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Paseo al atardecer (Libre)

Stefan Throp el Sáb Nov 10, 2018 1:02 am

El letrero de la tienda de mascotas fue girado de abierto a cerrado, un joven con el cabello sujeto en una coleta y que vestía una túnica sencilla pero a la vez algo elegante para un simple encargado de tienda preparaba a los animales dentro de la tienda para la noche comenzó repartiendo el alimento para estos en sus diferentes ubicaciones, las jaulas no le agradaban para ninguno de ellos, así que cuando estaba el presente podían andar por todas partes, la tienda había sido agrandada un poco debido al dinero que el mismo había donado anónimamente para las mejoras del lugar, así los animales tenían pequeños espacios donde podían moverse ir y venir, algunas aves podían revolotear por la tienda libremente, todos hacían travesuras de vez en cuando pero ninguno un desastre muy grande que no pudiera repararse con un movimiento de varita, luego de dejarles suficiente comida pensó un momento, luego de comer hacían sus necesidades en la próxima hora antes de ser hora de resguardarlos para dormir así que pensó en dar un pequeño paseo por el callejón antes de que las demás tiendas comenzaran a cerrar y así darles tiempo a los animales a prepararse, la mayoría ya conocía la rutina y estaban entrenados para saber los horarios de la tienda no había usado magia simplemente un entrenamiento con cuidados y cariño, cosa que no sabría nadie jamás, si le preguntaban decía que un simple hechizo de control animal

-bien regresare en un momento, no hagan ningún desastre-
les advirtió a los animales dándoles una pequeña sonrisa antes de salir y cerrar la puerta, comenzó entonces a caminar con una expresión tranquila pero ligeramente altiva, miraba una tienda y otra, regularmente no salía a observarlas antes de la noche que era hora de regresar a casa, quizás debería pasar por la librería, curiosear un poco entre los estantes, o quizás conseguir alguna cosa dulce para disfrutar en al hora que debía esperar, una sombra que pasaba rápido lo hizo levantar la mirada a lo alto, un grupo de lechuzas pasaron volando por lo alto haciéndolo detenerse un momento a contemplarlas sin importar quien pudiera estar alrededor observándolo, el amaba ver a los animales en libertad, amaba ver las aves volar parecían tan libres y felices, deseaba sentir algo parecido en algún momento, lo más cercano a ello era su trabajo en la tienda cuando atendía a los animales a puerta cerrada donde nadie podía verlo, algún día... algún día seria libre, en algún lugar, lejos, lo mas lejos que pudiera de ese orden que se cernía sobre el mundo mágico y el no mágico.... cosa que parecía imposible debido a que aquella sombra de tinieblas y miedo parecía se extendía por todo el mundo conocido

-algún día-
se dijo sin apartar la mirada de una lechuza que se había posado sobre el letrero de una tienda, dio un paso mas y por su mirada pedida nos e dio cuenta hasta sentir el impacto que alguien había chocado con el
Stefan Throp
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Stefan ThropInactivo

Hester A. Marlowe el Dom Nov 11, 2018 2:01 am

La tarde se había esfumado a tal velocidad que Hester apenas había tenido tiempo de darse cuenta.

A la oclumante le hubiese gustado decir que había sido una de esas tardes divertidas, en las que te lo pasas tan bien que el tiempo vuela, pero la realidad era muy distinta: desde que había terminado su turno en el Ministerio, alrededor de las tres de la tarde, no había parado. Había comido un perrito caliente en un puesto callejero, y con la escasa energía que eso puede otorgar a una mujer adulta, se había enfrascado en la apasionante tarea de hacer recados.

En concreto, Hester había acudido a distintos herbolarios muggles en busca de una serie de ingredientes naturales para la elaboración de infusiones. ¿Y para qué necesitaba dichas infusiones? En su mayoría eran infusiones relajantes destinadas a sus clases de oclumancia: quien las bebía podía llevar a cabo la parte de la meditación con mucha más tranquilidad, alcanzando el estado mental óptimo para las primeras prácticas. Por supuesto, aquello era una especie de ‘trampa’, y no servía siempre: eventualmente, el mago en cuestión tendría que ser capaz de alcanzar dicho estado sin necesidad de esas infusiones, pero venían muy bien para combatir los nervios de las primeras clases.

Y, teniendo la mala suerte que tenía Hester en muchos aspectos de su vida, durante su cacería de los ingredientes sucedió… bueno, lo que era de esperarse: este herborista tenía lavanda, pero se le había terminado la valeriana; el siguiente tenía valeriana, pero justamente un cliente acababa de llevarse sus últimas existencias de té de melisa; un tercero tenía abundante té de melisa, pero hasta el día siguiente no recibiría más pasionaria… y así sucesivamente. Hester llevaba tanto tiempo dando vueltas en su bicicleta—cabezona como era, se negaba a utilizar medios de transporte mágicos en el mundo muggle, a no ser que fuese de vital importancia—que le dolían las piernas y el trasero.


El último ingrediente que necesitaba era mágico, un ingrediente destinado a potenciar los efectos del resto—y a conferirles un dulce sabor frutal, que también era importante—y que realmente no era difícil encontrar. Pero estamos hablando de Hester Marlowe, esa persona que va a pagar a la caja más vacía del supermercado justo en el momento en que ésta está a punto de sufrir una avería. O tal vez el único cliente que tiene delante trae un producto con un código de barras que no lee el lector. O quizás se ha quedado sin cambio y tardan cinco minutos en traerle más.

¿En qué se tradujo esta mala suerte para Hester? En que, por supuesto, el ingrediente que necesitaba se había agotado. ¡Porras!, pensó la joven ex-Hufflepuff cuando recibió la noticia de parte del dependiente. Incluso compuso una cómica expresión de fastidio—cómica para todos excepto para ella, claro—, a lo que el hombre respondió con una triste sonrisa de disculpa.

—¿Y tiene usted idea de cuándo recibirá el ingrediente?—Preguntó Hester, a lo que el hombre respondió que quizás al día siguiente, ofreciendo a Hester un sustituto. La chica valoró aquella opción, pensativa, con el dedo índice sobre su labio inferior, pero finalmente rechazó la oferta.—No sería lo mismo, pero muchas gracias. Volveré mañana.

Mañana es sábado, pensó Hester, y aquello podía considerarse una total obviedad, pero ese pensamiento tenía su lógica, así que no tengo prisa. Si recibe el ingrediente mañana, tendré las infusiones listas para el lunes. Aquello podía servirle, aunque hubiese preferido que aquel viaje no hubiera sido para nada. En fin, voy a volver a casa. Estoy muerta de cansancio, pensó mientras evocaba una imagen de sí misma recostada en su cama y viendo alguna serie en Netflix.

También tuvo tiempo de pensar que, ojalá, hubiese tenido una visión que le ahorrase dar tantas vueltas aquella tarde. Sus poderes tenían una forma curiosa de funcionar, llegando cuando menos útiles le resultaban, o cuando menos oportunos eran. Ojalá pudiese encenderlos y apagarlos cuando quisiese, pensó, no por primera vez, mientras caminaba con la mirada clavada en el suelo. Era una costumbre muy mala que tenía, y que podía desembocar en… lo que ocurrió a continuación.

Hester, cuya torpeza en gran medida se debía a su falta de atención al entorno que la rodeaba, terminó colisionando contra algo, con tan mala suerte que el golpe la mandó al suelo de culo. Y sí, fue tan doloroso como suena. Y no fue hasta que estuvo literalmente sentada en medio de la calle que se dio cuenta de que no había chocado contra algo, sino contra alguien: un hombre, de pelo castaño largo y ondulado, y una bien cuidada barba que, de haber sido Hester heterosexual, sin lugar a dudas habría llamado mucho su atención. Pero aquellos días, más bien, pensaba en pelirrojas.

—¡Perdón! ¡No miraba por donde iba!—Exclamó Hester, quien en los últimos tiempos, cada vez que chocaba con alguien, tenía mucho miedo de saltar en llamas. Últimamente, hasta chocar con la persona equivocada podía suponer un peligro para la integridad física.

Se apresuró a ponerse en pie… por si acaso tenía que salir corriendo.

Atuendo:
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¡Hola! ¡Me apunto, si no te importa! ^^
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Stefan Throp el Dom Nov 11, 2018 4:46 am

El impacto para el no había sido la gran cosa, de hecho ni siquiera había logrado hacerlo perder el equilibrio fue más bien la sorpresa de recibir a alguien contra su pecho lo que lo descoloco un momento, observo entonces a la chica en el suelo "si esto hubiera pasado con un hombre mas grande que hubiera terminado en el suelo pensaría que el ejercicio hace mucho efecto en mi " extraño pensamiento, pero mirando a la joven, bueno, no sabia por que le daba la extraña sensación de que una ráfaga de viento causada por un caballo alado podría tumbarla igual de fácil, se inclino ligeramente para extender su mano y ayudarla a levantarse, pero la chica fue mucho más rápida que su mano, por un momento se pregunto si el suelo bajo ella estaba en llamas pues esa había sido la impresión del movimiento

-esta bien, fue mi culpa igual, me distraje mirando una.....se fue-
cuando regreso la mirada a donde antes habían estado las lechuzas pero claro estas habían continuado su vuelo, sonrió un poco olvidándose que tenia a alguien frente a el mirándolo, de nuevo pensaba de forma poética como ese vuelo y libertad no podían ser frenados simplemente porque la vista de alguien se había posado en ellos, entonces su sonrisa s desvaneció de nuevo mostrando una expresión tranquila y neutral

-no te hiciste daño?-
pregunto mirando el suelo donde había caído la chica antes, no es que esperara encontrar sangre o algo así, más bien algún objeto punzante, una roca, quizás algún objeto ilegal que hubiera hecho que la reacción de la chica fuera tan brusca al levantarse, la observo entonces atentamente a pesar de que se veía algo atolondrada era bonita, sus ojos de ese color tan intenso y llamativo le recordaban a una foca bebe que visto conocido una vez, de estar interesado en las chicas seguro se hubiera visto atraído hacia ella

-si el golpe fue muy fuerte conozco un par de hechizos para ayudar a sanar o quitar el dolor-
no solía ser tan amable con las personas ni mostrar talento en hechizos curativos a los demás que era lo que mas solía usar cuando encontraba algún animal herido o en este caso a una persona que le recordara la inocencia de un animal pequeño y asustadizo, si sin duda el hombre era todo un caso, la chica quizás no lo sabría pero había sido mas afortunada que prácticamente toda la gente que el conocía, pues ninguno que no anduviera en cuatro patas fuera peludo, emplumado o escamoso había visto el su lado gentil

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bienvenida seas
Stefan Throp
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Stefan ThropInactivo

Hester A. Marlowe el Lun Nov 12, 2018 2:58 am

La caída, vista desde fuera, debía haber sido impresionantemente ridícula: un hombre que iba mirando hacia el cielo chocaba con una chica que iba mirando hacia el suelo. Una contradicción en sí misma, polos opuestos del mismo imán. Visto de aquella manera, estaba claro que estaban condenados a sufrir un accidente, viéndose atraídos el uno hacia la otra.

Sin embargo, para Hester no fue nada divertido: acostumbrada a asustarse incluso de su propia sombra cuando a ésta se le ocurría adelantarla mientras caminaba por la calle a horas poco prudentes, un choque accidental con un mago en medio del mismísimo Callejón Diagón suponía un microinfarto. De hecho, cuando se levantó a toda prisa—casi de un salto, sin siquiera percatarse de que dicho mago le estaba tendiendo su mano para ayudarla a recuperar la verticalidad—su corazón latía a tal velocidad que la joven creyó que se le saldría del pecho. De manera automática, cuando el hombre habló, Hester se preparaba para ofrecer de nuevo sus más sinceras disculpas. Ya tenía la boca abierta a tal efecto, incluso. Pero dichas palabras nunca salieron de su boca, teniendo en cuenta que el hombre parecía ser amable.

¿Una qué?, se preguntó Hester cuando el hombre alzó de nuevo la mirada hacia el cielo. No había terminado la frase, y ella misma, en lugar de preguntarle, dirigió la mirada hacia el mismo lugar; lo único con lo que se encontró fue el cielo, que si bien no era despejado del todo, tampoco llegaba a ser nublado. Para este momento, el corazón de Hester ya se había calmado un poco, y se sentía más dueña de sí misma: al parecer, no iba a morir esa tarde.

—¿Qué?—Preguntó Hester, que se había distraído mirando al cielo, devolviendo su atención al hombre. Había escuchado la pregunta, pero la había sorprendido con la atención puesta en otro lugar; antes de que el hombre tuviese tiempo de repetírsela, Hester respondió.—¿Esto?—Se señaló el trasero, que si bien en el momento de haber caído sí le había dolido un poco, ya no le molestaba lo más mínimo.—¡Oh, no se preocupe! He tenido caídas más aparatosas.—Respondió la oclumante, sonriendo amablemente. Estaba mucho más tranquila sabiendo que aquel hombre era educado. Los mortífagos no solían serlo, o al menos ya no se preocupaban de serlo en los tiempos que corrían.—¡Que va, que va! No es necesario.—Respondió Hester, agitando ambas manos delante de ella en un gesto de negación ante el ofrecimiento del hombre. Si bien era un ofrecimiento amable, educado, a Hester le resultó curioso: ¿Qué pensaría la gente que pasase si veía a un hombre apuntándole con su varita al culo a una chica? Seguramente… lo peor. Así era la gente.—Lo cierto es que yo también iba un tanto distraída. Pero nada, no ha sido nada.

Resuelto aquel pequeño incidente, sin nadie herido y sin tener que lamentar la temprana muerte de Hester Marlowe a manos de un hipotético mortífago, la oclumante se dispuso a seguir su camino. Ya nada la retenía allí.

—Bueno, le dejo seguir con sus cosas.—Hester levantó la mano a modo de saludo, con una sonrisa amable en el rostro.—¡Que pase una buena tarde!—Y Hester, tras ajustarse mochila sobre los hombros, reanudó la marcha abruptamente interrumpida segundos atrás.

No había caminado ni cuatro pasos, con toda la intención de abandonar el Callejón Diagón y dirigirse a casa, cuando se asustó por segunda vez en aquella tarde. La diferencia con respecto a la primera vez fue que Hester Marlowe pegó un chillido, y es que ante sus ojos, a ras de suelo, apareció una rauda bolita de pelo oscuro que huía de algo o de alguien. Le costó un par de segundos entender que se trataba de un escarbato con los bolsillos llenos de cosas. Tan llenos los llevaba que se le iban cayendo a medida que corría, dejando un rastro de monedas brillantes tras de sí.

Por si aquello no fuese suficiente, el animalito se encontró con Hester en su camino, de tal manera que pegó un salto y se encaramó a su pierna. La oclumante pegó otro chillido, y la criatura mágica trepó por su brazo y, finalmente, alcanzó la abertura de su mochila. Levantó la solapa sin ningún tipo de pudor y se coló dentro.

—¡Porras! ¡Se ha metido en mi mochila!—Exclamó Hester, preguntándose una vez más por qué narices tenía que tener ella tan mala suerte. Se estaba descolgando la mochila de los hombros, con toda la intención de sacar al escarbato del interior, cuando escuchó una voz airada procedente del mismo lugar del que había llegado el escarbato.

—¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde está ese bicho ladrón?! ¡Voy a hacerlo picadillo!—Tras aquella voz emergió un anciano mago, vestido al más puro estilo de los magos—con un largo sombrero puntiagudo, incluso—empuñando su varita.

—¡Porras!—Repitió Hester, esta vez en un murmullo, mientras sostenía la mochila en ambas manos. ¿Y ahora qué hago yo?, se preguntó la joven bruja, que tenía un maldito don para meterse en problemas como aquellos. ¿La haría picadillo aquel mago a ella también cuando descubriese que ocultaba, involuntariamente, a aquel pequeño ladronzuelo?

Anciano mago con malas pulgas = #2fc946
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Stefan Throp el Lun Nov 12, 2018 3:34 am

- Esta bien si usted lo dice - fue la sencilla respuesta por parte del mago, la chica hablaba bastante y bastante apresurada, parecía tener miedo todo el tiempo, eso la hacía aun más parecida a un pequeño animal indefenso que sus ojos, dio un leve asentimiento cuando esta se despidió y dio una leve inclinación de cabeza levantando también una mano para despedirse observándola alejarse

-quizás la foca tenía menos miedo de mi...o del mundo -
se dijo por lo bajo, cuando iba a girar a regresar su camino unos tintineos en esa misma dirección lo hicieron permanecer atento, eso era acaso? oh si sin duda lo era, un escarbato "cuando aprenderán las personas? no puedes tener un escabato de mascota a no ser que seas muy hábil para cuidarlo " pensó dando un suspiro observando como este se aferraba a la pierna de la chica y luego trepaba hasta su mochila

-eso confirma que es una buena chica o la hubiera pasado de largo-
en cuanto escucho la voz enojada de un hombre llevo su mano al interior de su túnica saco un puñado de moneda doradas y con la varita las esparció en una línea de zigzag a gran velocidad haciendo que doblaran la calle, como si se le hubieran caído al pequeño escarbato, entonces se apresuro corriendo un poco hacia la chica y colocando la mano en el hombro de esta con un rostro afligido

-lo siento no pude capturarlo se llevo tu broche y mi anillo, en verdad lo siento cariño-
se inclino y beso la mejilla de la chica haciendo que su cabello cubriera su boca lo suficiente para susurrarle

-solo sígueme la corriente él le haría daño -
le pidió en una suave suplica, sabía que los pequeños escarbato eran muy maltratados por aquellos a quienes solían robar algunos incluso morían por que algún mago estúpido se enojaba demás por como actuaban los pequeños seres aunque fue su instinto conseguir cosas brillantes

-ah está buscando a ese bribón, se fue por allá, pero no logre capturarlo se mesclo con un grupo de personas-
señalo el camino de monedas doradas que relucían en esa dirección, con algo de suerte el hombre estaría tan enojado como para no detenerse a esperar

-ven querida mejor vayamos de aquí no vaya a ser que decida regresar por aquí y robarnos algo mas, yo cuidare tu mochila -
el rubio tomo la mochila de las manos de la chica y presiono la solapa para que no se levantara, en esos momentos le hubiera gustado tener la habilidad de comunicarse mentalmente con las criaturas para que el escabato no fuera a intentar salir o asomarse en un mal momento, luego comenzó a caminar al lado de la chica

-solo acompáñame un poco hasta poder ponerlo a salvo-
susurro bajo mientras andaban, tendría que ir directo a su tienda y entonces...entonces vería que hacer, primero tendría que buscar la forma de regresar todo lo que le escabato había robado a ese viejo mago, luego vería que hacer con el pequeño ladrón...bueno siempre había querido uno de mascota, pero no estaba seguro si ese podría ser

-por cierto mi nombre es Stefan, Stefan Throp-
se presento ya que antes en el primer incidente no habían logrado hacerlo y claro no era necesario que supiera su segundo nombre, no le molestaba apero sentía que era algo vergonzoso
Stefan Throp
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Stefan ThropInactivo

Hester A. Marlowe el Mar Nov 13, 2018 7:33 pm

Hester observaba cómo el anciano mago avanzaba inexorablemente en dirección a ella, y de repente, se sintió muy culpable. Culpable como si fuese culpa suya que un escarbato hubiese decidido apropiarse de todos los objetos de valor de aquel airado señor, que blandía la varita como si fuese una espada. La oclumante, que ya normalmente tenía un sano miedo a todo lo peligroso que había en el mundo—o, quizás, no tan sano—llegó a valorar la posibilidad de tirar la mochila y marcharse corriendo. Lo único que le impidió hacerlo es que en aquella mochila, casi literalmente, llevaba toda su vida.

¡Ah, sí, y otra cosa! El mago con el que se había chocado hacía unos momentos, el joven que iba mirando hacia el cielo, se aproximó a ella… y le dio un beso en la mejilla. Hester Marlowe no hubiese podido ponerse más roja ni aunque le lanzasen un cubo de pintura de dicho color por encima. ¡Ni aunque fuese la protagonista de la película Carrie se habría puesto tan roja!

Sin embargo, el pánico no cundió durante demasiado tiempo pues, mientras el mago del sombrero puntiagudo seguía acercándose con paso rápido pero renqueante, el joven que acababa de besarla en la mejilla le dijo algo al oído: todo era un plan. Hester se calmó un poco, especialmente esa parte suya, muy gay, que no sabía lidiar con las situaciones en que tenía que dar un ‘No’ por respuesta. Ciertamente, resultaría muy extraño encontrarse en una situación como esa en pleno Callejón Diagón, pero… ¡Quién sabía! El mundo estaba como una cabra últimamente.

Así que, no sabía bien si por seguirle el juego al joven mago en su intento de proteger al escarbato, o si porque estaba todavía temblando como un flan y no sabía bien qué decir, Hester se limitó a asumir el rol de observadora. El mago del sombrero puntiagudo llegó junto a ellos, visiblemente enfadado por la pérdida de sus pertenencias y su dinero. No necesitó decir gran cosa antes de que el mago que acababa de darle un beso en la mejilla, solícito, le indicase una dirección falsa en que había visto huir al escarbato. Sobra decir que Hester no se percató de la jugada de colocar un rastro falso de monedas para añadir veracidad a su historia: estaba demasiado preocupada por el fugitivo que estaba ocultando en su mochila.

—¿Estás seguro, hijo? Vale, muchas gracias.—Dijo el mago, que continuó moviéndose en la dirección indicada, mientras mascullaba algo entre dientes.—Dichoso escarbato… Ya es la tercera vez que me roba este mes...

Hester, que se había quedado muy quieta, igual que un cervatillo deslumbrado por las luces de un coche en plena carretera, miraba alternativamente al mago anciano y al mago joven. Teniendo en cuenta que, técnicamente, acababa de librarse de ser acusada de cómplice de robo, o de ocultar a un ladrón en su mochila, se sentía ligeramente aliviada. Pero la cosa todavía no había terminado: como bien decía el mago, había que poner a salvo a aquel escarbato. Así que se limitó a asentir con la cabeza, siguiendo al joven, todavía con la mochila en las manos.

Joven que, por cierto, le dijo que se llamaba Stefan Thrope.

—Hester.—Respondió ella, un poco más tranquila, mientras seguían su camino a saber hacia dónde.—Hester Marlowe.—Concretó, añadiendo el apellido que figuraba en la carta junto a la que la habían dejado, hacía casi veinticinco años, en la puerta del orfanato.—Es un placer conocerte, supongo, pero… ¿Puedes decirme a dónde vamos con este ladronzuelo?—Y, como si ladronzuelo fuese su nombre de pila, el escarbato asomó la cabeza desde el interior de la mochila, mirándolos alternativamente a Ambos.—No has salido hasta ahora, ¿no puedes seguir ahí dentro un poco más? ¡Me vas a meter en un lío!—Reprendió la joven en voz baja.

De buenas a primeras, aquel escarbato ya le caía mal. Resultaba difícil que te cayese bien un pequeño ser ladrón que utiliza tu mochila como escondite. Si no fuese tan terriblemente mono y adorable como era, con esos ojitos, ese pico de patito y esas patas de topo, Hester lo odiaría mucho en esos momentos.
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Stefan Throp el Vie Nov 16, 2018 1:37 am

- Así que te tercera vez eh? te gusta correr peligro aparte de solo las cosas brillantes verdad?- pregunto mirando hacia la mochila cuando el anciano se retiraba, sin duda el hombre no dejaría pasar una cuarta vez y lo estaría esperando si es que el pequeño ladrón lograba escaparse, mejor no dejarlo o estaría mas que muerto

-bueno señorita Hester, vamos a mi tienda de mascotas -
le informo observando como el escarbato asomaba la cabeza cuando la chica lo llamaba, lo curioso fue que el escarbato pareció guiñarle un ojo a la chica antes de esconder la cabeza nuevamente en la mochila, eso le saco una pequeña risa al hombre que apenas y contuvo

-creo que le caes bien, te está haciendo caso, eso es mucho más de lo que eh visto que algún escarbato haga con su dueño de años-
el hombre continuo caminando cuidando que el pequeño animal no asomara mas la cabeza, por suerte su tienda no estaba muy lejos de donde había ocurrido el encuentro, solo un par de calles, avanzaron por ellas con un paso moderadamente rápido para no correr más peligros de los necesarios

-listo aquí estamos, solo entra un momento para poner a este pequeño a salvo- a
brió la puerta y la dejo pasar primero, las luces de la tienda se encendieron al momento revelando a varias pequeñas criaturas yendo y viniendo por todos lados, corriendo, volando e incluso algunas solo levitando en su lugar un pequeño grupo de murciélagos revoloteaban en una área acercándose un poco al hombre peor manteniéndose a cierta distancia la notar al achica que iba junto con él, algunos gatos corrieron y pasaron por entre las piernas del hombre buscando algunas caricias

-lo siento, se portan así cuando saben que ya es casi hora de dormir para ellos-
lo comento porque un pequeño gato completamente gris con grandes ojos azules se acariciaba contra el tobillo de la chica, era demasiado pequeño para tener más de unas cuantas semanas

-ahora veamos al pequeño ladrón-
dijo acercándose a una mesa donde solía revisar a las mascotas que la gente compraba pero regresaba por ayuda cuando se enfermaban, se coloco del otro lado y le paso su mochila a la chica, una cosa era cargarla y otra abrirla, no tenía esa clase de malos modales

-sácalo por favor, abra que confiscarle todo lo que robo y buscar la forma de regresárselo a su dueño, luego quizás darle un baño y acondicionarle un lugar aquí, seguro encontrara una familia o un mago o bruja que pueda con el-
sugirió el mago

-por cierto muchas gracias por ayudarme, seguro tienes tus propios problemas y cosas que hacer y en lugar de eso me has ayudado a salvar un pequeño pero te aseguro inocente travieso, solo está siguiendo su instinto, quizás su dueño lo perdió o abandono, suele pasar mucho últimamente -
suspiro un poco, sabía que los que lo hacían, la mayoría no tenia opción, eran descubiertos por el ministerio como "ladrones de magia" entonces debían huir sin nada más que lo que llevaran a mano, algunos habían dejado cientos de mascotas abandonadas en su carrera por salvar su vida "no se puede hacer nada, seguro a ellos les dolió hacer eso" claro que ese no era el tipo de comentario que soltaría frente a nadie, eso lo pondría en peligro y a todos los animales mágicos y no mágicos en su tienda
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Hester A. Marlowe el Sáb Nov 17, 2018 3:23 pm

Hester se había visto aquella situación sin siquiera pretenderlo, sin siquiera pedirlo. Claro que, ¿cuándo el destino, o lo que fuese, tenía en cuenta lo que Hester opinara? Si alguna vez hubiese escuchado lo que la clarividente tenía que decir al respecto, para empezar ya no sería una clarividente: no podía contar las veces que había pedido—a los astros, a los dioses, al karma mismo—que se llevasen aquellas imágenes de un futuro incierto que de cuando en cuando la asaltaban, sin importar el momento ni la hora.

Así que aquel escarbato era la manifestación misma de su karma. Sí, era monísimo, una de las criaturas más monas del mundo, pero no dejaba de ser otra jugarreta de su mala suerte. El mago anciano al que había robado aquella criatura—tres veces, nada menos—parecía lo bastante enfadado como para hacer lo necesario para capturar al escarbato.

Y allí estaba Hester Marlowe, portando un escarbato fugitivo en su mochila, mientras seguía a un hombre al que acababa de conocer camino a una tienda de animales. Todo sea por salvar una vida, pensó Hester, aunque sea la de este pequeño chorizo. El pequeño chorizo en cuestión, como si le hubiese leído los pensamientos, asomó brevemente la cabeza para mirarla, pero al momento volvió a meterse dentro. Eso, tú huye…

—¿De veras? Yo creo que me odia.—Respondió Hester. No cabía otra explicación: si no, no habría intentado que la metiesen en Azkaban por cómplice de robo de bienes ajenos. Porque aquellos delitos seguían estando penados por la ley, hasta donde Hester sabía.—Me ha convertido en cómplice de robo...—Añadió, con un tono de voz que más bien parecía querer decir ‘¡Qué injusta es la vida!’


Contra todo pronóstico, Hester Marlowe, Stefan Throp y el escarbato polizonte llegaron sanos y salvos, sin atraer la atención sobre sus personas, a la tienda de animales de la que el joven mago había hablado a la clarividente. El lugar mostraba un aspecto acogedor, y nada más cruzar el umbral de la puerta, Hester se quedó totalmente boquiabierta.

Las luces se encendieron, como si hubiese instalado un sensor de movimientos—Hester suponía que se trataba del mismo fundamento, pero mágico en lugar de muggle—, revelando una gran cantidad de animales y criaturas que campaban a sus anchas por el establecimiento. La joven oclumante se detuvo unos segundos a la entrada, contemplándolo todo con gran fascinación. Incluso cuando la pequeña bandada de murciélagos hizo ademán de aproximarse, Hester permaneció en su lugar, curiosa. Normalmente se habría asustado, pero en aquel lugar no había ningún animal peligroso. Aunque algunos pudieran parecerlo, de alguna manera Hester sabía que no lo eran. Probablemente recibían los mejores cuidados del mundo.

En ese momento, ese en el que Hester contemplaba embobada todo aquello, Stefan aprovechó para hacerse con su mochila, la cual portaba al susodicho escarbato fugitivo. Hester volvió en sí, notando a continuación al pequeño gato que se acariciaba contra su pierna. La joven sonrió de manera tierna y se agachó para acariciar al pequeño animal, que recibió sus mimos con gusto.

—Parecen muy sociables.—Comentó la bruja, al tiempo que se acercaba a una mesa que parecía destinada a examinar animales, a modo de veterinario. Stefan ya había colocado su mochila sobre esta mesa, y cuando Hester se acercó, el mago se la ofreció. Hester la abrió y acto seguido metió ambas manos dentro, con intención de sacar al escarbato.—A ver si logro cogerle… Dichosas mochilas encantadas que tan prácticas son para llevar muchas cosas y tan engorrosas son cuando intentas sacar algo de dentro.—Hester se rindió, incapaz de encontrar al escarbato a tientas. Sacó ambas manos, tomó su varita y la introdujo por la abertura de la fiel mochila que contenía la mayor parte de su vida.Accio escarbato.—Conjuró, y el hechizo en seguida tuvo efecto.

El animal salió al exterior como si hubiese saltado sobre un trampolín, y Hester lo atrapó al vuelo con ambas manos. Al salir, varias monedas de oro más salieron de sus bolsillos y aterrizaron sobre la mesa y sobre el suelo. El animalito, por su parte, se aferraba a algo que Hester conocía muy bien: su monedero. La bruja miró al pequeño ladrón con gran reproche, mientras lo dejaba sobre la mesa.

—¡Dame eso!—Le dijo, acercando a él la mano izquierda, con la palma hacia arriba, en un intento de que la criatura mágica depositara en ella la cartera robada.—Son mis ahorros. Los necesito para alimentarme y pagar el alquiler.—El escarbato la miraba como si le estuviera hablando en chino, ladeando la cabeza mientras sus manitas sujetaban la pequeña bolsita de piel que era su cartera. Finalmente, Hester decidió echarle mano y, tras un pequeño forcejeo, logró recuperarla.

Stefan entonces llamó la atención de Hester cuando volvió a hablar, y la joven oclumante respondió con una sonrisa. Todavía tenía entre sus manos su cartera, que no contenía gran cosa; sin embargo, lo poco que contenía brillaba, y al escarbato le interesaban mucho las cosas brillantes.

—No hay de qué.—Respondió Hester, quien no creía haber hecho gran cosa por ayudar, salvo dejarse llevar por la corriente, por así decirlo.—Sí, desde luego, parece bastante travieso.—Mientras hablaba, Hester notó como el escarbato alargaba discretamente su manita hacia una de las correas de la cartera, intentando recuperarla; Hester se percató justo a tiempo, alejándola de su alcance. El escarbato, indignado, se cruzó de brazos. Pobrecito, nadie te deja hacer lo que quieres, pensó Hester, fulminando con la mirada al escarbato ladrón reincidente.—La verdad es que todos los animales que tienes aquí parecen muy sociables y muy bien cuidados. ¿Son todos tuyos? ¿O son solo para venta? ¿Los cuidas tú?—Comentó la clarividente, echando una nueva mirada en rededor, deleitándose con la cantidad de animales que habían convertido la tienda en su hábitat natural. A Caroline Shepard le gustaría aquel lugar, si llegaba a verlo.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Stefan Throp el Dom Nov 18, 2018 12:00 am

Nada es más intimo que ser compañeros de robo - dijo con cierta gracia, después de todo era cierto no es así? nada te acerca más a una persona....o criatura después de todo aunque la chica no fuera en si autora, en verdad ayudaba a esconder un fugitivo, pero bueno el castaño también lo hacía, claro que el tenia menos problemas con eso porque pensaba regresar todo y asegurarse de que le pequeño criminal no volviera a delinquir

- los crio y entreno para eso mientras están aquí, es mas fácil para un animal dócil conseguir un hogar y gente que lo quiera, aunque claro hay pequeños rebeldes también, igual suelo encontrarles buenos hogares-
explico ante la duda de la chica, después de todo los animales eran su vida y aunque para la mayoría seria mejor estar en libertad, algunos caseros como estos merecían familias a quienes amar y que los amaran de regreso, humanos y animales se necesitaban en gran medida

- jejeje en verdad se llevan bien ustedes dos -
vio aquella pequeña pelea por el monedero, lo cierto es que le gustase a Hester o no parresia lo suficientemente atenta y capaz de cuidar a un escarbato o muy bien el escarbato de sus cosas, pero decidió que era mejor entretener al pequeño animal en otras cosas

- primero que nada tú tienes que regresar todo eso y si me refiero a todo eso -
uso el hechizo de levitación para que no fue a intentar correr y luego un pequeño acción "cosas robadas" para sacar cada objeto que portaba el escarbato y vaya cantidad de cosas que salieron volando, monedas, joyas, relojes, por la gran cantidad de cosas que salían volando hacia la mesa se preguntaba si aquel viejo mago había sido el único al que había robado o si este tendría alguna especie de joyería

-muy bien eso es todo -
durante la "extracción" el pequeño había intentado sostener varias de las monedas y joyas girando en el aire pero no había logrado conservar nada, el mago movió todo hacia una zona elevada en un estante y lo cubrió con una cortina a modo de que lo viera bien, entonces retiro la cortina y las cosas habían desaparecido, claro había robado el truco a un mago muggle pero era para no dejarle tentación a la criatura de tomar todo de nuevo, no había hecho más que esconderlo

-ahora toma puedes quedarte con estas y con esto -
el mago le ofreció cinco monedas de oro que llevaba en su bolsillo y tomo de la tienda un collar incrustado con joyas, claro eran falsas pero brillaban bastante y parecían contentar un poco al animal que enseguida guardo todo en su bolsillo, aunque con una cara que decía que era una tregua...de momento

- tú y yo tendremos sesiones de lo que se puede y no tomar -
sonrió y extendió la mano haciéndole cosquillas al animal el cual no pudo evitar comenzar a reírse un poco pero sosteniendo su estomago para que sus nuevos objetos ya personales no cayeran de el

-todos están aquí para venta pero más que eso para conseguir un hogar, intento cambiar un poco las cosas, la gente en estas tiendas suele vender a los animales sin investigar un poco a los dueños yo hago un poco mi trabajo para asegurarme que serán cuidados y queridos y en caso de tener que dejarlos atrás pueden traerlos aquí y no abandonarlos-
explico dejando al escarbato en el suelo el cual enseguida se vio rodeado de un montón de criaturas curiosas olfateándolo

-te interesaría tener una mascota? puedo ayudarte con lo básico y je con lo avanzado incluso podría ayudarte a saber cómo tener un escarbato de mascota - le guiño un ojo al mencionar aquello por que según veía podían tener un buen futuro juntos, además que no había lugar más seguro para un monedero que el bolsillo de un escarbato
Stefan Throp
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Stefan ThropInactivo

Hester A. Marlowe el Lun Nov 19, 2018 3:20 pm

Al parecer, Hester Marlowe había entablado amistad—si es que se podía clasificar aquel encuentro y pequeña colaboración de amistad, claro—con todo un experto en la materia de los animales y las criaturas mágicas. Y es que al parecer, Stefan Throp era un experto educador de animales y criaturas mágicas, una suerte de César Millán del mundo mágico. La oclumante escuchó al mago con gran interés, sin interrumpirle, y echando breves miradas a las criaturas que poblaban la tienda de cuando en cuando. No es que les tuviera miedo—por muy miedica que Hester pudiera ser, creía en el sentido común de la gente normal, y dudaba mucho que alguien fuera a arriesgarse a dejar bestias salvajes y peligrosas sueltas—sino que sentía una cierta fascinación por la labor que desempeñaba el mago. Nunca se le había dado demasiado bien la magizoología—su experiencia se limitaba a la optativa de Cuidado de Criaturas Mágicas en Hogwarts y al miedo que le producían algunas de las criaturas que había visto—pero sí le gustaban los animales.

Salvo aquel escarbato, claro. Por mucho que intentara seducirla con su adorabilidad, Hester no se olvidaba del problema en que el pequeño bicho había estado a punto de meterla. Además de que había intentado robarle la cartera, el muy descarado, y no solo en una ocasión sino en dos. Stefan decía que se llevaban bien, pero Hester tenía sus dudas. Como el perro y el gato, más o menos, pensó, esperando que de repente no apareciera un gato montado a lomos de un perro, los dos más felices que perdices, para llevar la contraria a su pensamiento. Altamente probable, estando donde estaban.

—Yo tengo mis dudas.—Dijo Hester, poniendo en palabras sus pensamientos y mirando al pequeño escarbato con desconfianza; la pequeña criatura mágica la observó a ella con una expresión neutra, más pendiente de su monedero que de otra cosa. Todavía no había desistido en su intención de conseguirlo, por lo visto.

Pero sus días de ladrón habían terminado, y como tal, el escarbato tuvo que despedirse de todo lo afanado. Sobraba decir que Hester jamás había observado el proceso de extracción de bienes robados de un escarbato, y contempló con interés cómo lo hacía Stefan. Primero, el escarbato se puso a levitar fruto de un hechizo. A medida que ascendía, algunos de los bienes robados se cayeron por su propio peso, tintineando sobre la mesa, y la criatura buscaba asideros inexistentes a los que sujetarse para no seguir ascendiendo. La oclumante podía simpatizar con él en aquellos momentos: a nadie le gusta le eleven del suelo, y menos si tiene vértigo.

Con otro hechizo, los objetos robados empezaron a caer en medio de una cascada de monedas y joyas. Hester, al principio, presenció esto con una expresión levemente curiosa en el rostro; a medida que seguían cayendo más y más objetos, sus ojos fueron abriéndose cada vez más, hasta el punto en que la boca se simpatizó con ellos y también se abrió. ¿Cómo era posible semejante…?

—¡¿Pero cómo pueden caber tantas cosas dentro de una cosa tan pequeñita?!—No pudo evitar preguntarse, en voz alta, casi escandalizada, a medida que los objetos de valor formaban una pequeña montaña sobre la mesa. La mirada de Hester se dirigió entonces al escarbato, que en un vano intento por recuperar alguno de aquellos objetos, manoteaba, agarrando solamente aire.—¡¿Pero para qué necesitas tantas cosas?! ¡Eso se llama avaricia!—Increpó la bruja al pequeño ser, que se aferraba en vano a la cadena de un reloj de bolsillo de plata. Éste, inevitablemente, también se le terminó escapando.

Stefan anunció que aquello era todo—y menos mal, pues no era precisamente poco—y, acto seguido, hizo una especie de truco de ‘magia’ muggle: colocó una cortina por delante del montón de objetos y, cuando la retiró, estos ya no estaban. Hester se imaginó que habría escondido aquellos objetos de valor en algún sitio en que el escarbato no pudiera verlos, y fue suficiente para que la pequeña criatura los perdiera de vista. Sin embargo, el mago tenía un regalo para el escarbato: cinco monedas de oro y un collar de bisutería. Con los ojos abiertos como platos, el escarbato agarró aquel premio de consolación, lo abrazó como si fuera su mejor amigo perdido tiempo atrás, y luego empezó a frotarse la espalda contra las monedas. Parecía muy feliz.

—Parece feliz.—Comentó Hester, con una sonrisa, mientras el escarbato retozaba con sus regalos. Parecía mucho más que feliz, aunque dudaba que la alegría fuera a durarle mucho: pronto estaría intentando volver a delinquir.

Stefan explicó a Hester entonces que todos los animales estaban en venta, matizando el hecho de que estaban allí para encontrar un nuevo hogar. Supuso que a eso se refería con lo de educarlos y entrenarlos: se aseguraba de que fuesen animales aptos para convivir con humanos. Sin embargo, Hester, que provenía de un orfanato, tenía serias dudas respecto a los hogares humanos: si en muchas ocasiones, los huérfanos terminaban volviendo a St. Christopher porque los padres adoptivos en cuestión no los trataban bien, o simplemente porque no les apetecía poner un poco de empeño a la hora de educarlos y se rendían a las primeras de cambio, podía imaginarse que los animales lo tendrían el doble de difícil.

—¿Y cómo puedes estar seguro de que esos magos a los que les entregas un animal son de fiar? Es decir, pueden estar aparentando. Además, desde el momento en que pagan por un animal, ¿no se convierte éste en objeto de su propiedad?—Argumentó Hester, quien estaba totalmente en contra de la compraventa de seres vivos. Si fuera un poco más valiente, quizás, sería activista pro-derechos de los animales, pero tendría que se en otra vida.—¡Oh, ya tengo una mascota!—Exclamó Hester con una sonrisa, llevándose la mano al bolsillo exterior de la mochila, donde llevaba su teléfono móvil.—Espera, deja que te enseñe...—Desbloqueó la pantalla de su teléfono y se puso a navegar por la galería de fotos, hasta encontrar con lo que buscaba: una fotografía de Carrot, su conejita Belier. Se la mostró a Stefan.—Se llama Carrot, es una belier. Tiene apenas unos meses, pero ya está enorme.—A Hester se le iluminaba la cara cada vez que hablaba de Carrot.—Teniendo en cuenta el piso en que vivo, de alquiler, es la única mascota que puedo permitirme. Era Carrot o un gato, y un gato me parecía demasiado típico. Ya sabes: ¿Bruja y Gato? ¿Qué es esto? ¿Sabrina, cosas de brujas??—Bromeó Hester, divertida. Lo cierto era que no tenía intención de cambiar de mascota, que Carrot era la mejor amiga del mundo.—¿Y qué hay de ti, Stefan? ¿Tienes la casa llena de mascotas, como esta tienda?—Por algún motivo, Hester se lo imaginaba así: viviendo rodeado de animales, como esos presentadores de programas de la naturaleza que viven en Australia y tienen caimanes en la piscina y koalas en los árboles.
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Stefan Throp el Sáb Nov 24, 2018 12:05 am

Y como si la vida le quisiera hacer una pequeña broma a la chica un can se acerco a donde ellos olisqueando curioso, sobre su lomo iban no uno si no tres gatitos que mantenían el equilibrio curiosos también, no conforme con eso una gata se acerco siendo perseguida por tres cachorros los cuales al detenerse esta se detuvieron resbalando tras de ella, esta se giro y dio un par de lamidas a los tres cachorros

- su bolsillo es mucho más amplio de lo que crees, además de que no importa si está lleno, si ve algo brillante el ira por eso aunque no tenga donde guardarlo....lo que me hace pensar que quizás tiene un nido en alguna parte.... lleva tres semanas robando y siempre lleva su bolsillo vacio.... aahh-
dio un suspiro pensando, tendría que ver donde estaba el nido del pequeño escarbato, seguro estaba lleno de cosas brillantes y robada, tendría que ponerse a investigar todo el callejón de manera discreta y luego buscar la forma de regresar todo...bueno al menos por lo que veía era un macho así que no abría escarbatos bebe que encontrar ahí, eso le daba más tiempo para buscar sin mucha prisa

-estará feliz un rato, intentare ocultar todo lo brillante de la tienda mientras este aquí, así le quitaremos tentaciones no necesarias, regularmente por eso es una mascota ideal para los ricos, tienen muchas cosas brillantes que obsequiarles y así mantenerlos lejos de lo ajeno... aunque nunca eh conocido a un escabato que se mantenga con sus patitas quietas mucho tiempo -
acaricio la cabeza del escarbato antes de escuchar al achica

-bueno.... no se lo digas a nadie pero.... en ocasiones...uso un poco de veritaserum en el agua o jugo que les ofrezco cuando van a adoptar a un animal... tu sabes, es... solo precaución -
comento sonriendo entre avergonzado y un poco malicioso, después de todo solo quería lo mejor para los animales que cuidaba y claro que había rechazo la venta a mas de una persona cuando descubría que tal poco interés tenían en cuidar y amar un animal, fue cuando la chica le presento al menso en imagen a su mascota

-oh vaya, es muy linda-
sonrió ampliamente mirando a la criatura escuchando como al chica hablaba de su mascota, no etnia que usar el método que siempre usaba para saber si alguien amaba a un animal o no, la propia voz de la chica y como se expresaba de Carrot expresaba el amor que había entre ellas, seguro la coneja correspondía el amor que le daban, eso era una de las cosas que más le gustaba sobre estar a cargo de esa tienda, siempre que veía una verdadera relación de amistad y cariño entre un dueño y su amigo animal, que pena que no fuera él quien las presentara pero sin duda lo alegraba

-ah quizás no debiste decir eso -
comento al escuchar el comentario de los gatos, enseguida todos los felinos de la tienda dieron un pequeño siseo hacia la chica antes de darle la espalda y caminar hacia sus camas, incluso la gata que era seguida por los cachorros de perro se dio la vuelta tomo uno con la boca y se retiro siendo seguida por los otros dos claramente indignada

-oh bueno, los gatos tienen un orgullo muy sensible...pero seguro se les pasara...solo espero que no corran la voz o serás odiada por todos los gatos de Londres-
sonrió un poco nervioso, el conocía a los gatos bien y sabia que no perdonaban fácilmente

-oh yo tengo una mascota, pero no me espera en casa -
dio un silbido llevando sus dedos a su boca y se escucho una campanilla en la parte trasera de la tienda aquella que estaba oculta para los visitantes, luego de la puerta se abrió una puerta más pequeña dejando entrar a un elegante zorro rojo el cual movía su cola de un lado a otro con cada paso que daba, en su cuello relucía un brillante collar, todo negro cuya placa era un lapis lazuli que relucía un poco con la luz

-el es Lapis, escogí ese nombre cuando el escogió su collar cuando apenas y podía ver -
acaricio la oreja del zorro el cual se dejo hacer al mismo tiempo que colocaba una pata sobre la cabeza del escarbato impidiendo que este se acercar a su collar pues había visto el brillo en los ojos de este cuando lo miro

-como puedes ver, es muy listo y algo celoso de sus cosas, Lapis ella es Hester -
el zorro aun con la pata sobre la cabeza del escarbato miro a la chica y dio un parpadeo antes de inclinar solo un poco su cabeza, un saludo elegante y a la ve un poco presumido

-bueno creo que es hora de ponerte a ti en tu nueva casa-
tomo al escarbato en brazos y lo llevo a un área de animales la cual estaba vacía, coloco ahí y enseguida fue corriendo a la pequeña casita y ahí saco sus monedas y su collar de su bolsa y comenzó a buscar la mejor ubicación dentro para acomodarlas, seguro estaría así un muy buen rato

-por cierto Hester, dime que hacías hoy en el callejón antes de que yo y el escarbato interrumpiéramos tu día?-
pregunto un poco curioso y un poco mas sociable debido a que ya le tenia mas confianza a la chica la ver como quería a su mascota
Stefan Throp
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Stefan ThropInactivo

Hester A. Marlowe el Lun Nov 26, 2018 4:14 am

Hester, si bien no había sido seleccionada para la casa Ravenclaw cuando había llegado a Hogwarts a sus once años, siempre había sido una buena estudiante. Los Hufflepuff, se decía, compensaban sus posibles carencias con trabajo duro, y Hester siempre se había considerado un buen ejemplo de lo que significaba el trabajo duro. Prestaba mucha atención en clase, tomaba muchas notas, y se aseguraba de no dejar nunca los deberes para otro momento. La mentalidad de ‘No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy’ la llevaba profundamente arraigada, posiblemente porque en el orfanato nadie le había dado nunca nada gratis. Había que trabajar, y había que ganárselo todo.

Ese mismo espíritu que la había acompañado toda su vida se hizo presente también ese día, en esa tienda de animales, y si bien a Hester no le interesaban demasiado los escarbatos—muy monos, pero problemáticos como ellos solos—si le interesaba lo que el mago que respondía al nombre de Stefan le decía respecto a ellos. Con los brazos cruzados y una expresión de concentración en el rostro, Hester escuchaba. El dependiente de la tienda de animales, mientras tanto, vertía conocimientos con la naturalidad y la pasión de un experto por vocación en la materia.

—¿Y no existe ninguna forma de quitarle esa… ‘compulsión’?—Preguntó la oclumante con sincera curiosidad. Tenía que haber una forma de ayudar al escarbato a comportarse como un ciudadano respetable temeroso de la ley.—Y otra cosa: ¿Has oído alguna vez de seres humanos que utilicen a los escarbatos para que roben por ellos?—Añadió. La pregunta le había venido de repente, pero podía imaginarse que sí, debía existir alguien con semejantes ideas: cuando se trataba de apoderarse del dinero ajeno, el ser humano se ponía muy creativo.

Veritaserum, pensó Hester, mordiéndose levemente el labio inferior. Aquello no le gustó demasiado. El uso del veritaserum le parecía una práctica amoral, y según tenía entendido, el Ministerio de Magia tenía muy controlado su uso. O al menos, así debía ser con Lena Milkovich, claro. No comentó nada al respecto, y si bien ella era una oclumante tan experta que era capaz de resistir los efectos del veritaserum, otras personas no. Por mucho que lo hiciera en favor de los animales, de asegurarse su bienestar… no dejaba de ser un tanto amoral. Pero bueno…

Hester no diría nada, pues si bien ambos mantenían un trato cordial hasta ese momento, la oclumante era demasiado miedosa como para meterse en los asuntos de otros. Podría haberle dicho a Stefan que aquello no le parecía bien, pero prefirió guardarse sus palabras para sí misma: después de todo, no le gustaba el conflicto. Y tampoco es que fuera a meterse en un lío demasiado gordo por saber que alguien realizaba aquellas prácticas.

Cuando Hester presentó su mascota a Stefan—por medio de fotografías, pues Carrot en aquellos momentos estaría en casa, disfrutando de las comodidades de su espaciosa jaula—la oclumante también hizo mención a lo típico que sería tener un gato. Y… por lo visto, Hester ofendió a muchas pequeñas almas que habitaban en aquella tienda. Cuando Stefan lo mencionó, miró a su alrededor, viendo a un montón de gatos que bufaban—¿Eso de ahí son tres gatos subidos al lomo de un perro? ¡Venga ya! ¿Y qué más?—y se retiraban ofendidos de la presencia de Hester.

La oclumante observó aquello, patidifusa. Por su parte, Stefan hizo un nuevo comentario respecto al orgullo de los gatos, y Hester alzó la mirada, extrañada, para encontrárselo sonriendo nervioso. Y si bien Hester tenía una mentalidad muy abierta, con muchas cosas—no dejaba de ser un fenómeno de circo capaz de predecir el futuro… a veces—no podía quitarse de la cabeza un pensamiento: ¿Acaso ahora los gatos entienden el idioma humano? La chica empezaba a sentirse muy confundida, y a cuestionarse su lugar en el mundo. Otro pensamiento apareció a continuación: ¿Seguro que son gatos y no animagos? No cabía otra explicación.

Y entonces, llegó el colmo para la mente racional de Hester—racional, pero asolada ocasionalmente por visiones del futuro—cuando apareció la mascota de Stefan: un zorro que respondía al nombre de Lapis, nombre que había recibido al escoger su propio collar cuando no podía ver. Esto… ¿Qué? ¿Perdone? Y eso no fue todo: el zorro la saludó como si realmente entendiera el lenguaje humano.

Sin poder evitarlo, Hester se había quedado boquiabierta. Boquiabierta hasta el punto en que podría aparecer una mosca volando y aterrizar en su boca, y ella posiblemente no se daría cuenta. Empezaba a tener esa sensación que experimenta una persona cuando cree que ya lo ha visto todo en la vida. Solo le faltaba que un meteorito hiciera su aparición, a través del techo de la tienda, y la aplastara a ella. No, eso también lo has visto: en una serie de televisión, le recordó su cerebro.

Cuando habían pasado algunos segundos en que Hester miraba a aquel zorro con la boca abierta, la chica se acordó de que podía cerrarla, y así lo hizo. Entonces, miró a Stefan con gravedad, a punto de hacer una pregunta muy seria y de vital importancia.

—Stefan.—Empezó, tragando saliva antes de proseguir.—¿Tú estás seguro de que los animales de esta tienda son animales de verdad y no animagos?—A Hester empezaba a darle esa sensación. Entendían el lenguaje humano como si fueran… bueno, humanos. Humanos disfrazados de animales. Vale, no lo creía en serio… no del todo. Pero, ¿no cabía la pequeña posibilidad de que todo aquello fueran fugitivos animagos escondiéndose del gobierno?

Observó entonces al mago llevarse al escarbato al lugar en que descansaría, y todavía sinceramente confundida por el despliegue de inteligencia animal que acababa de contemplar, Hester empezaba a preocuparse por la hora. Después de todo, no había tenido ocasión de descansar en todo el día. Empezaba a notarse bastante cansada, de hecho. La pregunta de Stefan, al regresar con ella, la sorprendió en medio de un bostezo que logró ocultar a medias, tapándose la boca con la mano. No se aburría, simplemente estaba ya bastante cansada.

—Pues imagino que lo mismo que tú, ¿no?—Hester compuso una sonrisa, a modo de disculpa por su reciente bostezo.—Dando un paseo mientras echaba un vistazo a algunas tiendas. Necesitaba comprar un par de cosas antes de volverme a casa.—Hester se inclinó para poder ver al escarbato en su nuevo lugar, y alzó la voz para dirigirse al animal.—¡Y entonces me encontré contigo, ladronzuelo!—Le dijo, y aunque técnicamente era un ladronzuelo en toda regla, Hester no lo dijo en serio. Se trataba de una broma, y si el escarbato hubiera podido entenderla, posiblemente se habría reído.

O no. Lo más probable es que no. Hester no era muy buena con los chistes.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Stefan Throp el Miér Nov 28, 2018 7:11 am

-Quieres decir mediante magia? no me parece correcto alterar su naturaleza así, en todo caso mejor lanzarle una maldición imperio, es básicamente lo mismo, es como si .... Como si le pidieran a alguien que ama a los animales..... que los vea como mercancía simple, que venda sus pieles y colmillos y que tire lo que sobra....lo siento creo...que me proyecte por un momento - se disculpo por ese pequeño arrebato, quizás el no socializar demasiado era lo mejor para evitar esos ataques de sinceridad y sueños frustrados

- los ladrones saben que no es buena idea, si a un escarbato lo mandas a robar constantemente y todas las veces le quitas lo que le permites robar, en un momento sabrá que jamás conservara nada, simplemente huira lejos a donde el pueda conservar lo que encuentra, además los escarbatos se ven atraídos por todo lo brillante, no solo joyas y monedas, imagina que uno entra a una casa y un niño tiene varias canicas brillantes, o un candelabro con cuentas falsas, una cadena de una lámpara dorada o plateada, los escarbatos no buscan cosas valiosas, solo cosas brillantes, podrían incluso robar un adorno de geodas, podría salir contraproducente para el ladrón -
claro que había registros de ladrones usando escarbatos, pero todos acababan con el escarbato huyendo o delatando sin querer a su dueño

-oh lo dices por como todos te entiendes? jeje bueno los crio desde cachorros para que puedan entender mejor, por desgracia es mas fácil que ellos entiendan a los humanos a que los humanos entiendan sus formas de comunicarse-
se explico el por qué todos los animales entendían tan bien, no por nada pasaba 10 horas seguidas en la tienda todos los días, 3 en su día libre y algunas noches cuando alguno estaba enfermo o a punto de dar a luz

-pero si gustas usar el hechizo revelio en ellos adelante-
ofreció alegre, no era la primera que le preguntaba algo así y la verdad lo hacía sentirse orgulloso de como sus animales respondían

-ah bueno, yo salí a dar una vuelta mientras los animales hacían sus necesidades para regresar limpiar e irme a casa -
se explico el castaño mirando al escarbato que parecía muy entretenido rodando sobre sus monedas, cuando al chica hablo el escarbato la miro, se irguió sobre sus patas traseras y guardo sus monedas en su bolsa para luego mostrar solo una en su pata como si la extendiera hacia ella y luego guardándola en su bolsa, aparentemente era su versión de una broma hacia la chica

-veo que estas cansada también, déjame limpiar un poco y te encaminare a donde nos encontramos para que puedas ir a casa-
como buen caballero no la dejaría simplemente salir sola de la tienda cuando lo había ayudado a salvar a aquel adorable animal
Stefan Throp
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Stefan ThropInactivo

Hester A. Marlowe el Miér Nov 28, 2018 10:42 pm

Hester para nada pretendía sugerir utilizar la magia para privar al escarbato de aquellos impulsos que lo conducían irremediablemente a una vida de delincuencia, afanando todas las cosas brillantes que se ponían a su alcance. La reacción de Stefan ante aquel comentario fue un tanto… intensa. Hester abrió mucho los ojos al escucharle responder con tanta intensidad, comparando aquello con el uso de la maldición Imperius sobre un ser humano. Y si bien Hester no tenía demasiada malicia—ninguna, de hecho—, no pudo evitar hacer una pequeña comparación mental: O como utilizar veritaserum con los clientes, a fin de descubrir si son buenos dueños.

—No, no me refería al uso de magia.—Se apresuró a señalar la oclumante.—Me refería más bien a entrenamiento, disciplina, educación… Como César Millán, ¿sabes?—Maticé, recordándome a mí misma que, de hecho, había comparado en mi cabeza a aquel joven con el famoso Encantador de perros. Aunque en el caso de Stefan, su habilidad parecía no limitarse únicamente a los perros, sino que se extendía a prácticamente todos los animales y criaturas mágicas conocidas.—Una vez, en uno de sus programas, César consiguió quitarle a un perro la compulsión de hacer hoyos en el jardín de sus dueños. Según él dijo, también se trataba de un instinto, pues lo hacía para esconder la comida.—Añadió, imaginándose que lo de los escarbatos también sería instinto.

Hester seguía teniendo en mente que los escarbatos eran la mascota perfecta para un ladrón, aunque Stefan opinaba distinto. Siendo él todo un experto en la materia, no sería yo quien le contradijera. Sin embargo, dejando a un lado todo lo que había dicho y que estaba lleno de lógica y sentido, el último punto sí me pareció un poco debatible. Es decir, podría ser que un escarbato robara objetos potencialmente inútiles de cuando en cuando, pero seguramente entre toda aquella bisutería podría encontrarse algo bueno de verdad. Por no mencionar el hecho de que los ladrones se encargarían de asegurarse, previamente, que la casa en que robaran tendría algo de valor en su interior.

Así que, ni corta ni perezosa, manifesté mi visión de aquello.

—Claro, tiene sentido. Pero supongo que si un ladrón no es un chapucero, escogería bien a sus víctimas de robo. Se aseguraría de que su escarbato se colara en lugares con objetos de valor que robar.—Comenté, pensativa, dándome cuenta de que podía argumentar también en contra de lo primero que había dicho.—Y no por ser un ladrón tiene que ser cruel con su escarbato. Dejando a un lado lo moralmente cuestionable que es utilizar a tu mascota para robar, seguramente podrás premiarlo de alguna manera, entregándole parte de tu botín o algo así.—Concluyó Hester… o eso creía ella. Y es que, en cuanto cerró la boca, recordó algo que había leído en el programa del festival Magicland. Desafortunadamente, no había tenido ocasión de ir, pero había leído el programa hasta la saciedad.—He leído que en el Magicland este año actuó un grupo musical llamado The niffler thief, cuyo principal atractivo era un escarbato que actuaba con ellos. Al parecer, ese escarbato saqueaba los bolsillos de los espectadores durante la actuación.—Hester no tenía ni la menor idea de si aquello lo hacían a propósito y con ánimo de quedarse con lo afanado, o si al final devolvían al público sus pertenencias. Sin embargo, era el mismo caso: al final, al escarbato le quitaban lo que había robado.

Y sí, en un momento dado, la mente de Hester Marlowe implosionó sobre sí misma al comprobar la cantidad de animales aparentemente inteligentes que había en aquella tienda. Y si bien Stefan lo justificó como fruto de un intenso entrenamiento y de su dedicación, la chica seguía patidifusa. ¿Cómo iba a ser aquello cierto?

Ante la sugerencia de Stefan de utilizar un hechizo para revelar una posible apariencia humana oculta bajo aquellos pelajes y patitas, Hester estuvo valorándolo seriamente. Es decir, en un momento dado llegó a pensar que aquello se trataba de una broma o algo por el estilo. ¿Y si Stefan tenía un montón de amigos animagos y se habían compinchado para gastar una broma a la próxima persona que apareciera por la tienda?

Sin embargo… finalmente decidió no hacerlo. Prefirió confiar en las palabras del mago, y evitarse un susto si estaba en lo cierto, cuando todos aquellos gatos regresaran a su supuesta forma humana. Porque lo sabía: se asustaría si eso ocurría.

—No será necesario.—Dijo Hester con cautela.—No tenía ni idea de que el entrenamiento pudiera dar frutos tan impresionantes.—Dijo con sinceridad, y sinceramente impresionada por aquellos animales.

Después de intercambiar historias respecto a lo que hacían antes de toparse con el pequeño ladronzuelo, que retozaba en un lecho de monedas como un pequeño cerdito en un lodazal, y de que Hester soltase un pequeño bostezo debido al cansancio acumulado de todo el día, Stefan sugirió tomarse unos cuantos minutos para limpiar la tienda, para luego acompañar a Hester hasta el lugar en que se habían encontrado.

—¡Oh! No te preocupes, no es necesario. Tampoco quiero tenerte dando vueltas de un lado para otro.—La oclumante, que todavía tenía en la mano izquierda su teléfono móvil, dio un par de pasitos en dirección a la puerta.—Te agradezco la oferta, pero de verdad, no hace...—Hester se detuvo al encontrarse en su camino a un gato, plantado delante de la puerta, y mirándola con esa expresión indiferente que tienen los gatos el noventa por ciento del tiempo.—¿No me dejas pasar? ¡Vamos, mi comentario no fue para tanto! Actúa con madurez y supéralo...—Dijo Hester, quien no se sentía ridícula en absoluto hablando con un animal: a diario hablaba con su conejita, y aunque no obtenía más respuesta que una mirada semejante a la de aquel gato, ella seguía hablando con ella. Era una buena oyente, después de todo.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Stefan Throp el Vie Nov 30, 2018 1:51 am

- Es diferente, los perros son naturalmente mas obedientes, son animales que fueron salvajes hace siglos, los escarbatos nunca han dejado de serlo, si bien hay algunos criados en cautiverio todos conservan ese pequeño estado salvaje, los escarbatos suelen robar cosas brillantes para tener un nido para sus crías, así sean hembras o machos, eso es algo que no pueden evitar, por eso pasan su vida recolectando esas cosas brillantes, a diferencia de un perro como mencionaste que lo hacía para esconder comida esto es un poco más profundo para ellos, ya que para ellos entre más grande y lleno de cosas brillantes mas cómodas estarán sus crías y se preocuparan menos por que salgan solos antes de estar listos- explico la diferencia entre uno y otro animal y es que en su opinión no era buena idea comparar a ningún animal con otro, así fueran de la misma especie la psiquis como en los humanos era diferente aun para cachorros nacidos el mismo día de la misma madre

- bueno ese es un muy buen pensamiento y muy astuto.... espero no tengas pensado compartirlo en una nota en el profeta o en línea o estos pequeños estarán invadiendo casa de ricos muy pronto y seguramente serán explotados, como si los duendes no lo hicieran ya haciéndolos buscar tesoros enterrados -
vaya que la chica era incesante ahora que sacaba el tema de las criaturas mágicas a relucir, eran ocas las personas con quienes podían tener un dialogo tan entretenido

-escuche sobre el caso también, según lo que pude averiguar premian al escarbato después de regresar las cosas con algunas baratijas pero sobre todo con oro leprucham-
rio un poco apenado por el pobre escarbato el cual seguro se sentía el mas despintado del mundo al "perder" el oro que se habría ganado con tanto esfuerzo

-hago lo mejor que puedo, entre más listos será mejor..... con la cantidad de que gente que ah estado huyendo del país es mejor para la mascota si puede viajar con su dueño, cosa que es difícil si es muy terco....de ser así simplemente los abandonan en sus casa o los dejan sueltos en las calles y en todo caso también deben ser listos para sobrevivir..... como todos supongo.... por eso pongo todo lo que puedo de mi en los entrenamientos-
el castaño extendió su mano y acaricio la cabeza de su zorro el cual recibía las caricias con gusto

-me gustaría pensar que si algo me llega a suceder a mí al menos Lapis estará bien por su cuenta, creo que te pasaría igual con Carrot no es así?-
pregunto sonriendo un poco triste, era obvio que le tema de pensar en que harían toda estas criaturas por si solas para sobrevivir no le gustaba, principalmente porque eran los humanos quienes les habían arrebatado en gran parte su naturaleza para sobrevivir, los había sacado de sus ambientes naturales y de sus climas originarios, fue cuando observo a Hester intentando salir de la tienda por si sola

-bueno en realidad ella no quiere que no pases por el contrario quiere que pases.... para morderte el tobillo apenas te acerques lo suficiente para que no tengas opción de escapar -
explico observando a una de sus gatas mas rencorosas y susceptibles, el sabía que Hester no tenía mala intención y la mayoría de los gatos ahí ya se habían "vengado" simplemente dejando de prestarle su preciada atención a la chica, pero esta gata, ella era un poco mas vengativa y física respecto a eso

-muy bien señorita te vas a portar bien y no le vas a dar mala fama a los gatos, ya tienen suficiente, así que muévete de ahí-
hablo firme el castaño, pero la gata no se movió por el contrario continuo con su miraba clavada en la chica

-si no lo haces a la de ya te olvidas de los premios de atún, ni galletas de pescado....y adiós a tu ratón de peluche-
la amenazo el castaño y entonces si se gano la mirada resentida de la gata la cual se paro y en un acto un poco gracioso para el chico comenzó a avanzar girando su cabeza y lanzando una serie de maullidos desafinados y gruñones como si estuviera "imitando" las palabras de alguien, difícil decir si se burlaba de Stefan o de Hester o muy bien de ambos alejándose para luego dar un salto a un poste para rascar donde se metió en el hueco de este y les dio la espalda

- te estás portando como una malcriada -
le dijo a la gata pero esta no se digno a girar a verlo

-aahh vamos, insisto en acompañarte, así le daremos oportunidad de calmarse en lo que regreso -
abrió la puerta para que al chica pasara primero

-Lapis estas a cargo -
dijo antes de cerrar la puerta ya estando fuera ambos dejando a su zorro a cargo de la tienda mientras acompañaba a la chica, como un buen caballero debía hacerlo
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