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A simple matter of protection {Vanessa Crowley}

Hester A. Marlowe el Jue Nov 22, 2018 9:39 pm

A simple matter of protection {Vanessa Crowley} OlCZ5JD
Lunes 26 de noviembre, 2018 || Departamento de Misterios, Ministerio de Magia || 09:57 horas || Atuendo

Un bostezo, uno de esos incontrolables que no puedes mantener a raya de ninguna manera, hizo que la boca de Hester Marlowe se abriese igual que la del león de la Metro Goldwyn Mayer. Un sonido semejante al rugido de dicho león—siempre y cuando el animal estuviese un tanto afónico—acompañó a aquella apertura de boca tan poco atractiva. Más por costumbre que porque estuviese acompañada por alguien, Hester se tapó la boca.

No es que estuviese cansada, ni mucho menos: había dormido muy bien, como casi siempre, y si bien se había quedado despierta hasta la una de la madrugada viendo episodios de series en Neflix, siete horas de sueño eran más que suficientes para ella.

El problema no era el sueño, no; el problema eran las puntuaciones de los últimos exámenes de oclumancia que le tocaba elaborar.

Y he aquí una curiosidad acerca de Hester Marlowe: mostraba siempre un carácter afable, un sonrisa en la cara, y si bien era muy propensa a ponerse nerviosa, siempre mantenía una actitud amable, incluso con los reconocidos mortífagos a los que tenía que instruir en el arte de la oclumancia; sin embargo, a la hora de elaborar su calificaciones, era dura pero justa. Y es que con la oclumancia no servían las medias tintas, ni los ‘aprobados por compasión’: o eras un oclumante capaz, o no lo eras. No había otra opción. No existían los ‘casi-oclumantes’. Aquella misma máxima podría extrapolarse a los legeremantes. Y a los animagos, si había que ponerse estrictos.

¿Cómo sería un casi-animago?, se preguntó Hester, y aquello le hizo imaginarse a una persona medio convertida en un conejo, un perro, un ave… La imagen en principio le resultó desagradable, pero finalmente no pudo contener una sonrisa divertida: el resultado, en su cabeza, era bastante cómico.

Hester se colocó bien las gafas sobre el puente de la nariz, antes de proseguir elaborando al estilo tradicional, con pluma, tintero y pergamino, los resultados de los últimos exámenes de oclumancia que ella misma había supervisado. Los resultados no eran los mejores, a decir verdad: alrededor de un cuarenta por ciento de aprobados, y el resto suspensos. Y si bien Hester todavía sentía escalofríos a la hora de comunicar un suspenso a ciertos estudiantes—mortífagos o puristas muy agresivos, principalmente—igualmente lo hacía. Y si bien ya había tenido que lidiar con algún ‘estudiante agresivo descontento’, al final Hester había logrado hacer comprender al susodicho que para que la oclumancia fuese realmente útil, el examen debía ser poco menos que perfecto, e ir seguido de mucha práctica.

Sí, pero el día menos pensado, alguno me pega, pensó Hester con otro escalofrío recorriendo su miedosa espalda. Bueno, toda ella era miedosa, en realidad. A veces pienso que debí hacer caso a Mallory y montarme un puesto de videncia en la feria, añadió en su mente, recordando a Mallory, la responsable de robarle su primer beso y ayudarla a descubrir su sexualidad. ¿Qué sería de Mallory? Quizás debería llamarla para ponernos al día sobre la vida y esas cosas…


Se pasó alrededor de toda la primera hora elaborando puntuaciones, y para cuando dieron las diez menos diez, todavía le quedaba la mitad. Hester levantó la mirada de los documentos y la depositó en el reloj de pared—uno de esos enormes, con péndulo y un cuco que salía a cantar cada vez que daba una hora en punto—que ocupaba un espacio junto a la puerta. Lo único que vio fue un borrón desenfocado. Hester entornó la mirada unos segundos, antes de darse cuenta de que llevaba puestas las gafas. Emitió un sonido bajo, parecido a meh, y se quitó las gafas para poder mirar la hora.

¡Y madre mía, eran casi las diez!

Hester se levantó de un brinco, propinándole un doloroso rodillazo a su escritorio al hacerlo. Mientras estaba agonizando de tan terrible dolor, tiró al suelo algunos de los documentos que estaba rellenando, y cuando se agachó a recogerlos, se propinó un golpe en la frente con el mismo escritorio. Mientras se masajeaba la zona afectada con los dedos de su mano, Hester se preguntó por qué tenía tan mala suerte, por qué era tan patosa. Seguro que me han engañado durante toda mi vida: tengo que tener dos pies izquierdos, no cabe otra explicación a mi torpeza, pensó mientras se levantaba del suelo para dejar los documentos de nuevo sobre la mesa.

Con un movimiento de varita hizo que una sección de la estantería a la izquierda de su mesa girase sobre sí misma, dejando a la vista un espejo de pie. Se situó delante de él, y con otro movimiento de varita se cambió la túnica de trabajo por un atuendo mucho más elegante: un vestido gris cuya falda llegaba hasta las rodillas. También se colocó un poco el pelo, contemplando su aspecto general. Le parecía bien.

—Espero que no me salga un chichón.—Dijo Hester, frotándose suavemente la zona de la frente que se había golpeado con el escritorio. Todavía le dolía un poco, pero tendría que aguantarse.

¿Que por qué se había cambiado de ropa tan urgentemente? Bueno, pues porque tenía una cita con un nuevo alumno. Había quedado en darle su primera clase a las diez en punto de la mañana, por lo que debía estar ya al caer. Y el nerviosismo de Hester—mantenido a raya en gran parte gracias a las puntuaciones—arremetió contra ella como una ola. Por favor, que no sea otro purista desagradable. No me gusta mirar dentro de sus cabezas, pensó Hester, quien por fortuna o por desgracia, tenía algunos conocimientos de legeremancia que tenía que poner en práctica durante las clases de oclumancia.

Así y todo, ella solía cortar la conexión mental en el momento mismo en que lograba establecerla. Así se evitaba sustos innecesarios...


Última edición por Hester A. Marlowe el Vie Ene 25, 2019 10:23 pm, editado 2 veces
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Vanessa Crowley el Jue Ene 24, 2019 6:56 pm

Vanessa Crowley siempre era puntual. No sabía exactamente si se debía a sus raíces noruegas o si simplemente era cosa de la educación recibida en casa. Al haberse criado en el seno de una familia de sangre limpia adinerada y conocida tanto en Noruega como en Gran Bretaña, le habían enseñado modales, algo de lo que no solía jactarse a menudo, aunque fuera sólo porque el resto de personas que solían rodearla tenían esa misma clase de modales.

Había quedado a las 10 en punto con una tal Hester A. Marlowe de la que no había oído hablar nunca, pero que según le habían dicho era una muy buena instructora de oclumancia. Por eso, siguiendo con su estricta y rigurosa puntualidad, a las 9:30 de la mañana se presentó en Hogsmeade y se dispuso a aparecerse en un callejón cercano al Ministerio de Magia, caminó hacia una cabina telefónica estratégicamente colocada y, una vez dentro, descolgó el auricular y dijo:

Vanessa Crowley, alumna de oclumancia de Hester Marlowe.

Y en menos de lo que canta un gallo, se personó en el vestíbulo. Se paró unos segundos a observar la majestuosa fuente que lo decoraba, en la que esos asquerosos sangre sucia rendían pleitesía al Señor Tenebroso, ocupando el lugar que les correspondía, por debajo de los magos de sangre limpia, y junto a squibs, elfos domésticos y otras criaturas mágicas de dudosa inteligencia. Una buena escultura en la que no había podido prestar demasiada atención la última vez que había visitado el edificio, con la mente demasiado ocupada en su hermano al llegar, y con las prisas para, prácticamente, huir de Gwendoline Edevane.

Se acercó entonces a la bruja que ocupaba el mostrador de información, e hizo una mueca. Por Dios, ¿era la misma? No podía estar segura, pero si se trataba de la misma persona, parecía estar de mejor humor, pues no tardó nada en indicarle cuál era el despacho al que debía dirigirse.

Despacho de Hester A. Marlowe
10:00 am

No iba mentir, había esperado deliberadamente que fueran las 10 en punto. Mientrastanto, ahí parada frente a la puerta, había escuchado algún que otro ruido extraño, como si alguien se hubiera golpeado, y no pudo evitar pensar que la instructora había producido estragos en la mente de uno de sus alumnos.

Afortunadamente, no era la primera vez que Vanessa recibía una clase de oclumancia. No iba a mentir, era una principante con todas las letras, pero no era la primera vez que alguien intentaba que aprendiera. En aquel momento no se lo había tomado muy en serio, consideraba que no tenía nada que ocultar, y mucho menos a aquel que estaba intentando enseñarla: Sebastian Crowley, su hermano mayor. A decir verdad, no tenía gran cosa que ocultar en esos momentos, llevaba la marca tenebrosa en el brazo izquierdo con orgullo, y aunque confiaba plenamente en sus habilidades, no le habría gustado ser capturada por la Orden del Fénix o los Radicales y que descubrieran los planes de Lord Voldemort. Así pues, había llegado el momento de ponerse en serio con las clases.

Llamó entonces a la puerta y esperó, expectante.

Buenos días —saludó con una sonrisa una vez hubo entrado en el despacho, mirando un poco a su alrededor. Le sorprendió que estuviera sola, pues de esa forma no podía terminar de explicar qué eran esos ruidos que había oído, pero no dijo nada al respecto—. Mi nombre es Vanessa Crowley —No tenía sentido ocultárselo, a fin de cuentas era probable que en un futuro trabajara en el Ministerio, y seguramente su nombre sería de las primeras cosas que vería en su mente—, ¿es usted Hester A. Marlowe? Si es así, tenía clase con usted hoy a las 10 en punto.

Le tendió entonces una mano, aún sin perder la sonrisa.


Última edición por Vanessa Crowley el Sáb Ene 26, 2019 3:38 pm, editado 1 vez
Vanessa Crowley
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Hester A. Marlowe el Sáb Ene 26, 2019 12:40 am

Hester Marlowe, en un alarde de una mala suerte muy propia de ella, se había golpeado con su escritorio no una, sino dos veces. Y por si fuera poco, su rodilla y su frente seguían quejándose de lo torpe que era su propietaria cuando llamaron a la puerta.

Lo primero que pensó fue: ¿Quién será a estas horas? Y después: ¡La cita para las diez! ¡La alumna de oclumancia! En cuanto esa revelación se hizo presente en su mente, la bruja caminó en dirección a la puerta—no sin antes echar un vistazo a su frente en el reflejo del espejo, y volver a girar este para que se ocultara tras la estantería—y se dispuso a abrir. Alargó la mano hacia el pomo de la puerta, pero se lo pensó mejor; en su lugar, primero se alisó bien el vestido y compuso una sonrisa.

Entonces sí, abrió la puerta y… ¡Santa Morgana, señora de las brujas!

Se había inventado por completo aquella plegaria, o lo que fuera—dudaba que nadie hubiera considerado jamás a Morgana ‘señora de las brujas’—, pero la situación lo ameritaba: Hester había visto mujeres guapas a lo largo de su vida, pero aquella que estaba ante su puesta más bien parecía una diosa.

Se quedó un tanto embobada con ella: su melena rubia, la forma de sus labios y cómo sonreía, lo esbelto de su cuerpo, lo delicado y terso de su piel… La había visto en la fotografía que constaba en su informe, por supuesto, pero nada como verla en carne y hueso.

Bueno, bueno, Hester. Mantente profesional, se recordó a sí misma mientras sonreía a aquella diosa nórdica. Tienes que darle clases de oclumancia, no ligar con ella.

—Buenos días, señorita Crowley.—Saludó Hester de manera alegre, estrechando la mano de la mujer.—En efecto, yo soy Hester Marlowe. Puede llamarme Hester.—Añadió al tiempo que dejaba ir su mano—su piel era tan suave como aparentaba, dado relevante—y le indicaba el interior del despacho.—Pase y tome asiento, por favor.

Una vez la mujer rubia y preciosa pasó al interior, Hester cerró la puerta con suavidad para tener privacidad. Caminó entonces hacia su silla, bordeando el escritorio, y haciendo un gran esfuerzo para no cometer ninguna torpeza, logró sentarse. Abrió entonces la carpeta que tenía delante. Una fotografía en blanco y negro de su nueva alumna, animada con magia, la recibió.

Definitivamente, la fotografía no le hace ninguna justicia, pensó Hester mientras alzaba su varita y ejecutaba una floritura. Una pluma y un tintero aparecieron en medio del aire. El tintero aterrizó sobre el escritorio, y la pluma voló hacia su mano derecha.

—¿Cómo se encuentra? ¿Puedo ofrecerle un té?—Preguntó Hester, alzando la mirada del documento.

Quizás ofrecerle un té fuera un tanto redundante, teniendo en cuenta que durante las primeras clases de oclumancia, siempre ofrecía a sus alumnos un té especial que servía para relajarse y alcanzar más fácilmente un estado mental óptimo para practicar el arte mágico. Pero como tenía que hacerle algunas preguntas antes de comenzar, tampoco quería que estuviera incómoda, pensando que aquello era un tercer grado o algo por el estilo.
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Vanessa Crowley el Dom Feb 03, 2019 1:31 pm

La primera impresión que se llevó Vanessa, es que su profesora parecía un tanto despistada, pero en lugar de mencionarlo se limitó a estrechar su mano y sentarse dónde ella le indicaba.

Usted puede llamarse Vanessa si lo prefiere, o Nessa.

No era el nombre por el que esperaría que la llamara una profesora, pero estaba tan acostumbrada al apodo que se le hacía muy extraño no oírlo en boca de alguien, especialmente si iba a pasar un tiempo relativamente largo con esa persona. Y es que al menos ella era consciente de que no dominaría la oclumancia en dos días. No pensaba quedarse con el nivel de principiante y, aunque fuera a hacerlo... Bueno, con Sebastian había demostrado que cerrar la mente no era precisamente su especialidad.

Evidentemente, la zarca no podía ver la fotografía, pero de haberla visto, se habría encontrado con su propia imagen en blanco y negro, sonriendo agradablemente y saludando con la mano, sin duda totalmente ajena a lo que iba a pasar en ese despacho.

Bien, gracias —Frunció el ceño, sorprendida por la pregunta, esperaba empezar las clases cuanto antes, pero no iba a abandonar su tono cordial. La profesora mandaba—. ¿Y usted? Pus... Sí, si tiene un té, le estaría muy agradecida.

Sonrió. Ya podía imaginarse qué tipo de datos figuraban en ese documento. Su nombre, su fotografía, su edad, su prácticamente nula experiencia como oclumante y su totalmente nula experiencia con la legeremancia... La ficha que había tenido que rellenar era breve, pero suponía que eso se debía a que el Ministerio no quería que los alumnos se sintieran investigados.

¿Hace mucho que trabaja aquí? No quiero ser entrometida —explicó mientras esperaba el té—. Pero usted parece tan joven...

Le recordaba a si misma cuando empezó a dar clases en Durmstrang, pocos meses después de terminar los estudios superiores en transformaciones. Todos los profesores empezaban con alegría, con una emoción desmesurada cada vez que iban a impartir una clase. Parecía que Hester ya había superado un poco ese tipo de emoción, aunque estaba claro que no había perdido la alegría; supuso entonces que ya llevaba algún tiempo enseñando. Quizás ella ya era alegre de base, y no se trataba sólo de la reacción propia de los primeros años de trabajo. Tampoco era que fuera a preguntarle la edad, no le gustaba meter las narices en los asuntos de los demás, y ese dato se encontraba, precisamente, entre esa clase de asuntos.

La miró de reojo, tan disimuladamente como pudo. No podía negar que le había llamado la atención, pero tampoco hacía falta que su instructora lo notara. Por mucho que se tratara de dos mujeres adultas, el tópico del profesor y el alumno que se llaman la atención y acaban manteniendo una relación esporádica a escondidas de todo el mundo lo dejaba para las películas que miraban los muggles. Así pues, intentó centrarse en la conversación que tendrían a partir de ese momento.
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Hester A. Marlowe el Lun Feb 04, 2019 7:09 pm

Hester puso todo el esfuerzo que estaba en su mano para evitar aquellos pensamientos: de nada le iba a servir pensar durante las clases que aquella mujer era la diosa nórdica más atractiva que había visto en toda su vida, ni imaginarse el aspecto que tendría su cuerpo bajo la ropa.

Spoiler: en mi imaginación, al menos, muy buen aspecto, pensó, a lo que enseguida se reprendió a sí misma. ¡Ya vale, concéntrate!

La mujer que respondía al nombre de Vanessa Crowley le dio dos opciones para referirse a ella: su nombre de pila, o bien ‘Nessa’. ‘Nessa’ le sonaba a música celestial, así que decidió quedarse con esa opción.

—De acuerdo, Nessa. Me gustaría poder decirle algún diminutivo para mi nombre, pero lo cierto es que jamás he encontrado ninguno.—Le respondió, de forma más que innecesaria, con una sonrisa, como era habitual en ella: Hester Marlowe siempre terminaba hablando demasiado.

La invitó a una taza de té. La mujer aceptó la invitación, y una vez ambas estuvieron sentadas, Hester hizo aparecer con un movimiento de varita una tetera humeante y dos tazas con sus platos a juego. La tetera vertió el líquido pardo y muy caliente en cada una de las tazas, y entonces desapareció. Las tazas levitaron y se acomodaron delante de cada una de las brujas.

—Se trata de té al limón. ¿Le apetece azúcar, leche, o ambas cosas?—Ofreció Hester, quién no tenía intención de ponerle nada a su té: tal cual estaba, estaba a su gusto.—Y también me encuentro bien. Gracias por preguntar.—Añadió, un agradecimiento sincero: generalmente, los alumnos ni siquiera respondían a aquella pregunta, y mucho menos preguntaban de vuelta. Lo único que les interesaba era ir al grano.

Antes siquiera de que la oclumante tuviera tiempo de comenzar la entrevista previa, Vanessa Crowley la sorprendió con una pregunta que, a fin de cuentas, escuchaba mucho. Y ya no se la tomaba a mal: había aceptado que su corta edad era un dato llamativo. Al menos, la mirada de Nessa no fue demasiado juiciosa: otros magos la habían mirado con tal expresión de asco que Hester casi había sentido deseos de echarlos de su despacho… o, una reacción más propia de ella, levantarse e irse corriendo, cubriéndose la cabeza por si acaso le caía algún tipo de maldición por el camino.

Así que, con toda sinceridad, no se tomó nada mal la pregunta. Quizás se debiera a que venía de parte de una diosa nórdica preciosa que no podía ser fea ni frunciendo el ceño.

—No se preocupe: estoy acostumbrada a la pregunta.—Respondió con sinceridad y una breve risita.—Ya llevo tres años trabajando aquí.—Añadió con toda tranquilidad.—¿Y usted? ¿Ha impartido en alguna ocasión clases de oclumancia? ¿O de legeremancia?—Añadió. Esa era una de las preguntas que necesitaba hacerle para las clases, pues debía saber cómo abordarla.

A fin de cuentas, no podía tratar igual a una primeriza que a una mujer con cierta experiencia, y que conociera los fundamentos de aquella disciplina mágica. No quería hacer perder el tiempo a nadie, y menos a una profesora de Hogwarts que, muy posiblemente, había renunciado a parte de su tiempo libre para realizar aquellas clases.
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Vanessa Crowley el Sáb Feb 16, 2019 6:58 pm

Sonrió. Pensó un poco en ello, pero lo cierto es que no se le ocurría ningún diminutivo para el nombre de Hester. Dos sílabas siempre eran difíciles de acortar, pero Hes y Ter le sonaban especialmente horribles.

Los nombres bonitos no deberían acortarse —dijo entonces.

El parloteo innecesario no le molestaba, algo que probablemente tenía que ver con los sucesos del último año que estaban relacionados con su familia. No echaba de menos las insulsas comidas familiares en las que cada uno hablaba de lo suyo sin escuchar al resto, pero sí la charla vanal que solía acompañarlas una vez todos habían soltado las actualizaciones más importantes que habían tenido en su vida.

No quiso decir nada sobre las tazas, pero le pareció un juego muy bonito, con su dibujo a juego con el plato.

Pues... Un poco de azúcar, por favor.

Y en cuanto el azúcar apareció frente a ella, echó un par de cucharaditas, revolvió el líquido con una sonrisa y sopló un poco antes de dar un trago. No quería empezar la mañana quemándose la lengua. Le pareció entonces que el agradecimiento de la joven era sincero, ¿era tan mal educada la gente que no le preguntaban cómo estaba? A ella tampoco se lo preguntaban mucho, pero todo el mundo sabía cómo eran los adolescentes, por lo que no le daba tanta importancia.

Tres años... —No era el tiempo suficiente como para decir que era una veterana, pero estaba claro que no era una novata—. Bueno, uno de mis hermanos mayores intentó darme clases hace algunos años... Pero lo cierto es que en ese momento era prácticamente una imposición y no le puse demasiado interés.

Una tímida sonrisa apareció en sus labios. Tenía la esperanza de que los desastres que había logrado en las clases de Sebastian se debieran, precisamente, a su falta de interés, y que la cosa cambiara ahora que era ella quien había tomado la decisión de aprender a cerrar la mente.

Ya sabe como son las cosas... Para aprender hay que querer, de nada sirve tener un buen maestro o unas buenas clases si no se le pone interés. Pero de legeremancia no, la verdad, nunca he tomado ninguna clase.

Había que añadir que Nessa nunca había sentido una gran predisposición para que se le metieran en la cabeza, pero el hecho de que Sebastian pudiera ver ciertos... Secretitos, no ayudaba. Pero en aquel momento, que quien viera su mente fuera una completa desconocida no le molestaba tanto, quizás porque habían pasado años desde entonces o quizás porque ahora sí que tenía algo que le importaba esconder de verdad. Aun así, tenía claro que para aquellas clases tendría que armarse con toda su fortaleza, pues no podía permitirse que su profesora viera según qué.
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Hester A. Marlowe el Jue Feb 21, 2019 2:46 pm

Ante las amables palabras de Vanessa Crowley respecto a su nombre la habrían hecho sonrojarse como una colegiala—actitud de la que no estaba especialmente orgullosa, tenía que añadir—de no encontrarse en un entorno de trabajo. Y sin embargo, fue totalmente incapaz de evitar que sus labios se curvaran en una leve sonrisa.

No supo bien qué responder a eso, por mucho que le hubiera gustado. ¿Dar las gracias de nuevo? Tampoco quería parecer demasiado ridícula, así que se limitó a proseguir con los asuntos que las ocupaban.

Después de ofrecer té con limón a la señorita Crowley—y que ella aceptase un poco de azúcar para aderezarlo—, Hester pasó a comenzar con las preguntas previas a la primera clase. Eran sencillas, y tenían más que ver con el interés y la preparación previa que con lo personal. A Hester le gustaba evitar las preguntas personales, y el ver recuerdos personales en las mentes ajenas.

Tomó nota de la respuesta de Vanessa Crowley en su ficha, y se sorprendió al ver que no era, ni mucho menos, una novata. Sin embargo, no había progresado mucho en dichas clases, a cargo de su hermano, por haberle sido impuestas.

Y Hester no pudo más que simpatizar con ella, recordando aquel fatídico año en Hogwarts en que se le había sugerido dar clases de Adivinación, y en que su profesora le había impuesto el rol de ‘prodigio’ simplemente por su don para prever el futuro. Desde aquel momento, las clases se habían convertido en un infierno, obligación tras obligación: ‘debes hacer esto’, ‘debes hacer lo otro’, o ‘deberías ser capaz de hacer esto mucho mejor por ese don que tienes’.

Resumen: se había quedado sin ganas de repetir la experiencia.

—La verdad es que estoy totalmente de acuerdo con usted.—Respondió Hester, sin poder quitarse de la cabeza la anécdota de las clases de Adivinación.—Y más en este caso: la oclumancia requiere un gran control sobre nuestra propia mente, y la ansiedad que produce que a una la obliguen a hacer algo es más contraproducente que beneficioso. Es natural que no le saliera bien, así que no se desanime por ello.

Cuando Hester se había embarcado en su viaje para aprender el uso de la oclumancia, la ansiedad sin duda había estado presente, pero no porque se tratara de una obligación impuesta por terceros: la propia Hester había sido quien se lo había impuesto a sí misma, en un intento de bloquear las visiones que tenía. Más tarde que temprano había descubierto que aquello no funcionaba, pero para entonces era ya una oclumante de primera, la mejor de su promoción.

—Siguiendo con eso, ¿practica usted algún tipo de arte de relajación? Ya sea meditar, ya sean masajes terapéuticos...

Hester, desde hacía un tiempo, formulaba aquella pregunta con mucha cautela, pues las reacciones de la gente eran de lo más variopintas: desde lo que fruncían el ceño y le respondían con un seco ‘No’, hasta los que se la tomaban a risa, pasando por los ‘ofendidos’ que siempre hay en todas partes. La Marlowe jamás había comprendido a estos últimos, teniendo en cuenta que no tenía claro qué había de malo en la pregunta.

¿De qué tipo sería Vanessa Crowley? ¿Pertenecería al escaso grupo de los que respondían bien o con cierta curiosidad? Hester cruzaba los dedos, metafóricamente, para que así fuera.
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