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Ryan Goldstein el Lun Nov 19, 2018 6:28 pm

Prólogo

—¿Alex?—El tono era inquisitivo, la expectativa incierta. Del otro lado de la línea el ruido lo confundía. Ryan no podía manipular del todo el carrito de la compra con el móvil en la mano. Un niño de seis o diez años jugaba a los autitos chocadores con él. Estaban a mitad de pasillo, impidiendo el paso, estrellándose entre las góndolas. Menos mal que nadie estaba interesado en la sección de cereales en ese momento, porque si no.  Mark, así era el nombre de ese pendenciero, imitaba el rumor escandaloso de los motores antes de apretar el paso e impulsarse a sí mismo y a su carrito contra el muy cargado carrito de su contrincante, que por distraído y no parar el golpe con la suficiente firmeza, perdió una caja de cereal que con el impacto se le cayó al suelo de la montaña de cosas que, de llegar sanas y salvas al hogar, serían parte de la alacena. Es que, era ese momento del mes en que compraba por cantidad—Te oigo, sí, ¿tú me escuchas?

La llamada lo había tomado incluso más desprevenido que un accidente automovilístico. Le estaba tomando su tiempo acomodarse a esa situación inesperada, pero en sus labios asomaba una sonrisa abierta, jovial, de esas que iluminan las caras de las personas, aun en la más absoluta perplejidad. Le daba gusto saber de Alex. Solían mantener una relación a distancia, a prueba de lo que era una vida ajetreada para ambos. En ese instante la sabía cerca, más cerca de lo que habían estado en mucho tiempo, y se sintió cálido por dentro.  

—¿Aquí? ¿En Londres?


Mark se preparaba para encestar un segundo impacto cuando el grito indignado de su madre se oyó desde el fondo. La mujer estaba que no lo podía creer. Mark, su hijo, estaba molestando a un adulto que no le había hecho nada, nada de la vida, ¡ah, vaya con lo problemático que podía ser en ocasiones! La madre de acercó lista con un reprimenda y se deshizo en disculpas para con el extraño, que parecía ocupado con una llamada. Ryan se limitó a sonreírle y a hacerle un gesto con la mano libre. Que no pasaba nada, que no pasaba nada, señora, de verdad. Ryan empujó entonces el carrito para seguir camino, levantando de paso la caja de cereal caída del suelo.  

—Sólo estaba jugando—se excusó, casi al mismo tiempo que añadía—: No, no te hablaba a ti. Pero tú espérate ahí—soltó, simulando un reproche. Entre que avanzaba, dobló por una góndola. Detrás de él una madre le recordaba a su hijo a viva voz que no podía ponerse a jugar a los carritos chocadores con un extraño—Hace rato que no hablamos y me sorprendes con esto… Dime cómo estás, quiero saber eso…, ¿qué?

Hizo la pregunta en un tono suave, atraído por la curiosidad. Ryan Goldstein tenía muy agudizados los cinco sentidos y era difícil que pasara las cosas por alto, especialmente cuando estabas deseando que las pasara por alto. Sin dejar de escuchar lo que decían al otro lado de la línea, se detuvo frente a los estantes de una góndola. Había doblado en el sector de bebidas. Tomó un vino rosado y lo examinó, meditándolo hacia dentro, ¿lo llevaba o no lo llevaba?  
   
—Eso es el cementerio—exclamó, volviendo a colocar la botella en su lugar. Seguidamente se acuclilló, inspeccionando las botellas de más abajo y fijándose las etiquetas. De haber tenido a Alex delante de sí, le hubiera dedicado una mirada suspicaz, de esas que te incomodan haciéndote creer que son capaces de atravesarte así, entornada la mirada, sin más, como si uno fuera sospechoso—. No me engañas. Conozco la zona—repuso tranquilamente—Te digo que ahí hay un cementerio.

La charla se extendió un poco más hasta que finalmente se decidió y Ryan se hizo con una caja de vino que acomodó como pudo en el carrito repleto. Había llegado a la caja registradora y todavía seguía hablando por el móvil prestándole poca atención a su alrededor. Maggie Rose, la chica de la caja, se alegró al verlo. Era un cliente habitual, siempre amable, y todo fuertote y recio, no, es decir, vaya, pero qué cabeza la suya, es que bueno, era de muy buen ver. Maggie creía que ya había entrado en confianzas con él, lo suficiente como para pedirle el número, para tú sabes. Ryan, se llamaba. Ryan siempre decía que era la cajera más simpática. Ya estaba por recibirlo con una gran sonrisa cuando algo la extrañó.

—El cementerio, sí—dijo Ryan, retomando un tema que parecía ya olvidado. Pero él nunca soltaba el hueso, no una vez que la vez que le hincaba los dientes a algo. Alexia había intentado distraerlo del tema, se daba cuenta, pero el tema seguía allí, en caliente. Entre que hablaba acomodaba la compra en la cinta móvil, pero hizo una pausa para saludar. Maggie olvidó todas las cosas extrañas en este mundo en ese momento—.  Hola cariño, ¿cómo estás?—Maggie le respondió, naturalmente, pero tuvo que interrumpirse porque aquella llamada debía ser importante, tanto como para no cortarla y abstraerse de todo alrededor excepto esa llamada. Con un suspiro enamorado y algo resignado, Maggie empezó a hacer su trabajo, y a cotillear disimuladamente por supuesto—. No, otra vez, no hablaba contigo. No, lo que yo quiero saber es qué quieres en un cemen… Oh, ¿sí?—inquirió, en un tono de lo más sugerente. Maggie se estremeció por debajo de la piel. Ryan no la miraba, tan colgado que estaba de esa llamada. Lo que fuera que le estuvieran diciendo debía estarle gustando mucho, porque lucía una sonrisa muy atractiva en el rostro, de esas que te nacen sin que puedas reprimir—. Bueno, eso sí que suena… a una propuesta—Había bajado la voz, sumiéndolos en una coqueta, tibia intimidad, a él, su interlocutora y Maggie. Detrás de él, la cola se preguntaba por qué la cajera atendía tan lento—. Es una cita—concluyó, feliz con la resolución. Ni se dio cuenta que había cerca un corazón haciendo “crack”—. ¿Cuánto te pago?

Maggie parpadeó. Ah. Le hablaba a ella, sí. No fue la única que se había confundido, al parecer. Ryan, enchufándose rápidamente en esa dichosa llamada, rió al tiempo que soltaba una exclamación.

—¡Por supuesto que no estoy hablando contigo! ¿Por qué habría de pagarte?—Rápido, advirtió—: No me estás sonando tan indignada como deberías ahora mismo. Oh, no. De verdad que no era contigo, era… Oh, espera. Adiós, cariño.  

Maggie apenas alcanzó a responderle con un hilillo de voz, viéndolo partir.

—Adiós…




_____________________________________________


Era un bonito día para pasarlo en el cementerio. Visto a la luz del sol no era un lugar tan tétrico de todos modos, aunque a decir verdad a esa hora la tarde se ensombrecía, y aun así, había que ver cuánto verde, cuanta frescura en el aire, qué pintorescas las lápidas carcomidas por las sombras que empezaban a extenderse por todo el lugar. Ryan no era particularmente supersticioso así que eso de ir a molestar a los muertos en sus tumbas no le infundía ningún miedo místico, profundo, nada que le quitara el sueño. Había hecho cosas locas en su vida, pero definitivamente las mejores locuras eran esas en las que no estabas solo.

Picnic en el cementerio, mira que era toda una ocurrencia. Picnic romántico en el cementerio. Se imaginó que en algunas parejas debía causar cierta agradable, deseable sensación de peligro eso de estar a la luz de las velas, acurrucados en un mantelito tendido sobre la tumba de un desconocido que había muerto años, años atrás y que quizá todavía seguía siendo un cadáver sin descomponer dentro de su sarcófago. Dudaba que Alex esperara asustarlo, ya que ninguno de los dos era fácilmente asustadizo, no con el trabajo que les había tocado. Pero le agradaba la idea de Alex citándolo allí o en cualquier parte. Después de todo, ella era toda la dosis de peligro que necesitaban, que Ryan necesitaba.

Así que, se preguntaba por dentro mientras caminaba por un sendero bordeado por yuyos crecidos entre hileras de lápidas cubiertas de musgo, él se preguntaba, ¿qué sería está vez? Iba él caminando, puestos sus lentes oscuros, perfumado y bien vestido, vestido para impresionar, pero mientras más caminaba más evidentes se hacía lo ruinosos y descuidado de ese cementerio. Una sonrisa disimulado le nació de una de las comisuras, antes de detenerse del todo. Al girar la cabeza vio a un vagabundo de espaldas a él, con una botella de algo fuerte en una mano y meando en una lápida. Alrededor de él, un perro sarnoso olfateaba la basura entre la hierba muy crecida, y en un momento alzó el hocico hacia él, y Ryan miró al perro y el perro lo miró a Ryan. Al final, suspiró.

Picnic romántico, eh.

En su boca, persistía una vaga, vaga sonrisa, la sonrisa no moría. Se dio cuenta de que estaba perdido, y rebuscó el móvil en el bolsillo de su saco. Estaba haciendo frío, por cierto. El vientecillo se te colaba por debajo de la ropa, chocaba en tus oídos, te cosquilleaba la nariz. Hacía frío pero era un frío agradable, no necesariamente poco placentero. Ryan, al menos, se sentía cómodo en el frío. Otro suspiro. Llamaba, pero nadie atendía. Debía haber contado mal las lápidas (Alex había sido muy meticulosa explicándole el camino… o eso había pensado él), sí, debía ser eso. Se había perdido. Porque no veía a Alex por ninguna parte. Sólo eran él, el perro y el vagabundo que, con perdón, apestaba.

Patience is bitter, but its fruit is sweet
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Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Alexia O. Lyons el Mar Nov 20, 2018 12:20 am

A
lexia se detuvo frente al espejo del armario, empañando con su húmedo calor el cristal impoluto, que le devolvía su propia imagen desnuda de principio a fin. Su piel morena estaba empapada por pequeñas gotitas de agua que brillaban bajo el reflejo de una bombilla medio defectuosa que parpadeaba de vez en cuando, amenazando con fundirse y morir. Alexia limpió el vaho del espejo con su mano. Ella y su reflejo intercambiaron miradas; no se conocían, pero volvían a mirarse una y otra vez. Hacía mucho tiempo que no se concedía un momento para ella, a solas y en privacidad frente al espejo.

El teléfono sonó. Era un viejo trasto que resonaba desde el otro lado de la habitación. Alexia salió del baño, dejando diminutas huellas de agua sobre el parqué. Cruzó el pasillo, que estaba completamente vacío, con apenas un par de muebles viejos y un montón de cajas de mudanza apiladas en la entrada. Pasó a la habitación. Las ventanas estaban abiertas de par en par, aireando el piso. El olor a frutas tropicales del suavizante se entremezcló con el de la calle, creando una combinación extraña pero agradable. El móvil vibraba sobre la mesilla, empujando de a poco el blíster de pastillas anticonceptivas que Alexia pudo atrapar antes de que cayera al suelo. Descolgó el teléfono.

¿Ryan?
Hola, buenos días —respondió una voz masculina que, definitivamente no era la de Ryan—. Le llamamos desde TalkTalk por si le interesa cambiar a un contrato mensual de doce meses con llamadas ilimit...
Cortó la llamada y arrojó el teléfono sobre la cama. Aún con el blíster en la mano, extrajo una pastilla y se la tragó. Habría preferido pasarla con un poquito de vino, pero se le había olvidado comprar.

Se acercó hasta la maleta que no le había dado tiempo a sacar y, aún húmeda, se comenzó a vestir. Optó por un vestido negro por encima de las rodillas que le compró Ryan en uno de sus viajes a Sudamérica, donde fueron no por placer sino por trabajo. Lo habría pagado ella, pero perdió la cartera, como ya era tradición. El abrigo y la boina que escogió iban a juego con el vestido, al igual que los diminutos zapatos que arropaban sus pies. Asomando por encima de éstos y desentonando, unos calcetines blancos con dibujos de ranas saltarinas.

Cerró la puerta del piso y guardó las llaves en el bolsillo del abrigo, las cuales aún llevaban en el llavero el nombre del antiguo propietario «Allan Lowell», un hombre grasiento y antipático del que Ryan se había librado de tenerlo como vecino. Aunque eso, él aún no lo sabía.




Por el camino empedrado del cementerio se clavaban sus gruesos tacones, que acentuaban la curvatura de sus pies. El vestido era tan sedoso que el vuelo de la falda se columpiaba por la brisa a cada movimiento, rozando entre paso y paso sus muslos bronceados. Caminaba con un ritmo enérgico, como si siempre supiera exactamente dónde tenía que ir, como si las calles y el mundo fueran suyos. Sus rizos, que asomaban con gracia bajo la boina, se estiraban y encogían como un muelle a cada paso. Su mirada inspeccionaba el cementerio en busca de la imagen de Ryan... sin ningún resultado.

Este idiota ya se ha perdido. —Palpó sus bolsillos en busca del móvil, pero no lo encontró. En su piso, sobre la colcha de la cama, el teléfono vibraba esperando ser atendido. Alexia chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco, suspirando—: Y así se completa el dúo de genios.

Aceleró el paso. Las ranas de sus calcetines trotaban con ella al ritmo de sus pisadas. Giró por una fila de nichos y a la vuelta de la esquina se encontró de sopetón con un vagabundo que por poco le mea encima. Alexia arrugó la nariz con disgusto ante el hedor, acompañado de la imagen de un miembro rugoso que el hombre había olvidado guardarse de nuevo en los pantalones. La bruja se apartó de él con desgana y con la incuestionable certeza de que esa noche, no dormiría.

Cuando volvió a alzar la mirada para seguir su camino, encontró por fin la figura que estaba buscando. Estaba de espaldas a ella, pero no había lugar a dudas, ese culazo solo podía pertenecer a una persona.
¡Ryan! —una sonrisa atravesó sus labios con entusiasmo—. ¡Estás aquí, estás aquí! —exclamó, como si no pudiera creerlo. Hacía meses que no se veían. Alexia se abalanzó contra él en una carrera hasta saltar a sus brazos. Rodeó la cintura del mago con sus piernas y lo abrazó con tanta fuerza que hasta se quedó sin aire. El vagabundo y el perro se los quedaron mirando, asombrados por la efusividad de la morena, que se estaba comiendo a besos al muchacho. Desde el cuello hasta la frente y finalmente arribando en su boca, Alexia dejó la marca invisible de sus labios por toda su piel.

No te haces una idea de la cantidad de cosas que tengo que contarte —dijo finalmente, cuando pudo recuperar el aire. El corazón le iba a mil por hora, sacudiéndole el pecho de una forma alarmante. Alexia se removió, liberándolo del agarre. Se descolgó de sus brazos hasta que sus pies volvieron a la tierra—. Pero ahora no. Más tarde, cuando estemos solos, ya sabes... —remoloneó, colando sus manos por la cazadora de Ryan para acariciar su abdomen y pegarse contra él. Tenía las manos tan calientes como el resto de su cuerpo. En ese preciso instante una ola de arrepentimiento le golpeó con toda sus fuerzas por no haberlo citado primero en casa y después allí. ¿En qué demonios estaría pensando? Ah, sí, claro, en lo mismo de siempre: el puto trabajo.


Alexia O. Lyons
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Alexia O. LyonsInactivo

Ryan Goldstein el Miér Nov 21, 2018 3:25 pm


¡Ryan!

La buscó por delante, la encontró por detrás. Pudo haberlo confundido la boina, pero esa cara bonita era de Alex. De las pocas cosas que no perdía nunca, y eso porque la llevaba puesta. Dirías que tenían que ser esos rizos rebeldes los que te pusieran sobre aviso de quién se trataba, pero de lo primero que Ryan se fijaba al verla era en las arrugas. Las que se formaban en su rostro al sonreír, en una expresión tan viva como sentida, tan auténticamente suya.

Le hubiera gustado contestar: “Aquí, ¿dónde?”, como para remarcar la clase de sitio que era ese; pero, qué pregunta más redundante. Era un cementerio, claro. Haciendo qué, para qué, ya era otra historia. Ryan se imaginaba que el “aquí” debía ser en alguna otra parte, por lo demás: no en un picnic. Aunque, siendo impredecible como ella era, quizá sí fuera un picnic y no se tratara para nada de ninguna encerrona en las que solía meterlo. ¿Estaría pecando de desconfianza?

A paso lento y con los brazos abajo y abiertos en un gesto que decía a las claras “¡Aquí estoy, el mismo!”, torcida su boca en una sonrisa, escondida la mirada entrañable por los lentes oscuros, Ryan se adelantó a recibirla. El vestido se atropellaba contra la agitación de las piernas, marcándose por encima de las rodillas. Era de una negra sedosidad que Ryan recordaba al tacto, del mismo modo que la piel desnuda, tibia, siempre tibia, por debajo de la tela.

Sólo le dio tiempo a guardarse el móvil antes de atraparla como tú te chocas con una ventolera que te toma por sorpresa y desordena todo lo que llevas puesto. Se plantó en el lugar con ella en brazos, pero lo veías girar lentamente sobre su propio eje como un molinete. Sonrió, atacado por una escalerilla de besos entre que los lentes no se le deslizaban de milagro. Fue al llegar a su boca que Ryan la buscó y le correspondió con otro beso de vuelta.  

Supo desde el instante en que esos rizos saltaron hacia él cuánto la había extrañado. Ella hablaba sobre las cosas que tenía para contarle, pero él se limitaba a alzar la cabeza y admirar lo bonita que era con una sonrisa callada, entrañable. Tenían tiempo sin verse, pero cuando estaba con ella se sentía particularmente bien. Si había alguien que podía hacerlo sentir acompañado y menos solo, era ella, Alex. Lo sabía por dentro y era una sensación agradable, que valía la pena atesorar. En ese momento se agolpaban en su cabeza los días malos que había tenido y parecían poca cosa en comparación a ese momento.

—Yo también me alegro de verte—exclamó, notoriamente animado. Alex bajó los pies al suelo y entonces Ryan la abrazó por la cadera, estrechándola como queriendo tenerla amarrada, porque no fuera a ser que se le escapara. Se quitó los lentes y plegándoselos se los colgó de la pechera antes de mirarla de lleno a los ojos con la cabeza gacha, silenciosamente encantado. Diríase que quería redescubrirla de a poco: la tomó de la perilla y examinó su rostro.

Ya lo había dicho: ‘Me alegro de verte’, pero también lo llevaba escrito en la mirada. Había algo tremendamente azul y tremendamente expresivo en sus ojos. Le dio una pequeña probada a una de las esquinas de su boca —Alex era fresca como mordedura de manzana, dulce como un capricho— y su mano libre subió y subió por la pierna de ella. Sonrió, pícaro.

—¿Solos?—Apuntó con la mirada, sugerente, a la parejita del perro y el vagabundo que los curioseaban a espaldas de ella, olisqueando desde la distancia ‘el amor en el aire’. El vagabundo ni se molestó en mirar para otro lado, simplemente le dio al pico de la botella, pero puede que no le gustara mucho que lo miraran insistentemente a él, porque se dio la vuelta para marcharse—. Sí, eso estaría bien. Es el mismo de aquella vez, ¿verdad?— Sabía perfectamente qué vestido era. No tenía que comprobarlo con la mano en su culo, pero diríase que se estaba dando la ventaja de la duda, casi como si quisiera recordar la textura de la tela aferrándose a ella de esa manera, mira—El vestido que te regalé.

Se apartó y le ofreció una mano para que diera una vuelta completa. Al recorrerla de arriba abajo notó los calcetines de ranas. De más estaba decir que pensaba en Alex cuando había una cerca. A veces era sólo ver una artesanía en una tienda al aire libre o una taza o lo que fuera con el motivo que a Alex tanto le llamaba la atención, y Ryan se detenía y lo compraba, para ella sí, pero otras veces acumulaba un pequeño bulto de baratijas de las que se olvidaba hasta que las volvía a encontrar, y entonces pensaba en Alex.  

Había una eterna, vieja cuestión con el tema de los obsequios. Ryan regalaba muchas cosas y se acordaba de cada una de ellas, o eso decía él. Podías notar que le agradaba cuando lo agasajabas mostrándole que te gustaban, así como podías percibir esa ligera, ensayada decepción en su rostro apocado cuando tú perdías tu regalo o lo envolvías a las prisas para regalárselo a una amiga en común de la que habías olvidado completamente su fecha de cumpleaños.

Imagínate que sólo cuando Ryan ve los aretes que eligió para ti colgando de la oreja de alguien más, sólo entonces, tú te acuerdas quién te los había regalado a ti. Una situación terrible. No importó cuánto Alex insistiera en que eran casualmente los mismos, que ella no haría eso (¿sería verdad, sería mentira?, sólo ella lo sabría), el otro no se lo creyó nunca y aunque fingió que lo dejaría pasar, claramente no lo hizo: desde entonces hubo un período de, ¿una, dos semanas?, durante el que, sin importar cuál fuera la estrategia, entre deslices y toqueteos, él la ponía a punto caramelo y se iba sin terminar lo que había empezado.

Debía ser de los pocos hombres, no, viles seres humanos, más vengativos entre las sábanas. Alex pudo cobrarse su venganza cuando le echó en cara su mala memoria luego de que él intentara convencerla de que una vieja pulserita había sido regalo suyo, cuando en realidad, sólo consiguió que le demostraran en sus narices que, después de todo, no recordaba todos, todos sus regalos. En esa ocasión, Ryan tampoco quiso creerle, pero… ¿sería verdad, sería mentira?, sólo Ryan lo sabría. Era un poco por esas pequeñas, fingidas riñas entre ellos que se hacía divertido estar juntos. Había más.

—Te ves maravillosa—cumplimentó—Estás vestida para una cita. Lo dudé por un momento, pero era verdad—Ryan entrelazó sus manos con las de ella y confesó—: Me encanta cuando me sorprendes.  


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Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Alexia O. Lyons el Jue Nov 22, 2018 9:14 pm

R
yan desprendía ese aroma especiado y suave que encapricha. Le afectaba como una droga y le volvía temeraria e impulsiva. Generaba en ella ganas de intervenir.
Alexia meneó el culo con coquetería al sentir la mano de Ryan sobre éste. Sus glúteos, redondos y turgentes, parecían encajar perfectamente en las manos del mago. Le hizo gracia que hiciera hincapié en el vestido, como asegurando que se lo había regalado él. La morena arrugó la nariz con un mohín, recordando cuán vengativo podía llegar a ser en cuanto al tema de los obsequios. Estuvo a punto de responderle, posiblemente con algún reproche o comentario con el que provocarle, pero tal cual abrió la boca, mordió su lengua con un gesto gracioso y la cerró.

Alex apretó las manos de Ryan entrelazadas con las suyas con fuerza, como temiendo que de repente pudiera apartarse de ella y desaparecer.
Una cita —reiteró—. Sí, podríamos llamarlo así —asintió, encogiéndose de hombros. Una sonrisa pícara estiró sus mejillas y, con soltura, añadió—: Sólo hemos sustituido los pétalos de rosas por hojas secas y la suite del hotel por un cementerio —bromeó—. Podríamos hacerlo en un jacuzzi junto a la chimenea bajo la tenue luz del fuego, pero yo prefiero que me rompas el culo sobre la tumba de algún poeta porque suena mucho más inspirador.
Intentó aparentar seriedad, pero no pudo evitar acabar riéndose, presumiendo de esa famosa hilera de dientes ligeramente separados que provocaron tantas burlas a lo largo de su infancia.

Era curioso lo extraño que resultaba imaginar a Alex sin una actitud alegre y burlona, incluso cuando uno esperaba verla molesta o preocupada. Siempre fue como una especie de mecanismo de defensa, le ayudaba a mantenerse a flote aún en esos momentos donde parece no haber lugar para la esperanza. Momentos como aquel, en los que en el fondo estaba muerta de miedo, intranquila y angustiada por lo que pudiera sucederle a ella o a lo que quedara de su familia, de sus amigos. ¿Qué le aseguraba que ninguno de ellos serían los siguientes? Tenía muy poco que perder y, sin embargo, lo estaba perdiendo todo. Era por esa razón que buscaba mantener la mente ocupada en otros asuntos. Asuntos como El Archivo o Ryan. Necesitaba distraerse, mantenerse activa, alejada de la realidad.

Alex acarició las manos de Ryan y escaló por sus brazos hasta rodearlo por el cuello en un abrazo. Cada vez que lo miraba sus pupilas se dilataban y su corazón comenzaba a sacudir desbocado contra su pecho, al ritmo de una creciente respiración.
Te prometo que hoy tengo en mente algo mucho mejor que una cita —confesó, hundiendo sus dedos en la cabellera rubia del mago para acariciar su nuca con mimo—. Pero antes necesito que me ayudes con un asunto. —Sus caricias se esfumaron con la misma rapidez con la que lo había arrollado hace apenas unos minutos. Alexia se separó de él y lo tomó de la mano para conducirlo con ella.

. . .

Apenas un par de metros de donde estaban, se encontraban escondidas entre la maleza unas viejas escaleras que conducían a una catacumba de mediados del siglo XVI. Los escalones eran estrechos, oscuros y empinados, por lo que Alex tuvo que tantear las paredes para no resbalarse. Conforme bajaban, Alexia le explicó a Ryan que dentro de la catacumba no era posible hacer magia, pues aquella zona había sido sellada hacía años. Supuso que aquel detalle no le haría mucha gracia al mago, aunque a ella no le importó demasiado.

Una vez llegaron al interior, Alexia sacó unas cerillas de su mochila para poder prender las velas —ya desgastadas— que estaban esparcidas por toda la galería subterránea. Poco a poco se fue haciendo la luz. Las sombras parecían cobrar vida propia y estirarse alrededor de los nichos y paredes de piedra. Las llamas, algunas más grandes que otras, iluminaban los frescos de las paredes, llenándolas de maravillosas ilustraciones y color.
Ven aquí, guapo, necesito ayuda con esto —le llamó, haciéndole un gesto para que se acercarse. Se encontraba al fondo de la galería, justo en el centro. A sus pies podía verse una tumba cubierta con una pesada tapa de mármol. Alex se agachó y retiró la arenilla con la mano, intentando leer las inscripciones—. Cuenta la leyenda—comenzó a leer—, que sólo un varón de sangre pura que esté bien recio y tenga un culito de melocotón podrá levantar la piedra —bromeó, aunque por el tono en el que lo dijo parecía estar bastante convencida de lo que decía.

Alex alzó la mirada para observar a Ryan, esta vez con una expresión un poco más seria. Sabía que le debía una explicación sobre todo aquello, ¿o no? En realidad, él ya estaba acostumbrado a terminar haciendo cosas inesperadas siempre que quedaba con ella, pero, aún así, Alex no podía evitar sentirse culpable por meterle en todos esos líos. En realidad, y aunque le costara admitirlo, simplemente lo echaba de menos. Era algo tan sencillo y primario como eso. Echaba de menos pasar tiempo con él, hacer misiones, resolver acertijos, viajar y descubrir lugares nuevos juntos, cuidarse el uno al otro...
Alex se incorporó y sacudió sus manos para limpiar los restos de arena. No sabía si Ryan estaría molesto con ella, al fin y al cabo, lo había engañado un poco para hacerlo ir hasta allí. Mordisqueó sus labios y recogió uno de sus rizos tras la oreja, esforzándose por enmascarar su evidente nerviosismo.


Alexia O. Lyons
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Ryan Goldstein el Sáb Nov 24, 2018 3:55 am


Decirle a Alex que Londres no era un lugar seguro para ella en esos momentos no iba a ser un comentario que saliera de los labios de Ryan. Eso ya lo sabían. Así como también sabían que no había un ‘lugar seguro’ esperando por ti a la vuelta de la esquina, sino que un destino te guarda sorpresas inesperadas, especialmente en lo que ellos hacían, de lo que trabajaban. Sí era verdad que corría un riesgo, ¿cuándo no?, pero a pesar de que podía sentirse preocupado, ante todo y primero que nada, Ryan confiaba en Alex.  

—Oh, ¿sí?—inquirió, con cierta sombra de escepticismo, entre divertido y expectante.

Se recargó frente con frente contra Alex, exhalando un suspiro cansado con los ojos cerrados, casi como si por fin probara el alivio o el descanso inmerso en la suavidad y la fragancia de la piel, la tibieza femenina. Sintió las manos de ella acariciando su nuca, y Ryan se distrajo un poco de los poetas muertos, de culos rotos y citas trampa. Así como también de un mundo convulsionado, varitas chispeando de odio, y un sinfín de rostros, ataduras y promesas que hacían más pesado su corazón.

Ella dijo ‘asunto’ y para cuando se dio cuenta, Ryan estaba siguiéndola de la mano, salido de su breve ensimismamiento, o más bien, tironeado a ello, a salirse. Se sonrió con amor y se colocó a la par de los pasos femeninos, rápidos y seguros al andar. Ryan, sin embargó, la frenó o intentó frenarla un poco, al querer imponer su andar relajado, melancólico, de un paseante despreocupado, dueño de sus propios tiempos.        

—Quería verte, demasiado—confesó, entrañable, tirando de su mano para que lo mirara. Sin dejar de caminar, le obsequió un beso que le hundió el cachete y cambió de tema, ciñéndose al mentado asunto—: ¿Y qué es eso con lo que necesitas ayuda?—preguntó, paseando aferrado a su mano y con un cierto tono de humor que se evidenció entre que siguió hablando—. Ya que tu visita aquí en Londres no se debe a mí o mi compañía.

Obtuvo su respuesta cuando sus ojos recorrieron el camino descendente de las catacumbas, punzándole la curiosidad. El cementerio era un parque de árboles añosos y profusos arbustos; criptas y jardines de lápidas se desperdigaban aquí y allá sobre un suelo irregular y descuidado, pero allí, allí mismo, habían encontrado una catacumba apartada de miradas indiscretas.  

Ryan miró en rededor antes de seguir a Alex hacia el interior oscuro. De entre la maleza, vio asomar la cabeza de un zorro urbano que pareció interesarse por ellos, como si sopesara la idea de si llevarían o no algún bocado para él en sus bolsillos. Ryan lo dejó atrás, varita en mano. El zorro gimió decepcionado con un chillido ahogado y se recostó sobre sus patas delanteras justo en la entrada de las catacumbas, viéndolos descender y bostezando perezosamente.

Hubiera querido iluminar el camino, pero luego de que él sacudiera inútilmente su varita, Alex le explicó que allí la magia no tendría efecto alguno. Esto solía suceder cuando había cerca runas de anulación que enmarcaban un perímetro, dentro del cual la magia era impracticable, aunque podía haber otras razones. Era una forma de repeler a los magos, y en caso de que sí estuviera en lo cierto, sólo podían ser runas activadas por otro mago. Ryan se preguntaba si habría sido un ente real el que aplicara esa protección, o en cambio, se trataba de un ente ficticio.

Poco a poco se fue haciendo la luz en la galería subterránea y Ryan buscó descifrar las formas oscuras en torno a ellos, atraído por la idea de descubrir lo que los había llevado allí, fuera lo que fuera. Apagada la última cerilla, se dejó tironear de nuevo, esta vez por el gesto de Alex incitándolo a acercarse. La lectura de las inscripciones no pareció tomarlo por sorpresa, casi como si toda su vida hubiera estado esperando a ese instante profético.

—Eso nos cuentan las leyendas, eh—ironizó.

Le devolvió la mirada con una seriedad implícita, sin sonrisas. La penumbra de la galería acentuaba la gravedad de sus facciones, de por sí difíciles de leer. Ya si no sonreía era difícil saber si bromeaba o no, imagínate a oscuras. Lo cierto es que se hallaba consustanciado en sus pensamientos, allí de pie, a un lado de una presunta tumba de dimensiones circulares enmarcada en el suelo de piedra, que era parte del suelo. Habría que levantar la tapa de mármol.

Alex se puso en pie y se hizo un breve silencio en el que él visualizó distintos utensilios de asaltador de tumbas dispuestos en una esquina: pala, una palanca de hierro, y otras cosas. Entonces, Ryan se puso manos a la obra, habiendo entendido lo que pedían de él. Le dio un corto rodeo a la tumba del suelo, fijándose en el grosor de las grietas alrededor y se hizo con la palanca de hierro apoyada contra el muro de la galería. Realizó el mecanismo de palanca, y aunque le costó en un principio hallar un punto de apoyo, lo consiguió inclinándose por uno de los lados y aplicando fuerza.

—¿Y?, ¿qué haces?—Quiso indagar, alzando hacia Alex una expresión inquisitiva y despierta—Te ves como un varón bien recio para mí—señaló, bromeando. Ya tendría tiempo para pedirle explicaciones—No te quedes ahí. ¿Vas a ayudarme o no?

Hubo que retirar la tapa de mármol y dejarla a un lado, sobre el suelo. El vaho de polvo y encierro que se levantó lo hizo estornudar. Lo que descubrieron fue una mezcla de tierra removida y huesos. Era de un ancho considerable. Ryan se coló dentro y hurgó con un pie en la tierra, pensando para sí mismo que no era realmente lo que hubiera esperado encontrar, ¿qué era eso? Y por qué Alex se vería interesada en descubrirlo.

—¿Qué es lo que te ha traído aquí?—preguntó Ryan, por fin, abriendo los brazos en una expresión con la que se sobreentendía que se refería a esa catacumba, con sus ilustraciones en los muros, con sus nichos, y con lo que fuera sobre lo que él estaba parado. Imaginaba que se trataba de algo relacionado con las ánimas, pero no se imaginaba el qué. Alex era una cazadora, y como tal, rastreaba y desarmaba agrupaciones que se iban formando con el tiempo de ánimas sueltas de sus páginas y todo lo que implicaba dar caza a esas entidades, a veces, una verdadera plaga.


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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Alexia O. Lyons el Dom Nov 25, 2018 4:34 pm

T
iempo atrás, Ryan y Alexia se conocían de vista. A menudo frecuentaban los mismos lugares, tenían conocidos en común, discutían sobre temas parecidos. De vez en cuando, coincidían en algún lugar de El Archivo. Se encontraban entre los pasillos y saludaban con una sonrisa. Intercambiaban algunas frases a la entrada del ascensor o entre los interminables estantes de la biblioteca. Al principio, Alex no veía nada que pudiera interesarle en él, pero conforme pasaba el tiempo, esa indiferencia comenzó a convertirse en curiosidad. Estar con él era como una sensación de fugacidad que no habría sabido describir. Sentía que todos sus encuentros con él habían sido de una brevedad hiriente. Era de esas ocasiones en las que dejamos pasar una chispa de felicidad, un momento placentero que se nos escapa porque no sabemos identificarlo. Más tarde, cuando ya estaba lejos de él, era capaz de reconocerlo. Y lo echaba de menos.

En un rincón de su corazón comenzó a nacer la impaciencia, la curiosidad, el deseo de verle. Se mezclaban sentimientos distintos: las ganas de escucharle, de contarle su vida, de hacerle partícipe de cualquier tontería. El misterio y el abismo. Todo se despertó con lentitud. Del mismo modo que crecen los miedos, crecen los amores. Hay quien cree que ha querido, hasta que descubre la profundidad exacta de un sentimiento. Entonces comprende que no hay comparaciones posibles.


Alexia observaba a Ryan desde la distancia, abstrayéndose en sus facciones bajo la tenue luz de las velas, como si después de tanto tiempo sin verle las hubiera olvidado y quisiera tomarse un momento para volver a redescubrirlas, a memorizarlas tal y como una vez había memorizado cada milímetro de su cuerpo, cada curvatura de su piel. Era curioso cómo sus vidas, las cuales cada uno vivía separadamente, de vez en cuando volvían a juntarse. Alex parecía olvidarse del resto del mundo cuando estaba con él. Todas sus historias, sus preocupaciones, amigos y líos pasajeros parecían poder borrarse con la misma facilidad que la tiza sobre una pizarra.

La voz de Ryan terminó por despertarla de su ensimismamiento en cuanto éste llamó su atención «No te quedes ahí. ¿Vas a ayudarme o no?». Alex parpadeó varias veces, reparando en que se había quedado sumida en sus propios pensamientos.
¿Qué? —se fijó en la pesada tapa de mármol que Ryan estaba intentado mover, entonces reaccionó—. ¡Oh! Sí, claro, perdona.
Se agachó junto a él y la empujó como pudo. Su fuerza no era que digamos muy impresionante, pero era mejor que nada.
Pronto pudieron descubrir el interior de la tumba. De haberlo intentado sola, no habría podido hacerlo. Alex se tapó la nariz y boca con la manga de la chaqueta para no respirar la nube de polvo que se levantó al retirar la tapa. En su mirada se vio reflejado un claro gesto de decepción al ver que el interior estaba cubierto por restos de huesos y tierra. Por supuesto, no podía ser tan fácil.

Se quitó su mochila, dejándola a un lado en lo que sacaba de ella un viejo libro junto a su libreta de apuntes, la cual estaba prácticamente destrozada.
Ahí dentro hay enterrada una urna con el suficiente aliento almacenado para que más de una docena de ánimas puedan montarse una buena orgía —confesó—. La última vez que estuve aquí intenté hacerlo sola, pero lo único que me llevé fue un cuchillazo en la pierna por ir de lista  —dijo, levantándose un extremo de la falda para mostrarle el muslo a Ryan. En él podía verse una cicatriz profunda de unos cinco centímetros de largo. Se la hizo una de las ánimas que andaban por ahí sueltas acumulando todo ese aliento. El ánima la descubrió intentando llevarse la urna y la hirió en una pierna para impedir que escapara de la catacumba, aunque no sirvió de mucho. Una vez fuera, Alex fue capaz de usar magia y, por tanto, dar caza al ánima. No obstante, seguía sin conseguir la urna, que era lo que verdaderamente le importaba.

Alex volvió a bajarse la falda y se agachó junto a los pies de Ryan para copiar el texto de la tapa de mármol en su libreta.
Me están presionando un poco con esto, así que quiero quitármelo cuanto antes de encima y así poder irme a hacer otras cosas mucho más interesantes contigo. Por eso quería que vinieras —confesó. Alex nunca había sido demasiado orgullosa, por lo que si necesitaba ayuda, simplemente la pedía. Había muchas cosas que no podía hacer sola o, al menos, de forma tan rápida y eficiente como a ella le gustaría. Este era uno de esos casos y no le avergonzaba reconocerlo—. Solo tenemos que cavar esa tumba, coger la maldita urna e irnos perdiendo culo antes de que quien no queremos se entere de que estamos aquí —añadió, cerrando la libreta de un golpe una vez terminó de apuntar lo necesario. Alex se puso de nuevo en pie y echó un vistazo a su reloj de pulsera—. Bueno, puede que nos tengamos que dar un poquito de prisa. Esas cabronas se reúnen cada mañana aquí a mediodía y ya son las once. Tenemos una hora.


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Ryan Goldstein el Jue Nov 29, 2018 12:13 pm


¿Un cuchillazo? Ryan ladeó la cabeza en la oscuridad, siguiendo con la mirada el trazo de la herida en la pierna, opacado por la noticia. Suspiró. Fue a agacharse junto a ella, ojeando la inscripción en sus notas, cuando el comentario de Alex lo tomó por sorpresa. Sonrió alumbrado por la luz anaranjada de las velas, que temblaban en aquella catacumba silenciosa como los muertos que enterraba.


—¿Ánimas y tumbas?—
replicó con un deje de humor—. Esa fórmula siempre funciona para mí, lo sabes.


No se había sentido decepcionado en modo alguno, ¿cómo podría? Además, ya lo sabía. No tenía que insistirle demasiado en que ella sólo quería verlo, él ya se hacía esa idea en la cabeza. Los humos. Aunque, a decir verdad, esos encuentros se habían hecho una costumbre entre ellos desde que Ryan empezara a trabajar con Alex. Al principio, era sólo atender al pedido de asistencia de un compañero, pero a la larga se hizo un juego de deslices y coquetería entre ellos, y los unió en algo más. El hábito de llamarlo cuando estaba en aprietos se le había hecho hasta halagador.

—Entiendo—Ryan asintió adoptando una actitud seria y entregada a la faena que tenía por delante. Era de esas personas que se concentraba en una cosa a la vez, ya habría tiempo para pensar en ellos, en el ‘nosotros’. Poniéndose en pie, fue a tomar la pala apoyada contra el muro. Se había quitado la cazadora y estaba con la pala clavada en la tierra cuando Alex mencionó la hora. ¿Estaba pensando hacerlo sudar? Ryan sonrió y se volteó, caminando hacia ella. Se le plantó delante quitándose la remera por encima de la cabeza, casual—Bien. Tú lleva la cuenta del tiempo.

No pensó que iría a demorar más de quince minutos. Pasaron los veinticinco minutos, casi media hora, y Ryan seguía cavando. La pala removía la tierra con energía, pero no parecía haber nada en el fondo. O es que lo que buscaban estaba muy en el fondo. En cualquier caso, supondría un inconveniente.  

—Tú sal, ¡sal!—urgió, el tono duro y apurado, cuando se dio cuenta de que el tiempo volaba y sin dejar de cavar, tan concentrado como si le fuera la vida en ello—No nos sirve de nada ser dos aquí abajo. Voy detrás de ti, ¡vete!

Si las ánimas volvían y reparaban en el destrozo, cambiarían la locación de su escondite. Si las ánimas volvían y los cazaban como a dos magos inútiles sin varita, sería su fin. Era ahora o nunca. Contar con un centinela en la entrada no lo hacía sentir con mucha ventaja, pero no podía irse así sin más. En lo posible, prefería evitar cualquier enfrentamiento si no estaba preparado para tenerlo. Las ánimas inexpertas eran una cosa, pero las veteranas eran escurridizas y sobradamente peligrosas.  

En el exterior, arriba en las escaleras, el zorro callejero bostezaba. Había estado observando con curiosidad hacia dentro de la galería, pero entonces movió las orejas, presintiendo peligro. Desconfiado y nervioso, se volteó acercándosele a un tronco agrietado con un chillido ahogado que imitaba un ladrido. Era sólo un árbol, como otros tantos que había en el cementerio. Este árbol abrió su único ojo.

Nada había estado allí antes, pero literalmente en un parpadeo, lo que apareció en el lugar de la nada normal fue aquel ojo con la pupila retorciéndose inquieta. Hasta que dejó de moverse y apuntó desde arriba en dirección al zorro justo al pie del árbol. Alrededor, desde cada uno de los árboles cercanos, pares inexplicables de ojos se abrieron a un tiempo. El animal chilló y huyó escurriéndose entre la vegetación.



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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Alexia O. Lyons el Vie Dic 07, 2018 10:38 pm

U
na sonrisa atravesó el rostro de Alexia al ver cómo Ryan se animaba a ayudarla en vez de molestarse con ella. Su actitud preocupada pronto cambió, sintiendo cómo esa dulce sensación provocada por los nervios y la adrenalina recorría cada recoveco de su tostada piel. No tardó en ponerse ella también en marcha. Tan pronto como Ryan se hizo con la pala para cavar la tumba, ella volvió a agacharse junto a sus libros, queriendo recopilar y guardar toda la información posible sobre aquel lugar, pues como historiadora y bibliotecaria la necesitaría para más adelante.

Agarró la remera de Ryan en cuanto este se deshizo de ella para no sudarla al trabajar. Alex la plegó vagamente para poder guardarla en su mochila y que así no se manchara con el polvo y suciedad que había por todas partes. Asintió con la cabeza ante la petición de Ryan y, antes de separarse de él, le plantó un suave beso en el centro del pecho descubierto.
Está bien. No creo que tarde demasiado en anotar todo lo que necesito—admitió, totalmente convencida.

Alex sacó su pluma estilográfica y comenzó copiar en su vieja libreta los escritos y símbolos que había en el interior de la catacumba, al igual que imitaba con pequeños bosquejos algunas de las pinturas. Nunca le había dedicado tiempo a la pintura, pero la verdad era que se le daba bastante bien, en especial las perspectivas y paisajes.


El tiempo pasó mucho más rápido de lo que le habría gustado, pues cuando quiso darte cuenta ya sentía la muñeca izquierda entumecida de tanto escribir y dibujar. Todo habría sido mucho más fácil de haber podido usar la magia. Tanto que incluso le hubiera resultado hasta aburrido. Muchas veces agradecía poder hacer las cosas a mano y por ella misma. Al igual que Ryan se entretenía haciendo manualidades “al estilo muggle”, a ella le gustaba prescindir de la magia para ciertas cosas. También era cierto que estaba más familiarizada con ello, ya que era hija de muggles.

Cuando Alex miró su reloj de muñeca se alarmó, dando un pequeño brinco al comprobar que ya había pasado más de media hora y que la aguja segundera no parecía tener intención alguna de parar. No fue capaz de ocultar su inquietud, menos aún cuando Ryan la apremió, apurado, a que saliera fuera donde pudiera usar la magia.
Sí, sí. Tienes razón—admitió, acelerada. Alex cerró rápidamente sus libros y los metió en la mochila, la cual finalmente terminó acomodando sobre sus hombros, con cierta torpeza—. Mira —llamó su atención, acercándose hasta él—. Por lo que he podido deducir hasta hora, la urna debería de lucir más o menos así—explicó, entregándole a Ryan una pequeña página que había arrancado de su libreta. En ella se distinguía el boceto de una urna que ella misma había dibujado hacía apenas unos minutos. No consideró necesario dar más explicaciones, Ryan ya había trabajado muchas veces junto a ella como para saber a qué se refería con aquello. En esa tumba había enterradas varias urnas, pero sólo una de ellas era la contenedora del suministro de aliento.



En cuanto Ryan cogió la página, Alex salió pitando hacia las escaleras, las cuales subió de dos en dos. Conforme llegaba a la salida, pudo distinguir al final de los peldaños la silueta de un pequeño zorro callejero alejándose y, seguidamente, un chillido ahogado parecido a un ladrido. Temiendo que le hubiera pasado algo al animal, se aproximó.
Un árbol. Eso es todo lo que encontró o, al menos, lo que le pareció a primera vista, claro. Curiosa, Alex se acercó lentamente hacia el animal, intentando no atemorizarlo. Antes de que el zorro emitiera un gruñido dirigido al aparente árbol, ella supo que algo iba mal. No fue más que un presentimiento, una sensación que recorrió su espalda de abajo arriba en un escalofrío que la obligó a arquearse. Su temor quedó inmediatamente confirmado en cuanto ese mismo árbol abrió su único ojo.

Ékops—musitó, sobresaltada. Como si el nombre hubiera escapado de sus labios sin querer—. Mierda —pellizcó sus labios con los dientes en un gesto intranquilo. Lo sabían, sabían que estaban allí.

Su varita se deslizó por la manga del abrigo, asomando finalmente por su muñeca izquierda hasta terminar atrapándola por la empuñadura. Alex giró sobre sus talones y se apresuró de nuevo hasta la entrada a la catacumba. Sin pensarlo dos veces alzó su varita y susurró:
Protego maxima. Fianto duri. Repello inimicum—una pequeña centella blanca azulada escapó de su varita, formando una especie de manto brillante y transparente capaz de bloquear el acceso al interior. Alex repitió los encantamientos varias veces, las justas y necesarias como para asegurarse de que Ryan quedaba protegido. Aunque resistente, la barrera no era ni mucho menos impenetrable, pero al menos le daría algo de tiempo, pues quien fuera que quisiera entrar tardaría en destruirla. O eso esperaba.

Alex se volteó de nuevo, nerviosa e incómoda al sentir todos esos ojos a su espalda, observando todos y cada uno de sus movimientos. Se alejó de la catacumba una vez ésta quedó protegida, intentando localizar al Ékop que los había estado espiando. Tenía que atraparlo antes de que avisara a La Compañía de Teatro —si es que no les había dado ya el chivatazo, claro—. Sin embargo, el cementerio parecía estar tan abandonado como de costumbre, a excepción el vagabundo y el perro, los cuales, ajenos a los inquietantes ojos del los árboles, no parecían percatarse demasiado de la situación.
La morena se adelantó entre la hojarasca. Sus pasos destacaban sonoramente, al ritmo de las ranas saltarinas que decoraban sus calcetines. Sin perder de vista la catacumba y volviendo la mirada de vez en cuando hacia atrás, notablemente preocupada por Ryan, Alex pudo distinguir a lo lejos una figura alta, delgada y encorvada se que ocultaba bajo la sombra de una raída gabardina negra. No fue necesario considerar nada, pues en cuanto uno de los ojos se clavó sobre ella, en señal de alarma, la misteriosa figura se echó a correr. Alex fue tras el ánima rápidamente, temiendo que ésta escapara y les delatase. Estaba a punto de perderle de vista cuando apuntó al ánima con su varita con un movimiento acometedor en lo que pronunciaba:
¡Desmaius!


Alexia O. Lyons
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Ryan Goldstein el Dom Dic 09, 2018 8:16 pm


—¿Esto?, ¿así?—Hizo un alto, ojeando el papel sujeto en su mano. Decir ‘desconcertado’ era poco. El cartel de un interrogante se le había estampado en pleno rostro. Respiraba con calor, acelerado el pecho por toda la energía que le había puesto a esa pala que cavaba y cavaba, inútilmente al parecer. Si se detuvo fue porque se vio atacado por la impresión de que quizá no lo conseguiría después de todo—. Es grande—resaltó—¿Segura que no podría estar en cualquier otro lado? No sé…—Si iba agregar algo se interrumpió con renovada resolución, prefiriendo callar y concentrarse en lo que estaba haciendo—Ok. Ve, tú ve.

No se quedaría tranquilo si la veía allí dando vueltas con los enemigos por caer, en cualquier momento. Al retirarse ella, Ryan continuó cavando solo. Pensó en los campos de urnas de antiguas civilizaciones que cremaban a sus muertos, sólo que aquella urna en particular acumulaba la esperanza de continuidad de otras formas de vida que ni siquiera podían ser catalogadas como criaturas.

Los bibliotecarios concebían a las ánimas como un aborto de la naturaleza, un producto anómalo que debía ser suprimido para mantener el orden de las cosas tal como las conocían, pero a ojos de las ánimas, ellos eran sólo asesinos, cazadores. Ryan era consciente de esto. No siempre le había resultado fácil darle caza a un ánima sin contemplar que en ocasiones la vida podía ser bella en todas sus formas.

No todas eran iguales, sus grados de inteligencia, de sensibilidad y su sentido de propósito podían incluso despertar la curiosidad. Había casos en los que podía apreciarse la construcción de una cierta personalidad, casos en los que era muy difícil distinguirlas de una persona que siente y ama y ríe. Las ánimas de terror, sin embargo, solían quedarse en su molde: suponían una pesadilla para cualquier ser vivo. No despertaban su empatía pero sí su sentido del peligro. Y sin embargo, dependiendo quién contara la historia, lo que no cambiaba era que los bibliotecarios podían ser tanto salvadores como simples asesinos.

*

Ékops tenía una habilidad única si lo que querías era “echar un ojo” a lo que otros estaban haciendo. Analizando la situación: el punto de encuentro siendo saqueado, decidió tomar las medidas pertinentes. Huir. Pero primero, había de dejar una señal para avisar al resto. En La Compañía su sentido de la solidaridad entre monstruos emergidos de las peores pesadillas era una cuestión de supervivencia. Respetaban eso, tanto como respetaban su propia vida. Ninguno quería morir y dejar de aterrar a los humanos por culpa de un bibliotecario, o un descuido.

Al no ser un ánima especialmente fuerte en un enfrentamiento, Ékops era escurridiza. Intentaba ser lo más discreta posible a pesar de sus limitaciones: su terrible aspecto y el hecho de que podía utilizar su habilidad dentro de un radio determinado, por lo que una vez vista la mujer de los rizos morenos, optó por perderse antes de que a ella se le ocurriera seguirlo.

No había distancia en la que te sintieras lo suficientemente lejos de un bibliotecario, pero nada era peor que saberlo cerca.

Pocas eran las veces en las que salía al descubierto y bajo la luz del día. Naturalmente, nunca lo hacía y permanecía en bosques solitarios y oscuros o se movía a través de las alcantarillas de Londres. Disimulaba su existencia entre la podredumbre y las sombras, viviendo a costa de vagabundos y presas fortuitas que cazaba en la soledad de la noche o la indiferencia de los terrenos apartados, o sólo sorprendiéndolas habiendo tomado el camino equivocado.

Se alimentaba de la sensación de terror. No suponía ningún esfuerzo arrancarle gritos de conmoción a sus víctimas, y así era como absorbía sus vidas, el aliento. Era como un parásito que se arrastraba por las cloacas de Londres o sus bosques apartados, sólo pendiente de su hambre y sin compasión.

*

¡Desmaius!

El vagabundo vio pasar a la mujer de las faldas negras una vez más y se preguntó por qué corría. No había un rubio en el camino esperándola. Nada de lo que ocurriera era su asunto. La botella era su único asunto y optó mejor por ponerse a ello, su asunto. El perro, por otra parte, no debía pensarlo así, y lo más llamativo de ello, era que pensaba en un cierto modo. La siguió hacia dentro de la arboleda que bordeaba el cementerio y cuando tuvo su oportunidad, atacó con una mordida rápida directo a sus talones mientras que Ékops esquivaba un hechizo en la huida.

Escondida en el verde y atravesando lápidas recubiertas de musgo había una vieja boca de alcantarilla que haría la diferencia entre la vida o la muerte. Ékops corría hacia ella tanto como se lo permitía su paso desgarbado como una sospechosa figura negra con el rostro oculto. No contó con detenerse y apartar sus intenciones de lo que suponía su única vía de escape. Había una única cosa que se superponía a su supervivencia. Era el ansia, el hambre. Como una entidad que se definía por el vacío insaciable de su propia existencia, tener una presa delante la hacía reaccionar de una única manera, el apetito se imponía, y atacaba.

Absentis est quos non anhelo
Muerto es quien no respira


El chillido de una niña de seis o nueve años se oyó con sentido terror. De pie, sosteniendo una pelota en la mano, no se habría sentido capaz de moverse incluso deseándolo mucho. Lo primero que hizo fue gritar al ver venir a una criatura, horrible criatura, que incluso bajo la luz del día la hacía sentirse encerrada en una pesadilla, o en su propio cuarto, antes de dormir, sola a oscuras, temiendo que una mano fuera salir de debajo de la cama o un rostro terrible se apareciera en su ventana.

Vestía de luto porque su familia la había llevado al entierro de un viejo familiar que murió por la edad. Ninguno hubiera imaginado que sería la última ropita que llevaría puesta antes de morir, a tan tierna edad. Se habían reunido para despedir a una vida que había cumplido su ciclo, no pensaron que la vida les sería arrebatada. Había sucesos que eran inevitables, impensables, y esos, esos no se superaban, porque siempre quedaba en los corazones conmocionados la impresión de que no podía ser, no podía ser verdad, algo tan terrible no podía ser verdad.

La madre se habría culpado por pelearse con ella y perderla de vista. El padre hallaría tirada en el suelo la pelota que le regaló y no entendería cómo la vida sería tan cruel de reemplazar a su hija, viva, por un recuerdo de ella. La familia se vendría abajo. Nunca sabrían qué había sucedido realmente, y ninguna de sus aproximaciones se acercaría a la realidad. Nunca sabrían que su hija había sido devorada por una pesadilla.

La niña chillaba y chillaba y rápidamente comenzó a sentirse extraña, sin fuerzas, incluso hubiera querido cerrar los ojos y dormirse. La criatura se mostraba bajo el día a pocos pasos de esta niña, de la que no podía verse el rostro sino difuminado y borroso, mientras que por su boca abierta expectoraba una sustancia brumosa, puro humo, que era absorbido por las fauces hambrientas de esa criatura de horror. Recibir el aliento era como respirar y tan necesario como eso. Pero tenía un precio sobre la vida de esa niña. Si mantenían el vínculo ella perdería sus fuerzas, hasta que fuera demasiado tarde, demasiado tarde.

*

—¡Alex!—Ryan se anunció salido de entre la espesura de los árboles, rápido como una bala. No interpuso palabras entre ellos, sino que se colocó espalda contra espalda, llegando a Alex con toda la prisa que le exigían las circunstancias.

En torno a ellos, el rededor aparentemente inofensivo de la espesura bajo la luz del día se había vuelto un escenario peliagudo. No se veía nada, pero se presentía algo terrible. Ryan se había acercado a Alex de una forma que decía a las claras “te cuido la espalda”. Miraba en torno con la varita preparada y los ojos entornados, buscando el mínimo indicio de algo fuera de lugar, una amenaza. La arboleda seguía tranquila.

—“Se sabía que se acercaba porque todas los sonidos se apagaban—
recitó Ryan por encima de su hombro, de memoria, en un susurro—… y parecía que todas las cosas alrededor se detenían, pero era él que acallaba los sonidos con su presencia…” Tenemos que irnos—apuró. Hay una sensación que no puede explicarse pero que entiendes instintivamente cuando estando solo en el bosque todos los sonidos en los que no habías prestado atención de pronto se desvanecían. No lentamente. Simplemente, se apagaban. Y te extrañaba esa infinita soledad entre los bosques. Se sentía extraño mientras que el miedo se apoderaba de ti desde adentro, pero más que eso. La impresión de que estabas siendo observado y que el silencio sólo podía deberse a una cosa: nada vivo quería cruzarse con lo que fuera que te tenía en su banco. Ryan insistió, tomando su mano—: Ahora.


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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Alexia O. Lyons el Lun Dic 10, 2018 8:39 pm

L
a carrera fue interrumpida gracias a la intervención del perro, que no dudó en lanzarse a los pies de Alexia en cuanto tuvo oportunidad. La morena ahogó un grito al sentir los caninos atravesando su calcetín de ranas para seguidamente hundirse en su piel. El hechizo se desvió en cuanto ella cayó al suelo, rasgándose las rodillas contra las hojas secas y arenilla del pavimento.
¡Maldita sea! —gruñó. Ya no solo por haber perdido la oportunidad de cazar al ékops, sino por el punzante dolor que sentía en su talón izquierdo. Alex apuntó con su varita al perro, obligándolo a soltarla con un embrujo de repugnancia (relashio). El animal salió corriendo con la cola entre las piernas en cuanto el hechizo lo alcanzó.
Siquiera reparó en las heridas sangrantes cuando se puso en pie nuevamente, obcecada en dar caza al ánima. No obstante, nada más colocar todo el peso de su cuerpo sobre el tobillo herido, supo que no podría seguir corriendo detrás de nadie y, mucho peor, huir de quien decidiera perseguirla a ella.

Un chillido aterrador resonó a través de los árboles. Alex rápidamente identificó la voz de una niña pequeña, la cual, sin duda, estaba siendo atacada por el ánima. La bibliotecaria no lo pensó dos veces y se dirigió hacia la dirección de donde provenía el grito, ignorando cómo pudo el dolor que le causaba el tobillo malherido.

Se adentró aún más en el bosque, dejando atrás las inacabables hileras de lápidas y flores marchitas. Los gritos de la niña era desgarradores, dignos de cualquier película de terror. Alexia se estremeció, sintiendo cómo un escalofrío recorría todo su cuerpo. Pese a ser de día y verse resguardada bajo la luz del sol, aquella escena se estaba volviendo peligrosamente espeluznante. Pronto empezó a sentir una especie de hormigueo en el tobillo herido, que ascendía de a poco por toda su pierna. Los chillidos de la niña parecían provenir de todas partes y a la vez ninguna, hasta tal punto de que incluso llegó a pensar que todo estaba en su cabeza. Sintiéndose mareada, Alex se apoyó contra el tronco de un árbol. Cuando alzó de nuevo la mirada, pudo distinguir a lo lejos la figura del ékops abalanzándose sobre la niña, la cual se había quedado completamente petrificada, presa del terror.

¡Depulso! —pronunció de inmediato, apuntando con su varita al ánima. Ésta salió despedida, golpeándose contra un árbol. Alex se acercó todo lo rápido que pudo a la niña, pero cuanto más cerca estaba de ella, el sentimiento de terror más la invadía. Aquella niña, tendida en el suelo, tenía un aspecto tan similar al de Alexia que resultaba perturbador. Al distinguirlo, la bruja se detuvo de sopetón, sin atreverse a continuar acercándose. ¿Cómo era posible? El cosquilleo de la pierna se extendió por todo su cuerpo, trepando como miles de arañas hasta su cuello y cabeza. Se había quedado estática, con la varita aún en la mano, la cual temblaba como un flan.

¡ALEX!

La voz de Ryan se sintió como un cubo de agua fría deslizándose por su cabeza. Alex se volteó nada más escuchó su voz. Sentirlo cerca parecía poder arrastrarla de nuevo al mundo real. Cuando volvió la mirada al lugar donde estaba la niña, vio que había desaparecido. Tanto ella como el ékops.
Ryan —susurró confundida nada más éste la alcanzó—. La niña, ¿dónde está? —su voz, apenas audible, resultaba temblorosa. Alex sintió cómo Ryan la tomaba de la mano y ésta la apretó con fuerza. La urgencia del mago por irse lo más rápido posible de aquel lugar se hizo más que evidente. No estaban solos. Ni seguros. Aquella horrible sensación espeluznante incrementaba por momentos, alimentándose de ellos. Podía sentirlo, la Compañía de Teatro y sus horribles criaturas estaban cerca, y eran mucho más fuertes de lo que jamás habría imaginado.

Frente a ella, oculta tras la sombra de uno de los árboles, unos ojos de un rojo brillante la observaban entre la frondosidad del bosque. Era el perro, ese maldito perro que le había mordido hacía apenas unos minutos atrás. Confundida, Alex entrecerró los ojos, pretendiendo enfocar mejor aquella imagen.
Ryan... —lo llamó, pese a tenerlo a su espalda—. No quiero alarmarte, pero creo que me acaba de morder un Perro Negro —confesó.

Aquella sensación horrible, junto al silencio espectral que se había apoderado de la escena parecía estar a punto de devorarlos. Alexia, sintiendo estar a punto de desfallecer, agarró de un brazo a Ryan y, como si de repente se hubieran fundido en uno, desaparecieron.

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CAJAS apiladas, montañas de libros, una vieja estufa eléctrica calentando a duras penas el pequeño salón. En la mesita de centro, rodeada por sofás llenos de almohadas y mantas de colores, una botella de vino rosado acabada junto a su respectiva copa vacía. Un montón de hojas llenas de apuntes, anotaciones, bocetos, runas, cachivaches de procedencia misteriosa… Y enfrente de Ryan, posada sobre un montón de libros de historia y mirándolo con sus ojos enormes y curiosos, una ranita diminuta que nada más verlo hizo ¡Croac!, como si lo estuviera saludando.

Alexia dejó caer su mochila en el suelo, quitándose la chaqueta y la boina casi con urgencia. La vista se le había nublado y empezaba a ver puntitos negros por todas partes. La cabeza le daba vueltas y lo sentidos se apagaban. Estaba a punto de desmayarse. Intentó llegar al sofá, pretendiendo tumbarse boca abajo y levantar las piernas para aumentar el flujo de sangre al cerebro y así evitar perder la conciencia. Era un truco que siempre le funcionaba. Sin embargo, no le dio tiempo, pues apenas a dos pasos del sillón, flaqueó.

“¿Ryan, tienes la urna? ¿Y la niña, dónde está? ¿Está muerta?” Luces, sombras, remolinos de colores. El ékops alejándose, la niña acercándose. Un grito. El Perro Negro. La Compañía de Teatro. Ryan. La lluvia de imágenes se sucede a una velocidad que provoca vértigo. “¿Qué era eso, Ryan? ¿Qué había en el bosque?” Escucha su propia voz, y finalmente, la de Ryan: “Se sabía que se acercaba porque todas los sonidos se apagaban… y parecía que todas las cosas alrededor se detenían, pero era él que acallaba los sonidos con su presencia…


Tenemos que irnos. Ahora.”


¡CROAC!

 



Alexia O. Lyons
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Alexia O. LyonsInactivo

Ryan Goldstein el Dom Dic 16, 2018 7:36 am


En la mansa, reposada soledad, la quietud, la escena en pausa. Lo que se oye es el croar saltarín, rítmico, de una rana solitaria encimada a una pila de libros. El tiempo transcurre dilatándose hasta que se quiebra. La rana se desliza hacia adelante y el temblor de su existencia produce el mismo desengaño que el de una estatua viviente. El sosiego de la habitación muere en el reflejo de sus ojos inamovibles: las formas del cambio, del movimiento, se expanden en sus ojos saltones como negras sombras de aparente realidad, y traen consigo un ritmo atropellado, otra armonía que desarmoniza, el filo de una eventualidad.

*

El aroma a café inundó la sala desde la cocina. Ryan se llevó la taza caliente a la boca recorriendo la habitación con una mirada ligeramente extrañada parpadeando una, dos veces. Juraría que reconocía el lugar, sólo que era la primera vez que ponía un pie en aquel departamento, de eso estaba seguro. Pilas de libros, papeles, cajas abiertas, ese eclecticismo bohemio que seguía a Alex a donde quiera que ella fuera, un poco como el viento, tendiendo hacia cualquier dirección, y en fin, ese ambiente familiar, abrigado, debía hacer que se sintiera como en casa, sí, debía ser eso. No se le ocurrió que podría tratarse del mismo edificio, pero ni por asomo.

Recién entonces se permitía echar una mirada a su alrededor. Había estado, lo que se dice ‘ocupado’. Pero luego de hacerse cargo de la mordida de Alex y de asegurar el lugar con encantamientos protectores, optó por darse cinco minutos para un café. Lo que le tocaba era repasar los registros que tenía El Archivo sobre La Compañía de Teatro. Por tal, se cruzó de piernas sentado al pie del sofá, disponiendo los papeles desordenados sobre la mesita, con el café a un lado y una expresión centrada que infundía serenidad.

Alex descansaba tendida sobre el sofá, cobijada por una manta. Ryan había vendado su herida, muy cerca del tobillo, oprimiendo contra la mordida del perro negro unas hierbas que ayudarían a aliviar los efectos alucinógenos y de malestar que provocaban tales marcas. No había forma de curar la herida. Lo que debían hacer era deshacerse del perro negro. Y había que estar preparados para recibirlo, a ese augurio de muerte y a La Compañía. Entre ellos se había concertado una cita inaplazable, y la cuestión era ahora quién caería en la trampa del otro, porque sabía que las ánimas aprovecharían su oportunidad de ser, por esa vez, las cazadoras.  

Se estaba terminando la taza y pensaba servirse otra cuando entornó la mirada habiéndose detenido en el expediente que estaba leyendo, atento y ensimismado. No contó con que la rana de Alex saltara sobre sus papeles con un ¡CROAC!, y abrió mucho los ojos, perdida la concentración. Una sonrisa se curvó con suavidad en su boca. Hizo un alto y le dedicó una mirada observadora por encima de los lentes que usaba para leer. En ocasiones habría jurado que no era una rana común. Alex no atendía cuando él le sugería que podría tratarse de un animago ni le dejaba apuntarle a su querida mascota con la varita para comprobarlo, pero bromeaba con la idea.

Ryan dejó de prestarle atención a los ojos de la rana y giró la cabeza por encima del hombro, no muy seguro de qué esperar. Desde que Alex se apareciera en el apartamento balbuceaba incoherencias entre que se removía en sueños. Había insistido en mencionar a una niña de la que él no sabía nada y que se explicó a sí mismo como producto de una alucinación. Lo normal luego de que un perro negro mordiera a su víctima era sumirse en un estado de alarma y confusión, acosada por alucinaciones. Esto era tratable, pero si querían solucionar el problema el perro tendría que mostrarse.

—¿Alex?—
Habiéndose girado hacia ella, le acarició los rizos que le caían sobre la frente, aproximándose y hablándole por lo bajo. No quería sobresaltarla—. ¿Estás ahí, cariño?—Le frotó la sien con el pulgar en una caricia y exhaló pesadamente.

Había mucho sobre lo que hablar y ponerse al corriente. Serían un par de horas intensas, planeando qué hacer a continuación. Había estado sacando conclusiones en solitario. No se equivocó con su corazonada. En el bosquecillo del cementerio había tenido un encuentro con un ánima, sólo que esta había preferido mantener las distancias. “El Monstruo de la Colina Silenciosa” era un cuento de terror sobre un hombre ermitaño, abandonado al nacer en una colina y maldecido por los demonios que habitaban allí.

Sólo algunos cazadores que se aventuraban detrás de las presas salían del silencio —motivado por el miedo de lo que no comprendían— y narraban sus experiencias allá arriba, en la colina. Sabías que estaba cerca cuando los sonidos a tu alrededor se reducían al silencio, como si el mundo dejara de palpitar. Los grillos, el rumor del viento en las hojas, el crujir de las ramas, la vibración de la vida moría en un instante y la quietud del bosque te devoraba. Inseguro, con ganas de huir, te sentías la presa de alguien más.  

Eso era lo que Ryan había sentido en el cementerio.


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Ryan Goldstein
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Ryan GoldsteinMagos y brujas

Alexia O. Lyons el Jue Dic 20, 2018 5:21 pm

E
l olor tórrido del café junto a las caricias de Ryan sobre su cabello y frente terminaron por despertarla. El mareo y las alucinaciones comenzaron a mermar en cuanto se apareció en el apartamento. Nunca antes había sufrido la mordedura de un perro negro. Si bien era cierto que había leído sobre sus efectos, jamás imaginó que las alucinaciones podrían llegar a ser tan evidentes, tan… reales. Estaba segura de que lo ocurrido con el ékops y la niña no había sido producto de su imaginación. Quizá la imagen de la niña, pero aquellos gritos… Otro escalofrío recorrió la espalda de la bruja, haciendo que se removiera entre los cojines del sillón.

La verdad era que, dentro de todas desdichas que le pudieran llegar a ocurrir a un bibliotecario, aquello era, definitivamente, un mal menor. Alexia no se preocupó por ello en lo más mínimo, pues más que verlo como un peligro lo consideraba una molestia. Una molesta de la que sabía se terminaría deshaciendo tarde o temprano.

Se acomodó en el sofá, retirando ligeramente la manta para poder ojear la herida de su tobillo, que aún le molestaba. En cuanto vio los vendajes y hierbas le echó un vistazo rápido a Ryan, dedicándole una espléndida sonrisa con un gesto de agradecimiento. Se acomodó en el sillón y observó el panorama. La mesa seguía llena de libros y apuntes que Ryan se había animado a ojear. Verlo sentado sobre la alfombra frente a la mesilla con sus gafas de lectura se le hizo una imagen agradable, cálida. Alexia sonrió en silencio y para sí misma, apartándose los rizos de la cara en lo que se inclinaba sobre la mesilla con curiosidad.

¿Qué estabas leyendo?—preguntó, echando un vistazo desde la distancia al expediente que había abierto frente al mago. «El Monstruo de la Colina Silenciosa» leyó, inclinando a un lado la cabeza para poder diferenciar las letras mejor. Mordisqueó sus labios y parpadeó indiscreta. Sus largas pestañas parecían revolotear como mariposas cuando algo llamaba irremediablemente su atención—. ¿Es eso de lo que hablabas en el bosque? A mí también me ha parecido sentir algo, pero estaba confusa y asustada… Quizá deberíamos habernos quedado, pero yo no podía más, lo siento. —Parecía estar hablando con ella misma. Como si en el fondo lo que quisiera es disculparse por no haber sido capaz de soportar aquella presión mental provocada por las alucinaciones.

Escuchó entonces a la ranita, que parecía querer llamar su atención una vez advirtió que estaba despierta. El anfibio se había colocado casi estratégicamente a un lado de la urna que finalmente había conseguido desenterrar Ryan, y que se había quedado olvidada sobre uno de los muebles saturados de libros del pequeño salón. Incitada por la curiosidad, Alexia se levantó del sofá para unirse a la investigación de Ryan. Con cuidado de no apoyar demasiado el tobillo, se acomodó sobre el regazo del mago y lo abrazó, colocándole con mimo la manta de lana por encima, que había atesorado todo su calor. La morena alcanzó uno de los papeles que había sobre la mesilla y lo ojeó en silencio.
Creo que voy a tener que quedarme por aquí más tiempo del que me gustaría—confesó, pretendiendo estar hablando de todo aquel asunto de las ánimas, en especial La Compañía, que parecía ser mucho más grande y fuerte de lo que habría imaginado. En realidad, lo que quería decir Alexia era que iba a quedarse bastante tiempo en Inglaterra. No por gusto, en realidad, y mucho menos teniendo en cuenta la situación actual y el peligro que corría en ella por ser quién era… lo que era. Tener cerca a Ryan y poder pasar tiempo con él le tranquilizaba. Por esa misma razón había decidido mudarse a ese pequeño apartamento, para poder tenerlo cerca. Más cerca que nunca.
Sabía que corría riesgos quedándose allí. Pero ya se había arriesgado demasiadas veces. Todo aquello tenía que ver con la rebelión que anidaba en su alma: el deseo de burlarse de la autoridad y de preservar a esas pequeñas divinidades que se autodefinen como nuestros padres. En este caso, sólo su madre, que era la única que le quedaba.

Dejó de nuevo la hoja sobre la mesilla y se volteó ligeramente para poder mirar a Ryan. En sus mejillas morenas se marcaban dos profundos hoyuelos que, de forma inconsciente, acrecentaban su sonrisa.
Y, ¿sabes qué es lo mejor?—preguntó, con una sonrisa pilla—. Asómate a la ventana.




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Ryan Goldstein el Jue Ene 03, 2019 3:47 am




¡Alex!

El grito era impaciente. No la encontraba. Había echado a correr a ciegas hacia dentro del bosque, dejando la catacumba atrás. La urna yacía dentro, abierta y con una nota en su interior. Las ánimas habían esperado ser asaltadas en aquel lugar, probablemente luego de que Alex acabara con uno de ellas, tal como le había contado.

No se anduvieron con riesgos y habrían pensado que perder uno de los suyos no sólo podía deberse a una simple casualidad, o, como ocurría si no se tenía cuidado: una negligencia por no alimentarse debidamente. A veces podía suceder, desaparecer de la nada por carecer de la sustancia que les permitía andar sobre esta tierra. Pero decidieron tomar precauciones. Si habían respirado el aliento que reservaban, supondrían una dificultad a la hora de combatirlas.

Miró hacia los lados, sin suerte. Lo apuraban las circunstancias. Estaba preocupado, pero una extraña sensación de inquietud había comenzado a apoderarse de él. Se dejó guiar por un grito de auxilio y acabó por encontrar a una niña atacada por el pánico.

—Había una señora con medias de rana.

Le había preguntado qué había sucedido, además de querer tranquilizarla. Hasta el momento, sabía que Alex había pasado por allí. Si no se equivocaba un enfrentamiento había tenido lugar. La niña se explicaba de la mejor forma que podía.

—Vino la otra mujer… y se fueron juntas.


Ryan se mostró desorientado.

—¿La otra mujer?

Hasta ellos llegó una voz femenina que llamaba al nombre de la niña: “¡Becca!, ¡Becca!”, y aunque su primera reacción fue de alivio, la pequeña se llevó un susto cuando el hombre, quien le había parecido amable y le había ofrecido seguridad, le tapó la boca. Luego susurró “Obliviate”, y la expresión asustada en su rostro trocó en una muy confundida.

Sin saber qué hacía allí, y obsequiándole al extraño una última mirada, se fue corriendo a encontrarse con su madre para recibir una reprimenda por desaparecerse tan repentinamente, y Ryan la vio alejarse sólo para volver a sentirlo: la sensación de que lo estaban observando.

Dos caminos, tenía dos caminos. Podía irse por donde se había ido la niña, o podía adentrarse al misterioso silencio del cementerio que se sentía amenazante. En ese momento deseó haberle preguntado a Alex con qué se estaban enfrentando, para contar con alguna ventaja.

Optó por apretar fuertemente la varita e ir en la dirección que la niña había señalado. Pero no había nada. Excepto una vieja tapa de alcantarilla, removida de su lugar. Eso tenía que significar algo, pero no estaba solo. Y como se lo imaginó, un gruñido hizo que alzara la mirada. Del otro lado, el perro de antes le mostraba los dientes, asomándose de entre los arbustos.

Iban a retenerlo, ¿pero con qué fin?, ¿dónde estaba Alex? Había sangre en los colmillos que le gruñían.

*

La capilla del cementerio tenía una entrada secreta que conducía a una cripta de la que no constaban registros. El propósito de su existencia era ciertamente controvertido. Se extendía como un calabozo de piedra. Las calaveras apostadas en las galerías de roca irregular y polvorienta no auguraban nada bueno. Había sido utilizada años atrás por una secta de hombres letrados y supersticiosos para encarcelar y sentenciar a aquellos sospechosos de vampirismo e incluso brujería en los tiempos en que la quema de ataúdes tuvo lugar como producto de un frenesí colectivo durante una epidemia de tubercolosis, temerosa la población sobre la existencia de lo sobrenatural y su relación con los males que padecían. El secretismo de lo que allí sucedió permaneció olvidado de cara a la posteridad.

La Compañía de Teatro, al tanto de aquel emplazamiento subterráneo, lo halló ideal. Estaba conectada por un pasadizo bajo el nivel del suelo con la catacumba allí fuera y al igual que con la catacumba habían tenido el recato de tomar medidas de protección contra los magos, o más bien, contra los bibliotecarios. Por sí mismas, las ánimas eran incapaces de reproducir la magia de un mago, copiarla o alterarla o combatirla. Pero eran astutas y sabían usar las cartas a su favor. La idea había sido de Lady M, o sólo Lady. Si querías combatir a un mago, hazlo con un mago como recurso. En eso pensó cuando utilizando su propia habilidad de hipnosis inducida tomó a un mago de rehén para que aplicara un encantamiento de privación en específicas zonas dentro del cementerio, allí donde La Compañía llevara a cabo sus actividades, de forma de contar con una ventaja en caso de necesitarla.

No contaron con que el encantamiento se debilitaría pasado el tiempo, y que allí, en la cripta, su efecto en la actualidad era prácticamente nulo. No podían saberlo tampoco, porque la magia no era algo que realmente comprendieran. A los que sí comprendían, porque de alguna manera su vida estaba completamente ligada a ellos, era a los bibliotecarios. Nunca dejarían de moverse queriendo dar con ellos, y con el transcurrir de las décadas, aprendieron a adelantárseles. De eso, tenían que estar agradecidos con Hunter y sus instintos de cazador. Su verdadero nombre después de todo se lo debía al cuento de El Monstruo de la Colina Silenciosa, una historia de terror sobre un hombre con la maldición de un monstruo que vivía en la colina y del que difícilmente se podía escapar una vez que te marcaba como su presa.


*


En la cripta de la capilla la luz anaranjada de una antorcha invadía de penumbra una de las celdas enrejadas del calabozo, al fondo. Lady M entró siguiendo a una sombra dormida y cerró la puerta haciendo chirriar los goznes. Había dos sillas y una mesita sobre la que descansaba una jarra vacía. Lady tenía la apariencia punzante de la sensualidad incluso evidente contra la luz tenue. Se sentó enfrentada a su víctima con una practicidad de movimientos que daba cuenta de las curvas gráciles de su cuerpo por siempre joven y ojeó con una inclinación de cabeza el mal aspecto que tenía la mordida del perro negro en el tobillo herido. Puede que no la fuera a matar de momento, pero el estado de delirio en que sumía a la víctima la ayudaba en sus propósitos.

Inducida en un trance la bibliotecaria no parecía sentir nada, pero el daño estaba ahí. Tarde o temprano el perro negro consumaría su proceder como el personaje del libro del que había salido, predeterminado su instinto por lo que estaba escrito. En La Compañía lo habían domesticado para acatar órdenes, pero ningún ánima neonata podía escapar de su destino… ningún ánima en general. Ella había aprendido sobre el mundo que la rodeaba y cómo sobrevivir en él, pero un ánima era lo que era, instintiva. Tampoco se hacía necesario mantener a la bibliotecaria con vida, sólo el tiempo suficiente.

Lady la había sumergido en un estado de ensoñación placentera, de forma que no sintiera el peligro que la rodeaba, ni el dolor ni el efecto de la mordida. Le había mostrado en su cabeza lo que quería ver y mediante una conexión mental, Lady era capaz de verlo también y de controlar mediante el estímulo lo que sucedía en su cabeza. Tenía un propósito claro. En La Compañía tenían que saber qué era los que los bibliotecarios habían averiguado de ellas hasta el momento. Habían tenido otros perseguidores antes, pero estaban cansadas de ser cazadas. Esa era una forma de devolverles el golpe. Esa sería su venganza por la muerte del dueño del teatro, desde aquella vez que La Compañía fue desbaratada. Y La Mancarita era vengativa.

—¿Alex?—Lady M se adelantó aproximando los rostros y apoyó una mano fría contra la mejilla tibia—¿Estás ahí, cariño?

Le sonsacaría toda la información posible sin que la bibliotecaria percibiera que se trataba de un interrogatorio. Ese era el truco de su hipnosis. Poder hacer sentir a su víctima fuera de todo peligro, recreando en su mente un escenario en el que se sintiera a salvo. Sólo para acabar violentamente con ella al final.

***

—Estoy poniéndome al día—
Ryan le acercó una hoja de expediente y el revuelo de las pestañas de Alex lo hizo sonreírse. Era parte de una carpeta con el sello de El Archivo. Naturalmente, habían elaborado un informe sobre La Compañía y todo lo que sabían hasta el momento—Sí. Pero esperaba que tú me lo dijeras. Ah, no, no tienes que disculparte. ¿Cómo te sientes ahora?

Mientras que hablaba, la recibió en un abrazo y la acarició distraídamente. Alex volvió su atención a la hoja del expediente, pero él recargó la frente contra sus rizos negros, exhalando un suspiro y aparentemente fatigado. Había estado preocupado.

—¿Y cómo es que hallaste su pista hasta aquí, Londres, en primer lugar?—preguntó, cuando Alex aseguró que aquel asunto le llevaría más tiempo del que había pensado—. ¿La ventana…?—Ryan sonrió, pero enseguida expresó preocupación a través de la mirada, y suspiró tomándola por los hombros con delicadeza—. Cuéntame primero qué sucedió y cómo es que llegaste a Londres. ¿Desde cuándo es que estás detrás de La Compañía?
 


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