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Call it what you want... —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Dic 07, 2018 2:28 am


Miércoles, 21 de noviembre del 2018 — Casa de Gwendoline Edevane, 19:32 horas — Atuendo de Sam

Estos días no habían sido fáciles.

Por un lado estaba Caroline, quién más atención médica había necesitado desde el encuentro con Hemsley. Ya estaba estable, bien, haciendo vida normal, pero igualmente una no podía dejar de pensar en la suerte que habían tenido de haberla sacado de allí a tiempo o, si de haber tardado un poco más, hubieran tenido la oportunidad de sacarla viva. Gracias a Merlín no habían necesitado ir a San Mungo, ni dar explicaciones por faltar demasiado al trabajo, ni mucho menos tratar con heridas demasiado complicadas. Y menos mal que a Caroline le caracteriza un optimismo y una felicidad dignas de admiración, capaz de hacerte pasar página y despreocuparte con facilidad.

Por el otro lado estaba Gwendoline, quién pese a no necesitar atención médica, era con diferencia la que peores secuelas tenía. Como es evidente, a Sam no le pasó desapercibido su comportamiento, su actitud, su miedo y… todo lo que la rodeaba. ¿Y cómo culparla, después de lo que había pasado? Sam había intentado estar con ella todo el tiempo, a todas horas. Era consciente de que en ocasiones una necesita estar sola, meditar, asumir todo lo que le ha pasado e intentar superarlo en soledad, pero también sabía que en esas ocasiones lo que una más necesita es estar con alguien de confianza, alguien a quien poder contarle todo y nada. Alguien que con una mirada sepa si quieres hablar o no. Alguien simplemente que esté ahí cuando lo necesitases, para lo bueno y para lo malo, para cuando necesites un abrazo o mandar a la mierda a alguien. Alguien que no te agobie. Y Sam, desgraciadamente, había pasado por algo similar y era bien consciente de que por mucho que quisiera ponerse bien y dejar esas vivencias atrás, esas emociones no se iban a ir fácilmente. E iban a tardar en irse, pues primero debía de irse el miedo asociado a ellas y todos sabemos que el miedo se adhiere a ti y no se suelta jamás.

Y por último estaban las tensiones con Hemsley. Sí, habían conseguido que Gwendoline volviese a ser ella, pero ni de lejos la habían vencido. Ella seguía por ahí, libre, consciente de los movimientos de las tres chicas y sabiendo a la perfección que las más cercanas a Thaddeus Allistar eran ellas tres. Era cuestión de tiempo que volviese a aparecer en cualquier momento, cuando menos se lo esperasen. Sam estaba tan asustada que hasta el aviso del microondas le provocaba un mini-infarto de miocardio. Por no hablar de cuando salían las tostadas de la tostadora.

Ese día Sam estaba en casa de Gwen. Había aprovechado que salía de trabajar un poco antes que Gwendoline y había comprado comida para llevar en un restaurante vegetariano que le encantaba, apareciendo en su casa unos minutos después de que ella llegase y se dispuese a hacer de comer, evitándole esa tediosa tarea. Adoraba almorzar con ella mientras se contaban cualquier cosa del día o comentaban los capítulos de las series, aunque estos días las cosas hubiesen sido mucho más frías. Horas después de haber comido se encontraban en el sofá, descalzas, con una manta y con la televisión encendida sin ver nada en concreto, pues un capítulo acababa de terminar. Sam estaba tranquilamente haciéndole cosquillas relajantes en el antebrazo de su amiga.

Llevaba un par de días dándole vueltas a un asunto en particular, pero lo cierto es que le daba bastante reparo sugerírselo a Gwen por miedo a como pudiese reaccionar. Era sabido que lo que la legeremancia rompe, la legeremancia lo puede llegar a arreglar. No siempre, pero al revés de lo que muchos creían, la legeremancia no solo tenía efectos nocivos. Pero claro, ¿a quién le apetece que un legeremante vuelva a entrar en tu mente después de haber sido víctima de uno? A absolutamente nadie. Sin embargo, llevaba todo el capítulo pensando en sacar el tema, por lo que en mitad de aquella tarde oscura, fría y acogedora bajo la mantita junto a Gwen, decidió dar un paso al frente. —Oye… —comenzó, haciéndose un poco hacia adelante para coger el mando de la televisión y bajar un poco el volumen, aprovechando para erguirse un poco en el sillón y girarse hacia ella. —¿Estás bien?

Parecía una pregunta simple. Y de hecho era una pregunta simple. Gwen contestaría que estaba bien, perfectamente y Sam tendría que creerse que poco a poco estaba saliendo del pozo en donde la había enterrado sin benevolencia la zorra de Hemsley. Y claro, por mucho que su amiga le repitiese eso, Sam no solo tenía de referencia el conocerla desde los once años, sino que había estado en su mente hacía menos de una semana bajo la influencia de Grulla y sabía cómo estaba eso.

Así que tragó saliva y continuó hablando en voz baja, pues estaba frente a ella y prácticamente con un silencio abismal a su alrededor. —No me refiero a cómo estás físicamente, ni emocionalmente… —Hizo una pausa, para evitar molestarla con lo que le iba a decir. Sam sabía perfectamente que lo que menos querría era tratar ese tema. —Sé que no querrás hablar de nada de esto, ni mucho menos incidir en el tema que quieres olvidar. Y sabes que no insistiría si no lo creyese necesario pero… ¿de verdad estás bien? —Llevó una de sus manos con suavidad a su sien, refiriéndose a su cabecita. —¿Aquí? —Y aprovechó para recoger un mechón de pelo y pasárselo por detrás de la oreja, con cariño y ternura. —Por favor, sé sincera conmigo. —Le pidió sin apartar la mirada de sus ojos, pues sabía que Gwen podía querer mentirle bien para no preocuparla, o bien porque no quería abordar el tema. Y si bien ambas opciones eran perfectamente aceptables, Sam en ese momento no quería 'aceptar' ninguna de ellas. —Quiero y creo que puedo ayudarte, si me dejas.
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Gwendoline Edevane el Vie Dic 07, 2018 3:52 pm

Decir que los últimos días habían sido complicados para Gwendoline—y, por extensión, para todos los allegados que tenía y que sabían lo que le había ocurrido a la desmemorizadora—sería quedarse muy corta.

Si bien Gwen ya era libre de la influencia de Artemis Hemsley, y volvía a tener en sus manos el poder de decisión que la mortífaga le había arrebatado hacía casi medio año, las secuelas persistían en lo más profundo del psique de la morena. Y es que no era ningún secreto que se había quedado paralizada, incapaz de hacer nada durante el último enfrentamiento con ella, teniendo que dejar todo el trabajo en manos de Sam y de una malherida Caroline. Por mucho que hubiera deseado entonces ayudar a sus amigas, no pudo hacerlo.

Y eso sin mencionar a Savannah, a quien había tenido que abandonar a su suerte.

Cuando Gwendoline cerraba los ojos, Artemis Hemsley estaba ahí. Si bien la mortífaga no visitaba sus sueños religiosamente cada noche, como una suerte de Freddy Krueger, algunas veces sí lo hacía. La veía sonreír, satisfecha por el daño que había logrado infligir tanto a la propia Gwen como a sus amigas. Y esto, a decir verdad, no era lo peor de todo.

Lo peor de todo… era que Artemis Hemsley seguía viva. Habían tenido que huir de ella, y la mortífaga de piel oscura permanecía en paradero desconocido desde entonces.

A simple vista, aquel dato podía parecer más una bendición que otra cosa, pero la realidad era muy distinta: con toda la información que la propia Gwendoline le había dado—o que la propia mortífaga había extraído de su cabeza utilizando sus poderes de lectura y manipulación mental—, Hemsley era un peligro. En cualquier momento podía cansarse de ‘guardarles el secreto’, redactar una orden de detención de carácter oficial, y poner a Gwen y a Caroline entre rejas. O simplemente apresarlas y utilizarlas contra Sam, en un intento desesperado de hacerse con Thaddeus Allistar de una vez por todas.

La sombra de aquella preocupación planeaba sobre Gwendoline, sumada a todo lo demás: miedo, inseguridad, decepción consigo misma… La desmemorizadora convivía con más demonios de los que jamás la habían acompañado en su vida.


***

Ese miércoles, Gwendoline salió de trabajar a la hora habitual, al mediodía y, tras tomar una de las salidas mágicas del Ministerio, caminó hacia casa. Había adquirido la sana costumbre de caminar, en un intento de despejar su mente y ahuyentar los pensamientos nocivos.

A veces servía, a veces no, pero una cosa estaba clara: era mejor que utilizar la aparición. Caminando, Gwendoline podía distraerse, podía observar ese mundo muggle en que vivía y al que jamás había prestado demasiada atención. Y a veces, incluso, se descubría preguntándose cómo serían las historias de aquellas personas desconocidas con las que se cruzaba en la calle. Solo por aquellos momentos ya merecía la pena el caminar.

Ese veintiuno de noviembre, sin embargo, Gwendoline llegó a su apartamento sintiendo el peso de los últimos acontecimientos sobre sus hombros. La noche anterior había dormido mal, y la mañana había sido extremadamente larga. Aquel escenario era el caldo de cultivo perfecto para que las ideas más desagradables tomaran forma en su pensamiento.

Sin embargo, una sorpresa agradable esperaba a la morena al cruzar la puerta de su pequeño apartamento: Samantha Lehmann, su mejor amiga, su ‘persona especial’, había decidido hacerle una vista, con comida incluída. E, incluso en la oscuridad más oscura, Sam siempre conseguía sacarle una sonrisa. No podía ser de otra manera: Gwendoline estaba enamorada de Sam, y había sido la principal responsable de sacarla de aquel pozo negro en que Artemis Hemsley la había sumido.

Comieron juntas—un menú vegetariano que Sam había comprado en su restaurante favorito—y mantuvieron una charla distendida, para después ocupar el sofá del cuarto de estar y ver series durante horas. Cuando el enésimo episodio de la serie—una española que Santi había recomendado a Sam, La casa de papel—que estaban viendo terminó, Sam hacía cosquillas en el antebrazo a Gwen. En otra ocasión, la morena se habría permitido disfrutar de aquel momento con su amiga, pero ese día no: ese día estaba claramente ausente.

Y si alguien podía notar eso, ese alguien era Sam Lehmann.

—¿Eh?—Respondió Gwen a la pregunta de Sam, apartando la mirada del televisor, en el cual se reproducían en ese momento los créditos finales.—Yo...—Empezó a decir la desmemorizadora, sopesando la posibilidad de mentir y decir que sí. Sin embargo, cuando Sam continuó hablando y poniendo sobre la mesa lo ocurrido con Hemsley, la morena volvió a apartar la mirada de su amiga para depositarla en su regazo. De repente, parecía estar admirando su cuidada manicura y su esmalte de uñas transparente.

Cuando Sam colocó con suavidad y sumo cuidado el pelo de la morena por detrás de su oreja, Gwendoline volvió a mirar a su amiga a los ojos. Incluso entonces, la joven Edevane sopesó la posibilidad de decir que sí, que todo estaba bien, que las pesadillas se irían con el tiempo. Abrió la boca para decir exactamente eso, pero la cerró al momento, dándose cuenta de lo injusto de la situación: Sam había terminado contándole a ella el motivo de sus traumas, aquello que más le dolía recordar. Y no solo se lo había contado: se lo había mostrado, tal cual lo había vivido. Ocultarle el motivo de los suyos sería, como mínimo, una injusticia para con la legeremante.

—Se me acabará pasando.—Empezó a decir, restándole importancia. Incluso aventuró a formar una sonrisa en sus labios, pero fue forzada y no duró.—No sé, es normal que estas cosas dejen algún tipo de huella, ¿no es así? He leído algún que otro artículo medimágico sobre pacientes que han sufrido la maldición Imperius y son bastante prometedores...—Aquella verborrea, aquella manera de irse por las ramas, era un claro indicativo de que Gwendoline no quería hablar de ello. Soltó aquellas palabras componiendo otra sonrisa, pero para cuando terminó de hablar, volvió a quedarse inexpresiva. También había vuelto a apartar la mirada para dejarla reposar sobre sus uñas. Aquel día, estaba revisando su manicura a conciencia.—Se me pasará...—Concluyó, en un intento más de convencerse a sí misma que de convencer a Sam.

No mentiría si dijera que más o menos veía por dónde iba Sam. La rubia era una experta en todo lo relacionado con la memoria. En la universidad, prácticamente había cursado las dos carreras, legeremancia y desmemorizadora: siempre estaba ahí para ayudar a Gwen con sus deberes, trabajos y exámenes, y ni siquiera una noche de fiesta seguida de una tarde de resaca la detenían. Era lógico que creyera que podía hacer algo por Gwendoline, y muy posiblemente pudiera hacerlo.

Pero Gwen obvió esa cuestión. Y es que le daba miedo volver a tener a alguien dentro de su cabeza, por mucho que ese alguien fuera su mejor amiga. No temía que ella pudiera hacerle daño, pues sabía que jamás lo haría, pero… ¿Y si Hemsley sí hacía daño a Sam? ¿O a la propia Gwen? Podría haber dejado alguna otra trampa preparada, y tal vez ninguna de las dos la había detectado entonces...


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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Dic 08, 2018 2:02 am

Había intentado no agobiarla, de verdad. Ya habían pasado casi cinco días y… Sam no quería que Gwen se sintiese presionada, ni mucho menos incómoda con su presencia por lo que pudiera sugerir, pero no quería verla así y quedarse con los brazos cruzados, sabiendo que en realidad está sufriendo y no lo está pasando bien. Porque una podía mostrar una sonrisa y fingir normalidad cuando en realidad estás pasándolo mal y las dos eran bien consciente de que así no se iba a arreglar nada. Y quedarse con esas cosas dentro... al final iba a encerrar sus demonios en sí misma en vez de espantarlos bien lejos.

Lo peor de todo es que Sam había pasado por un estado de asimilación similar, con la diferencia que nadie había estado controlándola mentalmente sin que ella fuese consciente de ello. Pero sabía cómo se sentía perfectamente: no era fácil asumir que alguien ha violado tu intimidad, tu mente, tu voluntad y todo lo que te define como persona. Una no sabe si sentir miedo, sentirte débil, sentir vergüenza… pero está claro que como si te sientes es como una absoluta basura; algo muy pequeño y sin valor que ha sido manipulado sin ningún tipo de cuidado y que puede hasta estar roto. Y no había nada peor para la autoestima y el bienestar personal de uno mismo que sentirte pequeño, sin valor y roto. Es por eso que Sam la miró, con seriedad, con ojos cargados de empatía y sin querer ver a Gwen en aquel estado. Sabía que no podía hacer nada por verla sonreír, risueña y despreocupada, pero quería estar ahí para ayudarla a que sí lo hiciese desde que estuviera preparada. Y no veáis la rabia que le daba en ese momentos verla así y no sonriendo, como se merecía.

Ignoró prácticamente lo que le dijo, hablando de artículos de medimagia que a Sam le daban igual en ese momento pero eran perfectos para irse por las ramas. Lo que ahora mismo le importaba es que Gwen se abriese con ella, le fuera sincera: le gritase si hiciese falta, llorase si es lo que necesitaba, o que se pegase la tarde entera a su lado en silencio... pero que se desahogase. ¿Que no quería que Sam entrase en su mente? Vale, pero no quería que pusiera un muro entre ambas y, mientras ella no le para de dar vueltas a sus preocupaciones, Sam se preocupa por lo que pueda estar pensando. —No te he preguntado eso, Gwen —le respondió, apoyándose con su hombro al respaldo.

Iba a ser totalmente sincera, sin ocultar sus sentimientos. Si quería que Gwen se abriese con ella, qué menos que predicar con el ejemplo. —Sé que ha pasado poco tiempo y no quiero agobiarte, pero te juro que no soporto verte así porque sé por lo que estás pasando. Y no quiero quedarme de brazos cruzados sabiendo que puedo hacer cosas por ti que podrían ayudarte —dijo, metiendo las manos bajo la manta. —Claro que todo esto se te pasará en algún momento, pero como bien has dicho estas cosas dejan huellas. Tratar con ellas… te ayudan a superarlo… —Bajó la mirada, pues decir eso le parecía un poco hipócrita por su parte teniendo en cuenta que era ella misma quién ocultaba de manera obsesiva unas huellas de su pasado. La diferencia es que las de Gwen podían llegar a arreglarse, al menos un poco y que eso le ayudase a superarlo todo.

Se mantuvo en silencio durante unos segundos, para finalmente coger aire y soltarlo con suavidad. —A mí me costó contártelo todo en su momento, bueno, más bien enseñártelo. Por una parte tenía miedo de revivirlo, por otra vergüenza… de ser juzgada, de verme otra vez ahí en una situación así… —Y tragó saliva. —Yo no te voy a juzgar nunca por nada  Y si lo que tienes es miedo, dame la mano. —Buscó la de ella bajo la manta y la sujetó, sonriéndole. —Así que confía en mí y sé sincera, por favor. Sabes que puedes contarme lo que sea.  —Y ahora venía de nuevo la petición que antes había ignorando, pero no se la iba a repetir más. Entendía que tuviera miedo de que Sam pudiera hacerle daño—cosa que no ocurriría jamás—, o vergüenza al sentirse débil o sencillamente desagrado a intentar entenderse a sí misma y a lo que tenía ahí dentro. Pero aún así, lo hizo. —Sólo te lo voy a proponer una vez, ¿vale? Si te agobias o no quieres intentarlo, o sencillamente prefieres dejarlo estar… me lo dices. No insistiré. Pero no te olvides que me tienes aquí. Pero… las dos sabemos que no solo fuiste víctima de un Imperius. Y sé que puedo ayudarte con las secuelas de la influencia de la legeremancia. No tienes por qué tener restos de ella ahí dentro. —Y tras una breve pausa, la comisura de sus labios esbozaron una sonrisa que solo transmitía tranquilidad. —No te haré daño.
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Gwendoline Edevane el Sáb Dic 08, 2018 11:16 pm

Gwendoline Edevane no era una persona que brindara su confianza a la ligera, a cualquier persona que le ofreciese su mano. Nunca lo había sido, ni siquiera cuando era más joven e inocente, y los acontecimientos más recientes en su vida la habían enseñado a ser todavía más recelosa. A no fiarse prácticamente de nadie. El exceso de confianza en los demás era un arma de doble filo: sí, dependiendo de la persona, podía acabar muy bien, pero también podía acabar muy mal. Y Gwendoline Edevane ya se había quemado suficientes veces en su vida.

Sin embargo, existía esa persona, esa constante en su vida, en la que siempre había volcado toda su confianza: Samantha Lehmann. Su mejor amiga, la persona de la que estaba enamorada, quien sin importar las circunstancias siempre había estado a su lado, y cuando no lo había estado, había sido en un afán de protegerla a ella y sus otros seres queridos. La persona perfecta para contarle sus inquietudes, los miedos que pululaban por su mente igual que los restos que Artemis Hemsley se había dejado atrás.

Bien, entonces… ¿por qué no se lo contaba? ¿Por qué prefería andarse con evasivas mientras examinaba sin ningún interés su manicura? Tengo miedo, pensó Gwen, y mientras intentaba identificar qué temía exactamente, añadió: Tengo miedo a muchas cosas.

Era cierto: tenía miedo de muchas cosas. Dentro de su cabeza moraban unos cuantos fantasmas, tanto personificados por gente horrible—Artemis Hemsley, los hermanos Crowley—como demonios mucho más abstractos—el remordimiento, la culpa, la impotencia—, tan peligrosos como los otros. Abrir la boca para contarle a Sam lo que le sucedía sería como desnudar su propia alma, mostrar cosas que no solo le daban miedo, sino que la avergonzaban.

Subió las piernas al sofá y las cruzó bajo la manta, deseando por un momento hacerse un ovillo y desaparecer. Escuchaba a Sam, pero no la miraba. Sus dedos comenzaron a juguetear con la manta, de manera nerviosa, a medida que el discurso de la rubia continuaba. No sabía qué decirle, qué responderle a todo aquello. Entonces ella cogió su mano, y Gwendoline no pudo evitar su mirada más tiempo. Se mordisqueó el labio interior, y en los segundos que siguieron buscó un motivo, uno de peso, para rechazar todo aquello. Odiando ser tan racional como era a veces, tuvo que reconocerse a sí misma que no existía un motivo de peso para no intentar aquello.

—Tú nunca me harías daño.—Coincidió Gwendoline con una leve sonrisa, para acabar bajando la mirada y posándola sobre las dos manos entrelazadas de ambas.—No es que no quiera contártelo, Sam. No es que no quiera hablar de ello contigo. Todo lo contrario: eres la única persona con la que me siento capaz de tener una conversación al respecto, pero...—¿Pero qué?, le preguntó su mente hiperactiva. Ya había entreabierto la puerta, ¿por qué no abrirla del todo y acabar con aquella situación que no hacía bien a ninguna de las dos?—Dios, es que no sé ni por dónde empezar...—Dijo, y cuando lo hizo, le tembló la voz. A aquellas palabras siguieron un suspiro.

Era demasiado, y ponerlo todo en palabras, una tarea muy difícil. La invasión por parte de Artemis Hemsley a su mente era algo horrible. Probablemente no sería nada en comparación con las cosas horribles que Sebastian Crowley había permitido a Sam ver durante sus sesiones de legeremancia, pero Hemsley también había dejado ver a Gwen cosas que preferiría olvidar.

A su mente acudió la clara imagen de una Savannah McLaren postrada de rodillas delante de Gwendoline. Savannah no estaba encadenada, ni nada por el estilo, pero obedecía con sumisión a Artemis Hemsley. La mortífaga había rasgado la espalda de la blusa de su discípula, y mientras forzaba a una Gwendoline sin voluntad a mirar sin apartar la vista, asestó un nuevo corte en la espalda a la llorosa joven con su espada mágica.

Gwendoline cerró los ojos, y dos lágrimas resbalaron por sus mejillas. Escuchó claramente la voz de Artemis Hemsley: Las niñas traviesas y bocazas se merecen una boca acorde al uso que le dan. Y entonces…

—Hay demasiadas cosas en mi cabeza que temo que veas.—Confesó finalmente, intentando acallar aquel recuerdo horrendo. Se llevó entonces la mano que no sujetaba Sam a la boca, mientras continuaba hablando.—Además, la última vez que entraste en mi mente, Hemsley utilizó mis recuerdos contra ti. Utilizó a los Crowley. ¿No has dicho que un recuerdo demasiado poderoso puede atrapar a un legeremante dentro de la mente de otra persona? ¿Y si te pasa algo malo? ¿Y si ha dejado algún tipo de trampa para ti o…?—Gwendoline empezó a mordisquearse las uñas, fruto de los nervios. Había logrado controlar aquel impulso hacía ya tiempo, pero en épocas de estrés como aquella, a veces, el impulso regresaba.

Y es que sí, Gwendoline tenía miedo de lo que podía hacer la legeremancia, pero tenerle miedo a ella en manos de su mejor amiga sería absurdo e injustificado; temer que cualquier cosa que hubiera hecho Hemsley en su cabeza pudiera perjudicar a Sam ya era un pensamiento mucho más coherente y lógico.
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Sam J. Lehmann el Lun Dic 10, 2018 4:45 am

Creía que poco a poco había conseguido hacer que Gwen al menos se diese cuenta de que hablar iba a ser lo mejor para ella. Que no necesariamente tenían que tener una charla profunda sobre Artemis Hemsley, simplemente hablar de sus dudas, de sus miedos, de lo que le dolía, de lo que sentía… Sam no quería hablar de la enemiga que ahora mismo seguía ahí fuera, aguardando al momento, sino de Gwendoline y de todo lo que la rodeaba a ella. Ahora mismo lo único que Sam quería era asegurarse de que su amiga iba por buen camino y no abandonarla en un sentimiento que ni entendería y que la estaría destrozando. Quería poder ser para ella el apoyo necesario para que pudiese recuperarse, pero claro, de nada servía querer serlo si la persona perjudicada no quería saber nada al respecto.

Entendía a la perfección el sentimiento de Gwen: ese en donde te sentías perdida con aquello que te nubla la mente, con tus vivencias y tu pasado. Y era irónico que uno se sintiese perdida con su vida, pero era así, como si no supieras por donde empezar a contar las desgracias que te han pasado porque aún no te crees que hayas sido tú quién las ha tenido que vivir. Era complicado eso de mirar al pasado y no reconocerte.

Dejó que acabase de hablar, para que soltase todo lo que le viniese a la cabeza y quisiese compartir con ella. Sus dudas y preocupaciones eran más que comprensibles, pero algo le decía que tanto miedo había hecho que se le olvidase un poco con quién estaba hablando. Es por eso que le apartó con suavidad la mano de la boca cuando se mordisqueó las uñas, devolviéndole una sonrisa a su rostro preocupado. —Llevo años viendo y viviendo cosas horribles, así que quiero pensar que no tienes nada ahí que vaya a asustarme —le dijo, con respecto a las cosas que tenía miedo que Sam pudiera ver. —Es cierto que te dije que un recuerdo demasiado poderoso puede atrapar a un legereamente en la mente ajena pero… no sé, no quiero escupir al aire pero creo que mi nivel de legeremancia está muy por encima de eso. No quiero pensar que Hemsley ha podido hacerte algo que yo no te puedo ayudar a solucionar. “Es humana, no puede ser la mejor en todo”. Eso no lo dijo en voz alta, pues era bien consciente de que con el miedo que Gwen le tendría a Artemis, no le pasaría inadvertida la frase y ella sí que pensaría que fuese invencible en todos los ámbitos. Sobre todo porque había visto el poder de la legeremancia en la mente de su enemiga y Sam jamás había usado la legeremancia para demostrar su poder, por lo que cualquiera pensaría que su nivel es mediocre porque no hace daño con ello. Y lo primero que había que hacer, cosa que Sam no había hecho hasta muy tarde, era humanizar a tus enemigos. Pensar que no son invencibles y que todo el mundo tiene sus puntos débiles. —Eres libre. Lo que queda en tu cabeza son sólo residuos de lo que fue. No va a haber ninguna trampa ni para ti ni para mí —le aseguró, haciendo una pausa. —Y… vale. Utilizó a los Crowley en mi contra pero, ¿y qué? Convivo con ellos muchas noches y todos los días. No puedo hacer que el miedo que tengo por ellos determine ni mis decisiones ni mucho menos mi vida, o todavía estaría en casa de Caroline sin trabajar en ningún lado. Además, si entrando en tu cabecita puedo ayudarte, me da igual enfrentarme a cualquier cosa que se me ponga delante.

Y es que Gwen no estaba siendo consciente ahora mismo de que a Sam le daba igual todo lo que pudiera estar ahí dentro, que ella solo quería ayudarla. No es que creyese que tuviese la culpa, pero sí que se sentía mal por todo lo ocurrido, sobre todo por haber estado tan ciega durante tanto tiempo. Pero era normal, ¿cómo no estarlo, teniendo en cuenta lo mucho que estás con la otra persona y cómo no lo has visto estando delante de tus narices? Te hacía sentir mal, inevitablemente, el pensar que tu ser más querido estaba sufriendo delante de tus narices y tú no te has dado cuenta. Muy mal. Pero ahora no podía hacer nada por evitarlo, así que no le quedaba otra que dar lo mejor de sí para ayudarla. Quería saber hace cuánto tiempo que había ocurrido y sabía que ayudando a Gwen en su cabeza podrían estimar más o menos desde cuándo. Y la verdad es que tenía un poquito de inseguridad al respecto, de haber creado sentimientos hacia ella a partir de una mentira; de haberse hecho ilusiones cuando en verdad no había nada.

Pero sin querer sacar ideas apresuradas sin fundamento y enfocándose cien por cien en buscar la manera en poder ayudar que Gwen saliese adelante lo mejor posible, hizo hincapié en el tema al ver que su amiga no rehuía de la idea, sino que más bien se mostraba preocupada por lo que pudiera pasarle a Sam. —¿Entonces quieres probar? —Le preguntó, acariciando su mano con su pulgar. —Venga, confía en mí. Desde que estés incómoda me avisas y paramos, te lo prometo.

Sam no creía que su amiga tuviese miedo de lo que ella pudiera hacerle. Por suerte ambas eran consciente de que una siempre velaría por lo mejor para la otra. Pero igualmente no quería ser partícipe de algo que le iba a producir incomodidad o cualquier tipo de intención por 'intentar arreglarla'—aunque suene feo decirlo así—iba a ser totalmente contraproducente.
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Gwendoline Edevane el Lun Dic 10, 2018 2:37 pm

A la morena le hubiera gustado encontrar consuelo en el hecho de que Sam hubiera vivido y padecido cosas horribles durante años, pero no fue así: después de todo, el hecho de que hubiera tenido que vivir esas cosas en soledad era otro de los demonios, el más longevo, que residía en la cabeza de Gwendoline Edevane. Y sí, por activa y por pasiva, la rubia le había eximido de toda responsabilidad, diciendo que ella no podría haber sabido que las cosas estaban tan mal precisamente porque Sam se había asegurado de alejarse de ella en un intento de protegerla. Racionalmente hablando, aquello estaba muy claro. Sin embargo, el problemas con los sentimientos es que muchas veces no obedecen a ningún tipo de raciocinio.

Gwendoline no sacó el tema a colación. Cuando su amiga empezó a hablar, se limitó a escuchar, a dejar que ella le sujetara aquella mano inquieta que se había llevado a la boca y que denotaba unos nervios que por lo general mantenía muy bien bajo control. La rubia, mientras tanto, hablaba utilizando la lógica, utilizando los conocimientos de los que disponía. Y es que era cierto: allí la única legeremante que había era Samantha Lehmann, y si ella creía que no había ningún tipo de peligro fruto de sus años de experiencia, ¿quién era Gwendoline para discutirle aquello?

Cuando mencionó a los Crowley, y cómo convivía con ellos cada noche, Gwendoline volvió a sentir una punzada de culpabilidad. Culpabilidad por la omisión de ayuda que había cometido en contra de su amiga en aquella época. A poco estuvo de embarcarse nuevamente en esa espiral descendente de culpabilidad, pero se negó a dejarse llevar por ella. Y es que siempre llegaba a la misma conclusión: que por mucho que quisiera, no podía cambiar el pasado. Así que decidió saltarse todo el festival de autoflagelación, y concentrarse en el mundo real.

—Vale.—Gwendoline, con semblante serio, se giró en el sofá para quedar sentada al estilo indio, mirando a su amiga. Se limpió los ojos húmedos con la manga de su pijama, y soltó un suspiro largo y tembloroso. Tenía la mirada baja, posada sobre su regazo, y la alzó para mirar a Sam.—No recuerdo todo lo que me obligó a hacer.—Confesó, un poco más calmada, más dueña de su voz y de sus emociones.—Tengo lagunas de los últimos meses, y por mi experiencia, esas lagunas podrían deberse al uso de hechizos para borrar la memoria.—Y es que, si conocía bien a Hemsley—cosa que creía que así era, después de meses con ella en su cabeza—, a la mortífaga le daba igual el bienestar de Gwendoline. Siempre y cuando cumpliera sus órdenes, a Hemsley le daba igual si la morena terminaba hecha un vegetal.—Pero también podrían deberse a que esos recuerdos que me faltan son las vivencias de mi ‘alter ego’, de esa especie de ‘otra Gwen’ que creó para que la sirviera. Tú ya sabes a qué me refiero, porque has visto algo muy parecido.—Gwen se refería, por supuesto, al caso de Henry Kerr: el mago, antes amable, bueno e incapaz de hacer daño a una mosca, convertido en un sanguinario mortífago con ideales puristas, si bien el viejo Henry no había desaparecido del todo.—Lo que quiero decir es que yo puedo advertirte de aquello que sé, de aquello que conozco. Pero no de lo que desconozco.

Y es que Gwendoline tenía un miedo atroz a descubrir algo aún más horrible. ¿Y si Sam la descubría, dentro de su mente, empuñando una varita para asesinar a un inocente? ¿Y si la había obligado a participar en sus salvajes interrogatorios, por el mero hecho de que podía hacerlo? Ya había conseguido enviarla a recuperar el espejo—dato que conocía por Sam y Caroline, no porque lo recordara—, por lo que sería plausible que la hubiera obligado a hacer muchas cosas que después habría borrado, a sabiendas de que Sam era legeremante y podría descubrirlas.

—Yo… quiero que me ayudes, ¿vale?—Dijo Gwendoline, bajando la vista un momento hacia sus manos, entrelazadas con una de las de Sam. Volvió a alzar la mirada para encontrarse con los dos orbes azules de la rubia.—Solo no me odies por lo que puedas ver ahí dentro, ¿de acuerdo?

Sí, sin duda, aquella era la petición más estúpida que había hecho la morena. Pero Gwendoline era un manojo de inseguridades, las cuales no habían hecho más que acrecentarse a causa de los acontecimientos más recientes. Y es que, por mucho que se refugiara tras un muro gélido de autocontrol y de seguridad en sí misma, nada distaba más de la realidad. Y temía perder a Sam. Temía que Sam pudiera juzgarla por su debilidad, por no haber sido capaz de resistirse a Hemsley. Y es que ella se lo había advertido: debía practicar oclumancia, cosa que Gwen no había hecho. De haberlo hecho, la situación sería muy distinta.
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Dic 10, 2018 11:05 pm

Pese a que ya lo había dejado claro, dejó de insistir con respecto a todo lo que pudiera ver dentro de la mente de Gwendoline. No iba a juzgar a su amiga por lo que pudiese haber hecho estando bajo la maldición Imperius, una maldición en la que dejas de ser consciente de todo lo que eres. Sabiendo como era Artemis y lo mucho que le gustaba demostrar su poder, podía imaginarse cosas que hubiese ordenado a Gwendoline hacer, ¿pero juzgar a su amiga por eso, cuando no pudo decidir nada? Le parecía de hipócrita y de imbécil. Era cierto que con oclumancia quizás hubiese podido repeler ciertas invasiones de Hemsley, pero seamos sinceros: ella era muy buena legeremante y la oclumancia no es algo que se aprenda en dos días. Desgraciadamente, alguien como Gwendoline tenía muchas debilidades frente a un control mental tan violento como el de la bruja, por lo que Sam no iba a juzgar nada de lo que pudiese haber hecho. Lo había hecho Artemis Hemsley, no Gwendoline Edevane. La única diferencia es que había usado el cuerpo de Gwendoline como arma, nada más.

Se sentó hacia Sam, más animada, no sin antes soltar otra frase que hizo que la legeremante la mirase mientras negaba con la cabeza muy lentamente. Era más fácil odiarse a uno mismo y magnificar tus defectos que odiar a la persona que más quieres. Ella podía culparse a sí misma, pero Sam no le iba a culpar ni un poquito de nada. —¿Pero no te he dicho ya que es imposible que puedas hacer nada por lo que yo pueda odiarte? —le dijo, mirándole con ternura por esa manera de decirle las cosas y esa preocupación de cómo pudiera llegar a verla Sam. Se conocían demasiado bien como para no saber que cualquier maldad que hicieran no salía de ellas. —Y mucho menos por lo que puedan obligarte a hacer por un Imperius. Tienes que empezar a pensar que nada de lo que ha pasado entraba dentro de tu capacidad para decidir, ¿vale? Sé que es duro de asimilar pero... te estaban controlando. Tu no tienes la culpa de lo que haya pasado. No eras tú. Ya has visto en donde estabas encerrada todo este tiempo... ajena a lo que estaba ocurriendo —le explicó, siendo consciente de que era mucho más fácil culparse por no haber sido capaz de evitarlo que aceptar que ella no tuvo nada que ver.

Soltó la mano de Gwendoline y se estiró lo suficiente hacia la mesa del salón, en donde estaban las dos varitas que habían pertenecido a su amiga, aunque la que ahora mismo tenía Sam ya le demostraba una lealtad absoluta y ella todavía ni se había dado cuenta. Giró la varita entre sus dedos suavemente y la sujetó cuando volvió a quedar justo en frente de la mirada verdosa de su amiga. Le pidió permiso para entrar en su mente con la mirada, entrando a través de sus ojos con una facilidad y una suavidad de la que Gwen no fue consciente. Apenas estuvo unos segundos, los suficientes como para sentir lo mismo que sintió hace una semana. Así que sin hacer nada, cortó la conexión y volvió a enfocar la mirada en su amiga.

Era curioso como en sentimientos había cambiado tanto el mirar a los ojos de Gwendoline de esa manera; lo que antes era algo normal, ahora hasta le creaba emociones muy diferentes. —Vamos a hacer una cosa. —Se apuntó a sí misma con la varita en la cabeza. —Voy a meterme y voy a esperarte. Supongo que las veces que has sido consciente de que alguien está en tu cabeza, has perdido el recorrido del legeremante con facilidad, como si se escapase de tu control. Es normal, nos suelen enseñar o a no ser reconocidos en la mente ajena, o a burlar los mecanismos de defensas. Sin embargo, me voy a meter en tu cabeza y te voy a esperar. No voy a hacer nada yo sola. Es tu cabeza, son tus recuerdos y tú decides cómo quieres conservarlo todo, como organizar... todo lo que tienes ahí. Yo solo te voy a ayudar a hacer lo que tú no sabes y apagar todo lo que no tiene que estar ahí. —Le hablaba con una mezcla de profesionalidad mezclada con dulzura y es que Sam ahora mismo tenía un sentimiento en su interior de querer abrazar a Gwen y quedarse abrazada a ella, acostadas en el sillón bajo la mantita, durante toda la tarde que quedaba por delante. Y es que después de lo que había pasado, inevitablemente Sam la sentía muy apática y solo quería darle todo el calor que pudiese. La notaba vulnerable y sólo quería darle mimos, pero luego estaba la parte en la que sentía que Gwen no quería mimo ninguno. —Así de esta manera no solo estaremos juntas en todo momento, sino que serás partícipe de todo lo que voy a hacer y reconocerás poco a poco como se siente el tener a una legeremante en tu cabeza. Te vendrá bien entenderme y sentirme ahí dentro, es primordial y te ayudará a mejorar el cerrar la mente.

Había propuesto esa idea por varias razones: la primera que se diese cuenta de que aquello no podía servir solo para liberarse de la presión que no le pertenecía en su mente, sino también para aprender a luchar contra aquello que había sido su enemigo durante tanto tiempo. La legeremancia era un arte horrible si se utilizaba con fines nocivos, por lo que Sam quería ayudar a Gwen a no sentirse vulnerable frente a esa magia y que así volviese a confiar en sí misma. Así que tras una última ojeada de confianza, apuntó a la sien de Gwen y con un 'legeremens' no verbal se volvió a meter en el interior con delicadeza.
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Gwendoline Edevane el Mar Dic 11, 2018 2:42 pm

Si por algo se caracterizaban aquellas dos mujeres, aquellas dos ex-estudiantes de la casa Ravenclaw que habían crecido juntas, era por su cabezonería: una vez se les metía una idea en la cabeza, por mucho que se utilizase la lógica para argumentar en contra de dicha idea, era prácticamente imposible hacerlas cambiar de opinión. Gwendoline había vivido aquello cuando, después de reencontrarse con Sam, la rubia insistía una y otra vez en que suponía un peligro en las vidas de aquellas personas que le importaban. Ahora, en la otra cara de la moneda, era ella misma quien, sin importar lo que dijera su amiga, seguiría sintiéndose decepcionada consigo misma y terriblemente culpable por todo lo que había hecho bajo las órdenes de Artemis Hemsley. Y si bien las palabras de aliento de su amiga la hicieron sentir un poco mejor, Gwen seguía temiendo, de verdad, haber hecho algo horrible, algo que cambiara la forma que tenía Samantha Lehmann de verla. Y es que, por muy exagerado que pudiera sonar, Samantha Lehmann era su mundo. Y si la perdía a ella… no quería ni pensarlo.

Nada de lo que ha pasado entraba dentro de mi capacidad para decidir, repitió mentalmente las palabras de la rubia, suspirando profundamente y deseando poder convencerse de ello. Porque sí, aquello era cierto, pero si hubiera sido más fuerte, si hubiera aceptado los consejos de Sam con respecto a la oclumancia, nada de aquello habría sucedido. Habría sido capaz de resistir a Hemsley, y no habrían pagado otras personas por su debilidad. Personas como Savannah McLaren, por ejemplo.

—Ya, ya lo sé. Pero...—Pero resultaba muy difícil poner en palabras todas las cosas que se le pasaban por la mente en ese momento. Gwen no pudo evitar pensar en lo absurdo e innecesario de intentar explicar con palabras lo que sentía, pues en breves la propia legeremante sería capaz de verlo por sí misma.—...me hubiera gustado haber podido hacer más para evitarlo.—Concluyó, simplificando un montón todas las cosas que la mantenían despierta por las noches.

Cuando Sam tomó la varita, Gwendoline siguió su mano con la mirada: hizo el mismo recorrido, del sofá a la mesa, y luego de vuelta desde la mesa al sofá. Algo insegura, alzó la mirada para encontrarse con los ojos azules de su amiga, esos ojos que cada día la tenían más enamorada. Y cuando ella le pidió permiso para entrar en su mente, Gwendoline asintió con la cabeza. Con un nuevo suspiro tembloroso brotando de sus labios, Sam entró en ella, y antes de que dicho suspiro terminara, la legeremante ya había salido. No había tenido tiempo ni de darse cuenta de lo que había pasado.

Siguió a aquel breve momento una explicación de su amiga acerca de cómo iba a proceder. Al parecer, en aquella ocasión Sam no viajaría sola por su mente, sino que esperaría la compañía de Gwendoline a fin de dar un tratamiento óptimo a lo que hubiera dentro de su mente, a todo aquello que Artemis hubiera alterado con sus artes oscuras. No tenía muy claro cómo funcionaba aquello, pero intentó visualizarlo de una manera que lo entendiera: estarían juntas, como estaban en aquel momento, dentro de su cabeza. Le pareció la manera más simple de abordar aquella cuestión, y si lo que decían de la mente humana era cierto, creía que funcionaría.

—De acuerdo, creo que lo entiendo.—Asintió Gwendoline con la cabeza. Si bien se había especializado en la mente humana a nivel mágico, la legeremancia no era su campo de estudio. Siempre lo había rechazado un poco por considerarlo invasivo e inmoral a partes iguales, y la última experiencia con Artemis Hemsley no había hecho mucho en favor de aquella forma de magia. Sin embargo, si era Sam quien la realizaba, el miedo disminuía considerablemente.—Estoy lista.—Asintió con la cabeza, nerviosa, y entonces fijó la mirada sobre la de Sam. La legeremante, entonces, la apuntó con su varita y...


***

Gwendoline cerró los ojos de manera instintiva, una vez Sam entró en su mente. Fue un acto reflejo, más que otra cosa, como cuando alguien alza la mano con intención de arrojarte algo a la cara, y tu primer instinto es cubrirte con ambos brazos y cerrar los ojos, a fin de protegerte. Cuando volvió a abrirlos, Sam seguía frente a ella, pero el escenario alrededor de ambas había cambiado: las envolvía una oscuridad densa, a excepción del lugar en que se encontraban ambas sentadas, que parecía iluminado por un foco. Como si fueran las actrices principales de una obra de teatro.

Gwendoline observó el lugar a su alrededor, buscando algún punto de referencia, y encontrándose únicamente con la negrura. Se puso en pie, preguntándose mentalmente qué era aquello. Se sorprendió cuando su propia voz formó esos pensamientos y se los devolvió en forma de un eco que salía de todas partes.

—Sí, vale. Definitivamente, esto es mi mente.—Miró a Sam, encogiéndose de hombros.—¿Qué tengo que hacer ahora, exactamente? ¿Tengo que invocar algún recuerdo o algo así?—Preguntó a su amiga, e inmediatamente después de hacerlo, un torrente de memorias pasadas comenzó a pasar velozmente alrededor de ellas.

Aquello fue como si se despertara un huracán: una fuerte ráfaga de viento empezó a golpearlas directamente, mientras las imágenes aparecían y desaparecían velozmente ante sus ojos, así como todas las emociones asociadas a ella. Sin embargo, todos esos sentimientos pasaron a toda velocidad y de manera confusa por delante de ellas, por lo que resultaba imposible identificar uno concreto. Gwendoline se sintió aliviada: después de todo, ante sus ojos había pasado fugazmente aquel momento en que ambas se habían besado durante aquella misión para obtener información de Hemsley, y el breve sentimiento que había traído consigo había sido… amor.

Esperaba que Sam no lo hubiera notado, que aquella confusión de emociones fuera suficiente para abrumarla y que no se percatara de nada.

—¿Cómo lo paro, Sam?—Preguntó, preocupada, sintiéndose incapaz de hacer frente a aquello. Necesitaba poner orden en aquel caos de pensamientos y recuerdos circulando a toda velocidad, o de lo contrario entraría en pánico. ¿Qué era aquello? ¿Algún sistema de seguridad puesto por Hemsley? ¿O simplemente la velocidad con que Gwendoline pasaba de un pensamiento a otro?
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Miér Dic 12, 2018 2:52 am

Sólo estaban ellas dos allí dentro, rodeadas por una densa oscuridad que no te dejaba ver más allá de ti. A punto estuvo Sam de decirle que no tenía que hacer nada por el momento, pero de repente una cascada de recuerdos comenzó a caer sobre ellas, inundándolas de imágenes de Gwendoline. Lejos de crear tensión y agobio, aquellos recuerdos trajeron consigo bastante calma entre la confusión e incluso, uno de ellos, hizo que Sam se sintiese ligeramente descolocada. Aquel recuerdo en los pasillos de aquellos apartamentos Sam lo tenía muy presente en su propia mente, desde su propia perspectiva, por lo que no le pasó desapercibido mucho menos aquel sentimiento en el ambiente que se produjo como una punzada casi puntual. Lo único que le descolocaba era… ¿aquello lo había sentido ella misma o había sido Gwendoline? Miró a su amiga en mitad de aquella cascada desordenada de recuerdos y sentimientos, teniendo algo claro: Sam era bien consciente de lo que sentía y por mucho que aquello se pareciese, no le sugería haber sido ella. Ella tenía muy claro lo que sentía cada vez que se acordaba de ese dichoso momento y era horroroso darse cuenta como con el tiempo, en vez de perder importancia, la había ganado. Pero claro, con tanto caos en aquel momento como para poder estudiar aquella emoción repentina con detalle.

Así que al escuchar la preocupación en boca de Gwen, se acercó a ella, colocó sendas manos en su cabeza con delicadeza y los recuerdos comenzaron a ralentizarse, pasando cada vez con más tranquilidad cerca de ellas, hasta desaparecer por completo. Ambas pudieron verse en varias ocasiones en momentos que habían vivido juntas, pero no se repitió ninguno. Cuando se volvieron a sumir en la oscura tranquilidad, Sam habló: —Tu mente está descontrolada, es complicado mantenerla bajo control con el caos que tienes y más todavía sintiéndote una extraña aquí dentro —le respondió, para entonces bajar sus manos y sujetar una de las de ella. Por suerte tenía a Sam, que otra cosa no, pero controlar los recuerdos en las mentes ajenas sí que se le daba muy bien. Lo único que hizo fue apartarlos de aquel lugar. —Tu no te pongas nerviosa. No va a haber nada malo aquí dentro con lo que no podamos lidiar y entre más tensa estés, tu mente lo va a notar.

Caminaron a través de la oscuridad, con esa misma sensación con la que caminas con los ojos cerrados a la deriva. No aparecía nada y si no tuviese claro que estaba en una mente, parecía que a la mínima iban a caer en un pozo oscuro que aparecería delante de sus pies. Poco a poco, esa sensación de ser ellas las iluminadas fue  desapareciendo lentamente, para dar paso a una muy tenue luz al fondo de aquella estancia infinita, la cual iluminaba aquel bosque en donde Sam se había reencontrado con la Gwen real en su mente, durante su batalla con Artemis Hemsley. A simple vista uno podría intuir que habría hasta dos kilómetros de lo lejos que se encontraba el bosque, pero en cuestión de segundos y un paso hacia adelante, aparecieron justo en frente como si hubieran traspasado un portal. Sam soltó la mano de Gwen y se acercó a las raíces, ya pochas y muertas, que hace días evitaban que ambas pudiesen hallarse. Todo aquello estaba roto, ya no era prisión, solo era lo que quedaba de ella. Así que la rubia entró al interior por un recoveco abierto, agachándose para evitar ‘darse’ con aquello.

En el interior todo lo que había eran raíces y ramas todas entrelazadas entre sí, evitando que los caminos fuesen fácilmente transitables. Mientras caminaban con cuidado, Gwen que iba ligeramente por detrás, tocó una de las ramas para poder pasar por encima, trayendo al frente un recuerdo que las absorbió por completo.

No era un recuerdo propio de Gwendoline, sino un recuerdo de Hemsley. Ni siquiera era un recuerdo en sí, sino más bien la orden que le había dado a la chica para que estuviese allí enterrada en su propia mente sin salir ni participar en nada. El recuerdo estaba de lado de Artemis Hemsley, por lo que ambas podían ver a Gwendoline sentada sobre su cama, con la mirada perdida y asintiendo a todo lo que le decía la maga en una verborrea irónica, dominante y muy burlona. Odiaba ver a esa Gwen, una Gwen que claramente no era su Gwen, sino sólo su envoltorio siendo utilizado para algo que jamás haría. El recuerdo terminó con Artemis preguntándole que si había entendido en donde tenía que estar a partir de ahora y ella asintiendo.

Así que cuando se acabó, Sam miró a Gwen. Ahora mismo es que no os imagináis las ganas que tenía Sam de abrazar a Gwen hasta el infinito y más, pero se limitó a suspirar. —Todo esto que tenemos alrededor es, básicamente, la mierda que Artemis ha dejado en tu cabeza. Ni siquiera son tus recuerdos, sino órdenes, cosas que quería que tuvieses bien presente y todo aquello que inevitablemente se dejó atrás de tanto meterse en tu cabeza. Se podría decir que es una chapuzas. —Tenía tan controlada a Gwendoline y tenía tan claro su control, que ni se había preocupado en hacer un buen trabajo. Si aquello llega a ser mucho más de lo que era y mucho más nocivo de lo que ya era, la mente de Gwen podría haber acabado muy mal. Entonces caminó unos pasos de nuevo hasta su amiga, mirando a través de los huecos posibles el tamaño de aquel bosque. —Es normal que sientas que tu mente está rara, ya solo empezando por el hecho de que tienes algo aquí dentro que jamás habías tenido cuya función ahora no es nada más que estorbarte. —Sam tocó una de las raíces. —Pero no son tus recuerdos. Los que no recuerdas por estar bajo la maldición Imperius o los que no tienes junto a ella tienen que estar en otro lado… —Y es que dentro de ese Bosque del Mal—lo había bautizado así—sólo transmitía una oscuridad y un mal rollo que cualquiera de las dos podía notarlo. —Lo puedo hacer desaparecer todo. Mandarlo a un sitio en donde no te moleste nunca más o incluso podemos sacar todos esto, meterlo en un bote y quemarlo —bromeó, esbozando una sonrisa.
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Gwendoline Edevane el Miér Dic 12, 2018 2:07 pm

Aquel lugar era confuso, una especie de limbo onírico en que todo parecía posible y a la vez imposible, en que ellas existían y a la vez no. Y es que si, por momentos, Gwendoline las visualizaba a las dos como cuerpos físicos en medio de la negrura que las envolvía, en otros momentos las visualizaba como entes abstractos perdidos en un mar de recuerdos que parecían pasar a toda velocidad en una pantalla de cine. Sentía vértigo y calma, miedo y valor, tristeza y alegría… todo ello al mismo tiempo. Sentimientos atropellados y vinculados con aquellos recuerdos que pasaban a toda velocidad. Un torrente de información incontrolable en que, poco a poco, iba predominando una emoción: pánico.

Cuando Gwendoline pidió ayuda a su amiga, la rubia acudió solícita a ella. Puso ambas manos a ambos lados de la cabeza—metafórica—de Gwendoline, y fuera lo que fuese que hizo, poco a poco aquel torrente de información se fue deteniendo. La sensación fue parecida a observar los rápidos de un río cuyas aguas poco a poco iban circulando más despacio, hasta el punto de casi detenerse.

La oscuridad había vuelto, y Gwendoline escuchó la voz de Sam como procedente de todas partes, pero a la vez de los labios de la Sam metafórica que tenía delante. La desmemorizadora encontró aquello increíblemente extraño, pero decidió no pensar demasiado en ello: si lo hacía, probablemente empezaría a dolerle la cabeza, pues el lugar en que se encontraban era algo abstracto. Algo que una mente humana lógica no sería capaz de comprender… lo cual resultaba de lo más irónico, pues aquello en sí era una mente humana.

—Esto es muy raro.—Dijo Gwendoline, y con su voz sucedió lo mismo que con la de Samantha: parecía nacer de todas partes y a la vez de sus metafóricos labios. Se preguntó brevemente si ahí fuera, en el mundo real, habría pronunciado aquellas palabras en voz alta.—¿Es siempre así? ¿O es solo por lo que me hizo Artemis que mi mente tiene este aspecto?—Preguntó, mirando todo alrededor. Aquella luz sobre ellas seguía dándole la sensación de que estaban sobre un escenario en una obra de teatro. Ese pensamiento la llevó a imaginar que entre las sombras había un montón de espectadores, manifestados como sombras humanoides, contemplando en silencio lo que las dos ‘actrices principales’ hacían. Dicho pensamiento, evidentemente, se manifestó en aquel extraño limbo, tomando forma por unos segundos, antes de desvanecerse.

Después de todo, aquello resultaba totalmente absurdo. ¿Qué pintaban espectadores en su mente? No había nada que les interesara ver.

Ambas amigas caminaron juntas a través de aquella oscuridad, casi a ciegas, y Gwendoline no podía quitarse de encima la necesidad de alargar la mano para tocar algo, una pared o algún punto de referencia, en la oscuridad. Resultaba difícil olvidarse de que las leyes de la física no se aplicaban allí dentro.

Sus metafóricos pasos, poco a poco, las fueron llevando a un lugar que Gwendoline recordaba: el bosque, uno de los niveles de las trampas mentales que Artemis Hemsley había construido para ella. A medida que se acercaban, Gwen pudo echar un vistazo más en profundidad a aquel lugar, y percatarse del aspecto que mostraba: se moría, poco a poco, cumplida ya una función que nunca más desempeñaría. ¿Significaba aquello que, con el tiempo, se desvanecería por completo? ¿Que aquel lugar dentro de su propia mente terminaría por desaparecer?

Gwendoline, que iba a hacer esa misma pregunta a Sam, se vio interrumpida cuando, al intentar pasar sobre una de las ramas, la tocó con su mano metafórica, y desencadenó la reproducción de un recuerdo: Hemsley frente a ella, que permanecía sentada en el borde de una cama con la mirada perdida y ausente. La mortífaga estaba dándole una serie de órdenes a Gwendoline, quien no tenía más remedio que decir que sí, que acatarlas sin rechistar, debido a la maldición Imperius que pesaba sobre ella.

De nuevo, cuando Sam explicó la naturaleza de aquel lugar, su voz pareció brotar de todas partes al mismo tiempo, y Gwendoline la escuchó en silencio. Mientras la escuchaba, sobre ellas empezaron a planear recuerdos relacionados con aquel lugar, aunque demasiado vagos como para concentrarse en ellos. Pronto, la imagen de Sam hablando ocupó por completo los pensamientos de Gwendoline.

—Así que esta es la cara más fea de la legeremancia...—Comentó Gwendoline cuando Sam terminó de hablar, tomando una hoja negra y marchita de la rama de uno de los muchos árboles que conformaban aquel bosque metafórico. La arrancó de un suave tirón y la contempló, sujeta entre sus dedos. Al hacerlo, se escuchó claramente la voz de Artemis Hemsley diciendo una simple palabra: ‘Obedece’. Gwendoline se asustó solo por un momento, encogiéndose, pero se sobrepuso: era un mero recuerdo, no podía hacerle daño.—Si tengo que ser sincera, siempre me he preguntado por qué escogiste esta disciplina mágica en concreto. Había escuchado cosas horribles sobre la legeremancia, y eso sin mencionar el hecho de que se tache de ‘arte oscura’.—Gwen suspiró, una acción que quizás llevó a cabo en el mundo real, o quizás no.—Pero ahora lo entiendo: tienes en tus manos la posibilidad de hacer esto, y jamás lo harías. No hay que tener miedo al poder, sino a lo que las personas deciden hacer con él.—Gwendoline compuso una sonrisa, mirando a los ojos a su amiga.—Tú tienes el poder de hacer cosas así… y jamás las harías. Y lo usas para ayudar...

Sobre ellas, hasta ese momento, habían estado sucediéndose recuerdos y momentos relacionados con la influencia de Artemis Hemsley sobre la mente de Gwendoline: una y otra vez, una Gwendoline enmascarada robaba el espejo de Artemis, se batía en duelo con Sam, le entregaba distintos fragmentos de información a la mortífaga, y muchos otros momentos desubicados que ni la propia Gwen sabía identificar bien, posiblemente fruto de los hechizos para borrar la memoria que habían sido utilizados contra ella.

Entonces, una intensa luz comenzó a brillar al otro lado del bosque, alzándose por encima de la línea de árboles moribundos, en lo alto de una torre. Se trataba del faro, ese que había guiado a Gwendoline fuera de aquel laberinto que se moría. Entre los recuerdos nocivos de la convivencia de Gwendoline con Artemis empezaron a intercalarse otros que no tenían nada que ver: Gwen y Sam mirándose, muy de cerca, en la pista de hielo; Gwen y Sam abrazándose cuando se habían reencontrado; Gwen y Sam, besándose en los pasillso de aquel edificio mientras se acariciaban con una ternura impropia de dos amigas; Gwen ante el espejo, el día antes de partir hacia el Magicland, intentando encontrar una manera de confesar sus sentimientos por Sam; Gwen intentando besar a Sam durante el festival, en lo alto de la noria; Gwen y Sam abrazadas en la piscina, hablando sobre futuros planes de ver las estrellas juntas…

Gwendoline, en medio del maremoto de emociones negativas que Hemsley le producía, comenzó a experimentar emociones positivas. En concreto, una emoción positiva: amor. Y es que, poco a poco, todas las demás emociones y todos los demás recuerdos fueron quedando en un segundo plano, y aquel lugar se vio invadido por la luz. Y en medio de la luz apareció el rostro sonriente de Samantha Lehmann, vista desde los ojos de Gwendoline Edevane, y lo ocupó todo. Así como las emociones que experimentaba la morena cada vez que miraba a los ojos a su amiga: cómo se le aceleraba el pulso, cómo soñaba con besarla, abrazarla, saber decirle cómo se sentía…

—Destruye este sitio.—Le pidió Gwendoline a Sam, refiriéndose al bosque. Al formular aquella petición, la luz se apagó repentinamente, y de nuevo se encontraron en medio del bosque.—No lo quiero en mi mente. Destrúyelo.—Insistió.

¿Por qué había luchado por desvanecer aquellos recuerdos y sentimientos? Porque eran reales. Porque la avergonzaba que Sam hubiera visto, de aquella manera, cómo se sentía cuando estaba con ella. Porque aquel bosque corrupto no era lugar para pensar en algo tan positivo y bonito, en aquello que le había dado fuerzas para salir de la oscuridad. Porque no quería que lo bueno de su vida se mezclase con la representación de todo lo malo que había habido en ella desde hacía meses...
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Jue Dic 13, 2018 5:01 am

Dentro de esa conversación que, pese a parecer muy real, solo surgía en la mente, Sam intentaba explicarle todo lo que estaba viendo, intentando guiarla en donde creía que podía patinar, pues por suerte Gwendoline también tenía bien estudiados los conceptos de la mente. —Todo lo que estás viendo es fruto de lo que te hizo Artemis, además de cómo se ha podido adaptar después haberte liberado de ella. —Hizo una pausa, para mirar a todos lados. —Cuando hicimos aquella práctica de legeremancia en tu casa hace meses, ¿te acuerdas? Tu mente no tenía ni de lejos parecido a dónde estamos ahora. Pero la mente es como cualquier otro órgano del cuerpo: si se ha dañado, tiene que tener su tiempo para que se recupere y vuelva a ser como antes. —Y más teniendo en cuenta cómo de invasiva había sido Artemis en la mente de Gwendoline.

Pese a que hace unos días aquello parecía un escenario muy diferente, ahora todo tenía un aspecto muerto. Todo lo que tenían delante era inútil y es que ya nada de lo que estaba ahí iba a tener el efecto para lo que fue creado; eso sí, como todo, dejaba huella. Las palabras de Gwendoline cogieron desprevenida a Sam, que estaba todavía estudiando aquello a lo que se enfrentaba, ya que no quería hacer nada mal. Pero se sorprendió sobre todo de una cosa: que después de tanto tiempo siendo amigas, nunca le hubiese preguntado el porqué de elegir aquella carrera si tan mal concepto tenía de ella. El problema es que la legeremancia siempre era famosa por su inmoralidad, las cosas horribles que podías llegar a hacer con ella, pero nadie le daba la importancia que merecía en el campo médico, o para la ayuda que podía prestarse para la gente que había sido dañada mentalmente. Así que Sam la miró, bastante complaciente de que tuviese esa opinión, al menos ahora. Prefirió no darle importancia a las caras feas de la legeremancia, ya que era una disciplina que mal utilizada podía hacer mucho daño y, como es evidente, en el ámbito oscuro de la magia la gente había descubierto cosas muy horribles con la que aprovecharse del resto. Esto que acababa de vivir Gwen no era más que una de las muchas cosas horribles que se podía hacer con ella.

Sam dejó de prestar atención a los recuerdos que de manera continua y tranquila se sucedían por encima de ellas, para atender a su reflexión. —¿Llevas todo este tiempo pensando que soy legeremante porque me gusta hacer daño a las personas y descubrir la intimidad de sus vidas? —preguntó, intentando sonar retórica y divertida. —Ya sabes que estudié esto porque todo lo relacionado con la mente era mi rama favorita de la magia desde que la descubrí en Hogwarts. Y sí es cierto que llegó un momento en mi carrera en el que me di cuenta de lo poderosa que era la legeremancia y el mal que podía llegar a hacer si era utilizada con maldad y de manera dañina, pero no la estudié por eso. La estudié por la cantidad de cosas buenas que podrían conseguirse con ella y por las que nadie se esfuerza en destacar —respondió, acercándose a ella. —Y porque frente a esa gente horrible que se empeña en destrozar las mentes ajenas y aprovecharse de ellas, tiene que haber alguien que se encargue de arreglarlas, ¿no? —Y sonrió, dándole un beso en la frente de manera protectora y cariñosa; un beso que no sólo fue ficticio en la mente de Gwendoline, sino que Sam se lo dio también en la vida real, por lo que pudo sentirlo de verdad, cálido y duradero, sobre la piel de su cabeza.

Los recuerdos que empezaban a sucederse alrededor de ellas cada vez eran más continuos, relacionados todos con Artemis y la Gwen que en ningún momento era Gwen. De manera totalmente inesperada—al menos para Sam—una luz comenzó a alzarse, trayendo con ella unos recuerdos de ambas juntas. Y no tuvo muy claro de dónde salía todo eso. Lo peor de todo es que no eran recuerdos normales, sino que todos habían sido… momentos especiales entre ambas. Era cierto que entre Sam y Gwen ocurrían muchas cosas, todos los días, pues rara vez se pasaban dos días seguido sin verse, ¿pero que justamente apareciesen esos recuerdos que Sam también tenía en su vida como los que le habían hecho abrir los ojos y crear sentimientos? La legeremante se puso nerviosa y, en la vida real, volvió a apartarse hacia atrás para recuperar su estado inicial. Se puso nerviosa porque todos aquellos recuerdos habían sido momentos del pasado incómodos por no saber cómo afrontarlos, por sentir cosas que no debería de haber sentido; se puso nerviosa porque sentía cómo se sentía Gwen en ese momento y no lo entendía; se puso nerviosa porque esos recuerdos estaban saliendo de un lugar en donde todo era corrupto y mentira, de un lugar del que no se fiaba en absoluto.

Y entonces llegó la voz de Gwen en mitad de aquella luz, haciendo que todo se apagase repentinamente. El corazón de Sam en la realidad estaba bombeando a mil por horas y, como es normal, se le pusieron las orejas rojas y calientes y le habían comenzado a sudar las manos. Y es que… ¿todo era mentira, no? Que lo destruyese, decía. Que no lo quería en su mente. Lo decía como si eso ni le perteneciera a ella, como si estuviese cabreada de que aquello estuviese ahí todavía. ¿De verdad Artemis había sido una persona tan ruin como para aprovecharse de la situación de Sam y Gwen? ¿Y de verdad que Sam había sido tan imbécil? No sabía qué era más triste… sólo piénsalo, ¿más de diez años siendo amiga de Gwen y justo ahora? ¿...justo ahora? Qué casualidad…

***

No dijo nada, sólo asintió y se puso manos a la obra. No iba a hacer un proceso rápido, pero sí que iba a ser tranquilo. Poco a poco la oscuridad que envolvía todo aquel lugar fue desapareciendo y si bien todavía no adquiría un color vivo y alegre, no transmitía esa tristeza lúgubre de antes. Desde que terminó—no había dicho nada desde que empezó—se desconectó de la mente de su amiga, tragó saliva y forzó una sonrisilla. Aún estaba nerviosa, bastante nerviosa. Así que buscando una excusa para salir del paso y no comentar nada al respecto, fue a lo más fácil. —Voy al baño —dijo, quitándose la manta de encima para ponerse en pie. —¿Estás bien? Si quieres lo dejamos por hoy y simplemente hablamos. O seguimos, lo que quieras. —Retrocedió unos pasos hacia el baño, apoyándose en la pared del pasillo. —Y un día te puedo enseñar a organizar tu mente. Te vendrá super bien para todo. —Y tras esbozar una sonrisa por su corta explicación, continuó: —Bueno, para todo no, tu ya me entiendes. Organizar la mente no te va a hacer ser mejor cocinera. —Y tras esa pequeña broma, se metió en el baño.

Y claro, se metió en el baño y… no tenía ganas de hacer nada, por lo que sencillamente se miró en el espejo que tenía justo en frente, suspiró y se apoyó en el lavamanos, intentando unir las piezas de aquel rompecabezas. Estaba confundida: ¿habían sido sentimientos reales, había sido todo una estratagema de Hemsley? Y hasta Sam sopesó la idea de preguntar, sería mucho más fácil. Pero entre que una pensaba que las cosas no eran así de fáciles y que recibir una negativa sería igual de triste que doloroso, prefirió ahorrárselo. Así que se lavó las manos y se agachó para lavarse la cara.

Jueves, 29 de noviembre del 2018
18:32 horas

Con la cara mojada, abrió los ojos y se miró al espejo pequeñito que estaba en el baño del Juglar. Estaba cansada y es que llevaba trabajando desde las diez de la mañana y todavía le quedaba una hora y media. Y es que Adrian estaba malo y no había podido venir a su turno. Le había mandado un WhatsApp a Gwendoline hace una hora para que se pasase por el Juglar y es que… sí, vale, Sam estaba en modo pesada todos estos días y hoy, pese a que sus intenciones eran claras, lo había disimulado con un sencillo: “si te aburres, te puedes pasar por el Juglar y así me alegras la tarde” y la característica cara del cerdito que siempre ponía. Pero lo cierto es que como bien había estado haciendo todo este tiempo, estaba en proceso de hacerle estos días más llevaderos a Gwen y, sobre todo, ayudarla en lo que estuviese en su mano. También estaba el hecho de que tenía ganas de verla y fin. Normal entre amigas.

Cuando salió del baño y se metió detrás del mostrador, Alfred le señaló al piso de arriba con misterio. Sam, siguiéndole el juego a aquel hombre tan mono y asumiendo que estaba bromeando con alguna araña, miró hacia arriba y… vio a Gwen saludando desde la barandilla.

Ha venido a pedir y la he echado diciéndole que su camarera no estaba disponible, así que vas a tener que ir a ver qué quiere —dijo con toda la seriedad del mundo, como si fuese un plan maestro urdido con malicia. —No la hagas bajar a la pobrecita, que la he hecho subir esas escaleras infernales sin que pidiese nada. Llévale un algo que le guste de mi parte. —Dijo cual abuelo cascarrabias con corazón, caminando hacia la cocina.

Sam sonrió y volvió a mirar hacia arriba, haciéndole una señal de que se sentase que ahora subía. A los cinco minutos subió con una bandeja en la mano y no estaba sentada en ningún lado, a lo que asumió que como buena Ravenclaw estaría mirando libros detrás de alguna estantería. Y efectivamente. Tras caminar y asomarse en los pasillitos, encontró a Gwen en el último, ojeando un libro. —Me ha dicho Alfred que te ha echado. Todavía intento imaginármelo con cara de malvado y no puedo —dijo divertida, caminando hacia ella y apoyando la bandeja sobre la pequeña barrita de al estantería, a la altura de sus cinturas. —Te he traído un café y pensé en hacerte una magdalena picante pero no me sugería muy buenos resultados. Así que te traje una de chocolate y así aprovecho y te robo un trozo —confesó con naturalidad, dándose cuenta a pesar de la poquita luz que había allí que hoy iba muy guapa. Bueno, como siempre, pero hoy especialmente.

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Gwendoline Edevane el Jue Dic 13, 2018 3:44 pm

A pesar de haber dedicado gran parte de su vida adulta a estudiar la mente humana desde el punto de vista de la magia, había muchos aspectos de esta que a Gwendoline se le escapaban. Y uno de esos aspectos era, claramente, aquel lugar. Aquella prisión que Hemsley había construido dentro de su mente. ¿Quién podía ser capaz de semejante monstruosidad? Aquel era otro aspecto que no entendía: la maldad intrínseca, el desapego de toda emoción hasta el punto de hacer algo así a alguien. De dejar una mente en aquel estado y ni siquiera tener remordimientos al respecto.

No sabía si sentirse aliviada u horrorizada ante las palabras de Sam: las mentes humanas normales no debían mostrar aquel aspecto, lo cual quería decir que la suya estaba en muy mal estado tras semejante invasión por parte de la mortífaga. Su amiga mencionó la práctica de legeremancia que habían realizado meses atrás, cuando Gwendoline había descubierto la verdad sobre los últimos dos años, y la desmemorizadora no pudo evitar evocar aquellos recuerdos. Teniendo en cuenta que aquella era su mente, involuntariamente dichas memorias aparecieron ante ellas, en pantalla grande: Chess en el regazo de Sam mientras Gwen le acariciaba, inclinada sobre la mesa; las dos sentadas, frente a frente, en el sofá del apartamento de la morena; los recuerdos que habían compartido la una con la otra durante aquella sesión; y el abrazo que habían compartido después.

—Sí, lo recuerdo.—Respondió Gwen, sabiendo que no era necesario matizarlo: la propia Sam había tenido que ver aquello.—¡Dios, esto es muy molesto!—Exclamó la desmemorizadora, viendo como sus recuerdos se desvanecían.—Cada vez que pienso en algo aparece aquí y lo puede ver cualquiera que esté dentro de mi cabeza.—Con esa afirmación tan simple, Gwendoline aprendió una valiosa lección: necesitaba aprender oclumancia.

Pero no fue la única lección que aprendió ese día, con Samantha Lehmann dentro de su mente. La siguiente le llegó cuando, por fin, comprendió la diferencia entre una legeremante como Sam, y una legeremante como Hemsley. Y por si no había quedado claro, la rubia incluso lo matizó un poco más: a ella le interesaban las aplicaciones más beneficiosas de la legeremancia, las destinadas a reparar el daño, a sanar la mente de otros.

—Sí, no te lo discuto.—Respondió Gwendoline después de sentir aquel beso en su frente, en su frente física, con una sonrisa en los labios que también apareció en su rostro real, en el mundo físico.—¿Pero crees que ha merecido la pena el viaje? Es decir, ¿no te arrepientes de tener estas habilidades? Fueron estas las que te llevaron a caer en las garras de...—Gwendoline trató de no pronunciar el nombre, pero ya era tarde: su mente lo pensaba, y el rostro de Sebastian Crowley apareció, sonriente y malvado, sobre ellas.—Perdona...—Se disculpó Gwendoline, bajando la mirada. Odiaba aquello: cada pensamiento se materializaba de manera involuntaria, y ahora comprendía lo peligroso que era aquello cuando había alguien más en su cabeza.—Y eso sin mencionar las cosas que habrás tenido que ver en mentes ajenas...

Gwendoline trató de no formular el pensamiento, pero el pensamiento se formuló solo: las cosas que Sebastian Crowley la habría obligado a ver, cosas que él había hecho a inocentes por puro placer o por servir a Voldemort, y que símplemente le dejaba ver para torturarla un poco más. ¿Y por qué? Pues por lo de siempre: porque podía, porque le apetecía, y porque obtenía de ello un placer indescriptible. Gwendoline empezaba a comprender cómo funcionaban las mentes de las personas tan dañadas como Sebastian Crowley después de meses con Artemis Hemsley al volante de su mente.


***

De regreso al mundo real, tras aquella ebullición de sentimientos confusos y una petición clara para su amiga, Gwen abrió los ojos. En algún momento se habían cerrado, muy probablemente después de la primera toma de contacto de la legeremante con su mente.

Algo había cambiado en su interior, algo que Sam había hecho. Con toda seguridad, destruir aquel lugar creado por Artemis había ayudado a la morena. Sin embargo, otra cosa le preocupaba, y se alegraba de volver a estar sola en mente para poder pensar en ello: esos sentimientos. Había desnudado literalmente su alma delante de Sam, a falta simplemente de decirle esas cuatro simples palabras que llevaban meses en su mente: ‘Estoy enamorada de ti.’ ¿Lo había hecho conscientemente? ¿O había sido involuntario?

Sam, que sonreía de una manera un tanto nerviosa, se levantó del sofá. Gwendoline asintió a sus primeras palabras, todavía confusa por lo ocurrido, pero cuando Sam le preguntó si se encontraba bien, su respuesta fue un tanto… torpe.

—¿Qué…? ¿Eh? Ah, sí. Estoy bien.—Gwendoline forzó una sonrisa a aparecer en sus labios, mientras Sam le proponía enseñarle a organizar su mente.—Eso sería genial, pero creo que he tenido suficiente por hoy. Me encuentro mejor.—Afirmó.

Entonces, se quedó sola durante unos minutos. Cambió la postura, del estilo indio a flexionar sus piernas, rodeándolas con sus brazos. Hundió el rostro entre sus rodillas, la mirada perdida y la cabeza llena dudas. Le gustaría poder decirle lo que sentía, lo mucho que la quería, pero no sabía cómo. Y mucho menos con aquella confusión en su cabeza, poblada todavía por los restos de la magia oscura de Artemis Hemsley.

Por ese día, lo dejaría pasar, y ambas amigas dedicarían el resto de la tarde, simplemente, a ver la televisión. A estar juntas. A olvidarse de la sombra de Artemis Hemsley. Y a pensar en lo que sentían la una por la otra, sin que la otra lo supiese.


Jueves 29 de noviembre, 2018

El Juglar Irlandés, 18:32 horas.

Aquella tarde, Sam trabajaba en el turno de tarde en el Juglar Irlandés, y como casi siempre le ocurría, Gwendoline Edevane tenía ganas de verla, de pasar un rato con ella. La cafetería en que su amiga trabajaba era un lugar acogedor, que invitaba a visitarlo, por si no fuera suficiente con la presencia de la rubia entre sus cuatro paredes.

Así que Gwendoline decidió hacerle una visita. Se peinó y se vistió—sin darse cuenta en que ponía especial empeño en estar guapa, siempre para Sam—y salió de su apartamento a eso de las seis de la tarde, después de despedirse de su gato, Chess. Caminó, una costumbre que había adquirido en las últimas semanas, y se sorprendió de lo positiva que se sentía a pesar de las circunstancias. Ya no sentía la sombra de Hemsley dentro de su mente con la misma intensidad de antes, y aún a pesar que la Grulla real y peligrosa seguía ahí fuera, en algún lugar, ese pensamiento había pasado a un segundo plano.

Gwendoline Edevane solamente podía pensar en Sam.

Nada más cruzar la puerta de la cafetería-librería que se había convertido en una parte tan importante de la vida de Sam—y, por extensión, de la suya propia—fue recibida por Alfred. Abrió la boca para pedirle algo al buen señor, pero éste no la dejó terminar: la mandó directamente al piso de arriba, alegando que su camarera favorita no estaba disponible. Casi empujándola, el sonriente anciano la condujo a las escaleras, y Gwendoline, entre risas, terminó obedeciéndole.

Tuvo que esperar apenas unos minutos, apoyada en la barandilla, a que Sam apareciera. Le dedicó una radiante sonrisa—una de esas que solamente eran para la rubia—y un saludo con la mano. Sam la invitó a sentarse con la promesa de que enseguida subía, y Gwendoline se volvió con esa intención, buscando una mesa en la que depositó su bolso y su abrigo.

Sin embargo, como buen ratón de biblioteca que se preciara, la morena se vio seducida por la multitud de libros que ocupaban las estanterías, y en lugar de sentarse, se puso a hojearlos. Fue leyendo los títulos de éstos en los cantos, más con curiosidad que por el hecho de que fuera a ponerse a leer. Estaba demasiado dispersa, pensando en sus cosas, como para concentrarse en la lectura.

Sam se reunió con ella, como prometió, y traía consigo una bandeja con un café y una magdalena. Gwendoline volvió a sonreír de esa manera tan radiante, tan para ella.

—Sí, tienes un jefe muy cruel. ¡Mira que hacerme subir escaleras con el estómago vacío…! Pienso poner una reclamación.—Bromeó Gwendoline, poniendo con toda su confianza una mano sobre el antebrazo de Sam, acariciándola con suavidad.

Gwendoline tomó entonces la magdalena, sonriendo, y le dio un mordisco. Estaba muy buena, y mientras la masticaba tapándose la boca con una mano, su mirada se encontró con la de Sam. Y le sonrió, con los labios llenos de migas de la magdalena.

—Está deliciosa. ¿Quieres probar un trocito?—Preguntó la morena, ofreciéndole tentadoramente la magdalena a su amiga.

Sabía que no podría resistirse a darle un mordisquito a tan dulce tentación, y así fue: Sam mordió la magdalena y comió un pedacito. Gwendoline no pudo evitar observarla y ver cómo, al igual que ella, se manchaba un poquito la boca con el chocolate. Casi sin darse cuenta, Gwendoline acercó su mano al rostro de su amiga y, con el pulgar, retiró una de las migas con delicadeza de la comisura de sus labios. Y, sin darse cuenta también, se llevó dicha miga a la boca, sin dejar de mirarla a los ojos.

Y le sonrió. Tímidamente, como si hubiera hecho algo que no estaba bien. Encima, Sam tenía algunas migajas más en los labios, y mejor que no diga cómo le apetecía quitárselas de ahí…

—Lo siento, no he podido evitarlo. Era muy tentador...—Se disculpó Gwendoline.—¡El chocolate! Quería decir el chocolate.—Se apresuró a añadir, poniéndose un poco roja. Sí, el chocolate… y tus labios.


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Sam J. Lehmann Ayer a las 4:12 am

Ella no lo veía así. No se podía arrepentir de haber estudiado una de sus pasiones, ni de haberse hecho una experta en lo que siempre consideró un reto para sí misma. De hecho se sentía orgullosa de saber todo lo que sabía porque creía que se había superado a sí misma y podía hacer cosas que, en realidad, nunca se imaginó que conseguiría. Sí es cierto que ha habido cosas que han venido a raíz de eso, pero... es injusto echarle la culpa. La verdad es que se ponía a pensarlo y no se veía estudiando otra cosa que no fuese alguna disciplina mental. Quizás hubiese optado por oclumancia en vez de legeremancia pero... sabiendo como era terminaría por hacer ambas.

Cerró los ojos cuando apareció Sebastian justo encima de ellas, como si pudiera evitar verlo, para finalmente esbozar una pequeña sonrisa. —No me arrepiento de nada. Gracias a haber estudiado lo que estudié y haberme especializado en lo que me especialicé, a día de hoy puedo ayudarte —le dijo sin titubear, pues creía fervientemente que este tipo de cosas te hacían realizarte. —Y he visto cosas horribles por culpa de la legeremancia y me han utilizado para cosas horribles por culpa de la legeremancia pero... no le puedo echar la culpa a la legeremancia de lo que hacen las personas.

Gracias a ella se había dado cuenta de la muchísima maldad que había en el mundo y que la gran mayoría está oculta en gente que aparentemente no oculta nada. Sam siempre había sido muy buena y muy confiada, pero después de ver lo que es capaz de hacer la gente, no solo por poder, sino simplemente por crueldad, se había vuelto todo lo desconfiada posible. Y cómo para no, después de todo lo que le había pasado.

29 de noviembre del 2018
Juglar Irlandés

La verdad es que Alfred no tenía ningún tipo de maldad, pero era ese anciano que veía con facilidad el cariño que la gente se profesaba y también era de esos que solía abogar por él. Es por eso que cuando vio que Gwendoline, la amiga de su Amelia, había entrado al Juglar, la despachó rápido para darle la oportunidad a su empleada a tomarse unos minutos de descanso en hablar con su amiga. Así que con una magdalena y un café, se plantó delante de Gwen que parecía estar ojeando los libros. La verdad es que ahora mismo el Juglar estaba bastante tranquilo, sólo con unas cinco parejas en la parte baja y nadie en la parte alta, pero Sam se sorprendía de la cantidad de gente que de verdad venía a este tipo de sitios, en soledad, pedían un café y se pegaban una hora leyendo tranquilamente. De hecho había muchos libros con marcapáginas con nombres, de personas que dejaban el libro marcado para la próxima vez que vinieran saber por dónde iban. Hasta Alfred había propuesto la idea de poner marcapáginas en blanco para que la gente pudiera usarlos libremente.

Sam adoptó con naturalidad aquella caricia en su antebrazo, sin darle la importancia que quizás sí que tenía. Sin embargo, a ella le sentaba tan bien que ni se preocupó en darle ningún otro significado. Es más, desde que Gwendoline le ofreció un trocito de su magdalena de chocolate, se volcó en atender a aquella maravilla, sonriendo de manera traviesa. ¡Y es que a Sam le encantaban esas dichosas magdalenas! Siempre que le tocaba cerrar esperaba que sobrasen solo para poder llevárselas a casa de gratis. No era la primera vez que se peleaba con Santi para ver quién era el privilegiado. Había aprendido a pronunciar su apellido ‘Marrero’ solo para poder llamarle por su nombre completo en esas ocasiones. —Preguntándome a mí que si quiero algo que contiene chocolate, como si no me conocieras… —Y automáticamente se hizo hacia delante para morder un trocito. Iba a fingir uno de esos orgasmos de sabor, de esos que hacía cada vez que comía algo con chocolate que le encantaba, para cuando notó sus dedos rozar con sus labios. Con un rostro un tanto impasible frente a aquel gesto inesperado, Sam siguió con la mirada aquella mano, viendo cómo se llevaba aquella miga a su propia boca. Madre mía, los pensamientos que surcaron su mente no eran ni de lejos los propios a tener por una amiga. Ya Sam estaba teniendo claro que tenía que dejar de verla solo como una amiga.

¿Sería Gwen consciente de lo que sexy que acababa de ser? Sam apostaba que no. De hecho es que le costó reaccionar a tal gesto, porque claro, ¿quién después de eso tiene la serenidad de mirar otro sitio que no sea los labios ajenos? Al escucharla hablar su mirada subió a sus ojos y automáticamente se mordió con suavidad el labio inferior, mojándolo y llevándose con él las migas que pudieran quedar por ahí. Con pesar, por supuesto, porque después de eso…. ¿quién no quería que te las quitasen todas como Gwen le había quitado la primera? Pero claro, una parte de Sam había pensado en que de repetirse, ¿para qué poner una mano de por medio? Y como no, ya notaba sus orejas calentándose, como todas esas veces en las que pensaba en lo mucho que le encantaría besarla. Quizás si no estuviese tan profunda y estúpidamente enamorada de ella y aquel gesto no le hubiera alterado todo en su interior… Sólo quizás podría haber bromeado con que no fuese tan sexy con ella delante.

Sin darse cuenta y de manera inconsciente se había acercado un poquito a Gwen, por lo que frente a su disculpa apresurada, Sam también defendió lo obvio, más roja que cuando Gwen le dio aquella taza de chocolate con picante como venganza. —El chocolate, claro, ¿qué iba a ser si no…? —Y con una sonrisa nerviosa se fue a apoyar en el borde de la estantería, en el mismo sitio en donde había dejado la bandeja, sin embargo, la bandeja era redonda y se había quedado un poco por fuera pues era demasiado grande. Así que al haberse acercado a su amiga y no darse cuenta de que la bandeja estaba a su lado, se apoyó en la parte que sobresalía pensando que encontraría el reborde de la estantería. Como es evidente la bandeja se giró y terminó precipitándose contra el suelo entre ellas. La tacita con el café se rompió y todo el contenido manchó el suelo. Por suerte solo el suelo.

Y eso la despertó de aquel momento de fantasía. Suspiró con desgana. No sabía muy bien si por desgana porque tenía el récord en romper vajilla en el Juglar Irlandés, porque tenía que bajar a por otro café o porque, de alguna manera que no entendía todavía, le hubiera gustado ver… la reacción de Gwen sin saber muy bien cómo terminaría eso. —Alfred me mata un día de estos… —dijo con normalidad, dejando aquella situación atrás, al menos en el ámbito físico porque Sam todavía tenía las orejas rojas. Retrocedió unos pasos para mirar a todos lados y cerciorarse de que no hubiera nadie en aquel piso mirando, luego sacó su varita del bolsillo del delantal—el cual estaba encantado—para limpiar aquello y arreglar la taza. Con la taza en la mano, se encogió de hombros. —Voy a buscarte otro.

Al salir y dirigirse a las escaleras para bajar, vio que Santi subía tras haber escuchado el estruendoso sonido de la bandeja y la taza romperse.

Mia, ¡tú romper taza otra vez! —preguntó.

No he roto nada, ¿me puedes subir otro café que este se ha derramado?

Pensé que se había roto algo —dijo, confundido por lo que había escuchado. Cogió la bandeja y la taza vacía, sin caer en el hecho de que no había nada manchado en ningún sitio. Fue a darse la vuelta con tranquilidad para cumplir con la comanda de su compañera, pero antes que nada entrecerró los ojos, señalándole las orejas. —Las orejas rojas. Eso en mi país es que alguien está hablando mal de ti. —Y con un gesto divertido, se fue escaleras abajo.

Sam entonces se hizo el pelo hacia adelante, intentando taparse las dichosas orejas. Volvió sobre sus pasos, pensando en lo estúpido que había sido el momento por su parte, ¡pero es que le había pillado totalmente desprevenida! Pero lo mejor de todo es que había terminado con un sentimiento positivo, sobre todo al leer a Gwen: su timidez, su mirada, su sonrisa… Automáticamente sonrió, caminando de nuevo hacia Gwen. —Le he dicho a Santi que te traiga otro, ven. —Le dijo, acercándose a una mesa y sentándose en una de las sillas. —¿Cómo te ha ido el día? —añadió, apoyándose sobre la mesa y admirándola con una sonrisa.
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Gwendoline Edevane Ayer a las 2:09 pm

Sin lugar a dudas, Gwendoline no fue consciente de la reacción que aquel gesto provocó en su amiga. La morena no tenía la menor idea de los sentimientos que se agolpaban en el corazón de Sam aquellos días, ni de que la rubia tenía tan claro como ella que la única persona en el mundo a la que quería besar estaba frente a ella. Gestos tan sencillos como aquel, que antes no habrían pasado de ser confianza entre amigas, tenían ahora otro tipo de connotaciones. Connotaciones más adultas, menos inocentes. Y es que, cada vez con más claridad, Gwen y Sam estaban dejando de verse como amigas para verse como mujeres.

Mujeres en el sentido romántico de la palabra.

Así que Gwendoline no intentó ser sexy, ni creyó ser capaz de serlo. ¿Traviesa? Quizás un poco, pero de la manera más inocente posible. Y fue inocente hasta que sus pensamientos la traicionaron, imaginándose cómo sería besar esos rojos labios salpicados de chocolate allí mismo, entre todos aquellos libros bien ordenaditos en sus estanterías. Fue un pensamiento adulto y casi lujurioso. ¿Había descubierto, quizás, una fantasía sexual? Gwendoline jamás había tenido fantasía sexual alguna, por lo que aquello era nuevo para ella. No como el hecho de ponerte roja, claro, se dijo a sí misma cuando sus mejillas enrojecieron, tras matizar que se refería al chocolate como algo tentador.

—Eso, ¿qué iba a ser si no?—Preguntó una Gwendoline que momentos antes no había podido evitar seguir con la mirada el recorrido de la lengua de Sam sobre sus labios. Quizás para otra persona no fuera más que una manera práctica de recoger restos de comida que se le habían quedado pegados, pero para ella… Bueno, digamos que a Gwendoline se le subieron un poco los calores, y no pudo evitar morderse el labio inferior. ¿En qué momento había comenzado a pasar aquello?

Por fortuna o por desgracia, la magia de ese momento se rompió. Casi literalmente, en un paralelismo con lo que ocurrió con la taza de café. Y es que una Sam cuyas orejas estaban un poquito rojas—detalle que no le pasó por alto a Gwen—acabó volcando sin querer la bandeja sobre la que se encontraba la taza de café. El recipiente se estrelló en el suelo, haciéndose pedazos y provocando un sonido bastante fuerte. Ese era el problema con el Juglar Irlandés: un lugar tan tranquilo y acogedor apenas padecía el mal del bullicio de los clientes, quienes en su mayoría acudían a leer embriagados por el aroma del café u otras bebidas igualmente deliciosas que servían allí, y cada sonido un poco fuerte—como una taza rompiéndose, por ejemplo—se antojaba como la explosión de una bomba.

Sam se agachó enseguida para recogerlo todo, y como un acto reflejo, Gwendoline hizo lo mismo en un intento de ayudar a su amiga. Se disponía a recoger la taza, pedazo a pedazo con los dedos de la mano izquierda—en la derecha todavía sostenía la magdalena de chocolate que, desde ese día, no vería con los mismos ojos—, cuando Sam, tomando previamente las precauciones apropiadas, sacó la varita y se encargó mágicamente del asunto. Ni siquiera dio tiempo a Gwendoline a pedirle que la dejara echar una mano con el estropicio—del cual había sido en parte responsable, aunque no lo supiera.

—No te preocupes, Sam. No hace falta que bajes...—Dijo Gwen con una sonrisa ante la declaración de intenciones de la rubia de bajar aquellas escaleras para volver a subirlas con un nuevo café. Sin embargo, nada más ponerse en pie, Sam ya se encaminaba hacia las escaleras con intención de hacer eso mismo.—¡De verdad, no hace falta! Con esta magdalena ya estoy...—No terminó la frase, pues desde el piso de abajo llegó el inconfundible inglés de Santi, el compañero favorito de Sam—que aunque ella no lo hubiera afirmado nunca, estaba claro que lo era—indagando en lo que acababa de ocurrir.

Mantuvieron una pequeña charla, apenas un par de frases, de la que Gwendoline se mantuvo al margen. Mientras esto ocurría, la bruja contemplaba la magdalena de chocolate que tenía en la mano derecha, pensando en la situación de unos momentos antes. No pudo evitar sonreír, mordiéndose el labio inferior. ¿Desde cuándo pasa esto?, se preguntó. Todo aquello era nuevo para ella, desde los sentimientos hacia Sam, hasta aquellas cosas más… adultas, por llamarlas de alguna manera.

Y lo mejor de todo aquello: Gwendoline, tras haber pasado casi toda su vida junto a Samantha Lehmann, una mujer que había llevado su homosexualidad abiertamente y con orgullo casi desde siempre, ni siquiera se planteó el tema de que ella misma también debía ser homosexual. Tan normalizado lo tenía, gracias a su amiga, que simplemente jamás había pensado en ello. Y era feliz sintiéndose como se sentía por ella. Y mucho más feliz sería si algún día eran pareja.

Su amiga regresó con ella justo mientras tenía aquellos pensamientos relacionados con la magdalena, y si bien seguía con las orejas un poco rojas, Gwendoline ignoró este hecho para mirarla a los ojos, sonriéndole. Se dejó guiar por ella hasta una mesa, y ambas se sentaron en sendas sillas. Sam le preguntó por su día, y exhibió esa maravillosa sonrisa que podría hacer detenerse el mundo.

—La verdad es que no puedo quejarme.—Respondió la morena, que en realidad tenía ganas de decirle que su día había sido tan anodino como cualquier otro, pero que el mero hecho de estar a su lado, viéndola sonreír, hacía que cualquier día pasara de anodino a maravilloso.—He tenido bastante trabajo de papeleo en el Ministerio. Porque he aquí el secreto de ser directora de una oficina: repentinamente, tienes que hacerte cargo de cosas de las que antes no tenías que hacerlo, en su mayoría relacionadas con informes. ¡Qué divertido!—Gwendoline alzó las cejas, afirmando aquello con todo el sarcasmo del mundo.—Pero también se traduce en días más tranquilos.—Añadió, mirando a Sam a los ojos, sabiendo que su amiga estaba mucho más tranquila cuando evitaba los problemas.—Pero nada puede compararse a estar aquí, contigo. Este sitio es el paraíso.—Añadió, sin poder evitarlo. Nunca estaba de más decirle a alguien que su mera presencia alegraba el día a cualquiera.—¿Y cómo lo llevas tú? Porque parece que hoy tenéis un turno de tarde muy tranquilo.

Gwendoline tomó un pedazo de la magdalena, rompiéndolo con los dedos, y se lo ofreció a su amiga. Aquella magdalena de la discordia, claramente, era para que la compartieran, y más teniendo en cuenta lo que aquel postre de chocolate había conseguido despertar en ellas solo unos minutos antes.
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