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The only place we could call home {Alexandra L. Dyer}

Hester A. Marlowe el Lun Nov 26, 2018 4:13 am


Sábado 1 de diciembre, 2018 || Saint Christopher’s Hospice || 18:57 horas || Atuendo

Todo comenzó una semana antes, cuando Hester recibió una carta—correo muggle normal, corriente y tradicional—que contenía una cordial invitación a un evento que se celebraba en el Hospicio de Saint Christopher. Se trataba de una hoja impresa, impersonal, de esas que se hacían en el ordenador con un programa que generaba automáticamente los nombres de los destinatarios, en un vano intento de que pasara por una carta personal.

Decía lo siguiente:

Estimada y añorada Hester Aurore Marlowe.

Como cada año, el Hospicio de Saint Christopher celebra su gala benéfica anual para recaudar fondos. Se trata de un evento cuyo objetivo es concienciar a Londres, en estas fechas tan señaladas, de la necesidad de muchos niños y jóvenes de encontrar un buen hogar.

Con motivo de esta celebración, celebraremos una pequeña reunión de antiguos residentes del hospicio. Habrá música, baile y dulces navideños. ¡El alcohol y las drogas están terminantemente prohibidas!

Siéntase cordialmente invitada a asistir. Y recuerde: Dios la observa, así que no haga nada que le disguste.

Atentamente: La dirección de Saint Christopher’s Hospice.

Hester leyó aquella carta un sábado por la mañana, en pijama, todavía sentada en su cama deshecha, con la única compañía de Carrot, su conejita belier. La carta había llegado el día anterior, pero no había sido hasta ese momento que Hester se había puesto con la tediosa tarea de revisar el correo.

Su primera reacción fue tirar la carta directamente a la basura, pero por suerte tuvo suficiente cabeza como para no hacerlo. En su lugar, la leyó—maravillándose una vez más de lo impersonal que resultaba la carta automatizada—y empezó a darle vueltas a la cabeza. Tal vez no le apeteciera verse rodeada de las monjas con que había crecido, pero todavía conservaba unas cuantas amistades de su etapa en el orfanato. Sobre todo, aquellos que no cuchicheaban a mis espaldas o se reían de mí por ser bruja, clarividente o ambas cosas a la vez… o los que no me tenían miedo, pensó la oclumante, refiriéndose especialmente a Mallory.

Y con Mallory en la cabeza—Mallory, responsable de descubrir su sexualidad—la idea parecía un poco menos aburrida. Quizás no solo la vería a ella, sino también a otros amigos de aquella época. Con suerte, algunos habrían madurado y ya no verían a Hester como a un fenómeno de circo andante.

—No tengo nada que perder.—Hester se dejó caer sobre la almohada. Carrot estaba a su lado, y le dedicó una mirada por encima de las gafas, que se le habían caído casi hasta la punta de la nariz.—¿No te parece?

La respuesta de Carrot fue de lo más elocuente: se quedó mirando a Hester, moviendo su naricilla de esa manera tan adorable en que lo hacen los conejos. Sus ojos eran lo más inexpresivo del mundo, pero para Hester eran una razón para sonreír. Así lo hizo, para acto seguido darle un leve toquecito a la conejita en la nariz con su dedo índice. En momentos como ese, agradecía que Carrot no fuera el tipo de conejo con predilección por dar dentelladas. De lo contrario, ya se habría llevado unas cuantas.


Y allí estaba Hester, en la sala común del Hospicio. El lugar, en el cual había pasado gran parte de su infancia viendo la televisión, jugando a juegos de mesa, o simplemente conversando con los otros huérfanos, había sido decorado con motivos navideños bastante modestos, que evidenciaban el poco poder adquisitivo del orfanato. En su mayoría, parecían de segunda mano, o incluso confeccionados a mano por monjas y huérfanos por igual.

La invitación no mentía: había comida y había música, y cualquier cosa que pudiera beberse carecía de alcohol. Habían habilitado una especie de minibar—en realidad, se trataba de los expositores de la cafetería, en los cuales habían colocado bandejas de comida y bebidas, y un par de huérfanos que debían tener dieciséis años haciendo las veces de camareros—y la música que sonaba a través del sistema de megafonía debía tener unos veinte años, de lo antigua que era. El centro de la sala, además, estaba despejado, a modo de pista de baile.

Hester se había hecho con un vaso de ponche, y sin saber muy bien a quien dirigirse—no reconocía a la mayoría de adultos reunidos allí—empezó a sentir que quizás su vestido blanco era un tanto provocativo de más para la situación en que se encontraba. Casi podía imaginarse a alguna de las hermanas pasando por allí, observándola con incredulidad, y poniéndola de patitas en la calle acusada de ‘ramera’. Ya sería lo que le faltaba para completar su set de cualidades heréticas: clarividente, practicante de magia y brujería, y ramera. Una triple amenaza.

—¡Ey, brujita! ¿Cómo te va?—Dijo una voz conocida a sus espaldas, haciéndola pegar un brinco por la sorpresa.

Hester se dio la vuelta para encontrarse con Mallory, aquella joven cuya sonrisa, incluso aunque pasaran años, era capaz de hacerla temblar como un flan. Y es que a una chica no se le olvidaba su primer beso, y menos cuando ese beso era con una chica tan fantástica como Mallory.

—¡Mallory!—Exclamó la bruja con una sonrisa, abrazando a la que en aquellos momentos era su muggle favorita. La chica le devolvió el abrazo con una sonrisa. Era reconfortante llevarse tan bien con su primera ex.—¡Cuánto tiempo! No sabía si vendrías.—Añadió, mientras se separaban.

—¡Como si no tuvieras mi número de móvil! ¿Tan bruja eres que no sabes cómo utilizar un teléfono móvil?—La picó Mallory, en broma, sonriéndole a continuación. Hester no pudo evitar reír.

—¡Calla! Mucha gente aquí no sabe de mí. Prefiero que siga siendo así.—Protestó Hester, también en tono burlón, provocando que su amiga hiciese el gesto de cerrarse con cremallera los labios.

Y con aquel saludo tan curioso, comenzó una conversación entre ellas, a fin de ponerse al día con todas las cosas que les habían venido ocurriendo en los últimos tiempos. Hester escuchaba apasionadamente a Mallory, quien podría decirse que era, en la actualidad, su persona favorita en el mundo.

PNJ - Mallory:

Es broma, no hay nada.
En realidad sí habrá algo, pero la ficha de pnj está en construcción.
Más vale tarde que nunca.


Última edición por Hester A. Marlowe el Dom Dic 02, 2018 11:02 pm, editado 1 vez
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Alexandra L. Dyer el Lun Nov 26, 2018 1:47 pm

Odio mi vida —farfulló mientras se tiraba en el suelo de su habitación, que estaba calentito gracias a que ella era una loca de la calefacción.

La estampa era cuanto menos cómica, Alex con nada más que una toalla tapando su cuerpo y otra enrollada en la cabeza, sentada en el suelo y rodeada de un buen montón de su propia ropa esparcida por toda la habitación. ¡No tenía nada que ponerse! Bueno, no literalmente por supuesto, porque ropa tenía de sobra, era más bien que no tenía nada adecuado para aquella ocasión.

¿Cuál era la ocasión?

Pues un acto benéfico del orfanato que la había visto crecer, a pesar de no sonar demasiado alegre lo cierto es que Alex le tenía aprecio a aquel lugar. Ser huérfana no era la circunstancia ideal para ninguna niña o niño, pero Alex había logrado ser feliz en aquellas paredes e incluso había tenido la suerte de encontrar otra oportunidad cuando los Dyer la adoptaron. Hablando de los cuales…

De no ser porque Louise Dyer, su madre adoptiva, había estado en casa cuando Alex recogió el correo nada de esto estaría pasando. Porque sí, Alex tenía un lugar en su corazoncito para el Saint Christopher, pero de haber sido por ella no habría asistido a aquel acto. Se le removían demasiadas cosas solo de pensarlo, muchos fantasmas del pasado. Louise sin embargo, no pensaba igual.

Viernes, 23 de diciembre. 16:09.

Habían pasado la mañana juntas, de compras y parando a comer en un restaurante del centro de Londres. Un plan madre e hija, podría decirse. El problema había llegado cuando Alex invitó a su madre a tomarse un café en su casa, para hacer tiempo hasta que su padre pasase a recogerla, y había parado a recoger el correo antes de entrar.
Cuando Louise vio como Alex apretaba los labios, dudando sobre qué hacer con aquel sobre, la más mayor se lo quitó de las manos para leer lo que había causado aquella expresión en el rostro de su hija.
¡Mamá! Eso es personal y no me mires con esa cara, porque sé lo que vas a decir y no voy a ir.
¿Cómo no vas a ir? —su intención había sido la de darle un tono interrogativo a sus palabras, pero más bien habían sonado como una exclamación. — Hija, tienes que ser más agradecida, de no ser por ellos quién sabe qué sería de nosotros ahora —dijo, incluyéndose a ella misma en aquella frase, porque tanto Louise como Bernard consideraban que aquel hospicio les había cambiado la vida al permitirles adoptar a Alexandra.
Bueno, bueno, si tan agradecida estás, ¿vendréis conmigo? —inquirió la rubia, mirando a su madre con una ceja alzada.
Tenemos entradas para el teatro ese día, nos las regalaste tú —le recordó con una sonrisita de alguien que sabe que ha ganado la batalla antes de que finalice.
Increíble, me acabo de sabotear a mí misma. Inaudito.

Total, que allí estaba. Tirada sin saber qué diantres ponerse, y rehusándose a abrir el paquete que le había llegado aquella mañana por correo. Era de su madre, lo sabía por la tarjeta que llevaba, no porque fuese adivina, y estaba segura de que sería un vestido perfecto para la ocasión. Pero no, todavía le quedaba algo de dignidad. Vale, había perdido la discusión con su madre, que había acabado convenciéndola para que fuese a aquel dichoso acto benéfico, pero vamos, como que se llamaba Alexandra Lilianne Dyer que iba a encontrar algo que ponerse en su propio armario.

Nueve conjuntos y 43 minutos después…

Pues nada, que se iba a tener que cambiar el nombre. Toda su ropa era demasiado informal, o demasiado de discoteca, que no sabía que era peor para un acto benéfico. Por el amor de Dios, ella nunca había ido a una cosa así. ¡Qué presión!

Se miró en el espejo por última vez, después de abrir el paquete de su madre y probarse el vestido y los zapatos que había dentro. Perfecto.

Como te odio, Louise —murmuró dando una vuelta sobre sí misma. Casi podía escucharla decirle con aquel tono de madre: “te lo dije”. Argh.

El trayecto en taxi hasta el hospicio, Alex se lo pasó diciéndose a sí misma que iba a darse la vuelta, que no iba, que no, que no y que no. Y así se plantó en la puerta de aquel lugar tan familiar para ella, y a la vez tan lejano en el tiempo. Fue tal y como se había imaginado, sintió como si un puño le apretase el estómago. Alex había pasado muchos años yendo al psicólogo cuando los Dyer la adoptaron, tenía muchos problemas y traumas a los que les puso nombres en aquellas visitar, pero muchos de ellos seguían sin resolverse. Respiró hondo, nerviosa, y entró.

El Saint Christopher había cambiado con los años, pero para Alex fue como si estuviese igual. Se pasó por el lugar, observando los adornos claramente hechos a mano, y a su mente acudían recuerdos de cuando ella no era más que una niña pequeña y aquel era el sitio donde veía la televisión. Suspiró. Necesitaba una bebida.

¿Sin alcohol? Joder, pensaba que estaban de cachondeo —murmuró sirviéndose un vaso de coca cola a regañadientes. Debería de haberse traído una petaca con un poco de vodka, pensó. — ¿Y qué pasa con el vino de las misas? Ese sí que está permitido, eh.

Unas de las monjas, ya anciana, la escuchó y se acercó con una sonrisilla a pesar de que en su mirada brillaba el reproche por aquel comentario.

Alexandra, querida, te recuerdo que Dios está en todos los sitios y te está escuchando —le dijo con un tono reprobatorio. Se sintió como si tuviese seis años y la estuviesen regañando por haber robado comida de la cocina, y entonces fue cuando Alex reconoció a aquella monja. Los años habían hecho mella en aquel rostro, pero sin duda se trataba de la hermana Margaret.

¿Se acuerda de mí? —preguntó sorprendida, pues aunque los años pasaban por ambas, el cambio más evidente era el de Alex, que se fue del orfanato teniendo trece años y ahora ya era toda una mujer de 28 años.

Por supuesto, yo me acuerdo de todos vosotros —le respondió la monja con cariño en sus palabras aunque con desaprobación en sus ojos cuando observó los llamativos brazos de la rubia, cubiertos de tatuajes. — Han venido muchos de tus antiguos compañeros, sabes. Mira, allí están Mallory y Hester, ¿te acuerdas de ellas?

Y así, sin permiso ni nada, la hermana Margaret la agarró por el brazo que no sostenía el vaso con coca cola y la arrastró hacia donde estaban las anteriormente mencionadas.



#6699cc — Margaret

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Hester A. Marlowe el Miér Nov 28, 2018 10:42 pm

Sin siquiera haberlo planeado, Hester se enfrascó en una conversación con Mallory repleta de banalidades, de anécdotas divertidas, y de risas. El peso de la conversación recaía casi exclusivamente sobre la muggle, quien tenía ese don que solo algunas personas tenían para adueñarse de las conversaciones sin resultar pesadas o anodinas: Mallory bromeaba, Mallory contaba cosas de su vida y hacía sonar hasta la anécdota más pequeña como algo sumamente interesante impresionante. Hester la miraba con una amplia sonrisa, dando pequeños sorbos a un vaso de limonada con hielo que le había servido uno de los camareros.

Mallory era, ni más ni menos, asistente de vuelo. Por consiguiente, su vida era un viaje contínuo: con cada vuelo, visitaba una nueva ciudad, y tenía descuentos para viajar en la aerolínea que la había contratado. Eso, sumado a que la joven siempre había sido un culo inquieto la tenía más tiempo fuera que dentro de Londres. Y es por eso que se veían con tan poca frecuencia. Aunque, dada la naturaleza de algunos de sus encuentros, esa poca frecuencia casi merecía la pena.

Para cuando la hermana Margaret apareció, arrastrando del brazo a una pobre chica que no había podido escapar de su férrea presa, Mallory estaba en plena narración de una anécdota que podría considerarse de… inapropiada.

—...así que ya me ves a mí, llamando a la puerta del cuarto de baño del avión: “¡Abra la puerta, por favor! O tendré que llamar a seguridad.” Entonces, se abre la puerta… ¿y qué crees que me encuentro?—Mallory hizo una pausa para crear suspense. Hester la observaba con toda su intriga, sin saber qué esperar—aunque se imaginaba algo asqueroso. No estaba preparada para la verdad.—¡Un tío subiéndose los pantalones, y una tía bajándose el vestido! ¡Estaban en pleno…!

—¡Señorita Archer!—Exclamó con severidad la voz de la monja que arrastraba a la pobre chica antes mencionada. La soltó en ese mismo momento para ponerse brazos en jarras.—¡Esa es una anécdota del todo inapropiada! ¿Es que no recuerda usted que el Señor está observando!

La voz de la hermana Margaret había sido como un trueno: un sonido tan fuerte que Mallory y Hester no habían podido evitar volverse para mirar en esa dirección, con los ojos muy abiertos por la sorpresa. Mallory, artífice de aquella anécdota y responsable de aquella intervención, ni siquiera se ruborizó; así era ella, descarada hasta decir basta. Hester, por su parte, sí se puso un poco roja, y eso que ella solamente interpretaba el papel de oyente en aquella situación; lo único que deseaba era en que Mallory lo dejara estar, y no hiciera ningún comentario al respecto.

Por supuesto, sus deseos no se cumplieron. ¿Desde cuándo tenía suerte Hester Marlowe? Mallory abrió la boca para arreglar la situación. Por llamarlo de alguna manera.

—’Debate’, hermana Margaret. Iba a decir ‘debate’.—Dijo la chica, sonriendo de manera amplia e inocente. Una sonrisa que Hester no se creía lo más mínimo, y a juzgar por la mirada inquisitiva, de ojos entrecerrados, de la hermana Margaret, ella tampoco se la creía.

—Ya… claro que sí.—Dijo la monja, negando con la cabeza, para acto seguido mirar a Hester. La bruja sintió como si aquella mirada pudiera llegar hasta los recovecos más profundos de su alma y examinar lo negra que estaba. No olvidemos que me acuesto con mujeres, y eso es pecado según la Iglesia, pensó Hester.—Quería presentarles a ustedes dos a una de sus compañeras, a la cual quizás no recuerden. Alexandra Dyer.—La hermana Margaret señaló en la dirección en que se encontraba la pobre y secuestrada chica de los tatuajes en los brazos, y el vaso de coca cola en la mano.

—¡Hola, Alex! ¿Puedo llamarte Alex? Soy Mallory.—Respondió enseguida la dicharachera amiga—con derechos—de Hester, tendiéndole su mano a Alex.

Alex, pensó Hester, que creía recordar a una Alex de su pasado. Y una vez se saludaron ella y Mallory, se adelantó para ofrecerle también su mano derecha. La oclumante mostraba una amplia sonrisa en su rostro.

—Hola, Alex. Yo soy Hester.—Dijo la bruja, sonriendo de manera un poco nerviosa.

—Las dejaré para que puedan ponerse al día. Pero recuerden: Dios las observa. Especialmente a usted, señorita Archer.—La hermana Margaret señaló con un dedo acusador a Mallory. De haberla tocado con aquel dedo, quizás habría perforado la piel de la pobre muggle. La respuesta de su amiga fue asentir con la cabeza mientras la monja miraba, y poner los ojos en blanco cuando ésta se dio la vuelta para marcharse. Hester no pudo evitar reírse un poco.

—Alex, me suena mucho tu nombre.—Dijo Mallory.—¿Eres una de las ‘residentes de larga duración’, como esta brujita y yo?—Preguntó, ni corta ni perezosa la muggle. La oclumante abrió mucho los ojos, miró de reojo a su amiga… y le dio una ligera patada en la pantorrilla.—¡Auch!—Dijo Mallory, sin demasiado entusiasmo. Tampoco es que Hester le hubiera pegado muy fuerte.

Sin embargo, estaba sinceramente interesada en la respuesta: el nombre ‘Alexandra’ traía recuerdos a Hester, pero eran recuerdos demasiado viejos. Y estaba segura de que, de ser Alex una de las ‘residentes de larga duración’ del orfanato, Hester la recordaría. No en vano había crecido entre aquellas cuatro paredes, hasta que fue lo bastante adulta y tuvo suficiente dinero para independizarse.
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Hester A. MarloweTrabajador Ministerio

Alexandra L. Dyer el Vie Dic 14, 2018 9:57 pm

La pequeña y huesuda mano de la monja Margaret se aferraba a la muñeca de Alex como si tuviera hierro en vez de huesos, ¿pero cómo tenía tanta fuerza si debería de rozar los seiscientos años? Pensó con burla la rubia mientras era arrastrada hacía las dos chicas que había mencionado momentos antes, Hester y Mallory.

No, no, no, no. Pare, estese quieta —murmuraba Alexandra, intentando que la monja hiciese caso y se detuviese. No se acordaba de aquellas dos chicas, al menos en ese momento no conseguía ubicarlas e iba a ser súper cortante plantarse allí y decir “Hola, soy Alex, no me acuerdo de vosotras pero a mí también me abandonaron mis padres.”— Me cago en-Dios. La mirada de la hermana Margaret se volvió como si acabasen de mentar a su propia madre y le echó una mirada que, con veintiocho añazos que tenía, le puso los pelos de punta. — En… en… ¿Satanás?

Por la expresión que puso la monja parecía que no lo había arreglado mucho, pero bueno, al menos lo había intentado. Pero Alexandra no era la única para la que la hermana Margaret tenía reprimendas y miradas de reproche, ya que a medida que se acercaban a las dos chicas, la conversación que éstas mantenían iba llegando a sus oídos y mientras que la rubia soltó una risilla, divertida por la historia y hasta por la situación, la monja se apresuró a cortarla antes de que pudiese acabar.

Menudo Déjà vu. ¿En qué momento había retrocedido en el tiempo hasta su infancia? Escuchar como la hermana Margaret no solo la había regañado a ella, sino ahora también a aquella otra chica, era como revivir uno de los días en que aquel orfanato era su hogar.

La mirada de Alexandra se achispó con una clara diversión cuando aquella chica, a la que habían pillado en mitad de una anécdota prometedora, la terminaba de una manera distinta a lo que había parecido en un primer momento. Alex no la recordaba pero tenía pinta de ser el tipo de persona que le caería bien.

Estaba mirando la muñeca por la que la hermana Margaret la había agarrado, moviéndola en círculos y preguntándose si aquella monja haría pesas o algo por el estilo, cuando escuchó su nombre. Levantó la mirada, posándola de nuevo en aquellas dos chicas, y sonrió con algo de apuro mientras saludaba con la mano.

Claro, Alex está bien —al fin y al cabo todo el mundo la llamaba así. — Encantada Mallory —estrechó su mano mostrando una sonrisa amistosa. No sabía si el término ‘encantada de conocerte’ se aplicaba también en aquel caso, porque en teoría ya se conocían o eso había dado a entender la hermana Margaret.

Hola Hester —saludó a la morena del mismo modo, forzando su cabeza a tope para lograr reconocerlas a ambas. Le sonaban muchísimo, sobre todo la morena a la que acababa de estrecharle la mano, pero no lo conseguía. Era como tener una palabra en la punta de la lengua y no conseguir decirla.

La risa de Alexandra acompañó a la de Hester cuando la monja se marchó, dejándolas solas.

A mí también me suenan muchísimo los vuestros, la verdad, pero no consigo ubicaros y es algo que me está matando. Eh sí, bueno, estuve aquí hasta que me adoptaron cuando tenía trece —contestó casi automáticamente, mientras seguía estrujando sus recuerdos en busca de unas caras similares a las que tenía frente a ella.

Mallory y Hester. Mallory y Hester. Hester y Mallory. Hester y Mallory.

Entonces las últimas palabras de Mallory, en concreto una de ellas, hicieron eco en su cabeza como si le acabase de decir la contraseña del wifi.

Click.

¡Ay coño, claro! —exclamó quizá con demasiado entusiasmo, ya que algunos de los invitados y también las monjas, se giraron en su dirección. Pero Alex estaba demasiado ocupada con el orgasmo mental que acababa de tener, había sido mejor que cuando te sale la dichosa palabra que llevas diez minutos intentando decir. — Tú eras la chica que decían que tenía visiones —dijo con una sonrisa divertida. — Imagino que después de todo no conseguiste averiguar los números de la lotería o no estarías aquí —bromeó, igual que había hecho cuando era más joven y aquel rumor empezó a extenderse por el orfanato. Alex había sido una de las niñas que no había dado mucha credibilidad a las habladurías y se había dedicado a bromear ocasionalmente sobre el tema y quitándole importancia. Lógicamente, ahora que ya eran adultas, seguía considerando que habían sido solamente invenciones. ¿Adivinos? Por favor. — Yo fui la que tiró a Thomas Robinson del columpio porque lo acaparaba siempre y se rompió una de las palas —recordó pensando que quizá así la recordarían.
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Hester A. Marlowe el Jue Dic 20, 2018 10:24 pm

Los siguientes minutos fueron una demostración bastante clara de por qué aquellas tres mujeres tenían todos los números para acabar en el infierno, como decía la biblia que Hester había tenido que leerse más de una vez cuando la castigaban por algo… o simplemente cuando querían que reflexionara un poco acerca de sus visiones, su brujería, su menstruación… todo aquello sobre lo que no tenía ningún tipo de control pero era de alguna manera pecaminoso, vamos.

Hester y Mallory tenían su plaza asegurada en el infierno, sin hacer cola ni tener que pedir cita con antelación, en base a un sencillo hecho: a ambas les gustaba mantener relaciones carnales con gente de su mismo sexo. Aquello lo habían confirmado una y otra vez, más que suficiente como para estar seguras.

Luego estaba Hester, que además de tener premoniciones, era practicante de lo que alguna vez había escuchado llamar a las monjas ‘magia negra’. Y sí, como alumna de Hogwarts anterior al cambio de gobierno en el mundo mágico, Hester había intentado explicar por activa y por pasiva que ella no practicaba magia negra, o mejor dicho, artes oscuras, y que de hecho la habían enseñado a defenderse contra estas en el colegio mágico. Aquella historia solo le interesaba a Mallory, al parecer.

¿Y por qué acabaría Alex en el infierno? Bueno, ya llegaremos a eso, no falta mucho.

La joven muggle rubia llegó atrapada en la impasible zarpa de la hermana Margaret a un encuentro quizás poco deseado con Hester y Mallory, a quiénes con toda seguridad recordaba tan poco como ellas recordaban a Alex. Hechas las presentaciones pertinentes e intercambiados los saludos de rigor, Mallory se interesó por Alex, preguntándole si era una de las ‘residentes de larga duración’ del orfanato. Hester y ella habían pasado muchos años allí, y pese a que el nombre les sonaba, no conseguían ubicar a su compañera.

Bueno, ahora está claro por qué, pensó la única bruja del grupo cuando la chica de los tatuajes dijo que había sido adoptada a los trece años. Hester solo había conocido un hogar en su infancia y en su adolescencia, así que era muy probable que a los trece años de Alex ella no tuviera muchos más. Ya se sorprendería luego al descubrir que, de hecho, tenía muchos menos.

—Bueno, te ganamos.—Respondió Hester con una risita nerviosa.—Viví aquí desde que era un bebé y hasta cumplir la mayoría de edad. Y salvo las épocas que pasaba estudiando en...—Iba a decir ‘Hogwarts’, pero se detuvo justo a tiempo.—...en un internado pagado con el dinero que dejaron mis padres biológicos, no he conocido otro hogar.—La historia era penosa se mirara por donde se mirara: una huérfana yendo de un orfanato a un internado y viceversa.

—¿Internado?—Mallory la miró con una ceja alzada, casi como si le dijera ‘Vamos, brujita, puedes pensar una excusa mejor que esa’. No le dio más importancia y se volvió hacia Alex.—A mí tampoco me adoptaron, así que pasé mis mejores años en este...—Mallory se disponía a llamarlo de alguna manera políticamente incorrecta, cuando se percató de que la estaban mirando un par de monjas, así que terminó por corregirse.—...hermoso lugar que tanto cuidó de nosotras.—Y compuso una sonrisa muy falsa que dedicó a las monjas, que si hubieran contado con visión calorífica, habrían hecho estallar a Mallory en pedazos allí mismo.

Y entonces, llegó el momento en que quedó claro que Alex también las acompañaría en su descenso a los infiernos: pronunció una palabra, digamos, prohibida allí dentro, en un tono lo bastante alto como para atraer la atención de varias monjas y asistentes al evento. Incluso Hester pegó un bote al escuchar aquel taco—Mallory no; Mallory se rió sin ningún tipo de pudor, escandalosamente—, pero la oclumante pronto se olvidó de la palabra malsonante: la habían reconocido por lo que no quería ser reconocida.

—¡Porras! Ya pensaba que nadie salvo Mallory se acordaría de eso.—Dijo Hester, fastidiada.—Y no, lo de los números de la lotería no funciona así, ya me he cansado de...—Hester se detuvo a media frase, pues algo dentro de su cabeza hizo click, igual que había ocurrido en la cabeza de Alex. Y es que aquella broma era muy característica de…—¡Alex, eres Alex!—Exclamó Hester, como si acabara de descubrir la pólvora.

—Felicidades, Hester, por descubrir algo que ya sabíamos.—Dijo con sarcasmo Mallory, esbozando una sonrisa burlona.

—¡No, no lo entiendes! ¡Cállate y no me hagas burla!—Hester dio un paso adelante para poner sus manos en los antebrazos de Hester.—Siempre bromeabas con eso. Te recuerdo, aunque vagamente. Creo que tenía… ¿nueve años?... cuando te fuiste.—Hester no pudo evitar mirarla de arriba abajo, y terminó deteniéndose en su brazos tatuados.—Estos tatuajes no los tenías entonces. ¡No te habría reconocido ni en un millón de años!—Hester sonrió, de manera nerviosa.

—Me gustan las chicas tatuadas.—Comentó Mallory con cierta picardía, cosa que hizo que Hester la fulminara con la mirada.

—¿Y qué ha sido de ti, Alex? Supongo que tu vida estará llena de logros más interesantes que el de tirar a Thomas Robinson del columpio.—Preguntó Hester, quien entonces ya recordaba lo suficiente a Alex como para ubicar aquel incidente con Thomas Robinson. Desde aquel entonces, el niño no había vuelto a acaparar el columpio, y mucho menos si Alex estaba cerca. Debía haberle cogido miedo.
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