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Pain! You break me down and build me up. —Ryan.

Sam J. Lehmann el Vie Nov 02, 2018 2:15 am

25 de octubre del 2018
Gimnasio muggle
8:45 am

Se podría decir que prácticamente Sam había abierto el gimnasio esa mañana. Tenía turno de tarde en el trabajo y lo cierto era que como no fuese ese día a golpear algo lícitamente, le terminaría tirando una taza de café en la cabeza al primer cliente estúpido que apareciese en su turno. Y por desgracia Alfred—su jefe—ya le había advertido que esa método anti-estrés estaba prohibido en su negocio. Así que antes de producir un chichón en la frente de nadie, salió por la mañana a correr. Ya Sam no corría para ejercitar el cardio, sino que corría como método anti-estrés.

Se estaba acercando una época dura para ella. Hace un año que había pasado por los peores meses de su vida. Había sentido todo lo que puede sentir una persona en el estado más deplorable y de miseria y, cuando por fin vio una luz que la ayudaba a salir de ese pozo y retomar su vida como propia, los peores monstruo que habían pisado este mundo le hicieron desear estar muerta. Llegar a esta época, pese a que llevaba meses intentando sobrellevar las pesadillas, o al menos hacerse a ellas, hacían que todo su trabajo fuese prácticamente en vano. Y la verdad es que ya no se despertaba como un corderillo asustado, sino que se levantaba enfadada y frustrada. Esta harta de que su pasado la persiguiese y no le dejase avanzar, que es página pesase más que un yunque en su espalda. Odiaba no poder tener un sueño tranquilo y tener que limitarse a un horario de sueño de cinco o seis horas solo porque su mente traumatizada no era capaz de pasar página. Y es que, por mucho que se intente auto-convencer, las cosas no estaban superadas.

Encima no era lo único que le pasaba, pues ya llevaba unos días sintiendo que las cosas no iban bien en todas las direcciones. Por un lado estaba Caroline, que se empeñaba en seguir encargándose de esos lugares ilícitos en dónde hay trata violenta contra las Criaturas Mágicas. Cuando iba en favor del gobierno—pese a lo mucho que lo odiaba—al menos sentía que estaría a salvo, ¿pero cuando iba a repartir justicia por su propia mano? Sam no era quien para prohibirle nada, no cuando se arriesga tanto por ella, pero le molestaba muchísimo que se tomase esas licencias en poner su culo en peligro con tanta facilidad teniendo en cuenta cómo está el mundo actualmente,  ¿acaso no se daba cuenta de lo peligroso que era todo? Sam estaba... no entendía nada. Y, en cierta manera, también le molestaba no poder ayudarla porque su presencia e identidad iban a ser más un problema que una ventaja.

Por otro lado estaba Gwendoline, que estaba rara. Y dirás: 'Sam, por favor, es totalmente válido que una persona esté rara, un estado anímico producido por una alteración de su ambiente'. Pero no, no era válido. Llevaba rara ya bastante tiempo y no sabía identificar el por qué. No sabía decir si estaba rara en general o era solo con ella. Y, por desgracia para Sam y su facilidad para entrar en paranoia, asumía que era solo con ella. Todo lo que pasó en el Magicland había sido... motivo suficiente para rallarse y ahora le daba la sensación de que sus sentimientos no estaban en orden y la estaban cagando estrepitosamente. Y lo que le faltaba... incomodar a Gwen con sus mierdas. O sencillamente no entender nada y frustrarte por saber que algo está mal y no saber el qué.

***

Se pegó prácticamente una hora corriendo al ritmo de la música de Queen en sus auriculares, hasta que llegó al gimnasio en el que estaba apuntada como Amelia Williams, su identidad muggle—y obviamente falsa—que había conseguido para hacerse un huequito en el mundo muggle después de hacerse fugitiva. Había sido la única manera de ser invisible y tener una especie de vida, aunque tuviese miedo cada vez que saliese a la calle de que alguien la reconociese, motivo principal de que Amelia tuviera el pelo castaño y los ojos marrones.

Se hizo con un saco de boxeo y dejó su mochila a un lado después de sacar de ella sus guantes—debidamente comprados en AliExpress por seis libras—y un papel medio arrugado. Se colocó los guantes y, al acercarse al saco, pegó en él el papel con unos trocitos de cinta adhesiva que se había llevado. En el papel había un dibujo de Sebastian Crowley muy básico dibujado por ella misma, por lo que cabe remarcar dos cosas: la primera, que Sam era de letras, así que eso de dibujar se le daba un poco mal. La segunda, que a mal dibujo, unas letras explicativas eran de lo más útiles para enfocar el punto principal. Todos hemos hecho alguna vez un dibujo orientantivo en donde un punto o una cara feliz muy deforme en realidad representa a una persona en concreto. Pues algo así.

Dibujo pegado al saco de boxeo:

Casi media hora después, Sam todavía seguía allí, golpeando aquello como si le fuera la vida en ello. Sin embargo, se podía ver perfectamente en su rostro que no estaba pegando con odio al pobre saco inerte, sino con frustración. Su rostro, ya sudado y contraído, no mostraba enfado, sino más bien desánimo y ganas de abrazarse al saco sólo para fingir recibir un abrazo. Pero repito: era un saco inerte y por suerte Sam todavía no había perdido la cabeza.

Justo en un minuto en el que descansó para apartarse el pelo de la frente sudada, se fijó en que un grupo de personas había salido de una clase de cardio, acercándose a las máquinas para el entrenamiento ‘libre’. Sólo esperaba que nadie quisiese pegar golpes, ya que todos los sacos de boxeo estaban ocupados y Sam llevaba mil años allí. Por educación debería de ser la primera en dejar el hueco libre y la verdad es que no le apetecía en absoluto aunque ya le estuviesen doliendo las manos.

Atuendo:


Hola <3 Si te apetece entrar a este rol, pls no me abandones. El único requisito es que tengas ganas de rolear muuuucho.

Me da igual lo que seas, desde pro-muggles a pro-mortifagos. Seas lo que seas, improvisamos con el rol y que pase lo que tenga que pasar.


Última edición por Sam J. Lehmann el Sáb Nov 03, 2018 3:30 pm, editado 2 veces
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Ryan Goldstein el Vie Nov 02, 2018 6:52 am



Si se ponía las zapatillas para salir a correr, era porque estaba listo para hacer un recorrido que se le había hecho rutina. No le gustaba la monotonía en la que podía sumirte una rutina, así que Ryan solía desviarse por caminos diferentes para llegar al mismo lugar, un gym al que ya había estado yendo hacía algún tiempo, desde que se instalara en su departamento en Londres, con muggles como vecinos.

Hacía pesas cuando se interrumpió para darse un descanso, terminada la segunda serie de su ejercicio. Lo había tenido concentrado hasta entonces, enfocado. Se incorporó a medias en el banco y se estaba secando el sudor de la cara con una toalla cuando reparó en que la música seguía sonando, pegadiza y repetitiva a su alrededor, como si él volviera de una ensoñación. Dos mujeres murmuraban por encima. Le era posible escucharlas porque estaban a tan solo un paso. Distraído, las observó.


—Quería usar el saco, pero…

—Mira a esa de ahí.

—¿Le pregunto cuánto le falta?


Habían salido de una clase de cardio, por eso el revuelo de gente a su alrededor que iba directo a adueñarse de una máquina. Esas dos de ahí inspiraban una cierta frescura. No parecían especialmente agitadas después de la sesión. Eran de buena figura y la vestimenta deportiva lo resaltaba. Siguiendo con la mirada el momentáneo objeto de su interés, Ryan se topó con una sorpresa.

Sí que había reparado antes en  ‘la mujer del saco’, pero no particularmente —se daba cuenta de que su primer aspecto difería mucho de cómo la viera entonces: despeinada y sudorosa y casi obsesionada—, excepto por el detalle de que lo suyo era puro desquite contra el saco de boxeo. Sólo hacía falta fijarse en que le había puesto rostro. Hasta nombre y apellido.      

Si Ryan se interesó, fue porque veía que llevaba un buen rato allí y daba la impresión de esforzarse casi maquinalmente. Siendo alguien muy cuidadoso y respetuoso con las limitaciones del propio cuerpo, solía intervenir cuando se fijaba que alguien se estaba sobreexigiendo, por una cuestión de ética deportiva. Era bastante frecuente.

Si alguien tenía un problema en casa o en el trabajo o donde fuera, era posible adivinarlo prestándole atención a la intensidad de su rutina. A veces, hacían caso a sus recomendaciones de moderarse un poco, otras simplemente no le hacían caso. Si se daba lo primero, solía acabar manteniendo una conversación con un extraño, y sólo eso, esa breve interacción, parecía convencer a la otra persona de que había sido suficiente de gym por ese día.

Ryan tomó su botella de agua y pasó por al lado de las mujeres que no parecían decidirse qué hacer. Tan lenta, naturalmente, se acercó para abrazar al saco de boxeo por detrás, sin explicarse o anunciarse, que o te sorprendías de que alguien atajara el saco de la misma forma con que te saltaría el corazón pensando que atropellaste un perro en el camino o te preguntarías por qué alguien se acercaría con tantas confianzas, pero con una mirada que le dejara a las claras que sí, entendías que era un tipo que caía donde nadie lo llamaba. En todo caso, algo debía querer. Tú no tenías por qué dejar de golpearlo.  

—¿Una mano?—
ofreció, con esa solicitud que te hace sospechar en un extraño. Las mujeres que salieron de la clase de cardio les lanzaron una última mirada y siguieron de largo pensando que, sí, a esa mujer le faltaría mucho y hasta parecía en medio de un entrenamiento con un personal trainer, por lo que mejor no interrumpir. Ryan ojeó con una rápida mirada, pero muy elocuente, la caricatura en el papel, señalándola al hablar—. ¿Un novio?, ¿o alguien en el que piensas mucho?

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Sáb Nov 03, 2018 12:15 am

Continuó golpeando, uno tras otro. Sus nudillos, protegidos por aquellos guantes, impactaban una y otra vez contra el saco. Había aprendido a colocar tanto el antebrazo como la muñeca y mantenerlas firmes para que los golpes no le hicieran daño, así como a fortalecer el puño a la hora de golpear. Y debía de admitir una cosa: daba un gusto horrible golpear aquel maldito saco sin miedo a hacerte daño. Correr y eso era de lejos lo que más conseguían despejarla y conseguir que se relajase, aunque fuese irónico.

Un golpe.

Miraba aquella cara dibujada y deforme de Sebastian Crowley y golpeaba hasta con más ganas. Le culpaba a él de absolutamente todo: de como había ido su vida, de todo el peso que le dejó en su espalda de regalo tras su muerte, de su horrible miedo, de que pasar página fuese tan complicado…

Otro golpe.

Estaba enfadada porque se sentía en medio de ningún sitio. Era frustrante vivir en compañía de dos personas que te lo han dado todo cuando no tenías nada, por lo que aunque tú no te sintieras plena sólo tenías que fingir que sí. Pero Sam no lo estaba: odiaba vivir en las características que tenía que vivir e ir por ahí presentándose siendo quién no es o renegando de sus raíces por culpa de un gobierno. No se sentía en absoluto libre.

Una patada certera.

Además estaba muy, muy harta de ver a sus seres queridos sufrir daños, metiéndose en problemas y saliendo herido de ellos. Tenía muchísimo miedo de perderlos y le daba mucha rabia que se expusiera al peligro aún siendo consciente de éste. Y lo peor de todo es que… ¿qué les iba a decir? No podía decirles nada. Ellas, por suerte, todavía eran libres y podían elegir lo que hacer y hacerlo como quisieran. Y Sam no era quién para decirles nada, no después de lo que hacían por ella.

Pegó un fuerte golpe al saco justo al tiempo que al otro lado aparecía un hombre, parando el vaivén del saco y, con ello, el trance en el que estaba sumida Sam. De hecho pegó un brinco al ver a aquel rubio allí, pues no se lo esperaba. No era la primera vez que en el gimnasio se le acercaban hombres, por lo que siguió golpeando, esta vez más cohibida. Cuando le preguntó que si el del dibujo era un novio, Sam sonrió y se llevó su antebrazo a la frente para apartarse unos mechones de pelo que le molestaban, ¡un novio, dice! Nunca había visto ese símil tan gracioso, pero podría decirse que en la relación de Sebastian y Sam, él era uno de esos hombres controladores, manipuladores, violentos y tóxicos y Sam le débil que tenía que comérselo todo. —Podría decirse que fue un compañero de vida que me terminó arruinando la mía, ¿no se nota? Voy a hacerle un agujero al saco ahora mismo. —Dicho así, al modo ‘muggle’ sonaba demasiado light a lo que realmente fue, sin embargo, aquel tipo no tenía que saber nada más. Como era evidente si le estaba pegando a la imagen de un hombre era porque odio existía. Sam cogió entonces el folio, lo arrancó del saco y lo hizo una bola, tirándolo encima de su mochila que se encontraba a unos metros de ella. Daba pena pensar que ese hombre ya no existía ni estaba en su vida pero aún así seguía siendo TAN importante en ella. Y bueno, no quería parecer una loca pegándole a un saco con la cara de nadie, por eso lo quitó desde que se dio cuenta de que la gente la estaba mirando, ¿cuándo narices se había llenado tanto el maldito gimnasio? —¿Vas a querer el saco? Me puedo ir a otro lado —dijo, ofreciéndose al ver que estaban todos ocupados.
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Ryan Goldstein el Sáb Nov 03, 2018 1:45 pm




Se detuvo a analizar sus movimientos. Si tenía buena postura, la terminación de los golpes. Debía tener tiempo practicando. Se preguntó cuánto tiempo más habría estado dirigiendo la sobrada actitud de sus puños hacia la misma persona, el mismo problema.  

—Yo no te veo arruinada—
acotó, haciendo una observación tan sencilla como evidente.

Frenar un saco de boxeo era sentir oleadas de intensidad que te atravesaban, y tal como si fueras un pararrayos, recibías una descarga repentina. Desde su posición, podía calibrar la fuerza del remate. La percibió dudar con cierta aprehensión cuando él se colocó en su sitio, pero eso no la hizo perder de vista su objetivo. No mentía con lo de querer hacerle un agujero al saco de boxeo.

—No—respondió, apartándose lentamente y mirándola con curiosidad mientras ella hacía su bolita de papel—. Es toda tuya. Yo estaba haciendo mi rutina y—aclaró, interrumpiéndose, como quien mide sus palabras, estudiando lo que va a decir a continuación. Hablaba despacio, cuidadosamente. Ryan sonrió—. Terminé. Pero cuando llegué tú ya estabas aquí—indicó, en una forma encubierta de decir ‘te has desmadrado, mujer, mira la hora’—. ¿Todo bien?—Le tendió la botella de agua que llevaba consigo, en un tácito ofrecimiento—, ¿segura?    

Mucha consideración por parte de un extraño que no quería ligarte. En el fondo, él sabía que a nadie le gustaba que le cuestionaran si estaba bien. Era meterse donde no lo llamaban. Especialmente, si se trataba de una mujer que sabía dónde asestarte el golpe.

Así y todo, Ryan se tomaba su tiempo con las personas. Podía llamárselo ‘gajes del oficio’, pero de un tiempo a esta parte, había detalles del mundo alrededor que no le pasaban desapercibidos. Las personas eran un mundo aparte.

Él había cultivado una cierta sensibilidad que lo impulsaba a tender hacia los otros, en oposición a la indiferencia. Entre los chamanes de américa conocían este impulso como ‘la llamada’. Ryan lo descubrió cuando volvió de la muerte, salvado por la tribu de los Lakota.

Pero antes de ser Ryan ese amigable inoportuno, había sido siempre pura rabia. Esa que se alimenta del odio, los rencores, la frustración. No era como si la rabia lo hubiera abandonado; porque era humano, no divino. Era cómo había decidido vivir su día a día, tendiendo hacia otros, lo que lo mantenía sobre la cuerda, esa cuerda floja de la que parecía imposible no caer al mínimo desliz.  

—Te balanceas un poco raro—señaló, luego de una breve pausa—Supongo que está bien si sólo quieres golpear algo. Te hace más lenta si vas a golpear a alguien que puede devolvértela—Nadie pedía su opinión, pero él era todo amable y te la daba igual, ¿y perdón?, ¿raro?—. No voy a ocuparte el saco, pero. Ya que golpeas bien. ¿Te interesaría un oponente de verdad?

Dirías que no podía ser cierto cuando un grito destrozó el ritmo pegadizo de la música. No muy lejos, una mujer se apartaba de una de las máquinas saltando en un pie, rápidamente rodeada por manos atentas y cabezas curiosas que preguntaban qué había pasado: un esguince por sobreesfuerzo. Ryan miró hacia allí, y hacia allí fue, llamado por las desgracias ajenas.

—Disculpa.

 

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Lun Nov 05, 2018 2:56 am

¿Qué mujer arruinada se muestra arruinada? —preguntó, con un atisbo entre divertido y perspicaz, sin tomarse muy en serio la conversación pues, como es evidente, no iba a contarle a nadie sus problemas. Mucho menos a un desconocido que conoce en el gimnasio.

La verdad es que en ningún momento esperó que aquel hombre que había irrumpido en su ‘estado de ira’—por llamarlo de alguna manera—fuera con al genuina preocupación de que llevaba mucho tiempo golpeando un saco de boxeo, cosa que haría que pudiera hacerse daño si se sobreesforzaba. Y ciertamente: Sam ni se había percatado de eso. Le dolían los brazos, los antebrazos, sentía los puños hirviendo y… cada vez parecía tener menos fuerza, ¿pero y qué? Sentirse, se sentía mejor. Imaginar que podía pegarle una paliza al hombre que le arruinó la vida le hacía sentir un poquito mejor. Era duro que ese hombre estuviese ya muerto pero siguiese estando tan presente en su vida.

Así que sorprendida por la preocupación del chico, paró de golpear, abrazando el saco y prácticamente apoyándose en él. Le ofreció incluso la botella de agua frente a la pregunta de si estaba bien, a lo que se limitó a asentir y negarse al agua. ¿Desconfianza, quizás? La verdad es que por una parte el hecho de que se preocupase por su bienestar físico le hizo plantearse las cosas, pero ella ya tenía su botellita de agua, la cual cogió al rechazar la de él.

Enarcó una ceja mientras bebía de su botella a lo de que se balanceaba raro, ya que le parecía un dato curioso y posiblemente muy acertado. —La verdad es que no acostumbro a pegar a nadie, mi balanceo se rige solo por el vaivén del saco —le explicó su escasa experiencia pegando humanos, para entonces cerrar su botella lentamente mientras lo miraba. —Vaya, vaya, le ofreces a la del balanceamiento amorfo pelear contigo, ¿quieres una victoria fácil? —Se metió con él, con una sonrisa ladeada que fingía cierta diversión. La verdad es que se percató de lo pesimista que sonó al principio de la conversación y no quería, bajo ningún concepto, que el pesimismo que reinaba en su vida normalmente la terminase dominando en su actitud. Sam se había prometido intentar ser feliz y así no lo iba a conseguir. —Pero venga, acepto.

¿Qué por qué aceptaba una especie de duelo físico contra un hombre que le sacaba una cabeza y posiblemente unos cuántos kilos de puro músculo? Buena pregunta. Aunque lo que Sam se preguntaba a esas alturas era: ¿por qué no? ¿Qué narices tenía que perder? Y cuando una persona como ella se hacía esa pregunta, todo era positivo. Y la verdad que necesitaba relacionarse con otros seres humanos que no fuera ni en el trabajo ni en su casa. Además, así pondría a prueba todo lo que había aprendido con Caroline todos esos domingos de entrenamiento exhaustivo. Todo era ganar: no se rompía la mano por sobreesfuerzo en el saco, se hacía un compañero, recibía un poco de paliza y socializaba, que le hacía falta.  

Sam fue a coger las cosas para dejar el saco totalmente libre, metiendo el papelito de Sebastian Crowley en su mochila, así como una toalla con la que se secó un poco la cara. Cuando se giró, un grito resonó, proveniente de una señora que se había hecho un esguince. La rubia—ahora castaña—persiguió al chico hasta allí, aunque no se unió al círculo de buitres alrededor de la pobre mujer. Ella se limitó a acercarse a un tatami que había a un lado, recientemente vacío. Dejó sus cosas en el suelo y empezó a calentar hasta que el tipo volvió a donde estaba ella.

Primero lo miró a él, pero luego desvió la mirada hacia donde había pasado la desgracia. —¿Todo bien? ¿Fue grave? —preguntó genuinamente preocupada. Si no fue ella en persona es porque su presencia iba a ser totalmente INÚTIL allí, ya que no pensaba sacar la varita para nada. Lo mejor era hielo y que fuese al centro de salud más cercano. —Yo hace un año tuve un esguince en la mano, en varios dedos, por culpa de un mal golpe. Por suerte es lo primero que conseguí remediar.

Tenía una cosa clara: iba a perder de todas las maneras. Ella sabía un poco eso de golpear a otro usuario, así como cubrirse y esquivar. Además, Caroline le había enseñado varias llaves en las que aprovecharse de los golpes enemigos, lo cual quería probar. Con su amiga no era tan guay porque ella siempre se preparaba para recibir la llave, pero este tipo no tenía ni idea de los pocos conocimientos que tenía Sam pero, que a su vez, podía llegar a sorprender un poquito. —¿Algún consejo para la novata antes de empezar? Ten en cuenta que mi máximo enemigo ha sido un saco de cuarenta kilos —confesó.
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Ryan Goldstein el Mar Nov 06, 2018 7:14 pm





¿Qué mujer arruinada se muestra arruinada?
, eso era muy cierto, sí. ¿No era acaso un dicho popular? Si una chica está rota por dentro, tú nunca lo sabrás. El comentario le hizo sonreírse, seria esa mirada de observador paciente. Ella, por su parte, se tomó un pequeño break, que no le vendría mal. Es por eso que Ryan probó iniciar conversación, cuando se le ocurrió una idea: le propuso una pelea. No sólo porque se sentía con ganas de hacerse un compañero, sino porque también surgía cierta empatía y algo más humano de la interacción entre dos personas, aun habiendo puños de por medio como en ese caso o justamente por eso, y lo que te procuraba era un tipo de gratificación que un saco no podía darte.

Era, por otro lado, mucho menos desgastante que el saco, en el sentido de que tu oponente se preocupaba por ti, mientras que al saco de boxeo le importabas todo cuanto una bolsa rellena puede expresar en sentimientos, nada. Si practicabas con alguien que no se medía contigo, estabas frente a un amateur o un loco salido de la guerra, generalmente de carácter prepotente, generalmente de un ego insufrible. Había deportes duros, sí, en especial en lo que era defensa personal. Pero para el practicante, lo primero que hay que saber es cómo cuidar a su uke, porque es el que lo ayudará en las prácticas.

—¿Por qué?, ¿piensas hacérmelo fácil?—provocó, sonrisa de por medio. Todo sea dicho, él no estaría pensando ni por asomo que fuera a resultarle lo contrario—Bien, gracias. Iré a por mis guantes.

Su intención fue la de acercársele y comentarle algo más, o eso pareció, pero entonces se sintió tironeado por un nuevo interés y giró la cabeza en dirección a la mujer que se aferraba el tobillo, adolorida. Se disculpó un momento y fue hasta el centro del círculo en torno a la mujer, hincando una rodilla en el suelo entre que hablaba con ella. Alguien habría ido a buscar hielo o algo frío. Al rato, la lesionada, que parecía atacada de los nervios, se había apaciguado y los mirones se dispersaron. Ryan se apartó al fin yendo a la zona de los casilleros para tomar sus guantes y dejando a la mentada mujer al cuidado de una de las encargadas del gimnasio, que le aplicaba hielo en la zona del tobillo. Pareció desorientado al regresar por donde había venido e intentar volver sobre la pista de la mujer del saco, pero entonces la vio.

No se traía solo los guantes, sino que dejó caer entre ellos dos protectores para la cabeza.

—Sí, pero pegó tal grito—respondió, sentándose con las piernas cruzadas sobre el tatami y colocándose los guantes. Bajó la voz—: Creo que tiene algo de malgenio y la asustó la impresión, pero vivirá—La miró, escuchando su historial en la materia de partirse la madre. Ryan tenía su propia lista de accidentes, pero prefirió callar. Ya le había pasado antes que un muggle se lo quedara mirando con una rara expresión en el rostro cuando comentaba cosas como dedos doblados o huesos rotos que no parecían estar dentro de lo que ellos consideraban ‘solucionable’—. Sí, es frecuente. Así que un año. Ya me parecía que le habías cogido la técnica—Parpadeó, cuando ella se llamó a sí misma ‘novata’—¿Eres una novata?—Sonrió—. Es sólo que quieres que me relaje, ¿verdad? Pero. Puedo aconsejarte que intentes darme—dijo, confiado. Le gustaba provocar debajo de esa fachada de buen tipo.

Se puso en pie, ajustándose el protector a la cabeza. Antes de empezar, le ofreció un puño para que chocara, presentándose:

—Ryan.

Como para que recuerdes, quién te dio una paliza.

—¿Lista?

Adoptó su postura: en guardia, y todo parecía ir perfecto, hasta el instante en que empezó a moverse. El saco está ahí, quieto, esperando a que lo golpees. Pero en el momento en que un blanco móvil te ronda en círculos, avanza y retrocede, saltando sobre sus pies, recargando el peso en uno y otro alternadamente, te das cuenta de que el suelo que pisas no es un lugar tan seguro como solía ser, no te ofrece ya esa férrea seguridad de sentirte anclado a esta tierra, sino que ahora te da la impresión de desbalance y movimiento. Tú puedes quedarte quieto si quieres, pero algo te da la sensación de desventaja. En tu mente tú realmente no puedes calcular por dónde va a atacar tu objetivo y no sabes qué esperar, pero entiendes una cosa: que no puedes quedarte quieto, y todo empieza a girar a tu alrededor, un alrededor hostil, y sólo tienes tus puños y tu velocidad de respuesta para atacar de vuelta o esquivar, o esquivar y atacar de vuelta.

Ryan se adelantó y golpeó, tanteando su velocidad de respuesta. Su gancho derecho era rápido.

—¿Haces algo aparte del boxeo?—preguntó sin dejar de moverse, casual, tan capaz de esquivarte fluidamente como pararte con los puños levantados, aparentemente tan en la suya que hasta consideraba lo más normal tener una conversación en medio del asunto, o sólo quería hacerte perder la concentración.
 
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sam J. Lehmann el Lun Nov 12, 2018 4:34 am

No tenía en muy alta estima sus cualidades físicas, pero debía de admitir que llevaba mucho tiempo entrenándose para no ser tan inútil como había sido hasta el momento. Caroline se había esforzado muchísimo en hacer que Sam dejase detrás esa faceta suya de no querer dañar absolutamente nada, ni de ser incapaz de pegar un puñetazo, para que se viese confiada en sí misma y capaz de conseguir resultados. Es por eso que aunque ella todavía no estuviese muy convencida, quería pensar que sí lo estaba. Así que se colocó esa protección en la cabeza para evitarse desgracias y luego caminó alrededor del tatami después de quitarse los zapatos. Sonrió ante las palabras de su nuevo compañero. —Ah, ¿me aconsejas que te intente dar? Vaya, vaya, alguien se lo tiene muy creído por aquí… —dijo, sin ningún tipo de tono picado o de reto, sino más bien divertido. Sam tenía bien claro que aquel hombre—aún sin haberlo visto entrenar—posiblemente tuviese un mayor nivel que ella. Sam se colocó, no sin antes devolverle el puño como saludo cordial antes de empezasen a pegarse. —Amelia. —Se presentó, como de costumbre, con su nombre muggle. —Lista.

Hacía mucho tiempo que sólo practicaba con Caroline y lo malo de practicar con ella es que su amiga siempre solía propiciar que Sam hiciese los ejercicios que ella le había enseñado, por lo cual todo solía ser bastante predecible. Ahora, sin embargo, estaba frente a la nada, a ver qué es lo que ocurría. De repente, todos los consejos que alguna vez su amiga pelirroja le dijo se le agolpaban en el frontal de su cabeza, intentando que todos tuvieran cabida en cada movimiento que Sam hacía con sus piernas, rebotando muy delicadamente de un pie a otro para mantenerse siempre con los reflejos bien alerta. Y, por suerte, lo consiguió, pues cuando Ryan consiguió encontrar un punto débil en Sam, ésta fue capaz de esquivarse hacia un lado aquel gancho, aprovechando el momento para devolver el golpe de manera no exitosa. Pese a que nada había ocurrido, ella sonrió, bastante animada por estar practicando con un desconocido y  sentir que había resultados.

Ryan decidió mantener una conversación en mitad de aquella ‘pelea’, a lo que Sam lo miró divertida. —Corro mucho. —No sabía muy bien si se refería a deporte en general o a deportes de contacto físico, por lo que decidió matizar. —En realidad no sé boxeo, sólo he asistido a clases de defensa física en donde había un saco de boxeo y…

Pero claro, no pudo terminar de hablar, ya que Ryan había aprovechado ese momento para darle otro gancho—que se esquivó por los pelos—y aprovechar ese momento poco estabilizado de Sam para hacerle una llave, haciendo que cayese al suelo de lado. La rubia se puso boca arriba, sorprendida, mirando a Ryan con reproche. —¡Eso no vale, era todo una trampa! —Dijo mientras se ponía en pie de nuevo. —¿Con que vamos con esas, eh? Juguemos sucio, venga. —dijo muy convencida, cuando todo el mundo en este planeta debía de saber que Sam de jugar sucio tenía lo de morena heterosexual.

Y volvió a colocar sendos puños por delante de su rostro, cubriéndolo en la medida de lo posible. Su vaivén, de pie a pie, continuaba, cambiando rápidamente de punto de apoyo y salvaguardando las distancias con él. Hubieron en varias ocasiones intentos de los dos en golpear al otro, pero por norma general o eran amortiguados con los puños ajenos o solían ser esquivados. Hubo un momento en el que de manera totalmente automática, Sam sujetó uno de los puños de Ryan, pero se cogió tan de sorpresa su propio gesto que el chico lo aprovechó en su beneficio, haciéndole una contra. Sujetó el brazo de Sam e hizo un movimiento de torsión, haciendo que la chica tuviera que girarse y agacharse para evitar que se le partiese el brazo, ¡ella también sabía ser eso y había dejado pasar la maldita oportunidad!

Se puso en pie de nuevo, moviendo las muñecas después de aquello y mirando a Ryan con más seriedad. No estaba enfadada, simplemente se lo estaba tomando ‘en serio’ porque quería aprender y sentir que lo aprendido daba frutos. —¿Sorprendido por mi indudable nivel? Te dije que te apalizaría —quiso bromear, auto-subestimándose.
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Ryan Goldstein el Miér Nov 14, 2018 1:18 am



Defensa personal, eso se oía bien. Si era así, si Amelia se sabía algún que otro movimiento, ¿por qué no probar…? Ryan aprovechó una abertura y se adelantó metiendo un brazo levantado por debajo del cuello y ejecutando limpiamente un giro cerrado que acabó con Amelia en el suelo.

De no ser porque la tomó desprevenida, puede que se hubiera resistido, eso estaba por verse, porque ahora jugaban con otras reglas. Trampa, decía ella. Ryan alzó las manos en un gesto, como hombre que no mataría a una mosca.

—¿Lo era?—
Había algo ligeramente provocador con esa pregunta con que le respondió de vuelta. Lo cierto era que las picardías eran lo suyo, por mucha cara de rubio encantador que llevara puesta. Le tendió una mano para ayudarla a levantarse, aunque ya parecía que ella podía arreglárselas sola, encendida su llama por tomar venganza—.  Me parece bien—accedió, como si hubiera estado jugando limpio hasta entonces.

Interactuar con los puños por delante te ahorraba las formalidades en muchos sentidos. Ryan insistió con su intento de conversación casual, sólo que ahora había captado la atención de Amelia de forma que lo ponía todo en mantenerse enfocada. Los puños que iban y venían lo decían por ella. El golpe sordo de las paradas y el entrechocar de los esfuerzos que iban para un lado y para el otro se interponían entre ellos con bastante fluidez.

Habían dejado la sensación de reposo atrás, y Ryan se entusiasmó en silencio habiendo entrado en calor, como siempre que disfrutas un esfuerzo físico, siempre que tenía delante una pelea, una en buenos términos. Fue a por otro agarre, y volvió a salirle bien. Sólo que su intención no era dejarla en el piso a la mínima ocasión, si bien aplicó torsión sobre la muñeca lo hizo midiéndose. Las mujeres solían ser más elásticas, así que no temió en lastimarla.

—Lo estás haciendo bien—La animó Ryan, acercándosele—. Pero no estás avanzando contra mí. Supongo que te confunde que no me quede quieto esperándote como una bolsa de boxeo. No lo pienses mucho—aconsejó—. No pienses mucho en la técnica, sólo hazla.    

Era fácil estar ahí parado soltando cosas obvias por la boca. Él te daba la impresión de que era tan, tan sencillo como tirarse a la pileta y aprender a nadar sin flota-flota. No lo decía por pedantería, sin embargo. En verdad que estaba poniendo su buena intención en sus palabras, de un tono que hasta transmitía confianza. Te hacía pensar que quizá sólo era cuestión de repetírselo como un mantra ‘No pienses, sólo hazlo’ hasta que te lo creyeras, y entonces quizá, sólo quizá, dejara de ser un consejo que pecaba de obviedad.  

—Vamos, ven—Ryan alzó los puños y de inmediato soltó un golpe directo. En vez de rondarla y ponerse a la defensiva, se decidió por ser agresivo, avanzando hacia una única dirección: ella, como si buscara acorralarla—Ven—invitó, la voz tranquila. Entre ellos tendrían lugar una serie de golpes, y si ella no se lo sacaba de encima, él persistiría, abordándola de tal forma que ella se desesperara por salir con los puños—. ¡Ven!—instó con más fuerza, la efusión contenida.  

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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Sam J. Lehmann Hoy a las 4:35 am

Se levantó, especialmente motivada. Estaba siendo consciente; observadora, hasta el punto de que supo con pelos y detalles exactos en que falló para que Ryan hubiese podido tirarle con tanta facilidad. Y le molestaba haber fallado en lo que falló cuando Caroline le había repetido tantas veces que no hiciera eso, que era muy fácil tirarla teniendo en cuenta lo alta que era y que la estabilidad no era precisamente lo suyo. Así que ahora se flexionó un poco más y abrió lo suficiente las piernas como para pivotar con continuidad, manteniéndose con un centro de gravedad fijo y fuerte. Así podía responder con mucha antelación a los golpes de Ryan que, aunque no fueran muy agresivos, iban directos a golpear con fuerza. A fin y al cabo, de eso iba aquel ejercicio. Si no querías recibir: sé lo suficientemente rápido para evitarlo.

Seguía concentrada, dando muy pocos golpes en comparación con los que hacía él que, indudablemente, aprovechaba mejor las oportunidades. Es por eso que cuando le continuó aconsejando, ella se limitó a bufar. —No es que me confunda, simplemente nunca me había enfrentado a nadie que no me estuviera enseñando nada —confesó, sin bajar la guardia esa vez. Y lo que había dicho era cierto: las veces que había tenido que estar en medio de un duelo sin varita ella había salido perdiendo estrepitosamente siempre. En las otras ocasiones siempre había sido primero con aquella chica, Emily Matthews, y luego con Caroline, ergo siempre estaba todo pautado.

'No piensas la técnica, sólo hazla.' Dicho de él, parecía hasta fácil de cumplir, pero no lo era.

Sin embargo, ahí seguía repitiéndolo, metiéndoselo en la cabeza. Le animaba, parecía, pero ella lo estaba sintiendo como un estrés. Ven, decía. Ven, repetía. Y claro, ella nunca había sido impulsiva, mucho menos de esas que improvisan en algo que saben que les supera, por lo que cuando no vio salida útil a sus conocimientos, sencillamente fue, tirándose a la piscina sin saber si estaría vacía. Así que pegó un grito de guerra ante tanto estrés por parte de aquel señor rubio que parecía encantador pero era Don Estresador y se tiró a por él como un jabalí enfurecido.

¿Una llave, dices? ¿Quizás alguna técnica secreta de Kung Fú? No. No era nada de eso. Podría llamársele 'ataque sorpresa de inexperimentada' o, más concretamente y en un lenguaje que todo el mundo conocía gracias a los Pokemones: un placaje. Así que con uno de sus antebrazos apartó la mano de Ryan y se chocó contra su pecho. Fue gracioso porque Ryan aguantó bastante bien el equilibrio, pero ambos comenzaron a retroceder, retroceder, hasta que obviamente la gravedad hizo de las suyas. Ryan cayó de culo al suelo y Sam justo encima, como dos novatos estúpidos que parece que se han tomado unas copas de más. Cuando se dieron cuenta de todo, ambos intentaron forcejear para intentar 'tener el control' en el suelo después de aquella caída magistral, pero como es evidente, la fuerza del chico—además de su maestría en a saber qué técnica—consiguieron que Sam terminase con la espalda en el tatami, resoplando cual jabalí resignado. ¡Por qué poco! —¡Casi! ¡Mecachis en la mar! —Se quejó al borde de la carcajada, con la respiración algo agitada.

Esta vez aceptó la mano de Ryan, más confiada. Y ahora ya no se puso en pie en simple modo defensivo, sino que se vino arriba, golpeando a su contrincante, buscando el punto flaco... Iba a hacer honor a su técnica favorita, si todo salía bien. Sólo era esperar a que una de sus derechas fuese directa a su cara: ella podría esquivárselo, sujetar su muñeca y retorcérsela hasta dejársela en la parte baja de su espalda. Y en ese momento, con un ligero golpe en hueco popliteo desde atrás sería suficiente para dejarlo de rodillas y sin ganas de quedarse sin muñeca.

¿Funcionaría? Bueno, lo único bueno de aquello es que Sam estaba muy entregada a hacer lo posible para que funcionase, fallase o no en el intento. Mejor fallar ahora que fallar ahí fuera, ¿no es así?
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