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Carta de libertad || Alexandra. [FB]

Ian Howells el Vie Nov 23, 2018 11:02 pm

Carta de libertad || Alexandra. [FB] K3As9Ag
Casa de Alexandra Nyer || 29 de septiembre del 2018, 12:00 horas  || Atuendo (pero mojado)

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28 de septiembre del 2018
Casa de los Howells

Ian, no tiene gracia —dijo Cassidy Howells, su madre, sentada en el comedor de su casa. —¿Qué has dicho?

Ha dicho que va a dejar la carrera para dedicarse a hacer tatuajes, mamá —respondió Juliette, con voz neutral. —Me parece una decisión muy valiente, a Ian no le gusta la carrera, ¿y de verdad lo ves como fiscal en Wizengamot o algo por el estilo? ¡Por favor!

Juliette... —dijo entonces Henry, el padre, mandándola a callar, pues estaba viendo como la vena de la frente de Cassidy comenzaba a hincharse ante la noticia que su hijo acababa de dar como quién comenta que hace fresquito ese día.

Ya he empezado a buscar piso mamá, de hecho mañana voy a ver el cuarto. No te he dicho nada porque evidentemente la ibas a flipar y...

¡PERO IAN, CÓMO SE TE OCURRE DEJAR LA CARRERA, ES LO ÚNICO CON LO QUE VAS A TENER UN FUTURO PROMETEDOR, PARA TU HIJO! ¡¿Tatuajes?! Mira que lo sabía... sabía que los tatuajes te llevarían por el mal camino, ¡maldito el día en el que permití que te hicieras uno! ¿Cómo pretendes mantener a Perseo solo haciendo tatuajes, eh, me lo quieres explicar? ¿Vas a estar toda tu vida haciendo eso, sin ninguna base académica ni nada? Ian, por favor... —Se había levantado de la silla, moviéndose para todos lados.

***

Media hora después, Juliette ya se comía su tercer yogur, observando la situación con cierta gracia, mientras Henry Howells estaba esperándose lo peor en la habitación, pues después de echarle la bronca a Ian, ya vendría una discusión con él porque su hijo se había descarriado.

No te voy a mantener si no está cursando una carrera, lo sabes.

Lo sé, mamá, por eso ya estoy buscando piso. Usaré todo lo ahorrado para pagar los primeros meses y ya iré consiguiendo más para el resto. No necesito que me mantengáis más. —Porque siempre había habido buena relación en la familia, pero como en todas las familias, a los padres les encantaba recalcar que ese era su techo y que lo estaban manteniendo, ergo se hacía lo que ellos quisieran.

Muy bien —dijo entonces Cassidy y, muy indignada, se giró para irse.

De repente se quedó en el comedor un silencio incómodo. Ian se limitó a mirar a su padre—quién era evidente que no tenía los pantalones en esa casa—intentando buscar su opinión, pues apenas había abierto la boca.

Hijo —dijo entonces, poniéndose en pie. —Tu madre me va a matar si le digo esto a ella, pero siempre pensé que eras un cafre que íbamos a mantener hasta los treinta. A decir verdad, todas mis esperanzas de futuro recaían en tu hermana. —Él sonrió, algo bromita, Ian también sonrió, pues no le molestaba en absoluto. Era un cafre, era una realidad. —Estoy muy orgulloso de que aún no se te haya caído Perseo de las manos, que te hayas tomado el papel de padre como una responsabilidad real y que hayas decidido tomar este camino tan difícil. Demuestra la valentía que no creí que tuvieras. Perdona por haberte tenido en tan poca estima.

No pasa nada, papá —le respondió.

Eso sí, no le digas nada de esto a tu madre. Eres bien consciente que debo de apoyarla y, como adulto responsable, es cierto que dejar una carrera que te abrirá puertas aseguradas cuando lo tienes todo para conseguirlo... es complicado.

El padre se fue en busca de la madre para 'tranquilizarla', a lo que Ian se quedó solo con su hermana melliza. Adoraba a su hermana melliza, aunque en realidad pudiese parecer lo contrario por los comentarios que se soltaban o cómo se trataban, pero siempre su relación había sido envidiable.

¿Y me vas a dejar con estos dos locos en casa a solas? ¡Ya te vale!

Juliette Howells
Cassidy Howells
Henry Howells

________________________________

Como nunca había ido por la zona en donde se encontraba la casa que iba a ver, decidió ir en moto en vez de por aparición, pues con su orientación tan pésima ya se imaginaba que iba a terminar en la otra punta de Londres. Estaba lloviendo, por lo que aparcó justo en frente de la casa en cuestión, entrando rápidamente al techo que estaba justo encima de la entrada. Pensó seriamente si secarse con magia por el simple hecho de estar más cómodo, pero había un noventa y siete por ciento de posibilidades de que la persona al otro lado fuese muggle, por lo que sería tremendamente raro que, con la que está cayendo, apareciese seco y con un casco de moto. Así que se quitó el casco, se echó el pelo hacia atrás y tocó el timbre.

Había quedado con Alex. Y claro, Ian ahora mismo estaba demasiado ocupado pensando en todo lo que tenía que decirle a ese tal Alex que ni se había puesto a pensar en si era una chica o un chico. No os voy a mentir: estaba tan concentrado en conseguir piso cuanto antes que se imaginó la opción más plausible: iba a ser un hombre. Y a decir verdad le daba igual, pues no quería pecar de tener pensamiento subnormal, pero creía que los hombres estaría más de acuerdo con lo del estudio de tatuajes.

No había querido comentar nada al respecto porque prefería hablarlo en persona, pero se había visto especialmente interesado por mensaje en alquilar las dos habitaciones libres. Y vamos, las otras tres casas que había ido a visitar le habían dicho que no por lo obvio: nadie quiere que desconocidos entren a tu casa para ser tatuados. Era normal. Ian, sin embargo, iba a ser muy serio con eso y, si podía, compaginar los horarios del trabajo de su compañero de piso con los que él tatuaría. Pero vamos, era consciente de que era complicado.

Así que volvió a tocar, esta vez con los nudillos, a la espera de que alguien le recibiese. En principio el lugar le gustaba, sobre todo por ese pequeño jardín en la entrada. Ahí podría jugar Perseo cuando no estuviese cayendo la de Dios. ¡Que esa era otra! Pocas personas querían aceptar el vivir con un niño chico de manera esporádica.
Ian Howells
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Ian HowellsMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Lun Nov 26, 2018 1:40 pm

Los días de hacerles vudú a Jason y Patrick ya habían quedado atrás, era hora de seguir adelante y buscar un nuevo compañero de piso que la ayude a pagar las facturas, sobre todo la del agua porque desde que no tenía novio las duchas anti estrés iban que volaban. Bueno, puede que todavía tuviese la foto de esos dos hijos de fruta en el congelador, peeeeeeero la iba a quitar a pronto. Algún día de estos. Puede.

Es que cada vez que se acordaba… ¡ARGH! Le daban ganas de golpearlos con sus puñitos hasta la muerte, que teniendo en cuenta el tamaño que tenían iba a ser una muerte muuuuuuuuy lenta.

¿Por qué a mí, Oscar, por qué? —dijo en un tono muy dramático mirando a su pequeño y alargado perro, que estaba tirado en el sofá ignorando olímpicamente a su dueña.

Que esa era otra, necesitaba a alguien en aquella casa que no pasase de ella como si fuera un documental del Discovery Channel sobre el plancton. Sin ir más lejos, el otro día se le olvidó reponer el papel higiénico y no había nadie en casa a quién gritarle “PAPEEEEEEEEL”, un drama. Total, que acabó sacudiéndose como si estuviese meando en el baño de una discoteca a las cuatro a.m.

Con suerte aquel tal Ian con el que había hablado sería una mejor opción que el último que había ido a ver el piso, que había sido el siguiente nivel después de escalofriante y que por supuesto había echado en unos escasos diez minutos. Un hombre de unos treinta y cinco, lo que viene a ser un adulto hecho y derecho, que se había presentado allí con sus padres. CON SUS PADRES. Thank u, next.

Estaba viendo el tercer capítulo de Friends de la mañana y se acababa de abrir una cerveza, porque en algún lugar del mundo ya eran las cinco de la tarde, y así estaba haciendo tiempo hasta que llegase el chico a ver las habitaciones, porque sí, se había interesado en alquilar las dos habitaciones libres, ¿para qué? Quién sabe, pero eso solo significaba una cosa: billetes. ¡Yuhu!

OS ESTÁBAIS TOMANDO UN DESCANSO —exclamó hacia la televisión, indignada con el comportamiento de Ross y, a pesar de estar esperándolo, el sonidito del timbre la pilló por sorpresa y el mando a distancia salió por los aires, aterrizando en el suelo con las pilas fuera.

Se agachó a recogerlas en lo que ella pensó sería solo un segundo, pero cuando las estaba volviendo a colocar dentro del mando volvieron a llamar a la puerta. Claro, quizá si fuera ella la que estuviera esperando bajo la lluvia también metería prisa, pensó mientras dejaba el aparato encima del sofá, al lado de Oscar.

Tú no te inmutes, eh —le dijo al perro, que seguía estirado cuan largo. — El día menos pensado entra un asesino y tú ni un ladrido para avisar.

Al abrir la puerta se encontró con un chico joven, mojado a causa de la lluvia y con un casco de moto en una mano. Alex no pudo más que sonreír al verlo, antes de añadir:

Si me trajeras una pizza sería como en la porno de anoche —bromeó. Se rió por lo bajini  de su propio comentario mientras negaba suavemente con la cabeza y se hacía a un lado para dejarlo pasar. Si es que a quien se le ocurría venir en moto con la que estaba cayendo. — Anda, pasa. Espérate aquí que te traigo una toalla.

Fue al baño que había al final del pasillo, justo antes de la puerta que daba a su habitación, y cogió una de las toallas limpias para que el chaval pudiera secarse y no coger un catarro, y sobre todo, para que no le mojase el suelo.

Ten —dijo mientras le lanzaba la toalla. — Tú debes de ser Ian, ¿no? —y hasta ese momento no cayó en que quizá acababa de dejar pasar a quien no era y ella tan alegre.


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Ian Howells el Mar Nov 27, 2018 3:01 am

Podría haberse esperado cualquier cosa teniendo en cuenta la cantidad de espécimen extraños que hay en Londres y, de hecho, iba con las expectativas más bien bajas porque tampoco quería hacerse demasiadas ilusiones: tenía bien claro que era más fácil salir de una pieza de una paliza del Sauce Boxeador a que en Londres tuvieras un compañero de piso DECENTE. Así que tocó de nuevo, declarando abiertamente que no tenía ganas de seguir mojándose y... bueno, como he dicho se esperaba cualquier cosa, a EXCEPCIÓN de que una tía de buen ver le recibiese al grito de que parecía una peli porno. Entró callado, ya que la emoción le había dejado sin voz. O sea, ¿os habíais fijado? No os habíais fijado: TENÍA TATUAJES. Y olía a cerveza.

¿Hola? ¿Estaba entrando al puto paraíso o qué coño pasaba? Ian observó como la chica iba rápidamente a dónde se suponía que estaba el baño, siguiéndola con la mirada. Cuando desapareció, se fijó en todo: la cocina, el pequeño salón, que estaba viendo la mítica serie de Friends y... todo. Cuando volvió, aceptó la toalla, secándose sobre todo la cara y el pelo. —Sí, soy Ian —se presentó, tendiéndole la mano mojada. —Tú supongo que eres Alex, pero he de admitir que me esperaba a un hombre fuerte abriéndome la puerta. Me has roto los esquemas —confesó, para entonces dar un pasito hacia la encimera, con intención de quitarse todo lo que estaba mojando porque a ese paso él también se ponía malísimo y no quería mojarle todo. —Perdón, que te lo estoy mojando todo... —Dejó el casco sobre la mesa de la encimera. —Me voy a quitar los zapatos con tu permiso. —Y se descalzó, dejándolos cerca de la puerta para no mojar nada. Luego se quitó la chaqueta de cuero y el suéter, los cuales también estaban empapados, quedándose con una camiseta de manga corta. Fue entonces cuando rió. —Te juro que por mucho que lo parezca no intento recrear la peli porno de anoche. Si lo llego a intentar hubiera terminado resbalándome con mi propia agua y roto la cabeza contra alguna esquina. Y hubiera pasado de quasi-porno a super gore.

Vale, ya. Con unos calcetines rojos de Darth Vaders navideños, los pantalones vaqueros y una camiseta básica de color blanco bastante holgada, se secó las manos con la toalla y se hizo el pelo hacia atrás. —¡Listo! Es que vivo lejos del centro de Londres y no suelo venir, así que no tengo bono del metro. En mi defensa diré que cuando salí de casa no estaba lloviendo. Aunque el tiempo no parecía depararme nada bueno igualmente —dijo cual persona normal, sin poder evitar seguir pensando: "ES UNA TÍA CON TATUAJES, TENGO QUE CONQUISTAR A MI FUTURA COMPAÑERA DE PISO CON MI ENCANTO", pues de repente se había ilusionado. No había visto ni la casa, a decir verdad, ¿pero quién narices quería ver la dichosa casa con tremenda compañera? —Bueno, ¿cómo empezamos? ¿Quieres que te cuente de mi vida para cerciorarse de que no soy un asesino en serio o vendo esclavos provenientes de Rusia? —bromeó divertido, qué cosas eh, él no era un asesino, pero bien que muchas personas podrían pensar lo contrario teniendo en cuenta que era aspirante al mortífago. En su defensa diré que jamás había matado a nadie. Herido de gravedad sí, pero eso fue incluso antes de ser mortífago. El temperamento de Ian a veces rozaba límites que ni él mismo entendía. —Me llamo Ian Howells, tengo veintiún años —En realidad todavía tenía veinte porque cumplía los veintiuno en noviembre, pero era una mentirijilla. Quería sonar como un hombre y no como un niño y ese añito era la diferencia. —Y me estoy independizando porque mis padres no apoyan mi futuro, así que... —Se encogió de hombros, quedándose sin querer con la mirada clavada en la televisión y la cerveza.

Dejó el tema 'estudio de tatuajes' y el tema 'esporádicamente seguramente viva un niño con nosotros' un poco apartado por el momento. Era bien consciente de que tenía que decírselo y obviamente iba a salir el tema sobre todo por lo de las dos habitaciones, pero tampoco quería ir a saco. Le había resultado muy buena la primera impresión y no quería cagarla diciéndole: 'HOLA, METERÉ DESCONOCIDOS Y A UN NIÑO PARTICULARMENTE HIPERACTIVO QUE SE MEA ENCIMA TODAVÍA'. Tiempo al tiempo.

Ayuda gráfica:
Como se imaginaba Ian a "ALEX:
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Ian Howells
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Ian HowellsMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Vie Dic 14, 2018 9:55 pm

UF, menos mal. Que no cunda el pánico, era Ian. Por un momento la mente de Alex había empezado a volar por escenarios en los que había dejado pasar a un desconocido a su casa sin cerciorarse de quien era antes, quizá era un testigo de Jehová, un secuestrador de perros salchichas, un trabajador de la compañía del gas, o peor que todo lo anterior: un vendedor de enciclopedias. Pero no, gracias a Dios era Ian, aunque quizá el chico se dedicase a vender enciclopedias. Joder, eso sería súper fuerte. Plot twist.

Afortunadamente Ian habló antes de que la mente de Alex descarrilara con la película mental que se estaba montando.

Encantada —sonrió mientras estrechaba la mano que Ian acababa de tenderle. Su mano quedó húmeda después de aquel saludo, así que se la secó en la parte trasera de sus pantalones, como cuando te lavas las manos en un bar y te das cuenta de que no hay papel. Alexandra no pudo hacer otra cosa que reírse cuando Ian le contó que se esperaba que un hombretón le abriese la puerta. — Ya, entiendo la confusión, quizá debí haber dicho que me llamaba Alexandra pero la costumbre me traicionó. Siento mucho la decepción.

Esperó paciente a que Ian se quitase sus prendas mojadas, asintiendo cuando le pidió permiso para quitarse las zapatillas. En ese momento Alex lamentaba haber lanzado todas las cosas de Jason y Patrick por la ventana, quizá podría haberle dejado algo seco para que se cambiase. Por el rabillo del ojo vio como Oscar había dejado su sitio en el sofá y se encaminaba hacia donde Ian acababa de dejar sus zapatillas, ante lo cual Alex le chistó muy sonoramente, como advertencia de lo que podría pasar si osaba acercarse a las zapatillas del chico. Por desgracia para muchos de los zapatos de Alex, Oscar reconoció el aviso a la primera y dio media vuelta, perdiéndose con su indignación por algún rincón de la casa. Era un perro muy sentido.

Ese es Oscar, por cierto. Normalmente es un perro muy tranquilo, pero está dejando el vicio de morder zapatillas. Me compré el libro de El encantador de perros y oye, llevamos dos meses ya sin ningún incidente —le informó mientras veían como el perro desaparecía por el pasillo, probablemente en dirección al cuarto de Alex, donde también estaba su cama. Dios, Alex, tía, ¿le acabas de contar lo del libro ese? Tierra trágame. Si es que estaba claro que tenía que aprender a callarse un poquito más. — Anda, ¿tú también la viste? Para mi gusto el guión estaba un poco flojo —bromeó cuando Ian recordó el comentario sobre la peli porno que le había hecho al abrirle la puerta. — Tranqui, que no pasa nada. Si tuviera ropa de tío te dejaría algo para que te cambiases pero no tengo nada, a no ser que quieras un vestido —le ofreció con una sonrisa, imaginándose perfectamente la respuesta. — Molan los calcetines.

Quizá era algo superficial de su parte, pero ahora Ian le caía un poquito mejor. Era inevitable para Alexandra sentir cierta simpatía natural por la gente tatuada, y ahora que Ian se había deshecho del suéter y podía apreciar los tatuajes de sus brazos, automáticamente sumó unos cuantos puntos positivos a la valoración final que fuera a hacer Alex.

Ya, esa es la putada de las motos. Es más fácil aparcar, pero como llueva estás jodido  —opinó encogiéndose de hombros. — Claro, vamos al sofá y me cuentas un poco sobre ti. Luego te enseño el piso, aunque tampoco es que sea una mansión —ofreció la rubia señalando el mueble con un gesto de su mano izquierda. — ¿Quieres algo de beber? —le preguntó mientras se volvía hacia la cocina para abrir un par de armarios y la nevera, para comprobar que podía ofrecerle. — Tengo zumo de manzana, café, té, cerveza y coca-cola zero, que hay que mantener el tipo —bromeó. Cogió la caja con los sobres de té y la examinó, ¿cuánto tiempo llevaba allí? — Olvida el té, lleva un año caducado.

Se deshizo del té caducado y le llevó a Ian su bebida, para luego sentarse en el lado libre del sofá y atender a lo que el chico le contaba. ¡Veintiún años! Por el amor de Dios, acababa de notar como un puñal se clavaba dolorosamente en la poca juventud que le quedaba. Seguro que después de esto le salía su primera cana, para terminar de enterrarla. Que a ver, no es que Alex fuera vieja, pero solo de pensar que hacía siete años que había dejado atrás los veintiuno le daban escalofríos.

¿No apoyan tu futuro como vendedor de esclavos rusos? Pues a mí me parece muy valiente por tu parte, es un negocio que se está perdiendo. ¿Y cómo los traes desde Rusia, en barco o en avión? —preguntó para luego reírse un poco y volver a coger la cerveza que se había estado bebiendo antes de que llegase Ian y de la que aun quedaba la mitad. — No, ahora en serio, lamento oír eso. Es decir, sé que no te conozco pero yo pasé por algo así cuando decidí no ir a la universidad y ponerme a trabajar, así que sé que es una situación complicada.

No es que Alexandra fuera una experta en el tema padres, es decir había sido huérfana gran parte de su vida, pero desde que la adoptaron y tras haber sido testigo de las historias de sus amigas, tenía la teoría de que la gran mayoría de los padres cree saber qué es lo que más les conviene a sus hijos, incluso mejor que ellos mismos. Un curioso, a la par que molesto, don. Al menos sus padres adoptivos habían entrado pronto en razón, aceptando que no podían obligarla a seguir un camino que ella no deseaba.

Bueno, ¿y qué te hizo responder al anuncio, buscabas un piso por la zona o fue por las dos habitaciones? Me tienes súper intrigada con eso, que lo sepas —así era ella. Sutil. Si alguien quiere algún consejo sobre cómo sacar un tema sin que se note demasiado tu interés, contactad con Alexandra. Éxito asegurado. Al menos fue completamente sincera. Desde que se había puesto en contacto con ella había estado preguntándose para qué querría alquilar ambos cuartos. De hecho lo había comentado con Brenda, su mejor amiga, y ambas habían hecho apuestas al respecto. — Incluso he hecho una apuesta con mi amiga. Ella decía que seguro que te querías montar una mazmorra de sadomaso, y yo apostaba porque serías un tío de esos que les mola vestirse de mujer y tendrías un montonazo de ropa y cosas que no cabrían en una sola habitación —y ahí estaba de nuevo, la sinceridad. Si es que se lo tenía que hacer mirar, de verdad. Esperaba no espantarlo porque la verdad es que parecía un chaval majete. — Aunque ahora que te veo no tienes pinta de que te guste vestirte de mujer, la verdad. Me da que voy a palmar cien libras, ¿verdad?
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Ian Howells el Mar Dic 18, 2018 3:46 am

A ver, no iba a juzgarla. Ella compra 'El Encantador de Perros' para poder amaestrar a un perro e Ian se había comprado 'Guía Básica para ser Padre' para no ahorcar a su hijo poniéndole el pañal, así que estaban un poco en el mismo nivel de patetismo. Que oye, aprender siempre era bueno y entender a otro seres vivos también. —¿Y le has enseñado a que se siente, te de la patita y se haga el muerto? —preguntó curioso, ya que desde pequeñito siempre quiso un perro que hiciese esas tres cosas, pero su madre nunca les dio un perro, solo dos elfos domésticos. Y bueno, es verdad que el elfo doméstico te daba la patita si se la pedías, o se sentaba, o se hacía el muerto... Pero también te hacía la comida, te cuidaba y evitaba que pudieras hacer travesuras, así que era un poco jodido tenerle cariño a un elfo doméstico. —Nunca he tenido perro, me hace ilusión vivir con uno —admitió, encogiéndose de hombros. —¿Pero por qué Oscar? —Tuvo que preguntar, ya que no se le ocurría un nombre TAN ALEATORIO. Casi que podría haber servido cualquier nombre, desde Justin hasta Antonio.

Entendía que no tuviera ropa de tío, ¿por qué narices iba a tener ropa de tío si vivía sola y era una tía? Y es que la lógica de Ian era así de simple. —No pasa nada, estoy bien —le respondió, para sonreír orgulloso por su elección de calcetines, regalo de su hermana. —Gracias, me los regaló mi hermana. Son del Primark. Bendito Primark, adoro esa dichosa tienda —confesó su placer culposo. Dato extra: toda su ropa era del Primark porque era el único sitio en donde había mucha variedad y podía comprárselo todo en una sola tienda. Ian era la típica persona que ni le interesaba la moda, ni le gustaba ir de compras.

Y después de esa presentación tan graciosa, la chica le invitó a sentarse en el sofá mientras se tomaban algo, para así conocerse. Y le pareció fascinante que en vez de despacharle rápido en un intento de psico-analizarle con presteza—como habían hecho todos los anteriores—, ésta prefiriese charla un rato con él. Le dio un buen rollo la hostia de guay, así que cuando le ofreció algo de beber, lo tuvo claro. —Una cerveza, gracias. —Y sí, estaba siendo bastante educado y formal porque quería dar una buena impresión, pero era bien consciente de que como Alexandra le diese bola, posiblemente se le fuesen un poco las formas y fuese Ian siendo Ian. Nada de formalidades inútiles. —Teniendo todo lo que tienes, el té como que sobra. Yo al menos la costumbre propia de los ingleses de tomar té me la paso un poco por el forro de tú ya sabes dónde —confesó divertido, caminando hacia el sillón para sentarse pegado a un lateral. Abrió la lata y bebió de la cerveza a gusto, bien refrescante. Tenía que guardarse de los eructos, que Ian era el típico que se bebía algo con gas y estaba eructando tres horas.

La chica entonces le acompañó en el sofá, haciéndole soltar una carcajada ante su intento de adivinar su trabajo. —Pero bueno, Alexandra, qué novata eres. A las esclavos rusos se les trae en contenedores, ocultos entre arroz y judías, así nadie sospecha.  —Y rió, para finalmente encogerse de hombros ante lo siguiente que dijo, ya más serio y al parecer bajo la experiencia de haber pasado algo parecido. —De hecho es prácticamente eso lo que me ha pasado. A ver... tengo veintiún años y claro, con esta edad los padres lo único que quieren es que te termines la carrera universitaria si hay dinero para que puedas estudiar, pero yo siempre he sido un poco cateto para estudiar y no se me ocurrió otra cosa que meterme en derecho solo para contentar a mis padres. Ahora mírame y sé sincera, ¿con mis pintas me ves siendo abogado o algo de eso? —Bufó, poniendo ligeramente los ojos en blanco. —¡Pues mi madre sí! Te puedes imaginar las de asignaturas que he estado arrastrando. Este años decidí dejar la universidad y dedicarme a lo que me apasiona, así que mis padres me han desheredado y aquí estoy, buscándome la vida. —Sonó divertido a propósito porque el término 'desheredarse' solía darse solo cuando eras una familia millonaria y, pese a que los Howells lo eran en el mundo mágico, no quería dar esa impresión a Alexandra, simplemente darle a entender que sus padres no le apoyaban.

Le pareció super divertido el hecho de que estuviese intrigada sobre el por qué de que Ian quisiese alquilar las dos habitaciones, pero más todavía que hubiese hecho una apuesta y se la estuviese contando con toda su naturalidad. A simple vista Alexandra le estaba pareciendo una tía la hostia de guay y... todavía no estaba demasiado centrado en la visita porque evidentemente no se imaginaba viviendo con semejante mujer. Es decir, ¿era el karma o algo? ¿Sus buenas decisiones le habían llevado a esa casa bonita en compañía de aquella mujer? Es que ahora estaba bajo presión, en plan que no tenía que cagarla en nada porque si alguien tenía la intención de decir que NO a ese acuerdo, iba a ser la propia dueña del piso, puesto que Ian ya se tiraba de cabeza a la piscina solo por la compañera.

Pero bueno, que me desvío del tema. Lo importante aquí es que la apuesta hecha entre Alexandra y su amiga no podía haber ido más desencaminada. Vamos, es que su apuesta se resumía a ver si era sadomaso o travesti, ¿no había putas más opciones? Negó con la cabeza. —Pues me da que vais a tener que apoquinar ambas y pagarme a mí una cena o algo, ¿no? —Ladeó una sonrisa. —Porque no habéis aceptado ninguna. Os habéis arriesgado ahí con esas opciones. —Hizo una pausa, tomando de la cerveza. —La verdad es que para empezar he de decirte que vengo con dos hándicap. —Se recolocó en el sillón hacia Alexandra, subiendo parte de una de sus piernas para mayor comodidad. Iba a comenzar con el tema del estudio de tatuajes, ya que hablar de un bebé no sabía por qué pero le parecía más fuerte. —A ver, lo primero. Mi intención era tener una habitación para mí y la otra para el negocio que quiero montarme. Me estoy haciendo autónomo y toda esa vaina para poder crearme una empresa y no cobrar en negro, pero llevo ya dos años tatuando y la verdad es que tengo clientes asiduos, además de que me llegan más. De hecho tengo una cuenta en Instagram y todo, por si me quieres seguir y ver lo que hago. —Dijo, orgulloso, ya que tenía bastantes seguidores. —Y claro, me gustaría tener un lugar fijo en donde la gente pueda venir a tatuarse y no tener que trasladarme yo a ningún sitio. Una especie de base de operaciones, ¿sabes? —Se rascó la nuca, esbozando una sonrisa. —Sé que es un poco fuerte. Es decir, habrá momentos en donde entren desconocidos en la casa porque vendrán a tatuarse, ¿sabes? No sé cuáles son las habitaciones, pero intentaría siempre evitar que te encuentres con ellos si no quieres. Y no sé, yo sé que corta un poco el flow de la intimidad y toda la vaina. Lo sé. Yo intentaría ser lo más discreto posible y te avisaría siempre que viniese alguien. Podríamos poner unos horarios pre-establecidos para tu comodidad o todo lo que tú quieras para que estés cómoda con ello. —Empezó a mover una de sus piernas en lo que parecía un tick nervioso y es que se había puesto un poco nervioso, válgase la redundancia. Esos temas le ponían nervioso porque sentía que todo el mundo le iba a decir que no. —Siempre que empiezo a contar mi plan de futuro a los inquilinos de las casas me sueno super estúpido, sobre todo al ver sus caras de '¿qué me está contando este?' —Y sonrió. —Si vas a echarme, al menos déjame terminarme la cerveza.
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Ian HowellsMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Vie Ene 25, 2019 10:32 pm

Cuando Ian le preguntó que si había enseñado a Oscar los típicos trucos que se le enseña a los perros, Alex lo miró entre sorprendida y entusiasmada, como si al fin hubiese encontrado a alguien que la entendiese en medio de un mundo de locos.

¿Verdad que molaría un montón que hiciese esas cosas? —empleó un tono que dejaba claro que no podía estar más de acuerdo con aquello. — Lo he intentado pero no hay manera, oye. Yo creo que sí que sabe pero le gusta reírse en mi cara —comentó. Alex no tenía duda alguna de que si su perro supiera hablar, al estilo de Salem en la mítica serie de Sabrina, sería un perro de lo más cabrón. — Pues porque es un perro salchicha —explicó lo que a ella le parecía una obviedad, era como si Ian acabase de preguntarle cuanto eran dos más dos. — Su nombre es Oscar Mayer, pero como comprenderás es demasiado largo para llamarlo así siempre.

La rubia le sonrió de vuelta cuando Ian le dijo que los calcetines eran un regalo de su hermana. Jo, tener hermanos debía molar un montón, pensó sin poderlo evitar, sobre todo si dichos hermanos regalaban cosas molonas. Si ella quería unos calcetines molones de Bob Esponja tenía que ir a comprarlos por sí misma y claro, eso le quitaba emoción al asunto. Se mostró de acuerdo con la afirmación del chico, el Primark era la puto mejor tienda que existía ¡y súper barata! No hacía mucho que había ido y se había comprado unas gafas de sol por TRES LIBRAS, que sí, que ya no se las ponía porque notaba como sus retinas se iban derritiendo poco a poco cada vez que salía con ellas, pero oye, TRES LIBRAS. Si es que no se podía pedir más. ¿Y qué me decís de la taza tan mona de Chip, el de la Bella y la Bestia?

Bien, Ian, bien. Punto positivo. La gente que bebía cerveza era digna de confianza, porque seamos claros, ¿quién elige el zumo sobre la cerveza? Pues los asesinos en serie y los que se peinan con un kilo de gomina y la raya al medio, como si les hubiese lamido el pelo una vaca. Gentuza.

En realidad el té era una opción trampa, la respuesta correcta era cerveza, enhorabuena. También habría aceptado café o coca cola, pero zumo o té habrían sido expulsión inmediata del inmueble —bromeó después de pasarle la lata y sentarse ella también en el sofá. De hecho ella pensaba más o menos como Ian en cuanto al té, no era una gran fan, lo cual le hacía preguntarse por qué diablos tendría una caja casi entera de té caducada en uno de sus armarios. Probablemente fuese por las visitas de Louise, a su madre adoptiva se le llenaba la boca diciendo lo mucho que le gustaba la típica bebida británica, pero a la hora de la verdad siempre acababan abriendo una botella de vino.

Alex soltó una risa cuando el chico pretendió aleccionarla sobre cómo se traían esclavos desde Rusia, bueno, espera que estuviera de broma porque si no aquella iba a ser una entrevista de compañeros de piso realmente extraña e incómoda. Escuchó lo que le contó sobre la situación con sus padres, asintiendo en los momentos necesarios y sonriendo cuando le preguntó sobre sus nulas pintas de abogado.

No conozco a muchos abogados, la verdad, pero quien sabe, quizá podrías ser como Superman —opinó con una sonrisilla.— Solo que en vez de llevar un traje chillón con mallas ajustadas debajo de la camisa y corbata, llevarías tatuajes.

Más allá de las bromas, a Alex le parecía una decisión súper valiente la de Ian, sobre todo cuando hoy en día parecía que todo el mundo te decía que si no ibas a la universidad nunca podrías ser alguien en la vida. Gilipolleces. Tener un título no dice absolutamente nada de una persona, ni positivo ni negativo. Además, que años atrás ella había tomado la misma decisión que Ian y nunca se había arrepentido de su decisión, así que sería muy hipócrita por su parte jugar a Ian por dejar la universidad. Alexandra podía ser muchas cosas, pero hipócrita no era una de ellas.

Cuando le contó a Ian lo de su apuesta no se esperó para nada la salida que tuvo, ¡que juntasen el dinero y lo invitasen a cenar! Alex no pudo, ni quiso, retener la carcajada que le produjo semejante respuesta. ¡Pero qué listo! Mira que le estaba cayendo bien el chaval, era majo, gracioso y de momento no se había sentido incómoda ni había indicios de que fuese un vendedor de enciclopedias. Todo iba viento en popa.

Oye, ¿estás seguro que no tienes futuro como abogado? Lo de negociar no se te da nada mal —dijo todavía con una gran sonrisa en su rostro. Joder, desde luego no era tonto el chaval. Se encogió de hombros cuando le mencionó lo arriesgadas que habían sido sus opciones, porque sí, lo habían sido, pero a Alex le gustaban los riesgos. Siempre que uno de esos riesgos no fuera la muerte, claro.

La rubia captó el cambio en la postura del más joven y automáticamente se puso más seria, asumiendo que al decir la palabra hándicap ahora venía la parte no tan buena del asunto. No se abstuvo de alzar ambas cejas, denotando su obvia sorpresa, cuando le mencionó sus intenciones de montar un negocio en una de las habitaciones. Era algo más normal que la mazmorra de sadomaso, pero Alex jamás lo habría acertado por más que hubiera intentado adivinarlo. No hizo ningún comentario y dejó que Ian siguiese hablando, el chico parecía haberse puesto algo nervioso y si lo interrumpía quizá estropease su discurso, además de que ella misma necesitaba pensar en todo lo que le estaba contando.

Le dio un trago a su cerveza antes de hablar.

Tranquilo, en esta casa no se echa a nadie que tenga una cerveza a medias —medio sonrió. Estaba demasiado ocupada asimilando todo lo que le había contado como para que su tono sonase despreocupado, pero intentó relajar un poco el ambiente tras semejante bombazo. — No suenas estúpido, al contrario, se nota que lo has pensado mucho y querer ganarte la vida de manera legal no es ninguna tontería, es solo que es un poco fuerte, aunque me alivia saber que no te dedicas al negocio de los esclavos, empezaba a preocuparme. Dame un momento —dijo con sinceridad.

Le dio otro trago a la cerveza, acabándosela y considerando seriamente abrirse otra, aunque quizá no fuera la mejor de las ideas, necesitaba pensar con claridad en todo aquel asunto. Por evidentes razones Alex no tenía ningún reparo en que Ian fuese tatuador, pero sí que era cierto que eso de que estuviesen entrando desconocidos en casa la echaba para atrás, que ella era sociable, pero joder. Necesitaba pensar y le sabía mal por el pobre Ian que estaba ahí sentado mientras Alex se hacía polvo el labio inferior, mordiéndoselo mientras pensaba en todo aquello.

¿Qué te parece si te enseño las habitaciones y así les echas un vistazo? Mientras yo termino de darle vueltas a la cabeza, que soy rubia y a veces me cuesta un poco —bromeó mientras se levantaba y caminaba hacías las dos puertas que estaban una al lado de la otra. — Esta de aquí ya tiene la estructura de la cama, el somier y todo eso, aunque si yo fuera tú lo quemaría todo —comentó pensando en el desgraciado de Jason, que había sido el anterior propietario de la habitación. — La otra está vacía, solo tiene algunos trastos en cajas.

Apoyó el trasero en el reposabrazos del sofá mientras dejaba que Ian husmeara las habitaciones cuanto quisiera, que a ella le molestaba un montón cuando veía un piso y tenía al casero todo el rato pegado detrás respirándole en la nuca. Dejó de morderse el labio, gesto nervioso que adquiría siempre que se ponía a pensar seriamente en algo, cuando notó un ligero sabor a metal en la boca. Genial, se había hecho una herida. Pero es que estaba teniendo un debate interno MUY GRANDE. Por un lado Ian le había caído genial, realmente admiraba que con 21 años tuviese tan claro lo que quería hacer en la vida y fuera a por ello, pero claro, renunciar a parte de su intimidad dejando que sus clientes entrasen en la casa… AY.

Oye, me has dicho que tienes Instagram, ¿verdad? —le preguntó alzando la voz para que la escuchase bien. — Dímelo y te cotilleo un poco, anda —pidió. Quizá así se decidiese antes, pensó. No era lo mismo un buen tatuador, que uno malo. En cuanto tuvo el nombre de la cuenta la buscó, encontrándose con que, efectivamente, Ian era bueno en su trabajo. Le dio me gusta a un par de diseños que le gustaron especialmente y lo siguió, quizá tener la oportunidad de tatuarse en pijama no estaba tan mal. — Bueno, ¿qué te parecen las habitaciones? —Le sabía tan mal decirle que no que estaba haciendo una lista de pros y contras en su cabeza, además a ella le dieron muchas oportunidades cuando era joven y se estaba buscando la vida, ¿qué clase de bruja sería si le negase lo mismo a alguien que estaba en la misma situación? — A todo esto, me has dicho que tenías dos hándicap. Ya me da miedo preguntar, pero… ¿cuál es el segundo?
Alexandra L. Dyer
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Ian Howells el Sáb Ene 26, 2019 3:54 am

Vale, su perro no sabía hacer nada pero ella tenía la firme creencia de que sí pero el perro la vacilaba. Que ojo, en un mundo como en el que vive Ian, eso es perfectamente plausible. Fue a quejarse de que seguramente es que no le había enseñado bien con las golosinas apropiadas, pero cuando le dijo que se llamaba Oscar Mayer porque era una perro salchicha, Ian rió como un retrasado que pilla el chiste tarde.

—Joder, la madre que te parió Alex, qué puto genio —dijo riéndose, cada vez más, como si de repente le hubiese dado un dichoso ataque de risa. ¡Oscar Mayer, y era un puto perro salchicha! Grandioso, en serio. Y cuando Ian pasó la prueba de la cerveza, alzó las cejas varias veces, orgulloso por su perspicacia totalmente inconsciente. —Diría que lo había traído todo preparado para impresionarte, pero la verdad es que creo que soy un cerveza dependiente. No sé, sirve para todo: hidrata, te hace mear... y encima está buenísima. Me comprometo a tener siempre un pack de seis en la nevera si me aceptas como compañero y... —Alzó el dedo índice tras abrir la cerveza. —Bajo ningún concepto creas que te estoy intentando comprar. —Hizo una pausa. —O sí, ¿funciona?

La miró divertido cuando dijo que Ian podía llegar a ser como Superman, pero se limitó a negar con la cabeza. Quizás no fuera un super abogado de la hostia con superpoderes, pero joder tenía una varita la hostia de mágica que podía hacer flipar a cualquiera. Eso sí, mejor no decir eso en voz alta o Alexandra lo echa de la casa por pervertido, porque esa frase suena de todo menos inocente.

Vio clarísima la oportunidad de hacerse con una cena con dos chicas, haciendo reír a Alex por la manera de aprovecharse de la situación. Rió él también, encogiéndose de hombros.

—Pero sólo para mis propios intereses —dijo, encogiéndose de hombros con una sonrisa, para luego beber de la cerveza. —Habla con tu amiga y así te puede dar el visto bueno: a mí me gusta comer y tú recibes la segunda opinión de tu amiga para cerciorarse de que no soy un asesino en serie o, peor, ¡un testigo de Jehová! —Mira que él todavía no vivía en zona residencial muggle, pero Circe sí y estaba hasta los mismísimos ovarios de que le tocasen esos pesados. —En realidad creo que son peores los vendedores de la Termomix, que intentan colarse en tu casa por debajo del hueco de tu brazo. —Porque su amiga tenía una Termomix y todavía no sabía ni para qué funcionaba.

Entonces le contó todo lo relacionado con su base de operaciones, también conocida como la base de los tatuajes de Ian Howells. Todavía estaba en medio de buscar un buen nombre para su empresa de tatuajes, así como un logo, pero pese a que estuviese aprendiendo a ilustrar, era un poco manco para el diseño gráfico y ya no hablemos de inventarnos el nombre, que cada vez que se ponía a pensarlo sólo le salían nombres con la palabra pene de por medio y así no podía enfocar ningún tipo de seriedad. Sin embargo, eso no era importante todavía: Ian le había contado todo lo que pretendía con eso a Alexandra y... LA HABÍA ROTO. Al menos no fue un 'no' rotundo, sino que Alex se pasó unos minutos pensando, a su rollo, justo al lado. Ian había asumido que querría silencio, pero no pudo evitar hablar.

—En serio te lo digo... sería la habitación más cercana a la puerta y sencillamente caminarían desde la puerta a la habitación. No estarán paseándose por toda la casa como si fuera suya, sino que desde el estudio a la calle y desde la calle al estudio. —Y bueno, había asumido que el baño también estaría dentro de las posibilidades, aunque ahora mismo Ian desconocía cómo estaban distribuidos los dos baños de la casa—pues sabía que tenía dos por el anuncio—pero si Alexandra tenía uno propio, seguramente sería un dato que no le importase demasiado.

Ella pidió un poco más de tiempo, en lo que le enseñaba las dos habitaciones, las cuales eran las que daban a un lateral del pasillo. Ian se levantó con la cerveza en la mano, abriendo la que estaba más cerca de la cocina. Sólo tenía unas cajas tiradas y era bastante espaciosa. Por un momento se imaginó allí su estudio de tatuaje y... se ilusionó. Salió de la habitación, mirando a Alex.

—Ian's tattoo —le dijo. —La verdad es que estoy en proceso de buscarme un nombre de empresa más llamativo, así como un logo. Sé que tal cual lo tengo no es muy especial. —Y caminó hacia la otra habitación, la cual estaba más o menos formada. La verdad es que Ian pretendía cambiarlo todo. Tenía bastante dinero gracias a todo lo que había ahorrado durante todos los años que ha sido mantenido, así que creía poder hacerlo. Además, le encantaría que si todo salía bien, tener la habitación preparada para que pudiese quedarse Perseo cuando hiciera falta. Al salir, de nuevo, Alex le habló. —Son perfectas. Claramente en esa—señaló la primera de todas—haría el estudio. Pondría un biombo para separar la zona de diseño de la de tatuaje, con un par de sillones, una estantería... No sé, la visualicé muy chula —le respondió, bebiendo de nuevo de la cerveza.

Y cuando le preguntó por el nuevo hándicap, Ian puso cara de patata. En realidad sonrió por lo que dijo, que le daba miedo preguntar. En realidad no sabría cuál de los dos le iba a parecer peor, pero ya que no se le veía muy segura por lo del estudio de tatuaje, iba a tirarse a la piscina y ya está. De hecho, ya Ian andaba pensando en cuántas casas le quedaban con dos habitaciones libres.

—Pues... —Se encogió de hombros. —Tengo un hijo. —Y se rió. —Tiene casi dos años y su madre y yo tenemos una custodia compartida. De hecho lo suelo tener sobre tres días a la semana, más o menos... y en ciertas semanas hasta más porque su madre viaja mucho por trabajo así que... evidentemente mi cuarto tendría una parte para mi hijo y viviría con nosotros en ciertas ocasiones. Apenas llora, la verdad, es el típico niño hiperactivo que sólo quiere jugar y que jueguen con él, pero... —Hizo una pausa, apoyándose a la pared del pasillo. —Pero es un niño, muy pequeño.

No tenía ni dos años: sabía caminar, correr, destrozarlo todo y hablar lo justo y necesario para comunicarse con las palabras más básicas, pero nada más. Alzó entonces la cerveza.

—Aún no me la he terminado, no puedes echarme. —Avisó, divertido. —Sé que no inspiro mucha confianza: veintiún años, recién salido de la casa de mis padres, dejo la carrera, quiero vivir siendo tatuador, soy padre y tengo la custodia compartida con una mujer que no es mi novia... —Se rascó con la mano libre la nuca. —Sueno a desastre, ¿no?

Pero pese a todo, Ian tenía dinero. Todos sus ahorros eran galeones y al cambio a libras era muchísimo más, así que tenía de sobra para empezar. Pero claro, no quería alardear frente a Alexandra de tener una familia de ricos porque no empezar dando esa impresión.
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Ian HowellsMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Mar Abr 30, 2019 8:32 pm

Ian parecía tenerlo todo muy bien pensado, que si la puerta más cercana a la entrada sería la del estudio, que si el biombo, los sillones, la estantería… ¿Por qué tenía que tenerlo todo tan bien pensado? Eso solo lo hacía más difícil para Alex, que era capaz de ver la ilusión que tenía Ian porque aquello saliera bien y el solo pensar en decirle que no la hacía sentir como una auténtica bruja. ¿Y sabéis a quien atribuía Alex el mérito de hacerla sentir culpable por algo que todavía no había decidido? Pues a las monjas. Si se hubiera criado con unos padres elitistas y snobs en vez de en un orfanato ahora la decisión sería mucho más fácil de tomar. Al final todo era culpa de las monjas.

La verdad es que Alex no lo tenía nada claro, le gustaría darle la oportunidad a Ian pero al mismo tiempo la echaba mucho para atrás el tener a desconocidos entrando y saliendo de casa, por eso antes de decidir quería escuchar cual era el otro hándicap, como él mismo había dicho, con el que venía. Ya puestos quería saberlo todo antes de tomar una decisión. La rubia pensaba que comparado con lo del estudio sería una nimiedad, PERO NO. De nimiedad nada. UN HIJO.

Dejar a Alex sin palabras es complicado pero Ian ya lo había conseguido dos veces seguidas. Era un nuevo récord.

No sabía qué decir, probablemente su cara era similar a la un conejo que va por la carretera por la noche y de repente aparece un coche con las largas puestas. Y aun así, en medio de todo el caos que era su mente en ese momento, Alex ya sabía lo que iba a hacer. Lo había decidido.

Había dos manera de ver aquella situación, una en la que efectivamente Ian era un desastre e inspiraba confianza 0, y la otra era la de Alex. ¿La diferencia entre una y otra? Las experiencias de toda una vida. A Alex la habían abandonado con tan solo un año, quizá sus padres biológicos no tuvieron otra opción o quizá fue la salida más fácil que encontraron para no afrontar sus problemas, de cualquier manera aquello hacía que Alex viese a Ian con otros ojos. Un chaval de veintiún años que decide dejar la universidad y la comodidad que sus padres pudieran ofrecerle, tanto a él como a su hijo, para luchar por su propio futuro y dedicarse a lo que realmente le gustaba… JODER, si es que le había tocado la fibra sensible. Además, si le decía que no seguro que acabaría ardiendo en el caldero de Satán.

Además a Alexandra le encantaban los niños. ¡Y se había reído con el nombre de su perro! Ay, hablando de Oscar… el día que tuviera a un niño pequeño hiperactivo persiguiéndolo por casa la odiaría hasta el final de sus días.

Que sepas que es súper difícil dejarme sin palabras —le comentó.— Has roto un récord y apenas es mediodía —bromeó levantándose y caminando hacia la cocina, haciéndole un gesto a Ian para que la siguiese.— Anda, tira eso que debe saber ya a pis de gato —se refirió a la cerveza que todavía llevaba en la mano. Mientras tanto la rubia abrió el congelador y saco dos vasos de chupitos bien congelados y una botella de vodka que iba por la mitad.— Brindar con cerveza caliente es pecado, lo dijo Jesús —sirvió el alcohol en ambos vasitos y le pasó uno a Ian.— Por la convivencia.

Quizá algún día, cuando tuvieran más confianza, le diría que la había llevado a decantarse por el sí en vez de por el no, pero de momento todavía debían de hablar de un montón de cosas, como el contrato del piso y algunas normas básicas de convivencia. Realmente ella dormía gran parte de la mañana, por eso de trabajar de noche, así que lo del estudio de tatuajes tampoco debería ser un gran problema. Todo era acostumbrarse, pensó Alex, y además, algo en su interior le decía que había tomado la decisión correcta.


Domingo, 28 de abril del 2019.
Casa de Ian y Alex. 12:34 p.m.


Le digo que no estoy loca —discutió la rubia, con un tono que evidenciaba que iba a haber movida.— ¡Esa dichosa puerta está rota! He perdido la cuenta de las veces que me he quedado encerrada dentro de mi habitación y me ha tenido que sacar mi compañero de piso —ojalá volviese Ian pronto para darle la razón y cerrarle la boca a aquel hombre que parecía empeñado en dejarla de loca.

Y yo le digo que a esta puerta no le pasa nada —contestó el señor cruzándose de brazos, señalando que aquella era su opinión definitiva.— Las bisagras están bien, he desmontado la pomo de la puerta y lo he vuelto a montar dos veces. Se lo repito: la puerta está bien.

Aquello fue la gota que colmó el vaso, ¿y ese tonito? ¿Pero de qué iba? Le había costado muchísimo encontrar a alguien que trabajase un domingo y encima la trataba como si estuviera loca. ¡La quería estafar!

Oiga mire, soy rubia pero le aseguro que no tengo ni un pelo de tonta —lo señaló con el dedo índice, mientras los insultos se pegaban en su cabeza para ver cuál era el primero en salir por su boca.— Si le digo que la puerta se queda atascada es que se queda atascada, y si pretende hacer el paripé y encima cobrarme un dineral por NO HACER NADA pues la lleva clara.

El pobre hombre, harto de discutir y del mal humor de la rubia empezó a recoger todas sus cosas, murmurando que era una maleducada y que si no le pagaba pensaba denunciarla. Claro que, ¿qué iba a saber Alexandra que la puerta se quedaba atascada, precisamente, por arte de magia? Era impensable tanto para el pobre Arthur, el cerrajero, como para Alex, que directamente habían supuesto que el otro les estaba tomando el pelo.

Está usted loco si piensa que voy a pagarle noventa libras por nada, que no nací ayer. ¡Estafador! — gritó desde la entrada de su casa, sin avergonzarse de que los transeúntes que pasaban por ahí la vieran y pensase que había perdido el juicio.

¡Pienso denunciarla! —contestó desde la acera. Menudo espectáculo estaban dando.

¡No si yo lo denuncio antes por estafador! ¡Sinvergüenza!
Alexandra L. Dyer
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Ian Howells el Sáb Mayo 04, 2019 3:17 am

Casa de Ian Howells & Alexandra Dyer — 12:35 horas — 28 de abril 2019 — Atuendo

Llevaba ya siete meses viviendo con Alexandra en aquella casa y… ¡todavía no le había echado! Quería presumir, un poquito, de que no era tan mal compañero de piso como todo el mundo siempre pensó que sería. Era medianamente responsable y, aunque a veces fuese un pequeño desastre—como todo el mundo en esta vida—en realidad sabía cuáles eran los límites y que, en esta ocasión, no podía tratar a Alexandra como a su madre.

Es decir, dejar las cosas tiradas por ahí con la idea de que tu madre en algún momento lo recogerá. No, esas cosas no eran así. ¡Y tampoco debes hacerlo si vives con tu madre! ¡Recoge tus porquerías, guarro!

El caso es que Ian tenía la sensación de que había hecho unas migas increíbles con la muggle: era divertida, espontánea, podías tener conversaciones la mar de filosóficas mientras que luego podías estar riéndote todo el día por tonterías y… no sé, se llevaba bien con Perseo, eso también era un plus. El caso es que no se arrepentía ni un poquito de haber ido a visitar esa casa y, sobre todo, estaba muy agradecido con ella por haberle aceptado, pues consideraba que esa casa era un pasote y ella de las mejores compañeras que podría haber tenido. Ambos tenían su espacio bien dividido y ninguno se metía en la vida del otro. Era curioso pero si bien en el salón y la cocina parecían amigos infinitos, rara vez uno se metía en el ‘espacio privado’ del otro. Y esas cosas molaban mucho, sobre todo porque Ian tenía, pese al hándicap del estudio y del niño, un pequeño detalle llamado MAGIA al que seguro Alexandra no estaba para nada acostumbrada.

Había pensado en muchas ocasiones el decirle las cosas claras: ‘ALEX, SOY MAGO’ pero no lo hacía. La verdad es que daba bastante igual que lo supiera o no a nivel de peligro, es decir: no estaba prohibido vivir con una muggle, sólo casarte con ella o tener hijos con ella. Lo único que podía ocurrir, a nivel de vida, es que Ian tuviese una mala reputación por compartir piso con ella, pero vamos, ¿a quién cojones le importa la vida de Ian, que no es nadie en la sociedad mágica? Exacto. El único motivo que tenía para no decirle nada era lo de la Ley del Estatuto Secreto de la Magia y toda la vaina, que por eso si podría meterse en un lío. A fin de cuentas contar el secreto de la magia a muggles sí que estaba prohibido y prefería que, en caso de que Ian se metiese en problemas, Alexandra no tuviera ninguno.

Eso sí, muchas veces en la cama se ponía a pensar en cómo reaccionaría su compañera y se partía el culo él solo pensando, pues sabía que se lo tomaría bien. Es más, ya la veía a principio inventándose mierdas de manera sarcástica y flipando pepinillos cuando Ian le hiciese algún tipo de demostración.

Pero bueno, por el momento no tenía pensado decírselo.

Ese día veintiocho hacía un día DE PUTA MADRE para ser Londres, por lo que Ian como lo tenía libre tanto de citas para tatuar como de cuidar de Perseo—pues estaba de picnic con sus abuelos maternos y su madre—Ian se fue a entrenar al gimnasio, pues pronto había un torneo cutre de kickboxing al que se había apuntado por pura nostalgia. Tenía ganas de pegar hostias, era bueno para el cutis y el estrés. Bueno, para el cutis si note pegan a ti, claro. Es por eso que llegó hambriento a casa después de haber vuelto corriendo del gimnasio.

Sin embargo, ya en la calle de su casa, vio salir a un señor técnico—lo sabía por el mono de trabajo que llegaba—de su casa, pegando gritos a Alexandra y viceversa. Alexandra se convertía en una auténtica SEÑORA DE BARRIO cuando se ponía tensa. ¡Sinvergüenza dice! Ian por casi no se descojona allí mismo.

Continuó corriendo hacia la casa, para entonces ir parando a medida que se acercaba a Alex, que estaba en la puerta.

—Alex no quiero cortarte el rollo pero parece que has contratado a un streaper y estás indignada porque no es un puto y no te ha dejado satisfecha. O sea, ¡deja de gritarle al tipo! Venga, entra. —Es que tío, ¡el tipo iba con un mono un domingo! ¡Nadie se cree que estuviese trabajando de verdad! Cualquiera que se hubiera asomado a la ventana hubiera pensado lo mismo que Ian.

O no, porque claramente Ian tiene una mente muy turbia.

Una vez dentro el chico cerró la puerta y caminó hacia la nevera para beber agua bien fresquita, pues estaba sudando y, como buen desastre que era, se le había olvidado llevar agua al gimnasio. Se quitó la mochila que llevaba en la espalda y la dejó sobre la barra, para entonces mirar a Alex cuando terminó de beber.

—A ver, cuéntame. ¿Quién era ese señor y por qué estabas como una señora indignada en la puerta gritándole? ¿Sabes la señora de enfrente, la señora Ford, que siempre sale a la puerta con el albornoz, se cruza de brazos y mira a todo el mundo con desprecio mientras le grita a todo el que pisa su jardín? —Le sonrió. —Me has recordado a ella.

Puso la botella de agua sobre la barra y con ambas manos se quitó la gorra que llevaba en la cabeza para echarse el pelo hacia atrás y volvérsela a poner, con la tapa hacia atrás.
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Alexandra L. Dyer el Jue Mayo 16, 2019 11:22 am

¡Le aseguro que no volverá a trabajar en esta ciudad! —ya ni sabía que estaba diciendo, pero en su cabeza todo sonaba bien. Espera, un momento… ¿Le acababa de hacer una peineta? PERO QUE FUERTE.

De no ser por la oportuna aparición de Ian de seguro que Alex se hubiera lanzado a correr tras el hombre para darle una lección. Que ella iba a clases de krav magá todos los lunes y miércoles, ¡era una amenaza a tener en cuenta!

Estaba SUPER enfadada. No había cosa que más rabia le diese que el que la dejasen de loca. Vamos, es que si la puerta funcionase bien ¿a santo de qué iba a llamar ella a un técnico un domingo?

Miró a Ian como si acabase de salirle una segunda cabeza, ¿un streaper? ¿Pero y éste que tonterías estaba diciendo ahora?

¿Pero tú has visto a algún streaper en tu vida? Porque te aseguro que no tienen ESA BARRIGA CERVECERA —esto último lo gritó bien alto antes de entrar en casa y cerrar la puerta, para que el estafador la escuchase. ¿Era un golpe bajo meterse con el físico de los demás? Sí. ¿Se arrepentía? Para nada.  

Mientras Ian fue a la cocina a beber agua, Alex fue directa al mueble del salón, más concretamente a la estantería que había al lado de la televisión, donde en el estante más alto para que Perseo no pudiera echarle la mano encima, reposaba una cajita de madera con todo el material necesario para liarse un señor porro. Necesitaba relajarse.

¡Eh! Eso ha sido un golpe muy bajo, te parecerá bonito —exclamó asomando la cabeza por encima del respaldo del sofá, donde había tomado asiento y ya estaba usando el grinder para deshacer en trocitos la marihuana. Sé lo que muchos estaréis pensando en este momento, ¿liarse un porro encima del sofá? Pero eh, que Alex tenía una más que sobrada experiencia para hacerlo sin manchar absolutamente nada.— Vamos, compararme a mí con la señora Ford, ¡lo que me faltaba! Pero te perdono si me traes una cervecita —le dijo poniéndole su mejor sonrisa de vender arena en el desierto. — Pues ese señor era el único puto técnico que he podido encontrar un domingo —le informó a la vez que mezclaba el contenido del grinder con tabaco y lo ponía todo en el papel de liar.— Quería que arreglase la maldita puerta de mi cuarto, ¡y no va y me dice que está perfectamente! Me quería dejar de loca y encima cobrarme casi cien libras por no hacer nada. Muy fuerte —le explicó realmente indignada.— Le he contado las veces que se ha quedado atascada y que me has tenido que sacar y nada, seguía con su rollo de que no le pasa nada. ¡Menudo embustero! Lógicamente no le he soltado una libra, que me denuncie si quiere, que ya veremos quien acaba teniendo la razón. Es que vamos, si la puerta no estuviese rota para qué coño iba a pedirle que viniese un domingo, que tengo mejores cosas que hacer.

Su indignación crecía mientras le narraba a Ian lo ocurrido. Estaba tan irritada con todo aquel tema que si en ese momento Ian decidiese confesarle que era él quien, mágicamente, atascaba su puerta para que no lo pillase usando la varita, Alex era capaz de matarlo y enterrarlo en el jardín de la señora Ford. Por suerte para la integridad física de Ian la única magia que conocía Alexandra era la del Magia Borras.

Se levantó para dejar la cajita en su sitio y abrir la ventana, sin olvidarse de coger un cenicero. Cuando se lo encendió le dio una gran calada que echó poco a poco por la boca, probablemente todo era cosa de su cabeza pero fue notar el humo en su interior y empezó a relajarse.

En realidad todo esto es culpa tuya, ¿sabes? —lo acusó. — ¿A quién se le ocurre ir al gimnasio un domingo por la mañana? Si hubieses estado aquí podrías haberme dado la razón —finalizó dejándose caer de nuevo en el sofá.


Atuendo.
Alexandra L. Dyer
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Ian Howells el Miér Mayo 29, 2019 2:49 am

—Oye, espera, eso es feo. —Le apuntó con el dedo índice, observándola con la ‘severidad’ que un profesor apuntaría a uno de sus niños de preescolar. —Hay personas a las que les gusta esa barriga cervecera, ¿sabes? Hay chicas a las que le parece SEXY. Seguro que hay streapers así para cumplir con los deseos de todas las mujeres del mundo. Yo pensé que a ti te iban ese tipo de hombres y por eso siempre me hacías miradas vacías a mí. —Puso un mohín triste, como sintiendo indignado.

Siguió a su compañera con la mirada, para entonces dejar sobre la barra la botella de agua cerrada y salir de la cocina hasta donde se encontraba Alexandra, en el salón. Había cogido previamente la cerveza del perdón, para dársela al llegar hasta allí. Ella se había sentado en el sillón, liándose un peta mientras hablaba con indignación sobre el tema. Mientras tanto Ian, que prestaba atención a todo lo que decía, se sentó en uno de los puff, con las piernas bien abiertas—no se le fuesen a estallar los huevos—y utilizando un posavaso que había sobre la mesa como abanico improvisado, pues estaba acalorado.

Ay, se hubiera descojonado en su cara al verla hablar así de ofendida de su maldita puerta ‘rota’ que le había dado tantos quebraderos de cabeza. Algún día, de verdad, le contaría la absoluta realidad de todo y se llevaría una colleja como recuerdo de este preciso momento.

—¿Tú? ¿Una loca? ¡Qué desfachatez! ¡Deberías denunciarlo tú a él antes de que él te denuncie a ti! —Se rió de Alexandra, divertidísimo. —Yo sé que no eres una loca, pero la historia, tal y como la cuentas, suena a loca, ¿lo sabes, verdad?

Volvió a seguir con la mirada a Alexandra hasta la ventana, echándole la típica y diaria mirada a su culo, ya que otra cosa no, pero su dichosa compañera de piso tenía probablemente el mejor culo que había visto en mucho tiempo. Era una mujer muy, muy sexy. Menos mal que era una mujer divertidísima e Ian, pese a que la considerase en el top de mujeres sexys que conocía, se había convertido también en una grandísima amiga con la que no querer cagarla estrepitosamente por contentar a su pene y su orgullo de macho. No, no, no. Eso no.

Sinceramente: ¿sabéis lo incómodo que sería que pasase algo CHUNGO entre ellos después de cualquier situación relativamente íntima? ¡No quería que el echase de esa casa! ¡Le encantaba esa casa!

Entonces el chico rió, sin moverse de donde estaba.

—En realidad los domingos no abren los gimnasios, lo sabes, ¿verdad? Me fui a propósito para que ese señor te dejase de loca y verte en tu modo Señora Ford. —Bufó, divertido. —Sí que he ido al gimnasio, pero porque había un entrenamiento de kickboxing, ¿te acuerdas que te dije que me iba a presentar a una competición? Era para entrenar, ya que es el próximo fin de semana. De todas maneras… dudo mucho que haberte dado la razón hubiese hecho que la puerta realmente estuviese rota, ¿eh? Si el señor dice que no está rota, a lo mejor no está rota y es que no sabes abrir puertas, ¿sabes?

Hubiera sido muy épico hacerle un confundus al tipo y hacer como si la hubiera arreglado perfectamente, solo para que Alexandra dejase de pensar que estaba rota. Lo peor de todo es que el hecho de que pensase que estaba rota era culpa de él, por ser un idiota que se olvida que encierra con magia a su compañera de piso para evitar que vea cosas que no debe de ver.

—Es broma, sé que a veces se te traba. —Eso, literalmente, era darle la razón como a los locos porque él sabía que en realidad no se trababa nunca, sino que él hacía magia potagia. —Pero como soy un buen compañero de piso, me comprometo a arreglártela. Verás, observa. —Se levantó del puff y caminó por el pasillo, quedando en frente de la puerta. —¿Estás mirando, Alex? ¡Mírame! —Le instó, girando la cabeza para comprobar que su compañera estaba mirando. Entonces Ian volvió a mirar a la puerta e hizo una especie de llave de jujitso inventada, para añadir: —¡Salaaaam malecuuuummmm, puertaaaaa dummmmm! —Y tras hacer movimientos casi de contorsionismos totalmente ridículos, le dio un golpe con el puño a la puerta. —¡Lista! Arreglada. No sé si lo sabías, Alex, pero yo soy mago. No hay nada que yo no pueda resolver. Verás como a partir de ahora no se te vuelve a joder la puerta. —Y, evidentemente, todo eso lo estaba diciendo con una sonrisa de lo más amplia, casi que parecía que todo lo que estaba diciendo era de puta coña. ¿Cómo no iba a parecerlo? Ian, sin embargo, siempre era un payaso con Alexandra. —¿Te has quedado con la movida? Si por algún casual se vuelve a romper, haz lo que yo he hecho. Es cuestión de insistir. —Y se rió ampliamente, volviendo al salón.
Ian Howells
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Ian HowellsMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Vie Jun 07, 2019 9:21 pm

La mirada de Alex reflejaba un claro “pero qué me estás contando” durante todo el discursito que Ian le dio sobre el físico de la gente. Que sí, que había sido un golpe bajo, pero vamos que no se arrepentía, ese tipo se lo había ganado a pulso y suerte tuvo que se fue antes de que empezase a hablar de la notoria calva que tenía.

Ian todavía debía de tener la sangre bombeando en los músculos, porque claramente en el cerebro no estaba. ¿Que no se había fijado en él porque no tenía barriga cervecera?

Pero vamos a ver, Ian, ¿cuando me has visto tú a mí con un tío con barriga cervecera? —cuestionó enarcando una ceja. Realmente el único hombre al que se había llevado a casa era a Dave, un buen amigo que trabajaba con ella en la discoteca, y al que se tiraba casi desde que lo había conocido, cuatro años atrás. Y lo llevaba a casa porque, más allá de que se acostasen juntos, eran amigos ante todo. Alex prefería ir ella a casa del tío en cuestión para poder huir cuando le diese la gana, no era de las que se quedaban a pasar la noche.— Si te hago miradas vacías, como tú dices, es porque eres un poquito joven para mí. Ya sabes lo que dicen: quien con niños se acuesta, mojado se levanta —bromeó con la intención de picarlo un poco.

No es que Ian no le pareciese un chico atractivo, de hecho encajaba perfectamente en el tipo de hombres en los que ella solía fijarse, y de no haber sido su compañero de piso se lo habría tirado encantada de la vida, pero la realidad es que lo era y también era su amigo, así que no quería cagarla con él.

Ian, que no tengo el kiwi para macedonias, así que deja de reirte de mi, idiota —se quejó mirándolo con los ojos entrecerrados.— Y mi historia no suena a loca para nada. Bueno, quizá un poco —reconoció con una pequeña risa. Maldito fuera Ian Howells, si la hacía reír no podía aparentar estar molesta con él.

Cuando abrió la ventana una suave brisita la mar de agradable entró por ella, haciendo que la rubia se quedase allí unos momentos, ignorando el repaso que su compañero le estaba dando su trasero. Al volver a sentarse en el sillón lo hizo mirando en dirección al puff en el que estaba esclafado Ian, para poder verlo sin tener que girarse, y se abrió la cerveza que le había llevado antes y así, con un peta en una mano y una cerveza fresquita en la otra, la vida se veía de otra manera.

Le sacó el dedo del medio como toda respuesta cuando la vaciló antes de explicarle que la competición de kickboxing era la semana siguiente y había ido a entrenar. Ahora que lo mencionaba si que recordaba que le había comentado algo al respecto.

Oye, ¿y puedo ir a verte? —le preguntó refiriéndose a la competición de la que le estaba hablando.— Me encantaría ver como te parten la cara —y se echó a reír antes de que Ian volviese a vacilarla. PERO BUENO. Que no sabía abrir puertas decía. La madre que lo parió.— ¿Pero tú eres tonto? No, no respondas. Ya me sé la respuesta.

El caso es que no sabía de qué se extrañaba, el Ian todo modosito que había conocido en la entrevista para el piso había desaparecido en cuanto habían cogido un poco de confianza, revelando que en realidad era un tanto payaso, y esa era una de las claves de que se llevasen tan bien, porque ella también era una payasa.

Y por eso debió haberlo visto venir cuando le dijo que él arreglaría la puerta, pero Alex, en toda su inocencia, de verdad pensó que lo decía en serio, que Ian tenía habilidades de manitas que ella desconocía. Pero qué ingenua podía llegar a ser a veces, parecía mentira. Su cara pasó de ilusión a desilusión en apenas un segundo, lo que tardó Ian en ponerse en pie e ir hacía su puerta y empezar a hacer el retrasado.

Si no lo mataba y se lo daba de comer a Oscar era porque quería muchísimo a Persie y no quería dejarlo sin padre, por más que su padre fuera un completo idiota que no paraba de meterse con ella.

Mientras Ian volvía al salón entre risas, Alex contó hasta cinco, le dio un calo al porro y contó hasta diez.

Si que debes de ser mago, si —respondió con su mejor cara de póker, cuando en realidad lo que quería hacer era darle tal colleja que lo tuviese dando vueltas durante una semana.— Vamos, de otro modo no me explico cómo coño sobreviviste a la infancia siendo tan tarado. Tuvo que ser cosa de magia.

Oscar, que había estado todo el rato durmiendo en su cuarto, salió entonces dando ladridos y yendo a sentarse en el sillón con ella. El golpe en la puerta que había dado Ian debía de haberlo despertado, y como el perro doméstico y perezoso que era fue de la cama al sillón, como todo un marqués. El marqués de la salchicha.

Oscar, bonito, la próxima vez que Ian te saque a pasear quiero que le hagas caca en un zapato —le dijo mientras le rascaba la cabecita y el perro se tumbaba encima de sus piernas cuan largo era, para recibir más mimos de su dueña.— Oye, ahora que lo pienso, la puerta empezó a trabarse al poco de que llegases tú. Antes nunca había dado problemas —y se quedó unos momentos pensando en ello.— Si no supiese que no hay forma de que atranques la puerta desde fuera pensaría que lo haces a propósito para reírte de mí.

Suspiró, harta del tema de la dichosa puerta.

¿Quieres? —le preguntó ofreciéndole el peta que con tanto mimo se había preparado.— No te lo mereces, pero para que veas que no soy rencorosa —dijo como si estuviese muy orgullosa de sí misma ante tal gesto de madurez.— O tal vez quiero hacerte creer que no estoy enfadada para que te confíes y así poder raparte el pelo al 0 mientras duermes —bromeó. Era evidente que no estaba enfadada, Ian era un payaso pero tenía la habilidad de hacerse de querer siendo así tal cual era, lo que resultaba ser una putada porque era imposible enfadarse con él de verdad por más tonterías que hiciera.— Estarías muy guapo todo calvito, como una bola de billar. Quizá así dejaría de hacerte miradas vacías —rescató el comentario que le había hecho antes y que le había causado tanta gracia.— No, en serio, ¿quieres? Nada mejor que un porrito para abrir el apetito antes de comer —y eso era una verdad como el Big Ben de grande.
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Ian Howells el Miér Jun 12, 2019 11:38 pm

—Me haces demasiadas preguntas. —Y esa fue su respuesta a verlo con tíos de barriga cervecera, para luego ofenderse por lo que decía de las miradas vacías y esa frase hecha que, supuestamente, se decía con respecto a acostarse con personas más jóvenes. —Tía, eso no pega. Te lo has inventado. Deja de inventarte frases hechas para negar tu evidente atracción por mí. Entiendo que no quieras acostarte conmigo: somos compañeros de piso, sería incómodo si luego resultas ser una tía rara en la cama...

Le echó la culpa a ella, pues evidentemente él no tenía problemas con nada. Que en verdad sí, pero dar la imagen de lo contrario era lo que ahora mismo le hacía gracia.

—A mí es que siempre he tenido predilección por las que son mayores que yo. No te importa que te mire el culo, ¿verdad? Yo sé que te paseas en braguitas para que yo te mire el culo. —Y sonrió. —Te prometo que lo miro con respecto.

Que su historia no sonaba a loca para nada, decía... Se notaba que no estaba familiarizada con la magia, porque desde la perspectiva de Ian, cualquiera diría que Alexandra se había contagiado del alma quejica de una anciana cuyo entendimiento se queda muy corto con las cosas básicas de la vida como abrir una simple puerta. Que ojo, Ian sabía el por qué de que no funcionase, pero aún así no dejaba de ser gracioso la manera de reaccionar de su amiga.

Le contó entonces lo de su exhibición/competición de kickboxing, diciendo que quería ir a ver como le partían la cara. Ian se ofendió, llevándose la mano al pecho.

—No sabes con quién estás hablando, señorita. No sé si lo sabes, pero entrenaba mucho antes, se me da muy bien. De hecho me he apuntado porque espero ganar, no me gusta apuntarme si sé que voy a perder. No llevo bien eso de perder —confesó con sinceridad, sonriendo.  

Fue entonces cuando hizo, como él quería bautizarlo: 'El Baile del Click de la Puerta', tan ridículo como innecesario, en el cual la puerta se desbloqueaba cuando, mágicamente, se cerraba sin motivo. Cuando volvió al salón, la cara de Alexandra fue un poema y no le sorprendió que le llamase tonto. Ian es que era muy tonto cuando quería.

—Pues fíjate, de pequeño tuve una niñera especial para mí que evitaba que me tirase de la cama de cabeza, pero yo creo que en alguna ocasión me escapé de sus intentos de mantenerme a salvo. También hacía que me pusiera los pantalones antes de salir al jardín a jugar, pues tenía la manía de ir con la picha al aire. ¿Te he dicho ya que vengo de una familia condenadamente rica, verdad? Yo creo que mi niñera no estaba bien pagada. —Y no lo estaba: ¿quién cojones paga a un elfo doméstico? Lo mejor de todo es que en casa de los Howells se trataba muy bien a esas criaturas, por lo que Poppy, su elfina, era muy feliz.

Rió cuando le ordenó a Oscar hacerle caca en el zapato a Ian, acercándose entonces a su lado y encogiéndose de hombros como queriendo decirle: 'qué cosas, ¿eh? que se te trabe la puerta desde que estoy yo...' La verdad es que Ian era un poco capullo y si bien no hacía eso para reírse de ella—exclusivamente—sí que lo hacía por una buena razón. No quería que le diese un infarto cuando de repente viese a todos los electrodomésticos de la cocina levitando mientras se limpian ellos solos. Un infarto de felicidad, claro, ¿sabéis lo feliz que sería Alexandra si supiera que eso es posible, con lo que odia limpiar la dichosa tostadora?

Se acercó entonces a la ventana, junto a ella, para alejarse de un salto cuando se metió CON SU PELO.

—Tía, no te pases, ¿eh? Mi pelo es sagrado. Los dos sabemos que envidias mi pelo castaño claro, tan suave y perfecto, pero como me rapes al cero, te encierro en tu habitación con mi magia superpoderosa y espero a que te pudras, ¿eh? —Y aceptó al final el porro, echándole una calada. —Prefiero que me mires con ojos vacíos toda tu vida a que me rapes. ¿No te he dicho que me he caído de pequeño de cabeza contra el suelo? Tengo que tener la cabeza llena de huevos.

Volvió a echarle otra calada al porro y soltó el humo por la boca y la nariz, pasándoselo de nuevo a ella.

—¿Te he contado que mi madre es Cassidy Grey? —Dijo entonces, con el ceño fruncido.

Cassidy Grey era una actriz muy famosa en el mundo muggle, sobre todo por sus películas de comedia y romance. Se había hecho famosa por su gran carisma, además de ser una mujer con un acento terrible en inglés.
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Ian HowellsMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Miér Jun 26, 2019 7:06 pm

Alex miró a Ian con cara de entender absolutamente nada, ¿cómo que le hacía demasiadas preguntas? ¡Pero si solo le había hecho una! Porque… ¿solo le había hecho una, verdad? Sí, sí, estaba segura, pero esa conversación de besugos la estaba haciendo dudar hasta de sí misma. Ella muchas veces decía que su vida era un blonde moment, pero Ian parecía un rubio atrapado en el cuerpo de un castaño.

Yo no me he inventado ninguna frase hecha, ya existía —contestó como si estuviese respondiendo cuanto era dos más dos.— Relaja la fresa, princesa —dijo con una risa cuando vio que su intento de picarlo parecía funcionar.— Creo que eres muy mono, anda, no te enfades —bromeó haciéndole una carantoña, como si fuera un niño pequeño que estaba teniendo una pataleta.

Lejos de ofenderse o enfadarse, Alex se tomó todo aquel asunto de su culo bastante bien.

Me ofendería si no lo mirases. Trabajo muy duro para tener el culo que tengo, gracias por apreciarlo —comentó divertida. Pero es que estaba realmente orgullosa de su culo, estaba mal que ella lo dijera, pero era casi perfecto.

Quizá se había ofuscado un poquito de más con el tema de la puerta. QUIZÁ. Pero es que la actitud del técnico no había ayudado nada, y ella que era muy sentida no había podido evitar saltar de la manera que lo había hecho. En fin, pelillos a la mar. Lo mejor sería no seguir dándole vueltas al tema, aunque Ian no iba a dejarlo ir tan fácilmente.

Bueno, pero alguna torta recibirás, ¿no? Aunque sea pequeñita —continuó con una pequeña sonrisilla traviesa. Ojo, que en el fondo ella no quería que pegaran a Ian y encima verlo, seguro que lo pasaba fatal, pero meterse con Ian era gratis.

No hay que mentir, la cara de Alexandra debía ser de alpargata mientras veía como Ian hacía el idiota riéndose de ella y de su drama con la puerta. Justo cuando ella pensaba que podría pasar página. De verdad que aquello no estaba pagado, bueno técnicamente sí lo estaba, Ian le pagaba la mitad del alquiler y los gastos, pero no era en eso en lo que estaba pensando Alex.

Menuda santa —opinó refiriéndose a su niñera. Puso los ojos en blanco cuando le dijo que venía de una familia condenadamente rica, de hecho todavía recordaba cuando Ian en la entrevista había usado el término desheredar y Alex pensó que solamente era una manera de hablar. Pero no. Había gente que nacía con un pan debajo del brazo, como Ian. Es decir, que ella no se podía quejar, los Dyer tenían un buen nivel adquisitivo, no tanto como para usar las palabras condenadamente ricos, pero infinitamente mejor que sus años en el orfanato.— Seguro que a la pobre mujer le salieron canas mientras te cuidaba.

Le encantaba cuando Oscar se le sentaba encima, porque era como una mantita que le daba calor y mimos. No es que tuviese una obsesión con su perro, pero tenía la galería de su Iphone preocupantemente llena de fotos y vídeos de Oscar siendo adorable. Es que era tan bonito y alargado que se le caía la baba al verlo. Ojalá le hiciese caso en alguna de sus órdenes, como la que le acababa de dar de hacerle caca en el zapato a Ian, y entonces ya sería el perro perfecto.

Miró a Ian con una sonrisa mientras amenazaba con raparlo al cero, la verdad es que Ian tenía un pelazo y sería un delito raparlo a traición, pero  en cuanto vio cómo se ponía con el tema siguió un poquito más, vengándose por el numerito del baile de la puerta.

La rubia alargó la mano, tocándole el pelo al castaño, como si se lo estuviera acariciando y puso cara pensativa mientras lo hacía.

Pero yo creo que es cuestión de tiempo eh —comentó quitando su mano del pelo de Ian.— Solo estás alargando lo inevitable —y se rió, divertida, mientras le pasaba el peta a Ian, para que se le pasase el susto que acababa de darle.— Sabes que es broma, tienes pelazo. Sería mejor si fuera rubio, porque dominaremos el mundo, pero puedes ser mi lacayo castaño.

Miró con gracia a Ian, que le estaba dando una última calada al porro antes de volver a pasárselo. Mientras ella lo cogía de vuelta con una mano y se llevaba la cerveza a los labios con la otra, dándole un buen trago antes de que se pusiera caliente y se convirtiese en pis de gato.

¿Te he contado que mi madre es Cassidy Grey?

Y entonces...:

Carta de libertad || Alexandra. [FB] Tenor

Pero qué coño… ¡IAN! —le reprochó con voz ronca después de haber estado tosiendo como cinco minutos. No sabía exactamente qué le estaba reprochando, si que no se lo hubiera contado, si que casi la hubiera matado por soltárselo así, sí que había vuelto a beber del brick de la leche directamente… No lo sabía.— O sea, ¿qué? Me estás tomando el pelo. Tienes que estar tomándome el pelo. Más te vale que me estés tomando el pelo —amenazó señalándolo con el dedo índice.— Tengo casi todas sus películas en mi lista de Netflix, ¿y a ti no se te ha ocurrido decírmelo hasta ahora? Pero de qué vas, eh, ¿¡de qué vas!? —¿pero qué despropósito era aquel? Vivía con el hijo de una actriz famosa, es más, le había limpiado el culo a su nieto, y ella sin saberlo. PERO QUÉ ESTABA PASANDO.— Tú conoces a Louise, ¿por qué yo no conozco a tu madre? —en defensa de Ian a Louise le encantaba pasarse por casa de su hija a ver cómo estaba y compartir unas copas de vino, así que no es como si ella hubiese querido presentarle a su madre, simplemente era algo que había pasado.— Esto es alta traición, te condeno a limpiar la cocina dos semanas seguidas —entonces Oscar ladró, como si no estuviese conforme con la condena de Ian.— Tú a callar, no tienes voto en esto.

Que fuerte. O sea, QUÉ PUTO FUERTE.

Vale, eres el mismo Ian que ha hecho un baile ridículo para arreglar una puerta. Quiero pruebas.
Alexandra L. Dyer
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Ian Howells el Lun Jul 01, 2019 2:07 am

—Pues no te preocupes que siempre tendrás aquí a un admirador de tu culo perfecto. Siempre puedes venir a enseñarme los progresos de tu culo, que los observaré con sabiduría y conocimiento. —Se puso falsamente serio, como si estuviesen hablando de otra cosa muy diferente a un culo.

En verdad le hacía ilusión que alguien fuese a verlo a esa competición de kickboxing y más si era una tía tope sexy que le abrazaría cuando ganase. Sería la envidia de todos como apareciese con la sexy de Alexandra allí y encima ganase cual campeón.

—Bueno, quizás alguna chiquitita sí. Hay buen nivel, aunque evidentemente yo soy mejor. —Y se encogió de hombros como si no pudiera hacer nada para evitar lo grandioso que era en todos los aspectos de su vida.

A ver, decir que Ian había nacido con un pan debajo del brazo era… ser demasiado cutre. Él había nacido con una buena pata de jamón, con un solomillo y con una piscina bajo el brazo, y un ferrari bajo los huevos. Sin embargo, siendo totalmente sinceros, pese a ser muy ricos, los Howells siempre habían sido una familia muy modesta. La economía del hogar siempre la llevó el padre Henry, un escritor que no era para nada capitalista y siempre utilizaba lo justo y necesario. De hecho, los mellizos no tenían ni idea del capital exacto de la familia, pero ambos intuían que por lo que ganaban los padres por sus trabajos y los negocios, debía de ser una suma muy grande, por lo que la herencia iba a ser catastróficamente enorme.

De hecho, pese a que la casa de Ian era una mansión bastante chula, no era en absoluto como las que tienen por ahí las familias puristas más ricas. No porque no puedan, sino porque no la quieren.

—En verdad mi niñera era calva —le dijo divertido, con total sinceridad.

Poppy era una jodida elfa doméstica: ¡claro que era calva! ¿Os imagináis a un elfo doméstico con pelo? ¡Iughhh! Parecería una rata.

Entonces soltó lo de su madre de manera totalmente arbitraria porque… yo que sé, le vino a la cabeza. Nunca solía alardear de esas cosas porque para él su madre era… SU MADRE Y PUNTO. Eso de que fuera una actriz de éxito, millones de personas se partiesen con sus películas y fuese encantadora a través de la televisión a él no le importaba. Él solo conocía a su mami, la señora que se enfada y saca la chancla mientras te grita cada vez con mayor agudeza para atacar también a tu capacidad auditiva.

Ver escupir a Alex la cerveza no tuvo precio, de hecho, se descojonó allí mismo pues no se esperaba que tuviera esa reacción. ¿Estaba ante una fan de Cassidy Grey y no se había dado cuenta hasta ahora?

—¡Te lo juro, es mi madre! —Seguía riendo sin poder evitarlo, retrocediendo un par de pasos porque por un momento esa amenaza parecía que venía acompañada de la promesa de tirarle la cerveza a la cabeza y ocasionar más huevos. —¡Y yo qué sé qué películas tienes, yo tengo mi propio Netflix!

Y siguió riendo al ver que hasta Oscar se metió en aquella conversación que de repente había cogido un rumbo muy distinto. En verdad su pregunta tenía una respuesta fácil: la casa en la que vivía Ian le daría urticaria a su pobre madre, por no hablar de que no apoyaba el hecho de que viviese con una muggle por lo que eso podía decir al mundo, así como el riesgo del secreto de la magia, obviamente. Ahora mismo Londres estaba muy jodido en cuestiones políticas y Cassidy se preocupaba por el desastre de su hijo.

—Espera. —Cuando le pidió pruebas fue hasta su habitación para coger el móvil que ni se había llevado, para salir de nuevo tras desbloquearlo. Entró a la galería y buscó una foto decente de su madre junto a Perseo. Había millones de fotos de Cassidy con su nieto, pero en el móvil de Cassidy, evidentemente. Él tenía las mejores, las que pasaba por el grupo de WhatsApp de la familia. Se la mostró a Alexandra entonces. —¿Ves? Prueba irrefutable. Mi hijo y mi madre. —Y sonrió.

Siempre había tenido una relación con su madre de puros desastres, gritos y diferencias, pero Ian se sentía muy feliz de ver a su madre tan feliz con su nieto. Sentía que al fin había hecho algo que la había hecho feliz.

También era sabido que Cassidy Grey era de ascendencia latinoamericana y... sí, Ian tenía familiares allí, pero evidentemente ni los conocía. Desde que se casó con Henry apenas habían viajado allí. Y era una locura cada vez que esos familiares venían a Londres... todos estaban tan locos como su madre.

—No viene aquí porque ya sabes que desde un principio no estaba contenta con mi decisión, así que es un poco por orgullo… —Admitió, pues tenía parte de mentira y parte de verdad. —Además de que como a Perseo sólo lo tengo a veces, casi que mejor que me paso yo por casa para que lo vean. Aunque ahora al menos entiendes uno de los motivos por el cual mi familia es rica. —Y rió, encogiéndose de hombros. Si Alexandra pasaba de imágenes, podría encontrar montón de fotos de Perseo, de Perseo con Stella, de Perseo con Laith, de Perseo durmiendo, de Perseo haciendo caca él solito en un mini-váter (¡al fin!), de Perseo con un moco y… todas las variantes de Perseo. —Un día intento convencerla de que venga para que la conozcas. Si te portas bien, claro…

Y eso último lo dijo con retintín, mirándola de reojo antes de volver a mirar por la ventana.
Ian Howells
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