua y unos ojos azules que torturados mostraban la violencia de su agresiva naturaleza. Sus patas delanteras eran garras semejantes a manos, sin ser una cosa ni la otra. Aulló a una inexistente luna con la fuerza de su entraña, haciendo agitarse al resto de los animales dentro del Área M, resintiendo la ira salvaje y sedienta de sangre de un igual.

El lobo miró el latigazo, agazapándose y gruñendo con los colmillos visibles de su corto hocico, y sin pensarlo ni dos segundos emprendió su ataque, con las garras por delante. Se llevó de encuentro al niño, desgarrándole la cara con las armas que llevaba por zarpas, y lo apartó a un lado de un movimiento que le hizo chocarse con fuerza contra una de las paredes. Tenía un objetivo, un enemigo, y se encontró frente a frente con él.

Lo que quedó de quien fue Joshua no podía ver en el pelirrojo a aquel primo que amó con fuerza, a quien hubiese cubierto las espaldas de todo y por quien se habría jugado el pellejo sólo para verlo a salvo. Aquel en quien en ocasiones confiaba más que en sí mismo. Sólo podía ver al enemigo que quería verlo en el suelo ahogándose en su propia sangre. Respondía a aquel odio desmedido provocando que Ayax no pudiese encontrar en él otra cosa que no fuera una bestia, si es que había sido capaz de mirarlo de otra manera desde que se encontraron por vez primera en el Área M. Dos entidades tan iguales pero tan divididas.

Se lanzó con las garras por delante, destrozando cualquier barrera que el pelirrojo pudiese poner entre los dos. Sin embargo, no lo lastimó como la bestia lo hubiera deseado, sino que al chocar sus patas contra su pecho, el pelirrojo retrocedió y ambos empezaron a caer a través de un pozo sin fondo. Ayax, sin perder la elegancia del apellido Edevane que cargaba en sus hombros, cayó de pie en el suelo, mientras que Joshua se precipitó contra el piso duro. Gruñó agresivo, encontrándose a sí mismo rodeado de oscuridad.

No había nada alrededor que pudiesen ver que no fuese aquel quien fue su primo. Una luz que provenía de ningún lugar encima de sus cabezas iluminaba lo justo, una recámara negra de cuatro paredes sumidas en sombras, de donde se escuchaba el rumor de risas carentes de cordura y gritos de agonía. Como voces venidas del pasado, podían escuchar palabras que nunca fueron dichas ni pensadas sobre el otro, críticas y juicios dolorosos que terminaron por destrozar una confianza ya quebrantada. No eran más aquellas personas del pasado, y seguramente nunca lo fueron con honestidad.

El lobo gruñó y miró al pelirrojo, preparándose para atacar de nuevo, sintiéndose muy pesado, seguramente por la dolida esperanza del humano dentro de él, como una última súplica de piedad por su primo antes de que desapareciera del todo, gobernado por el dolor. Así, volvió a abalanzarse sobre él, sabiendo dentro de sí mismo que las sombras eran peligrosas, que en ellas vivían criaturas sin nombre y sin alma. Su objetivo de pronto fue claro: evitarlas y provocar que el otro se sumiera dentro de ellas.
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Joshua EckhartUniversitarios

Ayax Edevane el Vie 14 Dic 2018 - 4:13

Cayeron por un pozo mientras forcejeaban en iguales condiciones, llegando al final de éste con elegancia y control. Se miraron como si estuvieran en mitad de un ring de boxeo, teniendo muy claro su objetivo en ese momento: no era un combate normal, sino un combate a muerte. Ya daba igual quién fuera el otro, cuáles fuesen sus intenciones o cuál era su deber. Lo único que importaba es que, como buenos monstruos que eran y aún no había admitido ser, su auténtica naturaleza les delataba: sólo querían matar.

A su alrededor se creó un muro circular que los mantenía retenidos, era un muro de sombras del cual salían voces; voces que declaraban que entre Joshua y Ayax en realidad nunca había habido amor, ni confianza, ni honestidad. Que en realidad no eran más que dos desconocidos fingiendo llevarse bien por una causa mayor, fingiendo que el otro era alguien porque en realidad estaban solos. Pero en realidad, ¿en realidad les importaba el otro? No, en absoluto. No era más que una falsa creencia, algo que ahora mismo la realidad les había hecho ver que a la hora de la verdad, el otro se convertía en nadie.

Así que las cosas estaban claras.

Cuando aquella bestia se abalanzó contra el pelirrojo, él lo sorteó. Ahora mismo allí dentro los dos sabían que además de tener el peligro de su enemigo, aquellas sombras probablemente te harían perderte en la más terrible oscuridad. Así que Joshua continuó atacando a Ayax mientras él lo evitaba con ágiles movimientos, saltando, agachándose y moviéndose con presteza, aprovechándose de la magia para evitar sus golpes y desviarlos hacia los lados. En más de una ocasión recibió un zarpazo en el pecho, desgarrando su camiseta y notando la sangre correr al momento a través de la piel. Cayó al suelo de rodillas, pero frente al nuevo salto de Joshua, Ayax lo frenó con una barrera invisible, evitando que pudiera acercarse a él por mucha fuerza que hiciera.  

—¿Ves? —dijo, señalándose, con una herida horrible en el pecho. —Nadie querría a alguien como tú en su vida.

Lo empujó hacia atrás con magia, para entonces utilizar aquellas sombras a su favor. Unas largas lenguas de sombra salieron de aquel muro y rápidamente se clavaron en esta. Una en pata trasera, otra en su pata delantera, una le atravesó el costado, hasta que dejaron a la bestia totalmente inmóvil. Joshua pudo notar como aquellos gritos agónicos, como aquellas voces, aquellos rumores y aquellas palabras dolorosas de todas aquellas personas que él pensó que le querían, le atravesaban cada una de sus entrañas. Las tenía dentro; le consumían.

—Ahora sabes que alguien como tú en realidad nunca ha tenido a nadie. —Y antes de caerse al suelo con debilidad y totalmente ensangrentado, una última floritura de varita hizo que todas las sombras de alrededor se sumiesen sobre Joshua, como un peso que de ninguna de las maneras podría quitarse de encima.

De repente Joshua comenzó a caer en un inmenso vacío. Parecía que no había gravedad, que estaban simplemente levitando en mitad de ningún sitio, mientras múltiples sombras le agobiaban, le dañaban y se metían en su mente, haciéndole resonar frases dichas con odio de su familia.

“Es una terrible decepción como hijo… Cargar con él ha sido el peor bulto de mi vida.”
“¿Joshua? No es más que un mimado sin ninguna habilidad.”
“Un inútil, solo ha tenido la suerte de nacer en una familia como la nuestra.”
“Menos mal que no es un Edevane o sería degradar nuestro apellido.”
“Solo es un perrito faldero, no piensa por sí mismo. Y cuando lo hace, la caga.”
“No es nadie para asumir el cargo que le viene. Es un heredero nefasto.”

La única manera que parecía haber de quitarse aquellas cosas de la cabeza era arrancártela de cuajo. No había nada a lo que agarrarte, tus propios gritos eran sordos para tus oídos, cada vez que abrías los ojos no veías nada, cada vez que intentabas tocar algo no tocabas nada. Tus sentidos estaban mudos, pero a la vez sentías el dolor de cada golpe, el dolor de cara palabra y el dolor de cada imagen odiando a tu ser.
Ayax Edevane
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Joshua Eckhart el Lun 17 Dic 2018 - 2:44

El lobo empezó a atacar a Ayax sin dudárselo, ya había pasado el momento de dudar y de pensar en las cosas bonitas que habían vivido juntos. Sólo eran dos desconocidos que habían fingido estar del lado del otro cuando, en realidad, sólo estaban esforzándose en no dejar caer las máscaras que escondían sus verdaderas intenciones. No había honestidad en su relación, el otro no importaba, cuando el teatro que estaba montado ya se había caído y el espectáculo llegó a su final, hasta ver a los protagonistas como lo que eran: seres con más defectos que virtudes.

Mientras que el pelirrojo no atacaba, el monstruo era furia embravecida que zarpazo tras zarpazo deseaba destrozar la piel que sus garras afiladas como armas mortales alcanzasen. Ayax se alejaba con movimientos muchos más rápidos que los de la criatura, inhumanos casi, hasta que el depredador cumplió su objetivo de derrotarlo, o eso era lo que pensaba. Cuando sólo faltaba el golpe de gracia, una pared invisible lo separaba de él, imposibilitándole llegar a cumplir su asesino cometido. En su lugar, se encontró con una revelación, y se vio a sí mismo culpable de la sangre derramada.

No supo cómo sentirse. Una parte de él no estaba interesada, incluso disfrutaba de la sangre que goteaba de sus garras, pero la otra sufría desde su núcleo. Por ello es que Ayax tuvo la oportunidad de aprovecharse de su momento de debilidad para atacarlo con las sombras que, al tocarlo, inyectaron todo tipo de ideas dentro de su cabeza. Más que ideas, eran voces que provenían de las personas que amaba, de su familia. Su padre, sus abuelos, tíos, primos, incluso su tía abuela, que siempre tenía un tono jovial y animado para él, todas esas personas con dosis inimaginables de toxicidad y odio en su timbre.

Sentía que estaba cayendo de nuevo, una caída de eterna oscuridad que no lo llevaba a ningún lugar, ni siquiera su propia voz era audible por encima de esas voces. No había sitio donde ir, y podía sentirlo, el peligro. Hay algo en común con las víctimas de hombres lobo: no saben lo que hay ahí fuera en la oscuridad, en la densidad del bosque, pero saben que es algo infinitamente peligroso que podría acabar con su vida si se lo permiten. Eso era lo que Joshua sentía, una sensación que acongojaba su pecho.

Apretó los ojos con fuerza, y sólo podía decirse a sí mismo que despertase, que aquello no podía ser real, sólo un sueño, en la ligera lucidez que a veces tiene la gente mientras duerme y sueña algo que es imposible en varios niveles. Cuando abrió los ojos, se encontró a sí mismo en la mansión Edevane, y creyó que todo había terminado, ¿se había dormido en el sofá? Se dio cuenta más temprano que tarde que no, ni siquiera estaba en su cuerpo, o en el cuerpo de la bestia. Más bien era un lobo del tamaño de un perro pequeño, como un chihuahua.

No estaba solo, además. La familia lo rodeaba, a risas y críticas mordaces, imposibilitándole el marcharse entre patadas y jaloneos. Eva, su prima, le levantó del pellejo haciéndolo gruñir, aunque Ayax se adelantó para quitarle el animal con más brusquedad, que incluso podía sentir que se lamentaba sin poder respirar con el punzante dolor en su piel. Se volvió hacia una de las paredes, donde la cabeza del hombre lobo dispuesta como trofeo tenía vida y aullaba entre gruñidos desesperados y fieros. Joshua era tan sólo la parte más débil de aquella criatura, ahora dividida en dos.

Su primo lo adelantó hacia las fauces de la bestia que entre mordidas y ladridos intentaba tomarlo en su corto hocico para desgarrarle a mordidas y devorarlo. Joshua podía escuchar el chasquido que hacían los colmillos al cerrar el hocico, mientras el lobo miniatura lloriqueaba por piedad, el chasquido intensificándose hasta que todo se volvió negro.

Joshua se despertó bañado en sudor, sentándose de inmediato de la sorpresa. Un frío intenso lo estremeció por el cuerpo empapado, su pecho subiendo y bajando desesperadamente y el corazón desbocado. La garganta le dolía, probablemente de haberse quejado en sueños, quizá incluso se despertó gritando, por cómo lo miraba Viskars, su gato, al pie de la cama, como si hubiese insultado a toda su ascendencia. Blesk también lo miraba, el pequeño hurón olisqueaba a su dueño. El chasquido persistía insistentemente, el mismo que escuchaba en su sueño.

Se dio cuenta de que el chasquido provenía de la ventana, el pico de su cuervo Fényes chocando contra el cristal. Se puso de pie, abriendo la ventana para dejarlo pasar y sintiendo la brisa fresca que le estremeció al contacto con su torso al desnudo. — Buenos días —saludó con la voz ronca y pastosa, mirando el remitente de la carta. La fina caligrafía firmaba el nombre de su primo, Ayax A. Edevane. — Muy conveniente, ¿no? —preguntó al cuervo, aunque más a sí mismo.
Joshua Eckhart
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