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What lies beneath the surface {Carol, Sam & Gwen}

Gwendoline Edevane el Sáb Nov 03, 2018 4:07 am

Recuerdo del primer mensaje :


Miércoles 31 de octubre, 2018 || Apartamento de Caroline Shepard y Samantha Lehmann || 23:09 horas || Atuendo de la intrusa

Miércoles 31 de octubre, 2018 - 22:35 horas
Uno de los pisos francos de Artemis Hemsley

Artemis Hemsley cruzó la pierna derecha por encima de la izquierda, al tiempo que dejaba escapar un prolongado bostezo. Se la notaba cansada, casi como una persona normal que había salido tarde del trabajo, o que llevaba haciendo horas extras toda la semana. Nada más lejos de la realidad con aquella mujer.

Gwendoline, una muñeca inerte con la mirada perdida, permanecía sentada en una silla, frente a la cama de Artemis. La mortífaga, casi como si ignorase la presencia de la desmemorizadora, o como si para ella no fuese más que un objeto inanimado, continuó maquillándose frente al espejo de su tocador. ¡Oh, sí! Y estaba totalmente desnuda, como si no tuviese ninguna invitada o no le preocupase lo que ésta pudiese ver. A tal nivel había llegado su confianza con Gwendoline Edevane.

Repítelo.Dijo Artemis, observando el resultado de su pequeña sesión de maquillaje en el espejo. Estaba casi satisfecha, pero ese lápiz de ojos… no acababa de convencerla.

—Caroline va a una fiesta de Halloween hoy. Estará fuera gran parte de la noche.—La voz de Gwendoline sonaba monótona, casi como una voz muerta. No existía emoción alguna en su entonación. Se limitaba a obedecer cada orden que Hemsley, su titiritera, le daba.—Sam está trabajando. Al ser noche de Halloween, también volverá tarde a casa...

Artemis asintió con la cabeza, al tiempo que se retocaba las pestañas con un poco de máscara. Cuando estuvo satisfecha con el resultado, se puso en pie y caminó por la estancia hasta llegar a la cama. Una vez allí, se sentó frente a Gwendoline. En su rostro aparecía una sonrisa enorme, que algunos podrían confundir con una agradable, pero que no lo era: Hemsley escondía sus dientes debajo de aquella sonrisa.

Lo has hecho muy bien, mi pequeña Gwendoline.Felicitó, risueña, la mortífaga. Entonces, su rostro se puso triste.Pero me has fallado: no me has traído la información que te pedí. Sigo sin saber una mierda sobre Allistar.Artemis apretó el puño, y su rostro se tiñó de ira. Gwendoline se puso visiblemente tensa, pero no alteró la posición en la silla. Lo tenía prohibido. La mortífaga la perforó con los ojos durante unos segundos más, antes de suavizar un poco su expresión.Tranquila, muñequita. Soy buena persona, y voy a darte una última oportunidad de redención.Y compuso una sonrisa que, de lo amplia y fingida amable que era, provocaba escalofríos.

Artemis se puso en pie y, haciendo gala de su dominio sobre la magia no verbal sin varita, con un simple gesto hizo aparecer ropa sobre su desnudo cuerpo de ébano. Se trataba de un disfraz de gata, mayormente de cuero. Se dio una vuelta delante de Gwendoline, como una niña orgullosa de su traje de graduación el día del baile.

¿Qué pinta tengo? ¿Estoy irresistible o no?Por supuesto, Gwendoline no respondió. No tenía tal capacidad: en aquel estado, sólo podía obedecer órdenes directas.Voy a una fiesta de Halloween, y después quizás tenga algo más de diversión.Hemsley sonrió de forma traviesa e hizo aparecer un látigo en sus manos, azotando el suelo con él a continuación. Gwendoline permaneció impasible.Pero no te preocupes: para ti también hay disfraz. No pensarías que iba a ser yo la única que disfrutaría de Halloween, ¿no?Y, con una risita, Hemsley hizo un nuevo movimiento de manos, esta vez en dirección a Gwendoline.

La ropa de la joven cambió: ahora, vestía totalmente de cuero negro, con una chaqueta con capucha reluciente. Ésta caía sobre los hombros de la mujer blanca, y la mujer negra la tomó, poniéndosela por encima de la cabeza con delicadeza. La miró como quien mira a una hija antes de ese hipotético baile de fin de curso, a fin de comprobar que todo esté en orden con el vestuario y el peinado.

Sammy tiene algo muy importante. Ha puesto sus sucias manos de ladrona de magia sobre mi espejo. Y tú, mi querida Alice, vas a recuperarlo.Artemis sonrió como una niña buena, y sin perder esa sonrisa, añadió:Esta vez, no admito fallos: como no cumplas la misión, te prometo, mi niña, que vas a saber lo que es el dolor. Y esas cosas que he visto en tu cabeza, eso de los hermanos Crowley, me ha dado muchas ideas. Créeme...

Gwendoline Edevane tenía miedo. Quizás la maldición Imperius no le permitiese mostrarlo, pero lo tenía. Y sabía que Hemsley hablaba en serio: el fracaso no estaba permitido, o pagaría las consecuencias.

***

Una figura femenina envuelta vestida de negro hizo su aparición en plena calle, enfrente de la vivienda que Caroline Shepard compartía con la fugitiva Samantha Lehmann. El cuero negro la ayudaba a pasar desapercibida en la noche. Observó la vivienda durante unos cuantos segundos, evaluando cualquier tipo de riesgo, y cuando estuvo segura de que no había ninguno, la mujer avanzó con paso decidido, cruzando la calle.

Se detuvo apenas unos instantes ante la puerta, sacando la varita de la manga de su chaqueta. La empuñó con una mano enguantada en cuero negro y la apuntó hacia la cerradura. Un hechizo Alohomora no verbal destrabó la cerradura con un chasquido metálico. La mujer apoyó su otra mano, la zurda, sobre la puerta, y empujó suavemente. Ésta se abrió apenas unos centímetros, lo justo para que la mujer echase un breve vistazo a la penumbra que reinaba en el interior.

Conjuró entonces un hechizo Echoes, el cual reveló la presencia de algunos seres vivos en el interior: los animales de la sangre sucia, seguramente. Ningún ser humano se encontraba en aquella casa, y la mujer de la capucha supo que era el momento perfecto para entrar. Nada más hacerlo, cerró la puerta tras de sí, y con un nuevo hechizo, sus ojos comenzaron a ver en la oscuridad.

Sobre la mesa, cerca de la entrada, se encontraba el gato de Lehmann. Éste, nada más ver a la desconocida, se puso en pie, curvó su espalda, y empezó a gruñir a la recién llegada. El pelo de su lomo se había erizado, y había adoptado una actitud hostil.

—Shhhh...—La mujer se llevó el dedo índice izquierdo al lugar donde estarían sus labios. En su lugar, estaba la máscara.

El gato, por supuesto, no obedeció a su educada solicitud de silencio, y la mujer tuvo que dejarlo dormido con un Leniendo no verbal. El animal cayó desplomado, sobre la mesa, durmiendo plácidamente.

***

La enmascarada cruzó el umbral la puerta abierta del cuarto de Lehmann. Nada más hacerlo, se encontró con los otros dos animales sobre la cama de la sangre sucia. No dormían, ni mucho menos: el cerdito había alzado la cabeza con curiosidad, mientras que la perrita observaba a la desconocida, confundida; movía y dejaba de mover la cola de manera intermitente, como si no fuese capaz de comprender lo que veía.

La mujer no perdió el tiempo: también durmió a aquellos dos.

Con los animales fuera de combate, y la vivienda a su total disposición, pudo finalmente quitarse la máscara. Era útil para ocultar su identidad, pero limitaba un montón su campo de visión. La dejó sobre la cama de Lehmann y entonces, en la oscuridad, se puso a buscar el objeto que Hemsley le había ordenado recuperar: el espejo. Mientras tanto, la puerta del cuarto de Lehmann permanecía abierta.

La máscara:


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Nov 27, 2018 4:55 am, editado 2 veces
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Vie Nov 16, 2018 4:32 am

Le parecía encantador que cualquier tipo de ‘consideración’ que tuviesen sus amigas con respecto a la comida vegetariana, no fuese por la decisión de Sam, sino por no ofender a cierto cerdito de la casa. Le gustaba que, pese a que ella fuese la rara que tiene una dieta diferente, no fuese el motivo principal, sino ese cariño que inevitablemente se había ganado la más gordi de las mascotas. Aunque bueno, también le llenaba por dentro el hecho de que Caroline, por ejemplo, prácticamente ya comiese solo comida vegetariana, pues sentía que había sido gracias a ella y que su decisión ya se hubiese expandido un poquito más.

No le pasó inadvertido el optimismo—o al menos la alegría—con la que estaba hablando Gwen aquel día. Y claro, ese tipo de cosas se le contagiaban de manera inconsciente, haciendo que ella también sonriese. —¿Ah, sí? ¿Y por qué no te aprovechas más de que técnicamente eres la jefa de tu oficina y te tomas más días libres? Y así luego te dicen que tu efectividad está bajando por exceso de vacaciones y te echarán sin sospechas y… yo seré feliz de que salgas de ese nido de víboras e imbéciles —dijo todo eso con un tono de lo más divertido y evidentemente irónico, ya que era conocido por todos lo dramática que era Sam y que odiaba muchísimo el Ministerio de Magia. —Es broma. —Recalcó al final.

¿Que a Samantha Lehmann, maniática de segundo nombre, se le olvidó dejar la ventana abierta? Claro que no. Desde que aquella señora se había colado en casa, estaba más paranoica que nunca. El hecho de que una persona se colase en la casa con las protecciones que tenían ya era algo fascinante, por lo que ya que una no se podía fiar de los encantamientos protectores que habían estado utilizando hasta ahora, qué menos que refozarlas por todos lados en un intento de creerse un poquito más a salvo. Obviamente no creía que aquella enmascarada había entrado por la ventana, pero nunca se sabe.

Pero vamos, eso no fue lo ‘sorprendente’ de la frase de Gwendoline, sino que nadie se la creía. Y la rubia no entendió el por qué de que Gwendoline le estuviese mintiendo, ni mucho menos con qué. ¿Le mentía con lo de que no había llegado correspondencia? ¿Con lo de que la ventana estaba cerrada? ¿Con que verdad no picoteó, sino que se chocó de cabeza y rompió el cristal? Es decir, ¿qué necesidad había? Repito: hasta ese momento no había tenido motivos fehacientes como para desconfiar de que realmente si hubo correspondencia—y si había motivos Sam se había empeñado en ignorarlos porque la quería mucho como para creérselo—, por lo que dejó pasar aquello. Quizás no se sentía cómoda metiéndose en casa de Caroline a cocinar y encima recibir el correo. A fin de cuentas no era su casa y por mucha confianza que hubiera era un poco meterse en la intimidad del resto pero... aún así no le sonaba del todo bien. —Ah vale, gracias —respondió sin estar muy convencida, para luego contarle todo lo que había pasado con Aoyama y el porqué de que Sam estuviese tan ‘ansiosa’ por recibir una carta de patas de Doña Lechuza. Por tanto, asintió cuando Gwen dijo el nombre de Aoyama como el señor de las katanas, ya que ella no tenía ningún tipo de retraso agudo con los nombres japoneses. —Sí, sí yo entiendo que viva ocupado en su vida de hacedor de katanas, pero Ryosuke habló con él hace un montón de tiempo y dijo que contestaría en la mayor brevedad posible. Hace poco habló con Caroline y le dijo que ya había mandado la carta. Por eso me extraña. Ya de por sí está tardando más de lo que debería, por eso tenía fe en que hoy llegaría algo. —Y rió con el chiste del acero valyrio, para finalmente encogerse de hombros. —Pero bueno, da igual. Ya llegará, tampoco hay prisa, ¿no? Dudo que nos diga algo especialmente relevante. ¡Total, ya Artemis sabe en donde vivo, así que si no ha venido es porque no quiere! —Volvió a ironizar con diversión ante LA CRUDA realidad. Qué menos que tomársela con humor: 'mi enemiga sabía en donde vivo, pero no pasa nada porque no ha venido a atacarme.' A eso se le llama relativizar.

En fin, tampoco quería hablar del tema Aoyama porque el hecho de creer que iban un poco por delante de Artemis con ese tema cuando evidentemente no era así le había desilusionado bastante. Aún así, tenía curiosidad por saber si podía el japonés aportar algo a la situación que vivían, aunque lo dudaba muchísimo. Así que de nuevo intentó olvidarse de eso y se acercó a Gwen con el delantal ya puesto, observando aquel extraño objeto que su amiga bautizó como ‘artilugio que parece una mezcla de afilalápices y reloj de arena’ que al parecer cortaba cosas con forma de espaguetis. Sam asintió, sorprendida. Los magos podrían atraer cosas sin tener que levantarse del sofá, pero los muggles habían creado un artilugio con forma de reloj de arena y función de afilalápices que era para cortar verduras, o sea, eso era otro nivel. Así que cuando preguntó que si le ayudaba, Sam antes de que ella pudiera terminar la frase, ya estaba contestando: —¡Por supuesto, trae ese chisme de…! —¿Perdona, qué? Espera. ¿Sammy? La miró, entre sorprendida y contrariada, apagando su sonrisa casi al momento. ¿Acaso no había un mote peor que usar para referirse a ella? ¿Se supone que lo había usado como apelativo cariñoso o como una broma de mal gusto para demostrar lo presente que estaba Hemsley en sus vidas? ¿Ella se iba a poner de segundo nombre Alice ahora o qué? —¿Sammy? ¿Estás de broma? —preguntó con sinceridad, cogiendo el artilugio extraño y un pepino para comenzar con el proceso de hacer pepino en forma de espagueti, que dicho así no suena en absoluto como una tarea seria, pero lo era. —¿No había mote más feo? Imagínate lo horrible que me parece que prefiero que me llames Jóhanna antes que Sammy —añadió al final, enroscando aquel pepino sin mucho amor en aquel artilugio, mirando a Gwen sin entender la situación.

Y es que su amiga tenía una cara de… no saber en dónde meterse porque ella tampoco entendía la situación. Se conocían desde hace mucho y todos sabemos que el lenguaje universal de la amistad es la mirada, por lo que Sam supo que Gwen no había dicho aquello en broma, ni mucho menos como un apelativo cariñoso. Sus gestos la delataron, no sólo quedándose prácticamente congelada, sino también con esos característicos movimientos que uno hace cuando no sabe qué hacer o qué decir. La conocía muy bien. Así que antes de empezar a mover aquel pepino, se apoyó sobre la barra y la miró. —¿Seguro que estás bien? —Y entonces empezó a enroscar el pepino con suavidad. —Es que últimamente te noto rarilla… no sé, igual son cosas mías y la que está rara soy yo, ¿sabes? —Hizo una pausa, siendo muy consciente de que aunque ella pudiese estar rara, Gwen también lo estaba, pero tampoco quería decírselo en la cara porque esas cosas solían conllevar a una estricta negativa. —Desde Halloween es cierto que me noto en tensión todo el rato y no sé… quizás sean cosas mías, que veo cosas en donde no las hay. —Y al apretar un poquito más el pepino, vio como empezaba a formarse esas finas líneas de espaguetis. —¡Salen perfectas! —Se sorprendió ante su maestría con el artilugio y el pepino, viendo como caía sobre la tabla de madera. Miró el aparato con admiración. —Sería el típico aparato que me hubiera entrado por los ojos en AliExpress —confesó a su amiga, sabiendo que entendería su obsesión por esa dichosa página, ¡y dentro de poco sería el once del once y eso significaba ofertas! —Bueno, continúo con esto que claramente tengo un arte. —Y comenzó a repetir el proceso, esta vez con la zanahoria, los calabacines y la calabaza.
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Gwendoline Edevane el Vie Nov 16, 2018 10:01 pm

No era un secreto que en los últimos tiempos, Samantha Lehmann se había convertido en la hater pacifista número uno del Ministerio de Magia Británico, y tampoco es que yo pudiese argumentar demasiado al respecto: incluso durante el gobierno de Lena Milkovich, en el Ministerio trabajaba gente como Sebastian Crowley, responsable directo de la miseria que había vivido ella desde hacía unos dos años. Dentro de aquellas cuatro paredes, además, Sam había tenido que ser testigo de los más horrendos recuerdos y pensamientos, anidados en la mente de personas todavía más horrendas. Ese era el precio que había que pagar a cambio de estudiar la mente humana.
En mi caso, no había empezado a odiar realmente mi trabajo hasta hacía algunos meses. Y es que quien diga lo contrario, mentirá: desempeñar el empleo de desmemorizador durante un tiempo prolongado, si tienes un mínimo de conciencia, termina afectándote de forma negativa. Ese era mi caso, y cada día deseaba alejarme un poco más de todo ese mundo. Si en los últimos tiempos no había solicitado un año sabático era única y exclusivamente porque el Ministerio era un arma poderosa, bien utilizada desde el interior.

—¡Sí, claro! Puedo hacer eso.—Respondí con una sonrisa sarcástica y divertida en los labios.—Y luego, cuando irremediablemente me echen a la calle por no pagar el alquiler, me puedes acoger permanentemente en tu casa. Seguro que Caroline está muy feliz de volver a tenerme ahí, sin dar un palo al agua, como cuando me estaba recuperando del ataque al Ministerio.—Aquel había sido un bochornoso momento en mi vida: cansada de todo, pensando en lo cerca que había estado de la muerte y en la cantidad de compañeros y atacantes que no lo habían contado, apenas me movía del sofá. Lo único que hacía era leer y acariciar a mi gato, cuan ermitaña, hasta que Sam y Caroline tuvieron a bien ponerme las pilas.—¿Qué te parece? También puedo buscarme uno de esos puentes en que viven los vagabundos. Seguro que me acogen como una de los suyos.—Y sí, continuaba la broma. Porque a veces, cuando yo bromeaba, lo hacía durante demasiado tiempo.—¡Sería el sueño americano ese del que hablan en Estados Unidos!—Añadí, con jovialidad, dando por concluida aquella broma con una sonrisa burlona dedicada especialmente para Sam.

El asunto del correo y la presencia de Doña Lechuza en la casa generó un momento extraño, un momento difícil de catalogar. Cualquiera que me conociera, como era el caso de Sam, habría notado lo vago de mi respuesta, y el casi imperceptible cambio en mi tono de voz. Por supuesto, nada de esto pasó desapercibido a Sam, e igual que ella no pasó por alto mi comportamiento, yo no pasé por alto sus reacciones a éste. Sin embargo, mi amiga no insistió en el tema, y cuando me dio las gracias por mi labor, esbocé una sonrisa. Fue una rápida, casi tensa, un gesto de agradecimiento extraño.
Sin embargo, el tema de la correspondencia de Aoyama no quedó en el olvido, a pesar de que intenté bromear al respecto. Mis manos se pusieron a trabajar en cosas innecesarias—por ejemplo, lavarlas sin necesidad, o abrir la nevera sin necesitar realmente nada de su interior—en un intento de disimular lo poco que me estaba gustando aquello.

—Tú lo has dicho: ya llegará.—La respuesta fue un tanto seca y cortante, a pesar de que Sam intentaba hacer humor al respecto. Aquel era un tema que prefería dejar en el olvido… por buenos motivos. Y estos motivos tenían más que ver con Hemsley de lo que realmente parecía.

Y entonces… entonces llegó esa palabra, ese Sammy que se me escapó, y si bien yo misma no debería ser consciente de lo que estaba ocurriendo… aquello no pude ignorarlo. Me quedé congelada, preguntándome demasiadas cosas, intentando comprender lo que sucedía dentro de mi cabeza… y la respuesta fue un pinchazo de dolor. Mientras Sam me recriminaba aquella broma que no era una broma, me llevé una mano a la sien y contraje la cara en una expresión de dolor. El pinchazo no duró demasiado, por fortuna, pues sabía lo mucho que podía llegar a dolerme la cabeza. Sin embargo, la confusión y el aturdimiento persistían, porque había algo que no iba bien conmigo.
Eso estaba cada vez más claro.
Mientras Sam confesaba que me notaba un tanto extraña, yo permanecí en mi sitio, sin saber bien qué decir. A mi cabeza acudió una imagen que no comprendí: McDowell sosteniendo a su rehén, la noche en que Caroline y ella tuvieron aquel enfrentamiento y tuve que atender las heridas de ambas, mientras mi varita la apuntaba… Y entonces McDowell me la tiró encima y echó a correr, pensé.
Solo que no: lo que vi no fue eso. Lo que vi fue cómo mi varita bajaba y apuntaba a la rehén de McDowell. Un rayo de luz brotó de la varita, dejando inconsciente a la joven, y a McDowell patidifusa. De mis labios brotaron unas palabras: Artemis…

Artemis te manda saludos.Murmuré en voz muy baja, mientras a mi espalda Sam celebraba su buena labor haciendo fideos con las verduras. Evidentemente, mis palabras, aunque casi inaudibles, llamaron su atención.—Enseguida vuelvo. No dejes que se queme la salsa.—Dije, y sin perder más tiempo ni esperar a su respuesta, me encaminé al cuarto de baño, cerrando la puerta tras de mí.


***

Apoyé la espalda a la puerta, intentando mantener la compostura, y cuando estuve segura de que Sam no iba a llamar a la puerta para preguntarme una vez más si estaba bien, me llevé ambas manos a la cabeza, cerré los ojos, y me dejé caer hasta quedar sentada con la espalda apoyada en la puerta.
No lo entendía. No lo comprendía en lo más mínimo, pero estaba claro que era cierto: algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza. Algo me ocurría, y empezaba a ver la relación que existía entre ese algo y Artemis Hemsley. De nuevo, empecé a cuestionarme cosas: la naturaleza de aquella lesión en mi brazo izquierdo la noche de Halloween, que la secuaz de Hemsley conociese la dirección de Sam y Caroline…
Con un leve dolor de cabeza planeando sobre mí, me puse en pie y caminé en dirección al lavabo. Apoyé ambas manos sobre éste, bajando la mirada un segundo, antes de contemplar mi propio reflejo.

—¿Qué te está pasando?—Pregunté a mi reflejo, y con toda mi sorpresa, recibí respuesta: mi reflejo sonreía de manera cálida, y yo no entendía nada.No te pasa nada.Dijo mi otro yo del espejo, con una voz que no parecía mía.Vete a dormir. Vamos, si quieres puedo cantarte un poco.Y con esas palabras, mi reflejo empezó a cantar una canción que me calmó casi al momento.

No pude evitar cerrar los ojos, dejarme arrullar por aquella voz. Sin darme cuenta, comencé a balancearme suavemente al ritmo de aquella cancioncilla infantil. Tonight you belong to me, pensaba una y otra vez, sin darme cuenta de que la realidad era otra: a mí no me pertenecía nadie, sino al revés.
Yo pertenecía a alguien.


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Nov 20, 2018 5:22 pm, editado 1 vez
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Sam J. Lehmann el Sáb Nov 17, 2018 2:00 am

Ante las bromas de Gwendoline con respecto a no tener trabajo, ella solo pudo contestar con sonrisas divertidas a sus ingeniosas contestaciones, además de que el hecho de que estuviesen de esa manera, tan tranquilas, bromeando y riendo, le encantaba. Le hacía darse cuenta de que por muy rara que pudiera estar ninguna de las dos, volvían esos momentos de siempre entre ellas en donde todo estaba bien. Así que cuando terminó de hablar, declarando el vivir bajo un puente como el sueño americano, Sam se encogió muy levemente de hombros. —Te vienes a trabajar al Juglar conmigo, tú me haces los café y yo los sirvo —propuso como opción. —O nos vamos de viaje durante seis meses por todo el mundo y dejamos toda esta mierda atrás, ¿no te gusta esa idea? Seguro que es mejor que ir todo los días al Ministerio de Magia. Además, si nos falta dinero no te preocupes, yo desarrollé una habilidad con el confundus para robar de las tiendas que te sorprendería. —Se re-afirmó como ladrona a tiempo parcial, cosa que dudaba mucho que Gwen supiese a ciencia cierta por su boca pues, como es evidente, no alardeaba de ello. —No estoy orgullosa de mis actos, pero tiempos difíciles conllevan a decisiones complicadas. —Lo intentó decir con un tono, dentro de lo que cabía, divertido, aunque la idea de robar en establecimientos honrados no lo fuese. Pero bueno, las cosas habían surgido así y poco se podía hacer ya, mas que dejar propina de más en esos establecimientos ahora que tenía dinero.

Y en serio, ¿Gwen de verdad se creía que iba a colar de que no le pasaba nada? No es que solo ya no negase el hecho de que estaba rara, sino que encima cuando el tema salía a la luz, como que de manera consciente se volvía más rara. Además, ¿esa actitud tajante de repente con el tema de la lechuza y la correspondencia? ¿A qué narices venía? Y lo peor es que una ya empezaba a tomárselo personal. No sabía si es que estaba así en todos los ámbitos de su vida o sólo era con Sam.

El colmo fue cuando dejó a Sam prácticamente hablando sola, intentando sacarle de manera tranquila y amistosa el posible por qué de que estuviera rara y... de repente se fue, al baño. Y no, no se creía en absoluto que hubiera tenido un apretón. Aquello fue el descaro más grande en ignorar a una persona y huir de la escena como si no hubiera un mañana. Jamás nadie fue tan descarado ni guiñando el maldito ojo en el juego del asesino. Sam dejó de pelar el dichoso calabacín para seguirla con la mirada hacia el baño y, cuando cerró la puerta, suspiró, visiblemente derrotada. Es que no había cabida a la duda: a Gwen le pasaba algo. ¿El qué? Eso ya era un tema incierto, místico, incapaz de llenar la comprensión de Sam. Y vamos, es que por mucho que le preguntase, Gwen prefería dar evasivas o directamente ignorarte para huir al dichoso baño. Por una parte daba la sensación que ni ella misma era capaz de enfrentarse a las cosas que le pasaban por esa cabeza, pero por otra parecía sencillamente que huía y no quería encarar nada. Y por cómo huía, de verdad que empezaba a pensar que Sam tenía algo que ver en su malestar e incomodidad junto a ella. Y no entendía por qué. Es decir... ¿todo estaba igual, no?

Cogió la cuchara de madera y comenzó a remover la salsa para que no se quemase, sin embargo, cuando se dio cuenta de que no podía normalizar esa situación tan estúpida, decidió ir hasta la puerta del baño, no sin antes bajar un punto el fuego de la salsa para que no se quemase. Tocó con los nudillos en el baño, con suavidad. —Gwen... ¿seguro que estás bien? —Se apoyó con el hombro en la puerta, cruzándose de brazos. Decidió omitir el hecho de que era evidente que algo le pasaba. —Siempre hemos tenido la facilidad de hablar de cualquier cosa sin problemas... y sé que todo se han complicado con todo lo que está pasando pero... por favor, no me dejes al margen de nada de lo que te pase. Sé que a veces me pongo un poco extremista cuando me cuentas cosas del Ministerio o de la Orden, pero sabes que no hablo en serio, no del todo... —Hizo una pausa, merecida. —Y... si el problema soy yo, o te he molestado con algo, lo siento. —Le dijo, a través de la puerta. —Así que... no sé... —Murmuró al final, sin saber qué más decir. Tampoco quería agobiarla: ella tenía su vida y había cosas que no tenía por qué contarle. Y Sam lo respetaba.

¿Y si simplemente tenía miedo? Tener miedo era una sentimiento muy válido y muy real. ¿Y si sentía su vida amenazada con todo esto de Artemis? El miedo podría incomodarla, incluso sentirse perdida. Y bueno, tendría sentido esa actitud con Sam, culpándola de meter a una tipa como Hemsley en mitad de sus vidas. A fin de cuentas, si esa señora había irrumpido así en sus vidas era sólo y exclusivamente por lo que Sam podía llegar a saber—y sabía—de Thaddeus Allistar. Nada más.

Pero Sam no dijo más, sino que se separó de la puerta y caminó de nuevo hacia la cocina para seguir revolviendo la salsa, pues por mucho que la bajes del fuego, como no remuevas aquello se quema igual. La verdad es que la entristecía y le preocupaba, a partes iguales, la actitud de Gwen. Sam estaba bastante convencida de que ella no había hecho nada malo y que el comportamiento de Gwen estaba rozando la línea del mal rollo. Es decir: ¿heridas que salen de la nada? ¿Murmurar cosas tan levemente que ni se entienda? ¿Llamar a Sam con el estúpido mote de 'Sammy'? ¿Ponerse seria y tajante por el tema de la lechuza? Algo le pasaba, algo muy fuerte. Y no, a Sam no le había pasado inadvertido el hecho de que el tema Hemsley estaba muy presente en todo.
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Gwendoline Edevane el Dom Nov 18, 2018 2:37 pm

Por gustar, claro que me gustaba la opción de dejar atrás la locura en que vivíamos sumergidas desde aquel fatídico diciembre de 2016, en que el mundo se había dado la vuelta y habíamos pasado a habitar una realidad alternativa en que el mal gobernaba sobre el mundo mágico, y en el cual repentinamente se permitían cosas como secuestros, torturas y asesinatos de gente, siempre y cuando la pureza de su sangre fuese la adecuada. Dejar todo eso atrás sería un sueño, sin lugar a dudas, y por pedir, pediría que no fueran solo seis meses; por pedir, pediría que fuese toda una vida. Que las cosas, al menos para nosotras, volvieran a ser como habían sido antes de aquel cambio de gobierno.
Mientras Sam lo comentaba, una sonrisa asomaba a mis labios, y una expresión soñadora asomaba a mis ojos. ¡Qué bonito, qué sencillo, sería simplemente alejarse de todo aquello! La opción fácil, dirían algunos. Para todos esos tenía una respuesta sencilla: Nunca han torturado a tu mejor amiga, ¿verdad? Ni han encerrado a tu madre por el mero hecho de ser diferente, ¿a que no? Seguro que tampoco has tenido que curar las heridas de otra de tus amigas, y tampoco has tenido que ver cómo una niña se te muere entre las manos, sin que puedas hacer nada para evitarlo. Resultaba muy fácil llamar cobardes a otros, pero muy difícil intentar entenderlos.

—Quizás algún día.—Dejé caer, y ni yo misma era consciente de hasta qué punto aquello podía hacerse realidad.—Pero no robes, ¿de acuerdo? No quiero tener que cargar en mi conciencia el peso de llevarte a reincidir en actos delictivos.—Comenté con una sonrisa burlona. Lo cierto es que Sam me ofrecía con cuentagotas la información de su tiempo como fugitiva, entiendo yo que porque le costaba hablar de ello. Aquella debía de ser una de las anécdotas de esa época, o más bien una confesión de lo que había tenido que hacer para sobrevivir. Y pese al tono cómico de su última afirmación, sabía que no estaba orgullosa de ello. Todas nosotras teníamos cosas de las que no nos sentíamos orgullosas.


***

Contemplé fijamente los ojos de mi reflejo que, como era evidente, permaneció en la misma posición que yo y, de alguna forma, también clavaba sus ojos en los míos. Tenía la respiración un tanto agitada. Pero todo estaba bien, ¿no? Lo que me había llevado al cuarto de baño había sido un leve mareo o algo similar. No podía ser otra cosa. Porque todo estaba bien conmigo. Nada iba mal.
Giré la llave del grifo y el agua empezó a brotar de éste. Puse ambas manos bajo el chorro, dejando que el cuenco que formaban se llenase de agua, y entonces me las llevé a la cara. Estaba bastante fría, dada la época del año en que vivíamos, pero sentirla sobre mi piel me hizo espabilar un poco. Estaba comportándome de forma extraña, y tenía que dejar de hacerlo. Todo iba bien.
Mientras me secaba con la toalla, escuché el sonido de alguien que llamaba a la puerta del baño. Di un respingo, apartándome la toalla de la cara, y miré por encima del hombro. Enseguida escuché la voz de Sam al otro lado de la puerta. Y la dejé hablar, en silencio, mientras contemplaba el suelo de forma pensativa, casi automática. En mi cabeza seguía repitiéndome una y otra vez la misma frase: Todo va bien. Sam siguió hablando, y cuando concluyó con aquella disculpa, tuve la certeza de que ella no tenía nada por lo que disculparse. Y aquello era extraño, porque si ella no tenía nada por lo que disculparse, eso significaba que la que debía disculparse era yo. ¿Y cómo iba a disculparme yo si todo iba bien? La única razón por la que tendría que disculparme era...

—...que no todo está bien.—Susurré, en un volumen inaudible para cualquiera que estuviera al otro lado de la puerta. Ese pensamiento provocó una punzada de dolor que pareció atravesarme el cráneo de lado a lado. Tan fuerte fue que contraje la cara en una expresión de dolor, cerrando los ojos, y me llevé ambas manos a ambos lados de la cabeza.

Me quedé unos instantes así, soportando como pude aquel dolor de cabeza, hasta que empezó a remitir. Todo está bien. Dejé caer ambos brazos a ambos lados del cuerpo, abrí los ojos, y me encaré con la puerta del baño. Finalmente, alargué la mano y así el pomo, haciéndolo girar. Al abrir la puerta, Sam ya no estaba allí. Salí del cuarto de baño y caminé de vuelta a la cocina, lugar en que encontré a mi amiga revolviendo suavemente la salsa. Caminé hacia ella, como si nada hubiera ocurrido, y tomé una cucharilla, la cual sumergí en la salsa para probarla. Soplé un poco antes de llevarme el líquido caliente a la boca. La paladeé un poco, y finalmente asentí con la cabeza.

—Esto ya está listo. Puedes apagar el fuego.—Señalé las verduras que había cortado Sam utilizando el aparato con forma de reloj de arena, y luego la salsa.—Ya solo hay que ponerlos ahí, darles unas vueltas para que la salsa los cubra bien, tapar y dejar reposar unos minutos. Después, cuando los sirvamos, podemos ponerles un poco de queso rayado encima. Y listo.—Sonreí ampliamente, alzando entonces la mirada para encontrarme con la de Sam.

Y… bueno, digamos que esa expresión que compara el rostro humano con un poema, nunca fue tan adecuada para describir una cara. En este caso, la cara de Sam, que me miraba de la misma manera que miraría a un alienígena que acabase de aterrizar con su nave espacial delante de su puerta y que hubiera entrado hasta la cocina a servirse un vaso de zumo o algo parecido.
Fruncí el ceño, mirando extrañada a Sam. Finalmente, opté por soltar una leve carcajada, y tuve que preguntarle al respecto.

—¿Qué ocurre, Sam? No me mires así.—Di un par de pasos, acercándome a ella, y alargué una mano para apartar un mechón de pelo de delante de su rostro, pasando éste por detrás de su oreja. La miré a los ojos, muy cerca, tan cerca que casi podría besarla, y sonreí.—Lo siento, ¿vale? Simplemente, me encontraba un poco mal. Me he mareado antes. Pero todo está bien.—Deposité mi mano suavemente en su mejilla, mirándola a los ojos.—Todo está bien, te lo prometo. No has hecho nada malo, y yo no te estoy manteniendo al margen de nada. Todo está bien.—Repetía aquellas tres palabras con vehemencia, casi como si intentara convencerme a mí misma más que a ella.

Y, en un intento por dejar claro aquello, besé a Sam. No en los labios, ni mucho menos, sino en una mejilla. Acto seguido la rodeé con mis brazos. Sin embargo, cualquiera podía ver que había algo mecánico en mi forma de moverme, casi como si lo hiciese luchando contra un impulso que me pedía hacer justo lo contrario.
Y es que, por mucho que dijera que todo estaba bien… no todo estaba bien.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Mar Nov 20, 2018 3:21 am

Solía ser orgullosa, pero para cosas tan nimias como para aceptar la derrota en el Monopoly. ¿Pero en la vida real, con sus amigas y seres queridos? Quizás con Caroline había desarrollado cierto orgullo por las muchas discusiones a lo largo de los años, pero sólo le duraba durante el furor de la batalla, ¿pero con Gwen, o con su familia? La verdad es que era de esas personas que prefería tragarse todo lo posible y pedir perdón, aunque la culpa no fuese de ella. Habían personas en su vida que, de verdad, le dolían que estuviesen enfadadas o molestas con ella o, pero todavía, decepcionadas. Y ahora mismo era uno de esos momentos, ya que Gwen claramente le estaba demostrando que algo iba mal y, ante su silencio, lo único que podía pensar Sam es que era algo relacionado con ella. Y no lo entendía, ¿por qué no se lo decía y lo hablaban?

Había ido a la puerta del baño, le había dicho las cosas claras y Gwen había salido como si nada hubiera pasado, haciéndole prácticamente el vacío y haciéndole más caso a la dichosa salsa. Mira tú, que le estaba cogiendo manía hasta a la salsa. La miró con cierta indignación, sin saber qué narices le pasaba y, a decir verdad, le estaba preocupando mucho esa situación. Le preocupaba tanto que le estaba molestando tanta sonrisa falsa y tanta insistencia en que todo estaba bien: ¿en serio se creía que iba a poder mentir a Sam con tanta facilidad? Si realmente quería conseguir ocultarle algo a su amiga iba a tener que acogerse a la misma mierda que se acogió Sam hace dos años: alejarse, alejarse y dejarla de lado, como si no hubiera nada entre ellas. Porque de otra manera estaba claro que una amiga como era Gwen iba a descubrirlo todo. Y claro, al pensar eso se preocupó: Sam había optado por lo fácil porque nunca se le dio bien mentir y Gwen podía leer cada una de sus facciones, pero ella lo estaba haciendo, en su cara. Y ella debía de saber que no lo estaba consiguiendo, ¿y si simplemente es que no podía decir nada?

Y la paranoia volvió cuando Gwen se giró hacia ella, diciéndole que no le mirase así. —¿Y cómo quieres que te mire? Me da igual lo que digas, estás rara y algo no está bien… —Le respondió justo antes de que se acercase a ella, tan cerca y le colocase el mechón de pelo por detrás de la oreja. Le parecía tan falso todo lo que le decía, que ni sonrió pese al optimismo que de repente parecía reflejarse en sus ojos, o la promesa de que Sam no tenía nada que ver. Besó a Sam en la mejilla y la abrazó, a lo que Sam le correspondió, sin muchos ánimos. Aquel abrazo no era un abrazo de una Gwen que estuviese bien. Sin ganas de insistir en un tema que Gwen no iba a compartir y tampoco quería hacer drama después de que su amiga hubiera ido a hacerle de comer, decidió ignorar el tema y el ‘todo está bien’ que se había empeñado a repetir tanto. —Voy a preparar la mesa —dijo después de separarse del abrazo, con una frialdad poco común en ella que disimuló al mirar el reloj de su muñeca. —Caroline tiene que estar al llegar.

Cuarenta y cinco minutos después

Había preparado la mesa del comedor para las tres y, prácticamente cuando estaban sirviendo el queso rallado por encima de la comida, apareció Caroline en mitad del salón, sorprendiéndose tanto como Sam al ver a Gwen. Habían hablado un poco mientras comían, pero al final terminaron prestando más atención a los dos episodios de Friends que estaban puesto en la televisión, justo por donde iba Sam, pues se la estaba viendo otra vez. Como es evidente, Sam prestó cero atención a la trama del episodio, pues parecía que estaba en otro mundo, absorta en una apatía impropia. Sin embargo, estaba pensando en lo que podría estar detrás del falso comportamiento de Gwen, enfadada por la falta repentina de confianza.

Cuando terminó el segundo capítulo y Sam vio que ya todas habían terminado de comerse el postre—un yogur con alguna pieza de fruta—, se levantó de su silla para organizar los platos uno sobre otros y llevarlos a la cocina. Sobre ellos estaban los envases del yogur y la cáscara de la fruta, por lo que tras separar los platos, tiró el resto a la basura que estaba debajo del fregadero. Estaba en su mundo, totalmente distraída, por lo que en vez de tirar el envase del yogur a la papelera y poner la cuchara en el fregadero, tiró a la basura la cuchara y tiró el envase al fregadero. Maldijo por lo bajo cuando se dio cuenta y se agachó hacia la papelera en busca de la cucharilla de las narices. Al verla de lejos metió la mano y, al sacarla, se dio cuenta de que se manchó los dedos con restos de cenizas. De manera totalmente inconsciente medio sacó la basura para ver qué era eso, ya que habían cambiado ayer la bolsa y nadie había quemado nada. Se quedó helada cuando entre cenizas vio un trozo de pergamino medio quemado en donde ponía la palabra Aoyama.

Gwen todavía estaba en el salón porque la norma, de toda la vida, era que quién cocinaba no recogía, por lo que Sam sacó un poco el cubo de basura y vio allí todas las cenizas de una carta, a excepción de unos pequeños trozos que si bien era imposible de reconstruir, en uno se podía distinguir la palabra -oyama, con una firma en kanjis japoneses.

‘No puede ser’ fue lo primero que pensó a lo que le vino a la cabeza. Se puso en pie y aprovechó que Caroline traía el resto de cosas a la cocina para preguntarle en voz baja si había recibido ella alguna noticia de Aoyama. Ante su negativa, no le dijo nada de las cenizas, no al menos todavía. Es decir: ¿cómo iba a decirle nada si es que ella todavía no entendía nada? Así que se agachó, cogió a Don Cerdito entre sus brazos como apoyo emocional y salió de la cocina, quedándose en mitad del salón. —Gwen —la llamó con tranquilidad, sintiendo que no estaba mirando a su amiga. —Gracias por la comida. —Se forzó a sonreír. —Me voy a echar una siesta, que me duele la cabeza.

Caroline se percató de que algo mal iba—y probablemente Gwen también—, pero fue la pelirroja quién se acercó a Sam a preguntarle si estaba bien. Se limitó a asentir, antes de meterse con Don Cerdito en su habitación y apoyarse en la puerta de espaldas después de poner el pestillo. Se le empañaron los ojos y dejó a su mascota en el suelo, antes de pasarse el dorso de la mano por los ojos. Caminó hacia su escritorio y se sentó, abriendo una libreta y cogiendo un bolígrafo: entonces empezó a escribir. Necesitaba organizar sus pensamientos y, sobre todo, no hablar con Gwen. Ahora mismo tenía un torrente de sentimientos en su interior y un lío mental que, por el bien de la relación, lo mejor era que no dijera nada al respecto. Pero había una cosa clara: Gwen había recibido a la lechuza de Sam y la carta que había llegado estaba quemada. Ahora tenía sentido su comportamiento al hablar de la lechuza.

La única pregunta era: ¿por qué? ¿Por qué había quemado la carta de Aoyama? ¿¡Por qué!? Y lo peor de todo es que Sam casi la tenía, pero no quería aceptarla.
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Gwendoline Edevane el Mar Nov 20, 2018 4:42 pm

Dentro de lo extraño de aquella situación, la comida transcurrió de una manera relativamente normal.
Caroline se apareció en medio del salón cuando ya estábamos poniendo la mesa. La recibí con una sonrisa neutra, una sonrisa que no era la habitual en mí, una mala imitación. Sin embargo, la pelirroja no pareció notar absolutamente nada extraño en mí.
Durante la comida en sí, se intercambiaron comentarios, los cuales fueron joviales en gran parte gracias a la presencia de Caroline. Sam estaba extraña, y yo estaba extraña, y si sonreíamos e intercambiábamos comentarios insulsos sobre el método de preparación de aquella receta, o sobre cualquier otro asunto banal, simplemente fue por aparentar una normalidad que evidentemente no existía entre nosotras.
Una parte de mí—la parte dominante en aquellos momentos—se esforzaba por evitar todo aquello; la otra parte—débil, enredada en una telaraña que no la permitía moverse—se alegraba de que aquello fuera así. ¿Y por qué? Pues porque se sentía atrapada, porque era prisionera de su propio cuerpo, y cuanto más extraño fuese todo, más rápido se darían cuenta mis amigas de que algo no iba bien.
Pronto, la conversación fue sustituida por episodios de la serie de televisión Friends. Yo miraba el televisor sin verlo, llevándome bocados de comida de forma automática a la boca. Tan absorta estaba en mí misma que no puedo decir exactamente en qué momento se conviritó la comida en postre, así como cuando me terminé este. De alguna manera, me encontré en un momento comiendo aquel plato de pasta vegetal, y al siguiente contemplando los restos de un yogur y una manzana, tal era mi estado de ausencia.
Los créditos finales del episodio hicieron acto de presencia, y yo miré hacia el televisor con un vago interés. Entonces Sam se levantó para recoger los platos y restos de la comida. En otras circunstancias, habría protestado y exigido echar una mano, pero aquel día no.
Aquel día permanecí allí, con la mirada ausente y una expresión neutra en el rostro.
En un momento dado, Caroline se unió a Sam en la cocina, y yo me quedé en el salón con el televisor por toda compañía. Bueno, con el televisor, y con el gato, que no hacía más que mirarme con desconfianza, a una distancia prudencial. Como si fuera a saltar hacia él en cualquier momento y arrancarle la cabeza de un mordisco. Mantuve una especie de duelo de miradas con el animal, que tras algunos segundos manteniendo la suya fija en la mía, optó por proferir un desagradable maullido seguido de un bufido. Concluyó su comportamiento pasivo-agresivo alejándose del salón, rumbo al cuarto de Sam.
La voz de Sam llamó mi atención cuando pronunció mi nombre. La miré, esbozando una leve sonrisa, y mi amiga, que tenía en brazos a su cerdito, me agradeció la comida. Acto seguido se excusó, diciendo que le dolía la cabeza y que iba a echarse una siesta. La sonrisa leve desapareció, dejando paso a una expresión neutral.
Abrí la boca para preguntarle si estaba bien, pero Caroline se me adelantó. Sam asintió con la cabeza y, sin más, se encaminó hacia su habitación.

—Espero que se te pase el...—Antes de terminar mi frase, la puerta del cuarto de Sam ya se había cerrado. La boca se me quedó abierta a media frase. Y es que aquello no era precisamente un indicativo de que todo estaba bien.

Así que Caroline y yo nos quedamos allí, en el salón, en medio de uno de esos silencios incómodos. Lenteja era nuestra única compañía. La perrita, sentada en el suelo, miraba a Caroline con ojos interesados. Casi parecía decir: ‘Humana, sé que tienes un montón de comida por ahí escondida. Empieza a soltar, o empiezo a saltar.’
Casi como si la hubiese ordenado mentalmente que lo hiciera, la perrita empezó a dar saltos, apoyando sus patas en el muslo de Caroline.
Observé este comportamiento de Lenteja, tan simple y tan despreocupado, durante al menos medio minuto. Entonces, casi como salida de la nada, una frase brotó de mis labios. Mi mirada buscó la de Caroline.

—Debo irme.—Anuncié, poniéndome en pie con rapidez y acercándome a Caroline para darle un suave beso en la mejilla.—Dile a Sam que espero que se recupere.—Dije con una forzada sonrisa. En otras circunstancias, yo misma había ido a su habitación a manifestar aquellos deseos.—Hasta mañana.

Y, sin dar demasiada opción a Caroline para responderme, me encaminé al punto de la casa en que podía desaparecerme, y así lo hice. Si para entonces la pelirroja no había notado nada raro en mí, aquello debía ser la confirmación total de que algo malo estaba pasando conmigo.


Vivienda de Gwendoline Edevane
Unas horas más tarde.

Artemis estaba muy enfadada. Furiosa, de hecho. La actuación de Gwendoline Edevane, su muñequita generalmente obediente, había dejado mucho que desear. Y es que tal vez la pequeña Alice no se había percatado, pero cuando examinó su mente por medio del uso de la legeremancia, a Hemsley no le pasaron por alto las reacciones de las otras dos.

¡Lo que has hecho es inaceptable, Alice!Gritó Artemis, segundos después de salir de la mente de Gwendoline, para acto seguido cruzarle la cara a la desmemorizadora con una sonora bofetada del revés. Tan fuerte la golpeó que la hizo retroceder algunos pasos, hasta el punto que sus pies se enredaron y terminó cayendo sentada en el sofá, Se sostenía la mejilla golpeada con la mano derecha.Una y otra vez pones a prueba mi paciencia. ¿Quieres que te convierta en una muñeca de verdad? Porque solo tengo que pasar dentro de esa cabecita rebelde tuya el tiempo suficiente, y te puedo privar de todo lo que eres...

Gwendoline sabía que era cierto. Gwendoline sabía que Artemis Hemsley podía hacer aquello si quería. Y le daba miedo: no era lo bastante fuerte para resistir su influencia, ¿cómo iba a serlo para evitar algo así? A pesar del estado de sumisión en que se encontraba, de sus ojos empezaron a brotar lágrimas de pura tristeza. No quería desaparecer. No quería que Hemsley destruyera todo lo que era.

La mortífaga, lejos de conmoverse por aquella reacción, se relamió y dibujó en sus labios una sonrisa lupina. El dolor y sufrimiento de Gwendoline casi compensaban el hecho de que su plan estuviera en peligro.

Bien. Repasemos lo que sabemos. Cuéntame lo que decía en la carta.Dijo Artemis, al tiempo que jugueteaba con su varita entre los dedos.

Gwendoline así lo hizo: le contó que Aoyama se había puesto en contacto con Caroline Shepard para informarla del pedido que había fabricado para Agathos Smith. En la carta se detallaba que Shinji Aoyama había forjado un anillo muy especial, conocido como Oniringu. El maestro armero mágico continuaba explicando que el anillo en cuestión tenía la capacidad de aumentar los poderes mágicos de su poseedor, de tal manera que no necesitaría del uso de una varita ni siquiera para la conjuración de hechizos del más alto nivel.

Artemis seguía sonriendo, y haciendo gala de un ego desmesurado, mostró el anillo en su dedo anular.

Aoyama es un rata traicionera. Pero… ¿sabes? Da igual.Dijo Artemis con voz cantarina. Seguía jugueteando con su varita entre ambos dedos. De repente, sostuvo un extremo con cada una de sus manos y la rompió en dos pedazos. Arrojó ambos al suelo.Ya nunca más tendré que verme limitada por una varita, ni tendré que temer perderla.Cerró el puño derecho, mano en la que llevaba el anillo, y apuntó con este a los dos pedazos de su varita. Estos empezaron a levitar y, cuando se encontraban a la altura de los ojos de Gwendoline, estallaron en llamas, quedando reducidos a cenizas en cuestión de segundos.Ahora, soy más poderosa de lo que jamás os habéis podido imaginar tú y tus amiguitas, Alice...Y dicho aquello, Artemis rió.

Para demostrar a Gwendoline que así era, la mortífaga apuntó su puño cerrado hacia ella, y enseguida sucedió: Hemsley entró en su mente y le provocó uno de esos terribles dolores de cabeza que hicieron postrarse a la desmemorizadora en el sofá. Se sujetaba ambos lados de la cabeza con las manos mientras chillaba de dolor. Hemsley, mientras tanto, parecía una directora de orquesta disfrutando de la música que su banda tocaba. De haber tenido una batuta en su mano izquierda, habría sido la viva imagen.

¿Cuánto tiempo sufrió Gwendoline? Bastante, a decir verdad. Artemis quiso tomárselo con calma, hacer que cada segundo fuese una tortura insoportable. El único motivo por el que paró fue porque se haber seguido la habría matado, y todavía tenía planes para ella.

La próxima vez que nos veamos, tendrás que darme información sobre Allistar.Susurró en su oído, mientras la desmemorizadora jadeaba en el sofá, todavía sintiendo el dolor de aquel invasivo ataque.De lo contrario, no voy a parar hasta que mueras. Y mientras tu cadáver se enfría, iré a hacer una visita a tu querida Sammy, y le sacaré las respuestas. De una manera o de otra.Concluyó con una sonrisa pérfida, para acto seguido depositar un beso en la mejilla de Gwendoline y desaparecerse.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Nov 21, 2018 2:49 am

Esa tarde no había terminado nada bien.

Ya caída la noche Caroline tocó en la puerta de la habitación de Sam y, tras abrir con magia con el permiso de la legeremante, se la encontró medio-acostada en su escritorio, sobre todos los papeles que tenía en ella. Había intentando buscar la manera de que todo no cuadrara, pero es que todo era tan evidente que le dolía reconocerlo. ¿Acaso no era obvio que había sido Gwen quién había entrado en su casa a robar el espejo? ¿Quién si no tendría la información necesaria no solo para saber cuándo entrar, al no haber nadie, sino también yendo directamente a donde se supone que iba a estar? ¿Acaso no era obvio, después de haber visto su herida en el mismo sitio en donde Sam hirió a la enmascarada ‘desconocida’? Luego que la llamase Sammy y que hubiese quemado la carta de Aoyama… Habían sido tres claras evidencias en toda su cara de que Gwendoline estaba cooperando con Artemis Hemsley. Indirecta o directamente. Por miedo o presión. Por... ¡por lo que fuese! Primero le ayudaba a recuperar una pertenencia, luego se le pegaba una forma de hablar y, por último, perdía la evidencia de cualquier tipo de información que pudieran conseguir de Aoyama.

Y lo peor de todo es que haciendo memoria, no tenía sentido. Gwen no recordaba haber hecho lo que hizo y… puede que hoy hubiera tenido un desempeño pésimo con su experimentada habilidad para mentir, pero aquel día no mentía y Sam estaba segura de eso. Y claro, llegar a la conclusión de que tu amiga estaba siendo controlada no era en absoluto agradable.

Entonces Caroline le preguntó que qué pasaba, que su cara hablaba por sí sola. Y fue cuando empezó a explicarle todo. La relación entre la enmascarada y Gwen, el estúpido mote de Sammy que jamás en la vida nadie le había dicho a excepción de Artemis y, por último, que Gwen había recibido la carta de Aoyama en la ausencia de ambas y la había quemado, sin dar opción a saber qué decía. Como es evidente, Caroline le refutó todo, pero Sam tenía explicaciones para demostrar que Gwen, desgraciadamente, tenía todas las de estar colaborando con Grulla. Se pegaron horas hablando del tema, en donde Caroline insistía en que no podía ser, mientras Sam intentaba creer lo que decía. Al final, llegaron a una conclusión: si la teoría de Sam era cierta, Gwen respondería a lo que Grulla iba a querer y para lo único por lo que se habían metido en sus vidas: Thaddeus Allistar.


14 de noviembre del 2018
Museo de Historia Natural, 12:00 horas


florecilla del desierto
-
Gwen.

Thaddeus Allistar ha contactado conmigo y me ha dicho de quedar. Al parecer es urgente. Hemos quedado en el Museo de Historia Natural, a las doce.

Sé que estás trabajando, pero quería que lo supieras, por si acaso. No te preocupes por nada. Confío plenamente en él. Te avisaré desde que termine el encuentro, ¿vale?

Te quiero pig



Miró durante unos segundos el móvil y... lo bloqueó, sin intención de volver a mirar nada hasta llegar casa. Hacía como una semana que no había visto a Gwen y se había limitado a hablar con ella por WhatsApp. Todo le señalaba a que no confiase en ella y, sinceramente, eso le estaba arañando por dentro. Esa mañana no había recibido noticia de Thaddeus Allistar, por lo que mucho menos habían quedado ese día en el Museo de Historia Natural. Sin embargo, Sam aprovechó ese momento para asegurarse de su teoría. Si Gwen estaba colaborando con Artemis Hemsley, aquello sería el detonante.

Se apareció, vestida con ropa sencilla y su mochila habitual, cerca del Museo de Historia Natural. Era gratis, algo primordial para la tapadera de que dos fugitivos quedasen ahí, teniendo en cuenta las dificultades para conseguir dinero que solían tener. El caso es que Sam no se fue muy lejos a la hora establecida, sino que sobre las menos cinco se encontraba en la zona de los dinosaurios, que era la primera zona habilitada a mano derecha, nada más entrar. Se podía ver perfectamente toda esa zona desde la entrada. Era uno de los Museos favoritos de Samantha, ya que nada más entrar te encontrabas con un enorme esqueleto de un diplodocus, ¿o un brachiosaurus? No estaba segura, pues siempre los confundía. Sam, como siempre, se dirigió a la zona de los herbívoros—pues se sentía identificada con eso de comer plantas—, leyendo sobre el Pachycephalosaurus, su dinosaurio favorito. Y tú dirás: ¿por qué es su favorito? Pues porque parecía muy tontito y Sam siempre adoraba las cosas que parecían tontitas.

Pero vamos, por mucho que estuviese ‘intentando pasar desapercibida’ leyendo a un dinosaurio tontito, estaba siendo muy consciente de todo lo que pasaba a su alrededor. Era miércoles y, por tanto, aquello estaba muy vacío en comparación a los fines de semana. Así que cualquier persona fuera de lo común sería muy fácil de identificar y más todavía si alguien venía a espiarte, pues, como digo, aquello tenía las personas justas y cada uno iba a su rollo.

Y tenía un poco de miedo porque… quizás no había pensado del todo bien la estrategia pero: ¿y si en vez de venir Gwen—si venía, porque esperaba que no—venía Artemis? ¿Y si directamente se chivaba y quién aparecía a observarlo todo era Hemsley? Y claro, se asustó, porque quizás no había sido bien ejecutada aquella trampa. Aún así, esperaba que haber avisado a Gwen con solo quince minutos de antelación fuese suficiente como para que, si de verdad había algo mal en todo esto, tuviera que actuar con presteza y sin pensar demasiado. Sinceramente, esperaba que no apareciese, nunca, así podría llegar a la conclusión de que estaba equivocada y nada más.
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Gwendoline Edevane el Miér Nov 21, 2018 3:13 pm

Miércoles 14 de noviembre de 2018
Departamento de Accidentes y Catástrofes, Ministerio de Magia Británico

Aquella reunión de personal de la oficina de desmemorizadores empezaba a hacerse eterna. Y lo que era peor: se me estaba levantando un dolor de cabeza que amenazaba con acompañarme el resto del día.
Reuniones como aquella me hacían desear no haber aceptado nunca el ascenso que venía con aquella medalla. En su momento me había parecido que no cabía otra opción, que tenía que aceptarlo para no despertar sospechas. Después de todo, ¿quién rechaza un ascenso, con su consiguiente aumento de sueldo, después de combatir a un grupo de fugitivos radicales que intentaba asesinar a la Ministra de Magia? Nadie en su sano juicio, desde luego. Aquello debía ser llevado con honor, y de haberme sido concedido cuando Milkovich estaba en el poder, seguramente así lo habría considerado.
¿Pero qué clase de honor había en aquello? Una reunión que parecía no tener fin. Dos de los desmemorizadores más nuevos, Garrison y Hustler, discutían sobre cómo proceder en un caso de magia accidental, y pese a que los protocolos estaban muy claros, parecía que cada uno tenía una opinión distinta. Al principio, yo les prestaba atención, pero llegados a aquel punto, había dejado de escuchar. Con los ojos cerrados, mientras los dos dememorizadores discutían acaloradamente, me frotaba las sienes para combatir aquel dolor de cabeza incipiente.

—¡Silencio, por favor!—Dije, alzando la voz, cuando aquella discusión alcanzó un punto absurdo. Ambos callaron y se quedaron mirándome.—El asunto es muy simple: se ha utilizado magia de manera imprudente en pleno Tower Bridge, y debemos ponerle remedio.—Miré a Garrison, que ocupaba la silla de la izquierda, desde mi punto de vista.—Su labor consistía en interrogar a los testigos y tomar notas, ¿verdad?—Garrison asintió con la cabeza, tragando saliva.—¿Lo hizo?—Pregunté, como si lo evidente fuera que sí, que estuviera hecho.

—Ha habido una serie de problemas a la hora de identificar a los testigos...—Aventuró a decir Garrison, a lo cual sentí deseos de hacer rodar mis ojos. Sin embargo, me tuve que recordar a mí misma que todos habíamos sido nuevos alguna vez.

—¿Qué problemas ha tenido?—Pregunté en tono neutral, sin pretender sonar amenazante ni mucho menos.

—El tiempo de reacción no ha sido el más optimo y muchos de los testigos se marcharon de la escena del suceso.—Respondió Garrison con voz temblorosa, casi como si temiera hacerme enfadar o algo. Ni que yo alguna vez me hubiera enfadado con nadie…

—Está bien. Hustler.—El segundo hombre me miró con interés desde su silla al lado derecho.—¿Cuál fue el incidente en cuestión que presenciaron los muggles?—Pregunté, con calma.

—Los testigos afirman haber visto aparecer dos objetos voladores no identificados en una especie de persecución aérea sobre el puente. Nuestras fuentes nos han informado de que se trataba de dos magos pilotando escobas. Algunos han tomado fotografías y vídeos, pero en dichas imágenes no se aprecia gran cosa.—Informó Hustler, mucho más profesional que su compañero.

—¿Ha conseguido hacerse con alguna de las imágenes?—Hustler asintió, sacando de su bolsillo un teléfono móvil confiscado. Alargué la mano para tomarlo, y reproduje las imágenes en cuestión: un vídeo borroso, dos puntos moviéndose en el aire. Por lo visto, estaban lo bastante lejos como para no ser reconocidos como lo que eran: humanos surcando el aire a lomos de escobas.—De acuerdo, no se ve nada.—Concluí. Ambos me observaron, expectantes.—Algunas de estas imágenes aparecerán en Internet, y a no ser que alguien haya logrado tomar imágenes más claras y más cercanas, serán clasificadas de vídeos de OVNI’s, por lo que no será necesario hacer nada al respecto. Sin embargo, hay que localizar a los testigos que aseguran haber visto las escobas, y modificarles la memoria. Vayan juntos y háganlo.—Dije, con voz clara y autoritaria.

Mi teléfono móvil vibró sobre el escritorio, y si bien en primera instancia lo ignoré, las tres siguientes veces que lo hizo, no pude hacer lo mismo. Eché la mano suavemente hacia él, mientras Garrison hablaba.

—Pero hay una serie de informes atrasados...—Empezó a decir, pero le corté de inmediato.

—Que Howll se encargue de eso. Ustedes hagan lo que tengan que hacer.—Tomé el teléfono móvil y vi que se trataba de mensajes de Whatsapp de Sam. En cuanto leí el contenido de estos… algo cambió en mí. Me quedé con una mirada ausente, neutra, recordando aquellas palabras de Artemis Hemsley: La próxima vez que nos veamos, tendrás que darme información sobre Allistar. De lo contrario, no voy a parar hasta que mueras. Y mientras tu cadáver se enfría, iré a hacer una visita a tu querida Sammy, y le sacaré las respuestas. De una manera o de otra. Con aquello en mente, levanté la mirada del móvil.—La reunión ha concluído. Les sugiero que se pongan manos a la obra con su trabajo.—Y, dicho aquello, me levanté para recoger mis cosas y salir de allí.


***

Para cuando Gwendoline abandonó el edificio del Ministerio de Magia, ya no era Gwendoline; la auténtica estaba dormida, quizás soñando todavía con su trabajo. Lo que caminaba por las calles era la marioneta de Artemis Hemsley, enfundada en la piel de Gwendoline Edevane, dispuesta a cumplir la misión encomendada por su maestra.

Se encaminó a través de las calles al callejón favorito de la desmemorizadora, que utilizaba para sus desapariciones y apariciones. Caminó hacia el fondo de éste, sacando la varita para conjurar un torrente ventoso a su alrededor. La basura que alfombraba el suelo del callejón—papeles, hojas de árbol, envoltorios de comida—formaron una especie de cortina por delante de ella, de tal manera que si alguien echaba un vistazo dentro del callejón, tendría muy difícil percatarse de que allí había una mujer y que, momentos después, había desaparecido.

Museo de Historia Natural
Poco después de las 12:00 A.M.

No era la primera vez que Gwendoline estaba en el Museo, por lo que ya se conocía bastante bien el edificio. Había acompañado alguna que otra vez a Kyle Beckett—a quien Hemsley tenía pensado echar el guante, entre otros, cuando hubiera terminado con Lehmann—y a sus hermanos, años atrás, cuando ejercía la labor de canguro de éstos. No era una sorpresa que conociese también los baños de mujeres de aquel lugar. Valiéndose de aquella información, la marioneta de Hemsley se apareció en pleno cuarto de baño.

Había una mujer allí, mirándose en el espejo. La muggle presenció el momento de la aparición, y se dio la vuelta aterrorizada. La marioneta alzó la varita y apuntó a su frente.

Obliviate.Pronunció casi en un susurro. La punta de la varita se iluminó, y la sorpresa y el miedo abandonaron el rostro de la mujer para dejar paso a una momentánea confusión. Sin darle tiempo a darse cuenta de su presencia, la marioneta de Grulla abandonó los cuartos de baño.

Los baños se encontraban cerca de la entrada del museo, motivo por el cual los había escogido la marioneta: de esa manera, resultaba menos sospechoso que hubiera surgido de la nada en el museo. Con la varita guardada en la manga de su abrigo, la marioneta se subió la bufanda hasta cubrir la mitad inferior del rostro.

Hecho aquello, la marioneta vestida de Gwendoline Edevane se internó en el museo, en busca de Samantha Lehmann y Thaddeus Allistar. ¿Su primer objetivo? La exposición de huesos de dinosaurios.

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Sam J. Lehmann el Jue Nov 22, 2018 2:55 am

El pachycephalosaurus, no sé si lo sabías, pero era la única especie de dinosaurio marginocéfalo paquicefalosaurínido que vivió a finales del período Cretácico, en el Maastrichtiense, que es lo que conocemos ahora como Norteamérica. Y sí, Sam estaba leyendo la información de aquel dinosaurio con propensión a golpearlo todo con la cabeza por pura curiosidad. La verdad es que Sam sostenía firmemente que su extinción se debía a que todos se habían quedados retrasados perdidos después de tantos golpes con la cabeza y al final uno no sabía con quién reproducirse.

Pero bueno, no olvidemos que Sam no estaba allí para leer curiosidades sobre los dinosaurios de la época Mesozoica, sino para ‘quedar’ en teoría con Thaddeus Allistar. No había bajado la guardia en ningún momento y cada vez que veía que alguna persona se adentraba en aquella zona—una de las más interesantes de todo el museo, seamos sinceros—intentaba observarla a través de los cristales y espejos, nunca de manera directa. Viniese quién viniese, quería asegurarse de ser muy precavida en cuanto a que se diesen cuenta de que estaba vigilando. Podía ser lógico que una fugitiva estuviese alerta todo el rato, pero si algo malo iba a pasar quería quedar como la 'tontita rubia' de la que mucha gente se creía que se trataba.

Continuó caminando por toda la exposición de huesos, leyendo y examinando, a la par que su mirada se veía activa entre todas las personas allí dentro, en cada esquina. De vez en cuando observaba con genuina curiosidad los esqueletos colgantes del techo, aprovechando para echar una ojeada global. Cada vez que veía que entraba una persona morena le daba un mini-infarto, pero intentaba mantener la compostura y los evidentes nervios.

No fue hasta unos minutos después que la vio de reojo, notando como sus pulsaciones se ponían a mil. Ni siquiera se había dado cuenta de que había llegado, sino que se dio cuenta un ratito después, cuando su mirada se encontró con una Gwen intentando pasar desapercibida mientras observaba de espaldas los restos de huesos de un coritosaurio. Con los aburridos que eran los coritosaurios, nadie miraría eso con interés real. Y… lo siento, pero no. Sam tenía muy en la cabeza la forma, la figura y todo de Gwen como para que, simplemente poniéndose de espaldas, ésta no la pudiera reconocer. La reconocería en cualquier lugar y no tenía dudas de ello.

Volvió a girarse, sin prestar atención a ningún detalle del estegosaurio que tenía delante. El rostro de la legeremante se tornó mucho más serio, táctico y soltó aire con paciencia, intentando interiorizarlo todo. A decir verdad, hubiera preferido mil veces que apareciese Grulla más que tener que lidiar con una traición a manos de su mejor amiga. Aún no concebía como es que podía estar haciendo aquello, porque si hubiera venido a ayudar, ¿qué narices hacía escondiéndose de Sam?

Así que empezó con el paripé: cogió el móvil y fingió hablar con alguien por WhatsApp. Siendo Gwen podría esperar que hablase con ella para informarle de cómo iba la cosa, pero no pasó eso. Tampoco habló con Caroline. Quizás lo lógico era pensar que estaba comunicándose con Thaddeus Allistar para especificar en donde encontrarse dentro de aquel enorme castillo. Es por eso que, cuando fingió haber estado un ratito intercambiando mensajes, se guardó el móvil y, aparentemente distraída, salió de la zona de los dinosaurios para dirigirse por los pasillos principales a la zona de fauna marina. Utilizó las grandes vidrieras—y algún que otro espejo—para intentar ver si Gwen le estaba siguiendo, así como en las esquinas, intentando echar un vistazo de reojo a todo lo que le perseguía. Su paso era bastante rápido, como si todo lo que estuviese de camino a la zona de fauna marina no le importase en absoluto; como si alguien le estuviese esperando en otro lado.

Una vez llegó, intentó mantenerse oculta detrás de las muchas réplicas de animales que había, intentando mantener la mirada—de reojo—en la entrada por la que ella había entrado para ver si Gwen aparecía. El único problema es que ahora mismo le estaban entrando unas ganas inhumanas de ir hacia Gwen y pedirle explicaciones reales de qué estaba haciendo, preguntarle directamente que por qué narices estaba haciendo eso. Pero la verdad es que tenía un poco de miedo. Tenía miedo de que en algún momento pudiera enfrentarla y con una sinceridad desbordante le dijera algo a la cara que no quisiera oír.

Y... ahí apareció Gwen, disimuladamente. Sam apartó la mirada rápidamente, caminando por la zona, de espaldas a ella. Sólo tenía dos opciones: o fingir que no se había dado cuenta y llegar un momento en el que tendría que irse porque Thaddeus no iba a aparecer, o ir a dónde ella y enfrentarse a la realidad.
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Gwendoline Edevane el Jue Nov 22, 2018 2:38 pm

En el momento en que la marioneta de Hemsley puso un pie en la exposición de dinosaurios y se vio rodeada por los esqueletos de los gigantes muertos millones de años atrás, comenzó una suerte de juego del gato y el ratón en el cual no estaba claro cuál de las dos brujas era el gato y cuál el ratón. Y es que, sin percatarse de que la una había advertido la presencia de la otra y viceversa, comenzaron a perseguirse.

A juicio de la marioneta de Hemsley, la perseguida parecía Lehmann: era quien iba delante, quien daba el primer paso, aparentemente ajena a la presencia de la aquella que residía dentro la piel de su amiga. La marioneta de Hemsley se movía tras ella, acechándola, fingiendo ser una visitante más del museo. Cuando Lehmann se detenía, ella se detenía y fingía leer la inscripción de alguna de las placas que, sinceramente, en aquellos momentos no le importaban lo más mínimo. De reojo, observaba a la bruja sangre sucia, esperando su movimiento. Y cuando lo hacía, no tardaba ni dos segundos en seguirla a una distancia prudencial.

Si Hemsley hubiera programado a su títere para ser un poco más observadora—o si hubiera dejado intactas algunas de las valiosas habilidades de la propia Gwendoline, observadora por naturaleza—, ésta se habría percatado que los espejos, cristales y otras superficies reflectantes delataban su posición, y que Lehmann las estaba utilizando en su beneficio. Sin embargo, la marioneta era imperfecta, y pasó por alto este hecho. De esa manera se conviritó en ratón cuando creía ser gato.

En un momento dado, Lehmann tomó su teléfono móvil, y la marioneta interpretó aquello como una señal de que la legeremante no tenía a más mínima idea de que estaba siendo perseguida. Pasó algunos momentos trasteando con el teléfono, antes de volver a guardarlo, y siguió su camino.

La persecución llevó a ambas brujas a la exposición de fauna, y en este punto, la marioneta de Hemsley empezaba a perder la paciencia. Este era un rasgo propio de su maestra, no de la dueña original de aquel cuerpo. Vio a Lehmann desaparecer entre las reproducciones de animales allí expuestas, y en este momento tomó su teléfono móvil. Se aproximó a uno de los paneles laterales, que contenían información sobre el hábitat y las costumbres de ciertos animales de climas cálidos, y sacó el teléfono móvil de Gwendoline. Abrió la aplicación de Whatsapp, a continuación el chat con la sangre sucia, y pulsó el icono del micrófono. Se acercó el teléfono a la boca y habló.

—Hola, Sam.—La voz era mecánica, casi robótica, muy diferente de la Gwendoline real.—Acabo de ver tus mensajes. Lo siento, tenía una reunión que se ha alargado demasiado. ¿Necesitas ayuda? ¿Estás ya con Allistar? Si quieres que te eche una mano, dime en qué parte del museo tenéis pensado reuniros y voy para allá.—Y dejó de pulsar el icono, enviando el mensaje de audio. Se quedó mirando la pantalla unos segundos, hasta que estuvo segura de que se había enviado correctamente, y entonces guardó el teléfono móvil en el bolsillo trasero de sus pantalones.

Por supuesto, aquella imitación había sido imperfecta. Cualquiera que conociese a Gwendoline notaría la diferencia: la falta de calidez en su voz, su tono mecánico, y la ausencia de un mensaje de despedida cariñoso. ¿Cuándo se había despedido Gwendoline Edevane de Samantha Lehmann sin demostrarle su afecto? Aquello era clave entre ellas. Por ese mismo motivo Samantha Lehmann había cortado toda comunicación con la desmemorizadora, dos años antes, al haber realizado el juramento inquebrantable con Sebastian Crowley: sabía que, si estaba cerca de ella, resultaría más que evidente que algo no iba bien. Desde hacía años, ambas compartían ese vínculo, ese que las hacía inseparables. Ese algo que no se había roto ni siquiera cuando se habían visto forzadas a separarse.

Artemis Hemsley jamás sería capaz de comprender aquello. Artemis Hemsley no sabía lo que era amar a una persona hasta el punto de estar dispuesta a morir por ella.
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Sam J. Lehmann el Vie Nov 23, 2018 3:56 am

Se asustó—debido a la tensión del momento—cuando notó a su móvil vibrar repentinamente. Se esperaba cualquier tipo de notificación, menos un audio de Gwen. ¿En serio? ¿Y todavía tenía la cara de mandarle un audio? Lo escuchó con atención pegado a la oreja, sintiendo un mal rollo por todo su cuerpo. Le parecía increíble que tuviese la frialdad de estar vigilándola en el mismo museo y tener la cara de mandarle un audio en el que se mostrase tranquila y servicial, dejando caer que estaba en el Ministerio de Magia, bien alejada. Lo peor de todo es que por lo que Sam siempre le contó a Gwen de Thaddeus Allistar, era obvio que no necesitaría nunca ninguna mano. La relación que habían tenido Sam y Thaddeus siempre fue terriblemente sana, con una amistad muy profesional y cariñosa, ¿una mano para qué? Y sí, ya, la reunión se alargó tanto que había terminado en el Museo de Historia Natural, ¿no? ¡Le estaba dando muchísima rabia! Cuando terminó de escuchar el audio, miró el móvil con cierta tirria, sin que el pobre aparato electrónico tuviera culpa de nada.

Es que de verdad, le recorría un sentimiento muy malo cada vez que Gwendoline le mentía. No la reconocía. Sentía que no era ella y que habían puesto a una usurpadora en su lugar, incapaz de llegarle ni un poquito a la suela del zapato. Cada vez que pensaba que era capaz de mentir sin pudor es que… le hervía la sangre. Y le daba mucha rabia como un tema así las había llevado a estar en esa situación. Así que cuando se tranquilizó—apenas nada—se llevó el micro del teléfono a la boca.

No hace falta que vengas. —Hizo una pausa, bastante seria. —Estoy bastante segura de que me ha dejado plantada. Quizás ha tenido algún contratiempo. Esperaré un poco más y me iré para casa… —Y dejó de apretar el botón.

Su tono también fue impersonal, totalmente neutro. Mira que la legeremancia le había dado ciertas técnicas para intentar que sus mentiras saliesen más naturales, pero es que en ese momento no tuvo ni las ganas de mentir y sonó tan molesta como lo que estaba. Por suerte, el contexto del audio podía dar a entender que estaba molesta con Thaddeus y no con Gwen. Nada más alejado de la realidad.

Y para ser sinceros: de repente se sentía incomodísima en aquel lugar. Que Gwen la tratase no solo como una más, sino que la tratase como una idiota, la verdad es que además de molestarla, le hacía sentir bastante mal. Ya no solo por la amistad que tenían, incuestionablemente buena—o eso era antes—, sino porque en ese preciso momento Sam también estaba con unos sentimientos que este tipo de comportamiento no hacían más que confundirla y apartarla.

Volvió a abrir el WhatsApp, moviéndose en aquel sitio, en mitad de todas aquellas réplicas de animales marinos, para mandarle otro audio a Gwendoline después de unos tres minutos.

Me voy a ir ya para casa, no ha venido. —Mintió, para entonces, sin fijarse de nuevo si Gwendoline la estaba vigilando desde la entrada, si por el contrario la vigilaba desde detrás de un narval o si simplemente seguía escondida en un rincón a la espera de información, empezar a caminar rápido en dirección contraria.

Ni se acordaba en donde estaba el baño más cercano, pero caminó hasta encontrarlo, metiéndose en el interior de uno de los retretes antes de desaparecerse rumbo a casa, sintiendo un escalofrío desagradable por todo el cuerpo. Todas sus mascotas fueron hasta ella para saludarla, pero ella pasó bastante de esa muestra de cariño animal, caminando de un lado para otro, sin dejar de pensar en todas las cosas que tenía ganas de soltarle a Gwen. El único motivo por el que todavía no lo había hecho era porque… tenía miedo y el museo no era un lugar muy bueno para encarar una conversación así. Además, es que le parecía tan surrealista todo que no sabía ni cómo encarar el tema, en realidad. ¿Debía preguntarle por las buenas que qué narices estaba haciendo? ¿Qué por qué mentía? ¿O preguntarle por las malas que qué diantres hacía cooperando en la causa de Artemis Hemsley? A veces parecía que la temía tanto que estaba buscando la manera de evitar enfadarla, asegurándose de que todo la favorecía y que Sam y compañía no hacían nada para mermar su paciencia. Y le parecía muy fuerte. Si le tenía miedo, ¿por qué narices no se lo decía a Sam y juntas buscaban una solución? Era mejor eso que estar todo el rato frustrando sus intenciones para seguir adelante.

Así que se apoyó en la parte trasera del sofá con sendas manos, cogiendo aire y cerrando los ojos, meditando el qué hacer en silencio, intentando entenderlo todo. Mientras tanto, Lenteja subió por el otro lado del sofá, intentando saltar para llegar a lamer el rostro de Sam, pero como no llegaba, se conformó con lamer sus deditos. Don Cerdito, por su parte, no tenía las habilidades necesarias como para subir al sofá por sí solo, así que se limitó a mirar con envidia. Don Gato, ajeno a la vida, olía la basura en busca de un tentempié.
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Gwendoline Edevane el Vie Nov 23, 2018 2:47 pm

Sabiendo que la fugitiva se encontraba en la misma sala que ella, la marioneta de Grulla esperó pacientemente. Fingía leer los paneles informativos de la exposición mientras esperaba que el teléfono móvil de Gwendoline Edevane vibrara una vez más. Tuvieron que pasar apenas un par de minutos antes de recibir una respuesta por parte de la legeremante, en forma también de nota de audio. La usurpadora del cuerpo de la desmemorizadora se llevó el aparato muggle a la oreja y escuchó.

De haber sido la auténtica Gwendoline, aquel mensaje hubiera sido muy revelador: habría notado el tono de voz notablemente más arisco de la sangre sucia. Sin embargo, aquella versión imperfecta de la morena solo se quedó con la información que le interesaba: era posible que Thaddeus Allistar no apareciera. Así lo sospechaba Lehmann, al menos.

Con esta nueva información en su poder, la marioneta decidió esperar un poco más. Existía una duda, por lo que al final el fugitivo podía aparecer. Se dio la vuelta con cierta discreción y echó un vistazo en dirección a la entrada de la sala de exposiciones. Si Thaddeus Allistar iba a aparecer, aparecería por aquella puerta. Pero los minutos pasaron, y Allistar no apareció, por lo que la versión ofrecida por Lehmann parecía ser cierta.

Y, casi como una confirmación, recibió una segunda nota de audio de la rubia: el exprofesor no había acudido a la cita. De haber podido sentir frustración, aquel sería el momento perfecto para sentirla, pero la bruja controlada por la maldición Imperius respondió a aquello con poco más que mera apatía. Momentos después de eso, vio salir a Lehmann de la sala de exposiciones en dirección incierta. Ya no tenía sentido seguirla: si Allistar no iba a venir, no era necesario que siguiera tras ella.

Así que la marioneta se guardó el teléfono móvil de Gwendoline Edevane y se dispuso a marcharse. Sin ser consciente de ello, se encaminó al mismo baño desde el que Lehmann se había desaparecido, y entró en este apenas medio minuto después de que la legeremante se marchara. Pasó por detrás de dos adolescentes pertenecientes a una excursión escolar que visitaba el museo esa mañana, y que mantenían una charla distendida frente a los lavamanos. Mirándose en los espejos, se retocaban su maquillaje mientras cotilleaban sobre chicos y ligues. La marioneta las ignoró y se metió en el primer cubículo libre que encontró, cerrando la puerta tras de sí. Desde allí se desapareció.

Una de las adolescentes se dio la vuelta, extrañada, mirando en dirección al cubículo desde el que la marioneta se había desaparecido.

—¿Has visto eso?—Preguntó a su compañera, que se repasaba el lápiz de labios mirándose en el espejo, muy de cerca.

—¿Que si he visto qué?—Preguntó a modo de respuesta la segunda, poniendo morritos para comprobar si estaba lo bastante atractiva. La otra frunció el ceño, pues ni ella misma sabía bien a qué se refería.

—Bah, nada.—Concluyó, girándose de nuevo hacia el espejo.—¿Y qué me dices de Joe? ¿No te parece mono? A mí sí, y...

Casa de Gwendoline Edevane
Poco después de las 12:30 A.M.

La marioneta se apareció en pleno salón de la casa de Gwendoline Edevane, y nada más hacerlo se dirigió al cuarto de la susodicha. Una vez allí, se arrodilló delante de la cama y apuntó bajo esta con la varita, conjurando un hechizo Accio no verbal. En respuesta, una pequeña caja de zapatos sin tapa salió de debajo de ésta. Contenía unos cuantos trastos viejos, entre los que podían encontrarse teléfonos móviles desfasados con sus respectivos cargadores, gomas del pelo, un pequeño set de costura, algún que otro llavero roto… y una esfera de cristal.

Tomó la pequeña esfera azul en su mano izquierda y, con un movimiento de varita, hizo que esta empezara a brillar con una suave luz gélida. La luz parpadeó varias veces, perdiendo intensidad para después recuperarla, y volviendo a perderla para recuperarla una vez más. Tras unos cuantos segundos de repetirse este fenómeno, la luz se apagó definitivamente y la esfera volvió a ser simple cristal azul.

Sin embargo, Artemis Hemsley estaba allí, a espaldas de su marioneta.

¿Me llamabas, mi pequeña Alice?Preguntó con voz cantarina la mortífaga. Parecía muy animada, y cuando la marioneta se giró para mirarla a la cara, pudo verla sonreír de manera jovial.¿Tienes algo que contarme, mi muñequita?Preguntó, sin perder el ánimo.

—Sí.—Respondió la marioneta mientras se ponía en pie, habiendo dejado la esfera una vez más en su sitio entre los trastos de la caja de zapatos.—Se trata de Thaddeus Allistar. Se ha puesto en contacto con ella, e iban a verse hoy.—Empezó a explicar la marioneta, con tono mecánico y carente de vida. La sonrisa de Artemis se hizo mucho más amplia.

¿Ah, sí? ¡Pero bueno, esa es una historia que quiero escuchar! ¡Venga, cuéntame! Y no te dejes ningún detalle...Artemis dio un pequeño saltito, entrelazando ambas manos por delante de su pecho como hacía siempre, cada vez que se sentía exultante de alegría.

La marioneta abrió la boca y de puso a hablar, contándoselo todo a su maestra.
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Sam J. Lehmann el Sáb Nov 24, 2018 3:00 am

Se pegó bastante tiempo en aquella posición, apoyada, sin moverse ni un poco, con los ojos cerrados y pensando en las posibilidades que tenía, en la oscuridad de la casa. De repente se sentía super agobiada y, para ser sincera, no se esperaba terminar así después de esa prueba que ella había llamado ‘trampa’. Al final, entre tanto darle a la cabeza, ganó la opción más lógica con respecto a la relación que tenía con Gwen: ¿qué otra cosa podía hacer, más que hablar las cosas? Por mucho que tuviese miedo, prefería que Gwen le dijera a la cara todo lo que temía, todo lo que prefería y todas las decisiones que quería tomar, como amigas, o individuales. Sam, quizás, se había vuelto un poco dependiente, se había vuelto a pegar mucho a ellas y la situación no era la mejor para eso, ¿pero quién iba a culparla de eso después de lo que había pasado? Sin embargo, podía entender que Gwen tuviese otro pensar. No iba a juzgarla, no podía. Pero la otra opción era enfadarse, llegar a un punto en no retorno en donde Gwen tratase a Sam y Caroline como estúpidas y éstas no estuviesen por la labor de seguir soportando tantas falsedades. Y tenido en cuenta los errores que había cometido en el pasado, no iba a volver a favorecer que Gwen, alguien tan importante como lo era ella para Sam, se separase de su lado otra vez sin hacer nada por evitarlo.

Quizás la legeremante se auto-convencía de que sola estaba mejor, así no ponía en peligro a nadie, pero ahora que había vuelto a tenerlas a ellas a su lado se había dado cuenta de que los años anteriores habían sido los más desolados y desgraciados de su vida. Y no quería volver a eso. No al menos sin luchar por lo que quiere, ahora que puede.

Es por eso que retrocedió unos pasos, abrió los ojos y cogió aire: iba a hablar con ella. Quizás debería de decirle a Caroline, o esperar teniendo en cuenta el comportamiento de Gwen… pero sinceramente, no tenía ánimos de esperar. Quería soltárselo todo y que ocurriese lo que tuviese que pasar. Así que se desapareció de su casa, apareciendo en la entrada de la casa de Gwen.

En un principio había asumido que era muy probable que hubiera vuelto al Ministerio de Magia después de que Sam echase bomba de humo en el museo, e incluso había pensado en mandarle un audio diciéndole que ahí le esperaba. Sin embargo, nada más aparecerse vio una luz proveniente del pasillo. Dio un paso hacia adelante, algo confundida, pero se paró de golpe cuando la escuchó: la voz de Artemis Hemsley. Se quedó helada en aquel mismo sitio, sintiendo que por mucho que su cabeza le hubiera dicho una y otra vez que Gwen y Artemis no están tan alejadas como deberían, el hecho de ver que era real igualmente le rompió los esquemas. Es decir, ¿qué narices hacía esa mujer en casa de Gwendoline?

Se pegó a la esquina que separaba el salón del pasillo, apoyada a la pared interior. No podía asomarse ni un poco, ya que desde la habitación de Gwen se vería todo. Por un momento pensó incluso en meterse de por medio, pero no pudo, pues escuchar a su amiga hablar con Artemis de esa manera tan fría, contándole todo lo que Sam le había confiado… le dejó en mitad de un sentimiento gélido y, directamente, en shock.

Entonces Thaddeus Alistar y nuestra querida Sammy vuelven a tener una estrecha relación… —Hizo una pausa. —Una pena que no hubiese aparecido en el museo, hubiera sido maravilloso ver cómo le clavas un puñal por la espalda a tu mejor amiga.

¿Eh? ¿Qué decía? ¿Puñal? ¿Qué narices hubiera hecho Gwen si de verdad hubiese aparecido Allistar? Sam seguía atenta, sin ver nada pero creyendo que lo veía todo solo por la seguridad con la que Artemis Hemsley hablaba. Podía imaginarse perfectamente la situación.  

¿Crees que vas a poder sacarle la información de en donde se esconde Thaddeus? —Cuestionó sin muchas confianzas en su muñequita. —En realidad me he cansado de esperar. Tengo ganas de ver si tu Sammy es tan leal como parece, sobre todo cuando vea en lo que te he convertido, ¿volverá a elegirte a ti antes que a Thaddeus después de lo que le estás haciendo? —Y la sonrisa tan jovial que había tenido en el rostro todo el rato, mutó a una mucho más perversa. —Será un encuentro entrañable, Alice —añadió con ironía.

Pese a todo, seguía sin querer creerse aquello. Y hacía bien, ya que nada de lo que Gwen dijera o hiciera, realmente lo estaba haciendo por libre albedrío, sino más bien todo lo contrario. Y cada palabra que salía de la boca de Artemis no hacía más que asegurárselo cada vez más a Sam. Cada vez era todo más raro y cada vez Gwen era menos Gwen. Y no, no podía creer que Gwen le diese la espalda, nunca.

Chess mientras tanto salió por el pasillo, alejándose de aquella mujer y su dueña tan extraña. Al coger la curva y encontrarse con Sam, tirada en el suelo sentada y con cara de estar viviendo en otro mundo, su cola se curvó hacia arriba y se acercó hacia ella, rozando su cabeza con ella y ronroneando.
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Gwendoline Edevane el Sáb Nov 24, 2018 2:28 pm

Habiendo concluido el pequeño relato sobre la aventura en el museo, la marioneta de Artemis Hemsley guardó silencio. Como casi siempre que ambas hablaban, el cuerpo de Gwendoline Edevane controlado por la mortífaga permanecía sentado al borde de su cama, y una inquieta Hemsley caminaba, cruzada de brazos, de un lado a otro de la habitación. Grulla daba vueltas a la información que acababa de recibir, sopesando la posibilidad de seguir con la pantomima, de seguir utilizando a su pequeño topo como herramienta para conseguir lo que quería.

Sin embargo, si de algo carecía Artemis Hemsley, ese algo era la paciencia. Había esperado casi cinco meses para recabar información, limitándose a no hacer nada con toda la jugosa información que extraía de la cabeza de la mestiza. Ahora que por fin tenía una pista, un cabo del que tirar, se negaba a seguir esperando. Después de todo, lo tenía todo para ganar: tenía a Gwendoline Edevane, a la cual con toda seguridad sus dos amigas querrían salvar, y tenía más poder que las otras dos juntas gracias al anillo forjado por Aoyama.

Pero todavía existía una duda razonable: ¿y si fallaba? ¿Y si descubría su as en la manga demasiado pronto y terminaba arrepintiéndose? ¡Qué difícil es esto!, pensó con cierta frustración, mirando a su muñequita.

¿Crees que vas a poder sacarle la información de en donde se esconde Thaddeus?Cuestionó. No obtuvo respuesta por parte de Gwendoline. No le sorprendió: solamente estaba programada para responder a preguntas directas, y creer o no creer no era algo que encajara en su ‘código de programación’’, por llamarlo de alguna manera.

Al momento de pronunciar esas palabras, Artemis se dijo a sí misma que no estaba dispuesta a seguir con aquello. De nuevo, la paciencia no era lo suyo, y era la primera vez que esperaba tanto tiempo para conseguir algo que quería. Se sentía terriblemente frustrada, y no pensaba tolerar aquello ni un solo segundo más.

En realidad me he cansado de esperar. Tengo ganas de ver si tu Sammy es tan leal como parece, sobre todo cuando vea en lo que te he convertido, ¿volverá a elegirte a ti antes que a Thaddeus después de lo que le estás haciendo?Dijo, convirtiendo su sonrisa cuasi afable en una malévola, de profundo y perverso deleite.Será un encuentro entrañable, Alice.

Alice no dijo absolutamente nada. Permaneció en el lugar en que se encontraba, la mirada perdida en algún punto de la pared, totalmente ausente. Artemis la miró casi con reproche, aún pese a que sabía que, si se comportaba así, era por obra suya. Soltó entonces un bufido, negando con la cabeza.

¡Qué sosa puedes ser a veces, muñequita! Tal parece que te hayan hipnotizado.Y,sin poder evitarlo, Artemis rió ante semejante ocurrencia. A su cabeza vino aquella mítica frase: Es gracioso porque es cierto. Creía que pertenecía a un programa de televisión, o algo parecido.De verdad, Alice. Créeme cuando te digo que espero, cuando estés metida en Azkaban, que quede algo dentro de esa cabecita. No me perdonaría el haberte roto por completo, pues aún me acuerdo de la herida que me hiciste en la pierna.—Artemis no pudo evitar, mientras hablaba, ponerse cada vez más agresiva. Todavía le dolía aquella humillación.Cada vez que lo pienso me entran unas ganas tremendas de...

Artemis alzó el puño en que llevaba el anillo, con evidentes intenciones, pero tanto esta acción como su frase se detuvieron antes de poder concluir. El maullido del gato de Edevane interrumpió a Hemsley. La mortífaga echó un vistazo en esa dirección, frunciendo el ceño. Entonces el gato maulló de nuevo, y una vez más, y aquello empezó a ser un tanto irritante. La mortífaga se giró en dirección al pasillo, frustrada.

Lo siento, Alice. He sido ya demasiado paciente con ese gato. Ve buscándote otra mascota.Y hacia allí que se encaminó Hemsley, con muy malas intenciones.

***

Muy en el fondo, aletargada, permanecía mi auténtico yo, enredada en aquella suerte de telaraña. Mientras mi cuerpo permanecía sentado, esperando las preguntas o las órdenes de Artemis Hemsley, mi auténtico yo dormitaba… hasta que escuchó la amenaza proferida por la mortífaga contra mi gato. De repente, el sopor desapareció por completo, y por un momento recuperé por completo el uso de mis facultades físicas. ¿Esa malnacida pretendía hacer daño a mi gato? ¿Pretendía matarlo? Lo haría por encima de mi cadáver.
Mientras Artemis caminaba a grandes y ruidosas zancadas pasillo adelante—en dirección, además, al escondite de Sam, al cual yo era ajena—, me puse en pie. Dueña una vez más de mis actos, empuñaba mi varita, y la apunté en dirección a la espalda de la mortífaga. Mi rostro había mutado a una expresión de puro odio, y dicho odio lo descargué en forma de magia. Un hechizo repulsor salió disparado en dirección a Hemsley.

—¡Déjalo en paz!—Grité, al tiempo que el hechizo impactaba en la espalda a una desprevenida Grulla, que se vio arrojada con fuerza en dirección a la mesa del televisor. El impacto fue tal que Hemsley derribó el televisor, el cual se dañó en la caída. La mortífaga terminó en el suelo.

Cuando logró reponerse del impacto, una estupefacta Hemsley me miraba desde su posición en el suelo. Pude observar cómo la sorpresa poco a poco se desvanecía de su rostro, dejando paso a la furia...


***

¿Acabas…?Dijo Artemis, lentamente, mientras se ponía en pie. El golpe contra la mesita le había provocado un molesto dolor en el costado izquierdo.¿Acabas de atacarme?

Todo el momentáneo valor que había sentido Gwendoline, el cual la había llevado incluso a imponerse a la maldición Imperius, empezó a desvanecerse. Artemis era perfectamente consciente del miedo que la mestiza le tenía, por lo que aquello no la sorprendía. Sin embargo, ¿cómo había podido resistírsele de esa manera? ¿Todavía, después de casi cinco meses, tenía fuerza como para hacer aquello?

De repente, la mortífaga se olvidó del gato para concentrarse en su pequeña marioneta defectuosa que, pese a estar temblando, seguía sosteniendo su varita en alto, apuntándola a ella. Eso no debía haber sucedido jamás. Así que apuntó su anillo en dirección a ella, forzándola mágicamente a bajar el brazo de la varita, no sin cierta resistencia por parte de la bruja.

Tienes suerte, Alice.Dijo una Artemis que, ciega de ira, ni siquiera se percató de la presencia de Samantha Lehmann, todavía oculta tras el recodo del pasillo. Avanzó hacia Gwendoline, todavía con el puño del anillo en alto.Tienes suerte de que no tenga tiempo ahora mismo, o pagarías muy cara esta osadía. ¿Me entiendes?Dijo la mortífaga. Gwendoline no respondió, por lo que Artemis volvió a hablar, esta vez a voz en grito.¡Responde a mi pregunta, asquerosa mestiza!

—Sí… sí, te entiendo.—Respondió una Gwendoline, aterrorizada, cuyos ojos habían empezado a llenarse de lágrimas. Artemis, a pesar de que en efecto tenía asuntos que atender y no podía perder el tiempo aleccionando a la bruja rebelde, sintió tanto asco que estuvo a punto de hacerlo igualmente.

Pero no lo hizo.

Mañana, a las diez de la noche. En el almacén Siete Hermanas, en Tottenham. ¿Entendido?Gwendoline asintió con la cabeza.Bien. Y ahora, lávate y vuelve al trabajo. Y espero que sea la última vez que me desobedeces… por tu bien.

Hemsley dejó de utilizar su magia sobre Gwendoline, y la bruja se vio libre. Dejó caer la varita al suelo y caminó en dirección al cuarto de baño, sorteando a Hemsley. La mortífaga observó todo el proceso, la escuchó abrir el grifo del cuarto de baño y lavarse la cara.

Y cálmate.Añadió, con una voz algo más suave.Recupera la jodida compostura.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Dom Nov 25, 2018 4:56 am

Mentiría si dijera que no estaba prestándole atención al gato, pues de hecho había hecho que dejase de prestarle atención total a lo que estaba diciendo Artemis sólo porque temía ser delatada. Sin embargo, ignorar a Chess no fue una opción plausible para que el animal se fuese, sino que aumentó sus intentos de llamar la atención con maullidos, claros maullidos que alertaron a Hemsley. La legeremante entró en alerta cuando la escuchó:

‘He sido ya demasiado paciente con ese gato. Ve buscándote otra mascota.’


No sólo entró en alerta porque era evidente que iba a matar al pobre Chess, sino porque si venía hacia el gato se la iba a encontrar a ella. Cogió el gato sobre la marcha y se internó más todavía en la cocina, escondiéndose detrás de la mesa. Apenas se estaba escondiendo con Chess en brazos cuando escuchó un fuerte golpe contra la mesa de la televisión, así como el televisor cayendo al suelo. Sam se abrazó al gato, expectante, escuchándolo todo. Se sorprendió de que Grulla se viese sorprendida de que Gwen la hubiese atacado, es decir, ¿qué narices esperaba? ¿Que Gwendoline se tomase bien que matase a su gato sólo porque ella ya se había cansado de él? ¿En qué puto mundo vivíamos, en serio? ¿Y qué clase de problema mental tiene Hemsley para querer matar a un gato?

No le hizo falta ver nada, ni mucho menos escuchar nada que lo evidenciase, cuando escuchó los pasos caminar con determinación hacia la habitación de Gwen. Sam volvió a acercarse a la esquina en donde estaba con muchísimo cuidado, manteniendo al animal entre sus brazos, dispuesta a entrar desde que escuchase algo que no le gustase. Estuvo a un segundo de asomarse por curiosidad, pero la voz de la mujer volvió a hacer que se pensase sus intenciones. Se apoyó en la pared, cogiendo aire. Miles de pensamientos cargados de coraje ahora mismo se amontonaban en su parte más impulsiva, pero otros muchos la hacían mantenerse reacia a entrar en aquella situación. Ver aquel cambio de carácter de Gwen frente a Grulla hizo que Sam abriese los ojos: no era cuestión de una colaboración libre y consciente, sino más bien una subordinación de su voluntad. Era más que evidente que su amiga jamás permitiría que matasen a su gato y Grulla, en una clara ventaja de poder, había creído que podía pasar por encima de su decisión, por eso estaba tan sorprendida. Y entonces a Sam se le pasaron por la cabeza las peores opciones posibles para que aquello estuviese pasando: ¿le habría obligado a jurar, como le había pasado a ella con Sebastian? ¿Le habría metido miedo en su interior suficiente como para tenerla a ese nivel de sumisión? No quería ni imaginarse lo que Grulla podría haberle hecho a Gwendoline como para que ésta, de manera consciente y real, se mostrase tan sumisa frente a ella, ¿la habría torturado? ¿La habría torturado y Sam se acababa de enterar? Se le congeló el corazón sólo de pensarlo. ¿Quizás habría usado la legeremancia para implantar alguna idea en su mente? Era conocido que era una legeremante excepcional y Sam era demasiado consciente de las aberraciones que podían hacerse con eso. Sin embargo, por mucho que le pesase, la actitud que adoptaba ahora mismo Hemsley le daba la sensación de que no era cuestión de ningún truco de legeremancia, o de sentirse por encima de ella por algo que le hubiera hecho. Le daba estaba dando órdenes claras y ella las hacía sin titubear, como si la controlase sin apenas esfuerzo. Pudo escuchar perfectamente como abría el grifo del cuarto del baño unos segundos después de que se lo hubiera ordenado.

No le pasó inadvertido el almacén Siete Hermanas en Tottenham, pues fue lo único que impidió que entrase en ese preciso momento, intentando coger desprevenida a aquella asquerosa mujer. No se veía ni en el estado necesario, ni mucho menos con el nivel adecuado. Recordaba a la perfección como Grulla, herida, les había hecho frente a ambas, por lo que en aquel momento no quería cagarla teniendo en cuenta la ‘ventaja’ que había conseguido al estar escuchando todo aquello. ¿Será posible que, por primera vez en lo que lleva de año, estuviesen un pasito por delante de ella?

Pudo escuchar un primer sonido de desaparición, para unos segundos después escuchar un último. Fue en ese momento en el que sus piernas volvieron a flaquear y su espalda comenzó a bajar por la espalda de aquella pared. Aún abrazada a Chess, se quedó con los ojos bien abiertos mirando una esquina, intentando interiorizar todo lo que acababa de ver con el oído. Estaba todo tan claro que su mente casi tenía claro que lo había visto todo con los ojos. Ahora mismo no sabía qué le hacía sentir peor de  todo lo que había presenciado: procesar el tiempo que Gwen debería de haber estado en aquel estado y no haberse dado cuenta de nada, o haber desconfiado de ella hasta el punto de creer que podría traicionarla. De verdad, ¿cómo había sido tan estúpida como para pensar en eso? Pensar eso de la misma persona que te había aceptado con un abrazo y un chocolate caliente después de haberla abandonado dos años atrás… Por favor…

No fue hasta que el frío del suelo comenzó a hacer que le doliese la espalda que se dio cuenta de que todavía seguía allí, media hora después. Su mente se había puesto a divagar en las opciones, pero sobre todo en que mañana iba a estar a las diez en Siete Hermanas y pretendía acabar con todo esto. No iba a permitir que Gwen siguiese pasando por lo que estaba pasando y si Grulla era el problema, Sam tenía claro que iba a enfrentarse a Grulla, estuviese o no a la altura. Le daba igual.

Así que con Chess acurrucado en su brazo, se desapareció con él a su casa. No pensaba dejar al gato allí teniendo en cuenta las facilidades de Grulla no sólo para aparecerse, sino también para matar animales. Así que antes de irse, abrió con la varita la ventana del salón, para que Gwen creyese que su gato había salido a dar un paseo y que ya volvería. Era común con los gatos callejeros y, a decir verdad, prefería no tener que darle explicaciones de por qué se había llevado a su gato. Una vez en su casa, dejó a Chess en el suelo y se calmó. Lo cierto es que lo único que le calmaba ahora mismo es que tenía información que podían utilizar a su favor, pero se arrepentía muchísimo, muchísimo, de no haber actuado y atacado por la espalda a Grulla cuando tuvo ocasión.
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