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The only place we could call home {Alexandra L. Dyer}

Hester A. Marlowe el Lun Nov 26, 2018 4:13 am

Recuerdo del primer mensaje :

The only place we could call home {Alexandra L. Dyer} - Página 2 3Ib7LkP
Sábado 1 de diciembre, 2018 || Saint Christopher’s Hospice || 18:57 horas || Atuendo

Todo comenzó una semana antes, cuando Hester recibió una carta—correo muggle normal, corriente y tradicional—que contenía una cordial invitación a un evento que se celebraba en el Hospicio de Saint Christopher. Se trataba de una hoja impresa, impersonal, de esas que se hacían en el ordenador con un programa que generaba automáticamente los nombres de los destinatarios, en un vano intento de que pasara por una carta personal.

Decía lo siguiente:

Estimada y añorada Hester Aurore Marlowe.

Como cada año, el Hospicio de Saint Christopher celebra su gala benéfica anual para recaudar fondos. Se trata de un evento cuyo objetivo es concienciar a Londres, en estas fechas tan señaladas, de la necesidad de muchos niños y jóvenes de encontrar un buen hogar.

Con motivo de esta celebración, celebraremos una pequeña reunión de antiguos residentes del hospicio. Habrá música, baile y dulces navideños. ¡El alcohol y las drogas están terminantemente prohibidas!

Siéntase cordialmente invitada a asistir. Y recuerde: Dios la observa, así que no haga nada que le disguste.

Atentamente: La dirección de Saint Christopher’s Hospice.

Hester leyó aquella carta un sábado por la mañana, en pijama, todavía sentada en su cama deshecha, con la única compañía de Carrot, su conejita belier. La carta había llegado el día anterior, pero no había sido hasta ese momento que Hester se había puesto con la tediosa tarea de revisar el correo.

Su primera reacción fue tirar la carta directamente a la basura, pero por suerte tuvo suficiente cabeza como para no hacerlo. En su lugar, la leyó—maravillándose una vez más de lo impersonal que resultaba la carta automatizada—y empezó a darle vueltas a la cabeza. Tal vez no le apeteciera verse rodeada de las monjas con que había crecido, pero todavía conservaba unas cuantas amistades de su etapa en el orfanato. Sobre todo, aquellos que no cuchicheaban a mis espaldas o se reían de mí por ser bruja, clarividente o ambas cosas a la vez… o los que no me tenían miedo, pensó la oclumante, refiriéndose especialmente a Mallory.

Y con Mallory en la cabeza—Mallory, responsable de descubrir su sexualidad—la idea parecía un poco menos aburrida. Quizás no solo la vería a ella, sino también a otros amigos de aquella época. Con suerte, algunos habrían madurado y ya no verían a Hester como a un fenómeno de circo andante.

—No tengo nada que perder.—Hester se dejó caer sobre la almohada. Carrot estaba a su lado, y le dedicó una mirada por encima de las gafas, que se le habían caído casi hasta la punta de la nariz.—¿No te parece?

La respuesta de Carrot fue de lo más elocuente: se quedó mirando a Hester, moviendo su naricilla de esa manera tan adorable en que lo hacen los conejos. Sus ojos eran lo más inexpresivo del mundo, pero para Hester eran una razón para sonreír. Así lo hizo, para acto seguido darle un leve toquecito a la conejita en la nariz con su dedo índice. En momentos como ese, agradecía que Carrot no fuera el tipo de conejo con predilección por dar dentelladas. De lo contrario, ya se habría llevado unas cuantas.


Y allí estaba Hester, en la sala común del Hospicio. El lugar, en el cual había pasado gran parte de su infancia viendo la televisión, jugando a juegos de mesa, o simplemente conversando con los otros huérfanos, había sido decorado con motivos navideños bastante modestos, que evidenciaban el poco poder adquisitivo del orfanato. En su mayoría, parecían de segunda mano, o incluso confeccionados a mano por monjas y huérfanos por igual.

La invitación no mentía: había comida y había música, y cualquier cosa que pudiera beberse carecía de alcohol. Habían habilitado una especie de minibar—en realidad, se trataba de los expositores de la cafetería, en los cuales habían colocado bandejas de comida y bebidas, y un par de huérfanos que debían tener dieciséis años haciendo las veces de camareros—y la música que sonaba a través del sistema de megafonía debía tener unos veinte años, de lo antigua que era. El centro de la sala, además, estaba despejado, a modo de pista de baile.

Hester se había hecho con un vaso de ponche, y sin saber muy bien a quien dirigirse—no reconocía a la mayoría de adultos reunidos allí—empezó a sentir que quizás su vestido blanco era un tanto provocativo de más para la situación en que se encontraba. Casi podía imaginarse a alguna de las hermanas pasando por allí, observándola con incredulidad, y poniéndola de patitas en la calle acusada de ‘ramera’. Ya sería lo que le faltaba para completar su set de cualidades heréticas: clarividente, practicante de magia y brujería, y ramera. Una triple amenaza.

—¡Ey, brujita! ¿Cómo te va?—Dijo una voz conocida a sus espaldas, haciéndola pegar un brinco por la sorpresa.

Hester se dio la vuelta para encontrarse con Mallory, aquella joven cuya sonrisa, incluso aunque pasaran años, era capaz de hacerla temblar como un flan. Y es que a una chica no se le olvidaba su primer beso, y menos cuando ese beso era con una chica tan fantástica como Mallory.

—¡Mallory!—Exclamó la bruja con una sonrisa, abrazando a la que en aquellos momentos era su muggle favorita. La chica le devolvió el abrazo con una sonrisa. Era reconfortante llevarse tan bien con su primera ex.—¡Cuánto tiempo! No sabía si vendrías.—Añadió, mientras se separaban.

—¡Como si no tuvieras mi número de móvil! ¿Tan bruja eres que no sabes cómo utilizar un teléfono móvil?—La picó Mallory, en broma, sonriéndole a continuación. Hester no pudo evitar reír.

—¡Calla! Mucha gente aquí no sabe de mí. Prefiero que siga siendo así.—Protestó Hester, también en tono burlón, provocando que su amiga hiciese el gesto de cerrarse con cremallera los labios.

Y con aquel saludo tan curioso, comenzó una conversación entre ellas, a fin de ponerse al día con todas las cosas que les habían venido ocurriendo en los últimos tiempos. Hester escuchaba apasionadamente a Mallory, quien podría decirse que era, en la actualidad, su persona favorita en el mundo.

PNJ - Mallory:
The only place we could call home {Alexandra L. Dyer} - Página 2 Kn7Yt7Q
Es broma, no hay nada.
En realidad sí habrá algo, pero la ficha de pnj está en construcción.
Más vale tarde que nunca.


Última edición por Hester A. Marlowe el Dom Dic 02, 2018 11:02 pm, editado 1 vez
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Alexandra L. Dyer el Mar Jul 23, 2019 6:10 pm

A Alex no le parecía que Hester le hubiera soltado ningún rollo, es cierto que aquella era una conversación un tanto intensa como para tenerla después de tantos años sin verse, y más todavía sin haber ingerido ni una gota de alcohol, o haberse fumado un porro. Pero estaba de acuerdo con todo lo que Hester le contaba, de hecho asentía mientras le decía lo del documental sobre el bullying que había visto. Estaba claro que ninguna era psicóloga, pero nunca estaba de más querer saber más sobre cualquier tema.

Tranquila —le dijo con una sonrisa afable.— La verdad es que me parece muy interesante.

Por muy rubia que fuera, y por muchos blonde moments que tuviera, Alexandra no se consideraba una persona tonta en lo absoluto. Puede que no tuviese un título universitario, pero le gustaba leer, ir a exposiciones, el arte urbano, y también le gustaban los documentales, aunque ella era más del National Geographic, pero quizá buscase algún documental sobre el bullying en el futuro. Le había picado la curiosidad.

También le gustaba The Walking Dead, y otras tantas series, por eso no pudo evitar hacer la comparación de la hermana Judith con uno de los extras de dicha serie. De hecho, los extras de TWD parecían tener más vida que aquella monja.

¿Dónde estará Daryl Dixon cuando se le necesita? —preguntó retóricamente cuando Hester le dijo que no se confiase.

Ay, Daryl Dixon… iría a donde fuera con aquel hombre, pensó. Soñar era gratis.

Y en esas estaba, disfrutando de su particular ensoñación, cuando Hester la devolvió a la realidad.

Alex no entendía nada, algo evidente por su ceño fruncido, cuando la morena le pidió perdón por algo que todavía no había pasado. ¿Pero de qué estaba hablando? ¿Perdón por qué? ¿Y qué le iba a agradecer?

No tardó nada en descubrirlo.

¿Pero qué coño…? —fue lo primero que salió por su boca cuando Hester le tiró la copa encima, que sí, que pudo parecer un accidente, pero había sido totalmente apropósito.— ¡Hester! —le recriminó, ¿a qué había venido aquello?

Alex la miraba con los ojos bien abiertos, no entendiendo absolutamente nada de lo que estaba pasando. Hester le pedía perdón, se llamaba así misma torpe y se la llevaba a los baños, que tan bien se conocían a pesar de los años que llevaban fuera del orfanato. Y Alex se dejaba hacer, no oponiendo resistencia mientras ocurría todo aquello, todavía con cara de patata.

Por poner un ejemplo, Alexandra se sentía como cuando estás en el cine y te entran muchísimas ganas de ir al baño, de esas que no te puedes aguantar, y entonces vas porque sino te lo vas a hacer encima, pero cuando vuelves ha ocurrido algo súper importante en la película que te has perdido por estar haciendo pis y ya no entiendes nada de lo que está pasando en la pantalla. Así era justo como se sentía.

¿Qué se había perdido?

¿Pero qué acaba de pasar? —fue lo primero que preguntó cuando estuvieron en el baño y Hester volvió a pedirle perdón. No quería más disculpas, quería una explicación, porque tenía hasta el sujetador mojado en coca-cola, lo cual no era una sensación agradable.

Dejó el pequeño bolso que llevaba encima del lavabo y fue directamente a coger unos trozos de papel para intentar arreglar todo aquel desastre. Mejor cogía el rollo entero. Mientras tanto escuchaba la explicación que Hester le estaba dando y, entonces, paró lo que estaba haciendo para mirarla con ambas cejas alzadas.

¿Pero qué estás diciendo, Hester? Eso no tiene sentido ninguno. ¿Cómo sabes tú todo eso? —no quería sonar borde, pero es que le acababa de vaciar el vaso encima del vestido, aunque para ser justos ella también se había mojado el suyo.— Madre mía, me ha calado hasta el sujetador —suspiró.— Vale, ayúdame a bajarme la cremallera —dijo dándole la espalda a la morena, para poder secarse mejor por dentro del vestido.

La rubia le estaba dando vueltas a lo que acababa de decirle Hester, y lo primero en lo que pensó es en que le estaba tomando el pelo. Recordaba todos esos rumores sobre las visiones de la morena cuando vivían en el orfanato, pero para totalmente honestos, Alex nunca les dio demasiada credibilidad. Pero es que estaba hablando tan segura de algo que no había pasado que le dio un poco de mal rollo.

¿Me estás diciendo que has visto como ese mal bicho venía hacia nosotras y nos reñía por lo que estábamos diciendo de ella? Porque eso es algo imposible. Esa mujer nos ha reñido tantas veces que a lo mejor has tenido uno de esos Déjà vu, ¿no?

Para Alex la magia era cosa de libros, películas y series, y que Hester afirmase con tal rotundidad todas esas cosas era algo impensable para la rubia y aquella fue la única explicación que se le ocurrió a su mente racional. Aunque seguía teniendo cierto sentimiento extraño que no sabía explicar a causa de las palabras de Hester.
Alexandra L. Dyer
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Hester A. Marlowe el Jue Jul 25, 2019 3:12 am

De acuerdo: Hester tenía que agachar la cabeza y reconocer, sin ningún tipo de reservas, que acababa de protagonizar una situación extraña, haciendo cómplice—víctima, más bien—de ella a Alex. No había otra forma de describir aquello: dos chicas con sus vestidos mojados de refresco sin ningún tipo de explicación, caminando por los pasillos del orfanato en que se habían criado, en busca de un lugar donde poder secarse.

Donde poder secarse… y donde la muggle exigiría una explicación a lo que acababa de suceder, claro. Porque la gente común no solía dejar correr aquellas cosas.

Se disculpó una vez más con la hastiada Alex—con motivo—, pero eso no apaciguó demasiado las cosas. Hester todavía estaba un tanto aturdida tras la premonición, que había escogido un momento muy oportuno para azotarla, y es por eso que no respondió de inmediato a las preguntas de su compañera de la infancia.

Lo primero que escuchó y a lo que prestó atención fue, curiosamente, el comentario del sujetador. No fue premeditado ni un caso de escucha selectiva, sino que fue el momento en que su mente regresó del todo al presente.

—Ya lo veo.—Prestañeó un par de veces y, como era un ser humano a pesar de todo, no pudo evitar fijarse en que… bueno, resumámoslo en que, desde un punto de vista estético y atractivo, aunque carente de la distinguida elegancia de aquel lugar, a Alexandra Dyer no le quedaba nada mal la ropa mojada.—Sí, sí, claro, te… te ayudo.—Hester hizo un esfuerzo consciente para alejar aquellos pensamientos: ya había visto a la insistente Mallory Archer estrellarse demasiadas veces contra la heterosexualidad de Alex.

Por no mencionar que no habían ido a aquel lugar para enrollarse, claro.

Bajó la cremallera del vestido de su amiga, permitiendo que realizara una limpieza más a fondo del desastre que ella había ocasionado, y en el momento en que su espalda estuvo al descubierto, se dio la vuelta. No tenía intención de mirar.

En su lugar, buscó también un poco de papel higiénico en el primer cubículo, y de manera bastante inútil, comenzó a secar su blanco vestido allí donde había caído líquido.

Alex, por su parte, siguió manifestando su curiosidad.

—¿Que si lo he visto? ¿Te refieres a sus intenciones?—Se notaba a Hester incómoda, por mucho que diera la espalda a Alex. En esos momentos, la única que podía ver a la otra era la rubia, quien estaba de cara al espejo.—La vi venir y me supuse que tendríamos un momento muy incómodo.—Mintió descaradamente, y se dio cuenta de lo idiota que parecía. ¿Qué clase de persona en sus cabales hacía algo así únicamente para evitar una pequeña reprimenda que, en teoría, no sabía si llegaría o no?—Reconozco desde lo más profundo de mi ser que, muy posiblemente, he exagerado en mi reacción. Es que parecía que le tenías tanto miedo que… no sé...

Y, de verdad, no sabía: ese era precisamente el problema de inventar excusas sobre la marcha. Una podía improvisar hasta cierto punto, pero la realidad era que las ideas se agotaban. Y en aquel caso, estaba fastidiada por unas o por otras: o decía la verdad y Alex se reía en su cara, o seguía con la mentira y Alex se enfadaba.

Debí haber dejado que esa vieja urraca llegase a nosotras, se dijo mientras, comprendiendo lo inútil que resultaba secarse el vestido con un montón de papel, se acercaba al secador de manos.

Sin pensar demasiado lo que hacía—a nadie le extrañaba esto a semejantes alturas de la vida de Hester Marlowe—, se quitó ambos tirantes del vestido para poder secarlo. Por uno de esos azares de la vida, tuvo suerte: el secador de manos se encontraba al lado derecho de la puerta, en el extremo de los cubículos, por lo que en todo momento dio la espalda al espejo. ¿Y por qué esto fue afortunado?

Pues porque a Hester no podría habérsele calado el sujetador: directamente, no llevaba. Se dio cuenta de ello cuando llevaba aproximadamente diez segundos con su vestido bajo el chorro de aire caliente.

—¡Porras!—Exclamó de repente, volviendo a colocarse el maldito vestido en su sitio. Hester, eres lo más idiota que existe en este mundo, se dijo.—Se me acaba de ocurrir una cosa para aliviar lo incómodo de esta situación que, no nos engañemos, he provocado yo: voy a salir de aquí y esperar junto a la puerta. Si alguien viene, le diré que no puede entrar, que hay una urgencia. Así podrás secarte sin una lesbiana idiota alrededor, ¿te parece bien?—Y, sin esperar respuesta, ya vestida como una persona decente—manchada de refresco—, se encaminó hacia la puerta del baño.
Hester A. Marlowe
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