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What lies beneath the surface {Carol, Sam & Gwen}

Gwendoline Edevane el Sáb Nov 03, 2018 4:07 am

Recuerdo del primer mensaje :


Miércoles 31 de octubre, 2018 || Apartamento de Caroline Shepard y Samantha Lehmann || 23:09 horas || Atuendo de la intrusa

Miércoles 31 de octubre, 2018 - 22:35 horas
Uno de los pisos francos de Artemis Hemsley

Artemis Hemsley cruzó la pierna derecha por encima de la izquierda, al tiempo que dejaba escapar un prolongado bostezo. Se la notaba cansada, casi como una persona normal que había salido tarde del trabajo, o que llevaba haciendo horas extras toda la semana. Nada más lejos de la realidad con aquella mujer.

Gwendoline, una muñeca inerte con la mirada perdida, permanecía sentada en una silla, frente a la cama de Artemis. La mortífaga, casi como si ignorase la presencia de la desmemorizadora, o como si para ella no fuese más que un objeto inanimado, continuó maquillándose frente al espejo de su tocador. ¡Oh, sí! Y estaba totalmente desnuda, como si no tuviese ninguna invitada o no le preocupase lo que ésta pudiese ver. A tal nivel había llegado su confianza con Gwendoline Edevane.

Repítelo.Dijo Artemis, observando el resultado de su pequeña sesión de maquillaje en el espejo. Estaba casi satisfecha, pero ese lápiz de ojos… no acababa de convencerla.

—Caroline va a una fiesta de Halloween hoy. Estará fuera gran parte de la noche.—La voz de Gwendoline sonaba monótona, casi como una voz muerta. No existía emoción alguna en su entonación. Se limitaba a obedecer cada orden que Hemsley, su titiritera, le daba.—Sam está trabajando. Al ser noche de Halloween, también volverá tarde a casa...

Artemis asintió con la cabeza, al tiempo que se retocaba las pestañas con un poco de máscara. Cuando estuvo satisfecha con el resultado, se puso en pie y caminó por la estancia hasta llegar a la cama. Una vez allí, se sentó frente a Gwendoline. En su rostro aparecía una sonrisa enorme, que algunos podrían confundir con una agradable, pero que no lo era: Hemsley escondía sus dientes debajo de aquella sonrisa.

Lo has hecho muy bien, mi pequeña Gwendoline.Felicitó, risueña, la mortífaga. Entonces, su rostro se puso triste.Pero me has fallado: no me has traído la información que te pedí. Sigo sin saber una mierda sobre Allistar.Artemis apretó el puño, y su rostro se tiñó de ira. Gwendoline se puso visiblemente tensa, pero no alteró la posición en la silla. Lo tenía prohibido. La mortífaga la perforó con los ojos durante unos segundos más, antes de suavizar un poco su expresión.Tranquila, muñequita. Soy buena persona, y voy a darte una última oportunidad de redención.Y compuso una sonrisa que, de lo amplia y fingida amable que era, provocaba escalofríos.

Artemis se puso en pie y, haciendo gala de su dominio sobre la magia no verbal sin varita, con un simple gesto hizo aparecer ropa sobre su desnudo cuerpo de ébano. Se trataba de un disfraz de gata, mayormente de cuero. Se dio una vuelta delante de Gwendoline, como una niña orgullosa de su traje de graduación el día del baile.

¿Qué pinta tengo? ¿Estoy irresistible o no?Por supuesto, Gwendoline no respondió. No tenía tal capacidad: en aquel estado, sólo podía obedecer órdenes directas.Voy a una fiesta de Halloween, y después quizás tenga algo más de diversión.Hemsley sonrió de forma traviesa e hizo aparecer un látigo en sus manos, azotando el suelo con él a continuación. Gwendoline permaneció impasible.Pero no te preocupes: para ti también hay disfraz. No pensarías que iba a ser yo la única que disfrutaría de Halloween, ¿no?Y, con una risita, Hemsley hizo un nuevo movimiento de manos, esta vez en dirección a Gwendoline.

La ropa de la joven cambió: ahora, vestía totalmente de cuero negro, con una chaqueta con capucha reluciente. Ésta caía sobre los hombros de la mujer blanca, y la mujer negra la tomó, poniéndosela por encima de la cabeza con delicadeza. La miró como quien mira a una hija antes de ese hipotético baile de fin de curso, a fin de comprobar que todo esté en orden con el vestuario y el peinado.

Sammy tiene algo muy importante. Ha puesto sus sucias manos de ladrona de magia sobre mi espejo. Y tú, mi querida Alice, vas a recuperarlo.Artemis sonrió como una niña buena, y sin perder esa sonrisa, añadió:Esta vez, no admito fallos: como no cumplas la misión, te prometo, mi niña, que vas a saber lo que es el dolor. Y esas cosas que he visto en tu cabeza, eso de los hermanos Crowley, me ha dado muchas ideas. Créeme...

Gwendoline Edevane tenía miedo. Quizás la maldición Imperius no le permitiese mostrarlo, pero lo tenía. Y sabía que Hemsley hablaba en serio: el fracaso no estaba permitido, o pagaría las consecuencias.

***

Una figura femenina envuelta vestida de negro hizo su aparición en plena calle, enfrente de la vivienda que Caroline Shepard compartía con la fugitiva Samantha Lehmann. El cuero negro la ayudaba a pasar desapercibida en la noche. Observó la vivienda durante unos cuantos segundos, evaluando cualquier tipo de riesgo, y cuando estuvo segura de que no había ninguno, la mujer avanzó con paso decidido, cruzando la calle.

Se detuvo apenas unos instantes ante la puerta, sacando la varita de la manga de su chaqueta. La empuñó con una mano enguantada en cuero negro y la apuntó hacia la cerradura. Un hechizo Alohomora no verbal destrabó la cerradura con un chasquido metálico. La mujer apoyó su otra mano, la zurda, sobre la puerta, y empujó suavemente. Ésta se abrió apenas unos centímetros, lo justo para que la mujer echase un breve vistazo a la penumbra que reinaba en el interior.

Conjuró entonces un hechizo Echoes, el cual reveló la presencia de algunos seres vivos en el interior: los animales de la sangre sucia, seguramente. Ningún ser humano se encontraba en aquella casa, y la mujer de la capucha supo que era el momento perfecto para entrar. Nada más hacerlo, cerró la puerta tras de sí, y con un nuevo hechizo, sus ojos comenzaron a ver en la oscuridad.

Sobre la mesa, cerca de la entrada, se encontraba el gato de Lehmann. Éste, nada más ver a la desconocida, se puso en pie, curvó su espalda, y empezó a gruñir a la recién llegada. El pelo de su lomo se había erizado, y había adoptado una actitud hostil.

—Shhhh...—La mujer se llevó el dedo índice izquierdo al lugar donde estarían sus labios. En su lugar, estaba la máscara.

El gato, por supuesto, no obedeció a su educada solicitud de silencio, y la mujer tuvo que dejarlo dormido con un Leniendo no verbal. El animal cayó desplomado, sobre la mesa, durmiendo plácidamente.

***

La enmascarada cruzó el umbral la puerta abierta del cuarto de Lehmann. Nada más hacerlo, se encontró con los otros dos animales sobre la cama de la sangre sucia. No dormían, ni mucho menos: el cerdito había alzado la cabeza con curiosidad, mientras que la perrita observaba a la desconocida, confundida; movía y dejaba de mover la cola de manera intermitente, como si no fuese capaz de comprender lo que veía.

La mujer no perdió el tiempo: también durmió a aquellos dos.

Con los animales fuera de combate, y la vivienda a su total disposición, pudo finalmente quitarse la máscara. Era útil para ocultar su identidad, pero limitaba un montón su campo de visión. La dejó sobre la cama de Lehmann y entonces, en la oscuridad, se puso a buscar el objeto que Hemsley le había ordenado recuperar: el espejo. Mientras tanto, la puerta del cuarto de Lehmann permanecía abierta.

La máscara:


Última edición por Gwendoline Edevane el Mar Nov 27, 2018 4:55 am, editado 2 veces
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Sam J. Lehmann el Miér Dic 05, 2018 4:07 am

De repente todo se quedó oscuro y se paró de golpe, intentando descubrir qué había pasado.

No le sugería nada bueno. Una Gwen tomando el control de su cuerpo y de su mente no haría que en su cabeza ocurriese algo así y la legeremante todavía sentía esa incomodidad; esa presión que denotaba que todo seguía yendo mal y nada había cambiado. Lo que sí notó es que el Imperius había llegado a un punto en donde se había serenado. Ni lo que hacía Sam funcionaba, ni lo que parecía estar haciendo Gwen funcionaba. Estaba quieto. Le daba la sensación de que se había convertido en una barrera infranqueable en ninguno de los sentidos, un muro que las separaba.

De hecho, en ese momento Sam llegó a lo que parecía un límite en aquel pasillo que parecía infinito. Una especie de tela húmeda y pegajosa se alzaba hasta lo más alto, cortándole el paso. Sam la tocó, intentando romperla o traspasarla, pero era elástica e imposible de romper. Apenas un segundo después esa tela se volvió en contra de ella y comenzó a adherirse a su piel desde su mano, subiendo lentamente por su antebrazo como si tuviera vida propia. En un autoreflejo intentó apartar la mano con presteza, pero no pudo. Una mano se materializó en su muñeca, sujetándola con fuerza, una mano ataviada con aquel anillo que tanto había visto en el anular de Sebastian Crowley. Con miedo alzó la mirada y lo vio aparecer a través de aquella barrera con ojos cargados de odio. Ella intentó retroceder, pero él apretó más su mano sobre su muñeca, impidiéndoselo con la misma sonrisa con la que siempre declaraba su perverso poder frente a ella. Un poder superior, indiscutible y dominante. —Estás muerto… —dijo en un murmullo, ojiplática, convenciéndose de que aquello no era real. Pero cuando tu miedo se presenta ante ti, por mucho que tengas la certeza de que no es real, te sigue erizando el vello, congelándote la piel y perdiendo la capacidad de reacción. Y Sebastian había conseguido muchísimo más que eso. Hizo fuerza con su mano. —¡Estás muerto! —Y se apartó de él unos pasos.

Él se limitó a señalar el suelo y como si de una fuerza superior se tratase, como si él siempre tuviera sobre ella ese poder celestial al que no podía negarse, sus rodillas flaquearon y terminó de rodillas frente a él. A su lado aparecieron Vladimir y Zed Crowley, exactamente igual vestidos a la única vez que trató con ellos. Sam temblaba, hasta que Sebastian la obligó a mirar hacia arriba, alejándose de ese lugar y viajando por unos recuerdos que si bien le pertenecían sólo a ella, los había compartido justo con la persona en la que ahora mismo residía.

Los vivió en primera persona, sintiendo como Sebastian la golpeaba, la empujaba contra una pared y la arrinconaba, recordándole como tantas veces el poder que ejercía hacia ella, recordándole el valor de su vida y la posición de todos sus seres queridos. Revivió esos momentos de sumisión degradante frente a él, revivió los momentos en donde su integridad como bruja y legeremante se veía cuestionaba con la mentira y la traición mientras Sebastian Crowley sonreía desde Wizengamot, contento porque su niña era obediente. Y fue entonces cuando el recuerdo estrella llegó a la mente de Sam, posicionándola de rodillas, en mitad de una grandísima alfombra ensangrentada, frente a un Vladimir Crowley con un látigo lacerante. —No… —Cerró los ojos, pero de nada sirvió. Eso era una pesadilla real, de esas que te come por dentro, esa que por mucho que cierres o abras los ojos, siempre estará allí para hacerte la vida imposible. Esa que por mucho que te tapes con la manta sigue subiéndote las pulsaciones. La misma que te afecta en sueños, como en la vida real. Y no, Sam no quería tener que revivir eso. —No es real… —Se repetía, viendo la locura en los ojos de Vladimir arremeter con el látigo. —¡No es real!

Y en ese momento se dio cuenta de que, sin haberlo esperado bajo ninguna premisa, había caído en una trampa de Artemis Hemsley. Un método defensivo en donde el invasor acababa de ser invadido. Y no podía permitirlo. No podía quedarse allí encerrada.
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Maestro de Dados el Miér Dic 05, 2018 4:07 am

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Sam J. Lehmann el Miér Dic 05, 2018 4:41 am

No es real. No es real. No era real. Sebastian había sido asesinado. Vladimir había sido asesinado. Zed había sido asesinado. No había ningún Crowley posible que pudiera volver a su vida. Nada de aquello era real, sólo era la repetición del momento más horrible de su vida; un trauma que, ni meses después, una era capaz de superar. Así que se concentró y dejó de sentir. Guardó en el interior de su mente todas sus emociones, todos sus traumas... Apartó sus miedos a un lado y por mucho que aquellos recuerdos que había compartido con Gwen se empeñasen en recordarle lo miserable que había sido su vida, no podía recaer en la mísera emoción de un recuerdo pasado.

Pero eso era lo peor de todo: ese recuerdo pasado que te persigue, se adhiere a tu alma y no te suelta. Sin embargo, Sam era consciente de sus miedos y por mucho que ahora mismo la Sam real estuviese con unas pulsaciones cargadas de nervios y su cuerpo creyese que aquella sensación era real, sabía que aquello no era más que una trampa para retenerla. Y la norma más importante de un legeremante al entrar a la mente ajena era no convertirse él en la víctima. Y no iba a permitirlo.

Así que Sam tiró fuerte, tiró más fuerte, siguió tirando fuerte y… aquellas cadenas que la mantenían a merced de los hermanos se rompieron en mil pedazos con la fuerza que, en su momento, no tuvo. De repente se encontró en medio de ningún sitio, en una inmesa oscuridad. Ya no había nada. Miró hacia todos lados, pero no había rastro de ningún Crowley ni al frente, ni detrás de ella. No había marcas en sus muñecas, no había sangre, no había temblor en sus manos, ni piel erizada, ni reacciones a destiempo.

La Sam de la vida real suspiró y sus manos se apoyaron en el escritorio que tenía delante, aún con una emoción de inseguridad en su interior que no se la iba a quitar nadie. Todavía se sorprendía frente al miedo irracional que le tenía a los fantasmas del pasado. Le daba miedo el miedo, pues a su parecer le habían hecho terriblemente débil.

Todavía en la mente de Gwen y sin saber en dónde narices estaba, sintió como sus piernas pisaban un charco de agua. No era agua estática, sino la desviación de un pequeño afluente de agua. Siguió la dirección por la que venía, hasta que a lo lejos, en mitad de una inmensidad desmedida, avistó el inicio de lo que parecía un bosque. Múltiples árboles y enredaderas creaban una especie de barrera justo en el inicio, como si fuese una cárcel y ellos sus barrotes. Ahora dejó de lado cualquier truco de legeremantes y corrió hacia allí, hacia la prisión que había aparecido en mitad de ningún sitio. A medida que se acercaba, se dio cuenta de que más que un bosque convencional parecía una especie de laberinto. Sam no pudo entrar al interior, ya que cada vez que lo intentaba el exterior se lo impedía. Las enredaderas se ponían en medio, los árboles cambiaban a merced y le era imposible. Retrocedió unos pasos. —¿¡Gwen!? —la llamó.

Era una maniobra muy trabajada; una prisión muy bien hecha para que no fuese nada. Sam había asumido que si Gwen estaba en algún sitio, iba a estar allí encerrada y que si había podido llegar tan lejos había sido derribando las barreras anteriores. —Gwen… —añadió. —Si estás ahí dentro… si me oyes, tienes que luchar contra lo que tienes delante. Estoy al otro lado, esperándote. —Se acercó a una entrada, pero una enredadera se formó rápidamente hacia aquella dirección, impidiéndole el paso. Mientras seguía hablando, no paró de caminar alrededor de todo el perímetro, buscando algún punto débil en aquella prisión. —Un legeremante siempre te va a poner retos delante que vas a tener que sortear para demostrarle que no puede burlarte en tu propia mente. Puede ser un acertijo, puede ser un puzzle, puede ser el reconocer la aguja en medio del pajar... puede ser cualquier cosa. Tienes que concentrarte y sacar fuerzas. —Y, tras una pausa, continuó. —Tú eres mucho más que ella. Sabes que confío en ti más que en nadie, puedes salir de ahí.

Tenía que haber algún punto débil en aquella prisión. Ella sabía que ninguna trampa hecha en la mente ajena tenía una efectividad del cien por cien. Siempre había errores, imprecisiones, restos de una mente que no eran del todo compatibles con el resto, patrones que siempre seguían las mismas personas. Y por mucho que Artemis Hemsley se considerase perfecta y creyese que no podía cometer errores, estaba muy equivocada.
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Maestro de Dados el Miér Dic 05, 2018 4:41 am

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Gwendoline Edevane el Miér Dic 05, 2018 2:54 pm

Algo no iba bien.
Todo se tornó oscuro de repente, como si alguien hubiera pulsado el interruptor de la luz. El mundo del bosque, ya de por sí en penumbra, se tornó negro como el carbón, y de repente me encontré sola en aquel lugar. Detuve en seco mi carrera, confundida, mirando todo a mi alrededor. Todo era igual, una masa negra e informe en que me encontraba atrapada. Hasta la luz del faro se había extinguido.
Por un momento, pensé que Artemis había logrado atraparme y enviarme a lo más profundo de aquel vacío del que había logrado escapar hacía poco—o mucho, pues la percepción del tiempo allí era extraña.
Sin embargo, pronto empezaron a aparecer imágenes abominables en aquel vacío oscuro. Ante mis ojos vi aparecer a Sebastian Crowley, acercando su mano a una temblorosa Sam, para acto seguido acariciarle la mejilla y recordarle que, si no fuera una asquerosa sangre sucia, le demostraría en todos los niveles cuál era su posición en el mundo.
Después apareció Zed Crowley, sosteniendo entre sus manos la varita de Sam segundos antes de romperla, asegurando que a Sam iba a ocurrirle lo mismo.
Lo siguió Vladimir Crowley, borracho como una cuba, violento como un ser irracional, mirando a Sam desde su posición, de pie ante ella. La miraba con unos ojos que no me gustaban nada, y aseguraba que era un desperdicio de mujer.

—Sé lo que estás haciendo...—Dije entre dientes, refiriéndome a Artemis Hemsley.—No les habrías traído aquí si Sam no estuviera aquí.—Y es que, si bien yo odiaba a los Crowley y deseaba librarme de todo lo relacionado con ellos, Sam les tenía miedo. Les tenía un pánico muy justificado, teniendo en cuenta las imágenes que se sucedían ante mis ojos. Sus hechizos y látigos la golpeaban una y otra vez. Cerré los ojos… cosa bastante inútil, teniendo en cuenta que estaba dentro de mi propia cabeza.—¡Detén esto inmediatamente!—Grité. No quería seguir viendo cómo esos salvajes la torturaban.—¡PARA YA!—Grité con más fuerza, a todo pulmón… y todo paró.

Al abrir de nuevo los ojos, me encontraba nuevamente en el bosque, y ya no quedaba rastro de los Crowley. Tampoco parecía quedar rastro del avatar de Artemis Hemsley en aquel mundo, que había pasado ya por varias formas. Solo había un bosque, árboles y oscuridad, el viento meciendo las briznas de hierba, el cielo oscuro y privado de estrellas… y el faro. La torre volvía a alzarse ante mí, al final de un camino que debía recorrer. Su luz brillaba de forma muy tenue.
Tengo que…, pensé, y el pensamiento reverberó por todo el bosque, inconcluso.
A dicha voz la sustituyó la de Sam, la cual me hizo alzar la mirada, buscándola. ¿Dónde estaba? ¿De dónde procedía su voz?

—¿Sam?—Pregunté, pero mi voz no alcanzó a mi amiga. Lo supe porque continuó hablándome. Me estaba explicando la forma de salir de aquel lugar… y brindándome toda su confianza.—Veo una luz.—Aseguré.—Es un faro. Lo vi la primera vez que escuché tu voz. Tiene que ser la salida.—No sabía si me estaba escuchando, pues igual que yo no podía salir de la prisión de Artemis, mi voz quizás tampoco.—Voy a intentar llegar hasta él.

Observé la luz del faro, clavando la mirada en la edificación de piedra. ¿Sería capaz de llegar allí? No necesité hacerme esa pregunta durante mucho tiempo: a mi espalda, el bosque cobró vida nuevamente, y un rugido emergió de sus profundidades. Se trataba de ella, de Artemis, y no estaba contenta con lo que estaba ocurriendo.
El bosque, igual que una cinta transportadora, comenzó a retroceder a toda velocidad. Más que como una cinta transportadora, daba la sensación de que en algún punto a mis espaldas hubiera un agujero negro, un centro gravitatorio que estaba absorbiendo todo el bosque. Los árboles comenzaron a crujir y a doblarse, y algunos de ellos fueron arrancados literalmente del suelo, siendo arrastrados por el vórtice.
Yo misma empecé a notar la presión de aquel centro gravitatorio y lo supe: o corría, o terminaría absorbida yo también. De vuelta en aquella prisión.

—¡Ahora o nunca!—Exclamé, echando a correr a toda la velocidad que me permitía mi ser en aquellos momentos.


***

En el exterior del bosque, dónde se encontraba la legeremante, todo parecía normal. A excepción de la presencia de Artemis Hemsley, o mejor dicho, uno de sus muchos avatares, que emergió de las sombras a espaldas de Samantha Lehmann.

Pero no era Artemis Hemsley, tal y como la conocían Gwendoline Edevane y la susodicha Lehmann. Se trataba de una monstruosidad informe, compuesta por multitud de tentáculos. Lo único reconocible de la mujer que en el exterior se batía en duelo con Caroline Shepard eran sus ojos y su boca. Los tentáculos parecían emerger de su cabeza, de tal manera que Hemsley parecía una máscara sujeta por los tentáculos que brotaban de ella, una suerte de Medusa o Gorgona.

Lanzó uno de sus tentáculos en dirección a Samantha Lehmann, con intención de hacerle daño si no se marchaba de inmediato.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Maestro de Dados el Miér Dic 05, 2018 2:54 pm

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Caroline Shepard el Miér Dic 05, 2018 4:55 pm


Caroline se considera una persona impulsiva, pero una precavida. De esas que a pesar de dar de manera inmediata el primer paso, ya al segundo y tercero comienza a maquinar en su cabeza cuales serían los mejores pasos a seguir. En esta ocasión las cosas serían un poco más complicadas, ya que por más que la pelirroja no ha estado alejada de duelos peligrosos e improvisados, ella en su interior sabía que esta vez sería un poco diferente al resto. Más que nada porque ella había tenido la fortuna de admirar con sus propios ojos, gracias a su amigo Ryo, las maravillas que podía crear Aoyama, y lo fatal que podían llegar a ser sus creaciones en manos equivocadas.

La pelirroja recuerda muy bien la primera vez que sus amigas le hablaron sobre Grulla, bastaba con tan solo ver sus rostros para saber que esa mujer iba a ser un gran grano en el culo. Recuerda también la impotencia que sintió al comprobar que ese miedo de perder a un ser querido iba a ser una sensación permanente durante un tiempo largo e incierto, y que cada vez se le tornaba más lento, doloroso y frustrante.

Le resultaba cada vez más tedioso tener que trabajar en un lugar lleno de personas que no dudarían en dañar a uno de sus seres queridos por un poco de dinero o status, porque eso era Artemisa, una mera chica con sed de poder, y claramente carente de cariño. Porque una persona que sabe aunque sea un poquito lo que es amor, no disfruta hiriendo y aprovechándose del resto para obtener bienes materiales y superfluos. Porque uno descubre que a veces vale más una tarde de risas con unos amigos, un regaloneo con tu mascota, o un encuentro de pies helados bajo las sábanas que un bolso lleno de galeones o títulos mágicos.

La magizoologista no disfruta odiar, ni mucho menos aborrecer a las personas, aunque tenga un temperamento a veces distante con los demás, siempre intenta ver el lado bueno de los demás. Pero personas como Crowley, la Ministra, o Hemsley simplemente sacan lo peor de ella, ese lado que no le gusta habitar pero debe hacerlo, y lo hará mil veces más si de eso depende salvar a sus seres queridos.

Escondida tras esa pared, sentía su corazón palpitar rápidamente como una gran caballería galopeando vorazmente. ¿Tenía miedo de que todo saliera mal? Sí, pero no iba a dejar que eso la paralizará. Y mucho menos que esa rabia que sentía por esa mujer, llegara a nublarle la razón, ya que hoy debía estar más despierta y atenta que nunca. Escuchó las palabras de Artemisa, y por unos segundos todo su cuerpo se tensó, pero no cedió a sus provocaciones, no cedió a su intento de derrumbarla emocionalmente antes de siquiera haber empezado el duelo.
Pese al hostil contexto en el que se encontraba se dio un tiempo breve para cerrar sus ojos y regular su respiración, necesitaba estar en su mejor momento, no con una pulsación de un siervo asustado. Recordó las palabras de su maestro cuándo le dijo que en momentos en que el tiempo no estaba de tu lado, lo mejor siempre era pensar en tus puntos más fuertes, y aferrarte a ellos como una sanguijuela. Y fuera de las criaturas algo que se le daba bastante bien era el combate al estilo muggle. No sabía cuánto tiempo tendría para dar sus mejores golpes, pero lo aprovecharía al máximo.

Abrió los ojos como platos cuando observó como un montón de shurikens es tuvieron a un pelo de convertirla en rebanadas, inspiró profundamente y supo que había llegado el momento de comenzar de una vez aquel duelo, y de dar la pelea hasta que su cuerpo aguantase.

Se apareció detrás de Artemisa y le dio una patada de lleno en su zona lumbar, para luego sin siquiera tener tiempo para un respiro aparecer frene suyo y hundirle sus puños, uno en su rostro y otro en su estómago, el segundo no llegó a darlo del todo ya que salió disparada por los aires, una vez más. En esta ocasión el golpe al aterrizar fue mucho más fuerte que el anterior, aún ni lograba salir de aquel impacto cuando volvió a estar por los aires, y como una muñeca de trapo ser lanzada una vez más a otra dirección. En esta oportunidad, sus reflejos dieron todo de sí y pudo invocar un hechizo que amortiguara aunque fuera un poco su caída.

No llevaban ni diez minutos y ya le dolía todo, pero aún le quedaba mucha energía por derrochar. Se levantó como si su cuerpo estuviera en perfectas condiciones, y con varita en alto, mentón alzado clavó su azul mirada en Artemisa Hemsley.- Que comience el juego.

Un nuevo rayo de luz salió de su varita, no sabía si realmente llegaría a destino, pero dese allí en adelante, no dejará de atacar ni proteger ni por un milésima de segundo, con personas como Grulla, el marcador siempre parte en negativo para su contrincante, y Caroline era consciente que no tenía todo para ganar, pero al menos quería darle cara y hacerle sentir que poseer ese anillo, no era lo más importante, ya que habían ideales que poseían mucho más poder.
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Gwendoline Edevane el Jue Dic 06, 2018 1:54 am

La figura del faro, imponente y luminosa, se alzaba cada vez más cerca de mí. Contra todo pronóstico, y a pesar de que no las tenía todas conmigo cuando empecé a correr, estaba alcanzando la salida. Esta vez, sin dudas: en cuanto tenga el pomo al alcance de mi mano, lo cogeré, me dije a mí misma mientras veía la puerta aproximarse.
Aquel agujero negro seguía devorando todo a su paso, arrancando árboles de cuajo mientras se aproximaba hacia mí. La voluntad de Hemsley era fuerte, muy fuerte, pero a pesar de todo… Lo estoy logrando, me dije, y una vez más mis pensamientos resonaron por todas partes en el bosque, del cual cada vez quedaba menos.
El contorno de la puerta empezó a iluminarse a medida que me acercaba a ella. Un rectángulo de bordes luminosos alzándose ante mí. De la misma manera, todo lo demás empezó a oscurecerse, y pronto no quedó otra cosa que no fuera la puerta, el agujero negro y yo misma.

—¡No me vas a atrapar!—Grité, sorteando la poca distancia que me quedaba por recorrer, a la carrera. Allí estaba la puerta, justo delante de mí, y sin perder un solo segundo, así el pomo y lo giré.


***

La figura del faro, imponente y luminosa, se alzaba cada vez más cerca de mí. Contra todo pronóstico, y a pesar de que no las tenía todas conmigo cuando empecé a correr, estaba alcanzando la salida. Esta vez, sin dudas: en cuanto tenga el pomo al alcance de mi mano, lo cogeré, me dije a mí misma mientras veía la puerta aproximarse.
Aquel agujero negro seguía devorando todo a su paso, arrancando árboles de cuajo mientras se aproximaba hacia mí. La voluntad de Hemsley era fuerte, muy fuerte, pero a pesar de todo… Lo estoy logrando, me dije, y una vez más mis pensamientos resonaron por todas partes en el bosque, del cual cada vez quedaba menos.
El contorno de la puerta empezó a iluminarse a medida que me acercaba a ella. Un rectángulo de bordes luminosos alzándose ante mí. De la misma manera, todo lo demás empezó a oscurecerse, y pronto no quedó otra cosa que no fuera la puerta, el agujero negro y yo misma.

—¡No me vas a atrapar!—Grité, sorteando la poca distancia que me quedaba por recorrer, a la carrera. Allí estaba la puerta, justo delante de mí, y sin perder un solo segundo, así el pomo y lo giré.


***

Una de las entradas, aquella frente a la que se había detenido Sam, se abrió repentinamente. Las enredaderas que impedían el paso a mi amiga repentinamente se abrieron, separándose las unas de las otras, y emergí yo a la carrera. Mis ojos se encontraron con los de mi amiga, con los de mi persona especial, y una sonrisa empezó a dibujarse en mi rostro. Sentí alivio durante una fracción de segundo… y entonces lo vi.
La sombra que acechaba detrás de Sam, esa amalgama de tentáculos que sostenía una máscara con el rostro de Artemis Hemsley. Sonreía con una boca llena de afilados dientes, una sonrisa horrenda de oreja a oreja. Uno de sus tentáculos se zarandeaba de un lado a otro, buscando el hombro de Sam.
No lo dudé ni un segundo. En mis manos, conjuré una bola de luz roja, dispuesta a arrojarla contra la criatura.

—¡No la toques!—Grité, arrojando con todas mis fuerzas la luz en dirección a aquella criatura sombría, con tal precisión que la arrojé de vuelta a la oscuridad a la que pertenecía. Su cuerpo, o lo que en aquel lugar parecía un cuerpo, estalló en mil pedazos y desapareció.


Apoyo gráfico:

Miré a Sam, y por fin se formó esa sonrisa en mi rostro. Sentía que llevaba lejos de ella y de todos los que amaba demasiado tiempo. Artemis me había tenido bajo su control, utilizándome a su propio placer y conveniencia, alejándome de mi vida. Sentí un gran alivio al poder acercarme a ella, una vez más, como yo.

—Me has salvado.—Dije, caminando hacia ella y abrazándola con fuerza...


De vuelta en el mundo real

En el mundo real, la conexión mental entre Sam y yo se cortó entonces, y ambas, apoyadas en aquella mesa desvencijada, nos encontramos mirándonos a los ojos. Sentía todavía las mejillas húmedas debido a las lágrimas que antes habían conseguido escapárseme, y que prometían no ser las últimas que lloraría aquel día.
Sorprendida, observé el mundo a mi alrededor. No recordaba haber pisado aquel edificio en mi vida, pero evidentemente me encontraba allí. Tampoco podía decir que recordara demasiado de muchas cosas que habían ocurrido durante los últimos meses. Tenía la sensación de que, cuando estaba dentro de mi propia mente, encerrada, todo era más claro. Que allí sí que podía entender cosas que ahora se me escapaban.
Bueno… no importa, pensé mientras sentía el frío arrullo de la brisa de noviembre. Lo importante es que estoy de vuelta.

—Me has salvado...—Repetí, mirando a Sam, y acercándome a ella para poder abrazarla, esta vez en el plano físico.—¡Muchas gracias por traerme de vuelta!

Como ya me imaginaba que ocurriría, mis ojos se humedecieron y, con el rostro apoyado en el hombro de Sam, comencé a llorar. Pero no lloraba lágrimas de tristeza ni de miedo, sino de alivio. De alegría. Había estado en un lugar oscuro del que jamás creí que lograría salir, y Sam había ido a buscarme incluso a aquel lugar oscuro. No había temido, a pesar de que la que se hacía pasar por mí había esgrimido contra ella su mayor temor.
Me sentía muy afortunada de tener a una amiga como ella...


Resultado del duelo:

Gwen - 3 toques || Sam - 1 toque

¡Gana Samcita!

Artemis Hemsley y Caroline Shepard

Artemis arrojó una lluvia de shurikens de hielo en todas direcciones, igual que una onda expansiva fruto de una explosión. En su mayoría impactaron sobre las paredes y demás elementos del mobiliario que todavía quedaban intactos, pero algunos atravesaron las ventanas sin cristales, y se perdieron en la noche.

Shepard logró librarse del ataque, aunque Artemis tampoco esperaba otra cosa: oculta como una rata, la mestiza no ofrecía lo que se dice un blanco claro, y si alguna de las estrellas la hubiera alcanzado, habría sido de casualidad.

La mortífaga bajó lentamente la mano izquierda, la del anillo, observando lo que sucedía a su alrededor. Y sí, los primeros ataques de Shepard la pillaron desprevenida: la pelirroja lanzó dos golpes por la espalda, haciendo uso de la aparición, y acto seguido un tercer golpe en plena cara. La bruja planeaba asestarle un cuarto golpe a la cazarrecompensas, pero volvió a alzar el puño cerrado justo a tiempo, deteniendo su embestida con su magia potenciada por el anillo que le había fabricado Aoyama. Shepard salió despedida nuevamente, en esta ocasión aterrizando de manera mucho más dolorosa en el suelo de aquella oficina abandonada.

Artemis la alzó de nuevo por los aires y la arrojó en otra dirección, pero una Shepard más atenta logró amortiguar el golpe con su magia. Hemsley dejó de ejercer presión sobre ella con su magia, dándole tiempo para ponerse en pie.

Al menos, reconoceré que tienes agallas. Me has pillado desprevenida, pero… Spoiler: no volverá a ocurrir.Artemis pronunció la última frase como si fuera un secreto que nadie más que ellas dos pudieran saber, y aderezó su tono de voz fingidamente dulce con una sonrisa que no tenía nada de dulce.

Shepard alzó su varita, conjurando un hechizo contra Artemis. La mortífaga, empuñando su katana en ambas manos, mantuvo la mirada fija sobre la de Caroline. Sin siquiera mirar, comenzó a controlar las sombras que cubrían la estancia, de tal manera que se arremolinaron a su alrededor igual que un torbellino compuesto de oscuridad. El hechizo de Shepard impactó directamente sobre éstas, y a consecuencia detonaron. Lo que antes parecían sombras se convirtió en una oscura bruma que cubrió toda la estancia, opacando la luz y sumiéndolo todo en la penumbra.

Artemis no perdió el tiempo: utilizando el hechizo Umbra transporte, se movió entre las sombras, camuflándose, acechando a una Caroline Shepard sorprendida, que no sabría ver por dónde le vendría el siguiente ataque. Ahora que estaba en pleno uso de sus capacidades físicas, y que no tenía herida alguna en su pierna, Artemis podía moverse libremente, sin apenas hacer ruido.

Y pasó al ataque.

Lanzó un tajo horizontal con su katana en dirección a Shepard, atacándola desde un lateral. Sin embargo, la bruja estaba más preparada de lo que Hemsley se esperaba: quizás debido al entrenamiento que había recibido en Japón, debió escuchar el sonido de la katana cortando el aire, y a consecuencia esquivó por muy poco el tajo.

Pero Hemsley no se detuvo ahí. Se agachó, utilizando la inercia de su primer ataque, y lanzó una patada directa al estómago de Caroline Shepard. La bruja interpuso el antebrazo y logró parar la pierna de Hemsley, quien no pudo evitar componer una sonrisa divertida: no iba a ser tan fácil como ella esperaba, y de haberlo sido, habría sentido la más grande de las decepciones.

Se puso en pie ejecutando una voltereta hacia atrás, escondiéndose nuevamente en la cortina de sombras que había creado. Mientras hablaba, comenzó a moverse de un lado a otro.

Veo que has recibido un entrenamiento digno de admirar. Al final, quizás esto no sea tan aburrido como esperaba que fuese.Y soltó una pequeña risita, mientras seguía moviéndose.

Se lanzó nuevamente al ataque, dispuesta a golpear a Shepard por la espalda en esta ocasión, pero no llegaría a hacerlo. La mortífaga vio aparecer un punto de luz brillante por delante de ella, y enseguida lo identificó: Shepard estaba conjurando un hechizo de luz para contrarrestar las sombras. No tenía forma de detener aquello, así que en lugar de intentarlo, atrajo cuantas sombras pudo en su dirección y las moldeó para que formasen un sólido muro por delante de ella.

Entonces, llegó la luz, intensa y blanca, y el muro a duras penas pudo con ella. Por fortuna, Artemis no quedó cegada por la luz, pero sí quedó nuevamente al descubierto. Y cuando los jirones de sombras que quedaban en la estancia se disiparon, estaba frente a frente con Shepard. Y sonreía.

¡Muy lista! ¡Se nota que fuiste a Ravenclaw!Poco le faltó a Artemis para ponerse a aplaudir allí mismo, siempre de manera irónica.Cara a cara será, pues.Añadió, empuñando la katana en ambas manos, lista para luchar.

Aprovechando la distancia que las separaba, Shepard conjuró varios hechizo en dirección a Artemis. La mortífaga se sirvió de la aparición para evitarlos, y una vez estuvo lo bastante cerca de su rival, alzó el arma para asestarle un tajo. Shepard se puso en guardia con intención de esquivarla, pero el golpe nunca llegó: Artemis se valió nuevamente de la aparición para situarse a su espalda, y ahí fue asestó su golpe.

Fue un tajo diagonal ascendente, y la hoja mágica forjada cortó la ropa de la pelirroja como si fuera mantequilla. También cortó la piel y la carne por debajo, pero solo superficialmente. La sangre brotó entre los jirones de tela de la ropa de Shepard y enseguida empezó a gotear en el suelo. La bruja, anonadada, avanzó un par de pasos vacilantes.

Artemis clavó la espada en el suelo de la oficina y la dejó ahí. Alzó su puño izquierdo y, con su magia, hizo levitar una de las paredes móviles atravesadas por estrellas ninja de hielo, arrojándola contra Caroline. La bruja recibió un golpe desde un lateral, desequilibrándose, y terminó clavando una rodilla en el suelo.

Artemis avanzó hacia ella, poniéndole una mano en el hombro cuando llegó a su lado. La obligó a darse la vuelta, y Shepard aprovechó la ocasión para asestarle un puñetazo directo en la mandíbula a Hemsley. El golpe fue tan contundente que el labio inferior de Artemis se partió, y un hilillo de sangre corrió por su mentón.

Me estás empezando a caer muy bien.Respondió Artemis con una sonrisa aparentemente cálida, para acto seguido arrear un puñetazo en la cara a Shepard. Fue tan contundente que la bruja, debilitada, terminó cayendo de bruces al suelo.Levántate. Presenta batalla, asquerosa traidora.La retó Artemis, colocando la suela de su bota sobre la espalda herida de Shepard, pisándole el corte que acababa de hacerle con la katana.Unos cuántos más de estos y tendrás una espalda a juego con tu amiguita, la sangre sucia.Comentó Hemsley, soltando una risita perversa.
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