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Ríe cuando puedas. —Laith Gauthier.

Sam J. Lehmann el Sáb Nov 24, 2018 3:03 am

Recuerdo del primer mensaje :

Ríe cuando puedas. —Laith Gauthier.  - Página 2 Pj2Sh7O
Cierre del Juglar Irlandés || 30 de noviembre del 2018, 20:54 horas  || Atuendo

Alfred y Erika tenían un compromiso esa noche, por lo que dejaron a manos de Sam y Adrian el cerrar la tienda. Había sido un día bastante estresante porque sólo habían estado ellos dos por la tarde, ya que Santi estaba enfermo, pero lo habían sacado hacia adelante gracias a que ese día de lluvia y más lluvia apenas había habido muchos clientes, solo aquellos que se pasaban por una buena taza de chocolate caliente para calentar sus manos. La verdad es que con el nivel emocional de Adrian—similar al de un ladrillo—a Sam le había costado bastante acercarse a él, pero poco a poco lo había conseguido y él cada vez se abría más frente a ella, haciendo que descubriese a un hombre muy humilde, un bohemio, un soñador y un tipo muy tímido. Le encantaba la diferencia entre ambos, sobre todo porque cada vez se notaba menos entre ellos y podían... tener conversaciones sin que Adrian saliese huyendo por su timidez o su mal inglés.

Acababan de cerrar el Juglar Irlandés, asegurándose de que todo estaba apagado y todo en su sitio, por lo que ambos se encontraban en la puerta del mismo, cada uno con sus respectivos paraguas—pues llovía un poquito—hablando sobre el día, lo que harían esa noche y de todo un poco. A decir verdad Sam tenía mucha curiosidad por la vida de Adrian, por lo que de vez en cuando le soltaba alguna que otra pregunta cotilla. Sin embargo, ahora estaban hablando de series, el tema por excelencia para crear feeling amistoso.

¿Has visto Orphan Black?

¡Sí, y me encanta! ¡La actriz es una pasada!

Hablaban de todo y de nada, en realidad, poniéndose al día como si hubiesen sido dos amigos que hacen mucho tiempo que no hablan. Y bueno, ahora mismo es que Sam estaba bien, alegre. Después de las semanas que había pasado... volvía a sentir esa brisa de tranquilidad en donde todo, aunque pudiera ir mal, parecía ir bien. Y agradecía muchísimo esas épocas en su vida porque si no, la pobre, terminaría jalándose de los pelos cada tres días entre su mala suerte y su pesimismo habitual últimamente. Solo tenía ganas de abrazar a sus amigas, meterse bajo las mantas del sofá con ellas y no salir nunca jamás de esa sensación tan bonita y de protección mutua.

Poco a poco la conversación fue llegando a ese punto en donde tienes ganas de continuar pero ya empiezas a notar como la lluvia empieza a mojarte los pantalones bajo el paraguas, por lo que mejor es ir dejándola estar y continuarla en otro momento. Sin embargo, antes de que pudieran despedirse, un nuevo paraguas se paró al lado de ellos. Ambos miraron, curiosos, al nuevo integrante. —¿Laith? —preguntó divertida, poniendo una de sus manos en su hombro como saludo, asumiendo que había venido a tomarse un café, como algunas veces hacía. Y le encantaba, por cierto, que alguien como él fuese a ese lugar a tomarse el café. Hablar con él era una gozada, sinceramente. —Creo que hoy llegas un poquito tarde, ¿eh?

Adrian se limitó a mirar a Laith, esbozando una tímida sonrisa acompañado de un leve asentimiento de cabeza. A contrario de lo que parecía normalmente, no parecía del todo incómodo ni huyó con alguna excusa barata, sino que continuó allí, esperando una presentación formal. —Adrian, él es Laith. Laith, él es mi compañero Adrian. Supongo que ya os habíais visto, pero no recuerdo haberos presentado... —les presentó con sencillez y tranquilidad, viendo como Adrian levantaba la mano, ataviada en un guante negro de terciopelo, para tendérsela a Laith.
Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Miér Ene 02, 2019 1:48 am

Laith se llevó un dedo a la boca para hacer el gesto de silencio, guiñándole un ojo cómplice al escucharla decir su supuesto plan malévolo, en lugar de ser bueno porque sí, era para infiltrarse entre los fugitivos. Lo que era mentira, pero servía para el drama del momento. — Me frustraste mi deseo de regresar al tiempo donde estaba comiendo un helado para poder comerlo de nuevo —se quejó con ella, como si no comiese helado prácticamente todos los días, creyéndose firmemente herido. Había optado por ese camino, por no seguir el de los mortífagos o el de la ministra.

Había cierta gracia al haberse metido a algo demasiado fuera de lo común, como él. Porque, por lo general, nadie lo entendía hasta que explicaba ampliamente las raíces de su decisión, sino todo quedaba como un “seguro lo leyó en internet y ya está, decidió que iba a hacer eso”. Sonrió cálidamente cuando ella le explicó lo que pensaba, porque se sintió algo identificado. — Solía hacer eso —le confesó. — Sólo intentar hacer el bien sin importar nada más, lo que creía que era correcto, y supongo que lo sigo haciendo —se encogió de hombros. — Pero es solitario. En mi opinión, el ser humano tiende a sentirse solo cuando no hay algo que lo identifique con otros, en especial en mi posición donde, frente al gobierno, no hay muchos que apoyen lo que hago o que piensen como yo, por eso, algo tan simple como una creencia une gente.

El sanador era alguien que tendía a sentirse solo con facilidad, aunque no lo estuviera realmente. Era fácil imaginarlo cuando, realmente, Laith jamás había aprendido a estar solo, como muchas personas lo hacen y es sano para ellas. Su soledad la llenaba con música, ruido y ocupaciones, para no quedarse a solas consigo mismo, y se rodeaba de gente siempre que podía. Era de entender que no llevase bien estar en ese pequeño grupo de traidores a la sangre en la comunidad mágica donde honestamente no sabía a ciencia cierta quién lo enviaría a la cárcel y quien le cubriría las espaldas.

Negó con la cabeza cuando le preguntó, acertadamente, si era extranjero. — Soy de Quebec, en Canadá —le dijo con una sonrisa. — No podría decir si hay una comunidad nativa aquí en Inglaterra, pero allá todavía son comunes, de cierta manera, aunque la verdad siempre pensé que estaban peleados con los congresos mágicos, viven a su aire más que nada, muchos ni siquiera reconocen su existencia —le explicó. Por eso, no le extrañaría si se enteraba que también ahí habitaban, y que el mundo mágico cerraba los ojos respecto a ellos, aunque su magia era, técnicamente, más tradicional que la del mago promedio. — ¿De dónde eres tú? —le devolvió la pregunta.

Le dio curiosidad saber cómo habría sido su salida del closet. En eso, los magos y los nomaj eran más de lo mismo, aunque los segundos estaban teniendo todos esos movimientos para ser aceptados, todavía había gente de mente bastante cerrada que se escandalizaba si veía a dos personas del mismo sexo tomándose las manos. Escuchó la historia de su vida, riendo con ella cuando mencionó todo el apoyo que tenía de su padre, lo que le alegró por dentro. Con su madre era otra historia, y prestó atención, entendiendo que del lado de la familia de su madre no había tenido la misma aceptación.

Me alegra saber que, cuando menos, tuviste el apoyo de tu padre en todo momento, y el de tus amigos eventualmente, aunque supongo que tuviste que vivir más o menos las dos situaciones a las que uno se puede enfrentar —le dijo, mostrándole comprensión. Soltó una risa cuando ella le habló de no haber querido salir del armario por miedo a las preguntas y a los cambios. — Bueno, a ver… Yo la verdad es que no sé si alguna vez estuve en el armario o, si lo estuve, no salí por mi cuenta y me sacaron de ahí —introdujo su situación. — Vengo de una familia algo rota y pequeña, crecí con mi abuelo y no conocí a mis padres, y, de niño, tenía… mucha pluma —explicó, rascándose la mejilla. — Haber crecido en tres ambientes diferentes, y en especial de la zona donde yo vivía, me enseñó mucho de tolerancia, así que no me daba miedo ser yo mismo, tanto así que creo que mi abuelo lo supo antes que yo —puso los ojos en blanco con una sonrisa divertida. — Cuando inicié el colegio, sin embargo, fue… complicado, porque Estados Unidos no era ni de lejos tan tolerante como yo acostumbraba, y tuve problemas los primeros años, pero sobreviví —impregnó un poco de gracia y drama en su voz, cuando no exageraba. — Y luego intenté tener una novia, y mi abuelo se burló de mí, de ahí que sospeche que él ya lo sabía —le sonrió.

Con su abuelo, jamás había sentido complejo o miedo, si bien sintió algunas veces que decepcionó sus enseñanzas con sus actos. Había sido un hombre luchador y testarudo, pero cariñoso y tierno a un tiempo, y Laith a veces se sorprendía a sí mismo descubriéndose semejante a él. No era algo que le disgustase, a fin de cuentas, pero era del tipo de pensamientos y recuerdos nostálgicos que dolían y que, en sí mismos, no le gustaban demasiado. Estaba trabajando en aprender a lidiar con su pasado, sin embargo.

Creo que quedó implícito, nunca se lo dije y nunca lo necesité, un día de pronto, en vacaciones, me visitaba un chico u otro, y no nos miraba raro o mal ni nada de eso —le confesó, porque incluso de joven tenía esa tendencia a las relaciones efímeras. — Así que, en realidad, creo que tuve más bien pocas complicaciones, en comparación con alguien homosexual promedio —se encogió de hombros, dejando la botella vacía a un lado y abriendo la siguiente. — Imagino que has tenido más bien pocas novias, ¿no? Te esperarás a una que te toque el corazón, con las cosquillas en el estómago y eso, antes de pedirle ser tu chica románticamente y con mucho estilo —fantaseó, sin saber si hablaba en serio o si pretendía picarla, por lo que antes habían hablado.
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Sam J. Lehmann el Vie Ene 04, 2019 2:57 am

A ella también le gustaba creer eso, que no había que refugiarse en un todopoderoso ente indescriptible e invisible que lo fuese a arreglar todo o fuese a expiar tus pecados solo por arrepentirte de ellos: no, pecar es de humanos y equivocarse también. Creía que al final era responsabilidad de cada uno hacer lo correcto y no seguir incidiendo una y otra vez en ser una persona horrible. Creer en lo bueno, sencillamente. —Es que estás en una posición complicada. —Y lo decía ella, la fugitiva que no podía salir a la calle sin teñirse el pelo o tener una identificación falsa por miedo a que le metiesen en un Área-M de experimentación maquiavélica. Sin embargo, Sam llevaba mucho tiempo pasado miedo y relativizando la posición de aquellas personas que se atreven a tener contacto con ella. —Siempre se lo cuestiono a mis amigas, las dos únicas personas con las que mantengo un contacto continuo. Pero es que por una parte tienes a las personas que apoyan el nuevo gobierno, personas que sabes que son claramente partidarias de unas leyes injustas y violentas, ¿en quién confías ahí? Hasta el que te pone la sonrisa más encantadora puede ser alguien que te clave un puñal. —Hizo una pausa. —Y luego, juntándose con gente como yo, ¿qué tienes? Yo no te voy a clavar ningún puñal por la espalda, pero como cualquier persona a la cual no le importes te vea conmigo, estás jodido. —Y es que esa era la triste realidad. —No creo que la falta de creencia sea lo que te haga sentir solitario… yo creo que es directamente todo lo que te rodea. Porque sé sincero: ¿cuánta gente crees que hay ahí fuera, sin ser fugitivo, que realmente se guíe por hacer lo correcto? Quizás mucha, pero luego piensa: con la de gente que hay ahí fuera con mentalidad tan absurdamente purista y cruel, ¿de verdad crees que su concepto de ‘hacer lo correcto’ es igual al tuyo? —Preguntó retóricamente, imaginándose que para un purista con marca tenebrosa hacer el bien era apalizar a alguien como Sam hasta dejarla sin consciencia para mandarla al Área-M. Haría el bien porque, según él, estaría quitando basura de las calles.

Lo que le contó de las culturas que había vivido le gustó, sobre todo porque se notaba que desde pequeño se había enriquecido de ellas. Y no solo eso, sino que a día de hoy las tenía todavía en cuenta. —No sé… al menos en Reino Unido son todos tan estirados que se me hace raro solo de imaginarlo, ¿quizás por Irlanda? —Bromeó, metiéndose un poco con todos los ingleses, cosa que llevaba haciendo desde que tenía uso de razón. —Yo soy de Viena, Austria —le respondió.

Pese a que llevase tanto tiempo sin visitar Austria, recordaba su país—sobre todo su ciudad—como una de las más bonitas en las que había vivido. Y eso que Londres era preciosa, pero su ciudad natal siempre tendría un lugar bastante bueno en sus recuerdos. Aunque la verdad es que los últimos que tenía era precisamente de cuando era bastante más jovenzuela y pasaba grandes temporadas con su madre, curiosamente cuando intentaba enfrentar socialmente su homosexualidad. —Bueno sí, de todas maneras no me quejo: a pesar de que mi madre tuviese una educación un poco intolerante, nunca me trató mal ni nada por el estilo —explicó con cierta indiferencia, para luego prestar atención a la historia de Laith que, ya de por sí, empezaba siendo divertida. Y era divertida porque aunque Sam lo hubiera reconocido fácilmente como alguien gay, no consideraba que fuera precisamente alguien con demasiada pluma. —Tu abuelo es mi ídolo —dijo al final con muchísima diversión. —¿Y por qué intentaste tener una novia? —preguntó con sinceridad. —Es decir, yo nunca tuve la necesidad de tener un novio para intentar sentirme normal. —Abrió los ojos de golpe ante lo que había dicho de manera totalmente inconsciente. —Madre mía, he sonado como lo peor que podría haber sonado, ¿eh? Nos acabo de llamar subnormales de la manera más fea posible… —Se llevó la mano a la cara, avergonzada. —Pero sabes a dónde quiero llegar, ¿no? ¿Era una forma de negar lo que eras porque en el colegio no era aceptado o simplemente evitar que el resto también pensase que eras gay? ¿O la chica te caía bien y por probar? —Y tras una pequeña pausa, sonrió. —Siempre he tenido curiosidad por cómo se enfrenta la gente a este tipo de cosas, ya que muchos ante el desconocimiento hacemos cosas que en realidad no calzan en absoluto con nosotros. Yo tuve mi época de cuestionar mucho mi vida.

Con la de locuras que se escuchaban por ahí, haber tenido la suerte que habían tenido Laith y Samantha con respecto a la aceptación de su círculo cercano de familiares y amistades, era todo un privilegio. Y es que a veces una podía pensar que en vez de avanzar a zancadas, esta sociedad no paraba de retroceder, cada vez más.

No erraba al pensar que Sam había tenido pocas parejas y es que, mientras que él habría tenido parejas sexuales a montones, Sam solo había tenido hasta la fecha tres. Tres chicas que habían sido también su pareja sentimental, en una relación que en principio era ‘seria’. Y pongo la palabra entre comillas porque estaba claro que en uno de los casos la única que se lo tomó en serio había sido Sam y no la otra parte, capaz de traicionarla y ponerle esos cuernos que hacen que cualquiera pierda la confianza no en el resto, sino incluso en sí misma. —Imaginas bien —respondió. —He tenido tres y hace mucho, mucho tiempo. O sea, la última que tuve fue en mi último año de universidad, así que hazte una idea… —dijo, divertida, dramatizado sus veintinueve añitos. A lo siguiente que dijo, sonrió, pensando que en realidad no era tan fácil. —Si no sé, depende. Si veo que la otra chica, por mucho que me haga sentir eso, no siente nada por mí, ni lo intento. Sí, soy de esas. —Y es que ahora mismo estaba en la misma tesitura, añadida encima a su trauma adolescente de que te guste una de tus mejores amigas. —También soy de esas que tiene predisposición a tener sentimientos por sus amigas, ¿sabes? —Estaba exagerando, en realidad solo le había pasado dos veces en sus veintinueve años, ¡pero ya eran un montón! —Y claro, si a no hacer nada hasta creer que es correspondido le añadimos el hecho de malinterpretar los gestos amistosos y el posible trauma de destruir una amistad… pues la cosa se complica y yo me rompo —confesó divertidísima al final, bebiendo de su cerveza como desahogo.
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Laith Gauthier el Lun Ene 07, 2019 10:25 am

Samantha tenía razón. Es que era una posición de por sí llena de desconfianza, de miedo. Laith, por ejemplo, había tenido en su cama a hombres que estaba seguro, que apostaba su brazo izquierdo (el izquierdo, porque es zurdo) que lo traicionarían si se enteraban de sus peligrosas movidas. Y ya no enterarse, sólo con verlo bastaba para poder denunciarlo como un traidor a la sangre. Gente incluso a su lado, como Lindsay, él sabía que no estaba del todo de acuerdo con lo que hacía, pese a que por él metiese las manos al fuego. Era su día a día luego de tanto tiempo.

Sonrió, porque no quería seguir con el tema. De nuevo caía en el tema que antes habían evitado. En la complicación de su postura frente al gobierno cuando estaba en medio del fuego cruzado, capaz de ser confundido por enemigo por cualquiera de los dos bandos. Ni fugitivo, ni purista. Sólo la mitad. Al grado de que necesitaba sentirse miembro de algo para pensar que no estaba abandonado en ese mundo.

No suena tan loco como crees, pero a mí también me parecería raro, si tengo que ser honesto —le sonrió divertido, por supuesto, porque no se sentía aludido por el estereotipo de gente estirada en Reino Unido. Sin embargo, era más que probable que, de sentirse aludido, también se lo hubiera tomado a broma. — Austria, ¿eh? ¿Hace cuánto te mudaste a Londres? —le preguntó con curiosidad. — Yo debo llevar unos… ocho años, nueve quizá, desde la universidad —comentó, suponiendo que ella podría también estar desde que inició la universidad, o incluso antes.

Escuchó con atención su explicación sobre sus padres y la educación que tuvo. A pesar de cierta intolerancia de su madre, no pareció haber realmente un problema entre ella y sus padres, ya que ni siquiera así la trataba mal. Por su abuela prefirió no preguntar, ya que Samantha le había dicho que era incluso más cerrada que su madre, y la charla iba en una agradable conversación con tintes divertidos. Por eso, Laith explicó sin complejo que cuando era más joven tenía pluma. Y vale que aún tenía, pero cuando era niño era exagerado en comparación.

Era un hombre grandioso —le dijo con una sonrisa, ocultando un tinte decaído en su mirada. Parpadeó curioso cuando ella le dijo que nunca tuvo un novio para sentirse normal, como si ellos no lo fueran. Y Laith soltó una carcajada debido a eso, antes que sentirse ofendido. — Pero oye, es la primera vez que me llaman anormal tan gratuitamente —no era verdad, pero eso no era el caso. — Bueno, pues… Ella estaba enamorada de mí, y era mi mejor amiga, me lo pasaba bien con ella… y yo era un idiota y pensé que eso era parecido a “gustar”, pero no salió bien —le contestó, porque sus motivos nunca habían sido ser “normal”. — Aunque antes de esto, el closet me había pateado fuera y no había modo de volver a entrar, así que qué más daba —le sonrió. — Sufrí acoso escolar por gay, y, ¿sabes qué hice? Enamoré al chico más popular del colegio, que era uno de los bullies, y, claro, dile algo al novio del chico más popular del colegio —la retó con una sonrisa ladina. — No me enorgullezco de haberlo usado, pero me gusta pensar que fui una suerte de karma —confesó finalmente.

Era de esas anécdotas que quedaban para ser recordadas, aunque no necesariamente fueran buenas o agradables. Para Laith había sido… una mezcla. Porque si bien había salido del pozo donde estaba metido, también había sido una especie de retroceso, la mancha negra de su bondad y amabilidad. Prefería recordarlo como algo necesario que sucedió y que ya no podía cambiar incluso aunque quisiera. Laith sabía, en el fondo, que había sucedido porque en situaciones desesperadas se requerían medidas desesperadas, aunque ahora lo contase con jovialidad.

A Laith le divirtió saber que, aunque parecían muy semejantes en ciertos aspectos, había otros donde no lo eran en lo absoluto. — Pero, oye, ¿qué pasa? Si no te atreves a declararte a las chicas que te gustan, por supuesto que podrían no prestarte atención. Imagina que perdiste al amor de tu vida porque la otra chica también pensaba esperar a que tú dieras el primer paso —exageró. Se sintió por dentro enternecido y divertido a un tiempo, negando con la cabeza. Era un dilema que no le había sucedido, y le resultaba de película. — Bueno… Por supuesto hablo desde la ignorancia, pero sigo pensando que no es mala idea dar el primer paso, ¿sabes? Si resulta que no le gustas a tu amiga, puedes decirle que era una broma de los inocentes adelantada —le dio una muy mala estrategia de salvarse de un ligue fallido. — Me alegra que seas lesbiana, así nos ahorramos la incómoda conversación de “Pero soy gay, así que lo siento” —dramatizó, sorbiendo su bebida.

El sanador siempre se había visto como alguien con mucho que ganar y poco que perder. Era lo que tenía no poner el corazón en las relaciones, porque no había sentimientos que pudieran ser heridos. Laith no llevaba bien un corazón roto, por lo que había decidido no permitir que ninguna pareja pudiese volver a romperlo.

En todo caso… Sí, supongo que me daría miedo enamorarme de un amigo, pero soy un pesimista optimista, me gusta pensar que todo saldrá bien, pero me preparo para el peor escenario —le dijo su técnica secreta. Le había servido mucho, así que pensaba que era una buena estrategia.
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Sam J. Lehmann el Jue Ene 10, 2019 4:37 am

Complicaciones. En eso se resumía la posición de Laith, así como la de todas esas personas que mantienen relación con algún fugitivo y son ‘leales’ al nuevo gobierno. O al menos lo intentan demostrar para no perder ellos también su libertad. Era un tema de mierda, muy serio, cargado de realidades dolorosas y desconfianza, es por eso que cuando Laith decidió no dar bola al asunto, Sam lo agradeció y lo respetó.

Era muy curioso cómo ambos, de manera totalmente casual y criticando a los ingleses, resultaba que eran de fuera. Aunque claro, visto así, ¿qué inglés—siempre tan orgullosos de ser inglés—se metería con sus propios paisanos? —Bueno, te gano un poco. Llevo aquí desde los once años, que me llegó la carta de Hogwarts. —Hizo una pausa. —Lejos, ¿eh? Hay que ver lo atento que era Dumbledore, asegurándose que una hija de muggles perdida en medio de Europa no se quedaba sin sus clases de magia. —Y es que Sam pasó por un proceso de adaptación cuando llegó a Hogwarts y se dio cuenta de que en Europa habían dos escuelas más de magia de las que no recibió carta, aunque claro, años después se dio cuenta de que Beauxbatons no comprendía Austria y Durmstrang, evidentemente, no iba a invitar a su castillo a una mujer sangre sucia.

¡Vaya, la historia de su vida! Mira que Sam en Hogwarts lo pasó feo con el tema de que le gustase una de sus amigas y claro, ¿qué era lo primero que una persona saliendo del armario piensa cuando le gusta una de sus mejores amigas? ‘Ah, estaré confundiendo sentimientos porque me llevo muy bien con ella’, ¿no? Pues no, chicos, cuando lo que deseas son cosas más allá que sencillamente un sentimiento de amor muy fuerte, es que hay algo más ahí. Al fin y al cabo, la diferencia recaía en saber si había atracción o no. Y era un fallo garrafal creer que alguien te gustaba sólo por cómo te llevabas con él. Así que sí, entendía muy bien a Laith. —¿En serio? —preguntó sorprendidísima, pues era de película lo que le contaba. El pobre marginado homosexual que al final termina enamorado a su máximo bully demostrándole no solo humanidad, sino también que él  también necesitaba salir del armario de una patada. —Hombre, no sé si usarlo es la palabra… yo creo que hacer eso te dio karma positivo para toda tu vida, ¿eh? Hacer que el que se metía contigo reconozca estar equivocado, hacerle ver que él es gay y encima convertirlo en mejor persona, porque supongo que dejó de ser un imbécil. ¡Tres en uno! ¿Qué más da que lo hayas utilizado? ¡Convertiste a un hombre malo en un hombre bueno! —dijo divertidísima. —Bueno, estoy asumiendo que como eres americano allí todo es muy americano y el bully era el ‘quaterback’ de vuestro equipo de Quodpot, super macho y para nada homosexual, ¿sabes? No sé, ¿te he dicho ya que me encantan las historias de amor dramáticas y los clichés americanos de amor? —Se llevó las manos a la cara, divertida por cómo se había inventado ella sola toda la historia de amor entre esos dos.

Ella era muy… tradicional. Bueno, decir tradicional siendo lesbiana quizás era darle una patada a la definición de tradicional, pero Sam siempre había sido muy conservadora con las relaciones. Muy de… si no hay sentimientos, ¿para qué intentarlo? No sé, ella no entendía el sexo sin compromiso porque para ella ‘sexo’ iba de la mano de ‘compromiso’, precisamente. Y para eso justamente debía de haber sentimientos, confianza, respeto…

Rió inevitablemente cuando le dijo el truco de la broma de los inocentes, ya que Laith parecía tener solución para cualquier tipo de situación después de una declaración. —La verdad es que si es el día de los inocentes es mejor, ¿sabes? Para la credibilidad, sobre todo. Puedo esperar, sólo quedan veintiocho días. —Mierda. ¡Ves! ¡Entre broma y broma la verdad siempre asoma! ¡Tenían que dejar de hablar de todo eso! Se quedó con cara de pescado sorprendido—porque todos sabemos que los peces siempre están sorprendidos—ya que acababa de admitir que actualmente estaba, quizás, teniendo en sentimientos por una de sus amigas. Ante los nervios de la situación de haberlo dicho sin querer, aunque no pasaba nada, bebió de su cerveza y prácticamente se la terminó del buche que le pegó. —Pues que suerte —dijo tras beber. —Yo siempre he sido bastante pesimista con estas cosas, sobre todo cuando son personas tan cercanas a mí. Creo que soy la única imbécil que es capaz de confundirse con una amiga, por tanto no va a ser recíproco. —Aunque bueno, con Gwendoline no era precisamente ese el caso… o al menos las sensaciones. No sé, es que Gwendoline este último año le había hecho pensar tantas cosas que ya no sabía nada. —No sé, es un tema delicado. Hagas lo que hagas, yo al menos creo que siempre la estoy cagando. —Y soltó un bufido divertido, jugueteando todavía con su nuevo botellín aún cerrado.
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Laith Gauthier el Lun Ene 14, 2019 12:06 am

Escuchó cuando ella le dijo que estaba ahí no desde la universidad, como él, sino desde el colegio. Por tanto, asumía que había ido al colegio por defecto, ese con las casas de los animales y los nombres de sus fundadores. Sí, esos que Laith confundía siempre, a cada momento, cuando intentaba pronunciar alguno de ellos. Una dislexia tan acentuada que parecería broma, si no fuera completamente real.

Hablaron sobre sus salidas del closet. Ambos tenían cosas remarcables y dignas de recordar, en mayor o menor medida, y con gracia o vergüenza, dependiendo del caso. Así, Laith le comentó cómo resolvió el acoso escolar cuando era más joven. Samantha se alegró por ello, como si hubiese hecho algo muy bueno quitándole de un bofetón a alguien la estupidez, pero él no estaba tan seguro. Se limitó a sonreír, porque pese a todo seguía pareciéndole algo malo lo que había ocurrido. No podía faltar la fantasía de película de la mujer, por supuesto.

Sí, algo así —confesó pasados unos segundos. — Cazador y capitán del equipo de su casa, todas se derretían a su paso, y luego voy yo a joderle el teatro, ¿no? —se burló, aunque miró hacia el techo, como si se estuviese pensando algo. — Tiendo a los clichés, qué te digo, es como si viese una película y me dijera “quiero un romance así” y lo imito, aunque me salga mal —porque no olvidaba la charla con Steven sobre Cormac, que recordó con una sonrisa en los labios.

Le dio risa imaginar que realmente alguien fuese a usar su estúpido truco, aunque venía día de los inocentes y… ¿qué? Laith parpadeó curioso cuando ella le dijo que “podía esperar”, e inevitablemente una sonrisa le adornó la expresión que adquirió picardía. Si Laith llegó a pensar que fue un comentario al azar, se dio cuenta que aquello no lo era cuando vio su rostro, percatándose que, de hecho, había alguien en los pensamientos de ella cuando hablaban respecto a una supuesta relación. Y le pareció divertido. Lo omitió por un momento, pero no lo olvidó.

Y, esta amiga… ¿yo la conozco? —se atrevió a preguntar, el muy cotilla, queriendo marujear al respecto. — No sé, pero a mí me parece que cuando dices “una amiga”, ya tienes a alguien en mente, ¿me equivoco? —apuntó, divertido, pidiéndole su botellín educadamente para abrírselo en un gesto de cortesía, no porque dudase que ella pudiese abrirlo. Como si el destapador fuera un objeto extrañísimo y pudiera pensar que se abre por la base, o algo. — Dicen que los amigos gay servimos para esto, podría darte mi bendición de amigo gay para salir con esta amiga —se burló de la situación para ayudarla a distenderla.

Tenía claro que aún no se conocían demasiado y que Samantha podría llegar a pensar que era un entrometido que metía las narices donde no le importaba. Sin embargo, era importante señalar que habían entrado a una especie de conversación agradable donde tenía la impresión de poder hablar de esos temas sin complicaciones. Él era un libro abierto que le contaría cuanto estuviese en sus manos, siempre que no arruinase el buen ambiente que habían creado. Laith también tenía escalas de gris que no a todo el mundo le compartía, pero en general le parecía absurdo esconderse de la verdad.

No sé mucho de coquetear con chicas, pero creo que podemos buscar en Google “Cómo me le declaro a mi amiga” y encontrar consejos —le mostró su teléfono, como si amenazara con empezar la búsqueda de información sobre coqueteo, pese a guardarlo al cabo de una risa. — Tú también podrías tener tu propio romance cliché si lo quisieras, pero no te dejas flechar —dramatizó, sin pensar realmente que todo estaba en manos de un hombrecito en pañales con un arco y una flecha. En todo caso, más bien sería Samantha sin creer que el hombrecito en pañales tenga suficiente puntería para darle a ella y a su amiga.
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Sam J. Lehmann el Lun Ene 14, 2019 10:12 pm

La verdad es que la sensación que le daba Laith con respecto a temas amorosos y de pareja, era de ser muy liberal. Pero no de liberal de se tira a cualquiera, sino liberal de que va a por todo lo que quiere. Y ya sólo por lo que le contó de su experiencia en Ilvermorny con el cazador y capitán del equipo, Sam se había hecho una idea preconcebida de que posiblemente el chico que tuviese delante hubiese tenido muchísimas relaciones, todas diferentes. Tal y cómo decía que tendía a lo clichés, para colmo Sam no podía evitarse más de una situación de cliché: que se hubiese enamorado de un profesor y hubiese pasado algo entre ellos, quizás haber tenido algo con alguien mucho más grande que él que no hubiese surgido bien, quizás que una pareja haya tenido que irse lejos y... ¡espera, no, esa había sido Sam! Y… no sabía por qué, también se imaginaba a Laith como esa persona capaz de sacar del armario a cualquiera. Como es evidente a Sam no le atraía en lo absoluto, pero le parecía un hombre muy apuesto y con ese toque ‘chico malo’ que le otorgaban esos tatuajes. Podría haber tenido pluma de pequeño, pero si no fuese por el radar propio de los homosexuales, Sam podría haber dudado a simple vista de que era una persona gay. —Pues me gustas —dijo, con una sonrisa divertida por el doble sentido de esa frase que obviamente no se daba entre ellos. —Me gusta la gente valiente, digo. Y me da la sensación de que en términos de romances, lo eres. Siempre he admirado a las personas con actitudues que no tengo. —Y se encogió de hombros, pues precisamente la valentía nunca había sido uno de sus rasgos más característicos.

Era EVIDENTE que Laith se iba a dar cuenta de su cagada verbal, por lo que desde que tuvo oportunidad preguntó por esa amiga. Sam miró hacia otro lado momentáneamente mientras su mente se encargaba de reprocharse a sí misma su mala costumbre de hablar antes de pensar. Suspiró, volviendo a mirar a la persona que tenía delante y que, de manera totalmente incomprensible para lo ‘poco’ que solían verse, le inspiraba muchísima confianza. Lo cual era raro teniendo en cuenta lo desconfiada que se había vuelto en su situación. Así que le tendió el botellín cuando se ofreció a abrirlo y rió ante su burla final. —Claro que existe esa amiga, ¿no te he dicho ya que tengo predisposición a que me gusten mis amigas? —Rió, para no llorar. —Lo que esto no me lo vi venir, llevo siendo su amiga desde los once años… —Abrió los ojos, sorprendida. —Y no había sentido nada… hasta este año. Es raro… —Joder, claro que era raro, ¿sabías lo RARO que era sentir ESAS COSAS por una persona que conoces desde que es una niña y tú también eras una niña? Si es que llegaba un momento hasta que se sentía mal sintiéndose atraída por ella y todavía no entendía a concebir como había pasado todo. —También es que llevábamos casi dos años sin tener relación ninguna porque… bueno, me perseguía el gobierno y todo eso. No quería ponerla en peligro y huí como una cobarde. Y hace un año que volvimos a reencontrarnos. —No había sido exactamente así, pero no era el momento de explicar el tema Crowley y sucedáneos. Era uno de esas escalas grises que no eran para tocar en una conversación así de desenfadada y natural. Bueno, ni nunca. Si podía evitarlo, Sam prefería no contar eso a nadie, jamás.

Casi le reprochó el sacar el móvil para buscar consejos para declararse a su amiga, pero él mismo declaró con su sonrisa que era una broma, para volver a guardarlo. —¿Que no me dejo flechar, dices? Yo creo que ese dichoso hombrecito en pañales me ha dado de lleno, hasta atravesarme. —Puso los ojos en blanco, divertida. —El muy capullo, ¿no podía haberme flechado en otra dirección? —Y es que por mucho que en un futuro cercano las cosas se desenvolviesen bien, Sam no podía evitar temer el hecho de que ERA SU AMIGA. Y una relación sentimental era muy diferente a una relación de amistad. Y tener sentimientos por una persona y no ser correspondido era una jodienda muy jodida. Entonces claro, era un cúmulo de posibles situaciones, en su mente todas negativas, que la hacían rallarse demasiado por todo eso. —No tengo intenciones de decirle nada… —Y, en ese momento, así era. —Bueno, es que no sé, ¡ay, Laith, es que ahora que lo estoy diciendo en voz alta todo resulta todavía más confuso que en mi mente! Pero es que encima siento que… no sé, ¿ella podría sentir algo? No sé si es que soy yo que como la veo con otros ojos, siento que ella me ve con otros ojos, pero algo raro hay… La conozco, ¿sabes? Antes… no era así conmigo. —Y no pudo evitar acordarse de ayer, en el Juglar Irlandés, con la dichosa magdalena. —No sé si soy yo, ella, o... la vida. Esto es una mierda. —Y apoyó la frente sobre sus manos, que estaban sobre la mesa.

Y es que por mucho que ella pudiese ver cosas por parte de Gwendoline, seguía sintiendo que eso estaba mal. Sam llevaba desde la adolescencia rechazando ese tipo de sentimientos hacia personas tan cercanas a ella y de manera totalmente interiorizada creía que tener sentimientos por una amiga estaba mal. Muy mal. Es por eso que por mucho que se sintiese atraída por ella y en muchas ocasiones se preguntase a sí misma el famoso: '¿y si...?' de manera totalmente ilusionada, la situación le hacía dar un paso hacia atrás.
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Laith Gauthier el Miér Ene 16, 2019 11:19 am

Laith se llevó una mano al pecho, como una señora ofendida, cuando le dijo que “le gustaba”, como si le hubiese maldito a la ascendencia, pero la sonrisa en sus labios hablaba por sí sola. Sabían que no se refería a ese “gustar”. Lo sorprendió, sin embargo, que le dijera que era una persona valiente respecto a los romances, y se sonrió. — La vida es corta, en especial para los que somos como tú y como yo, demasiado corta como para pasarla preguntándote si vale la pena o no el bofetón que te darán si te rechazan o la relación que crearías si no lo hacen —y alzó su botellín, como si brindara por eso. — A veces, tienes que poner la apuesta alta para ganar más.

El sanador era jugador, y le gustaban las referencias al póker y a juegos de cartas. La apuesta la subió él cuando le preguntó sobre esa amiga de la que hablaba, habiendo notado que se refería a una persona y no a la clásica “amiga de una amiga”. Laith pensó en lo que escuchaba, así que también era muy cliché, ahora entendía por qué se llevaban bien: la amiga de la infancia de la que un día descubre que está profundamente enamorada. Se sonrió al pensamiento, pero no lo dijo, sino que la escuchó sin interrumpir.

Bueno, vamos a ver, que yo no lo veo muy loco, ¿eh? —le dijo, y después se explicó. — Podría haberte gustado, sí, ¿desde cuándo? No lo sabemos —se encogió de hombros. — Pero este año que se han reencontrado, podría aventurarme a decir que tu cabeza y tu corazón han reorganizado prioridades y ha dicho lo que dije antes, que la vida es corta, que hay que aprovechar… ¡y magia! Te enamoras de tu amiga sabiendo que podrían vivir un romance peligroso e intenso, como los de las películas —bueno, a ver, que estaba exagerando, pero la idea básica estaba ahí y eso sí que lo pensaba. Se puso medianamente serio, sin dejar de sonreír. — Bien, pero pienso de verdad que el tiempo lejos te hizo organizar ideas y te diste cuenta que podría ser más importante de lo que creías al principio, que no dudo que sea mucho.

Laith la verdad estaba muy agradecido con la vida porque nunca le había tocado ser el amigo que se come la cabeza (la propia y la de arriba) preguntándose si le correspondían o no. Más bien, su lugar lo había tomado como el amigo que no correspondía. Y nadie se pregunta lo jodido que es no saberle corresponder a alguien que espera una relación hermosa y todo eso. Pero si la amiga de Samantha era educada, la rechazaría con amabilidad si se diera el caso, como él lo había hecho, y no cortaría relaciones. Quizá por eso era tan optimista, porque pensaba que, en el peor de los escenarios, ese alguien reaccionaría igual que él. Podría equivocarse.

Vamos a ver, esta amiga, ¿sabe que te van las mujeres? ¿Y tú, sabes si a ella le gustan? Si tienes dos “si”, ya llevamos la mitad de las apuestas, y no porque los gay automáticamente nos fijemos en otros gay, sino porque podría potencialmente pensar que eres guapa, cuando menos —le preguntó algo bastante simple, y que si eran amigas desde tan pequeñas deberían ser dos sí asegurados. — ¿Te ha hablado de algún interés romántico? ¿Alguien en particular de quien oigas a menudo? ¿O algún o alguna ex de quien preocuparnos? Si tenemos dos “no”, y has notado interés, ya llevamos el 75% —como si fuera tan fácil calcular la atracción así. — El 25% restante es mucha suerte y esperanza —y he ahí el más simple (y seguramente, menos confiable) sistema para saber si le gustas a alguien.

Él podría entender que la situación era peligrosa, que podía confundirla su relación actual, pero estaba reacio a pensar que por miedo tuviese que reprimir lo que sentía. Pensaba que Samantha merecía ser feliz, y jugársela tenía mucho que ver en conseguir un resultado positivo. También estaba un riesgo, por supuesto, pero en una balanza, el sanador veía más peso del lado bueno que del malo, desde su perspectiva de espectador.

Lo siento si me pongo intenso —le dijo finalmente, dando un paso atrás, porque no quería incomodarla. — Si te molesto, tú sólo dime “Laith, cállate, pesado”, y ya está, ¿bien? Sin rencores —alzó las manos en son de paz, aunque su sonrisa era divertida. Por dentro, se reiría si realmente le decía esas palabras textualmente.
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Sam J. Lehmann el Jue Ene 17, 2019 2:40 am

Le gustaba su filosofía, pero Samantha sabía muy bien que no iba nada de nada con cómo era ella. Y eso que lo había pensado muchas veces, durante su época más joven. ¿Y si se dejaba de buscar ‘el amor’ y se lanzaba a relaciones esporádicas o que no prometiesen mucho futuro? Lo intentó, se podría decir, pero al ver que no le salía en absoluto natural, decidió desistir. La rubia no podía con esas cosas. Ella o creía que algo tenía un camino por delante, o pensaba que era una pérdida de tiempo. Y después de las relaciones que tuvo, todavía más lo pensaba.

Laith se aventuraba a decir que a Sam le podía haber gustado Gwendoline desde hacía tiempo, pero que la situación que había vivido le había hecho darse cuenta después. Y no, Sam tenía bien claro que no. Así que negó continuamente con la cabeza mientras le escuchaba hablar. —No, no, no, imposible —respondió, segura de sus palabras. —Yo no sentía esto por ella antes, ni por asomo. Lo sé. Es decir, me conozco, sé cuando siento cosas así de fuerte por las personas y nunca la vi así. —Hizo una pausa. —Es super raro mirarla ahora y sentir lo que siento. De hecho me siento un poco imbécil, en el sentido de… ¿cómo narices no me di cuenta de lo que tenía delante, sabes? Pero es que antes ni lo creía una opción.

Que ojo, parecía que hablaban de meses, pero en realidad habían pasado tres malditos años desde ese ‘antes’ que mencionaba Samantha. No era poco tiempo, de hecho era muchísimo tiempo no solo para echar de menos, sino para que tus sentimientos sean totalmente diferentes después. Suspiró entonces, sobre todo con lo de ‘romance peligroso e intenso’, pues otra de las cosas que la echaba hacia atrás era comenzar una relación sentimental. Era bien consciente de que la hubiera o no, Gwen para ella iba a seguir siendo igual de importante e indispensable, pero teniendo en cuenta cómo podía terminar Sam—o en dónde—de un día para otro, sentía que meterse en una situación romántica no era para nada inteligente. De hecho le parecía una decisión peligrosa.

Le empezó a hacer preguntas que parecían de revistas del corazón, de esas en donde hay un test que te revela si tu amor es correspondido o no y si debes arriesgarte a luchar por lo que amas. O algo así. —Sí claro, ha sido mi amiga de toda la vida, sabe que lo único que me falta para ser super lesbiana es la capa. —Se permitió bromear. —Pero ella no. Es decir, ella… es asexual. —Y después de decir eso, soltó una risa de lo más divertida porque, a ver, ¡Gwendoline nunca había tenido ningún tipo de relación con un ser humano! Una vez un señor la besó y ella hizo bomba de humo pero… ya. Sam siempre pensó que era una hetero muy tímida, pero jamás de los jamases pensó en la opción de que le gustasen las chicas, básicamente porque… ¿le hubiera dicho algo a su amiga lesbiana, no? Tras escuchar sus siguientes preguntas, se puso un poquito—muy poquito—más seria. —Laith, en serio te lo digo, nunca en mi vida he visto a Gwendoline tener interés romántico en nadie. Y conmigo siempre ha sido muy cariñosa, por eso todo lo que creo que veo no sé si son cosas por las que debo ilusionarme o sencillamente es así porque… bueno, es mi amiga de toda la vida. —No, lo de la magdalena no se le hace a una amiga. —Me es muy complicado entenderla y entenderme. Y entendernos juntas ya es otro mundo. —El dichoso momento de la magdalena no se le iba a ir de la cabeza pronto, se lo veía venir.

Y ella ahora mismo estaba en plan: ‘No, no me la voy a jugar a suerte y esperanza’ porque una cosa estaba clara: Samantha Lehmann no era precisamente una persona que pueda alardear de ser una persona con suerte. El otro día se le cayó la tostada al suelo y la parte de la mermelada CAYÓ CONTRA EL SUELO. Y al darle la vuelta había pelo de gato pegado a su mermelada. —No te pones intenso. —Intensa ella, que después de hablar de lo de Gwendoline no se le ocurre otra cosa que ponerse a pensar en su pobre tostada de mermelada desperdiciada por pelo de gato. —En realidad... pufff, es un poco alivio, ¿sabes? Poder decirlo en voz alta. Me hacía falta hablar de esto con alguien. Está bien… está bien darme cuenta de que no es todo negativo y que hay personas que ven en esto algo así como ‘futuro’ o yo qué sé. La verdad es que llevo estos meses intentando rechazarlo, en un intento de ver si desaparecía, si era solo un capricho o ver qué narices pasaba conmigo... —Bebió del botellín, para entonces volver a hablar: —Y los dos sabemos que estas cosas no desaparecen. Es más, todo lo contrario.

Pero Sam seguía estando en el mismo momento: esperar. Ilusionarse algunas veces, desmotivarse otras, imaginarse cómo sería y, a la vez, convencerse de que no funcionaría. Y en realidad lo que necesitaba para darse cuenta de que no merecía—como decía Laith—la pena era un chute de realidad y de darse cuenta de lo que tenía delante no quería volver a perderlo, ni tampoco dejarlo pasar. Era la primera vez que sentía algo tan fuerte en años y por mucho que se convenciese en quitarle importancia, había sido la única capaz de volver a hacerle sentir.
Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Jue Ene 17, 2019 11:10 am

A Laith, con temas así, le gustaba aventurar análisis desde la ignorancia. Era divertido, después de todo, intentar entender el mundo de otra persona que no comparte contigo. Algo así como una película enrevesada que no ha visto pero Samantha sí, y le toca a ella explicarle y a él comprenderlo, sin tener ni puta idea. Cada quien tenía su propia perspectiva subjetiva y era imposible decir algo que involucrase sentimientos objetivamente. Lo más gracioso, es que Laith solía tener un sexto sentido vidente única y exclusivamente para las relaciones. Y para las relaciones de los demás, que él seguía así de soltero. Como las madres que dicen “te vas a caer”, y el hijo se cae, pero va ella y se resbala también, sin haberlo previsto.

Dejando madres y caídas a un lado, el sanador recolectaba información de lo que ella le decía, como una investigación, hasta hacer su serie de preguntas potencialmente inútiles para saber si alguien está enamorado. — Ah, por favor, eres demasiado negativa, y que eso te lo diga un fatalista está para mirártelo —la acusó. — En todo caso… ¿Gwendoline? ¿Edevane? Mira, que ella me debe un favor, si quieres la llamo y le digo: “Oye, ¿recuerdas el favor que me debes? Pues puedes pagármelo enamorándote de alguien que conozco” —le dijo con una sonrisa traviesa.

Había sido sumar dos más dos: Gwendoline había llegado a él por recomendación de Beatrice Bennington, quien era, a su vez, amiga de Samantha. Y Laith era listo, que no por nada era sanador. En todo caso, la culpable había sido ella por haberle dado todas las piezas de su rompecabezas para armar. A fin de cuentas, él se disculpó si estaba cruzando la línea, para mantener el ambiente agradable, que ella negó diciendo que no se ponía intenso, que, en realidad, la aliviaba hablarlo con alguien.

Yo digo, desde mi consejo más sincero, que en lugar de negar lo que sientes y tratar de reprimirlo, mejor pienses en descubrir si le gustas —le dijo con honestidad. — Si dos se quieren y no dañan a nadie, la vida ya no está para jugar al “Romeo y Julieta”, ¿o Raquel y Julieta? —lesbianizó la obra, sonriéndole amablemente. Podían no conocerse de hace mucho tiempo, pero sabía que ella le agradaba y que le gustaría saber que era plenamente feliz, sin dudas absurdas.

Laith siempre quería lo mejor para todos, en especial si estos le agradaban. De ese tipo de personas que tenían dificultades con cosas que son tóxicas, porque prefería vivir en paz consigo mismo. Y, si podía, le gustaba ayudar a esas personas que consideraba agradables, las que valían la pena, para que su vida fuera un poco más brillante. Nunca era una pérdida de tiempo dedicarlo a otras personas.

En el peor de los casos —Laith dijo, — yo invito las cervezas cuando quieras desahogarte —bromeó de nuevo. Entre un tema serio, le agradaba ir metiendo pequeñas bromas, para que no fuera todo tan denso. — Y estudié algo de psicología, por si quieres que te haga de terapeuta, te puedo enseñar las manchas de Rorschach para que me digas qué ves —las clásicas manchas amorfas que todo el mundo ve de manera diferente, pero según el estudio marca una tendencia. — No trabajo gratis, pero a los amigos les acepto un helado —se encogió de hombros.

Lo había demostrado en más de una ocasión, prestar un servicio pro-bono. Y, si eso, pedía una recompensa simbólica, más que el dinero que cobraría realmente, como un helado, una cerveza, o una hamburguesa, dependiendo del humor. Aunque el helado era el precio por defecto que le gustaba poner, porque nunca era un mal momento para un helado. Aunque, siendo honestos, no pensaba que realmente fueran a traumatizar a Samantha por un rechazo, pues, como había sido dicho antes, pensaría que, de ocurrir, sería con amabilidad.

Lo sé, soy grandioso —se jactó vanidoso, como si creyese que realmente pensaba eso, abriendo un nuevo botellín para sí mismo. Miró a la pista de baile, dando un trago, y luego miró a Samantha. — ¿Bailas? —le preguntó. A él no le importaba bailar con mujeres u hombres, así que, si quería divertirse un poco, él estaba por la labor.
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Sam J. Lehmann el Vie Ene 18, 2019 2:32 am

No pudo evitar reír ante su queja de que era demasiado negativa. ¡Já! ¿Se lo decías o se lo contabas? ¡Cómo si ella ya no lo supiera! Luego su siguiente broma tampoco hizo que cesase con la risa, ya que le parecía fabuloso imaginarse a Laith llamando a Gwendoline para pedirle eso cómo favor. Bueno y más gracia le daría imaginarse a Gwen escuchándolo. Cuando Laith dijo la palabra ‘enamorarse’, Sam la estudió. Es decir, enamorarse no era algo fácil, ni tampoco que pasar por alto. La rubia ahora mismo creía no estarlo, pero no sabía si porque era realmente así o porque como todo este tiempo atrás, se estaba auto-convenciendo de que era más fácil tratar todo eso como un capricho, sólo para minimizar daños. Y no se daría cuenta hasta que la besase de que era mucho más que un capricho.

Que Laith le estuviese ‘animando’ le estresaba un poquito, pues ella no veía ningún tipo de ventaja en decir nada, pues como bien había dicho el sanador: negatividad ante todo. Esa era Sam. Pero bueno, después de haberle contado todo no iba a decirle un desagradable: ‘en verdad no le voy a decir nada nunca en la vida’ porque sentía que le había hecho perder un poco el tiempo. Aunque su consejo de intentar descubrir con certeza lo que sentía Gwen no era en absoluto malo, porque detrás de lo de la magdalena algo tenía que haber. —Romea, de toda la vida. —Le corrigió divertida cuando nombró a una tal Raquel.

Le apuntó dulcemente con la cerveza cuando se ofreció a invitar siempre a cerveza para desahogarse, para entonces reírse por su broma de las manchas y del helado. —Oye, pues yo te invitaré a helado cada vez que tú quieras desahogarte, es un buen trato, ¿no? —Y sonrió, poniendo la cerveza un poco en alto y hacia él para animarle a que chocasen en un brindis por ese acuerdo. —Aunque lo de las manchas de Rorschach me niego. No quiero descubrir que estoy loca por culpa de unas manchitas. —Nunca había hecho nada de eso, pero sabía lo que era. Era muy famoso en las películas, sobre todo. Y con los traumas que tenía, a cada manchita que le pusiera delante Laith iba a decir: ‘cuervo, látigo, Crowley, cerdito, chocolate’ y no habían más opciones.

Y entonces Laith le preguntó que si bailaba. Y se sorprendió. De hecho la pilló con la boca del botellín en sus labios y al escucharlo alzó una ceja, divertida. Hacía mucho que no bailaba por ahí, probablemente desde antes de verano. Recordaba la fiesta de carnaval—en la que fue porque iba de Deadpool, totalmente tapada—y la de Takao, junto a Caroline. Aunque más que bailar, se quedó admirando las estrellas un poco piripi mientras se preguntaba el por qué de quedarte sorda tras estar mucho rato prolongado junto a los altavoces de música.

Así que cuando le ofreció bailar, la cogió desprevenida, ya que ella no pensaba bailar. Pero le encantaba bailar. Así que claro, ahora se le presentaba un dilema. Un dilema que resolvió bien rápido tirándose a la piscina de la espontaneidad. —Pues me parece bien, ¿sabes que nunca he bailado con un gay? —dijo de manera ESPONTÁNEA, sin darse cuenta hasta unos segundos después. —Es decir, mira que hay muchos tópicos de que los homosexuales se juntan entre ellos para crear pandillas, pues he de decir que eres mi primer amigo gay. Porque estoy asumiendo que eres mi amigo porque te estás tomando una cerveza con una muchacha potencialmente peligrosa para tu vida, ¿sabes? —Añadió, con un gesto bromista; divertida. —Porque no sé si lo sabes, pero en mi cartel de fugitiva pone que intenté asesinar a alguien. Todavía estoy intentando averiguar a quién se refieren. Pero se supone que soy super peligrosa para tu vida porque voy por ahí intentando ser una asesina y no consiguiéndolo. —Y ladeó una sonrisa, poniéndose de pie. Aunque rápidamente se volvió a sentar, negando con la cabeza. —En la siguiente canción, que esta no me gusta.

Y es que todavía no lo sabía, pero la próxima canción sí que iba a ser de esas conocidas que te dan ganas de subirte hasta a la tarima—que no iba a ser el caso—y de darlo todo en la pista. Aunque claro, eso Sam todavía no lo sabía.
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Laith Gauthier el Dom Ene 20, 2019 12:48 pm

Laith soltó una risa leve en cuanto escuchó que “Raquel” era “Romea”, pese a su intento de haber usado un nombre más currado que sólo cambiarle la última letra. Así, se ofreció a pagar por las cervezas cuando Samantha quisiera desahogarse con él. Ella se ofrecía a invitarlo por un helado cuando él fuera quien necesitaba desahogarse, y brindaron por eso chocando los botellines de cerveza, haciendo un trato. Le parecía curioso que su encuentro supuestamente casual hubiese evolucionado a una conversación grata sobre hacer planes para animar al otro si estaba decaído, pero no le desagradaba.

¿Te imaginas? Supongo que por eso es política general no atender a amigos y familiares, porque luego uno descubre que están mal de la olla y los mira raro —bromeó con ella, fingiendo escalofríos de lo que pudiera presentarle un análisis psicológico de sus amigos. A decir verdad, no estaba del todo seguro de querer descubrirlo.

A él le gustaba mucho bailar, por lo que no dudó en tomar la oportunidad de invitarla a hacerlo. Era divertido, no estaban dejando a ningún tercer amigo excluido y sentado, y por qué demonios no. Le pareció curioso, sin embargo, que ella recalcase que nunca hubiese bailado con un gay.

Lo siento por ellos —le sonrió. — Por los que vendrán luego de mí a invitarte a bailar, digo, porque no vas a encontrar otro gay que baile igual de bien que yo —se jactó con una sonrisa socarrona y un tono divertido. Ella le explicó que, aunque era estereotipo que los gay se unieran entre ellos para formar alianzas homosexualescas, Samantha no tenía muchos amigos gay. Él era el primero. — Todo un peligro de mujer, una Femme Fatale —dramatizó. — Aunque quizá para mí no. Para el que sigue. La tercera es la vencida, al tercer intento logras ser asesina, por eso estoy tranquilo —sonaba muy seguro de su teoría.

Iba a ponerse de pie cuando ella lo hizo, de no haber sido porque volvió a sentarse, alegando que esa canción no le gustaba. Él no lo comprendía. Era un amante de la música, de esos que, aunque digan que no escuchan algún tipo de música, o que no les gusta, sólo hace falta un par de tequilas para que les encante. Pero la dejó tranquila, esperando que la próxima canción sí fuera algo que Samantha estuviese de acuerdo en bailar.

Yo bailaría hasta el ringtone por defecto del móvil —soltó con una risa, para hacerle ver que no lo comprendía, mas no lo juzgaba. — Pero está bien, mientras tanto me mentalizo para deslumbrarte con mis dotes homosexuales de baile —que ojo, no tenía que ver una cosa con la otra, pero le pareció gracioso recalcar que era el primer gay con el que ella bailaba. O que Samantha supiera, cuando menos. — O puedes decirme si tienes otros hobbies además de intentar asesinar gente, ¿contemplación de planes de asaltos a bancos? ¿Robarle el bolso a las ancianitas? —le sonrió.

Los dos tenían más que claro que Laith no iba por la vida temiendo el encuentro con fugitivos. Todo lo contrario. Un traidor a la sangre en toda regla (incluso él se preguntaba a veces qué diferencia hacía un mestizo de un sangre pura o de un nacido de nomaj, que todo le parecía muy lo que hizo el movimiento nazi contra los judíos a veces, y eso mismo lo llevaba a otras reflexiones que se guardaba para sus ratos a solas en la ducha). Por eso, bromear con cosas que no era, desde el respeto, parecía ser divertido. Como si a él le dijesen de mirar a una mujer o algo así. Hilarante, cuando menos.

Entonces llegó a ellos una de esas canciones conocidas que te dan ganas de subirte hasta a la tarima pero no literalmente. — ¿Qué tal esta? Puedo ir a pedirle al Dj que nos ponga Despacito si quieres, o algo —que él no tendría un problema, pero estaba bromeando, su sonrisa lo decía.
Laith Gauthier
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Sam J. Lehmann el Lun Ene 21, 2019 12:43 am

Mira que a la rubia siempre le habían gustado mucho todo lo relacionado con la mente, motivo principal de que hubiese estudiado legeremancia, pero lo que se refería al comportamiento humano—que al fin y al cabo también estaba en la mente—no terminaba de convencerle. Eso de psicoanalizar a las personas siempre se le había dado bastante mal y después de ver la cantidad de cosas turbias que puedes encontrar en la cabeza ajena, una se había quedado sin ganas de juzgar ese tipo de cosas. Y con la cantidad de cosas que había visto y vivido, hasta ella pensaba que como le pusieras delante de un análisis psicológico, salía que mejor que la internases en algún psiquiátrico.

Al principio no supo por quién lo sentía, pero cuando Laith habló no pudo evitar reír. —No creo que encuentre a muchos gays más con los que me apetezca bailar, ¿eh? Eres un gay especial para mí —añadió a la broma, para entonces ladear una sonrisa con su siguiente comentario; una sonrisa que intencionadamente intentaba ser un poco maliciosa. —Femme Fatale. —Femme Fatale ella, ¡já! ¿En qué mundo? ¿No habías visto la cara de pan redondito y bondadoso que tenía? Tenía de Femme Fatale lo que de morena española. —Uy, quita, espero no conseguirlo nunca —respondió mientras zarandeaba la mano, en un intento de que no repitiese eso, no fuese a cumplirse. Sam tocó madera, por si acaso. Lo que le faltaba en toda su desgracia de vida: matar a una persona.

Sam podría bailar cualquier cosa, pero para eso quizás debería de estar borracha de verdad y no solo con un botellín encima. Y ya de por sí no tenía pensado emborracharse, así que necesitaba motivarse de base con algo que realmente le dijera: ‘¡ven a la pista y no te vayas jamás!’ y una vez estuviese ahí, ya podrías ponerle hasta el abecedario que ella te lo bailaba a gusto.

Volvió a sonreír, divertida, al escucharle. Y es que llegaba un momento en el que todo lo que le salía de la boca de Laith le parecía gracioso, con su actitud desenfadada y tan bromista. —No, no, yo soy más de ir por las cabinas telefónicas y meter el dedillo a ver si a las personas se le ha quedado alguna que otra libra allí perdida. —Hizo una pausa. —Lo cual es un negocio nefasto teniendo en cuenta las nuevas tecnologías. Las cabinas telefónicas de Londres siguen ahí sólo porque son emblemáticas de aquí, para los turistas, puro postureo. —Y tras soltar esa broma y beber un poquito de su botellín, se puso un poquito más seria, pero sólo un poquito, porque estaba claro que conversar con Laith podía tener muchos matices menos mucha seriedad. A menos, claro, que estuviesen hablando de cosas profesionales como lo de su estudio. —En realidad mi hobbie favorito es sentarme en el sillón con una manta y helado de chocolate mientras veo alguna serie de Netflix. Pero luego me siento sucia por haberme comido la tarrina entera y al día siguiente voy al gimnasio: así es mi vida. —Rió, poniendo ligeramente los ojos en blanco.

Y entonces apareció en los altavoces LA CANCIÓN. Quizás no era la canción más conocida del mundo, ni mucho menos la favorita de Samantha, pero sí era esa canción que levantaba a todo el mundo del sillón y no dejaba a nadie indiferente. Y es que tenía una historia detrás, cargada de latineo y regueton, esos ritmos que en Londres eran famosos precisamente por no pertenecer a ese país. Santi le había metido mucha cultura de esa música en el Juglar, sobre todo de ese dichoso C. Tangana. —¿Qué dices de Despacito? ¡Esto es un temazo! Con esto si se me apetece ir a la pista de baile sin gotita de alcohol en mi organismo. —Miró entonces a su botella vacía, mirando a Laith divertida, pues lo de sin gota de alcohol era relativo, pero él sabría entenderla.

Así que se puso de pie, esta vez bien decidida y le tendió la mano a Laith. ¿Sabéis que era lo mejor de que una lesbiana bailase con un gay? Que por muy sexy que fuese la canción, que por mucho que pudiese bailar dándolo todo, sabían perfectamente que no habría ningún tipo de intención oculta detrás de eso. Y lo mejor de todo es que podías bailar como te diese la gana, dándolo todo sin tener que controlar lo que hacer o cómo hacerlo.

Llegaron a la pista de baile justo para el estribillo. Taki taki rumbaaa… A lo que soltó al chico comenzó a bailar frente a él, moviendo el culito, como ella siempre decía. Y es que ese tipo de canción sólo se podía bailar de una manera. El DJ del lugar, motivado con que varias personas se hubiesen levantado a bailar—pues ellos no habían sido los únicos—puso los focos de color rojo sobre la pista, dando un aspecto mucho más de discoteca.

El temazo:
Sam J. Lehmann
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Laith Gauthier el Mar Ene 22, 2019 12:47 am

Laith se sonrió divertido en cuanto Samantha le dijo que él era un gay especial para ella, porque con él sí le apetecía bailar y con los demás, aquellos homosexuales que Samantha no había conocido, no. — Eso me halaga mucho —le dijo con una sonrisa que no se sabría decir si hablaba en serio o si era broma. La verdad era que era agradable saberse “especial”. Algo que definitivamente le agradó, fue que ni siquiera considerase conseguir aquello en lo que todavía hacía un intento fallido, al menos a vista de las noticias y los carteles.

Él bromeó sobre sus supuestos hobbies delictivos, que se reducían a meter el dedo en las cabinas para ver si había algo que tomar de ahí. Aunque hoy en día todo el mundo llevaba un móvil encima y era difícil encontrar alguna cabina que realmente hubiese sido usada recientemente, con lo fácil que era llamar desde cualquier lugar. La pobre Samantha se iba a morir de hambre. Luego le contestó en serio, y le pareció un gran plan ese de estar en un sillón con una manta y helado. Sobre todo el helado.

Tienes controlado todo, el equilibrio perfecto entre el Gym y el Ñam —le soltó como si fuera una política de vida súper seria. A él también le pasaba, comer demasiado y quemarlo todo en el gimnasio, era parte de cuidarse para lucir bien y no negarse pequeños caprichos. Además, bromearon sobre canciones, como Despacito, uno de esos placeres culposos de la vida. — Señor Dj, póngame Despacito —le dijo en dirección al Dj, pero no iba en serio porque por su tono y la distancia era más que obvio que no iba a escucharlo.

Entonces llegó, una de esas canciones populares y en español. Se pusieron de pie y se dirigieron a la pista para comenzar a bailar. Laith siempre se había enorgullecido de saber bailar de las dos partes de la moneda, así que le costó más bien poco seguirle el ritmo a Samantha, para entonces marcar el suyo. Le parecía gracioso siempre bailar con mujeres, porque estaba esa línea de respeto que, por muy zorrón que fuera el baile, Laith no las miraba como otra cosa que no fueran eso, compañeras de baile. Y eso siempre le había resultado divertido.

Hablar no habrían podido incluso si lo quisiera, porque la música había subido y las luces se atenuaron para acentuar el ambiente del baile. Muy cerca de ella, al ritmo del baile, evitando chocar con las demás parejas. Cuando acabó, de inmediato comenzó una de las canciones favoritas de Laith, para evitar que la gente se marchase a sentar nada más terminara la canción. Cantaba las partes en inglés, y mal lo hacía con las que había en español, pero el intento se hacía.

A Laith le gustaba mucho bailar, en especial esos ritmos pegados y lentos. Y aunque, siendo honestos, preferiría bailarlo con un hombre, le daba bien igual quién le acompañase. Suponía que cualquier que los viera pensaría que era una perfecta pareja heterosexual que luego de aquel bar iba a acabar en un motel para aliviar la necesidad del cuerpo. Seguramente cada cual fuera a su casa a ver su respectivo Netflix y ver alguna película que era casi imposible que fuera la misma, porque se imaginaba a Samantha con un romance y él buscando todo lo que no fuera romance, así que no estarían juntos ni en espíritu amante de las películas.

Pero su perfecto momento de baile tuvo un breve momento de ruido cuando una mujer llegó a hacerles un sándwich. Mientras él estaba frente a Samantha, una mujer en sus treintas se acercó a bailar por la espalda de la fugitiva. Y Laith se mordió el labio inferior para sólo reírse por dentro, esperando ver si Samantha estaba de acuerdo, o si la apartaba, o si esperaba que él la apartase. Al menos lo calmaba que no iba a abandonarlo por un ligue, porque ya le había dicho que los ligues de una noche no le iban.
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Sam J. Lehmann el Miér Ene 23, 2019 3:07 am

El Gym y el Ñam.

Madre mía, de verdad. Si creías haber visto en algún momento una carcajada real de Samantha Lehmann, te equivocabas si no habías visto cómo se estaba riendo ahora mismo. Y es que ese comentario tan mono, inocente y simpático le cogió tan desprevenida y… vamos, no pudo evitar estallar de golpe.

Pero vamos, el momento de la conversación quedó un poco relevado al hecho de que habían decidido bailar un poco. Pero sólo un poco. Para Sam era muy fácil perder el tiempo que pasaba en la pista de baile y es que habían muy pocas canciones que le invitasen a sentarse de nuevo, sobre todo si su compañero de baile le seguía el ritmo y le daba alas para seguir moviendo el culito. Es por eso que por el momento se quedó allí y muy, muy a gusto en compañía de Laith.

La canción de taki taki rumbaaaaá terminó, comenzando una mucho más sensual y cargada de ese erotismo con el que se podía bailar. ¿Y lo mejor de todo? Que se veía que a Laith también le gustaba bailar así, porque ambos se juntaron para bailar lentos y pegados. Así, muy sexy, si en algún momento alguno de los dos pudiese tener algún tipo de atracción por el otro. ¿No era divertido? Era lo mejor, de verdad. Podías cómo bailar super sensual y sexy con el otro que daba igual, nadie iba a tocar con intención en ningún sitio ni mucho menos tus movimientos se iban a ver como una maniobra de seducción al prójimo. Así que Sam se desmelenó un poco, aprovechando que nunca salía a bailar—por una buena razón, todavía no sabía cómo había aceptado esa invitación—y dejándose llevar por el ritmo de aquella canción que tan poco había escuchado. Y le daba igual no conocerla, pues no hacía falta; mucho menos con este tipo de canciones que por regla general suelen ser muy repetitivas.

Pero de repente… pasó. Y era de esperar. Es decir, o a él o a ella, pero tirar ficha en ese tipo de situación era demasiado fácil y claro… ¿que hay más fácil que atacar en una discoteca de ambiente a una pareja ‘heterosexual’ que baila? Si esa pareja es gay, acertaste y premio, lo más normal es que estén solteros. Si es pareja es heterosexual, te excusas diciendo que estás en una discoteca homosexual. Y así es la vida.

Cuando notó que había alguien detrás suya, supo identificar que era una chica, sobre todo por la mirada de Laith. Con lo que le gustaba bailar, tanto como para salir a la pista ella sola en muchas ocasiones, no tenía filtro ni mucho pudor en decirle a la gente que no estaba interesada. Por norma general solían hacer caso e irse, porque los moscones no son del agrado de nadie. Así que Sam se giró, miró a la chica—que pese a ser muy mona, no era su tipo, pues tenía el pelo cortito, incluso rapado, y rubio—y le negó con la cabeza y la mano, en señal de que no quería. La chica se acercó a ella para preguntarle que si estaba segura y Sam se limitó a decirle que estaba con un amigo y no buscaba rollo. La chica se encogió de hombros, puso los labios en una curva convexa, fingiendo tristeza, y se giró para irse.

En realidad se sintió bien. Tan bien como cuando en el Magicland aquella chica ligó con Sam. Le subía un poquito la autoestima que el resto viese en ella lo que ni ella misma veía últimamente. Sin embargo, como eso no lo admitirá nunca, se giró de nuevo hacia Laith. —Está claro que ni así pasamos por una pareja heterosexual —le dijo divertida, pasando una de sus manos alrededor de su cuello, bailando pegados. —Pero por tu culpa, claramente, yo doy el pego de una mujer perfectamente heterosexual. —Y se aguantó la risa.

En realidad ella creía que sí, pero ya estaba visto que no.
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Laith Gauthier el Jue Ene 24, 2019 11:43 pm

Bailar era siempre un placer, sin importar el ritmo. Si encima de bailar se podía hacer muy sensualmente sin que por eso haya nada sexual de por medio, mejor que mejor. Por eso quizá le gustaba particularmente bailar con mujeres, porque nada de lo que pudiera hacer significaba que quería llevársela a la cama. Samantha sabía moverse bien y compartía con él la fijación al baile lento y pegado, intenso cuando menos. Ahora sí sentía que, sin problemas, podían ponerles el ringtone por defecto del móvil y ya lo bailaban.

Estaban llamando la atención, eso seguro, podían notarlo por la forma en que de vez en cuando llamaban las miradas. Había quienes no sabían entender que algo era sólo de dos y que nadie que no fuera invitado debería participar, por la forma en que otra mujer se acercó a la espalda de Samantha para bailar entre los tres. Era una chica mona, pero definitivamente no su tipo, y al parecer no el tipo de Samantha tampoco. Laith y su ansia de melodramas le hizo preguntarse por dentro si no aceptaría el rechazo, como en una trama de telenovela. No fue así, sin embargo, sino que lo comprendió bien y se marchó.

¿Disculpa? ¿Por mi culpa? ¿Es a mí a quien le han entrado, señorita bollo? Yo pego perfectamente hetero, de ti no digo lo mismo —se metió con ella, hablándole al oído ya que la música tan alta lo ameritaba, sin intentar ofenderla por el mote que había usado para referirse a Samantha. — Aunque me consuela saber que no eres del tipo “rollo de una noche”, así me tranquiliza saber que no me dejarás por irte a ligar —dramatizó divertido, porque era feo eso, muy feo. A menos que las dos partes estuvieran de acuerdo en alejarse a ligar en algún punto de la noche.

Continuaron su baile, despreocupándose del intento de ligue, porque aunque quizá hubiera otro Laith esperaba (o no) que no hubiera realmente un lío por rechazarles. Eso tiene rechazar con educación, ¿ven? ¿A qué era a lo que Samantha le tenía tanto miedo? Había que ser locos. Pero ya no insistió en el tema porque podría pensar que era un borracho insistente y cabezota, y no era esa la impresión que quería mostrarle, en especial porque ni siquiera estaba borracho todavía. Lo que sí, es que todo el mundo sabe que la cerveza es diurética, y le estaban entrando ganas de ir al baño, aunque ya habría tiempo para eso.

El ambiente se había puesto caliente con el reggaetón, a sus lados podían ver otras personas bailando, hombres y mujeres por igual. A veces se le escapaba la mirada, por mera inspiración, a los lados para ver algún otro hombre que considerase su tipo, sin por eso distraerse con Samantha y, por supuesto, sin desear dejarla de lado. Al final, había cumplido su misión y de su cabeza habían desaparecido los taciturnos pensamientos que lo habían llevado a esa salida improvisada.

Pero, por supuesto, como la desgracia lo perseguía, alguien le derramó un vaso con bebida encima. Era un jovencito que Laith se preguntó si era mayor de edad, seguramente en una de sus primeras visitas a bares, que se puso rojo como un tomate cuando se dio cuenta de que su bebida ahora estaba encima de la ropa ajena y éste se dio cuenta volteando a mirar de dónde le había caído la lluvia alcohólica.

¡Lo siento mucho! —reaccionó el jovencito de inmediato. — ¡Fue un accidente! —y a Laith le dio risa su reacción, seguramente infundada por la vergüenza y por haberle derramado la bebida al “tipo duro de los tatuajes”.

Laith hizo un ademán con la mano, como si espantara una mosca. — Está bien —lo desestimó. — Ya se secará —no quiso darle importancia, aunque siendo honestos a nadie le gusta que le derramen bebida. Al menos el chico había sido educado para disculparse.
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