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Ríe cuando puedas. —Laith Gauthier.

Sam J. Lehmann el Sáb Nov 24, 2018 3:03 am

Ríe cuando puedas. —Laith Gauthier.  Pj2Sh7O
Cierre del Juglar Irlandés || 30 de noviembre del 2018, 20:54 horas  || Atuendo

Alfred y Erika tenían un compromiso esa noche, por lo que dejaron a manos de Sam y Adrian el cerrar la tienda. Había sido un día bastante estresante porque sólo habían estado ellos dos por la tarde, ya que Santi estaba enfermo, pero lo habían sacado hacia adelante gracias a que ese día de lluvia y más lluvia apenas había habido muchos clientes, solo aquellos que se pasaban por una buena taza de chocolate caliente para calentar sus manos. La verdad es que con el nivel emocional de Adrian—similar al de un ladrillo—a Sam le había costado bastante acercarse a él, pero poco a poco lo había conseguido y él cada vez se abría más frente a ella, haciendo que descubriese a un hombre muy humilde, un bohemio, un soñador y un tipo muy tímido. Le encantaba la diferencia entre ambos, sobre todo porque cada vez se notaba menos entre ellos y podían... tener conversaciones sin que Adrian saliese huyendo por su timidez o su mal inglés.

Acababan de cerrar el Juglar Irlandés, asegurándose de que todo estaba apagado y todo en su sitio, por lo que ambos se encontraban en la puerta del mismo, cada uno con sus respectivos paraguas—pues llovía un poquito—hablando sobre el día, lo que harían esa noche y de todo un poco. A decir verdad Sam tenía mucha curiosidad por la vida de Adrian, por lo que de vez en cuando le soltaba alguna que otra pregunta cotilla. Sin embargo, ahora estaban hablando de series, el tema por excelencia para crear feeling amistoso.

¿Has visto Orphan Black?

¡Sí, y me encanta! ¡La actriz es una pasada!

Hablaban de todo y de nada, en realidad, poniéndose al día como si hubiesen sido dos amigos que hacen mucho tiempo que no hablan. Y bueno, ahora mismo es que Sam estaba bien, alegre. Después de las semanas que había pasado... volvía a sentir esa brisa de tranquilidad en donde todo, aunque pudiera ir mal, parecía ir bien. Y agradecía muchísimo esas épocas en su vida porque si no, la pobre, terminaría jalándose de los pelos cada tres días entre su mala suerte y su pesimismo habitual últimamente. Solo tenía ganas de abrazar a sus amigas, meterse bajo las mantas del sofá con ellas y no salir nunca jamás de esa sensación tan bonita y de protección mutua.

Poco a poco la conversación fue llegando a ese punto en donde tienes ganas de continuar pero ya empiezas a notar como la lluvia empieza a mojarte los pantalones bajo el paraguas, por lo que mejor es ir dejándola estar y continuarla en otro momento. Sin embargo, antes de que pudieran despedirse, un nuevo paraguas se paró al lado de ellos. Ambos miraron, curiosos, al nuevo integrante. —¿Laith? —preguntó divertida, poniendo una de sus manos en su hombro como saludo, asumiendo que había venido a tomarse un café, como algunas veces hacía. Y le encantaba, por cierto, que alguien como él fuese a ese lugar a tomarse el café. Hablar con él era una gozada, sinceramente. —Creo que hoy llegas un poquito tarde, ¿eh?

Adrian se limitó a mirar a Laith, esbozando una tímida sonrisa acompañado de un leve asentimiento de cabeza. A contrario de lo que parecía normalmente, no parecía del todo incómodo ni huyó con alguna excusa barata, sino que continuó allí, esperando una presentación formal. —Adrian, él es Laith. Laith, él es mi compañero Adrian. Supongo que ya os habíais visto, pero no recuerdo haberos presentado... —les presentó con sencillez y tranquilidad, viendo como Adrian levantaba la mano, ataviada en un guante negro de terciopelo, para tendérsela a Laith.
Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Jue Nov 29, 2018 11:07 am

Decir que estaba teniendo un buen día entraba en la misma categoría que estar mintiendo. No podía hacer mucho al respecto, su trabajo era así, deprimente a veces. Luego de horas en la sala de intervención quirúrgica, poco había podido hacer para salvar que él había llegado a sospechar que era una jovencita agredida por racismo. El sanador creyó haber visto su rostro en las paredes del Londres mágico, una fugitiva, aunque no podría saberlo con certeza si no llegaban los aurores a por el asunto en cuestión. No hace falta decir que sí, que habían llegado.

Quizá lo peor de haber perdido un paciente, que para bien o para mal era un riesgo al que se enfrentaban todos los días, no era sólo el acto ya de por sí devastador de haber tenido en sus manos una vida que ya no está, sino tener que fingirse el fuerte porque nadie llora la muerte de un fugitivo. Y en esos días, se daba cuenta de hasta dónde llegaba la mierda en la sociedad mágica, donde una muerte es menospreciada por su sangre. Esos días, Laith llegaba a pensar que no valía la pena la seguridad y el apoyo que prestaba si, al final, colaboraba con el nuevo régimen, de una u otra forma.

En eso llevaba pensando ya unas horas. Para Laith no era bueno ni sano pensar demasiado, su interior era peligroso cuando no se sentía bien. Llevaba escondidas tantas heridas abiertas que sumergirse en su interior era parecido a un globo intentando cruzar un camino de cactus. Él lo sabía. Se puso de pie de la banca donde se había sentado para refugiarse de la lluvia debajo del follaje de un árbol, había salido del trabajo hace alrededor de una hora, abrió el paraguas y empezó a caminar sin saber bien a dónde iba. Cuando la colilla se fue, encendió otro cigarrillo que estuvo por acabarse cuando llegó a su destino.

Interrumpió una conversación de dos, con el descaro del mundo, y desenvainó una sonrisa de emergencia. — Buenas tardes, ¿qué pasa que cierran tan pronto? —preguntó, mirando a la puerta las luces apagadas y el cartel de “Cerrado”. — ¿Tan tarde es ya? —preguntó, y se dio cuenta de que, en realidad, no estaba muy seguro de la hora. El reloj de su muñeca derecha marcaba casi las nueve de la noche. Volvió su mirada hacia el compañero griego de Sam y se permitió un segundo para observar su rostro antes de devolverle la sonrisa, evidentemente más abierta que su tímida expresión. — Es un placer conocerte —le dijo, apretándole la mano enguantada en un firme saludo.

La forma de obrar de Laith no siempre tenía explicación, y no siempre necesitaba una. Era de hecho fácil: si no quería pensar tenía que mantener la mente ocupada. Y para mantener la mente ocupada necesitaba acción, necesitaba magia y no de la que uno puede hacer con una varita. Se quedó un momento mirando a la puerta cerrada, maquinando a toda velocidad en qué hacer hasta suspirar y sonreírse.

Bueno, ¿qué voy a hacer? Si no puedo beber un café… ¿Una cerveza? Conozco un bar cerca de aquí muy bueno, si me dejan invitarlos —les preguntó a los dos. — No me importaría algo de compañía —le dirigió una sonrisa a Adrian. Parecía un sujeto bastante introvertido, así que no estaba seguro que fuese a aceptar, luego se dirigió a Sam. — Tú me debes una cerveza de una apuesta que seguramente hicimos pero nadie recuerda —le intentó persuadir a Sam para que aceptase su oferta con una ficticia apuesta sobre cervezas que nadie había hecho.
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Sam J. Lehmann el Lun Dic 03, 2018 3:41 am

La verdad es que en sus planes de aquella noche no entraba ni de lejos la oportunidad de tomarse una cerveza con Laith y Adrian después del trabajo, pero cuando el muchacho ofreció la oportunidad, Sam se sintió como una de esas noches hace años. Una noche en dónde cualquiera podría sugerirle un plan totalmente imprevisible y ella podía pensarse seriamente si aceptar o no porque no pasaría nada por arriesgarse un poco y salir de lo preestablecido. Ahora, sin embargo, con sus exigentes horarios y su sobre-protección a sí misma, la cosa cambiaba muchísimo.

Sin embargo, intentó relativizar su miedo con la vida: iba 'camuflada' con su aspecto de Amelia Williams, acompañada de un muggle y si era un bar aquí cerca tampoco iba a haber necesariamente ningún problema. Y teniendo en cuenta cómo era su vida normalmente, recluida en casa y sin salir demasiado a tomar el aire más que para ir a trabajar, quizás sí que necesitaba ese tipo de novedades en su vida. Y además, admitámoslo: Sam quería ir. ¡Estaba deseosa de ir! ¡De sentirse de nuevo una persona normal! Y después de todo lo que había pasado últimamente en su vida, de verdad que un respiro así y una salida de la monotonía que no fuese una desgracia en su vida, quizás le viniera bien. —¿Ah, sí? —preguntó, divertida, siguiéndole el rollo con lo de la apuesta. —¿Y perdí? Madre mía, Adrian, entonces no puedo no ir. Una Lehm... Williams siempre paga sus deudas. —Y, ante la confusión más estúpida del universo por bromear siempre con su apellido real con esa estúpida frase, se llevó los dedos al puente de la nariz, bajando la mirada por la cagada pero sonriendo para evitar preguntas del griego. Por suerte él estaba en a saber qué mundo, como siempre, que ni se percató. —¿Te vienes entonces? Sólo una. Pero una de verdad, no una y luego terminamos en la acera sin saber en dónde dejamos las bragas... —exageró, divertidísima. Adrian rió a su broma.

Matizo una cosa: Sam jamás ha terminado tan borracha como para terminar en la acera sentada sin saber en dónde ha dejado las bragas, ¿vale? Es solo una manera de hablar. A decir verdad, era cierto que había conocido a dos de sus parejas estando borracha, pero jamás había mantenido relaciones sexuales con nadie por primera vez estando borracha. Ella era mucho de esperar al momento adecuado y tomarse las cosas con calma. Nunca había tenido esos conocidos 'ligues de una noche'.

Adrian miró la hora y, notándose no muy convencido por la idea, decidió denegar la oferta.

Yo creo que me voy a casa, estoy cansado. —Y aunque Sam sonrió, entendiéndolo, no le hacía falta ser legeremante para saber que, directamente, no se sentiría cómodo yendo de cervezas con dos 'desconocidos' que no son afín a él, sobre todo teniendo en cuenta su nivel de introversión.

Vale, pues nos vemos mañana. —Se despidió, con un beso.

En verdad el único reparo que le daba que Adrian se hubiese apuntado es que no podría hablar con Laith de cómo llevaba todo el tema del estudio que estaba haciendo, por lo que en cierta manera se alegró un poquito—pero muy poquito—de que hubiese denegado la oferta. La verdad es que tener que limitar tu hablar y tus expresiones cuando estabas en compañía de un mago y un muggle era muy complicado, ya que el cerebro solía adaptarse a lo más cómodo para ti y, en este caso, Sam sabía que iba a tener que medir sus palabras. Así que Adrian se giró y comenzó a caminar bajo la lluvia, dirigiéndose probablemente a la estación de metro más cercana, que estaba a dos manzanas.

Cuando se hubo alejado lo suficiente, Sam miró a Laith. —Es un chico especial, hay que entenderlo. Hoy es la cuarta vez que cerramos juntos y tenemos una conversación medianamente larga. Y llevamos más de seis meses trabajando juntos. —Le contó a Laith, usando su mano libre de paraguas para colocarse mejor el gorrito que llevaba en la cabeza, así como la bufanda a juego para taparse un poco la boca y así el rostro. —Pero es un buen tío. —Y tras echar una última mirada a dónde se había ido, volvió a mirar a Laith. —¿En serio venías con la intención de tomarte un café a estas horas o era solo una excusa para invitarme a una cerveza? Es muy romántico, Laith. Una pena que seamos lo más opuesto del universo.

Él, super gay. Ella, super bollera. Era una relación romántica totalmente imposible teniendo en cuenta que probablemente ‘repulsión’ sea lo que uno sienta por el otro cuando te lo imagines desnudo, a tu lado en la cama. Menos mal que Sam no había pensado nada de eso o hubiera entrado en un ataque de risa instantáneo. —¿Eso está muy lejos? —dijo, refiriéndose al bar del que había hablado.
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Laith Gauthier el Jue Dic 06, 2018 6:21 am

Laith exageró un asentimiento cuando Samantha le preguntó si ella había perdido su apuesta totalmente imaginaria, siguiéndole la corriente. Se dio cuenta, además, de un pequeño desliz con su apellido al utilizar una frase de los Lannister, riendo para disimular, como si sin hablar dijese: “¿Desliz? ¿Qué desliz?”. Ella intentó invitar a su amigo, y Laith sólo sonrió con ese encanto suyo, incapaz de reírse del todo. Él, por su lado, tenía historias de haber literalmente terminado en la acera sin saber dónde dejó la ropa interior, pero estaba demasiado sobrio para contarlas y no le apetecía, con su estado de ánimo actual, traer a su memoria una época así de negra.

Descansa —el sanador se despidió amablemente de Adrian, sin molestarse en insistir, alzando su mano al aire para despedirse de él. Honestamente, se lo veía venir. Se dirigió hacia Samantha cuando ella empezó a hablarle del griego, intentando justificarle su rechazo, pero Laith mantenía esa sonrisa. — No lo dudo —contestó, afirmando que seguramente fuese un buen sujeto. — Lo entiendo, no te preocupes, me alegra que se estén acercando —y lo decía con sinceridad, pues parecían llevarse bien y, si eso continuaba, imaginaba que se volverían amigos aquellos dos compañeros de trabajo.

El sanador se fingió descubierto cuando le preguntó si había ido con intenciones de invitarla a una cerveza, “descubriendo” su romántico plan para pasar una velada juntos, a pesar de que los dos tenían claro que sus gustos sexuales eran agua y aceite, cosa que ni siquiera bebiendo hasta no saber sus nombres podría cambiarse. Y eso, de nuevo, Laith lo había comprobado. Al final, dejó que el teatro se le cayera y volvió a mirar el local antes de soltar un suspiro.

El café me mima el espíritu, así que no me hubiese molestado tener uno —le confesó. — Pero admito que esperaba encontrar algo de compañía —Laith era así de transparente que no ocultaba casi nunca sus verdaderas intenciones. — El bar no está lejos de aquí, de mis favoritos si tengo que ser honesto —le dijo, empezando a caminar y metiendo una mano en su bolsillo, mientras que la otra la mantenía sujetando su paraguas. No le molestaría compartirlo con Samantha, cuando era suficientemente grande, pero también entendería que quisiese ir con su propio refugio. — Podemos usar el mismo paraguas —le soltó la breve sugerencia. — ¿Cómo has estado?

Esperaba escucharla, caminando a través de las calles de Londres, participando activamente en la conversación hasta llegar a aquel bar que, como prometió, no estaba lejos. Tenía una fachada sobria y discreta, pero el rumor del sonido de la música se escuchaba desde fuera. Había un portero que a la vez servía de guardia por si algún menor de edad quería colarse, aunque por supuesto ellos no tuvieron problema alguno al acceder. A su izquierda se extendía una pequeña pista de baile rodeada de varias mesas mientras que a su izquierda y al frente había mesas y sillones para pasar el rato. Al fondo encontrarían la barra.

Laith se sentó en un sofá en una esquina, distante del rumor de la pista de baile y aprovechó para poner, por mera costumbre, una canción vieja de Guns ‘N Roses en la máquina. — Y aquí estamos —le dijo, sentándose en el sofá con un gesto abierto, haciendo un cuatro con las piernas antes de pedir una cubeta de cervezas. Sí, una cubeta, que no una, a la camarera. — Hay salidas de emergencia, por donde entramos, a tres mesas de aquí y al lado de los baños —le informó, asumiendo que podría pensar en ello.

Era un bar rústico y muy sobrio, se intuía cierta madurez en el ambiente. Sólo había un detalle muy particular: una que otra bandera arcoíris, y por supuesto parejas del mismo género conversando con bebidas y bailando. No se malentienda: había parejas hetero, pero eran sólo una minoría. Diríase que era un bar que aceptaba la diversidad sexual en todos sus aspectos. Un bar que Laith frecuentaba desde que era universitario. Uno de los pocos que había seguido frecuentando hasta la actualidad, por un peso bastante emocional que, de nuevo, no entraba en el tema.

Oh, no te molesta, ¿no? Quiero decir… No eres de closet —preguntó Laith cuando se dio cuenta de ese pequeño detalle. — Mírale el lado amable, si encuentras novia por mi culpa quiero ser el padrino de bodas —soltó una pequeña risa, destapando la primera botella de una cubeta llena de hielo con seis de ellas. — ¿Te he engañado un poco? Oh, sabrás perdonarme, pero es bueno para la salud, ya te lo digo yo, soy médico —eso no era verdad, pero no importaba demasiado.
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Sam J. Lehmann el Sáb Dic 08, 2018 2:02 am

Le pareció entrañable que Laith confesase que más que por un café, había ido en busca de compañía. Ya no por el hecho de que hubiese ido a la cafetería, sino porque se sintió aludida y, en cierta manera, valorada. Había ido allí a buscar en ella compañía, ya que dudaba mucho que hubiese ido a buscarla en Alfred por mucho que sea el anciano más simpático de todo Londres. Y quieras que no, a la rubia le llenaba por dentro haber creado ese buen rollo amistoso con el chico, pues ella lo consideraba una de esas compañías exquisitas: podrías hablar de temas muy serios y, a la vez, de temas muy absurdos, siendo ambos la continuación del otro. —Bueno, la has encontrado. —Le respondió, asegurándole que un rato al menos sí que le acompañaba a donde quisiera ir. —Claro… —respondió a lo del paraguas, sobre todo por comodidad. Era de género retrasado ir ambos por la acera a un metro de distancia, chocándose con la pared y las farolas, porque los paraguas no le dejaban acercarse sin estorbarse mutuamente. Así que Sam se metió debajo del de él—que era más grande—y cerró el suyo tras sacudirlo un poquito, colgándoselo a una de las asas de su mochilita.

Le preguntó que cómo había estado y… de verdad, cada vez que alguien que no sabía mucho de su vida le preguntaba eso, le daban ganas de comparar su vida con la trágica ambientación de alguna película dramática. De verdad, es que como hicieran una película de Sam y todo lo que le rodea, no tendría otro género que el de ‘trama córtate las putas venas’. No dejarían entrar al cine a gente triste, por si acaso. —Pues bien, en general. —Mintió, un poquito. —Todo bien que puede ir una vida como la mía. —Ahora mismo estaba bien y llevaba ya dos semanas bastante decente, pero había que decir que antes de eso la cosa se había torcido bastante y todavía no tenía muy claro como es que iba tan tranquila por la vida. Ahora no le quedaba otra que ser optimista y, pese a su pesimismo constante, de verdad que lo estaba intentando, sobre todo para tirar un poco de Gwen, quién era quién lo necesitaba. —La verdad es que tengo ganas de que llegue navidad. Presiento que… será una buena época, además de que siempre le he tenido un cariño especial. —Y viniendo de ella eso era un gran paso teniendo en cuenta los recuerdos de los dos últimos años con respecto a las navidades, las cuales habían sido NEFASTAS. —Adoro todo eso de decorar, regalar, hacer las cenas… no sé, todo siempre me ha inspirado un ambiente muy familiar, ¿a ti te gusta o entras en modo Grinch? —preguntó, interesándose por sus planes futuros.

Y ojo, que Sam llevaba unos meses recordando todo lo que pasó hace un año y las fechas que entraban y estaba en modo trauma, pero había llegado un momento en su vida de manera tan inesperada, dejando a uno de sus seres queridos con un problema de verdad, que todos ‘sus miedos recurrentes’ habían sido apartados con tal de sacar al resto del pozo. Tenía tantos estrés encima que ni tiempo tenía de recordar sus propias vivencias pasadas.

Sin caminar demasiado, tal cual había prometido Laith, llegaron al bar. Sam hacía muchísimo que no salía a ese tipo de establecimientos, por no decir que por norma general no solía frecuentar bares de ambiente porque siempre que salía solía hacerlo con gente heterosexual. Y porque, a decir verdad, rara vez salía a ‘ligar’. Sam era de esas que salía para beber con amigas y bailar con amigas, no para ver si pillaba a nadie a quién llevarse a la cama. Esas cosas no iban con ella. Es por eso que pese a que en un primer momento no lo notó, al entrar sí. Esas banderas y esas parejas recurrentes, en su mayoría del mismo sexo, hablaron por sí solas. No dijo nada, pues evidentemente le daba igual y estaba demasiado ocupada buscando los carteles fluorescente de color verde, marcados con la palabra ‘exit’ y un monigote retrasado que creía estar corriendo. —Gracias —le dijo sobre la marcha cuando le resumió las salidas de emergencia.

La paranoia era real, ¿ya lo había dicho? Teníais que ver lo que le pasaba por la cabeza a Samantha cuando una persona la miraba dos veces seguidas. Muchísimas veces había sido acorralada y muchísimas veces había visto que una doble mirada solía ser algo malo. Así que siempre pensaba que toda precaución era poca. Se sentó en el sillón junto a él y dejó a un lado su mochila, el abrigo y su gorro, dejándose la bufanda. Lo que dijo a continuación le hizo bastante gracia, sobre todo el que usara lo de que era médico para justificar cualquier cosa, ¡típico de los médicos! —Mira que en su momento me costó salir del armario porque mi circunstancias fueron un poco especiales, pero una vez lo hice mantuve las puertas bien cerradas para no volver a entrar —confesó como anécdota, para luego encogerse de hombros. Sam y su increíble habilidad para tener sentimientos no amistosos con sus amistades. —¿Y si encuentras tu novio vas a dejarme ser tu madrina de bodas? Porque… ¿estás soltero, verdad? —Intentó adivinar un poco a boleo, ya que si había ido a buscar compañía con esa melancolía asumía que pareja no tenía. Pero por si acaso preguntó, esperando no sonar indiscreta. Cogió una botella de cerveza, abriéndola el abridor que venía pegado a la cubeta.
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Laith Gauthier el Lun Dic 10, 2018 10:53 pm

Le sonrió amablemente en cuanto la rubia le dijo que había encontrado la compañía que había ido a buscar, metiéndose los dos debajo de su paraguas para ahorrar espacio. Laith, que estaba al tanto de la situación de Samantha, no pretendía menospreciar su estado de fugitiva de la ley, sino realmente saber cómo iba todo, a pesar de que seguramente oyese malas noticias. Pero no, todo iba tan buen como podía. Se alivió por dentro de escucharla hablar, a pesar de que sabía que podía no ser tan bueno como decía, también entendía que no era tan malo como lo imaginaba.

¿Navidad? —Laith preguntó con un tono de gracia. — ¿Una época de paz y amor? —no pudo evitar meterse un poco con ella. — Aunque sí, supongo que… Es del tipo de épocas que unen a la gente, ¿no? —le sonrió. Era el tipo de épocas que acercaba a quienes estaba juntos, y hacía sentir más solos a quienes estaban en soledad. — Regalar me gusta, pero… No puedo decir que sea mi época favorita, ¿supongo? Normalmente la trabajo, no hay muchos que se queden en navidad en el hospital —le confesó, encogiéndose de hombros.

Sí. Laith era del grupo que se sentía más solo en navidad, y por eso precisaba mantenerse ocupado. No porque realmente estuviese solo: le sobraban las invitaciones a fiestas navideñas, pero tener ese tipo de eventos sin las personas con quienes acostumbraba vivirlos no le gustaba. Y, siendo honestos, San Mungo necesitaba gente Grinch en navidad para que se quedase a trabajar, porque la cantidad de accidentes que pueden pasar en una época tan ajetreada eran incontables.

Al llegar al establecimiento, el sanador le explicó las salidas de emergencia rápidamente, mismas que él había considerado desde hace tiempo, cuando el mundo se volvió loco. Él sabía que los magos peligrosos no suelen pasar desapercibidos en ambientes nomaj, y sabía que los magos que sabían disimular no eran peligrosos, pero siempre era mejor tener la guardia en alto cuando la libertad era lo que estaba en juego. Se sentaron en la mesa y Laith se encargó de pedir las bebidas mientras ella se quitaba todo el armazón abrigado que tenía encima.

Bien, entonces que traigan a las bailarinas exóticas, ¿dónde están esos tipos en tanga de elefante? —bromeó, como si realmente fuesen a salir bailarines exóticos en un bar tan serio como ese. Se recargó con el brazo contrario a Sam encima de la cabecera del asiento después de abrir su cerveza y le dio un buen sorbo… que casi se atraganta con su pregunta. — Oh, mi dulce niña del verano —le dijo con un fingido tono de pena. — Supongo que te dejaría si encontrase a ese novio imaginario contigo, pero el panorama no es prometedor —miró su cerveza. — Básicamente porque soy un promiscuo que sólo tiene de esas relaciones que no duran. Amigos con derechos, los llaman —apuntó con gracia.

Laith nunca se había detenido a imaginarse una boda con algún príncipe encantador. Bien, le gustaba la idea de tener hijos algún día, pero nunca había contemplado una pareja en su plan. Lo que le agradaba, sin embargo, era que con sólo minutos de conversación había conseguido desviar su cabeza hacia otro punto distinto al que lo había llevado a buscar compañía. De eso se trataba tener buena compañía, de olvidarse por un momento de los problemas.

¿Qué hay de ti? ¿Ya has pensado en tu boda? ¿Las dos de blanco o irías de traje? —se entrometió un poco, jugando con la idea. Porque la idea era divertida siempre que él no era el casado. — Porque asumo que no tienes novia tampoco, ¿no? Ahora es cuando me dices que estás prometida y me voy silenciosamente con mi cerveza —volvió a hacer un gesto con la cerveza, inclinándose a tomar un maní salado cuando la camarera les llevó un tazón sin preguntar. La vieja trampa para causar sed en la que la gente siempre caía, cuando no les daba alergia el maní.
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Sam J. Lehmann el Miér Dic 12, 2018 2:53 am

Frunció la nariz con un gesto entre divertido y desganado cuando Laith dijo que solía trabajar estas fechas. Sam casi siempre, en los años anteriores en donde no era fugitiva, siempre solía cogerse vacaciones en navidad porque le encantaban estas festividades. Ahora como sus vacaciones eran menos y ya había cogido anteriormente para el Magicland iba a tener que trabajar ciertos días, pero la verdad es que poco le importaba porque le encantaba su trabajo. La única diferencia de estos años con los anteriores de su vida normal es que Sam había dejado todo contacto familiar aislado, por lo que en cierta manera también se sentía un poquito vacía. Echaba muchísimo de menos a sus padres y se había auto-convencido de que podía vivir sin ellos, pero en realidad... es que hacía ya casi tres años que no los veía y por mucho que fuesen una familia despegada, eso se notaba. Era un poco triste, pero necesitaba uno de esos abrazos de oso de su padre. —¿Entonces eres más de verano para irte de vacaciones a un lugar en donde haya sol y no una eterno nubarrón en el cielo? —Y miró hacia arriba, refiriéndose exactamente a Londres, el lugar más triste en cuanto a ambiente se refería.

Le preguntó lo del novio con toda su buena fe y la verdad es que por una parte se rió frente a su drama y falso tono de pena—además de que no esperaba que la llamase 'dulce niña de verano' cual señor de ochenta años—, pero lo que menos se esperó fue que le dijera que era una persona promiscua, de esas que tienen relaciones que no duran. La verdad es que en eso no se parecían en absoluto, pues Sam consideraba ese tipo de relaciones no aptas para ella. —Yo pensando que éramos como uña y carne en distintos sexos y ya veo que no —respondió divertida frente a su confesión de promiscuidad. —Nunca os entenderé. Pero en el buen sentido, es decir... respeto esa manera de tener relaciones, pero es que a mí me resulta tan impensable que no sé cómo lo hacéis —confesó, para entonces beber ella de su cerveza. —Por una parte pienso que es mucho mejor porque te ahorras seriedades, pero claro, a mí me gustan las cosas serias. Pero por otra parte... ¿y si uno se hace ilusiones? Es raro. Mira que he tuve oportunidades de hacer eso, pero siempre salía huyendo en el último momento. Yo soy de las tradicionales de empezar una relación con la persona antes de irnos a la cama. —Y con una sonrisa de lo más dulce, se encogió de hombros y brindó con el aire, mostrando una sonrisa. Y entonces cayó en un detalle que había dicho que se podía malinterpretar. —O sea, ya sé como lo hacéis, no hace falta detalles —aclaró con el dedo en alto, pues algo le decía que Laith era de esos que saltaría con el funcionamiento sexual de dos hombres en la cama. Porque claro, Sam es lesbiana y no debe saber como funciona un pene.

¡Que si Sam había pensado en su boda! ¡SAM! ¡EN SU BODA! Soltó una pequeña carcajada ante su pregunta tan linda, teniendo en cuenta que no la conocía de nada. Con lo que Sam adoraba el amor, la historia perfecta entre dos personas y el culmen de casarse, realizar los votos... no sé, todo le parecía ideal. Y como es evidente, siempre se imaginaría una boda tradicional en donde ambas chicas vestían hermosos vestidos de color blanco. Fue a contestar rápidamente, pero al darse cuenta de que se había imaginado todo eso en compañía de Gwendoline, su mente la trolleó hasta el punto de dejarle momentáneamente sin habla.

Bebió para disimular, con una sonrisa. —¿Qué narices voy a tener novia, Laith? ¿Y qué será lo siguiente, adoptar a un negrito a puertas de una Guerra Civil en Londres en donde yo soy del bando rebelde? —Y se rió divertida, negando con la cabeza ante su idea. —Créeme que... —Iba a decir con toda la seguridad del mundo que no estaba la situación como para pensar en esas cosas, pero la verdad es que la pobre Sam llevaba unos meses un tanto confundida con la vida y, lo que creía que no iba a llegar nunca en su situación tan horrorosa, estaba llegando cada vez más fuerte—...que no es el momento. —Terminó por decir. Como había sonado un demasiado poco fiable lo que acababa de decir, decidió añadir un dato: —Y sí, obviamente iríamos las dos de blanco, con un vestido hermoso. El de ella sería mucho más bonito que el mío para quedarme como una tonta mirándola y tener excusa para que se me olviden los votos. —Y cerró los ojos, fingiendo estar enamorada.

Ya, claro, fingiendo.

Ella también comió un maní, ya que la camarera lo había puesto allí de manera totalmente fantasmal—pues ni se había dado cuenta—y no le iba a hacer el feo de no comérselo. Había pasado dos años como fugitiva, ¿vale? Ella sabía valorar las cosas gratis de la vida. —Pero bueno, ahora que hemos dejado claro que los dos vamos a pasar estas navidades muy solitos y encima, en tu caso, trabajando, ¿qué tal te ha ido el día? —dijo tras teatralizar una escena divertida y triste a partes iguales. —Bueno  que tú eres el promiscuo, seguro que tú no te lo pasas tan solito, ¿todo bien hoy? —Le preguntó eso último mirándolo con dulzura, ya que desde que se lo había encontrado en la puerta del Juglar le había notado algo apático y triste. Pero no sabía si es que Laith solía vivir así, o si de verdad le pasaba algo. Por desgracia todavía no se conocían tanto.
Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Vie Dic 14, 2018 11:11 am

Laith se sonrió cuando ella le preguntó si era más de verano que de frío. — Sí, más o menos —le dio la razón. — Bueno, hay que admitir que acampar en un otoño, con aroma húmedo de la tierra mojada y llovizna es fantástico, es decir, no me importa un clima con nubes en el cielo, pero… Es difícil de explicar, imagino —resumió, al verse incapaz de poner en palabras lo que quería expresar. De todas maneras, no es que fuera un asunto particularmente importante. — ¿A ti te gusta el clima londinense, frío y lluvioso? —le devolvió la pregunta con curiosidad.

Le confesó su promiscuidad imposibilitando el hecho de tener una relación seria que llegase al matrimonio, cosa que Samantha no compartía. Ella era más de relaciones serias y hacerse ilusiones y todas esas cosas del sentimentalismo. La escuchó con una sonrisa sin que le pareciese mal que tuvieran métodos distintos de hacer las cosas. La de ella, por supuesto, era la socialmente aceptable después de todo, por más que la promiscuidad estuviese normalizada en el mundo actual. Le parecía hasta tierno, y no se le había ocurrido explicarle el funcionamiento del sexo gay entre varones hasta que ella lo interrumpió.

Oh… Pensé que íbamos a tener una divertida clase de biología —se quejó con falsa tristeza. — A lo largo de mi experiencia, uno tiene que ser totalmente honesto y muy mental para no ilusionar al otro, no es malo tener sexo sin un vínculo amoroso, pero es miserable fingir un vínculo amoroso para lograr tener sexo —le expuso su punto de vista. Por eso es que, cuando pretendía ligar, le gustaba llevar la verdad por delante: no iba a haber ataduras, ni una relación romántica, ni sentimientos complejos que podrían hacer daño al corto o largo plazo.

El sanador no pudo evitar reírse en alto cuando le preguntó cómo se le ocurría que tuviese novia en medio de aquella guerra donde ella era del bando menos beneficiado. Le parecía tan loco como adoptar a un niño en situación precaria, por lo que él negó con la cabeza; divertido en el fondo. La notó dudar, sin embargo, cuando le dijo que no era el momento de tener una novia, y eso lo hizo sonreír. Pensaba que Samantha no estaba siendo del todo sincera con él, pero fingió que le creía, al menos al comienzo.

Lo has pensado bastante bien, por lo visto, el tema de tu boda… ¿De verdad no hay una, una sola persona, que se te venga a la cabeza? —le preguntó con un tono picarón, dándole un momento a ponerse nerviosa. — A mí por ejemplo no me molestaría casarme con Michiel Huisman, el que hace de Daario en Juego de Tronos, pero por supuesto no me he puesto a imaginar nuestra boda soñada —bromeó con ella, cuando era muy seguro que no acabase casándose con un actor nomaj, en especial en aquellos tiempos en el mundo mágico donde lo colgarían de los dedos por traidor.

Gracias a la intervención de una camarera ninja, empezaron a comerse los manís que habían presentado a ellos, cambiando a un tema mucho más típico que las futuras navidades y bodas imaginarias (y, quizá, no tan imaginarias) para hablar sobre aquel día, riéndole la gracia de teatralizar lo horrible que era que él decidiese pasar las fechas solo y trabajando. Ella preguntó cómo había sido su día, con esa mirada acogedora que lo hizo suspirar con una sonrisa abnegada. A nadie engañaba, a fin de cuentas, y dio un trago a su botella antes de hablar.

Perdí a un paciente hoy —le confesó al fin. — Una fugitiva atacada hasta la muerte —no sabía si era correcto decírselo, pero ya lo había hecho. — Ser médico necesita un corazón de piedra a veces que yo no tengo, y si a eso le sumas tener que aparentar ante las autoridades… Necesitaba un respiro con alguien de confianza, así que lo siento si te hago sentir usada —sonrió intentando bromear con ello, aunque Laith era un hombre sensible y no podía fingir que no le afectaba. — Sólo quería distraerme un rato, es agradable hablar contigo —lo había descubierto desde aquella primera conversación en el trabajo de ella. — ¿Por qué no me cuentas mejor de tu día? No quiero deprimirte con esto.

Laith no acostumbraba a dejarse abrumar por hechos deprimentes, pero a veces era necesario desconectar un poco. Por suerte, contaba con amigos y conocidos que le amparaban cuando necesitaba detenerse a descansar emocionalmente un momento y le devolvían aquella magia que representaba el deseo de estar vivo, la emoción y pasión por las cosas de la vida, aunque fueran simples. Lo que marcaba la diferencia, esa luz entre la oscuridad.
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Sam J. Lehmann el Lun Dic 17, 2018 3:03 am

Desde que escuchó la palabra 'acampar' una sensación negativa la invadió por completo y es que, después de haberse pegado casi dos años acampando para ocultarse, una le cogía cierto asco a ese tipo de situaciones. Quizás volver a vivir ese tipo de cosas con personas afines a ti y viviendolas como una experiencia acogedora, su perspectiva podía cambiar, pero ahora mismo sólo le venían recuerdos nefastos. —Me encanta el sol y el buen tiempo, pero me gusta el clima de Londres porque es al que me he acostumbrado —Ya que al fin y al cabo, el clima en su tierra natal era más de lo mismo. —Pero la falta de costumbre de sol y calor me ha hecho tenerlos en muy buena estima.

Lo que había dicho tenía toda la razón del mundo. 'Es miserable fingir un vínculo amoroso para lograr tener sexo' y es que Sam se había visto en esa situación allá, cuando se había permitido tener parejas, sintiéndose traicionada por una persona que en realidad no la quería. Sam aceptaba y respetaba todas esas relaciones íntimas aunque no hubiera sentimientos de por medio, los 'amigos con derecho a roce' como solían llamarse. Lo único es que ella no era partidaria de hacer eso simple y llanamente porque no le nacía irse a la cama con una persona que acaba de conocer, por mucho que le atraiga físicamente. Pero vamos, después de lo de Katerina—la ex que le puso los cuernos—le hubiera encantado tener esa mentalidad como para no tener que esperar a que nadie le volviese a llenar en cuanto a sentimientos. Después de eso se cerró mucho en sí misma. —Tienes toda la razón —le concedió con una sonrisa y total sinceridad. —Supongo que por lo que dices, has tenido problemas de ese estilo, ¿no? De ilusionarte o... que se ilusionen contigo. Es que en serio, me resulta tan complicado, ¿acaso el roce no hace el cariño? —Y es que Sam veía el sexo como algo muy íntimo y personal. Le gustaba verlo como un símil a hacer el amor y no como dos hechos aislados. Y no veía posible hacer el amor con alguien por quién no tuvieses amor. O al menos cariño.

Que Laith indagase en el tema de la boda le cogió desprevenida, sobre todo preguntándole que si no le venía a la mente nadie en concreto. ¿Qué? ¿Le había leído? La verdad es que Sam ahora mismo se sentía como un libro abierto al no tener muy claro como ocultar sus sentimientos, ¡pero se suponía que la legeremante era ella! —¿Qué? No... Pero bueno, Laith, qué pregunta. —Le miró con reproche por esa pregunta tan complicada, así de la nada. Sus orejas se pusieron ligeramente rojas, ya que cada vez que se ponía nerviosa le pasaba eso, además de que le sudaban las manos. —Ah bueno, si el abanico de posibilidades es tan amplio, yo me puedo imaginar a Nathalie Emmanuel, Missandei en Juego de Tronos, caminando hacia el altar junto a mí, ¿eh? —Y esbozó una amplia sonrisa, cuando en realidad en su mente había una mini-Sam muy segura de que no, negando con el dedo índice. Esa mini-Sam era bien consciente de que la única mujer plausible en ese planteamiento de la boda perfecta de Sam era Gwendoline Edevane y nadie más.

Dejando ese tema tan gracioso de lado, vino uno que no era en absoluto gracioso. Era cierto que Sam le había notando un poco apático, motivo de que le preguntase por su día por si necesitaba desahogarse o sencillamente despejarse, pero lo que no se esperaba es que le dijera que había perdido a un paciente. Mucho menos que se tratase de una fugitiva que había sido atacada hasta prácticamente la muerte. La legeremante adoptó un rostro serio, casi preocupado y visiblemente afectado. ¿Cómo no se iba a sentir identificada cuando el año pasado, en navidad, sufrió la peor de las torturas en manos de Mortífagos hasta el borde de la muerte? Si estaba viva había sido porque Merlín era muy grande. Por suerte, sus palabras la hicieron desconectar de sus recuerdos del pasado, haciendo que esbozase una débil sonrisa, sobre todo porque le parecía muy enternecedor que a la experiencia de haber perdido a una fugitiva, le hubiese salido natural ir a visitar a otra fugitiva que conoce. Le daba la sensación de que el pesar le había sacar una especie de instinto protector. —Lo siento mucho —le dijo antes que nada, en referencia a la pérdida, lo duro que era su trabajo y su sentir. —Úsame siempre que quieras, me encanta hablar contigo. Me parece muy feo por parte del destino que nos haya hecho conectar tan tarde habiendo tantas posibilidades por el camino —confesó. —Y no me vas a deprimir con nada que quieras decirme, ¿te recuerdo que llevo dos años siendo fugitiva? Creo que mi vida es deprimente por si sola. —Lo dijo con un tono divertido, pero era muy real.

Podría haber indagando en el tema de la fugitiva, pero sinceramente: ni él quería, ni ella quería. Continuar con ese tema iba a ser el mal para ambos y no tenía ganas de ser una carga  ni para ella ni para nadie. Así que complaciendo los deseos de Laith, solo buscó que aquella conversación distrajese un rato a ambos de sus vidas. —Pues mi día ha sido el típico que se podría catalogar de estresante. Llevo una semana de locos sin días libres y no sé cómo sigo en pie. Ayer faltó un compañero, hoy faltó el otro y... madre mía. Nunca le di el crédito necesario al desgaste mental y físico que tiene una camarera, ¿eh? Nadie puede dárselo hasta que trabaja en el dichoso mundo de la hostelería —confesó, como desahogo. —Pero bueno, es viernes y mañana sí que libro, así que hoy me puedo permitir acostarme más tarde. —Pero entonces bebió de ese botellín que, misteriosamente, estaba tan bueno y miró a Laith con una mirada divertida. —Pero tengo una duda. Siempre he sido muy mala para los nombres, sobre todo para lo de los hombres tíos buenos de series o películas que no me interesan en absoluto... —Y rió. —¿Pero te gusta el primer Daario Naharis o el segundo? Porque el segundo me gusta hasta mí, ¿sabes? —Bromeó divertida. Era objetivo pensar que el segundo Daario Naharis era muy mono, ¿pero el primero a quién narices le gustaba?
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Laith Gauthier el Jue Dic 20, 2018 5:14 am

Él asintió con la cabeza cuando le dijo que, más que gustarle, estaba acostumbrada al clima de Londres. Tenía sentido, a decir verdad, echar de menos algo que no podían ver todos los días, en especial en esas épocas del año. La conversación pronto pasó a ser las relaciones sentimentales. En su caso, más bien las relaciones sexuales, pues era lo que había para él. Le dio su punto de vista acerca del sexo casual, que no era malo siempre y cuando nadie fingiese lo que no había para conseguir algo de sexo fácil. Ella lo entendió.

Creo que es relativo —le dijo, encogiéndose de hombros. — Hay gente que se encariña con un roce, y otra que necesita mucho más para sentir algo, aunque supongo que es bueno… Si no hubiera por la vida románticos perdidos, las películas de romance no tendrían éxito —la señaló con una sonrisa divertida. Claro, si la gente no creyese en el amor, no habría películas porque nadie las vería. Sin embargo, había que asumir que no todas las personas eran así, y que muchas ni siquiera estaban buscando un romance como el que se muestra en ellas.

Soltó una leve risa cuando la vio tan nerviosa al contestarle sobre su boda, haciéndole suponer que, incluso si no estaba enamorada, sí había alguien que le gustaba. Decidió aligerar el ambiente mencionando a uno de sus amores platónicos del estrellato nomaj, por lo que ella contestó con el suyo, así apartando el tema de la cuestión de pensar en gente que conocían personalmente y, por tanto, de esa chica que a Sam podría gustarle. Sólo tenía intención de molestar un poco siendo cotilla, que tampoco esperaba hacerla sentir verdaderamente incómoda por intentar indagar en su vida privada.

Laith sabía que decirle a Sam que había perdido una paciente, ya no muerta por causas razonables sino prácticamente asesinada que estaba perdida desde que llegó a sus manos, podía ser impactante considerando que ambas eran fugitivas. Asintió con su cabeza en un silencioso agradecimiento por sus palabras. — ¿Verdad? Habríamos podido ser amigos desde la universidad —y se conocerían mucho más. — Mejor tarde que nunca —pensó luego. Que ella le recordase que ya dos años llevaba huyendo de la ley no era tan reconfortante como parecía. — Y lo siento mucho por eso, no es justo —pero hace tiempo la ley dejó de ser justa. — Creo que vivo con miedo a… tener en urgencias a alguien que conozco.

Le confesó. Era un miedo atroz del que su mente escapaba cuando se sentía bien, pero sus pensamientos eran taciturnos cuando no. Sin embargo, por el bien de los dos y de su conversación, decidieron dejar el tema como algo que había lamentablemente ocurrido pero que tenía que pasar. Aunque no fuera su primer paciente perdido, era estúpido y cruel pensar que llegaría a acostumbrarse a la sensación. El no poder aceptar ni acostumbrarse a ello era lo que lo mantenía humano.

Creo que trabajar en eso del servicio al cliente es de los trabajos menos reconocidos, ¿sabes? O sea, están de un lado al otro como locos atendiendo clientes que muchas veces no son pacientes ni les tratan bien… Todo el mundo lo infravalora —le dijo. En especial a los camareros, todo el mundo esperaba perfección de ellos sin siquiera buena cara. — Pero mira, no te preocupes, que aquí celebramos que sobreviviste —y brindó con ella con la cerveza que tenían. Bebía de su botella cuando ella le preguntó sobre el Daario con quien se casaría. — Mira, al primero le daría y no consejos, pero el segundo… —hizo un siseo que parecía que se había quemado. — Lo siento por el primero, pero es que el segundo no nos dejó extrañarlo —exageró con una sonrisa.

Era en cierto punto gracioso que ambos compartiesen intereses cuando no eran los mismos. Por eso es que los hombres tenían una mejor amiga lesbiana y las mujeres un mejor amigo gay, porque tienen intereses similares, al menos sexualmente hablando. Pero juntar a una lesbiana y a un gay era curioso, porque había ese mutuo respeto de “no me gusta lo que te gusta a ti pero no le voy a hacer ascos porque me lo digas”.

¿Te has dado cuenta que normalmente, si un personaje te gusta, va a desaparecer eventualmente? Al menos en Juego de Tronos, es que lo hacen súper claro, o lo matan o lo dejan allá del otro lado del mundo para no verlo más —se quejó con la maldad que siempre hacía Juego de Tronos desde que había comenzado. — Y uno es masoquista, yo todo el tiempo pienso: “no, Laith, sé responsable y estudia”, pero luego voy y me veo toda la serie desde el principio, como si algo fuera a cambiar o no sé —se burló de sí mismo, y de muchas personas que se enviciaban a ese punto. — Supongo que necesito una serie nueva, ¿recomendaciones?
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Sam J. Lehmann el Dom Dic 23, 2018 9:55 pm

En eso tenía razón: Sam era de esas románticas empedernidas que adoraban por encima de cualquier otro cine las películas de amor, cargadas de falso drama para poder tener un final apoteósicamente amoroso. Jopé, ¿con el drama que pegaba en la vida de Sam, no le podía venir a ella también un amor así, de película? ¡Ya era hora!

Pero bueno, ese tema que aunque era divertido, tenía sus diferencias, se dejó atrás para hablar del día de Laith, un día que a decir verdad, hasta a Sam no le gustó saber. El hecho de ser sanador en un gobierno como éste y, siendo como es él, te exponía al hecho de que en cualquier momento pudieses tener como paciente a uno de tus mejores amigos. Y créeme que le entendía, aunque ella estuviese en el otro bando. Laith se enfrentaba no solo a una decisión emocional, sino también profesional y de lealtades que podían costarle la vida. Y lo peor de todo era: ¿le salvabas la vida a tu amigo, para luego condenársela en el Área-M? ¿O le ayudabas a morir sin dolor solo para librarle de un futuro desgarrador en manos de personas que experimentarán contigo? Y es que era una decisión muy fuerte. Sam se la había planteado, pero en la otra vía. De verdad que esperaba, de todo corazón, que si en algún momento su vida depende entre la muerte o terminar en el Área-M, sus seres queridos sepan de verdad que Sam prefería morir a terminar siendo torturada hasta la muerte en un lugar como es el Área-M.

Una parte de Sam tuvo como reflejo sacar ese tema aprovechándose de sus temores, pero la más racional tuvo en cuenta que aquel lugar y aquel momento no eran propicios para hablar de temas tan profundos y que pudieran resultar hasta dolorosos. Así que se limitó a mirar al sanador, suspirando. —Espero que nunca tengas que verte en esa tesitura, de verdad —le dijo, con sinceridad, pues tomar la decisión adecuada en ese momento debía de ser lo más difícil del mundo.

Y en eso tenía razón también: ¡trabajar en el hostelería era el trabajo peor pagado de la historia! Y no por el dolor de pies que se te queda al terminar el turno, ¡sino por tener que soportar a las personas! ¿Desde cuando la gente es tan antipática? De verdad, es que da hasta coraje que te vengan con esa cara de desgracia y te contaminen con sus malas vibraciones. Pero bueno, con la documentación falsa de Sam y teniendo en cuenta sus pocas habilidades más allá del ámbito mental mágico—cosa que no servía para el currículo muggle—tenía que conformarse con eso. Y ojo, que lejos de las personas desgraciadas, a ella le encantaba lo que hacía.

Soltó una divertida carcajada cuando dijo que al primer Daario le daba, para luego negar con la cabeza por lo que continuó. —Toda la razón —confesó. —¿Sabes que cuando cambiaron al personaje yo pensaba que era otra persona diferente? Tenías que verme viéndome la nueva temporada en plan: “¿pero este señor tan guapo de dónde ha salido repentinamente?” Tuve que buscarlo en internet para ubicarme. —Confesó, encogiéndose de hombros. —Y es que en esa dichosa serie salen muchísimos personajes y soy horrible con los nombres. —Rió. —¡Claro que me he dado cuenta! ¿No recuerdas al pobre Gendry? Se pegó tres temporadas dándole al remo en la maldita barca. —Sonrió. —Pero sí, en esa serie es imposible encariñarte. Yo sé que tarde o temprano Missandei morirá y mi corazón se romperá en pedazos, pero estoy intentando hacerme a la idea prematuramente.

¿Le estaba preguntando por series a Samantha Lehmann? Que a ver, te pongo en situación: Sam trabajaba entre cuarenta y cinco y cincuenta horas a la semana, pero el resto del tiempo ya te digo yo que no está en la calle haciendo vida social, sino que se los pega en casa—cuando no está con Gwen o Carol—viendo series. Y no es que sea una adicta al cine, sino que es una persona con miedo a la vida y, por si acaso, mejor quedarse en casa que ahí al menos está a salvo. ¿Y qué hacer? Pues galletas y series. Galletas y series. Y así es su vida. Así que cuando le preguntó por recomendaciones, Sam se mordió el labio y se frotó las manos como una mosca ideando un plan malévolo. —Bueno, tengo muchas. Supongo que debo dejar a un lado todas mis recomendaciones de series basadas en una relación bollo, ¿no? —Y rió divertidísima. —Ya sabes, nosotras vamos por ahí adorando las series en donde visibilizan nuestra causa. Lo típico. —Añadió, como cliché típico que, al menos ella, cumplía. —Ahora en serio, tengo unas cuantas que son muy buenas y se alejan bastante de mi gusto por el cine normal, que suelen ser de amor, amor y comedia. —Y, jugueteando con la cerveza, hizo memoria. —Por ejemplo: La Casa de Papel. Es una serie española de trece capítulos en donde hacen un atraco a la fábrica en donde se crea el dinero y... —Unió el dedo índice y el gordo, dándose un beso como si fuese exquisita. —La típica serie que te mantiene siempre en tensión y es la hostia de interesante. —Hizo una pausa. —Y por no pegarme aquí toda la noche recomendándote cosa, la otra que te diría es Viajeros. Aún no la he terminado, pero voy por la última temporada que ha salido. Va de viajes en el tiempo, de cómo la sociedad del futuro manda al siglo veintiuno conciencias para cambiar el pasado y que repercuta en el futuro. Y tiene una profundidad muy, muy buena. Y unos personajes super elaborados. No sé, me tienes fascinada. —Y se encogió de hombros.

Y por tener, tenía muchas más. Pero tampoco quería ponerse ahí a soltarle miles de series porque sabía que era un tema con el que se le iba el tiempo exageradamente rápido. —Yo es que las series las devoro, en serio. Hay veces que veo series con mi amiga y soy tan friki que a lo mejor la adelanto, pero luego vuelvo a ver el capi con ella. —Bebió de la cerveza, para sonreír con timidez. —Los dos sabemos que ver un capítulo sin la otra persona es una traición. Es una de las normas de la amistad no escrita, así que yo intento expiar mis pecados viendo el capítulo otra vez. —Y porque verlo con Gwen era más guay que verlo sola.
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Laith Gauthier el Jue Dic 27, 2018 12:37 pm

Con Samantha había encontrado a una mujer con quien hablar de muchas cosas. Temas desde romances, aventuras sexuales, series, hasta los temas más densos como lo eran los fugitivos. Ambos solían tener perspectivas diferentes, pues aunque Samantha lo llevaba peor por ser, de hecho, una fugitiva afectada directamente por las leyes, Laith vivía con el constante peso de tener en la balanza su vida o su verdadera lealtad. Más importante aún: su servicio a la sociedad. Cientos de veces lo había pensado y, sin él, muchos fugitivos y muchos refugios no tendrían medicamentos y pociones especializadas cuya elaboración e ingredientes yacen en los hospitales.

Por suerte, también tenían en común que ninguno de los dos tenía inconveniente en pasar un tema malo y guardarlo bajo la alfombra por el bien del buen rollo, y así es como acabaron hablando sobre Juego de Tronos nuevamente. — Sí, entiendo el sentimiento, es que la verdad es de esas series que tiene tantos pero tantos personajes que ya podrían poner una lista de los que van a salir para ubicarnos, que sino luego por eso se confunde la gente —y eso que él era bueno con los rostros y los nombres, y Juego de Tronos se las arreglaba para confundirlo, incluso cambiándole el actor a un personaje. — Yo por un momento olvidé por completo quién era Gendry cuando reapareció de la nada luego de montarse meses en esa barca —confesó con una sonrisa divertida.

Laith era un hombre ocupado. Trabaja mucho, en especial si le tocaban esas guardias de dos días seguidos sin descanso, pero de vez en cuando paraba en casa y se aburría, cuando no había planes para salir. Casi siempre acababa tomando un libro o investigaciones profesionales para estudiar, como buen médico, pero en ocasiones no le sentaba mal ponerse a ver algo, como películas online o series. Por ello fue que le preguntó por recomendaciones, esperando escuchar alguna buena idea de su parte. Como debió preverlo, Samantha estaba llena de ellas.

Casi nunca me trago romances, ni heteros, ni bollos, ni gays, ni nada, tengo un corazón de hielo —se llevó la mano al pecho dramáticamente. — Sabes que intenté ver esta serie de médicos, pero a mí me pasa que, claro, como soy médico, sé cuándo se equivocan, o digo “joder, pero yo hubiera hecho esto otro”, y pues me jode y las dejo de ver porque me enfado aunque sea una serie —le explicó su gran problema con las series de médicos. — Pero no suena mal eso de atracos de fábricas de dinero, que no soy ni fabricante de dinero ni ladrón, ni viajero en el tiempo tampoco, así que me las apunto —hacía ademanes con sus manos acompañando sus palabras, dándole énfasis a lo que decía.

Bebía de su cerveza mientras la escuchaba decir eso de que se adelantaba los episodios y los volvía a ver con la amiga con quien había empezado la serie, sonriéndose para sí mismo. Le había pasado en alguna ocasión, y le daba gracia saber que había quienes consideraban el ver de nuevo un capítulo como una prueba de amistad o algo parecido.

Eso no quita de tu conciencia que eres una mala amiga —se metió con ella, señalándola con un pequeño gesto de su botella. — Pero es bueno si sabes disimularlo, porque luego está la gente que no para de hacerte señalaciones o directamente hablan toda la película o el capítulo —se quejó como si fuera uno de los peores problemas del mundo. — A menos que sea una película de Disney, si ves una película de Disney y no cantas eres mala persona, lo pone en la biblia —y, aunque lo dijo sin pensarlo como una referencia clásica, eso le hizo darse cuenta de una cosa. — ¿Eres creyente? —he ahí otro salto de tema.

Una conversación sólo era una buena conversación si se tocaban cien temas antes de que cada quien se marchase para su casa. O bueno, quizá no cien, pero sí era más divertido tener muchas cosas de las que hablar en lugar de limitarse a un surtido de temas de conversación más casuales. Además, tenía una hipótesis que quería comprobar, y sólo podría hacerlo con una respuesta honesta de Samantha.
Laith Gauthier
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Sam J. Lehmann el Vie Dic 28, 2018 10:33 pm

Que no se tragaba romances, dice, pero bueno, ¿y este señor que hacía en los días de tristeza y soledad? ¿Veía películas gore de muerte y sangre? Porque Sam veía romances y así se auto-hundía en la miseria. Era como cuando estabas triste y escuchabas canciones más triste para sentirte bien con la miseria del resto y alimentar la tuya propia, pues eso. Sam era así siempre, masoquista.

Le pareció entrañable y adorable que no viese series de médicos porque su TOC profesional se lo impedía y lo ponía nervioso. Que si te ponías a pensarlo, era normal. Hasta Sam se daba cuenta a veces de lo mal hecha que estaba echa una RCP en las películas en dónde hacían presión casi en la garganta en vez de en el pecho, pero bueno, al fin y al cabo es una película y uno permitía ciertas licencias de errores en ellas. —¿Verdad? ¿No te da coraje? —preguntó, divertida. —A mi me da mucho coraje cuando de repente veo una película y la cagan en algo super básico. Y pienso… ¿de verdad hay miles de personas detrás de esta película y no fueron capaces de preguntarle a un médico? ¡O mira, que yo no tengo ni idea de armas! ¿Pero y esas películas en donde se supone que militares empuñan rifles como si fuesen una florecilla? Ni yo me lo creo. ¿Y tanto costaba darles una clase de sujeción creíble de rifles? —Puso los ojos en blanco, ya que los errores de ese estilo en las películas y en las series solían sacarla totalmente de la ambientación. Al menos en las series se veía menos porque si en un capítulo la cagaban solían arreglarlo al siguiente, pero ese tipo de gestión en las películas era nefasto. —Espera, ¿tú no eras viajero en el tiempo? Qué desilusión. Yo pensé que tenías un giratiempos y que estabas haciéndote amigo de todos los fugitivos para ver si merecíamos la pena y así volver al pasado a evitar que Milkovich muriese… —Y chasqueó la lengua, en broma, como si su plan perfecto no hubiese sido más que un sueño roto.

En verdad si lo pensaba seriamente, el hecho de que Milkovich no muriese solo le quitaba la mitad de su desgracia del pasado, así que no le convencía mucho el plan igualmente.

Vale, si ya, no era justo. Sam era la primera que sabía que era una mala amiga, pero como mala amiga que era—a veces—intentaba castigarse a sí misma viendo el capítulo otra vez. Que en realidad no era castigo porque ella disfrutaba igual viendo cosas repetidas pero con gente. Os sorprendería saber la de veces que había visto sus películas favoritas, a saber: PD: Te quiero; Love, Rosie y Gladiator.

Asintió a lo que decía, pues Sam era una persona espectacular disimulando que ya había visto el capítulo, hasta que se partió de risa cuando mencionó que las personas que no cantaban las canciones de Disney eran malas personas, que lo ponía en la biblia. —Coincido, ¿qué clase de ser del inframundo puede evitar cantar Hakuna Matata en el Rey León? No es de este mundo. O hacer la parte de Zazú en 'Yo quiero ser un Rey León'. —Sam siempre hacía de Zazú. Y mientras bebía de su botella, se sorprendió por su pregunta de que si era creyente. La verdad es que su familia sí lo era, pero de verdad que le costaba imaginar a una persona que perteneciese al mundo mágico siéndolo. —Claro, claro. —Fingió evidencia en su creencia por Dios, para seguir con la broma: —Voy a misa todos los domingos, pero el pastor de la iglesia me empieza a tirar agua bendita en la cara mientras me saca a patadas al grito: ‘¡Por bruja! ¡Herejía entrar a la casa de Dios! ¡A la hoguera! ¡Y encima bollera! ¡Si no te quemas es porque te estoy echando agua por encima!’ Y así, todo rato, en serio. —Dramatizó, divertida, para finalmente negar con la cabeza. —Evidentemente no soy creyente. Y mira que mis padres sí que lo son, sobre todo mi madre y mi abuela, pero no sé, en el mundo mágico me volví muy atea. Además, ¿no hay un hechizo que te hace brotar vino de la varita, literalmente, por arte de magia? Yo creo que Jesús era mago. —Y se rió, pues evidentemente eso no lo decía en serio. Esperaba que Laith no fuese creyente y le estuviese ofendiendo con sus comentarios de broma. —Ahora mismo se ha muerto un Testigo de Jehová en alguna parte del mundo debido a mi declaración.

Que ojo, pese a que se lo tomase con diversión, ella respetaba mucho todo tipo de religiones. Cada cual era libre de pensar y creer en lo que uno quisiera. Sin embargo, a ella le hacía especial gracia la religión que se supone que ‘la educó’ y ver cómo había salido, pero vamos, que sus padres eran bastante católicos y no decía nada al respecto. De hecho, lo único que le molestaba de la educación de sus padres—más concretamente de su madre—era esa mentalidad tan retrógrada y arraigada al pasado. Posiblemente ella y su abuela, con quién siempre tuvo buena relación, fueron las que menos la apoyaron cuando se enteraron de su orientación sexual. Y era feo. Probablemente por eso Sam se había despegado tanto. —A ver, en realidad es que me gusta tomármelo a risa, pero te digo, mis padres son creyentes. Aunque no lo parezca, respeto mucho todo eso, sobre todo por ellos. —Y se encogió de hombros. —¿Y tú? ¿A qué ha venido esa pregunta? ¿Estás pensándote hacerte Testigo de Jehová?
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Laith Gauthier el Sáb Dic 29, 2018 6:36 am

Laith le confesó su profundo disgusto a las series médicas, posiblemente porque odiaría ver morir a un personaje por no hacer lo que él hubiera hecho. Que vale que eran nomaj, pero él, con conocimientos en medicina sin magia, tampoco haría esos errores. Samantha lo compartía, la rabia por ver un error básico en una película. Sonrió al verse comprendido por las quejas a las películas o, en su caso, series mal hechas, ya que ella había tomado personal el uso incorrecto de las armas en la pantalla grande.

¿Volver al pasado a evitar que Milkovich muriese? Qué va, si yo ya estoy en el pasado, intentando arreglar un catastrófico problema que surgirá en el futuro si no lo evito, pero no puedes decirle a nadie de mi misión o cundirá el pánico —dramatizó, tomando el puesto de “viajero en el tiempo” por el bien de la diversión en la charla. — De todos modos, no sé si un giratiempos serviría, ¿no se supone que sólo funcionan unas horas? Si ahora me dices que puedo volver años al pasado corro a robarme uno —alzó un dedo con una sonrisa ligera.

El primer choque cultural que cualquier persona tenía, era ver una película de Disney, especialmente en los idiomas que variaban en continentes. Por ejemplo, ingenuo de él, había aceptado ver una película al llegar a Londres y lo que pasó fue que le pusieron el francés europeo, ese de Francia, cuando él se sabía las canciones en el francés canadiense, y todo horrible. Pero luego se las aprendió en multilenguaje, para cantarlas en todo su esplendor, porque por qué demonios no.

Sin embargo, un tema más se le vino a Laith a la mente: las religiones. Se sonrió divertido cuando le dijo todo lo que el pastor de la iglesia supuestamente le hacía cada vez que entraba, negando con la cabeza. — Pobre de ti, que ese pastor no te deja ser una buena cierva de Dios —la compadeció, cuando de lejos se le notaba que no hablaba en serio. — Nada, sólo curiosidad científica —le dijo, jugando con el contenido de su cerveza. — Los magos que han crecido en ambiente mágico son dados a otro tipo de creencias más que religiosas, aunque suponía que los criados en ambiente nomaj tendrían un choque de creencias —le confesó. — Luego están los que, como yo, crecimos en la línea que une dos mundos —aunque pudiese costarle caro, porque, de nuevo, por qué demonios no. — Pienso sin embargo que el ser humano tiene que creer en algo, no importa su naturaleza, algo que mantenga la esperanza cuando la luz se apaga.

Hace tiempo se había dado cuenta de eso. En especial en tiempos de guerra, era importante aferrarse a algo, porque era más sencillo que tener la fe únicamente en uno mismo. Era una especie de apoyo espiritual cuando las cosas no estaban saliendo bien, terapéutico si se quería ver. El sanador se encogió de hombros, sonriéndose para sí mismo, divagando por el lugar con la mirada.

Toda mi vida he vivido en la línea que separa los mundos —le confesó, bebiendo de su botella. — Ya el colmo habría sido que fuese bisexual y también estuviese en medio de la heterosexualidad y la homosexualidad —soltó una ligera risa, negando con la cabeza. — Vivía en una comunidad no mágica que colindaba con una mágica, de modo que tenía por un lado magia, y por el otro… nomaj —mostró sus manos para señalar el balance. — Y dentro de esa comunidad, estaba en medio de la urbanidad y… de una tribu —de nuevo hizo el gesto de sus manos. — Crecí fuertemente influenciado por una tribu algonquina, así como por sus ceremonias y creencias —puso los ojos en blanco un segundo. — Así que por un lado tenía las creencias religiosas nomaj, las creencias mágicas estándar, y las creencias tribales —puso un maní en la mesa por cada una de las tres cosas mencionadas. — Así fue como, durante mi juventud, creí en todo y, al mismo tiempo, no creí en nada realmente, como una especie de… ¿agnóstico? —estaba seguro que aquello parecía loco, y una broma incluso. — El caso es que esta tribu creía en el Gran Espíritu del Universo, y pensaba que cada persona, animal y cosa tenía un espíritu, bueno o malo, y se podía tener… interconexiones espirituales con esos espíritus… Como Pocahontas, ¿sabes? Pocahontas forma parte de una de esas tribus, no necesariamente la mía —le explicó, poniendo el ejemplo más claro que se le ocurrió. — Pienso que quizá me equivoqué al haberme alejado de esas creencias, y que nunca es tarde para reflexionar y abrazarlas, porque es una cultura… fuertemente apegada a la paz y a la bondad, me parece que es algo bueno para creer en ello y vivir bajo sus reglas —y acabó con otro trago. — Y acabo de contarte toda mi vida para ponerte en contexto, ¿no? Es tu culpa por haber preguntado.

Vale que no era toda su vida, pero sí una parte de ella muy importante. Pocas cosas hay tan personales como las creencias espirituales de una persona, y Laith le había confesado las dudas acerca de la suya hasta verse las caras con el pasado. Acarició su mano derecha distraídamente, el tatuaje de la magnolia negra. A veces se percataba que quizá era por esa parte de su vida que era tan tolerante con la gente, porque, al final, a temprana edad se había dado cuenta que discriminar no llegaba a ningún lado. Y eso estaba bien, porque por discriminar el mundo estaba como estaba, en pleno encontronazo con los nacidos de nomaj.

Sé que puede parecerte una locura —soltó una risa al final del todo, cerrando los ojos unos segundos. — Pero así son las cosas —y se comió los tres maní que había separado del resto. — ¿Se puede hacer otra pregunta indiscreta por pura curiosidad científica? —preguntó más tarde. — Teniendo una familia creyente… ¿cómo fue salir del closet? —fue una pregunta que apareció repentinamente dentro de su cabeza.
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Sam J. Lehmann el Dom Dic 30, 2018 4:32 am

Después de haber visto la serie de ‘viajeros’ una ya entraba en paranoia con las posibilidades que podrían haber de que gente del futuro estuviese en el pasado. Por suerte, Laith era mal actor y ese drama en las venas lo compartía con Sam, así que como era algo que tenían en común, no tardó en seguirle el juego. —¿Pero en el mundo muggle o en el mundo mágico? ¿Y si en realidad eres un enviado del señor tenebroso para evitar que su imperio caiga en el futuro y sólo estás uniéndote a los fugitivos para llegar al núcleo central de poder y destrozarlo? —Abrió la boca y se llevó la mano allí, como si hubiese sido un plan malévolo muy currado. —Sería horrible —declaró finalmente, para asentir a lo último que dijo. —Sí, pero puestos a fingir un mundo ficticio, qué menos que meter también un giratiempos que pueda llegar años al pasado. Soñar es gratis, dicen. Hasta que McDowell también le ponga precio. —Rió, con sarcasmo.

En eso le podía dar la razón: toda persona cree en algo, pero no necesariamente tenía que ser una religión basada en un Dios todopoderoso que todo lo ve. De hecho, Sam consideraba que esa manera de creer era bastante optimista, pero a la vez muy necia. No había que creer en ‘alguien’ que estuviera ahí para solucionar tus cosas, había creer en una modo de vida. En algo que tú quisieras alcanzar: quizás la felicidad. Sam, ahora mismo, creía en eso. En las cosas buenas que te pueden pasar, por muchas cosas malas que hayas pasado. Después de todo, después de sus últimos años cargados de miseria, qué menos que pensar en algo positivo, o al menos intentarlo.

Es por eso que cuando Laith comenzó a hablarle de esas creencias tribales, que Sam prestó especial atención. Le gustaba como sonaba lo del Universo, aunque más que nada lo del espíritu. Se le recordaba a esa ‘luz’ interior que cada uno tiene, que si bien puede ser mala o buena, esa siempre brilla más o se vuelve más tenue con lo que cada uno elige en su vida. Una luz que al final es más afín a las luces de otras personas. Es por eso que cuando nombró la paz y la bondad, Sam sonrió de verdad, con dulzura y comprensión. ¿Quién, en este mundo, no querría abrazar algo así después de lo que uno puede ver cada día? —Claro que no —contestó, para zarandear la mano a lo de que era su culpa. —Es una buena historia, me gustan las historias interesantes —añadió, dándole a entender que era un tema que había captado su atención. —Si te digo la verdad, nunca he sido muy afín a ninguna religión o cultura. Si es cierto que las personas siempre tienen que creer en algo, pero yo me he movido por lo que creo que es correcto y lo que no. Quizás el karma, es la mejor manera de verlo. —Hizo una pausa. —Pero creo que cualquier persona, en el momento de su vida en el que esté, puede volver a unirse a cualquier creencia. Están para eso, a fin de cuentas y, como bien dices, nunca es tarde. Además, ahora mismo con  todo lo que estamos viviendo, algo que inspire paz y bondad creo que es lo mejor a lo que uno puede abrazarse —dijo, genuina y transparente.

Y es que después de tanto tiempo, hasta Sam ya no concebía el hecho de vivir en paz, rodeada de bondad. Que ojo, rodearse de bondad ella creía que era francamente difícil porque el ser humano es, por naturaleza, bastante malvado y siempre habrán personas corrompidas, ¿pero en paz? De verdad, uno de sus sueños era poder salir a la calle sin  tener que camuflarse de Amelia Williams y no tener miedo de caminar por Londres. Solo paz, ¿era tanto pedir? —¿No eres de Inglaterra, verdad? —preguntó entonces, intentando adivinar. —Yo tampoco soy de Inglaterra, pero llevo aquí muchos años para darme cuenta de que ese tipo de filosofía y creencia no se suele ver mucho por aquí, ¿donde naciste? —preguntó con curiosidad.

La verdad es que había pocos temas que a Sam le importase tocar en una conversación con un conocido tan agradable como Laith. De hecho, siendo totalmente sincera, el único que se le había atravesado siempre con cualquier persona que no fuera su pareja: era el sexo. Y es que odiaba hablar de sexo con alguien que no fuese su pareja. Pero en plan en serio, claro, cuando era alguna broma externa y sin meterse mucho en contexto, no pasaba nada. Pero de verdad que no entendía a la gente que disfrutaba hablando de cosas tan íntimas. Es por eso cuando Laith le preguntó sobre lo del salir del armario, la rubia se encogió de hombros con cierta diversión. —Fue… bueno, sigue siendo raro —le respondió. —Con mi padre nunca he tenido problema, pero porque creo que él se lo vio venir. O bueno, no lo sé, es que mi padre es un amor y creo que si le llego a decir que soy nazi también me hubiera apoyado. —Rió. La verdad es que a su padre no le podía reprochar nada en esta vida. —Sin embargo mi madre… fue más raro. Mis padres se divorciaron cuando tenía once años, entonces he tenido como dos grupos en mi familia. Con mi padre todo bien, pero mi madre y mi abuela… Ya sabes: cuando estás en esa época en donde estás re-descubriéndote a ti mismo y empiezas a preguntar a tu familia por las opiniones sobre la homosexualidad para allanar el terreno… No es nada grato ver cómo se muestran en contra siendo ignorantes de que tú eres homosexual. Las cosas que se dicen son bastante feas y minan la moral a cualquiera. —Hizo una pausa, sonando bastante natural. La verdad es que le había jodido tener una familia un tanto intolerante, pero ya lo tenía superado y, pese a todo, seguían aceptándola porque las cosas eran así. —Recuerdo que tuve mi clara mi orientación en sexto de Hogwarts… más o menos. Pero no le dije nada a mi madre hasta que llegué a la universidad y tuve mi primera pareja. Su reacción fue bastante… decepcionante y cada vez que iba a Austria evitaba cualquier tema relacionado con parejas o el futuro en ese tema. A mi madre al menos se le veía disimular y hacer un esfuerzo, pero mi abuela era un cuadro. —Puso los ojos en blanco. —De todas maneras me dio igual, ¿sabes? Tenía mucho apoyo fuera de ellas dos, en Londres: mis amigos, mis padres... Era un poco mierda no poder contarle con ilusión a mi madre mis experiencias y eso, pero bueno. Cosas que pasan. —Apoyó uno de sus codos en la mesa, un poco pensativa. La verdad es que creía que después de tanto tiempo, a su madre no le importaría en absoluto y que toda esa ‘incomodidad’ en contra de sus creencias habrían cambiado. Hacía mucho que no la veía, pero todo el apoyo que había recibido de ella estos años se lo sugería. —¿Y tú? ¿Algunas vez pensaste la opción de no salir nunca del armario sólo para no enfrentarte a las represalias? —cuestionó. —Porque yo estuve dos años pensándolo porque temía las preguntas de: ¿cómo te enteraste? ¿Cómo lo sabes? ¿Qué chica te gusta? Porque si eres lesbiana, es obvio que siempre tiene que gustarte una persona. O posibles y estúpidas creencias de: ‘ahora, como es lesbiana, hay que tener cuidado a ver si le vamos a gustar’ de las chicas con las que compartes baño. —Rodó los ojos.
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