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Sharp edges — Abigail McDowell

T. Hell Drexler el Dom Nov 11, 2018 10:58 pm

Sharp edges — Abigail McDowell XN5wdpG
20 de octubre del 2018 || 11:15 horas || Ministerio de Magia, primer piso || Ropa


Hellion siempre había sido un ser ambicioso, pero curiosamente dicha faceta jamás se había reflejado en su trabajo. Nunca había buscado un ascenso, le gustaba ser inefable y poder dedicarse a sus investigaciones en el Departamento de Misterios, pero después del ataque que los radicales perpetraron el pasado junio a Drexler no le había quedado otra que aceptar el puesto de Director de la Oficina de Inefables. Yuhu.

Rechazar dicho ascenso no fue siquiera una posibilidad, mucho menos teniendo en cuenta la situación en la que se encontraba el Ministerio de Magia, con gran parte de la plantilla siendo empleados de otros países que habían llegado en ayuda del gobierno británico. Desde entonces habían pasado cuatro meses, tiempo en el que se había ido renovando la plantilla con personal del propio país aunque todavía quedasen empleados extranjeros.

Bajo su brazo derecho Drexler llevaba una carpeta con el expediente de uno de los inefables americanos que habían llegado para suplir una de las vacantes que habían quedado tras el ataque. No era fácil cumplir con las expectativas de Hellion, pero el joven mago americano lo había logrado con su seriedad y dedicación a su trabajo, y más importante todavía, sin serle una molestia. Tras muchas entrevistas había encontrado inefables nuevos que ocupasen los puestos que habían quedado libres, pero quería que el traslado de Garrick Fernsby se hiciese definitivo.

Tenía cita con la Ministra McDowell en cinco minutos para dejarle la carpeta con todos los documentos necesarios, la petición formal, el expediente de Garrick, el trabajo que había realizado en los meses que llevaba allí, su propia valoración y la aprobación del jefe de su departamento.

La Ministra McDowell, pensó esbozando una sonrisa socarrona para sí mismo. Todavía podía recordar perfectamente la primera vez que había conocido a Abigail, y como la joven pelirroja le había parecido más molesta que un dolor de muelas. Era casi poético el que ahora fuese la Ministra de Magia, claro que, de aquella chiquilla molesta ya no quedaba prácticamente nada. Bueno, molesta seguía siéndolo, pero de un modo distinto.

Din. Primer piso: Ministro de Magia y personal de apoyo.

Salió del ascensor de la misma manera que había entrado, con gesto serio y paso seguro, sin decir una sola palabra a los que entraban o salían a la vez que él. Muchas caras le eran conocidas, pero rara era la vez que Hell se molestaba en aprenderse un nombre. El secretario de la Ministra no era la excepción.

Cuando llegó a la mesa, donde el muchacho hacía su trabajo, tuvo que pararse unos segundos a comprobar el nombre que figuraba en la placa identificativa que tenía sobre la misma.

Soy Hellion Drexler, tengo cita con la Ministra en exactamente tres minutos —informó sin siquiera saludar. Así era él, un encanto.

Esperó pacientemente hasta que el joven salió del despacho de Abigail, indicándole que podía pasar. Despidiéndose de él con un simple asentimiento de cabeza.

Vaya —habló a la vez que soltaba un bajo silbido de admiración cuando estuvo ya dentro del despacho, mirando rápidamente a su alrededor.  No era la primera que el inefable entraba en el despacho de la imponente Ministra, pero no quiso contener el comentario que le siguió junto con una sonrisa ladina. — ¿A quién hay que matar para conseguir este despacho?
T. Hell Drexler
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Abigail T. McDowell el Mar Nov 13, 2018 3:44 am

Despacho de la Ministra de Magia:
Sharp edges — Abigail McDowell 2G3uopc
Sharp edges — Abigail McDowell 2iAtVJs

Uno de los muchos detalles curiosos que tenía el despacho de Abigail es que justo en la pared de la puerta de la entrada, justo la que estaba tras los sillones, habían varios cuadros cuyo interior era totalmente negro. Uno pensaría: 'menudo gusto para decorar tan tétrico y oscuro, como su alma', pero en realidad has de saber que los pelirrojos no tienen alma y que no era por puro gusto decorativo. En esos cuadros habían estado todos los ministros anteriores y la verdad es que teniendo en cuenta la inmoral manera con la que Abigail se hizo con el poder, no tenía ganas de tratar con ninguno de los anteriores, mucho menos con Lena Milkovich. Sería muy incómodo.

Ese día todas las reuniones que tenía Abigail eran su despacho, por lo que no tenía que levantarse para nada ni trasladarse a otros departamentos a menos que hubiera algo fuera de lugar y tuviese que ir en persona a preguntar qué narices hacían sus trabajadores. Por suerte, el Ministerio iba viento en popa... hasta que algún grupo suicida de radicales decidiese volver a atacarlo. Pero hasta entonces, se había repuesto bastante bien después del último ataque.

Señorita McDowell —le dijo Peltier, su secretario, al abrir la puerta tras unos golpes. —Hellion Drexler está aquí.

Haz que pase —dijo, mirando el reloj de su muñeca y levantándose de su silla tras cerrar los documentos que leía.

Ese día iba vestida con traje de pantalón y americana, pero no llevaba puesta la chaqueta, sino la camisa blanca con algunos reborde de encajes. Nada más ponerse de pie cualquiera podría notar que estaba unos trece centímetros por encima de su estatura normal, nada más ni nada menos que por sus tacones de plataforma.

Se acercó a recibirlo casi hasta la puerta, sin evitar ladear una sonrisa por su comentario, ya que éste sugería que para conseguir el despacho había que matar a la propia Abigail McDowell, cosa que le quedaría grande a probablemente más de la mitad de la sociedad mágica inglesa.

Creo que te quedaría muy grande, Hellion. —Hizo una pausa. —Y no me refiero al despacho, sino a la persona a la que tendrías que matar. —Matizó al final con evidente soberbia, para señalarle los sillones e invitarle a sentarse.

Ella, por su parte, caminó hasta un pequeño bar en donde tenía desde agua hasta café, pasando por varias bebidas con alcohol. No debía de ser un secreto para Hellion lo 'aficionada' que era Abigail al whisky, aunque no soliese beber en su horario de trabajo. Aquello estaba allí para visitas que a Abigail no le suponían más molestias que un dolor de muelas, para poder tener con ellos una charla tranquila, en un ambiente que pudiera catalogarse como acogedor. Las bebidas con alcohol solían estar ahí para las reuniones que solían ser bastante tardías.

¿Quieres algo de beber? —preguntó, mientras ella se servía en un vaso agua con hielo. Y con ambas bebidas levitando tras de ella, se acercó al sillón biplaza, sentándose a la vez que se cruzaba de piernas. —He de admitir que me parece fascinante como hace doce años me mirabas por encima del hombro ante mi altivez descontrolada y ahora me traes los informes de tu departamento como jefe, siendo yo la mismísima Ministra de Magia. Admite lo orgulloso que estás de mí. —Una sonrisa codiciosa surcó sus labios, mirándole con cierto desafío pues sabía perfectamente que Tyronne Hellion Drexler jamás admitiría eso. —Sólo te ascendí porque me caes bien, la corrupción está en mis venas —dijo con un guiño bromista mientras cogía su vaso de agua y bebía. Drexler, que conocía bien a Abigail, debía de saber que el buen funcionamiento del Ministerio de Magia iba por encima de amiguismos, sobre todo para alguien como la pelirroja, más despegada que nadie en cuanto a relaciones sentimentales tanto de amistad, como de amor, como familiares, por lo que debía de tener claro que realmente era una broma y que si estaba en dónde estaba era porque realmente creía que valía. —¿Qué me has traído hoy? —preguntó, refiriéndose a los informes que tenía en la mano.

Secretario de Abigail - Cyril Peltier:

Cyril Peltier
22 años Sangre puraLeal a la Ministra
Secretario MinistraSolteroBulgaro
HISTORIA Y PERSONALIDAD

Cyril es de ascendencia bulgara, asistió a Durmstrang y tiene una familia muy prestigiosa en Inglaterra que lo acogió desde bien pequeño en su seno. Siempre fue inculcado con una mentalidad purista, de tal manera que hasta la fecha sigue conservándola con sus propios matices. No es, en absoluto, un hombre que quiera cazar fugitivos o alzar la varita en contra de los ínfames radicales. De hecho, él se considera un hombre de letras, de negocios, cargados de ideas para mejorar el país en el que reside y para servir a una mujer que adora con toda su alma por los ideales que profesa y lo poderosa que es.

Desde que terminó la carrera de Administración y Políticas Mágicas no dudó en absoluto en solicitar la vacante del secretario de Abigail McDowell cuando quedó libre tras la muerte de su anterior secretario en el ataque de los radicales. Fue el único en pasar la entrevista, siendo contratado al momento por la propia Ministra de Magia.

Desde entonces se han compenetrado muy bien, posiblemente con el único secretario con el que Abigail ha llegado a compenetrarse tan bien.

Es una persona amable, profesional y muy obediente, además de que tiene justamente lo que le falta a Abigail: paciencia y una sonrisa para todos aquellos que pisan su despacho.

Está prometido con una chica por culpa de los acuerdos familiares, pero Cyril siente un terrible deseo por la Ministra de Magia que profesa exclusivamente de manera profesional, pues es bien consciente de que no es recíproco. Se toma su trabajo muy en serio perse.

Lleva la agenda de Abigail McDowell y desea, tarde o temprano, cumplir los requisitos necesarios para convertirse en el Asistente de la Ministra de Magia y poder tomar partido en las decisiones, así como poder aconsejarla con sus ideas, para así sorprenderla. Mientras tanto, se limita a acompañarla a todos los lugares en dónde hace falta, como si fuera su Asistente, pero sin serlo, ya que hasta la fecha Abigail McDowell no ha querido (ni ha encontrado a nadie) a la altura de ser su Asistente.

Siempre viste con camisas y pantalón de traje, pero jamás con chaqueta a menos que el evento lo precise. Lleva tatuajes por varias zonas del cuerpo, pero normalmente la ropa siempre se los tapa, dándole un aspecto mucho más cuidado de lo que aparentemente ofrece a simple vista.


@DasFlai

Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

T. Hell Drexler el Vie Nov 16, 2018 2:21 pm

Lo primero que Drexler vio cuando entró en el despacho fue a Abi, vestida con un elegante traje y a una altura, que si bien no era la suya natural, era a la que el inefable estaba acostumbrado. ¿Es que esta mujer no se baja nunca de los tacones? Fue el pensamiento del mortífago que, aunque no lo fuese a reconocer delante de la pelirroja, creía que una mujer con tacones era una de las visiones más atractivas que podía tener un hombre.

Sigue diciéndotelo y algún día te lo creerás —le devolvió el comentario con una sonrisa igual a la suya mientras pasaba al interior del despacho, acercándose a los sillones que le acababa de señalar Abigail. — De todas formas, ahora que me fijo tampoco es un despacho tan grande teniendo en cuenta que tenéis que caber tu ego y tú —bromeó como si él no fuera un soberbio de la vida.

Se desabrochó el botón de la chaqueta antes de tomar asiento en uno de los sillones de una plaza, dejando a un lado la carpeta que había llevado debajo de uno de sus brazos.

Un café solo, con una de azúcar —pidió simplemente.

A Drexler le hicieron especial gracia las palabras de Abigail, pues hacía apenas unos momentos que él había pensado más o menos lo mismo cuando iba en el ascensor. Sin duda, doce años atrás Hellion jamás se habría imaginado en aquella situación, pero cuando Lord Voldemort hizo públicas sus intenciones para el Ministerio de Magia, el americano supo que había sido una decisión inteligente y que Abi lo haría bien. Sin embargo el inefable se limitó a negar levemente con la cabeza mientras dejaba escapar una suave risa, tendrían que clavarle clavos ardiendo en el culo para que admitiese tal cosa y quizá ni siquiera entonces lo hiciera, y Abigail lo sabía y disfrutaba desafiándolo de aquella manera.

¿Orgulloso por los logros de otro? Quizá en mi lecho de muerte —se limitó a contestar. Los únicos logros ajenos de los que se sentía orgulloso eran los de su hija, y porque indirectamente estaban relacionados con la educación que él le estaba dando. — Con que fue por eso, ¿eh? Siempre supe que era demasiado encantador contigo, y al final me ha pasado factura —le respondió con el mismo tono bromista, dejando entrever que al principio aquel ascenso no había sido de su agrado a pesar de que ya se había acostumbrado a su nuevo puesto.

Doce años dan para mucho y Drexler sabía que, a pesar de las pullas, de los desafíos y de la actitud de rivalidad constante que tenían el uno con el otro, Abigail era una mujer que se tomaba sus deberes muy en serio; lo había visto en su faceta de mortífaga y lo veía ahora que era Ministra. Y aunque no fuera orgullo lo que sintiese al ver a la pelirroja, no cabía duda alguna de que el inefable sentía un profundo respeto por ella. Respeto que no había venido solo, Abigail se lo había ganado por méritos propios mucho antes de llegar a ser Ministra de Magia.

En el momento en que Abi le preguntó por la carpeta, Hellion cambió el chip en su cabeza, dejando a un lado los piques y bromas y adoptando un tono más serio.

Garrick Fernsby —dijo mientras dejaba la carpeta con los informes en la mesa que tenían en frente, en medio de los sillones. — Es uno de los inefables enviados por el MACUSA después del ataque de los radicales —explicó brevemente. — No es algo que yo suela decir, así que tenlo en cuenta, pero es bueno en su trabajo y lo más importante, no me molesta por tonterías —añadió pensando en los nuevos miembros del cuerpo de inefables que habían contratado después del ataque, que todavía estaban un poco verdes y, en su opinión, le preguntaban cosas demasiado evidentes. — Hemos renovado la plantilla prácticamente al completo, pero me gustaría que su traslado se hiciese definitivo. Échale un vistazo, tienes todos los documentos necesarios dentro de la carpeta: su expediente, mi valoración del trabajo que ha hecho los meses que lleva aquí, la del jede del Departamento de Misterios. Espero que no suponga un problema con el MACUSA.
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Abigail T. McDowell el Mar Nov 20, 2018 3:30 am

Hellion era con diferencia un hombre no solo más experimentado, sino también más curtido en batalla y una cosa estaba clara: en un enfrentamiento real, lo más probable es que él saliese victorioso, a menos que los estragos de la edad y las lumbares lo hicieran más lento. Sin embargo, como bien había apuntillado él, el ego y la confianza de Abigail rozaban límites muy altos, por lo que desafiarlo indirectamente venía con ella de naturaleza, sobre todo desde que había tenido el nivel como para hablar de sus virtudes y habilidades sin que fueran un chiste.

En tu lecho de muerte te harías el muerto solo para no admitir la derrota frente a la dama de la guadaña —le respondió frente a su falsa humildad reconociendo algo que nunca reconocería. —No sé si la palabra ‘encantador’ es la adecuada —cuestionó al final.

Se sentó en el sillón, haciendo que el café solo, con una de azúcar, se colocase delante de Hellion, sobre la mesa. Ella bebió de su vaso de agua fría, colocándolo también sobre la mesa. Luego se cruzó de piernas y se apoyó, mirándolo y prestando atención a lo que decía. La verdad es que se sorprendió del tema que le traía Drexler ese día; se hubiera imaginado todo tipo de conversación, desde el despido de algún incompetente hasta la nefasta actividad laboral de los trabajadores extranjeros, ¿pero que le viniera diciendo que quería conservar a uno de los extranjeros porque su trabajo era sublime?

Bueno, Drexler, quizás no tengas que llegar a tu lecho de muerte para admitir que alguien en esta vida hace algo bien y tú estás contento por ello. No le culpaba: cuando uno era jefe y tenía que lidiar con tanto incompetente, hasta se ponía feliz cuando aparecía alguien útil capaz de sacarlo todo adelante. Es por eso que Cyril Peltier, el secretario de Abigail, había durado tanto después de haber pasado por cambios realmente nefastos.

Cuando terminó de hablar sobre el tal Garrick Fernsby, Abigail se encontraba cruzada de brazos, asintiendo con la cabeza y sonriendo levemente ante la visión de su compañero recomendando—y, en cierta manera, alabando—a un empleado.

Lo cierto es que actualmente estamos estableciendo una buena relación con el MACUSA debido a ciertos pactos políticos en pleno proceso de aceptación, por lo que dudo mucho que nos nieguen nada a menos que el tal Garrick Fernsby desee volver a Estados Unidos. En tal caso, supongo que la unión americana hará que el traslado se lleve a cabo por el bien del señor Fernsby y su familia —comentó de pasada, asumiendo la lógica más probable en el caso de que fuera así y, por supuesto, ofreciéndole una opinión totalmente profesional. —Pero si Garrick está bien aquí y desea quedarse, dudo mucho que el MACUSA pida su traslado. De todas maneras, pediré yo misma la petición.

Abigail se hizo hacia adelante y arrastró por la mesa la carpeta con el expediente del tal Garrick Fernsby, abriéndolo para leer por encima. Lo reconoció por la foto, pues lo había visto hace una semana cuando fue a hablar con Matt Forman.

Intentaré que se quede. Quiero que todos los departamentos tengan un buen nivel de profesionalidad y eficiencia, aunque los trabajadores fijos sean extranjeros. Ya habrá tiempo de curtir a los ingleses a medida que vayan entrando. Además, ahora más que nunca nos conviene tener cero patriotismo y asegurarnos de mantener buenas relaciones con los otros países —dijo, esperando que no se malinterpretase lo del ‘cero patriotismo’, evidentemente ella prefería personas provenientes de Gran Bretaña, pero tal y como estaban las cosas no podían forzar a que fuera así y las cosas fueran mal. —Y bueno, he de decir que siempre te imaginé como un hombre de mano dura… —Una muy sutil sonrisa, por el doble sentido, apareció en sus labios. —No estuve de prácticas en tu departamento, pero suponía que no aceptabas pusilánimes que no sabían cuál era su sitio. Así que no soportes a los novatos que te molestan por tonterías. Elige a uno de tus empleados bien preparados y haz que se encargue de instruir a los becarios y a los de prácticas, ya que si no además de volverte loco, vas a perder el tiempo. Y los dos sabemos que la paciencia no es una de tus virtudes. —Enarcó una ceja, algo divertida. —Y más que nada porque quiero que los puestos de importancia los lleve gente como tú, de aquí. Utiliza al resto para las cosas menos importantes.
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T. Hell Drexler el Miér Nov 21, 2018 3:40 pm

Que Hellion era orgulloso, ambicioso y tenía mal perder no debía de ser un secreto para nadie, era una parte muy marcada de su personalidad y jamás había hecho algo para esconderlo o dar una impresión contraria, ¿para qué? Al contrario de lo que muchos pensaría, él no sentía que fuesen defectos, sino virtudes, y uno no esconde sus virtudes.

Como toda contestación, la pelirroja recibió una sonrisa ladina por parte de Drexler. No tendría sentido negar su afirmación pues ambos sabrían que sería mentira.

Ya lo había advertido, lo que acababa de decir no era algo que soliese salir de su boca, al fin y al cabo a Drexler se le conocía en el Departamento por ser el inefable al que no se debe molestar, no que no se pueda sino que no se debe. No eran pocos los becarios que no habían sido capaces de volver a sostenerle la mirada después de tener un encontronazo con él, incluso una vez hizo llorar a uno, recordó con diversión.

Escuchó atento la réplica de Abi, asintiendo cuando le dijo que ella misma realizaría la petición. Entendía lo que la pelirroja le estaba diciendo, él mismo había tenido en cuenta aquel factor y por eso había hablado con Fernsby antes de molestar a la Ministra, pues aquella reunión habría sido una gran pérdida de tiempo si al final Garrick rechazaba el puesto.

Drexler emitió una suave risa ante el comentario sobre su supuesta mano dura, pues inevitablemente le hizo gracia. Era cierto que Drexler era estricto, lo era como mortífago, también lo había sido como inefable raso y lo seguía siendo en su nuevo puesto, pero estaba teniendo más manga ancha con los nuevos permitiéndoles determinadas cuestiones que en cualquier otro momento y situación jamás habría tolerado. Pero Hellion no era un necio, sabía que alguien tenía que formar a los más novatos, y tal y como había dicho Abigail, ahí entraba un inefable más experimentado: Fernsby.

El inefable americano tenía un carácter mucho más afable y cercano de lo que a Drexler le gustaba, pero funcionaba con los nuevos que habiendo comprobado ya cual era el carácter de su superior preferían dirigirse a Garrick con sus dudas y meteduras de pata.

Te sorprenderías de la paciencia que puedo llegar a tener —comentó mientras pensaba que los años que había tardado en vengar la muerte de su hermana. Drexler sabía qué asuntos requerían de paciencia y cuáles no, y en cierto modo Abigail tenía razón, en el trabajo su paciencia era mínima. — Pero es cierto, no es una de mis virtudes, ¿cuál te crees que es la función de Fernsby? Es un inefable experimentado lo cual ya es decir, teniendo en cuenta que la mayoría de los nuevos contratados prácticamente acaban de salir de la academia. Todavía hay algún insensato que acude a mí, pero la mayoría prefieren molestarlo a él, y si se marcha tendremos un problema y acabarás despidiéndome —dijo, divertido por sus siguientes palabras. — A la última becaria que osó molestarme la lancé contra los radicales.

Ah, Agatha. Tan inepta y a la vez útil como escudo humano. Muchos juzgarían los actos de Hell como inhumanos y carentes de escrúpulos o moral, y ciertamente así era, sobre todo cuando había en juego cosas tan importantes como su propia vida.

No sé si lo sabes, pero yo no soy de aquí —respondió. Desconocía si Abigail sabía aquel dato o no, realmente no eran muchas las cosas personales que sabían el uno del otro, y aunque había entendido lo que Abi quería decir, le pareció oportuno y ciertamente gracioso hacer aquel pequeño apunte. — Soy americano, de San Francisco para ser más exactos —había vivido más años en Gran Bretaña que en Estados Unidos pero nunca sería verdaderamente británico.
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Abigail T. McDowell el Vie Nov 23, 2018 4:01 am

Indudablemente, si Abigail supiese el por qué de que Tyrone Hellion Drexler estuviese en Inglaterra, le trataría como el tipo más paciente sobre la faz de la Tierra. Teniendo en cuentas sus ambiciones personales con respecto a la venganza, la paciencia sin duda había sido una de sus virtudes. Sin embargo, la única referencia que tenía de él era que cuando ella era joven, él no era más que un desesperado cascarrabias que no quería soportar a una niñata del montón. Y eso, precisamente, lo hacía ver como alguien impaciente a ojos de Abigail. Aunque a decir verdad ahora mismo la pelirroja tampoco soportaría a ninguna niñata del montón, por lo que después de adulta le entendía.

Al menos de algo sirvió el ataque de los radicales. No solo salieron los traidores, sino que también tiramos la basura. —Ladeó una sonrisa, un tanto sarcástica, en referencia a esa becaria de la que hablaba. Era cierto que las plantillas se habían quedado secas, pero Abigail tenía la sensación de que ahora el Ministerio se cimentaba de manera más firme, con gente de mayor confianza. —Entonces quieres que se quede Fernsby para que trate con los novatos. —Hizo una pausa, curiosamente divertida. —Estaba claro que debía de haber algún secreto oculto entre tanta profesionalidad honesta. No vendrías recomendando a nadie si no sacases algo muy bueno de que se quedase.

Y entonces Abigail cerró los documentos del tal Garrick Fernsby pues, teniendo en cuenta las intenciones de su compañero, estaba claro que ese señor se quedaría. Con las peticiones adecuadas, se haría formal el traslado y Hellion sería feliz en su burbuja de antisocialización profesional encerrado en su despacho.

La pelirroja solía alardear de tenerlo todo bajo control y tener un gran conocimiento de todo lo que rodeaba cada asunto del Ministerio de Magia. Qué menos, siendo la Ministra de Magia. Pero lo cierto es que se sorprendió muchísimo cuando Hellion le dijo que él no era británico, sino que había venido de Estados Unidos, más concretamente de San Francisco. De manera totalmente natural, Abigail enarcó la ceja, sorprendida por la noticia. Era lógico y plausible que algo se le escapase a la Ministra, pero eso no quitaba que le molestase igual el hecho de que las cosas se le pasasen por alto.

Pero llevas aquí años —comentó, teniendo como referencia su propia vida adulta como años ya considerables, ya que le había conocido cuando apenas había salido de Hogwarts. —Con el tiempo que llevas aquí debes de tener ya la doble nacionalidad, más todavía si llevas todo el tiempo trabajando en el Ministerio, ¿no? —añadió, dándose cuenta de que en casos como Drexler, daba un poco igual el patriotismo. Abigail buscaba lealtades y Hellion era mortífago, ergo apoyaba a Lord Voldemort y, por tanto, al nuevo gobierno. A ella le preocupaban más los extranjeros que venían con aires de superioridad al creer que eran un gobierno roto del que aprovecharse, cuando eran más poderosos que nunca. —¿Y por qué viniste a Inglaterra siendo de San Francisco? —cuestionó con genuina curiosidad, apoyándose atrás en el sofá para cruzar un de sus piernas sobre la otra. —¿Eres un Garrick Fernsby y un traslado se convirtió en algo para toda la vida? —Intentó adivinar.

Lo cierto es que Abigail siempre había tenido ambiciones muy grandes, pero jamás fuera de Inglaterra. Veía estúpido irse a otro país cuando  todavía no habías intentando resaltar en el tuyo propio. Además, Lord Voldemort y sus ideales en pleno estallido fueron otro motivo para ver claros sus objetivos. ¿Pero Estados Unidos? ¿Rusia? ¿Japón? ¿Quién quiere irse a otro país, estando en uno tan poderoso y pudiendo formar parte de él?
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

T. Hell Drexler el Vie Dic 14, 2018 9:32 pm

El tema del ataque de los radicales todavía era delicado para Drexler, podía bromear sobre ello con total naturalidad, justo como acababa de hacer, pero muy dentro suyo todavía escocía. Las heridas físicas sanan pronto, pero las del orgullo son más difíciles de cicatrizar, sobre todo cuando se tiene tanto como Drexler. No era idiota, sabía que los radicales habían elegido un buen momento para atacar, cuando la mayoría de los trabajadores ya habían abandonado su puesto de trabajo, y también sabía que en una batalla hay muchos factores que hacen que se decante a favor de un lado u otro, pero para alguien con tal mal perder como Hellion aquella derrota personal había sido muy amarga de tragar, y todavía estaba en proceso de digerirla.

¿Qué puedo decir? Siempre me ha gustado mirar por el bien común —se encogió de hombros desentendiéndose y fingiendo una inocencia que, tanto él como Abigail, sabía que no poseía. ¿Inocencia? Por favor, las dos personas que había en aquel despacho eran de todo menos inocentes. Quizá por eso Hell sonrió divertido después de aquel gesto, sabiendo que no colaría ni en un millón de años.

Las anteriores palabras de Abigail, junto con aquella acción de cerrar la carpeta que Hell le había entregado, hicieron que el inefable sonriese satisfecho, sabiendo que muy probablemente su petición se llevaría a cabo y él podría seguir teniendo una vida profesional relativamente en paz teniendo en cuenta que, en cierta manera, era responsable de errores ajenos.

Cuando Abi alzó la ceja, sorprendida al conocer aquel dato sobre su procedencia, Hell sonrío internamente mientras bebía de su taza de café. Le resultó placenteramente agradable pillarla desprevenida.

Más de los que imaginas, sí —asintió mientras dejaba la taza de café de nuevo en la mesa y volvía a acomodarse en el sillón. — Podría tenerla, sí, pero nunca me he molestado en pedirla. Nunca he tenido ningún problema por ser estadounidense y no creo que tener un papel donde diga que también soy británico cambie en algo mi vida —explicó.

Hell nunca había sentido ninguna clase de patriotismo, ni por Estados Unidos, ni por Reino Unido, su lealtad iba más allá de los países y creía que había sido de sobra demostrada como para tener que iniciar un absurdo papeleo burocrático que realmente no demostraba nada. Su hija, sin embargo, sí que poseía ambas nacionalidades, por si en algún momento deseaba volver a Estados Unidos con ella o mandarla a estudiar allí, no tener ningún problema legal con el que Luce pudiera encontrar la forma de oponerse. Hell había amado a Luce pero siempre fue consciente de que el amor podía acabarse y dado el caso, no quería que su mujer fuera un obstáculo. Claro que, al final todo eso había sido para nada, porque desde que Lord Voldemort había perpetrado el golpe de estado al Ministerio Británico su mujer estaba oficialmente muerta.

Me temo que no —contestó cuando la pelirroja le preguntó si su situación había sido como la de Fernsby. — Cuando acabé mis estudios en Durmstrang se oían rumores de cierto mago tenebroso que creía que sólo los magos y brujas de sangre pura deberían existir en el mundo mágico. Me picó la curiosidad y decidí cursar mis estudios universitarios aquí, en Londres.

Relatarle a Abi parte de su historia, aunque fuera algo tan simple como la manera en qué llegó a Inglaterra, se le antojaba bastante raro. A pesar de que podía decirse que conocían bien el carácter del otro, lo cierto es que nunca habían intercambiado detalles sobre su vida privada y Hell siempre había sido bastante receloso sobre ésta, pero siendo un tema tan banal no encontró problemas en terminar de contárselo.

Mi primer trabajo fue aquí, como becario en el departamento de misterios, así que nada de traslados. El que era entonces el jefe del departamento, Virgil Crain, me apadrinó unos cuantos años después y ya no volví a Estados Unidos. No sé si lo llegaste a conocer, creo que murió poco antes de que tú y yo nos conociésemos —comentó intentando rememorar el año en que murió Virgil. — ¿Te acuerdas de esa noche, cuando te salvé el trasero por primera vez? Maldecí fuertemente a Jeffrey aquella noche por llevarte —rememoró mientras una sonrisa ladina se hacía presente en su rostro. — No he vuelto a saber de él desde que se metió en el Área-M, por cierto.
T. Hell Drexler
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Abigail T. McDowell el Lun Dic 17, 2018 3:07 am

Con el puesto que ostentaba en el Ministerio daba totalmente igual que tuviera una doble nacionalidad, ya que trabajar ahí le otorgaba todas las comodidades que eso podría darle. Tenerla, por supuesto, le daría muchísimas ventajas si dejase el trabajo en el Ministerio de Magia o volviese a Estados Unidos, más que nada para que tuviese reflejado los años que ha estado trabajando en Londres, así como su implicación.

Pero luego sencillamente prestó atención a su vida en Londres, que al parecer había sido algo anormal en su vida cuando Abigail siempre creyó que era británico. Qué cosas, meterse siempre con lo estirados que eran los americanos y había estado siempre al lado de uno. Que ojo, ahora que lo sabía, no le sorprendía tanto teniendo en cuenta lo estirado y orgulloso que era Drexler. Pero la verdad es que le gustó que después de tantos años, una en realidad no supiese nada de él, tanto como su país de procedencia. Su relación se había basado tanto en lo profesional y tan poco en lo personal que ese tipo de cosas no hacían más que evidenciarlo. Pero seamos sinceros: entre Abigail y Drexler jamás ha habido interés por saber la vida del otro, más allá de lo que pueda influenciar en lo que se traen entre manos.

No lo llegué a conocer —le respondió con respecto a su jefe y mentor. —Y claro que me acuerdo de ese día. Es importante acordarse de cuando caes para no volver a repetir esos errores. Por mucho que en su momento fuese una adolescente con un orgullo superior al que debía, ahora sé reconocer que no estaba a la altura. Y en realidad también lo sabía en aquel momento, pero jamás te lo admitiría —admitió a la par que se encogía de hombros. —Y yo prácticamente tampoco. —Hizo una pausa, cambiando la pierna que tenía cruzada por la otra, apoyándose en el respaldo del sofá hacia la dirección de Hellion. —Siempre tuve una buena relación con él, pero últimamente sólo contacta conmigo cuando tiene problemas o quejas en el Área-M, como si yo tuviera demasiada potestad allí dentro o fuese a hacerle algún favor. Creo fervientemente que no soporta no ser el director y su competitividad con Deborah Brewster le está haciendo perder la cabeza. —Opinó al respecto, sin mucho problema en criticar a su mentor. —Esperaba que muchos se aprovechasen de su relación conmigo ahora que soy Ministra de Magia, pero si te digo la verdad, no me lo esperaba de Jeffrey. Y mucho menos por una incapacidad suya ante su propio trabajo.

Y es que Abigail siempre había admirado a su mentor en prácticamente todos los sentidos, pero como es evidente llegó un momento en donde la pelirroja ya veía a su maestro como un igual. Lo malo de eso es que luego solo habían dos caminos: o seguir viéndolo como un igual—que era lo que había ocurrido con Drexler—o que debido a algo empezases a verlo como alguien con quién ya no merecía mucho la pena tratar.

Pero hablar de su mentor no le gustaba demasiado, ya que era una persona con la que hace tiempo que no intercambiaba una conversación realmente productiva. Sin embargo, sí que se le había abierto la brecha de la curiosidad con la información de su nacionalidad.

¿Y por qué cursaste tus estudios en Durmstrang en vez de en Ilvermorny? —preguntó con curiosidad. —¿De verdad sólo te quedaste en Inglaterra por tu incuestionable lealtad a Lord Voldemort? ¿O porque me conociste a mí y sabías que tu vida en América iba a tener un vacío? —Ladeó una sonrisa altiva, acompañada de una mirada de lo más afilada y seductora. —¿No volviste con la familia? Me han dicho que suele ser importante... —Ironizó divertida, ya que para Abigail la familia era tan importante como una piedra que se mete en el zapato.
Abigail T. McDowell
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

T. Hell Drexler el Vie Ene 25, 2019 10:40 pm

Ninguno había olvidado la noche en qué se conocieron, ¿cómo hacerlo? Decir que no empezaron con buen pie habría sido quedarse cortos, la inexperiencia y el orgullo de Abigail y la altanería y poca tolerancia de Hellion formaron un coctel molotov que acabó por explotar al final de la noche, con el inefable reprendiendo a la pelirroja. De aquello hacía ya muchos años y, si bien era cierto que disfrutaba metiéndose con Abi de vez en cuando sobre lo ocurrido en aquel entonces, la única manifestación por parte del americano ante sus palabras fue una sonrisa divertida. Darle mayor importancia habría sido absurdo, la capacidad de la pelirroja ya había sido de sobra demostrada.

Con una mano en su mentón y gesto serio, Drexler prestó atención a lo que la pelirroja le relataba sobre Jeffrey.

Si dijese que no me sorprende estaría mintiendo, nunca tuve a Jeffrey por el tipo de persona que recurre a favores para ascender —confesó con una expresión pensativa reflejada en su rostro. En ningún momento puso en duda las palabras de Abigail.— Pero supongo que a no a todo el mundo le sientan tan bien los años como a mí —dijo con arrogancia. Hell tenía una opinión muy clara y en absoluto positiva de los que intentan aprovecharse del poder de otros, pidiendo favores en vez de alcanzar sus objetivos mediante sus propios méritos. — Es una lástima, pero al final la mayoría de la gente termina siendo decepcionante.

El tono que usó no era en absoluto uno que reflejase auténtica pena por lo que Abi le contaba, hacía tiempo que había asumido que en cualquier tipo de relación entre seres humanos abundaban las decepciones. Por eso Hell no tenía expectativas sobre nadie, salvo sobre sí mismo.

Apoyó su tobillo izquierdo sobre su rodilla derecha, adquiriendo una postura más cómoda.

Ilvermorny es la versión descafeinada de Hogwarts —opinó con total sinceridad. De hecho, el propio Hogwarts le había parecido una de las peores opciones en cuanto a educación mágica se refiere, al menos antes del cambio en la dirección del mismo. Los Lestrange no eran santo de su devoción, ni mucho menos, pero el antiguo enfoque que tenía el colegio británico respecto a la enseñanza de las artes oscuras a Hellion le parecía absurdo. Por no hablar del tema del mestizaje. El inefable era plenamente consciente de que cuando hizo su elección siendo un niño había estado claramente influenciado por el que había sido su tutor privado, aun así no se arrepentía de nada. — Tú no eres la única que ha tenido un orgullo superior al que debía. Cuando era un niño recibía educación mágica en casa y uno de mis profesores me metió la idea en la cabeza de que Durmstrang era la mejor opción para mi, en aquel entonces era un niño prepotente que creía ser mejor y más listo que todos los demás y no supe ver que mi elección no había sido solo mía, pero qué más da —se encogió de hombros. — Al final, resulto ser la opción adecuada.

Sin ir más lejos, la primera intención de Hellion fue la de mandar a su hija a Durmstrang, pero entonces Hogwarts cambió de manos y se lo pensó mejor. Lejos de lo que muchos pudieran pensar el inefable no era ningún desalmado sin corazón y, de tener la posibilidad, prefería tener a su hija cerca, siempre que ello no significase renunciar a una educación de calidad.

Las siguientes preguntas lo tomaron por sorpresa, no espera tanta curiosidad por parte de la pelirroja. Es decir, él sabía que tanto su vida como su persona debían de parecer de lo más atrayentes a ojos ajenos, pero no esperaba tantas preguntas a raíz de un simple comentario como el de su nacionalidad.

Drexler curvó una sonrisa descarada, devolviéndole la mirada con intensidad y dispuesto a seguirle el juego. Asintió antes de hablar, mirándola brevemente de arriba a abajo.

Te conocí y me dije a mi mismo que no me iría de Londres hasta que consiguiese tenerte solo con los tacones puestos, y aquí sigo —habría sido fácil para él seguir con aquello y esquivar la verdadera pregunta, pero no sintió necesidad de hacerlo. Hellion era reservado, pero no ocultaba su vida, y las preguntas de Abigail tampoco eran tan personales como para no querer contestarlas. — La familia es importante, para mí lo es —aclaró.— Precisamente por mi familia no me he planteado volver nunca a Estados Unidos, dile tú a una niña de trece años que la cambias de colegio y la separas de sus amigas, prefiero enfrentarme a un dragón con un tenedor —el sarcasmo impregnó su voz a pesar de que no estaba diciendo que no fuese verdad. Su hija estaba en una edad que le estaba dando más de un dolor de cabeza.— La única familia que tengo en Estados Unidos son mis padres y estamos acostumbrados a no vernos —de hecho, desde la muerte de su hermana preferían mantenerse en continentes separados.— Me quedé en Inglaterra porque mi vida estaba aquí —tan simple como aquello.

El día que tomaron el Ministerio había sido testigo de la relación que mantenía Abi con su madre, y él no se había metido ni había preguntado por detalles ya que no era de su incumbencia, pero le había bastado para hacerse una idea de la opinión que tenía la pelirroja sobre la importancia de la familia.

Además el té no está tan mal —comentó con cierta gracia mientras volvía a tomar la taza con el café para acabársela antes de que terminase por enfriarse. — ¿No le habrás echado Veritaserum a esto, no? Todos estos años fascinada con mi persona hasta que ya no has podido resistirte más y me has drogado para saber más sobre mí. No te culpo, al contrario, me sorprende que te hayas resistido tantos años.
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Abigail T. McDowell el Jue Ene 31, 2019 2:46 am

Eso era terriblemente cierto: la gran mayoría de personas terminan siendo decepcionantes. Abigail podía contar con los dedos de una mano las personas que no lo habían sido de su núcleo central y le sobraban dedos. Hasta Caleb, de las personas más importantes que había tenido en su vida éstos últimos años, había resultado ser una decepción. Había tenido que quitarlo de su puesto como Jefe de Departamento y eso solo hablando en términos profesionales. Pero Jeffrey le había sorprendido hacia lo malo, sin entender cómo es que no podía enfrentarse a Brewster de manera profesional y sin acudir al poder de la Ministra de Magia. Solo denotaba desesperación y debilidad.

Ladeó una sonrisa frente a su comentario altanero tan propio de él, pero se limitó a contestar al resto.

No me había dado cuenta de todo ésto hace tres años, cuando no era más que una empleada más. Una se da cuenta de las personas que valen cuando está en un puesto de poder y se intentan aprovechar de ello. —Teniendo en cuenta cómo adoraban a Abigail McDowell las dichosas revistas del corazón, era posible que Drexler supiese de su relación con Caleb Dankworth y también de su reciente despido. —La verdad es que no  tengo intención ninguna de favorecer a nadie, ni otorgándole un puesto que no se merece, ni mucho menos dejándolo en uno que no sabe cuidar. —Para Abigail, ahora mismo lo más importante es que el Ministerio de Magia Británico funcionase al cien por cien en todos los departamentos.

Cuando le contó lo de Dumrstrang, una cosa estaba clara: por mucho que Drexler y Abigail se metiesen constantemente con sus aires de grandeza, era simple y llanamente porque ambos eran iguales. De hecho, su historia sobre la influencia de su profesor en sus decisiones, le recordó mucho a la influencia que la abuela de Abigail tuvo sobre ella misma. La pelirroja tenía muy claro que las enseñanzas, valores e ideales de su abuela se habían quedado impregnados en ella y la habían amoldado desde bien pequeña.

Abigail vio la oportunidad perfecta para soltar un comentario sugerente, sin pudor ninguno. Hellion era un hombre por el que hacía mucho tiempo que se sentía atraída, actualmente estaba en una posición en donde ya no lo veía como alguien superior, sino un igual, así que soltarle aquello fue casi instintivo. Recibir su contestación la hizo curvar una sonrisa, altiva y seductora. Sólo con tacones, ¿eh?

Eso suena perturbador, Hellion: me conociste cuando tenía diecinueve años. —Enarcó una ceja.

Pero prestó atención a su historia, pese a que era la primera vez que se soltaban algo así a la cara, después de tantos años y es que, por mucha tensión sexual que pudiera haber habido y ese tira afloja, ninguno había dicho nunca nada al respecto, limitando todo a miradas.

Su opinión con respecto a las familias era... pues la normal que tiene un padre con respecto a una familia; con respecto a su hija, al menos en el canon de la vida. Abigail nunca había tenido el 'amor' de un padre, ni mucho menos una figura paterna que le hiciese en su vida como representante masculino. Por tener, seguramente lo que tuvo de su madre tampoco se podría considerar válido, pero la pelirroja nunca supo quién fue su padre biológico pues su madre jamás se lo dijo. Sin embargo, entendía el punto que decía.

Como tu hija sea la mitad de intensa y prepotente que tú, entiendo que no quieras enfrentarte a su ira —dijo, para entonces preguntar: —¿Y la madre? ¿Murió...? —Pura curiosidad. Hellion debía de saber que Abigail no destacaba precisamente por su empatía o su delicadeza al decir las cosas, pero sí que le daba curiosidad por saber en donde había terminado la mujer que le dio una hija a Hellion.

Bufó frente a su broma del veritaserum, para entonces no cortarse ni un pelo.

Drexler, no es precisamente saber de tu vida lo que me interesa de ti. —¿Y qué narices le pasaba a Abigail, que sólo se interesaba en personas más grandes que ella con hijos que ya van a Hogwarts? —Pero después de tantos años siendo compañeros, he visto la oportunidad de preguntar por quién eres. En nuestro entorno es muy común ser reservado y ocultar tu vida. Sobre todo antes, que estábamos en una posición peligrosa con el gobierno en nuestra contra. —Y a nadie le interesaba que hubiese gente que supiese de más en tu vida. —Porque los dos sabemos que en realidad ya podrías irte, pero prefieres quedarte.
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T. Hell Drexler el Vie Abr 26, 2019 7:19 pm

Ser la Ministra de Magia convertía a Abigail en una de las personas más importantes de la sociedad mágica británica, y no era ninguna sorpresa que muchos intentasen aprovecharse de ello. La auténtica sorpresa venía cuando dichos aprovechados eran personas que, en un principio, uno había considerado de confianza. A él mismo le había pillado por sorpresa todo aquel asunto de Jeffrey, pero precisamente por cosas como esa Hellion le enseñaba a su hija que la única persona en quien debía depositar su entera confianza era en sí misma, ni siquiera en él. Era la mejor manera de no llevarse demasiadas sorpresas, como la que se había llevado él con su ex mujer, por ejemplo.

Asintió cuando Abigail le dijo que no tenía intención ninguna de favorecer a nadie.

Hacerlo sería una estupidez y no creo que seas ninguna estúpida. Reconstruir el Ministerio con enchufados en los cargos relevantes, en vez de gente competente, solo le haría más fácil el trabajo a los radicales y desleales —respondió mostrándose de acuerdo con la postura de la pelirroja. Meritocracia. — Además, sería decepcionante si te dejases embaucar de esa manera. Tanto carácter para terminar ascendiendo a tu mentor o a tu ex novio, ¿qué diría eso de ti? —preguntó al aire, con una sonrisa ladeada mostrando que no se le escapaba nada. El despido de Dankworth no había pasado desapercibido para nadie, de hecho había sido la comidilla de los más cotillas en el Ministerio. A él no le interesaban los cotilleos pero había sido inevitable que las habladurías llegasen a sus oídos, hasta en el departamento de misterios abundan los metomentodo.

La charla se desenvolvió de manera bastante natural a pesar de que no fuera una escena habitual entre ambos. Ni Abigail, ni Hellion habían hecho nunca antes el amago de querer saber nada de la vida personal del otro, y aunque en aquella ocasión era la mujer la que estaba realizando las preguntas, ya habría oportunidad de que Hell le pagase con la misma moneda.

La sonrisa de Hell fue descarada, y su mirada brilló con picardía, cuando le respondió a la insinuación que le había lanzado. ¿Perturbador?

Uy si, se te ve muy perturbada —apreció con tono socarrón.

Las preguntas de Abigail estaban bien, dentro del límite de lo personal que Hell aceptaba contestar. El inefable le contó sobre sus estudios, sobre su familia, incluso le habló sobre su hija, aunque de manera muy escueta, y sonrió con orgullo cuando la pelirroja hizo aquel comentario sobre la joven y su parecido con él. ¿Qué podía decir? Ciertamente Nia se parecía más a él que a su madre, y aquello lo llenaba de orgullo. Sin embargo, cuando la Ministra preguntó sobre la madre de su hija, el gesto de Drexler cambió. Aquel era un tema peligroso, por lo que se limitó a asentir cuando preguntó si había muerto. Era la versión oficial al fin y al cabo.

¿No te doy la impresión de un pobre viudo afligido? —como siempre, Hell se respaldaba en el sarcasmo, aunque en esta ocasión con un tono mucho más cortante que dejaba entrever que no iba a seguir con ese tema.

De hecho cambió de tema en cuanto pudo, bromeando sobre la posibilidad de que Abigail le hubiese echado veritaserum en el café, lo cual explicaría la fluida verborrea de la que estaba haciendo gala aquella mañana.

El gesto serio que había adquirido previamente se fue diluyendo hasta que una sonrisa seductora se formó en su rostro, en respuesta a la actitud tan poco sutil que Abi estaba mostrando y que, para qué mentir, Hellion disfrutaba.

¿Y entonces qué es lo que te interesa de mi, McDowell? —cuestionó, apreciando el cambio que había surgido en la forma en que se trataban. Hellion no recordaba cuándo había comenzado a ver a Abigail como una mujer por la que sentirse atraído, definitivamente no había sido cuando ella tenía diecinueve años sino que ocurrió años después, cuando la pelirroja demostró su valía, o cuando finalmente la vio como a una igual en las filas de los Mortífagos y no como a alguien a quien tener que hacerle de niñera. Pero hasta aquel momento jamás habían sido tan explícitos.— Cierto, antes había que andar de puntillas y, en cierta manera, todavía hay que ser precavido. No nos faltan los enemigos, tengo un par de cicatrices recientes que lo demuestran —se refería, evidentemente, al ataque de los radicales al Ministerio. Se levantó y caminó por el despacho de Abigail mientras seguía hablando, parándose frente a la ventana.— Pero bueno, ¿algo más que quiera saber, Srta. Ministra?

No sabía si habría algo más que la mujer quisera saber, pero mientras no fueran preguntas demasiado personales, como la de su ex mujer, él no tenía problema en contestar como lo había estado haciendo hasta el momento.

Podría irme, pero es que aquí tengo mejores vistas —le respondió con una insinuación y media sonrisa, después de darle la espalda a la ventana y clavar su mirada en ella.— Aunque la decoración… —comentó señalando con un gesto de su cabeza hacía los cuadros negros.— ¿Son el reflejo de tu alma o es que le encargaste a un dementor que decorase tu despacho? Sabes que hay gente que se dedica a esas cosas, ¿no? Ahora eres la Ministra, no seas rata y gástate un poco de oro en comprar pintura, anda.
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Abigail T. McDowell el Lun Abr 29, 2019 10:57 pm

Había sido la comidilla el hecho de que Abigail McDowell tomase ciertas decisiones con respecto a su ex-pareja y, como siempre, los rumores se extendían. Que si estaban enfadados, que si realmente lo había quitado porque no se llevaban bien, por rencor o por odio y… no. Lo único que le molestaba de todo eso es que la gente fuese tan imbécil de pensar que Abigail era tan poco profesional: el resto le daba igual.

Asintió ante su pregunta retórica. Eso diría de ella que se le podía comprar con relaciones interpersonales y cualquiera que conociera un poco a la pelirroja debía saber que era una persona a la que, de ninguna manera, se le podía comprar.

Le gustaban ese tipo de juegos calientes en donde saltaban chispas y cada uno evitaba quemarse. Si bien llevaban muchos años siendo compañeros, pocas veces se habían dicho las cosas claramente, pese a que la tensión hubiese estado ahí. Abigail nunca había sido una persona pudorosa y solía decir las cosas claras aunque le gustase el misterio y jugar. De nada la servía esperar a que un hombre fuese a por ella si ella quería ir a por él, ¿no?

La verdad es que no tenía ni idea de cuándo fue ese momento en el que Drexler la empezó a ver como una mujer—pues tenía bien claro que no había sido desde el principio—pero le gustaba tener la certeza de que ese deseo era recíproco, en cierta medida.

—En absoluto —respondió frente a su sarcasmo. —Pese a que tienes una hija, siempre he creído que eras un poco mujeriego.

Abigail también solía utilizar el sarcasmo para defenderse, por lo que no dio más bola al asunto. Realmente era solo curiosidad, pero le importaba realmente poco en donde estaba la ex-mujer de Hellion, si muerta o tirándose a algún otro por ahí y formando una familia. Ladeó una sonrisa en su rostro, para cambiar la posición de sus piernas y cruzar la otra por encima.

—Siempre he sentido una profunda atracción por los hombres que son mayores que yo e inspiran peligro, poder y... fuego. Me interesan esas personas y tú siempre me has inspirado eso. Creo que te he idealizado desde que era más joven… —Le quitó méritos, a propósito, sólo para picar el orgullo del hombre. Respecto a los enemigos y las cicatrices, Abigail también tenía muchas que declaraban abiertamente que ahora, más que nunca, estaba en auténtico peligro. No comentó nada al respecto, pues pese a que no tenía ningún tipo de trauma con sus marcas, no era algo de lo que le gustase hablar. Mucha gente sabía la aversión de Abigail por los niños, pero muy pocas personas sabían que después de aquel ataque en el mundial de quidditch, la pelirroja había recibido tanto daño que si bien consiguió vivir, perdió la posibilidad de poder tener hijos y había lo que quedaba de una cicatriz en su bajo vientre que lo corroboraba. Como dirían muchos: uno no se da cuenta de lo que tiene, hasta que lo pierde. Era curioso que, aunque no le gustasen los niños, el hecho de no poder tener hubiese hecho tanta mella en ella. Pese a que lo intentase ocultar siempre, al fin y al cabo seguía siendo humana. —Ya has saciado bastante mi curiosidad, señor Drexler.

En realidad no tenía intención alguna de hacerle un cuestionario de su vida. No solía importarle el pasado de las personas, pero después de tanto tiempo conociendo a Hellion, inevitablemente había tenido curiosidad.

Abigail le siguió con la mirada cuando empezó a pasear por su despacho con libertad hacia detrás de la mesa, donde estaba la ventana encantada mágicamente. Todo el mundo sabía que el Ministerio era subterráneo, por lo que en realidad aquella ventana sólo fingía tener un mundo detrás. Ahora mismo se veía el centro de Londres con un sol resplandeciente. Sin embargo, cuando dijo lo de las vistas, estaba mirando a Abigail.

Hellion tenía la suerte—o más bien la desgracia—de que la pelirroja actualmente acarrease un puesto que le había hecho ser muy profesional o en ese mismo momento le mostraría que podía ofrecer unas vistas mucho mejores, precisamente sólo con los tacones que llevaba puestos. No se había tirado a nadie en ese despacho siendo Ministra de Magia y teniendo en cuenta que era media mañana, no parecía ser el mejor momento para tentar a la suerte. Eso sí, cuando el Ministro Winslow estuvo en el poder, sí que ese despacho había sido… usado para otros menesteres.

Se terminó el vaso de agua y se levantó del sillón, para entonces girarse a ver los cuadros. Ladeó una sonrisa bastante divertida frente a su comentario.

—Los pelirrojos no tenemos alma —le respondió, guiñándole un ojo, para entonces escuchar su recomendación después de tacharla de tacaña. —No sé apreciar el arte y no quiero poner cualquier mierda. Si no tienen nada es porque quité lo que había, no sé si habías entrado mucho en este despacho con anterioridad, pero se acostumbraba a mantener ahí las fotos de los anteriores Ministros de Magia. —Y, cómo Drexler debía comprender, las fotos solían cobrar vidas. —No tenía ganas de mantener a Milkovich frente a mi mesa, ni tampoco al resto. Los he quemado a todos. —Entonces se quedó de pie entre el escritorio y el sillón, cruzada de brazos. —Pensé en rellenar todos los cuadros con fotos mías y así demostrar abiertamente mi desmesurado narcisismo, pero me veo incapaz de elegir mis mejores fotos —le sonrió y aunque lo primero que le había dicho era verdad, eso último en realidad no.

Se apoyó en la parte trasera del sofá, aún cruzada de brazos.

—Quiero pensar que mi arte es minimalista, pero si tienes alguna recomendación… —Le dejó caer, encogiéndose de hombros. Quizás él tenía idea de arte, porque lo que era Abigail… elegiría simplemente algo que combinase con el resto tono lúgubre del despacho.
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Abigail T. McDowellMinistra de Magia

T. Hell Drexler el Jue Mayo 16, 2019 12:42 pm

Ups, pillado. Hellion siempre había ido de falda en falda hasta que conoció a su mujer y, una vez su relación se acabó, no tardó en volver a las andadas, aunque con un poco más de cabeza que la que tenía doce años atrás. Además el que su hija pasase la mayor parte del año en Hogwarts le daba al inefable una gran libertad para hacer lo que quisiese, porque sí, cuando Nia estaba en casa, Hell se comportaba y le dedicaba gran parte de su tiempo a su primogénita. Le gustaba pensar que había tiempo para todo en esta vida.

Nunca había tenido problemas para encontrar con quien pasar un rato agradable, y parte de ese éxito con el género femenino lo atribuía a la gran confianza que tenía en sí mismo, además de a otras cualidades, claro está. Teniendo esto en cuenta, no es de extrañar que las palabras de Abigail lo hicieran entrecerrar los ojos, mirándola con picardía y, para qué negarlo, cierta irritación también. Sabía lo que intentaba la pelirroja al decirle aquello, darle donde más le dolía: en el orgullo. Lo sabía porque aquel parecía ser el juego favorito de ambos, a ver quien hería más el orgullo desmedido del otro. Como ya había dicho, Drexler no tenía problemas con las mujeres, al menos no hasta después de habérselas llevado a la cama o cualquier otra superficie disponible, pero Abigail no era cualquier mujer. La pelirroja era igual de peligrosa que él, en todos los sentidos, haciéndolo todo mucho más interesante.

No eres la primera a la que le pasa, no te preocupes —evidentemente decidió responder solo a lo que le interesó, en este caso, al comentario sobre que lo había idealizado. Obvió el resto porque bueno, no iba a darle la satisfacción de caer en su provocación aunque una parte de él estaba deseando demostrarle que generalizar de esa manera cuando se trataba de él era un craso error. Pero no era el momento. Dio un pequeño asentimiento cuando dejó claro que no haría más preguntas, que su curiosidad estaba saciada. — Siempre que lo necesite —respondió escuetamente, aunque con una sonrisa descarada.

La visión de Londres bajo un radiante sol a Drexler le parecía de todo menos real, y no se debía al hecho de que supiese que estaban bajo tierra, sino a que en Londres raramente brillaba el sol de aquella manera. Quizá en verano, con suerte. No es como si no echase de menos el sol, pero desde luego aquella irreal imagen no era por lo que continuaba en aquel despacho.

Si alguien entrase por la puerta del despacho en aquel momento probablemente fuese capaz de ver la tensión que se estaba acumulando en aquellas cuatro paredes. Tensión que siempre estaba presente entre ellos aunque aquella vez fuese mucho más palpable de lo que había sido nunca antes. Muy probablemente lo más inteligente que podía hacer Hellion en aquel momento era marcharse antes de verse arrastrado a cometer una locura en plena mañana, en el despacho de la Ministra de Magia, con su secretario a unos cuantos metros de distancia.

Drexler soltó una carcajada cuando le contó el motivo por el que había quitado lo que había anteriormente en aquellos cuadros.

No se me ocurren motivos por los que no te gustaría mantener una amena charla con tu difunta jefa —comentó con sorna y la diversión brillando en los ojos al imaginarse la escena en su mente. Aunque más gracia le hizo imaginarse los cuadros con fotos de la propia Abigail, todos ellos hablando al mismo tiempo. — ¿Serías capaz de soportarte a ti misma en todos esos cuadros? —porque una cosa es vivir con uno mismo y otra soportarse en retratos sobre los que no se tiene control. — Se me ocurren varias recomendaciones pero si lo que buscas es arte, deberías plantearte el poner fotos mías —ofreció con un tono muy pagado de sí mismo. — En cierta manera me ofende que no se te haya ocurrido a ti solita, te creía más avispada —hizo un rectángulo con el pulgar e índice de ambas manos y miró a través de él con un ojo guiñado, como si estuviera enfocando uno de los cuadros.

Su mirada dejó a un lado los cuadros para volver a centrarse en Abigail, la recorrió con la mirada sin un ápice de vergüenza, y finalmente echó un ligero suspiro al tiempo que negaba con la cabeza para sí mismo.

Será mejor que me marche, ya tengo lo que había venido a buscarpero no todo lo que quería, pensó con cierto fastidio. Decididamente el ambiente se había caldeado demasiado para estar a media mañana de una jornada laboral. De haber sido en otro momento más oportuno... Mejor no pensar en ello.— No puedo dejar a mis inútiles sin supervisión durante demasiado tiempo. No te olvides de lo de Fernsby o acabarán por salirme canas verdes.

Se abrochó el botón de la chaqueta y caminó hasta la puerta del despacho.

Nos vemos, Srta. Ministra.
T. Hell Drexler
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