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The only place we could call home {Alexandra L. Dyer}

Hester A. Marlowe el Lun Nov 26, 2018 4:13 am

The only place we could call home {Alexandra L. Dyer} 3Ib7LkP
Sábado 1 de diciembre, 2018 || Saint Christopher’s Hospice || 18:57 horas || Atuendo

Todo comenzó una semana antes, cuando Hester recibió una carta—correo muggle normal, corriente y tradicional—que contenía una cordial invitación a un evento que se celebraba en el Hospicio de Saint Christopher. Se trataba de una hoja impresa, impersonal, de esas que se hacían en el ordenador con un programa que generaba automáticamente los nombres de los destinatarios, en un vano intento de que pasara por una carta personal.

Decía lo siguiente:

Estimada y añorada Hester Aurore Marlowe.

Como cada año, el Hospicio de Saint Christopher celebra su gala benéfica anual para recaudar fondos. Se trata de un evento cuyo objetivo es concienciar a Londres, en estas fechas tan señaladas, de la necesidad de muchos niños y jóvenes de encontrar un buen hogar.

Con motivo de esta celebración, celebraremos una pequeña reunión de antiguos residentes del hospicio. Habrá música, baile y dulces navideños. ¡El alcohol y las drogas están terminantemente prohibidas!

Siéntase cordialmente invitada a asistir. Y recuerde: Dios la observa, así que no haga nada que le disguste.

Atentamente: La dirección de Saint Christopher’s Hospice.

Hester leyó aquella carta un sábado por la mañana, en pijama, todavía sentada en su cama deshecha, con la única compañía de Carrot, su conejita belier. La carta había llegado el día anterior, pero no había sido hasta ese momento que Hester se había puesto con la tediosa tarea de revisar el correo.

Su primera reacción fue tirar la carta directamente a la basura, pero por suerte tuvo suficiente cabeza como para no hacerlo. En su lugar, la leyó—maravillándose una vez más de lo impersonal que resultaba la carta automatizada—y empezó a darle vueltas a la cabeza. Tal vez no le apeteciera verse rodeada de las monjas con que había crecido, pero todavía conservaba unas cuantas amistades de su etapa en el orfanato. Sobre todo, aquellos que no cuchicheaban a mis espaldas o se reían de mí por ser bruja, clarividente o ambas cosas a la vez… o los que no me tenían miedo, pensó la oclumante, refiriéndose especialmente a Mallory.

Y con Mallory en la cabeza—Mallory, responsable de descubrir su sexualidad—la idea parecía un poco menos aburrida. Quizás no solo la vería a ella, sino también a otros amigos de aquella época. Con suerte, algunos habrían madurado y ya no verían a Hester como a un fenómeno de circo andante.

—No tengo nada que perder.—Hester se dejó caer sobre la almohada. Carrot estaba a su lado, y le dedicó una mirada por encima de las gafas, que se le habían caído casi hasta la punta de la nariz.—¿No te parece?

La respuesta de Carrot fue de lo más elocuente: se quedó mirando a Hester, moviendo su naricilla de esa manera tan adorable en que lo hacen los conejos. Sus ojos eran lo más inexpresivo del mundo, pero para Hester eran una razón para sonreír. Así lo hizo, para acto seguido darle un leve toquecito a la conejita en la nariz con su dedo índice. En momentos como ese, agradecía que Carrot no fuera el tipo de conejo con predilección por dar dentelladas. De lo contrario, ya se habría llevado unas cuantas.


Y allí estaba Hester, en la sala común del Hospicio. El lugar, en el cual había pasado gran parte de su infancia viendo la televisión, jugando a juegos de mesa, o simplemente conversando con los otros huérfanos, había sido decorado con motivos navideños bastante modestos, que evidenciaban el poco poder adquisitivo del orfanato. En su mayoría, parecían de segunda mano, o incluso confeccionados a mano por monjas y huérfanos por igual.

La invitación no mentía: había comida y había música, y cualquier cosa que pudiera beberse carecía de alcohol. Habían habilitado una especie de minibar—en realidad, se trataba de los expositores de la cafetería, en los cuales habían colocado bandejas de comida y bebidas, y un par de huérfanos que debían tener dieciséis años haciendo las veces de camareros—y la música que sonaba a través del sistema de megafonía debía tener unos veinte años, de lo antigua que era. El centro de la sala, además, estaba despejado, a modo de pista de baile.

Hester se había hecho con un vaso de ponche, y sin saber muy bien a quien dirigirse—no reconocía a la mayoría de adultos reunidos allí—empezó a sentir que quizás su vestido blanco era un tanto provocativo de más para la situación en que se encontraba. Casi podía imaginarse a alguna de las hermanas pasando por allí, observándola con incredulidad, y poniéndola de patitas en la calle acusada de ‘ramera’. Ya sería lo que le faltaba para completar su set de cualidades heréticas: clarividente, practicante de magia y brujería, y ramera. Una triple amenaza.

—¡Ey, brujita! ¿Cómo te va?—Dijo una voz conocida a sus espaldas, haciéndola pegar un brinco por la sorpresa.

Hester se dio la vuelta para encontrarse con Mallory, aquella joven cuya sonrisa, incluso aunque pasaran años, era capaz de hacerla temblar como un flan. Y es que a una chica no se le olvidaba su primer beso, y menos cuando ese beso era con una chica tan fantástica como Mallory.

—¡Mallory!—Exclamó la bruja con una sonrisa, abrazando a la que en aquellos momentos era su muggle favorita. La chica le devolvió el abrazo con una sonrisa. Era reconfortante llevarse tan bien con su primera ex.—¡Cuánto tiempo! No sabía si vendrías.—Añadió, mientras se separaban.

—¡Como si no tuvieras mi número de móvil! ¿Tan bruja eres que no sabes cómo utilizar un teléfono móvil?—La picó Mallory, en broma, sonriéndole a continuación. Hester no pudo evitar reír.

—¡Calla! Mucha gente aquí no sabe de mí. Prefiero que siga siendo así.—Protestó Hester, también en tono burlón, provocando que su amiga hiciese el gesto de cerrarse con cremallera los labios.

Y con aquel saludo tan curioso, comenzó una conversación entre ellas, a fin de ponerse al día con todas las cosas que les habían venido ocurriendo en los últimos tiempos. Hester escuchaba apasionadamente a Mallory, quien podría decirse que era, en la actualidad, su persona favorita en el mundo.

PNJ - Mallory:
The only place we could call home {Alexandra L. Dyer} Kn7Yt7Q
Es broma, no hay nada.
En realidad sí habrá algo, pero la ficha de pnj está en construcción.
Más vale tarde que nunca.


Última edición por Hester A. Marlowe el Dom Dic 02, 2018 11:02 pm, editado 1 vez
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Lun Nov 26, 2018 1:47 pm

Odio mi vida —farfulló mientras se tiraba en el suelo de su habitación, que estaba calentito gracias a que ella era una loca de la calefacción.

La estampa era cuanto menos cómica, Alex con nada más que una toalla tapando su cuerpo y otra enrollada en la cabeza, sentada en el suelo y rodeada de un buen montón de su propia ropa esparcida por toda la habitación. ¡No tenía nada que ponerse! Bueno, no literalmente por supuesto, porque ropa tenía de sobra, era más bien que no tenía nada adecuado para aquella ocasión.

¿Cuál era la ocasión?

Pues un acto benéfico del orfanato que la había visto crecer, a pesar de no sonar demasiado alegre lo cierto es que Alex le tenía aprecio a aquel lugar. Ser huérfana no era la circunstancia ideal para ninguna niña o niño, pero Alex había logrado ser feliz en aquellas paredes e incluso había tenido la suerte de encontrar otra oportunidad cuando los Dyer la adoptaron. Hablando de los cuales…

De no ser porque Louise Dyer, su madre adoptiva, había estado en casa cuando Alex recogió el correo nada de esto estaría pasando. Porque sí, Alex tenía un lugar en su corazoncito para el Saint Christopher, pero de haber sido por ella no habría asistido a aquel acto. Se le removían demasiadas cosas solo de pensarlo, muchos fantasmas del pasado. Louise sin embargo, no pensaba igual.

Viernes, 23 de diciembre. 16:09.

Habían pasado la mañana juntas, de compras y parando a comer en un restaurante del centro de Londres. Un plan madre e hija, podría decirse. El problema había llegado cuando Alex invitó a su madre a tomarse un café en su casa, para hacer tiempo hasta que su padre pasase a recogerla, y había parado a recoger el correo antes de entrar.
Cuando Louise vio como Alex apretaba los labios, dudando sobre qué hacer con aquel sobre, la más mayor se lo quitó de las manos para leer lo que había causado aquella expresión en el rostro de su hija.
¡Mamá! Eso es personal y no me mires con esa cara, porque sé lo que vas a decir y no voy a ir.
¿Cómo no vas a ir? —su intención había sido la de darle un tono interrogativo a sus palabras, pero más bien habían sonado como una exclamación. — Hija, tienes que ser más agradecida, de no ser por ellos quién sabe qué sería de nosotros ahora —dijo, incluyéndose a ella misma en aquella frase, porque tanto Louise como Bernard consideraban que aquel hospicio les había cambiado la vida al permitirles adoptar a Alexandra.
Bueno, bueno, si tan agradecida estás, ¿vendréis conmigo? —inquirió la rubia, mirando a su madre con una ceja alzada.
Tenemos entradas para el teatro ese día, nos las regalaste tú —le recordó con una sonrisita de alguien que sabe que ha ganado la batalla antes de que finalice.
Increíble, me acabo de sabotear a mí misma. Inaudito.

Total, que allí estaba. Tirada sin saber qué diantres ponerse, y rehusándose a abrir el paquete que le había llegado aquella mañana por correo. Era de su madre, lo sabía por la tarjeta que llevaba, no porque fuese adivina, y estaba segura de que sería un vestido perfecto para la ocasión. Pero no, todavía le quedaba algo de dignidad. Vale, había perdido la discusión con su madre, que había acabado convenciéndola para que fuese a aquel dichoso acto benéfico, pero vamos, como que se llamaba Alexandra Lilianne Dyer que iba a encontrar algo que ponerse en su propio armario.

Nueve conjuntos y 43 minutos después…

Pues nada, que se iba a tener que cambiar el nombre. Toda su ropa era demasiado informal, o demasiado de discoteca, que no sabía que era peor para un acto benéfico. Por el amor de Dios, ella nunca había ido a una cosa así. ¡Qué presión!

Se miró en el espejo por última vez, después de abrir el paquete de su madre y probarse el vestido y los zapatos que había dentro. Perfecto.

Como te odio, Louise —murmuró dando una vuelta sobre sí misma. Casi podía escucharla decirle con aquel tono de madre: “te lo dije”. Argh.

El trayecto en taxi hasta el hospicio, Alex se lo pasó diciéndose a sí misma que iba a darse la vuelta, que no iba, que no, que no y que no. Y así se plantó en la puerta de aquel lugar tan familiar para ella, y a la vez tan lejano en el tiempo. Fue tal y como se había imaginado, sintió como si un puño le apretase el estómago. Alex había pasado muchos años yendo al psicólogo cuando los Dyer la adoptaron, tenía muchos problemas y traumas a los que les puso nombres en aquellas visitar, pero muchos de ellos seguían sin resolverse. Respiró hondo, nerviosa, y entró.

El Saint Christopher había cambiado con los años, pero para Alex fue como si estuviese igual. Se pasó por el lugar, observando los adornos claramente hechos a mano, y a su mente acudían recuerdos de cuando ella no era más que una niña pequeña y aquel era el sitio donde veía la televisión. Suspiró. Necesitaba una bebida.

¿Sin alcohol? Joder, pensaba que estaban de cachondeo —murmuró sirviéndose un vaso de coca cola a regañadientes. Debería de haberse traído una petaca con un poco de vodka, pensó. — ¿Y qué pasa con el vino de las misas? Ese sí que está permitido, eh.

Unas de las monjas, ya anciana, la escuchó y se acercó con una sonrisilla a pesar de que en su mirada brillaba el reproche por aquel comentario.

Alexandra, querida, te recuerdo que Dios está en todos los sitios y te está escuchando —le dijo con un tono reprobatorio. Se sintió como si tuviese seis años y la estuviesen regañando por haber robado comida de la cocina, y entonces fue cuando Alex reconoció a aquella monja. Los años habían hecho mella en aquel rostro, pero sin duda se trataba de la hermana Margaret.

¿Se acuerda de mí? —preguntó sorprendida, pues aunque los años pasaban por ambas, el cambio más evidente era el de Alex, que se fue del orfanato teniendo trece años y ahora ya era toda una mujer de 28 años.

Por supuesto, yo me acuerdo de todos vosotros —le respondió la monja con cariño en sus palabras aunque con desaprobación en sus ojos cuando observó los llamativos brazos de la rubia, cubiertos de tatuajes. — Han venido muchos de tus antiguos compañeros, sabes. Mira, allí están Mallory y Hester, ¿te acuerdas de ellas?

Y así, sin permiso ni nada, la hermana Margaret la agarró por el brazo que no sostenía el vaso con coca cola y la arrastró hacia donde estaban las anteriormente mencionadas.



#6699cc — Margaret

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Alexandra L. Dyer
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Hester A. Marlowe el Miér Nov 28, 2018 10:42 pm

Sin siquiera haberlo planeado, Hester se enfrascó en una conversación con Mallory repleta de banalidades, de anécdotas divertidas, y de risas. El peso de la conversación recaía casi exclusivamente sobre la muggle, quien tenía ese don que solo algunas personas tenían para adueñarse de las conversaciones sin resultar pesadas o anodinas: Mallory bromeaba, Mallory contaba cosas de su vida y hacía sonar hasta la anécdota más pequeña como algo sumamente interesante impresionante. Hester la miraba con una amplia sonrisa, dando pequeños sorbos a un vaso de limonada con hielo que le había servido uno de los camareros.

Mallory era, ni más ni menos, asistente de vuelo. Por consiguiente, su vida era un viaje contínuo: con cada vuelo, visitaba una nueva ciudad, y tenía descuentos para viajar en la aerolínea que la había contratado. Eso, sumado a que la joven siempre había sido un culo inquieto la tenía más tiempo fuera que dentro de Londres. Y es por eso que se veían con tan poca frecuencia. Aunque, dada la naturaleza de algunos de sus encuentros, esa poca frecuencia casi merecía la pena.

Para cuando la hermana Margaret apareció, arrastrando del brazo a una pobre chica que no había podido escapar de su férrea presa, Mallory estaba en plena narración de una anécdota que podría considerarse de… inapropiada.

—...así que ya me ves a mí, llamando a la puerta del cuarto de baño del avión: “¡Abra la puerta, por favor! O tendré que llamar a seguridad.” Entonces, se abre la puerta… ¿y qué crees que me encuentro?—Mallory hizo una pausa para crear suspense. Hester la observaba con toda su intriga, sin saber qué esperar—aunque se imaginaba algo asqueroso. No estaba preparada para la verdad.—¡Un tío subiéndose los pantalones, y una tía bajándose el vestido! ¡Estaban en pleno…!

—¡Señorita Archer!—Exclamó con severidad la voz de la monja que arrastraba a la pobre chica antes mencionada. La soltó en ese mismo momento para ponerse brazos en jarras.—¡Esa es una anécdota del todo inapropiada! ¿Es que no recuerda usted que el Señor está observando!

La voz de la hermana Margaret había sido como un trueno: un sonido tan fuerte que Mallory y Hester no habían podido evitar volverse para mirar en esa dirección, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Mallory, artífice de aquella anécdota y responsable de aquella intervención, ni siquiera se ruborizó; así era ella, descarada hasta decir basta. Hester, por su parte, sí se puso un poco roja, y eso que ella solamente interpretaba el papel de oyente en aquella situación; lo único que deseaba era en que Mallory lo dejara estar, y no hiciera ningún comentario al respecto.

Por supuesto, sus deseos no se cumplieron. ¿Desde cuándo tenía suerte Hester Marlowe? Mallory abrió la boca para arreglar la situación. Por llamarlo de alguna manera.

—’Debate’, hermana Margaret. Iba a decir ‘debate’.—Dijo la chica, sonriendo de manera amplia e inocente. Una sonrisa que Hester no se creía lo más mínimo, y a juzgar por la mirada inquisitiva, de ojos entrecerrados, de la hermana Margaret, ella tampoco se la creía.

—Ya… claro que sí.—Dijo la monja, negando con la cabeza, para acto seguido mirar a Hester. La bruja sintió como si aquella mirada pudiera llegar hasta los recovecos más profundos de su alma y examinar lo negra que estaba. No olvidemos que me acuesto con mujeres, y eso es pecado según la Iglesia, pensó Hester.—Quería presentarles a ustedes dos a una de sus compañeras, a la cual quizás no recuerden. Alexandra Dyer.—La hermana Margaret señaló en la dirección en que se encontraba la pobre y secuestrada chica de los tatuajes en los brazos, y el vaso de coca cola en la mano.

—¡Hola, Alex! ¿Puedo llamarte Alex? Soy Mallory.—Respondió enseguida la dicharachera amiga—con derechos—de Hester, tendiéndole su mano a Alex.

Alex, pensó Hester, que creía recordar a una Alex de su pasado. Y una vez se saludaron ella y Mallory, se adelantó para ofrecerle también su mano derecha. La oclumante mostraba una amplia sonrisa en su rostro.

—Hola, Alex. Yo soy Hester.—Dijo la bruja, sonriendo de manera un poco nerviosa.

—Las dejaré para que puedan ponerse al día. Pero recuerden: Dios las observa. Especialmente a usted, señorita Archer.—La hermana Margaret señaló con un dedo acusador a Mallory. De haberla tocado con aquel dedo, quizás habría perforado la piel de la pobre muggle. La respuesta de su amiga fue asentir con la cabeza mientras la monja miraba, y poner los ojos en blanco cuando ésta se dio la vuelta para marcharse. Hester no pudo evitar reírse un poco.

—Alex, me suena mucho tu nombre.—Dijo Mallory.—¿Eres una de las ‘residentes de larga duración’, como esta brujita y yo?—Preguntó, ni corta ni perezosa la muggle. La oclumante abrió mucho los ojos, miró de reojo a su amiga… y le dio una ligera patada en la pantorrilla.—¡Auch!—Dijo Mallory, sin demasiado entusiasmo. Tampoco es que Hester le hubiera pegado muy fuerte.

Sin embargo, estaba sinceramente interesada en la respuesta: el nombre ‘Alexandra’ traía recuerdos a Hester, pero eran recuerdos demasiado viejos. Y estaba segura de que, de ser Alex una de las ‘residentes de larga duración’ del orfanato, Hester la recordaría. No en vano había crecido entre aquellas cuatro paredes, hasta que fue lo bastante adulta y tuvo suficiente dinero para independizarse.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Vie Dic 14, 2018 9:57 pm

La pequeña y huesuda mano de la monja Margaret se aferraba a la muñeca de Alex como si tuviera hierro en vez de huesos, ¿pero cómo tenía tanta fuerza si debería de rozar los seiscientos años? Pensó con burla la rubia mientras era arrastrada hacía las dos chicas que había mencionado momentos antes, Hester y Mallory.

No, no, no, no. Pare, estese quieta —murmuraba Alexandra, intentando que la monja hiciese caso y se detuviese. No se acordaba de aquellas dos chicas, al menos en ese momento no conseguía ubicarlas e iba a ser súper cortante plantarse allí y decir “Hola, soy Alex, no me acuerdo de vosotras pero a mí también me abandonaron mis padres.”— Me cago en-Dios. La mirada de la hermana Margaret se volvió como si acabasen de mentar a su propia madre y le echó una mirada que, con veintiocho añazos que tenía, le puso los pelos de punta. — En… en… ¿Satanás?

Por la expresión que puso la monja parecía que no lo había arreglado mucho, pero bueno, al menos lo había intentado. Pero Alexandra no era la única para la que la hermana Margaret tenía reprimendas y miradas de reproche, ya que a medida que se acercaban a las dos chicas, la conversación que éstas mantenían iba llegando a sus oídos y mientras que la rubia soltó una risilla, divertida por la historia y hasta por la situación, la monja se apresuró a cortarla antes de que pudiese acabar.

Menudo Déjà vu. ¿En qué momento había retrocedido en el tiempo hasta su infancia? Escuchar como la hermana Margaret no solo la había regañado a ella, sino ahora también a aquella otra chica, era como revivir uno de los días en que aquel orfanato era su hogar.

La mirada de Alexandra se achispó con una clara diversión cuando aquella chica, a la que habían pillado en mitad de una anécdota prometedora, la terminaba de una manera distinta a lo que había parecido en un primer momento. Alex no la recordaba pero tenía pinta de ser el tipo de persona que le caería bien.

Estaba mirando la muñeca por la que la hermana Margaret la había agarrado, moviéndola en círculos y preguntándose si aquella monja haría pesas o algo por el estilo, cuando escuchó su nombre. Levantó la mirada, posándola de nuevo en aquellas dos chicas, y sonrió con algo de apuro mientras saludaba con la mano.

Claro, Alex está bien —al fin y al cabo todo el mundo la llamaba así. — Encantada Mallory —estrechó su mano mostrando una sonrisa amistosa. No sabía si el término ‘encantada de conocerte’ se aplicaba también en aquel caso, porque en teoría ya se conocían o eso había dado a entender la hermana Margaret.

Hola Hester —saludó a la morena del mismo modo, forzando su cabeza a tope para lograr reconocerlas a ambas. Le sonaban muchísimo, sobre todo la morena a la que acababa de estrecharle la mano, pero no lo conseguía. Era como tener una palabra en la punta de la lengua y no conseguir decirla.

La risa de Alexandra acompañó a la de Hester cuando la monja se marchó, dejándolas solas.

A mí también me suenan muchísimo los vuestros, la verdad, pero no consigo ubicaros y es algo que me está matando. Eh sí, bueno, estuve aquí hasta que me adoptaron cuando tenía trece —contestó casi automáticamente, mientras seguía estrujando sus recuerdos en busca de unas caras similares a las que tenía frente a ella.

Mallory y Hester. Mallory y Hester. Hester y Mallory. Hester y Mallory.

Entonces las últimas palabras de Mallory, en concreto una de ellas, hicieron eco en su cabeza como si le acabase de decir la contraseña del wifi.

Click.

¡Ay coño, claro! —exclamó quizá con demasiado entusiasmo, ya que algunos de los invitados y también las monjas, se giraron en su dirección. Pero Alex estaba demasiado ocupada con el orgasmo mental que acababa de tener, había sido mejor que cuando te sale la dichosa palabra que llevas diez minutos intentando decir. — Tú eras la chica que decían que tenía visiones —dijo con una sonrisa divertida. — Imagino que después de todo no conseguiste averiguar los números de la lotería o no estarías aquí —bromeó, igual que había hecho cuando era más joven y aquel rumor empezó a extenderse por el orfanato. Alex había sido una de las niñas que no había dado mucha credibilidad a las habladurías y se había dedicado a bromear ocasionalmente sobre el tema y quitándole importancia. Lógicamente, ahora que ya eran adultas, seguía considerando que habían sido solamente invenciones. ¿Adivinos? Por favor. — Yo fui la que tiró a Thomas Robinson del columpio porque lo acaparaba siempre y se rompió una de las palas —recordó pensando que quizá así la recordarían.
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Hester A. Marlowe el Jue Dic 20, 2018 10:24 pm

Los siguientes minutos fueron una demostración bastante clara de por qué aquellas tres mujeres tenían todos los números para acabar en el infierno, como decía la biblia que Hester había tenido que leerse más de una vez cuando la castigaban por algo… o simplemente cuando querían que reflexionara un poco acerca de sus visiones, su brujería, su menstruación… todo aquello sobre lo que no tenía ningún tipo de control pero era de alguna manera pecaminoso, vamos.

Hester y Mallory tenían su plaza asegurada en el infierno, sin hacer cola ni tener que pedir cita con antelación, en base a un sencillo hecho: a ambas les gustaba mantener relaciones carnales con gente de su mismo sexo. Aquello lo habían confirmado una y otra vez, más que suficiente como para estar seguras.

Luego estaba Hester, que además de tener premoniciones, era practicante de lo que alguna vez había escuchado llamar a las monjas ‘magia negra’. Y sí, como alumna de Hogwarts anterior al cambio de gobierno en el mundo mágico, Hester había intentado explicar por activa y por pasiva que ella no practicaba magia negra, o mejor dicho, artes oscuras, y que de hecho la habían enseñado a defenderse contra estas en el colegio mágico. Aquella historia solo le interesaba a Mallory, al parecer.

¿Y por qué acabaría Alex en el infierno? Bueno, ya llegaremos a eso, no falta mucho.

La joven muggle rubia llegó atrapada en la impasible zarpa de la hermana Margaret a un encuentro quizás poco deseado con Hester y Mallory, a quiénes con toda seguridad recordaba tan poco como ellas recordaban a Alex. Hechas las presentaciones pertinentes e intercambiados los saludos de rigor, Mallory se interesó por Alex, preguntándole si era una de las ‘residentes de larga duración’ del orfanato. Hester y ella habían pasado muchos años allí, y pese a que el nombre les sonaba, no conseguían ubicar a su compañera.

Bueno, ahora está claro por qué, pensó la única bruja del grupo cuando la chica de los tatuajes dijo que había sido adoptada a los trece años. Hester solo había conocido un hogar en su infancia y en su adolescencia, así que era muy probable que a los trece años de Alex ella no tuviera muchos más. Ya se sorprendería luego al descubrir que, de hecho, tenía muchos menos.

—Bueno, te ganamos.—Respondió Hester con una risita nerviosa.—Viví aquí desde que era un bebé y hasta cumplir la mayoría de edad. Y salvo las épocas que pasaba estudiando en...—Iba a decir ‘Hogwarts’, pero se detuvo justo a tiempo.—...en un internado pagado con el dinero que dejaron mis padres biológicos, no he conocido otro hogar.—La historia era penosa se mirara por donde se mirara: una huérfana yendo de un orfanato a un internado y viceversa.

—¿Internado?—Mallory la miró con una ceja alzada, casi como si le dijera ‘Vamos, brujita, puedes pensar una excusa mejor que esa’. No le dio más importancia y se volvió hacia Alex.—A mí tampoco me adoptaron, así que pasé mis mejores años en este...—Mallory se disponía a llamarlo de alguna manera políticamente incorrecta, cuando se percató de que la estaban mirando un par de monjas, así que terminó por corregirse.—...hermoso lugar que tanto cuidó de nosotras.—Y compuso una sonrisa muy falsa que dedicó a las monjas, que si hubieran contado con visión calorífica, habrían hecho estallar a Mallory en pedazos allí mismo.

Y entonces, llegó el momento en que quedó claro que Alex también las acompañaría en su descenso a los infiernos: pronunció una palabra, digamos, prohibida allí dentro, en un tono lo bastante alto como para atraer la atención de varias monjas y asistentes al evento. Incluso Hester pegó un bote al escuchar aquel taco—Mallory no; Mallory se rió sin ningún tipo de pudor, escandalosamente—, pero la oclumante pronto se olvidó de la palabra malsonante: la habían reconocido por lo que no quería ser reconocida.

—¡Porras! Ya pensaba que nadie salvo Mallory se acordaría de eso.—Dijo Hester, fastidiada.—Y no, lo de los números de la lotería no funciona así, ya me he cansado de...—Hester se detuvo a media frase, pues algo dentro de su cabeza hizo click, igual que había ocurrido en la cabeza de Alex. Y es que aquella broma era muy característica de…—¡Alex, eres Alex!—Exclamó Hester, como si acabara de descubrir la pólvora.

—Felicidades, Hester, por descubrir algo que ya sabíamos.—Dijo con sarcasmo Mallory, esbozando una sonrisa burlona.

—¡No, no lo entiendes! ¡Cállate y no me hagas burla!—Hester dio un paso adelante para poner sus manos en los antebrazos de Alex.—Siempre bromeabas con eso. Te recuerdo, aunque vagamente. Creo que tenía… ¿nueve años?... cuando te fuiste.—Hester no pudo evitar mirarla de arriba abajo, y terminó deteniéndose en su brazos tatuados.—Estos tatuajes no los tenías entonces. ¡No te habría reconocido ni en un millón de años!—Hester sonrió, de manera nerviosa.

—Me gustan las chicas tatuadas.—Comentó Mallory con cierta picardía, cosa que hizo que Hester la fulminara con la mirada.

—¿Y qué ha sido de ti, Alex? Supongo que tu vida estará llena de logros más interesantes que el de tirar a Thomas Robinson del columpio.—Preguntó Hester, quien entonces ya recordaba lo suficiente a Alex como para ubicar aquel incidente con Thomas Robinson. Desde aquel entonces, el niño no había vuelto a acaparar el columpio, y mucho menos si Alex estaba cerca. Debía haberle cogido miedo.


Última edición por Hester A. Marlowe el Lun Ene 28, 2019 12:52 am, editado 1 vez
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Vie Ene 25, 2019 10:21 pm

Ahora que las presentaciones estaban hechas y que la hermana Margaret se había marchado, quizá en busca de nuevas presas a las que atormentar, Alex solo esperaba que la conversación no terminase por ser una de esas llenas de silencios incómodos en los que no se sabe qué decir. De momento la cosa parecía ir bien.

Alex escuchó como Hester y Mallory le contaban que ellas habían estado en el Saint Christopher hasta la mayoría de edad, y la rubia se sintió afortunada a pesar de que su adopción no fue una transición fácil para ella. Al menos, y a pesar de las dificultades, había conseguido salir de allí y saber lo que era tener una familia que no fuesen los demás huérfanos del hospicio. Decir que lamentaba su situación estaba fuera de lugar para Alex, a la rubia siempre le habían molestado las miradas y comentarios compasivos, además que la mayoría de los allí presentes habían vivido aquella misma situación de abandono. Sonrió, divertida, cuando Mallory concluyó aquella frase de manera distinta a como estaba segura que había sido su intención en un principio. Las dichosas monjas que más que siervas y devotas de Dios parecían ninjas, con ojos y oídos en todos lados.

Desde luego. Brindemos por eso —propuso con una sonrisa igual de forzada, aunque con maligna diversión brillando en sus ojos, cuando notó a las monjas a las que miraba Mallory. Alzó el vaso lleno de refresco para chocarlo con el de las otras mujeres. — Brindar en vasos de plástico y sin alcohol… estoy segura de que esto es anticonstitucional. Como mínimo serán 5 años de mala suerte —comentó antes de beber un trago de su refresco.

Le costó, ya lo creo que le costó, pero finalmente logró ubicar a Hester en sus recuerdos, lamentablemente seguía sin recordar del todo bien a Mallory, lo cual le extrañaba porque la mujer estaba demostrando tener el tipo de carácter que a Alex le encantaba, bromeando y soltando frases la mar de ingeniosas. En fin, sería cuestión de tiempo, supuso. Se centró en la recién recordada Hester, cuya reacción al ser reconocida no hizo más que causarle una reacción de sincera simpatía, ¡si hasta había dicho porras! A Alex le pareció sumamente divertida y adorable.

Aquel comentario que tantas veces le había hecho cuando eran más pequeñas, sobre los números de la lotería, pareció ser el interruptor adecuado para activar los recuerdos de Hester sobre ella y Alex no pudo más que mirar con una amplia y divertida sonrisa la escena que se desarrollaba frente a ella, con Mallory “felicitándola” por el hallazgo no tan impresionante y con Hester defendiéndose ante su amiga.

Alex le dedicó a Hester una simpática sonrisa, pues realmente se alegraba de que ella también la recordase, mientras asentía con la cabeza.

Sí, no lo recuerdo con exactitud, pero por ahí irán los tiros más o menos —contestó haciendo los cálculos mentales, aunque no recordaba exactamente los años que se llevaba con Hester. — Ahora tengo veintiocho años, así que tú deberías tener ¿veinticuatro? —terminó la frase con un tono interrogativo, sin estar segura de si aquella sería la edad real de Hester. — No claro, si llego a aparecer con alguno mientras estaba aquí todavía seguiría rezando padres nuestros como castigo —bromeó.—  No recuerdo en qué momento se me fue de la mano lo de los tatuajes —dijo con una risa, tanto por el comentario de Hester como por el de Mallory, a quien le guiñó el ojo de manera bromista. — Pero tengo bastantes más de los que podéis ver —Alex llevaba gran parte de la espalda tatuada, así como parte del abdomen y muslos.

Le dio un pequeño trago al refresco que llevaba en la mano antes de contestar la nueva pregunta de Hester.

Por supuesto, aunque aquel fue uno de mis momentos cumbre —asintió. — De hecho  fue el comienzo de mi larga carrera como justiciera al margen de la ley. No tengo contrato ni derecho a pensión, pero doy panes como tortas —explicó sin poder esconder la sonrisa que delataba, por si no fuera evidente, que no iba en serio. Quizá últimamente estaba viendo demasiadas películas de super héroes, pero ¿quién podía culparla? El Capitán América estaba tan bueno que le daban ganas de hacerle gemelos hasta que salieran impares. — Soy la encargada de una discoteca en el centro, Fabric, quizá la conozcáis —de hecho era una de las discotecas más conocidas de Londres, pero quizá a ninguna le gustaba la vida nocturna. — ¿Y qué hay de vosotras, habéis mantenido el contacto todo este tiempo? —preguntó con curiosidad y asombro, ya que ella no tenía relación con ninguno de sus ex compañeros del hospicio, claro que al ser adoptada su caso era diferente.
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Hester A. Marlowe el Mar Ene 29, 2019 6:54 pm

Por el comentario de Alex respecto a lo de brindar con refresco en vasos de plástico, y la consecuencia que esta acción podía tener en su mala suerte, Hester se imaginó que era la única de las presentes cuyo trato con el alcohol era, por decirlo de alguna manera, ‘cordial’: yo no te bebo a ti, tú no me emborrachas a mí, y así los dos nos llevamos bien.

Sin embargo, aquello la hizo reflexionar acerca de su mala suerte y lo patosa que era: ¿Tal vez todo se debía a ofender al Dios del Alcohol constantemente con su rechazo abierto a disfrutar de sus placeres?

¡Eso es ridículo!, pensó una Hester que se había criado con monjas y a la cual, sin poder evitarlo, se le habían pegado muchas de sus enseñanzas. Mi mala suerte se debe a que a Dios no le gusta que realice el acto sexual con mujeres. Él me vio en aquel escobero con Mallory…

Por supuesto, aquello era simplemente una broma suya. Nada que ver con la realidad, pues por lo que a Hester respetaba, los dioses no existían: cada una de las locuras que ocurrían en la biblia eran fácilmente explicables mediante la presencia de magos y brujas a lo largo de la historia. El arbusto en llamas, la estrella de Belén, el propio Jesucristo… ¡Magos y brujas a lo largo de la historia!

La conversación tomó un rumbo en que Hester, por fin, pudo recordar a Alex. ¡La lotería, por supuesto! Esa frase siempre se la decía otra niña que, ahora recordaba, era Alex.

—Exactamente, veinticuatro.—Confirmó Hester con entusiasmo, sonriendo y asintiendo con la cabeza.—¿Veintiocho? No los aparentes, la verdad.—No lo dijo de manera aduladora ni mucho menos: a Hester le daba la impresión de que Alex tenía algún año menos. ¿Pero qué sabía ella? Ni siquiera era capaz de estimar la edad de nadie.

Mallory aseguró que le encantaban las mujeres con tatuajes, a lo que Alex respondió con un guiño divertido, para asegurar que tenía más tatuajes de los que se veían a simple vista. Hester, que sabía lo que Mallory estaba a punto de decir y, francamente, se sentía un poco mal cuando ligaba con otras chicas en su presencia, le dedicó una mirada fulminante. A Mallory le dio igual: lo que iba a decir salió igualmente de su boca.

—¿Tatuajes que no se ven?—Mallory mordió suavemente el borde de su vaso de plástico, antes de seguir hablando.—Considérame muy interesada en esos tatuajes.

Hester era una persona a la que la volvían loca las chicas guapas, no podía siquiera pensar en negarlo. Sin embargo, lo de Mallory ya era extremo. Mientras que a Hester no se le ocurría ponerse a ligar con otra delante de ella—cosa que en realidad no tenía prohibida en lo más mínimo, pues tenían una relación de amistad y encuentros puramente sexuales, sin ataduras—, Mallory era capaz de tirarle los trastos a una mujer incluso en un velatorio. Incluso aunque la mujer en cuestión fuera la viuda.

La oclumante se mordió la lengua, prefiriendo seguir con la conversación por otros derroteros. Concretamente, preguntó a Alex a qué se dedicaba, aparte de empujar a abusones de columpios. Tras una broma que hizo sonreír a Hester, aseguró que trabajaba en una discoteca del centro de Londres cuyo nombre era ‘Fabric’. Y sí, a Hester le sonaba, aunque lo suyo no fuera la vida nocturna.

Abrió la boca para decirlo, pero…

—Pues sí que la conozco, sí. Me encanta ese sitio. ¿Cómo puedo no acordarme de haberte visto por allí? Créeme que me acordaría.—La miró de arriba abajo, esbozando una sonrisa a continuación.—Cada vez que voy allí debo cogerme un pedo tremendo, porque te juro que te recordaría.

Altamente probable: Mallory parecía una chica muy formal desde fuera, pero cuando empezaba a beber, parecía que la poseía el demonio de la película El Exorcista.

—Yo también he ido alguna vez, pero no demasiado.—Dijo Hester. Mallory soltó un bufido divertido, señalándola con el pulgar.

—¿La brujilla? No aguanta ni dos cervezas y ya está pedo. No puede seguirme el ritmo.—Bromeó, a lo cual Hester volvió a mirarla con reproche. ¿Por qué no dejaba de llamarla ‘brujilla’ o sucedáneos de una maldita vez?

—Muy graciosa. Ja. Ja. Ja.—Dijo Hester con ironía, pronunciando cada uno de aquellos ‘Ja’. Evidentemente, no se estaba riendo.—Sí, hemos conseguido mantener el contacto todo este tiempo, a pesar de que Mallory es azafata.

—¡Eh, un respeto!—Bromeó Mallory, dándole un suave codazo a Hester.—Soy asistente de vuelo. ¡Por favor, tengo una categoría!

—¡Ah, disculpe usted!—Hester puso los ojos en blanco, un gesto exageradamente cómico, para acto seguido hacer una reverencia.—Perdone usted, mi lady asistente de vuelo. Supongo que no pones cafés ni repartes almohadas, ¿verdad?

—Bruja...—Esta vez no lo dijo como algo cariñoso, aunque tampoco podría decirse que fuera un intento real de herirla. Ellas dos se llevaban así, como el perro y el gato, pero muy bien en el fondo.—¿Y qué hay de ti? ¿A qué te dedicabas tú ahora? Ya no me acuerdo...

Hester vio la malicia en sus ojos, las ganas de ponerla en evidencia, así que más le valía decir algo. Y como no se le ocurrió otra cosa que aquello que llevaba fingiendo ante Zeta y Dexter tanto tiempo, decidió tirar por lo seguro:

—Trabajo vendiendo casas en una inmobiliaria.—La cortó, a lo cual Mallory alzó las cejas, sorprendida. Creo que a ella no le había contado esta mentira, pensó la oclumante.—Y soy muy buena en mi trabajo, además.

Se arrepintió de soltar aquello unos cinco segundos después de hacerlo. Y es que ahora venían las preguntas, y francamente desconocía cómo funcionaban de verdad las inmobiliarias muggles. Maldito sea el día en Dexter Fawcett me hizo pasar por vendedora de viviendas…
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Jue Mayo 02, 2019 7:00 pm

Gracias —Alex se llevó una mano al corazón y luego fingió enjugarse una lagrimilla cuando Hester le dijo que no aparentaba tener veintiocho años. Pocos lo sabían, bueno quizá fueran más de los que le gustaría reconocer, pero Alex tenía mucho miedo a cumplir años y envejecer, y desde que pasó los veinticinco tenía sueños recurrentes de que al cumplir los treinta se le caerían los pechos y el culo, ¡y solo le faltaba un año para eso! Por eso le gustaban tanto los comentarios como el que le acababa de hacer Hester, si es que costaba tan poco hacerla feliz.

Hablando de comentarios aduladores, Mallory tampoco se estaba quedando atrás, aunque ella era mucho más descarada. De hecho el de Hester había sido un comentario sin más, inocente, pero Mallory le estaba tirando fichas descaradamente, y menos mal que Alex no conocía la vergüenza porque sino seguro que ya le habría sacado los colores. Sin embargo se limitó a reírse y a mirarla divertida, aunque parecía que a Hester no le estaba haciendo demasiada gracia, quizá tuvieran algo…

Era una lástima que a Alex no le gustasen las mujeres porque pillar cacho en el evento benéfico de un orfanato religioso debía desbloquear algún logro importante en la vida, al estilo Sims. Aunque de gustarle el género femenino lo más seguro es que le atrajese más Hester que Mallory, es decir Mallory y ella tenían personalidades demasiado parecidas y Alex siempre se fijaba más en los chicos que aparentaban ser más calmados y centrados que ella.  

Bueno, os daré mi número y la próxima vez que queráis ir me dais un toque, o me mandáis un mensaje, y me aseguraré de que tengáis una ronda gratis —ofreció sinceramente, porque a ella lo mismo le daba y siempre que algún amigo iba a la discoteca ella los invitaba a beber o los colaba en el VIP, porque podía y porque no le costaba nada, cobraba lo mismo a final de mes. — Y si no te gusta beber te puedo preparar algún cóctel sin alcohol, que están igual de buenos y llevan el doble de sombrillitas —bromeó dirigiéndose a la morena y sonriéndole. Alex le echaba alcohol a casi todo lo que podía, pero reconocía que el sabor de los cócteles sin alcohol era más agradable ya que carecían de ese amargor típico de las bebidas con graduación.

Observó con atención el intercambio de pullas entre Hester y Mallory, que era como ver un partido de tenis en el que su mirada iba de una a la otra y brillaba con diversión ante lo que estaba presenciando. Finalmente no pudo evitar soltar una pequeña risita cuando Hester ganó la batalla con aquel comentario sobre poner cafés y repartir almohadas. Punto, set y partido. Alex miró a Hester cuando Mallory le preguntó que a qué se dedicaba ella, alegando que no se acordaba, y la verdad es que a la rubia le pareció raro porque parecían tener una relación bastante cercana, pero bueno, tampoco comentó nada porque no le pareció asunto suyo.

¿En serio trabajas vendiendo casas? —preguntó con cierta emoción. Quizá quedó un poco raro que la rubia se emocionase porque alguien trabajase en una inmobiliaria, pero todo tiene una explicación.— Me encanta ver las casas ajenas, como están decoradas y todo eso. De hecho tengo la mala manía de ir mirando las ventanas y los balcones cuando voy por la calle a ver si veo algo —reconoció sin pudor. Sabía que era un hábito muy feo, pero es que no podía evitarlo, era como si existiera una fuerza superior que la incitaba a mirar. Como cuando te tapas la cara en las pelis de miedo pero aún así miras a través de tus dedos. — Oye, y así entre nosotras, te prometo que no te pregunto nada más relacionado con el trabajo —le aseguró sabiendo lo molesto que podía ser que te preguntasen todo el rato sobre el trabajo en tu tiempo libre.—  Pero es que tengo una duda y como tú debes saber de estas cosas... Verás, mis padres me está insistiendo un montón en que me compre un piso y deje de vivir de alquiler, y yo siempre les digo que las hipotecas están carísimas y que el alquiler me sale más barato y blablabla, además de que comparto los gastos con mi compañero, ¿crees que se está acercando el fin de los tiempos y tienen razón? Es algo que me preocupa profundamente, porque si tienen razón y se enteran no quiero que lo tomen como un precedente para futuras ocasiones —bromeó.
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Hester A. Marlowe el Miér Mayo 08, 2019 12:01 am

A diferencia de la mayoría de personas, Hester no culpaba al objeto de interés de Mallory cuando la chica que se había llevado su virginidad se ponía a ligar tan descaradamente delante de ella. De hecho, intentaba no culparla ni siquiera a ella: a fin de cuentas, no eran pareja, simplemente… tenían sus momentos íntimos. Lo que comúnmente los muggles denominaban follamigas. El problema era que… Hester ya no se sentía tan cómoda con ese término.

Y aunque se sintiese cómoda con ello, ¿no podía esperar a que ella no estuviera delante para lanzarle ese tipo de insinuaciones? Lo consideraba un tanto irrespetuoso… por bien que se llevasen.

Sin embargo, una vez más no dijo absolutamente nada. Aunque Mallory sí tenía un montón de cosas que decir, por lo visto.

—Cuenta con que te llame muy a menudo.—Le dijo la rubia a Alex, y si todo se hubiera quedado ahí, habría sido perfecto: sólo sonaba como una borracha fiestera hasta ese punto. No se quedó ahí, claro que no.—Quizás me puedas contar más cosas acerca de tus tatuajes...—Y le dedicó un guiño y una sonrisa.

No digas nada, se recomendó a sí misma, sintiéndose bastante despreciada en aquellos momentos. Optó por ignorar a Mallory y seguir con la conversación.

—Lo de los cócteles sin alcohol suena muy bien, ¿pero estás segura? No quiero ser un rollo ni fastidiarle la fiesta a nadie...—Además, tampoco estaba segura de que aquellas fiestas fuesen lo mismo sin emborracharse. Había pasado varias fiestas en compañía de Mallory y podía decir que, desde fuera, todo el mundo parecía idiota en una discoteca o un pub.

El intercambio de pullas entre Hester y Mallory terminó con lo que podía considerarse un golpe bajo: la rubia sabía muy bien a qué se dedicaba la castaña, aunque no lo entendiese del todo, y sabía muy bien que tampoco podía ir por la vida contándoselo a los muggles. Así que, cuanto menos, aquello le sentó bastante mal a la oclumante. ¿Y ahora, qué hacía? ¿Qué clase de mentira se inventaría? Porque quedaba totalmente descartado decirle la verdad a Alex.

¿La respuesta? Una mentira, la misma que Dexter Fawcett se había inventado para contarle a su novia, Zdravka. Mentira de la cual, por cierto, Hester había terminado formando parte.

Se arrepintió de decir aquello en el mismo momento en que lo hizo, y cuando Alex empezó a preguntar al respecto, buscó la ayuda de Mallory. Su amiga se limitó a llevarse la copa a los labios y esperar pacientemente a que ella fuese la que solucionase el entuerto. Fue casi como si le diese una puñalada trapera: primero la metía en aquel asunto, y ahora la dejaba sola para sacarse las castañas del fuego.

—¡Sí, ese es mi trabajo!—Exclamó Hester, con cierto entusiasmo fingido.—Me dedico a hacer rutas turísticas por la casa en venta de alguna familia que… bueno, que vende su casa, supongo.—Estaba nerviosa, y empezaba a hablar demasiado… y sin mucho sentido, claro.—Donde quiera que haya una casa que necesite ser vendida, allí estoy yo.

¿Y por qué no le gustaba hablar de su trabajo falso? Pues porque la gente solía hacerle preguntas para las que no tenía respuesta, por mucho que hubiera buscado en Google la mayoría de ellas. Alex no fue ninguna excepción, y por mucho que le hubiera gustado poder ayudarla en aquel dilema con su madre… no podía más que ofrecerle mentiras al respecto, todas ellas con una sonrisa en el rostro.

—¡¿Comprar más barato que alquilar?! ¡Por favor, jamás!—Con un gesto de su mano, desechó la idea de la madre de Alex. La lógica le decía que era así… pero la realidad era que no tenía ni idea.—Es decir, las ventajas de comprar un piso suelen ser que, cuando termines de pagarlo, acabará siendo todo tuyo… Bueno, esa es solo una ventaja, pero viene a ser eso, su única ventaja y… ¡Yo me quedaría de alquiler, por supuesto! De hecho, vivo de alquiler.—Abrió mucho los ojos para decir aquello, como para darle énfasis. ¡Una agente inmobiliaria que vivía de alquiler! Tenía que significar algo, ¿no?—Hazme caso, que yo sé.—Menuda mentirosa que estoy hecha…

Mallory, que seguía observando aquel espectáculo bochornoso con una ceja alzada, sólo entonces se acercó a Hester y le puso un brazo sobre los hombros. Por fin se decidió a intervenir… la muy bruja.

—Esa es nuestra Hester: toda una experta en el mercado inmobiliario.—Dijo, mirando a Alex con una amplia sonrisa en el rostro.—Señoritas, me alegra mucho hablar con vosotras, pero acabo de localizar a Jesse Hartman no muy lejos de aquí, y si la cosa no ha cambiado, es toda una experta a la hora de colar alcohol donde no se puede. Y además, está para comérsela.

Y con aquellas palabras, Mallory las abandonó para ir a reunirse con Jesse Hartman. La mirada de Hester la siguió, y sin pretenderlo, la bruja se desanimó un poco. ¿Otra mujer más en el punto de mira de la señorita Archer? Aquello le sentó como un jarro de agua fría...
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Vie Mayo 31, 2019 9:25 pm

Cuanto más descarada era Mallory en sus intentos por ligar con ella, más se divertía Alex, que de todas las situaciones que se había imaginado que podrían darse durante la noche, aquella desde luego no estaba ni entre las más remotas. De hecho, antes había pensado en una invasión de alienígenas devora humanos.

Te aburrirás antes de llegar a la mitad —bromeó correspondiendo a la sonrisa y quitándole hierro al asunto. No era mentira del todo, a excepción de algunos que sí que tenían una historia interesante detrás, el proceso de hacerse un tatuaje no tenía mucho misterio.

Le dio un trago al vaso que llevaba en la mano, con los hielos ya medio derretidos, y volvió a echar en falta el no tener una copa de vino en la mano, en vez de un vaso de coca cola.

Pues claro que estoy segura. Tú tienes que tomar lo que te apetezca a ti, y si de verdad no te gusta beber te lo pasarás mejor así que obligándote a hacerlo, pero es tu decisión. Yo encantada de ponerte lo que quieras, que no es por fardar pero hago unos cócteles que te caes de culo —le dijo como si fuera una confidencia, guiñándole un ojo.— Estoy de jueves a sábado en una discoteca y te aseguro que quienes acaban arruinando las noches son los borrachos. Jamás he tenido que pedir que echen a un sobrio.

Y eso era una verdad como una catedral de grande. A Alex le gustaba beber, eso era un hecho irrefutable, prueba de ello era que en su casa JAMÁS faltaba la cerveza, pero eso no quitaba que respetase totalmente a la gente que no lo hacía, más que nada porque ella ni entraba ni salía en las decisiones de los demás.

El entusiasmo de Alex cuando Hester le contó sobre su trabajo fue real al cien por cien, porque de verdad que a ella le encantaba eso de ver casas ajenas y que encima te paguen por ello, ¡es que era un sueño! Algunas veces Ian la había pillado viendo el programa de los gemelos supermegafantásticos que reforman casas y aunque parecía muy de maruja, es que estaba enganchadísima.

Oye, eso suena a lema, y a uno bueno —opinó después de soltar una risita. Es que le parecía muy gracioso, a la par que enternecedor, el que Hester se hubiese puesto a hablar tanto de repente. Debía de gustarle mucho su trabajo, pensó Alex. — Deberías plantearte el ponerlo en tu tarjeta de visita: si necesitas vender una casa, cuenta conmigo —sonrió.— O algo así.

Siendo sinceros a Alex de verdad que le supo mal sacarle el tema del trabajo a Hester fuera de su jornada laboral, pero es que las ocasiones las pintan calvas y no es que la rubia conociese a muchos vendedores inmobiliarios para preguntarles. Además, seguro que Hester no intentaba timarla, o eso esperaba.

Asintió, completamente convencida, cuando la morena le dijo que ella sabía del tema. Claro, si es que no había nada como preguntarle a un profesional para salir de dudas. Si en ese momento estuviesen en el Polo Norte y Hester estuviese intentando venderle hielo, Alex le habría comprado cinco kilos.

Claro claro, si es que es lo más lógico. Tienes razón, ¡muchas gracias! Si algún día soy millonaria y decido comprarme un piso, serás mi agente inmobiliaria —sentenció a modo de broma con una sonrisa. OJALÁ ella siendo millonaria. Menos mal que soñar es gratis.

Mallory, tan arrolladora como había demostrado ser, se fue con todo su desparpajo, asegurando que Jesse Hartman tendría alcohol y, bueno, otros atributos igualmente interesantes. Se despidió de ella con un hasta luego, ya que el lugar no era tan grande como para no volver a encontrársela en lo que restaba de velada, y entonces dirigió su mirada a Hester, que seguía a su lado y parecía un poco cabizbaja.

Vaya, menudo terremotole dijo la sartén al cazo, pero eso no venía a cuento. Comentó con una sonrisa amable, ahora dirigiéndose solamente a Hester. — No se corta ni un pelo, eh. En realidad me sabía mal decirlo, pero sigo sin acordarme de ella. Supongo que es normal, desgraciadamente, no éramos pocos —se sinceró encogiéndose de hombros. Se mordió ligeramente el labio, pensando si seguir hablando o no, pero finalmente se decidió a hacerlo. — En realidad yo no quería venir, ¿sabes? No había vuelto a pisar el orfanato desde que me adoptaron y me daba un poco de pánico, pero me alegra haberlo hecho. No está siendo tan malo como me esperaba, y haberme encontrado contigo me trae buenos recuerdos. Eso sí, podría haber vino, pero bueno, supongo que la sangre de Cristo no se encuentra en el supermercado de la esquina.
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Hester A. Marlowe el Dom Jun 02, 2019 3:29 pm

Con toda sinceridad, con cada minúscula molécula de sinceridad que Hester Marlowe podía guardar dentro de sus cincuenta y cinco kilos de peso y de su metro sesenta y cinco de estatura, la oclumante agradeció que Alex fuese capaz de cortar de una vez los intentos de ligoteo tan descarados de la que había sido su primera vez.

Fue en aquel momento, creía Hester, en que Mallory por fin se dio cuenta de que había dado contra una pared: Alex no estaba interesada, y si al principio le había seguido el juego, seguramente, había sido porque lo tomaba como una broma. Y es que la señorita Archer sabía cómo engatusar a las chicas con las palabras… y con Alex no le estaba funcionando.

Mejor que mejor, pensó Hester, dando un discreto sorbo a su bebida sin alcohol, procurando fingir que no estaba presente en aquella conversación.

Era lo mejor para evitar un momento incómodo.

Siguiendo con la conversación—la normal, no la que se había desarrollado paralelamente entre Mallory y Alex—, la muggle de los tatuajes insistió a una Hester que debía parecer abstemia a sus ojos que no la juzgaría si no bebía alcohol, que cada uno bebía lo que le apeteciese. E insistió en que hacía unas bebidas magníficas.

—Precisamente: cuando no bebes—como suele ser mi caso, por si no ha quedado claro—, suele ser abochornante ver las locuras que hacen los borrachos.—Confesó Hester.

—Y te conviertes en un muermo andante.—Apostilló Mallory, mirándola con una expresión muy digna.

—¡Y tú en una payasa andante!—Protestó Hester, cadi ofendida.

—¿Acaso existen payasos no andantes? ¿Hay payasos inválidos o algo así?—Mallory sonreía de manera malévola, hasta que a su espalda se escuchó la voz de una monja, reprendiéndola por tal comentario.—Lo siento, no se repetirá. De ahora en adelante, diré ‘payasos minusválidos’. ¿Está mejor así?

Hester pudo haber respondido a aquello, pero en su lugar, se quedó mirando a Mallory con rostro inexpresivo. Sinceramente, no sabía ni qué decir con respecto a la pequeña intervención que acababa de hacer una de las monjas, ni respecto a la mordaz contestación de Mallory. Buscó la mirada de Alex, sin saber qué decir.

Una de las pocas veces en que Hester Marlowe no sabía qué decir.

—Te haré una visita el día menos pensado.—Dijo finalmente a su antigua compañera de orfanato de brazos tatuados.

También hubo tiempo para hablar sobre el empleo—ficticio, por supuesto—de Hester: el maravilloso, y desconocido hasta para ella, mundo de la venta inmobiliaria. Con todo el entusiasmo fingido que pudo, Hester demostró pasión y amor por su trabajo, e incluso asesoró a Alex con respecto a si comprar o alquilar. Habló desde su experiencia personal, lo cual no tenía por qué ser indicativo de nada, e incluso trató de aplicar la lógica: alquilar solía ser más barato, y total, el ser humano vivía un número finito de años. ¿Para qué preocuparse de tener un piso en propiedad o algo así?

Aquel pensamiento era un tanto deprimente, algo simplista, y en parte, realista.

—De acuerdo: te enseñaré a invertir como es debido esos millones. Seguro que podemos encontrar una mansión con veinticinco cuartos de baño y cuatrocientas habitaciones a un precio módico.—Le dijo, sonriendo, sabiendo, incluso desde su desconocimiento del mercado inmobiliario, que aquello era una clara exageración.

El Señor Jesucristo no debía odiar demasiado a Hester por sus elecciones a la hora de amar a su mismo sexo, pues tuvo a bien enviar un pequeño milagro en su dirección: Mallory avistó a alguno de sus anteriores ligues dentro del orfanato, que además podía servirle de camello en materia de alcohol, y se excusó para marcharse.

Vale, a Hester no le gustaban sus intenciones de seguir ligando, esta vez con alcohol de por medio… pero al menos, ya no lo haría delante de sus narices. Era un consuelo.

—¿De verdad no te acuerdas de ella?—Preguntó Hester con ceño fruncido, extrañada.—Entonces es que has tenido la fortuna de que no te ha ido detrás intentando ligar. Bueno, fortuna o desgracia, según cómo lo veas tú...

Desde su punto de vista, Alex no parecía estar interesada en Mallory, pero eso no significaba nada. Podía no estar interesada en ella actualmente, quizás porque tenía pareja… o simplemente porque a sus ojos, la rubia no era atractiva. Pero quizás en otros tiempos sí podría mostrarse interesada y…

...y déjate de teorías. Ya se ha ido. Disfrútalo, le recomendó su sabia mente de oclumante.

—Yo hace relativamente poco que me fui. Bueno, relativamente poco: casi siete años, pero lo recuerdo como si fuera ayer.—Hester sonrió, algo más relajada ahora sin la presencia de la discordia.—Yo también me alegro de haber venido. La verdad es que casi no me acordaba de ti, pero ha sido mencionar el tema de la lotería… y me han venido muchas cosas a la cabeza. Eras muy buena conmigo, incluso cuando otros críos se burlaban de mí por dormir siempre con una luz encendida...

No se sentía orgullosa de aquello, pero la realidad era que no podía dormir completamente a oscuras. Sentía pánico de la oscuridad, y de lo que creía que se escondía en ella. Sabía, su mente consciente, que nada de aquello era real, pero… era muy difícil quitarse de encima una fobia, y sólo quien tuviese una lo sabría.

—¿Te acuerdas de aquella linterna que me regaló la hermana Eunice?—Preguntó Hester, recordando el evento con una sonrisa.—Una de esas que se sujetan a la cabeza con una banda elástica. Me decía que la encendiese siempre que tuviera miedo, pero a veces me daba más miedo encenderla que no. Algunos niños...—Frunció el ceño, sin terminar la frase: eran unos capullos.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Vie Jun 07, 2019 9:24 pm

Debía admitir que Hester tenía un punto en lo que estaba diciendo, aguantar a borrachos estando sobrio podía llegar a ser bastante tedioso cuanto menos, pero tal y como lo veía Alex, que sí, le gustaba beber pero también había tenido noches de sobriedad, podías o dejar que te amargasen la noche o podías sacarle provecho y reírte a costa de las tonterías que hacían. Siempre te podías sacar unas risas a costa de un borracho.

Estuvo a punto de contestar a Hester, pero Mallory se le adelantó, afirmando que Hester se convertía en un muermo cuando no bebía y a Alex, que era muy defensora del movimiento vive y deja vivir, no le gustó ese comentario, pero no sabía qué tipo de relación tenían y ella tampoco era nadie para meterse en medio, así que se quedó callada viendo el intercambio que las chicas estaban teniendo.

A Alex le pareció que la conversación se estaba volviendo algo absurda cuando Mallory empezó a hablar de payasos inválidos, en su humilde opinión no veía porque no podía haber algún payaso que no pudiese andar, pero sus pensamientos se interrumpieron bruscamente tras la interrupción de la monja y la tajante respuesta de Mallory.

Su mirada conectó con la de Hester y se encogió ligeramente de hombros.

A su parecer el ambiente se había puesto un pelín tenso después del rifirrafe entre Mallory y la monja, que había terminado condenando a Mallory con la mirada tras su contestación, así que agradeció cuando Hester cambió de tema, asegurándole que iría a verla a la discoteca, ante lo cual Alex le correspondió con una alegre sonrisa.

Menos mal que el empleo de Hester pasó a ser el centro de atención de la conversación, llegando a bromear sobre la maravillosa posibilidad de que Alex fuera a ser millonaria algún día, lo cual solo podía pasar si le tocase la lotería o diese un braguetazo.

Y piscina, no te olvides de la piscina. ¡Ah! Y jacuzzi, toda mansión que se precie tiene que tener un buen jacuzzi —que Alex jamás se había bañado en uno pero le hacía toda la ilusión, la verdad.

Mallory, que no perdía el tiempo, no tardó en despedirse de ellas ante la promesa de alcohol de contrabando y un nuevo objetivo al que tirarle fichas. Y cuando se hubo marchado Alex aprovechó para sincerarse con Hester sobre lo que había pensado que sería aquella noche y lo que finalmente estaba siendo.

Asintió, reafirmándose en que no era capaz de recordar a Mallory por el momento.

Yo no lo llamaría desgracia, siempre es halagador que alguien se fije en ti —contestó con sinceridad.— Pero no, no me gustan las mujeres —terminó de sacar de dudas a Hester sobre el tema.— ¿Me equivoco al pensar que hay algo entre vosotras? No me contestes si no quieres, pero es que no he podido evitar fijarme en que no se te veía muy contenta —preguntó con tono amable, y no se refería sólo al intento de Mallory de ligar con ella, sino a la mirada que había puesto la morena cuando la susodicha se había en busca de Jesse Hartman.

No quería sonar a cotilla, pero no había podido evitar hacer la pregunta. Tampoco es que Hester fuese demasiado evidente, simplemente le había hecho gracia la dinámica que parecían tener y se había fijado un poco más en ellas, por eso había podido observar el descontento de Hester con según qué actitudes de Mallory. Algo totalmente humano, pensó Alex, que en alguna ocasión también se había visto en situaciones semejantes, sobre todo con Patrick, su último ex novio.

Es normal, cuando yo me fui todavía eras pequeña y han pasado muchos años, ¡quince nada menos! —dijo quitándole importancia al hecho de que Hester no se acordarse a pensar de ella. A fin de cuentas, a Alex también le había costado horrores recordarla.— No quiero sonar egoísta pero a mi también me vino muy bien aquella luz de vez en cuando, algunos de los cuadros que tienen aquí me provocaban auténticas pesadillas —le sonrió con complicidad, refiriéndose a algunas de las estampas bíblicas que representaban aquellos cuadros.

Ya desde pequeña Alex jamás había entendido qué problema tenían algunos niños con que Hester durmiese con una luz, le parecía de lo más mezquino que se metiesen con ella a causa de su miedo. Sobre todo cuando muchos de esos niños eran capaces de aguantar toda la noche sin ir al baño solo para no andar solos por los pasillos del orfanato en plena noche. Hipócritas.

¡Oh, es verdad! —exclamó riéndose un poco al recordar la linterna de la que hablaba Hester.— Sí, algunos niños son gilipollas —terminó ella la frase. No sabía si esa era la palabra que iba a decir Hester, pero por ahí debían los tiros.— No lo entendía de niña y sigo sin entenderlo de adulta, cómo es posible que los niños puedan llegar a ser tan crueles, sobre todo los que estaban aquí. Todos cargábamos con situaciones difíciles en nuestros hombros, ¿qué necesidad había de hacerlo peor?

Suspiró, recordando algunos de los momentos malos en aquel orfanato. Hester lo había tenido especialmente complicado con todo aquello del miedo a la oscuridad y los rumores de sus visiones. Aun así le alegraba comprobar que después de tantos años seguía siendo prácticamente la misma, con ese carácter amable que Alex recordaba con cariño.

Aun así he de decir que conseguí ser feliz aquí —dijo con cierta añoranza en su tono, recorriendo con la mirada la habitación.— Argh, aunque no fue gracias a ella —comentó cuando su vista se paró en una de las monjas, que ahora estaba sentada en una silla de ruedas debido a su avanzada edad. Su tono cambiando por completo de uno melancólico a otro con cierto resentimiento.— Mírala, allí —le susurró a Hester, como si aquella monja fuese el diablo, en vez de una sierva de Dios, y pudiese oírla a pesar de estar en lados opuestos de la sala. Señaló con un sutil gesto la dirección a donde quería que mirase para ver a la susodicha monja.— La hermana Judith —aclaró.— Todavía puedo sentir los pellizcos. ¿Te acuerdas de ella? Era verla llegar y me ponía a temblar, ¿qué tendrá ahora doscientos treinta años?
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Hester A. Marlowe el Mar Jun 11, 2019 12:00 am

La pregunta de Alex pilló a Hester desprevenida, mientras contemplaba la marcha de Mallory rumbo a los alcoholizados brazos de Jesse Hartman, una mujer no mucho mayor que ella de negros cabellos y busto generoso. Y justo cuando la muggle de su interés abría los brazos de manera exagerada para abrazar a la traficante de alcohol, la oclumante se giró en dirección a la joven de los tatuajes.

Justo en ese momento se dio cuenta de la pregunta que le había hecho.

—Es… complicado.—Una de las frases más manidas de la historia de las relaciones. Siempre todo era complicado. Los humanos y su tendencia a complicarlo todo.—No es que exista una relación exclusiva ni nada, pero… podría decirse que algo hay, supongo. Pero bueno, eso, que no es nada exclusivo, así que tampoco...—¿Tampoco qué? La verdad es que, en ese momento, Hester se quedó sin saber qué más decir.

Las cosas como eran: la culpa era única y exclusivamente suya. Desde un principio, desde que habían comenzado a darse aquellas relaciones esporádicas entre ellas dos, habían dejado claro que no había nada más allá. Por lo que eran amigas con beneficios. Y claro, Hester lo había aceptado porque le apetecía tener esa relación con ella… pero al final se había cumplido esa máxima: el sexo entre amigos—o, en este caso, amigas—no funcionaba, y alguien siempre acababa herido.

En aquel caso, le había tocado a ella.

—Pero Mallory y yo nos llevamos bien, aunque no lo parezca.—Añadió, quizás de una manera un tanto innecesaria, encogiéndose de hombros. No era un tema que la hiciese sentir cómoda, pues ni ella misma sabía cómo sentirse al respecto.

Hester no tacharía su infancia de ‘traumática’, ni mucho menos, pues por lo general había sido bastante buena dentro de lo extraño que había sido vivir en un orfanato. Sí, había tenido que lidiar con algunos idiotas, por supuesto, sin mencionar el dato de sus visiones y los terrores nocturnos, pero también había sido bastante feliz. Había encontrado la felicidad en los detalles más sencillos de la vida, y eso, a su juicio, era maravilloso.

Sin embargo, un problema recurrente para ella era, precisamente, la oscuridad. Uno de sus peores miedos. Algunos niños se habían reído de ella, precisamente, por la necesidad de dormir con una luz encendida.

—No lo he dicho yo… pero tampoco estoy en desacuerdo.—Dijo Hester con respecto a que los niños eran gilipollas. Lo seguía pensando incluso ahora, cuando era una adulta.—La verdad es que yo tampoco lo entiendo: es uno de esos grandes misterios de la humanidad. ¿Por qué existe gente que disfruta haciendo daño a otros? ¿O discriminándolos? ¿De verdad no comprenden que ese tipo de pensamiento no lleva a ningún lado? Bueno, sí, a algún lado si lleva: a la porra.—Y volvió a encogerse de hombros ante aquella reflexión. ¿Lo bueno de Hester? Que había aprendido a no conceder mucha importancia en su vida a asuntos como ese. Si algún día tenía hijos, se aseguraría de evitar que fuesen, precisamente, unos gilipollas.

Hester también había conseguido ser feliz en el orfanato. No le había quedado más remedio: había pasado diecisiete largos años viviendo allí, y poco a poco se había ido convirtiendo en una veterana. Y vale, nunca había sido una luchadora, pero estaba claro que quienes se metían con ella eran precisamente los mayores, y a medida que ella crecía y otros niños iban siendo adoptados, de manera inevitable se había ido convirtiendo en una de las mayores. Y eso, por lo visto, había generado respeto en otros huérfanos.

Sin embargo, no podía evitar preguntarse qué habría sido de ella si, en lugar de pasar su infancia y adolescencia entre aquellas cuatro paredes, hubiera tenido la suerte de ser adoptada por una familia, como Alex. Siempre podía soñar con ello.

Se giró cuando la muggle le señaló, discretamente, a lo que podía considerarse un ejemplar de monja muy antiguo: la hermana Judith, una mujer que parecía seguir viva más por costumbre que porque su cuerpo se mantuviese por sí solo. Entró rodando en el salón, en su silla de ruedas empujada por otra monja de menor edad—a la cual Hester no reconoció, por lo que supuso que debía ser nueva—, con esa perpetua sonrisa vuelta del revés y esos duros ojos que parecían juzgar todo lo que veían.

—Oh, sí, me acuerdo de ella. Esa mujer es un monstruo.—Lo cual perfectamente podía ser, teniendo en cuenta que parecía seguir con vida de una manera totalmente antinatural.—No sé cuántos años tendrá esa señora, pero mírala: parece que luche cada segundo de su vida por mantener su integridad física y no terminar reducida a un montón de cenizas. Seguro que si sigue viva, después de tanto tiempo, es porque se alimenta de nuestro sufrimiento...

Dijo todo aquello de carrerilla, sin darse cuenta de que había descrito a una mezcla extraña entre dementor, vampiro, y algún tipo de experimento fruto de la mente del Doctor Frankenstein. A lo mejor lo era.

—¿Estás segura de que todos los niños fueron adoptados?—Se giró de nuevo hacia la chica de los tatuajes, obviamente sonriendo porque estaba de broma.—A lo mejor no todos se fueron… sino que ella se los comió.

¿Lo peor de aquello? Que para Alex, posiblemente, podría parecer algo sacado de una película de serie B; para Hester, aquello era muy posible. En su mundo, al menos, los vampiros sí existían.
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Miér Jun 26, 2019 7:00 pm

Alex entendió a Hester sin necesidad de que la morena terminase de hablar. Sabía perfectamente a qué tipo de relación se estaba refiriendo y, como había dicho ella, esas relaciones eran complicadas. Encontrar el balance perfecto en el que ninguna de las partes se viera demasiado implicada era sumamente difícil, de hecho, Alex pensaba que era prácticamente imposible y que lo más sencillo era mantener el contacto personal al mínimo a no ser que fuera para tener relaciones, claro está, pero esa teoría se iba al traste cuando había una verdadera amistad de por medio.

En fin, Hester había respondido a su pregunta con sinceridad a pesar de ser algo invasiva, y Alex prefirió no tocar más el tema, no queriendo incomodarla.

Hablar de su infancia fue algo bastante natural, al fin y al cabo era lo que las unía, y mientras que la morena se contuvo de dar su opinión expresa sobre el comportamiento de algunos niños, ella no tuvo reparo alguno en decirla. Algunos niños eran gilipollas, eso era así y punto, aunque podía extenderse a: algunos humanos son gilipollas, así en general, porque la gilipollez no era solo cosa de niños, pero en fin.

Yo siempre he pensado que es gente que tiene taritas mentales, ¿sabes? Falta de empatía o algo así —comentó.— A mi me gusta regirme por el vive y deja vivir, y me considero una persona bastante feliz, así que supongo que los que se meten con los demás, los ridiculizan y demás, son gente infeliz e insatisfecha con sus propias vidas que piensan que comportándose así se sentirán mejor. Como si criticar a alguien hiciese su vida menos miserable —que ojo, ella no era psicóloga, pero cuando se fumaba algún peta le daba por filosofar y esa era una de sus grandes reflexiones.

Se rió, divertida, de la manera en que Hester acabó su reflexión. A la porra. Hacía mucho que no escuchaba esa expresión.

Tú lo has dicho, a la porra —asintió, plenamente conforme.

Entonces fue cuando la rubia se fijó en la que había sido el objeto de sus pesadillas, y gran culpable, de su actual aversión por las películas de miedo en las que salen monjas: la hermana Judith. Que por muy devota de Dios que fuese debía de haberle vendido su alma al Diablo para seguir aferrada a la vida de aquella manera.

Alex se tapó la boca con una de sus manos, luchando por no estallar en carcajadas con las ocurrencias de Hester. La última vez que habían hablado eran unas niñas, pero no recordaba que la morena fuese tan graciosa.

Empezó a toser para disimular la risa, llamó la atención de alguno de los presentes, pero es que si no se reía iba a acabar haciéndose pis encima del esfuerzo.

Ay, por favor, que me meo encima —dijo entre risas que intentaba sofocar como buenamente podía. Le había dado un ataque de risa y le estaba costando Dios y ayuda parar, nunca mejor dicho.— Oh, eso explicaría muchas cosas —en realidad no explicaba ninguna, pero era gracioso acusar a la hermana Judith de comerse a los niños.— La verdad es que ahora da mucho menos miedo, parece un extra de The Walking Dead. Es decir, ¿a qué velocidad puede poner esa silla de ruedas? Nosotras corremos más rápido seguro, ya no nos puede alcanzar. Oh Dios mío, oh oh, ¡está mirando hacia aquí! —y como si volviese a tener seis años, Alex sintió como cundía el pánico. Agarró del brazo de Hester y se dieron la vuelta, dándole la espalda a la monja, que había clavado su afilada y huesuda mirada en ellas, quizá atraída por las risas de la rubia. ¿Podía una mirada ser huesuda? La de la hermana Judith sí podía, parecía que las cuencas de sus ojos resaltasen en su rostro.— Es como si absorbiera toda la alegría del lugar, ¿lo notas? —fingió como si le diera un escalofrío un tanto exagerado.— Poco a poco se van las ganas de vivir —dramatizó para luego volver a reírse disimuladamente, como si estuvieran haciendo alguna travesura.— Yo siempre he pensado que es la falta de sexo lo que hace que estén como enfadadas siempre, o sea, no todas eran así, las había que eran buenas y dulces, quizá esas se masturbasen a escondidas... —empezó a divagar, planteándoselo seriamente.— Y pensar que yo de pequeña quería ser monja, madre mía, seguro que ya estaría peinando canas o subiéndome por las paredes.
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Hester A. Marlowe el Sáb Jun 29, 2019 8:09 pm

Averiguar el motivo por el cual una persona podía llegar a ser tan mezquina como lo eran algunos niños era un asunto harto complicado: Hester lo había intentado muchas veces, pero había llegado siempre a la misma conclusión, y esa conclusión era que resultaba imposible a no ser que una estuviera dentro de su cabeza. Entonces quizás, y sólo quizás, una podría entender sus motivaciones. Hipótesis sobre falta de cariño o ansias de protagonismo había muchas, pero la oclumante no era psicóloga.

La hipótesis de Alex era buena… siempre y cuando una aceptara que aproximadamente el setenta y cinco por ciento de la población mundial sufría de dichas taras. Aunque estaba bastante segura de que la falta de empatía sí estaba presente en dicho porcentaje de la población.

O quizás dicho porcentaje fuese aún mayor que su estimación.

—Yo nunca he encontrado una satisfacción personal en molestar o burlarme de otros. Y si bien creo que tus hipótesis son buenas… sus auténticas motivaciones solamente las entenderán ellos… o quizás ni eso.—Hester se encogió de hombros.—Yo he visto algún documental sobre el bullying en televisión y al parecer existen personas que no entienden sus propias motivaciones. Los psicólogos dan muchas razones, pero… la verdad es que cada persona es un mundo y… y no sé por qué estoy soltando todo este rollo. Perdón.

Era inevitable que una persona que veía tanta televisión absorbiera conocimientos y datos que podían ser relevantes o no. Por eso a Hester le molestaba tanto que se tachara la televisión de ‘caja tonta’, pues ni por asomo: solo había que escoger bien la programación. Y teniendo en cuenta que la información e Internet estaban literalmente al alcance de la mano de cualquier persona, quienes afirmaban que toda la programación fomentaba el embrutecimiento del espectador no es que fueran idiotas, no; eran, directamente, unos ignorantes.

Hester, de hecho, creía que había mucha más desinformación en Internet que en la televisión en sí.

Cuando tocó hablar de la hermana Judith, una mujer tan antigua que pertenecía a un museo, Hester dejó volar su imaginación: habló de seres que se alimentaban de alegría, de niños y de lo que fuera para mantenerse vivos, a pesar de su estado de decrepitud. No todo ello fue inventado, por supuesto: el mundo mágico le había brindado mucha ‘inspiración’ para aquellas invenciones.

Pero Alex no era bruja… por lo que evidentemente se rió. Para ella, todo aquello eran ocurrencias propias de alguien con mucha imaginación, cosas que sólo podían verse en películas. Para disimular, Hester se forzó a reír también… cosa que no le salió muy bien. Se le daba fatal fingir que reía, pareciendo siempre forzada. Dejó aquellos intentos lo antes posible, para no parecer todavía más rarita de lo que ya era.

—No subestimes a los extras de The Walking Dead...—Sugirió. Eso hacían los personajes de esa serie… y acababan muriendo de maneras estúpidas.

Y Alex no lo hizo: en cuanto sintió la mirada de la monja sobre ella, agarró a Hester del brazo y se dio la vuelta, buscando esconderse. Y si bien para ella en aquel momento no sucedió nada más… para Hester sí. La clarividente dio un respingo y…


...y el mundo ante sus ojos cambió: vio la imagen clara de la hermana Judith, sus huesudas manos sobre las ruedas de su silla, rodando en dirección a ellas. Alex estaba a su lado, tan asustada como antes.

La hermana Judith alzó en dirección a ellas un dedo índice huesudo, señalándolas de manera acusadora, y comenzó a hablar.

—Tan impertinente como siempre, señorita Dyer.—Articuló esas palabras muy lentamente, casi como si antes de cada una de ellas, mentalmente consultara el significado de éstas en un diccionario almacenado en su cabeza.—Riéndose de sus mayores. ¿Y usted, Marlowe? ¿También usted?

Hester se sentía abochornada por aquello, y más cuando el resto de asistentes al evento se las quedaban mirando, mudos de la impresión. ¡Menuda vergüenza estaban pasando!



Hester volvió al presente, y agradeció a la Diosa del Tiempo—si es que algo así existía—por haberle dado una oportunidad de evitar el encuentro desagradable que se les venía encima. Nunca antes se había alegrado tanto de tener una premonición.

—Te pido perdón de antemano...—Le dijo a Alex en voz baja, para que sólo ella la escuchase.—...pero me vas a agradecer esto.

Hester, copa en mano, fingió chocarse con Alex en un intento de volverse, con lo cual consiguió derramar su copa no sólo sobre la pechera de su vestido, sino también sobre el de la propia Hester. Abrió mucho los ojos para fingir sorpresa, y retrocedió un par de pasos. Cuando volvió a hablar, alzaba la voz para que todos escucharan.

—¡Perdona, Alex! ¡Lo siento! Soy una torpe...—La silla de ruedas de la hermana Judith ya estaba moviéndose en su dirección, así que la oclumante no perdió el tiempo: dejó la copa derramada a un lado, tomó de la muñeca a Alex, y la condujo en dirección al pasillo.—Deja que te ayude a limpiarte el vestido. ¡Dios, soy más torpe que una silla con dos patas!

La comparación no fue la mejor, ni mucho menos, pero toda aquella escenita les sirvió de excusa para abandonar el lugar. Salieron a través de las puertas de doble hoja que había al final de la sala común, las cuales las condujeron a un desértico pasillo. En éste se encontraban las aulas, donde recibían clase los huérfanos. Al fondo de dicho pasillo había unos cuartos de baño.

—De nuevo te pido perdón por eso… Esa vieja bruja venía en nuestra dirección, y si llega a alcanzarnos, nos habría echado un rapapolvo de esos que nos pondrían en evidencia delante de todos.—Le dijo, esta vez en un tono de voz más bajo.—Y si crees que no se acordaba de nosotras, te equivocas: se acuerda de nuestros nombres y, además, tiene buen oído...

La forma en que dijo aquellas cosas era rotunda: Hester afirmaba aquellas cosas, no las suponía. Estaba tan acostumbrada a su clarividencia que hablaba de aquella manera: a sus ojos, las cosas ocurrían dos veces, una ante sus ojos, otra en el mundo real.
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