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Ríe cuando puedas. —Laith Gauthier.

Sam J. Lehmann el Sáb Nov 24, 2018 3:03 am


Cierre del Juglar Irlandés || 30 de noviembre del 2018, 20:54 horas  || Atuendo

Alfred y Erika tenían un compromiso esa noche, por lo que dejaron a manos de Sam y Adrian el cerrar la tienda. Había sido un día bastante estresante porque sólo habían estado ellos dos por la tarde, ya que Santi estaba enfermo, pero lo habían sacado hacia adelante gracias a que ese día de lluvia y más lluvia apenas había habido muchos clientes, solo aquellos que se pasaban por una buena taza de chocolate caliente para calentar sus manos. La verdad es que con el nivel emocional de Adrian—similar al de un ladrillo—a Sam le había costado bastante acercarse a él, pero poco a poco lo había conseguido y él cada vez se abría más frente a ella, haciendo que descubriese a un hombre muy humilde, un bohemio, un soñador y un tipo muy tímido. Le encantaba la diferencia entre ambos, sobre todo porque cada vez se notaba menos entre ellos y podían... tener conversaciones sin que Adrian saliese huyendo por su timidez o su mal inglés.

Acababan de cerrar el Juglar Irlandés, asegurándose de que todo estaba apagado y todo en su sitio, por lo que ambos se encontraban en la puerta del mismo, cada uno con sus respectivos paraguas—pues llovía un poquito—hablando sobre el día, lo que harían esa noche y de todo un poco. A decir verdad Sam tenía mucha curiosidad por la vida de Adrian, por lo que de vez en cuando le soltaba alguna que otra pregunta cotilla. Sin embargo, ahora estaban hablando de series, el tema por excelencia para crear feeling amistoso.

¿Has visto Orphan Black?

¡Sí, y me encanta! ¡La actriz es una pasada!

Hablaban de todo y de nada, en realidad, poniéndose al día como si hubiesen sido dos amigos que hacen mucho tiempo que no hablan. Y bueno, ahora mismo es que Sam estaba bien, alegre. Después de las semanas que había pasado... volvía a sentir esa brisa de tranquilidad en donde todo, aunque pudiera ir mal, parecía ir bien. Y agradecía muchísimo esas épocas en su vida porque si no, la pobre, terminaría jalándose de los pelos cada tres días entre su mala suerte y su pesimismo habitual últimamente. Solo tenía ganas de abrazar a sus amigas, meterse bajo las mantas del sofá con ellas y no salir nunca jamás de esa sensación tan bonita y de protección mutua.

Poco a poco la conversación fue llegando a ese punto en donde tienes ganas de continuar pero ya empiezas a notar como la lluvia empieza a mojarte los pantalones bajo el paraguas, por lo que mejor es ir dejándola estar y continuarla en otro momento. Sin embargo, antes de que pudieran despedirse, un nuevo paraguas se paró al lado de ellos. Ambos miraron, curiosos, al nuevo integrante. —¿Laith? —preguntó divertida, poniendo una de sus manos en su hombro como saludo, asumiendo que había venido a tomarse un café, como algunas veces hacía. Y le encantaba, por cierto, que alguien como él fuese a ese lugar a tomarse el café. Hablar con él era una gozada, sinceramente. —Creo que hoy llegas un poquito tarde, ¿eh?

Adrian se limitó a mirar a Laith, esbozando una tímida sonrisa acompañado de un leve asentimiento de cabeza. A contrario de lo que parecía normalmente, no parecía del todo incómodo ni huyó con alguna excusa barata, sino que continuó allí, esperando una presentación formal. —Adrian, él es Laith. Laith, él es mi compañero Adrian. Supongo que ya os habíais visto, pero no recuerdo haberos presentado... —les presentó con sencillez y tranquilidad, viendo como Adrian levantaba la mano, ataviada en un guante negro de terciopelo, para tendérsela a Laith.
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Laith Gauthier el Jue Nov 29, 2018 11:07 am

Decir que estaba teniendo un buen día entraba en la misma categoría que estar mintiendo. No podía hacer mucho al respecto, su trabajo era así, deprimente a veces. Luego de horas en la sala de intervención quirúrgica, poco había podido hacer para salvar que él había llegado a sospechar que era una jovencita agredida por racismo. El sanador creyó haber visto su rostro en las paredes del Londres mágico, una fugitiva, aunque no podría saberlo con certeza si no llegaban los aurores a por el asunto en cuestión. No hace falta decir que sí, que habían llegado.

Quizá lo peor de haber perdido un paciente, que para bien o para mal era un riesgo al que se enfrentaban todos los días, no era sólo el acto ya de por sí devastador de haber tenido en sus manos una vida que ya no está, sino tener que fingirse el fuerte porque nadie llora la muerte de un fugitivo. Y en esos días, se daba cuenta de hasta dónde llegaba la mierda en la sociedad mágica, donde una muerte es menospreciada por su sangre. Esos días, Laith llegaba a pensar que no valía la pena la seguridad y el apoyo que prestaba si, al final, colaboraba con el nuevo régimen, de una u otra forma.

En eso llevaba pensando ya unas horas. Para Laith no era bueno ni sano pensar demasiado, su interior era peligroso cuando no se sentía bien. Llevaba escondidas tantas heridas abiertas que sumergirse en su interior era parecido a un globo intentando cruzar un camino de cactus. Él lo sabía. Se puso de pie de la banca donde se había sentado para refugiarse de la lluvia debajo del follaje de un árbol, había salido del trabajo hace alrededor de una hora, abrió el paraguas y empezó a caminar sin saber bien a dónde iba. Cuando la colilla se fue, encendió otro cigarrillo que estuvo por acabarse cuando llegó a su destino.

Interrumpió una conversación de dos, con el descaro del mundo, y desenvainó una sonrisa de emergencia. — Buenas tardes, ¿qué pasa que cierran tan pronto? —preguntó, mirando a la puerta las luces apagadas y el cartel de “Cerrado”. — ¿Tan tarde es ya? —preguntó, y se dio cuenta de que, en realidad, no estaba muy seguro de la hora. El reloj de su muñeca derecha marcaba casi las nueve de la noche. Volvió su mirada hacia el compañero griego de Sam y se permitió un segundo para observar su rostro antes de devolverle la sonrisa, evidentemente más abierta que su tímida expresión. — Es un placer conocerte —le dijo, apretándole la mano enguantada en un firme saludo.

La forma de obrar de Laith no siempre tenía explicación, y no siempre necesitaba una. Era de hecho fácil: si no quería pensar tenía que mantener la mente ocupada. Y para mantener la mente ocupada necesitaba acción, necesitaba magia y no de la que uno puede hacer con una varita. Se quedó un momento mirando a la puerta cerrada, maquinando a toda velocidad en qué hacer hasta suspirar y sonreírse.

Bueno, ¿qué voy a hacer? Si no puedo beber un café… ¿Una cerveza? Conozco un bar cerca de aquí muy bueno, si me dejan invitarlos —les preguntó a los dos. — No me importaría algo de compañía —le dirigió una sonrisa a Adrian. Parecía un sujeto bastante introvertido, así que no estaba seguro que fuese a aceptar, luego se dirigió a Sam. — Tú me debes una cerveza de una apuesta que seguramente hicimos pero nadie recuerda —le intentó persuadir a Sam para que aceptase su oferta con una ficticia apuesta sobre cervezas que nadie había hecho.
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Sam J. Lehmann el Lun Dic 03, 2018 3:41 am

La verdad es que en sus planes de aquella noche no entraba ni de lejos la oportunidad de tomarse una cerveza con Laith y Adrian después del trabajo, pero cuando el muchacho ofreció la oportunidad, Sam se sintió como una de esas noches hace años. Una noche en dónde cualquiera podría sugerirle un plan totalmente imprevisible y ella podía pensarse seriamente si aceptar o no porque no pasaría nada por arriesgarse un poco y salir de lo preestablecido. Ahora, sin embargo, con sus exigentes horarios y su sobre-protección a sí misma, la cosa cambiaba muchísimo.

Sin embargo, intentó relativizar su miedo con la vida: iba 'camuflada' con su aspecto de Amelia Williams, acompañada de un muggle y si era un bar aquí cerca tampoco iba a haber necesariamente ningún problema. Y teniendo en cuenta cómo era su vida normalmente, recluida en casa y sin salir demasiado a tomar el aire más que para ir a trabajar, quizás sí que necesitaba ese tipo de novedades en su vida. Y además, admitámoslo: Sam quería ir. ¡Estaba deseosa de ir! ¡De sentirse de nuevo una persona normal! Y después de todo lo que había pasado últimamente en su vida, de verdad que un respiro así y una salida de la monotonía que no fuese una desgracia en su vida, quizás le viniera bien. —¿Ah, sí? —preguntó, divertida, siguiéndole el rollo con lo de la apuesta. —¿Y perdí? Madre mía, Adrian, entonces no puedo no ir. Una Lehm... Williams siempre paga sus deudas. —Y, ante la confusión más estúpida del universo por bromear siempre con su apellido real con esa estúpida frase, se llevó los dedos al puente de la nariz, bajando la mirada por la cagada pero sonriendo para evitar preguntas del griego. Por suerte él estaba en a saber qué mundo, como siempre, que ni se percató. —¿Te vienes entonces? Sólo una. Pero una de verdad, no una y luego terminamos en la acera sin saber en dónde dejamos las bragas... —exageró, divertidísima. Adrian rió a su broma.

Matizo una cosa: Sam jamás ha terminado tan borracha como para terminar en la acera sentada sin saber en dónde ha dejado las bragas, ¿vale? Es solo una manera de hablar. A decir verdad, era cierto que había conocido a dos de sus parejas estando borracha, pero jamás había mantenido relaciones sexuales con nadie por primera vez estando borracha. Ella era mucho de esperar al momento adecuado y tomarse las cosas con calma. Nunca había tenido esos conocidos 'ligues de una noche'.

Adrian miró la hora y, notándose no muy convencido por la idea, decidió denegar la oferta.

Yo creo que me voy a casa, estoy cansado. —Y aunque Sam sonrió, entendiéndolo, no le hacía falta ser legeremante para saber que, directamente, no se sentiría cómodo yendo de cervezas con dos 'desconocidos' que no son afín a él, sobre todo teniendo en cuenta su nivel de introversión.

Vale, pues nos vemos mañana. —Se despidió, con un beso.

En verdad el único reparo que le daba que Adrian se hubiese apuntado es que no podría hablar con Laith de cómo llevaba todo el tema del estudio que estaba haciendo, por lo que en cierta manera se alegró un poquito—pero muy poquito—de que hubiese denegado la oferta. La verdad es que tener que limitar tu hablar y tus expresiones cuando estabas en compañía de un mago y un muggle era muy complicado, ya que el cerebro solía adaptarse a lo más cómodo para ti y, en este caso, Sam sabía que iba a tener que medir sus palabras. Así que Adrian se giró y comenzó a caminar bajo la lluvia, dirigiéndose probablemente a la estación de metro más cercana, que estaba a dos manzanas.

Cuando se hubo alejado lo suficiente, Sam miró a Laith. —Es un chico especial, hay que entenderlo. Hoy es la cuarta vez que cerramos juntos y tenemos una conversación medianamente larga. Y llevamos más de seis meses trabajando juntos. —Le contó a Laith, usando su mano libre de paraguas para colocarse mejor el gorrito que llevaba en la cabeza, así como la bufanda a juego para taparse un poco la boca y así el rostro. —Pero es un buen tío. —Y tras echar una última mirada a dónde se había ido, volvió a mirar a Laith. —¿En serio venías con la intención de tomarte un café a estas horas o era solo una excusa para invitarme a una cerveza? Es muy romántico, Laith. Una pena que seamos lo más opuesto del universo.

Él, super gay. Ella, super bollera. Era una relación romántica totalmente imposible teniendo en cuenta que probablemente ‘repulsión’ sea lo que uno sienta por el otro cuando te lo imagines desnudo, a tu lado en la cama. Menos mal que Sam no había pensado nada de eso o hubiera entrado en un ataque de risa instantáneo. —¿Eso está muy lejos? —dijo, refiriéndose al bar del que había hablado.
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Laith Gauthier el Jue Dic 06, 2018 6:21 am

Laith exageró un asentimiento cuando Samantha le preguntó si ella había perdido su apuesta totalmente imaginaria, siguiéndole la corriente. Se dio cuenta, además, de un pequeño desliz con su apellido al utilizar una frase de los Lannister, riendo para disimular, como si sin hablar dijese: “¿Desliz? ¿Qué desliz?”. Ella intentó invitar a su amigo, y Laith sólo sonrió con ese encanto suyo, incapaz de reírse del todo. Él, por su lado, tenía historias de haber literalmente terminado en la acera sin saber dónde dejó la ropa interior, pero estaba demasiado sobrio para contarlas y no le apetecía, con su estado de ánimo actual, traer a su memoria una época así de negra.

Descansa —el sanador se despidió amablemente de Adrian, sin molestarse en insistir, alzando su mano al aire para despedirse de él. Honestamente, se lo veía venir. Se dirigió hacia Samantha cuando ella empezó a hablarle del griego, intentando justificarle su rechazo, pero Laith mantenía esa sonrisa. — No lo dudo —contestó, afirmando que seguramente fuese un buen sujeto. — Lo entiendo, no te preocupes, me alegra que se estén acercando —y lo decía con sinceridad, pues parecían llevarse bien y, si eso continuaba, imaginaba que se volverían amigos aquellos dos compañeros de trabajo.

El sanador se fingió descubierto cuando le preguntó si había ido con intenciones de invitarla a una cerveza, “descubriendo” su romántico plan para pasar una velada juntos, a pesar de que los dos tenían claro que sus gustos sexuales eran agua y aceite, cosa que ni siquiera bebiendo hasta no saber sus nombres podría cambiarse. Y eso, de nuevo, Laith lo había comprobado. Al final, dejó que el teatro se le cayera y volvió a mirar el local antes de soltar un suspiro.

El café me mima el espíritu, así que no me hubiese molestado tener uno —le confesó. — Pero admito que esperaba encontrar algo de compañía —Laith era así de transparente que no ocultaba casi nunca sus verdaderas intenciones. — El bar no está lejos de aquí, de mis favoritos si tengo que ser honesto —le dijo, empezando a caminar y metiendo una mano en su bolsillo, mientras que la otra la mantenía sujetando su paraguas. No le molestaría compartirlo con Samantha, cuando era suficientemente grande, pero también entendería que quisiese ir con su propio refugio. — Podemos usar el mismo paraguas —le soltó la breve sugerencia. — ¿Cómo has estado?

Esperaba escucharla, caminando a través de las calles de Londres, participando activamente en la conversación hasta llegar a aquel bar que, como prometió, no estaba lejos. Tenía una fachada sobria y discreta, pero el rumor del sonido de la música se escuchaba desde fuera. Había un portero que a la vez servía de guardia por si algún menor de edad quería colarse, aunque por supuesto ellos no tuvieron problema alguno al acceder. A su izquierda se extendía una pequeña pista de baile rodeada de varias mesas mientras que a su izquierda y al frente había mesas y sillones para pasar el rato. Al fondo encontrarían la barra.

Laith se sentó en un sofá en una esquina, distante del rumor de la pista de baile y aprovechó para poner, por mera costumbre, una canción vieja de Guns ‘N Roses en la máquina. — Y aquí estamos —le dijo, sentándose en el sofá con un gesto abierto, haciendo un cuatro con las piernas antes de pedir una cubeta de cervezas. Sí, una cubeta, que no una, a la camarera. — Hay salidas de emergencia, por donde entramos, a tres mesas de aquí y al lado de los baños —le informó, asumiendo que podría pensar en ello.

Era un bar rústico y muy sobrio, se intuía cierta madurez en el ambiente. Sólo había un detalle muy particular: una que otra bandera arcoíris, y por supuesto parejas del mismo género conversando con bebidas y bailando. No se malentienda: había parejas hetero, pero eran sólo una minoría. Diríase que era un bar que aceptaba la diversidad sexual en todos sus aspectos. Un bar que Laith frecuentaba desde que era universitario. Uno de los pocos que había seguido frecuentando hasta la actualidad, por un peso bastante emocional que, de nuevo, no entraba en el tema.

Oh, no te molesta, ¿no? Quiero decir… No eres de closet —preguntó Laith cuando se dio cuenta de ese pequeño detalle. — Mírale el lado amable, si encuentras novia por mi culpa quiero ser el padrino de bodas —soltó una pequeña risa, destapando la primera botella de una cubeta llena de hielo con seis de ellas. — ¿Te he engañado un poco? Oh, sabrás perdonarme, pero es bueno para la salud, ya te lo digo yo, soy médico —eso no era verdad, pero no importaba demasiado.
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Sam J. Lehmann el Sáb Dic 08, 2018 2:02 am

Le pareció entrañable que Laith confesase que más que por un café, había ido en busca de compañía. Ya no por el hecho de que hubiese ido a la cafetería, sino porque se sintió aludida y, en cierta manera, valorada. Había ido allí a buscar en ella compañía, ya que dudaba mucho que hubiese ido a buscarla en Alfred por mucho que sea el anciano más simpático de todo Londres. Y quieras que no, a la rubia le llenaba por dentro haber creado ese buen rollo amistoso con el chico, pues ella lo consideraba una de esas compañías exquisitas: podrías hablar de temas muy serios y, a la vez, de temas muy absurdos, siendo ambos la continuación del otro. —Bueno, la has encontrado. —Le respondió, asegurándole que un rato al menos sí que le acompañaba a donde quisiera ir. —Claro… —respondió a lo del paraguas, sobre todo por comodidad. Era de género retrasado ir ambos por la acera a un metro de distancia, chocándose con la pared y las farolas, porque los paraguas no le dejaban acercarse sin estorbarse mutuamente. Así que Sam se metió debajo del de él—que era más grande—y cerró el suyo tras sacudirlo un poquito, colgándoselo a una de las asas de su mochilita.

Le preguntó que cómo había estado y… de verdad, cada vez que alguien que no sabía mucho de su vida le preguntaba eso, le daban ganas de comparar su vida con la trágica ambientación de alguna película dramática. De verdad, es que como hicieran una película de Sam y todo lo que le rodea, no tendría otro género que el de ‘trama córtate las putas venas’. No dejarían entrar al cine a gente triste, por si acaso. —Pues bien, en general. —Mintió, un poquito. —Todo bien que puede ir una vida como la mía. —Ahora mismo estaba bien y llevaba ya dos semanas bastante decente, pero había que decir que antes de eso la cosa se había torcido bastante y todavía no tenía muy claro como es que iba tan tranquila por la vida. Ahora no le quedaba otra que ser optimista y, pese a su pesimismo constante, de verdad que lo estaba intentando, sobre todo para tirar un poco de Gwen, quién era quién lo necesitaba. —La verdad es que tengo ganas de que llegue navidad. Presiento que… será una buena época, además de que siempre le he tenido un cariño especial. —Y viniendo de ella eso era un gran paso teniendo en cuenta los recuerdos de los dos últimos años con respecto a las navidades, las cuales habían sido NEFASTAS. —Adoro todo eso de decorar, regalar, hacer las cenas… no sé, todo siempre me ha inspirado un ambiente muy familiar, ¿a ti te gusta o entras en modo Grinch? —preguntó, interesándose por sus planes futuros.

Y ojo, que Sam llevaba unos meses recordando todo lo que pasó hace un año y las fechas que entraban y estaba en modo trauma, pero había llegado un momento en su vida de manera tan inesperada, dejando a uno de sus seres queridos con un problema de verdad, que todos ‘sus miedos recurrentes’ habían sido apartados con tal de sacar al resto del pozo. Tenía tantos estrés encima que ni tiempo tenía de recordar sus propias vivencias pasadas.

Sin caminar demasiado, tal cual había prometido Laith, llegaron al bar. Sam hacía muchísimo que no salía a ese tipo de establecimientos, por no decir que por norma general no solía frecuentar bares de ambiente porque siempre que salía solía hacerlo con gente heterosexual. Y porque, a decir verdad, rara vez salía a ‘ligar’. Sam era de esas que salía para beber con amigas y bailar con amigas, no para ver si pillaba a nadie a quién llevarse a la cama. Esas cosas no iban con ella. Es por eso que pese a que en un primer momento no lo notó, al entrar sí. Esas banderas y esas parejas recurrentes, en su mayoría del mismo sexo, hablaron por sí solas. No dijo nada, pues evidentemente le daba igual y estaba demasiado ocupada buscando los carteles fluorescente de color verde, marcados con la palabra ‘exit’ y un monigote retrasado que creía estar corriendo. —Gracias —le dijo sobre la marcha cuando le resumió las salidas de emergencia.

La paranoia era real, ¿ya lo había dicho? Teníais que ver lo que le pasaba por la cabeza a Samantha cuando una persona la miraba dos veces seguidas. Muchísimas veces había sido acorralada y muchísimas veces había visto que una doble mirada solía ser algo malo. Así que siempre pensaba que toda precaución era poca. Se sentó en el sillón junto a él y dejó a un lado su mochila, el abrigo y su gorro, dejándose la bufanda. Lo que dijo a continuación le hizo bastante gracia, sobre todo el que usara lo de que era médico para justificar cualquier cosa, ¡típico de los médicos! —Mira que en su momento me costó salir del armario porque mi circunstancias fueron un poco especiales, pero una vez lo hice mantuve las puertas bien cerradas para no volver a entrar —confesó como anécdota, para luego encogerse de hombros. Sam y su increíble habilidad para tener sentimientos no amistosos con sus amistades. —¿Y si encuentras tu novio vas a dejarme ser tu madrina de bodas? Porque… ¿estás soltero, verdad? —Intentó adivinar un poco a boleo, ya que si había ido a buscar compañía con esa melancolía asumía que pareja no tenía. Pero por si acaso preguntó, esperando no sonar indiscreta. Cogió una botella de cerveza, abriéndola el abridor que venía pegado a la cubeta.
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Laith Gauthier el Lun Dic 10, 2018 10:53 pm

Le sonrió amablemente en cuanto la rubia le dijo que había encontrado la compañía que había ido a buscar, metiéndose los dos debajo de su paraguas para ahorrar espacio. Laith, que estaba al tanto de la situación de Samantha, no pretendía menospreciar su estado de fugitiva de la ley, sino realmente saber cómo iba todo, a pesar de que seguramente oyese malas noticias. Pero no, todo iba tan buen como podía. Se alivió por dentro de escucharla hablar, a pesar de que sabía que podía no ser tan bueno como decía, también entendía que no era tan malo como lo imaginaba.

¿Navidad? —Laith preguntó con un tono de gracia. — ¿Una época de paz y amor? —no pudo evitar meterse un poco con ella. — Aunque sí, supongo que… Es del tipo de épocas que unen a la gente, ¿no? —le sonrió. Era el tipo de épocas que acercaba a quienes estaba juntos, y hacía sentir más solos a quienes estaban en soledad. — Regalar me gusta, pero… No puedo decir que sea mi época favorita, ¿supongo? Normalmente la trabajo, no hay muchos que se queden en navidad en el hospital —le confesó, encogiéndose de hombros.

Sí. Laith era del grupo que se sentía más solo en navidad, y por eso precisaba mantenerse ocupado. No porque realmente estuviese solo: le sobraban las invitaciones a fiestas navideñas, pero tener ese tipo de eventos sin las personas con quienes acostumbraba vivirlos no le gustaba. Y, siendo honestos, San Mungo necesitaba gente Grinch en navidad para que se quedase a trabajar, porque la cantidad de accidentes que pueden pasar en una época tan ajetreada eran incontables.

Al llegar al establecimiento, el sanador le explicó las salidas de emergencia rápidamente, mismas que él había considerado desde hace tiempo, cuando el mundo se volvió loco. Él sabía que los magos peligrosos no suelen pasar desapercibidos en ambientes nomaj, y sabía que los magos que sabían disimular no eran peligrosos, pero siempre era mejor tener la guardia en alto cuando la libertad era lo que estaba en juego. Se sentaron en la mesa y Laith se encargó de pedir las bebidas mientras ella se quitaba todo el armazón abrigado que tenía encima.

Bien, entonces que traigan a las bailarinas exóticas, ¿dónde están esos tipos en tanga de elefante? —bromeó, como si realmente fuesen a salir bailarines exóticos en un bar tan serio como ese. Se recargó con el brazo contrario a Sam encima de la cabecera del asiento después de abrir su cerveza y le dio un buen sorbo… que casi se atraganta con su pregunta. — Oh, mi dulce niña del verano —le dijo con un fingido tono de pena. — Supongo que te dejaría si encontrase a ese novio imaginario contigo, pero el panorama no es prometedor —miró su cerveza. — Básicamente porque soy un promiscuo que sólo tiene de esas relaciones que no duran. Amigos con derechos, los llaman —apuntó con gracia.

Laith nunca se había detenido a imaginarse una boda con algún príncipe encantador. Bien, le gustaba la idea de tener hijos algún día, pero nunca había contemplado una pareja en su plan. Lo que le agradaba, sin embargo, era que con sólo minutos de conversación había conseguido desviar su cabeza hacia otro punto distinto al que lo había llevado a buscar compañía. De eso se trataba tener buena compañía, de olvidarse por un momento de los problemas.

¿Qué hay de ti? ¿Ya has pensado en tu boda? ¿Las dos de blanco o irías de traje? —se entrometió un poco, jugando con la idea. Porque la idea era divertida siempre que él no era el casado. — Porque asumo que no tienes novia tampoco, ¿no? Ahora es cuando me dices que estás prometida y me voy silenciosamente con mi cerveza —volvió a hacer un gesto con la cerveza, inclinándose a tomar un maní salado cuando la camarera les llevó un tazón sin preguntar. La vieja trampa para causar sed en la que la gente siempre caía, cuando no les daba alergia el maní.
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Sam J. Lehmann el Miér Dic 12, 2018 2:53 am

Frunció la nariz con un gesto entre divertido y desganado cuando Laith dijo que solía trabajar estas fechas. Sam casi siempre, en los años anteriores en donde no era fugitiva, siempre solía cogerse vacaciones en navidad porque le encantaban estas festividades. Ahora como sus vacaciones eran menos y ya había cogido anteriormente para el Magicland iba a tener que trabajar ciertos días, pero la verdad es que poco le importaba porque le encantaba su trabajo. La única diferencia de estos años con los anteriores de su vida normal es que Sam había dejado todo contacto familiar aislado, por lo que en cierta manera también se sentía un poquito vacía. Echaba muchísimo de menos a sus padres y se había auto-convencido de que podía vivir sin ellos, pero en realidad... es que hacía ya casi tres años que no los veía y por mucho que fuesen una familia despegada, eso se notaba. Era un poco triste, pero necesitaba uno de esos abrazos de oso de su padre. —¿Entonces eres más de verano para irte de vacaciones a un lugar en donde haya sol y no una eterno nubarrón en el cielo? —Y miró hacia arriba, refiriéndose exactamente a Londres, el lugar más triste en cuanto a ambiente se refería.

Le preguntó lo del novio con toda su buena fe y la verdad es que por una parte se rió frente a su drama y falso tono de pena—además de que no esperaba que la llamase 'dulce niña de verano' cual señor de ochenta años—, pero lo que menos se esperó fue que le dijera que era una persona promiscua, de esas que tienen relaciones que no duran. La verdad es que en eso no se parecían en absoluto, pues Sam consideraba ese tipo de relaciones no aptas para ella. —Yo pensando que éramos como uña y carne en distintos sexos y ya veo que no —respondió divertida frente a su confesión de promiscuidad. —Nunca os entenderé. Pero en el buen sentido, es decir... respeto esa manera de tener relaciones, pero es que a mí me resulta tan impensable que no sé cómo lo hacéis —confesó, para entonces beber ella de su cerveza. —Por una parte pienso que es mucho mejor porque te ahorras seriedades, pero claro, a mí me gustan las cosas serias. Pero por otra parte... ¿y si uno se hace ilusiones? Es raro. Mira que he tuve oportunidades de hacer eso, pero siempre salía huyendo en el último momento. Yo soy de las tradicionales de empezar una relación con la persona antes de irnos a la cama. —Y con una sonrisa de lo más dulce, se encogió de hombros y brindó con el aire, mostrando una sonrisa. Y entonces cayó en un detalle que había dicho que se podía malinterpretar. —O sea, ya sé como lo hacéis, no hace falta detalles —aclaró con el dedo en alto, pues algo le decía que Laith era de esos que saltaría con el funcionamiento sexual de dos hombres en la cama. Porque claro, Sam es lesbiana y no debe saber como funciona un pene.

¡Que si Sam había pensado en su boda! ¡SAM! ¡EN SU BODA! Soltó una pequeña carcajada ante su pregunta tan linda, teniendo en cuenta que no la conocía de nada. Con lo que Sam adoraba el amor, la historia perfecta entre dos personas y el culmen de casarse, realizar los votos... no sé, todo le parecía ideal. Y como es evidente, siempre se imaginaría una boda tradicional en donde ambas chicas vestían hermosos vestidos de color blanco. Fue a contestar rápidamente, pero al darse cuenta de que se había imaginado todo eso en compañía de Gwendoline, su mente la trolleó hasta el punto de dejarle momentáneamente sin habla.

Bebió para disimular, con una sonrisa. —¿Qué narices voy a tener novia, Laith? ¿Y qué será lo siguiente, adoptar a un negrito a puertas de una Guerra Civil en Londres en donde yo soy del bando rebelde? —Y se rió divertida, negando con la cabeza ante su idea. —Créeme que... —Iba a decir con toda la seguridad del mundo que no estaba la situación como para pensar en esas cosas, pero la verdad es que la pobre Sam llevaba unos meses un tanto confundida con la vida y, lo que creía que no iba a llegar nunca en su situación tan horrorosa, estaba llegando cada vez más fuerte—...que no es el momento. —Terminó por decir. Como había sonado un demasiado poco fiable lo que acababa de decir, decidió añadir un dato: —Y sí, obviamente iríamos las dos de blanco, con un vestido hermoso. El de ella sería mucho más bonito que el mío para quedarme como una tonta mirándola y tener excusa para que se me olviden los votos. —Y cerró los ojos, fingiendo estar enamorada.

Ya, claro, fingiendo.

Ella también comió un maní, ya que la camarera lo había puesto allí de manera totalmente fantasmal—pues ni se había dado cuenta—y no le iba a hacer el feo de no comérselo. Había pasado dos años como fugitiva, ¿vale? Ella sabía valorar las cosas gratis de la vida. —Pero bueno, ahora que hemos dejado claro que los dos vamos a pasar estas navidades muy solitos y encima, en tu caso, trabajando, ¿qué tal te ha ido el día? —dijo tras teatralizar una escena divertida y triste a partes iguales. —Bueno  que tú eres el promiscuo, seguro que tú no te lo pasas tan solito, ¿todo bien hoy? —Le preguntó eso último mirándolo con dulzura, ya que desde que se lo había encontrado en la puerta del Juglar le había notado algo apático y triste. Pero no sabía si es que Laith solía vivir así, o si de verdad le pasaba algo. Por desgracia todavía no se conocían tanto.
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Laith Gauthier Ayer a las 11:11 am

Laith se sonrió cuando ella le preguntó si era más de verano que de frío. — Sí, más o menos —le dio la razón. — Bueno, hay que admitir que acampar en un otoño, con aroma húmedo de la tierra mojada y llovizna es fantástico, es decir, no me importa un clima con nubes en el cielo, pero… Es difícil de explicar, imagino —resumió, al verse incapaz de poner en palabras lo que quería expresar. De todas maneras, no es que fuera un asunto particularmente importante. — ¿A ti te gusta el clima londinense, frío y lluvioso? —le devolvió la pregunta con curiosidad.

Le confesó su promiscuidad imposibilitando el hecho de tener una relación seria que llegase al matrimonio, cosa que Samantha no compartía. Ella era más de relaciones serias y hacerse ilusiones y todas esas cosas del sentimentalismo. La escuchó con una sonrisa sin que le pareciese mal que tuvieran métodos distintos de hacer las cosas. La de ella, por supuesto, era la socialmente aceptable después de todo, por más que la promiscuidad estuviese normalizada en el mundo actual. Le parecía hasta tierno, y no se le había ocurrido explicarle el funcionamiento del sexo gay entre varones hasta que ella lo interrumpió.

Oh… Pensé que íbamos a tener una divertida clase de biología —se quejó con falsa tristeza. — A lo largo de mi experiencia, uno tiene que ser totalmente honesto y muy mental para no ilusionar al otro, no es malo tener sexo sin un vínculo amoroso, pero es miserable fingir un vínculo amoroso para lograr tener sexo —le expuso su punto de vista. Por eso es que, cuando pretendía ligar, le gustaba llevar la verdad por delante: no iba a haber ataduras, ni una relación romántica, ni sentimientos complejos que podrían hacer daño al corto o largo plazo.

El sanador no pudo evitar reírse en alto cuando le preguntó cómo se le ocurría que tuviese novia en medio de aquella guerra donde ella era del bando menos beneficiado. Le parecía tan loco como adoptar a un niño en situación precaria, por lo que él negó con la cabeza; divertido en el fondo. La notó dudar, sin embargo, cuando le dijo que no era el momento de tener una novia, y eso lo hizo sonreír. Pensaba que Samantha no estaba siendo del todo sincera con él, pero fingió que le creía, al menos al comienzo.

Lo has pensado bastante bien, por lo visto, el tema de tu boda… ¿De verdad no hay una, una sola persona, que se te venga a la cabeza? —le preguntó con un tono picarón, dándole un momento a ponerse nerviosa. — A mí por ejemplo no me molestaría casarme con Michiel Huisman, el que hace de Daario en Juego de Tronos, pero por supuesto no me he puesto a imaginar nuestra boda soñada —bromeó con ella, cuando era muy seguro que no acabase casándose con un actor nomaj, en especial en aquellos tiempos en el mundo mágico donde lo colgarían de los dedos por traidor.

Gracias a la intervención de una camarera ninja, empezaron a comerse los manís que habían presentado a ellos, cambiando a un tema mucho más típico que las futuras navidades y bodas imaginarias (y, quizá, no tan imaginarias) para hablar sobre aquel día, riéndole la gracia de teatralizar lo horrible que era que él decidiese pasar las fechas solo y trabajando. Ella preguntó cómo había sido su día, con esa mirada acogedora que lo hizo suspirar con una sonrisa abnegada. A nadie engañaba, a fin de cuentas, y dio un trago a su botella antes de hablar.

Perdí a un paciente hoy —le confesó al fin. — Una fugitiva atacada hasta la muerte —no sabía si era correcto decírselo, pero ya lo había hecho. — Ser médico necesita un corazón de piedra a veces que yo no tengo, y si a eso le sumas tener que aparentar ante las autoridades… Necesitaba un respiro con alguien de confianza, así que lo siento si te hago sentir usada —sonrió intentando bromear con ello, aunque Laith era un hombre sensible y no podía fingir que no le afectaba. — Sólo quería distraerme un rato, es agradable hablar contigo —lo había descubierto desde aquella primera conversación en el trabajo de ella. — ¿Por qué no me cuentas mejor de tu día? No quiero deprimirte con esto.

Laith no acostumbraba a dejarse abrumar por hechos deprimentes, pero a veces era necesario desconectar un poco. Por suerte, contaba con amigos y conocidos que le amparaban cuando necesitaba detenerse a descansar emocionalmente un momento y le devolvían aquella magia que representaba el deseo de estar vivo, la emoción y pasión por las cosas de la vida, aunque fueran simples. Lo que marcaba la diferencia, esa luz entre la oscuridad.
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