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Somebody help me tame this animal — Gwendoline Edevane

A. J. Seward el Vie Nov 16, 2018 2:34 pm


13 de noviembre del 2018 || 20:07 pm || Piso de Gwen || Ropa

Faltaban cinco minutos para la hora acordada y A. J. caminaba por la calles con paso apurado y con la capucha bien puesta, ocultando su rostro lo máximo posible. Lo bueno de vivir en Londres en pleno noviembre era que no destacaba lo más mínimo, muchos de los transeúntes llevaban gorros, amplias bufandas, capuchas e incluso chubasqueros pues hacía unos veinte minutos que se había puesto a lloviznar.

Las molestas gotas no entorpecieron los pasos del fugitivo, que como cada mes había acordado verse con Beatrice en el camino que había justo bajo el Millenium Bridge, a orillas del Támesis. Nunca se ponían en contacto el uno con el otro para acordar el día y hora del encuentro ya que siempre era la misma: tres días antes del comienzo de la semana previa a la luna llena. Era un acuerdo al que habían llegado años atrás, poco después de que A. J. empezase con sus transformaciones.

La poción matalobos tenía uno de los sabores más repugnantes que A. J. había probado en su vida, pero con gusto se la tomaba si con ello conseguía seguir siendo él mismo durante las transformaciones. El fugitivo ya llevaba demasiada mierda encima como para también cargar con el peso de no saber lo que hacía durante la luna llena, de no saber si había matado a alguien o lo habría condenado a vivir el mismo infierno que él.Al menos, gracias a Beatrice, podía estar tranquilo en ese aspecto.

Ya eran las siete y A. J. acababa de llegar al punto donde se reunía todos los meses con la sanadora, ahora también convertida en fugitiva. Desde que lo atendió en San Mungo, después de sobrevivir al ataque del licántropo, Beatrice se había convertido en una buena amiga que siempre se esforzaba por contagiarle un poco de esa alegría que tanto la caracterizaba. Ella lo había apoyado desde que se convirtió en un hombre lobo y él había hecho lo propio cuando capturaron a Steven, el hermano mayor de la rubia. Sin embargo, algo raro ocurría aquel día…

Habiendo pasado media hora desde las siete, A.J. sabía que Beatrice ya no aparecería y el fugitivo no era capaz de quitarse ese mal presentimiento de encima. Algo debía haberle pasado a la rubia, desde hacía cuatro años jamás se había retrasado y mucho menos había faltado a su cita, por lo que su mente empezó a correr imaginándose escenarios a cada cual peor que el anterior. Sacudió la cabeza, intentando alejar los funestos pensamientos y se puso en marcha, dispuesto a encontrarla.

Hacía no mucho, cuando atraparon a Steven Bennington, A. J. le había ofrecido a Beatrice un lugar entre los radicales, donde toda ayuda era bienvenida y donde estaría segura, pero la rubia se había negado diciéndole que ya tenía un lugar seguro donde quedarse y allí era a dónde se dirigía. Le había dado la dirección por si algún sucedía algo y aunque A. J. no sabía el qué todavía, estaba seguro de que algo estaba pasando.

Se desplazó andando y en metro, ya que no le gustaba demasiado aparecerse por miedo a llamar la atención, y cuando al fin estuvo frente al edificio se quedó unos momentos observándolo, con desconfianza. Vamos, como solía mirar a todo y todos desde hacía ya un tiempo. Pero sabiendo que era muy probable que las respuestas que buscaba se encontrasen en aquel piso, entró intentando pasar lo más desapercibido posible.

Desconocía si habría alguien dentro, pero descartó usar un hechizo para abrir la puerta por si habían protecciones mágicas puestas. Apretando los labios y con una honda respiración, se dispuso a hacerlo al estilo muggle.

Toc, toc, toc, toc.

Beatrice, ¿estás ahí dentro?
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Gwendoline Edevane el Vie Nov 16, 2018 11:15 pm

Las calles de Londres empezaban a presentar el aspecto habitual, ese con el que estaba familiarizada: ingleses abrigados yendo y viniendo, su aliento condensándose en nubes blancas por delante de sus rostros, y un cielo de aspecto plomizo sobre sus cabezas. Parafraseando a la casa Stark, se acercaba el invierno, y los inviernos en la capital inglesa eran muy fríos. El otoño prometía un invierno como el de otros años, sin ningún tipo de milagro en el horizonte.
Y ya empieza a hacer bastante frío para mi gusto, pensé mientras, una vez más, cerraba mi abrigo, el cual la brisa había abierto una vez más.
Mi humor no era el mejor, no lo puedo negar. Demasiadas cosas extrañas sucedían a mi alrededor últimamente, y ni siquiera yo era capaz de seguir ignorándolas. Por mucho que intentara refugiarme en la comodidad de la negación, incluso la negación tenía sus límites: algo no iba bien ya no a mi alrededor, sino conmigo. Y cada vez que intentaba indagar en ello…
Bueno, simplemente no lo hacía, o uno de aquellos dolores de cabeza tan atroces me decía que lo mejor que podía hacer era alejarme de ahí, igual que el calor del fuego al acercar la mano te advierte del peligro inminente en que te estás metiendo.
Así que caminaba por las calles, perdida en mis propios pensamientos, ajena a todos los que me rodeaban. Esa tarde, había tenido que trabajar, pues algún día había que poner en orden el papeleo. Tras pasarme cerca de cuatro horas con la cabeza metida entre pergaminos, solo quería desconectar, y teniendo en cuenta cómo estaban las cosas con Sam y Caroline, prefería hacerlo sola. En mi casa. Con mi gato. Con Netflix, a poder ser. Quería olvidarme de mi maldita vida durante al menos cuarenta y cinco minutos. O durante un par de horas, incluso.
Me interné en el primer callejón que encontré, uno discreto. Eché un leve vistazo por encima del hombro, para asegurarme de que nadie me seguía, y cuando me cercioré de que así era, saqué la varita. Con un leve movimiento de ésta, provoqué una ventolera; a consecuencia, la basura más ligera que alfombraba el pavimento—en su mayoría, hojas de papel arrugado y pisoteado, y envoltorios de comida—se elevaron en medio de un torbellino que hacía muy difícil ver lo que ocurría en aquel callejón.
Ese fue el momento que escogí para desaparecerme, y para cuando me aparecí, me encontraba en la cocina de mi apartamento. Elroy, mi lechuza, se encontraba posada en el respaldo de una de las sillas, y sobre la mesa había varias cartas. Correo mágico, por su curioso aspecto, lleno de ribetes dorados y con aspecto de haber sido sacado directamente de un mundo fantástico y anticuado.
Acaricié suavemente el plumaje de Elroy, que cerró los ojos e inclinó su cabeza en dirección a mi mano como si de un gato se tratase. Y, hablando de gatos, Chess hizo acto de presencia, enroscándose en mi pierna en busca de cariño.

—Buenas tardes, Chess.—Dije, sonriendo a mi gato negro con ternura; éste respondió con un maullido.—¿Qué te parece una noche de series? Solos tú y yo.—A lo que Elroy lanzó un fuerte ululato de protesta, haciéndome dar un respingo.—Tú también estás invitada, Elroy. No hace falta ponerse así.—Y no pude evitar reírme, mientras revisaba el correo.

Casi todo se trataba de propaganda—el Emporio de la Lechuza, al parecer, ofrecía una rebaja por los animales mayores de dos años—o de cartas procedentes del Ministerio. También tenía un extracto de Gringotts con los últimos movimientos en mi cuenta, el cual dejé a un lado con intención de revisarlo más tarde. Lo mismo hice con las cartas del Ministerio, mientras que la publicidad acabó reducida a cenizas mediante un hechizo, y dichas cenizas en el cubo de la basura.
Había, sin embargo, una carta que llamó mi atención por un sencillo motivo: llevaba un sello con el escudo de la familia Edevane. En un primer momento pensé que se trataría de otra carta de mi padre, invitándome a pasar la nochebuena con él, pero mi padre no utilizaba el sello familiar para ponerse en contacto conmigo. Por consiguiente, tendría que ser otra cosa. Quizás de mi abuela.
Me encontraba dudando, varita en mano, sobre si abrir el sobre o no, cuando escuché varios golpes en la puerta. Di un respingo, volviendo la mirada en esa dirección… y alguien habló del otro lado. Y todo habría sido muy normal de no ser porque escuché un nombre que, en los últimos meses, hacía que me enfadase mucho: Beatrice.
¿Qué narices has hecho, Beatrice?, me pregunté a mí misma, negando con la cabeza, mientras caminaba hacia la puerta, varita en mano.

—¿Quién está ahí? Identifícate, si eres tan amable.—Respondí una vez llegué junto a la puerta, sin abrirla. Empezaba a sentirme atacada de los nervios, principalmente porque que alguien supiese que Beatrice Bennington vivía—o, más concretamente, había vivido—en mi apartamento solo podía ser sinónimo de problemas. ¿Que una fugitiva viviese conmigo? Lo aceptaba, pues yo misma se lo había ofrecido. ¿Que lo supiesen terceros? Para mí esa era la definición misma de las palabras ‘brecha de seguridad’.


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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

A. J. Seward el Miér Nov 21, 2018 3:49 pm

No sabía qué se encontraría en aquella dirección, Beatrice nunca le había dicho si vivía con alguien más, si el piso era de algún conocido, o simplemente de alguien que se dedicaba a ayudar a fugitivos. Quizá la rubia lo había ocupado ilegalmente, aunque dudaba que fuera eso último.

Estaba preocupado por su amiga, después de la captura de su hermano, A. J. había temido que la joven rubia hiciese alguna locura, por eso había intentado convencerla de que se uniese a los radicales, para asegurarse de que no actuaba sola, y porque, todo sea dicho, cualquier ayuda era bien recibida. Pero habían pasado ya varios meses y a pesar del dolor que conlleva perder a un ser querido, Beatrice parecía sobrellevarlo. ¿Qué podría haberle ocurrido?

Se tensó cuando una voz claramente femenina le respondió desde el otro lado de la puerta, una voz que no era la de Beatrice. A. J. suponía que fuese quien fuese, si estaba dentro de la vivienda debía ser alguien de confianza para Beatrice, pues al fin y al cabo aquel era el piso donde había estado quedándose su amiga, pero aquello no hacía que el fugitivo confiase lo suficiente como para revelar su verdadera identidad.

Colin Shea —respondió alto y sin dudar. Era el nombre de un antiguo compañero de Hogwarts, un mestizo del que hacía años y años no sabía nada.

Aquella mujer desconocida quizá se dedicaba a dar cobijo a fugitivos temporalmente, o quizá fuera alguien importante para la más joven de los Bennington. Fuera como fuera A. J. no tenía modo de saberlo, pues su amiga nunca le había contado nada al respecto, solamente le había dado la dirección por si algún día necesitaba ayuda. Con aquel pensamiento rondando su cabeza, A. J. se aventuró a decir algo más, sabiendo que Beatrice no le habría dado aquella dirección si fuera a suponer un peligro para él.

Soy amigo de Beatrice Bennington, había acordado verme con ella esta misma tarde, pero no ha aparecido —informó, sintiéndose algo estúpido al estar hablando con una puerta. — Me dio esta dirección como un método de contacto en caso de urgencia, y estoy preocupado.
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Gwendoline Edevane el Jue Nov 22, 2018 2:29 am

Conocía a Beatrice desde que ella tenía once años y yo doce. La menor de los Bennington había llegado a Hogwarts al principio de mi segundo curso—igual que Sam, Henry y Caroline—y desde entonces habíamos sido muy buenas amigas. Hubo un tiempo en que incluso la consideré una hermana: esa hermana pequeña que siempre está metida en líos y que, de alguna manera, consigue convertirte en parte activa de sus travesuras. Había compartido buenos ratos con ella, y pese a que entonces no me gustaba reconocerlo, hasta los castigos resultaban entretenidos con ella al lado.
Sin embargo, a medida que crecíamos, había ido descubriendo una faceta suya que no me gustaba demasiado: el secretismo. Beatrice Bennington tenía que hacer privado casi cualquier aspecto de su vida. Y, no me malinterpretéis: yo abogo por el espacio personal, por guardarte ciertas cosas para ti misma. Pero lo de Beatrice era extremista.
Para empezar, estaba aquella manía suya de ocultar su segundo nombre. De hecho, a mí jamás me lo había dicho, y solamente lo había descubierto el día que por casualidad revisé una lista de fugitivos del Ministerio de Magia. Luego estaba lo de su animagia, otro aspecto de su vida que había descubierto por casualidad: una vez, creyendo que no estaba en casa, entró a través de una ventana en su forma de pájaro, para luego asumir su forma humana.
Y todo eso sin mencionar sus salidas secretas, sus desapariciones sin explicación.
Aquello me crispaba los nervios: ¿Cómo podía una persona decirte a la cara que confiaba en ti y guardarte tantos secretos? Muchos de los cuales no tenían sentido, además. ¿Qué importaba un segundo nombre? ¿Qué importaba una forma animaga? ¿Qué importaba que se fuera de viaje con sus amigos? A veces sentía que Beatrice Bennington tenía ya no un problema de confianza, sino uno mental: era una mentirosa compulsiva.


***

Para muestra, aquella situación: un desconocido aparecía en la puerta de mi casa, preguntando por Beatrice Bennington. En aquellos momentos deseé tenerla delante para poder abofetearla con todas mis ganas. ¿Cómo se le ocurría decirle dónde vivía a nadie? Por mucha confianza que tuviera con esa persona, aquella información debía ser confidencial.
Así que pedí al desconocido que se identificara… y mi opinión sobre Beatrice Bennington no mejoró demasiado. El hombre se identificó como Colin Shea, nombre que en lo personal no me sonaba de nada, y acto seguido ofreció una breve explicación: había quedado con Beatrice aquella misma tarde, ella no había aparecido, y como la señorita Bennington había tenido a bien darle mi dirección, el tipo se presentaba allí.
Espero que estés muerta, Bennington, pensé mientras negaba con la cabeza y ponía los ojos en blanco, porque como vuelvas a aparecer en mi casa, te mataré yo misma. Así me ahorras el trabajo. Por supuesto, aquellos pensamientos no iban en serio, pero Beatrice Bennington había empezado a perder puntos de manera estrepitosa conmigo.
Escondí tras la espalda la mano que empuñaba la varita, para acto seguido abrir el pestillo de la puerta. Fuera lo que fuera, quería acabar con aquello lo antes posible.

—Beatrice Bennington ya no vive aquí.—Informé al hombre que apareció ante mí cuando abrí la puerta. Su cara me sonaba de algo, y tardé apenas unos cuantos segundos en percatarme del motivo: la había visto en algún cartel de ‘Se busca’.—¿Colin, has dicho?—Pregunté, mientras pensaba: No tienes cara de Colin. Tampoco recordaba el nombre del cartel en concreto, así que lo dejé estar.—Me llamo Gwendoline Edevane.—Procedí con cautela, presentándome. Si era un fugitivo, me daba igual; si no lo era, también, puesto que de alguna forma Beatrice ya se había ido de la lengua. Solo esperaba que aquello no acabase en un duelo.—¿Qué te trae por aquí?—Pregunté mientras me hacía a un lado para dejarle pasar. Cuanto menos tiempo pasase ahí fuera, en el rellano, donde cualquiera podría verle, mejor.

Y a ver qué clase de secreto de Bennington tenemos aquí, pensé con cierto sarcasmo. Me muero por averiguar el embrollo en que estás a punto de meterme, Beatrice. No pude evitar preguntarme cuántas otras cosas me habría estado ocultando Beatrice, ni cuántas otras personas sabrían dónde vivía.
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A. J. Seward Ayer a las 9:40 pm

Cuando se abrió la puerta, unos momentos después de su breve explicación, apenas se fijo en la chica que apareció tras ella, pues su cabeza estaba demasiado ocupada centrada en la información que le acababa de llegar. Beatrice ya no vivía allí. ¿Qué demonios estaba pasando? Aquel mal presentimiento se hizo más fuerte en su interior.

Sí, eso he dicho —afirmó con tono un poco aturdido todavía. Estaba claro que había algo que se le estaba escapando en todo aquel asunto, ¿qué narices le había pasado a Bea? Quizá aquella mujer, Gwendoline, supiera algo. — Pero no es cierto, me llamo A. J.

Le había dado un nombre falso porque existía la posibilidad de que si reconocía su verdadero nombre no solo no abriese la puerta, sino que podría informar al Ministerio. Sin embargo, una vez abierta la puerta y viéndose cara a cara, encontró aquello absurdo, pues con toda probabilidad ya lo habría reconocido por los carteles de Se Busca. Aquel era un tipo de fama que nunca había deseado. El caso es que no tenía sentido mantener su nombre en secreto cuando identificarlo era tan fácil como buscar el dichoso cartel.

En los últimos tiempos A. J. había tenido que ser tan desconfiado que ya era un rasgo distintivo de su personalidad, aunque imaginaba que la desconfianza sería inherente en la gran mayoría de los fugitivos, y por eso tardó unos segundos en aceptar la invitación a entrar a aquella casa.

Lamento haberte mentido sobre mi nombre, pero bueno, hay que tener cuidado —se disculpó encogiéndose de hombros, sin estar realmente arrepentido. No sabía si la morena era de fiar o no, de hecho todavía podía meterlo en un buen lío, pero necesitaba aquella poción a como diese lugar. Además, Beatrice parecía haber confiado en ella lo suficiente como para vivir allí aunque algo parecía haber cambiado.

Realmente el quid de la cuestión era que estaba jodido. Ya podía encontrar pronto a Beatrice o la siguiente luna llena no habría nada que frenase al monstruo que vivía en su interior.

Es un tema delicado —respondió finalmente. Al menos lo era para él, su licantropía era un asunto muy complicado para él y definitivamente hablarlo con una desconocida no lo hacía más llevadero, pero aquella mujer era la única que podía arrojar un poco de luz sobre el paradero de Beatrice.— Necesito encontrar a Beatrice, ella me tiene que dar algo realmente importante para mí. No te haces una idea de lo urgente que es, sino lo fuese no me habría arriesgado a venir aquí. ¿Sabes dónde puedo localizarla?

La preocupación por el bienestar de su amiga comenzaba a tornarse en desesperación por su propio bienestar. Joder, necesitaba aquella poción.
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