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A mi yo de ayer. || Kenneth [Flashback]

Danielle J. Maxwell el Vie Nov 23, 2018 11:41 pm

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Hogwarts, flashbacks || Kenneth J. Hurley & Danielle J. Maxwell || [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

2 de septiembre del 2010, 11 años.
Los pasillos de Hogwarts.

Corría y seguía corriendo. No huía de nadie, pero llegaba tarde a clase de Transformaciones con la profesora McGonagall, ¿sabes lo que eso quería decir? ¡Yo tampoco, pero me había dado mucho miedo en la ceremonia de inicio como para llegar tarde en su primer día! Me había equivocado de piso, luego me equivoqué de asignatura, luego me di cuenta de que me había dejado la varita en el cuarto… algo normal teniendo en cuenta que es la primera vez que dependo de un palito de madera y… un desastre. Había sido un profundo desastre. Lo peor de todo es que le pregunté a mi compañera, Dorcas, pero ella también estaba tan perdida como yo y cometí la desfachatez de separarme de ella. ¡Al menos si la hubiésemos cagado juntas y llegado tarde juntas, no me vendría a mí toda la bronca!

Una cosa hay que tener clara: yo nunca había sido ni sería una buena estudiante. El único problema que me daba llegar tarde a clase de Transformaciones era porque era MI PRIMERA clase de Transformaciones. Y claro, los primeros días ya me habían metido el miedo suficiente con los puntos de las casas y las responsabilidades, ¡y yo todavía no me conocía Hogwarts! Pero bueno, quizás así McGonagall ya me vaya conociendo para cuando se me peguen las sábanas. O quizás fuese benevolente teniendo en cuenta que era mi primera vez y está claro que la orientación no es lo mío.

Al final opté por preguntarle a una buena samaritana que caminaba por los pasillos, diciéndome que estaba como tres pisos por encima del Aula de Transformaciones. Tras agradecerle sus buenos servicios a esta cabeza loca, me limité a bajar las escaleras rápidamente para ver si aún la profesora me iba a dejar entrar en la clase. Sin embargo, ahí están: mis futuros némesis, las serpientes. Seré sincera: yo entré a Hogwarts sin ningún tipo de prejuicios y de hecho me gusta mucho el color verde, así que la casa de Slytherin era mi segunda favorita desde mi más profunda ignorancia, aunque las serpientes en sí me diesen repelús. Sin embargo, todas las personas de esa casa se encargaron, año tras año, de demostrarme que era la casa más despreciable de todas.

Un dúo de tercer curso de Slytherin se encontraba subiendo por las escaleras y, al verme, más hiperactiva que un gallo por la mañana, con claras intenciones de que llegaba tarde, no dudaron en frustrar mis intentos de evitar la pérdida de puntos. Con un hechizo INVISIBLE—yo, que por aquel entonces pensaba que todos tenían colores o algo que me alertaban—me hicieron un traspié en el último escalón de la escalera y pese a que intenté no caerme, mis pasos flaquearon y caí hacia adelante, raspándome las rodillas. También se cayeron mis libros de segunda mano y mi varita.

¡Mira, un nueva tejoncita tan perdida!

Oh, vamos, mírala —dijo la chica. —Todo de segunda mano. Seguro que la varita también la heredó de sus abuelos muertos.

Y claro, yo solo tenía once años. Nunca nadie se había metido conmigo, así que como es evidente, me tomé todo eso muy personal y me influyó bastante. Así que me puse en pie, intentando en un principio evitar el conflicto.

Llego tarde a clase de Transformaciones… —informé, agachándome para coger mi varita. La chica, sin embargo, la pateó hacia un lado, alejándola de mí.

Vamos, cógela, aún está en el suelo.

Y yo, idiota, perseguí la varita hacia donde había ido para cogerla del suelo. Ahora fue el chico, quién con otro hechizo INVISIBLE, la movió por el aire hasta llevarla a la mano de su amiga. Yo me sentía como la del centro del juego del bobo.

¿Sabes que es peor que llegar tarde a una clase con McGonagall, tejoncita? Llegar tarde y encima sin varita. Teniendo en cuenta el día que es, Hufflepuff este año va a empezar con contador negativo por tu culpa… —Y, con una sonrisa ladina por su propio chiste, miró a su amigo. Éste hechizó mi varita con la suya y salió disparada hacia arriba, perdiéndose en los pisos superiores, a saber dónde.

Entre risas y mi cara de patata mustia—porque yo no podía tener otra cara en ese momento, pues nada me parecía divertido—, apareció otro ser perdido con la vida, con la misma túnica que yo. A decir verdad soy malísima con las caras, más todavía con el estrés de estar en mi primer internado mágico, por lo que no reconocí que aquel chico era de mi misma quinta y ayer había sido enviado a Hufflepuff, como yo.

¡Oh, mira! ¡Otro tejón extraviado! —exclamó al chica. —¿Sois amigos? Porque creo que nos vamos a asegurar de que Hufflepuff se quede muy abajo. Tan real como la vida misma. —Y se rieron entre ellos, pues como es evidente la casa de Helga Hufflepuff nunca tuvo muy buenas críticas.

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¡Úsalos a gusto, me los he inventado para este rol expresamente! ^^
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Kenneth Hurley el Sáb Nov 24, 2018 3:33 pm

Doblar en la esquina y...Miré a los lados para comprobar que nadie había visto la cara de susto que hice al comprobar que no era el sitio al que me dirigía. Un par de chicos más altos que yo pasaron a mi lado e intenté hacerme el interesante recargándome en la pared y cruzándome de brazos. ¡Claro! Porque un crío de once años como yo debía ser la mar de interesante. Ya me lo había advertido mi padre y lo había escuchado del sujeto con cara de tabla que nos había hablado sobre las responsabilidades que habíamos adquirido. ¿Cómo debería concentrarme en escuchar todo si un montón de olores a comida cubrían mi sentido del olfato olvidándome que también pensaba?

Debí ir con el chico que durmió en la misma habitación que yo, y debí haber preguntado su nombre. ¿Lo hice? Olvidé por completo tantas cosas, tenía que comenzar a prestar atención o seguro mis días estarían contados. Nadie querría a un estudiante que olvida como llegar al salón. ¡Y tenía que llegar a mi primer clase de transformaciones! Ni siquiera sabía de que iba y ya estaba emocionado.

El tiempo seguía avanzando al mismo tiempo que seguía haciendo el tonto por los pasillos por no querer preguntar. Mi sentido del olfato me ayudaba pero me estaba jugando una mala pasada al llevarme al comedor. Dirección que no tomaría porque me sentía a reventar, desayuné como si jamás hubiese probado bocado mientras mis compañeros no dejaban de verme como embobados. Seguro no habrían visto a nadie con tremendo apetito como el mío. En fin, debería concentrarme y no pensar en lo que sucedió en la mañana. Rogué a mi mente para que no volviera a dispersarse. Dispersarse era una palabra que aprendí a mi madre una vez que me estaba regañando por no prestar atención...

Auch... — Grité cuando algo golpeó mi cabeza. Vi mariposas de gratis durante un rato. Después de mover la cabeza para intentar regresar a la normalidad, dentro de lo que cabía ser normal para mí por supuesto, miré una varita en el suelo. Se supone que teníamos que cuidarlas como si fuera parta de nosotros, ¿quién habría sido tan poco listo para dejarla ahí? O...¿fue eso lo que me golpeó? Ya me escucharía quien lo haya hecho. No se andaba por ahí golpeando a la gente así, sin más.

Intenté seguir el rastro, el cual me era extrañamente familiar. Corrí con todo lo que pude esperando que mis piernas no me fallaran en el camino y terminara de bruces. Un olor llegó a mi nariz y me hizo seguir el camino que creí correcto, unas siluetas aparecieron frente a mí más no parecían las que querría ver.  

Ah...yo no estoy perdido — Respondí con el orgullo en alto. Nadie debería saber lo fácil que era que me perdiera, mucho menos esos chicos que no parecían ser buenas personas. Miré a la chica, me parecía tan conocida — Y ella no es mi amiga — Solté de pronto sin saber por qué. Miré a la del uniforme verde por lo bajo, no me gustaba el tono que utilizaba.

El niño es bravo — Se rió de mí aquél tipo acercándose de manera amenazadora. Como en tantos documentales había visto hacer a los leones con algunas presas. Hice para atrás mis manos y escondí lo mejor que pude la varita dentro de mis mangas. El instinto de supervivencia me decía que me fuera corriendo de ahí — No hace falta que hagamos nada, Howells, parece que estos lo están haciendo de mil maravillas — No tenía ni idea de que hablaban, o no quise entenderlo ya que el sujeto alzó su varita apuntándola a mí.

Cerré los ojos con fuerza y apreté la varita, esa que no era mía, con tanta fuerza que seguro se me marcaba en la mano y le apunté. ¡Puedo jurar a Lord Vader que yo no quería hacerle daño! Sólo quería asegurarme que el Slytherin sabría que me defendería, aunque mi defensa siempre había sido irme corriendo evitando las peleas físicas. O mágicas, como en ese caso. Pero entonces la varita reaccionó a mi miedo y terminé mandándolo lejos. No puedo ni siquiera explicar los ojos de muerte que me dedicó cuando se levantó mientras su compañera soltaba una carcajada.

No me digas que vas a dejar que un mocoso te haga eso, Char — Lo dijo en un tono que estaba seguro era de provocación. Me hice para atrás y solté la varita hacia la niña que aún no terminaba por reconocer. ¡MIERDA! Era la primera vez que maldecía.
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Danielle J. Maxwell el Dom Nov 25, 2018 4:54 am

¿Sabéis esas personas maduras en Hogwarts que se alegran de que los nuevos lleguen a Hogwarts y le parecen entrañables los niños de once años? Yo tampoco, porque no existen. Todos eran unos capullos sin escrúpulos que se divertían viendo como los pequeños se metían en desgracias, en vez de sacarlos del pozo. Y a veces la vida era tan cruel, que ni los niños de once años se apoyaban entre sí. La verdad es que yo a esa edad era un muy inocente y, por tanto, tomarse las cosas de manera personal—por no saber relativizar las cosas—era muy fácil. Es por eso que cuando aquel niño apareció y declaró con tanta facilidad que no era mi amigo para evitar meterse en líos con aquellas serpientes, hizo que me doliese de lleno en el corazón. Era un Hufflepuff, como yo, ¿no debería de ser mi amigo? Yo pensaba que los Hufflepuff ya eran amigos entre sí sólo por ser Hufflepuff. Menudo ejemplo a Hufflepuff estábamos dando en aquel momento. ¡Bueno, él, que decía que no era mi amigo! ¡No sabía cómo se llamaba, vale, pero éramos Hufflepuff! ¡Creía que era norma de la casa que todos los Hufflepuff se apoyasen entre sí, ¿no se supone que éramos leales y esas cosas?! ¡Memeces!

Lo miré de arriba abajo, declarando nuestra no-amistad para la posteridad. Eso, amigos, se llamaba rencor de niña de once años ofendida y que no entendía la finalidad de la casa de los tejones.

Sin embargo, pese a que el Slytherin parecía querer dejar todo en aquella situación aunque nos tachase de inútiles, mi no-amigo de Hufflepuff decidió atacarle con… ¿esa era mi varita extraviada? ¿Cómo narices…? Y claro, de repente se formó el caos. El Slytherin salió volando mágicamente de manera super épica como si hubiese sido empujado por La Fuerza—yo, aún acostumbrándome a esas cosas—mientras mi no-amigo tiraba mi varita delante de mí y retrocedía con cara de pánico. Yo cogí mi varita del suelo y la muchacha, después de meter leña, me apuntó con la suya.

¡Suéltala! —Me gritó.

Y yo la dejé caer otra vez, asustada.

¡Es mi segundo día, tía, no sé hacer nada con la dichosa varita! —Le grité yo a ella, estresada con la vida, sintiendo que eso me salía del alma. ¡Cuánto estrés de repente! ¿Qué se esperaba, que agitase la varita y saliese un ‘un algo’ de ahí? ¡Yo no sabía hacer eso! Realmente ahora mi eficacia con la magia era similar a la de una ameba. Que esos Slytherin se estuviesen metiendo conmigo era como si se estuviesen metiendo con un ladrillo. La cantidad de amenaza que yo presentaba era negativa.

Así que desde que vi que el chico Slytherin se recomponía y miraba a mi no-amigo con rencor, yo hice mi movimiento maestro. Me agaché, cogí mis dos libros con una mano, mi varita con la otra y… salí corriendo. Hacía dónde, te preguntarás, teniendo en cuenta que no sabía nada de esta vida, ni mucho menos de ese colegio. Pues no sé, yo sólo sé que salí corriendo porque mi sentido más humano me estaba alertando de que aquel lugar era propenso al peligro. Sin embargo, como es bien evidente y yo en aquel momento no conocía el juego sucio de los Slytherin, yo salí corriendo en dirección opuesta a mi no-amigo, en línea recta. Uno pensaría que era lógico hacer zig-zag o esconderse detrás de cosas para que los hechizos no lleguen a ti, pero no fue mi caso. Una cuerda mágica me sujetó el tobillo y tiró de mí. Otra cosa no tendré en mi vida, pero equilibrio sí. Con esa pierna en alto y a la pata coja, comencé a dar saltitos hacia atrás, hasta que la fuerza superó mi velocidad y caí de culo al suelo. La chica se me acercó, mirándome de pie.

Tú, quieta, ¿qué ibas, a chivarte? ¿Sabes lo que le hacemos a los chivatos, verdad? —Me preguntó la chica, pues el chico había ido corriendo detrás de mi no-amigo.

¿Córtarles la lengua? —pregunté, pensando en la mafia italiana en pleno Chicago, enfadados por un topo con la droga.

¡Pero bueno, de donde vienes, tía! ¿Quieres que nos expulsen y nos metan en Azkaban por mutilación a menores o qué te pasa? ¡Claro que no! —La verdad es que yo me quedaba más tranquila. Sería muy trágico perder la lengua en mi segundo día en Hogwarts. —Pero te vamos a dar de hostias y si te chivas otra vez, te damos más de hostias. Y así hasta que entiendas.

Ya he entendido.

Ella me miró por última vez y se fue para perseguir a su compañero, que a su vez seguía a mi no-amigo. Yo... pues ahí estaba, flipando en colores psicodélicos con lo que había pasado. Quería creer que era un hecho aislado, pero lo peor me estaba por venir.
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Kenneth Hurley el Lun Nov 26, 2018 1:31 am

Quería desaparecer. ¿Se podía? ¿Yo podría hacerlo? Ojalá tuviera otro golpe de suerte para desaparecer. No quería nada que ver con peleas y mucho menos si eran mágicas. Ya era terrible defendiéndome con los puños, ahora con la magia era lo peor de terrible. ¿Habría una palabra para describirlo? El grito de la chica me hizo saltar, nadie me había gritado en mi corta vida. Se sentía horrible. Era como exponerte delante de todos, aunque mi definición de todos en ese preciso momento se limitaba a tres personas que no conocía de nada. Mi único error había sido seguir el rastro de la varita que mi agudo sentido del olfato me indicó. Tal vez para la próxima debería pensarlo dos veces antes de caminar sin saber el rumbo.

Mi compañera tenía un punto, ni siquiera yo sabía que había sucedido. Por supuesto que si no supiera que soy un mago pensaría que soy parte de la orden jedi, aunque para ser francos yo preferiría convertirme en un sith. Sentí la mirada de esa chica como si quisiera matarme, ¿ahora qué? Alcé las manos acompañando a mis hombros mientras elevaba los ojos. Las chicas eran un verdadero dolor de cabeza, excepto mi hermana, ella era super genial y perfecta. Ojalá no se convirtiera en una tipa pedante como la que me miraba así. Se supone que podríamos hacer equipo y deshacernos de los acosadores pero, ¡no señor!, prefería perder el tiempo mirándome como si hubiese hecho algo malo. Procuraría no acercarme a ella en un futuro.

Encima me quería abandonar. Sentí como mis ojos casi se salían de su sitio. Ojalá que la atraparan y no la dejaran ir. Ok, ok, se supone que no debería tener esos malos pensamientos pero ella me quería abandonar cuando la había ayudado. No fue mi intención en un principio pero lo hice, ¿no? No llegó lejos, una cuerda la lazó como si estuviésemos tratando con vaqueros y no con magos. ¡Eh! Yo también quería intentarlo. Me aguanté la risa cubriendo la boca y mirando a otro lado, si me reía no le sería de gracia a ninguno de los presentes. Nadie entendía mi humor. Bueno, a veces yo tampoco lo entendía.

Si yo tenía una lengua floja, mi compañera me superaba con creces. Negué dando un paso lejos, tenía que correr antes de que quisieran hacerme lo mismo. Quizá de camino me encontrara a un profesor o a alguien que se apiadara de dos niños que nada sabían de defensa mágica. Sin embargo no llegué muy lejos cuando sentí como alrededor de mí se formaba una cuerda y me apretaba con fuerza. Solté un gruñido lastimero y pataleé cuando me arrastraron por el pasillo.

¿A dónde crees que vas tú? — el chico serpiente me aterraba. Sobre todo cuando puso un pie a un lado de mi rostro.

Tenía ganas de ir al baño — sonreí de manera idiota seguramente, porque no me creyó.

Char, ya que lo tienes y parece que se llevan tan bien deberíamos juntarlos — miré a la rubia, ¿o era pelirroja? Me concentré en su cabello tratando de adivinar su color sin escuchar demasiado lo que decían. Entrecerré los ojos pero pronto sentí un tirón que me elevaba. La comida se me subió a la garganta mientras me movían hasta la rubia.

Me dejaron caer a su lado, me moví lo suficiente para no golpearme con ella y me arrastré para alejarme. Si ella tenía el coraje de abandonarme seguramente no necesitaba más mi ayuda, y yo, por supuesto, no requería de sus servicios. Hablaba mucho y yo me estaba controlando para no responderles de manera sarcástica. Confiaba que mientras estuviéramos juntos no se atreviera a meterme en problemas.

Deberíamos dejarlos aquí, McGonagall los encontrará cuando termine la clase y sabrá que se la han saltado. ¿Cuántos puntos crees que les bajarán por hacer el tonto su segundo día? — el chico no dejó de mirarme. ¡Genial! Podría apostar que se estaba grabando mi rostro para cuando nos encontrásemos en el futuro.
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Danielle J. Maxwell el Mar Nov 27, 2018 3:07 am

Estaba clara una cosa: necesitaba aprender a huir mejor de este tipo de personas. Por suerte para mí—aunque todavía no lo supiera—los Slytherin serían una constante carga en mi vida en Hogwarts, ergo iba a aprender muy bien cada recoveco útil del castillo con tal de esconderme. Otra cosa no, pero la orientación en Hogwarts la iba a conseguir muy, muy rápido teniendo en cuenta lo que me venía encima.

Pero ahora, debido a nuestra inexperiencia e inocencia, sólo éramos dos Hufflepuff tirados en el suelo mientras dos serpientes se reían de nosotros por estar perdidos con la vida, literalmente. Yo no era más que una persona que no entendía el funcionamiento de la varita, mientras que el otro era un Hufflepuff de mentira. Estaba claro que éramos un equipo nefasto para enfrentarse a este tipo de personas. Sin embargo, una cosa que probablemente yo tenía y mi no-amigo todavía no se había dado cuenta, es que para amedrentarme lo iban a tener muy complicado, ya que yo era de esas que, entre más recibe, más desafiante se pone. Y es que odiaba, hasta con tan solo once añitos, que cualquiera fuese capaz de tener esa actitud con otras personas, ¿acaso se sentían mejor por tener un uniforme de color verde? El problema es que yo, en ese momento, desconocía que las serpientes por regla general eran así de idiotas y pensé que era un hecho aislado de éstos dos espécimen que tenía delante.

Así que cuando nos llamó tontos, yo fruncí el ceño.

Yo solo veo aquí a dos tontos y los dos van vestido de verde —respondí. —Se nota que la valentía era cosa de los leones porque meterse con dos niños que no saben ni empuñar una varita se ve que es lo vuestro, ¿cuál será vuestra próxima víctima? ¿Una pobre lechuza indefensa? ¡A lo mejor os creéis muy chulos!

Los dos Slytherin se quedaron estupefactos por mis palabras, mirándome con una mezcla de desafío y perversidad y es que... ¿acaso podría habérselo puesto más fácil?

Tres minutos después los Slytherin se habían ido entre risas, habiéndonos no solo amenazados A AMBOS de no decir nada si no querían repetir, sino que además nos habían hechizado con un tragababosas que nos tenía a ambos vomitando babosas en mitad de aquel pasillo. Por mi parte había dejado mis libros en mitad de la nada y yo estaba apoyada en una columna, coleccionando babosas que salían de mi boca. Mi pobre no-amigo también había recibido la maldición, aunque no hubiese desafiado a nadie. Yo estaba ahí sufriendo, pues era la primera vez que sentía esa sensación TAN DESAGRADABLE en mis carnes y, lo peor de todo, es que no la entendía: ¿¡de dónde narices estaban saliendo tantas babosas!? ¿¡Desde cuándo tenía yo a esos bichos en mi interior!?

No hablé en ningún momento con el niño, ya que cada vez que lo intentaba una babosa hacía aparición. Fue gracias a que dos chicas de Ravenclaw aparecieron a ayudarnos que salimos de aquel bucle, terminando en las escaleras de la enfermería con un cubito en donde poder vomitar sin dejarlo todo perdido. Fue la enfermera quién nos preguntó que quién nos había hechizado y quizás él tenía intención de hacer caso a la amenaza de los Slytherin y ahorrarse una futura tunda, pero yo lo tenía claro:

Un tal Char y una chica pelirroja, de Slytherin.

¿Y sabías lo que eso significaba, verdad? Cuando el tal Char y la chica pelirroja recibiesen un castigo, sabrían que se habrían chivado y... él volvería a recibir por culpa mía. ¡Pero en mi defensa diré que en el momento para mí era lo correcto! Llegaría un momento en el que chivarme ya no sería una opción, pero todavía no lo sabía. Por aquel entonces creía que la justicia en Hogwarts era buena y que el castigo haría que no se volviesen a meter con nosotros.
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Kenneth Hurley el Miér Nov 28, 2018 8:03 pm

Algo que aprendí fue que no me gustaba que se burlaran de mí; una cosa era que hiciera alguna payasada y por ello los demás se rieran. La diferencia era clara hasta para mí, si no eran actos míos con ese fin ellos no tenían que reír a costa mía. Fruncí el entrecejo pensando en mis posibilidades estando ahí amarrado con la peor niña del mundo. Esa rubia y las dos serpientes estaban en mi lista de indeseables. Okey, tendría que hacer una y ellos la encabezarían. Un tal Char y una tipa fea, además de la rubia bocazas.

¿Qué? — solté torciendo los ojos, en un gesto seguramente cómico. ¡¿Qué diablos le pasaba?! Teníamos las de perder y ahí iba, a abrir la boca. El primer hechizo que aprendería sería a taparle la boca, lo aprendería única y exclusivamente por si tenía la mala suerte de encontrarme con ella de nuevo. Intenté moverme pero sólo logré darle una pequeña (digo pequeña porque no puedo estar seguro si le hice o no mucho daño, ella era una exagerada) patada en el costado de la pantorrilla. Quería que se callara antes de que fuera tarde.

Fue tarde.

Pensaba en el momento en que su varita nos apuntó y me provocaron dolor estomacal hasta que comencé a vomitar babosas. Sabía que dentro tenía porquerías pero eso era demasiado. Era como si hubiesen puesto alguna conexión en mi interior que daba a un nido de babosas. ¡Era lo más repugnante de la vida! Claro que había jugado alguna vez con esos bichos pero era muy diferente estar echándolos desde quien sabe que parte de mi anatomía.

Quise gritarle porque me sentía tan frustrado. Si yo me metía en problemas no arrastraría a nadie conmigo. ¡Qué diablos le sucedía! De mi boca en vez de salir queja alguna, salían babosas, entre más enojado era peor. Los ojos me lloraban por el esfuerzo, estaba seguro que  esos bichos se acabarían con todo lo que había comido en semanas. Agradecí a las chicas, que si eran buenas personas, por llevarnos a la enfermería y que pudieran detener el vómito de babosas.

Ni siquiera me dio tiempo de limpiarme la boca cuando ella ya estaba hablando. ¿Era en serio? Rodé los ojos, ya que ella se había atrevido a hablar no me quedaba más remedio que confirmar la historia. Después de todo, ya estaba más que hundido y no quería que se salieran con la suya. Intenté recordar si habían dicho algo más para identificarlos y negué, negué aunque creía recordar un apellido. La enfermera no me presionó, quizá confundió mi nerviosismo por mentir con algunas secuelas que dejaría el haber estado vomitando babosas por diez minutos.

Cuando la enfermera nos dio de alta salté de la cama, sintiendo un terrible hueco en medio de mi cuerpo. Voltee a mirarla con rencor, un sentimiento que hasta ese momento solo había despertado ella.

No se te ocurra — una arcada me atacó haciendo que me doblara de dolor, que horror —...hablarme o acercarte a mí en tu vida, ¡EN TU VIDA! — decían que el enemigo buscaba separar para vencer al equipo, pero esa rubia no era mi amiga y mucho menos sería parte de mi equipo. ¡No lo sería jamás, jamás, JAMÁS! No después de lo que acababa de hacerme. Con un poco de suerte tardaría en encontrarme con las serpientes una vez más y cuando lo hiciera estaría preparado para vengarme.

Salí echo la furia por primera vez en mi vida.
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Danielle J. Maxwell el Sáb Dic 01, 2018 4:44 pm

Gracias a Merlín que la enfermera había hecho que poco a poco nuestro vómito fuese a menos, hasta el punto de que cuando ya pudimos hablar, yo me fuese de la lengua diciendo quiénes habían sido los que nos habían hecho aquello. Era bien sabido por mi no-amigo y por mí que 'chivarse' parecía no ser una opción contra ellos, pero quería pensar que tanta advertencia era porque el castigo por hacer esas cosas era ejemplar y que así dejarían de hacerla. ¿Ilusa yo? Con once añitos sí, mucho.

De todas maneras, pese a que había quedado claro que había tensión de no-amigos entre el otro Hufflepuff y yo, pensé que lo que había dicho era algo bueno para los dos, pero él no pareció entenderlo de la misma manera. Y yo, dentro de unas semanitas, me daría cuenta de que tenía razón y debería de haberme callado la boca. Igualmente, esa manera de decirme las cosas hizo que lo mirase con el ceño fruncido y cabreada.

¡No querría de ninguna manera ser amiga TUYA! —Le grité yo a él mientras se iba.

La enfermera observó desde su despacho lo ocurrido, con los ojos ojipláticos, posiblemente pensando como DOS HUFFLEPUFF de once añitos habían terminado así en su segundo día en el castillo, que quizás el Sombrero Seleccionador ya estuviese chocheando y no fuese tan avispado en la selección de casas. Estuvo a punto de salir para preguntarme que qué narices había pasado, pero cuando lo intentó yo ya me estaba yendo hecha una furia a ningún sitio, porque como ya he dicho muchas veces… ¡aún no me conocía Hogwarts!

Primer año
13 de enero del 2011

Recién todos los que habíamos ido a casa por Navidad acabamos de llegar. Pasé las navidades en Finlandia en compañía de mis padres y mi abuela y, aunque mi primer semestre hubiera sido bastante mierda, no exterioricé mi decepción al respecto y me limité a contarle a mis padres—que eran muggles—todo lo bueno. No quería que se preocupasen por mí, ni mucho menos mostrarme desagradecida por haber tenido el don de mis padres biológicos. Además, una parte de mí de verdad que deseaba no darle tanta importancia a nada de lo que pudiesen hacerme de mal en ese colegio, claro que entre eso y que no es que precisamente tuviese muchas amistades en las que apoyarme, se hacía duro pasar los días en Hogwarts.

Dorcas era la única persona que me soportaba un poquito y lo más parecido a una amiga, pero la verdad es que yo todavía era un poco complicada y la mayoría de veces lo más común era verme sola.

Ese jueves no podía dormir ya que me había echado una siesta MUY LARGA en la sombra de uno de los árboles del jardín, por lo que ahora mismo mi sueño brillaba por su ausencia. Así que para no molestar a mis compañeras—que ya de por sí no me tenían demasiado agrado—con la luz encendida, decidí bajar con el libro de Criaturas Mágicas a la sala común. Estaba vacía, por lo que me senté en la alfombra, apoyada en el sofá, justo delante de la chimenea, vestida con un pijama muy, muy calentito y en calcetines.

Con respecto a mi no-amigo Kenneth—nombre que conocí en las posteriores clases—, desde que tuvimos nuestras diferencias aquel segundo día de nuestras vidas en Hogwarts no nos hemos vuelto a dirigir la palabra. Y por dirigir, hasta evitamos dirigirnos la vista. Por mi parte, lo admito, la gran mayoría era orgullo. Y cómo para no, después de que dos semanas más tarde después de aquello recibiese una reprimenda bien merecida de Charles y Alycia por haberme chivado, supe que a él también le había metido en un lío. Y podría pedirle perdón pero… no lo hice, ni lo iba a hacer. Así que me tapé con una mantita y me puse a estudiar.
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Kenneth Hurley el Lun Dic 03, 2018 1:07 am

¡Woooaaaaah! La vida en el castillo no podía ser mejor. Siempre y cuando evitara a las serpientes y, sobre todo, a Danielle Maxwell no tenía nada de que preocuparme. El rumor se habría extendido mientras yo intentaba cubrir mi cara cuando pasaba a un lado de los Slytherin. ¿Cuántos chicos podría haber con rasgos similares a los míos? Quizá varios, pero no todos tenían mis pecas, eso podía apostar.

Aprendí un montón de cosas y mi padre me enseñó algunas cosas más en casa. ¡Claro! Todo teórico porque no podía hacer en casa. Un mago que tenía prohibido hacer magia debería ser como un jedi al que le prohibieron usar el sable de luz. ¡Así de ilógico! Aunque mi padre intentó explicarme las razones yo no entendía, un niño de once años sólo quiere divertirse. Al menos yo era así.

Esa era la principal razón por la que me emocionaba volver al colegio. Echaba de menos a mi familia y todo ese rollo sentimentalista pero, ¡por todo el universo!, echaba más de menos poder practicar mi magia. Y no quería seguir tentando a mi suerte. El tal Char me había encontrado una vez en el baño y, por chivaton, me había castigado. Desde ese día decidí no andar solo, o procurar no hacerlo, un grupo grande de personas, niños en éste caso, alejaba a dos serpientes con ganas de inyectar su veneno.

Cuando cayó la noche simplemente no podía dormir. Había escuchado que Char estaba buscándome porque quería darme un "regalito", y por regalito solo podía pensar en algo malo, mucho peor que las babosas. ¿Qué si tenía miedo? Pues sí, temía no poder defenderme y que vomitar babosas fuera lo más dulce que me haya hecho. Bajé a la sala común, no quería fastidiar el sueño de mis compañeros.

Arrastré mis pies y cuando me di cuenta había luz. ¿Quién estaría a esa hora ahí? Miré a los lados sin hallar a nadie, quizá simplemente olvidaron apagar la chimenea.

¡Ahhhhhh! — grité cuando me lancé al sofá, pero como a mí jamás se me han dado los cálculos, terminé rodando y aplastando a alguien debajo de mí —. Auch...auch.... — me quejé sintiendo como un codo se clavaba en mi costado, justo cuando quité mi rodilla de las costillas de quien sea que estuviese debajo —. Disculpa, disculpa — me levanté lo suficiente para acomodarme sobre el sofá esperando no haber lastimado a algún compañero.
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Danielle J. Maxwell el Lun Dic 03, 2018 3:34 am

Por aquel entonces, con tan solo once años, lo que más me fascinó—además de volar en escoba—era que muchísimas criaturas mágicas que yo creía que eran fantasía, existiesen de verdad, por lo que era una de mis asignaturas favoritas. Tanto era favorita que ante mi incapacidad para dormir lo que hacía era irme como una marginada a la sala común a leer sobre ellas por pura curiosidad. Estaba ahí tan tranquilita, leyendo sobre unicornios, vampiros y hombres lobos, cuando de repente un peso muerto me aplastó. Estaba tan sumida en la lectura, imaginándome una pelea épica entre un vampiro y un unicornio en donde se mete de por medio un licántropo, que ni escuché el arrastrar de los calcetines de uno de mis compañeros.

Y claro, de repente lo tenía encima, literalmente.

¡Pero…! —Me quejé, sintiendo una rodilla en mi costado. ¡Pero será huesudo, que me la clava!

Y lo peor de todo es que reconocí la voz hasta incluso antes de abrir los ojos y enfocarlos en aquel niño. ¡Era él! ¡Nada más ni nada menos que él! ¿No podía ser una compañera? Bueno, da igual, ¡habían cientos de personas en Hufflepuff y cualquiera seguro que era mejor opción que Kenneth!

Le aparté con mis piernas cuando lo reconocí, para entonces ponerme de rodillas en el suelo y retroceder un golpe de culo hacia atrás, mirándole con el ceño fruncido en el sillón.

Eres un idiota. —¿Qué disculpas ni que boberías? A Kenneth Hurley no se le perdonaba nada. Fue entonces cuando me di cuenta de que mi libro de criaturas mágicas había sido aplastado y su tapa, que ya estaba débil—pues era de segunda mano—se había terminado de romper porque a saber qué clase de fuerza hostil había caído sobre ella. —Me has roto el libro. —Le eché la culpa a él sin pensármelo ni un momento. Cogí la tapa, mirándola con pena. Aún no habíamos aprendido el hechizo de Reparo, por lo que ahora mismo ninguno de los dos teníamos en mente que eso podía ser arreglado, así que desde mi punto de vista era un absoluto drama de telenovela. —Es mi libro favorito y me lo has roto por tirarte encima de mí así, ¿eres tonto o qué? —Y me puse en pie, con las manos en jarras para potenciar mi enfado.

Era gracioso porque siempre he sido bajita, pero con once años era algo así como una niña en miniatura, por lo que ponerme en pie y estar de rodillas no es que cambiase demasiado mi estatura, ni mucho menos imponía nada. Kenneth siempre me ha sacado y me saca como una cabeza. El larguirucho idiota ese.

Sólo a ti se te ocurre tirarte encima de otra persona y esperar que no pase nada, ¡encima me has hecho daño con la rodilla!—Y le enseñé la tapa rota, señalando con la otra mano el resto del libro en el suelo, a mis pies. —Me lo tienes que arreglar.

Y seguimos con el trato de preferencia, ya que si llega a hacer cualquier otra persona quién hubiese hecho eso, probablemente yo estaría tan tranquila diciendo que no pasa nada. Sin embargo, la relación con Kenneth había empezado mal y había ido a peor después de malas miradas, malos rumores y el mal tratar al otro, simplemente dejándolo siempre como si no existiese. Y lo peor de todo es que la cosa iba a ir a peor, seguro.
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Kenneth Hurley el Mar Dic 04, 2018 10:52 pm

¡Qué daño! La persona a la que me aventé debía tener los huesos más duros del mundo. ¡Eh! Tal vez esté hecho de adamantio. Si éramos magos todo debía ser posible para nosotros, ¿no? Ya sé, ya sé, teníamos nuestras restricciones pero podía soñar. Ya me encontraba sentado con las rodillas dobladas a los costados cuando descubrí a quien había hecho daño y me arrepentí de las disculpas que le ofrecí.

La miré con la única cara que sabía hacerle: fastidio total. La sonrisa que podía haber puesto para librarme de cualquier regaño desapareció al instante, fue como si me hubiesen echado ácido en la cara y estuviese derritiéndome. No me gustaba como me veía cuando ella era la razón de mis desgracias en un colegio que debería ser lo mejor que me haya pasado en la vida.

Idiota tú, que lo dijiste primero — para ser sincero, no me veía a mí mismo diciendo esa palabra en casa, no al menos delante de mi mamá. Y no es que mi madre fuera un ogro, nada de eso, solo que yo jamás había escuchado que hablaran de esa manera, ninguno de los dos. Mucho menos mi hermana. Ahora estaba seguro que no hacía falta retirar mis disculpas, estaba por de más —. ¿Qué? — torcí el gesto cuando me acusó de romper el libro que claramente con un soplido se habría desprendido. Que rubia más chiflada me tocó como compañera —. Lo rompiste tú por no cuidarlo, no me vuelvas a meter en tus cosas.

En otro momento con alguna otra compañera, o compañero, me hubiese disculpado de verdad e, incluso, buscaría la manera de ayudar a reparar el libro porque sí, había sido mi culpa por aventarme sin pensarlo. Pero delante de la pesada no lo reconocería jamás, tenía muchas razones para tenerle rencor. De sólo pensar que me hubiese dejado ahí con los dos Slytherin se me enchinaba la piel y poco me importaría que fuese una niña, la habría buscado para golpearla por abandonarme con SU problema.

Cuando se levantó sólo la seguí con mis ojos, así que me levanté también pero yo lo hice sobre el sofá. Me sentía tan alto y superior a ella, era genial. Ojalá algún día fuese tan alto como lo era estando de pie sobre el sofá. Así podría pisar a Danielle cuando me molestara o me culparan por sus tonterías de niña.

¿Arreglarte qué? ¿Es que te rompí la costilla? Que delicada eres — no es que fuese tonto (como lo dijo Maxwell), sólo un poquito corto y perdía el hilo de la conversación rápido —. Tú me lastimaste también, aquí — y señalé donde su codo se me había enterrado —, niña tonta.

Arrebaté de sus manos la tapa enterándome que cuando dijo que debía arreglar algo se refería al  libro. Carraspeé haciendo caso omiso a mi error. Miré de que trataba y mi yo interno se emocionó un montón. En serio, ¿por qué no podía ser ella más agradable? Yo podría disculparme y dejar de comportarme como un gilipollas, porque realmente no lo era. Solo que Danielle sacaba lo peor de mí. Entonces, después de que me disculpara podíamos sentarnos a charlar toda la madrugada si queríamos sobre animales del mundo mágico. ¡Ah! Me sentía tan frustrado y tan de malas que lancé la tapa sin fijarme a donde fue a parar.

No miento, sentí como se me helaba la sangre cuando me di cuenta que le había dado en la frente. Si había un momento para echar a correr, era ese. La cosa era que no era un cobarde y si lo hacía, si se me ocurría siquiera moverme, me estaría condenando.

Te atravesaste — solté mientras me cruzaba de brazos y me sentaba sobre el respaldo como si de verdad yo no hubiese hecho nada malo.
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Danielle J. Maxwell el Jue Dic 06, 2018 4:12 am

¡Y se atrevía a decirme que no había sido su culpa! Yo, que tenía mi libro perfectamente cuidado y estaba leyendo tranquilamente sin que tuviera ningún riesgo para su rotura y él, que con su culo gordo me aplastó y lo rompió, decía que no tenía culpa, ¿quién había sido entonces, eh? ¿El espíritu santo? ¿Un fantasma que había decidido interponerse entre ambos para sembrar la discordia más todavía? ¡Sí, claro!

Lo estaba leyendo y estaba de una pieza. Te has tirado sobre mí y ahora está roto. ¿Casualidad? No lo creo. —Fruncí el ceño muchísimo, enfadada con él. —Has sido tú y tu gran culo torpe. ¿Siempre eres así? ¿La cagas y luego escondes la mano como si fueses un niño bueno y no tuvieses la culpa de nada?

Levantarme para imponer respeto fue lo más triste que me había pasado desde que volví de navidades. O yo era muy bajita, o él era muy alto. O las dos cosas. Aquello, en definitiva, no era normal. Sin embargo, yo no me amedrenté ni un poquito frente al larguirucho que tenía delante, sino que puse las manos en jarras y miré hacia arriba exigiendo justicia para mi libro. Él quizás pudiera permitirse romper los libros, pero yo no. Mi abuela me había dicho que los cuidara y no iba a permitir que una tonto como él me lo rompiese.

¿Me estás llamando 'rota'? —Tuve que preguntar, perdida con la vida, cuando me dijo que si me tenía que arreglar. Vamos, que entre que él era corto y se perdía con el hilo de la conversación, yo era de esas que se lo tomaba todo literal. Gracias a Merlín que le supe seguir el rollo y no quedarme con el hecho de que me estaba llamando niña rota. —No me has roto la costilla, es solo qué... —Y me callé de golpe debido a un fuerte golpe en mi orgullito. ¿¡Me había llamado 'niña tonta'!? ¡Y encima me había ARREBATADO la tapa de MI LIBRO!

Esas dos cosas me hicieron hervir por dentro. ¡Primero me llama 'tonta' y luego me quita la tapa! Que vale que le había dicho que me la tenía que arreglar, pero no la había cogido como con suavidad, para arreglármela de buena fe y pedirme disculpas por clavarme sus huesuda rodilla en mi costado, sino con odio y rabia. ¡Y a este paso la iba a seguir rompiendo!  Estaba a puntito de decirle que tonto era él y nada más que él, que no me volviese a quitar nada así de las manos y que quería un libro nuevo, pero cuando di un paso al frente para llamarle tonto a él con una osadía cargante—porque todo el mundo sabe que 'tonto' e 'idiota' son los insultos más fuertes para niños de once años que reciben collejas en casa por decir tacos—, fue cuando lo noté.

¿Me había tirado la tapa a la frente?

Confirmamos, me había tirado la tapa a la frente.

¿Me acabas de tirar MI TAPA a la cabeza? —pregunté cuando ésta cayó al suelo tras rebotar.

Él dijo que me atravesé. ¡Atravesarme de qué, idiota! ¡Pero qué dices! ¡Pero si no me he movido!

Así que movida por la rabia interior de una Hufflepuff enfadada con la vida porque un idiota como Kenneth Hurley se estaba riendo en mi cara y encima me rompía un libro y luego me lo tiraba a la cara, me acerqué a él, puse sendas manos sobre sus hombros y lo empujé hacia atrás con fuerza. Venganza. Como estaba sentado en el respaldo del sofá, cayó hacia atrás. No era un sofá muy alto, así que no iba a atentar contra su vida. Aunque quizás un chichón sí que se le salía. Un chichón al que iba a tener que llamar Danny en mi honor.

Yo me agaché, cogí mi libro por una parte y la tapa por la otra y caminé con [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] me dirigí hacia las escaleras de la sala común para subir e irme.

Me debes un libro de criaturas mágicas, niño tonto —le devolví el insulto, para entonces girarme para subir.

Y no, en ningún momento se me ocurriría la posibilidad de sopesar que Kenneth y yo pudiésemos llevarnos bien. Ni se me pasaba por la mente que quizás éramos parecidos, que teníamos cosas en común o que en realidad ambos éramos buenas personas perfectamente compatibles. A mí ahora mismo me caía tan mal que sólo quería tenerlo lejos.
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Kenneth Hurley el Jue Dic 06, 2018 11:26 pm

Odiaba admitir en mis pensamientos que ella tenía razón, pero el orgullo delante suyo me pegaba mucho más que la cortesía que podría tener. Así que no, para ella yo había sido completamente inocente. ¡Me estaba llamando gordo! Oye, estaba un poco rechonchito pero gordo no. Sin pretenderlo miré mi pequeña barriga de once años y la acaricié sin ser plenamente consciente de eso. No podía insultar a Salmonelo y salirse con la suya, niña ignorante.

Ehhh...que bien se sentía ser alto. De verdad rogué a todos los dioses que existían en el mundo que me hicieran tan alto para jamás de los jamases tener que ver para arriba a mis enemigos. Y la lista la encabezaba nada más y nada menos que la pesada de mi compañera de casa. ¿Cómo terminamos en la misma casa? Debía darle el mérito porque ella solita encontró esa mecha que una vez prendida no podía apagar.

¡Eso! Eres una muñeca rota que nadie quiere — después de gritar aquella frase me arrepentí al instante. No me gustaría que alguien se lo dijera a mi hermana, pero decía mi mamá: "una vez lanzada la piedra no había manera de regresarla", eso aplicaba con las palabras. Así que, por mucho que ahora de verdad quisiera ofrecer disculpas no serviría de nada y, en mi defensa, ella me estaba insultando también —. ¿Qué, qué? — la incité a que terminara de hablar porque se había quedado como tonta pensando. Si es que podía pensar.

Debí suponer que no se quedaría ahí quieta, tenía que atacarme. Lo que sí es que no esperaba que terminara tocándome con sus sucias manos de estirada y me hiciera caer. Sólo vi como la chimenea desaparecía y el techo parecía más lejano. Cerré los ojos cuando mi espalda se golpeó contra el piso y emití un gruñido de dolor, gruñido que había querido ocultar pero fue imposible. Tenía que aprender a controlar esas emociones que dejaban expuesta mi debilidad. La cabeza me dolió, había sido como si hubiese un terremoto dentro.  

Y tú...tú me debes una cabeza nueva...no, espera. ¡Arg! — ahora era un mago pirata que se arrastraba dramatizando más de lo que me dolía. Quien sabe, en una de esas algún perfecto entraba y podía acusarla, aunque me llevaría la correspondiente reprimenda. Lo valía si ella era también regañada.

Esperaba que pronto las ideas volvieran a fluir dentro de mi cerebro y no quedase así poco habilidoso. ¿Y si lo hacía? ¡Nooooo! Me tenía que vengar de una u otra manera, no podía dejar que una niñata como esa me venciera. Tenía que hacerle una buena jugarreta, una que no olvidara que con Kenneth Hurley no debería meterse.

Y...y, ¡tienes mocos! — grité en un vano intento por mantener mi orgullo en alto. Cuando desapareció de mi vista me juré que se lo haría pasar muy mal cuando menos se lo esperara. Palabra de Hurley, que debía valer más que una bóveda de galeones porque mi padre siempre lo dice.
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Danielle J. Maxwell el Sáb Dic 08, 2018 1:18 am

'Eres una muñeca rota que nadie quiere' había dicho él. Podría haberle contestado muchísimas cosas, pero no contesté ninguna, ya que a pesar de todo, parecía tener razón. A fin de cuentas, no tenía apenas amigos. Siempre estaba sola y todos huían de mí para así evitarse meterse en problemas con los Slytherin, ya que al contrario que Kenneth y por mucho que yo no alardease de eso, los Slytherin sí que me seguían teniendo en su punto de mira. Cada vez más y peor. ¿Y si era verdad que todos me re-huían por eso? Bueno, ¿sabes qué? ¡Yo no necesitaba a nadie! Así que me limité a mirarle con ojos cargados de rabia.

Llegó un momento en el que no supe que decir y me fui indignada escaleras arriba. A punto estuve de asomarme por la parte superior de la sala común tirarle en la cabeza algo cuando me dijo que tenía mocos, pero solo tenía restos de libros en mis manos, por lo que me limité a mirarle, enseñarle la lengua con rabia y seguir mi camino hasta mi habitación.

Segundo año
16 de septiembre del 2011

Mi verano se había resumido en tres cosas esenciales: inventarme historias estúpidas para convencer a mis amigos muggles de que de verdad estaba en una escuela privada en Londres de no sé qué mierdas—lo que había hecho que todos comenzasen a llamarme niña rica y pija entre otras cosas—, inventarme otras tantas historias de mierda para mis padres sobre Hogwarts que dejasen muy bien al colegio, ya que yo no había vuelto con muchas ganas de regresar y, por último, escuchar a mi abuela y sus consejos y ánimos, pues ella sabía muy bien todo lo que me ocurría en Hogwarts y estaba muy triste por su nieta incomprendida. Ella también había sido alumna y visto como los Slytherin podían mermar la paciencia y los ánimos de cualquier alumno más débil.

Había vuelto a Hogwarts y... todo parecía ir igual, la verdad. Al menos había vuelto animada porque mis notas habían sido especialmente buenas y por mucho que a nivel personal no fuese mi mejor experiencia, me encantaba todo lo que me aportaba Hogwarts en otros niveles. Una cosa debía de admitir: ser bruja, independientemente del colegio, había sido lo mejor que me había pasado. ¿Sabéis lo guay que es poder utilizar LA FUERZA con una varita? Porque los profesores dirán que no tiene nada que ver, pero YO SÉ QUE SÍ.

Estaba bastante motivada con presentarme a las pruebas para ser buscadora de Hufflepuff, pero a decir verdad emoción y motivación tenía a raudales, pero entre que mi escoba era una barredora astillada y que la buscadora actual era demasiado buena, lo veía como altamente improbable. Hoy eran las pruebas y si bien hice un desastre—como de costumbre cada vez que me pongo nerviosa—no ayudó que me doliese la barriga. Y no era dolor de nervios, si no de que algo ahí dentro estaba haciendo reacciones químicas nocivas para mi vida. Y así me fue el día,  que terminé a las diez de la noche, vomitando, en la enfermería del colegio. Había ido sin vomitar, pero fue llegar, decirle a la profesora que me encontraba mal y vomitarle en los zapatos. Más que intoxicada parecía que me había emborrachado y estaba de after-party.

¿Has comido algo malo, Danielle? —me preguntó mientras me ayudaba a acostarme en la camilla.

Llámame Danny, porfi —le pedí, pues a esa edad odiaba profundamente que me llamasen por mi nombre completo. —Y no, no he comido prácticamente nada, si es que estaba nerviosa por las pruebas de quidditch... Fui a media tarde y me comí unas galletas de vainilla y...

¿Galletas de vainilla a media tarde, Danny? ¿No aprendiste el año pasado que no hay merienda? ¡Que Zonko es muy recurrido últimamente por los más gamberrillos! —Se quejó la enfermera, negando con la cabeza.

Yo la miraba, con ojos de pena.

¿Me han envenenado?

¡Pero qué cosas tienes, Danny!
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Kenneth Hurley el Lun Dic 10, 2018 8:01 pm

Nada que pudiera salir de mi boca se comparaba a la emoción con la que contaba a mis amigos de mi maravillosa vida que llevaba en Hogwarts. Ya que siempre he sido bastante fantaseoso no les sorprendió cuando dije que en mi nueva escuela me enseñaron el uso de la fuerza. Por supuesto no me creyeron y comenzaron a hacer bromas al respecto, yo les seguía la corriente porque si trataba de corregir su error seguro no saldría bien.

Así que volver al colegio era el mejor de lo regalos. Mi padre me advirtió acerca de mi gran boca pero no podía evitarlo. Además, que estaba dispuesto a ser parte del equipo de quidditch. Si mis calificaciones no eran sorprendentes lo serían mis habilidades en el juego sobre escoba. Ya había demostrado mis dotes volando y practiqué a escondidas. En una de esas un chico de Gryffindor y de mi mismo curso me encontró a finales del año anterior. La pasión por el juego hizo que nos volviésemos buenos amigos, además que venía de una familia en donde todos, completamente todos, eran muggles así que hablar fue sumamente sencillo.

El día de las pruebas estuvimos practicando y, bueno, tuvimos un pequeño accidente. Clyde, mi amigo león, me gritaba que íbamos demasiado rápido yo, claro, no escuché y terminé llevándome a un chico de Slytherin cuando bajé al ras del pasto e hice que se estampara contra un árbol. Me tomó del cuello antes de que pudiera escapar y lanzó un hechizo a Clyde que hizo que volara por el aire hasta golpearse de panza contra una de las raíces de mi nuevo amigo árbol. El chico Slytherin se fue después de asegurarse que me había sacado el aire suficiente para mantener la boca cerrada.

****

Kenny, te perdiste de las pruebas — me miró con ojos de verdadera pena. Pero no había sido cosa suya, fue ese Slytherin que no sabía otra cosa más que molestar a los más débiles. Yo no era débil, solo menos fuerte que él momentáneamente.

Cly, no te preocupes — dije sonriendo —, el próximo año entraremos. Por ahora tenemos tiempo para seguir practicando — respondí con una sonrisa. Mira que tener un esguince y preocuparse porque yo me había perdido las pruebas, Clyde era buen tipo — Tú también te perdiste las pruebas... — la verdad me sentía pésimo por él. Se había llevado la peor parte.

Kenny, no te preocupes, el próximo año entraremos — repitió lo mismo que le dije, nos miramos y comenzamos a reír. Ni siquiera el dolor que teníamos en el abdomen nos impidió reír hasta llegar a la enfermería.

Yo, la verdad, había abogado por ir desde que ocurrió el incidente pero Clyde me pidió que fuéramos hasta más noche. Los Slytherin no se animarían a perder puntos por andar tarde fuera de su sala común. Esperaba que la hinchazón se le bajase pero empeoró, era como si tuviese un pie de troll. Estaba asustado porque el color estaba pasando por morado, naranja, amarillo y verde; ese ya no era un pie de un niño. No quería decir nada porque no quería que también se asustara, lo mejor era reír y confiar en que la enfermera podía recuperar su pie. Tenía muchas ganas de que nos encontráramos en el campo de quidditch midiendo habilidades, porque Clyde era un poco mejor que yo, lo admitía.

¡Enfermeeeeeraaaaaa! — llegué gritando con un exceso de drama y con Clyde apoyado de mis hombros —. Necesitamos su ayuda experta en... — miré a Danielle Maxwell y todo el buen humor que tenía se esfumó. ¿Por qué me odias tanto Yoda? — ¿Y tú que haces aquí? ¿Te están arreglando tu rotura? — porque verla solo podía significar que los problemas llegarían sin buscarlos.

No seas grosero, Kenny — Clyde se adelantó para sentarse a la orilla de una cama. Bufé y dejé de prestar atención a Danielle — Buenas noches, Maxwell — ¡Bah! MI AMIGO no tenía que ser amable con ella, era ella la grosera no yo. Bueno, yo lo era porque ella lo era.

Enfermera, enfermera — agité las manos para que nos hiciera caso. Seguro mi odiosa compañera podía sobrevivir, por ahora lo importante era salvar el pie de mi amigo —, Cly tiene pie de troll — dramaticé dejándome caer en la cama de a lado —. ¿Se va convertir en uno? — quizá usando mi susto como broma podría dejar de pensar en que eso realmente pudiera suceder.


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Danielle J. Maxwell el Miér Dic 12, 2018 3:33 am

La  enfermera me había dado un potingue muy horrible que al parecer servía para curarme, pero yo de verdad que pensaba que si los Slytherin no me habían envenenado, lo estaba haciendo la enfermera. Y claro, la paranoia era real: ¿y si la enfermera en realidad estaba aliada con los slytherin porque ella en su momento también fue una vil serpiente abusadora y ahora sólo quiere matar a todos los Hufflepuff porque los odia con su alma podrida? Uno de mis ojos—uno solo, ¿eh?—buscó a la enfermera con presteza, mientras el otro visualizaba el camino más rápido para huir. Lo cual era estúpido, pues la enfermería era una línea recta.

Sin embargo, cuando intenté levantarme para huir me vi con dos obstáculos: que no tenía fuerzas para ser demasiado rápida y que dos niños muy descarados y con un timbre de voz muy molesto acababan de entrar en la enfermería, evitando que yo pudiera ejecutar mi plan maestro.

Para colmo no podían ser dos niños normales, no, sino que era uno normal y uno subnormal. Puse los ojos en blanco cuando vi a Kenneth acompañar a Clyde. Conocía a Clyde porque ÉL SI ERA UNA PERSONA AMABLE y, aunque no fuésemos amigos en sí, al menos habíamos tenido conversaciones no hostiles. Y no sé, era mono, mono en el sentido de que si te rompía la punta de la pluma, él amablemente te daba su pluma. No como Kenneth, que te rompía un libro y el muy idiota no hacía nada. ¿Sabéis como lo tuve que arreglar? ¡Con cinta adhesiva! ¡Y ahí está, arreglado con cinta! ¡Era un cutrez!

No me están arreglando mi rotura, idiota —le respondí con el ceño fruncido. —¿Tú has venido a que te den un cerebro nuevo? ¿Sabías que no hay cura para el retraso, verdad? —Me metí con él, con una sonrisa maliciosa ante mi insulto tan genial e ingenioso, ¡chúpate esa!

Y entonces Clyde salió en pos del buen rollo entre Hufflepuff, pero era demasiado tarde. Danny Maxwell y Kenneth Hurley habían sido diseñados para tirarse trastos a la cabeza desde que cruzasen la mirada y eso era así. Y porque ahora la medicina que me había dado la enfermera me estaba dejando grogui, que si no cogía 'un algo' y se lo tiraba en la cabeza para poder hacer que él fuera el roto de verdad.

Hola, Clyde —saludé al niño.

Llamaron a la enfermera, quién no tardó en salir de su cuarto pequeñito al escuchar escándalo ahí fuera. Fue solo entonces cuando me di cuenta de lo que le había pasado al pobre Clyde en el pie. La virgen, ¡qué feo! Sí que parecía un troll. Me hubiera reído del comentario de Kenneth si no fuese porque lo había hecho Kenneth, por lo que sólo por llevarle la contraria, me puse de parte de Clyde.

No te va a pasar nada, la enfermera te pone un ungüento mágico super poderoso de una galaxia muy lejana y se te arregla en un periquete, ¿a que sí, enfermera Rhodes? Dígaselo. —Insistí a la enfermera, pues la cara de Clyde me daba pena.

Bueno, bueno, tranquilidad. Deja que te mire ese despropósito, ¿cómo te lo has hecho? —preguntó, subiéndolo a una camilla pues era un niño muy bajito todavía y agachándose para mirarle el pie.

Seguro que Kenneth lo empujó por las escaleras. Sólo sabe romper cosas y ser un mal amigo. —Ofrecí como opción muy válida, aún acostada en la camilla pero esta vez de costado, mirando a la enfermera y Clyde.
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