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Call it what you want... —Güendolín.

Sam J. Lehmann el Vie Dic 07, 2018 3:28 am

Recuerdo del primer mensaje :

Call it what you want... —Güendolín.  - Página 4 YFCh4yN
Miércoles, 21 de noviembre del 2018 — Casa de Gwendoline Edevane, 19:32 horas — Atuendo de Sam

Estos días no habían sido fáciles.

Por un lado estaba Caroline, quién más atención médica había necesitado desde el encuentro con Hemsley. Ya estaba estable, bien, haciendo vida normal, pero igualmente una no podía dejar de pensar en la suerte que habían tenido de haberla sacado de allí a tiempo o, si de haber tardado un poco más, hubieran tenido la oportunidad de sacarla viva. Gracias a Merlín no habían necesitado ir a San Mungo, ni dar explicaciones por faltar demasiado al trabajo, ni mucho menos tratar con heridas demasiado complicadas. Y menos mal que a Caroline le caracteriza un optimismo y una felicidad dignas de admiración, capaz de hacerte pasar página y despreocuparte con facilidad.

Por el otro lado estaba Gwendoline, quién pese a no necesitar atención médica, era con diferencia la que peores secuelas tenía. Como es evidente, a Sam no le pasó desapercibido su comportamiento, su actitud, su miedo y… todo lo que la rodeaba. ¿Y cómo culparla, después de lo que había pasado? Sam había intentado estar con ella todo el tiempo, a todas horas. Era consciente de que en ocasiones una necesita estar sola, meditar, asumir todo lo que le ha pasado e intentar superarlo en soledad, pero también sabía que en esas ocasiones lo que una más necesita es estar con alguien de confianza, alguien a quien poder contarle todo y nada. Alguien que con una mirada sepa si quieres hablar o no. Alguien simplemente que esté ahí cuando lo necesitases, para lo bueno y para lo malo, para cuando necesites un abrazo o mandar a la mierda a alguien. Alguien que no te agobie. Y Sam, desgraciadamente, había pasado por algo similar y era bien consciente de que por mucho que quisiera ponerse bien y dejar esas vivencias atrás, esas emociones no se iban a ir fácilmente. E iban a tardar en irse, pues primero debía de irse el miedo asociado a ellas y todos sabemos que el miedo se adhiere a ti y no se suelta jamás.

Y por último estaban las tensiones con Hemsley. Sí, habían conseguido que Gwendoline volviese a ser ella, pero ni de lejos la habían vencido. Ella seguía por ahí, libre, consciente de los movimientos de las tres chicas y sabiendo a la perfección que las más cercanas a Thaddeus Allistar eran ellas tres. Era cuestión de tiempo que volviese a aparecer en cualquier momento, cuando menos se lo esperasen. Sam estaba tan asustada que hasta el aviso del microondas le provocaba un mini-infarto de miocardio. Por no hablar de cuando salían las tostadas de la tostadora.

Ese día Sam estaba en casa de Gwen. Había aprovechado que salía de trabajar un poco antes que Gwendoline y había comprado comida para llevar en un restaurante vegetariano que le encantaba, apareciendo en su casa unos minutos después de que ella llegase y se dispuese a hacer de comer, evitándole esa tediosa tarea. Adoraba almorzar con ella mientras se contaban cualquier cosa del día o comentaban los capítulos de las series, aunque estos días las cosas hubiesen sido mucho más frías. Horas después de haber comido se encontraban en el sofá, descalzas, con una manta y con la televisión encendida sin ver nada en concreto, pues un capítulo acababa de terminar. Sam estaba tranquilamente haciéndole cosquillas relajantes en el antebrazo de su amiga.

Llevaba un par de días dándole vueltas a un asunto en particular, pero lo cierto es que le daba bastante reparo sugerírselo a Gwen por miedo a como pudiese reaccionar. Era sabido que lo que la legeremancia rompe, la legeremancia lo puede llegar a arreglar. No siempre, pero al revés de lo que muchos creían, la legeremancia no solo tenía efectos nocivos. Pero claro, ¿a quién le apetece que un legeremante vuelva a entrar en tu mente después de haber sido víctima de uno? A absolutamente nadie. Sin embargo, llevaba todo el capítulo pensando en sacar el tema, por lo que en mitad de aquella tarde oscura, fría y acogedora bajo la mantita junto a Gwen, decidió dar un paso al frente. —Oye… —comenzó, haciéndose un poco hacia adelante para coger el mando de la televisión y bajar un poco el volumen, aprovechando para erguirse un poco en el sillón y girarse hacia ella. —¿Estás bien?

Parecía una pregunta simple. Y de hecho era una pregunta simple. Gwen contestaría que estaba bien, perfectamente y Sam tendría que creerse que poco a poco estaba saliendo del pozo en donde la había enterrado sin benevolencia la zorra de Hemsley. Y claro, por mucho que su amiga le repitiese eso, Sam no solo tenía de referencia el conocerla desde los once años, sino que había estado en su mente hacía menos de una semana bajo la influencia de Grulla y sabía cómo estaba eso.

Así que tragó saliva y continuó hablando en voz baja, pues estaba frente a ella y prácticamente con un silencio abismal a su alrededor. —No me refiero a cómo estás físicamente, ni emocionalmente… —Hizo una pausa, para evitar molestarla con lo que le iba a decir. Sam sabía perfectamente que lo que menos querría era tratar ese tema. —Sé que no querrás hablar de nada de esto, ni mucho menos incidir en el tema que quieres olvidar. Y sabes que no insistiría si no lo creyese necesario pero… ¿de verdad estás bien? —Llevó una de sus manos con suavidad a su sien, refiriéndose a su cabecita. —¿Aquí? —Y aprovechó para recoger un mechón de pelo y pasárselo por detrás de la oreja, con cariño y ternura. —Por favor, sé sincera conmigo. —Le pidió sin apartar la mirada de sus ojos, pues sabía que Gwen podía querer mentirle bien para no preocuparla, o bien porque no quería abordar el tema. Y si bien ambas opciones eran perfectamente aceptables, Sam en ese momento no quería 'aceptar' ninguna de ellas. —Quiero y creo que puedo ayudarte, si me dejas.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Vie Ene 04, 2019 3:50 pm

A ojos de muchos, lo que estaba ocurriendo en aquella mesa—dos chicas que acababan de confesarse sus sentimientos la una a la otra y que se agradecían mutuamente el haberse besado y propiciado aquella situación—sería considerado algo cursi; otros lo considerarían adorable. Pero poco o nada importaba qué pensasen terceros, si les parecía bien o mal, pues las únicas que en ese momento importaban eran ellas dos. Y ellas dos eran más felices de lo que habían sido en todo el año.

Gwendoline escuchó aquellas palabras de Sam con una sonrisa y una mirada cargada de brillo. Podría haberle debatido aquello, pero no quería. Se sentía feliz al pensar que había hecho algo bien con respecto a Sam, a sus sentimientos con ella. Y es que después del fiasco del Magicland, lo menos que pensaba la morena era el estar haciendo las cosas bien. Pero allí estaba la prueba viviente de que algo, al menos, sí había hecho bien. Pero no te emociones, porque no puedes decir que aquello lo planearas, le recordó esa parte puntillosa de sí misma, privándola de todo mérito.

Era cierto. No había hecho aquello a propósito. No había pensado y simplemente… lo había hecho. Gracias por haberlo hecho, se dijo a sí misma mientras entrelazaba su mano con la de Sam. Se inclinó hacia ella y le dio un tierno beso en la mejilla, pensando que después de eso llegarían otros besos más apasionados.

Y así fue. Después de tener una cena aparentemente normal, y que no distaba mucho de otras que habían tenido—charlas acerca del día, del trabajo, de Santi y sus payasadas...—, se fueron al sofá para continuar con el plan. Pusieron la tele, por supuesto, pero ninguna de ellas le prestó la más mínima atención. En su lugar, se entregaron a los labios de la otra, abrazándose sin aparente intención de separarse jamás. Una Gwendoline demasiado novata en todo aquello del amor y de tener pareja pensó que aquella era la plenitud de la felicidad cuando estás enamorada de alguien.

Todavía le quedaban muchas cosas por descubrir…


***

Esa noche, Gwendoline se durmió abrazada a Sam, escuchando su respiración acompasada. Tanto su presencia como el sonido de su respiración la calmaban, y poco a poco se fue entregando a los brazos de Morfeo. Y en ese momento, ese momento en que el ser humano alcanza el umbral que separa el sueño de la vigilia, ese momento en que los pensamientos se entremezclan de forma incoherente, se formó un deseo en su mente.

Salpicado por imágenes de un pasado en que ellas dos eran niñas, poblado por personas que ya no estaban en sus vidas, el pensamiento que se formó en la mente de Gwendoline fue: Por favor, que sea esta misma habitación, esta misma cama, el lugar en que me encuentre cuando abra los ojos. Junto a ella…

Si bien ese pensamiento nació en ese lugar en que solo el subconsciente entiende lo que está sucediendo, un miedo muy justificado lo acompañaba. Gwendoline había perdido demasiadas cosas a lo largo de los últimos dos años: su madre, su libertad para ser quien quería ser, sus amigos… Incluso había llegado a perder a Sam. Ese año había sido duro, pero había recuperado uno de los pilares más importantes para ella. Y había descubierto hasta qué punto necesitaba estar a su lado.

Por favor… no quiero despertarme en ningún otro sitio. Y si estoy soñando… dejadme soñar, pidió en silencio, mientras poco a poco se dormía, abrazada a lo más precioso que jamás tendría en su vida.


Al día siguiente

09:30 horas

Aquella mañana, el deseo que había formulado mientras se quedaba dormida se hizo realidad. Y es que Gwendoline abrió los ojos en el mismo instante en su sintió la caricia de los labios de Sam en su cuello. Se giró para buscarla, dándose la vuelta en la cama, y cuando tuvo frente a ella su rostro, sonrió ampliamente. Recordaba vagamente el miedo que la había asaltado durante la noche anterior… y descubrió que no se había marchado. Estaba feliz por tenerla… pero temía con todas sus fuerzas el perderla.

Alejó ese miedo entregándose a sus labios una vez más, para luego abrazarla con todas sus fuerzas. Quizás deberían haberse levantado de la cama, pero no lo hicieron. Aprovecharon todo lo que pudieron aquellos momentos, juntas, hasta que el mundo real acabó imponiéndose, y Sam cayó en la cuenta de que debía volver a su casa.

Ojalá esta fuera tu casa, pensó Gwendoline, pero no dijo aquello en voz alta. Se limitó a sonreírle, todavía sentada en la cama, y a desearle buenos días. Más tarde volverían a verse y disfrutarían de un precioso día juntas en medio de la naturaleza.

Aquella hora, aproximadamente, que la morena pasó con la única compañía de su gato, la invirtió en pensar. Pensar en Sam, pensar en todo aquello por lo que había pasado su amiga, y deseando que jamás volviera a ocurrir algo así. Se dio cuenta de que en un momento dado se había puesto muy melancólica, pensando lo peor, temiendo lo peor. No era para menos, ciertamente: en los tiempos que corrían, aquella felicidad que sentía podía desvanecerse con un chasquido de dedos. Mientras hubiera gente horrible ahí fuera, como los Crowley, nunca podrían vivir realmente tranquilas.

Chess interrumpió aquel tren de pensamiento que se dirigía hacia una colisión con un maullido, reclamando su atención desde la encimera de la cocina. Gwendoline dio un respingo, compuso una sonrisa y acarició al gato.

—¿Tienes hambre? Ahora mismo te preparo el desayuno.—Le dijo mientras rascaba su lomo con los dedos.—¿Sabes? Tengo miedo.—Confesó, poniéndose un poco más seria.—Hacía mucho tiempo que no era tan feliz. Creo que desde la universidad. O quizás algo después. Y entonces todo cambió.—Dedicó una mirada a Chess, que la observaba ladeando la cabeza.—¿Y si vuelve a ocurrir algo horrible? ¿Y si todo esto que siento me es arrancado, igual que entonces? No quiero que eso pase...

La respuesta de Chess no pudo ser más elocuente: el gato, que a veces parecía humano de lo sensible que llegaba a ser, se le acercó y comenzó a frotarse con su brazo. Gwendoline no pudo seguir seria más tiempo: sonrió, rodeó al gato con su brazo y depositó un beso sobre su cabeza.

—Sí, tú también me haces feliz. ¿O te creías que no?—Aquello era innegable: cuando Hemsley había amenazado la vida de Chess, Gwendoline había sacado fuerzas para resistirse a su influencia sobre ella. Y Chess había sido el responsable de que Gwen subiera el primer peldaño en la escalera que la sacaría de aquel pozo en que se había sumido después del cambio de gobierno.


11:03 horas

Atuendo

Gwendoline contempló el hermoso paisaje que apareció ante sus ojos nada más aparecerse, de la mano de Sam y sujetando su bicicleta, en el bosque. Sonrió ante la belleza que se extendía ante sus ojos, los árboles allá adelante, las montañas en el horizonte como fantasmas en medio de la bruma. ¿Que si le gustaba? Aquel lugar era el paraíso.

—Es precioso. Se respira la paz que reina aquí.—Dijo Gwendoline, adelantándose un par de pasos. Contempló la belleza que las envolvía, escuchando el canto de los pájaros y sintiendo la suave brisa fresca acariciando su piel.—Así que este era uno de esos lugares...—Gwendoline, todavía sujeta de la mano de Sam, se acercó casi al borde del risco de piedra sobre el que estaban situadas. Sintió un poco de vértigo al hacerlo, pero igualmente mereció la pena con tal de contemplar aquella belleza.—Estoy segura de que por la noche, este sitio debe dar más miedo que ahora.—Añadió, con una sonrisa divertida, imaginándose a Sam y a sus animales viviendo allí, refugiándose en lugares como aquel. Se volvió hacia ella, todavía sonriendo divertida.—Y dime, Sam de la Jungla, ¿qué tal es la vida en la naturaleza?—Le preguntó, burlona, intentando no dejarse llevar por el drama de la vida de una fugitiva. Prefería que Sam le contara los aspectos más graciosos y divertidos.

Tras contemplar aquel paisaje de ensueño durante unos segundos más, y mientras Sam se preparaba para iniciar el paseo en bicicleta, Gwendoline se acercó a su propia bici y se ajustó bien la mochila, como había hecho Sam. Entonces, pasó una pierna por encima de ésta, se acomodó en el sillín, y comenzó a pedalear tras Sam. Tenía que reconocer que iba un poco nerviosa, pues… lo suyo era caerse de las bicicletas.

—¡Eh, Sam!—Dijo mientras ambas pedaleaban a través de uno de aquellos senderos formados de manera natural por el paso del hombre a través de aquellos bosques tan hermosos.—¡Quiero que sepas que si te emocionas y decides echar una carrera, no voy a seguirte! Si hago eso, acabaré en el suelo, ya lo sabes!—Sonreía, diciendo la verdad. Tampoco se imaginaba a Sam proponiendo una carrera, teniendo en cuenta su mala suerte.
Gwendoline Edevane
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Sam J. Lehmann el Sáb Ene 05, 2019 4:40 am

Teniendo en cuenta el motivo por el cual Samantha se había visto obligada a ir a ese tipo de sitios a esconderse, no es que les tuviese un gran aprecio, pero al menos sabía reconocer que era uno de los más bonitos en los que había estado. Así mismo, tampoco respiraba esa ‘paz’ de la que hablaba Gwendoline, pues relacionaba todos esos sitios a vivir con miedo. Sin embargo, ese día que en vez de estar acompañada de una caseta de campaña, un gato, una lechuza y un cerdito, se acompañaba de Gwendoline y un par de bicis, las percepciones habían cambiado bastante. Para empezar, no lo veía como un lugar potencialmente peligroso sólo porque ella estuviese ahí, sino que lo veía como un lugar ideal para el plan que tenían en mente. Y es que, por mucho que todavía viviese con miedo—algo inevitable para ella en sus condiciones—desde que había rehecho su vida con Caroline y Gwen, había recuperado sus ilusiones en tener una vida normal y disfrutar hasta los más mínimos detalles.

Asintió con convicción ante su comentario. —Daba mucho, mucho miedo. Debía de tener mucha fe en la eficiencia de mis barreras protectoras —le respondió con diversión, acordándose de aquellas noches oscuras, en donde el sonido del viento rompiendo ramas, los aullidos de los animales o la simple lluvia eran los protagonistas de las paranoias de Samantha. —Pero bueno, evitaba salir de noche: ya no solo por miedo, sino también por el frío. El interior de mi tienda era muy agradable y acogedor... aunque creo no te lo he enseñado nunca. —Lo dijo de esa manera porque estaba bastante segura de que desde que volvió a recogerla después de recuperarse de lo de los Crowley, encontrándosela en un estado deplorable allí en donde había sido su último lugar, no la había abierto nunca más después de arreglarla un poco. No le tenía trauma ni nada, sencillamente no le había hecho falta. La verdad es que esa tienda había sido para ella como un hogar, aunque hubiese tenido la mala suerte—otra vez—de haber sido un hogar en donde cualquiera parecer tener más poder que ella.

Su atención la captó de nuevo ‘su amiga’ con ese mote tan gracioso, preguntándole cómo era vivir en la naturaleza. —Oye, pues tenía su encanto, ¿eh? —respondió, sin intenciones de hacer aquella contestación ningún drama ni falso ni real. La verdad es que estaba de demasiado buen humor como para ponerse a pensar precisamente en las cosas malas. O sea, después de la maravillosa noche que había pasado con Gwen y esa mañana todavía mejor, ¿cómo iba siquiera a pensar en cosas feas? —Bueno, tiene su encanto porque gracias a Merlín tengo el don de la magia. Ese don que dicen los que están en el poder que robé. —Zarandeó la mano, como si fuese un secreto que recientemente le había confesado a Gwen. —Menos mal que la tienda mágica tenía facilidades para la higiene, la comida y todo eso, porque si no sí que hubiese sido una pesadilla. Pero no sé, fue una experiencia agradable dentro de mis limitaciones. Recuerdo haber ido a la Biblioteca General de Picadilly a buscar un libro sobre bayas porque en una de las ocasiones, no en este lugar en específico, me encontré con arbustos con bayas y quería ver si eran comestibles o si iba a terminar vomitando  hasta el alma. Para mí eso era oro, ¿sabes? ¡Comida gratis! —dijo divertidísima. —Recuerdo haberme informado sobre setas y frutos. Y también era de esas que se colaba en las tierras de los pobres agricultores a robarles alguna que otra fruta. Ahí perdí todo mi karma positivo, definitivamente —continuó diciéndole, con un tono de voz de lo más animado y alegre. Y es que, pese a todo lo malo que pudiera haber detrás, Sam había vivido sin duda alguna una de las aventuras más emocionantes de su vida y ahora que era consciente de que aquella etapa había salido bien, en realidad la veía con otros ojos. —La magia no la habré robado, pero comida sí. Por eso sí podría juzgarme el nuevo gobierno: hurto de alimentos a muggles.

De verdad que como Gwendoline le diese bola con ese tema, Sam podría contarle millones de situaciones y anécdotas muy graciosas, todas bien alejadas de cualquier tema relacionado con su vida como fugitiva, en el ámbito feo de la palabra. Sin embargo, había que admitir que Sam había tenido muchas vivencias en ese estado de supervivencia y muchas veces había tenido que lidiar con problemas que, como es normal, una persona acomodada y con techo como siempre había sido ella, no había tenido. Algunas habían sido difíciles, pero otras muy graciosas.

Pero la verdad es que las ganas de subirse a la bicicleta fueron mucho mayores y la rubia no tardó en ser la primera en colocarse. No recordaba de mucho de aquella zona, pero sí que tenía en mente un lago en la zona baja, entre las montañas más cercanas. En principio—y si no se perdían por el camino—esa era su meta más cercana. Estaba lejos, pero ella estimaba que llegarían para comer. Así que sendero abajo, con cuidado, se trasladaron en bici por todo el bosque. La voz de Gwen llegó, a lo que sonrió, frenando un poco para quedarse a su altura, pues iba primera. —Lo sé, mi florecilla, las bicicletas no son tus mejores aliadas, no voy a propiciar que te mates. Además… ¿yo, competitiva? ¿En qué mundo? —preguntó con sarcasmo, haciéndose la loca, como si Samantha Lehmann  y la competitividad jamás en la vida hubiesen sido compatibles.

El viento en su cara, la intensidad con la que pedaleaba, esos reflejos que tenía que tener para esquivar piedras o baches… todo le recordaba a otra época diferente y le hacía sentir bastante libre el hecho de algo tan natural y despreocupado en su vida. De hecho estuvieron en silencio un buen rato, aprovechándose de aquella agradable sensación, del silencio y sencillamente de lo guay que era aquello. En un momento dado pasaron por un camino mucho más estrecho, por lo que Sam se adelantó un poquito para ponerse bien por delante y no estorbar a Gwen. El camino se hizo un poco molesto porque se volvió pedregoso, por lo que frente a eso, Sam se puso en pie sobre los pedales mientras seguía pedaleando, ya que no había nada más incómodo que ir con el culo en el sillín con tanto bache. Pero de repente, escuchó como detrás la bicicleta de Gwendoline derrapaba, para entonces escuchar la caída.

Sam puso los pies sobre el suelo y derrapó—aunque ella controladamente—para girarse y ver a Gwendoline en el suelo haciendo a saber qué clase de contorsionismo con la bicicleta. Quizás si la hubiese visto caer se hubiera reído un poco, pero la verdad es que ahora mismo se bajó de la bici y la dejó suavemente contra el suelo antes de ir hacia Gwen. Sam se había caído mucho de la bicicleta durante sus años en Londres y sabía lo mucho que podía doler, así como las heridas feas que te podías hacer. —¿Estás bien? —le preguntó, preocupada. —¿Te has hecho daño? —Le tendió la mano para ayudarla.
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Gwendoline Edevane el Sáb Ene 05, 2019 4:04 pm

Como solía sucederle a cualquier persona acostumbrada a la vida en la ciudad, Gwendoline encontró aquel paisaje natural pacífico, hermoso y casi idílico. Sin embargo, ella no había tenido que vivir nunca la persecución que había seguido al cambio de gobierno, más allá de ser juzgada para determinar si era una ‘traidora’—término cuanto menos risible, teniendo en cuenta que eran precisamente los traidores quienes llevaban a cabo aquellos juicios—o si por el contrario formaría parte del nuevo gobierno. No se había visto obligada a vivir en lugares así, a abandonar la comodidad de su hogar por no considerarlo seguro, a dormir con un ojo abierto y temiendo por cada sonido que llegara a sus oídos…

Sam confesó que la noche allí daba mucho miedo, y la morena no le quitó la razón: jamás había dormido al raso en un bosque, pero sí había visto representaciones de ello en las películas. Y si incluso en una casa, por la noche, la imaginación se disparaba y otorgaba a cada sonido o sombra un carácter peligroso, Gwendoline no quería ni imaginarse lo que sería pasar una noche en el bosque, atenta a cada crujido de ramas, cada sonido de animales desconocidos, y eso sin contar la presencia de posibles mortífagos, carroñeros y cazarrecompensas.

—No, la verdad es que nunca me has invitado a tu pequeño hogar móvil.—Respondió Gwendoline con una sonrisa, todavía contemplando las hermosas vistas que tenía por debajo desde el borde del risco.—¿Cuándo vas a mostrarme tu estilo de vida de entonces?—La morena sonrió y utilizó un tono de voz burlón. Quería aligerar lo más posible la situación por todo lo que implicaba hablar de aquella época. Porque, a diferencia de Beatrice, que parecía haber estado de excursión año y medio, Sam sí lo había pasado mal. Mucho.

Continuando con la broma, Gwendoline otorgó a Sam un nuevo mote: Sam de la Jungla. Y es que no todos los días una podía decir que había pasado meses viviendo en la naturaleza. Si algún día sus vidas volvían a ser normales, y la rubia era capaz de dejar atrás todo lo malo que había traído consigo aquel tiempo, podría considerarlo una experiencia gratificante. O eso creía Gwen, y siguió creyéndolo aproximadamente hasta que Sam mencionó la higiene. Y, como si recibiera una pedrada en medio de la frente, Gwendoline cayó en la cuenta de algo muy importante y en lo que no había reparado hasta entonces: el cuarto de baño. Y es que las películas solo mostraban lo bonito de irse de acampada, y no lo feo. ¿Y qué había más feo que tener que buscar un lugar alejado de tu tienda de campaña, lo bastante escondido para que nadie te vea, y bajarte los pantalones para hacer tus necesidades en medio de un bosque? El frío, el miedo de que alguien te descubriera en ello, que ese alguien no fuera precisamente una buena persona… Y todo ello sin contar con la ausencia de papel higiénico, claro.

Gwendoline agradeció mentalmente las pequeñas comodidades de la vida. Especialmente el papel higiénico, ese invento tan maravilloso.

Sam prosiguió con su pequeña explicación, y a duras penas Gwen pudo dejar atrás ese pequeño trauma. La comida también era un problema, pero de alguna manera, Gwendoline se sentía más inclinada a pasar hambre un par de días que a tener que hacer sus necesidades en medio del bosque. Y más si, como decía Sam, en el bosque podían encontrarse más cosas comestibles de las que una creía.

—Lo cierto es que todo lo que me cuentas suena apasionante visto desde fuera, y más si tenías un inodoro.—Sí, de acuerdo, aquel pensamiento le había causado un trauma. Pero es que el ser humano da por hechas muchas cosas, y los inodoros eran una de esas cosas.—Porque no me puedo imaginar situación más terrible que no tener un maldito inodoro.—Le había salido su vena más inglesa al pronunciar aquella palabra tan típica de los ingleses (bloody). Y después de decirla, fue incapaz de contener la risa.—¿Qué te parece si algún día me llevas de acampada a la vieja usanza? Quiero saber cómo fue todo aquello para ti… Si quieres, claro.—Lo dijo con mucho cuidado, pues tampoco quería pecar de insensible ni tratar a la ligera un tema que, seguramente, para ella era muy sensible. Así que añadió:—Pero podemos saltarnos la parte de robar comida. No sé si los que te llaman ladrona de magia podrán juzgarnos por robar comida, pero no me apetece que nos pille la policía haciéndolo.—Acompañó aquellas palabras con una sonrisa. ¡Quién las viera! Arrestadas por robar chocolate en un supermercado… siendo brujas. Sería muy penoso.

Así que comenzó el pequeño paseo a través de los senderos de montaña en un medio de transporte accionado a pedales y que solamente tenía dos ruedas. El equilibrio era algo fundamental en aquel medio de transporte concreto, y Gwendoline solía mantenerlo… pero tarde o temprano acababa cayéndose. Siempre le había ocurrido: cada vez que había cogido una bicicleta en su vida, había terminado en el suelo. Así que manifestó sus inquietudes, a lo que Sam redujo un poco la velocidad para ponerse a su lado.

¿Que Sam no era competitiva? Gwendoline se apostaba lo que fuera a que, si ella proponía una carrera al grito de ‘Heterosexual la última’, Sam saldría pedaleando detrás de ella hasta adelantarla… y más allá. Pero prefirió no tentar a la suerte. No con su suerte.

Gwendoline se permitió durante algunos segundos disfrutar de la tranquilidad y la fría brisa acariciando su rostro. Lo cierto era que aquello no estaba tan mal, y se sentía muy bien. Tan bien que se atrevió a cerrar los ojos y… ¿qué no se debe hacer nunca cuando montas en bicicleta? Pues eso: bajo las ruedas de la bicicleta, el terreno empezó a volverse pedregoso, y la bicicleta empezó a pegar botes sin control. Gwendoline abrió los ojos, muy tarde, para comprobar que, efectivamente, el sendero estaba salpicado de piedras. Intentó frenar, pero lo único que consiguió fue derrapar sin ningún tipo de control y caerse de la bicicleta.

El impacto contra el suelo fue aparatoso, y la bicicleta se enredó con sus piernas. La parte más afectada por el golpe fue su trasero, blando y apenas cubierto con las mallas. Por segunda vez ese día, Gwendoline utilizó una expresión muy inglesa: maldición (bloody hell). Y empezó a pelearse con la bicicleta.

—Estoy bien, estoy bien.—Respondió a Sam cuando ésta se acercó para ayudarla. Mientras lo hacía, se peleaba para sacar la pierna izquierda de debajo de la bicicleta.—Solo a mí se me ocurre confiarme mientras monto en una bicicleta...—Gwendoline y las bicicletas: enemigas mortales. Tomó la mano de Sam, y con su ayuda se puso en pie.—Estoy bien… pero me duele el culo.—Se frotó la zona afectada con la mano que no sostenía la de Sam.—Seguro que ya conoces y aplicas este consejo, pero… nunca cierres los ojos mientras vas en bicicleta. ¡Soy idiota!—Gwendoline puso expresión de dolor mientras se frotaba, literalmente, el culo. Más concretamente, la parte más afectada era la nalga izquierda.

Se apresuró a restarle importancia al tema, riendo. Bastante estúpida había sido la caída, y el motivo más estúpido aún. ¿A quién se le ocurría cerrar los ojos montando en bicicleta? Y eso que había sido Ravenclaw...
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Sam J. Lehmann el Dom Ene 06, 2019 5:06 am

Después de vivir tanto tiempo en una tienda de campaña mágica y volver a la comodidad de una casa con paredes como había sido la de Caroline y la de Gwen, ¿qué necesidad había de llevar a ninguna de las dos a su  tienda de campaña? De hecho, pensándolo fríamente, ni Caroline había estado, sólo la vez que la acompañó a recogerla. Pero estar, en plan quedándose, nunca. Sin embargo, el simple hecho de no hacerlo era sencillamente porque no había ocurrido el momento. —Pues cuando tú quieras —le respondió con sinceridad a mostrarle ‘el estilo de vida’ que tenía Sam entonces, el cual se entendía que se refería a cómo vivía en la caseta de campaña mágica con la que se había hecho. O más concretamente, cómo era ese hogar. Dudaba mucho que Gwen quisiese experimentar una de esas noches en mitad de una montaña a saber a cuántos kilómetros de vida humana mientras caía un torrente de agua sobre ellas y cualquier ruido te hacía pensar que ibas a morir. Eso no, eso es feo. Pero en sí la tienda de campaña te ofertaba unas comodidades muy acogedoras, sobre todo para cuando querías ir a algún lugar alejado y tener tu momento de zen. Para eso estaba segura de que servía: huir y meditar, en mitad de ningún sitio. Pero no huyendo, simplemente porque quieres estar ahí.

Rió cuando mencionó al inodoro, pues era un bien muy preciado que la gente no valoraba en absoluto, para que entonces ofreciese esa idea de ir de acampada a la vieja usanza, a lo que Sam enarcó una ceja. —Eso de vieja usanza me suena a caseta pequeña, agobiante y sin inodoro, así que supongo que te refieres a mi increíble método mágico con el plus añadido en comodidades, ¿no es así? —Le mostró una sonrisa, de lo más risueña. —En realidad te hablo en serio, cuando tú quieras. Yo es que nunca sé cuándo es el momento adecuado para esas cosas porque yo vivo en un continuo espacio tiempo de estrés en mi vida, ¿sabes? —Confesó, sin ningún tipo de seriedad, sino más bien natural y jovial. —Tú eres la trabajadora respetada del Ministerio de Magia que está cursando a la par una carrera universitaria, ¿cuándo puede sacar usted tiempo de su ajetreada agenda para irnos de acampada y que le pueda mostrar mi hogar móvil cargado de comodidades como lo es un inodoro? —Curvó una pequeña sonrisa.

Comenzó entonces el pedaleo montaña abajo, sin que pasara nada malo. En realidad aunque Gwen fuese mucho más torpe con Sam con la bicicleta, sabía montar bien, lo que pasa es que el dichoso monte era más peligroso que nada. Podría haber barro, partes húmedas que te hiciera resbalar, piedras con las que chocar, baches… Y había que ir con todos los sentidos bien afinados o podrías terminar por irte de boca contra el suelo, en el peor de los casos. Así que cuando Gwendoline se cayó, Sam no tardó en ir a ver si estaba bien, pues entre las posibilidades de una caída de bici había muchísimas probabilidades de que fuese algo grave. Sin embargo, fue algo suave y al parecer sólo le dolía el culo. La rubia—¡que por fin por un día podía ir de rubia de verdad porque no era Amelia Williams sino Samantha Lehmann!—alzó una de sus cejas mientras sonreía. —¿En serio cerraste los ojos mientras ibas en bicicleta? —preguntó, seria, sin evitar soltar un matiz divertido. —¿Estás segura de que fuiste Ravenclaw y no me has estado engañando toda la vida sólo para conseguir ser mi amiga y quince años después enredarme para enamorarme? —Le señaló con el dedo índice acusador de su mano libre. —Porque no me creo que una Ravenclaw cierre los ojos yendo en bicicleta. Y no eres idiota. —Le dijo, mirándola cariñosamente, llevando sendas manos a su rostro. —Bueno un poco idiota sí que eres… —Besó sus labios con suavidad, parar separarse tras unos pocos segundos. —Pero hoy te lo perdonamos. Tú asegúrate de mantener los ojos bien abiertos a partir de ahora, que sabes que yo no puedo llevarte a San Mungo.

Y dejando de lado el humor, se centró entonces en la herida, ya que al ver que no era tan grave, lo había dejado estar. —¿Está bien entonces? ¿Fue golpe de moratón o de raspón? —Y, a riesgo de que Gwen se pusiese como un tomate y, en cierta manera, sintiéndose divertida por ese hecho, no pudo reprimir el siguiente comentario: —Luego te puedo echar cremita y te doy un masaje de culo. —Y se mordió el labio para no reír, aunque su rostro contraído de la risa hablaba por sí solo. —Bueno vamos… —Y se agachó para levantar la bicicleta de Gwendoline y dejarla a su lado. —Que nos espera un lago precioso ahí abajo, pero me tienes que llegar de una pieza.

Volvió a su bicicleta y se subió, pero antes de emprender camino, cuando Gwendoline se puso a su lado, Sam le hizo una señal con las manos: se señaló sus ojos y los abrió mucho, dándole a entender que es lo que debía de hacer, evidentemente en broma. Tras reír, continuaron con el camino.

Sam volvió a ir la primera, a un ritmo bastante tranquilo, ya que no era en absoluto fanática de la velocidad. De hecho no hay más que ver cómo va a diez kilómetros horas con el coche de Gwen en sus clases de conducción. Era más un paseo que realmente ejercicio, pero al final lo único que ella quería era precisamente eso. Y en realidad por mucho que disfrutase en bicicleta, tenía ganas de llegar al lago para poder hablar con ella en paz, en mitad de ningún sitio. Recordaba aquel lago muy bonito, justo en la falda de una de las montañas, en mitad de varias, escondida por la grandísima altura de todo lo que quedaba alrededor. El lago estaba rodeado de todo césped y Sam tenía un recuerdo muy nítido de estar andando por allí en compañía de sus animales que, ajenos a todo en esta vida, vivían con su propia ilusión. La lechuza volando libre por el cielo, el cerdito sintiéndose cerdito de verdad mientras se revolcaba por todos lados y corría de un lado para otro y Don Gato tan cascarrabias como siempre en manos de Sam porque no quería humedecerse las patitas con el césped. De hecho hasta se acordaba de las conversaciones que había tenido con sus animales en aquel momento y el motivo de su reflexión. No la juzguéis, al fin y al cabo... mejor hablar con animales para evitar volverte loca que hablar con los animales porque ya estabas loca.

Y no sé, era un buen recuerdo de aquella época. Tenía unos cuantos, en realidad, lo que a veces pasaban muy desapercibidos.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Dom Ene 06, 2019 2:56 pm

Con respecto a la vida de Sam durante esos dos años que habían pasado separadas, Gwendoline tenía muchas dudas. Sabía que había sido una época horrible en muchos sentidos, y por ese mismo motivo no presionaba a Sam para que le contase nada. La rubia iba ofreciendo de cuando en cuando pequeñas pinceladas de aquella vida, casi con cuentagotas, y la morena se conformaba con ello. Sin embargo, por horrible que pudiera ser aquello que le contase Sam, Gwen siempre sentiría mucha curiosidad. ¿Qué cosas habría visto? ¿Qué cosas se habría tenido que ver obligada a hacer? ¿Cómo había vivido todo aquel tiempo? ¿Qué clase de gente había conocido? ¿Había tenido apoyos o estaba ella sola contra el mundo?

Sentía que la única manera de conectar con ella en ese sentido, de alcanzar una especie de comunión con la Sam del pasado, era visitar algunos de aquellos lugares en que había pasado tanto tiempo, mientras se escondía. Y no tenía ningún problema con la naturaleza: de hecho, le gustaba mucho la naturaleza.

Sonrió ante el comentario de Sam con respecto al ‘método mágico con plus de comodidad’, para luego adoptar una expresión pensativa. ¿Cuándo sería un buen momento? A Gwen no le gustaba pensar que su trabajo—y su vida en general—era un impedimento para poder estar con Sam. Así que tras sonreír a otra de las bromas de su amiga—eso del estrés tenía más de verdad que lo que su tono de voz podía indicar—, Gwendoline dijo sin pensar.

—En el momento en que su melocotón lo pida, Florecilla sacará tiempo para lo que sea.—Estaba utilizando una entonación que recordaba a la de los caballeros de las películas medievales, e incluso hizo una reverencia muy exagerada.—Aunque si melocotón lo pide con antelación, mucho mejor, pues así Florecilla podrá notificarlo como es debido a su jefe.—Añadió, rompiendo un poco la magia, y no pudiendo evitar romper también a reír. Cualquiera que la viera desde fuera pensaría que estaba loca de remate.

Mientras algunas familias tenían tradiciones anuales en fechas señaladas, como podían ser Navidad, cumpleaños y demás, Gwendoline tenía su propia tradición que cumplir: acabar en el suelo cada vez que se subía a una bicicleta. Desde pequeña le pasaba, y si bien llevaba años sin subirse a una, no había abandonado la tradición. En este caso, el motivo había sido que se confió, cerró los ojos… y ocurrió el desastre. Se encontró dando botes sin control sobre el sillín, manejando el manillar muy a duras penas, y finalmente derrapando y terminando con las posaderas en el suelo.

Sam acudió en su ayuda, y Gwendoline se levantó de la mano de la rubia, frotándose la zona, a priori, más afectada por el golpe: su nalga izquierda. Y confesó lo que había hecho: cerrar los ojos como una idiota. Se había sentido tan bien en lo alto de aquel traicionero medio de transporte muggle que había pensado, por un breve momento, que bicicleta y mujer habían alcanzado la categoría de amigas. Me has traicionado cuando ya creía en ti, pensó mientras le dedicaba una mirada de soslayo a la bicicleta.

Sam, habiéndose asegurado de que Gwendoline estaba bien, dio comienzo al festival de la mofa. Su objetivo era picar a la morena, y lo estaba consiguiendo. Sentía cómo se ponía roja y ya estaba abriendo la boca para protestar. Entonces, la rubia puso ambas manos en su rostro, y tras una nueva broma le dio un beso en los labios. ¿Y qué pensó Gwendoline? No es justo.

—¡Oh, vamos! No es justo.—Protestó Gwendoline de forma teatral, mientras miraba los ojos azules y preciosos de Sam.—Has encontrado otra manera de acabar con las discusiones. Por Whatsapp utilizas el emoticono del cerdito, y ahora en la vida real me besarás solo para dejarme sin palabras. No es nada justo...—Decía esto, pero al mismo tiempo sonreía, un poquito sonrojada, mientras acercaba su rostro al de Sam para besarla otra vez.—No es justo.—Dijo cuando separó sus labios de los de ella, para acto seguido darle otro beso.

¿Estaba bien? Sin duda. Le dolía la zona afectada por el golpe, pero era lo que cabía esperar tras una caída. No sentía que tuviera nada roto, ni mucho menos. De todas formas, se echó un vistazo y a simple vista solo pudo ver un montón de mugre en sus mallas deportivas. Debía haberse arrastrado un metro al caer, llevándose consigo una buena cantidad de tierra húmeda en el proceso. Su anorak también estaba un poco sucio, en la manga izquierda y la parte baja del costado, pero nada más.

—Sí, estoy bi… ¿qué?—Gwendoline, que se revisaba las palmas de las manos—las notaba laceradas, aunque al mirarlas no encontró heridas, solo suciedad—, alzó la vista y abrió los ojos como platos. Se sonrojó un poco ante lo que Sam dijo de su culo, y aún a pesar de que la rubia estaba aguantándose la risa, Gwendoline sintió un acceso de vergüenza.—¡Pero Sam!—La morena resolvió la situación dando un suave manotazo en el brazo a la rubia, con un mohín en su sonrojado rostro.—¡Eres el mal en estado puro! ¡Te encanta que me ponga como un tomate!

A pesar de todo, cuando volvía a tener las manos sobre el manillar de la bicicleta, Gwendoline sonreía. De hecho, cuando Sam se dio la vuelta y pasó una pierna por encima de la bicicleta para montarse, Gwen no pudo evitar echar un vistazo al trasero de ‘su amiga’. Un trasero precioso y bien marcado por las mallas que llevaba puestas. Le pareció una imagen preciosa, y se preguntó qué se sentiría al acariciarlo… hasta que se puso roja ante su propio pensamiento y decidió alejarlo. Nunca había tenido pensamientos así hacia nadie, y tenerlos con respecto a Sam todavía la hacía sentirse un poco contrariada.

Reanudaron la marcha en dirección al famoso lago del que Sam le había hablado, y Gwendoline procuró en esta ocasión ir con los ojos abiertos. Antes de ponerse en movimiento, Sam le indicó con un gesto que mantuviera los ojos abiertos. Gwendoline puso los ojos en blanco, negando con la cabeza con falsa ofuscación.

Mientras pedaleaban, Gwendoline encontró oportuno mencionar algo a lo que no había sido capaz de responder a causa de la nueva técnica de Sam para ganar discusiones, tan injusta—y eso que todavía no habían empezado a tener sexo—como infalible. Así que alzó la voz para hacerse escuchar por encima del sonido del viento en sus oídos.

—Todavía me ofende un poco tu pregunta. Es decir, ¿en serio crees que no soy digna de Ravenclaw? ¡Estamos hablando de la casa que aceptó a Beatrice Bennington! Si el Sombrero Seleccionador cometió un error en algún momento, fue ese. Beatrice una Ravenclaw, claro...—Gwendoline, especialmente en base a los acontecimientos más recientes, se sentía personalmente ofendida: la menor de los Bennington no había mostrado a lo largo de su vida otra cosa que no fuera irresponsabilidad, y comportamientos infantiles. Hablando de lo cual...—¿Falta mucho para llegar?

El colofón perfecto para aquella línea de pensamiento: un comentario propio de una niña pequeña sentada en el asiento trasero del coche de sus padres que ansiaba llegar a Disney World lo antes posible.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Lun Ene 07, 2019 4:20 am

Cuando la llamaba Melocotón y Sam la llamaba Florecilla, pues… ¿qué iba a hacer? Pues enamorarse de lo mono que sonaba todo y de lo adorable que eran esos motes. Tan bonito que sonaba de sus labios que hasta se le pasó la fea evidencia de que le había devuelto esa ‘decisión’ de elegir un día para una acampada. Y era una mala costumbre de las amistades, aunque uno no la notase: devolver una decisión que te han preguntado. Elige tú, no, elige tú. Y al final nadie elige. —Oye, que ha sido tu idea que te lleve de acampada y eres la señora ocupada, es justo que elijas tú el día y yo me encargo de prepararlo todo—le respondió. Y es que los jefes de Sam eran un amor y no tendrían problema en que cogiese los días libre cuando quisiera, mientras que las cosas en el Ministerio de Magia eran más formales y tediosas. —En serio, tú avísame cuando te apetezca y puedas y organizamos algo chulo, cuando tú quieras —le dijo, ya un poco más seria. No había que olvidar que no hacía mucho que Gwen había salido de esa situación tan horrible junto a Hemsley y lo mejor es que, aunque pareciera que ya todo estaba bien, ella tomase ese tipo de decisiones cuando le apeteciese de verdad.  

Para Samantha no era justo ese ‘elige tú’ que solía crearse cada rato frente a una decisión, mientras que a su florecilla lo que no le parecía justo es que la besara para dejarla sin palabras. Que oye, a Sam le parecía muy justo, muy bonito y muy necesario: ¿de qué valía discutir? De nada, discutir era feo y lo odiaba. Es por eso que no dijo nada, solo se mantuvo sonriente mientras la besaba dos veces más, pensando en que después de tantos años, había dado con el mejor método para callar sus palabras sin duda alguna. Y claro, haciendo gala de su alegría en ese momento y de lo mucho que le encantaba ver a Gwendoline de esa manera tan tímida frente a situaciones que claramente le cogen por sorpresa, no pudo evitar decir lo del masaje. Fue bonito mientras duró, hasta que se dio cuenta de que no era más que otra broma de Sam con un claro objetivo. —¡Pero Gwen! —Respondió cuando le dio ese manotazo de reproche. —¡Me encanta que te pongas como un tomate, qué le voy a hacer! —Añadió en el mismo tono, imitándola, riéndose justo después.

Ya subidas en la bicicleta y de nuevo en el camino en dirección al lago, volvió a escuchar a su amiga. De manera totalmente inconsciente, rebajó un poco la velocidad para poder quedarse a su lado, aprovechando que el sendero era ancho. De verdad, ¿cómo podía pensar que de verdad Samantha podía creer que no era una Ravenclaw digna? De todas sus amigas, era sin duda que—en su opinión—tenía todas las cualidades que exigía Rowena. Y es que para ella por ejemplo Caroline tenía un coraje muy admirable que si fuese posible podría pertenecer incluso a Gryffindor. Y bueno, Beatrice tenía mucho de Hufflepuff. Indudablemente las dos eran Ravenclaw sin ningún tipo de duda, pero precisamente Gwen creía que era la que más cumplía con todos los requisitos y menos pegaba en el resto de casas, dejando de lado claro, que tanto Sam como Gwen, podían haber sido unas Hufflepuff muy empollonas. —¿Cómo voy a dudar de que eres una digna Ravenclaw? ¿Quién me acompañaba hasta horas intempestivas en al sala común mientras leíamos cosas fuera del temario por placer? ¿Y a quién le pedí sus apuntes de séptimo cuando se graduó porque confiaba en sus amplios conocimientos sobre la vida? —Preguntó con retórica. —Anda que…

Y la miró con sorpresa ante esa pregunta tan de niño de cinco años, cansado en el asiento trasero del coche, desviando la mirada hacia ella durante un momento tras cerciorarse de que no había ningún árbol delante en su trayectoria. —Pero bueno, florecilla, ¿ya te cansaste? Podemos hacer una pausa, aunque estimo que en quince minutitos llegaremos, más o menos —le dijo, un poco a ojímetro.

Ella, como buen chico de cinco años cansado en el asiento trasero del coche, decidió esperar y veinte minutos después ya vieron el lago. Vale, bien, no habían sido quince, pero casi. Sam le señaló el lago de lejos con una de sus manos y en unos quince minutos más, ya por camino plano, llegaron a la zona más cercana. En realidad no habían sido ni de lejos quince minutos, pero había sido una mentirijilla piadosa, de esas que los padres le dicen al niño para que espere emocionado la llegada a Disney World. Dejó la bicicleta apoyada a una gran roca justo al borde del lago, así como la mochila, para entonces estirar su cuerpo y todas sus extremidades muy enérgicamente. No estaba cansada, en realidad. Teniendo en cuenta lo que corría y el gimnasio, tenía muy buen cardio. Respiró profundamente, sintiendo como le llenaba los pulmones un aire muy puro.

Y entonces se quedó ahí de pie, observando el lago con la mirada perdida. Lo que comúnmente se conoce como pesca. Aquel lago era tan bonito y era tan idéntico a cómo lo recordaba, que parecía que nada había cambiado desde hacía tanto tiempo cuando en realidad lo había cambiado todo. Se quitó entonces el gorrito de la cabeza, para volver a ponérselo tras peinarse un poco y buscar a Gwen con la mirada.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Lun Ene 07, 2019 4:10 pm

¿Por qué dejaba Gwendoline decisiones como aquella en manos de Sam? Muy fácil: de las dos, la morena siempre había sido la más predispuesta a quedarse en casa, a aferrarse al confort de la rutina. No era alocada, sino sensata, y en el fondo odiaba muchísimo esa parte de sí misma. Y es que a veces envidiaba a la gente que, sin ningún tipo de miedo a lo desconocido, hacía la maleta y se marchaba a saber a dónde, a hacer a saber qué. Sentía que esa gente no desperdiciaba ni un solo segundo de su vida. Y ella, mientras tanto, se escudaba en las responsabilidades de su vida.

Así que no fue raro que, cuando Sam respondió afirmativamente a su petición de una acampada, la morena devolviera la pelota al campo de la rubia; por desgracia para Gwen, su amiga también tenía muy buen juego de muñeca, y de nuevo la pelota pasó a su campo. Sonrió divertida, negando con la cabeza, para finalmente alzar ambas manos en un gesto de rendición.

—¡Está bien, está bien! Pensaré en una fecha.—Hizo rodar los ojos, negando con la cabeza.—Siempre consigues lo que te propones conmigo...—Le sonrió otra vez, mirándola a los ojos, para acto seguido darse cuenta de algo importante. Alzó el dedo índice de la mano derecha.—Pero con una condición: que no sea una fecha señalada. Conociendo a Caroline, acabará queriendo convertirlo en tradición anual.—Rodó otra vez los ojos, pero no durante mucho tiempo: al final, volvió a sonreír a Sam. No quería que su amiga la malinterpretara, ni que siguiera creyendo que aún estaba enfadada por lo del cumpleaños de Caroline. Aquello era agua pasada.

Y sí, ciertamente, Gwendoline había incluido a Caroline en el plan a pesar de que ninguna de las dos la había mencionado hasta ese momento. Todavía no pensaba en aquel plan como en una ‘cita’, en algo ‘de novias’. Era normal, teniendo en cuenta que aquel era el segundo día que pasaban ambas brujas como pareja. Le llevaría algún tiempo cambiar el chip, llegar a ese punto en que comprendiera que ya no necesitaban ser un pack de tres para todo.

La aparatosa caída trajo consigo no solo, literalmente, un dolor de culo para Gwen, sino también el lado más troll de Samantha Lehmann: la rubia gustaba de gastarle bromas a la morena, construyendo de esta manera una dinámica entre las dos en que cada una—sobre todo Sam—se mofaba en broma de la otra. Generalmente, no había forma de ganar a Sam, y Gwendoline, chica tímida y reservada por excelencia, terminaba o bien poniéndose roja, o bien picándose con su amiga. Casi siempre era así, y casi siempre era Sam quien ganaba. Ese día no fue una excepción, e incluso en su victoria, Sam continuó mofándose de una Gwendoline roja.

Pero lo cierto es que mucho más roja se pondría más tarde, ese día, cuando estuvieran de vuelta en casa y, efectivamente, Gwendoline tuviera que bajarse las mallas deportivas para mostrarle a Sam la lesión. No era tan sencillo ahora que ambas amigas se veían con otros ojos.

—Te odio.—Declaró Gwendoline, enfurruñada y roja como un tomate, cruzándose de brazos. Dedicó un par de miradas de reojo a una Sam que seguía riéndose. Con fingida indignación, la morena, aún cruzada de brazos, dio la espalda a Sam y levantó mucho la barbilla, muy digna ella.

En realidad, lo de que la odiaba no se lo creía ni ella. Samantha Lehmann era ese troll bueno, gracioso y adorable que se ganaba el corazón de todos los que le rodeaban. Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para mantener ese falso odio hacia ella, o de lo contrario se daría la vuelta y acabaría riendo. ¿Cómo no reír, escuchando el fresco y agradable sonido de la risa de Sam?

Reanudaron la marcha tras comprobar que Gwendoline sobreviviría a tan ‘terrible’ accidente, pedaleando a través de aquellos senderos de montaña que Sam debía conocerse bien tras los largos meses que había pasado viviendo en la naturaleza. Gwendoline, que no perdía detalle de la hermosura natural que las rodeaba—y que intentaba imaginarse cómo sería aquel lugar por la noche, para meterse un poco más en la piel de Sam en aquella época que parecía formar parte de otra vida—, sacó a colación el tema de que Sam no la considerara Ravenclaw. Sabía que su amiga estaba de broma, y ella misma también lo estaba. Lo único que buscaba era seguir conversando… y bueno, defender su honor, claro.

—¡Oh, si ya sé que soy una digna Ravenclaw!—Respondió Gwendoline con una sonrisa divertida en la cara, sin atreverse a quitar la vista del camino por delante de ellas.—Pero supongo que no pretenderías que dejara tamaña insolencia sin respuesta, ¿no?—Gwendoline hizo uso una vez más de aquella frase tan suya, tan de lady inglesa, y que tanta gracia le hacía a Sam.

Respecto a la pregunta, Gwendoline solamente respondió con un encogimiento de hombros—gesto un tanto extraño cuando se va montada en una bicicleta de montaña, encorvada hacia delante—, pues se trataba de una de esas preguntas que una hace simplemente por llenar el silencio. Y es que si bien la naturaleza le gustaba, Gwendoline estaba demasiado acostumbrada al ajetreo y el bullicio de la ciudad de Londres. Resultaba muy complicado encontrarse lugares así en la ciudad, silenciosos y tan llenos de paz.

Tardaron un poco más de lo que Sam había prometido, pero a Gwendoline le dio igual. Pese a su torpeza natural en lo que a ciclismo se refería, la morena logró mantenerse sobre la bicicleta durante el resto del camino. Incluso recordó pequeños trucos que conocía cuando era pequeña: dejar de pedalear cuesta abajo, aprovechar la inercia del movimiento para girar en las curvas, ponerse de pie sobre los pedales en zonas pedregosas… Con todas aquellas lecciones en mente, logró que el viaje fuera más tranquilo.

Gwendoline llegó al lago un par de metros por detrás de Sam, por lo que cuando su amiga estaba ya apoyando la bicicleta en la roca, Gwendoline todavía estaba frenando, deteniéndose suavemente junto a ella. Sonreía satisfecha, al tiempo que se apeaba de aquel peligroso medio de transporte.

—He clavado la frenada. ¿Has visto?—Presumió Gwendoline, cuando muy probablemente su frenada fuera más propia de una principiante que de una persona acostumbrada a la bicicleta. Ella se sentía orgullosa por lo bien que lo había hecho, e igualmente orgullosa aparcó la bicicleta junto a la roca.

Sam se adelantó de nuevo, caminando hacia la orilla del lago, y cuando Gwen se hubo asegurado de que la bicicleta no se caería al suelo, fue a reunirse con ella. La rubia se dio la vuelta, quitándose el gorro de lana, y mientras miraba en su dirección, se alisó un poco el pelo despeinado con las manos. La morena avanzó hacia ella, sabiendo que debería estar mirando el lago y deleitándose con su hermosura, pero en su lugar mirando a la legeremante como si fuera ella la maravilla de la naturaleza que habían acudido a ver.

Cogió ambas manos de Sam con las suyas y le sonrió, para entonces acercarse un poco más a ella, ponerse de puntillas, y darle un beso en los labios. En esta ocasión fue uno largo, uno que la obligó a separar sus manos de las de ella para depositarlas en sus hombros. Uno que le aceleró el corazón y la respiración.

Cuando se separó de ella, acarició suavemente su mejilla, y le sonrió ampliamente, casi de oreja a oreja.

—Qué belleza...—Afirmó, mordiéndose el labio inferior, para luego mirar el lago por encima de su hombro.—Y el lago también es una belleza.—Y rió. Aquel era un comentario muy manido, que en distintas variantes era común verlo en películas románticas. Casi un cliché, pero no pudo evitar soltarlo.—¿Cómo descubriste este sitio?—Preguntó Gwendoline, situándose junto a Sam de cara al lago. Había pasado su brazo derecho alrededor de la cintura de la que ya podía llamar ‘su chica’, con toda la confianza del mundo. Apoyó también su cabeza en el hombro de la rubia, la mirada clavada en el lago.

Aquel momento solo mejoraría con una hermosa puesta de sol ante sus ojos.
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Sam J. Lehmann el Miér Ene 09, 2019 1:31 am

Después de risas, diversión, tranquilidad y un susto por caída, llegaron al lago. Le hubiera encantado presentar al lago con algún nombre espectacular propio de su localización, pero a decir verdad, Samantha desconocía de aquella ubicación era realmente conocida o si era una de esas maravillas escondidas que sólo las personas más aventureras llegaban a encontrar. Lo cual, sin duda alguna, lo hacía más especial.

Se bajaron casi en la orilla, divertidas por una frenada de Gwen que había sido lo más mono y precavido que podía haber sobre la faz de la Tierra. Sin embargo, lo mejor de todo era imaginarse a Gwendoline sobre la bicicleta imaginándose que aquella frenada había sido propia de algún ciclista profesional derrapando contra viento y marea mientras esquivaba algún tipo de objeto punzante mortal con el que habría podido perder la vida. Pero no, no había nada, solo un amplio terreno liso. Así que tras observar el lago durante un momento y darse cuenta de cómo pasaba el tiempo, se giró para ver si Gwen no se había vuelto a caer de la bicicleta—esta vez bajándose—mientras se colocaba mejor el gorro. La vio llegar, bajando las manos a la vez que ella se las sujetaba. Y no, la verdad es que no se esperó el beso y le daba la sensación de que no se los iba a esperar nunca. No sabía cómo era posible esa curva de sentimientos que no paraba de crecer, pero sentía que entre más la besaba más ganas tenía de hacerlo en vez de apaciguar su interior y hacer que se conformase. Pero no, ahí estaba, haciendo que cada beso insistiese en demostrar que lo que creía sentir era mucho más grande. Y ese deseo crecía y crecía.

Cuando se separó y, aún con los ojos cerrados, escuchó lo de la belleza. Ella, automáticamente, se giró un poco para mirar el lago, asumiendo que se refería a eso. —Sí, es… —Pero entonces Gwendoline saltó con una de las suyas que, por mucho cliché que fuera en las romedias que tantísimo le gustaban a Sam, la verdad es que no lo vio venir en absoluto. Volvió a mirar a Gwen, sorprendida y divertida, con un inevitable rubor en las mejillas. Vale, sí, Gwen también podía coger desprevenida a Sam y hacer que se ruborizase. —Ah, ¿que yo…? —Y rió con ella, para finalmente atraerla hacia ella por los hombros con uno de sus brazos y medio-abrazarla mientras miraban el lago. —Lo descubrí un día que me quedaba allí encima, en donde empezamos con las bicicletas. Estaba dando un paseo y vi el lago desde la altura, así que decidí bajar para verlo de cerca. De hecho justo lo estaba pensando ahora y es que tengo un recuerdo super nítido de estar andando por la orilla con Don Gato en mis brazos y Don Cerdito brincando por todos lados. No esperaba recordar tanto de esto, la verdad. —Y comenzaron a caminar, sujetas como la pareja que eran pero que todavía les costaba tanto visualizar. —Recuerdo que en otra ocasión en vez de dejar la tienda tan arriba, decidí dejarla más cerca del lago, un poco más allá... —Señaló hacia adelante, donde habían varias rocas en uno de los laterales que servían para frenar el viento. —Pero los mosquitos terminaron devorándome esa noche y supe que había sido una idea horrible, aunque con buenas intenciones. —Confesó con cierta resignación, divertida.

Si es que hasta los mosquitos habían picado a Don Cerdito y había sido muy gracioso ver al pobre cerdo tirándose al piso boca-arriba mientras intentaba rascarse con las piedritas del suelo. Bueno, ‘gracioso’, que todos sabemos como es Sam con su cerdito y que en realidad no veía nada de gracioso en eso.

Mientras caminaban un poquito por la orilla, Sam se separó de ella, agachándose para coger una piedrita que había visto con forma ovalada y tirarla al lago, con intención de que rebotara varias veces como sabían hacer las personas normales. Pero Sam definitivamente era anormal. No rebotó, sino que hizo PLOF y se hundió con la misma. —Recuerdo que la última vez me pasó exactamente lo mismo. —Su voz sonó apesadumbrada frente a su inutilidad tirando piedras. Se acercó de nuevo a Gwen, dándole la mano mientras entrelazaba sus dedos con los suyos. —¿Entonces qué? ¿Nos bañamos? Espero que hayas traído el bikini. Es una experiencia única esto de bañarse en un lago a unos pocos grados de estar congelado por completo, ¿eh? Bañarse en escarcha, lo llaman. Genial para el cutis y favorecer la hipotermia. —Bromeaba, por supuesto. Por una parte porque Sam nunca ofrecería eso tal cual estaba actualmente y, por otra, porque hacía muchísimo frío. Lo bueno es que estaban abrigadas y al menos Sam todavía tenía el calorcito de tener el cuerpo caliente por el ejercicio. —Vale, lo de baño no, ¿pero comer? Tengo muchísimo hambre. En realidad es que apenas desayuné bien porque la mirada inquisidora de Caroline no me dejaba concentrarme en mi tostada —confesó divertida, girando para sacar la varita del bolsillo de su sudadera y apuntar a las mochilas, haciendo que volasen hacia ellas y se quedasen en el suelo, justo a su lado. —Llegué a casa después de no aparecer durante dos noches y con una sonrisa demasiado grande en la cara, evidentemente culpa tuya, así que sabía que algo pasaba. Y no le dije nada en claro porque si no iba a llegar tarde a nuestra cita en la montaña. Y eso no podía ser. Llegar  tarde a nuestra primera cita, ¿te imaginas? ¡Que mala imagen! —Bromeó, para entonces soltarla y sentarse en el suelo, en aquel césped. Ella se limitó a mirar hacia arriba y darle dos golpecitos al suelo a su lado.

Su mochila tenía un encantamiento extensible y en el interior habían primordialmente tres cosas: bebida, comida y abrigo. Había llevado unos sándwiches que había hecho ella misma antes de salir, así como fruta y chocolate. De bebida llevó agua y zumo de melocotón—su favorito, para nada coincidencia—y de abrigo básicamente había llevado bufandas y guantes, así como una manta enorme y calentita que compartir.
Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Miér Ene 09, 2019 11:52 pm

Samantha Lehmann, ruborizada de aquella manera, ofrecía un aspecto tan adorable que Gwendoline se enamoró todavía un poquito más de ella. Al ver aquella expresión en su rostro, la morena no pudo evitar reconocer a la niña que había sido en un pasado, mucho antes de que su existencia fuera declarada ilegal por un gobierno de chiflados, y de que padeciera en sus carnes el maltrato físico y psicológico de los hermanos Crowley. Y se sintió agradecida, después de todo: amaba a Sam tal y como era, pero sentía mucho cariño por quien había sido. Y no quería tener que pensar que esa parte de la legeremante había muerto. Aquellos pequeños momentos eran la prueba… de que allí seguía aquella pequeña Sam.

Rodeando su cintura y con la cabeza apoyada en su hombro, Gwendoline contempló la belleza del lago que tenía ante sus ojos, y formuló una pregunta: ¿Cómo había descubierto Sam aquel pequeño remanso de paz? La rubia respondió a su pregunta, y Gwen la escuchó con atención. Y mientras hablaba, la morena casi pudo visualizar la imagen de Sam caminando con su gato en brazos por la orilla de aquel lago, mientras su cerdito correteaba por los alrededores, buscando a saber qué. Y también la visualizó cuando cometió la temeridad de acampar más cerca, sintiendo el acoso de los mosquitos, y deseó que aquel hubiera sido el mayor de los problemas a los que Sam había tenido que enfrentarse. Ojalá…

—Me habría gustado haber estado contigo entonces.—Dijo Gwendoline, con aire ausente y una sonrisa un poco triste en el rostro. Siempre le ocurría cuando pensaba en aquellos momentos en que Sam, pasando a saber qué penurias, se había esforzado por permanecer sola. Sola contra el mundo.—Ya te vale, haber descubierto este lugar tú sola, sin mí. Creía que éramos un equipo, Lehmann. ¿Querías llevarte la gloria del descubrimiento para ti sola o qué?—Se forzó a bromear un poco. Aquel día se había propuesto no dejarse caer en la tristeza por lo que ya no podía cambiarse, o en el miedo de que aquella felicidad pudiera serle arrebatada. Y compuso una sonrisa muy convincente, alzando la vista para mirar a Sam a la cara.

Sam se separó de Gwendoline en un punto del recorrido por aquella orilla para hacerse con una piedra y lanzarla a la superficie del lago. Sus intenciones, claramente, nada tenían que ver con el resultado que obtuvo. La morena, que recordaba que a Henry Kerr aquello no se le daba bastante mejor que a sus compañeras femeninas de la casa Ravenclaw. Gwendoline lo habría intentado de buena gana, pero no necesitaba hacerlo para conocer el resultado. Eso sin mencionar el hecho de que si se agachaba para recoger una piedra, muy probablemente le dolería la parte afectada por la caída. Vamos, lo que es el trasero.

—Le pides demasiado a la vida, Sam.—Bromeó Gwen, cuando Sam se le acercaba.—¿Guapa, inteligente, y también quieres que se te den bien los deportes y las actividades físicas? Eso es ser demasiado ambiciosa.—Le dijo, con una sonrisa burlona en el rostro.

Y entonces Sam hizo aquella broma que, por desgracia, a Gwendoline le trajo recuerdos del diciembre anterior. También entonces había escuchado esa sugerencia por parte de Caroline Shepard. Lo peor de aquella vez es que habían tenido que bañarse, obligatoriamente, para localizar a unos plimpys que habían irrumpido en terreno muggle y causado algunos problemas a los susodichos no mágicos. Y si bien no había pasado mucho frío debido a unos trajes térmicos especiales que Caroline había traído consigo, Gwendoline no se sentía preparada para otro baño en pleno invierno. Así que abrió mucho los ojos ante la broma de Sam.

—Tráeme de nuevo en verano, cuando tengamos cuarenta grados, y te juro que me meto ahí de cabeza y...—Iba a decir ‘y desnuda’, pero creyó conveniente no decirlo. No era buena idea abusar de ese tipo de imágenes mentales cuando apenas daba comienzo la relación entre ambas.—...y tú te vendrás conmigo.

Una sugerencia que sí fue bien recibida fue la de comer. Y es que Sam no era la única que tenía hambre. La morena procedió a sentarse cuando su amiga hizo lo propio, pero la mención a Caroline y a toda la situación con ella la hizo quedarse de pie, prestando atención. Como si el acto de sentarse en la hierba fuera a impedirle prestar atención a las palabras de la rubia. Solo cuando terminó de hablar y dio un par de palmadas al suelo a su lado, Gwen hizo lo propio. Al sentarse, compuso una mueca de dolor, pues todavía le dolía un poco la nalga tras la caída. Se imaginó que aquello duraría días, y que bajo las mallas se estaba formando un buen moretón.

—¿Crees que se lo tomará bien cuando se lo cuentes?—Preguntó la morena, acercándose su mochila para abrirla. Sam se había encargado de la comida y otros temas como prendas de abrigo. Gwen, por su parte, había tenido la genial idea de traerse unos cuantos termos: café, té y chocolate caliente. También había traído algunos cubiertos y platos de plástico que tenía por casa de la última fiesta que había dado—si no recordaba mal, su cumpleaños, en febrero—, su iPod con muchas canciones de Beyoncé cargadas y unos pequeños altavoces bluetooth, unas cuantas bolsas de plástico para tirar la basura después, cartas para pasar el rato, e incluso un libro. También había tenido la precaución de traer un par de chubasqueros, por si acaso.—¿Te apetece un chocolate para abrir el apetito?—Le ofreció el termo que contenía el chocolate, que tenía la tapa roja, así como los vasos de plástico.—¿Quieres que te acompañe cuando le cuentes… ‘lo nuestro’ a Caroline?

Al decir aquellas palabras, ‘lo nuestro’, Gwendoline se sintió rara. Rara, en el buen sentido, por supuesto. Sonrió un poco, incluso, y se puso roja. Lo nuestro… me gusta como suena, pensó mientras intentaba encontrar un método para no ponerse roja como un tomate cada vez que pensaba en ellas dos como pareja.
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Sam J. Lehmann el Jue Ene 10, 2019 5:36 am

La mirada de Sam que se encontraba perdida en algún punto inconcluso del lago, se movió lentamente hacia la morena cuando le dijo que le habría gustado estar junto a ella en aquella época. Cada vez que le decía algo así se sentía un poquito mal, básicamente porque el pasado había sido una mierda. Era un tema que ya habían tocado muchas veces y… era evidente que ambas hubiesen preferido estar acompañadas por la otra, pero pensar en lo que hubiera podido ser era una pérdida de tiempo y motivos para visitar a la nostalgia y la tristeza. Y no era momento para eso. Así que cuando Gwendoline cambió de tema, la rubia curvó una pequeña sonrisa. —Más o menos, en mi aburrimiento sólo estaba coleccionando lugares bonitos para cuando volviésemos a encontrarnos tener a donde traerte e impresionarte, ¿sabes? Ya por aquel entonces estaba pensando en conquistarte. —Se inventó sobre la marcha una excusa que claramente era incompatible con la Sam del pasado, pues una cosa estaba clara entre ambas Samantha durante todo este tiempo y es que en cuanto a sentimientos respecto hacia ella no eran en absoluto la misma persona. —No cuela, ¿no? Quería la gloria del descubrimiento para mí sola, me has pillado. —Y es que ambas opciones eran igual de graciosas, por lo que terminó riéndose.

Mira que se sabía la teoría perfecta para hacer que esa dichosa piedra rebotara varias veces en el dichoso lago pero… nada, que no lo hacía. Recordaba haber conseguido en Hogwarts, un día totalmente aleatorio de su estancia en el castillo, hacer que la piedra rebotara dos veces después de una grandísima clase maestra de Henry, pero sólo ocurrió una vez. Una vez y más nunca en su vida. Había sido un día memorable, así que ella no perdía la fe. Así que frente al comentario divertido de Gwendoline, no pudo más que sonreír, suspirando con resignación a través de esa sonrisa. —Bueno… Al menos yo he conseguido llegar a montar en bici sin romperme el culete en el intento… —Y la miró de reojo, mordiéndose el labio inferior. —Lo sé, golpe bajo, qué mala soy. —Se reprochó ella misma, divertida. ¡Cómo si no se hubiese chocado veces por Londres, sobre todo con las dichosas farolas! ¡Y mira que eran grandes! —¿Se te ha quitado o te sigue doliendo? —preguntó, con referencia a la caída.

¿Sinceramente? Por mucho que Sam tuviese ese miedo irracional por quitarse la camiseta y quedarse en bikini, en aquel momento no pensó en eso en absoluto. Solo se imagino la escena perfecta: Gwendoline metiéndose en ese lago en pleno verano y ella yendo detrás, daba igual si con camiseta o no, simplemente yendo detrás y sumergiéndose ahí dentro sin que nada de nada le importase, sólo siendo feliz y despreocupándose del mundo. En medio de su ensoñación, frunció ligeramente el ceño. —¿Cuarenta grados? Siento bajarte de tu nube, pero por muy bonito que sea esto, seguimos en Inglaterra. Yo con veinte grados ya me meto. —Sonrió, dándole a entender que se apuntaba a la idea. —Bueno, veinticinco, más o menos como aquella noche en el Magicland. —Y su sonrisa no lo demostró del todo, pero aquella noche en la piscina en el Magicland había sido muy especial para ella.

Golpeó dos veces el suelo para que Gwendoline se sentase a su lado mientras le contaba lo de Caroline y… la verdad es que le cogió por sorpresa la pregunta que le soltó de repente. ¿Por qué razón no se iba a tomar bien Caroline que Gwen y Sam mantuviesen una relación? Y claro, entonces se puso a pensar—todo esto mientras sacaba los sándwiches de la mochila—en qué estaría pensando la que ahora era su pareja como para tuviese la duda de que si Caroline se lo tomaría mal. Suena a trabalenguas, pero peor sonaba en la mente de Samantha, que no entendía nada. —Pues… yo creo que sí… —dijo y de repente no sonó nada convencida cuando ella, en realidad, sí lo estaba. ¡Pero claro, esa duda por parte de Gwendoline le había hecho pensar en un tema que ni creía que existía! ¿Y si se lo tomaba mal? Imagínate si le había dado qué pensar el tema que cuando le ofreció chocolate, ni se emocionó al respecto, sino que la afirmación salió por sí sola. Obvio que quería chocolate. Sam siempre quería chocolate y más si era de Gwen, que estaba hecho con amor. —Sí, claro…

Y es que no, no podía haber nada por lo cual Caroline Shepard pudiese no tomarse bien la noticia. No sé, es que viniendo de ella, hasta se hubiese imaginado que hubiese notado a Sam un poco rara al respecto éstos últimos días o algo y si no hubiera estado conforme con algo, lo hubiera dicho antes, ¿no? Maldita Gwendoline Edevane, había hecho que de repente Sam se quedase con la duda. —‘Lo nuestro’ —repitió, sonriente. —Claro que quiero. Será un poco raro eso de sentarse frente a ella y decirle que estamos juntas después de tantos años. Se va a pensar que antes de toda esta locura había algo entre nosotras, verás. —Apostó por el sentido dramático de Caroline. —Pero… no sé, ¿por qué preguntaste aquello? ¿Crees que no se lo pueda tomar bien? ¿Por qué no se lo iba a tomar bien? —preguntó con cierta rapidez, con sincera preocupación. Y le tendió un sándwich. Porque Sam podía estar preocupada pero su cuerpo seguía con la tarea de la repartición de sándwiches de manera totalmente automatizada.

Que mira que quizás Gwendoline había hecho esa pregunta como una pregunta totalmente casual y en absoluto con un doble sentido o intención, pero el hecho de haberla hecho—válgase la redundancia—había conseguido que la rubia tomase esa opción en cuenta y le empezase a dar vueltas.
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Gwendoline Edevane el Jue Ene 10, 2019 3:39 pm

Tratar con aquel pasado traumático, en que ambas amigas se habían visto obligadas a permanecer separadas, era peligroso: a ambas les remordía la conciencia por uno u otro motivo. Por supuesto, Gwendoline había liberado a Sam de toda culpa y responsabilidad, atribuyendo su ausencia a una buena decisión tomada durante una mala situación de la que ella no era responsable en lo más mínimo, y en cierto modo la rubia también la había liberado a ella de toda responsabilidad, alegando que no podía haber hecho nada para ayudarla por el simple hecho de que desconocía la situación. A pesar de ello, resultaba muy difícil dejar atrás aquella culpabilidad, y todavía se despertaba a veces, en medio de la noche, recriminándose el no haber sido más observadora ante las penurias que su amiga estaba viviendo.

Hoy no, se dijo a sí misma, haciendo un esfuerzo consciente por dejar a un lado aquellos pensamientos que en nada la ayudaban. Lo importante era el presente, ¿y qué había en el presente? Ellas dos, juntas, abrazadas, observando aquel lago tan hermoso. Y las bromas que se gastaban, por supuesto.

—No apeles a mis sentimientos, bandida.—Bromeó Gwendoline tras poner los ojos en blanco y negar con la cabeza, ante la broma de su amiga. Con una sonrisa en los labios, añadió:—Claro que no cuela. Sé que querías llevarte el mérito de descubrir este lugar para ti sola. ¿Cómo le has llamado? ¿Sam Lake? ¿Cerdi-lago?—Y no pudo evitar reírse ante el segundo nombre, pensando que de alguna manera era totalmente, y tal cual, típico de Sam. Hasta se la había imaginado fabricando a mano un cartel de madera en el que escribiría ‘Cerdi-lago’, y debajo de estas letras, un dibujo de un cerdito.

Ante el intento de lanzamiento de piedra de Sam, que tanto había dejado que desear en comparación con las exhibiciones que Henry Kerr hacía en el Lago Negro, en Hogwarts, Gwendoline bromeó con ella al respecto. Hermosa como era, inteligente como era, también quería dominar otros aspectos de la vida, tales como las actividades físicas como aquella. Si es que a lanzar piedras a un lago se le podía llamar ‘actividad física’, claro.

Infló los carrillos, sus mejillas ligeramente enrojecidas, ante la broma de Sam. Se picó un poco, tenía que reconocerlo. Buscó en su cabeza alguna manera mordaz de responder a Sam, dándose cuenta por enésima vez de que aquello no era lo suyo: no se le ocurrió ninguna. Así que desinfló poco a poco los carrillos, y optó por darle un toque con su dedo índice a Sam en la frente, entre los ojos. Fue un toque ligero, no destinado a hacer daño, ni mucho menos.

—Nunca desaprovechas una ocasión, ¿eh?—Y de haber podido, habría sacado ese famoso emoticono de gato cabreado que tanto le gustaba utilizar en Whatsapp. Soltó un bufido, negando con la cabeza.—No intentes arreglarlo, Lehmann: mi nalga dolorida y yo te vamos a odiar el resto de nuestras vidas.—Bromeó, pese a todo. Sabía que su amiga no era de las que decían aquellas cosas en serio, pero a veces sí conseguía picarla un poco más de lo que le gustaba reconocer.

Así que tenían un nuevo plan para el verano: un baño en aquel lago, cuando hiciese suficiente calor como para disfrutar de la experiencia.

Con dicha promesa aún en mente, Sam sacó otro tema que a Gwendoline le llamó la atención: Caroline, y más concretamente, la ausencia de Sam durante casi dos días de la casa que compartía con la pelirroja. La morena sacó en claro de las palabras de su amiga que todavía no le había dicho nada de lo ocurrido la noche de su cumpleaños, ni de cómo habían cambiado las cosas entre ellas. Y formuló una pregunta que le pareció lógica: ¿Cómo se lo tomaría la pelirroja? Aquella pregunta tuvo un efecto más profundo del que Gwen creía en la mente de Sam, que enseguida se puso a darle vueltas en su cabecita a aquella pregunta.

—¿Eso? Oh, bueno… Te explico.—Gwendoline dejó a un lado la mochila, para apoyar ambas manos en su regazo, y miró a Sam. Casi parecía que fuera a decirle algo muy serio, algo de vital importancia.—¿Te acuerdas de aquella vez, en la universidad, cuando discutiste con Rhianne? En aquella fiesta en que te encontraste con Jacob. Volviste a la habitación borracha perdida y me contaste que Rhianne te había dejado plantada en la fiesta solo porque le pediste bailar, ¿te acuerdas?—Se acordaría, desde luego, pues Sam lo había pasado muy mal por muchos motivos con aquella chica.—Entonces yo era la amiga preocupada, y ella era la novia. Y puedo decirte sinceramente que Rhianne no me gustaba. Siempre creí que se aprovechaba de ti, pero que a la hora de la verdad no tenía intención alguna de dar un paso al frente. ¿Sabes?—Hasta Gwendoline se daba cuenta de que se estaba yendo un poco por las ramas, así que pasó a explicar lo que quería explicar.—Caroline es tu mejor amiga, casi una hermana. Y desde que ha vuelto es una de las personas más protectoras que tienes a tu alrededor. Así que… ¿crees que quizás pueda pensar de mí lo mismo que yo pensaba de Rhianne? A eso me refería con la pregunta...

Se sentía un poco ridícula planteándolo de aquella manera. Después de todo, ambas situaciones eran totalmente diferentes: Rhianne no era mala persona, simplemente una cobarde incapaz de dar un paso adelante por sí misma. Gwendoline no se parecía en nada a Rhianne, y no tenía la menor intención de parecerse a ella en un futuro. Si tenían que esconderse no era por otro motivo que para seguir respirando aire libre: ninguna de las dos, rubia y morena, tenía ganas de acabar en Azkaban, en manos de los puristas.
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Sam J. Lehmann el Vie Ene 11, 2019 3:55 am

¿Cerdi-lago? No supo muy bien qué le hizo estallar de risa, si el nombre tan ridículo o que Gwendoline no hubiese durado ni un segundo en carcajearse ella también. Y es que por mucho que fuese gracioso, lo peor de todo es que Sam era perfectamente capaz y tenía una creatividad tan focalizada en cerditos que muy plausible que esa fuese una de sus opciones más top. Pero vamos, en realidad lo que ocurrió hace años es que se maravilló con una naturaleza tan real e inhóspita que siguió dejando que fuese desconocida, incluso para ella. No hacía falta ponerle nombre a las cosas; no a este tipo de cosas.

¡Claro que no desaprovechaba ninguna ocasión! Cerró los ojos de manera instintiva cuando el dedo de Gwendoline impactó suavemente contra su frente, aunque sus labios seguían conservando esa sonrisa traviesa. La maldad de Sam con ese tipo de bromas brillaba por su ausencia y es que lo único que quería con ello era reír y, normalmente, hacer reír. —¡Oh, no, eso nunca! —Dramatizó entonces frente a su broma falsamente enfadada. Sam se acercó a ella por la espalda y la abrazó por encima de sus hombros de manera cariñosa, pasando su cabeza por un lateral hasta prácticamente poder llegar a besar su mejilla. —Sabes que uno de mis hobbies favoritos en este mundo es verte fruncir el ceño mientras me miras con retintín. Pero retitín divertido, no de ese enfadado: ese es malo y no me gusta. —Besó su mejilla y se soltó. —Me encanta molestarte. Pero me encanta molestarte con amor. —Apuntilló con el dedo índice en alto, importante. —Aunque llevo un par de días en el que creo que hay una cosa que me gusta hacer contigo que gana con creces a eso de molestarte… —Y lo dejó en el aire, mirando de manera significativa sus labios para luego encogerse de hombros como si hubiese hecho una pequeña travesura, como si fuese algo inevitable.

Lo único que se le ocurría a Sam que podía hacer que Caroline estuviese descontenta con la relación entre su amiga y ella, es que por pasaría menos tiempo con ella y, en cierta manera, la pelirroja había dejado su vida en Japón para venir a Londres y tener una vida en Londres por ella. Pero no le cuadraba, básicamente porque Caroline no era así de egoísta. Es por eso que un poco confundida con el tema, tuvo que preguntarle a Gwendoline por si ella tenía otra visión de la situación.

Y cuando empezó a hablar, más o menos vio por donde venían los tiros. Asintió a s pregunta. Recordaba la noche que mencionaba, pues la recordaba como el mayor plantón que jamás le habían dado y sencillamente por querer bailar con su novia. Ni cuatro copas de vodka le habían borrado aquello de la cabeza. Ahora mismo todo lo que decía Gwen tenía sentido, porque ya lo había pasado, pero también recordaba haber tardado en darse cuenta de que Rhianne no merecía la pena y que se había dado cuenta gracias a Henry y a ella, que gracias a Merlín que tenía amigos sinceros cuando ella creía estar ‘cegada’ de amor. Pero lo que no le cuadraba nada era lo que decía después. Sam no hablaba en vano cuando decía que creía firmemente que Gwendoline era la única persona que ni haciendo algo malo de verdad, le puede llegar a hacer daño. Y es que la relación de amor, confianza y respeto que había entre ambas—ya no romántica, sino amistosa—era inquebrantable. —¿Era por eso? —preguntó, por si acaso hubiese algo más. —¿Cómo va a pensar Caroline lo mismo que pensabas tú de Rhianne? ¡Bueno, a ver, es que no puede pensar nada malo de ti! Gwen, ya te lo he dicho muchas veces: de verdad que creo que eres la única persona que aún haciendo algo malo, yo no me podría enfadar contigo. Bueno, depende, tampoco te pases, es una manera de hablar… —Matizó divertidísima, suspirando más aliviada al haber escuchado su opinión con respecto a esa pregunta tan dramática que había soltado de repente. —Caroline es tu amiga también, te conoce. Nos conocemos mucho. Ella sabe mejor que nadie cómo ha sido nuestra relación, lo mucho que me has cuidado y… no sé, lo mucho que te quiero. No va a pensar nada de eso. Además, mira mi situación: esto no parece que vaya a ir a mejor. Mi imagen nunca ha sido peor, así que… eso es que te debo gustar por mí y ya está. —E, inevitablemente, una sonrisa de lo más dulce se dibujó en sus labios; casi que parecía una sonrisa agradecida. —¿De qué se va a pensar Caroline que te estás aprovechando? ¿Del calor de mi cerdito por las noches?

Y bajó la mirada al sándwich que tenía en el regazo, sonriendo como una tontería al pensar que de verdad podía haber algo detrás de aquella pregunta. Sam estaba bastante segura de que la reacción de Caroline sería de felicidad. Quizás en shock si no había visto venir nada, pero felicidad al final. Qué menos, después de que todo en este país termine por parecer oscuro y feo, que conseguir algo de alegría por el camino.

Cogió el termo de tapa roja de Gwen, lo batió—porque Sam siempre lo batía todo antes, por si acaso—y sirvió en los dos vasitos de plástico aquel líquido del que todavía salía humo. Ahora ya estaba emocionada de nuevo por tener chocolate en su vida, por lo que bebió de su vasito y lo dejó a un lado, cuidándose de que se derramase. Así que le tendió el otro vaso a ella. —Bueno, claro, espera... —No se lo dio por el momento, para entonces sonreír un poquito y ordenar a las comisuras de sus labios que no se rieran. Al menos por el momento. Apoyó la mano más cercana a su amiga en el suelo, para el equilibrio, acercándose un poquito a ella con un gesto travieso. —¿O no estarás pensando en aprovecharte de mí? —Teniendo en cuenta cómo se 'aprovechaba' Rhianne de Sam, quizás esa pregunta podía tener cierto sentido oculto, pero en realidad Sam no estaba pensando en hacer crucigramas o, en cómo lo había bautizado Gwen hacía poco, ese e equis o.
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Gwendoline Edevane el Vie Ene 11, 2019 2:27 pm

Sam siempre se quejaba en broma de una cosa muy sencilla: que Gwendoline no le dejaba hacer drama. La rubia disfrutaba mucho aquella teatralidad, que iba desde asegurar que sus horas de vida eran contadas durante la fase más agresiva de un simple resfriado común, hasta fingir que era el fin del mundo cada vez que tenía un pequeño problema, como que Netflix estuviera temporalmente fuera de servicio. Gwen aportaba el lado racional—no podía evitarlo. Le costaba seguir bromas—a todo el asunto, y su amiga siempre acababa haciendo drama… porque ella no le dejaba hacer drama. Siempre había sido así, y en opinión de Gwendoline, una no había visto a una persona adorable hasta que veía a Sam, en pijama, resfriada, abrazándose a una almohada, mientras aseguraba que se moría. Eso era una persona adorable.

Así que gracioso fue que, cuando Gwendoline aseguró—después de ese pequeño golpecito con el dedo en la frente de Sam—que su nalga izquierda y ella odiarían a la legeremante durante el resto de sus vidas, la susodicha enseguida la abrazó por la espalda y cortó toda posibilidad de drama. Gwendoline no pudo seguir con aquella broma, y simplemente acabó sonriendo y llevando ambas manos con delicadeza a los brazos de Sam, que le rodeaban los hombros. Y con aquel beso en su mejilla y aquella explicación, zanjó el tema.

Gwendoline se volvió para decirle algo una vez Sam la liberó de aquel abrazo, pero con su última frase hizo que se quedara con la boca entreabierta sin nada que decir. Y aún con la boca entreabierta, le sonrió. Se ruborizó un poco. La vieja Gwendoline, muy posiblemente, se habría quedado sin palabras… pero no esta Gwendoline. Esta miró a su amiga a los labios, luego a los ojos, y pronunció su sonrisa antes de hablar.

—Pues ya somos dos las que opinamos que esa actividad en concreto es lo mejor que podemos hacer juntas.—¡Oh, bendita inocencia del amor primerizo, que cree que los besos son lo mejor que una amante puede ofrecer! Gwendoline recordaría en unos meses aquellas mismas palabras y se arrepentiría: descubriría que había cosas muchísimo mejores que los besos. También que había distintos tipos de besos, según el momento.

Ya sentadas a la orilla del lago, contemplando los reflejos de los árboles distorsionados sobre su superficie, y escuchando el ocasional canto de unos pájaros que la morena no podía identificar, el tema de Caroline surgió. Y con él, dudas, muchas dudas. Lo curioso es que las dudas de Gwendoline, una vez las manifestó en voz alta, generaron dudas en Sam, y el asunto era claro: ¿Cómo se iba a tomar todo aquello Caroline?

Gwendoline utilizó una anécdota referente a Rhianne Elmerson, la segunda pareja que había tenido Sam en la universidad, y que no había sido plato de buen gusto para los dos mejores amigos que tenía entonces la legeremante: Henry Kerr y la propia Gwen. Se imaginaba que Caroline opinaría un poco lo mismo que ellos dos, pero no lo sabía, pues por entonces no hablaba con ella más que ocasionalmente, cuando ella y Sam mantenían largas videollamadas. El caso es que Rhianne nunca se había atrevido a dar un paso adelante y a mostrarse abiertamente homosexual. Y si bien era una decisión tan respetable como cualquier otra, el asunto había golpeado de rebote a Sam: ella solo quería pasear de la mano con su novia, bailar con ella en las fiestas y poder darle un beso sin tener que esconderse. Rhianne era incapaz de ofrecerle siquiera esto, y en una ocasión incluso le había dado plantón en una fiesta… solo por pedirle que bailara con ella.

A dónde Gwen quería llegar era a que, desde aquel momento, le había puesto la cruz a Rhianne: como amiga que era, había tolerado los pequeños desprecios que tanto Henry como ella veían, pero Sam no, más que nada porque su amiga era feliz con ella, pero aquello había sido el colmo. Una Sam borracha, llamando a la puerta de la habitación y asegurando que Rhianne se había marchado de la fiesta y la había dejado sola, no era una imagen bonita.

La situación era totalmente distinta entre Sam y Gwen: cierto, tenían que esconderse por motivos obvios, pero no entraba en sus planes el evitar besarla o abrazarla si algún día quedaba con ella en el Juglar Irlandés. No tenía ningún miedo a que la vieran con ella, ni tenía por qué darle explicaciones a nadie. Gwendoline amaba a Sam, y no iba a esconderlo.

Ante las preguntas de Sam, se encogió de hombros. Entre esas dos existía una relación muy especial, más que entre dos amigas. De hecho, Gwendoline siempre había pensado en ellas dos y en Henry Kerr como en una especie de triángulo: existía entre los tres una relación irrompible, casi como si fueran hermanos, y si bien otras personas se habían acercado a ese triángulo que formaban, como ella y Beatrice, jamás habían sentido esa conexión. De hecho, Gwendoline solamente había sentido esa conexión con Sam.

—Bueno, ya sabes. Es como una hermana para ti.—Gwen no había tenido hermanos, pero sí había sido testigo de la relación que existía entre los niños Beckett: Noah, el mayor, no parecía estar a gusto con ninguno de los ligues de su hermana. De alguna manera, nadie era lo suficientemente bueno para su hermanita.—No sé, tampoco creas que le he dado muchas vueltas ni nada por el estilo: solo era curiosidad.—Añadió Gwendoline con una sonrisa, fijando la mirada en la superficie del lago. Un ave semejante a un pato nadaba suavemente, dejando tras de sí una estela en el agua.—Y tampoco es que me preocupe mucho lo que piense nadie, por mal que pueda sonar esto.—Su semblante se volvió serio una vez más, y entonces miró a Sam.—No hay nada ni nadie en este mundo que pueda obligarme a alejarme de ti.—No pretendía ser tan profunda, pero aquellas palabras le habían salido totalmente de dentro.

No había respondido a la andanada de preguntas de Sam, principalmente porque en su mayoría no requerían respuesta: claramente, Gwendoline no se parecía en nada a Rhianne, y no tenía intención alguna de aprovecharse de Sam. Como ella bien señalaba, el gobierno se había encargado de otorgarle a ella, y a los que eran como ella, una reputación muy mala. ¿Qué iba a ganar ella aprovechándose de Sam?

La rubia se enredó en agitar un poco el termo antes de servir un par de chocolates. Dio un pequeño sorbo al vaso que sería para ella, y se dispuso a entregarle a Gwen el que le correspondía. Pero se detuvo para añadir algo… que hizo a Gwendoline poner los ojos en blanco. ¡Ya tardaba la auténtica Sam en salir!, pensó, mientras se le curvaban los labios en una sonrisa temblorosa, de esas que amenazan con convertirse en risa.

—Vale, me has pillado.—Dijo Gwen. Diría que intentaba fingir seriedad, pero con esa cuasi risa en sus labios, fingir aquello era imposible.—Verás, Sam, es que me he visto demasiado cerca de los treinta, todavía virgen, y como tú estabas soltera, pues...—Casi perfecto. Casi había sonado perfecto, de no ser por el hecho de que cada vez le costaba más aguantar la risa. Y, finalmente, acabó riendo.—Por favor, ni yo misma puedo tomarme en serio cuando digo cosas así.—Añadió cuando la risa fue controlable y pudo volver a hablar sin asfixiarse. Entonces, alargó la mano hacia el vaso de chocolate.—¡Venga, dame un poco!—Protestó, al ver que Sam hacía un cómico gesto para alejar el vaso de ella, una especie de castigo por aquella declaración tan osada respecto a sus ‘intenciones’. Ella sabía que nada de aquello iba en serio: ¿Gwendoline Edevane interesada en el sexo? Todavía no había llegado el momento.
Gwendoline Edevane
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Gwendoline EdevaneDesmemorizador

Sam J. Lehmann el Sáb Ene 12, 2019 3:55 am

Después de todo lo que había pasado la rubia y la grandísima—y mala—experiencia que había tenido con que alguien le dijera lo que tenía que hacer, ella tampoco iba a tomar muy en cuenta opiniones negativas. Sentir lo que estaba sintiendo en este momento era mucho más de lo que ella misma creyó poder conseguir y tampoco iba a alejarse de quién se lo hacía sentir. Sin embargo, igualmente le preocupó la pregunta de Gwen, más que nada porque si Caroline tenía algún problema iba a ser complicado lidiar con él.

Otra cosa estaba clara: ni la propia Gwendoline, ni nadie, podía tomársela en serio cada vez que intentaba bromear con esas cosas. ¡Es que mírale la cara! ¡Mira la cara que se le pone! Era, sencillamente, imposible. Esa cara y ‘seriedad’ eran totalmente incompatibles. Es por eso que rió realmente divertida, sólo de imaginarse a esa Gwen interior sacando esa frase a la realidad y dándose cuenta de cómo sonaba. De verdad, es que Sam no podía renunciar a esas caras, esos gestos y esas risas. Meterla en esos compromisos era casi tan divertido como molestarla. Pero venga, ya se había prometido a sí misma que ya. Por hoy nada más de meterse con ella y tendrían la fiesta en paz. —Que fuerte me parece. —Le dio su vaso entonces, aún con la sonrisa. —¡Cuando se entere Don Cerdito de tus intenciones tan osadas sí que te pondrá la cruz! —Bromeó divertida, cogiendo el vaso que se sirvió a ella misma para continuar bebiendo con tranquilidad.

Luego, ya con más apetito, comieron un poco allí sentadas, en un picnic improvisado en mitad de ningún sitio. Los sándwiches eran centeno, con pepino, aguacate y queso. Y estaban buenísimos porque Sam los había hecho con amor y todos sabemos que ese es el ingrediente indispensable para que algo te quede bueno. Después, cuando terminaron de comer, Sam hizo gala de su mochila super extensible para sacar esa manta que había llevado cuando comenzó a hacer frío, pasándosela por detrás a Gwendoline y acurrucándose junto a ella. Hablaron de muchas cosas, pero hubo un tema importante que salió a la luz: ¿llovería? Porque una cosa estaba clara, todas esas nubes que se estaban formando sobre ellas, motivo de que el sol desapareciese y el frío aumentase, parecían ser muy amenazantes. Gwen, tan lógica como siempre era, decía que sí, que llovía fijo y que lo mejor era irse. Sam, que teniendo a Gwen como lógica, siempre intentaba no serlo, decía que no llovería, que podían quedarse allí un rato. Y es que bajo esa mantita, dándole la mano y compartiendo el calor mientras admiraban en lago y las montañas, estaba en modo feliz y no quería irse.

Pero bueno: al final llovió. Tuvieron que recogerlo todo rápido, llegar a las bicicletas y desaparecerse empapadas en casa. Y evidentemente, lo primero que le soltó Sam a Gwen, notando como el fleco le chorreaba, fue un derrotado: ‘Tenías razón.’


01 de enero del 2019, 00:32 horas
Fin de año || Atuendo

Ese año, en realidad, no tenía pensado hacer nada para nochevieja. Después de todo lo que había ocurrido durante ese año, apetecía alejarse de grandes fiestas en compañía de desconocidos y es que al menos ella, ahora más que nunca, apreciaba esas fechas navideñas como algo muy íntimo y familiar, sobre todo después de casi tres años sin poder haberlas celebrado decentemente. Sin embargo, Santiago Marrero, ese compañero al que Sam le había cogido tanto cariño les había invitado a pasar por su casa después de partir el año para poder celebrar la entrada al dos mil diecinueve en compañía. Una fiesta en casa, tranquilos. Él aprovechaba que todos sus compañeros de piso—una chica extranjera a la que conocía poco, una pareja francesa con mala hostia y un hombre misterioso al que sólo veía para oír quejas—pasaban nochevieja fuera de la casa e incluso fuera del país, por lo que había utilizado toda la planta baja, que era la compartida, para hacer una pequeña fiesta de amigos. Que no es que Santi tuviese precisamente muchos amigos en Londres, por eso había insistido tanto a Amelia Williams y compañía.

Él había invitado a Adrian Tavalas, a su amigo Daniel—otro español en busca de oportunidades cuyo inglés era todavía peor que el de Santi—, al compañero de piso de Daniel que se llamaba Peter, de la edad de las chicas, y por último a Amber, Courtney y Dean. Amber era ‘la novia’ de Santi y los otros dos sus amigos. Así que si asistían la supuesta Amelia, Gwendoline y Caroline, harían una cifra de diez personas, ¡nada mal para su primera fiesta con amigos!

Así que a eso de las doce pasadas, después de haberse comido las uvas y no atragantarse en el proceso, se dieron los últimos retoques antes de salir y fueron a casa de Santi por primera vez. No habían ido nunca, así que usaron la aparición al lugar más cercano que conocían y caminaron hacia la casa, que estaba a unos cinco minutos. Fue Caroline la primera en entrar al interior y tocar en la puerta, mientras que Sam iba la última. Se paró justo al lado de Gwen y la puerta se abrió, apareciendo Santi muy arreglado saludando a Caroline con efusividad y un abrazo. Estaba claro que llevaba un par de copas encima y se había convertido en el borracho simpático. Sam aprovechó para acercarse a Gwen y susurrarle en el oído, sólo para ella: —Hoy estás increíble con ese vestido. Me encantas. —Y es que le daba vergüenza decírselo delante de Caroline, aunque por la cara de idiota que se le quedó al verla por primera vez estaba claro lo que le pasaba por su cabeza, además del simple hecho de que no le quitaba la mirada de encima. ¿Y es que cómo hacerlo? ¿La habíais visto? Llevaba queriendo decírselo hacía un buen rato.

¡Amelia, qué guapa! ¡Tu nunca tan guapa a trabajar!

Sam lo miró, regañándole con la mirada por ese comentario que parecía que la estaba llamando fea. La falsa castaña dejó pasar a Gwen delante para que entrase y saludase a Santi primero.

Yo ya no poder decir tú mi novia, pero no por Mia, sino por Amber. ¿Amelia decirte yo tener novia? Bueno, ella decir que somos amigos con derecho, pero yo saber que ella amarme incondicionalmente. —Sam sonrió divertida, viendo como Santi abrazaba a Gwen. —Alegrarme por vosotras. Yo saber que vosotras tener química especial.

Ya, sí, claro —dijo entonces Sam, acercándose a él para darle un beso en la mejilla y abrazarlo. —¿Ahora eres vidente aquí y lo sabías todo?

¿Ihiri iris vidinti iquí y li sibiis tidi? —Burló divertido la frase de Sam, aún abrazándola. —Amelia, mujer de poca fe, yo tener ojo para el amor. Yo ponerte celosa llamando ‘mi novia’ a Gwen, ¿sí? Yo ser vuestro Celestino.

Sam se separó y le cogió la nariz, presionando juguetonamente la misma mientras él fruncía el ceño divertido.

Deberías de dejar de beber, que se te sube el ego.

¡Hablando de bebidas, en la cocina hay muuuucha bebida! —Gritó emocionado, cerrando la puerta tras ellas.

Plano casa de Santi:
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Sam J. Lehmann
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Gwendoline Edevane el Sáb Ene 12, 2019 4:28 pm

En opinión de Gwendoline—una persona que jamás había amado en el sentido romántico de la palabra a nadie, solo a Sam—, el mundo podía coger lo que tuviera que decir al respecto de su relación y comérselo, pues no le interesaba. Lo que importaban eran ellas dos y nadie más, y si el mundo tenía algún problema con ello, el mundo tendría que aprender a lidiar con dicho problema. Sentía que llevaba toda la vida haciendo concesiones, diciendo que sí a cosas que realmente no quería, aceptando la opinión de otros por encima de la suya propia… Había perdido amigos, familiares, conocidos incluso, y estaba cansada de perder. ¿Y qué sería aceptar una opinión negativa respecto a su relación, viniera de quien viniera, sino perder?

A la mente de Gwendoline vino una frase de una canción española—que probablemente había escuchado cantar a Santi—que decía algo así como: No luchar por lo que quieres solo tiene un nombre y se llama ‘perder’. A la morena le pareció de lo más apropiada para aquel momento.

No necesitaba más pruebas de que aquella relación entre ellas era especial, pero las tuvo: aquella cita en medio de la naturaleza, a la orilla de un lago hermoso, con el canto de los pájaros y los sonidos de aquel hermoso mundo, junto a la única persona que siempre conseguía arrancarle una sonrisa. Comieron y rieron, bromearon y charlaron, y al final incluso discutieron acerca de aquellas nubes de lluvia que, efectivamente, culminaron en lluvia. Acabaron caladas hasta los huesos, pero incluso así, Gwendoline se sentía feliz. Y cuando Sam, ya de vuelta en casa, le reconoció que tenía razón, la morena puso los ojos en blanco, negando con la cabeza. Después sonrió y, empapadas como estaban, la abrazó con todas sus fuerzas.

Esa era la definición misma de ser feliz.


1 de enero de 2019, 00:32 horas

Casa de Santiago Marrero || Atuendo

Gwendoline seguía estando feliz, más de dos semanas después del comienzo de su relación con Sam. Habían sido dos semanas muy buenas, las mejores que recordaba en mucho tiempo, pero la realidad seguía ahí, asomando su fea cabeza detrás de los arbustos: el tema de Artemis Hemsley seguía siendo una prioridad, y por ese motivo las tres amigas habían estado en Japón esa misma semana. Estando allí, la morena había vuelto a ser consciente de la gravedad del asunto, y había bajado un poco de la nube en que llevaba desde que la noche del trece de diciembre, Sam la había besado y había dado comienzo a aquella maravillosa aventura en que solamente ellas dos podían embarcarse.

Por ese motivo, Gwendoline había rechazado educadamente la propuesta de Caroline y su amigo japonés, Takao, de celebrar el fin de año en su casa. Gwen no estaba para fiestas, y eso era un hecho. Además, por lo que Sam le había contado, las fiestas de ese tal Takao no eran lo que se decía tranquilas.

La propuesta de Santi, en cambio, sí parecía más tranquila: algunos amigos en casa. Nada del otro mundo. Se imaginaba que en un futuro, tanto Sam como Gwendoline tendrían que compensar a Caroline, que había optado por quedarse con ellas a celebrar la entrada en el año nuevo, pero por ahora había aparcado ese tema. A duras penas, también había logrado apartar el tema de Hemsley.

Y allí estaban, ante la puerta de Santiago Marrero. Caroline se adelantó para llamar a la puerta, toda efusividad y alegría—lo habitual en Caroline Shepard, vamos; ya podía pasarle por encima una apisonadora, que se levantaría igual de alegre—, mientras que Sam y Gwen se quedaron un poco por detrás. El español no tardó en abrir la puerta, bien arreglado y elegante con ese traje que tan bien le sentaba. Por la cabeza de Gwendoline se pasó el pensamiento de que era la primera vez que pensaba en Santi como alguien apuesto, pero estaba claro que lo era: un hombre en traje ganaba en elegancia y, en muchos casos, en seguridad en sí mismo.

Gwendoline sonreía mientras español y pelirroja se abrazaban efusivamente. Las palabras de Sam en su oído la pillaron totalmente desprevenida, y no pudo evitar ponerse un poco roja. La miró con una sonrisa, y después de arriba abajo… Era un hecho que Gwendoline Edevane había empezado a tener ciertos pensamientos que antes no tenía en las últimas semanas, y que el cuerpo de Sam la encendía por dentro. ¿Y aquel conjunto? Solo podía decir que cada vez que la pierna de Sam asomaba por el corte en la falda, la morena se derretía.

Se proponía decirle aquello, pero entonces Santi llegó hasta ellas, abriendo los brazos como si pretendiera abrazarlas a ambas a la vez. El ‘cumplido’ que dedicó a Sam la hizo fruncir el ceño de manera cómica. Ya empiezan a hacerse bromas, pensó Gwendoline, mientras abrazaba al español y escuchaba la triste historia del final de la relación entre español e inglesa, que solo había ocurrido en la cabeza del primero.

—Es toda una pena: justo ahora que te presentas con este traje que te hace parecer tan apuesto, ¿vas y me dejas?—Bromeó Gwendoline, con una sonrisa. Se veía que la morena estaba aprendido mucho de la que ahora era su pareja, y en la que a veces todavía pensaba como ‘su amiga’.—Gracias por la invitación, Santi.—Añadió con sinceridad.

Y entonces, Gwendoline asumió el rol de espectadora en la conversación que siguió: Santi aseguraba que sabía que había química entre los dos, Sam se lo discutía, él le hacía burla y aseguraba ser su Celestino, Sam le proponía dejar de beber. Gwendoline parecía estar contemplando un partido de tenis, solo que en este caso le estaba costando aguantarse la risa.

Finalmente, y con la promesa de que había ‘muuuucha’ bebida en la cocina, todos entraron en la casa. Gwendoline tomó la mano de Sam con toda naturalidad—ambas se sentían incómodas con las muestras públicas de afecto, teniendo en cuenta lo comedidas que eran, pero cogerse de la mano era algo que tenían muy interiorizado, desde hacía años—y ambas caminaron en dirección al salón. La morena, que no había visto nunca aquella casa, lo primero que pensó fue que aquello era un maldito palacio.

—Cuando dijiste que Santi vivía en una casa, no pensé que fuera una casa de verdad. Me imaginaba el típico piso enano superpoblado por estudiantes, no un palacio.—Confesó Gwendoline a Sam. Santi y Caroline se habían adelantado, y ellas dos se habían quedado por detrás. Así que, antes de que el español atrajese la atención de todo el mundo hacia ellas, Gwen aprovechó ese pequeño momento de intimidad para decirle a Sam en voz baja:—Y tú también estás increíble. ¿Te has esforzado para ser todavía más irresistible para mí o qué?—Bromeó con la última parte, pues Sam era siempre irresistible para ella. Pero… ¿y esa maldita falda tan sexy? Y ese peinado… lo único que a Gwendoline le daba pena era que Sam no pudiera llevar un vestido de espalda al descubierto, de esos que tanto le gustaban.

Bueno, pensó la morena, estoy trabajando en una solución para eso. Así era, pero a dicha solución todavía le faltaba mucho para estar lista.
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