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Midnight blues jam. || Hester.

Zdravka E. Ovsianikova el Miér Ene 09, 2019 12:23 am

Midnight blues jam. || Hester. LaCuArM
Wembley || 16 de octubre del 2019, 17:44 horas || Tienda de la familia 'Brown' || Zeta & Hester

Aquella tarde estaba siendo realmente tranquila, hasta el punto de que Dexter se había encerrado en la trastienda a hacer papeleo mientras ella estaba detrás del mostrador sin ninguna tarea pendiente. Y es que en un trabajo así era fácil tener cosas pendientes que hacer y aburrirte poco, pero habían sido tan eficientes en tan poco tiempo que ahora mismo sólo quedaba hacer las horas y limitarse a atender a los clientes que viniesen. Pero claro, ¿y cuándo no venía nadie, cuál era el truco?

Zeta tenía muchos: sacar el móvil y escuchar música, quizás jugar a alguno de esos juegos de recolección que tanto le gustaban o incluso hacer algún sudoku o crucigrama. Sin embargo, ese día la cosa se torció. Si bien había empezado a hacer un crucigrama nivel experto, no lo terminó en ningún momento. Mientras ponía las palabras, una de ella era 'radio', por lo que inevitablemente comenzó a tararear la canción de 'Video killed the radio star' y es que Zeta tenía una facilidad terrible para que su mente fuese capaz de seguir pensando con claridad mientras su boca tarareaba una canción puesta en segundo plano, sin que eso influyese en absoluto en lo que se supone que estuviese haciendo.

El problema de eso es que cuando Zeta comenzaba a tararear y no había ninguna otra situación que la hiciese parar, aquello se descontrolaba. De repente comenzó a mover la pierna al ritmo de la canción, golpeando suavemente el suelo, a eso se le unió el presionar continuo del botón del bolígrafo, hasta que llegó a un ritmo que nada tenía que ver con la canción original. Y fue en ese momento en dónde el crucigrama ya no tenía sentido ninguno y aquella canción improvisada, que a simple vista era solo un montón de mierda unida, para ella había adquirido todo el valor.

Sacó el móvil, abrió su aplicación de piano en dónde tocar con un dedito las teclas y comenzó a emular las notas que estaba cantando, con la ilusión de una niña pequeña a la que le han prestado la iPad para jugar al Candy Crush.

La, mi, re, do...  Re sostenido...Eso sonó mal e hizo que Zeta frunciese el ceño. —No, Re sostenido no. Re sostenido es malo.

Y así siguió probando, con intención de grabar esos pequeños acordes sólo para no olvidarlos al llegar a casa y poder probarlos en un piano de verdad, o al menos en su guitarra.

Llevaba mucho tiempo queriendo tener tiempo para sentarse un rato y ponerse a tocar, pero es que llevaba unas semanas en las que no paraba de tener que hacer cosas. Y le molestaba, de hecho, no poder dedicarle tiempo a algo que le encantaba: pero entre que la vida no le daba y que los compañeros de piso que tenía eran de quejica para arriba, eso de tocar con libertad se volvía complicado. Pero vamos, si había algo que echaba de menos de verdad, era poder tocar en algún lugar, al público. Tenía que volver a hablar con sus amigos para ver si algún pub caritativo los dejaba tocar... y si no siempre estaba la calle.

Dexter Fawcett:

Dexter Fawcett
34 años Sangre puraLealtad Pro-muggles
Oficial de RedFlúPareja de ZetaBritánico
HISTORIA Y PERSONALIDAD
PERSONALIDAD
Leal, justo y valiente. Debajo de esa aparente coraza de seguridad y prepotencia se esconde un hombre tierno y sencillo que sólo quiere una vida en dónde todos puedan tener cabida. No es violento, tiene una cultura exquisita y adora la seguridad y la tranquilidad. Odia mentir, pero se ha convertido en un perfecto purista prepotente de cara al nuevo gobierno, por lo que no es de extrañar que pese a su auténtica naturaleza, muchos magos le tachen de un imbécil empedernido.

BREVE HISTORIA
Perteneció a una familia humilde, cayó en Hufflepuff cuando internó en Hogwarts y siempre se interesó en los transportes mágicos, por lo que terminó trabajando en el Departamento de Transportes Mágicos, más concretamente en la zona de gestión de los trasladores. Debido a su profesionalidad siempre fue llamado para grandes eventos, para organizar tanto las chimeneas de Red Flú de manera internacionales así como gestionar los trasladores por todos los países.

Después del cambio de gobierno, finge seguir siendo leal a éste. Gracias a su historial impecable y su débil nivel en oclumancia ha conseguido pasar desapercibido, siempre posicionándose en el bando enemigo. Cuando los radicales atacaron el Ministerio no tuvo más que luchar por salvar su vida, pues por mucho que sea aliado de éstos, sufrió ataques de los mismos. No simpatiza con ellos demasiado, pues salió gravemente herido. Actualmente da cobijo de manera ilegal a los fugitivos que no tienen hogar, además de intentar conseguirles identidades falsas y sacarlos del país gracias al control que tiene con los trasladores internacionales. También ayuda a sus padres con la tienda, pues ambos ya son bastante viejos y no pueden con todo. Suele llevar la contabilidad.

HISTORIA CON ZETA
Conoció a Zeta hace dos años, ya que una de las amigas de Dex muggles 'de toda la vida' conocía al novio de Zeta de entonces, uniendo así ambos grupos de amigos en una noche en donde un tercero cumplía años. Ese curioso caso en donde dos personas que no tienen nada que ver con el grupo central terminan conociéndose. Dex se sintió atraído hacia Zeta, su persona y ese aura extranjera y exótica que la envolvía, pero debido a que ella tenía pareja se limitó a interesarse por ella sin ningún tipo de doble intención. Se agregaron al facebook y se dieron los números, pero jamás se hablaron al WhatsApp. Ella porque evidentemente no estaba interesada, él por vergüenza y respeto.

Hace nueve meses que se re-encontraron, ya que Zeta estaba buscando un nuevo trabajo al haberse acabado su contrato en el sitio en el que estaba. Dexter le ofreció trabajar en la tienda de sus padres, ya que éstos recientemente habían despedido al tipo que trabajaba con ellos. Ella aceptó. Debido a movidas que ya llevaban viniendo de largo, Zeta y su novio lo dejaron mientras ella trabajaba en al tienda de los Fawcett. Dexter y ella estuvieron meses acercándose, coqueteando, siendo él el reacio a querer tener una relación con una muggle, sabiendo lo que eso significaba tanto para él, como para ella. Además, todavía no le había dicho nada en relación con el mundo mágico y eso iba a ser un gran problema, un problema que no sabía cómo afrontar. Sin embargo, un día hace tres meses fue Zeta quién dio el paso y él, sencillamente, le siguió. Desde entonces están juntos, pero Dex todavía no le ha dicho de todo lo que es, ni de todo lo que hace. Suele mantenerla alejada de su 'otra vida' y Zeta se está dando cuenta de que algo le está ocultando.

FAMILIA
Jerome Fawcett: Padre sangre pura de Dexter. Es un hombre de 80 años, jubilado del Ministerio de Magia y el jefe de la tienda de comida que ahora mismo regentan en Wembley desde hace dos años. Tuvo que sacarse una identidad falsa de nombre Aaron Brown a la que tiene el nombre de la tienda. A ojos del Ministerio es un mago viejo más del que no preocuparse.

Anastasia Fawcett: Madre mestiza de Dexter. Es una señora de 77 años, jubilada del Ministerio de Magia y jefa de la tienda de comida que ahora mismo regenta en Wembley con su marido, desde hace dos años. Se sacó una identidad falsa con el nombre de Elisa Brown, la cual consta en los papeles de la tienda. A ojos del Ministerio es una bruja vieja más de la que no preocuparse.



@DasFlai

Zdravka E. Ovsianikova
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Hester A. Marlowe el Miér Ene 09, 2019 9:52 pm

Trabajar por las mañanas en el Ministerio de Magia podía parecer un sueño para cualquiera: el resto del día libre, pudiendo dedicarlo en aquello que a una le apeteciera, cumplidas ya todas las responsabilidades… pero no. La verdad era muy distinta, especialmente si una era soltera, como era el caso de Hester. La oclumante, nada más llegar a casa, siempre se encontraba el mismo panorama: cama deshecha, un montón de platos y cubiertos sucios en el fregadero, ropa desperdigada por todo el apartamento… Cualquiera que observase aquel festival del desorden creería que en esa casa vivían cuatro niños revoltosos, y no una mujer soltera.

Con un suspiro de desgana, Hester se había puesto a trabajar. Llevó a cabo aquellas tareas que pudo con ayuda de la magia, y el resto no le quedó más remedio que hacerlas por la vía tradicional: al estilo muggle. Además, había un secreto muy importante que hacía que conocer sobre la magia: no era perfecta ni infalible, y si una quería unos platos bien limpios, lo mejor que podía hacer era lavarlos a mano.

Alrededor de las cinco de la tarde, el apartamento de Hester parecía otro: ordenado, limpio, con olor a fresco… Con satisfacción, Hester cerró la bolsa de basura, después de tirar los restos de su comida, que había consistido en pizza. Hecho aquello, no le quedaba más que llevar la ropa a la lavandería de autoservicio. Y comprar comida, pues su nevera estaba peligrosamente vacía.

Se cambió de ropa, se puso el gorro de lana y su suéter blanco, y cogió ambas bolsas, la de ropa y la de basura. Las bajó hasta el portal—vivía en un cuarto piso sin ascensor—y entonces regresó a por su mochila, que contaba con un encantamiento extensible, y a por su mascota, Carrot. La conejita iba con ella a casi todas partes, y aquella no sería una excepción. Dentro de aquella mochila, la belier tenía un montón de espacio para retozar y pasárselo en grande.


Encadenó la bicicleta a una farola enfrente de la lavandería. Puso la ropa a lavar, y pese al cartel que avisaba de no dejar nunca ropa sin supervisión, Hester aprovechó el tiempo para ir a comprar a la tienda de Dexter, uno de sus compañeros del Ministerio de Magia. Uno de los pocos buenos, a decir verdad. Entró como siempre, dispuesta a saludar a su compañero, pero en su lugar vio a una chica morena en el mostrador. Y como no la conocía, Hester optó por dedicarse a sus compras. Se colocó los auriculares—de esos enormes, de orejeras—y comenzó a deambular por los pasillos de la tienda, la cesta colgada del brazo.

If you gave me a chance I would take it. It’s a shot in the dark but I’ll make it. Know with all of your heart you can’t shake me…Cantaba en voz baja… o eso pensaba ella. En realidad, quizás, estaba cantando más alto de lo que pretendía. A su paso, algunos clientes se la quedaban mirando con caras que parecían querer decir que estaba como una cabra.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Jue Ene 10, 2019 4:48 am

Como siempre le ocurría, se había prendado tanto del teléfono móvil y aquel piano virtual que no se dio cuenta de que habían entrado como tres personas a la tienda. Vamos, que venía alguien a robarle y ella tan tranquila haciendo tin tin tin en el móvil. No fue hasta que escuchó a una señora poner las cosas encima del mostrador, que Zeta dejó el móvil a un lado y aún con la cancioncita en la cabeza, comenzar a atenderla.

—Buenas tardes, señora Norris —le deseó cordialmente a la señora, cliente asidua.

—Hola, Sedráska —Sonrió con amabilidad.

—Llámeme Zeta, se lo he dicho mil veces.

—No he venido tantas veces a comprar, exagerada. —Y ambas rieron.

Comenzó a cobrar sus cosas, para cuando a través de los pasillos la voz de una chica cantando en voz alta le quitó su propio ritmo de la cabeza. La señora miró hacia atrás, para luego sonreír de nuevo a la que estaba más allá del mostrador, con una mirada que declaraba claramente un ‘¡madre mía, qué vergüenza!’. Zeta sonrió porque le hacía gracia el pensamiento tan pudoroso de la mujer y claro, ella era precisamente de las que se ponía en mitad de las calles, sin vergüenza ninguna, a tocar lo que le saliese de las narices, a cantar con un micrófono e intentar precisamente que gente como esta mujer perdiese ese miedo y se pusiese a cantar, a chillar o a rasgar su barriguita imaginando que rasgaba una guitarra eléctrica. Esa era su máxima aspiración: hacer que todo el mundo se moviese con sus canciones y llegasen a un punto en el que cantarlas—o tararearlas—fuese casi inconsciente. Su sueño era crear una canción que no se te pudiera ir de la cabeza.

—¡Oh, vamos, deje de poner esa cara! Seguro que se la sabe. —Le dijo a la señora al ver de nuevo su mirada. —N-n-n-no, no, no, no place I rather be, n-n-n-no, no, no, no place I rather be… —Cantó, detrás del mostrador, moviéndose al ritmo. —When I am with you, there’s no place I’d rather be...

—¡Ah, es esa! —Dijo la señora, sorprendida por haberla reconocido. —¡Pero si sale todo el rato en la radio!

—¡Claro que sale en la radio! —Rechistó divertida, negando con la cabeza.

Continuó pasándole toda su compra con tranquilidad mientras que Dexter Fawcett, quien estaba en la trastienda con papeleo, salió al exterior para ayudar a Zeta. Se dio cuenta de que habían bastantes personas, por lo que de camino a la entrada—en donde se encontraba la caja—y tras pasar rápidamente uno de los pasillos y creer haber visto un rostro conocido, dio un pasito hacia atrás, volviendo a mirar.

—¡Hester! —exclamó.

Estaba en el rango de visión de su amiga, pero al tener los auriculares puestos seguramente habría exclamado algo mudo frente a ella, con las cejas alzadas y los ojos bien abiertos. Esperó a que se quitase al menos un auricular. Iba vestido de chándal, con una camiseta básica de manga corta, ya que en la tienda como había horno para hacer bollería pues hacía bastante calor en comparación con el exterior. Dex comenzó a acercarse a ella.

—¿Pero qué haces por aquí? ¿Me vas a pagar la casa comprándome... zanahorias? —Dijo, cogiendo una zanahoria pequeñita que justo estaba a su derecha junto a las verduras y alzándola frente a ella, a la altura de su propia cara. —¿Y tu conejito? Siempre me olvido del dichoso nombre. —Y se pegó suavemente con la zanahoria en la frente, en plan despistado. Quería regalarle la zanahoria a su conejito.
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Hester A. Marlowe el Vie Ene 11, 2019 12:31 am

En algún momento, mientras tomaba artículos de los estantes y los depositaba con cuidado en el fondo de la cesta, Hester alcanzó ese estado de distracción en que una se entrega a la música que inunda sus oídos. La letra de Clean Bandit brotaba de sus labios de manera similar al aire de sus pulmones, en un acto tan automático como el respirar. Había entrado en un estado de ausencia tal que las personas a su alrededor habían desaparecido… y seguro que muchas de esas personas deseaban que fuera al revés, y la que desapareciese fuera ella.

Y es que el canto desafinado de Hester sonaba un pelín más alto en el mundo real de lo que sonaba dentro de su cabeza. Igual que un sordo, que es totalmente incapaz de escuchar su voz y no sabe cuando está hablando alto, una Hester privada del sentido del oído por la música que brotaba de sus auriculares—el ritmo la batería retumbando como el latido de un corazón en sus oídos—era incapaz de controlar su propio tono de voz. Y ahí estaban los demás clientes, echándole miradas ceñudas. Algunos reían, otros negaban con la cabeza con una expresión de profunda ofensa en el rostro, y unos pocos básicamente habían optado por seguir a lo suyo e ignorar a la loca de la música. Después de todo, era una loca inofensiva que no hacía daño a nadie… aunque en el exterior empezaban a congregarse nubes de tormenta.

We staked out on a mission...Cantaba mientras alcanzaba la caja de tampones de la parte superior del estante, su marca habitual, para luego arrojarla dentro de una cesta medio llena de distintos productos alimenticios: media docena de huevos, un par de cartones de leche, zanahorias—el equivalente a las chucherías para Carrot—, pasta seca y salsa de tomate. Estos dos últimos artículos eran fundamentales para la vida de cualquier joven londinense.

Por supuesto, Hester no se percató de la presencia de Dexter al fondo del pasillo, quien dijo su nombre. Bien podría habérselo dicho a una pared, que el pobre mago habría obtenido la misma respuesta: la joven Marlowe estaba concentrada en elegir la marca de otro artículo de primera necesidad de todo londinense, que no era otra cosa que el arroz. Generalmente, la máxima de Hester era escoger la marca más barata. A fin de cuentas, si estaba en un estante de una tienda, tenía que ser comestible, ¿no?

Make it everlasting… so nothing’s incomplete...Cantaba Hester mientras Dexter se aproximaba hacia ella por el pasillo entre estanterías. Estaba a punto de llevarse el susto de su vida.It’s easy being with you. Sacred simplicity…Dexter apareció en su campo de visión y… ahí estaba, el susto de su vida.As long... ¡Aaaahhh!—Hester pegó tal grito que toda la tienda se giró para mirarla, y enseguida se sintió ridícula. De un manotazo, se quitó de la cabeza los auriculares, que descansaron alrededor de su cuello, sobre sus hombros. Se le había acelerado el pulso, miedosa como era. Sí, si lo estáis pensando, tenéis razón: alguien tan asustadizo debería prescindir de la privación sensorial de unos auriculares, por el bien de su salud.—¡Dexter!—Exclamó, con voz demasiado alta, otra vez. Se propuso regular un poquito el volumen en su siguiente frase.—Perdón. No pretendía pegar semejante grito.—Compuso una sonrisa avergonzada, mientras se percataba del detalle de que el mago, compañero suyo del Ministerio de Magia y alumno de oclumancia, sostenía entre sus dedos una zanahoria.—¿Te has vuelto a olvidar de su nombre? Bueno...—Hester, significativamente, señaló con el dedo la zanahoria que tenía en su mano. En inglés, ese era el nombre de la conejita.—Carrot.—Le dijo, y casi como si la hubiera escuchado, la conejita belier emergió de la mochila. Asomó por un lateral de la solapa, olisqueando el aire. Otra cosa no, pero las zanahorias le encantaban.—Hola, y perdón por el espectáculo. ¿Estaba cantando muy alto? ¿Tan alto como creo por la cara de todas estas personas que me están mirando?

Hester miraba a su alrededor, y efectivamente, a su alrededor había unas cuantas personas que la miraban. No parecían enfadados, pero sí extrañados. ¿Nunca habían visto a una loca cantando o qué? Hester era una de esas personas que se consideraban cantantes profesionales de ducha, por mucho que desafinaran hasta el punto de hacer maullar con desagrado a todos los gatos del vecindario. Y no, no era broma: alguna vez, Hester había escuchado a través de la ventana del cuarto de baño, mientras se duchaba, a un gato maullando de forma desagradable. Quizás fuese coincidencia, igual que esas nubes de tormenta que empezaban a formarse en el cielo… pero estaba bien tenerlas en cuenta.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Vie Ene 11, 2019 3:25 am

Enarcó una ceja, sintiéndose anormal. ¿Alguien le explicaba cómo era posible que se le olvidase que un conejo se llama Zanahoria? ¿Había algo más obvio en el mundo además de que la naranja era naranja? De verdad, tan avispado para algunas cosas, tan inteligentes para otras y… tan Hufflepuff para la gran mayoría. Se notaba que asistir a esa casa había dejado secuelas importantes en las cosas más simples del día a día. Pero bueno, intentaría que su cabeza limitada recordase para la próxima vez que aquel conejito se llamaba Carrot. Por ahora que se conformara con aquella zanahoria, la cual le dio desde que se asomó por el lateral de la mochila, tan curioso y gracioso como siempre.

—Hola —le respondió, aunque se repitiese. Teniendo en cuenta la fiesta que parecía tener con esos auriculares, probablemente su saludo pasó totalmente desapercibido. Si Dexter la había visto a través de los pasillos había sido porque la mirada se le había ido a identificar quién era la persona que les estaba otorgando un concierto gratuito en la tienda. Y resultó ser su instructora de oclumancia. —No te voy a engañar: creo que querías ir al karaoke y has terminado aquí por error. Envidio esa capacidad para evadirte tanto como para que te dé igual todo lo que te rodea; Zeta también la tiene.

Y es que Dexter vivía un poco estresado con la vida siempre que estaba en la tienda. Entre que era una tienda ilegal a ojos del gobierno mágico, que dentro se escondían cosas un poco turbias en contra de ese gobierno y a favor de los fugitivos y que Zeta estaba de por medio… pues inevitablemente vivía con los huevos casi siempre de corbata, atento a cada contratiempo que pudiera surgir. Posiblemente por eso le era imposible evadirse hasta que estaba tranquilo en casa, a salvo, con la gente que quería y sin que nadie pudiese meter sus narices en lo que hacía.

—¿Cómo estás? Siento haber cancelado la clase de antes ayer, me era imposible asistir, tenía un compromiso con unos amigos que no podía cancelar. —Se refería a la Orden del Fénix, pero como era consciente de que Hester no pertenecía a ella, lo mejor era evitarse movidas. Sabía que no había persona que supiera más de él que la propia Hester teniendo en cuenta la relación profesional que tenían, pero una cosa era eso y otra mencionar ciertos asuntos de manera deliberada en mitad de ningún sitio.

Estaba claro que aunque nunca fue su fuerte, había tenido que aprender a la fuerza eso de mentir y cada vez se le estaba dando mejor. Y no sabía cómo sentirse al respecto, la verdad. Por una parte tener facilidad para hacer pasar por otra persona era fascinante y te aseguraba una posición bastante segura, ¿pero mentir a los que quieres? Cada vez que pasaba un mes más con Zeta y se daba cuenta de que todavía no le había dicho nada, le daba una sensación muy desagradable por todo el estómago. Como mariposas pero inversas.

Y entonces cayó en la cuenta.

—No conoces a Zeta, ¿verdad? —preguntó entonces, bastante seguro de que así era. O suponía que alguna de las dos le hubiese dicho algo. —Es mi novia. Ven, te la presento. —Pero antes de salir del pasillo, volvió a mirarla. —Es muggle. —Le advirtió, en un susurro, con una mirada un tanto precavida. Asumió que Hester sabría interpretar que esa advertencia no era más que para que evitase mencionar nada relacionado con la magia. La verdad es que se sintió mal advirtiendo, pues casi parecía que le estaba diciendo que tuviera cuidado, que era retrasada. Mira que nunca había visto despectiva la palabra muggle, hasta Zeta, que parecía tener que advertir a todo el mundo.

Mientras tanto, Zdravka se despedía de la Señora Norris con un zarandeo de manos, mientras la mujer tranquilamente cargaba sus bolsas y se iba. En la tienda todavía había una persona más, un hombre en compañía de su amiga que parecían estar dudando entre qué pizzas llevarse del congelador. Los entendía; era un decisión complicada para un martes por la noche. Así que su mirada se dirigió a los siguientes: Dex acompañado de una chica que, por los auriculares en su cuello, asumió que era la que les deleitó con el concierto. Además de que no había más nadie, o eso parecía.

—¡Zeta!

—¡Dex! —Repitió, igual de divertida que él.

—Ella es Hester, una compañera del trabajo. —Vale, primera mentira. Dexter normalmente tendía a controlarse, pero esta vez se le fue un poco de la mano. —Aunque ella vende más casas que yo. —Se vio en la necesidad de matizar el trabajo, no fuese a ser que a Zeta le diese por preguntar y Hester pensara que en su coartada repentina era trabajadora del telepizza.

Esperaba que no se molestase por haberle metido en la mentira.

—Siempre es un placer conocer a la chica que vuelve la tienda más divertida. Te he he hecho los coros y he intentado que aquella señora también te acompañase. —Señaló con la mano en la dirección de la Señora Norris, quién todavía se veía cruzando la calle con las bolsas. —Pero no ha querido.
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Hester A. Marlowe el Dom Ene 13, 2019 2:01 am

Carrot, demostrando una avidez más típica de las alimañas que de los conejos domésticos, echó rápidamente la zarpa—o el diente, más bien—a la zanahoria que Dexter le ofrecía. Casi como si pretendiera demostrar al artífice de tamaño regalo que le gustaba—y con la indiferencia típica de los conejos marcada en sus ojos—, Carrot mordisqueó a gran velocidad un par de veces la zanahoria, moviendo rápidamente su boca para masticar los pedazos. Después de eso, la señorita dijo que ya se había dejado ver suficiente por un día, y con la misma velocidad con que había asomado, se introdujo dentro de la mochila de Hester, dejándola nuevamente ‘a solas’ con Dexter.

Aquello estaría la mar de bien… de no estar la mar de mal, pues ahora la bruja estaba sola tanto con uno de sus compañeros del Ministerio—y alumno, no nos olvidemos—como con su vergüenza por el numerito que acababa de montar. De hecho, como un pequeño recordatorio de lo que había estado haciendo segundos antes, sus auriculares seguían escupiendo música a un volumen bastante elevado. Hester se apresuró a sacar su teléfono móvil y a pulsar el botón de pausa, enmudeciendo de inmediato la canción Solo, que Demi Lovato cantaba junto a Clean Bandit.

—De nuevo, pido perdón por el espectáculo.—Respondió Hester, con una expresión de disculpa en el rostro. Era altamente probable que su talento para la canción hubiera provocado daños irreversibles en tímpanos y cerebros a todos los que la habían escuchado cantar.

Hester desvió un momento la mirada en dirección a la susodicha ‘Zeta’, que no era otra que la mujer de la caja. En ese momento, la morena desempeñaba con eficiencia su trabajo de pasar productos por el lector de códigos de barras mientras respondía con sonrisas a los comentarios de una señora. Es guapa, pensó Hester, devolviendo su atención a Dexter.

—¡Oh, no te preocupes por eso! Ya la recuperaremos en otro momento. Simplemente, intenta hacer los ejercicios que te dije, y así en nuestra siguiente clase, no habremos retrocedido cuatro pasos.—Recomendó Hester. ¿Y qué ejercicios eran? Meditación, mucha meditación, e intentar evitar pensamientos concretos. Ese era un ejercicio que no requería forzosamente de un profesor.—Y la verdad es que estoy agotada. ¿Pero qué te voy a contar a ti? Trabajas aquí, seguro que estás familiarizado con el cansancio.

Si su horario laboral, típico de cualquier funcionario muggle, ya le resultaba agotador, no quería ni imaginarse la situación de Dexter: trabajo en el Ministerio por la mañana, aquella tienda en sus ratos libres, y para rematar, sus tareas… ‘extracurriculares’. Hester sabía de esas actividades más de lo que le gustaría, y agradecía infinitamente ser una oclumante tan buena: nadie lograría sacarle aquella información con facilidad.

De nuevo, la guapa morena del mostrador salió en conversación, y con una sonrisa, Hester negó con la cabeza: no tenía el gusto de conocer a la joven. Por un momento hasta se ilusionó un poquito, pues la chica era guapa, y conocer a una chica guapa siempre le hacía ilusión. Entonces, Dexter añadió que era su novia, y las esperanzas de Hester se fueron a la porra en cinco segundos: no iba a hacer una nueva ‘amiga’—ya de por sí era improbable antes, pero siendo novia de Dexter, la cosa resultaba imposible—. Así que apartó esos pensamientos y siguió a su amigo.

Hasta que se detuvo y se volvió hacia ella, claro, para informarle de que era muggle. La palabra en sí no le dijo gran cosa, pues muchos muggles conocían el secreto, pero el rostro de Dexter sí: nada de hablar de magia delante de aquella muggle en concreto. Y, ya de paso, de toda la tienda, ¿no?, le recordó su vocecilla interior con su habitual mordacidad. Evidentemente, aquel era un lugar libre de magia… a excepción de Hester y Dexter, claro.

Cuando Dexter la presentó, Hester alzó la mano y la sacudió a modo de saludo, con una sonrisa que duró aproximadamente medio segundo. Hasta el momento en que escuchó que su trabajo, aparentemente, era vender casas. ¿Vendo casas?, pensó, patidifusa, intercambiando una mirada con Dexter. No le quedaba más remedio que seguirle la corriente, eso estaba claro.

—De nuevo, pido perdón por tan bochornoso espectáculo.—Insistió Hester cuando la tal ‘Zeta’ también mencionó su concierto gratuito de segundos antes. Poco le faltó para hacer una de esas inclinaciones que hacen los japoneses para pedir disculpas.—¿Estás segura de que es un placer? Porque la verdad es que no ha sido lo mejor que puedo ofrecer a nadie, es decir...—Hester se dio cuenta de que empezaba a irse por las ramas, por lo que cortó en seco y se adelantó con una mano por delante, a fin de que Zeta se la estrechara.—Quiero decir que el placer es mío. Dexter me ha hablado mucho de ti en el trabajo… vendiendo casas.

Hester miró a Dexter, buscando su aprobación tanto en el tema de vender casas, como en lo de que le había hablado mucho de ella. Lo cierto era que no le había hablado absolutamente nada de ella, y que Hester supiera, no había visto pensamiento alguno relacionado con esa chica en la cabeza de Dexter. Cierto era que no solía mirar en profundidad los recuerdos de ninguno de sus alumnos: simplemente los ‘tocaba’ y después salía de su cabeza. Al menos, en las primeras lecciones era así. El caso era que, de haber visto a esa mujer tan guapa antes, Hester se acordaría de ella. Y no era el caso.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Lun Ene 14, 2019 11:00 pm

—Créeme, lo hago mucho más de lo que me gustaría. Eso de meditar… me gusta —le respondió Dexter. Ella más que nadie sabía precisamente el estrés principal de la vida del chico, por lo que eso de haber descubierto un método de relajación mental le había sido un gran avance para conseguir tranquilizarse y no volcar toda su vida en ese tipo de preocupaciones. Sabía que ya que había empezado con todo eso tenía complicado parar, además de que una parte de él no quería, pero lo que sí quería era poder aprovechar la vida que por suerte podía seguir conservando, con la gente que él quisiera. Pero claro, cada día pensaba que ambas vidas eran incompatibles. —Es de las cosas que más he aprovechado de lo que me has enseñado, sobre todo para el día a día, o si no un día de éstos me va a explotar la cabeza.

Zeta fue presentada a Hester, a lo que no tardó en considerar un placer el conocer a la chica que había decidido entrar a la tienda cantando en voz alta. En realidad la muggle podía llegar a entender que se sintiese avergonzada: era normal que las personas que no solían cantar frente a personas, les diese vergüenza hacerlo, consciente o inconscientemente. Sin embargo, había mucho más detrás del simple hecho de cantar, cantases bien o no. Denotaba libertad, despreocupación, alegría, tranquilidad… Al menos a Zeta, escuchar a otra persona cantar—cantara bien o no—le hacía empatizar mucho con el sentimiento de la canción cantada. Y precisamente la canción que estaba cantando era de esperanza.

—No tienes nada de lo que avergonzarte —le aseguró cuando insistió en que pedir disculpas por haber cantado, ¡y qué sería lo siguiente! —Se nota que no has escuchado a Dexter cantar… todos los complejos quedarían a un lado —dijo con fingida malicia, mirando de reojo a su pareja, quién se limitó a asentir con la cabeza porque otra cosa no, pero cantar se le daba horriblemente mal y tenía que admitirlo abiertamente al mundo.

A contrario de lo que le decía todo el mundo, que Dexter le había hablado mucho de Zeta, el chico nunca le había hablado a ella de sus amistades. En su momento, hace casi dos años, conoció a Dex en una quedada en donde los dos estaban un poco fuera de lugar, cuyo foco central en realidad no era amistad de ninguno de los dos, sino simplemente conocidos. Y ahora, dos años después, Zeta todavía seguía conociendo amigos de Dex que nunca le había nombrado. Y es que en general, le daba la sensación de que Dex siempre había sido muy reservado con su vida y hablaba bien poco; era de esos que preguntabas qué tal el día, decía que bien y rápidamente se interesaba por el suyo, preguntando por detalles.

—Vendiendo casas —repitió divertida. —¿Pero van a vender casas juntos o qué? —preguntó, sin tener ni pajolera idea de cómo iba la venta de casas, pero de repente se imaginó a Dexter y Hester en mitad de un Duplex compenetrándose con las frases de venta rápida, mientras estratégicamente Dexter era inamovible con el precio pero Hester daba una oferta mejor para llamar la atención—en plan poli bueno poli malo—y así conseguían manipular a sus clientes, haciéndoles creer que habían conseguido una ganga y luego repartiéndose el bote de dinero por la comisión ganada. —Yo pensé que era como en Phil Dunphy, ¿sabes Modern Family? —Miró a Hester específicamente, pues sabía que Dex sabía a lo que se refería porque veían juntos esa serie para cenar. —Él trabaja solo. Yo pensé que érais como enemigos. A ver quién vende primero una casa y se lleva la generosa comisión. —Hizo una pausa, para entonces matizar: —Es que Dexter me habla poco de su trabajo como vendedor de casas porque dice que es aburrido. Y no le voy a quitar yo razón.

¿Sabéis esos momentos en donde tu pareja te empieza a contar algo pero tú le miras y asientes como si estuvieses prestando atención, pero en verdad te has evadido? Pues Zeta estaba bastante segura de que como Dex le contase sus batallitas de cómo vendió una casa, terminaría así. Y él parecía saberlo, así que se lo ahorraba. O al menos Zeta creía que era por eso y no porque en realidad no había ninguna batallita. Ni ninguna casa.

—¿Y se conocen desde hace mucho? —preguntó por curiosidad, pues ya después de imaginarse como dos compañeros haciendo planes malévolos mientras venden casas, suponía que debía de haber cierto margen de confianza detrás.

Dexter fue a contestar, pero justo los chicos que estaban eligiendo pizza en el congelador se habían acercado a la caja con toda su comida basura—pizzas, paquetes de patatas fritas, cervezas, etc... Por lo que el rubio señaló hacia allí como que iba a atenderlos, dejando a Hester con Zeta. Y claro, Dexter no pensó en que quizás dejar a la chica con poca información sobre la mentira dar información sobre su relación fuese un poco peligroso para la coartada.
Zdravka E. Ovsianikova
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Hester A. Marlowe el Mar Ene 15, 2019 2:27 am

Hester Marlowe se había llevado en su vida un montón de malas contestaciones en relación a una de las máximas principales de la oclumancia: la meditación. Y es que la gente tenía tendencia a pensar que la clarividente se estaba riendo de ellos o algo por el estilo al desvelar esa parte del entrenamiento como oclumante. De hecho, Hester recordaba haber creído que Dexter sería uno de esos, uno de esos bordes que se levantaría y se marcharía, alegando que no habían ido a su despacho a perder el tiempo. Pero no: Dexter había resultado ser uno de los alumnos más pacientes con los que había tratado, y bajo esa fachada de purista que daba asco—algo parecido a su jefe de departamento—escondía a una buena persona, y una muy comprometida con la causa por la que luchaba.

Ya frente a la línea de caja, y habiendo conocido a la novia de Dexter—muy guapa, por cierto—, la clarividente no pudo más que volver a disculparse por el lamentable espectáculo que había dado, y que solo podía haber empeorado si hubiera tenido uno de sus episodios de mala suerte, y hubiera tirado todos los artículos de una estantería al suelo. Altamente probable. Tan altamente probable como llegar a la lavandería y encontrarse con que le habían robado todas sus bragas.

No sería la primera vez.

Pero, por lo visto, para Zeta—nombre curioso, Hester suponía que un apodo—no había habido nada de lamentable en el numerito musical de gato atropellado que había dado escasos minutos atrás. Hester no pudo evitar sonreír divertida, lanzando a Dexter una mirada de reojo. De hecho… sí, le he escuchado y le he visto cantar, pensó Hester. Ventajas de leer mentes como profesión.

—¿En serio? ¿Tienes un talento oculto que yo no conocía y no me lo has dicho?—Preguntó Hester al susodicho, aunque ambos sabían que Hester sí había visto ese pequeño detalle.—Bueno, evidentemente no lo conocía, claro. Si no me lo has dicho, no puedo conocerlo, así que...—Añadió. Así era Hester: a veces era incapaz de dejar que reinara el silencio.

¿Vendedora de casas? Aquello sí era nuevo. ¿Es que a Dexter no se le había ocurrido una excusa mejor para su novia muggle? ¿Cómo iba Hester a improvisar algo así? Jamás había vendido una casa ni conocido a nadie que vendiera una casa. Si le hubiese dicho que era asistente de vuelo, al menos, tendría a Mallory como ejemplo. ¿Pero cómo iba a hablar de un trabajo que desconocía totalmente? La única opción que se le ocurría era no hablar demasiado de ello, pues de esa manera no tendría que inventarse cosas ni improvisar. Y aquello sería un plan perfecto… si no estuviésemos hablando de Hester Marlowe.

En cuanto Zeta empezó a disparar las preguntas, Hester volvió a mirar de reojo a Dexter. Y es que no tenía ni la más remota idea de cómo responder a todo aquello. Por fortuna, la propia novia de Dexter le ofreció una salida: Modern Family. ¿Que si Hester la conocía? ¡Pues claro! ¡Hester solo hacía una cosa cuando estaba en casa, y esa cosa era ver televisión! La respuesta estaba en la ficción, por supuesto.

—¡Oh, no, no es así! No exactamente, quiero decir. Nos repartimos distintas zonas. Tenemos una tolerancia total en ese sentido. Pero entiendo tu error.—Hester señaló a Zeta con su dedo índice derecho, y prosiguió con la explicación.—Tú estás pensando en la señora rubia esta… ¿Cómo se llamaba?—Hester empezó a chasquear una y otra vez los dedos, igual que Thanos si estuviera teniendo problemas con su guantelete del infinito, con una expresión pensativa en el rostro.—¡Sí, mujer! La señora esta que en un episodio finge que Phil le ha metido la zancadilla, y de la que luego intenta obtener una confesión con un bolígrafo espía de Luke. ¿Cómo se llamaba?—Hester chasqueó los dedos un par de veces más, antes de rendirse, contrayendo la cara en una expresión de dolor por la derrota.—¡Bueno, da igual! Lo importante es que así no es como funciona el trabajo, ¿verdad? Nos asignamos unas zonas, y no nos las pisamos. Algo parecido a lo que hacían en ese episodio de Los Simpson...—De nuevo, Hester chasqueando los dedos una y otra vez.—¡Bueno, es igual! Veo tanta televisión que no puedo acordarme de todo.

Claro que Dexter hablaba poco de su trabajo. Por supuesto: como que el trabajo era inventado, y allí estaba Hester intentando estar a la altura. ¿Y cómo iba a estar a la altura de alguien que no había dicho nada? Por un lado, a Hester le venía bien: le daba margen de maniobra para inventarse cosas. Ahora bien… ¿qué haría Dexter con toda aquella información inventada? ¿Sabría mantener la mentira?

Bueno… pues parece que lo que va a hacer es irse en dirección al refrigerador de las pizzas y a dejarme sola con el marrón, pensó la oclumante, observando cómo se marchaba su amigo, dejándola sola para responder una pregunta peliaguda. Se mordisqueó el labio inferior… y entonces se dio cuenta de que podía acudir a la verdad en este caso. ¿Para qué mentir cuando podía decir la verdad?

—Hace ya unos años. Desde que entré a trabajar en la inmobiliaria. La verdad es que Dexter siempre me ha tratado bien: sabía que era la nueva, lo nerviosa que estaba y me ayudó mucho. Imagínate si hubiera sido como la rubia esa...—Hester volvió a intentar encontrar el nombre en su memoria.—¡Es igual, ya sabes quién te digo! El caso es que de haber sido así, creo que hubiera durado dos días en esa… inmobiliaria.

Después de decir todo aquello, se le planteó otro interrogante: ¿Y si la había fastidiado al decir todo aquello? ¿Y si despertaba sospechas el hecho de que conociera a alguien desde hacía años sin contarle nada a su novia? Hester se sentía como dando palos de ciego en todo momento.
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Mar Ene 15, 2019 5:00 am

'Entendía su error', menos mal que Zeta desconocía que era una impostora de profesión y ahora mismo estaba en modo aprendizaje con respecto a eso de vender casas y los enemigos naturales en las inmobiliarias o le hubiese parecido desternillante que alguien que no tiene ni idea de inmobiliarias le dijese que entendía su error. Pero como Zeta se lo creía—porque como es evidente no iba a pensar que nadie le estaba engañando en una situación así—prestó atención cuando intentó mencionar a la señora rubia de Modern Family que era enemiga natural de Phil Dunphy. Ella la ubicó sobre la marcha e incluso sabía el nombre del capítulo, pero no se acordaba del dichoso nombre.

—¡Sí, esa! Yo tampoco me acuerdo como se llamaba. Podemos llamarla...

—¡La de pepperoni! —Se escuchó decir a uno de los tipos, junto a las pizzas.

—Pepperoni.

Y esa sencillez en la vida se la había dado la paciencia, chicos. Zeta era una persona que se estresaba con facilidad, pero desde que trabajaba en esa tienda se tomaba la vida con filosofía. Pero bueno, a la explicación de Hester, se mantuvo atenta y asintiendo con la cabeza, aunque no supo ubicar el episodio de los Simpsons y eso que era otra serie esencial, aunque esa para la comida del almuerzo. Y de esa no podía presumir de haberla vista entera, claro, así que a lo mejor se le escapaba la información por eso. Dexter tampoco es que le ayudase mucho, porque él de series de televisión sabía más bien poco.

Él se fue, por lo que aprovechó para preguntarle a Hester por cómo se habían conocido. De primeras hay que saber que Zeta era cero celosa y es que por suerte no había vivido ninguna traición, pero por desgracia si había vivido relaciones tóxicas por celos asquerosos. Podría parecer una pregunta hecha con retintín de novia celosa, pero sencillamente tenía curiosidad por saber sobre las amistades de Dexter, de las cuales sabía más bien nada.

—Pepperoni. —Repitió, cruzándose de brazos con jovialidad, cuando volvió a no acordarse de la rubia de Modern Family. Cuando terminó de hablar, Zeta de apoyó en una de sus piernas para cambiar un poco el peso. —Pues qué bien. La verdad es que Dexter es un amor, muy servicial... aunque igual que lo diga yo no suena muy objetivo, ¿no? —Admitió, echando una fugaz mirada hacia donde se encontraba, sonriendo. —Pero cuando yo empecé a trabajar aquí también me ayudó mucho, bueno, ya me ayudó ofreciéndome el trabajo cuando no tenía por qué.

Y ni por asomo se imaginó que todo lo que había dicho era mentira. Es decir: Zeta no tenía ni idea de inmobiliarias y la relación entre Hester y Dexter le cuadraba, pues Dex era una persona bondadosa y admirable en cuanto al trato con otras personas. Quizás podría haber tenido algo que sospechar en la venta de Termomix o cualquier otra profesión, pero precisamente nunca en su vida había vendido casas. Será de las pocas cosas que le falten por hacer en Londres, vamos. Sentía que en los siete años que llevaba ahí había hecho mil cosas diferentes.

—Pero eres mucho más joven, ¿no? —preguntó, quizás de manera indiscreta y por curiosidad. —Es decir, Dex aparenta menos de los que tiene pero porque los hombres son así, pero tiene treinta y cuadro años. Pero a ti no te echo ni siquiera mi edad. —Por físico y por la manera que tenía de hablar. Zeta había tratado con muchas personas en Londres, de todo tipo y de todas las edades. Tenía buen ojo para esas cosas. —¿Veintiséis? —preguntó. No le pegaba nada que una chica tan joven trabajase vendiendo casas, de verdad. —Lo siento, es que ya me costaba imaginarme a Dexter vendiendo casas. Sólo me puedo imaginar a hombres mayores trajeados y con cara de Phil Dunphy.

Y siempre se quedaba con la curiosidad de preguntarle a los vendedores de casas que cuál había sido su pasión como para trabajar de ESA MIERDA, porque es que Zdravka no le veía en absoluto ningún interés. Por una parte suponía que era como ella, que buscaba un trabajo para conseguir dinero y ya, para 'sobrevivir' pero que realmente la vocación estaba en otro lado. Pero claro, preguntarlo siempre quedaba mal pues el tono siempre solía salir como ofensivo... porque quién sabe, a lo mejor de verdad hay una persona que es feliz vendiendo casa y es su pasión en la vida; hacer que otros se endeuden de por vida con una hipoteca. Había gente así de cruel en el mundo.
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Hester A. Marlowe el Jue Ene 17, 2019 2:14 am

En materia de oclumancia, de esconder sus pensamientos y rechazar a aquellos que intentaban acceder sin permiso a su memoria, Hester era una maestra; en materia de mentir e improvisar, las cosas cambiaban un poco. Por lo que ella sabía, existía gente en aquel mundo que eran perfectos mentirosos, capaces de decir algo que no pensaban sin siquiera pestañear. Sin duda, ella no pertenecía a aquel grupo de personas.

Y, sin embargo, en medio de todo aquello, Hester y Zeta encontraron un punto común: ninguna de las dos recordaba el nombre de esa dichosa mujer rubia que tanto odiaba a Phil Dunphy. Bueno, en realidad no lo odiaba, sino que era una víbora capaz de cualquier cosa con tal de conseguir una venta. Muchos Slytherin que había conocido a lo largo de toda su vida bien podrían haber encajado perfectamente en ese rol… de no ser porque aborrecerían trabajar vendiendo cosas a muggles, y muy posiblemente acabarían sacando la varita y asesinando a alguno de ellos.

Dicha señora acabó bautizada como Pepperoni, pero en primera instancia, Hester no se percató del nombre: estaba demasiado ocupada intentando recordarlo como para darse cuenta de que Zeta le había dado uno nuevo. Tampoco prestó mucha atención al cliente que exclamó esa palabra. Así que la corrección de Zeta fue bien recibida la segunda vez que la oclumante se puso a chasquear los dedos, igual que Thanos intentando por todos los medios arrancar su maquinaria de destrucción universal mientras ésta sufría algún tipo de malfunción.

—Eso, Pepperoni.—Dijo Hester, mientras la veía cruzarse de brazos con aquella expresión tan desenfadada. Sonrió, pensando que la novia de Dexter era increíblemente encantadora. Y guapa, claro.

La novia de Dexter, repitió en su mente, mientras Zeta hablaba de las buenas virtudes del susodicho, que en aquellos momentos ayudaba a un cliente indeciso a escoger pizza—tarea harto difícil, vamos. Hester se imaginaba que no le habría visto en su faceta de falso purista, y más le valía no verlo: si lo veía algún día, eso quería decir que Zeta estaba en serios problemas. Un entorno en que Dexter tuviera que hacerse pasar por purista solo podía significar que dicho entorno era un entorno purista, y la oclumante tenía la ligera sensación de que una muggle no querría estar en esa situación jamás. Muchas cosas había escuchado a lo largo de su vida como para imaginarse que no sería bonito.

—Dexter tiene buenas dotes para la enseñanza, y mucha paciencia. Sabe cómo hacerse entender y cómo explicar hasta los detalles más complicados de la venta inmobiliaria.—Aquella mentira le salió un poquito más natural. Solo un poquito. Se habría sentido orgullosa de no ser porque no le hacía demasiada gracia estar mintiendo descaradamente a la novia de Dexter. Pero no ha sido idea mía, sino de él… Y encima, me ha abandonado ante el peligro.

Y de la misma manera que deben sentirse aquellos a los que interroga la policía y están mintiendo como bellacos—Hester solo había tenido el gusto de ver situaciones así en películas y series de televisión—, la oclumante empezó a sentirse agobiada ante las preguntas. Y lo peor de todo es que sabía que, de no estar mintiendo, respondería de buena gana a todas aquellas preguntas. También comprendería que la chica no la estaba sometiendo a un interrogatorio, ni tampoco que iba a pillar sus mentiras. Aquello que pensaba por ella se llamaba paranoia.

Cálmate, Hester, se sugirió a sí misma. Era una muy buena sugerencia, pero a ver quién era la guapa que se lo decía a su cuerpo. Pronto empezaría a tartamudear, y lo sabía. Pero en ese momento, intentó responder con la mayor naturalidad posible.

—¡Sí! Quiero decir… ¡No! Es decir...—Los nervios empezaban a hacer mella en la oclumante, que cerró un puño y se dio un par de golpecitos en la frente, como si agitando el contenido de su cráneo se le fueran a aclarar las ideas.—Quiero decir que sí, soy más joven que él, pero no, no tengo veintiséis años. Tengo veinticuatro.—Ni por un momento le ofendió la confusión de Zeta. Hester era más joven de lo que aparentaba… hasta que se la escuchaba hablar, claro. Entonces quedaba claro que su edad mental era muchísimo menor de lo que aparentaba.—Pero vamos, que es de lo más normal que te imagines a gente mayor vendiendo casas, aunque la realidad es otra:—Yo hablándole de realidad en materia de venta de pisos… Claro, claro.—a veces no necesitas más que buena facilidad de palabra para vender. Por eso hay gente de todas las edades en ese trabajo… Bueno, a ver: de todas las edades, no. No verás a niños pequeños vestidos con pequeños trajecitos y dedicándose a enseñar casas. Eso sería muy raro. Pero sí, hay gente en la veintena, y gente que tiene más de cuarenta años. Supongo que la clave está precisamente en eso, en saber vender. Y en que te funcionen las piernas, claro. No puedes enseñar una casa si no puedes caminar… ¡Y no estoy discriminando a nadie por ir en silla de ruedas ni nada!—Y yo creo que deberías empezar a cerrar la boca, pensó Hester, que había entrado en modo ‘diarrea verbal’, fruto de los nervios. Acabó aquella sarta de tonterías con una sonrisa, y añadió:—Dijiste que Dexter te ofreció trabajo, ¿no? ¿Cuándo os conocisteis?

Lo que de verdad querría haber dicho era “¿Me puedes cobrar? Tengo mucha prisa. Me van a robar la ropa en la lavandería.” Pero no, su verborrea no le había permitido decir aquello. Solo esperaba que Dexter volviera cuanto antes y detuviera aquella locura...
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Vie Ene 18, 2019 2:30 am

Teniendo en cuenta que Zeta y Dexter se conocieron hace casi dos años, había que admitir que la chica no se imaginó en todo ese tiempo que su novio se dedicaría a vender casas. Es decir, se enteró cuando se lo reencontró este año, pero debía de admitir que se imaginaba algún otro tipo de trabajo y no el de trabajar como vendedor de casas, sobre todo para la primera impresión que tuvo del rubio.

Cuestionó su edad, pero nada más que por pura curiosidad y porque tenía la firme creencia de que nadie de veinticuatro añitos de verdad viviese emocionada por vender casas. Pero por lo que decía: sí. Estaba ahí a favor de su voluntad y nadie le obligaba. Zeta se sorprendió, porque otra opción es que tu padre tenga una inmobiliaria y por facilidad de búsqueda de trabajo te metas en el negocio familiar. Pero no. Le contó que lo importante para ese trabajo—independientemente de tu edad—era tener madera de vendedor y saber vender cosas. Zeta no pudo evitar acordarse de su época como vendedora de Termomix y cómo, evidentemente, había tenido que irse porque era una vendedora PÉSIMA. Pero claro, es que cuando no le ves utilidad al producto que estás vendiendo—porque ella no usaba la termomix—era difícil encontrar argumentos que respaldasen su utilidad. Claro que vender una casa es fácil, todo el mundo quiere tener un casa. Es como algo indispensable en la vida para poder vivir, tener un hogar. La Termomix no.

Soltó una carcajada, de pura sorpresa, cuando dijo que era importante que te funcionasen las piernas. Aunque lo mejor fue cuando intentó excusar su clara discriminación por la gente sin piernas.

—Oye, depende, ¿eh? Si la casa no tiene escaleras, no debes de subestimar el poder de las sillas de ruedas. Incluso podrías usarlo como argumentación positiva para los clientes mostrando la gran capacidad de movimiento útil que hay en los pasillos. A todo el mundo nos gusta una casa espaciosa, ¿no? De esas que nadie tiene pero anhela porque la realidad es que vives en una habitación de ocho metros cuadrados —respondió divertida, asintiendo varias veces como si fuera la cruda realidad de la gente pobre. Que lo era. —Que la gente sin piernas también puede vender casas, ¿eh? —A veces le salían chistes negros, pero indudablemente era de esas que lo apoyaban a muerte cuando otra persona los decía.

Le preguntó entonces por su historia con Dexter, a lo que le sorprendió que no la supiera si su novio le había hablado tanto de ella. Es decir, si eran amigos de hace par de años  y recientemente había empezado ellos dos… ¿cómo es que no le había dicho nada? La verdad es que le gustaría saber qué narices decía Dex de la relación cuando hablaba de ella. Porque al menos Zeta, con sus amigas, solía hablar de cosas muy de chicas. No queráis saber muchos detalles.

—En realidad Dexter y yo nos conocimos hace dos años, más o menos, en una fiesta muy aleatoria en donde los dos estábamos un poco de prestados. Creo que era un cumpleaños de una señora que ni recuerdo; yo sólo fui de acompañante del que por entonces era mi novio —le explicó, para que se hiciera una idea del nivel de implicación en esa fiesta de mierda. —Hablé montón con él porque ambos éramos un poco los apestados y recuerdo intercambiarnos los números porque nos caímos bien y porque teníamos en mente hablar cuando no estuviésemos borrachos sobre si era mejor Batman o Superman porque al parecer en aquel momento era un debate muy importante para nosotros. —Sonrió, divertida por esa anécdota tan graciosa. —Después de esa noche no hablamos nada de nada. Yo ni le agregué, de hecho; me olvidé. No fue hasta hace… nueve meses que nos reencontramos por la calle mientras yo buscaba trabajo. Al necesitar ayuda con la tienda y eso… pues me lo ofreció. Se portó muy bien conmigo.

Y es que Zeta, acostumbrada a tratos muy cortantes en Londres y en que nadie de una mierda por ti si no recibe algo a cambio, se había sorprendido gratamente de que Dexter le hubiese dado el trabajo y la hubiese tratado tan bien mientras cambiaba un poco de aires: trabajo, casa, prácticamente grupo de amigos…

Miró entonces la cestita que llevaba, soltando sus manos para señalarle la cesta.

—Te dejo seguir comprando, que te veo sujetando la cesta y me das pena. —Y es que Zeta estaba traumatizada con cargar cosas pesadas. Siempre que llegaba mercancía se emparanoiaba porque no sabía cómo es que las cajas a ella le pesaban un quintal y Dexter las cogía como si fuesen plumas. Claro que la ignorante de turno no sabía que su novio, tan listo como era, las hechizaba para no dejarse la espalda en el camino. Y luego muy caballerosamente le decía que él se encargaba. ¡Así se encargaba cualquiera!
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Hester A. Marlowe el Dom Ene 20, 2019 3:17 am

Lo peor de tener una lengua que decidía soltarse cuando su propietaria entraba en un estado de nervios como aquel no era la cantidad de tonterías que salían por la boca de Hester a cada segundo que pasaba, sino el tener que responder a las consecuencias de aquellas tonterías. ¿En serio había hecho sin pretenderlo un chiste de humor negro referente a la gente que iba en silla de ruedas? No lo tuvo claro hasta que Zeta lo mencionó, y los ojos de Hester se abrieron mucho. ¿En qué momento había empezado a ocurrir aquello? Quiso atribuirle la culpa a Dexter, pero lo cierto era que nadie la obligaba a hablar tanto. Bien podría tener un freno de emergencia o un candado que ponerle a su boca, porque aquello no era ni medio normal.

—¡Por supuesto!—Exclamó Hester de inmediato, alzando las manos en señal de paz… o mejor dicho, alzando una mano y tratando de alzar la otra, encontrándose con el problema de la cestita de la compra que colgaba de su brazo. La cual, dicho sea de paso, se agitó un poco cuando alzó ambos brazos, y el contenido de ésta estuvo a punto de acabar desparramado por el suelo.—¿Cómo no iban a poder las personas sin piernas vender una propiedad? Lo importante no deja de estar dentro de la cabeza. En mi empleo se utiliza mucho la cabeza.—Hester se puso el dedo índice en la sien, dándose cuenta, irónicamente, de que allí estaba una de las escasas verdades que estaba contándole a Zeta. Si en un futuro, la muggle descubría que Hester había colaborado con su novio en aquella mentira, la oclumante podía hacer un recuento de pequeñas verdades que le había contado, y alegar que ‘No te mentí absolutamente en todo.’ Seguro que eso haría mucho por paliar su enfado, sí…

Y otra de las cosas malas de esa lengua suelta de la que padecía Hester Marlowe era precisamente esa mala costumbre que tenía de seguir hablando, valga la redundancia. ¿Y por dónde siguieron los tiros en esta ocasión? Bueno, pues con Hester preguntando a Zeta cuándo se habían conocido ella y Dexter. Teniendo en cuenta las mentiras que estaba contando la clarividente, debería haber tenido en cuenta que una buena amiga de años sabría este pequeño detalle. Pero aquí estaba el problema con las mentiras: resultaba muy complicado ceñirse a ellas, convertirlas en una historia real, y que no fueran apareciendo puntos cojos.

Hester no se dio cuenta de ello. Y si Zeta se dio cuenta, desde luego, no dio muestra de ello. Lo que sí hizo la morena fue contarle la historia de cómo había conocido a Dexter. Hester, que había hecho esa pregunta casi contra su voluntad, escuchó con atención. El relato resultaba bastante típico… hasta el momento en que no volvían a verse después de la fiesta, para reencontrarse tiempo después y convertirse en pareja. Parecía algo totalmente sacado de alguna serie de televisión, como por ejemplo Lost. Sí, Hester Marlowe veía demasiada televisión, ¿vale?

—¡Como si el destino os hubiera puesto juntos!—Exclamó Hester, muy emocionada por algún motivo que no alcanzaba a comprender. En esos momentos no era consciente de hasta qué punto el destino podía ser caprichoso, si es que existía un destino al que culpar de las coincidencias que no parecían coincidencias.—¿No te has parado nunca a pensar en lo curioso que es eso? ¿Qué probabilidades había de que volvierais a encontaros el uno al otro?—Seguía hablando de una manera extremadamente emocionada, quizás demasiado para la situación, con una gran sonrisa en los labios.

¿Y lo peor de todo? ¡Que se disponía a lanzar más preguntas! ¡Maldita Hester Marlowe, que quería irse y era incapaz de hacerlo de una manera normal! Por fortuna, Zeta debió leerle el pensamiento, o bien se fijó en la cesta de Hester, y eso la llevó a poner fin a la conversación, e impedir que la oclumante hiciera más el ridículo. Las preguntas que iba a hacer murieron en sus labios, y la ráfaga de mentiras que había estado lanzando en dirección a Zeta se fueron por fin al infierno.

—¡Tienes razón!—Convino Hester. No porque le pesara demasiado la cesta, que siempre podía dejar en el suelo, sino porque si seguía allí, le robarían la ropa de la lavandería.—Vuelvo enseguida.—Anunció, y dicho aquello, se sumergió nuevamente entre las estanterías de la tienda.


Hester tardó menos de cinco minutos en llenar la cesta de la compra, y cuando hubo terminado, se puso a la cola. Otros dos minutos después, la oclumante volvía a estar frente a Zeta, a la cual dedicó una sonrisa y un saludo con la mano derecha, antes de comenzar a depositar uno tras otro los artículos que contenía la cesta: precocinados, latas, algunas verduras, leche, huevos, tampones, cereales Golden Grahams… Estos últimos los sopesó en su mano derecha durante unos segundos, preguntándose si serían suficientes, o si mejor debía llevarse dos cajas. Y es que resultaba altamente probable que se comiera una caja entera delante de la tele, esa misma noche.

—Un segundo. Creo que necesito más de estos.—Se excusó, y entonces, a la carrera, volvió al pasillo de los cereales… o bueno, así habría sido si Hester no fuera tan patosa como una persona con dos pies izquierdos. Lo que en realidad pasó es que giró sobre sus tobillos a tal velocidad que chocó contra el brazo de un señor de unos treinta años que hacía cola detrás de ella, haciéndola retroceder un par de pasos por la sorpresa. El tipo la miró con el ceño fruncido, y Hester se disculpó. Entonces, se puso en camino, tropezándose con su propio pie y trastabillando, y tras esto sí, pudo volver al pasillo de los cereales. Volvió con dos cajas más… por si acaso.—Nunca se tienen suficientes cereales en casa. Es probable que me vuelvas a ver por aquí esta semana. Una mujer soltera tiene que aprovisionarse como es debido.—Hester esbozó una sonrisa, dejando ambas cajas de cereales en la caja, delante de Zeta.
Hester A. Marlowe
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Hester A. MarloweMagos y brujas

Zdravka E. Ovsianikova el Lun Ene 21, 2019 3:54 am

La historia de Zeta y Dexter era curiosa, pero en realidad lo que a la chica le sorprendía no es que se hubiesen reencontrado dos años después, sino que en lo que en un principio se veía a Dexter como el más interesado en que pasase algo entre ellos, este año había sido al revés, con una Zeta que tuvo que dar el primer paso. Notaba a Dexter más precavido y miedoso cuando ella no tenía pareja que cuando claramente, hace dos años, tenía una. Y claro, debía de admitir que uno de los motivos para no añadir a Dexter al móvil es que no hace gracia a tu novio que añadas a tus contactos a una persona que acabas de conocer y que claramente tiene interés en ti. Es algo feo, lo mires por donde lo mires.

—Montón de veces —respondió a su pregunta. —No sé si fue una cuestión de casualidad, el destino que quería que nuestros caminos se volviesen a unir o que el karma ya era hora de que me recompensase de alguna manera, pero solo sé que fue un buen reencuentro. —Pintó una sonrisa en su rostro.

Cuando Hester concordó con ella en que lo mejor era que siguiese haciendo la compra para que no se le entumesiese el brazo de sujetar la cesta, Zeta se limitó a asentir con su cabeza, viendo como se giraba y se iba. ‘Qué adorable’ pensó, pues le daba la sensación de que era una chica muy activa y quizás un poco inocente. No la conocía de más de unas palabritas, pero era sin duda la primera impresión que le había dado, esa que a veces hacía tanto daño pero otras veces sólo te mostraban a una nueva persona genial en tu vida.

Dexter le pidió a Zeta que se pusiera en el mostrador, ya que había recibido una llamada urgente en el móvil y tenía que atenderla. Al parecer era del trabajo y Zeta se lo creyó, pero claramente no era del trabajo: era un compañero de la Orden del Fénix, pues al parecer habían conseguido salvar a varias personas de un ataque de cazarrecompensas y estaban reuniendo gente para ir a rescatar al resto, que estaban escondidos. Es por eso que en un par de minutos, volvería hecho un manojo de nervios mientras se inventaba una excusa de mierda para irse. Y Dexter creía que era un rey de la manipulación verbal, pero ciertamente esas mentiras no iban a engañar durante mucho tiempo a Zeta. Aunque debía de admitir que lo que más le molestaba a Zeta era cancelar sus planes por motivos de trabajo tan extraños, ¡que vendía casas!

Hester apareció ya con la compra hecha y comenzó a poner las cosas sobre la caja. Antes de que la muggle pudiese pasar ninguno, ella se dio cuenta de que con una caja de Golden Graham no era suficiente. Zeta no pudo evitar sonreír, aunque más todavía cuando se chocó con el señor que estaba detrás y luego casi se cae al suelo por su propia torpeza. Sí, definitivamente le inspiraba ternura y mucha, mucha inocencia. El señor de treinta años sólo llevaba pan en una bolsa, por lo que para no hacerle esperar, Zeta le pasó lo suyo en lo que Hester volvía.

Para cuando se presentó con las dos cajas de Golden Graham, ya el señor se había ido y no había nadie en la cola.

—En eso estamos de acuerdo, sobre todo de éstos. —Cogió los Golden Graham, los pasó por la caja y los agitó antes de dejarlo al otro lado. —Me encantan. Bueno, me gustan todos, yo es que creo que tengo un problema muy insano con los cereales. —Y era cierto, pues lo tenían en su menú del día como desayuno, merienda e incluso a veces cena, ¿pero quién se resistía a un tazón de leche fría con muchísimos cereales? Y ya si le metías un poco de fruta… No sé, era su comida favorita y como era muy fácil de hacer—pues básicamente era verter mierda en un tazón—pues era de fácil acceso. —Con leche de vainilla, si mezclas los Golden Graham con los Froots Loops, estos que son aritos de colores super dulces… ¡buah, está buenísimo!

Como la cocina de su actual casa era peligrosamente pequeña y sus compañeros de piso unos ladrones, ella guardaba los cereales en su habitación y tenía una estantería llena de ellos, como quien colecciona Funko Pops.

—...y si le echas trocitos de fresa ya es un orgasmo de sabor, ¿sabes? —Y no pudo evitar reír, sin parar de pasarle las cosas a través de la caja y la suma de dinero si iba apuntando en la pantallita. —¿En qué momento me he vuelto una vieja que recomienda a sus clientes recetas de comidas? —Y se golpeó de manera suave y juguetona la frente con un pimiento, justo antes de pasarlo. Era lo último.

Estuvo a punto de decirle el precio, pero justo apareció Dexter por la puerta con cara de haber recibido la noticia de una defunción. Zeta apagó su rostro jovial y divertido, frunciendo el ceño. Era un motivo de trabajo—teóricamente—por lo que no dudó en preguntar delante de Hester, que debía de estar familiarizada con el tema de que un martes a las casi seis y media de la tarde, le llamen del trabajo a saber para qué.

—¿Qué ha pasado? —Pero como Zeta conocía eso llamado 'empatía' y podía entender perfectamente que Hester se podría sentir incómoda en una conversación como la que estaba a punto de pasar: Dexter hablando de trabajo con cara de tonto mientras Zeta se quejaba de que, otra vez, le cancelara los planes por su trabajo, le habló. —Son treinta y dos libras con trece, Hester —le informó, con un tono mucho más amable. —Yo te meto las cosas en las bolsas —añadió, siendo consciente de lo estresante que era terminar de meter las cosas en la bolsa y pagar al mismo tiempo.

Mientras tanto, Dex entraba a la tienda rascándose la nuca. Por si no lo sabías, ese era un gesto muy típico de él cuando se estaba inventando alguna mentira, sólo que Zeta todavía no había vinculado ambas cosas.

—Lo siento, me ha llamado mi jefe porque unos clientes quieren ver la casa de Oxford Street cuanto antes. Y quieren hacer una muy buena oferta teniendo en cuenta que ya tenemos muy buenos compradores... —Miró a Hester, intentando buscar apoyo. —Así que tengo que ir corriendo a cambiarme, he quedado con ellos a la siete.

—Vale, yo cierro, no te preocupes. —Se portó bien porque no quería ponerse a hacer dramas delante de Hester. Nunca pensaría que un vendedor de casas le iba a dar tantos quebraderos de cabeza.

—¿Pasamos el cine para mañana? —Preguntó, intentando solucionar su plantón.

—Sí, no te preocupes, vete ya o vas a llegar tarde.

—Eres la mejor. Te llamo desde que termine, ¿vale? —Se acercó a la caja, se estiró para darle un besito en los labios a Zeta, luego le dio otro a Hester en la mejilla y mientras salía casi corriendo—pues en verdad tenía mucha prisa—se giró un momento para señalar a Hester. —O puedes ir al cine con Hester. Le gusta mucho el cine a Hester. —De repente se le abrieron los ojos, como si hubiese descubierto la pólvora, antes de desaparecer de sus vistas.

Y entonces vino ese momento incómodo. Si es que Dexter era PUTO EXPERTO EN CREAR MOMENTOS INCÓMODOS. Zeta miró a Hester. Hester miró a Zeta. De repente Zeta miró al pimiento que metió en la última bolsa. El pimiento no miró a nadie, pero Zeta intentó buscar cobertura de incomodidad con la caja y mostrando una sonrisa. ¿Y tú me puedes decir cómo una persona puede lidiar con un momento así entre dos prácticamente desconocidas? Se iba a enfadar por eso y no por el plantón.

—No le hagas caso. —Y cogió ambas bolsas para ponerlas frente a ella, con una sonrisa. —Un día vamos al cine sin que Dexter nos meta en un compromiso incómodo —dijo de manera inevitable, sonriendo, intentando que el momento no fuese tan incómodo y pasar página.
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Hester A. Marlowe el Jue Ene 24, 2019 2:40 am

No es que Hester fuera adicta a los cereales, ni nada parecido, pero las patatas fritas no le gustaban demasiado. En general, no le gustaban los snacks salados: se le antojaban muy secos y en ocasiones terminaban arañándole el paladar, y eso sin mencionar lo aceitosas que eran algunas patatas fritas. ¿Cómo era posible hacer algo aceitoso y seco al mismo tiempo? Buena pregunta, habría que planteársela a algunos fabricantes de patatas fritas.

Así que el sustituto perfecto para las patatas fritas y sus compañeros eran los cereales. A Hester le gustaban tanto en seco como con leche. De hecho, rara era la ocasión en que se encontraba viendo la tele por la noche sin una bolsa de cereales secos cerca. Los Golden Graham, además, tenían un sabor suave y agradable, así que eran sus favoritos. Aunque bueno, cualquier cereal me gusta excepto los de chocolate, pensó Hester. Los cereales de chocolate tintaban la leche, le otorgaban un sabor no acababa de ser a chocolate y que a ella, personalmente, le arruinaban la experiencia. Tampoco le gustaban los All Bran y similares. El inventor de esos claramente odiaba al ser humano.

Zeta resultó ser también una fan de los Golden Graham, aunque en su caso, parecía extenderse a todo tipo de cereales. Se le ocurrió preguntar si también hablaba de los All Bran, pero dejó dicha pregunta en el tintero: era totalmente irrelevante. Sin embargo, tomó nota de las recomendaciones que la dependienta le hizo: leche de vainilla, Froot loops, fruta… Hester no pudo evitar sonreír.

—¡Vaya! Pues sí que te gustan los cereales, desde luego.—Comentó, todavía sonriendo sin saber muy bien por qué. Bueno, en realidad sí lo sabía: si hasta ese momento le parecía guapa y encantadora, ahora le parecía el doble de encantadora.—Así que ya sé cuál es la cena apropiada si, hipotéticamente, alguna vez te invito a cenar en mi casa.—Añadió, apresurándose a decir.—¡Que no digo que te esté invitando! Eso sería raro.—Y tan raro, pensó Hester. No solo era la novia de Dexter, sino que además era una muggle a la cual acababa de contar un montón de mentiras. Así, sin comerlo ni beberlo.

Y entonces, apareció Dexter. Y por la expresión de su cara, Hester no necesitaba del don de la clarividencia—del cual disponía—para saber que lo que ocurría tenía relación con ese otro mundo del que Zeta no sabía nada.

La muggle, por su parte, preguntó qué ocurría, acto seguido anunció el precio de los artículos que Hester había llevado a la línea de caja y se puso a meter las cosas en bolsas. Hester, por su parte, se quitó la mochila y metió la mano en su interior, buscando su cartera. Al intentar sacarla, lo que extrajo al interior era su ‘otra’ cartera, la que empleaba en el mundo mágico, por lo que con mucho disimulo la volvió a meter dentro. Le habían faltado dos décimas de segundo para abrirla y mostrar un contenido basado en monedas desconocidas en Londres.

Seguía rebuscando dentro de su mochila mientras Dexter se explicaba, y en un momento dado alzó la mirada para encontrarse al mago buscando su apoyo. O eso pretendía él que entendiera, pues Hester había desconectado totalmente, mientras se peleaba con todas sus pertenencias. Sus dedos encontraron un montón de cosas que no era su cartera muggle, y finalmente desistió. Maldita mochila con encantamiento extensor, pensó mientras sacaba la mano del interior.

Con mucho disimulo, Hester llevó la mano al lateral de la mochila. En uno de los bolsillos guardaba su varita. La sacó, metiéndola a medias dentro de la manga de su suéter, y entonces volvió a meter la mano en la mochila. Realizó un hechizo Accio no verbal sobre la cartera muggle, y esta enseguida voló hacia su mano. La agarró, y como pudo, metió el resto de la varita dentro de su manga.

Para cuando Dexter sugirió que Hester y Zeta podrían ir juntas al cine, la oclumante se encontraba rebuscando dentro de su cartera muggle el importe que le había dicho Zeta y que, francamente, ya no recordaba.

—¿Me has dicho que eran treinta y cuatro con…? Espera, ¿qué?—A Hester le parecía haber oído que Dexter sugería que ambas fueran al cine juntas, y debía decir una cosa: por mucho que aquella chica le pareciera guapa y encantadora, teniendo en cuenta todas las mentiras que le había contado, la idea le apetecía poco o nada.

Siguió a aquello un momento incómodo en que Zeta y Hester se miraron, sin saber muy bien qué decir. Para romper aquel momento, a Hester solamente se le ocurrió entregar dinero a Zeta. Ya ni recordaba el importe, por lo que le entregó a la muggle un total de cuarenta y dos libras. Y mientras ella lo cogía de su mano, le aseguró que no tenía por qué hacerle caso. También sugirió que fueran otro día al cine, sin que Dexter las metiera en un compromiso.

Aquel sería un momento perfecto para sonreír, asentir, y cerrar el pico, ¿a que sí? Por supuesto… pero Hester tenía un grandísimo problema: no sabía hacer frente al conflicto, no sabía decir no. Y tampoco se le daba bien rechazar ofertas como aquellas. Tenía tan arraigado dentro de su cabeza que se trataba de algo de mala educación, que ya ni siquiera le salía natural.

—No sé si te he dado bien el importe.—Reconoció, mirando a ambos lados mientras apretaba los labios, para luego añadir:—¿Bebes? Quiero decir… ¿te gustaría tomar una copa?—¿Tú eres idiota, Hester? ¡Si tú no bebes!, le recordó su conciencia.—Es decir… si quieres, cuando termines, podemos ir a tomar algo. A no ser que tengas otros planes, cosa que no porque acabo de ver salir a tu novio por la puerta, después de cancelar dichos planes y… y creo que debería callarme.—La vieja y confiable Hester, que hablaba más que pensaba, sobre todo si se ponía nerviosa.

Y lo peor de todo es que una parte suya pensaba que tampoco podía haber nada de malo en que tomasen algo juntas. A esa pequeña parte suya parecía que le daba igual la sarta de mentiras que había tenido que soltar Hester apenas unos minutos antes. Y tú no bebes, además.
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Zdravka E. Ovsianikova el Sáb Ene 26, 2019 4:13 am

Dexter no había tenido suficiente con dejar, de nuevo, plantada a Zeta que en esta ocasión también había decidido irse dejando una situación incómoda entre su pobre amiga y su pobre novia. A veces de verdad pensaba que Dexter no entendía ese tipo de situaciones: ¿cómo era posible que lo hubiese dicho con intención real de que fuesen juntas? ¡No se conocían de nada! Imagínate si se conocían poco, que Zeta todavía creía que todas esas zanahorias eran para ella y no para el conejo que tenía en la mochila. Y por mucho que pudieran calzar bien o mantener una agradable conversación, era incómodo que de repente de rompiesen 'los planes previos' y te pusiesen otro con los que directamente no te sientes tan cómodo. Y sí, Zeta tenía ganas de ir al cine, pero con Dexter, no con Hester, por muy buena chica que pareciese.

Así que se apresuró en dejarle claro que su novio era subnormal profundo y que no le hiciera caso. Lo menos que quería es que ahora se viese en un compromiso, lo cual era terriblemente peor: no había nada más horrible que hacer las cosas por compromiso.

Le dio cuarenta y dos libras para pagar y se dispuso a coger el cambio para dárselo, para cuando la escuchó decir que creía habérselo dado mal.

—Eran treinta y dos con trece, te sobra. —Contó para no equivocarse y le tendió en la mano el dinero. —Nueve con ochenta y siete.

Y entonces le invitó a ir a tomar una copa. Era curioso, pero en realidad el hecho de ir a tomar algo sí le apetecía porque con Dexter lo hacía una vez cada lustro—imaginaros, que ni siquiera hacía un lustro que lo conocía—, pero en realidad creía que Hester se lo estaba diciendo por compromiso: vale, el cine no, pero quizás se viese con la obligación moral de hacer algo con ella ahora que su novio le había plantado en su cara y había hecho algo así como un porquería en que fueran juntas a un lado para no sentirse mal por abandonar a su novia. Y la verdad es que no quería terminar propiciando una velada incómoda sólo porque el momento es impuesto. Y porque apenas se conocían, claro.

Curvó una sonrisa cuando ella mismo dijo que debería callarse. Zeta interpretó eso como un: 'debería callarme, yo no quiero tomar ninguna copa, sólo comerme mis Golden Graham en casa.'

—Bebo, pero mejor otro día. —Y quiso explicarse: —Dexter es un bocazas y encima ya estoy acostumbrada a que su trabajo le absorba la vida y abandone los planes previstos, no te sientas en ningún compromiso. Te imitaré e iré a ver Netflix a casa mientras como cereales. —Sonrió, divertida, cuando en realidad muchas de sus noches se limitaban a eso o jugar a algún juego mientras, obviamente, comía cereales.

Esperaba que no se lo tomase a mal. Es decir, rechazar la oferta había sido sólo por evitarse tener que hacer algo que no querían hacer, porque claramente Zeta era fan de ir a algún bar en dónde hubiera música en directo y tomarse algo disfrutando de ella y una agradable conversación. Pero claro, sentía que Dexter las había metido en una situación incómoda en dónde salir intentando ser agradable era complicado. Así que bueno, qué menos que quedar ella de la cortarollos: ya estaba acostumbrada.


Sábado, 10 de noviembre a las 19:32 horas || Hyde Park
Atuendo

Ya había caído el sol y Zeta, que había estado ensayando con un grupo de amigos en una de sus casas, se había ido. Llevaba con ella su guitarra electroacústica—la única que tenía en realidad—de color rojo, pero por desgracia se le había roto una cuerda mientras estaba ensayando. Hacía años que no las cambiaba, por lo que había ido a una tienda de música a comprar el pack de seis y, aprovechándose de que la guagua para su dichosa casa en Mordor no pasaba hasta dentro de cuarenta minutos y no tenía dinero para un taxi, decidió sentarse en un banco y hacer labor de músico: cambiar las cuerdas de su guitarra.

Hyde Park era un lugar muy agradecido: lleno de iluminación, ardillas y personas paseando con tranquilidad. La verdad es que solía ser bastante reservada con los sitios más íntimos, pues temía que algún imbécil decidiese dárselas de machote y ella estuviese sola por ahí. Ahí se sentía bastante a gusto cambiando las cuerdas de la guitarra, sin perder el sentido del tiempo, pues no quería perder su guagua o iba a tener que esperar como una hora más. Y hoy Dexter tenía un no sé qué rollo empresarial de a saber qué cosa y tampoco podía contar con él. Y diréis: "Zeta, no prestas atención a tu novio cuando te dice lo que va a hacer" y no, sinceramente, con las cosas del trabajo no podía.
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