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[FB] The day will come when you won't be ||{ft. Prue&Ayax}

Lohran Martins el Lun Nov 19, 2018 8:40 pm

Recuerdo del primer mensaje :

[FB] The day will come when you won't be ||{ft. Prue&Ayax} - Página 2 G6msk9s
Gráfico by @DasFlai || Jueves 6 de septiembre, 2018 || Metro de Londres || 23:49 horas || Mi ropa

Lohran Martins estaba de los nervios. Su rostro, generalmente más relajado, mostraba una tensión de lo más apropiada para lo que se les venía encima a él y a su hermana. Prue y él caminaban a través del entramado de vías del metro de Londres, siguiendo el plano que uno de los contactos de Murray les había conseguido, y ninguno de los dos había hablado desde hacía más de diez minutos. Los únicos sonidos que acompañaban a los dos mellizos Martins eran los ecos de sus pisadas, resonando en el vacío de los túneles, así como los demás sonidos ambientales: goteos ocasionales, chillidos ahogados que quizás pertenecieran a ratas u otros animales, y el sonido de trenes distantes que recorrían las vías. Lohran intentaba no prestar atención a los otros sonidos, a esos a los que no podía dar una explicación; de prestarles atención, lo más probable sería que se volviera un poco loco.
Se ajustó la mochila al hombro izquierdo, la varita firmemente empuñada en la mano derecha. Si aquella varita fuese la suya, la que le había puesto Ollivander en las manos cuando tenía once años, se fiaría mucho más de sus dotes mágicas.

—Creo que ya estamos llegando.—Dijo el brasileño, rompiendo el silencio, mientras observaba el túnel a ambos lados con ayuda del hechizo de visión nocturna—obra de Prue, por supuesto, pues ni loco iba Lohran a apuntarse con su propia varita a los ojos, a no ser que anhelara en secreto que estos estallasen—, pendiente de cualquier movimiento.—Espero de verdad que esta Melina Whitmore sea la respuesta...—Dejó caer, recordando una vez más las dos veces que habían sido estafados antes.

Y es que Lohran y Prue Martins habían acudido a aquel lugar para intentar poner en marcha la última fase de su plan: comprar documentación falsa para ellos y para su hermana pequeña, y salir del país. Los radicales hablaban bien de Whitmore, quien si bien no era miembro activa del grupo, sí era una poderosa aliada. Ella y su grupo se encargaban de proveer a otros fugitivos con documentación falsa… a cambio de dinero, por supuesto. Y es que, por mucho que los fugitivos intentaran ser altruistas y solidarios con los demás fugitivos, al final del día había que comer. Y mantener un grupo como el que decían que tenía Melina debía costar dinero. Por no mencionar las falsificaciones en sí.
Su hermana pequeña había querido acompañarles, pero Lohran se había negado en rotundo. Con apenas diecisiete años, aquel no era lugar para ella. Había un montón de cosas que podían salir mal, y si así era, el brasileño prefería que al menos uno de los miembros de su familia estuviese a salvo. De hecho, habría incluso preferido venir solo, pero había tenido que conformarse con aquel arreglo: dudaba que hubiera podido convencer a Prue de lo contrario.
Así que los dos mayores se encargarían de la peligrosa misión de conseguir los documentos falsos, mientras la pequeña se quedaba junto a Alfredinho vigilando el refugio, que en aquellos días se emplazaba en una sección abandonada del metro muy similar a la que los dos brasileños recorrían en ese momento.

—¿Estás tan nerviosa como yo?—Preguntó Lohran, mirando a su hermana, con una sonrisa. Las cosas habían sido duras, especialmente cuando supieron de la muerte de sus padres, pero el brasileño se sentía afortunado de tener a su lado a sus hermanas. Eran todo su mundo.—Ya casi nos veo en Brasil...—Añadió, y si bien nunca había sido muy supersticioso, deseó no haber dicho aquello. Solo faltaría que gafase aquella oportunidad por hablar antes de tiempo.

Lohran consultó una vez más el mapa que les habían entregado los radicales una vez llegaron a una intersección en la vías, en la cual debían decidir si seguir de frente, o si girar a la derecha. El mapa indicaba a la derecha. Lohran miró a su hermana, y con un gesto de la cabeza, indicó la derecha.
Ya casi estaban allí.
Lohran Martins
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Lohran Martins el Miér Feb 13, 2019 8:56 pm

Por un momento reinó un silencio atronador provocado por la explosión: los oídos de Lohran pitaban, y difícilmente podría haber escuchado nada más allá del latido desbocado de su corazón, que parecía pulsar directamente contra sus tímpanos.

Poco a poco, el brasileño pudo escuchar, pero lo único que escuchaba era un conglomerado de sonidos naturales dentro del túnel: goteos distantes, crujidos de tuberías, el sonido de algún tren lejano…

¿Qué había ocurrido? ¿Estaba bien su hermana? ¿Aquella explosión había servido de algo?

Uno de los fugitivos cercanos a él, el hombre, dio un par de pasos inseguros en dirección a la polvareda que todavía impedía la visión. Su compañera alzó una mano para indicarle que no siguiera, negando con la cabeza. Le obedeció, existiendo entre ellos una conexión que sólo los compañeros que llevan mucho tiempo trabajando juntos pueden tener.

Entonces, en medio de la nube de polvo se dibujó una forma de humo cada vez más densa, hasta el punto de que pareció adquirir solidez. Podría cortarse con un cuchillo, por lo que ni locos podían pensar en atravesar aquel lugar a pie.

Lohran sabía lo que aquello significaba: huían, y si huían era porque estaban heridos. Y teniendo en cuenta que el único herido de los tres era Lohran...

—Tenemos que recuperar a mi hermana.—Dijo Lohran mientras intentaba levantarse con un gruñido. Fue lo más doloroso que tuvo que hacer en toda su vida, y si bien antes de intentarlo creyó que sería incapaz, su propia resistencia le sorprendió.

Eso sí: mientras se ponía en pie, la sensación que experimentó debía ser parecida a lo que siente alguien a quien desgarran la carne sin compasión. Fue tal el dolor que, cuando estuvo finalmente en pie, a punto estuvo de caer nuevamente al suelo. Se había mareado, y su piel oscura había adquirido una palidez cenicienta.

Puedo hacerlo, se dijo a sí mismo mientras trastabillaba. Logró mantener el equilibrio, por fortuna.

—No estás en condiciones de luchar.—Dijo la mujer, mirándolo con incredulidad.

—Pero vosotros dos sí. Y ellos están heridos. Os puedo llevar allí: antes de toda esta mierda, era instructor de aparición.—Dijo Lohran, componiendo pese a las circunstancias una sonrisa de triunfo: había visto aquellos túneles durante la pelea, por lo que no iba a ser muy complicado aparecerse allí.

Al otro lado del muro de humo…

La aparición conjunta fue, pese a las circunstancias de aquel que la había llevado a cabo, todo un éxito: los tres fugitivos aparecieron al otro lado de lo que quedaba de la pila de escombros.

A Lohran le fallaron las piernas en el mismo momento en que volvió a pisar suelo, y a consecuencia cayó al suelo de lado. Todavía sangraba, y la caída le provocó un dolor atroz que le hizo lanzar un gruñido y cerrar los ojos. Creyó, incluso, que acabaría desmayándose.

Respecto a los otros dos, no perdieron tiempo: Lohran escuchó una salva de disparos, incapaz de comprobar con sus propios ojos el resultado de estos. También escuchó voces, gruñidos y demás sonidos de una contienda, y cuando abrió los ojos, presenció los coloridos destellos de los hechizos que los mortífagos intercambiaban con los fugitivos.

Lohran, que había caído de espaldas sobre las vías, hizo un esfuerzo titánico para girar sobre sí mismo. No sabía qué podía hacer en su estado, pero lo primordial era saber que su hermana estaba bien.

No tardó en localizarla, cerca del pelirrojo.

—¡Prue!—Gritó a pleno pulmón, al tiempo que alzaba la mano en dirección a ella. Sus ojos enseguida se dirigieron al pelirrojo, y Lohran buscó a tientas la varita, que se había caído al suelo después de la aparición.

Sus dedos lograron encontrarla, y el fugitivo la alzó en dirección al pelirrojo. Quiso conjurar un sencillo Petrificus Totallus, pero no sucedió absolutamente nada. La varita ni siquiera vibró en sus manos. Así que volvió a intentarlo una y otra vez...
Lohran Martins
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Invitado el Miér Feb 20, 2019 2:44 pm

Mis dientes se clavaban con fuerza en su brazo, dispuestos a desgarrar su piel si intentaba algo estúpido. Me dolía la cabeza, justamente donde una de las rocas me había golpeado, pero no está en la labor de mirar si estaba herida o no. De pronto, todo se me volvió negro, estaba consciente, pero no del todo.

Joder, menudo puñetazo me acababa de dar aquel pelirrojo. Estaba claro que no le había gustado nada mi mordisco... que poca consideración por el instinto de supervivencia ajeno. Pero intentaba recuperarme de todo cuando sentí como me cargaban sin esfuerzo y todo mi mundo dio vueltas, no sabía dónde estaba, pero vamos, allí donde había estado luchando con mi hermano por nuestras vidas, estaba claro que no. Al menos, mi mente no, mi cuerpo... puede. No sabía que iba a pasar ahora conmigo, no podía luchar, no podía defenderme ni física ni verbalmente. Intentaba que mi cuerpo volviese a estar en contacto con mi mente, pero nada... el golpe me había dejado mal y la herida de mi cabeza de la piedra me había provocado, tampoco ayudaba para nada. Intentaba que el cuerpo me respondiese aunque solo fuese para intentar liberarme del agarre de aquel mortifago pelirrojo que me llevaba como si fuese un saco, sin oponer resistencia. Luchaba contra mi propia consciencia, hasta que cerré los ojos con fuerza, intentando que todo reaccionase y todo se volvió negro.

Cuando los volví a abrir, estaba en el suelo al lado de aquel que me llevaba en su hombro la última vez que había estado medio consciente, seguía sin estar en mis cinco sentidos, pero sentía que podía moverme. Sentía un pequeño reguero bajar por mi cabeza, siguiendo por mi cuello y metiéndose por debajo de mi ropa, no hacía falta que nadie me dijese que era, sabía que era sangre, la herida que me había hecho la piedra estaba sangrando. Aproveché la condición de mi cuerpo para intentar moverlo, caí boca abajo pero al menos podía moverme un poco y ver lo que pasaba, los mortifagos estaban luchando contra los fugitivos armados, aquel mortifago que había peleado conmigo estaba inconsciente, me daba igual en qué estado. Mi hermano fue lo que busqué con desesperación, mis ojos miraban todo con ansiedad hasta que lo encontré, tirado en el suelo como yo... se veía con un estado deplorable y sabía que no distaría mucho del mío. Escuché mi nombre siendo gritado por su voz, mis ojos se clavaron en los suyos.

Hice un esfuerzo titánico para moverme, levanté mi mano derecha y la estiré hacía él, como si de ese modo algo nos fuera a llevar de nuevo juntos. Por primera vez en mucho tiempo me permití un desliz, dejar que mi debilidad saliese a la luz. Desde la muerte de nuestra madre y el padre de nuestra hermana, después de sentir el miedo de perder a mis dos hermanos cuando todo empezó… no había vuelto a dejar que mi debilidad se dejase ver, pero en aquel momento, temía lo que estábamos viviendo. Temía ser separada de mi hermano, empecé a llorar sin darme cuenta de que estaba haciéndolo. -L… Loh…- Mi voz salía con dificultad de mi interior y no podía decir su nombre completo.

Pero notaba que empezaba a perderme de nuevo, el golpe que el pelirrojo me había dado aún me hacía perder todos mis sentidos, pero lo peor es que la sangre perdida por la herida empezaba a darme también problemas. Por eso, empecé a perder el conocimiento mientras lloraba, hasta llegar al punto de tener como ultima visión a Lohran.
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InvitadoInvitado

Ayax Edevane el Jue Feb 21, 2019 3:06 am

Tuvieron un tiempo muy pequeño para organizarse de nuevo e intentar salir de allí. Paul poco a poco fue recobrando el sentido gracias a un sencillo hechizo que lo empapó por completo y es que no estaban en situación de cargar con él, pues Ayax cargaba con la chica y Meric no estaba en condiciones de encargarse de nadie si quería utilizar su varita para la defensa del grupo y no para cargar con un peso muerto.

—¡Me duele! —dijo entonces Paul, el cual había recibido el disparo en el muslo.

—Pues levántate y muévete a la pata coja. —Ayax rompió rápidamente con su varita uno de los tubos de metal que encontró por ahí, de una tubería pequeña y lo alargó mágicamente con un engorgio. Se lo lanzó a Paul, para que lo usase como muleta y pudiera tener una mejor facilidad para moverse.

Paul se puso en ello, mientras Meric miraba hacia atrás para intentar protegerlo y Ayax abría el camino, cargando con Níobe en el hombro. Sin embargo, empezaron los disparos y el humo empezó a disiparse, dejando en evidencia la ubicación de todos en aquella línea recta de las vías del metro. En total fueron catorce disparos, pues los cargadores de las armas eran de siete: una desert eagle. Lo único bueno de recibir un disparo no mortal de esa arma es que solía atravesar de un lado para otro, a excepción de si chocaba en un hueso.

Ayax conjuró una barrera que le protegió a él y a la mujer que llevaba, mientras que Meric intentó protegerse a sí mismo y a su pupilo, algo que no consiguió. Uno de los disparos volvió a impactar sobre Paul, más concretamente en la parte baja de la espalda, un lugar terriblemente sensible para un golpe tan dañino como ese. El grito de Paul resonó por encima de los sonidos de los disparos y no pudo mantenerse en pie: su apoyo en aquella barra de metal se desestabilizó y cayó al suelo de bruces, gritando de dolor. Le había dado justo encima del trasero, en el centro, probablemente en el final de la columna vertebral.

Meric entonces dudó. Y cuando se duda, normalmente uno la caga. Ayax vio venir esa duda al ver que su pupilo había salido fuertemente herido, por lo que al ver que el adulto perdió la concentración, Ayax lo apuntó con su varita y lo movió a consciencia, lanzándolo primero hacia un lado para evitar que le diese una bala y luego tiró de él, haciéndolo volar hacia la oscuridad lejana de los enemigos, dándole ventaja. Debido a eso y no poder defenderse, una de las balas le dio en la parte baja de la cadera, pero por suerte no fue un golpe que atravesó, sino que rozó. Igualmente ardía. Debido a la sorpresa, hincó una rodilla en el suelo y pese a que intentó mantener a la chica sobre él, se le terminó cayendo.

Fue el propio Meric quién usó una barrera de fuego para mantener a los fugitivos al otro lado, sobre todo al ver como las balas se les habían acabado y se habían propuesto correr hacia ellos al haberlos debilitado, probablemente para terminar la faena con la fuerza bruta. Sin embargo, aquella barrera de fuego los mantuvo al margen.

El pelirrojo volvió a coger a la chica y comenzó a caminar junto a Meric hacia la salida. Éste último, sin embargo, volvió a dudar por Paul, pero ya no se le escuchaba nada. La realidad es que se había quedado inconsciente del dolor, pero no duró ni dos segundos antes de perder la sangre suficiente como para fallecer. Había quedado al otro lado de la barrera, por lo que no podían hacer nada por él. Lo que más le pesaba a Fonollosa había sido no haberse podido llevar al menos el cuerpo para su familia.

Poco a poco pelirrojo, adulto y negra inconsciente comenzaron a alejarse, cogieron las intersecciones necesarias para alejarse totalmente del peligro. Mientras corrían, Ayax miró a Meric.

—No lo has abandonado: después del segundo tiro murió. —Eso era lo que más creía Ayax que había pasado, teniendo en cuenta el lugar en donde impactó. —Había perdido mucha sangre.

—¿Estás seguro? —preguntó, seriamente. No quería que le ablandase la realidad. Si lo habían abandonado por salvar su trasero podía soportarlo, aunque se sintiese mal.

—Sí, soy médico. —Eso había sonado a: "Soy médico, confía en mí, el chocolate no engorda, quién engorda eres tú."

El silencio fue la contestación a aquello, pues Fonollosa tampoco iba a traumarse por aquello, pero quería pensar que era un buen maestro, aunque los accidentes existían.

—Te debo una.


Y esta vez fue Ayax quién se mantuvo en silencio. Le había salvado, pero eran un equipo. Es lo que se supone que hacían.
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Lohran Martins el Sáb Feb 23, 2019 3:13 am

Lohran había pasado mucho tiempo de su vida como fugitivo despreciando aquella maldita varita, traicionera como pocas, pero aquel momento se llevó la palma: ni uno solo de sus hechizos tuvo efecto alguno, y lo peor es que ni siquiera sintió algún tipo de resistencia por parte del artilugio que había robado a un mortífago durante el ataque a Hogwarts.

Aquello de por sí no era lo peor: Lohran Martins era perfectamente capaz de lidiar con una vida sin el don de la magia.

Lo peor fue que le ignoraron completamente, como si no fuera más que un maldito despojo inservible para ellos. Y quizás lo fuera, teniendo en cuenta lo débil que se sentía. Pero no tenía intención de dejar que se alejaran con su hermana.

Si lo permitía, sabía que jamás volvería a verla.

Fugitivos y mortífagos intercambiaron una colorida serie de ataques, los mortífagos mágicos, los fugitivos con armas de fuego. El estruendo dentro del túnel fue tal que Lohran sintió la cabeza a punto de estallar. Si bien sabía que no era algo bueno, agradeció que el estruendo de los disparos acallase definitivamente, pues tenía la sensación de que sus oídos estaban siendo atravesados por agujas candentes.

El resultado de esa contienda fue que uno de los mortífagos, el más joven, cayó abatido por las balas no muy lejos de Lohran. El fugitivo escuchó sus gimoteos de dolor mientras hacía su mejor esfuerzo por ponerse en pie, pero no les prestó atención: en aquellos momentos, nada le importaba salvo su hermana melliza.

Los otros dos fugitivos, que por lo visto se habían quedado sin munición, corrían tras los mortífagos. Lohran esperaba, de verdad, que tuvieran algo más con lo que defenderse, no sólo sus pistolas vacías, o iban a terminar muy mal. Confiaba en que al menos sus balas hubieran herido lo suficiente a esos dos como para retrasarlos.

Por un milagro de un dios en el que no creía, el brasileño logró ponerse en pie, no sin mucho dolor de por medio. A esas alturas, su sudadera era más roja que gris, y la sangre había empezado a manchar los pantalones. No sabía cómo narices seguía consciente, pero algo le decía que pronto se le terminaría la suerte.

Cojeó todo lo rápido que le permitía su maltrecho cuerpo, sintiendo cada paso como una tortura. Se sujetaba el costado con una mano, empapada en sangre, mientras con la otra empuñaba la varita. Sabía que era una puta mierda, en pocas palabras, pero era lo único que tenía: ni soñar en intentar luchar cuerpo a cuerpo en aquel estado.

Pero no puedo dejar que se lleven a mi hermana, pensó un Lohran jadeante, que sentía que el mundo daba vueltas a su alrededor. En su mente, el recuerdo de aquella vez que había sido atrapado por un grupo de carroñeros, durante el cual había sido torturado y marcado con las palabras ‘Sangre sucia’ en su hombro. No quería que Prue pasara por algo semejante...

Todavía le pitaban los oídos por el estruendo de los disparos, y por momentos le fallaban las piernas. Sabía que acabaría cayendo al suelo, pero no por ello podía rendirse. No era una opción cuando la vida de Prue estaba en juego.

Y entonces, Lohran se dio de bruces con una barrera de fuego, ante la cual se habían detenido los otros dos fugitivos. El brasileño, con una gran desazón en su interior, estuvo a punto de acabar en el suelo.

—¡Prue!—Gritó, desgañitándose en el proceso, y finalmente acabó clavando la rodilla en la tierra.

Estaba exhausto, no podía más. De hecho, estaba seguro de que moriría allí mismo, y lo peor de todo era pensar que moriría sin haber podido ayudar a su hermana. ¿Era así como terminaba todo para los hermanos Martins? ¿Separados y muertos? ¿Tan cruel era el maldito destino que, cuando ya lo habían perdido todo, seguía quitándoles más?

—No...—Jadeó, cerrando los ojos. No intentó levantarse, pues sería absurdo.—Os la llevaréis por encima de mi cadáver...

Con aquellas palabras, y pese al enorme riesgo que suponía en su estado, volvió a hacer uso de la aparición. Al hacerlo, sintió un vahído y, cuando llegó al otro lado, sintió un agudo dolor ardiente en la pierna derecha. No gritó, pero sí gruñó, e identificó perfectamente lo que le ocurría: una despartición. Le faltaba un buen pedazo de piel de la zona del muslo, además de un pedazo de la pernera del pantalón.

Abrió los ojos y allí estaban esos dos, alejándose, el pelirrojo cargando a su hermana. Alzó la varita en dirección a el pelirrojo, y pese a que pretendía petrificarlo, al menos sucedió algo: sus movimientos se volvieron más lentos.

—¡Suéltala, puto pelirrojo!—Gritó Lohran, al tiempo que hacía un último esfuerzo por ponerse en pie para presentar batalla.

Si tenía que morir, no quería morir arrodillado. Y mucho menos indefenso: si tenía que morir, moriría haciendo todo lo posible por Prue.
Lohran Martins
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Invitado el Mar Feb 26, 2019 9:57 pm

Habría jurado que estaba muerta, habría jurado que estaba conociendo lo que era perder aquello tan valioso que los humanos podíamos perder con facilidad. Afortunadamente, no era nada de eso. Solo estaba sin consciencia, pero mi cuerpo empezaba a reaccionar de forma lenta, pero lo hacía. Mi cuerpo estaba debatiéndose entre dejarse ir del todo o mantenerse despierto, sabía que lo primero no tardaría mucho en pasar porque cada vez la cantidad de sangre perdida era mayor, la herida no era muy grande y por lo tanto, la pérdida de sangre era lenta pero sabía que cuanta más perdiera... menos tiempo consciente estaría.

Mis ojos se abrieron y vi que de nuevo, el pelirrojo me llevaba en sus brazos. Quise gritar, morderle de nuevo, arañarle, pegarle... cualquier cosa que consiguiese que me soltase, pero no podía hacer nada. Mi cuerpo no reaccionaba y yo me sentía impotente. Siquiera podía moverme, mis ojos era Los único que podía mover pero me sentía atrapada en mi propio cuerpo. Intentaba vencerme a mí misma, pero no podía hacer nada... había sido derrotada.

De pronto, la voz de mi hermano llamándome a gritos me rompió el corazón. No podía moverme, ¿moriría lejos de mi hermano mellizo? ¿Moriría sin ver a mi hermana una vez más? Empecé a llorar de la impotencia, no podía ayudar a mi hermano, no podía hacer nada porque mi maltrecho cuerpo ya no podía hacer nada más que dejarse llevar. Lloraba sin remedio, sin que nada de mi cuerpo reaccionase.

Sentía mi cuerpo abandonarse de nuevo a la inconsciencia... sabía que no volvería a despertar en un buen rato. Lo último que escuché fue a mi hermano, ni siquiera podía verle y eso era lo peor. Perdería el conocimiento sin saber cuánto tiempo y sin poder observar a mi hermano antes de hacerlo... no podía imaginarme algo peor, aunque lo peor estaba por llegar.
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Ayax Edevane el Jue Feb 28, 2019 12:55 am

¿Perdona? ¿"Puto pelirrojo"?

Para cuando Ayax se quiso dar la vuelta para ver quién osaba llamarle con tantas confianzas, pareció que lo hizo a cámara lenta. ¡Espera! ¡Es que estaba yendo más lento! Aquello era nuevo para él: conocía el hechizo, pero jamás lo había experimentado en sus carnes. Si no llega a estar en peligro, hasta le hubiese hecho gracia aquel momento tan divertido.

Fonollosa se dio cuenta de todo lo que ocurría, por lo que deshechizó al pelirrojo para que pudiese seguir moviéndose con normalidad. El hombre que tenía delante, sin embargo, estaba en un estado deplorable. La cantidad de sangre que le caía por el muslo, fruto de esa despartición, era probablemente el motivo principal de que terminase muerto en esa situación como la rata que era, en las oscuras vías del metro. Fue el propio Meric quién desarmó al negro al ver que seguía apuntando al pelirrojo, pero fue éste último quién le hizo una señal para que no lo matase. Sería regalarle una muerte demasiado rápida, ¿no? Qué aburrido. Nadie decía que como medimago que era, tenía que ser compasivo. Él odiaba a los fugitivos y éstos no entraban en sus 'obligaciones' de sanador.

—Tú. Negro inútil. —Lo llamó, con una sonrisa. Si es que míralo, no daba ya para más. No sólo había recibido por todas partes, sino que él mismo se había terminado por sentenciar. —Creo que has dejado atrás a las únicas personas que podían ofrecerte algún tipo de oportunidad en esta situación —dijo, en referencia a los enemigos armados con pistolas. —Quédate con el consuelo de que tu inutilidad sólo te ha matado a ti: ella va a sobrevivir, eso te lo prometo. Tengo mejores planes para ella, aunque seguramente no te gusten... ¿Es mejor morir en libertad, o vivir bajo los barrotes del sufrimiento? Al final vas a tener suerte y todo... —Y es que justamente, el pelirrojo tenía varios estudios que precisaban de mujeres. Y en el Área-M parecía haber falta de ellas. Aunque claro, Edevane se encontraría en el Área-M con una pequeña sorpresita que haría que redireccionase a Níobe a otro tipo de investigación, lo que aún no lo sabía.

—¿Lo mato? —Preguntó Fonollosa quien, tras la pérdida de sangre, ya estaba empezando a perder un poco el riego. Preguntarle a un niño de veinticuatro años si mataba a un enemigo. Pero claro, le había salvado la vida, así que quizás preguntar no estaba mal teniendo en cuenta que su debilidad no le permitía pensar con tanta objetividad.

—No pierdas energía en él: va a morir igual.

Escucharon pasos detrás de Lohran, probablemente de los dos enemigos armados, por lo que Ayax y Meric continuaron corriendo hasta el punto en el que pudieron desaparecerse con facilidad. No podían enfrentarse de nuevo a proyectiles como esos o iban a terminar petando entre la oscuridad del lugar y la inexperiencia frente a ese tipo de armas. Aparecieron directamente en San Mungo por la iniciativa de Ayax, tanto para curar a Fonollosa como para asegurarse de que la futura presa del Área-M no muriese. No había estudiado sus heridas, pero sería fatal que llegase muerta.

Mientras tanto, todavía allí en aquellas vías del metro abandonadas, Peter y Alba encontraron a Lohran desangrándose y un terrible silencio ocupándolo todo. Peter miró a Alba y siguió de largo para asegurarse de que no había nadie, mientras que ella se agachó frente a Lohran.

—Estás jodido, amigo. —Y se quitó el cinturón rápidamente para hacerle un torniquete en la parte alta del muslo y parar aquella terrible hemorragia.
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Lohran Martins el Vie Mar 01, 2019 3:37 am

Innegable era el hecho de que a Lohran le fallaban las fuerzas: a duras penas lograba mantenerse en pie, le dolía prácticamente todo el cuerpo, y por momentos se le nublaba la vista. Cualquiera podría ver que se encontraba en un estado deplorable, y que si se mantenía en pie era simplemente porque se negaba a caerse.

Pronto, su voluntad no podría imponerse a su cuerpo.

Alzó la varita en un intento de atacar al pelirrojo, después de que su compañero lo librase del hechizo que lo había ralentizado; de la misma manera, el compañero, el tal Fonollosa, logró desarmar a Lohran antes de que tuviera tiempo de hacer nada.

El brasileño maldijo en silencio, apretando los dientes dentro de la mandíbula. ¿Sería capaz de presentar batalla físicamente en aquel estado? Porque ni pensar en recoger la varita, que había caído lejos de su alcance.

Escuchó las palabras del pelirrojo, y en el mismo momento en que brotaron de sus labios, lo único en que pensó Lohran fue en borrar esa sonrisa petulante y satisfecha de su cara. Se imaginó golpeándolo una y otra vez hasta convertirlo en un amasijo de carne y sangre, pero no lo hizo: su cuerpo se resistía a moverse, y se tambaleaba de la misma manera que un castillo de naipes mecido por el viento. Era cuestión de momentos que cayese de rodillas.

Y así ocurrió: arrodillado delante del pelirrojo que, según decía, no mataría a su hermana. La encerraría.

—Suéltala o te juro que...—Sus palabras se interrumpieron cuando le sobrevino un ataque de tos, y la sangre brotó por la comisura de sus labios.

El tal Fonollosa parecía responder a las órdenes del pelirrojo, al cual pidió permiso para matar a Lohran. Y de no ser por el hecho de que el segundo no quiso, el brasileño estaba seguro de que el primero habría conseguido su objetivo: no iba a poder apartarse ni defenderse de nada de lo que le cayese encima.

Y así fue cómo se marcharon. El pelirrojo cargaba a su hermana al hombro, a su melliza, a su otra mitad, y se alejaba al mismo tiempo que la visión de Lohran se empañaba. Al principio creyó que se debía a la pérdida de sangre, pero más pronto que tarde descubrió que se debía a las lágrimas, que corrían por su mejilla.

Gritó el nombre de su hermana, pero ya nada podía hacerse: se la llevaban, y muy probablemente no volvería a verla… jamás.

Con este pensamiento en mente, la visión de Lohran Martins se volvió totalmente negra, y el fugitivo cayó de bruces en el suelo. ¿Le habría llegado ya la muerte? Eso esperaba…

***

Pero no: la muerte no se lo había llevado por algún cruel motivo que solamente el destino podía comprender.

Lohran abrió los ojos y seguía en aquel lugar oscuro, el último en que había visto a su hermana melliza, y su cuerpo seguía chillando de puro dolor. Pero, a diferencia de antes, no estaba solo: se habían reunido con él los otros dos fugitivos, los que le habían ayudado con sus armas de fuego.

La mujer se encargaba de practicarle un torniquete alrededor de la pierna, a fin de frenar la hemorragia que se había provocado con la despartición.

—Mi hermana… Prue...—Fue todo lo que fue capaz de responder Lohran ante la afirmación de la mujer. A fin de cuentas, aunque hubiera podido decir algo más, no habría podido discutir la lógica de aquello: estaba jodido.

Quiso preguntarles por qué perdían el tiempo con él, por qué no le dejaba morir sin más. Sin embargo, no salieron palabras de su boca, por lo que los fugitivos tomaron la determinación de actuar de inmediato.

—Coge su varita.—Dijo la mujer.—Si le llevamos con Whitmore a tiempo, quizás pueda hacer algo por él. Así que nos desapareceremos.

Y sí: al final, algo se pudo hacer por él, y el grupo de Melina Whitmore logró salvarle la vida. Sin embargo, Lohran tuvo que permanecer encamado una semana, mientras los rudimentarios tratamientos medimágicos de los fugitivos hacían su trabajo.

Para cuando salió de allí… Lohran era un hombre distinto: sólo pensaba en recuperar a su hermana y en vengarse del pelirrojo y de Fonollosa.
Lohran Martins
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